Tiempo de
austeridad en la UE
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| Manuel Muela (Economista)
(20-12-2005) |
Publicado en: Edición Impresa -
Opinión |
La conclusión de la Cumbre de la Unión Europea (UE) y la
aprobación de sus finanzas para los próximos años ha puesto de
manifiesto que la preocupación principal es la de mejorar la
gestión de los fondos públicos, abandonando las políticas de
despilfarro, no exento de megalomanía, que habían
caracterizado los Presupuestos europeos. Y, aunque a algunos
les cueste reconocerlo, ha sido la presidencia británica,
liderada por Tony Blair, la que ha llevado a término un giro
indispensable en éste aspecto de la política comunitaria, que
puede finalmente ayudar a un cambio positivo de la economía
española.
Desde que el núcleo duro de la Unión Europea, Francia y
Alemania, entró en una crisis de estancamiento de sus
economías, que ha devenido en crisis política -parcialmente
resuelta en Alemania con la llegada de una nueva canciller,
Angela Merkel, y pendiente de resolución en Francia en las
próximas elecciones presidenciales- era un secreto a voces que
las políticas presupuestarias de la UE no podrían continuar
con los esquemas anteriores: las subvenciones cada vez más
costosas de la agricultura y la carestía creciente del
sostenimiento de las instituciones europeas.
La convergencia de la crisis económica y la ampliación
desmesurada de la UE, movieron al primer ministro británico a
plantear una reestructuración profunda de los Presupuestos no
sólo cuantitativamente sino cualitativamente, exigiendo el
análisis pormenorizado de las subvenciones y de los costes de
la propia Unión en su conjunto. Se trataba, en su opinión, de
insuflar un nuevo espíritu dominado por el rigor financiero y
la visión anglosajona de la búsqueda de la eficacia, tan poco
apreciados ambos por la tecnoestructura de Bruselas.
Cuando el Reino Unido asumió la presidencia de la UE en el
segundo semestre de éste año ya se había constatado el fracaso
de la llamada Constitución europea y era evidente la parálisis
de la Comisión y el resto de la maquinaria comunitaria. Para
un dirigente como Blair, el único políticamente fuerte de los
grandes países de la UE, la ocasión era muy propicia, y supo
aprovecharla. Desde el primer momento puso sobre el tapete una
reestructuración que, sin ser drástica, ha prevalecido. Porque
lo importante, aparte de las cifras, son los principios que
las inspiran: austeridad y rigor.
Pero no ha sido sólo Blair quien ha capitaneado el cambio.
Para ello ha contado con la ayuda inestimable de la canciller
de Alemania que, como no podía ser menos, ha transmitido la
inquietud y la desazón de sus compatriotas sobre la evolución
de las finanzas europeas. Los alemanes no ven con buenos ojos
que mientras ellos ahorran y se moderan haya otros que
parezcan vivir en el mejor de los mundos, sin valorar de dónde
provienen los grandes esfuerzos fiscales de la UE.
Los Presupuestos ahora aprobados permitirán financiar la
ampliación de una manera digna, enviando de paso un mensaje a
los Estados receptores netos de fondos para que ajusten
progresivamente sus economías a un tiempo presidido por el
ahorro y la previsión, viejos términos que parecen haber caído
en desuso, sobre todo en algunos países como España, que viene
comportándose últimamente como un nuevo rico... sin serlo.
Nuestro déficit comercial y el crecimiento desmesurado del
endeudamiento de los españoles son buena prueba de ello.
Las grandes inercias son muy poderosas y es posible que no
se produzca un cambio significativo a corto plazo, me refiero
a España, dada además la situación política que vivimos. Pero
las cartas están echadas y los mensajes que vienen y
continuarán viniendo de Europa obligarán a poner cierto orden
en el patio de recreo en que se ha convertido nuestra
economía.
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