El año Pedrolo en Hélice Sara Martín Alegre © Sara Martín Alegre, por la intro- ducción y la traducción, 2018 Hélice se suma a las celebraciones del Año civilización perdida por culpa de un ataque Pedrolo, centenario del nacimiento de Manuel extraterrestre, en «Las civilizaciones son de Pedrolo (1918-1990), con la publicación del mortales» dos jóvenes estadounidenses, el de- cuento «Las civilitzacions són mortals» en tective Jim Sekrat y una muchacha sin nom- traducción al castellano y al inglés, realiza- bre, se enfrentan a la misteriosa desaparición das ambas por Sara Martín Alegre. Gran fi- de sus congéneres humanos, tras un extraño gura de las letras catalanas, y autor prolífico suceso que sólo puede llamarse metafísico, de 128 volúmenes en todos los géneros, Pe- antes de poner en marcha también un «se- drolo merece ser mucho más conocido tanto gundo origen». Vincula a ambos textos el con- entre los hablantes catalanes como entre el vencimiento pedroliano de que ninguna civili- público lector en otras lenguas. zación humana es eterna, aunque sean muy El cuento seleccionado, publicado en la an- distintas entre ellas, y que hay que estar tología Crèdits humans (Barcelona: Editorial siempre preparado para lo inesperado. Selecta, 1957, 171-190) es una muestra su- La publicación de las traducciones cuenta mamente interesante de la ficción fantástica con el permiso de Edicions 62 y de la Funda- pedroliana. Aunque no es ciencia ficción, el ció Pedrolo, a las cuales deseamos mostrar género al que se dedica Hélice, hemos decidi- nuestro agradecimiento. do escogerlo entre la amplia producción del autor porque su temática anuncia la trama desarrollada en la obra más conocida de Pe- drolo, Mecanoscrit del segon origen (1974), Any Pedrolo, http://cultura.gencat.cat/ca/any obra maestra de la ciencia ficción catalana, manueldepedrolo/inici/ traducida al castellano como Mecanoscrito del Fundació Pedrolo, http://www.fundaciopedrolo- segundo origen por Domingo Santos. .cat/ Mientras en esta novela dos niños catala- Manuel de Pedrolo (AELC), https://www.es- nes, Alba de catorce años y Dídac de nueve, criptors.cat/autors/pedrolomde/pagina.php se preparan para reconstruir (y renovar) la ?id_sec=1873 REVISTA HÉLICE: Número 11. Volumen IV 6  OTOÑO-INVIERNO 2019 Las civilizaciones son mortales Manuel de Pedrolo Ya era tarde, quizás un poco más de las diez. nocidos. Mientras desayunaba y fumaba al Jim Sekrat, no obstante, podía permitirse este mismo tiempo, con un dinamismo típicamen- lujo: venía a ser una especie de institución na- te americano, tenía todavía suficientes manos cional. De lo cual él estaba bien convencido. Se como para pasar las páginas del voluminoso sabía casi de memoria las obras completas— periódico. Para ser exactos, leerlo casi no lo hasta la fecha—de Mickey Spillane, Mikey Ros- leía: los titulares y ya basta. Si alguna vez coe y Adam Knight, entre otros, lo que daba, no hablaban de él, ya era otra cosa. Su vanidad, hace falta decirlo, una gran perspectiva a su bien natural, le obligaba entonces a no per- trabajo de private eye. Todo esto, sin embargo, derse ni una palabra. Hoy, sin embargo, su no había de servirle de nada aquel día. nombre no se veía por ninguna parte y el pe- Duchado y meticulosamente afeitado, se riódico pronto quedó listo. Sekrat se levantó, hizo unas tostadas, se hirvió un huevo y, des- se fue hasta la cocinita y se sirvió otra taza de pués de preparar unas tazas de café, desayu- café. Se la bebió voluptuosamente. nó tranquilamente, mientras encendía el Después dio un vistazo al reloj y le pareció primer cigarrillo del día. Es decir: el primero que ya era hora de pasar por la oficina de se lo había fumado a eso de las tres, antes de Transit Avenue. Antes, sin embargo, necesi- meterse en la cama. Pero para Jim Sekrat, taba hacer una visita profesional y, para no con muy buen sentido, el día comenzaba al perder tiempo, cogió el teléfono y marcó el levantarse y acababa en el momento de zam- número del despacho. Ya debía hacer rato bullirse entre las sábanas. que Molly estaba tras su máquina de escribir. Por la ventana, sin postigos, que daba a Pero nadie contestó su llamada. Aparen- Right Street, entraba la claridad radiante de temente se había equivocado: Molly todavía un día sin nubes, absolutamente primaveral. no estaba en la oficina, algo sin precedentes. Al otro lado de la calle se podían distinguir Prefirió, sin embargo, no preocuparse; volvió todo tipo de ventanas abiertas, a través de las a dejar el auricular, se puso la americana y cuales las habitaciones se empapaban del há- abandonó el pequeño apartamento, en el lito vegetal que emanaba de los árboles ali- quinto piso. neados a lo largo de las aceras. Nunca tenía la paciencia de esperar el as- Cabe decir, sin embargo, que Sekrat no censor, por lo que como cada día bajó las esca- prestaba atención ni al espectáculo visual, leras a pie, de dos en dos, porque todavía era después de todo anodino, ni a los aromas co- joven y rebosaba vitalidad. REVISTA HÉLICE: Número 11. Volumen IV 7  OTOÑO-INVIERNO 2019 MISCELÁNEA  Las civilizaciones son mortales Ya abajo, atravesó el vestíbulo, desierto, y rando ahora a un lado, luego al otro. Y lo peor salió a la calle. Es decir... es que estaba solo, que allí no había nadie, ¡La calle no estaba! absolutamente nadie con quien compartir ese Se detuvo en seco, plantado dentro de otra extraño estado de cosas, con quien hacer si- entrada muy parecida a la que acababa de quiera un comentario, siempre reconfortante. abandonar, porque todas las casas de la calle Estaba solo, como si todo el mundo hubiera eran casi iguales. Instintivamente se giró y desaparecido. Observó entonces que ni si- miró... ¡en todas direcciones! quiera estaba el liftier. Cosa curiosa: entre él y el vestíbulo del —Quiero convencerme—murmuró de re- edificio donde habitaba, sólo había un um- pente, tomando una decisión. bral, el cual era a la vez el umbral de la casa Entró en el ascensor y lo puso en marcha. donde acababa de penetrar. Inexplicable. Unos segundos después lo abandonaba en su Como lo era, sacó el paquete de Camel del propio rellano y entraba como un golpe de bolsillo y se puso un cigarrillo en la boca, sin viento en su cuarto. Y no se había equivocado: encenderlo, mientras trataba de pensar de- la habitación estaba llena de luz. sesperadamente. Pero no había que pensar Se acercó a la ventana, la abrió y sacó la mucho. La cosa estaba clara: ¡la calle había cabeza. Perfectamente: allí, unos cuantos me- desaparecido! tros debajo, estaba la calle, y al otro lado las —¡A ver, a ver!—se dijo, para tranquili- casas de aquel lado, todo ordenado y normal zarse. como cada día... O no. No exactamente. Porque Porque, claro, aquello era imposible. No había algo diferente: por la calle no transitaba podía ser que al abandonar la entrada de la nadie, ni vehículos ni peatones. Sencillamente, casa que habitaba se encontrara directamen- estaba pelada, una situación que él no había te en la entrada de la casa de enfrente. La visto nunca, porque Right Street era una arte- evidencia, sin embargo, era la evidencia. Y, a ria importante, animada de noche y de día. menos que todos los sentidos lo traicionaran... Pero en fin, esto tenía relativamente poca Retrocedió algunos pasos y volvió a situar- importancia. Lo importante era que las cosas se en su propio vestíbulo. Y nada, ni una sos- esenciales seguían existiendo en la forma pecha de calle entre las dos entradas. “Pero la tranquilizadora de siempre. La casa, la calle calle está”, se dijo. Aunque no lo había obser- y las casas de enfrente. vado conscientemente, sabía muy bien que, ¿Qué le había pasado, entonces? mientras desayunaba, en su cuarto entraba la Tiró el cigarrillo que llevaba en la boca, luz del día, incluso un pequeño chorrito de aunque sin encender, y volvió a salir de la sol. Lo cual quería decir que más allá de la habitación. El ascensor seguía en su rellano y ventana se extendía un espacio abierto. Un esta vez lo utilizó para bajar. espacio verdaderamente abierto, porque el Unos segundos después, al atravesar el edificio de en frente era tan alto como aquel vestíbulo, comprendió por la oscuridad relati- donde vivía. Por lo tanto, si las dos casas hu- va que venía del lado de la puerta que la si- bieran estado tan juntas como parecían estar, tuación, aquí abajo, no había cambiado. Y él no habría visto luz en modo alguno: su ahora observó algo que de entrada no había cuarto habría quedado a oscuras... notado: si la entrada estaba iluminada, era La perplejidad lo tenía allí indeciso, mi- porque lucía una luz eléctrica. REVISTA HÉLICE: Número 11. Volumen IV 8  OTOÑO-INVIERNO 2019 MISCELÁNEA  Las civilizaciones son mortales Indeciso, pero seguro de lo que pasaría, —Quiero decir que sí, que no puede existir avanzó una vez más hacia la puerta. Allí se y no existir al mismo tiempo. Pero... detuvo de nuevo, observando a la chica que La clave de todo el asunto estaba detrás de había en el vestíbulo de la casa de en frente. aquel pero. Ella no parecía admitirlo de bue- No recordaba haberla visto nunca, pero en na gana: seguida juzgó que era una chica agradable. —Cosas como estas—dijo—no pueden pasar. Lo que no era tan placentera era su expre- —Quizá no—concedió él—. El caso, sin sión. Porque también ella, según le pareció, embargo, es que, no podemos salir... ¡Un mo- acababa de descubrir la ausencia de la calle mento!—exclamó—. Está la puerta de atrás... entre las casas. Sin necesidad de confabularse previamen- Al oírlo, se había girado y ahora se con- te, ambos se encaminaron hacia ella. Rodea- templaban ambos. Después de unos momen- ron la caja del ascensor, siguieron por el pasi- tos de silencio, ella preguntó: llo que se hundía en las entrañas de la casa y, —¿Pero qué pasa? tras torcer hacia la derecha, llegaron a la Quizás habrían hecho falta otras palabras puerta. Como solía ser el caso, estaba cerra- para expresar debidamente lo insólito de da, pero podía abrirse fácilmente por la parte aquella situación, pero por otra parte su interior. misma enormidad hacía poco menos que im- En el edificio que quedaba en frente por practicable reaccionar con palabras que no aquel lado, nadie debía aún haber pensado en fueran las habituales cuando algo, sin mara- este recurso, porque esa puerta estaba cerra- villarnos, nos extraña. Y él contestó con la da. Eso sí, no dejaba el más mínimo espacio misma simplicidad: que permitiera hablar de calle entre las dos —No lo sé. casas. Los edificios se habían unido. Ambos miraron a su alrededor, como si —Es curioso...—dijo Sekrat. hubieran perdido algo, hasta que ella dijo: Como lo dijo con un gesto muy reflexivo y —¿Y la calle? nada preocupado en apariencia, ella lo miró: Él se encogió de hombros. —¿Os lo parece?—preguntó. —Yo diría que la calle sigue en el mismo —Sí—dijo él—. Porque, como puede obser- lugar—explicó tras una pausa—. Por lo me- varse, aquí hay dos puertas, aunque las casas nos, mirando desde la ventana... están unidas: nuestra puerta, ahora abierta, La chica lo miró como si no comprendiera. y la del edificio de en frente, cerrada... —¿Quiere decir que...? —¿Y bien? —Sí, acabo de sacar la cabeza por la ven- —Y bien: al otro lado—y señalaba hacia la tana y vi la calle... puerta principal—sólo hay una. Es decir: —Entonces... ¿cómo lo explica? puerta, no hay; sólo un umbral, el mismo pa- —De ninguna manera. ra ambos edificios... Me pregunto si eso quie- Y era verdad. re decir algo... —Pero—insistió ella—, si existe desde Pero ella no tenía paciencia ni humor para arriba, también debe existir desde aquí aba- estas especulaciones. jo... —Ah, ¡y qué importa eso! Tendríamos que —Normalmente, sí. procurar salir de aquí. Esto es como una —¿Qué quiere decir, normalmente? trampa... REVISTA HÉLICE: Número 11. Volumen IV 9  OTOÑO-INVIERNO 2019 MISCELÁNEA  Las civilizaciones son mortales Él reflexionó largamente con su cerebro —Sí, sí, ¡es verdad!—dijo—. ¿Quiere decir entrenado para descubrir las salidas de los que yo podría quedarme en la calle para que laberintos más complejos. ésta siguiera existiendo cuando usted baja- —Como le he dicho—dijo al fin—, mirando se...? desde la ventana he visto la calle. Ahora me —¡Exacto! pregunto si por el solo hecho de que alguien El entusiasmo de la chica, no obstante, ce- mire vuelve a existir efectivamente... quiero dió con la misma rapidez con la que había decir aquí abajo. Porque, claro, mientras mi- aparecido. raba por la ventana, estaba arriba y no sabía —Pero no puede ser—dijo—. Ni una cosa lo que pasaba aquí... ni la otra. Calló, mientras la chica respiraba ruido- —Pero no cuesta nada probarlo—replicó samente. Sekrat. —Escuchad—retomó él el hilo a continua- Tenía toda la razón según ella convino. ción—, podríamos hacer una cosa: usted pue- Mientras se dirigía otra vez a la puerta de- de permanecer aquí mientras yo voy a mirar lantera, él montó nuevamente en el ascensor, por la ventana... hasta salir en su piso. Como la otra vez, se La chica no parecía muy entusiasmada. precipitó a la ventana: la calle estaba allí, de- Quizá le daba un poco de miedo quedarse bajo, tan desanimada como antes. ahora sola en aquel edificio que parecía de- Un instante después, sin embargo, distin- sierto. guió una persona: la chica. ¡Era cierto así —¿No os gusta la idea?—preguntó él—Si pues! ¡La calle era incapaz de negarse mien- la calle reaparece puede usted salir... tras se la miraba! —Sí, dijo ella—. ¿Pero y usted? Ella levantó la cabeza y estudió las venta- Él se mostró a la altura de las circunstan- nas hasta descubrirlo. Él se asomó y levantó cias: el brazo. Entonces ella lo vio y correspondió al —No se preocupe por mí; estoy acostum- saludo. Por señales, Sekrat le indicó que ba- brado a todo. Por otra parte, más vale que jaba, abandonó la ventana, salió del cuarto y salga uno de nosotros que ninguno... Oh, y entró de nuevo en el ascensor. ahora que lo pienso, ¡quizá también me pueda Abajo, sin embargo, le esperaba una ayudar! amarga desilusión: la calle había desapareci- —¿Cómo? do de nuevo. Tras el éxito de la primera parte —Cuando hace un rato he mirado por la del programa, estaba tan convencido de que ventana, he observado que en la calle no ha- todo pasaría tal como lo había imaginado, que bía nadie... su desencanto fue verdaderamente abruma- La boca de ella quedó abierta. dor. —¿Qué dice? Durante largo rato se quedó tocando el —Lo que oye: no había nadie. Y ahora se umbral, sin saber qué hacer ni qué decidir. me ocurre que si esta calle reaparece mien- No se volvió a mover hasta que se le ocurrió tras alguien la mira también podría ser que que la chica estaría aún en la calle, esperán- siguiera presente mientras alguien la pisa, dole. ¿comprende? Entonces rehizo el trayecto hasta su cuar- Ahora la chica estaba toda emocionada. to. REVISTA HÉLICE: Número 11. Volumen IV 10  OTOÑO-INVIERNO 2019 MISCELÁNEA  Las civilizaciones son mortales —Quizás se ha ido—se dijo mientras se Ella negó con la cabeza. encaminaba a la ventana. —No he visto nada. En el momento que he Pero no. Ella seguía fielmente en la acera, puesto el pie aquí dentro, todo ha quedado ahora mirando hacia el portal de la casa, como antes, como si la calle nunca hubiera aquel portal que desde dentro no existía. existido... Con el fin de llamar la atención, Sekrat se Él se pasó la mano por la frente y se sacó puso a gritar, pero su voz no debía llegar has- otro cigarrillo. Ofreció uno a su compañera y ta abajo porque ella no volvió a levantar ca- encendieron ambos. beza. Entonces el muchacho se retiró de nue- —No sé qué pensar—dijo él al fin. vo a la habitación y miró a su alrededor. —Lo raro—observó ella—es que se diría Tomó el primer objeto que se presentó ante que estamos solos en el edificio, tal vez inclu- sus ojos: un cenicero de cristal, bastante pe- so en la ciudad... sado por cierto. —Sí—asintió él—. No había caído pero es Con este objeto en las manos, se asomó de verdad que... ¡Pero tal vez les pasa algo! —se nuevo a la ventana. Tras comprobar que ella interrumpió. seguía atenta observando la puerta, lo dejó Dio media vuelta, repentinamente, y se di- caer. rigió a grandes zancadas hacia la primera Vio como la chica se sobresaltaba por el puerta que se distinguía en la casa: el piso del ruido. Pero el objetivo de la maniobra había encargado del edificio. tenido éxito: ella miró hacia la ventana. Llamó y no le respondió nadie. Insistió con Haciendo todo tipo de señales, le indicó el mismo resultado. Entonces hizo girar el que no podía salir, y ella debía comprenderlo pomo. La puerta se abrió, y Sekrat, seguido perfectamente, porque a continuación la vio por la chica, entró en el apartamento. dirigirse a grandes zancadas hacia la puerta —¡Mijauhull!—gritó—¡Mijauhull! del edificio. Pero Mijauhull no estaba, de lo que se —¡No, no!—gritó él al comprender su in- convenció tras examinar las habitaciones. tención. Sin decir palabra, volvieron a salir y em- Pero la chica ya había penetrado en la en- prendieron una búsqueda a lo largo, a lo an- trada. Sekrat también se precipitó. Unos cho y a lo alto del edificio. Resultó que ellos momentos después, ambos se encontraron dos eran los únicos vecinos que seguían allí. junto al umbral. —¡No lo entiendo!—tuvo que volver a ex- —¿Qué ha pasado?—preguntó ella. clamar Sekrat—. A menos... —No he podido salir. Pero no tenía que Miró el reloj, que ya señalaba las once y haber vuelto a entrar... media. —¿Por qué? Uno de nosotros siempre pue- —A menos...—dijo ella— de salir...—dijo ella, con buen juicio. —Es un poco tarde—explicó el mucha- —Sí, claro. Pero ahora... ¡Escuche!—dijo cho—. Normalmente, a estas horas, ¡qué di- él—. Cuando ha vuelto a entrar, ¿qué ha pa- go!, cuando me he levantado, las diez pasa- sado? das, ya todo el mundo está en el trabajo... —Qué quiere decir, ¿qué ha pasado? —Pero no todo el mundo trabaja...— —Sí. ¿Ha visto cómo la calle desaparecía, subrayó ella—. Y Mijauhull no tiene por qué cómo se juntaban las casas...? salir. Y el liftier... REVISTA HÉLICE: Número 11. Volumen IV 11  OTOÑO-INVIERNO 2019 MISCELÁNEA  Las civilizaciones son mortales —Sí, sí—convino Sekrat—. Ellos deberían Después, mientras ella subía hacia su ha- estar, claro... bitación, en el tercer piso, él se plantó ante la Una contestación, por otra parte, que no puerta, dispuesto a no perderse ni un detalle ayudaba en nada al esclarecimiento del mis- de la transformación que ocurriría al asomar- terio. se ella a la ventana. —Pero... A pesar de la atención que prestaba, sin Lo dejó estar, porque ni sabía qué quería embargo, no pudo descubrir ningún prodigio. decir. Quizás porque había cometido la tontería de —Podríamos mirar en la otra casa— quedarse en la parte interior del edificio. El sugirió entonces ella. hecho es que el tiempo comenzaba a pasar y —Sí. no sucedía nada. Impaciente, dio un paso ade- Quedaba todavía esta esperanza. Es decir, lante, franqueando el umbral. ¿esperanza de qué? Quizá no de averiguar algo, Y entonces se encontró en la calle, así, sin pero sí de descubrir que no eran ellos las dos más ni más. únicas víctimas. Esperanza, en todo caso, que Se dijo de todo, pero el daño ya estaba he- quedó defraudada una hora después, cuando cho. Después levantó los ojos para localizar a tampoco encontraron rastro de ser viviente al- la chica. Como él mismo había hecho, la mu- guno en toda la extensión de la casa vecina. chacha saludó con la mano y él le correspon- —¿Y ahora?—dijo ella al terminar. dió. Entonces se le ocurrió algo que no tenía Él estaba tan exasperado que se echó a nada que ver con aquel asunto: reír. —No sé cómo se llama...—reflexionó. —¡Y pensar que mi trabajo es resolver Pensó que ya se lo preguntaría después, al enigmas! volver, y empezó a avanzar por la calle. Era el Como ella lo miraba, añadió: único transeúnte. Tampoco pudo distinguir a —Soy investigador privado... nadie en ninguna ventana, salvo a la chica. —¿Por qué no hacemos otra cosa?—sugirió Las tiendas, por otra parte, estaban cerradas. entonces la muchacha—. Yo miraré por la Parecía una ciudad muerta. Acababa de mo- ventana y usted dejará el edificio... rir, porque todavía no presentaba ningún —¿Y de qué servirá? En este caso, quedará signo de descomposición. usted prisionera. En cuanto a las puertas de los edificios, al- —Pero, usted, fuera, puede descubrir algo gunas estaban abiertas y otras cerradas, alea- que explique este misterio... ¡Siempre lo hará toriamente. Hacia media calle, se detuvo fren- mejor que yo! te a una de las primeras, pero no osó entrar y A él la idea le sedujo en seguida. se limitó a mirar hacia el interior desde la ace- —Sí, ¿por qué no?—dijo—. Muy bien, sal- ra. Como había supuesto, no se veía a nadie. dré. Pero, ¿no tendrá miedo, sola? —¿Pero qué demonios se ha hecho de la Ella se encogió de hombros. gente? —Me lo tragaré—dijo. Esto era quizás lo más admirable de todo, —¡Magnífica chica! No se mueva de la incluso en el rango de los prodigios. Porque si ventana—le recomendó—y dentro de una ho- el orden natural de las cosas había sido tras- ra, ¿le va bien?, volveré haya o no haya des- tornado y la gente había desaparecido, ¿por cubierto el por qué de todo esto... qué narices quedaban él y aquella chica? REVISTA HÉLICE: Número 11. Volumen IV 12  OTOÑO-INVIERNO 2019 MISCELÁNEA  Las civilizaciones son mortales Se giró para comprobar si seguía en la —Sí, sí—le respondieron, pero la voz pode- ventana. Allí estaba, una figura consoladora rosa del hombre, que se había hecho oír desde en aquellos momentos. un sexto piso aún no hacía diez minutos, aho- —Quizá nos hemos quedado solos en el ra parecía venir de muy lejos. mundo—pensó. —¿Quién más hay en el edificio? Se volvió a detener porque había llegado a —Nadie más, yo solo. Pero ¿dónde está us- una calle lateral. También se veía desierta. ted? No le veo... Durante unos segundo vaciló entre adentrar- —Tampoco yo a usted. Pasan cosas ra- se o seguir adelante. Pero ¿qué importancia ras—añadió puerilmente, como si el otro no lo tenía? Se encogió de hombros. supiera por experiencia propia. En ese momento sintió un grito. Instantá- —En toda la mañana no he visto a nadie— neamente animado, miró arriba y abajo. Na- dijo el hombre—. ¿De dónde sale? da. Nadie. El grito se repitió cuando levanta- —Es largo de explicar—dijo él—. Escuche, ba la mirada hacia la ventanas. intentaré sacarlo de aquí. Pondré una mano Tuvo que torcer mucho el cuello para po- dentro de la casa. Tómela... der percibir, en el sexto piso, el rostro iniden- Así lo hizo, pero el tiempo pasaba y nadie tificable de un hombre que se asomaba a la cogía su mano. ventana, el torso peligrosamente inclinado —¿Qué hace?—preguntó. sobre el vacío. —¡Como que qué hago! Espero su mano... Saludó con el brazo para indicarle que lo —¡Pero si ya está aquí! había visto. Pero, una vez hecho esto, ¿qué? —Pues no la veo... ¿Cómo podía ayudarle? Sekrat la retiró. El otro, sin embargo, manifiestamente —No se preocupe—dijo—; encontraremos lleno de confianza ahora que había descubier- otra manera... Escuche, ¿no se ha movido? to que no estaba solo, ya había abandonado la —No—dijo la voz. ventana, y Sekrat adivinó sin esfuerzo que —¿Qué tiene delante? estaría descendiendo hacia la puerta. —La casa de en frente... Localizó la entrada que correspondía al —Entre... edificio y se plantó delante. El impulso era de Se hizo un silencio. entrar, pero él se resistió, porque podría no —¿Ya está?—preguntó entonces Sekrat. haber manera de salir después. Se limitó, Nadie le contestó. pues, a esperar que el otro se hiciera visible —Cierto—se dijo—, si ha pasado a la otra en el otro lado. casa... Solo que, claro, esto no sucedió. Veía sin Atravesó la calle y se encaminó precipita- problema el vestíbulo y el interior del edificio, damente. pero el hombre parecía haberse quedado en el —¿Está usted ahí?—preguntó al llegar. camino. Sin embargo, tenía casi el convenci- —Sí, lo he hecho tal como me ha dicho. miento de que no era así sino que el hombre Sekrat estaba maravillado. El hombre ha- había llegado a la entrada y esperaba, espe- bía atravesado la calle sin que ni el uno ni el raba como él. otro se dieran cuenta de nada. Y, sin embar- Se acercó más a la puerta. go, la calle existía, él la veía, la estaba pisan- —¿Está ahí?—preguntó. do... REVISTA HÉLICE: Número 11. Volumen IV 13  OTOÑO-INVIERNO 2019 MISCELÁNEA  Las civilizaciones son mortales —Lo intentaremos de otra manera—dijo— der tiempo explicándoselo. Suba a la ventana . Cerraré la puerta del otro edificio y entonces y quédese allí. usted intentará salir... —¿Y como sé que volverá? —¿Pero cómo? —¿Que no he intentado hacerlo salir? —No sé cómo. Intente salir. Avanzando, —Sí—reconoció el otro—. Muy bien, de simplemente. ¿De acuerdo? acuerdo. —Bueno....—dijo el otro, no muy convenci- —No tardaré más de diez minutos—repitió do. él, y se alejó velozmente. Sekrat volvió a cruzar la calle y, alargando La chica seguía donde la había dejado, mi- la mano con cuidado de no sacar los pies de la rando la calle. Él le hizo un gesto a la vez calle, se apoderó de uno de los barrotes de la amigable y alegre y, sin pensárselo, penetró puerta y, trabajosamente, la fue cerrando. de nuevo en la casa. Cruzó de nuevo. Cuando abandonó el ascensor la encontró —Ya está. ¿Lo véis? en el rellano. —Sí. —Parece que hay otras personas en la —Pues venga, intente atravesar. misma situación, después de todo—le dijo. Y Esperó, en tensión casi angustiosa. a continuación le explicó qué intentaba hacer. —No puedo—dijo al fin el hombre—. Como —Subes a la azotea y vas atravesando la puerta está cerrada... hasta la segunda casa de Clorys Street. Es —Pero está la calle... allí. Bajas directamente en la calle, no fuera —Desde aquí no—dijo el hombre con des- cosa que él... Después ya trataremos de sacar- esperanza. lo. —Ya veo... La chica comprendió inmediatamente la Pero entonces se le ocurrió una idea que lo situación, sin extrañarse del tuteo. animó deliciosamente. Como había atravesa- Unos momentos después, cumplida la ne- do de una casa a la otra, ahora el hombre es- cesaria maniobra de la ventana, Sekrat esta- taba en el mismo bloque de viviendas donde ba de nuevo en el exterior y ella subía a la vivían él y la chica. Si podía reunirlos hacién- azotea. dolos pasar por dentro de los edificios... Sekrat volvió a la calle lateral. El hombre —Escuche—le dijo—. Suba a uno de los había obedecido. Al ver al muchacho, su ros- pisos y póngase en la ventana. Y espéreme tro, hasta ese momento crispado en una mue- allí hasta que vuelva. Cuestión de diez minu- ca de angustia, recobró el equilibrio de sus tos... rasgos. —Pero... —¡Ni diez minutos!—le gritó Sekrat. —Haga lo que le digo. El otro estaba en una ventana del primer —Explíqueme de qué se trata—dijo el piso, por lo que pudo escucharlo perfectamen- otro. te. —Verá... —pero se detuvo, porque com- —¿Y ahora qué?—preguntó. prendía perfectamente que, si aquel era un —Hay que esperar un rato. No abandone medio de hacer salir a la chica, el hombre for- la ventana. zosamente tenía que quedar dentro. No po- —¡Ya es fácil decirlo estando fuera!— dían salir ambos en la calle—. No puedo per- protestó él. REVISTA HÉLICE: Número 11. Volumen IV 14  OTOÑO-INVIERNO 2019 MISCELÁNEA  Las civilizaciones son mortales —Haré lo posible para que salga— —¡Eh!—gritó. prometió Sekrat. Nadie contestó. —Pero no veo por qué tenemos que per- —Debe haber subido al piso de nuevo— der... ¡Eh, eh!—gritó de repente, interrum- dijo la chica. piéndose. Esperaron. Esperaron largo tiempo. Sin La chica, que había corrido como una lie- embargo, en la ventana ya no reapareció na- bre, salía por el portal de la casa. Lo primero die. Tampoco contestó nadie a sus gritos, que hizo fue ponerse a reír. cuando volvieron a asomarse a las dos puer- —Ah, ¡qué maravilloso que es!... tas, uno a cada una. —¡Eh, eh!—gritó el hombre—. ¿Qué signi- —¿Qué le habrá pasado?—preguntó la chi- fica esto? ¿Cómo es que ella ha podido salir? ca. Pero sin esperar respuesta, abandonaba —No lo sé. Más valdrá que entre... ya precipitadamente la ventana. —¡No, no!—dijo ella, arrebatadamente—. —¡Espere, espere!—gritó el joven. ¿Y si luego no puedes salir? Pero no sirvió de nada. El otro seguramen- —Pero puede estar malherido. Se ha lan- te ya no le oía. zado contra la puerta cerrada... —Es capaz de hacer una tontería—dijo Ella, que miraba portal adentro, le cogió el Sekrat—. Te ha visto salir y como no sabe brazo y se lo oprimió. nada de esto de la ventana... —Mira—dijo. —¿No se lo habías contado? Sekrat obedeció la indicación. Y entonces —Ya puedes comprender que no. Primero, vio que el hombre estaba extendido al lado quería que salieras tú... mismo de puerta, inmóvil. —Bueno, de todos modos, al ver que es Dio un paso, pero la chica lo retuvo. imposible, ya volverá. —¡No, no!—dijo—. ¿No ves que está muer- —Eso sí... to? La frase no llegó nunca a completarse, por- —¿Cómo lo sabes?—preguntó él. que el rumor pesado de un cuerpo que se estre- —Primero no lo veíamos...—explicó sim- lla contra un objeto sólido la interrumpió. plemente. —¿Qué ha sido eso?—dijo la chica. Él asintió. Sekrat corrió hacia la puerta del edificio. Dos minutos después, cogidos de la mano, —Ya te he dicho que haría una tontería... ambos se alejaban de la ciudad. Confiaban Tras pensarlo un momento, cruzó la calle, se que habría otras ciudades vivas. Si no, aún acercó a la otra puerta y la abrió. Pero ya no se les quedaba el campo. Y ellos dos, para volver volvió a oír ningún ruido. Atravesó de nuevo. a empezar. REVISTA HÉLICE: Número 11. Volumen IV 15  OTOÑO-INVIERNO 2019