Recibido: 30 de septiembre de 2022 | Aceptado: 11 de noviembre de 2022 LA CONQUISTA ROMANA DE LA HISPANIA CITERIOR: UN MODELO TEÓRICO A PARTIR DE LA ARQUEOLOGÍA Cesar Carreras1 Laia Catarineu2 Esther Rodrigo3 Núria Romaní4 Joaquim Pera5 Resúmen La conquista romana de la Península Ibérica, y concretamente el territorio que se convertirá en la provincia de la Hispania Citerior ha cobrado especial un interés destacado en los últimos años. A partir de las intervenciones arqueológicas se ha completado un vacío en el conocimiento de la actividad militar de los siglos II-I a.C. sólo conocido básicamente a partir de las fuentes antiguas. Gracias al trabajo continuado de distintos equipos de investigación, hoy en día disponemos de un panorama completamente diferente. En estas nuevas investigaciones del primer siglo de la conquista romana de la Península, el siglo II a.C., que hasta hace unas décadas era un período completamente desconocido, se erige como un periodo crucial para proponer nuevas hipótesis sobre el modelo romano de conquista de este territorio del norte peninsular. Este modelo de conquista seguramente fue aplicado, con algunos matices, en los otros territorios que compondrán el futuro Imperio Romano. Palabras clave Conquista romana; Península Ibérica; aprovisionamiento; castella; torres; campamentos militares. 1 Profesor titular – Universitat Autònoma de Barcelona, Barcelona, España. E-mail: cesar.carreras@uab.cat. 2 Doctora en Arqueología Clásica – Universitat Autònoma de Barcelona, Barcelona, España. E-mail: laia.catarineu@uab.cat. 3 Profesora Lectora Serra-Hunter de Arquología Clásica – Universitat Autònoma de Barcelona, Barcelona, España. E-mail: esther.rodrigo@uab.cat. 4 Profesora Lectora Serra-Hunter de Arquología Clásica – Universitat Autònoma de Barcelona, Barcelona, España. E-mail: nuria.romani@uab.cat. 5 Profesor titular – Universitat Autònoma de Barcelona, Barcelona, España. E-mail: joaquim.pera@uab.cat. Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 108 - Resumo A conquista romana da Península Ibérica, e mais precisamente do território que viria a ser a província da Hispânia Citerior, tem suscitado um interesse particular nos últimos anos. Intervenções arqueológicas preencheram uma lacuna no conhecimento da atividade militar dos séculos II-I a.C., que basicamente só era conhecida através de fontes antigas. Graças ao trabalho contínuo de várias equipas de investigação, temos atualmente um panorama completamente diferente. Nestas novas investigações sobre o primeiro século da conquista romana da Península, o século II a.C., que há poucas décadas era um período completamente desconhecido, surge como um período crucial para propor novas hipóteses sobre o modelo romano de conquista deste território do norte peninsular. Este modelo de conquista foi seguramente aplicado, com algumas nuanças, aos outros territórios que viriam a constituir o futuro Império Romano. Palavras-chave Conquista romana; Península Ibérica; abastecimento; castelos; torres; acampamentos militares. Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 109 - Introducion La conquista romana de la Península Ibérica, y más concretamente la provincia de la Hispania Citerior ha cobrado especial interés en los últimos años, gracias al trabajo arqueológico continuado de distintos equipos de investigación. En estas nuevas investigaciones el primer siglo de la conquista romana de la Península, el siglo II a. C., que hasta hace unas décadas era un período completamente desconocido, se erige como un periodo crucial para proponer nuevas hipótesis sobre el modelo romano de conquista de este territorio del norte peninsular. Diversos investigadores han intentado definir cuáles fueron los mecanismos que puso en práctica el Estado romano para culminar, tras dos siglos, la conquista de las provincias hispanas (Cadiou, 2008). Se trata de un proceso muy largo, que ya de por sí sugiere numerosas complicaciones de carácter militar, así como cambios en las prioridades e iniciativas. Sin duda, la conquista de Hispania supuso una experimentación para Roma de como conquistar un extenso territorio lejano con los escasos medios militares y logísticos de que disponía, mientras mantenía otros conflictos activos en el resto del Mediterráneo. Probablemente Roma no tenía ningún plan de actuación preestablecido, sino que fue adaptando su estrategia a las diferentes circunstancias y períodos, que concluyeron con el control y pacificación de la Península Ibérica (Richardson, 1986: 95-125). Sin embargo, sí se detecta la existencia de planes en espacios y tiempos acotados, como se observa en algunos programas fundacionales en el noreste de la Hispania Citerior6. Cabe recordar que Hispania fue el primer gran territorio conquistado por Roma fuera de Italia con la excepción de las islas del Tirreno (Sicilia, Córcega, Cerdeña), resultado de la victoria sobre Cartago en la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.). Por lo tanto, Hispania fue el primer territorio lejano en donde se pusieron en práctica distintos modelos de ocupación y dominio, que posteriormente fueron aplicados a otros territorios. Estos modelos partían de un primer estadio de ocupación militar, estructuración del territorio a través de vías y guarniciones, fijación de poblaciones con la construcción de ciudades, explotación de recursos claves (p.e. metal, excedentes agrícolas) y obtención de impuestos. Las fuentes literarias para este período y territorio son escasas, y se centran en el final de la Segunda Guerra Púnica en territorio peninsular (202 a.C.) 6La aparición de conjuntos de yacimientos con tipologías o características similares en momentos y lugares concretos apunta a la posibilidad de iniciativas constructivas organizadas, si bien su alcance geográfico es relativamente limitado (Catarineu, 2022: 768). Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 110 - hasta las primeras décadas del siglo I a.C., aunque en la zona NE peninsular son especialmente limitadas en comparación con la descripción extensa de las Guerras Celtíberas de la Meseta y del valle del Ebro (Schulten; Wulff, 2004). Sin embargo, las recientes excavaciones han proporcionado nuevos datos, que modifican substancialmente la imagen de las primeras fases de conquista de Hispania. A pesar de las nuevas evidencias, los investigadores del ejército romano republicano destacan la perentoria necesidad de establecer tipologías de yacimientos tardorepublicanos en la Península Ibérica para facilitar la interpretación (Moret, 2004: 13-29; Cadiou, 2015: 231-243; Dobson, 2008; Reddé, 2008: 61- 71; Noguera et al, 2014; Morillo, 2016: 1-51). Este análisis es especialmente pertinente en este momento cuando la investigación arqueológica está documentando nuevos y diversos yacimientos, que lentamente van materializando la presencia romana en el territorio desde inicios del siglo II a.C., tanto en la zona costera como en el interior. Estos yacimientos no sólo muestran una inequívoca naturaleza militar como los campamentos (castra aestiva), fuertes, castella o guarniciones, sino también otras tipologías romano-republicanas que muestran un claro carácter itálico diferente de la tradición ibérica y celtibera. Esta segunda categoría de yacimientos incorporaría establecimientos de carácter logístico, económico o centros administrativos. De acuerdo con esta evidencia arqueológica, el proceso de conquista de nuevos territorios no fue sólo de carácter militar, sino que implicó una red pequeños yacimientos que jugaron un papel estratégico como puntos de control de caminos, junto con una estrecha red de colaboración con asentamientos indígenas. Estos pequeños asentamientos podían ser de carácter itálico con tropas auxiliares, o bien pequeños contingentes destinados a oppida iberos o celtíberos que gradualmente se convertirían en las civitates de la Hispania Citerior. Se trata de una conquista en forma “capilar” organizada a partir de una red de vías de comunicación muy básica para asegurar el avance de las tropas hacia el interior, que con el tiempo constituirán las futuras calzadas romanas. El control de estos corredores de comunicación entre la costa y el interior será la clave logística para la conquista del territorio celtíbero (ver figura 1). Aunque la mayoría de los investigadores están de acuerdo en que el ejército romano jugó el papel principal en el proceso de conquista, existen discrepancias sobre sus características y la naturaleza de su ocupación, que de alguna manera son visibles a través de la arqueología. Una de las últimas propuestas (Noguera et alii, 2014: 177-207), que recoge la visión de Cadiou (2008), distingue diferentes fases de la ocupación militar del NE de la Hispania Citerior: una primera fase del 225-175 a.C. que se caracteriza por la guerra púnica y la posterior represión de los pueblos indígenas; una segunda fase del 175-125 Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 111 - a.C. de escasa actividad militar o “invisibilidad militar”; una tercera fase del 125-75 a.C. que incorpora las guerras cimbrias y la revuelta de Sertorio, y una última fase, de las guerras civiles del 50-25 a.C. Figura 01: Asentamientos itálicos y castramenta de la Península Ibérica en el siglo II aC (PC) Por lo tanto, de acuerdo con estos investigadores, se documentan 3 períodos de “estrés bélico”, y uno de relativa tranquilidad porque el escenario de la guerra en la Hispania Citerior se traslada a unos 400-500 Km al oeste del sector NE Peninsular. Resulta chocante que el período del 175- 125 a.C. que se define como de “invisibilidad militar”, hoy en día concentra la datación de la mayoría de nuevos asentamientos militares en el NE en la Hispania Citerior, y que a nivel de conflicto incluya el período de las guerras celtíberas (154-133 a.C.), en las que el NE tuvo un papel activo en el aprovisionamiento y logística de las legiones que luchaban en el centro de la Meseta. Se debe tener en cuenta que, durante el período de guerras celtíberas, las tropas romanas luchaban exclusivamente en primavera y verano en la Meseta para pasar los inviernos generalmente en los campamentos militares costeros (castra hiberna) como serian Tarraco o Emporion. De hecho, Apiano, describe la situación entre el 181 y el 133 a.C. en el NE de la Hispania Citerior marcado por un constante devenir de tropas hacia el Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 112 - valle del Ebro y hacia los diversos territorios de las tribus celtíberas que luchaban contra Roma. Toda una serie de continuos conflictos bélicos que culminan en la Tercera Guerra Celtíbera o Guerra Numantina (143-133 a.C.) (Apiano, Iberia: 42-55). Por consiguiente, todo el territorio del NE peninsular formaba parte de la retaguardia durante las Guerras Celtíberas, y seguramente la primera línea del frente durante los meses invernales en que las tropas legionarias descansaban en los castra hibernia de la costa. En este sentido, todas los castella, praesidia y torres construidas entre la costa mediterránea y el teatro de operaciones de territorio Vacceo y Arevaco, constituían los límites occidentales del dominio romano en la provincia Citerior. Tras la derrota de Numantia frente Escipion Emiliano en el 133 a.C., parece que la mayor parte del territorio de la Meseta pasó a un completo control romano, y todos estos establecimientos militares de menor entidad perdieron su función inicial y fueron desapareciendo paulatinamente. Uno de los ejemplos del cambio de estrategia por parte de las autoridades romanas a finales del siglo II a.C. es el caso de Puig Castellar (Biosca) (Pera et al, 2019), que se abandona de forma ordenada hacia el 120 a.C., e inmediatamente se funda entre el 120/110 a.C. la ciudad romana de Iesso (Guissona), a tan sólo 5 Km de distancia del anterior establecimiento militar. Uno de los problemas básicos de este período es que las fuentes clásicas son muy precisas sobre las batallas y asedios romanos frente a las tribus celtíberas, pero no especifican su forma de control del territorio, que se reconoce exclusivamente a partir de la arqueología 7. Si bien a nivel arqueológico cada día se dispone de más información, y es fácil definir tipologías de yacimientos (Catarineu, 2022) e incluso establecer su hipotética función, tenemos todavía problemas de carácter cronológico. La mayoría de los yacimientos itálicos de la Citerior presentan una cultura material mixta durante el siglo II a.C., en que alrededor del 50% está constituido por cerámicas de tradición indígena (ibéricas pintadas, ánforas, cerámicas comunes), y el resto de procedencia itálica, púnica y una minoría helenística. En la mayoría de los casos, las vajillas de barniz negro (producciones campanienses A y B) han sido los únicos elementos datantes, con formas que tienen una amplia horquilla cronológica (Pera et 7La diversidad terminológica provoca la falta de coherencia y uniformidad. Por este motivo se han detectado confusiones terminológicas y problemas de identificación arqueológica con las categorías canónicas que mencionan y describen las fuentes clásicas (Morillo 2016: 10; Catarineu, 2022: 583). Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 113 - al, 2019). En los últimos tiempos, otros materiales como las ánforas incluidos sus sellos han permitido fijar mejor algunas dataciones, complementando la vajilla fina, como es el caso de Can Tacó (Rodrigo et al, 2013). La presencia y ausencia de determinados materiales en horizontes bien datados de yacimientos de la costa como Empúries o Tarraco (García, 2013), ha de permitir en el futuro una mejor datación en que se podrán incluir otras producciones cerámicas. Tipologías de yacimientos Recientemente, y gracias al aumento de las excavaciones arqueológicas y el mayor volumen de datos, se ha podido realizar una primera aproximación tipológica y funcional de los yacimientos. Una propuesta ha sido desarrollada por una de las firmantes de este trabajo, en su tesis doctoral, a partir del estudio de un amplio catálogo de yacimientos localizados en la actual Cataluña y valle medio del Ebro en época romanorrepublicana8 (Catarineu, 2022). Mediante una nueva perspectiva y la integración de los datos de forma conjunta, se aporta una visión unitaria de las características de los yacimientos vinculados con el mundo militar romano. Así como también abre el camino para poder determinar nuevos modelos y patrones de asentamiento en la ocupación del territorio, que permiten observar la variedad de estrategias de control empleados por Roma en época romanorrepublicana. En la bibliografía podemos ver como algunos investigadores han considerado que los asentamientos itálicos ubicados en altura obedecen mayoritariamente a un carácter y una función militar. No obstante, se va observando que pueden tener otros cometidos diferentes a los estrictamente militares, generando la existencia de una gran variedad tipológica (Catarineu, 2022: 582). Una parte importante de los mismos no encajan estrictamente en los modelos conocidos de arquitectura militar romana, que se describen en las fuentes clásicas, sino que presentan particularidades propias. Sin embargo, son numerosos los elementos comunes en algunos casos: la identificación de un edificio principal con elementos constructivos y decorativos de tipo itálico, la tipología del sistema defensivo, la presencia de elementos de militaria, o en general, la acotada existencia y ocupación (Catarineu, 2022: 582-583). 8 Trabajo inscrito en el noreste peninsular, valle medio del Ebro y Cataluña, entre la Segunda Guerra Púnica y la finalización de las guerras Sertorianas (218-72 a.C.). Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 114 - Figura 02: Asentamientos itálicos del siglo II a.C. en el NE y valle medio del río Ebro. (Catarineu, 2022). A continuación, se describen a grandes rasgos un total de ocho tipologías basadas en la funcionalidad que consideramos que permiten representar la amplia variedad de formas en las que se establece el ejército romano en la Hispania Citerior. Fortines tardorrepublicanos o centros de control estratégico Se han identificado una serie de asentamientos de nueva fundación a partir del segundo cuarto del siglo II a.C., que presentan potentes estructuras defensivas y claras evidencias militares, tanto a nivel arquitectónico como armamentístico. Localizados en ubicaciones elevadas, fácilmente defendibles y de alrededor de 1-2 hectáreas. Las estructuras identificadas en su interior siguen habitualmente el patrón métrico itálico, así como también las técnicas constructivas y decorativas. Destaca también el hallazgo de elementos de militaría, o sea armas y objetos vinculados al ejército, y destacadas cantidades de material de importación itálico (Principal et al, 2015). Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 115 - Estos núcleos serían centros estratégicos destinados al control del territorio y a la organización de la ocupación y romanización del territorio desde un primer momento. Todos ellos han sido interpretados como castella9 o principia en la bibliografía anterior. El registro arqueológico y los datos observados permiten identificar estos asentamientos como fortines tardorrepublicanos (Catarineu, 2022: 588-589). Algunos de ellos son Puig Castellar (Biosca) (Pera et al, 2019) Monteró (Camarasa) (Principal et al, 2015) Puigpelat (Díaz, 2013) o Sant Miquel de Vinebre (Vinebre) (Genera, 1994). Figura 03: Plantas arqueológicas de los yacimientos identificados como fortines tardorrepublicanos. 1. Sant Miquel de Vinebre (Genera, 1994: 47); 2. Puig Castellar de Biosca (Pera et al, 2019: 184); 3. Monteró 1 (Principal et al, 2015: 312). Oppida refortificados Por otro lado, se ha observado como varios oppida ibéricos sufren importantes modificaciones a lo largo del siglo II a.C. Se trata, principalmente, de remodelaciones relacionadas con el sistema defensivo 9“No en vano los castella toman su nombre como diminutivo de castra. Los soldados de infantería y caballería que están destinados allí para patrullar aseguran el tránsito de las caravanas en campo abierto. Y es que difícilmente se atreve el enemigo a entrar en un paraje en el que sabe hay enemigos apostados por delante y por detrás” (Veg.Mil. III.8). En la bibliografía, los castella son designados como puestos avanzados o guarniciones fortificadas de reducidas dimensiones, que acogería un manípulo, cohorte o turma (Dobson, 2008: 28). Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 116 - y/o la incorporación de técnicas constructivas de tipo itálico, junto con nuevas construcciones. Además, son potenciados en este primer momento de la ocupación romana. Gradualmente estos núcleos indígenas van incorporando elementos itálicos en su urbanismo, sus viviendas o en su sistema defensivo, y aumenta de manera considerable el porcentaje de elementos muebles de importación itálica. Si bien las principales reformas se encuentran en relación con el sistema defensivo, también en algunos casos se construyen nuevos edificios, mayoritariamente en una posición central. Todas estas reformas se caracterizan por utilizar el sistema métrico itálico, así como también opera típicamente itálicos o de inspiración itálica. Estas reformas pueden vincularse a la adaptación del asentamiento a las necesidades del ejército, a los reajustes que implican el asentamiento de un grupo de contingentes, con funciones de hospitium militare. La carga económica que debió suponer a los indígenas el instalar y mantener las tropas dentro de su propio oppidum debió ser muy importante10. Son numerosos los yacimientos identificados como oppida refortificados, algunos de ellos son: Burriac (Cabrera de Mar), El Castellot (Bolvir), Coll del Moro (Gandesa), Olèrdola (Sant Miquel d’Olèrdola), Puig del Castell (Cànoves i Samalús), Sant Julià de Ramis, Sant Miquel de Sorba (Montmajor), Castellet de Banyoles (Tivissa), Cabezo de las Minas (Botorrita), Osca (Huesca) o el Cabezo de Alcalá (Azaila) (Catarineu, 2022: 595-596). 10Las redes de avituallamiento y de control no podían estar siempre garantizadas por los soldados romanos, de forma que era necesario en ciertos puntos contar con el apoyo de la población local indígena, controlada por un posible praesidium o puesto de mando en su oppidum (Dobson, 2008: 25-30). Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 117 - Figura 04: De arriba a la izquierda abajo a la derecha: Planta del Cabezo de las Minas, Botorrita. (Beltrán Martínez, 1992: 58); Planta del Castellot de Bolvir (Morera; Oller, 2015: 37); Planta del conjunto arqueológico de Olèrdola (Álvarez et al, 1991); Planta del sector norte de Sant Julià de Ramis (Palahí, 2013: 74). Recintos campamentales que se convierten en importantes núcleos urbanos con destacados puertos Se han diferenciado una serie de núcleos romanos con una clara función militar en su origen, que se convierten en importantes centros administrativos y urbanos a partir de la segunda mitad del siglo II a.C. o en torno al cambio del siglo II al I a.C.; generalmente se localizan situados en la costa. Estos núcleos se establecen en ubicaciones claves y destacadas, algunas de ellos desempeñarían un papel de primer orden en el proceso de ocupación romana de Hispania, ya sea en el transcurso de la Segunda Guerra Púnica, las revueltas indígenas o durante las guerras celtibéricas, para pasar, posteriormente a ser grandes urbes del noreste de la Citerior. Es el caso de Emporion (Sant Martí d’Empúries), Tarraco (Tarragona) y La Cabañeta (El Burgo de Ebro). Son asentamientos de filiación claramente romana y de fundación militar temprana que tienen el papel de centros de operaciones importantes, y eran empleados como puestos de penetración hacia todo el territorio peninsular (Catarineu, 2022: 600). Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 118 - Figura 05: Plantas arqueológicas de los yacimientos identificados como núcleos urbanos de fundación militar. 1. Empúries (Tremoleda et al, 2016: 61), 2. La Cabañeta (Mínguez, 2014: 1680), 3. Recinto primitivo de Tarraco (Cadiou, 2008: 330). Centros administrativos Otro grupo que se puede observar está integrado por una serie de núcleos ex novo o ex nihilo que destacan claramente en un panorama ibérico tardío, pero carecen de presencia militar romana constatable, tales como imponentes sistemas defensivos o numerosos elementos de militaria. Se caracterizan por la falta clara de sistemas defensivos y su ubicación próxima a la vía Heraclea y a la costa. Presentan elementos arquitectónicos Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 119 - y materiales típicamente itálicos y una solidez y calidad constructiva que hace pensar quizás que había una voluntad de permanencia. Consideramos que sus funciones irían más allá de las estrictamente militares y que deben vincularse a la administración, control y organización del nuevo territorio conquistado. Probablemente también contarían con la presencia de algún personaje relacionado con el ejército como sería el caso de Can Tacó (Montmeló) o Ilturo (Cabrera de Mar). Es posible que también deban asociarles funciones ideológicas, es decir, incorporarían elementos de prestigio y estructuras foráneas que permitirían mostrar el poder de la nueva autoridad (Catarineu, 2022: 604). Figura 06: Plantas arqueológicas de los yacimientos identificados como centros administrativos. 1. Can Tacó (Rodrigo et al, 2013: 220), 2. Illa Fradera (Antequera; Vázquez, 2010: planta 12), 3. Mas Gusó (Casas et al, 2015: 248), 4. Ca l’Arnau, Cabrera de Mar (Martín Menéndez, 2004: 376). Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 120 - Fundaciones urbanas en llano A partir del tercer tercio del siglo II a.C., y coincidiendo con la caída de Numancia, en la zona del valle medio del Ebro, surgen una serie de asentamientos urbanos que presentan características novedosas, como sería el caso de La Caridad (Caminreal), La Corona (Fuentes de Ebro), Segeda II (Durón de Belmonte) y Valdeherrera (Calatayud). Parece tratarse de fundaciones urbanas impulsadas o promovidas por el poder romano, construidas bajo sus indicaciones, con características de origen claramente itálico (Catarineu, 2022: 610). No obstante, consideramos que estas ciudades estarían principalmente habitadas por población indígena reubicada en el transcurso y al fin de las guerras celtibéricas, con la excepción de la Cabañeta (Burgo del Ebro) fundada durante la fase anterior, que parece definirse como una fundación urbana destinada a alojar en su mayor parte a población proveniente de la Península Itálica (Mínguez, 2014). Figura 7: Plantas arqueológicas de los yacimientos identificados como fundaciones urbanas impulsadas por Roma. 1. La Corona (Ferreruela; Mínguez, 2003: 255), 2. Segeda Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 121 - II (Schulten, 1933), 3. Valdeherrera (Martín Bueno; Sáenz, 2012: 13), 4. La Caridad (Vicente et al, 1989: 21). Centros logísticos y productivos El estudio del registro arqueológico ha permitido también identificar núcleos con funciones logísticas y productivas especializados en la explotación y/o el trabajo de un material concreto. En el caso de la Citerior se documentan El Campet de la Sal (Cardona) y El Camp de les Lloses (Tona). Tanto la sal como el metal serían productos de gran valor para Roma y estarían controlados y administrados en el contexto administrativo y militar, de ahí que los excavadores proponen equiparar ambos yacimientos con officinae y puntos de control. Torres de vigilancia Este tipo de construcciones de reducidas dimensiones, tanto circulares como cuadrangulares, estarían concebidas para el control estratégico del territorio circundante (Moret, 2004). Probablemente, las torres conformaron una red conjunta con el resto de los yacimientos de otras tipologías11. Según algunos autores, se trataría de atalayas relacionadas con la vigilancia de los ejes de comunicación relacionadas con la estructuración viaria de finales del siglo II a.C. que se entrevé en el noreste de la Citerior (Noguera et al, 2014: 49). Su adscripción romanorrepublicana y cronológica es compleja debido a la falta de excavaciones y a la reutilización de estos espacios en períodos posteriores. Se han podido identificar las torres de Castell de Falgars (Beuda), Puig d’Àlia (Amer), Torrassa del Moro (Llinars del Vallès), Torre de la Mora (Sant Feliu de Buixalleu), Torre Cremada (Valdeltormo), Los Castellazos (Mediana de Aragón) y Castejón I (Aranda de Moncayo) (Catarineu, 2022: 616). Temporales Finalmente, también ha sido posible identificar una serie de los asentamientos temporales, ya sean campamentos o campos de batalla. Son yacimientos que se han podido documentar gracias a la presencia de 11Las fuentes clásicas hacen referencia a dos tipos de torres, las propugnaculis y las specula. Las primeras albergarían pequeñas guarniciones que se encargarían de la comunicación y control del territorio adyacente (Livio, XXXII.19). Mientras que las segundas tendrían funciones de enviar señales y vigilar zonas aisladas (Plinio, Nat. 35.48; Livio, XXXII.19). Por el momento es imposible diferenciarlas arqueológicamente. Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 122 - material superficial, pero que no presentan, o bien porque no se han conservado, o bien, no se han hallado, elementos inmuebles (Morillo, 2003). Se trata de asentamientos transitorios que presentan una cronología probablemente reducida, es decir, que rápidamente se ocupan y también son abandonados precipitadamente. Estarían conformados mediante materiales perecederos, en muchos casos. Al finalizar estos conflictos, cuando se consigue un momento de mayor estabilidad, se pasa a la conformación de reformas importantes con el establecimiento de estructuras permanentes, ya sea en el mismo espacio o en otros próximos (Catarineu, 2022: 620-621). Algunos ejemplos son: Aixalelles (Ascó), La Palma (L’Aldea), Serrat dels Espinyers (Isona), Tres Cales (Ametlla de Mar), Castellet de Banyoles (Tivissa), Cabezo de Alcalá (Azaila), Segeda I (Poyo de Mara), y el caso más significativo, el cerco de Numancia (Garray). se sitúan en momentos de conflicto, presentado una ocupación concentrada en la Segunda Guerra Púnica o las guerras sertorianas y cesarianas (Catarineu, 2022: 620-621). Fases de conquista Tal como se indicaba en la introducción, una de las principales discrepancias entre los investigadores de la arqueología militar en la Hispania Citerior es la importancia del ejército en el territorio, sugiriendo que sólo los momentos de conflicto bélico (estrés bélico) identifican realmente la lucha entre las poblaciones indígenas (íberas, celtíberas) con las tropas de la nueva potencia conquistadora que es Roma. De hecho, el conflicto será continuo por la simple razón que Roma no controlará ni las poblaciones ni el territorio en su extensión durante casi todo el siglo II a.C. Por lo tanto, el conflicto será un proceso dinámico que tendrá períodos de intensa actividad bélica combinados con otros de ocupación extensiva, y revueltas puntuales. Así pues, no será hasta el último cuarto del siglo II a.C., que podemos considerar que Roma tendrá un control casi efectivo de toda la parte occidental de la provincia de Hispania Citerior. Para entender mejor este proceso es conveniente revisar de nuevo la periodización de esta conquista del siglo II a.C.: 202-195 a.C.: Sustituyendo al poder púnico Tras el desenlace de la Segunda Guerra Púnica en Hispania, con la victoria de Escipión el Africano frente a los ejércitos cartaginenses, Roma se erige como única potencia colonial en Hispania. Ya desde un primer momento, Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 123 - los aliados indígenas de Roma se revelaron porque no querían someterse de nuevo a otro poder colonial. En el 206 a.C. Escipión derrota una coalición de los Ilergetes y tribus vecinas (Pol. 11.32; Liv. 28.24.3-4), y en el 205 a.C. una segunda sublevación, protagonizada por las mismas tribus, es derrotada más al interior, en territorio sedetano (Liv. 29.2.1-2). Todos estos conflictos se encuadran en el NE Peninsular, en una zona que hoy en día sabemos tenía una baja densidad de población (ver figura 6), por lo que la resistencia era limitada ante las legiones romanas (De Soto; Carreras, 2022; Sinner; Carreras, 2019). Figura 08: Densidad de población ibera y celtíbera en la Hispania Citerior a partir de las dimensiones de los yacimientos (adaptación de De Soto; Carreras, 2022). El punto culminante de esta primera fase de rebeliones indígenas acontece entre 197 y 195 a,C., tal como sugieren Noguera et al (2014: 37-38), en que muere primero el gobernador de la provincia, C. Sempronio Tuditano en un lugar incierto de la provincia (Liv. 33.25.8-9), posiblemente en el valle medio del Ebro, lugar donde ya se habían producido enfrentamientos anteriormente. La respuesta romana es el envío en el 195 a.C. de un ejército consular al mando de M. Porcio Catón, que tras desembarcar y vencer a la coalición indígena en Empuries, realiza una rápida campaña por el territorio de los Bargusios, Sedetanos, Ausetanos del Ebro y Suessetanos (Liv. 34.20.1). A pesar de las victorias romanas, la situación seguirá Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 124 - inestable ya que, en el 194 a.C., el pretor Sex. Digicio perderá la mitad de sus tropas en la provincia Citerior (Liv. 35.1.1-2.). 195-178 a.C.: Expediciones en la Celtiberia Entre el 195 y 178 a.C., la penetración romana en el interior se realiza a partir de campañas militares estivales aprovechando el nombramiento del nuevo gobernador como C. Valerio Flaco o Tiberio Sempronio Graco. Se trata de incursiones por el valle del Ebro y Alto Duero a zonas con tribus como los arévacos o vacceos con una alta densidad de población, y por lo tanto con una mayor capacidad militar. Las campañas finalizan con victorias romanas y tratados con las poblaciones indígenas, que resultan de difícil implementación. Son incursiones sin control efectivo del territorio, ya que las tropas vuelven en otoño a la costa, para invernar en sus campamentos. Se trata de campañas militares complejas en que el teatro de operaciones se haya a unos 400 Km de las zonas controladas efectivamente por Roma. Requieren de un aprovisionamiento de las tropas complicado, por lo que se van creando vías de penetración estables y algunas guarniciones en el camino. Tiberio Sempronio Graco, gobernador de la provincia en el 178 a.C., modificará este patrón creando la primera ciudad romana en el Alto Ebro – Gracchurris (Alfaro) – en la antigua ciudad arévaca de Ilurcis12. La labor de Tiberio Sempronio Graco modificará la relación con los pueblos celtíberos en el futuro, estableciendo tratados regulados con obligaciones como la prohibición de construir nuevas murallas, el pago de impuestos o la aportación de tropas auxiliares. Apiano (Iber. 43) describe en detalle la obra de Sempronio Graco: Entonces, veinte mil habitantes de Complega llegaron hasta el campamento de Graco con ramas de olivo a modo de suplicantes y, cuando estuvieron cerca, le atacaron de improviso y provocaron la confusión. Éste con habilidad les dejó su campamento y simuló la huida. Después, dando la vuelta, los atacó mientras se dedicaban al saqueo, mató a la mayoría y se apoderó de Complega y de los pueblos vecinos. Asentó a las clases más menesterosas y repartió las tierras entre ellos. Llevó a cabo tratados perfectamente regulados con todos los pueblos de esta zona, sobre la base de que serían aliados de los romanos. Les dio y tomó juramentos que serían invocados, en muchas ocasiones, en las guerras futuras. A causa de tales hechos, Graco se hizo célebre en Iberia y Roma y fue recompensado con un espléndido triunfo. 12Las excavaciones de esta ciudad apenas han proporcionado contextos del siglo II a.C., y tampoco se observan claramente signos de urbanismo o arquitectura de estilo itálico, sino más bien continuidad respecto períodos anteriores. Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 125 - 178-154 a.C.: Período de estabilidad A lo largo de dos décadas, la provincia disfrutó de un periodo de cierta estabilidad con pocos conflictos, que generalmente eran de escasa intensidad. El sistema de alianzas de Tiberio Sempronio Graco parece que todavía rige, y la escasa presencia de tropas romanas en el interior también parece confirmar este período de estabilidad. Pero es precisamente en este momento cuando Roma comienza a construir todo tipo de establecimientos en la costa y el NE de la Citerior, reforzando su control efectivo de toda esta franja y controlando los ejes de comunicación, siguiendo una política previsora que permitirá el movimiento de tropas y víveres en momentos de crisis. Por lo tanto, este período de estabilidad coincide con un momento álgido de construcción de infraestructuras militares por todo el territorio ocupado y pacificado como fortines, oppida refortificados y torres. Para entender las limitaciones de la actividad militar en la provincia se debe tener en cuenta que entre el 197 y el 154 a.C., el número medio de tropas en la Hispania Citerior era de unos 15.000 efectivos (Solana, 1998; Sinner; Carreras, 2019), que incluían 1 legión y 2.150 soldados de infantería, 2.750 socii y el resto auxiliares indígenas, tal como indica Livio (39.38.3) respecto a las tropas del pretor A.Terencio Varro. Con este limitado número de efectivos, era preferible mantenerlos concentrados y no distribuirlos por todo un amplio territorio. 154-133 a.C.: Guerras celtíberas Tras dos décadas de cierta estabilidad, en el año 154 a.C. estallan las llamadas guerras celtíberas, tras la construcción en Segeda de una nueva muralla (Olesti, 2014: 61-112). Según los tratados firmados en época de Tiberio Sempronio Graco este hecho estaba prohibido tal como describe Apiano (Iber. 44): Esta ciudad forzó a otras más pequeñas a establecerse junto a ella; se rodeó de unos muros de aproximadamente cuarenta estadios de circunferencia y obligó también a unirse a los titos, otra tribu limítrofe. Al enterarse de ello, el senado prohibió que fuera levantada la muralla, les reclamó los tributos estipulados en tiempo de Graco y les ordenó que proporcionaran ciertos contingentes de tropas a los romanos. Esto último, en efecto, también estaba acordado en los tratados. Los habitantes de Segeda, con relación de la muralla, replicaron que Graco había Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 126 - prohibido fundar nuevas ciudades, pero no fortificar las ya existentes. Acerca del tributo y de las tropas mercenarias, manifestaron que habían sido eximidos por los propios romanos después de Graco. La realidad era que estaban exentos, pero el senado concede siempre estos privilegios añadiendo que tendrán vigor en tanto lo decidan el senado y el pueblo romano. El conflicto se extendió por distintas tribus como la de los arévacos que recogieron a la población de Segeda. Aunque las fuentes no son muy precisas, los recursos humanos celtíberos eran importantes, dada la alta densidad de población de toda la región (ver figura 8). Tal como explica Apiano (Iber. 45), Roma envió numerosas tropas, y aun así el conflicto comenzó con importantes derrotas: Así pues, Nobílior fue enviado contra ellos con un ejército de treinta mil hombres. Los segedanos, cuando supieron de su próxima llegada, sin dar remate ya a la construcción de la muralla, huyeron hacia los arevacos con sus hijos y sus mujeres y les suplicaron que les acogieran. Éstos lo hicieron así y eligieron como general a un segedano llamado Caro, que era tenido por hombre belicoso. A los tres días de su elección, apostando en una espesura a veinte mil soldados de infantería y cinco mil jinetes, atacó a los romanos mientras pasaban. Aunque el combate resultó incierto durante mucho tiempo, logró dar muerte a seis mil romanos y obtuvo un brillante triunfo. Tan grande fue el desastre que sufrió Roma. Gran parte del conflicto se desarrolló con el asedio a oppida indígenas por parte de las tropas romanas, normalmente limitados al período estival, y por una vuelta a los campamentos de la costa para invernar 13. La única diferencia respecto al período anterior (195-178 a.C.) era que el ejército romano disponía de una mínima infraestructura de vías, fortines, oppida refortificados y torres14 que permitía mantener el territorio del NE y facilitar el aprovisionamiento hasta el teatro de batalla. Aparte del asedio a Segeda, el conflicto se centrará en la conquista de otros oppida, entre los que destacará Numantia, como símbolo de la resistencia celtíbera. Las guerras celtíberas suponen un aumento significativo de las tropas destinadas a la provincia tal como recogen Livio y Apiano, y ha podido analizar Solana (1998). De hecho, las tropas romanas alcanzaran 40.000 efectivos durante estas guerras (Sinner; Carreras, 2019: fig. 7.9) (ver figura 9). 13 Tan sólo tenemos constancia de que Nobilior en el 153 a,C. (Apiano, Iber. 46) decide pasar el invierno asediando la ciudad de Numantia con resultados aciagos para sus tropas que morirán en parte por culpa del frío – ya que dormían en tiendas – y la mala alimentación. 14 Estas infraestructuras se conformarían de forma conjunta y simultánea, tal y como evidencia la proximidad entre la red viaria con la red de yacimientos surgidos a lo largo del siglo II a.C. Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 127 - Figura 09: Fuerzas militares romanas en Hispania Citerior en época republicana (197–73 BCE). En negro, los números extraídos de las fuentes clásica, mientras que en gris son las proyecciones basadas en estos números. Concretamente, en las guerras celtíberas las tropas alcanzarán la cifra de 40.000 soldados de los que 30.000 serán de origen romano e itálico, mientras que 10.000 serían auxiliares (Apiano, Iber. 84; 89; 95-97). Las fuentes también indican las dificultades para realizar levas para proveer de soldados a las legiones, dada la dureza del conflicto. A nivel arqueológico, además de ampliarse el número de fortines, oppida refortificados y torres, se documentan algunos campamentos de asedio temporales tales como los que se encuentran alrededor de Segeda, Numantia o de El Cabezo de Alcalá (Jiménez et al, 2020; Morales; Morillo, 2020; Schulten; Wulff, 2004). También se desarrollan centros urbanos en la costa como Tarraco y Empuries, que se convertirán en cajas de reclutamiento de auxiliares indígenas (Castanyer et al, 2015) y por otra parte, se desarrollarán los centros administrativos vinculados a la logística militar de la retaguardia. Post 133 a.C.: Fijación de poblaciones Tras la derrota de los numantinos en el 133 a,C., finalizan las guerras celtíberas y con ellas se inicia un nuevo período de tratados entre Roma y las poblaciones indígenas, similar al período de estabilidad (178-154 aC). Una de las diferencias respecto a este período es que se limita la Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 128 - construcción de fortines, oppida refortificados o torres vinculadas a la red de transporte, y en su lugar se fundan ciudades en el llano. Con la única excepción de la Cabañeta – posible Castra Aelia (Burgo del Ebro) en que su población parece básicamente itálica, el resto son establecimientos urbanos con reasentamiento de población indígena (La Caridad, Iesso, la Corona, Segeda II, Valdeherrera) en un territorio del interior en el valle medio del río Ebro y río Segre. Por lo tanto, la presencia efectiva de Roma y su control territorial afecta principalmente este valle medio del Ebro, en donde también se produce el abandono de algunos fortines y torres, puesto que deja de tener sentido su función de control de rutas terrestres. Se ha querido relacionar la fundación de la Galia Transalpina (125 a.C.) con la construcción de vías de la Hispania Citerior (Noguera et al, 2014: 40), si bien la mayor parte de ellas son de cronología muy anterior. Por supuesto, ambas redes de calzadas se vincularán entre sí, al traspasar la frontera provincial. Otro acontecimiento destacado de este período fue la llegada de los cimbrios en el 102 a.C. Tras la victoria de una coalición de pueblos germanos en Arausio ante los romanos en el 104 a.C, que supone la pérdida de 80.000 soldados romanos, uno de estos pueblos – los cimbrios – decide atravesar los Pirineos. Según las fuentes (Livio, Periocas: 67), los cimbrios vagarán por la provincia de la Hispania Citerior durante todo el año 102 a.C. hasta que los celtíberos los expulsan. Arqueológicamente se desconoce el lugar por el que los cimbrios atravesaron los Pirineos, y ninguna de las recién fundadas ciudades del valle medio del Ebro y Segre presentan signos de destrucción datables en este momento (102 a.C.)15. Se desconoce si evitaron este territorio ya controlado por el poder romano, pero lo cierto es que son los celtíberos y no los romanos quienes expulsaron a los cimbrios de la provincia, lo cual demuestra que el Alto valle del Ebro seguía siendo un territorio autónomo fuera del control estrictamente militar romano16. 15 Algunos investigadores han relacionado las invasiones de los cimbrios con la cantidad de tesorillos en la zona valle Ebro y noreste de Hispania, que podría indicar la incertidumbre que produjeron estas migraciones sobre las poblaciones locales. Es el caso de las ocultaciones monetarias documentadas en El Camp de les Lloses; Puig d’Àlia, en el Molí de Can Ribes (próximo a Puig del Castell de Cànoves i Samalús); en el Cabezo de Alcalá (Estrada; Villaronga, 1967; Beltrán Lloris, 1976; Sinner, 2014; Padrós; Amat, 2018). 16 La penetración de los Cimbrios a través del Pirineo (Liv. Per. LXVII; App. Iber. XCIX) provocó el enfrentamiento con los celtíberos. Se cree que la defensa ante los cimbrios se encontraría en manos de auxiliares locales, así, el avance de los pueblos germánicos habría aglutinado las fuerzas de los Belos, Titos, Ilergetes, Suesetanos, Oscenses, Sedetanos y Ausetanos (Roldán; Wulff, 2001: 193; Sánchez Moreno, 2017: 61-64). Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 129 - Conclusiones A lo largo de estas páginas hemos querido mostrar como la conquista de Hispania fue el resultado de un proceso largo de casi dos siglos, y de una gran complejidad en su desarrollo que denota las dificultades con las que tuvieron que enfrentarse las autoridades romanas para conseguir el dominio efectivo de los territorios hispanos. Creemos que resulta especialmente revelador comprender y analizar el primer siglo de la conquista, ya que frente a la visión simplificada que se había tenido hasta hace unos decenios para este periodo, fruto del silencio de los autores antiguos y del desconocimiento arqueológico, va emergiendo una realidad formada por una multiplicidad de estrategias desplegadas por las autoridades romanas para conseguir el control efectivo de los pueblos y territorios que Roma pretendía tener bajo su autoridad de potencia incontestada en el Occidente Mediterráneo. La gran variedad de tipologías de yacimientos identificadas muestra la diversidad de estrategias que adoptó el ejército romano según las contingencias del momento. El ejército no solo se limitaría a ser una fuerza coercitiva de ocupación, sino que desarrolló amplias funciones con el fin de cubrir las necesidades logísticas, administrativas, económicas o residenciales que la conquista iba generando, y que han dejado diferentes huellas detectables a partir de los restos arqueológicos. El rasgo más interesante que podemos señalar a partir del análisis atento de los datos arqueológicos es que no toda la actividad militar estaría estrictamente vinculada con el frente de guerra, sino que el ejército desarrolló también otras múltiples funciones en el territorio que le permitieron afianzarse y crear una primera infraestructura que resultaría fundamental para asegurar su supervivencia durante los periodos más conflictivos y posteriormente sería la base sobre la cual construiría el nuevo proyecto provincial. Podemos considerar, no somos los primeros en afirmarlo, que Roma utilizó la Península Ibérica y especialmente el noreste peninsular, como un territorio donde ensayó y puso a prueba un conjunto de estrategias que después aplicaría al resto de las provincias que fueron quedando dentro de su órbita de dominio. Los prolongados conflictos con iberos y celtíberos obligaron a los ejércitos a permanecer durante largos períodos en campaña, lo que supuso un reto logístico que obligó a Roma a desarrollar nuevas formas organizativas. La experiencia que Roma adquirió en este momento con la explotación, control y organización de la península ibérica, le permitirá crear y estructurar la política militar y logística que se empleará durante el máximo apogeo del Imperio (Knapp, 1977: 143). Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 130 - Figura 10: Esquema de la estrategia de conquista romana en el período del 195-178 a.C. Así pues, podríamos definir el primer siglo de la conquista en la Península Ibérica como un “laboratorio de experimentación” en que el ejército romano tuvo que afrontar y solventar múltiples obstáculos, como el hecho de que en la mayor parte de los conflictos de mayor trascendencia a los que tuvieron que hacer frente (ver figura 10), los escenarios de batalla se hallaban alejados de la costa y por consiguiente resultaba de importancia vital asegurar las líneas de comunicación con el frente para poder garantizar un desplazamiento seguro de las tropas desde la costa, donde se hallaban las bases estables, hasta el frente de batalla. Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 131 - Figura 11: Esquema de la red de asentamientos interconectados del período del 178-133 a.C. Para poder acometer con éxito este objetivo Roma fue creando una línea de asentamientos ex novo de características y funciones diversas (fortines, torres de defensa, centros logísticos) que aseguraran el control de toda la zona de la retaguarda. Así mismo se aseguró la colaboración de las poblaciones indígenas mediante pactos y cuando se consideraba necesario, mediante la instalación de guarniciones en el interior de los oppida. A partir de los datos que hemos aportado, se evidencia la conformación de una red de asentamientos interconectados, con diferentes funcionalidades, que permitían un mayor control y una capacidad logística y administrativa (ver figura 11). Esta red se fue creando paulatinamente, no sólo durante los periodos de conflicto armado (los periodos que en la historiografía aparecen definidos como de “stress bélico”) sino precisamente en los periodos de calma en que Roma podía dedicarse con mayor tranquilidad a organizar los territorios sobre los que en principio ya ejercía un control más firme, pero en los que sin embargo no deja de establecer también guarniciones y fortines que permitan controlar a las poblaciones locales y asegurar las vías de comunicación para el transporte y logística de las tropas. Esta presencia continuada y constante sobre el conjunto del territorio, que se constata a partir de los datos arqueológicos, y que se observa tanto en los periodos de “estrés bélico” como en los periodos aparentemente más calmados, rompe con la imagen de un ejército que Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. DOI: 10.34024/herodoto.2022.v7.15477 - 132 - únicamente se desplegaba de manera efectiva en el territorio en los momentos de conflicto armado, de manera que se nos dibuja un ejército con una presencia más incisiva sobre los territorios conquistados, y en los que desplegará una multiplicidad de funciones para asegurar el control de los mismos. Figura 12: Esquema de la consolidación romana con las fundaciones urbanas post-133 a.C. Se ha podido observar como la implantación militar romana a lo largo del siglo II a.C. transforma la región en este período, creando, gradualmente, un paisaje militarizado, al menos durante esta centuria, hasta que la situación experimentó un vuelco entre finales del siglo II y principios del I a.C. en que Roma abandonó paulatinamente la estrategia seguida hasta ese momento basada en una estricta ocupación militar, e iniciará una nueva política territorial basada en la fundación de núcleos urbanos (ver figura 12) como epicentro de una nueva ordenación de las incipientes provincias. Referências ÁLVAREZ, R.; BATISTA, R.; MOLIST, N.; Y ROVIRA, J. La muralla del bronce final i pepoca ibérica d’Olèrdola (Olèrdola. Alt Penedès), Fortificacions. La problemática de l’ibèric ple (segles IV-III a.C). Simposi Internacional d’Arqueologia Ibèrica. Manresa: Centre d’Estudis del Bages, 1991, p. 153- 158. Heródoto, Unifesp, Guarulhos, v.7, n.2 - 2022.2. p. 108-138. 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