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MVM, LA GÉNESIS
DE UN PERIODISTA (I)
Vázquez Montalbán,
año I
Los inicios periodísticos, en 1960,
del escritor fallecido el pasado viernes esbozan ya la curiosidad,
la ironía y la audacia de un intelectual tan prolífico como
irrepetible
Marc Andreu / Laura Estirado / Carles Geli
Había que dar un primer relevo generacional
y la dirección de Solidaridad Nacional, la Soli,
buque insignia del periodismo falangista, con su yugo y sus
flechas en la cabecera y su subtítulo de Diario Sindicalista
de Cataluña, empezó a reclutar a alumnos de los últimos
cursos de periodismo. Entre los que entraron en 1960 estaban
Robert Saladrigas, Lluís Bonet Mojica y Manuel Vázquez Montalbán
(MVM).
El redactor jefe del diario, José Fernández Aguirre, acabaría
protegiendo a ese último joven en tránsito clandestino
del FLP al PSUC y que, con apenas 21 años, contaba ya en su
haber con un paso por comisaría. El aprendiz, que compaginaba
la universidad con el trabajo, buscaba cierta autonomía económica,
por lo que se puso a escribir como un poseso desde que debutó,
el 4 de agosto de 1960. Se trataba de sumar: 70 pesetas la colaboración
(cuando se la pagaban); 150 las entrevistas, lo mejor retribuido.
Vázquez Montalbán publicó en un año, hasta el 30 de julio de
1961, 95 artículos, uno casi cada tres días. A pesar de ello,
la producción sorprende por su calidad --muy por encima de la
media del diario-- y por su contenido ideológico. Al primer
apartado contribuye una ambición literaria que recorre desde
el párrafo inicial hasta el pie de foto. Le ayuda también que
es un personaje ya muy maduro culturalmente: Nietzsche, Joyce
y Flaubert aparecen vinculados a reportajes sobre el oficio
de escribir, la vida familiar o una serie histórica sobre el
hijo de la emperatriz Sissí. También está la voluntad de documentarse
y de recuperar la cultura popular, ya con 21 años impregnada
de ironía y nostalgia.
Su osadía no será sólo técnica, sino también ideológica.
Aprovechando sus vastos conocimientos históricos y poniendo
su escritura estética al dictado de su sensibilidad social,
aprovechará cualquiera de los temas nimios que la censura le
deja pasar para colar valoraciones y personajes chocantes en
la España de 1960, y desde un diario falangista. Su actitud
es casi temeraria, suicida. Y le pasó factura. El díscolo aprendiz
fue sometido a marcaje y le empezaron a encargar reportajes
purgantes, que en junio de 1961 provocaron "mucha
sorpresa" entre sus camaradas del PSUC: "Incluso llegaron
a tener miedo de que yo fuera un infiltrado de la policía",
recordó años después.
El segundo aviso llegó cuando, a finales de 1961, Fernández
Aguirre le pasó al diario B del Movimiento: La Prensa.
Poco después, en mayo de 1962, la cárcel. Hasta que su firma
aparezca de nuevo en un diario pasará una década, tras pulular
por Hogares Modernos, Siglo XX... Aterrizará en
Tele/eXpres, de donde no fue despedido por comunista
porque Manuel Ibáñez Escofet aseguró a la dirección: "Una
persona que tiene un 124 no puede ser comunista".
Lo era, y también un gran periodista. Desde el inicio.
Noticia publicada en la
página 002 de la edición de Viernes, 24 de octubre de 2003 de
Libros.
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