El embrollo europeo
| LOS EUROPEOS NO deben olvidar que la Unión constituye una referencia insustituible para todos los continentes
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MARIO SOARES - 00:00 horas - 12/06/2005 Fui un partidario convencido del sí al tratado constitucional europeo. No es que me pareciera una Constitución perfecta, pues no existen, sino que lo conceptuaba como un paso adelante decisivo en el proceso de construcción europea hacia una forma original de federalismo -la Unión- de la que siempre fui entusiasta defensor. Fui dos veces a Francia para participar en la campaña interna socialista, en favor del sí y luego en la campaña del referéndum del 29 de mayo, con los resultados conocidos.
Luego vino el referéndum holandés, de resultados aún más negativos, como era de esperar. ¿Y ahora? Es una pregunta que preocupa a todos los europeos tanto partidarios del sí (perdedores) como del no (vencedores). El Reino Unido, con el pragmatismo que lo distingue, resolvió aplazar sine die el referéndum sobre el tratado, lo que se interpretó -creo que acertadamente- como un nuevo hachazo a la Constitución.
Por más decididas que se muestren a seguir avanzando, las instancias comunitarias de Bruselas -sobre todo la Comisión- no pueden disimular su inmenso malestar y desazón. Aparentemente se vuelve al tratado de Niza que todos reconocen comou n mal tratado caracterizado por el suspenso institucional y la ampliación sin tregua y a ultranza, sin duda precipitada.
¿Y ahora?, reitero Hemos de aguardar a la reunión del Consejo Europeo (el 16 y 17 de junio) y al mensaje que dirigirá a los europeos, que creo no será directo ni nítido dado el tipo de dirigentes que participarán en el cónclave y el embrollo que crearán con sus aplazamientos, titubeos e ineptitud y con los condicionantes negativos internos que han aflorado en cada uno de los países miembros. Alemania es buen ejemplo de ello. La precaria situación de la coalición rojiverde ante una CDU victoriosa y arrogante no presagia nada bueno.
No merece la pena reiterar ahora los argumentos favorables al sí y al no. Ambas partes congregaron fuerzas contradictorias e inconciliables a la hora de votar de una u otra forma. En el caso de Portugal, donde la votación se producirá en octubre como se hallaba previsto, no abrigo dudas en el sentido de que el resultado será sí, como en los parlamentos que aún no se han manifestado. No obstante, conviene reconocer que el tratado constitucional se halla herido de gravedad y, en el mejor de los casos, deberá ser renegociado, lo que implica un serio aplazamiento del proceso de construcción europea, de nefastas consecuencias. Sobre todo porque el mundo -y los países emergentes en particular- se apresta a avanzar a tremenda velocidad y, en numerosas ocasiones, con consecuencias negativas...
Me preocupan principalmente los otros noes de la izquierda socialista, verde, cristiana, comunista, trotskista, altermundista (algunos de ellos ya esperados) así como los votos -casi sin fisuras- en contra de la juventud. Votarán contra el sistema (imagino) como forma de protesta por el déficit democrático europeo -que es una realidad- y contra los gobiernos en el poder, social y medioambientalmente conservadores, por más que luzcan etiquetas de izquierda. Notablemente resignados a la globalización neoliberal dominante e incapaces de defender, con coherencia, proyectos alternativos sólidos.
En este sentido, el no francés y holandés obliga a todos los políticos europeos a reflexionar y hacer su mea culpa si quieren evitar -merced a decisiones valientes y alternativas serias, de carácter reformista-, las turbulencias de todo tipo que anuncia el voto no. En el caso de las sociedades europeas, políticamente informadas y acostumbradas a pensar con cabeza propia, organizadas en red, no es fácil pasar por alto tal manifestación de voluntad popular, que puede extrapolarse a muchos otros países, incluso a aquellos que ya han votado o votarán sí...
El proyecto europeo ha de proseguir y debe proseguir. Es el proyecto político más original y fecundo de la historia contemporánea.No tiene alternativa, por tratarse de un proyecto de paz, de carácter voluntario, para los países que los suscriben, basado en el respeto mutuo y la igualdad de los estados miembros, en el progreso social y el bienestar de la población, con una esencial dimensión medioambiental, de justicia social y de solidaridad. No puede confundirse con la expresión coyuntural que pueda conferirle el tratado constitucional que, por otra parte, resultó del compromiso posible entre las tradicionales grandes familias políticas europeas: socialistas, conservadores, liberales y verdes, descartando los dos extremos opuestos del abanico político europeo.
Los europeos no deben olvidar que la Unión sigue ejerciendo un inmenso poder de atracción sobre nuestros vecinos, que quieren entrar cuanto antes, y constituye una referencia insustituible para todos los continentes: África, América latina, Asia, Oriente Medio. Incluso para Estados Unidos. Como por otra parte constata profusamente el libro del estadounidense Jeremy Rifkin, El sueño americano (Cómo la visión europea del mundo eclipsa calladamente el sueño americano), a lo largo de sus más de quinientas páginas.
Los europeístas convencidos como yo deben aunar todos sus esfuerzos para derrotar el euroescepticismo, con la conciencia de que la Unión Europea le es necesaria al mundo -muy necesaria- dado que es un factor de equilibrio esencial del mundo desregulado y tan peligroso en el que vivimos.
Y, por ello, es esencial que el embrollo creado por los referendos que se opusieron al tratado constitucional -y a todo lo que aún habremos de ver- pueda ser superado rápidamente y que la Unión avance como considero que es absolutamente necesario que acontezca.
MARIO SOARES,
presidente de Portugal entre los años 1986 y 1996
Traducción: José María Puig de la Bellacasa
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