La furia
francesa y el modelo de Europa
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| Ángel Ubide (Economista, miembro del
consejo de gobierno en la sombra del BCE)
(18-11-2005) |
Publicado en: Edición Impresa -
Opinión |
Los disturbios franceses han puesto de manifiesto la utopía
y la insostenibilidad del modelo social europeo, según el
autor. En su opinión, Europa debe afrontar el reto de aumentar
su crecimiento potencial, liberalizando drásticamente el
sector servicios y reformando el Estado de bienestar para
mejorar el sistema de incentivos
Francia está revuelta. Los disturbios de las últimas
semanas revelan un clima de crispación en ciertos sectores de
la población que ha provocado una nueva oleada de evaluaciones
críticas sobre el mal que aqueja a Francia y a Europa. La
historia recordará 2005 como un annus horribilis para Europa,
caracterizado por el flojo crecimiento económico, el abandono
de políticas de reforma estructural claves como la directiva
de servicios, el rechazo en el referéndum constitucional, las
dificultades electorales del pueblo alemán y los disturbios
franceses. Europa parece estar sufriendo una fuerte crisis de
identidad, de la que no parece encontrar manera de salir.
Los eventos franceses han llevado a un análisis de las
políticas de inmigración en los distintos países, pero el
problema es más profundo. Al igual que en los otros fracasos
del año, la revuelta francesa revela un profundo descontento
con una sociedad que no ofrece ni un presente brillante ni un
futuro claro. La clave del problema es el fracaso económico.
Francia, con un desempleo cercano al 10%, y con tasas de paro
cercanas al 20% en muchos de los barrios periféricos, no es
capaz de crear suficientes empleos para satisfacer a sus
ciudadanos.
La discusión sobre la identidad europea es en cierta medida
superflua: la Unión Europea se creo como una zona económica
que, además de evitar las guerras entre los aliados europeos,
serviría para aumentar el bienestar económico de todos sus
ciudadanos. La identidad europea tiene que basarse, por tanto,
en el éxito económico. Sólo así se puede luego pasar a hablar
de identidad política y del futuro de Europa como entidad
supranacional.
En este contexto, es irónico que sea Francia la que esté
sufriendo ahora estos disturbios. Porque hace tan sólo unos
meses era precisamente Francia la gran defensora del modelo
social europeo, acusando a las propuestas de Tony Blair de
querer reducir a la Unión Europea a una zona económica de
libre comercio. Los disturbios franceses han puesto de
manifiesto la utopía y la insostenibilidad del modelo social
europeo tal y como se entiende en Francia.
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En este
mundo caracterizado por el rápido avance tecnológico y
la globalización, el Estado de bienestar tiene que
proteger a los trabajadores, no a los
empleos
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El Estado del bienestar europeo -europeo en el sentido
continental del centro y sur, ya que tanto los países de más
al norte como Gran Bretaña tienen un modelo diferente- se basa
en la protección del empleo, no del trabajador. Y ésta es una
diferencia fundamental. Al proteger el empleo, a base de
restricciones legales al despido, se crea un sistema donde los
insiders -los que tienen empleo- están protegidos, pero los
outsiders -los parados- tienen pocas perspectivas de encontrar
empleo. Esto disminuye la creación de empleo -al ser difícil
despedirlos las empresas dudan más en contratarlos- y favorece
la creación de parados de larga duración, que resultan
difícilmente reempleables. Si se combina este esquema con una
economía globalizada caracteriza por un alto nivel de
inmigración, el resultado es predecible: insiders que se
lamentan ante la llegada de trabajadores extranjeros más
baratos -el famoso fontanero polaco- y zonas marginadas de
alto desempleo y futuro poco prometedor.
En este mundo caracterizado por el rápido avance
tecnológico y la globalización, el Estado del bienestar tiene
que proteger a los trabajadores, no a los empleos. El
dinamismo del sector empresarial requiere pocas restricciones
al despido -para favorecer la destrucción creativa, la clave
del aumento del output potencial- combinadas con un fuerte
apoyo a los trabajadores en paro, tanto financiero como
educativo, y un sistema de incentivos que conduzca a la
búsqueda continua de empleo, a base de impuestos negativos
para los salarios bajos, en lugar de salarios mínimos
altos.
A pesar de sus problemas, el modelo continental sería
tolerable si se pudiera financiar. Pero la caída del
crecimiento potencial europeo -otra señal del fracaso
económico europeo- y el negativo perfil demográfico sugieren
que el modelo social europeo, si no mejora el crecimiento,
está abocado al fracaso. No es por tanto un dilema entre una
Europa económica y una Europa social, si no hay Europa
económica no podrá haber Europa social.
La política de inmigración es importante, y hay varios
modelos alternativos, pero si Europa no consigue desarrollar
un modelo de crecimiento alto y sostenible mi sospecha es que
todos los modelos acabarán en el fracaso. De manera similar,
la política exterior europea, fundamentada en ofrecer a los
países el incentivo de incorporarse un día a la Unión Europea,
acabará no teniendo mucho que ofrecer -no está pasando
inadvertido el hecho de que algunos de los países del Este se
estén replanteando las bondades de entrar en la unión
monetaria-.
Europa debe afrontar de manera decidida el reto de aumentar
su crecimiento potencial, liberalizando de manera drástica el
sector servicios y reformando el Estado del bienestar para
mejorar el sistema de incentivos y reconducirlo a la senda de
la solvencia. El mensaje francés es muy claro.
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