EL SEGUNDO CONGRESO INTERNACIONAL DE ESCRITORES PARA LA DEFENSA DE LA CULTURA

(Valencia-Madrid-Barcelona-París, julio de 1937)

Una de las resoluciones del Primer Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en el Palais de la Mutualité de París entre el 21 y el 25 de junio de 1935, consistió en la creación de una Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura (AIDC) cuyo Comité Internacional quedó compuesto por doce escritores antifascistas de indudable prestigio, uno de los cuales era Valle-Inclán. Esta AIDC venía a sustituir a la antigua Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios (AEAR), creada en marzo de 1933 en París y cuyo órgano de expresión, la revista Commune, apareció en julio de ese mismo año. La sección valenciana de esta AEAR se fundó el 7 de mayo de 1933 en los locales del Ateneo Científico (calle del Mar, 23) de Valencia, aunque el gobernador civil de entonces, el azañista Luis Doporto, prohibió la palabra “revolucionarios” y sus impulsores tuvieron que cambiarla por la de “proletarios”. Así, con la asistencia de Paul Vaillant-Couturier, dirigente de la AEAR, se fundó en nuestra ciudad la primera filial española de la AEAR internacional con el nombre de Unión de Escritores y Artistas Proletarios de Valencia (UEAP), cuyo manifiesto fue publicado ese mismo 7 de mayo de 1933 por el periódico valenciano El Pueblo.

Ese cambio de un Congreso Internacional de Escritores “en defensa de la cultura” y no “revolucionarios” no era baladí sino que venía a expresar la nueva política cultural antifascista que iban a impulsar desde entonces los Partidos Comunistas. Aquel Primer Congreso Internacional, en el que entre el 21 y el 25 de junio de 1935 se reunieron en la Mutualidad de París doscientos treinta delegados pertenecientes a treinta y ocho países, constituyó una gran manifestación antifascista de la intelectualidad mundial y obtuvo una resonancia internacional muy relevante. La delegación española estuvo compuesta finalmente por Julio Álvarez del Vayo –quien en un discurso titulado precisamente “Defensa de la cultura” denunció la brutal represión gubernamental contra los protagonistas de la revolución asturiana de octubre de 1934-, y por los entonces muy jóvenes escritores Andrés Carranque de Ríos y Arturo Serrano Plaja, mientras que Pablo Neruda y Raúl González Tuñón acudieron como delegados de Chile y Argentina, respectivamente. Los discursos de André Gide (“Defensa de la cultura”) y André Malraux (“La obra de arte”) fueron especialmente memorables y la prensa valenciana no fue ajena a un acontecimiento intelectual de tal magnitud. Por ejemplo, la revista Nueva Cultura reprodujo en su número 5 (junio-julio de 1935) una “Reseña del Congreso” realizada por su “enviado” Armando Bazán, así como un resumen de las intervenciones de Gide y Malraux. Por su parte, El Mercantil Valenciano fue, sin duda, el periódico de la ciudad que dedicó mayor atención a este Primer Congreso: el 4 de julio de 1935 publicó un artículo de Herbert Read, miembro de la delegación inglesa en dicho Primer Congreso; el 12 dedicó en su página de “Arte. Ciencia. Literatura” un amplio espacio al mismo con la publicación fragmentaria de los discursos de Gide, Julien Benda, Paul Nizan, Louis Aragon y Jean Cassou, acompañados por una breve nota introductoria firmada por F[ederico] M[iñana]; el 14 apareció un artículo de José Díaz Fernández sobre “Los escritores y la política”; el 19 reprodujo fragmentariamente el discurso de Malraux; y, finalmente, el 20 veía la luz un artículo de Camille Bouglé. Y no olvidemos, por otra parte, que el 23 de abril de 1936 se publicó en El Mercantil Valenciano el anuncio de la asamblea fundacional de la AIDC de Valencia, que iba a celebrarse a las siete de la tarde del día siguiente, viernes 24, en el domicilio social de la Casa del Maestro, plaza de Castelar, 12 (edificio Barrachina).

La celebración en Valencia de este Segundo Congreso Internacional no fue un regalo caído del cielo sino el resultado de un proceso que vale la pena reconstruir con brevedad. En efecto, en junio de 1936 se reunió en Londres el Secretariado general ampliado de la AIDC internacional quien, a instancias de Ricardo Baeza y José Bergamín, aprobó que el Segundo Congreso se realizara en España. A comienzos de noviembre de 1936, el Secretariado Internacional de la AIDC ratificó en París la decisión de celebrarlo en Madrid y, en este sentido, remitió un telegrama a la AIDC española firmado por Romain Rolland, André Gide, Jean-Richard Bloch, André Chamson y Louis Aragon.

Pero precisamente a inicios de noviembre de 1936 la caída de Madrid parecía inminente. Ésta es la razón por la que el Segundo Congreso Internacional, aunque celebró sesiones también en Madrid, fue inaugurado en Valencia. Y en enero de 1937 una asamblea de la AIDC española ratificó el acuerdo. En consecuencia, el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, del cual era responsable el comunista Jesús Hernández, nombró secretarios a tres escritores de la AIDC (Juan Gil-Albert, quien nos ha dejado sus recuerdos del Congreso en Memorabilia; Emilio Prados y Arturo Serrano Plaja) y les encomendó la compleja tarea de organizarlo. La inauguración el 4 de julio de 1937 en la Sala de Sesiones del Ayuntamiento de Valencia de este Segundo Congreso Internacional de Escritores para Defensa de la Cultura por parte del presidente del gobierno republicano, el doctor Juan Negrín, constituyó sin duda el acto de propaganda intelectual más espectacular realizado por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes durante la guerra civil española. En este Congreso -que celebró también sesiones en Madrid (días 5, 6, 7 y 8), Barcelona (día 11) y que se clausuró en París (días 16 y 17 de julio de 1937)- intervinieron más de un centenar de escritores antifascistas de todo el mundo, entre los cuales, para dar una imagen adecuada de su categoría intelectual y prestigio literario, mencionemos a los franceses Louis Aragon, Claude Aveline, Julien Benda, Jean-Richard Bloch, André Chamson, André Malraux, Léon Moussinac, Tristan Tzara y Paul Vaillant-Couturier; a los soviéticos Ilya Ehrenburg, Fedor Kelyn, Mijail Koltzov, Ivan Mikitenko, Alexis Tolstoi y Vsevolod Vishnievski; a los alemanes Theodor Balk, Bertolt Brecht, Willy Bredel, Egon Erwin Kisch, Heinrich Mann, Maria Osten, Ludwig Renn, Anna Seghers, Kurt Stern y Erich Weinert; a los ingleses W. H. Auden, Ralph Bates, Stephen Spender y Silvia Towsend Warner; a los holandeses J. Brouwer y Jef Last; al belga Denis Marion; a los daneses Karin Michaelis y Martin Andersen Nexö ; al noruego Nordalh Grieg; al suizo Charles F. Vaucher; a los italianos Ambroglio Donini y Nicola Potenza; al portugués Jaime Corteçao; a los búlgaros Kristu Beleff y Ludmil Stoyanoff; al chino Se-U; a los norteamericanos Malcolm Cowley y Langston Hughes; a los mexicanos José Mancisidor, Octavio Paz y Carlos Pellicer; a los cubanos Alejo Carpentier, Nicolás Guillén y Juan Marinello; al peruano César Vallejo; a los argentinos Cayetano Córdova Iturburu y Raúl González Tuñón; a los chilenos Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Alberto Romero; al costarricense Vicente Sáenz; a los escritores españoles Rafael Alberti, José Bergamín, Corpus Barga, Rafael Dieste, Gustavo Durán, María Teresa León, Antonio Machado y Ramón J. Sender, así como a los artistas y escritores firmantes de la ponencia colectiva, leída por Arturo Serrano Plaja: Antonio Sánchez Barbudo, Ángel Gaos, Antonio Aparicio, Arturo Souto, Emilio Prados, Eduardo Vicente, Juan Gil-Albert, José Herrera Petere, Lorenzo Varela, Miguel Hernández, Miguel Prieto y Ramón Gaya.
Los temas planteados a la reflexión colectiva del Congreso fueron los siguientes: El papel del escritor en la sociedad, Dignidad del pensamiento, El individuo, Nación y cultura, Humanismo, Los problemas de la cultura española, Herencia cultural, La creación literaria, Refuerzo de los lazos culturales y Ayuda a los escritores españoles republicanos. Ahora bien, al margen de esta variedad temática, en todos los discursos hubo unanimidad en resaltar que el pueblo español estaba luchando contra el fascismo internacional por la dignidad humana, por la defensa de la cultura y por la libertad del hombre y del pensamiento. El bombardeo de Guernica o el asesinato de Federico García Lorca, por ejemplo, alcanzaban un valor simbólico como expresión de esa barbarie fascista. Idéntico consenso se produjo en torno a la convicción de que la continuidad histórica de la cultura española estaba encarnada por la intelectualidad “leal” a la República y vinculada a la resistencia popular contra el fascismo. Pero la defensa de la cultura no era una actitud meramente pasiva o “conservadora”, sino que exigía convertir a la cultura –en sentido gramsciano- en el fundamento racional que convertía al miliciano o miliciana en personas conscientes del sentido profundo de la lucha y de los valores que implicaba la derrota del fascismo. Guerra o revolución o guerra y revolución, lo prioritario era ganar la guerra. Por otra parte, la conciencia de que la guerra civil española alcanzaba una dimensión internacional y de que en ella se estaba jugando el porvenir del mundo fue un tema reiterado y recurrente en muchos discursos.
El Congreso planteaba problemas culturales de fondo que hubiesen requerido una reflexión intelectual colectiva en un contexto de relajación y sosiego muy diferente al de una guerra civil. Muy lejos aquellos escritores antifascistas de las torres de marfil y de las musarañas poéticas, la indagación de formas concretas de ayuda a la España republicana y las condenas de la política de no-intervención practicada por las democracias burguesas occidentales fueron constantes. Por otra parte, el replanteamiento de la propia función social de la literatura, del compromiso del escritor o del poder real de la palabra como arma específica de la intelectualidad fueron cuestiones candentes que se plantearon a la consideración colectiva de los congresistas.
Los escritores extranjeros que viajaron a Valencia en julio de 1937 procedían de países distintos, en situaciones políticas diversas y con ideologías personales diferentes. En este sentido, no era lo mismo acudir como miembro de la delegación soviética o mexicana –países en los que había triunfado una revolución y que estaban ayudando activamente a la República española- que hacerlo desde “un país apacible y neutral” como Noruega (Grieg); como tampoco era idéntico acudir desde Norteamérica –símbolo de un capitalismo en crisis tras el crack en 1929 de Wall Street- que hacerlo desde un exilio forzoso como militantes de la Resistencia antifascista (el alemán Bredel o el italiano Donini); ni acudir a Valencia desde el frente de guerra como un combatiente de las Brigadas Internacionales que estaba empuñando a vida o muerte las armas (Renn) que luchar contra el fascismo con el arma únicamente de sus plumas, como lo estaban haciendo la inmensa mayoría de los demás escritores que, naturalmente , no estaban obligados a ser necesariamente héroes. Ni tampoco podían ser semejantes los compromisos contraídos a su regreso. Por encima de experiencias humanas y emociones personales, el compromiso colectivo de aquellos escritores antifascistas extranjeros era fundamentalmente “moral” y suponía un deber de movilización de la opinión pública internacional a través de reportajes, libros, artículos, conferencias o manifiestos. Malcolm Cowley era muy honesto cuando afirmaba que lo único que podía hacer era presentar un informe veraz ante la opinión pública norteamericana y denunciar el filofascismo de la cadena periodística Hearst. Porque los deberes de la intelectualidad antifascista eran entonces, ante todo, deberes de acción. Por su parte, Ludwig Renn, con la autoridad moral que le confería su condición de brigadista, apelaba a la imaginación de cada escritor para encontrar alternativas concretas de lucha: “Luchad contra la guerra; os lo rogamos; luchad con la pluma y con la palabra como cada uno pueda mejor, pero luchad”.
Las delegaciones de escritores hispanoamericanos, invitados por Pablo Neruda desde París, fueron especialmente sensibles, por obvias razones de lengua e historia, a la hora de resaltar la importancia que tendría la victoria republicana para el destino de su continente. En este sentido, su “Apelación desde Madrid a los escritores hispanomericanos”, firmada conjuntamente por argentinos (Córdova Iturburu, González Tuñón, Rojas Paz), chilenos (Huidobro, Neruda, Romero), costarricenses (Sáenz), cubanos (Carpentier, Fernández Sánchez, Guillén, Marinello, Pita Rodríguez), mexicanos (Mancisidor, Paz, Pellicer) y peruanos (Vallejo), constituye un emotivo documento que apela patéticamente a la acción solidaria en pro de la España republicana: “España es el futuro de Hispanoamérica. (...) Lo pedimos desde Madrid, la heroica, asombro de la tierra y honor del linaje humano”.
La defensa de la cultura significaba intelectualmente la defensa de un nuevo humanismo revolucionario, de un humanismo socialista en pro de la dignidad humana y de la libertad de los pueblos. Por ello, esta defensa de la cultura implicaba también, en aquella España republicana en guerra contra el fascismo, la defensa de las nacionalidades culturales. Y, en este sentido, no podemos olvidar las palabras leídas por Carles Salvador en nombre de la delegación del País Valencià ante este Segundo Congreso. Porque el respeto de la República española hacia las distintas nacionalidades del Estado explica la presencia en él tanto de una delegación de Catalunya -compuesta por Emili Mira, Pompeu Fabra, Josep Pous i Pagès y Jaume Serra Húnter- como de una delegación del País Valencià integrada por Bernat Artola, Ricard Blasco, Enric Navarro i Borràs, Adolf Pizcueta y Carles Salvador, que fue quien, en nuestra lengua, se dirigió a los escritores antifascistas de todo el mundo.

 

 

No podemos olvidar esta ponencia colectiva, que transcribo íntegramente con la convicción de que constituye el documento más significativo de la intelectualidad valencianista durante la guerra civil española.El texto, leído el 10 de julio de 1937 en la Sala Consistorial del Ayuntamiento de Valencia per Carles Salvador en nombre de la delegación del País Valencià, dice así:

Assistim avui, per tristes circumstàncies i en la nostra mateixa carn, a una guerra cruel i violenta, provocada pels elements reaccionaris internacionals. En aquest moment, plenament decisiu per al pervindre del món, en aquest moment de liquidació de les oposicions al progrés, nosaltres, escriptors nacionalistes valencians, volem unir la nostra veu al cor de les veus internacionals.

És aquesta, indubtablement, la lluita final i decisiva del valors absoluts del món. Juguen avui, sobre el tapís espanyol, dos valors absoluts, totals i definitius: l’ésser i el no-ésser. Amb poques paraules: l’afirmació i la negació de l’home i, per consegüent, el pervindre del món, el pervindre de la cultura. Ara bé, s’han esdevingut a la nostra terra fenòmens remarcables, no ja per la seua transcendència política, sinó per la seua transcendència cultural.

Hom sap de sobres ja que Espanya, el que comunment denominem Espanya, carix d’una unitat efectiva, específica, per ésser constituïda per un nombrós estel de petites nacionalitats que des de fa segles i per una unilateral creència de falsa unitat, han vingut soportant una infam i vergonyosa difamació –i àdhuc opressió- per part dels elements centralitzadors que les predestinaven a morir baix un complet oblit. La realitat espanyola, però, era una altra. La vida bullent de que fruïen les dites nacionalitats malgrat els esforços inútils per llevar-li-la, les féu alletar en rebel.lió constant, front per front del poder central. Ara bé, sabem de sobres, que aquesta franca tendència de deslligar-se de l’Estat central per a constituir un Estat lliure o federal voluntàriament, no pot ser vista, en cap manera, com una integració de l’Estat espanyol –puix que és una cosa inorgànica i falsa- ni com a atemptat a l’internacionalisme. Nosaltres proclamem, i parlem per la pròpia experiència d’escriptors, que quan més aferrissat a la terra pairal s’és, més internacionalista hom arriba a ésser. I no volem admetre ja –després de l’examen dels exemples soviètic i espanyol- cap matizació, barrejament ni intent de confusionisme per part dels elements antirrevolucionaris, respecte al debat de la qüestió.

Actualment, en la nostra guerra, han esdevingut fets remarcables que ens obliguen a parlar així. Són aquets, a banda la realitat històrica de que Espanya no és UNA, sinó VÀRIA, el reconeixement conforme a la Constitució de dues nacionalitats pel govern del Front Popular: Euzkadi i Aragó; el reafermament del sentiment nacionalista front als més greus problemes, i la capacitació dels nacionalistes per a lliurar-se de les urpes del feixisme, primer, i per a ajudar al manteniment de la guerra d’independència, després.

Però aquestes nacionalitats ibèriques, que existeixen amb una plena personalitat i una plena consciència política, no són únicament un fet polític, geogràfic o històric. Són també un fet cultural. I, per consegüent, un fet ètic, que demana amb una serena consciència del moment, un mínim reconeixement de la seua personalitat, una mínima justícia.

Stalin reconeix, al seu llibre El marxisme i el problema nacional, que la primera característica d’una nació és la comunitat d’idioma. Hem d’afegir nosaltres, que l’idioma és la fonamentació de la cultura, i que ninguna nació tindrà una plenitud cultural mentres no tinga dret a l’ús oficial del seu idioma, perquè açò és la pedra fonamental per a la construcció del monument de la cultura.

Estem reunits avui, els representants de tots els països, baix una bandera comuna de defensa de la cultura. Sabem què és una cultura, i que la comunitat de manifestacions culturals en cada país del món pren el caire i el sentit especialíssims del caràcter d’aquella nació. Ara bé, quins són els perills contra els quals anem a defendre la cultura? Al nostre entendre, la defensem contra el feixisme, que és la negació de l’home, i com tota manifestació cultural prové de la voluntat individual o col.lectiva d’un o varis homes, nosaltres no podem dubtar que el feixisme, en negar l’home nega també la cultura, i més encara, nega les minories culturals, nega les cultures nacionals i nega el dret d’existència cultural , que no política, a les minories nacionals. Per això nosaltres, sense entrar en més generalitzacions, volem fixar el nostre pensament, la nostra posició nacionalista davant el fet concret dels perills que, conjugant-se, atempten contra la nostra cultura autòctona.

Negant el dret d’existència cultural a les minories nacionals, el feixisme sap ben bé que el que nega és l’existència d’un mitjà fonamental de cultura i d’expressió normal per al poble. És en el poble on s’ha conservat, per anys i segles, l’essència de la llengua. Els elements aristocràtics o simplement els que es deien cults, no volien emprar aquella llengua, únicament conservada pel poble sota el pretexte de què era un “dialecte” quan el que volien dir era que la parlava el poble, i ofegar així tota manifestació cultural. El feixisme ha fet més encara. Baix els dictats d’unes confoses idees d’unitat, prohibix actualment, en els territoris rebels, l’ús dels dialectes regionals. Per això ens sembla incomprensible que, a hores d’ara, encara algú vullga oprimir els idiomes i personalitats nacionals i es diga defensor de la cultura. La millor defensa de la cultura, cridem nosaltres, és la total defensa dels interessos culturals de les petites nacionalitats. La defensa de la cultura ha de radicar, d’una manera íntegra i enèrgica, en l’absoluta defensa de les personalitats, auctòctones i vàries, de les minories nacionals. I no ja pel que puguen significar d’aportació a la cultura internacional, universal, sinó perquè són les més directament amenaçades pel feixisme, les més oprimides durant segles, i les que més immediatament perillen. I si no fóra prou això, perquè representen l’única manifestació pròpia dels pobles oprimits, dels pobles malmesos pels centralismes universals.

Hem fixat ja la nostra posició clarísssima front als problemes de la cultura, en la seua fase de Nació i Cultura. Sols ens resta, ara, adreçar-nos ardidament als representants dels altres pobles ibèrics perquè es solidaritzen amb les nostres paraules i facen una campanya general i mancomunada per la defensa dels interessos generals de les nostres respectives minories nacionals. Els nostres soldats defensen, amb les armes a la mà, la cultura en les trinxeres de la victòria. Els nostres ulls coneixen de misèries, de plors, de dolors. Però confiem en el pervindre, el sentim arreladament nostre, perquè tenim fe en els soldats i fe en la cultura. No és prou parlar, no és prou dir-ho i estar-se quiet. És precís també moure’s. Com? Defensant nosaltres, nacionalistes ibèrics, amb la ploma i la paraula, el dret inqüestionable que tenim al reconeiximent de les nostres personalitats, fonament de la nostra cultura; defensant nosaltres, nacionalistes internacionals, de nostres interessos generals, perquè DEFENSANT LA CULTURA PARTICULAR, PECULIAR DE CADA POBLE –I ENCARA MÉS, DE LES PETITES NACIONALITATS OPRIMIDES-, ÉS COM ES POT ARRIBAR A DEFENSAR LA CULTURA GENERAL, UNIVERSAL.

La presencia de una delegación del País Valencià en un Congreso Internacional de Escritores constituía una rigorosa novedad histórica que venía a subrayar la voluntad de “normalización” cultural y política que orientaba nuestro proceso de “redreçament”.

Luchar contra el fascismo en 1937 era defender la cultura y, específicamente, defender las nacionalidades culturales, una defensa que no entraba en contradicción con el internacionalismo sino que -según aquellos “escriptors nacionalistes valencians” que se afirmaban “nacionalistes internacionals”- constituía la única manera auténtica de defender la cultura universal.

La estancia en nuestra ciudad de aquellos escritores antifascistas de todo el mundo fue aprovechada por la prensa valenciana (el “diario socialista de la mañana Adelante, el “órgano del Partido Comunista” Frente Rojo, el “diario republicano de izquierdas” El Mercantil Valenciano, el “portavoz de la Federación Anarquista Ibérica” Nosotros o el “diario republicano” El Pueblo, entre otros) para informar ampliamente sobre el Congreso. La revista Hora de España le dedicó monográficamente su número VIII (agosto de 1937) y reprodujo algunos discursos, además de publicar íntegra la ponencia colectiva de escritores y artistas españoles. Esta ponencia, por su rigor intelectual y calidad literaria, constituye, a mi modo de ver, el documento de pensamiento estético más lúcido suscrito colectivamente por la juventud literaria y artística española surgida durante los años de la Segunda República. En efecto, lejos de la demagogia, el dogmatismo o el sectarismo, acertaban a matizar con claridad la necesidad y límites de un arte de agitación y propaganda y venían a apostar por una literatura de calidad -comprometida con la guerra y con la revolución pero desde la más absoluta independencia estética- como la mejor manera de propaganda “al servicio de la causa popular”. Por su parte, Nueva Cultura publicó también en su número 4-5 (junio-julio de 1937) fragmentos de algunos discursos, más el texto íntegro de las ponencias catalana y valenciana, así como el texto de la “Resolución final”.

En aquellos días valencianos los congresistas recibieron tres importantes libros preparados por escritores vinculados a la AIDC española: el Romancero General de la Guerra de España, la Crónica General de la Guerra de España y la antología de Poetas en la España leal. Y también aquellos escritores antifascistas pudieron asistir a las diez y media de la noche del día 4 de julio a una representación en el Teatro Principal de la Mariana Pineda, de Federico García Lorca, puesta en escena dirigida por Manuel Altolaguirre en homenaje a su autor y en la que actuó Luis Cernuda como don Pedro. Esa misma madrugada, sin embargo, los congresistas recibieron la visita de aviones fascistas que, a modo de bienvenida a la inteligencia, bombardearon la ciudad.
Al margen de incidentes como la polémica exclusión de André Gide o de algunas miserias políticas o insuficiencias estéticas de los propios discursos pronunciados, lo que no se puede negar en modo alguno a este Segundo Congreso Internacional es su grandeza antifascista. Porque su razón fundamental era precisamente ésa: todos aquellos escritores extranjeros vinieron a una España en plena guerra civil para expresar la solidaridad internacional del antifascismo intelectual con la República española. Con la temperatura pasional propia de aquellas trágicas circunstancias, el Segundo Congreso significó un acto de oposición intelectual a la barbarie fascista y los escritores antifascistas de todo el mundo firmaron, con la resolución final, el compromiso moral de movilizar, contra la criminal política de no-intervención practicada por la mayoría de sus Gobiernos, a la opinión pública internacional en solidaridad con la República española. Así, con toda la razón del mundo pudo afirmar el escritor Gabriel García Márquez en su “Discurso de inauguración” del Segundo Encuentro de Intelectuales para la Soberanía de los Pueblos –pronunciado en La Habana el 29 de noviembre de 1985- estas palabras lapidarias:

Siempre me he preguntado para qué sirven los encuentros de intelectuales. Aparte de los muy escasos que han tenido una significación histórica real en nuestro tiempo, como el que tuvo lugar en Valencia de España en 1937, la mayoría no pasan de ser simples entretenimientos de salón.

En la España de 1937, con un pueblo en armas contra el fascismo internacional, el Segundo Congreso Internacional de Escritores para Defensa de la Cultura no podía ser un Congreso más, un simple entretenimiento de salón, sino un Congreso de la intelectualidad antifascista mundial que tuvo entonces y tiene ahora –setenta años después- “una significación histórica real en nuestro tiempo”.

 

Manuel Aznar Soler
GEXEL-Universitat Autònoma de Barcelona


Hipatia - Biblioteca d'Humanitats - UAB - Altres webs temàtiques

Contingut: Manuel Aznar, Maria Campillo, Montse Gutiérrez i Fructuós Moncunill
Disseny: Santiago Muxach i Riubrogent
Ilustracions procedents de la revista Hora de España fetes per Ramón Gaya
Fotografies procedents de l'ANC, Fons fotogràfic: Generalitat de Catalunya. Segona República

© 2007