Escola de Cultura de Pau
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La Revolta Global. (en castellà) PDF Imprimeix Correu electrònic
dilluns, 21 de febrer de 2011 00:00

Vicenç Fisas, Director de l'Escola de Cultura de Pau, Universitat Autònoma de Barcelona.

Una de las herencias del patriarcado en decadencia es la de la cultura de la violencia y la correspondiente interpretación de la Historia a partir de acontecimientos sangrientos, protagonizados por “hombres a caballo y con espada”, posteriormente laureados y expuestos para la posteridad en magníficas estatuas situadas en las mejores plazas de nuestras ciudades. Nos hicieron creer que el mundo era exclusivamente el hecho a semejanza de este arquetipo viril, protagonista de la Historia, cuando en realidad no ha sido más que el protagonista de episodios de destrucción, sometimiento, corrupción y nepotismo. Viene a cuento esta consideración por la magnífica lección que el pueblo tunecino y egipcio, de sus mujeres y hombres, está dando al mundo al revolucionarse pacíficamente, sin más armas que su constancia en la protesta, dejando mudos a quienes todavía creen en diferentes lugares del planeta en el poder de la violencia física como instrumento para realizar cambios. Amanece sin embargo el 2011 con revueltas noviolentas de gran calado que nos invitan a recodar la gran cantidad de revoluciones que los humanos hemos protagonizado a lo largo del último siglo, para no ir más lejos, o simplemente en las últimas décadas. Muchas han sido bautizadas como “revueltas de colores”, al adoptar los revolucionarios modernos un color simbólico que les agrupaba en los momentos de la protesta. Los sujetos han sido jóvenes, estudiantes, monjes budistas, mujeres, parados y un sinfín de colectivos, interclasistas en su mayoría, que se han unido para derrocar al déspota, al tirano, al dictador, al usurpador, al salvapatrias, al iluminado, siempre hombre, entrado en años y normalmente con una inmensa fortuna amasada a costa de la pobreza de miles de personas desposeídas de su ciudadanía, o en su defecto, con un acumulado de poder político y social, mantenido por la inestimable colaboración de aparatosos servicios de seguridad, encargados de velar por la quietud de las masas y por el mantenimiento del statu quo.

Pero la gente del común se cansó y pasó a la acción, en Túnez y en Egipto, pero también en el Yemen, en Jordania, en Argelia, en Irán, en Marruecos y, pronto, en otras latitudes, con toda seguridad. Es la revuelta de los países intermedios, no la de los más pobres. Se trata de países con una renta por habitante que va de los 1.000 a los 4.000 dólares. En los países con una renta de 150, 300 o 500 dólares, no es la pobreza, sino la miseria la que paraliza a sus habitantes. “Son demasiado pobres para rebelarse”, se ha dicho. Ya veremos. De momento, el “we can”, el “podemos”, se contagia en las sociedades oprimidas políticamente, porque se ha visto que es posible el cambio, acabar con la violenta oscuridad de los días y los años en los que se ha negado la libertad. Empezamos 2011 con aire fresco, con una invitación a la alternancia, a hacer realidad los sueños, a cumplir con los deseos. Nos dicen que estamos ante una nueva ola, pero en todo caso es la ola de la calle, porque se trata de revoluciones no diseñadas en los despachos de teóricos de la revolución, sino de revueltas espontáneas organizadas con medios de comunicación modernos y con rapidez, e impulsadas por jóvenes que quieren tener futuro y un presente en el que vivir en dignidad. Por eso se movilizan, porque se les ha negado la vida misma, o aborrecen la que se les ha ofrecido. El arquetipo viril y violento, protagonista de la historia pasada, ha dejado paso al ser humano pacífico pero a la vez vindicativo e inconformista, inspirado en las luchas de las mujeres, en los movimientos por los derechos civiles y por la defensa de la tierra. Porque lo que se avecina como la gran revuelta, la revolución planetaria, tendrá esos tres componentes: mujer, derechos humanos y medio ambiente, esto es, igualdad, dignidad y supervivencia, y ningún cambio político será profundo sin la plena participación de las mujeres, sin el pleno respeto a los derechos humanos y sin una política ecológica transversal que nos permita cambiar las dinámicas que nos conducen al precipicio ambiental. Hablamos, ni más ni menos, que de cultura de paz, como opuesta a la secular cultura de la violencia. Como señala un documento de Naciones Unidas, “el concepto más amplio de la libertad supone que los hombres y mujeres de todas las partes del mundo tienen derecho a ser gobernados por su propio consentimiento, al amparo de la ley, en una sociedad en que todas las personas, sin temor a la discriminación ni a las represalias, gocen de libertad de opinión, de culto y de asociación. También deben verse libres de la miseria, de manera que se levanten para ellas las sentencias de muerte que imponen la pobreza extrema y las enfermedades infecciosas, y libres del temor, de manera que la violencia y la guerra no destruyan su existencia y sus medios de vida”.1

En el Índice de Derechos Humanos que publica la Escola de Cultura de Pau (http: escolapau.uab.cat), los países con peor puntuación en 2010 son la RD Congo, Sudán, Pakistán, Nigeria, Somalia, Sri Lanka, Myanmar y Afganistán. Casi todos tienen conflicto armado, y esta situación alimenta el deterioro de los derechos humanos y dificulta un desarrollo normalizado. En estos países será la comunidad internacional la que deberá realizar esfuerzos para presionar cambios y facilitar negociaciones que conduzcan a un proceso de paz, nunca fácil al tratarse en su mayor parte de países fracturados en regiones con un fuerte componente étnico. La revuelta política en esos países seguramente deberá esperar, porque hay objetivos aún más primarios que alcanzar, empezando por el fin de la guerra, la construcción de un Estado, la reconciliación étnica o el diálogo interreligioso.

Entrados ya en el Siglo XXI, y en medio de una crisis económica con profundas raíces de carácter socio-cultural, enfrontamos nuevos y viejos desafíos con suficientes instrumentos para pensar que los flagelos de la cita anterior pueden y han de ser superables en el medio plazo. Mientras la crisis económica pone de manifiesto el poder sin límites de la banca y el mal uso de su poder, sin que los ciudadanos-consumidores estén protegidos de sus desmanes, la humanidad ha de hacer frente igualmente a otros retos apelando al sentido de responsabilidad compartida, entendida como la capacidad de todos los seres humanos para interpelarnos sobre cuanto hacemos o dejamos de hacer, en procura de un bienestar generalizado. Podemos plantearnos una cultura de paz contemporánea, pues, como un reto respecto a nuestra manera de entender y vivir el mundo, en el que sea posible superar el flagelo de la guerra, dar protección a las poblaciones en peligro, desarrollarnos de forma armoniosa, tener plena capacidad de disfrute de los derechos humanos, y vivir bajo el desarme y con sostenibilidad ambiental. Bajo estos seis principios es que entendemos la cultura de la paz en el mundo de hoy, y es en esta dirección que podemos plantearnos un plan de acción que permita el pleno disfrute de las libertades que los seres humanos han de tener para vivir en dignidad y con plenitud, algo que en los países de la revuelta global ya se ha empezado a avizorar.

1. “Un concepto más amplio de la libertad: desarrollo, seguridad y derechos humanos para todos”, Documento de la Asamblea General, 21-3-2005, A/59/2005, p. 6

 
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Centre Cívic Parc Sandaru, en Barcelona
Del 18 de setembre al 9 d'octubre - Dimarts de 10:00 a 14:00
Per Míriam Acebillo

Nova edició del curs de formació obert a treballadors municipals vinculats al treball en situacions de conflicte en espais públics (mediadors, educadors, tècnics municipals, etc.).
Amb el suport de l'Ajuntament de Barcelona.
Veure BUTLLETÍ DE L'ECP, Núm. 20, agost/setembre2012

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