Veleia, 2019, 36, 125-136 https://doi.org/10.1387/veleia.20742  ISSN 0213-2095 – eISSN 2444-3565 Antigüedad e Historia Social de la Medicina. Un breve apunte sobre Henry E. Sigerist Antiquity and Social History of Medicine. A brief note about Henry E. Sigerist César Sierra Martín* Universitat Autònoma de Barcelona. Departament de Ciències de l’Antiguitat i de l’Edat Mitjana Resumen. En el presente artículo tenemos el objetivo de analizar el legado intelectual de los pioneros de la Historia social de la ciencia: John Bernal, Henry Sigerist y Benjamin F­arrington. Esta generación de intelectuales, influida por los desastres de la Segunda Guerra Mundial, propuso nuevos paradigmas de estudio que abrieron vías originales en la historia económica y social. Concretamente, nos centraremos en la asistencia pública sanitaria y las condiciones laborales de los trabajadores. Palabras clave: historia social de la medicina, esclavismo antiguo, marxismo, me- dicina antigua. Abstract. The aim of this paper is to analyse the intellectual legacy of John Bernal, Henry Sigerist and Benjamin Farrington, the founders of Social History of Science. Influenced by the disasters of the Second World War, this breed of intellectuals laid down new patterns of analysis in the field of the Economic and Social History. The paper will specifically focus on main topics such as the Public Health or the working conditions. Keywords: Social history of Medicine, Ancient Slavery, Marxism, Ancient medicine. * Correspondencia a / Correspondence to: César Sierra Martín. Universitat Autònoma de Barcelona. Departament de Ciències de l’Antiguitat i de l’Edat Mitjana. Campus UAB-Despatx B7/127 (08193 Bellaterra-Cerdanyola del Vallés-Barcelona) – cesar.sierra@e-campus.uab.cat – http://orcid. org/0000-0003-1368-8337. Cómo citar / How to cite: Sierra Martín, C. (2019), «Antigüedad e Historia Social de la Medicina. Un breve apunte sobre Henry E. Sigerist», Veleia, 36, 125-136. (https://doi.org/10.1387/veleia.20742). Recibido: 5 abril 2019; aceptado: 16 mayo 2019. ISSN 0213-2095 - eISSN 2444-3565 / © 2019 UPV/EHU  Esta obra está bajo una licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional 125 126 César Sierra Martín 1. Inicios irlandeses Con ocasión del presente dosier dedicado a la Antigüedad, progreso y cambio social (si- glos xix-xx), hemos creído oportuno abordar un asunto poco tratado por la crítica moderna como son las aportaciones de la Historia social de la medicina. Sobre este particular, retoma- mos una reflexión de José María López Piñero acerca de la relación académica entre Historia de la medicina e Historia de la ciencia. Se lamentaba López Piñero de que ambas se hallaban inco- municadas desde sus inicios en el siglo xix, distinguiendo dos corrientes principales en los es- tudios históricos sobre la ciencia: Historia general de la ciencia e historia de la medicina (López Piñero 1992, 22 ss). En el terreno de la antigüedad la situación no es mejor, pues filología, his- toria o filosofía se conciben actualmente como esferas de saber independientes, productoras de un conocimiento de autocon­sumo. Además, dentro de cada disciplina existen diversos campos de estudio que buscan con ahínco su espacio vital a través de la emancipación académica. Todo ello es muy legítimo pero, a nuestro juicio, redunda en un empobrecimiento en las perspecti- vas de avance en los estudios sobre el mundo antiguo. Volviendo sobre las palabras de López Piñero, este trabajo tiene el objetivo de acercar ciertos aspectos de la medicina antigua al con- texto general de la historia de la Antigüedad1. Por consiguiente, plantearemos el trabajo como una aproximación a la historia social de la medicina y a la influencia del marxismo en la conso- lidación de la misma2. Para llevar a cabo lo anterior, nos acercaremos a diferentes figuras clave del pasado siglo como John D. Bernal, Benjamin F­arrington y, muy especialmente, Henry E. Sigerist. Como decíamos, el objetivo último es mostrar la relevancia de los anteriores nombres para la Antigüedad. Como se ha puesto de manifiesto en repetidas ocasiones, la postura tradicional para abordar la Historia de la ciencia parte de la Historia de las Ideas3. No obstante, en la primera mitad del si- glo xx, la historia de la ciencia comienza a incorporar y analizar problemáticas propias de otras dis- ciplinas y, en concreto, de la historia social4. La disciplina anterior trata de situar las ideas cien- tíficas en su contexto social y económico para generar una sociología de la ciencia 5. Un buen exponente de esta nueva tendencia fue el marxista irlandés John D. Bernal (1901-1971)6, padre de Martin Bernal, quien escribió una Historia social de la Ciencia (1954)7. La obra de Bernal adopta una actitud positiva ante el progreso científico-técnico como factor clave para equilibrar las desi- gualdades sociales. En otros términos, entiende la ciencia como una clase especial de actividad so- cial y, desde una óptica marxista, aborda cómo la ciencia se inserta dentro de los modos de pro- ducción (Bernal 1989 [1954], 45). Por tanto: ciencia en su contexto socioeconómico. La postura defendida por Bernal supone un primer paso para denunciar un acceso desigual a los logros cientí- ficos, es decir, propone la idea de una ciencia generada desde las clases acomodadas para las clases 1 La idea, sencillamente, busca retomar un enfoque 5 Sobre la sociología del conocimiento médico véase más plural en los estudios sobre la Antigüedad. Arrizabalaga Valbuena 1992, 149. 2 Ello no excluye que desde otras orientaciones ideo- 6 Véase una introducción a su biografía en Johns- lógicas se haya contribuido igualmente al desarrollo de ton 1993. la historia social de la medicina; vid. Cook 2011, 104. 7 El propio Bernal refiere que, en su condición de 3 Véase Kuhn 1987, 9. La historia de las ideas como científico, pudo cometer imprecisiones históricas (Ber- matriz de la historia de la ciencia parte de la Ilustración; nal 1989 [1954], 60). En cualquier caso, su obra se Kragh 2007 [1987], 14-15. convirtió en una referencia en sociología de la ciencia; 4 Véase una interesante trayectoria del origen y de- vid. Hahn 1987, 17. sarrollo de la historia social de la medicina en Bernabeu Mestre 1989, 23 n. 1; Cook 2011, 103. Veleia, 2019, 36, 125-136 Antigüedad e Historia Social de la Medicina 127 acomodadas. Al respecto, John D. Bernal propone una definición meridiana sobre la estructura de las sociedades: «La forma de la sociedad depende en último término de las relaciones entre los hombres en la producción y distribución de bienes, relaciones que se caracterizan siempre por la indebida supe- rioridad del rico sobre el pobre y a veces, como en la esclavitud, por la compulsión directa de aquél sobre éste.» (Bernal 1989 [1954], 46) Por evidente que parezca la situación social definida por Bernal, no deja de ser transcendente8. En la antigüedad (y en la actualidad) la ciencia y la cultura no se encuentran al alcance de todos y ello supone admitir un progreso científico a dos velocidades donde solo unos pocos gozan de los frutos de la ciencia. Con todo, en el análisis histórico de Bernal resulta interesante advertir cómo las etapas históricas basadas en la cronología quedan relegadas frente a los estadios marcados por el desarrollo tecnológico. El caso más paradigmático quizás sea la conocida división de la prehistoria propuesta por Ch. J. Thomsen, centrada en el desarrollo técnico: edad de piedra, edad de bronce y edad de hierro. A las anteriores Bernal añade la edad del vapor, la electricidad, la atómica, etc. (Bernal 1989 [1954], 44). Dentro del anterior esquema, la ciencia griega se define como el primer estadio de la historia del progreso occidental9. No en vano, tras la crisis del 1200 a.C., Bernal ca- racteriza la cultura griega de la forma siguiente: «Al propio tiempo, en el primer período de formación de su cultura, estaban protegidos [los griegos], por su pobreza, su lejanía y su poder marítimo, de los sucesores menos cultos pero más militaristas de los antiguos imperios: las potencias terrestres de los medos y persas.»10 No hay duda de la postura clasicista tradicional del planteamiento anterior donde Oriente re- presenta el atraso y la violencia frente a los orígenes humildes de un Occidente encarnado en Grecia. Casi a renglón seguido, el autor sostiene que la cadena de conocimiento iniciada por los griegos jamás se había interrumpido hasta su época. La conclusión a la que llega no deja de ser in- teresante: «El saber de las antiguas civilizaciones sólo afecta al nuestro a través de los griegos. Lo que sabe- mos de las conquistas intelectuales del antiguo Egipto y de Babilonia por sus propios documentos lo hemos aprendido demasiado tarde para que pueda afectar directamente a nuestra civilización.» (Bernal 1989 [1954], 138) Apreciamos en ambos fragmentos una visión simplista aunque peculiar de la civilización griega. En primer lugar, siguiendo la idea del «milagro griego» de E. Renan, la cultura griega queda con- figurada como matriz de la ciencia moderna. Acto seguido sostiene que el conocimiento tardío de los avances propuestos desde otras culturas ha impedido ampliar el horizonte de Occidente. Natu- 8 Nótese cómo destacados especialistas en Historia 10 Bernal 1989 [1954], 137. Resulta curioso apre- de la medicina antigua no parten de estos presupuestos ciar el paralelismo entre la historia antigua de Grecia y adoptan una postura clasicista en relación a la dimen- que ofrece Bernal y la famosa retrospección histórica de sión social de la medicina; vid. Sierra 2018, 177-178. Tucídides en la ‘Arqueología’ (Th. I. 2) donde se argu- 9 Más adelante, la ciencia antigua quedará dividida menta que el Ática prosperó, en parte, gracias a que era en jónica, ateniense, alejandrina/helenística y romana; económicamente poco atractiva. Véase comentario en Bernal 1989 [1954], 143. Finley 1977 y Leão 2010. https://doi.org/10.1387/veleia.20742 Veleia, 2019, 36, 125-136 128 César Sierra Martín ralmente se trata de un subterfugio para prestigiar la ciencia griega como primer peldaño del pro- greso humano, orillando así cualquier otra contribución. Concretando sobre la medicina griega, Bernal dedica un subcapítulo casi en exclusiva a la figura de Hipócrates de Cos. Aquí no se esbozan las líneas que una historia social de la medicina debe- ría abordar ni tan siquiera establece un punto de partida. En su lugar Bernal aporta una denuncia social donde se define al médico hipocrático como un aristócrata que trataba solo a la gente pode- rosa. En cambio, los desfavorecidos eran atendidos por viejas y charlatanes11. Como podemos ver, la aportación de Bernal a la historia de la medicina antigua no es valorable ni en cantidad ni en ca- lidad, pero ello no obsta para que entendamos su obra como un comienzo. Una obra que parte del problema de las desigualdades sociales y la opresión como elemento condicionante de la historia de la ciencia, lo cual suponía una nueva dirección hacia la que encaminar la investigación. Mucho más próximo a las fuentes primarias se mostró Benjamin Farrington (1891-1974), quien logró dejar atrás los planteamientos clasicistas. A diferencia de Bernal, Farrington tenía una sólida formación en estudios clásicos centrándose en Historia de la ciencia y la filosofía. En la obra de Farrigton queda bien definida la relación entre ciencia, sociedad y economía, definiendo para la antigüedad un marco general dominado por el modo de producción esclavista. Por ejemplo, en Mano y cerebro en la antigua Grecia, el historiador irlandés dedica el segundo capítulo a la medicina antigua (Farrington 1974 [1947], 63). Aquí comienza analizando la interpretación del trabajo ma- nual entre la alta sociedad o «clase ociosa», manejando como principal fuente el Económico de Jeno- fonte12. Así pues, el triunfo de esta intelectualidad que utiliza el cerebro pero no las manos (de ahí el título) fue transformar ciencia y medicina en disciplinas especulativas13. Según Farrington, este desprecio hacia el saber práctico está detrás del atraso que muestra la anatomía griega; conclusión precipitada que el autor debe matizar más adelante14. El conocimiento de las fuentes que muestra Farrington no tiene parangón en la obra de John D. Bernal, mucho más descuidado en este punto, pero ambos ponen el foco de atención en la denuncia de las desigualdades sociales como elemento vertebrador del discurso histórico. Ello toma forma en consideraciones como la siguiente: «[…] deseo referirme a las limitaciones de la ciencia y la práctica médica antigua, con respecto al tipo de enfermedad a que habitualmente se consagraba y a los que desatendía. En líneas genera- les, puede decirse que el trabajador era desatendido por la práctica médica antigua y que las enfer- medades ocupacionales eran desconocidas por la ciencia médica.» (Farrington 1974 [1947], 65) Como vemos, el historiador vuelve sobre la idea de una ciencia construida desde arriba y para las clases acomodadas. En otros términos, las obras de Bernal y Farrington constituyen ejemplos evidentes de la aplicación del paradigma de la lucha de clases a la historia de la ciencia. Además, se apuntan aspectos que serán centrales en la Historia Social de la medicina como son las «enferme- dades ocupacionales», es decir, dolencias producidas por la actividad económica del paciente. Tam- 11 Literalmente, véase Bernal 1989 [1957], 157. 14 Obviamente en este esquema el autor no ter- 12 Utiliza con buen criterio el Económico, que en las mina de ubicar a los grandes anatomistas de la Es- próximas décadas será un texto de referencia donde la cuela de Alejandría: Herófilo y Erasístrato; Farrington historiografía marxista acomodará sus críticas; vid. Ver- 1974 [1947], 72-73. Sobre el estado del conocimiento nant 1988 [1985], 1-25. anatómico griego y los motivos de su aparente atraso 13 Bajo este razonamiento, Platón y Aristóteles, como respecto a otras culturas médicas véase Lloyd 1991 exponentes de un pensamiento especulativo, serán un [1978]. obstáculo para el progreso; Farrington 1974 [1947], 66. Veleia, 2019, 36, 125-136 Antigüedad e Historia Social de la Medicina 129 poco se descuida la cuestión de la asistencia sanitaria, una preocupación que no pierde la referencia de la actualidad política: «La URSS es el único país que ha resuelto hasta el día de hoy el problema de proporcionar atención médica a toda su población obrera, y el Hospital de Enfermedades Industriales de Moscú tiene fama de ser una institución única en su género.» (Farrington 1974 [1947], 65) Así pues, el planteamiento de Farrington no se reduce al análisis e interpretación de la Antigüe- dad, sino que construye un problema histórico alrededor de la asistencia sanitaria. Una cuestión que será central en la historia social de la medicina y en la escuela de Henry Sigerist. 2. Historia y civilización: la aportación de Henry E. Sigerist El caso del médico e intelectual francés Henry E. Sigerist (1891-1957) constituye un salto cua- litativo para la consolidación de la historia social de la medicina. Sigerist recibió en Zúrich una só- lida formación en Filología e Historia mostrándose interesado por la historia cultural y la obra de Jacob Burckhardt15. Tras conseguir la licenciatura en Medicina en 1917 sirvió como médico en el ejército suizo durante la Primera Guerra Mundial16. Por tanto, nos encontramos de nuevo ante una combinación de formación científica y humanística, unido todo ello a un importante acti- vismo en favor de la mejora de los sistemas de salud pública17. Como es bien sabido, Sigerist fue discípulo de Karl Sudhoff18 y lo sustituyó en la dirección del Instituto para la Historia de la Medi- cina en Leipzig19. Sigerist adoptó métodos, técnicas y temas de otras disciplinas a la historia de la medicina, enriqueciendo y posibilitando nuevas perspectivas de estudio (López Piñero 1987, 131). Desde su etapa en Alemania como director del Instituto de Historia de la Medicina (1925-1933) formó una brillante escuela con nombres como Oswei Temkin y Erwin H. Ackerknecht. Este úl- timo, militante de orientación trotskista, introdujo a Sigerist en el marxismo20. A partir de 1933, Sigerist dirige el Instituto de Historia de la medicina en Baltimore, llevándose a los anteriores alumnos e incorporando a otros, como George Rosen21. En estos años (1930-1940), Sigerist viajó por Canadá, India, África y la Unión Soviética con la intención de recopilar información sobre la diversidad de los sistemas públicos de atención sanitaria. Fruto de dicha experiencia publicó en 1937 un libro cuyo título evidencia la opinión de Sigerist sobre el mejor sistema sanitario: Sociali- zed Medicine in the Soviet Union. Aquí acuñó la idea de enfermedad social y desarrolló la noción de una asistencia sanitaria universal, asuntos que también abordarán otros miembros de su escuela22. En cambio, por sugerente que sea el anterior título, para estudiar la hermenéutica de la Antigüedad 15 Véase López Piñero 1992, 51-52. dial. En una entrevista concedida en 1971 a H. H. Wal- 16 Véanse los detalles en Rosen 1958, 170. ser y H. M. Koelbing sostuvo: «Desgraciadamente, yo le 17 Cuestión desarrollada en Fee 1992, 298 ss. vendí [a Sigerist] el marxismo y más tarde fui incapaz de 18 Sobre Karl Sudhoff, pionero de la Historia de la desprenderle de él» (Walser & Koelbing 1985 [1971], medicina, véase Rütten 2004. 12). Véase también López Piñero 1987, 131 ss. 19 Dirigió el Instituto desde 1925 hasta 1933 cuando 21 Instituto cuya labor se centró especialmente en el se desplazó a Estados Unidos para dirigir el Instituto de problema de los sistemas de salud pública y las enferme- Historia de la Medicina de Baltimore; véanse los deta- dades ocupacionales; véase López Piñero 1987, 132. lles en Fee 1992, 300 y Fee & Brown 2004, 150 ss. 22 Como George Rosen, quien realizará una retros- 20 E. H. Ackerknecht abandonó el marxismo tras la pección histórica de los sistemas públicos de atención caída del socialismo alemán y la Segunda Guerra Mun- sanitaria; Rosen 1993 [1958]. https://doi.org/10.1387/veleia.20742 Veleia, 2019, 36, 125-136 130 César Sierra Martín en Henry E. Sigerist las obras más interesantes quizás sean Civilization and Disease (1943) y el más reciente A History of Medicine (1961)23. De la misma forma que J. D. Bernal, Sigerist partía de una visión optimista respecto a las posi- bilidades de la ciencia y la tecnología. Este apriorismo condicionó su visión de la historia, conclu- yendo que en la antigüedad no se daban las condiciones técnicas para que la humanidad pudiera vivir con comodidad. En contraste con lo anterior, los avances y las mejoras en la red de comunica- ciones alcanzadas durante la primera mitad del siglo xx ofrecían mejores perspectivas. Solo Roma alcanzó una situación similar a la época moderna: «En siglos pasados, cuando el espectro del hambre estaba siempre a la vista, las condiciones eran muy diferentes; la tierra producía menos que ahora, los medios de transporte eran mucho más lentos y la importación regular de alimento sólo era posible en los imperios coloniales en donde, como en la antigua Roma, existía un estado poderoso y bien organizado. Estas importaciones se hacían, con frecuencia, a costa del pueblo subyugado.» (Sigerist 1946 [1943], 17) De esta forma retoma una línea de trabajo basada en la denuncia social que conecta especial- mente con la propuesta de J. D. Bernal. No obstante, el texto remite a una antigüedad concebida de forma tópica y alejada de las fuentes primarias. En esta concepción cientificista de la historia, la aparición de la máquina (la mecanización) supone toda una revolución en el aumento de la pro- ductividad y de las posibilidades de supervivencia del ser humano24. Según Sigerist, a partir de aquí solo las guerras, la mala administración y el bloqueo podían albergar la hambruna en el mundo. En síntesis, una carestía artificial y generada por las desigualdades sociales y no producida por cau- sas naturales. De aquí parte la preocupación de Sigerist por definir el contexto económico y social donde surge la enfermedad, llegando a considerar factores como el alimento, el vestido, la vivienda, la ocupación o las relaciones sociales (Sigerist 1946 [1943], 16). Por ejemplo, las epidemias surgen de situaciones de carestía y falta de higiene llegando incluso, según el autor, a producir revolucio- nes como la francesa (1789) o los disturbios en Rusia (1921). Sin duda una visión reduccionista de la historia, pero que introduce una denuncia social pertinente. En este marco de trabajo, la Anti- güedad desempeña el papel de exemplum, bajo un punto de vista estereotipado y clasicista. Ponga- mos por caso la opinión que le merecían los hábitos alimenticios de griegos y romanos: «El griego era, generalmente, frugal y aún más lo era el romano del tiempo de la república. Las condiciones cambiaron en la Roma imperial, cuando de todo el viejo mundo se importaron man- jares delicados.» (Sigerist 1946 [1943], 24) A la vista queda una interpretación elitista sobre los valores y estilo de vida grecolatino que, por ejemplo, parecen tener reflejo en las propuestas de Jenofonte y Catón de Útica. La idea de una de- generación de las costumbres gracias a la importación de alimentos y otros productos exóticos es un tópos aristocrático25. Por otra parte, se trata de un aserto poco meditado y fundamentado solo 23 Esta última obra publicada póstumamente; vid. se adquiere, como la política, por sufragio, y que es la Rosen 1958, 171. ley de las mayorías la que decide de la genialidad de un 24 Ni qué decir tiene que el cientificismo, enten- hombre, con lo cual no hace sino exaltarse a sí mismo.» dido como fe desmedida en el progreso científico-téc- (Unamuno 2017 [1907], 234). nico, tuvo grandes detractores durante la primera mitad 25 La frugalidad, la continencia en el apetito y otros del xx. Atendamos, por ejemplo, a las palabras de Mi- hábitos que se incluyen en la díaita clásica no respon- guel de Unamuno: «El cientificista, en efecto, es un de- den a los intereses de las clases sociales desfavorecidas. mócrata intelectual. Se imagina que la jerarquía mental Para el caso de Jenofonte véase Sierra 2016a. Veleia, 2019, 36, 125-136 Antigüedad e Historia Social de la Medicina 131 mediante la obra de Jérôme Carcopino, quien no era precisamente marxista26. No obstante, la cuestión de la dieta y el acceso a la alimentación permiten a Sigerist introducir temas espinosos como la desnutrición y el alcoholismo; todo ello enfocado desde los factores sociales que lo gene- ran27. Así, una dieta deficiente prepara el cuerpo para la enfermedad y, además, la falta de recur- sos produce en muchos casos que las personas recurran al alcohol como fuente barata de calorías. Como vemos, el centro del análisis recae en la vida diaria como elemento que acerca a las condi- ciones socio-sanitarias de las personas. Hasta los aspectos más concretos, como el vestido, la ilumi- nación o la calefacción, son objeto de análisis y se ponen en relación con las condiciones sociales y económicas. En este sentido, la Antigüedad se concibe como el punto de partida del análisis, pero tomándola por lo general como un ejemplo positivo. Mención aparte merece la cuestión del trabajo y las enfermedades derivadas del mismo, intro- duciendo la noción de accidente laboral. Abordando lo anterior en relación al mundo antiguo, Si- gerist se centra en los casos de envenenamiento por plomo que describen el Corpus hipocrático, Marcial, Juvenal, Lucrecio o Plinio. Se trata de un análisis más riguroso e interesante sobre el que merece la pena entrar en detalle: «Los documentos hipocráticos describen un caso de envenenamiento por plomo, y Plinio habla de los malos efectos del plomo, del mercurio y del azufre en quienes los manejan. Los poetas Mar- cial, Juvenal y Lucrecio mencionan de pasada los peligros de ciertas ocupaciones y hablan de las enfermedades peculiares en los trabajadores del azufre y los herreros; de las venas varicosas de los adivinos y del duro destino de los trabajadores de las minas de oro. Nada se hacía para proteger- los si no se protegían ellos mismos, como lo hacían los refinadores del minio, que, según Plinio, se ponían en la cara membranas y vejigas a manera de mascarillas. Sólo se proporcionaba servicio mé- dico a los que divertían a la gente: los gladiadores.» (Sigerist 1946 [1943], 60-61) Nada que ver esta valoración con la superficialidad mostrada anteriormente. Aquí se problema- tiza la cuestión de las enfermedades laborales en el mundo antiguo a través de sus fuentes28. Nótense especialmente dos cuestiones: 1) no se hace distinción entre ocupaciones (mineros, herreros, adi- vinos…) y 2) la insistencia en la necesidad de una asistencia sanitaria pública. Resulta una conclu- sión de notable finura el contraste entre las diferentes profesiones citadas (y desprotegidas) y la pro- tección sanitaria de los gladiadores. Con ello, el médico de origen francés pone de manifiesto que la asistencia sanitaria pública existía, pero se extendía únicamente a colectivos de interés sociopolítico. Por otro lado, la diferencia principal entre el análisis de Sigerist y la propuesta de Bernal de- bemos encontrarlo en la brillante escuela formada por el primero. No debemos olvidar que Sige- rist contaba con la colaboración de Oswei Temkin, especialista en historia de la medicina anti- gua29. Asimismo, los estudios sobre las culturas médicas en las sociedades primitivas de Erwin E. A­ckerknecht o los trabajos del propio George Rosen son puntos de apoyo para comprender una adecuada aproximación a la Historia social de la medicina antigua30. 26 Sobre este intelectual véase Corcy-Debray 2001. 29 Por las fechas en que se publicó Civilización y en- 27 Realmente interesante resulta la asociación entre fermedad, O. Temkin era un destacado especialista en conquista y embriaguez ejemplificada en el caso estado- medicina griega y romana. Una de sus obras más co- unidense; Sigerist 1946 [1943], 28 ss. nocidas es The Falling Sickness: A history of Epilepsy 28 Sobre todas las fuentes citadas se aportan referen- from the Greeks to the beginnings of Modern Neurology cias precisas, por orden de aparición: Hp. Epid. IV. 25; (1945). Pli. Nat. Hist. 34. 50; 33. 40; Marcial, Epig. 12. 57. 14; 30 Por tanto, una línea de trabajo más cercana a Ben- Juvenal, Sat. 10. 130; 6. 397 Lucrecio, 6. 811. jamin Farrington que a John Bernal. https://doi.org/10.1387/veleia.20742 Veleia, 2019, 36, 125-136 132 César Sierra Martín Otro de los aspectos trabajados en la obra de Sigerist es la percepción social de las enfermeda- des y del enfermo. Aquí, resulta especialmente interesante su estudio sobre la idea de enfermedad y castigo divino (religión) poniendo el foco de atención en dolencias emblemáticas como el caso de la lepra, las enfermedades mentales o las venéreas31. A menudo estas dolencias eran tratadas me- diante métodos ajenos a la medicina o con ayuda de textos religiosos, como la lepra que se afron- taba según la información reflejada en la Biblia (Levítico 12; Sigerist 1943 [1946], 90). No cabe duda de que el planteamiento anterior será uno de los ejes centrales de la moderna Historia social de la medicina, que pondera el rechazo social de enfermedades como la sífilis o el SIDA32. Con todo, no debemos olvidar que Sigerist no era historiador de la antigüedad y, como veíamos ante- riormente, la visión que tenía del mundo antiguo podía caer en generalidades. Como consecuencia de ello, en su inacabada y póstuma obra A History of medicine (1961), todavía encontramos postu- ras alejadas de la interpretación marxista de la antigüedad. En concreto, sobre las diferentes cultu- ras de la antigüedad dice: «We glorify the Greeks, however, as our precursors and true ancestors who first developed the scientific method. Egypt and Mesopotamia may claim our attention only in so far as they were precursors of the Greeks and made a few contributions to our medicine through the channels of Greek literature and of the Old Testament.»33 El argumento anterior bien podría ser una definición canónica del concepto decimonónico del «milagro griego»34. Por consiguiente, entendemos que la historia social de la medicina propuesta por Sigerist supuso un marco de trabajo y un punto de partida aplicable a la Antigüedad pero, qui- zás, no constituyó una contribución significativa al conocimiento del mundo antiguo. Consideraciones finales La historia social es producto de una época, la primera mitad del siglo xx, cuando la historio- grafía se abrió a los métodos propios de las ciencias sociales. Una tendencia que cuestionó los mé- todos del positivismo y ofreció una alternativa fecunda de análisis interaccionando con el materia- lismo histórico35. En este contexto, la Historia social de la medicina posee la particularidad de ser desarrollada por científicos comprometidos con la sociedad e imbuidos por las problemáticas so- ciales denunciadas por el marxismo. En las páginas anteriores hemos propuesto solo un breve es- bozo del origen, desarrollo y problemática de la historia social de la medicina sin perder la vista el mundo antiguo36. Como sugeríamos al inicio, la actual parcelación y estanqueidad del conoci- 31 Sigerist1943 [1946], 89-91 (lepra) y 93-100 (en- 35 Véase en general Hernández Sandoica 2004, 151- fermedades venéreas). 203 y 228. 32 Son las conocidas como «enfermedades sociales»; 36 Naturalmente, el alcance de las problemáticas que vid. Bernabeu Mestre 1989 y Arrizabalaga Valbuena propone la historia social de la medicina es mucho más 1992, 148. amplio de lo que aquí se puede reflejar, destacando as- 33 No disponemos de traducción castellana y hemos pectos como: el acceso a la sanidad, las enfermedades preferido conservar el texto original inglés pues lo consi- y su recepción social (tuberculosis, lepra, etc.), la salud deramos de fácil comprensión; Sigerist 1961 [1987], 4. mental o cuestiones que atañen a la relación entre salud 34 Seguido también por ilustres historiadores de la y moral (eutanasia, aborto, etc.); vid. McGowen 1991, medicina como Pedro Laín Entralgo (1970, 17-20) y 81. Recientemente se han compilado diversos trabajos comentario en Sierra 2016b, 11 n. 1. sobre cuestiones propias de la historia social de la medi- Veleia, 2019, 36, 125-136 Antigüedad e Historia Social de la Medicina 133 miento en el mundo académico pueden reducir la percepción de la potencialidad de obras como las de Bernal, Farrington o Sigerist. En cambio, la Historia social de la medicina ofrece un marco de trabajo para interpretar en sentido amplio las dinámicas sociales de la antigüedad. Existen casos paradigmáticos como los estudios sobre el rechazo social hacia la enfermedad sagrada (epilepsia) que constituyen un interesante documento sobre los prejuicios sociales de la antigüedad: «Los que ya están habituados a la enfermedad [epilepsia], presienten de antemano cuándo van a sufrir un ataque, y se apartan de la gente, a su casa, si tienen su vivienda cerca, y si no, a un lu- gar solitario, donde sean muy pocos los que los vean caer, y al punto se esconden (bajo su manto). Y lo hacen por vergüenza de su enfermedad y no por terror, como muchos piensan, de lo divino.» (Hp. Morb.Sacr. 15)37 En una línea similar hallamos un dato recogido en Teofrasto a propósito de la conducta de los supersticiosos: «[…] La vista de un loco o de un epiléptico le produce [al supersticioso] estremecimientos y, en consecuencia, escupe en el pliegue de su ropaje.» (Theophr. Char. 16. 14)38 Bajo el foco de la Historia social de la medicina, testimonios como los anteriores adquieren un significado concreto. Estamos ante una reacción colectiva ante una enfermedad mal conocida en la época y que generó una situación de exclusión social39. Al margen de las llamadas enfermedades so- ciales, la adopción de los métodos de trabajo de la Historia social de la medicina ha generado inte- resantes discusiones en torno al acceso real de la población a la medicina en la antigüedad. Un caso notable lo encontramos en Platón en relación a la discusión acerca de la medicina para libres y para esclavos; veamos un extracto donde hablan un ateniense y Clinias: «Aten.—¿Y acaso no te das cuenta de que, siendo en una parte libres y en otra parte esclavos los enfermos de las ciudades, a los esclavos los tratan en la generalidad de los casos los médicos escla- vos […]¿No observas, por otra parte, que el médico libre atiende y examina mayormente las enfer- medades de los hombres libres […]?» (Pl. Lg. 720 a-c)40 Este pasaje, ampliamente comentado por B. Farrington, constituye un interesante documento que nos acerca a la desigualdad en el acceso a la medicina41. Contra la postura que entiende el tes- timonio anterior como la expresión de una medicina elitista tenemos la escuela de Joseph Vogt y otras tendencias clasicistas que ponderan una pretendida universalidad de la medicina hipocrá- tica42. En cambio, ahora lo importante es apreciar, gracias a testimonios como el anterior, la rela- ción de la medicina con las fuerzas productivas y la estructura social43. En contra de la opinión co- cina en la obra coordinada por Marck Jackon (Jackson doto (III, 30-37), y que según el mismo autor se trataba 2011), en especial su tercer apartado. No obstante, los de epilepsia; Rosen 1993 [1958], 94-95. abordajes desde la antigüedad son escasos. 40 Traducción de J. M. Pabón & M. Fernández Ga- 37 Traducción de C. García Gual, 2000, «Sobre la liano, 2008, Platón. Leyes, Madrid: Alianza. enfermedad sagrada», en Tratados hipocráticos, Madrid: 41 Farrington 1974 [1947], 73 ss. Véase también la Gredos. obra de F. Kudlien, quien ha trabajado extensamente el 38 Traducción de E. Ruiz García, 2000, Teofrasto. tema; Kudlien 1968. Caracteres, Madrid: Gredos. 42 Véase este asunto con mayor detalle en Sierra 39 En esta misma línea abordó G. Rosen la supuesta 2018. demencia del rey persa Cambises, narrada por Heró- 43 Bien advertido en García 1983, 373. https://doi.org/10.1387/veleia.20742 Veleia, 2019, 36, 125-136 134 César Sierra Martín mún, la medicina no desarrolló una ética al margen de la sociedad a la que servía. Podemos incluso mostrar desde el Corpus hipocrático cómo la atención médica dependía de la condición social del paciente: «En primer lugar, pues, en interés de la mayoría de la gente escribiré con qué medios pueden ayudarse quienes toman las comidas y bebidas ocasionales, entre trabajos obligados, viajes forzados por sus necesidades y travesías por mar en busca de sustento, expuestos al sol en contra de lo con- veniente, sometidos al frío al margen de lo útil, y recurriendo a un régimen de vida de lo más ines- table. Para éstos, pues, de acuerdo con las circunstancias, resulta conveniente adoptar la dieta que vamos a exponer.» (Hp. Vict. 68)44 Naturalmente las disposiciones dietéticas e higiénicas para la selecta minoría eran prolijas en su desarrollo mientras las prescripciones dirigidas a la mayoría eran escuetas45. Por otro lado, partiendo de la cuestión en torno a los accidente laborales, que tanto ocuparon a Sigerist, do- cumentamos interesantes casos en la antigüedad como la siguiente historia clínica recogida en Epidemias: «Un zapatero, taladrando el cuero con una lezna, se atravesó con ella por encima de la rodilla, hacia el muslo, penetrándole un dedo de profundidad más o menos. No le salió nada de sangre y la herida se cerró enseguida, pero todo el muslo se hinchó extendiéndose la hinchazón hasta la ingle y la cintura. Este enfermo murió a los tres días.» (Hp. Epid. V. 45)46 Naturalmente, debemos contar al zapatero entre el cuerpo de ciudadanos que gozaban de asis- tencia gracias a la presencia de un médico público o, quizás, podía pagarse los servicios de un mé- dico47. No obstante, resulta evidente que sin las aportaciones de la historia social de la medicina estos documentos no se hubieran puesto en su debido contexto. En resumen, no vemos mejor ma- nera de concluir nuestro trabajo que retomando la reflexión del propio Sigerist al inicio de su obra, cuando recuerda la dimensión social de la enfermedad: «La enfermedad no es otra cosa que la suma de total de reacciones del organismo o de partes de él a estímulos anormales. Para el individuo, sin embargo, la enfermedad no sólo es un proceso biológico, sino también una experiencia que puede afectar profundamente su vida entera. Puesto que el hombre crea la civilización, la enfermedad influye en su creación al afectar su vida y sus actos.» (Sigerist 1947 [1943], 9-10) 44 Traducción de C. García Gual, 2000, «Sobre la 46 Traducción de B. Cabellos, 1989, Tratados hipo- dieta», en: Tratados hipocráticos, Madrid: Gredos. cráticos. Epidemias, Madrid: Gredos. 45 También interesantes resultan las opiniones de 47 Además, Epidemias es un escrito hipocrático de Platón (República 406) acerca de lo inadecuado de los especial potencialidad para la historia social de la medi- tratamientos hipocráticos para los trabajadores, con cina antigua que, a nuestro juicio, merece mayor aten- un estilo de vida marcado por la necesidad; Farrington ción. 1974 [1947], 74-75. Veleia, 2019, 36, 125-136 Antigüedad e Historia Social de la Medicina 135 Bibliografía Arrizabalaga Valbuena, J., 1992, «Nuevas tendencias en la historia de la enfermedad: a propósito del constructivismo social», Arbor 142 (558-559-560), 147-165. Bernabeu Mestre, J., 1989, «La actualidad historiográfica de la historia social de la enfermedad», Revista de demografía histórica 7 (3), 23-26. Bernal, J. D., 1989 [1954], Historia social de la ciencia, v. 1, Barcelona: Península. Cook, H. 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