De un simple vistazo
Yo apostaré –dijo Sancho– que antes de mucho tiempo
no ha de haber bodegón, venta ni mesón o tienda de barbero
donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas
(II, 71).
No, no le faltaba razón a Sancho Panza cuando hacía esta afirmación, aunque la verdad es que jugaba con ventaja. En efecto, esta frase pertenece a la segunda parte del Quijote, publicada en 1616, pero ya once años antes, en 1605, cualquier persona medianamente culta podía identificar de un simple vistazo a don Qujote y a su escudero. Hoy nos puede parecer algo sorprendente, pero los documentos no mienten. El éxito de esta pareja literaria fue fulminante y universal. El 10 de junio de 1605, sólo seis meses después de que apareciera la primera edición, Tomé Pinheiro de Vega se hacía eco del éxito que había tenido un mamarracho disfrazado de don Quijote “muy desmalazado y alto de cuerpo”, reconocido de inmediato por todo el público que se había acercado a ver la cabalgata celebrada en Valladolid. Lo mismo sucedía en 1607, en la lejana Lima, cuando en medio de una fiesta de cañas apareció ante los ojos de todos “el Caballero de la Triste Figura, don Quijote de la Mancha, tan al natural y propio como le pintan en su libro”. Ni en la cabalgata del carnaval de Leipzig, en Alemania, en 1614, podían faltar don Quijote, Sancho Panza o Dulcinea del Toboso, acompañados de breves representaciones de algunas de sus aventuras, como la de los molinos. ¡Y eso, sin haberse publicado todavía la segunda parte! Eran sólo el pistoletazo de salida para una sucesión de apariciones quijotescas, ridículas en su mayor parte, que hicieron las delicias de los espectadores de muchas ciudades del mundo. Y en ellas, desde luego, nunca hizo falta que nadie colgara de las espaldas del caballero “un pargamino, donde le escribieron con letras grandes: ‘Este es don Quijote de la Mancha’” (II, 62), como habían hecho Antonio Moreno y sus amigos en la fingida visita a Barcelona. No era necesario. Al ver esas dos simples figuras, todos los asistentes sabían que se encontraban ante don Quijote y Sancho Panza.
En efecto, pocos personajes de la literatura universal pueden resultar más fácilmente reconocibles en una rápida mirada. Quizá Sherlock Holmes y el doctor Watson (macfarlán de cuadros, pipa, gorro con orejeras...) pero muy, muy pocos más. Nadie, desde luego, reconocería en un cuadro a Lázaro de Tormes, a Emma Bovary o a Leopold Bloom. Y en la conformación de esa imagen quijotesca universal es evidente que debemos mucho, muchísimo, a las ediciones ilustradas, que desde la segunda mitad del siglo XVII contribuyeron, tanto como las palabras de Cervantes, a que los lectores se hicieran una buena idea de cómo eran esos dos personajes.
En las páginas que siguen, pues, presentamos una pequeña antología de estas ilustraciones. Debemos advertir, sin embargo, que no incluimos una muestra de todos los grandes pintores que se ocuparon del tema, sino sólo de aquellos que elaboraron un programa iconográfico más o menos completo, en solitario o en colaboración, para acompañar la lectura de la novela. Eso ha llevado a que, desde el primer momento, quedaran fuera de esta selección un buen número de artistas que, a pesar de sus creaciones quijotescas (en algún caso, muy numerosas), nunca realizaron auténticas ilustraciones para la novela. Sólo con un puñado de artistas contemporáneos hemos contravenido esta norma.
Más allá de las consideraciones que habitualmente se han señalado a favor o en contra de una ilustración del Quijote, como son la adecuación o no de personajes y paisaje al ‘color local’ que requería la novela o la expresión de desequilibrio mental que requería el personaje principal, debe quedar claro que este apartado no está orientado hacia el campo del arte, sino al de la literatura. Nuestro objetivo no es sino ofrecer una muestra representativa de cómo se ha leído e interpretado (en este caso, ejemplificado en imágenes) el Quijote a lo largo de sus cuatro siglos de existencia, tanto en España como en el resto del mundo. Desde sus inicios meramente humorísticos a las exaltaciones neoclásicas, de los arrebatos románticos a las escuetas representaciones realistas, de las idealizaciones novecentistas a las hondas interpretaciones vanguardistas. De esta manera, el lector se podrá hacer una idea cabal de cómo la interpretación de la novela ha ido evolucionando al mismo tiempo que las corrientes artísticas.
Rafael Ramos