Versión para imprimir

GERHARD SCHRÖDER - 27/10/2005

 


Por una Europa fuerte


EN EL ENCUENTRO DE hoy en Hampton Court, la clave reside en que una Europa unida vele para que la economía y la cohesión social se den la mano  

GERHARD SCHRÖDER - 00:00 horas - 27/10/2005
Quien busque un lugar adecuado para reflexionar sobre el futuro de Europa, no encontrará otro mejor que el Bund, el famoso paseo marítimo desde donde se divisa un paisaje único en el mundo: el skyline de Shanghai. Esta ciudad y sus edificios futuristas no sólo son símbolo de la renovación arquitectónica de una antigua metrópoli de la cultura y el comercio, sino que encarnan el enorme dinamismo económico y social en el que se halla inmersa China y, con ella, toda Asia.

Este dinamismo acelerado debe hacernos reflexionar a los europeos. El poder económico emergente de Asia no va dirigido contra nadie; al contrario, para una nación exportadora como Alemania representa una oportunidad que hemos de saber aprovechar. Y, sin embargo, nos damos cuenta de que allí están pasando cosas que van a afectar profundamente a nuestras vidas. El equilibrio internacional de nuestras sociedades está en entredicho.

Somos testigos de fenómenos económicos, tecnológicos y sociales que, como desplazamientos tectónicos, van a poner patas arriba el orden mundial que conocemos. Empieza a tomar forma la realidad en la que vivirán nuestros hijos. Su rasgo principal será una férrea competencia por los mercados, los recursos y las nuevas tecnologías, una batalla en la que los países de salarios altos como los europeos van a tener graves dificultades para generar el valor añadido imprescindible para el mantenimiento de nuestro sistema de garantías sociales, tanto más cuanto que nuestra evolución demográfica es desfavorable. Las sociedades europeas se hallan inmersas en un dramático proceso de envejecimiento y pérdida de población. Por ejemplo, dentro de diez años vivirán más personas en Shanghai que en toda Escandinavia.

A estos desafíos hemos de oponerles una política inteligente. Gracias a la Agenda 2010, Alemania ha puesto en marcha las reformas necesarias para asegurar la competitividad de nuestro país y para dotar a nuestro sistema de garantías sociales de unos cimientos sólidos para el futuro. Los empresarios y los trabajadores alemanes están contribuyendo de un modo ejemplar a la renovación de nuestro país. Ya se aprecian los primeros éxitos. Ahora debemos velar porque este proceso de reformas capaz de aunar la competitividad económica con el equilibrio social adquiera un carácter irreversible.

En Alemania, los pasos decisivos en este sentido los debemos dar nosotros mismos. Pero no debemos caer por ello en la falsa creencia de que todo está sólo en nuestra mano. A la vista de las convulsiones que se avecinan, los europeos debemos trabajar juntos para que en el orden global del siglo XXI sigan vivos los principios que van asociados a nuestro continente desde los tiempos del humanismo y la Ilustración: el respeto a la dignidad del individuo, la libertad, el Estado de derecho, la democracia, la justicia social y la tolerancia. Sólo todos los europeos unidos podemos encauzar el proceso de globalización de manera que nuestras empresas y trabajadores, es decir, todos nosotros, tengamos un futuro solvente. Tenemos muchas posibilidades de conseguirlo: basta pensar en ejemplos como el Airbus o nuestra representación común en la Organización Mundial del Comercio.

Los europeos debemos reflexionar juntos sobre el papel futuro de nuestro continente y reorientar nuestra política en la medida en que sea necesario. La Unión Europea, con su medio siglo de éxitos continuados, se halla ante una encrucijada de dimensiones históricas. Los jefes de Estado y de Gobierno de la UEhan sido invitados por el primer ministro británico, Tony Blair, en nombre de la presidencia británica de la UE, a celebrar hoy un encuentro informal en Hampton Court, cerca de Londres.

El protagonista del debate será el modelo social europeo. Las sociedades de nuestro continente están fundadas sobre el consenso. Lo que las mantiene unidas es el deseo de conjugar las exigencias de la eficiencia económica con una política que garantice la cohesión social. La sociedad está abierta a los cambios, a condición de que se lleven a cabo con sentido común y sin fracturar el equilibrio social. Éste es, por ejemplo, el mensaje del resultado electoral alemán del 18 de septiembre. Si la racionalidad económica y la solidaridad interna van de la mano, lograremos preservar a largo plazo la paz social, condición indispensable para una economía próspera y para la pluralidad y la tolerancia en el seno de la sociedad abierta.

Ésa es la clave de la discusión en torno al modelo social europeo. La Europa unida debe velar por el mantenimiento de la cohesión social. Y es que muchas veces los ciudadanos no ven la reglamentación del mercado único como un escudo protector contra los envites de la globalización, sino al revés: se ve al mercado único como la avanzadilla, en algunos casos incluso como el caballo de Troya, de una competencia internacional desatada. Bajo la presión para adaptarse a las nuevas circunstancias, se pierden las certezas comprobadas y se deshacen los vínculos sociales que, sin embargo, son imprescindibles para una convivencia provechosa.

Para evitar los malentendidos, hay que subrayar que la competencia es desde luego necesaria, y que por lo tanto la política debe imponer condiciones que la favorezcan. Pero siempre de modo constructivo y responsable. La política no puede mirar para otro lado cuando, por ejemplo, acogiéndose falazmente al principio básico europeo de la libre prestación de servicios, se practica el dumping social o se ignoran las normativas medioambientales.

En Europa se está debatiendo una cuestión fundamental. Hay quien piensa que el mercado (y, por tanto, la tendencia creciente a la liberalización) debe convertirse en el criterio último de toda actuación política. Otros sostienen que los europeos debemos aferrarnos a nuestra convicción de que la política está obligada a dar forma a nuestra realidad vital en el marco de la responsabilidad social. Y en este asunto no puede haber ambigüedades.

La gente está dispuesta a apostar por la iniciativa privada, pero no desea la liquidación del Estado. Para entender esto basta con recordar lo sucedido recientemente en Nueva Orleans. Los europeos, y esto incluye, lo recalco, a los británicos, no quieren ni pueden privatizar por completo sus riesgos vitales; lo que quieren es, por decirlo de un modo conciso, un Estado que los acompañe, pero no llevándolos de la mano. Y este ideal es el que ha de inspirar la política europea.

Pero esto todavía está muy lejos de ser una realidad, como demuestra el resultado de los referendos constitucionales francés y holandés, que ha puesto a la UE en una situación de grave crisis. En estas circunstancias, resulta casi imperdonable el fracaso de las negociaciones presupuestarias del pasado junio. En la cumbre de Bruselas, Alemania cedió en su postura hasta el límite de lo posible e incluso un poco más allá. Otros, en cambio, mantuvieron sus exigencias y no se movieron un milímetro de sus posiciones. Al final, fueron precisamente los nuevos países miembros de Europa del Este, los más pobres de la Unión, los que aceptaron recortes en sus ayudas. Un episodio vergonzoso para los países ricos, pero al mismo tiempo estimulante, porque demuestra que el espíritu solidario todavía no se ha quebrado entre los estados miembros. Yo, personalmente, desde aquella cumbre ya no hago distinciones entre miembros antiguos y nuevos. Nuestros amigos de Europa del Este han demostrado que están a la altura de su responsabilidad europea.

Hoy, en el encuentro de Hampton Court, se intentará tomar el pulso a la situación antes de volver a pretender llegar a un acuerdo presupuestario en diciembre. En principio, se dan las condiciones para ese entendimiento, ya que la presidencia luxemburguesa ha elaborado una propuesta que debería hacer posible un compromiso global. Sería muy buena señal que el acuerdo presupuestario se alcanzara bajo la presidencia británica, y estoy seguro de que Tony Blair es consciente de las grandes expectativas que se han depositado en su persona.

Pero un acuerdo definitivo en la cuestión presupuestaria no bastará para sacar a la UE del marasmo en que se encuentra. Ha llegado el momento de debatir a fondo acerca de los objetivos y tareas de la política europea y su dimensión social.

No es necesario reinventar la Unión Europea. El proyecto se puso en marcha en los años cincuenta del siglo pasado con el propósito de superar de modo permanente el antagonismo ASTROMUJOFF entre las naciones del corazón de Europa, especialmente Francia y Alemania. Además, la Unión había de servir para favorecer la reconstrucción económica de un continente asolado por los desastres de la guerra y el hambre. Ambas cosas se han logrado de modo ejemplar. Con el ingreso de diez nuevos estados miembros en mayo del 2004, se consiguió además poner el ansiado punto final a la histórica división del continente.

Con la decisión de iniciar las negociaciones de adhesión de Turquía, la promesa de paz y estabilidad del proyecto europeo se ha visto complementada con una dimensión geoestratégica decisiva. Hace dos semanas tuve ocasión de comprobar en Estambul hasta qué punto los turcos se sienten ligados a Europa, su cultura y sus valores. Nada ha dado mayor impulso a las fuerzas reformistas turcas que la perspectiva de la adhesión del país a la UE. Ese panorama no sólo producirá cambios profundos en Turquía, sino también en los países vecinos, y ayudará a poner las bases de un diálogo basado en los principios humanistas entre Occidente y Oriente, entre Europa y el islam.

Desde el principio he sido defensor convencido de un futuro europeo para Turquía. Sin embargo, soy consciente de que la perspectiva del ingreso turco en la UE pone nerviosas a muchas personas en Europa. Debemos tomar muy en serio sus reparos. Por eso hay que subrayar que Turquía sólo podrá ingresar algún día en la Unión Europea si es capaz de cumplir plenamente las condiciones de adhesión. Además, debemos adoptar medidas que regulen la transición a fin de proteger los derechos de los ciudadanos actuales de la UE.

Queda por aclarar la cuestión de si la UE está preparada institucionalmente para el ingreso de Turquía. Es más, ni siquiera está claro que sus mecanismos de decisión estén capacitados para asimilar la reciente ampliación a veinticinco estados miembros. Recordemos que la meta del tratado constitucional consiste en preservar la gobernabilidad y la capacidad de actuación de la UE ampliada, y dotarla de un ordenamiento constitucional que haga las decisiones europeas más democráticas, más transparentes y más eficientes, implicando al mismo tiempo de un modo más activo a los parlamentos nacionales.

Por eso no veo ningún motivo para renunciar a un tratado constitucional que ha sido ratificado ya por la mayoría de los estados miembros, en concreto trece. No podemos de ningún modo enzarzarnos en una nueva discusión institucional. Al contrario, debemos abrir un amplio debate sobre los objetivos y tareas, competencias y límites de una UE ampliada, y ponernos de acuerdo en cómo vincular entre sí de modo eficaz los distintos procesos nacionales de reformas económicas, en especial en la zona euro. Sólo así conseguiremos crear un nuevo contexto político que preste atención a las dudas e inquietudes de las ciudadanas y ciudadanos y revitalice su confianza en el proyecto europeo.

Estoy convencido de que el tratado constitucional encontrará un amplio apoyo entre los ciudadanos si conseguimos imprimir de modo creíble al proyecto europeo un rumbo acorde con las exigencias de nuestro tiempo.

Hablando con la gente acerca de Europa, uno se da cuenta enseguida de que son muy pocos los que se oponen radicalmente al proyecto de unificación política. Al contrario: una mayoría abrumadora de ciudadanas y ciudadanos quiere ver a Europa implicada en primer plano en las grandes tareas de futuro.

La gente quiere que Europa represente sus intereses en el diseño del futuro orden comercial mundial, y desea que Europa hable con una sola voz en el mundo y, donde sea necesario, como por ejemplo en los Balcanes, asuma también responsabilidades militares. No he conocido a nadie que ponga en duda el papel de Europa en la lucha contra el terrorismo, el crimen organizado o el tráfico de seres humanos. Resulta evidente para todo el mundo que para alcanzar una protección global del clima debemos trabajar en conjunto todos los europeos.

Sin embargo, a la gente le molesta que a veces la UE no sea capaz de llevar a cabo una política común en terrenos en los que cabría esperar de ella una actuación decidida. Además, poco a poco se va extendiendo la impresión de que en ocasiones la Comisión Europea y el Tribunal Europeo de Justicia se escudan en el principio del mercado único para dar paso a reglamentaciones europeas totalmente innecesarias y que en realidad nada tienen que ver con las ideas que rigen el mercado único.

En estos casos, es frecuente que los ciudadanos hagan responsables a los gobiernos nacionales. En primer lugar, dirigen sus reproches a los políticos; y en segundo lugar -y esto ya es más grave-, asisten a la impotencia cada vez mayor de los estados miembros frente al descontrol de las competencias europeas. Y nada indigna más a las ciudadanas y los ciudadanos que la sospecha de que se pretende erosionar la soberanía nacional.

En estas últimas semanas hay que agradecer al vicepresidente de la Comisión Europea, Günter Verheugen, la iniciativa de retirar por primera vez en la historia de la Comisión un paquete de propuestas legislativas superfluas. El siguiente paso consistirá en peinar la legislación europea en busca de reglamentaciones innecesarias. Ésa también es una medida importante para renovar la confianza en las instituciones europeas.

La política europea que suscribimos es aquella que hará posible crear las condiciones para que nuestras sociedades, pese a la creciente competencia global y el envejecimiento de la población, puedan vivir en libertad, bienestar y justicia social. Ésa es la responsabilidad que tenemos ante el presente y el futuro, y en la que me sé acompañado de la gran mayoría de los jefes de Estado y de Gobierno reunidos en el Consejo de Europa. Únicamente quien esté a la altura de esas exigencias estará legitimado para llevar adelante políticamente a Europa.

Alemania, debido a su peso económico y político, tiene una responsabilidad singular en el continente. Sin embargo, nunca hemos aspirado a ejercer ningún liderazgo. Estamos dispuestos a profundizar en el proyecto de integración sólo de total acuerdo con nuestros amigos y socios de la UE. En este sentido, la colaboración con Francia tiene un papel clave. Ambos estamos de acuerdo en una serie de aspectos fundamentales:

- Debemos avanzar por la senda de la unificación política.

- Debemos encontrar un equilibrio entre las exigencias de la competencia y el mantenimiento de la cohesión social. Para ello, es imprescindible que los estados actúen de manera creativa tanto a nivel nacional como europeo.

- Debemos abrir Europa al futuro: nuestras oportunidades se encuentran en el ámbito de la educación, la investigación y la innovación.

- Y, finalmente, debemos apostar, tanto a nivel nacional como europeo, por la preservación de nuestro medio ambiente.

Queremos y necesitamos una Europa fuerte, capaz de afrontar con éxito los desafíos y las convulsiones de nuestra época. Y tenemos las condiciones necesarias para conseguirlo. Deseo fervientemente que cuando, dentro de una generación, los jóvenes chinos, indios o americanos vengan a Europa, no se encuentren vagando por un museo de los anacronismos, sino en un lugar donde la libertad, la democracia, la economía y la cohesión social formen una síntesis con futuro y ofrezcan un ejemplo que seguir para otras regiones del mundo...

GERHARD SCHRÖDER, canciller en funciones de Alemania
Copyright Die Zeit
Traducción: Joan Parra


 

 

 
LA VANGUARDIA, el diario más vendido en Catalunya  Control OJD
Copyright La Vanguardia Ediciones S.L.
All Rights Reserved - Aviso Legal - Contacte con nosotros - Publicidad