Plenamente europeos | EL PROGRESO SOCIAL Y económico, la estabilidad política... que disfruta nuestra sociedad serían impensables sin nuestra pertenencia a la UE
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CARLES A. GASÒLIBA I BÖHM - 02/01/2006
Hasta hace veinte años no podíamos hacer esta afirmación. El primero de enero de 1986, nos homologamos con la Europa democrática, al integrarnos en la organización que mejor representa y articula el proceso para llegar a una Europa unida. Nacida del tratado de París de 1951, que creó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la Unión Europea de hoy integra a 25 estados miembros, representa a más de cuatrocientos millones de habitantes, tiene previstas nuevas ampliaciones, cuenta con una moneda única y aspira a tener una mayor plenitud institucional y política que iguale la ya alcanzada en el ámbito económico y monetario. En los últimos veinte años hemos podido participar plena y directamente en el proceso de construcción europea, participación que nos había estado vetada por la dictadura franquista. Con la democracia, fijamos como uno de los principales objetivos nuestra integración en lo que conocemos hoy como Unión Europea. El progreso económico y social, la estabilidad política, la proyección internacional y, en definitiva, las oportunidades que disfruta nuestra sociedad serían impensables sin nuestra pertenencia a la UE.
Podemos mirar atrás sin ira. En el conjunto del Estado, las aportaciones de los fondos agrícolas, estructurales y de cohesión han contribuido a reducir los desequilibrios territoriales y sociales. Las áreas industriales en crisis han contado con aportaciones sustanciales para su reconversión, así como para la regeneración de áreas urbanas degradadas. También se han beneficiado de las aportaciones comunitarias los programas de formación e intercambio para jóvenes o las tareas de investigación y desarrollo e innovación tecnológica. La política con el Mediterráneo y Latinoamérica tiene su fundamento y la posibilidad de desempeñar un protagonismo indudable y destacado, gracias a nuestra plena integración en la Unión. Hemos sido alumnos aplicados, que hemos recuperado un retraso histórico: estamos en el núcleo duro de la Unión, pertenecemos a Shengen, al euro, cumplimos el pacto de estabilidad y crecimiento, y hemos ratificado en referéndum el tratado por el que se establece una Constitución para Europa. Nuestra sociedad está preparada para los nuevos retos que marca estar en la vanguardia europea.
La mundialización, con una competencia económica cada vez más acusada a escala internacional, con la presión de las migraciones, el terrorismo, nuestro declive demográfico, así como la consecución de una sociedad más competitiva basada en el conocimiento y que mantenga los fundamentos de la sociedad del bienestar y constituya un factor de equilibrio internacional, para contribuir a la paz, son retos nuestros y también europeos, responder con éxito a éstos requiere un severo esfuerzo de regeneración, de responsabilidad colectiva e individual, de respeto a los valores que fundamentan las sociedades democráticas liberales como las de la Unión. Recordemos que la Unión inició este milenio con tres grandes retos, el euro, la ampliación y una mayor y mejor dimensión política e institucional concretada como proyecto en el tratado constitucional, objetivos a los que hay que sumar los de la agenda de Lisboa. Los dos primeros se están cumpliendo y desarrollando satisfactoriamente, el de la unión política hemos de conseguirlo antes de que acabe la década.
Hasta ahora, en su conjunto, el balance es satisfactorio, pero, como muy bien teorizó Popper, las sociedades abiertas, las democracias, son frágiles y deben fortalecerse y regenerarse constantemente. Nuestra sociedad debe aceptar y responder con energía renovada a los nuevos envites que se le plantean, una sociedad que sólo viese en la Unión sus aportaciones para instalarse en la cultura del subsidio, que defienda el proteccionismo para anquilosarse sin tener en cuenta incluso la solidaridad internacional, que se aleje de la innovación y las nuevas tecnologías, que prefiera el intervencionismo o el dirigismo a la iniciativa privada, al espíritu emprendedor empresarial, a la creatividad y la función pública y social de la sociedad civil, una sociedad que a la larga pueda aceptar renunciar a valores básicos de la libertad y la democracia, estará condenada al fracaso y al retroceso. La gran lección de veinte años en la UE es que hemos progresado sobre todo gracias a la apertura, la competencia y el ejercicio de una responsabilidad compartida y solidaria cada vez más intensa a escala europeoae internacional. Hemos de consolidarlo aceptando los nuevos retos de Europa, y respondiendo con valor y sin complejos ni reservas.
CARLES A. GASÒLIBA I BÖHM,
senador de CiU por Barcelona, presidente del Comité Español de la Liga Europea de Cooperación Económica
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