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Cajal, educador
per Leoncio López-Ocón Cabrera
Ningún investigador español como Santiago Ramón y Cajal ha recibido un reconocimiento social y cultural tan amplio y persistente por sus contribuciones científicas, las cuales son innegables. Mediante técnicas muy ingeniosas de tinción de los tejidos exploró, describió y logró un conocimiento exacto de la textura del sistema nervioso como nadie lo había hecho antes. Estableció entonces los principios básicos de la neurobiología, basados en su famosa teoría de la independencia de las células nerviosas, conocida también como teoría neuronal de Cajal, según la cual cada célula nerviosa es la parte fundamental del sistema nervioso, comunicándose entre sí por simple contacto –mediante sus prolongaciones axonales y dendríticas-, sin llegar a formar una red continua, como sostenían los reticularistas opositores a esta teoría.
Curiosamente el premio Nobel de Medicina y Fisiología de 1906 tuvo que compartirlo el científico español con el líder de los reticularistas, el italiano Camilo Golgi. Pero muchos años después, el microscopio electrónico, que aumenta miles de veces las estructuras celulares, dio la razón a esos planteamientos de Cajal, de manera que actualmente se sabe que los contactos entre neuronas, conocidos como conexiones sinápticas, que son las que permiten el intercambio de información entre dos neuronas contiguas, constituyen la sólida base de la neurofisiología y la neurología clínicas.
La obra de Cajal se fundamentó en un extraordinario y perseverante trabajo experimental que se materializó en 271 publicaciones en revistas y 22 libros, algunos de ellos tan importantes como su obra magna Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados, publicada en tres volúmenes entre 1897 y 1904 y traducida al francés por su fiel portavoz y estrecho colaborador León Azoulay entre 1909 y 1911. Con una obra tan contundente Cajal sentó las bases para elaborar una “doctrina anatómica de la inteligencia”, según manifestó uno de los primeros propagandistas de su talento, el químico gallego, historiador de las ciencias y divulgador científico José Rodríguez Mourelo.
Gran parte de su legado sigue vigente, pues objetos científicos en los que Cajal volcó su capacidad de observación y concentración experimental, como es el caso del cerebro, siguen suscitando la atención de miles de investigadores. No ha de extrañar por ello que, como ha afirmado recientemente el actual presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Carlos Martínez Alonso, Cajal sigue estando “científicamente “vivo”, pues en la última década figura citado 2.975 veces en las revistas científicas que recoge la base de datos del Institute for Scientific Information de Philadelphia.
La numerosa bibliografía cajaliana, sistematizada hasta el año 2000 por José María López Piñero, María Luz Terrada Ferrandis y Alfredo Rodríguez Quiroga, ha insistido en los fundamentos científicos de la grandeza de Cajal, que es de tal magnitud que le ha permitido ganarse un sitio de honor en un hipotético panteón en el que se agrupasen los científicos que mayores contribuciones han realizado para desvelar los enigmas del espacio y de la vida, como Newton, Einstein o Darwin.
Sin embargo, no se ha prestado tanto interés a otros muchos aspectos de su trayectoria intelectual
que también han contribuido a elevarlo a un puesto de honor en la historia de la ciencia universal y a convertirlo en uno de los mitos de la España contemporánea. Una de esas facetas en las que fijaré ahora la atención es su voluntad pedagógica, es decir, el afán de Cajal por participar activamente en la transformación de las estructuras educativas de la sociedad española en la que desplegó sus actividades científicas, cuestión que a mi entender fue una de sus obsesiones como científico y como ciudadano. No ha de extrañar, por tanto, la reflexión que escribió sobre el retrato oficial que le realizaron con motivo de su jubilación el 1º de mayo de 1922: “Se ha dicho tantas veces que el problema de España es un problema de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporarnos a los pueblos civilizados, cultivar intensamente los yermos de nuestra tierra y de nuestro cerebro, salvando para la prosperidad y enaltecimiento patrios todos los ríos que se pierden en el mar y todos los talentos que se pierden en la ignorancia”.
A través de este breve texto, Cajal mostraba una vez más, como ya en otras ocasiones lo había hecho a lo largo de su vida, su faz de ciudadano preocupado por la incultura, tanto física como moral, de su país, y su creencia, expresiva de la atmósfera regeneracionista de su época, de que era factible sanar los males de la patria mediante una política hidráulica y educativa eficaz. Como vamos a mostrar a continuación, son, en efecto, estas preocupaciones cívicas las que impulsaron a Cajal en una triple dirección.
En efecto, a lo largo de su trayectoria científica
- se esforzó por combinar permanentemente su trabajo tenaz en el laboratorio con un afán pedagógico por dar a conocer a la sociedad los resultados de sus investigaciones, llevando a cabo una significativa labor como divulgador científico;
- se interesó por entremezclarse en la plaza pública con otros actores sociales, como lo revela su labor literaria;
- y se preocupó seriamente por los problemas culturales y científicos de la España de su tiempo, lo que le impulsó a aceptar la presidencia de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas durante 25 años, desde que se constituyó en 1907 ese organismo promotor de una internacionalización de la ciencia española, hasta 1932, dos años antes de su fallecimiento en 1934.
La voluntad pedagógica de una personalidad científica
Como es sabido, el término educar procede del latín educare, verbo que está emparentado con ducere, que significa “conducir”, y “educere”, que equivale a “sacar afuera” o “criar”. De ahí que en el campo semántico de “educar” se encuentren, entre otras, las nociones de: a) dirigir, encaminar y doctrinar; b) desarrollar las facultades intelectuales y morales del joven por medio de preceptos, ejercicios, o ejemplos; c) perfeccionar y aficionar los sentidos; d) enseñar los buenos usos de urbanidad y cortesía. Y es así que la filóloga María Moliner en su Diccionario del uso del español señale como palabras afines a educar a las siguientes: adiestrar, afinar, amaestrar, civilizar, conformar, corregir, criar, dirigir, disciplinar, documentar, domesticar, ejercitar, enseñar, formar, guiar, preparar, pulir, reprender, tutelar.
Pues bien, prestando atención a la dimensión pública del quehacer de Cajal, tan importante para entender en su totalidad su significación como la personalidad científica más importante de la España que transitó del siglo XIX al XX, podemos comprobar cómo las preocupaciones pedagógicas de Cajal atravesaron toda su carrera investigadora. De esa manera su “persona científica” se modeló mediante un ajuste mutuo entre el investigador y sus públicos.
Por esa razón no ha de extrañar que el tema elegido para su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales el 5 de diciembre de 1897 fuese sobre los Fundamentos racionales y condiciones técnicas de la investigación biológica. Como él mismo explicó ese día a sus colegas académicos, su pretensión, propia de sus preocupaciones pedagógicas y de su voluntad de convertirse en un educador de los jóvenes “experimentalistas”, era la de exponer algunas de las reglas que debían guiar a los biólogos en sus trabajos de observación y experimentación con el afán de “prestar algún servicio a cuantos intentan ensayar sus fuerzas en las investigaciones biológicas; pues con frecuencia hemos visto estudiantes, ganosos de distinguirse y de hacer algo en el terreno experimental, abandonar el laboratorio, desalentados por la falta de un guía que les señalara los errores y obstáculos que deben evitar, la educación técnica que necesitan recibir, y hasta la disciplina moral indispensable para poder abordar, con alguna esperanza de buen éxito, la exploración de la Naturaleza viva”.
Fue ese interés por convertirse en un guía de quienes estaban apostando por convertir la “moral de la ciencia” en una moral colectiva dominante en la sociedad española que transitaba del siglo XIX al XX, como he explicado en mi Breve historia de la ciencia española, la que le llevó a organizar ese discurso en torno a tres ideas-fuerza: las cualidades morales que debe poseer el investigador, los recursos y métodos que deben caracterizar una buena investigación, y la conveniencia de que los jóvenes investigadores, a los que Cajal quería educar, sustituyesen “los afeites retóricos”, que según él eran una plaga desastrosa de la España de su época y “causa muy poderosa de nuestro atraso científico”, por una cultura de la precisión, basada en “una severa disciplina de la atención”.
Como es sabido, ese discurso académico se convirtió meses después en un libro titulado Reglas y consejos sobre investigación biológica gracias al patrocinio de uno de sus admiradores, el médico hispanocubano Enrique Lluria (1863-1925), uno de los representantes del maridaje del pensamiento evolucionista con ideas socialistas en aquella sociedad española finisecular.
No es cuestión de detenerse ahora en los aspectos coyunturales de esa obra, como en su famoso Post-scriptum, redactado al hilo de la conmoción que supuso “el desastre de 1898”, añadido que Cajal retiraría en las siguientes ediciones, sino de resaltar que ese texto no sólo es una de las obras más significativas del regeneracionismo científico que surgió en aquella época, sino también uno de sus más importantes éxitos editoriales, pues en vida de su autor tuvo seis ediciones (1897, 1899, 1913, 1916 –aquí añadió Cajal el subtítulo de Los tónicos de la voluntad-, 1920 y 1923). A lo largo de ese período fue introduciendo modificaciones diversas sobre el núcleo originario del libro, que no era otro, como ya hemos señalado, que su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. En ellas se perciben sus preocupaciones y obsesiones como pedagogo o educador, como se revela, por ejemplo, en el hecho de que dedique el capítulo IX a explicar por qué el investigador tiene que ser también un maestro, y de qué manera -saliendo de su torre de marfil- ha de promover vocaciones científicas. Así como sucede en tantas otras partes de su obra literaria, cabe rastrear en esas páginas referencias autobiográficas, comocuándo expone sus ideas acerca de las características que ha de tener un buen profesor. Pero también se trasluce en ellas al pedagogo en acción que fue Cajal, preocupado por analizar los signos subjetivos y objetivos que permitan hacer un diagnóstico sicológico con el que detectar a los jóvenes talentos susceptibles de alcanzar éxitos científicos, los cuales se podrían alcanzar aplicando una serie de condiciones, como la “sagacidad para rastrear filones ricos” y un “penetrante y seguro sentido crítico”, pero sin olvidar “el poder transformador de la imitación” que surge de la convivencia con el maestro.
Los tónicos de la voluntad revelan, pues, que a lo largo de su vida Cajal se tomó muy en serio la complementariedad de su labor científica y su trabajo docente encaminado a formar a noveles investigadores: tuvo una gran determinación para convertirse en un gran investigador, pero también mostró una férrea voluntad en enseñar a investigar, pues “no se enseña bien sino lo que se hace”. Algún testimonio tenemos sobre la calidad de la enseñanza de Cajal, como el de su alumno Gregorio Marañón, para quien las dotes pedagógicas de su maestro radicaban en la claridad de su exposición verbal, nada retórica ni elocuente, y en su dominio del dibujo didáctico, “que no sólo requiere una aptitud artística, sino el difícil sentido de construir, con arte, el esquema que todo lo aclara”. Abundando en esta idea de la calidad de su enseñanza, comenta: “A pesar de la inconsciencia con que oíamos y veíamos aquella maravilla, yo recuerdo que muchas veces nos apenaba que el paño del bedel borrase, en dos manotadas, el encaje de líneas de colores que había dejado en el encerado el maestro. Sin querer, comparábamos sus dibujos con el esquema habitual, el del maestro del montón, que suele componerlo no para hacer claro a los otros su saber, sino para aprenderse él la lección. Hay, pues, un esquema de ida y otro de vuelta. El de Cajal era siempre de vuelta”.
Las dotes pedagógicas de Cajal no solo se revelaban en las aulas de las diversas universidades españolas en las que dio clases, como las de Zaragoza, Valencia, Barcelona y Madrid, sino también en sus laboratorios, y en su producción literaria, con la que ganó fama de ser uno de los mejores cultivadores de la prosa didáctica en la España de su época, según sostuvo el historiador y crítico literario Melchor Fernández Almagro.
Sus primeros trabajos de divulgación científica, publicados entre 1883 y 1885 en diversas publicaciones, como la revista zaragozana La Clínica , y firmados a veces bajo el seudónimo del Doctor Bacteria, -editados no hace mucho por Angel Merchán-, demuestran su afán de instruir a los legos en el desarrollo de las ciencias biológicas, transmitiéndoles los conocimientos y las emociones que iba adquiriendo en su trabajo experimental, como se aprecia en sus trabajos titulados “Las maravillas de la Histología”, “La máquina de la vida. Estudios populares de Anatomía y Fisiología celulares” o “El más sencillo y seguro de los métodos de coloración de los microbios”. La primera parte de Recuerdos de mi vida, que publicó en 1901 con el título de Mi infancia y juventud, cabe verla, a su vez, como un vivo relato de su formación, en la que contó con la compleja orientación de su padre, a quien él terminaría reconociendo como su primer maestro. Y sus otras obras literarias, desde Charlas de café hasta El mundo visto a los ochenta años, también están plagadas de referencias y preocupaciones pedagógicas.
Pero donde se manifiesta claramente el hecho de que Cajal aprovechó su obra literaria como una herramienta educativa fue en el cuento “El hombre natural y el hombre artificial”, uno de los apólogos o narraciones seudofilosóficas o seudocientíficas que, escrito hacia 1885 o 1886, es decir, en su etapa valenciana, publicó en 1905 en su libro Cuentos de vacaciones. El valor literario de ese texto es menor, pero es muy expresivo de la “moral” cajaliana, atenta siempre a apreciar la cultura del esfuerzo y la capacidad que tiene el hombre de modelar su propio cerebro observando y estudiando la naturaleza, como le sucede al personaje central del cuento Jaime Miralta. Ese ingeniero y director de una acreditada fábrica de aparatos eléctricos, que tuvo que emigrar a Paris para desplegar en esa ciudad todos sus talentos creativos, se había formado gracias a la eficaz labor pedagógica de un maestro - don Enrique Fernández-, quien condujo a su alumno, que trabajaba de pastor en un oscuro valle pirenaico, a explorar "la realidad eterna con sus inagotables maravillas", haciéndole adquirir "el hábito de mirar y de escuchar, de atender y de abstraer, de ver lo grande en lo pequeño y referir los efectos a sus causas".
Los coetáneos de Cajal fueron conscientes de la valía como pedagogo de Cajal. Y así, en el homenaje que le hizo la revista Clínica y Laboratorio en un número especial con motivo de la concesión del premio Nobel, Sebastián Recasens, catedrático de Obstetricia y Ginecología en la Facultad de Medicina de Madrid, consideraba que Cajal podría ser un excelente ministro de Instrucción Pública, pues era de esperar que gracias a su inteligencia y a su capacidad de trabajo contribuiría a “sacudir las rutinarias prácticas actuales” y ayudaría “a levantar la cultura pedagógica de nuestro país a un nivel como el alcanzado por la neurología”. Años después –en 1923- Modesto Bargalló, que entonces era profesor en la Escuela Normal de Guadalajara, ordenó y sistematizó los pensamientos sobre educación de Cajal, esparcidos en Reglas y consejos sobre investigación científica, Recuerdos de mi vida y Charlas de café, dado su “indudable valor”, publicándolos en las prestigiosas ediciones de La Lectura, e insistiendo a sus lectores en que la vida y la labor de Cajal eran “un esfuerzo viviente de autoeducación”, y constituían “un caso normativo”.
Ciertamente, Cajal no llegó a ser ministro de Instrucción Pública, pero dispuso de instrumentos políticos y científicos para dejar su huella como pedagogo en la cultura científica española. Así, en compañía de cualificados institucionistas, como José Castillejo, contribuyó desde la presidencia de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas a la reconstrucción del sistema científico español, haciendo posible que un país de endeble tradición científica, caracterizada por sus altibajos y discontinuidades, pasase en un lapsus de un cuarto de siglo de importador a exportador de ciencia, gracias a lo que cabe denominar “la cajalización” de España. En efecto, cabe usar este neologismo para caracterizar al singular proceso mediante el cual se diseminó por muchos laboratorios y lugares de la ciencia españoles una cultura de la precisión y una afición por el trabajo experimental que permitieron la realización de investigaciones punteras y ciencia original en diversos campos del conocimiento.
Esos logros se obtuvieron, en gran medida, gracias a que el Cajal educador logró enseñar a investigar influyendo de manera decisiva con su valor ejemplarizante en los laboratorios de la JAE, cuestión en la que profundizaré a continuación.
Cajal, presidente de la JAE
Pero antes de considerar este asunto permítanme que insista en que la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, es decir la JAE, creada por real decreto de 11 de enero de 1907, ha sido considerada la "primera obra seria y constructiva de renovación científica, educativa y pedagógica de carácter oficial, realizada dentro del aparato institucional del Estado español en la época contemporánea”.
En efecto, la importancia de la JAE en la historia de la educación y de la ciencia española es pues innegable por tres razones fundamentales, como he planteado en mi libro Breve historia de la ciencia española, publicado por Alianza Editorial.
1ª) Fue el principal instrumento que hubo en la España del primer tercio del siglo XX para desarrollar un ambicioso programa de renovación científica y educativa que, aunque se concentró en Madrid, incidió en otras partes del país, y generó la emulación del Institut d'Estudis Catalans, surgido también en 1907 como respuesta cultural y científica del emergente nacionalismo catalán al proyecto de la JAE.
2ª) Este organismo público de investigación, pionero en el panorama europeo, pues antecedió a otros organismos similares, como su homólogo alemán la Kaiser Wilhelm Gesellschaft, fundada a principios de 1911, contribuyó decisivamente a la internacionalización de la ciencia española, gracias al trabajo de sus dos mil pensionados en los principales laboratorios y centros de investigación europeos y americanos.
3ª) Y finalmente los científicos de la JAE consiguieron suscitar un interés público por las cuestiones científico-técnicas, como se aprecia, por ejemplo, en el proceso de mitificación que afectó a Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) presidente de ese organismo público de investigación desde su fundación en 1907, hasta que cumplió ochenta años en 1932.
La impronta de Cajal en la organización y desarrollo de la JAE es innegable, hasta tal punto que podría decirse que la JAE contribuyó decisivamente a la "cajalización de España", es decir a poner en práctica el programa educativo y político de Cajal, ya planteado en una de sus primeras obras - Reglas y consejos para la investigación biológica-,de que era posible solucionar los "males de la patria" mediante el cultivo de una cultura de la precisión a través de la investigación experimental. Según Cajal los frutos obtenidos en el trabajo paciente, tenaz y perseverante del laboratorio, locus privilegiado de los científicos, podrían contribuir decisivamente a regenerar el sistema nervioso de una sociedad enferma, convirtiéndose por tanto los lugares en los que se practicaba la ciencia experimental en una especie de sanatorio social. Además Cajal, cuya faceta de educador no ha sido subrayada suficientemente, según vengo sosteniendo ante Ustedes, insistió desde que empezó a tener influencia social en la década de 1890 de que había que impulsar un plan articulado de reformas educativas en la enseñanza superior que sacase de su secular letargo a la Universidad española.
A continuación me voy a concentrar en destacar el protagonismo de Cajal en la génesis y desenvolvimiento de la JAE resaltando tres hechos.
En primer lugar subrayaré que la JAE se configura en un "annus mirabilis" de la ciencia española, cual es 1906 cuando se le concede el Premio Nobel de Medicina y Fisiología a Santiago Ramón y Cajal.
En segundo lugar enfatizaré que la fundación de la JAE en enero de 1907 es la culminación de la transformación de la "moral de la ciencia" como moral colectiva dominante o propuesta transformadora de los hábitos educativos y científicos de la sociedad española. En el desenvolvimiento de esa moral de la ciencia trabajó con denuedo Cajal desde la década de 1880 con su trabajo experimental, y con su afán permanente por enseñar a investigar a los jóvenes universitarios, como se aprecia con claridad en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, de diciembre de 1897, núcleo de su libro Reglas y consejos para la investigación científica, conocido también por su subtítulo de Los tónicos de la voluntad, de una de cuyas ediciones he sido responsable.
Y en tercer lugar destacaré el hecho de que como presidente de la JAE Cajal logró trasladar al funcionamiento del conglomerado de laboratorios que conformaron ese organismo la misma estrategia que tanta proyección internacional y nacional dio a su propio Laboratorio de Investigaciones Biológicas, creado en 1901, después de que le el Congreso Internacional de Medicina de Paris de 1900 le diese el premio Moscú.
Esa estrategia consistía en que los investigadores de la JAE debían prestar atención simultáneamente a una triple labor. Por una parte debían producir o fabricar hechos científicos, mediante el trabajo experimental, usando instrumentos de precisión. Por otro lado tenían que transmitirlos o favorecer su circulación entre los pares o colegas, mediante su publicación en relevantes revistas, y/o con una presencia activa en los foros de discusión de los congresos internacionales. Y finalmente debían de esforzarse en diseminarlos en variados escenarios sociales, mediante una labor divulgadora para el gran público y formativa para los educadores científicos.
En todas esas labores Cajal contó con la inestimable ayuda del secretario José Castillejo, con quien formó uno de los dúos más fecundos de la política educativa y científica de la España contemporánea.
Como he señalado antes el año 1906 fue decisivo no solo en la vida de Cajal, sino también en la génesis de la JAE.
En efecto, la creación de la Junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas se gestó a lo
largo de 1906 gracias a la convergencia de diversas circunstancias. Por un lado se produjo una oleada de interés público por la ciencia en el seno de la sociedad española gracias a la concesión a fines de ese mismo año del premio Nobel de Medicina y Fisiología a Santiago Ramón y Cajal, quien lo compartió con el italiano Camilo Golgi. Por otra parte ese premio creó una ventana de oportunidad para que confluyesen los esfuerzos mancomunados del ideario científico y educativo de los institucionistas krausistas, liderados por Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío, -maestros de Castillejo-, el valor ejemplarizante de la labor investigadora de Cajal, en la cúspide de su prestigio social, y el interés de destacados políticos liberales, como Segismundo Moret, y Amalio Gimeno, entre otros, - y a los que los krauso-institucionistas y el Cajal de aquel tiempo se encontraban próximos- por mejorar la instrucción pública y favorecer la renovación científica. Todos ellos estaban convencidos de que “todas cuantas reformas fundamentales se han verificado en nuestra educación nacional proceden de gente que ha vivido en comunicación con el pensamiento científico europeo” y estaban preocupados por el hecho de que los pensionados españoles en el extranjero ocupaban el puesto antepenúltimo en el ranking de estudiantes foráneos matriculados en las principales universidades europeas.
De manera que por aquellas fechas en círculos ministeriales de diversos gabinetes liberales se discutía la forma de propiciar un salto cualitativo en el sistema científico español, que ya disponía, al fin, de una lumbrera de renombre internacional representada por Cajal, el cual-como es sabido- había obtenido en 1904 la prestigiosísima medalla Helmholtz, otorgada por la Preussische Akademie der Wissenschaften (hoy Academia de Ciencias de Berlin-Brandenburgo).
Así, en marzo de 1906 el primer ministro Segismundo Moret , líder en aquel momento de la más importante agrupación liberal, intentó convencer a Cajal para que aceptase la cartera de Instrucción Pública con vistas a realizar un ambicioso plan de reformas educativas, a imitación de las acciones reformadoras llevadas a efecto en la Francia de la Tercera República por el renombrado químico Marcellin Berthelot. Tras diversas vacilaciones, Cajal rechazó la oferta, pero transmitió a Moret un detallado plan para “desperezar la Universidad española de su secular letargo”, cuyas principales medidas eran, según recuerda en su autobriografía, y cito: “la contrata, por varios años, de eminentes investigadores extranjeros; el pensionado, en los grandes focos científicos en Europa, de lo más lucido de nuestra juventud intelectual, al objeto de formar el vivero del futuro magisterio; la creación de grandes colegios, adscritos a institutos y universidades, con decoroso internado, juegos higiénicos, celosos instructores y demás excelencias de los similares establecimientos ingleses; la fundación, en pequeño y por vía de ensayo, de una especie de Colegio de Francia, o centro de alta investigación, donde trabajara holgadamente lo más eminente de nuestro profesorado y lo más aventajado de los pensionados regresados del extranjero; la creación de premios pecuniarios a favor de los catedráticos celosos de la enseñanza o autores de importantes descubrimientos científicos, a fin de contrarrestar los efectos sedantes y desalentadores del escalafón, etc.”
Ese plan, en cierta medida, inspiró la constitución de la Junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas, que se creó por Real Decreto de 11 de enero de 1907. Los asistentes a su primera junta de gobierno, entre los que se encontraban destacados representantes de la ciencia, la tecnología y la cultura española de aquel momento como Ramón y Cajal, el pintor Sorolla, los médicos, San Martín, Calleja, Vincenti, y Simarro, el naturalista Ignacio Bolívar, los filólogos e historiadores Ramón Menéndez Pidal, y Julián Ribera, los químicos Casares y Rodríguez Carracido, el ingeniero Torres Quevedo, y el secretario el catedrático de Derecho Romano, José Castillejo, eligieron por unanimidad presidente de la flamante Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas a Santiago Ramón y Cajal, el cual, tras regresar de Estocolmo adonde se había dirigido para recibir el premio Nobel que le acababan de conceder, se encontraba en el cenit de su prestigio científico e influencia social.
Desde la presidencia de la JAE Cajal fue, sin lugar a dudas, un activo promotor del sistema español de ciencia y tecnología. Su grado de implicación en el día a día de la JAE aún no ha sido bien analizado, pero su compromiso con esa institución fue firme Sabemos que presidía asiduamente las reuniones de su equipo directivo, que tenían lugar una vez al mes. En ellas trabajó por convertir el fomento de la ciencia en un asunto de Estado, y en favorecer un gran pacto entre las grandes fuerzas políticas de la Restauración para promocionar esa actividad cultural.
Estudiosos de ese período del desarrollo de la ciencia española, como el historiador Thomas F. Glick, han considerado que a lo largo del primer cuarto del siglo XX surgió en la sociedad española un discurso civil en materias científicas. Es decir una elite dividida, muy polarizada ideológicamente, pactó poner en suspenso en esa época, de mutuo acuerdo y en determinadas áreas, el hábito de hacer que todas las ideas sirviesen para la confrontación ideológica.
Cajal, desde la presidencia de la JAE, contribuyó indudablemente a la consolidación de ese “discurso civil”, instando a que todas las decisiones adoptadas durante los primeros años de funcionamiento de esa institución se tomasen por consenso, buscando la unanimidad, a pesar de que en su junta directiva había representantes de diversas corrientes ideológicas y políticas propias de una sociedad pluralista. Así el redactor anónimo de una de las Memorias de la JAE diría al respecto: “Aunque formada por hombres de las más diversas tendencias científicas, políticas, sociales y religiosas, la Junta ha continuado sin interrupción una obra de concordia que trata de implantar reformas trascendentales en que han de estar conformes todos los españoles de buena fe y se inspira en un sentido de escrupulosa tolerancia y de respeto a todas las opiniones. Así merece notarse el hecho de que, fundada en 1907, haya vivido esta Corporación trece años habiendo tomado todos sus acuerdos por unanimidad, sin que las discusiones en que se aportan datos hayan terminado nunca en lucha, votación o disentimiento”. Y concluía esta reflexión afirmando “el señor Ramón y Cajal ha presidido asiduamente las reuniones que suelen tener lugar una vez al mes”, con lo que estaba planteando implícitamente que esa unanimidad se había logrado, en gran medida, gracias a la autoridad moral de Cajal.
La influencia de Cajal en el transcurrir de la JAE fue pues notoria en múltiples aspectos. Ciudadano cuidadoso del manejo de los fondos públicos impuso, por ejemplo, la rendición de cuentas permanente. Año a año en las Memorias de la JAE podemos observar cómo sus responsables, con Cajal a la cabeza, hacían uso de los recursos procedentes de los Presupuestos del Estado o de donaciones particulares.
Pero, sobre todo, su huella, a mi modo de ver, es bien visible en las tres líneas de acción fundamentales que definieron el impulso educativo de la estrategia reformista de ese organismo público de investigación. Esas acciones estratégicas impulsadas por el Cajal educador fueron: la política de envío de pensionados al extranjero con la que se intentó renovar las estructuras académicas y administrativas del Estado español; la creación de centros de investigación científica desde los que los pensionados debían ayudar a reconstruir y modernizar el Estado mediante la práctica de la “moral de la ciencia”, y el impulso de instituciones de carácter educativo.
En efecto, Cajal y el equipo directivo de la JAE pusieron un particular empeño en proporcionar a la elite de la juventud universitaria los medios para que se formasen en los grandes focos de producción científica de Europa y América. De ahí que desde su momento fundacional se considerase que el objetivo fundamental de la JAE era enviar pensionados al extranjero, hasta el punto que Cajal en sus escritos denominó a la JAE como Junta de Pensiones y de Estudios. En sus inicios lo que hizo la JAE fue escoger a los jóvenes más aptos que presentaron sus solicitudes y enviarlos al exterior, con el riesgo de que se perdiesen esfuerzos y recursos por una insuficiente preparación. Paulatinamente, a medida que crecieron las posibilidades de una preparación más adecuada por parte de los solicitantes, las exigencias para conceder una pensión, cuya cuantía y duración variaban en cada caso, se hicieron mayores, aunque en términos generales las condiciones exigidas para pedir pensión no eran rígidas, ni estrechas.
Pero dado que siempre fueron más las solicitudes que las concesiones otorgadas (en la convocatoria de 1910 se presentaron 359 solicitudes -151 de profesores de los establecimientos de enseñanza dependientes del Ministerio de Instrucción pública y Bellas Artes, y 208 de no profesores- y se concedieron 70; en la de 1911 fueron 455 las solicitudes -160 de profesores y 295 de no profesores- y se otorgaron 110)[1] hubo que establecer mecanismos de selección estrictos para acertar en la elección de los pensionados.
En primer lugar se hacía una selección eliminatoria para dejar fuera a aquellos que no ofreciesen gaantías de competencia y seriedad. Y luego entre los admisibles se establecía un orden de preferencia, combinando las condiciones individuales de los candidatos y la naturaleza de los asuntos que se pretendían estudiar con las necesidades del país, y buscando una representación proporcional de los diversos estudios y disciplinas científicas.
Como presidente de la JAE Cajal fue el firmante de las sucesivas convocatorias de pensiones para el extranjero que promovió esa institución. Esa tarea debió de preocuparle, de modo que en diversos momentos de su producción publicística hizo valoraciones de diverso orden sobre ella.
Así dedicó parte del capítulo XI de Los tónicos de la voluntad como es conocido el libro que
originariamente tituló Reglas y consejos sobre la investigación biológica, y que fue uno de sus pocos éxitos editoriales como ya se ha señalado, a hacer un balance de la política de pensiones de la JAE en sus primeros quince años de existencia, dado que la edición definitiva de esa obra la publicó en 1923. Ahí Cajal presentó los logros obtenidos con la política científica de la JAE considerando que se habían recogido "cosechas estimables", de modo que "en la nueva generación el tipo mental del maestro declamador y meramente comentarista disminuye visiblemente, y de día en día aumenta el número de revistas científicas nacionales, de laboratorios y seminarios de investigación y de entusiastas profesores entregados a pesquisas originales". No obstante, consideró que el éxito alcanzado era modesto ya que "avanzamos a paso de tortuga, cuando necesitaríamos velocidades planetarias". Esa situación se debía a tres razones: 1ª) A la escasez de las pensiones; 2ª) A la escasez del tiempo de pensión y 3ª) a la escasa edad e insuficiente preparación técnica de los candidatos. Cajal estimaba que se corría "grave riesgo de perder tiempo y dinero enviando al extranjero mozos de veinte a veinticuatro años, ignorantes de sí mismos y sin gustos ni vocación bien definidos", poco formados debido a una defectuosa organización universitaria que se nutría "de mozalbetes irreflexivos, sin formación mental suficiente y casi totalmente desprovistos de conocimientos sólidos en Matemáticas, Física, Química, Historia Natural, Lenguas Vivas y Filosofía", según habían constatado observadores extranjeros conocedores de la organización docente española y críticos de ese sistema educativo como el pedagogo y sicólogo gallego Eloy André, autor del libro La mentalidad alemana, que Cajal recomienda vivamente a sus lectores.
André, siendo catedrático del Instituto de Ourense, fue precisamente uno de los primeros pensionados de la JAE. Y así entre 1909 y 1910 asistió durante cuatro semestres a los cursos de la Universidad de Leipzig, trabajando en sus seminarios, especialmente en el Instituto de Psicología experimental del profesor Wundt, con quien también estudió el que sería futuro líder del PSOE Julián Besteiro, así como Antonio Llorens Clariana, y luego en el curso 1912-1913 Vicente Viqueira López, quien estudió sicología no solo con Wundt, sino también con otros profesores como Stumpf, Rupp, Dessoir y Klemn, enviando a los responsables de la JAE varios trabajos sobre Psicología y una Memoria titulada “Estudios sobre Psicología actual en Alemania”.
Para superar en parte las deficiencias constatadas en el funcionamiento del sistema de pensiones establecido por la JAE el equipo dirigente de esta institución trazó una estrategia destinada a solventarlas.
Por un lado intentó coordinar la obra de las pensiones en el extranjero con la actividad científica y docente que se hacía en España. De modo que a su regreso los pensionados se encontrasen con medios para continuar sus estudios e investigaciones y preparasen a su vez a futuros pensionados.
Por esta razón los artífices de la JAE decidieron crear en 1910 una serie de instituciones, de carácter provisional y estructura flexible, en las que confluyesen parte de los primeros pensionados con otros investigadores que estaban esparcidos en diferentes centros de trabajo. Así un Real Decreto de 18 de marzo de ese año creó un Centro de Estudios Históricos, y por otro Real Decreto de 27 de mayo de 1910 se constituyó un Instituto nacional de ciencias físico-naturales. Poco después una Real orden de 8 de Junio sentó las bases para una Asociación de laboratorios con el fin de aprovechar los aparatos e instrumentos científicos dispersos en diferentes Centros del Estado.
Esas nuevas instituciones fueron el espacio donde se concentraron profesores, pensionados que habían regresado del extranjero, jóvenes que se preparaban para concursar a una pensión y otros investigadores interesados en abordar problemas científicos diversos. De hecho con el paso del tiempo el Centro de Estudios Históricos se convertiría en un lugar señero del cultivo de las ciencias humanas, y en sede de una potente escuela de filología, creada por Ramón Menéndez Pidal y sus discípulos principales como Américo Castro y Tomás Navarro Tomás. Por su parte el Instituto nacional de ciencias físico-naturales agrupó al Museo de Ciencias Naturales, con sus laboratorios marítimos de Santander y las Baleares, el Museo de Antropología, el Jardín Botánico y el Laboratorio de investigaciones biológicas de Ramón y Cajal, instituciones ya establecidas, a las que se añadieron un Laboratorio de investigaciones físicas, y la Estación alpina de Biología, que se estableció en la Sierra de Guadarrama.
Esa política de fomento de la investigación científica y técnica benefició también a catalanes, encontrándose entre los primeros pensionados de la JAE, entre otros: los historiadores Ramón Abadal y José Pijoán,
Juan Llongueras y Badía, quien tras hacer estudios a lo largo de 1912 de gimnasia rítmica y solfeo en el Instituto Jacques-Dalcroze de Hellerau en Dresde creó en Barcelona el Instituto catalán de Gimnasia rítmica, el economista Manuel Reventós Bordoy,
el filólogo Jorge Rubió Balaguer, la maestra Rosa Sensat y Vilá, quien entre 1912 y 1913 hizo estudios de metodología de la enseñanza de las ciencias físico-naturales en Bélgica, Suiza y Alemania,
y el que luego sería famoso geógrafo Pau Vila, quien por esas fechas hizo estudios de Picología infantil y experimental, Dibujo y Didáctica, en el Instituto Jean Jacques Rousseau de Ginebra, enviando a la Junta un trabajo titulado “Geografía para las escuelas”.
Volviendo a Cajal digamos que fue en cierta medida el coordinador de las actividades científicas de todos los centros de investigación que se crearon a partir de 1910 pues el objetivo fundamental de los promotores de la JAE fue “reunir en una colaboración intensa elementos antes dispersos”.
Desde la presidencia de la JAE Cajal trasladó a la red de laboratorios y de centros de investigación de ese organismo el programa de valores científicos y virtudes cívicas que había puesto en marcha desde su Laboratorio de investigaciones biológicas, consistente en alentar el cultivo de la excelencia científica, promocionando la internacionalización de la ciencia española mediante la publicación en las mejores revistas del mundo, y alentando a rendir cuentas permanentemente de los gastos generados en los laboratorios combinando el cultivo de ciencia de calidad con la apertura de los laboratorios a la sociedad para evitar que los científicos se ensimismasen en sus rutinas.
De hecho el Laboratorio de investigaciones biológicas de Cajal, creado por el gobierno de Francisco Silvela tras una intensa campaña de prensa después de que el Congreso internacional de Medicina celebrado en Paris en 1900 concediese a Cajal el premio internacional Moscú, marcó la pauta del funcionamiento científico del conglomerado de laboratorios de la JAE. Desde sus inicios Cajal obtuvo importantes éxitos en el seno de ese laboratorio, particularmente el hallazgo en el segundo semestre de 1903 del método de nitrato de plata, una fórmula de impregnación susceptible de provocar coloraciones intensas, y perfectamente transparentes, de la urdimbre de las células nerviosas para determinar si esos filamentos podían considerarse vías intracelulares, especialmente diferenciadas para la propagación del impulso nervioso, con vistas a convencer definitivamente a sus rivales reticularistas de la fuerza de sus ideas y argumentos en la controversia que tenía entablada Cajal sobre la estructura y función del sistema nervioso. Esos éxitos galvanizaron las energías de un selecto grupo de discípulos, como Francisco Tello, consolidaron internacionalmente su fama de excelente investigador experimental que le llevaría a la obtención del premio Nobel, y sentaron las bases de la creación de una potente escuela histológica española.
Finalmente cabe señalar que el prestigio que Cajal fue acumulando en el transcurso de los años con su programa de investigaciones, con su labor educativa y con sus dotes de gestor científico sirvió para que su nombre sirviese de imán para captar recursos adicionales para la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, que esta usó para poner en marcha nuevas líneas de investigación. Así a finales de la década de 1920 la Institución Cultural Española de Buenos Aires decidió financiar en Madrid la denominada cátedra Cajal con recursos procedentes de una suscripción entre la colonia española en Argentina cuya finalidad era contratar profesores extranjeros que impartiesen cursos y dirigiesen trabajos de investigación en los laboratorios de la JAE.
Esa cátedra, financiada inicialmente con 50.000 ptas, se inauguró oficialmente en octubre de 1928 y la JAE decidió que tuviese como objetivo prioritario durante tres cursos consecutivos la promoción de trabajos sobre rayos X y estructura de los cristales, línea de investigación que dirigía el físico Julio Palacios. Para tal fin se decidió invitar al profesor Paul Scherrer de la prestigiosa Escuela politécnica superior de Zurich para que desarrollase en el Laboratorio de investigaciones físicas de la JAE en Madrid un ambicioso programa de trabajos prácticos.
Hasta el fin de sus días, producido el miércoles 17 de octubre de 1934, Cajal no sólo estuvo científicamente activo, sino hondamente preocupado por el devenir de la sociedad española, y por los resultados de su labor científica, pedagógica, y política. Así lo puede comprobar quien lea la última de sus obras El mundo visto a los ochenta años, desde la que oteó el mundo y dio sus adioses. En ella también hizo balance de su quehacer como gestor científico y educador, constatando que gracias a la Junta de Pensiones y Ampliación de Estudios como él denominó a la JAE se había facilitado “la formación de una grey de ingenieros, abogados, humanistas, médicos, físicos, químicos, naturalistas y hasta filósofos, impregnados de los secretos de la técnica y de los métodos inquisitivos ultrapirenaicos o ultramarinos”. Pero también constataba que “en nuestra prometedora ascensión cultural no todas las disciplinas científicas y sus aplicaciones marchan isocrónicamente. En ciertas actividades (matemáticas, estudios históricos, histología, ciencias naturales, etc) comenzamos a hombrearnos con los extraños, aunque sin igualarlos todavía; pero en otros, verbi gratia, la ingeniería, la zootecnia, la bacteriología, la botánica práctica, la astronomía, la química, la física, y sobre todo el arte de la invención industrial, vamos a la zaga…”[2]
Así pues podríamos afirmar para finalizar estas reflexiones que con su esfuerzo perseverante de científico, educador, y político Cajal y sus compañeros gestores de la JAE consiguieron que el sistema español de ciencia y tecnología diese un salto de calidad, pasando de la periferia a la semi-periferia de la ciencia mundo. En esa situación aun nos mantenemos, décadas después de su fallecimiento y de la desaparición de la JAE, ya que las pérdidas generadas en el sistema científico-técnico español por el estallido de la guerra civil fueron de tal magnitud, entre ellas el desmantelamiento de la escuela de Cajal, que aún no han podido ser subsanadas.
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[1] Datos procedentes de Memoria correspondiente a los años 1910 y 1911, Madrid, Junta para Ampliación de Estudios e Invesitigaciones Científicas, Madrid, 1912,. pp. 20, 27
[2] Santiago Ramón y Cajal, Obras selectas ,Madrid, Espasa Calpe, Austral Summa, 2000, pp. 738-743
Leoncio López-Ocón Cabrera
Instituto de Historia - CSIC