Recibido: 8/01/2019
Aceptado: 4/06/2019
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Gandarias Goikoetxea, Itziar, Montenegro Martínez, Marisela y Pujol Tarrés, Joan. «Interseccionalidad, iden-
tidad y articulación: hacia una política de la agregación». En Feminismo/s, 33 (junio 2019): 35-63. Dosier
monográfico: Diálogos entre la democracia participativa y la interseccionalidad. Construyendo marcos para la
justicia social, coords. Patricia Martínez-García y Jone Martínez-Palacios, DOI: 10.14198/fem.2019.33.02
INTERSECCIONALIDAD, IDENTIDAD Y
ARTICULACIÓN: HACIA UNA POLÍTICA DE
LA AGREGACIÓN
INTERSECTIONALITY, IDENTITY AND ARTICULATION:
TOWARDS AGGREGATION POLITICS
Itziar Gandarias Goikoetxea
Universidad de Deusto
itziar.gandarias@deusto.es
http://orcid.org/0000-0003-4912-2941
Marisela Montenegro Martínez
Universitat Autònoma de Barcelona
marisela.montenegro@uab.cat
https://orcid.org/0000-0001-7382-9256
Joan Pujol Tarrés
Universitat Autònoma de Barcelona
joan.pujol@uab.cat
http://orcid.org/0000-0002-0462-3278
Resumen
El avance del neo-conservadurismo liberal amenaza las conquistas de los derechos
sociales y civiles en un contexto de crisis económica. La incorporación de las políticas
de identidad en los discursos conservadores, en tiempos de progresiva individualiza-
ción y fragmentación social, dificulta la articulación de una respuesta emancipadora
a las necesidades sociales de redistribución y reconocimiento. Esta contribución ana-
liza el potencial de movilización y politización de la interseccionalidad como base
articulatoria que reconoce las diferencias de posición. Partiendo del descentramiento
de la identidad, el artículo explora tres figuras: ensamblajes, mundo zurdo, y política
Los contenidos de la revista se publican bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional
(CC BY 4.0)
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Interseccionalidad, identidad y articulación: hacia una política de la agregación
de lo múltiple. Estas figuraciones proporcionan metáforas articulatorias a la vez que
reconocen simultáneamente diferencias, complejidad, singularidad y multiplicidad.
Palabras clave: interseccionalidad, políticas de identidad, articulación, figuraciones,
desigualdades.
Abstract
The advancement of liberal neo-conservatism is threatening the conquests of social
and civil rights in a context of economic crisis. The incorporation of identity-poli-
tics in conservative discourses, in times of progressive individualisation and social
fragmentation, hinders the articulation of an emancipatory response to the social
needs of redistribution and recognition. This contribution analyses the mobilising and
politicising potential of intersectionality as an articulatory foundation that recognises
differences. Starting from the decentering of identity, the paper explores three figu-
rations: assemblages, mundo zurdo, and the politics of the multiple. These figurations
provide articulatory metaphors while recognising differences, complexity, uniqueness
and multiplicity.
Keywords: Intersectionality, identity politics, articulation, figurations, inequalities.
1. INTRODUCCIÓN
¿Ustedes saben lo que son las TERF? No se sientan ignorantes, yo tampoco
lo sabía hasta hace dos días. TERF, acrónimo de Trans Exclusionary Radical
Feminist, resulta que somos nosotras. Sí, las feministas de siempre, las que
reclamamos desde hace 200 años libertad, igualdad, solidaridad. Ese término
se lo han inventado un grupo de transexuales, apoyadas al parecer por otro
grupo de LGTB, que siguiendo la teoría queer –aquella que dice que no
nacemos con una predeterminación de sexo sino que a lo largo de la vida
escogemos variablemente el que queremos– han decidido que ni el sexo, ni
la edad, pueden ser definitorios. (Falcón, 2017)
Desgraciadamente la interseccionalidad sigue siendo una palabra que el femi-
nismo hegemónico vacía de contenido cuando la tiene que poner en práctica.
Hay un gran número de periodistas, cadenas de televisión y periódicos que
están haciendo un gran esfuerzo por la huelga ¿Cuántos de esos medios
tienen personas negras trabajando? ¿Cuántas de esas periodistas, casi en su
totalidad blancas, se han acordado de las mujeres racializadas? En una esfera
tan blanca es poco probable vernos representadas.
(Blog Afroféminas, 2018)
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Dadas las condiciones crecientes de precariedad de la vida en todas sus
formas, humanas y ecológicas, es sorprendente, como sugiere Fraser (2),
que una «nueva coalición de ‘New Dealers’: sindicalistas, personas sin empleo
o con empleos precarios, feministas, ecologistas y antiimperialistas; social
demócratas y socialistas democráticos» no haya podido producir un proyecto
contrahegemónico que proteja a la sociedad y a la naturaleza del neolibera-
lismo. Una respuesta apresurada a esta pregunta podría apuntar al éxito de
las políticas de identidad inspiradas por los nuevos movimientos sociales de
los años 60 y que muestran signos de agotamiento a fines de 2010. Bajo esta
narrativa, la posición de los grupos sociales en la sociedad depende de las
características de este grupo social (raza, género, sexualidad, capacidades,
etc), una posición que conduce a formas específicas de opresión. Las políti-
cas de igualdad no reconocen las especificidades de cada ubicación social y
el valor de dicha ubicación, por lo que los grupos sociales deben luchar por
políticas de reconocimiento que conduzcan al respeto y a la protección de
tales formas de vida. La conciencia social proveniente de la desmitificación
de la experiencia única y compartida de opresión, derivada de la pertenencia
a un grupo social particular, constituye un fuerte impulso para la transfor-
mación social. La dificultad surge, sin embargo, en cómo articular diferentes
experiencias únicas de opresión, algo inherente al surgimiento de políticas
de identidad (Breines 19-51).
Una primera respuesta sugeriría que la dificultad de consolidar articula-
ciones que trasciendan la desconfianza ante la imposibilidad de comprensión
de nuestra experiencia de opresión está coronando a gobiernos autoritarios
racistas, sexistas y homófobos. Después de años de fuerte crisis económica
en España, el partido político Vox obtiene un importante resultado electoral
en las últimas elecciones en Andalucía, incluyendo en su programa electoral
propuestas xenófobas («posibilidad de perder la nacionalidad adquirida por
actividades contra la soberanía, seguridad o independencia nacional», acción
20), sexistas («supresión de organismos feministas radicales subvencionados,
persecución efectiva de denuncias falsas», acción 70), y homófobas («pro-
mulgación de una ley orgánica de protección de la familia natural que la
reconozca como institución anterior al Estado», acción 71). Esta no es una
tendencia aislada, dado el clima político internacional donde las políticas
de identidad son usadas por posturas de derecha reaccionaria. Por ejemplo,
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Marine Le Pen hace una interpelación velada a la identidad mayoritaria en
términos de «sois los olvidados, sois la mayoría invisible» (Marine Le Pen,
Discurso en Metz, 10 de diciembre de 2011, citado en Ivaldi 231), o Donald
Trump en términos de «los hombres y mujeres olvidados de nuestro país, ya no
serán olvidados» (New York Times). Por su parte, Jair Bolsonaro declara en su
discurso de toma de posesión: «vamos a unir al pueblo, valorizar la familia,
respetar las religiones y nuestra tradición judeo-cristiana, combatir la ideología
de género, conservando nuestros valores. Brasil volverá a ser un país libre de las
amarras ideológicas» (Bolsonaro), mientras Damares Alves, la nueva ministra
de familia, señala que «es una nueva era para Brasil: el niño viste de azul y la
niña viste de rosa» (Brasilia agencias).
Señalan Hardt y Negri, respecto de la reestructuración de la producción
fordista a la post-fordista, que «si no hubiera habido revueltas estudiantiles
y obreras en los ’60, si no hubiese ocurrido el 1968 y la segunda ola de movi-
mientos feministas, si no hubiese estado toda la serie de luchas anti-impe-
rialistas, el capital se habría conformado con mantener su propio dispositivo
de poder» (241). Siguiendo esta idea, ¿nos encontramos en un proceso de
reestructuración de los mecanismos de poder debido al éxito de las políticas
de la identidad? ¿Son las políticas de identidad de Trump, Le Pen o Bolsonaro
una coaptación conservadora del motor de los nuevos movimientos sociales?
Nancy Fraser compara la gravedad de la situación actual a la Gran Depresión
de los años 1930; la actual inacción ante la progresiva precarización de la
vida, a la histórica respuesta ante la desregulación del mercado a través del
New Deal en lo que viene a llamarse «doble movimiento» (Polanyi). Fraser
(189-209) recurre a tres factores para explicar la falta de respuesta articulada
y contundente a la situación actual: (1) falta de un atrevido liderazgo político
que implemente las necesarias medidas de cambio; (2) el debilitamiento de la
clase trabajadora y de los sindicatos por la transformación de la producción
industrial fordista a la dominancia post-fordista del sector financiero y la pro-
gresiva fragilidad de los estados como agentes de redistribución por el cambio
geopolítico desencadenado por el óbito de los acuerdos de Bretton Woods
en 1971. Fraser (209-227), reconociendo la importancia de estos factores,
considera que el análisis (1) no puede reducirse a la psicología de líderes
políticos; (2) ha de tener en consideración las importantes movilizaciones
basadas en el reconocimiento y la reproducción social (género, sexualidad,
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o nacionalidad); y (3) debe reconocer la existencia de entidades supranacio-
nales con suficiente fortaleza geopolítica. Fraser (227-243) concluye que la
imposibilidad de articular una respuesta estriba en la dificultad de integrar
la fuerza emancipadora de los nuevos movimientos sociales en la oposición
entre mercantilización y protección social, en lo que debería constituir un
triple movimiento. Sin embargo, los actuales y exitosos movimientos eman-
cipatorios centrados en las políticas de identidad siguen una lógica de indi-
vidualización que ha trasladado el foco de análisis desde la transformación
de las estructuras sociales que producen discriminación y exclusión social
en términos de desigualdad e injusticia, hacia una localización psicológica
de estas estructuras en términos de «prejuicio» y «ofensa». La psicologiza-
ción del análisis de la temática del racismo o el sexismo genera políticas que
pivotan en torno a cuestiones taxonómicas y de corrección política en lugar
de una transformación social efectiva.
En este clima político adverso, encontramos crecientes tensiones dentro
y entre círculos feministas, antirracistas y LGBTI. Conflictos que generan
una profunda ansiedad ante el avance global de pensamiento y políticas
neoconservadoras en un momento en que las perspectivas interseccionales
son ampliamente aceptadas en los movimientos antirracistas, feministas y
LGBTI del Estado español, perspectivas incluidas en políticas públicas que
se desarrollan en el País Vasco y Cataluña (Unzueta 145-166; Coll-Planas y
Cruells 153-172). Esta ansiedad nos hace preguntarnos si, quizá, es necesario
reformular la política de identidad para mantener políticas progresivas que
enfaticen agregación frente a diferenciación, dado que «el avance de la con-
ciencia de identidad liberal ha marcado un retroceso en la conciencia política
liberal» (Lilla 10). Podríamos, por otra parte, leer estos conflictos como la
necesidad de un retorno a la esencia de las políticas de identidad y de pro-
fundizar nuestro análisis y práctica intersectoriales en un reconocimiento de
que «la única forma de salvar el cuerpo político es reconocer que las políticas
de la identidad son parte de la solución, no del problema» (Walters 483).
Quizá sea necesario producir nuevas figuraciones feministas que transformen
nuestra comprensión de la práctica feminista.
Este artículo tiene como objetivo analizar en qué medida la interseccio-
nalidad puede ser una herramienta para la movilización y repolitización en
los tiempos actuales de crisis y para la articulación de movimientos sociales
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en base a la enunciación de las diferencias como elemento fundante y punto
de arranque. Para ello, en primer lugar, desarrollamos las principales críti-
cas a las políticas de identidad, las potencialidades de la interseccionalidad
situada y contingente y los usos que vacían su carácter político. A continua-
ción, desarrollamos tres figuraciones: los Ensamblajes, el Mundo Zurdo y la
Política de lo Múltiple, que rompen con el binarismo tradicional de la lógica
identitaria y que nos ofrecen nuevas construcciones – mundos a partir de la
frontera, la diferencia y la multiplicidad. Finalizamos con algunas conside-
raciones útiles para seguir pensando y configurando articulaciones más allá
de la lógica identitaria.
2. INTERSECCIONALIDAD: IDENTIDADES, PODER Y POLITIZACIÓN
La alusión a colectivos «privilegiados por las políticas públicas» o al «olvido
de la mayoría blanca» en los discursos de líderes políticos actuales da cuenta
de hasta qué punto los movimientos identitarios han sido decisivos en el
devenir político de nuestra contemporaneidad. La premisa de una expe-
riencia compartida por los miembros de cierto grupo social ha funcionado
como poderoso lugar de enunciación para denunciar determinadas formas
de discriminación, exclusión y violencia, así como para demandar derechos
colectivos. Demandas que en ocasiones han recibido respuestas institucio-
nales; las cuales, a su vez, han contribuido a definir qué colectivos se con-
siderarán «grupos minoritarios» a los que es preciso atender. Esta dinámica
coloca a dichos grupos en el foco de las medidas de protección, supervisión
y control desplegadas a través de las políticas públicas (Epstein 9-54; Spade
1031-1055).
Desde perspectivas construccionistas, de estudios culturales y feministas
ha habido un amplio interés por teorizar las formas en las que se constituyen
las identidades que sirven de base para la participación política. Siguiendo a
Stuart Hall (1-17), en los procesos de construcción identitaria, la identidad
constituye sus límites en relación con aquello que no es; esto es, por virtud de
la construcción de la diferencia, que funcionará como su exterior constitutivo.
Identidad y diferencia no corresponden a atributos naturales o esenciales de
los sujetos, sino que emergen en procesos sociohistóricos atravesados por
prácticas institucionales y discursos económicos, culturales y políticos (Brah).
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De manera que la base sobre la que se asientan los movimientos identitarios
corresponde a una zona de tensión e inestabilidad que proviene de las redes
de poder y resistencia que circulan entre los polos de la identidad y la diferen-
cia (Hall 4). La inestabilidad inherente a toda formación identitaria implica
que la conformación de una categoría identitaria, como por ejemplo la de
«mujer», responde a mecanismos sociohistóricos de inclusión y exclusión,
imbuidos en complejos entramados de poder frecuentemente naturalizados
(Romero Bachiller 117).
Algunas de las críticas a las políticas de la identidad residen precisamente
en los efectos de naturalización que se desprenden de la lógica identitaria.
La esencialización, al considerar la identidad como algo que se «es» y que es
inmutable; la homogeneización; al entender que los miembros de la categoría
sean considerados idénticos entre sí; y la normalización, que implica la regu-
lación de cuerpos y prácticas, contribuyen a la reificación de las categorías
identitarias. Y es a través de este conjunto de procesos que se reiteran sis-
temáticamente las diferencias y asimetrías, como, por ejemplo, las relativas
al binarismo de género, que estructuran la propia discriminación (Romero
Bachiller y Montenegro 8). Así, la configuración identitaria de las luchas polí-
ticas comporta la inherente dificultad de dar cuenta de la gran variabilidad
que puede haber en las propias categorías identitarias. Y de este modo con-
tribuye a la invisibilización de las posiciones minorizadas, pues, aunque las
reivindicaciones corresponden a demandas particulares, son formuladas «en
nombre de» todas las personas que pertenecerían a determinada categoría.
En el contexto de estos debates, autoras como Jennifer Nash (1-15) con-
sideran el concepto de interseccionalidad como una herramienta útil para
responder a las críticas a las políticas de la identidad: cuestiona la homo-
geneización de las categorías identitarias y visibiliza la multiplicidad de los
ejes de opresión en el seno de una determinada configuración identitaria
(Platero 135-172). Aunque Kimberlé Crenshaw (Demarginalizing 139-167)
es conocida como quien acuña el concepto de interseccionalidad, ya en 1851
Sojourner Truth (463-464) con su famoso discurso «Ain’t I a Woman» pro-
nunciado en un encuentro activista en Ohio, estableció las bases para la
deconstrucción de la noción de «mujer» que era predominante en su con-
texto (Collins, Black Feminist). El Manifiesto del Colectivo Combahee River
«A Black Feminist Statement», escrito en 1977, también es frecuentemente
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referenciado como parte de esta tradición crítica, considerándolo uno de
los documentos fundacionales del feminismo negro contemporáneo. En el
Manifiesto el colectivo no sólo expresa el interés político por diferentes sis-
temas de opresión, sino que, además, postula ya el carácter interconectado
de los mismos (Gumbs 142-152). Incluso en el Combahee River Collective,
a pesar de su agenda radical, «tuvieron problemas para dar cuenta de la clase
social […] una cuestión que causó división y a la que se esperaba que se res-
tara importancia en nombre de la unidad racial» (Breines 139). ¿Significa esto
que la política de identidad está reñida con la política articulatoria? Vamos
a volver a leer cómo la Declaración colectiva de Combahee River aborda las
políticas de identidad:
Nos damos cuenta que las personas que se preocupan realmente por nosotras
y que trabajan continuamente por nuestra liberación somos nosotras mismas.
Nuestras políticas surgen de un amor saludable por nosotras mismas, nues-
tras hermanas y nuestra comunidad, el cual nos permite continuar con nues-
tra lucha y nuestro trabajo. Este interés sobre nuestra propia opresión se
enraíza en el concepto de políticas identitarias. Creemos que las políticas más
profundas y potencialmente más radicales surgen directamente de nuestra
propia identidad, como una postura que se niega a trabajar para terminar con
la opresión de otras personas. (Combahee River Collective 78-79)
Considerando el contexto del manifiesto, la declaración denunció la falta de
atención a múltiples ejes de opresión por parte de aliados cercanos como los
movimientos antirracistas y feministas. En lugar de un llamado a la desarti-
culación, la declaración asegura la colaboración con grupos antirracistas y
feministas en un momento en que la comunidad negra se mostró reticente a
aceptar las demandas feministas y el movimiento feminista no prestó atención
a los temas raciales. La declaración es un compromiso de articulación con
posiciones que rechazan sus demandas y, debido a esto: «si las mujeres Negras
fueran libres, significaría que todas las demás personas tendrían que ser libres
también, ya que nuestra libertad necesitaría de la destrucción de todos los
sistemas de opresión» (Combahee River Collective 82). Toda la declaración
no argumenta solo luchar «por nuestra lucha». Se propone abordar diferen-
tes formas de opresión, opresiones que están particularmente encarnadas en
las mujeres negras. Como sugiere Keeanga-Yamahtta Taylor, «las mujeres
del CRC no definieron las ‘políticas de la identidad’ como excluyentes, que
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implicaría que solamente aquellas que experimentan una opresión particular
podrían luchar contra ésta» (Taylor 11). Sin embargo, la atención a ciertos
aspectos del CRC ha reformulado la solidaridad y articulación de las formu-
laciones iniciales de las políticas de identidad en términos de lobbying liberal
donde cada posición solo apoya sus propios problemas; un replanteamiento
que justifica políticas de derecha que aluden a la «blancura», defendiéndose
de la «herida blanca».
Así mismo, publicaciones de principios y mediados de los 80 como This
bridge called my Back: writings by radical women of color (Moraga y Anzaldúa),
Sister Outsider: Essays and speeches (Lorde), Under western eyes: feminist scho-
larship and colonial discourses (Mohanty 61-88), entre otras, también contri-
buyeron a la teoría feminista antirracista en la que se inscribe la noción de
interseccionalidad (Carastathis 306).
Crenshaw (Demarginalizing 139-167, Mapping the Margins 1241-1299) se
inserta en estas tradiciones y desde allí desarrolla la noción de intersecciona-
lidad, con la cual subraya la necesidad de tomar en cuenta las dimensiones
múltiples y simultáneas de las diferentes desigualdades tanto en el ámbito
del Derecho como en la movilización política. Para esta autora, focalizar en
un solo eje de discriminación (como el género o la raza) tiene como efecto
que se borra a las mujeres negras de la conceptualización, identificación y
solución de la discriminación por raza y sexo, pues se limita la indagación a
las experiencias de los miembros privilegiados de cada grupo (mujeres blancas
/ hombres negros). Con este trabajo, Crenshaw contribuye a la visibilización
de los mecanismos de exclusión que operan sobre aquellas posiciones que
no concuerdan con la uniformidad que recogen las políticas de identidad. La
noción de interseccionalidad se va conformando así como una herramienta
útil para introducir las interrelaciones de género, etnicidad y clase –entre
otros ejes de opresión– en los análisis feministas, así como para estudiar las
formas en las que las relaciones de poder configuran posiciones subordinadas
dentro de las lógicas de los movimientos identitarios (Anthias y Yuval-Davis
62-75; Davis 65-85).
Nira Yuval-Davis (3) apunta precisamente a esta cuestión. Según ella,
aunque el concepto se desarrolló originalmente como contrario a las políticas
de la identidad, algunas de las perspectivas que trabajan la interseccionalidad
se han transformado en una suerte de «política de la identidad fragmentada»,
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donde el foco ya no sería «mujeres» o «negros», sino «mujeres negras». De
manera que se reproduce el efecto de homogeneización de las políticas de
la identidad, pero esta vez, a través de la «subcategoría» que surge del cruce
de diferentes ejes de subordinación. Como consecuencia, se tomarían por
iguales las experiencias de, por ejemplo, todas las «mujeres migradas», invi-
sibilizando la heterogeneidad de esta «nueva» categoría (Gandarias 73-93).
De hecho, la lógica de sub-categorías identitarias podría irse reproduciendo,
añadiendo nuevos ejes de opresión y generando nuevas categorías como, por
ejemplo, las «mujeres migrantes lesbianas»: un producto de la sumatoria
de opresiones (Hancock 63-79). El exterior constitutivo de dicha identidad
correspondería a aquellas posiciones «no marcadas» («no interseccionales»),
contribuyendo, así, a una suerte de «binarismo identitario» que distingui-
ría entre posiciones «vulnerables» (marcadas) y «privilegiadas» (no marca-
das). La preeminencia de focalizar y analizar sujetos marcados por múltiples
opresiones en los estudios con perspectiva interseccional impide visualizar,
como dice Yuval-Davis (1-10), aquello que los estudios críticos de la raza y
la etnicidad han señalado: que no sólo las personas negras están racializadas
y que los varones también tienen género. Jasbir Puar hace una crítica similar:
Mi punto aquí es simple: la interseccionalidad rara vez se refiere al trabajo
con sujetos blancos, con la importante excepción de mujeres blancas de
clase trabajadora. Y, de manera más general, rara vez se refiere al trabajo
relacionado con sujetos privilegiados, como, por ejemplo, los hombres blan-
cos de clase alta. Si bien el estudio de estos sujetos puede efectivamente
involucrar un análisis o enfoque interseccional, la referencia al término en
sí está suturada a un referente que conduce a la esencialización racial. (I
Would Rather 64)
La tendencia identificada por estas autoras en relación con la hipervisibiliza-
ción de ciertos grupos en los estudios de interseccionalidad, puede ser leída
en términos de la reiteración de prácticas que contribuyen a la constitución
de identidades. Esto es, la tendencia que identifican las autoras muestra una
operación de diferenciación y asimetría que contribuye a señalar / identi-
ficar a aquellos sujetos marcados por diversas opresiones. Una lógica que
guarda cierta coherencia con los procesos de diferenciación entre posiciones
normativas y no normativas como los que identifica la propia Puar (I Would
Rather 49-66) cuando critica la homologación de la interseccionalidad con la
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«gestión de la diversidad». Esta gestión, lejos de referir a prácticas politiza-
das, refiere a una suerte de «llamado a la inclusión» dentro de las categorías
convencionales existentes. O, como afirma Mohanty, una forma de enten-
der la interseccionalidad como una «variación benigna» (On race and voice
181), lo cual sustrae al concepto de toda implicación de cambio. Esto resulta
también compatible con un contexto de multiculturalidad neoliberal como
el contemporáneo. Ya que, como afirma Patricia Hill Collins (The difference
19-39), las promesas de inclusión y de libertad personal de las democracias
liberales apuntan a los derechos individuales de ciudadanía como la piedra
angular de la política democrática.
Aunque las críticas que realizan las autoras se relacionan con la falta de
potencial político del uso de la interseccionalidad como herramienta para
la gestión de la diversidad, consideramos que precisamente ese uso que se
da a la noción de interseccionalidad –o a términos parecidos– es uno de los
que debe ser objeto de escrutinio. Es decir, indagar sobre las maneras en las
que se concreta el mainstreaming de la interseccionalidad en diferentes esta-
mentos institucionales provee de un espacio privilegiado para comprender el
funcionamiento de las dinámicas de definición y delimitación de problemas,
sujetos y programas de acción en determinada área (Nayak, Montenegro y
Pujol 245). El estudio de las políticas públicas es fundamental para Collins
(The difference 19-39), pues corresponde a uno de los espacios donde se ejerce
el «dominio estructural del poder».
En el análisis que Carmen Romero Bachiller y Marisela Montenegro
(1-10) realizaron a las llamadas leyes contra la LGTBIfobia1 de Barcelona
y Madrid desde una perspectiva interseccional, observaron los procesos de
identificación y diferencia que se materializan en los textos de las leyes. Por
un lado, estaban claramente identificadas las categorías centrales empleadas
(correspondientes a las diferentes letras del acrónimo LGTBI). Y, por otro,
se definían «discriminaciones múltiples» (no aparece en ninguna de las dos
leyes la noción de interseccionalidad). Aunque apreciaron ciertas diferencias
1. «
Ley 11/2014, del 10 de octubre, para garantizar los derechos de Lesbianas, Gays,
Bisexuales, Transgéneros e Intersexuales y para erradicar la Homofobia, la Bifobia y la
Transfobia», y «Ley 3/2016, de 22 de julio, de Protección Integral contra la LGTBIfobia
y la Discriminación por Razón de Orientación e Identidad Sexual en la Comunidad de
Madrid».
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entre los dos documentos, identificaron una lógica común subyacente: la
categoría central en los dos casos es la de orientación sexual o identidad
de género, siendo la «otra» discriminación entendida como subsidiaria. Al
listar las categorías identitarias que podrían intersectar con las principales,
las leyes refieren a la «pertenencia» a dicha categoría, observándose un uso
de una lógica identitaria (como migrante, persona con discapacidad…) para
el abordaje de las «discriminaciones múltiples». Así, la manera en las que se
presentan las «otras» categorías de discriminación, «refuerza la lógica suma-
toria que universaliza las categorías, de modo que estas aparecen como com-
partimentos estancos y al tiempo isomórficos, que añaden aditivamente otra
carga más a las personas que ocuparan ambas categorías» (Romero Bachiller
y Montenegro 9).
Este ejemplo ilustra la preeminencia de la lógica identitaria en este marco
legal. La preeminencia de la identidad tanto en trabajos académicos como
en las políticas públicas apunta a que el descentramiento de la perspectiva
identitaria del concepto de interseccionalidad implica un reto teórico, meto-
dológico y político. Aun así, hay diversas aproximaciones al concepto que
no están abocadas al análisis de la posición del sujeto, sino que atienden a
diferentes aspectos de los contextos y de las dinámicas de poder involucradas
en la generación de subordinaciones y privilegios. Yuval-Davis (1-10) desa-
rrolla las herramientas teóricas y metodológicas para una interseccionalidad
situada. Esta presta especial atención a los contextos de interacción con el
fin de comprender las formas en las que se distribuye el poder. El propósito
es identificar y analizar las diferentes ubicaciones y jerarquías que emergen
de las redes de poder de la sociedad. Suryia Nayak y Rachel Robbins (1-5)
también proponen entender la interseccionalidad como situada, aunque no
exactamente en la misma línea que Yuval-Davis (1-10). Para las autoras, no
es posible entender la interseccionalidad sin un análisis riguroso y localizado
de las relaciones entre contexto, experiencia, práctica y producción de cono-
cimiento. La interseccionalidad situada para ellas es aquella que entiende
que diferencias particulares en contextos específicos producirán relaciones
particulares de discriminación y subalternización. Por su parte, Patricia Hill
Collins (The difference 19-39) propone un modelo de análisis en tres niveles
(matriz de dominación, marcos de dominio específicos y vida cotidiana en
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la comunidad) en el que también se cuestionan las lógicas de posiciones e
identidades «marcadas» identificadas en la literatura.
Estas perspectivas permiten focalizar el análisis en las formas en las que se
construyen y mutan las propias categorías; entendidas estas como resultados
de ordenamientos concretos asentados en prácticas y discursos instituciona-
les y cotidianos. El descentrar la mirada de la posición del sujeto, alrededor
del cual se definen políticas e intervenciones, genera una oportunidad para
nuevos cuestionamientos. También permite virar el foco hacia los mecanismos
que dibujan –reiterada, pero no inexorablemente– las dinámicas de diferencia-
ción y asimetría que nos afectan (Nayak, Montenegro y Pujol 230-250). Este
cambio de perspectiva, que desvía el haz de luz que ilumina a «los sujetos»,
para alumbrar a las «imperfecciones del sistema» también puede contribuir a
contravenir las lógicas particularistas, individualistas y fragmentadas que se
desprenden del foco en la identidad. Metodológicamente esto implica analizar
los contextos concretos, situados histórica y geográficamente, en los que las
dinámicas de diferenciación tienen lugar, con el fin de comprender cómo se
configuran las continuidades y discontinuidades de las dinámicas de poder.
De esta manera se busca dar cuenta de la contingencia inherente a todo cierre
categorial que emerge de los procesos de diferenciación y, al mismo tiempo, de
los procesos de reproducción de espacios de subordinación (Romero Bachiller
y Montenegro 12). Esto no significa un «olvido» de los sistemas de opresión
sedimentados por la recurrencia de las relaciones de poder que los constitu-
yen, sino más bien subraya la necesidad de atender también al carácter abierto
y transformable de los criterios y mecanismos de diferenciación y asimetría.
En este sentido, Romero Bachiller y Montenegro (12) afirman:
La distribución de vulnerabilidades a partir de los procesos de diferencia-
ción responde a prácticas sistemáticas y reiteradas de diferenciación y asi-
metrías que se actualizan en situaciones concretas en las que determinadas
diferencias emergen como más significativas que otras. Si la sistematicidad
se explica por la recurrencia, la contingencia asegura el carácter abierto
y potencialmente transformable de los criterios de diferenciación que son
actualizados / actualizables en momentos sociohistóricos concretos que los
vuelven significativos.
Esta aproximación, entonces, nos invita a reconocer y actuar comprendiendo
los espacios como potencialmente abiertos a la politización y la creación de
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nuevas –e inesperadas– configuraciones de poder. Se trata de un análisis que
deja de ver a la posición para mirar el acontecimiento y que se despliega en
lugares y situaciones concretas. Desde este marco, proyectar la profundización
democrática pasaría, por una parte, por cuestionar y erosionar los mecanismos
sedimentados de participación política que pivotan sobre la idea de la necesi-
dad de similitud entre participantes –en términos de características, intereses,
recursos…– y, por otra, por generar espacios insospechados de articulación
a partir del reconocimiento de la multiplicidad de las diferencias. Con este
extracto, nos hacemos eco de las palabras que Audre Lorde pronunció en la
Conferencia Nacional Gay y Lésbica del Tercer Mundo en 1979:
También estamos aquí para examinar nuestros roles como poderosas fuerzas
dentro de nuestras comunidades. Porque ninguno/a de nosotros/as será libre
hasta que todos/as seamos libres, y hasta que todos los miembros de nuestras
comunidades sean libres. Así que estamos aquí para ayudar a formar un
mundo donde todas las personas puedan florecer, más allá del sexismo, más
allá del racismo, más allá del edaìsmo, más allá del clasismo y más allá de
la homofobia. Para hacer esto, debemos vernos dentro del contexto de una
civilización que tiene notoria falta de respeto y aversión por cualquier valor
humano, por cualquier creatividad humana o diferencia humana genuina.
Y es sobre nuestra capacidad para mirar honestamente nuestras diferencias,
de verlas como creativas en vez de divisivas, que nuestro futuro éxito puede
residir. (Lorde 209)
3. FIGURACIONES PROMETEDORAS
Frente a los riesgos que se desprenden de las aproximaciones identitarias
–incluyendo algunas lecturas de la interseccionalidad que hemos señalado
anteriormente–, proponemos indagar en nuevas figuraciones que descentren
el peso de la identidad y recuperen el potencial político de la interseccio-
nalidad. Para ello, exploraremos tres figuraciones: «Ensamblajes» (Puar),
«Mundo Zurdo» (Anzaldúa) y «La Política de lo Múltiple» (Castillo).
3.1. Los ensamblajes de Jasbir Puar
Si las perspectivas identitarias están atravesadas por la metáfora del grupo
social, la lectura identitaria de la perspectiva interseccional produce una
multiplicidad estratificada de agrupaciones caracterizadas por atributos
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esenciales. Cada estrato puede segmentarse infinitesimalmente para producir
una identidad experiencial inconmensurable e incomprensible para alguien
situada en un estrato distinto; posiciones esencialmente inconmensurables
que imposibilitan la articulación. ¿Es posible una relectura post-identitaria
de la interseccionalidad que permita enlazar posiciones diversas sin caer en
homogeneizaciones categoriales?
El concepto de «agenciamiento», del verbo agencer (organizar, diseñar,
juntar), enfatiza las relaciones y patrones de relación entre un conjunto de ele-
mentos heterogéneos (Deleuze y Guattari; Puar, I Would Rather 49-66). Jasbir
Puar incorpora esta acepción en su propuesta de ensamblajes, elaborando una
figuración que conceptualiza las posiciones sociales en términos de multipli-
cidad (frente la unidad) y acontecimiento (frente la esencia). Tratemos estos
dos puntos en detalle.
La unidad emerge de una serie de relaciones intrínsecas entre partes dife-
renciadas para formar un todo orgánico (Nail 21-37), una metáfora organi-
cista que establece una doble diferenciación entre sus elementos jerarquizados
y entre los otros organismos. A diferencia de los organismos, los ensamblajes
se definen por relaciones de composición, mezcla y agregación; constituyen
una multiplicidad sin partes claramente diferenciadas ni un todo unificado.
Dar importancia a la relación entre elementos heterogéneos permite que el
ensamblaje agregue, reste o recombine elementos sin crear o destruir una
entidad esencial, produciendo un «todo fragmentario» (Deleuze y Guattari
16) donde los elementos no son imprescindibles como si fueran «piezas de un
rompecabezas» (Deleuze y Guattari 23). El ensamblaje es múltiple, en tanto
que cada recombinación de elementos produce un nuevo ensamblaje abierto
a la combinación y al cambio de consistencia, donde lo relevante no son los
elementos que forman parte del ensamblaje sino el conjunto de relaciones
que lo conforman (Deleuze y Parnet, 8).
Por otra parte, el ensamblaje se caracteriza por el acontecimiento (res-
ponde a las preguntas de cómo, dónde, cuándo) en lugar de la esencia (qué
es). En lugar de una entidad orgánica esencialmente distinta a otras, los
ensamblajes están caracterizados por aspectos contingentes. Una lectura en
términos de ensamblaje asume que las posiciones sociales son un proceso
dentro de un entramado de eventos sociales e históricos, y la aparente estabi-
lidad de una determinada posición social es el resultado de un accidente, un
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acontecimiento (Deleuze y Guattari 10); una perspectiva que permite pensar
fuera de las lógicas identitarias esencialistas (Nail 21-37).
Corremos el peligro de que la traducción de «acontecimiento» por
«ensamblaje» debilite la dimensión dinámica y relacional frente a la estática
y substantiva (Law 41), peligro que reconoce Jasbir Puar señalando el análisis
que realiza John Phillips al respecto y preguntándose sobre los efectos pro-
ductivos de esta dificultad de traducción (I Would Rather 57). Sin embargo,
usa la lógica del ensamblaje para situar el interés de la interrogación en las
posibilidades pragmáticas en lugar de la pregunta esencialista sobre «qué son
los ensamblajes». Esta línea permite poner en diálogo las nociones de inter-
seccionalidad y ensamblaje para construir una conversación fructífera entre
las teorías feministas sobre interseccionalidad y pos-representativa o post-hu-
mana: «Las identidades interseccionales son subproductos de los intentos
de calmar y sofocar el movimiento continuo de los ensamblajes, capturar-
los y reducirlos, aprovechando su movilidad amenazadora» (Puar, Terrorist
Assamblages 213). Considera que son dos perspectivas en fricción vibrante en
las que, si las tomamos como opuestas, encontramos que la interseccionalidad
considera sus aspectos estáticos e invariantes (raza, sexo, discapacidad…)
mientras que los ensamblajes se centran en categorías contextualmente salien-
tes como resultado de un encuentro particular y temporalmente mutable. Por
otra parte, en tanto que complementarias, la interseccionalidad se centra en la
cristalización del ensamblaje en un determinado cronotopo, siendo necesario
reconocer el carácter socio-histórico y contextual de esta particular cristali-
zación. El análisis interseccional de una posición social es, de este modo, un
análisis contextual que no puede dar cuenta de la indeterminación histórica
de las múltiples posibles subjetivaciones. En otras palabras, las experiencias
de las mujeres blancas lesbianas exceden a la localización interseccional en
términos de «mujer blanca lesbiana», una localización interseccional que
varía en función del contexto socio-histórico. Al mismo tiempo, las personas
tienen una experiencia múltiple y contextual de la posición social, pero eso
no significa que «pertenezcan» a esa posición social. Por ejemplo, una «mujer
española blanca» se convierte en «latina» en Estados Unidos, de modo que
la «blanquitud» o «latinidad» son el producto de ensamblajes racializadores
que generan posiciones interseccionales en función del contexto social. Una
determinada posición interseccional no precede al movimiento, sino que
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forma parte del movimiento (Puar, Terrorist assemblages), siendo habitual que
la complejidad del proceso (como, por ejemplo, racialización) se confunda
con el producto (raza) debido a la predominancia de la representación en la
transformación política. Mientras que la interseccionalidad pone el foco en
las prácticas y productos institucionales, el ensamblaje politiza este proceso
de producción y reproducción social para pensar en sus posibilidades de
transformación (Puar, Terrorist assemblages 25).
De este modo, los ensamblajes son encuentros complejos, heterogéneos,
impuros y estratégicos, con partes intercambiables, que no asumen una
esencia anterior a su propia configuración. Tampoco necesitan legitimarse
en términos de un exterior constitutivo, evitando la definición en términos
binarios contrapuestos, focalizándose en las condiciones y las relaciones a
través de las cuales ciertos ordenamientos son posibles. En términos políti-
cos, permiten desarrollar estrategias complementarias a la búsqueda de un
posicionamiento táctico para reclamar derechos. Frente a la representación
de un sujeto que debe ser reconocido (como por ejemplo «mujer» o «gay»),
los ensamblajes apuestan por una política no-representacional que no está
ligada a determinadas posiciones de sujeto. Es decir, una política común sin
fronteras predefinidas que emerge de la multiplicidad de elementos hetero-
géneos que favorecen ciertas prácticas contrahegemónicas.
3.2. El «Mundo Zurdo» de Gloria Anzaldúa
La obra de Anzaldúa está llena de diversas figuras y conceptos que rompen
con las lógicas de representación que hemos venido cuestionando. Anzaldúa
se posiciona en los umbrales, simultáneamente dentro y fuera de varios
grupos y utiliza precisamente su perspectiva de umbral para desafiar el statu
quo. Al hacerlo, reemplaza las políticas reduccionistas de la identidad por
nuevas formas de comunidades como el «Mundo zurdo», un lugar visionario
donde personas de diferentes orígenes con diversas necesidades y preocupa-
ciones coexisten y trabajan juntas para un cambio revolucionario (Keating,
I`m a citizen 60).
Para Anzaldúa el «Mundo Zurdo» o «el mundo de la mano izquierda»
representa una perspectiva y espacio altamente creativos, fluidos y de mente
abierta. Por lo tanto, la mano izquierda no es un puño sino una mano abierta
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levantada con otras en la lucha, la celebración y la canción. El concepto
de «Mundo Zurdo» es posiblemente el concepto más antiguo de Anzaldúa
(Keating, I’m a citizen 63). Comenzó a usar el término a finales de la década
de 1970, cuando organizó una serie de lecturas de poesía con ese título en San
Francisco, donde se reunieron feministas de color, escritoras estadouniden-
ses del «Tercer Mundo», lesbianas y gays. Desde su diversidad, las personas
participantes de la reunión compartieron su crítica a la cultura dominante,
sus experiencias personales de discriminación, su interés en temas de jus-
ticia social, el rechazo compartido al statu quo y su trabajo como escritores/
as y artistas creativos/as. Varios años después, en la introducción a la tercera
sección del libro «Esta puente, mi espalda: Voces de mujeres tercermundistas
en los Estados Unidos» y en «La Prieta», Anzaldúa desarrolla la siguiente
descripción teórica del «Mundo Zurdo»:
Somos los grupos raros, la gente que no pertenece a ningún sitio, ni al mundo
dominante, ni completamente a nuestra propia cultura. Todos juntos abarca-
mos tantas opresiones. Pero la opresión abrumadora es el hecho colectivo de
que no cuadramos, y porque no cuadramos somos una amenaza. No todos
tenemos las mismas opresiones, pero tenemos empatía y nos identificamos
con las opresiones de cada cual. No tenemos la misma ideología, ni llegamos
a soluciones semejantes. Algunos de nosotros somos izquierdistas, algunos
somos practicantes de la magia. Algunos de nosotros somos ambos. Pero estas
afinidades distintas no se oponen. En el mundo zurdo yo con mis propias
afinidades, y mi gente con las suyas, podemos vivir juntos y transformar al
planeta. (Moraga y Anzaldua 168)
Son varios los aportes del Mundo Zurdo a la hora de repensar en articulacio-
nes diversas. En primer lugar, tiene como base una epistemología relacional.
Anzaldúa visualiza una comunidad compartida por todas las personas a pesar
de las diferencias reales entre ellas. Según Anzaldúa «este factor común» va
más allá de las identidades basadas en el género, la raza u otros sistemas de
diferencia (Keating, I’m a citizen 63). Es decir, es más amplio que cualquier
posición social o etiqueta racial. Es importante tener en cuenta que para
Anzaldúa este factor de identidad compartida no nos hace idénticos, distin-
guiendo el término común del de igualdad ya que los puntos en común son
siempre heterogéneos y multifacéticos.
En segundo lugar, Anzaldúa ofrece un enfoque diferente, que traspasa la
lógica excluyente de la construcción de identidades. Sugiere que las categorías
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Interseccionalidad, identidad y articulación: hacia una política de la agregación
basadas en la identidad se han utilizado y se siguen utilizando para desem-
poderar y oprimir a las personas en mayor situación de vulnerabilidad. Para
ello, propone un «nuevo tribalismo» que trasciende esa lógica excluyente de
las categorías. Como ella misma explica:
Muchos de nosotros nos identificamos con grupos y posiciones sociales
no limitados a nuestras clasificaciones étnicas, raciales, religiosas, de clase,
género o nacionales. Aunque la mayoría de la gente se define por lo que le
excluye, nosotros definimos quienes somos por lo que incluimos; lo que
llamo un nuevo tribalismo. (Moraga y Anzaldúa 3)
Significativamente, Anzaldúa no descarta la importancia del género, la etnia,
raza, la sexualidad, la capacidad y otras categorías relacionadas, sino que
sostiene que las categorías convencionales que usamos cotidianamente son
demasiado restrictivas y no pueden definirnos adecuadamente (Keating,
Entrevistas). Aunque estas marcas son inexactas y obsoletas, los que están en
el poder continúan usándolas para destacar y negar a los que son diferentes.
La autora nos advierte que cuando nuestras evaluaciones del otro y la otra
se basan completamente o principalmente, en sus apariencias físicas y posi-
ciones sociales, hacemos suposiciones sesgadas e imprecisas sobre su visión
del mundo, su perspectiva política, etc y esto nos cierra innecesariamente a
posibles alianzas. Como afirma Anzaldúa:
Por la actitud políticamente correcta, dejamos que el color, la clase y el género
nos separen de aquellos que serían espíritus afines. Así, las paredes se hacen
más altas, los abismos entre nosotros se ensanchan y los silencios son más
profundos. (Moraga y Anzaldua 296)
Por lo tanto, más que una constitución a partir de la exclusión de los dife-
rentes, la autora propone una constitución en la relación con lo diferente, es
decir, la unión a partir del rechazo al statu quo ya que por ser los denominados
desviados de la cultura dominante, los habitantes del «Mundo Zurdo» utilizan
su propio sentido de la diferencia para forjar nuevas alianzas.
En la misma dirección, Audre Lorde reivindica las políticas de identidad
a la vez que las transforma (Ilmonen 11). Para ello, muta la diferencia esen-
cialista de las políticas de identidad en un esfuerzo por la coalición a través
de los sistemas de dominación. Ella es la «hermana» pero también la «extran-
jera», incidiendo en cómo ocupamos posiciones de subjetividad fluidas. Lorde
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reclama tanto un «yo» como un «nosotros/as» fragmentado y nos recuerda
cómo dentro de nuestro «yo» también habita la otredad (Ilmonen 16).
3.3. La política de lo múltiple de Alejandra Castillo
La autora chilena Alejandra Castillo indaga en nuevas figuraciones feministas
basadas en los signos de polémica y desacuerdo sobre los que se ha escrito y
desarrollado el feminismo. Entiende el feminismo como una interrogación
constante al modo político y cultural existente, promoviendo otras formas
para pensar la política y la cultura: «el feminismo es una palabra doble que
interroga sin cesar a las mujeres y a la política» (Castillo, Ars Disyecta 17).
Propone, para ello, la figuración de «la política de lo múltiple» (Castillo, Ars
Disyecta 11). El hilo conductor que recorre todo su trabajo son las encerronas
paradojales que genera la encarnación de las mujeres en la política. Para la
autora, es precisamente:
La imposibilidad de un universal que contemple a las mujeres, de una política
que las nombre lo que hace de sus políticas una suerte de anticipación de lo
que aún no ha advenido, una «realidad utópica» que anida en la contradic-
ción de hundir sus raíces en el presente a la vez que nombra lo que podrá
ser. (Rodríguez 258)
De acuerdo a Castillo (Ars Disyecta 11-20), la política de las mujeres emerge
precisamente en la polémica, en la crisis del sentido común compartido. El
feminismo es el nombre de una política de mujeres que se caracteriza por el
complejo juego entre lo excluido e incluido, entre lo particular y universal.
La lógica de movimiento de esta política se organiza desde los márgenes hacia
el centro con el objetivo de transformar y reinventar la cultura. Gracias a este
ejercicio de reinvención y transformación la política feminista puede caracte-
rizarse bajo la forma polémica de la ilimitación, de ser capaz de desanudar y
reanudar el juego de las identificaciones y las identidades sociales (Castillo,
Ars Disyecta 12-13).
Al conceptualizar el feminismo como una política de lo múltiple, dos tipos
de prácticas son posibles, que por lo general suelen ir en sentido contrario:
(i) la política de la acción afirmativa y (ii) la política de la interrupción; la
primera orientada hacia la presencia igualitaria de las mujeres en el espacio
público y la segunda enfocada en desmontar el discurso patriarcal. Por medio
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Interseccionalidad, identidad y articulación: hacia una política de la agregación
de las políticas de la interrupción del sentido común, el feminismo cuestiona
el modo moderno de la política. Para Castillo:
No se puede ser feminista sólo habitando en los márgenes: habitando la
tranquilidad del margen de la historia (en la escritura de la ‘otra historia’);
habitando en los márgenes de la lengua (en la audacia de la creación de
otras hablas, casi siempre de los sentimientos); habitando, por último, en
los márgenes del poder (en la creencia de políticas de la diferencia). (Nudos
feministas 23)
En este sentido, las políticas de la interrupción son un juego complejo entre
lo universal y lo particular. Retomando la metáfora de los nudos feministas de
Julieta Kirkwood (Castillo, Julieta Kirkwood 59), la autora urge a reinventar
la política como un todo, y por eso no puede ser una política de interés, sino
un proyecto de transformación social. Por ello, Castillo (Julieta Kirkwood
52) al igual que Anzaldúa, apuesta por un feminismo que trabaje en la zona
fronteriza del pensamiento, reemplazando las grandes teorías y sospechando
continuamente de los universales.
Por lo tanto, en la figuración de la política de lo múltiple, los nudos
feministas están presentes cuando surgen interacciones entre distintas muje-
res, entre diferentes sujetos políticos feministas, con intereses, necesidades y
proyecciones diversas. Esta figuración ofrece dos aportes prometedores. Por
un lado, rompe con la idea universal del feminismo como «comunidad de
mujeres». Reconceptualiza la relación entre comunidad e individuo, ya que
para Castillo «no es la comunidad la que comprende dentro de sí al indivi-
duo, sino es el propio individuo el que lleva dentro de sí una comunidad» (El
feminismo no es humanismo 20). Propone un rebasamiento crítico del sujeto
político del feminismo, donde «los sueños de identidad no son prerrequisitos
para la participación política» (Butler 22) y tampoco para la construcción de
figuraciones feministas potentes, sino que deben ser comprendidos como una
posibilidad de fuga que permite descentrar nuestros lugares más cómodos y
problematizar continuamente las posiciones de sujeto que les otorgan sentido.
Es por ello que el descentramiento del sujeto se convierte en un horizonte
primordial.
Por otro lado, alejándose de las corrientes utilitarias que consideran que
el feminismo promueve la idea del «individuo» de la tradición liberal, la polí-
tica de lo múltiple busca entonces la transformación de la política moderna
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y no su adecuación. Es una apuesta por un feminismo que no busca una
adaptación a la sociedad patriarcal, sino que aspira a la transformación total
de las relaciones sociales. El feminismo no es una reificación de la identidad
«mujer», no es un humanismo, es ante todo una práctica deslocalizadora del
sujeto (Castillo, El feminismo no es humanismo 21).
Por tanto, la «política de lo múltiple» desplaza el sintagma de la «comu-
nidad de mujeres» cuestionando la propia nominación identitaria de «mujer»
en tanto «unidad», «identidad» y «naturaleza», para reivindicar las figuras
de la alteridad, lo fronterizo, lo múltiple o lo nómada. De hecho, la figura
de lo múltiple no pretende ser una reflexión sobre la política, sino más bien
un razonamiento sobre sus límites y sus pliegues (Castillo, Lo Humano, La
Violencia y Las Mujeres 39).
De esta manera, la operatividad política del feminismo dependerá de su
capacidad de construir alianzas a través de las diferencias, ya que atrincherarse
en la diferencia oculta la apuesta por lo común y nos excluye del diálogo,
afianzando la fractura entre las diversas luchas racista, feminista, ecologista,
etc. Cada una de las luchas es una parcialidad que no nos representa de
manera holística. Como señala Maalouf, «la identidad no es una yuxtaposi-
ción de pertenencias autónomas, es un dibujo en una piel tirante, basta con
tocar una sola de esas pertenencias para que vibre la persona entera» (34).
Reconociendo la capacidad que el capitalismo tiene de cooptar las dife-
rencias, de apoderarse de ellas para luego devolverlas vaciadas y homoge-
neizadas, la política de lo múltiple pretende subvertir esos modos de vida
potenciando las diferencias y la singularidad, pero sin abandonar la lucha
por un feminismo coalicional. Para ello, como señala Castillo, la política
de lo múltiple se ubica en una «realidad utópica» que no tiene tiempo para
esperar a su realización en un futuro lejano, sino que, por el contrario, y
paradójicamente, busca realizarse en el propio gesto de su enunciación y de
nominación feminista (Nudos Feministas 24-25).
En definitiva, estas figuraciones de reinvención de lo humano pretenden
salir de los binarismos con los que la política moderna tradicionalmente
piensa y construye la identidad. La política de lo múltiple busca en la multi-
plicidad y en la simultaneidad «humanizar paradójicamente la humanidad»
(Castillo, Kirkwood 121). En ese sentido, Donna Haraway considera que
pensar lo humano más allá de lo identitario debe dar lugar a nuevas formas,
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pero que, sin embargo, al mismo tiempo, necesitamos figuras feministas de
la humanidad: «La humanidad feminista debe, de algún modo, resistir tanto
a la representación como a la figuración literal y aún irrumpir con nuevos
y poderosos tropos, nuevas figuras de habla, nuevos giros de posibilidad
histórica» (147).
4. CONSIDERACIONES FINALES
La centralidad del discurso identitario de las sociedades postfordistas, que
priorizaron las reivindicaciones de reconocimiento frente a las de distribu-
ción, ha sido ampliamente cuestionado por perspectiva críticas que cuestio-
nan la identidad como prerrequisito para la participación política y abogan
por la multiplicidad de posiciones identitarias (Butler 22).
Teniendo en cuenta el actual contexto de crisis sistémica, retroceso de
derechos sociales básicos conquistados y auge de los discursos y gobiernos
autoritarios, racistas, sexistas y homófobos, en este artículo hemos pretendido
analizar en qué medida la interseccionalidad puede ser una herramienta para
la repolitización, la transformación social y la articulación de movimientos
sociales en base a la enunciación de las diferencias como elemento fundante
y punto de arranque. Desplegamos a continuación las principales reflexiones
y conclusiones extraídas.
En primer lugar, la teoría de la interseccionalidad ofrece una forma de
mediar entre la tensión de reafirmar una identidad múltiple y la necesidad
de desarrollar políticas identitarias cuestionando la homogeneización de las
categorías identitarias y visibilizando la multiplicidad de los ejes de opresión
en el seno de una determinada configuración identitaria. Sin embargo, el
potencial crítico de la interseccionalidad como epistemología situada se ha
visto condicionado por algunas interpretaciones y usos que vacían su carácter
político a través de: a) la reproducción de las dinámicas de esencialización y
homogeneización de las política de identidad; (b) la reificación de categorías
herméticas ligadas a sistemas binarios y dicotómicos de orden social (i.e.mu-
jer/hombre, negra/blanca) (c) un fetichismo por las diferencias individuales
con el riesgo de ser captadas por la compleja industria académica y el mul-
ticulturalismo neoliberal.
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Interseccionalidad, identidad y articulación: hacia una política de la agregación
En segundo lugar, es necesario romper con la fragmentación de la lógica
identitaria que sigue persistiendo en las políticas públicas, la participación
política y en la construcción de imaginarios comunes feministas. La identidad
debe ser comprendida como una posibilidad de fuga y, por tanto, como un
lugar de descentramiento de nuestros lugares más cómodos, problematizando
continuamente las posiciones de sujeto que le dan sentido. De ahí la necesidad
metodológica, teórica y política de desplazar la perspectiva identitaria de la
noción de interseccionalidad.
Por último, a la hora de pensar en articulaciones urge transitar de las
políticas de identidad que consideran la emancipación a partir de la diferencia
constitutiva respecto al otro/otra, hacia una política de la agregación donde
la emancipación surge a partir de diferencias contingentes que reconocen
la articulación con posiciones antagónicas. En ese sentido, la cuestión pri-
mordial de una política democrática no reside en llegar a un consenso sin
exclusión, es decir a un «nosotras» que no tuviera un «ellas» como correlato,
sino establecer una diferenciación que resulte compatible con el pluralismo.
Para ello, las figuraciones de los Ensamblajes, el Mundo Zurdo y la Política
de lo Múltiple nos ofrecen imaginarios posibles para salir de los binarismos
con las que tradicionalmente se construye la identidad y buscar situaciones
compartidas sin negar las diferencias y sin abandonar la singularidad y la
multiplicidad existentes.
5. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Afroféminas. «Por qué Afroféminas no se suma a la Huelga Feminista».
Afroféminas, 2018. 30 mayo 2019.
Anthias, Floya, and Nira Yuval-Davis. «Contextualizing Feminism: Gender,
Ethnic and Class Divisions». Feminist Review 15 (1983): 62-75. doi:
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