¿Turquía en la familia?
IGNASI GUARDANS
EL PAÍS
- Opinión - 28-09-2005
En cierta ocasión, ese respetado gurú de la radio española que inicia
ahora nuevos proyectos interrumpió de golpe su diaria tertulia matinal tras
el comentario de uno de los presentes para exclamar: "Señores, ¡atención!
¡Alguien ha expresado una duda!". Un comentario antológico, perfecta
descripción no sólo del panorama político español, sino del europeo en
general.
Cuando el Consejo Europeo decide adoptar una de las decisiones
más trascendentales de la historia de la Unión Europea, al iniciar las
negociaciones de adhesión con Turquía, lo menos que podemos hacer algunos es
formular en voz alta nuestras dudas graves sobre una decisión tremenda, que
puede suponer el principio del fin de la Unión Europea que conocíamos o
cuando menos de la que habíamos soñado.
Conviene un breve repaso de los hechos. En 1969, Turquía firmó el
Tratado de Ankara, un acuerdo de asociación con lo que entonces era un gran
mercado común de mercancías (aún no de servicios, ni de capitales), llamado
entonces Comunidad Económica Europea. Algo no muy distinto, para
entendernos, a lo que hoy existe con numerosos países africanos o con Chile.
En aquel documento se anunciaba ya que se examinaría la posible adhesión en
toda regla de Turquía a esa Unión aduanera (y, por tanto, a sus
instituciones). Años más tarde, en 1987, Ankara pide entrar en ese club
europeo, un club que ya en ese momento está en una evolución espectacular en
la que estamos todavía inmersos, y que nos ha llevado a construir un nuevo
proyecto político y social que, aunque cuestionado ahora, integra un espacio
común de seguridad y justicia, la supresión de nuestras fronteras
interiores, la moneda, la ciudadanía europea, un embrión de Servicio
Exterior... En suma, un club que pretende compartir algún tipo de proyecto
político y social común. Tras un primer rechazo coyuntural en 1989, en
diciembre de 1999 (casualmente -o no-, a los pocos meses de sufrir un
gravísimo terremoto), nuestros dirigentes de entonces deciden reconocer a
Turquía formalmente como candidato a lo que ya era la Unión Europea. Y esa
decisión se materializa el 3 de octubre de este año 2005 con el inicio, de
hecho irrevocable, del proceso de adhesión.
Es curioso cómo en este trascendental itinerario histórico se han ido
repitiendo dos elementos: por un lado, nunca se ha replanteado realmente el
fondo de la cuestión y sus profundas consecuencias para Europa como si se
tratara de una verdadera opción libre para la parte europea; cada paso
adelante se defiende como el cumplimiento de una obligación política
adquirida, una "palabra dada", que no se puede ni se debe cuestionar si la
UE ha de conservar su credibilidad internacional. Al mismo tiempo, se hace
todo lo posible por retrasar largos años las consecuencias reales de lo
decidido, de forma que los efectos no recaigan sobre quienes participan en
la decisión, sino sobre otra generación de europeos y sus líderes. Un juego
peligroso, irresponsable y escasamente democrático, que el 3 de octubre vive
un nuevo capítulo, con una diferencia muy seria: pasamos ahora de la
política al Derecho. Con esta decisión se pone en marcha una maquinaria
jurídica y administrativa que resultará imposible detener. Y se hace en
plena crisis europea y sin debate ciudadano. Porque, aunque se anuncian
algunos "frenos de emergencia" a la negociación, es fácil prever que el día
en que alguien pretenda invocarlos se repita la cantinela de estos días, de
estos meses, de estos años, la que proclama el Apocalipsis a las puertas de
Europa si le rompemos su ilusión al vecino turco. Y con ese argumento hemos
llegado hasta aquí.
Y es que ése ha sido el principal argumento: el pánico, bien
explotado por los dirigentes turcos, a las consecuencias de cualquier
alternativa. Éste, y las supuestas bondades de esta decisión para nuestra
relación con el mundo musulmán. Neguemos la mayor: este Estado que
pretendemos integrar no es un Estado europeo. Es fácil bromear con algo tan
escasamente científico pero tan real como el sentimiento de pertenecer a una
identidad colectiva. Pero algo sabemos en este país de eso, y del riesgo de
despreciarlo. El europeo que visita Pekín, Johanesburgo o Dubai sabe qué es
eso de la identidad europea sin necesidad de que se lo expliquen y aunque no
lo sepa definir. En la interpretación más benévola, sólo el 3% del
territorio turco, donde reside un 11% de la población, está de algún modo en
Europa. Reconozco la dificultad práctica de este debate, pero temo que quien
lo desprecie de plano como un sinsentido desconoce la sociedad en la que
vive. La identidad colectiva existe, y se manifiesta tanto hacia adentro en
las estructuras sociales como hacia fuera en las opciones geopolíticas. Y en
ambos sentidos insisto: Turquía no es Europa. Un debate, por cierto, que
nada tiene que ver con el de los derechos y la integración de aquellos no
europeos que han venido a vivir y trabajar entre nosotros desde Quito,
Islamabad o Kirikkale. Y donde a mi modo de ver el problema esencial no es
que se trate mayoritariamente de musulmanes, sino a lo sumo de las
consecuencias de ello en una Europa que no es todavía federal, al integrar a
un Estado donde falta la separación profunda entre creencias y poder
político o estructura social, con el debido respeto a Ataturk. Yo voté
contra Buttiglione cuando anunció su intención de convertir sus legítimas
convicciones personales en política europea. ¿Podremos hacerlo de nuevo
cuando votemos al comisario designado por Ankara? Y no se nos diga que al
menos así la UE y Turquía habrán arrastrado al mundo musulmán en no sé qué
buena dirección. Es fácil demostrar que ni en El Cairo ni en Rabat, ni menos
aún en Teherán o en Riad, han tomado nunca como modelo lo que haga Turquía.
Claro que esta perspectiva de integración estimula la transformación
democrática de Turquía. No me cabe duda, aunque resulte difícil entender que
la entrada en la UE deba ser el único aliciente para abandonar la tortura en
las comisarías, reconocer los derechos de las minorías o dejar de ejecutar a
las adúlteras. Pero ni en este terreno ni en el ámbito económico ha
explicado nadie por qué es imposible crear un modelo de relación estrecha
distinto de la plena integración. Un traje a medida, incluso con políticas
de cohesión. Un traje para un vecino amigo al que deseamos lo mejor, y cuya
estabilidad (y recursos) necesitamos. Pero ¿por qué su integración en la
familia, y -por su población presente y futura- como uno de los miembros con
mayor autoridad y peso político? En realidad, quienes rechazan estas
opciones alternativas se ven forzados a admitir que será imposible durante
muchos decenios (es un decir) integrar a Turquía en las políticas concretas
que estamos construyendo. Y no hablo sólo del temor reconocido a la
circulación de trabajadores. Por ejemplo, ¿es posible mantener Schengen y la
supresión de fronteras interiores desde Irak o Siria hasta Lisboa?
Sinceramente, creo que no.
La consecuencia parece clara, y quizá inevitable. Por vez primera, no
es un Estado el que se adapta a la UE, sino la UE la que se verá
intensamente transformada por la entrada de un nuevo Estado, al no estar en
condiciones de digerirlo. En paralelo a la adhesión, veremos probablemente
la creación de un círculo de países que acepten compartir "una unión cada
vez más estrecha", sin Turquía, y de paso sin alguno más de los actuales
miembros, dejando a la UE como un gran espacio comercial y económico desde
Kiev a Almería. Puedo estar muy equivocado pero, cuando menos, ¿no genera
todo ello algunas dudas dignas de un debate más serio?
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