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1901, una
sociedad transformada
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Más de seis décadas después, y sin que la reina Victoria
tuviera nada que ver en ello, pese a los honores recibidos hacia el final de su larga
vida, la posición del Reino Unido en el escenario mundial y las características de la
sociedad británica se habían modificado sustancialmente.
Al cambiar el siglo ya había quedado atrás el cénit del
poder político y económico británico, aunque no resultaba fácil a los
observadores de la época, inmersos en la autocomplacencia provocada por décadas de
hegemonía, comprender la nueva situación. Además, la visión del gigantesco imperio,
aquel mapa escolar en el que el color rojo teñía más del 20% de la superficie
terrestre, alimentaba la sensación de superioridad de unos británicos no insensibles a
la propaganda que, desde ámbitos tan diversos como la literatura juvenil, los
espectáculos musicales o los anuncios de muy variados productos, bombardeaba aquella
incipiente sociedad de masas. El ciudadano de las islas se lucraba con las desiguales
relaciones de intercambio existentes entre la metrópoli y sus colonias, entre las que la
India era la pieza principal, la simbólica joya de la Corona que la reina Victoria,
emperatriz desde 1877, ceñía en sus sienes. Un amplio contingente de administradores
civiles, procedentes en los rangos más elevados de las filas aristocráticas o de la
burguesía pasada por los colleges más acreditados, de militares de graduación
también de extracción aristocrática y de soldados voluntarios, se dedicaba a la labor
de defender la causa de la civilización, y de los intereses británicos, en tan distantes
territorios. Pero el esplendor imperial ocultaba
síntomas claros de decadencia. Los tiempos del dominio absoluto de los mares habían
quedado atrás, ante la incapacidad de la flota de guerra británica de afrontar el
crecimiento simultáneo de las escuadras de países como Estados Unidos, Alemania y
Japón. También era cosa del pasado el control que la diplomacia británica ejercía
sobre los acontecimientos europeos, convertido ahora en aislamiento. La guerra bóer
(1899-1902), el enfrentamiento con los colonos de ascendencia holandesa en el sur de
Africa a los que un ejército británico muy superior en número no conseguía doblegar,
estaba en aquellos momentos revelando la debilidad del poderío militar del mayor imperio
colonial. Más preocupante, si bien menos aparente, era el lento declive económico
iniciado un cuarto de siglo antes, que estaba trastocando en beneficio de Estados Unidos y
Alemania, aquella hegemonía en la producción y exportación de manufacturas que durante
casi todo el siglo XIX había correspondido al Reino Unido. Al margen de estas tendencias,
la sociedad británica de 1901 gozaba de más derechos y era menos desigual y conflictiva
que en 1837. Sucesivas modificaciones de su legislación electoral habían ido extendiendo
el derecho a voto en la elección de los miembros del Parlamento a un mayor porcentaje de
población, aunque todavía carecían de él un tercio de los varones mayores de edad y
todas las mujeres, y habían introducido mayor limpieza en las votaciones al garantizar el
carácter secreto del voto. Estos cambios impulsaron la modernización de los partidos
políticos. Los nuevos partidos Liberal y Conservador recibieron la herencia Whig y Tory
pero, a diferencia de aquellas poco disciplinadas agrupaciones de aristócratas, eran
organizaciones menos elitistas, con una estructura interna, una maquinaria electoral, un
programa y una presencia continuada en el tejido comunitario. La sociedad de 1901 seguía siendo una sociedad clasista, con marcadas
diferencias en los valores, hábitos de vida y riqueza de sus miembros, si bien la
distancia entre aristócratas y burgueses tendía a disminuir. Pero, pese a la
persistencia de enormes desigualdades en el reparto de la renta, la población trabajadora
disponía ahora de mayores ingresos, lo que no excluía un elevado número de pobres, y en
general sus condiciones de vida habían mejorado: los horarios de trabajo se habían
acortado y los peores abusos en la explotación de la mano de obra infantil ya eran cosa
del pasado; la alimentación era mejor, más variada y, desde el último cuarto de siglo,
más barata; las ciudades lentamente estaban dejando de ser el centro de todo tipo de
enfermedades infecciosas, si bien la mortalidad infantil se resistía a descender y la
esperanza de vida de la población que vivía en ellas todavía era muy baja; la
escolarización en edad primaria garantizaba la alfabetización de las nuevas
generaciones. La conflictividad social se había atenuado al mediar el
siglo, tras la extinción del Cartismo. La mejora de las condiciones de vida, la mayor
tolerancia de la actividad sindical y la incorporación de un amplio sector de la
población al juego político estaban detrás de este escenario menos crispado, aunque no
idílico, pues las huelgas y la militancia sindical se incrementaron en el último trecho
de la época victoriana.
Sin esperar a que la reina Victoria falleciese en 1901,
comenzaban a tambalearse algunos de los valores que poco más adelante serían
considerados, de forma retrospectiva, victorianos. La religión ya no ocupaba el lugar
central que antes había tenido en las conciencias y la vida del país. El censo de 1851
había revelado un mapa de la práctica religiosa en el que la oficial Iglesia Anglicana
no superaba al conjunto de las confesiones disidentes. En los años siguientes los
esfuerzos de las diversas iglesias no habían podido evitar una creciente secularización
de la sociedad, circunstancia de la que en parte ellas mismas eran responsables por su
alejamiento de los problemas sociales y por la recepción hostil de los descubrimientos
científicos que negaban la literalidad de los textos Bíblicos. Otro de los pilares del
victorianismo, la rígida diferenciación en sexos, reservando a la mujer el despliegue en
la esfera de la vida familiar de las cualidades afectivas que le eran propias, se estaba
resquebrajando. El acceso a la educación más allá de las primeras letras y la presencia
en las últimas décadas del siglo de mujeres de clase media ejerciendo actividades
remuneradas en la enseñanza y en el sector terciario estaban rompiendo moldes, aunque
para las hijas y esposas de extracción humilde el trabajo fuera del hogar había sido
siempre una realidad impuesta por la necesidad. La consecución de iguales derechos
políticos que los varones era todavía una reivindicación pendiente, a la que
dedicarían el grueso de sus esfuerzos las sufragistas de los próximos años. Más
silenciosa pero no menos reveladora de cambios era la reducción de natalidad que se
estaba produciendo entre la última generación de familias victorianas. El hecho, que
demostraba una quiebra de la moral cristiana en materia de sexualidad, pues era
consecuencia de un control voluntario de la natalidad dentro del matrimonio, estaba
conduciendo a la paulatina desaparición de las grandes familias, otra característica del
victorianismo, y a la reducción del crecimiento de una población que, únicamente en
Gran Bretaña, en el transcurso del reinado de Victoria había pasado de 17 a 37
millones.
Bibliografia
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