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Lenguas y culturas de Europa

LLUÍS FOIX  - 05/07/2005 - 21.32 horas
El inglés es la lengua de los ordenadores, de la cultura populista y de la comercialización a gran escala. El mundo se entiende en inglés o, para ser más preciso, en anglo americano. Se habla inglés en los clubs nocturnos de la Costa Brava o en los locales de comida rápida de Estambul. La lengua, decía Nebrija, es la compañera del imperio. Pero hoy la lengua es también la compañera insustituible del negocio y del comercio.

Soy consumidor del inglés de forma habitual y puedo comunicarme con el mundo utilizando la lengua de Shakespeare. Es tal la implantación de esta lengua franca que todos tenemos nuestro propio acento. Un británico cultivado sabe distinguir al francés que habla su lengua. Y al alemán, al ruso y al español. Los catalanes también tenemos nuestro propio acento inglés.

Bernard Shaw, un irlandés sarcástico y brillante, solía decir que cuando un inglés abre la boca ya se sabe el sueldo que percibe. El acento que sale de Oxford y Cambridge todavía dibuja a un diplomático, un político o un ejecutivo de una gran multinacional. Hay barrios de Londres, por ejemplo el West End, en los que se habla un inglés casi incomprensible por los que viven en Hampstead o Knightsbridge. Me decía un amigo inglés, cultivado y observador, que se puede dar la circunstancia de que un chino y un ruso hablen un inglés que no pueda ser entendido por un inglés de verdad.

El inglés es práctico, sencillo y universal. No tiene normas ni una Real Academia que vele por su pureza. Es un lenguaje libre para que las gentes se entiendan en estos tiempos globalizados. Pretende ser una superación de Babel.

Pero esta universalidad me preocupa porque puede convertirse en el cementerio de otras lenguas, grandes o pequeñas, que pueden desaparecer en algún recodo de la historia de la comunicación sin que nos demos cuenta. Sería una catástrofe para la humanidad que no se detuviera el ritmo acelerado con que van enterrándose muchas lenguas pequeñas.

No hay peligro de desaparición con esta hermosa lengua en la que escribo, el castellano. Pero sí lo hay para mi lengua propia, la que me enseñó mi madre, la que hablo conmigo mismo, la que me entiendo en mi más profunda intimidad, mi lengua catalana, la que han hablado desde hace más de quinientos años mis antepasados.

Entiendo perfectamente el que la defensa del catalán adquiera categoría política. No tanto porque sea mi lengua sino porque su desaparición o menosprecio afecta a mis más profundas convicciones. Dice George Steiner que no hay lenguas pequeñas. Y añade que cada lengua contiene, expresa y trasmite no solamente una carga de memoria singular de aquello que se ha vivido sino también una energía evolutiva de futuro, una potencialidad para el mañana.

La muerte de una lengua, aunque la hablen sólo diez personas, o una sola persona, es irreparable y reduce las posibilidades del hombre. No hay nada que amenace más radicalmente a Europa, a sus raíces, a su historia y a su civilización que esta marea detergente y exponencial del anglo americano que se lleva por delante nuestros valores al ser sometidos al esperanto devorador de la lengua universal de los negocios, de la política y de la cultura anglosajonas.

No es una cuestión de nacionalismo o de patriotismo. Es un grito desesperado para que las lenguas minoritarias no sean engullidas por la voracidad de la nueva lengua franca.

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