Era una excelente oportunidad para alcanzar al fin su histórico reto de
situar al Reino Unido en el corazón de Europa. Contaba con no pocas bazas
propias y con la ayuda impagable de las ajenas. Tenía a su favor su reciente
victoria electoral en mayo, a pocas semanas de iniciar la presidencia
semestral de turno del Consejo Europeo. Fue su tercera barrida electoral,
insólita en el laborismo y sólo alcanzada recientemente por la señora
Thatcher. Supuso una pérdida importante de escaños para el laborismo, como
justo pago a su impopular e incondicional alianza con George W. Bush en la
guerra de Irak, subrayada por las apuestas sobre su permanencia en Downing
Street y su sustitución por el canciller del Exchequer, Gordon Brown. Pero
fue victoria al fin, con el imperativo de dedicar las energías a preparar el
relevo y la herencia. Y la Unión Europea, el objeto de permanente polémica y
de definición contradictoria para el Reino Unido, venía como anillo al
dedo.
Muchas circunstancias le ayudaban. Los dos grandes vecinos
continentales, Francia y Alemania, se hallaban en la peor situación para
quitarle el protagonismo. Chirac acababa de dispararse un tiro en el pie con
la idea genial de un referéndum popular sobre la Constitución. Schroeder no
paraba de perder elecciones regionales una detrás de otra y se preparaba,
aparentemente, para darse un batacazo. El rechazo francés a la Constitución
constituyó para él un éxito adelantado, pues se había comprometido a
convocar en el Reino Unido un difícil referéndum de ratificación durante el
primer semestre de 2006. Fue así como llegó a la Cumbre de Bruselas, el día
16 de junio, preparado para acogotar a Chirac a propósito del presupuesto
hasta 2013. Quienes deseaban una aprobación de las perspectivas financieras
como bálsamo político ante el fracaso de la Constitución se quedaron con la
sorpresa: ni Constitución ni presupuesto y una pelea descomunal entre París
y Londres. Pocos días después, en un brillante discurso ante el Parlamento
Europeo, donde mostró su mejor forma persuasiva, se metía a la opinión
pública europea en el bolsillo. Nuevo engaño: fue el gesto vacío de un
seductor, al que no le han seguido los actos.
El único éxito de la presidencia británica es el inicio formal y
programado de las negociaciones de adhesión de Turquía el 3 de octubre. Será
difícil que salgan las perspectivas financieras, algo realmente dramático
para los nuevos socios, que verán mermada la llegada de fondos de
solidaridad europeos si no se aprueban estos presupuestos plurianuales
dentro de la presidencia británica. Para mayor inri, son los países amigos
de Blair y de Bush, más proclives al atlantismo que al europeísmo, los que
van a pagar los platos rotos. De ahí que sea lógico esperar un acuerdo en
los cinco últimos minutos para salvar los muebles. Y la presidencia.
Tony Blair ha tenido que lidiar también con la obligada dosis de
imprevistos, que cambian el paso y la agenda de toda presidencia. El
luxemburgués Junker coronó la suya con el fracaso de la Cumbre en la que se
enfrentaron el francés y el inglés por los dineros. El premier
británico se encontró con el horror del terrorismo islamista en su
propia casa. Y con la inesperada victoria corta de Merkel y el
desvanecimiento del sueño de un nuevo eje liberal. El propio Sarkozy afila
los cuchillos en defensa de la denostada política agraria común, algo en lo
que le apoya el español Mariano Rajoy.
Casi nada ni nadie le ayuda. Y él está como ausente. O en otra parte,
contemplándose a sí mismo desde la altura de la posteridad, pensando en cómo
inscribir su nombre en la historia. Y a la vez viendo horrorizado cómo su
amigo Bush, pato cojo también, se enreda en los múltiples líos en que se
desmadeja su presidencia. De ahí esta extraña y breve cumbre de hoy, sin
papeles ni conclusiones. No se sabe finalmente para qué. O para que los
expertos, ellos sí, profundicen en el debate sobre los modelos sociales
europeos. No es Hamlet porque se enfrente a un dilema. El primer ministro
británico lo resolvió pronto, si es que se planteó alguno, y lo hizo como
Alejandro con el nudo gordiano, sajándolo. Lo es porque a la pregunta de
Polonio, "¿Qué estáis leyendo señor?", equivalente a "qué estáis haciendo
durante esta presidencia", responde con las palabras del príncipe de
Dinamarca: Words, words, words. Palabras. Discursos.