ARTICLES Anilisi 12, 1989, 81-91 EN TORNO A LA COMPRENSI~N HISTÓRICA DE LA CULTURA DE MASAS (1): EL ORDEN ANDROCÉNTRICO DEL SABER ACADÉMICO Amparo Moreno Sarda Saber académico y cultura de masas La hipótesis que me propongo exponer en este artículo es que algunos de los problemas básicos con que tropezamos en el estudio de la cultura de masas se derivan de las relaciones entre el marco comprensivo en el que realizamos nuestro estudio -la Universidad- y el fenómeno social que nos proponemos comprender -las instituciones, los medios y los productos de comunicación de masas e información. Más concretamente, de las distintas reglas que pautan la elaboración del discurso académico, y la producción de los medios de comunicación de masas. Establecer este punto de partida -aunque sea como hipótesis cuya validez habrá que probar- me parece importante, entre otras razones, porque resulta difícil cap- tarlo, debido a que la valoración hegemónica que se otorga al saber lógico- científico (que acaso le otorgamos especialmente quienes somos profesionales de -o profesamos en- ese saber), suele conducirnos a atribuirle tal fiabilidad, que tendemos a adecuar los fenómenos sociales que queremos comprender a sus pautas, antes que a servirnos de él en la medida en que podemos adecuar10 a lo que quere- mos clarificar. De ahí que nos dediquemos a examinar, valorar y formalizar la cul- tura de masas, sin considerar siquiera la posibilidad de realizar también el camino a la inversa, esto es, aproximamos al saber académico interrogándole desde la cultura de masas: analizar qué nos aporta, pero también qué trabas nos pone para compren- der estas formas culturales tan características de nuestro tiempo. En consecuencia, las relaciones entre saber académico y cultura de masas se hallan viciadas, ante todo, porque el espacio en el que realizamos nuestro estudio impone una valoración jerárquica según la cual, a la vez que se autootorga la prerrogativa de veracidad, reduce el fenómeno de la cultura de masas a mero objeto de estudio. Frente a este postulado, implícito de una froma u otra en la mayoría de estudios, considero que la cultura de masas interpela al saber lógico-científico y le exige redefinirse y adecuarse a las nuevas condiciones históricas. De hecho, en los 82 textos en que se expresan las tendencias menos dogmáticas del saber académico, podemos advertir esta incidencia: desde la aplicación de la informática a distintas ramas y tareas, hasta el interés por lo simbólico y la vida cotidiana, y la utilización de los medios audiovisuales en la docencia y la investigación. La adecuación de la forma de conocimiento al fenómeno estudiado es siempre imprescindible, pero especialmente en este caso en que nos encontramos ante dos sistemas institucionales - d o s «mediums»- de comunicación y conocimiento, con características propias, algunas comunes pero otras diferentes y en ocasiones incluso en conflicto; en cualquier caso relacionadas con las diferentes condiciones históricas en las que han surgido y se han implantado. Ciertamente, tanto el saber académico como la cultura de masas son productos de dos sistemas institucionales que se ocupan de construir explicaciones sobre la existencia humana; dos sistemas institucionales que, mediante determinados utillajes (materiales y simbólicos), rigen y reglamentan la producción y distribución social de conocimiento, tanto internamente (es decir, entre los profesionales de cada uno de ellos), como también hacia los restantes miembros del colectivo social, y según normas propias relacionadas con sus respectivas características; dos sistemas institucionales que a la vez que validan o legitiman ciertas actuaciones sociales, reciben también distintos grados de legitiman como enunciadores de verdad y definidores de lo real, y que, en consecuencia, inducen a confundir lo que suceda (la realidad vivida) con lo que explican acerca de lo que sucede...para que suceda así (realidad simbolizada, conceptual e informativa, para orientar la acción). En definitiva, pues, dos sistemas productores de saber e investidos, en alguna medida, de poder. El tratamiento que merece la cultura de masas por parte del saber académico recuerda en muchos aspectos al que, desde ese mismo saber, suele merecer el pensamiento mítico-religioso. En lugar de una actitud igualitaria hacia distintos sistemas explicativos, fruto de condiciones históricas distintas, y cada uno con peculiares procedimientos de codificación, se emiten juicios valorativos que ponen de manifiesto la voluntad de autolegitimación de quien habla. Por ejemplo, desde el punto de vista de los profesionales del saber lógico-científico suele hablarse del «paso del mito al lagos)); esta expresión sitúa al pensamiento mítico-religioso en una época pretérica, a la que se valora como inferior, lo que impide considerar que ambas formas de pensamiento coexistan en la actualidad, y no porque afecten a personas distintas por su nivel cultural: coexisten en cada persona y en la vida colectiva. Al mismo tiempo, este pre-juicio, que podemos definir como logocéntrico, a la vez que otorga veracidad -o credibilidad- al saber académico, dificulta que nos adentremos en un examen comprensivo de lo que caracteriza a cada uno de estos sistemas explicativos y, así, que nos planteemos si acaso el pensamiento mítico subyace y fundamenta el pensamiento lógico-científico, menos aún si éste no es sino la racionalización del pensamiento mítico-religioso. Con pre-juicios similares se suele analizar, valorar y formalizar la cultura de masas desde el saber académico. De ahí que se preste atención preferente a los productos que resultan más homologables (por ejemplo, la prensa definida «de información general» y que, en realidad, se ocupa de la información política y económica, cuyos protagonistas coinciden con los privilegiados por el saber académico), y se menosprecien otros que, como la publicidad comercial o la radio, se ajustan menos a los esquemas valorativos logocénmcos, alfabéticos e icónicos. En fin, si el estudio académico de la cultura de masas considerase la posibilidad de autocuestionarse qué aporta o qué trabas impone a la comprensión de estas formas culturales tan características de nuestro tiempo, probablemente rompería la barrera decisiva que nos impide una comprensión satisfactoria. Por tanto, podemos establecer -aunque sea como hipótesis de partida a demostrar- que nos hallarnos ante diversos sistemas institucionales de producción y distribución social de conocimientos, cada uno de ellos con peculiares formas de seleccionar y tratar los datos, y cuyas características habrá que clarificar. En la primera parte de este articulo expondré, mediante algunos ejemplos, los rasgos comunes y diferenciales entre ambos sistemas, a fin de apuntar nuevas líneas de investigación, de las que me ocuparé en la segunda parte. Menosprecio de la cultura de masas en los textos académicos de historia contemporánea Si examinamos el tratamiento que los medios de comunicación de masas e información, y la cultura de masas en general merecen en los textos del discurso histórico académico, podremos concluir fácilmente con el profesor Timoteo Álvarez que ala historiografía contemporánea encierra una fundamental carencia, pues ha interpretado y diseccionado la sociedad, sobre todo la contemporánea, a partir de múltiples variables o vías de penetración - d e s d e la política a la sociología, la biografía, la economía, la religión, la psicología incluso-, pero se ha olvidado de una, tal vez decisiva, sobre todo para el siglo XX:la información. Es realmente difícil comprender cómo ha podido explicarse la primera guerra mundial, la ascensión y el triunfo del nazismo, los éxitos y fracasos del bolchevismo, la guerra fría, etc., sin la más mínima referencia a la información ni a los medios ni a la propaganda. Siendo así, parece necesaria una completa reinterpretación de toda la edad contemporánea desde esta perspectiva, incluyendo como valor fijo la variable i1-iformaci6n-comunicaciÓn-propaganda>~'. Esta redefinición de nuestra historia contemporánea resulta todavía más ' TIMOTEO ÁLVAREZ, Historia y modelos de la comunicación en el siglo XX.El nuevo orden J., informativo, Ariel, Barcelona 1987, p. 8. El diagnóstico de este autor puede confirmarse en loa G., siguientes libros de amplio uso entre los estudiante de historia contemporánea: BARRACLOL'GH, Introducción a la Historia Contemporánea, Gredos; BRAL'DEL, Las civilizaciones actuales. F., Tectos; CROUZET (dir.), Historia de las civilizaciones, Destino; DL'ROSELLE, Europa, de 1815 J. J., 84 imprescindible si aceptamos el reto de considerar toda actividad humana como actividad comunicativa/informativa, atendiendo a las aportaciones de la teoría matemática de la información2. Este olvido de un fenómeno tan omnipresente pone en manifiesto el menosprecio que la cultura de masas merece entre los especialistas en historia contemporánea. Es cierto que con frecuencia han utilizado la prensa política como fuente para sus indagaciones ... sobre una historia que se presenta como general pero que suele privilegiar las actuaciones político-económicas; y es cierto también que pódemos advertir loables excepciones3; no obstante, estos trabajos no acaban de repercutir de forma decisiva en esa visión que tenemos de nuestro tiempo y que hemos asimilado por medio de los programas y textos académicos, en los distintos niveles. Pero no es éste el único olvido del discurso histónco- académico, ni el único problema que nos plantea; existen otros muchos aspectos de nuestra vida social marginados o, en caso de ser atendidos, tratados insuficientemente o tendenciosa- mente. E incluso podemos hallar dificultades similares en relación con fenómenos de la vida social a los que el discurso histórico académico presta atención preferen- te, es decir, referidos a la vida política. Así, el conflictivo proceso histórico de ampliación del derecho de voto -uno de los indicios más significativos del desarrollo de la sociedad de masas, por tanto, de la implantación de la cultura de masas- suele ser tratado deficientemente; y no sólo porque, con excesiva frecuencia, se confunde la extensión del derecho de voto a los hombres adultos blancos con el ((sufragio universal» y se elude considerar en términos similares el reconocimiento del mismo derecho a colectivos sociales que hasta nuestros dias, Labor; M A R T ~ N E Z CARRERAS, Introducción a lo Historia Contemporánea, desde 1917, Istmp; NERB, J., Historia contemporánea, Labor; RLVOND, Introducción a la historia R., de nuestro tiempo, Vicens Vives; REYOLVIN, Historia de las relaciones internacionales, Labor, P., entre otros. Cabe recordar que en esta línea, Fernand Braudel, ya a finales de los años cincuenta advirtió que la articulación entre la historia y las restantes ciencias sociales podía provenir de considerar las aportaciones de la teoría matemática de la información, lo que le condujo a examinar los fenómenos de alarga duración)) y , entre ellos, el sistema de parentesco (ver BRAUDEL, L a F., Historia y las Ciencias Sociales, Alianza, Madrid 1968. Algunos estudiosos, desde Norbert WIENER (ver Cibernetica i societat, Edicions 6 2 , Barcelona 1965) hasta Abraham MOLES (Sociodindtnica de la cultura, Paidós, Buenos Aires 1978) y Edgar M o m (El paradigma perdido: el paraíso olvidado. Ensayo de bioantropología, Kairós, Barcelona 1978) han hecho aportaciones de gran interés en esta línea. 3 Entre nosotros, conviene recordar el impulso dado por el profesor Manuel Tuñón de Lara a estos estudios, gracias a la organización de Encuentros de Historia de la Prensa, celebrados en las universidades de Pau (1979) y de Bilbao (1985 y 1987), cuyas actas pueden consultarse en VV. AA. Metodología de la Historia de la Prensa Española, Siglo XXI, Madrid 1982, y en La prensa en los siglos X I X y x x , Ed. Universidad del País Vasco, Bilbao 1986. fueron excluidos en raz6n de la raza, el sexo o la edad, sino también porque rara vez 85 se relaciona esta ampliación del cuerpo político (podemos decir, de los miembros que integran el centro hegemónico o espacio desde el que se reglamenta la vida social) con la expansión territorial (es decir, con el dominio etnocéntrico). Este tratamiento puede advertirse también en obras de derecho constitucional, sociología, etc. Esta visión parcial y partidista es indicativa tanto de los aspectos de la vida social que el discurso histórico privilegia como significativos, como de los que margina como insignificantes: presta atención a lo que afecta no al conjunto de la población implicada, sino a una parte; y, además, al identificar la extensión del sufragio a los varones adultos con el «sufragio universal», confunde la parte con el todo, induce a identificar lo particular como universal y genérico. Por el contrario, la comprensión del proceso de implantación histórica de la cul- tura de masas nos exige ampliar esta perspectiva y situarnos del lado de quienes son excluidas y excluidos del discurso histórico académico; y no sólo porque las mujeres nos sentimos afectadas, sino porque los productos más genuinos de la cul- tura de masas se refieren y se dirigen precisamente a esas actividades de mujeres y hombres que suelen ser menospreciadas e ignoradas en los textos sobre la historia contemporánea: en los medios de comunicación de masas, las actuaciones públicas de los que rigen las instituciones políticas y económicas constituyen el objeto cen- tral de esa prensa que se autoproclama de «información general» y que los histona- dores suelen utilizar como fuente, pero, además, los más genuinos productos de la comunicación de masas atienden también, y con especial dedicación, a las actuacio- nes que se producen en los espacios privados y hasta íntimos de estos y otros mu- chos personajes, mujeres y hombres de distintas condiciones, incluidos los que se ubican en las márgenes de esa vida social correspondiente al centro hegemónico, desde la publicidad hasta los folletines, los crímenes, la prensa del corazón, las pe- lículas más diversas, las telenovelas, los concursos radiofónicos o televisivos, etc. Dos ejemplos más. Podemos encontrarnos con textos del discurso histórico académico en los que se explica el pasado y el presente de Estados Unidos sin que se mencione a los indios, como si la conquista del Oeste se hubiera producido en tierra de nadie (se habla incluso de ((tierras vírgenes»), mientras que el cine ofrece un amplio repertorio en el que aparecen las huellas del genocidio (no entro ahora en el tratamiento del tema). 0, también, pensemos en las escasas referencias que los textos historiográficos hacen a las relaciones afectivas y que, sin embargo, constituyen uno de los temas favoritos de los medios de mayor audiencia, y desde perspectivas diversas. El silencio que el discurso histórico suele guardar sobre lo privado bloquea nuestra comprensión histórica, tanto de estos productos difundidos por los medios de comunicación de masas, como del proceso histórico que en ellos se expresa, y en el que los conflictos derivados de la apropiación patrimonial de «tierras vírgenes» aparece en la base de «la conquista del Oeste» y el avance de la frontera estadounidense ... hasta nuestros días. 86 Todos estos ejemplos nos permiten advertir que la escasa consideración que los medios de comunicación de masas merecen en los textos de historia contemporánea guarda relación con el punto de vista desde el que se construye ese discurso académico: la «mirada del historiador)) es más restringida que la que corresponde a quienes producen la cultura de masas. Estas observaciones me han conducido a concluir que el hombre que aparece como sujeto cognoscente y objeto de conocimiento (protagonista) del discurso histórico académico, no puede identificarse con cualquier ser humano, en sentido genérico y universal, sino tan sólo con un conjunto de varones adultos que, para legitimarse en el centro hegemónico desde el que se reglamenta la vida social, se autodefinen de raza superior y, por tanto, con derecho (como decía Aristóteles) no sólo a vivir, sino a vivir bien, esto es, a vivir a expensas de otras mujeres y de otros hombres, a quienes, en consecuencia, definen negativamente. Se trata más bien de un conjunto de seres humanos que asumen este modelo de comportamiento que puede definirse como un arquetipo viril, y que habría sido construido históricamente, precisamente para que lo encarnasen quienes forman parte del centro hegemónico. De este sujeto cognoscente se derivaría lo que podemos calificar como el orden androcéntrico del discurso académico, orden que regula lo que se valora significativo/insignificante y, así, lo que se incluye/excluye, y lo que se valora positivalnegativamente, expresión del universo mental, y el sistema de valores correspondientes a esa ubicación social4. Sin embargo, en los diversos medios y productos de la cultura de masas encontramos un repertorio mucho más amplio y diverso: la «mirada publicitaria)), la «mirada informativa» ..., el punto de vista correspondiente a los y las profesionales de la cultura de masas abarca una mayor y más variada cantidad de gente en una gama más diversa de actividades y expresiones que nos remiten a un sistema de codificación no sólo alfabético -como en el caso del saber académico-, sino también audiovisua15. "as características y el alcance del orden androcéntrico del discurso académico los he examinado en MORENO SARDA, El Arquetipo Viril, protagonista de la historia. Ejercicios de A,, lectura no-androcéntrica, LaSal, edicions de les dones, Barcelona 1986, y en La otra Política de Aristóteles. Cultura de masas y divulgación del Arquetipo Viril, Icaria, Barcelona 1988, por lo que no me detendré aquí en este problema. Sí considero oportuno advertir que diferencio entre sexismo y androcéntrismo, término éste que articula racismo clasista, sexista y adulto, en una perspectiva central, es decir, propia de quienes se sitúan en el centro hegemónico de la vida social. SLas características y dimensiones de este artículo impiden que nos adentremos en el problema del lenguaje, a pesar de su importancia. Sobre las diferencias entre discurso histórico y discurso informativo, puede verse MORGYO A,, SARDA, rRealidad histórica)) y rrealidad informativa)): la re-producción de lo realidad social a través de la prensa, en W .AA. La prensa en los siglos xlx y xx, op. cit. Sobre este tema del lenguaje de la prensa de masas considero de gran interés el trabajo de SUNKEL, Razón y pasión en la prensa popular. U n estudio sobre cultura popular, cultura de G., masas y cultura politica, ILET, Santiago de Chile 1985. De ahí que la comprensión del proceso histórico de implantación de la cultura de 87 masas exija romper y ampliar los esquemas a que nos ha habituado el estudio del discurso histórico académico: asumir con claridad y cuestionar ese punto de vista androcéntrico desde el que se construye y con el que nos hemos acostumbrado a enfocar la realidad social, y procurar adoptar nuevas perspectivas, que cabe definir como no-androcéntricm. Pero, además, el conocimiento del carácter histórico de la cultura de masas es imprescindible para llegar a resolver otros diversos problemas que surgen en las investigaciones sobre el funcionamiento actual de la cultura de masas. Ante todo, la visión fragmentaria del fenómeno, según la parcelación que cada disciplina opera sobre la realidad social, y que conduce a que se plantee, cada vez con más insistencia, la necesidad de investigaciones plun y transdisciplinares. Y, al mismo tiempo, la visión ahistórica que hace posible esa parcelación, esa consideración troceada y estática de la vida social, visión ahistórica que, como veremos, no es propiamente tal, sino un no asumir explícitamente la perspectiva histórica de que se parte, esa perspectiva valorada institucionalmente como válida pero de escasa validez para esa comprensión global y dinámica de la cultura de masas, que necesitamos. Esto es lo que propongo examinar a continuación: los problemas que surgen en las investigaciones sobre el funcionamiento actual de la cultura de masas se derivan de ese orden androcéntrico del saber académico, que condiciona nuestra comprensión del fenómeno y, así, la visión que tenemos de su funcionamiento actual. Estos problemas exigen, por tanto, una nueva aproximación histórica al proceso de implantación de la cultura de masas, al mismo tiempo que el conocimiento histórico de la cultura de masas sólo tiene sentido en la medida en que nos permita comprender el presente. Menosprecio y lastre del discurso histórico androcéntrico en las investigaciones sobre la cultura de masas En el apartado anterior hemos examinado el menosprecio de los historiadores hacia un fenómeno tan decisivo desde hace ya más de un siglo, y actualmente tan omnipresente, y hemos identificado esta actitud como propia de un yo cognoscente que privilegia las actuaciones de las elites político-económicas, que asume el punto de vista, el sistema de valores y el universo mental propios de lo que hemos definido como un arquetipo viril. Veremos ahora que este menosprecio coincide con la no mayor atención que los estudiosos de la cultura de masas acostumbran a prestar al proceso histórico en el que se ha desarrollado este fenómeno. Y que ambas posturas, a la vez que se derivan de una visión desquiciada entre pasado y presente (como si de realidades antagónicas o excluyentes se tratara, como si el pasado no perviviera en un presente tan dinámico y efímero que incesantemente 88 traspasa porciones de futuro hacia el pasado, como si las explicaciones del presente no fundamentasen sus argumentos, aunque sea implícitamente, en pre-supuestos históricos), confluyen en esa visión fragmentaria y ahistórica que impide comprender nuestra vida social, en su globalidad dinámica. Nos encontramos ante el conflicto entre la historia y las restantes ciencias sociales, surgido precisamente a la par que la cultura de masas, en parte debido al desarrollo de una sociología que cada vez ha dado más la espalda al pasado y se ha centrado en fragmentos concretos del presente. Ciertamente, de este defecto no hay que responsabilizar sólo a los estudiosos del presente: para salir de la actual crisis de credibilidad de la historia, es imprescindible que los historiadores nos propongamos, decididamente, abandonar pre-supuestos ya obsoletos pero fijados, y clarificar los interrogantes que el presente plantea, de modo que nuestras aportaciones puedan interesar y repercutir en quienes se especializan en el estudio de un presente tan diverso y cambiante. Pero examinemos, ahora, algunas de las consecuencias que el menosprecio por la comprensión histórica tiene en las investigaciones sobre cultura de masas. Para ejemplificar lo que quiero decir, tomaré como pre-texto una obra de amplia y merecida aceptación, Teorías de la comunicación de massas, de M . de Fleur y S. Ball-Rokeach6. Se trata de uno de los pocos textos en que se considera necesario atender al proceso histórico en el que se ha configurado la cultura de masas y que, sin embargo, no logra superar las trabas que el orden androcéntrico del discurso histórico impone. El texto está organizado en una primera parte, dedicada a la historia de los medios de comunicación de masas en Estados Unidos, y una segunda parte, que se ocupa de las teonas desarrolladas en torno a la comunicación de masas. Notemos ya que esta forma de organizar el texto, lejos de ser peculiar de De Fleur y S. Ball-Rokeach, responde a esos parámetros fundamentales que organizan el discurso de las ciencias sociales y nos conducen a la escisión entre pasado y presente. Pero podemos notar también otros vicios, en los que autor y autora procuran no incumr pero que, sin embargo, afectan a su explicación. Así, si bien explicitan que prestan atención preferente a Estados Unidos, resmngen su atención al mundo anglosajón y, en especial, a Estados Unidos hasta tal punto que en ocasiones obligan al traductor a añadir notas complementarias y elementales. No obstante, el lastre del etnocenmsmo se manifiesta con más claridad en el constante eludir esa dinámica expansiva consustancial a las sociedades que han asumido la cultura fraguada por la cristiandad europea occidental, consustancial, pues, al pasado y presente de Estados Unidos, consustancial también al desarrollo de unos medios de comunicación de masas orientados hacia un dominio amplio, hoy transnacional. DE FLEUR, L. y BALL-ROKEACH, M. S., Teorlas de la comunicación de masas, Paidós, Barcelona 19824. Por ejemplo, a propósito de W. R. Hearst no aparece la más mínima referencia a su papel en la guerra de Cuba, tema clásico de cualquier historia del periodismo; las agencias informativas, primera manifestación de los tentáculos transnacionales, son hasta tal punto minimizadas que sólo merecen una atención muy breve7; cuando se habla de que los medios de comunicación de masas responden a las necesidades de un crecimiento del cuerpo social, nada se dice de las razones de este crecimiento, como si éste fuera ajeno a las decisiones humanas, y, así, se dice que «muchas personas vieron la necesidad de conseguir sistemas de comunicación más veloces y que pudieran alcanzar a públicos más amplios»8, que «los Estados Unidos eran una sociedad en marcha» en la que «la gente acababa de instalarse en una frontera del país cuando se abría otra más y que la «expansión de las necesidades de la comunicación» y «la necesidad humana de un medio de comunicación rápido, a través de grandes distancias, aumentó sin pausa a medida que la sociedad se hizo más compleja»10, sin analizar a qué obedecen estas «necesidades humanas» que llevan a esa «lucha por vencer la distancia y el tiempo», como si se tratase de un destino natural, congénito a la especie humana, ineludible: como si tales tendencias expansivas no correspondieran a esas particulares opciones de comportamiento humano que podemos identificar propias de un arquetipo viril. En consecuencia, no se indica tampoco la relación entre la expansión territorial, el incremento de la población y la mayor complejidad de la vida social. Por tanto, tampoco se apunta que pueda existir relación alguna entre esa expansión y un incremento de información que exigiría un proceso de economía simbólica, clave en la que cabría entenderse la progresiva informatización de la sociedad. Finalmente, si bien resulta del mayor interés la atención que De Fleur y S. Ball-Rokeach prestan a cómo se han financiado los distintos medios de comunicación de masas en Estados Unidos, y, por tanto, el papel de la publicidad comercial en el desarrollo de estos medios, esta actividad central de la cultura de masas aparece insuficientemente tratada, a la vez que este menosprecio nos remite a las insuficencias de un análisis histórico que no permite la articulación entre lo privado (espacio sobre el que la publicidad incide con especial énfasis) y lo público. En definitiva, De Fleur y S. Ball-Rokeach, a la hora de examinar históricamente la implantación de la cultura de masas, privilegian las instituciones y los medios de comunicación públicos (prensa, cine, radio y televisión, nuevas tecnologías), al igual que hemos advertido en el discurso histórico académico. Y esta privilegiación Ibíd., p. 63. 8 Ibíd., p. 40. 9 Ibíd., p. 85. l o Ibíd., p. 102. Todo el párrafo dedicado a «La expansión de las necesidades de la comunicación» (p. 102-105) es muy significativo en este sentido. de lo público coincide con una visión etnocéntrica que bloquea nuestra comprensión acerca de los propósitos expansivos de la cristiandad europea occidental, marco en el que se inscribe el proceso histórico de implantación de la cultura de masas y, así, ese doble carácter masivo (es decir, sistematizar de numerosas y diversificadas actuaciones) y de alcance transnacional de la cultura de musasll. Estos problemas que advertimos en la explicación histórica que elaboran De Fleur y S. Ball-Rokeach afectan a la reflexión teórica que formulan en la segunda parte de su obra, con rasgos que podemos advertir en numerosos textos sobre la cultura de masas, aunque con frecuencia resulta más difícil percibirlos, precisa-mente porque evitan explicitar la visión histórica de que parte su análisis del presente. Así, la misma ordenación de esta segunda parte por capítulos separa lo personal (capítulo 6; «La naturaleza y consecuencias de la comunicación humana») de lo colectivo (capítulos 7 a 12), que en buena medida se resmnge al papel de esas instituciones y medios de comunicación públicos cuya implantación histórica han examinado en la primera parte. En definitiva, a pesar de que nos encontramos ante un trabajo del mayor interés, porque, a diferencia de la mayoría que teorizan sobre la cultura de masas, De Fleur y S. Ball-Rokeach se preocupan de examinar el carácter histórico del fenómeno que analizan, y no olvidan (como también es habitual) que «la comunicación de masas depende de los principios básicos de la comunicación interpersonal»12 (eslabón imprescindible para engarzar lo privado y lo público); a pesar de todo, estas escisiones epistemológicas entre pasadolpresente y entre lo personal110 colectivo, propias del discurso académico androcéntrico, repercuten en la estructura del texto que, en definitiva, pone de manifiesto las dificultades para engarzar los distintos fragmentos, con la fluidez con que pasado y presente operan en nuestras existencias personal/colectivas, orientando nuestras expectativas de futuro. Podemos concluir, pues, que estas escisiones epistemológicas conducen, así, a una primera parte, en la que se realiza una aproximación histórica viciada por una mirada andropúblicocéntrica y una segunda parte condicionada por esta perspectiva histórica, y en la que no se consigue articular pasado/presente/futuro personal/ colectivo, tal como se da en nuestra existencia cotidiana. l 1 En MORENO SARDA, El surgimiento de la prensa de masas, en D E FONCUBERTA (dir.) A,, M. Enciclopedia del periodismo, vol 111: El periodismo escrito, pp. 9-37, he tratado de situar el desarrollo de la prensa de masas en el contexto de esta dinámica expansiva, y sus repercusiones en el doble alcance masivo y transnacional de la cultura de masas. ' ~ D E F L E UyRBALL-ROKEACH, cit., p. 159. op. Algunas conclusiones En esta primera parte de este articulo hemos podido advertir que existen unos desajustes entre saber académico y cultura de masas, que aparecen en el origen de las dificultades con que nos encontramos en nuestras investigaciones sobre la cultura de masas. Estas dificultades se derivan de que nos hallamos ante dos sistemas cognitivo-expresivos, con peculiares pautas de funcionamiento en cuanto al yo cognoscente productor de uno y otro, los aspectos y personajes de la vida social a los que cada uno presta atención, y el tratamiento que cada uno de ellos da a los datos que selecciona como significativos/in-~ign~cantes; pero, ante todo, de la validez privilegiada que atribuimos al saber lógico-científico (en tanto que profesionales de ese saber), y que impide considerar las relaciones entre éste y la cultura de masas en plano de igualdad. Por el contrario, la cultura de masas exige ampliar y revisar los parámetros que organizan el saber académico, desde el propio yo cognoscente que lo produce: adoptar puntos de vistas distintos, que cabe definir como no-androcéntricos. En la segunda parte de este artículo expondré los dos paradigmas que considero pueden permitir una comprensión histórica de la cultura de masas, dimensión imprescindible para resolver algunos problemas teóricos fundamentales. Resumen Este artículo consta de dos partes, la primera de las cuales se publica ahora, y se ocupa de cuestiones relacionadas con el conocimiento histórico de la cultura de masas. En esta primera parte se expone la hipótesis según la cual las dificultades que surgen para esa comprensión histórica de la cultura de masas, se derivan de las reglas que gobiernan el saber académico y que confluyen en la adopción de un punto de vista particular, propio del yo cognoscente que lo enuncia, desde el que se obtiene una perspectiva que la autora ha definido como androcéntrica. En la segunda parte, que s publicará próximamente, se esbozarán los paradigmas que e pueden orientar una historia de la comunicación social, que la autora califica de no-androcéntrica. Palabras clave: historia, cultura de masas, androcentrismo en el discurso académico. Nota biográfica Amparo Moreno Sardá. licenciada en Periodismo y doctora en Historia, es profesora del Departament de Periodisme de la Universitat Autbnoma de Barcelona. Ha investigado tanto los problemas teóricos de la historia de la comunicación social, como la metodología para la investigación hist6rica de los medios de comunicación de masas.