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Al inaugurar la Serie Carvalho, entre subnormalidad (Yo
maté a Kennedy, 1972) y novela negra (Tatuaje,
1974), Manuel Vázquez Montalbán no sólo se reconciliaba con
la posibilidad de recurrir al género narrativo, sino que creaba
un personaje capaz de encarnar y metaforizar uno de los ejes
temáticos más estructurantes de toda su obra: la obsesión
por la huida a los mares del sur, que sur no importa.
Los primeros episodios de la serie se adscriben a un realismo
de cuño crítico, adaptado a condiciones sociohistóricas evolutivas
y cuidadosamente observadas. La soledad del manager
(1977) denuncia las maniobras de una multinacional que financia
grupos de ultraderecha para desestabilizar el régimen democrático;
Los mares del sur (1979) pone de relieve los mecanismos
de la especulación del suelo en las grandes urbes; Asesinato
en el Comité Central (1981) interroga sobre las motivaciones
del compromiso comunista al salir de la clandestinidad. Cada
historia es un brillante entramado lleno de suspense, prueba
de que el escritor reinventa a los clásicos, aunque desde
una recuperación cada vez más irreverente de los códigos genéricos.
Es una evolución paralela a la del protagonista, cuyo desengaño
es la cara ontológica del desencanto sociohistórico.
Pepe Carvalho, gastrónomo suicida y amante pasivo, ex agente
de la CIA y antiguo militante comunista, letrado distanciado
y sociólogo desengañado, examina el mundo desde una postura
escéptica cuando no aséptica. Los pájaros de Bangkok
(1983) y La Rosa de Alejandría (1984) funcionan como
metáforas de la implacable uniformidad del mundo, y, en El
balneario (1986), El delantero centro fue asesinado
al atardecer (1989) o El laberinto griego (1991),
la pasividad del detective, más atraído por las víctimas que
por los culpables, muestra que el camino desemboca siempre
en la misma impotencia, la misma desilusión. Hasta el punto
de que las aventuras siguientes, Sabotaje olímpico
(1993), Roldán ni vivo ni muerto (1994) -que apareció
por entregas en EL PAÍS-, El Premio (1996), se presentan
como alegres zarabandas casi subnormales protagonizadas por
un detective paródico de sí mismo. Después de comprobar, en
Quinteto de Buenos Aires (1997), que el vínculo entre
la política y el delito se ha mundializado a escala planetaria,
la serie alcanza ese estado paroxístico de deterioro funcional
con ocasión del repliegue o en la reconciliación con Barcelona
que significa El hombre de mi vida (2000).
Queda patente entonces que, en términos del escritor, "a
diferencia de su antecedente crítico o social, el proyecto
realista de la novela policiaca integra y resuelve el problema
de la representación, pero ha renunciado a la posibilidad
de influir en la realidad". En efecto: si la Serie Carvalho
nació como crónica de la transición política española, ha
prosperado como crónica de la imposibilidad para la transición
de desembocar en una democracia verdaderamente representativa,
capaz de acabar con la cultura del poder y de la explotación.
A Carvalho sólo le queda la posibilidad de vivir a título
personal la ruptura que el país entero ha esperado en vano.
De ahí esos personajes marginales que le sirven de paliativos
afectivos, esa afición por el sexo y la gastronomía, esas
hogueras nostálgicas y bibliófagas y esa ternura infinita
para los olvidados de todos los sistemas. Culto de lo que
pudo ser y no fue. Varios episodios de la Serie Carvalho,
y muchos textos fuera de ella, se ofrecen como variaciones
sobre la búsqueda del lugar del que no se quiera regresar.
Y el refugio que frente a su impotencia sociohistórica siempre
se le ofrece al personaje montalbaneano, a cualquiera de ellos,
consiste en "leer hasta entrada la noche y en invierno viajar
hacia el sur".
Manuel Vázquez Montalbán ha viajado hacia el Sur y no ha
regresado. Los pájaros son iguales en Bangkok que bajo todos
los cielos del mundo. Carvalho, mon semblable, mon
frère, hemos perdido a nuestro padre, porque a
veces la vida es tan cruel como una metáfora. Y sólo nos queda
ahora la memoria como último refugio contra la pena y la tristeza.
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