AII TU Esta o lira s propiedad de ARTE RESTAURACIÓN. Individuo u> ln Sala de Restauración del l l e a l 1 dtí pinturas y cKcultiira de 8 . SI. MADRID : MPURNTA A CAIICfl I>F. M . A . ( í l F , . calle de lo.\ Exludion, ». 1853. A MI OUERIDO H l t O s>«s aturóla ÓIÍ faü'meniu /e a*nM roturas vuelven á presentarse (al como estaban. inmediatamente después que con !a ayuda del rascador se hacen desaparecer las masas de color aglomeradas sobre ellos para encubrirlos; y de esta manera prepara- do el cuadro, puede consumarse su limpieza en la forma que nos es ya conocida. Llmplezn de los llcnzns que sin oslar restan yn HIJO hnrrtilo BU color «1 limplnrlos de a por el muí dcecinpcAo - irosamente el cuadro, para adquirir el convencimiento de qiia no lia pasado desapercibido lugar'alguno, siquie- ra sea pequeño, de Ion que han debido estucarse. Esta inspección es de todo en todo interesante, & hemos de evitar que después de limpié1 y btttttfaadO él «stucti; haya que rellenar los puntos que se hubiesen dejado ol- vidados; tarea de no difícil ejecución, pero que puede, uo obstante, originar algún perjuicio; porque una vez barnizado el lienzo, no admite con tanta docilidad el es- tuco. Contribuye á esta especie de resistencia la parte aceitosa que encierra el barniz, el cual infiltrándose en el estuco sobrepuesto, lo desune y repele á muy poco tiempo. Para huir, pues, de este estremo en los casos en que haya una precisión absoluta de estucar de nue- vo, debe, ya seca, repasarse la parte que lo necesite con aguarrás aplicada por medio de los algodones, á fin de levantar el barniz, que es el grao obstáculo que se opone al afianzamiento del estuco. Ya sea que el lienzo original haya sido rebajado an- tes de su forracion, ó bien que por cualquier motivo haya recibido aumento, ha de cuidarse muy mucho de estucar perfectamente sus orillas y junturas, recorrien- do las primeras en línea perpendicular con el cuchillo, que habrá de ser conducido simultáneamente por l¡t mano derecha y por la yema del dedo índice de la iz- quierda, á fin de que, cuando hayan sido raspadas las indicadas orillas y redondeadas, no pueda advertirse ef aumento del lienzo que falló. Eslaa operaciones se ejecutan indistintamente, po- niendo el cuadro en el caballete, 6 colocándolo horizon- talmente sobre una mesa, al arbitrio del restaurador, que en la elección de cualquiera de estos dos medios debe únicamente estar atento á su mayor comodidad, puesto que ambos han de conducirle á un mismo fin, y producir iguales resultados. AKHCÜLÜ M. Para raspar el estuco de manera que no quede exis- tente mas que el indispensable A cubrir el saltado de co- lor, se hace uso de una esponja tupida y fina, humede- cida con agua clara. Elígese á este efecto un trozo del lienzo al cual haya sido aplicado el estuco, y se reblandece éste pasando muy suavemente la referida esponja. Asi humedecido el yeso, procésese á rasparlo con el auxilio de un cuchillo común medianamente afilado; debiendo advertirse que esta operación exige un particular cuidado, para que no se rehunda la parte estucada; porque si tal sucede, no nos libraremos de que aparezcan en el lienzo, luego de restaurado, las abolladuras consiguientes al desnivela- miento del estuco, ni podremos dispensarnos de la in- grata obligación de repetir el trabajo en lodos sus déla- lies. Si por causas independientes de la voluntad del restaurador sobreviene el rehundimicnto de que antes hemos hablado, hay que colocar sobre la parte hendida la cantidad de estuco que se juzgue necesaria, dejándo- la después secar; y para precaver semejante trance, se repasa con la yema de los dedos en-el acto de rasparlo, y después de concluida esta operación, adquiriéndose asi la seguridad de que no existe punto alguno rehundido; mas si lo hubiese, es muy conveniente remediar este mal de la manera que acaba de esplicarse, antes de pa- sar al lavado del estuco. Un medio muy abonado deevitarque el estuco se rehunda, es tener cuidado de no rasparlo en demasía, con lo cual se consigue también que ofrezca alguna re- sistencia, muy útil para el mejor desempeño de Ja ope- ración del lavado. i El estuco que vaya quedando sobrante puedo reco- jerse, con la idea de utilizarlo otra vez cuando sea opor- tuno; pues basta desmenuzarlo de nuevo y batirlo con una pequeña cantidad de agua, para que vuelva á po- nerse en oslado 4e ser aplicado al lienzo. A esta medida debe apelarse únicamente en aquellos casos en que no se tenga disponible el agua cola; pero no la recomen- damos como do utilidad general, por la circunstancia de haber ya el estuco perdido parte de su fortaleza y docilidad. 1 A tiempo de raspar los puntos estucados, conduce tener A la mano un paño, para arrollar y apartar con él los restos del yeso, luego de raspadas las parles hume- decidas por el agua. El raspado de) estuco puede ejecutarse en la misma forma que indicamos al tratar de su colocación; esto es, valiéndose del caballete, ú bien tendiendo sobre una mesa ó tablero el cuadro. Esto último paréeenos mas cómodo, y por consi- guiente mas aceptable; y concluida la operación del raspado, se deja orear el lienzo, predisponiéndolo de esta suerte á que reciba el lavado, que es el tercer procedi- miento, y del que en seguida vamos á ocuparnos. as. Asi las operaciones de que hasta aqui liemos venido ocupándonos, relativamente al confeccionamiento, co- locación y raspado del estuco, como las que dicen rela- ción al lavado del mismo, son de facilísimo desempeño, y bastan, por lo tanto, un poco de estudio y de práctica para salir airoso de todas ellas. Pormedio de una esponja algo humedecida con agua procédese á limpiar el estuco que resulta sobrante, pa- sándola con esquisito cuidado por los bordes ó inmedia- ciones de los puntos estucados, y procurando que tenga el menos roce posible con la masa principal del estuco, para impedir que éste se rehunda, como acaecería inde- fectiblemente, si la humedad lo combatiese con alguna insistencia. La esponja, decimos, tiene que estar perfectamente bien esprimida, como que no debe causar otro efecto que atraer, á virtud de su humedecimiento, todas aque- llas partículas de yeso, que por superfluas merezcan ser desalojadas. Puede á la vez hacerse uso de ua trapo ó retazo do lienzo, con el cual no solo se limpia la humedad prove- nida de la esponja, si que también se arrollan y levan- tan los vestigios de estuco que ésta no hubiera aspi- rado. Cuan útil é importante sea desarraigar todo el yeso sobrante que pueda haberse esparcido por la superficie del cuadro, pruébanlo mas que suficientemente los fa- talísimos resultados que no una sola vez ha traído la inobservancia de esta regla, y el prurito de dar pronta cima á estos trabajos, cuya trascendencia no ha sabido apreciarse lo bastante. No habiendo las precauciones indispensables para que desaparezca totalmente el estueo colocado fuera del lugar que le corresponde, se concibe muy bien que lle- gue á ocultar determinados puntos, aun cuando sean pequeños, del original; y en semejante caso, no sola- mente se duplica el trabajo de la restauración, sino lo que es mas sensible aun , se incurre en el error á todas luces pernicioso de repintar sin necesidad esos mismos puntos; error tanto mas grave, cuanto que dá origen algunas veces á que perdida la huella del dibujo, que es el hilo conductor que ha de servir de guia, quede el res- taurador desorientado, é imposibilitado por consiguiente de acudir con el pincel alli donde sea real y verdadera la falta de original, ¿ indispensable la reposición. Preciso es, pues, si hemos de huir de eventos [ales, aprove- char siempre cuantas tintas el original conserve, y des- plegar eapecialísínio cuidado para que no cubra el estu- co ni aun la mas mínima parte del color, puesto qué por insignificante que esta sea, basta á indicar en oca- siones diversas la dirección del dibujo, y en muchas otras, especial mente en las plazas grandes, la calidad de las tintas que deben imitarse. Sirve de abono á nuestras anteriores advertencias esta otra observación. El estuco sobrante, no separado en tiempo opor- tuno , se esparce inmediatamente por la 'superficie (leí lienzo; é inoculándose en las grietas del color, produce una especie de enramado, que se cruza en distititas di- recciones, y se multiplica y se ostenta con grande fuer-* za, luego que llega á barnizarse el cuadro. Podrá su- ceder, ocurrido aquel caso, que á merced de un trabajo ímprobo logre atenuarse el mal efecto de la multitud de ramificaciones formadas por los restos del estuco; mas ittm cuando esto se consiga, nunca reconquistar* el cua- dro su pureza primitiva, ni sus fintas la apetecida bri- llantez, porque nunca tampoco, á despecho de todrts los esfuerzos del restaurador, desaparecerán por crini- pleto las multiplicadas líneas en el lienzo descritas, a causa de la consistencia que adquiere el estuco, luego que ha percibido el barniz. En vano se pretenderé ocul- tar esta falta por medio de los colores de la restaura- ción. Este recurso, único á que puede apelarse, es á su vez ineficaz y estéril, como que está reducido á encubrir con liiilas inútiles el original; y decimos inútiles, por- que no habría necesidad alguna de emplearlas, si se hubiesen respetado y conservado, como er;i justo, cuan- tos vestigios de color quedaban existentes. Para evitar estas desagradables consecuencias, ha de procurarse siempre hacer saltar todo el estuco so- brante, pasando y repasando la esponja , á fin de que absorva las partículas de yeso diseminadas por el origi- nal, y que le empañan, á manera de niebla; y hecho esto, puede ya entrarse de lleno en el procedimiento último, que es la imitación de los hilos del lienzo. Imitación de los liiloe del Han: Fácil de todo punto, no menos que fecunda en bue- nos resultados, es Ja imitación de los hilos del lienzo, siguiendo sus mismas direcciones marcadas en el color; y lo que prueba mas victoriosamente la excelencia de este procedimiento, es la casi absoluta imposibilidad de determinar los restauros de un cuadro, si por ventura estos han sido ejecutados con acierto. El mismo cuchillo que sirve para el raspado del es- tuco , suponiéndose que sea de punta roma, puede em- plearse para marcar en todos aqueflos puntos estucados la dirección de los hilos del lienzo, sin mas que obser- var atentamente los de la tela original; y para proceder con la exactitud debida, é impedir que el cuchillo im- prima en el yeso una huella demasiado profunda, se in- clina por su punta , que es la que en este caso funciona. apoyando suavemente los dedos de la mano izquierda, y deslizándolo de arriba abajo y de uno á otro costado del lienzo, según el rumbo que convenga lomar. Cuanto menos fuertemente sea impulsado el cuchillo, tanto es mayor la seguridad de un buen éxito; pues aunque á primera vista parezca que aquel no señala, descúbrense. no obstante, las líneas por el mismo trazadas, lan al momento como se barniza el cuadro. Las tablas y piedras, y aun aquellos cobres que á ello se prestan, cstúeanse de la misma manera y bajo las mismas reglas y condiciones establecidas para los lienzos; pero ha de cuidarse en unos y otros casos, y esto es muy esencial, de sacudir perfectamente con un plumero el polvo que hayan adquirido los cuadros antes de barnizarlos; precaución que debe ser ostensiva á los colores, á la paleta, á los pinceles, y en suma, á todos los útiles de la restauración, propensos por su naturale- za, á admitir todo linaje de materias estrañas. Por ofi- cioso que pueda parecer este aviso, no hemos querido pasarlo en silencio, persuadidos, como estamos, de que la curiosidad es una de las circunstancias mas atendi- bles y recomendables en todas las operaciones del res- taurador. X¥. r Itnrniznniii-nlo tic lo* cunilrns. ' Libre completamente el cuadro del polvo que con- tenga, luego de terminada la doble operación del estu- eamiento y del lavado, prooódese en seguida a barnizar- lo, usando para ello , según que sean sus dimensiones mas órnenos considerables, de una brocha achatada mas'A menos grande, de pelo de león. Se habrá de cui- darniuy particularmente de estender por igual el barniz, para que recibiendo el color el necesario jugo, aparez- can las tintas con toda claridad y limpieza, quedando asi despejado el camino que ha de conducir al término de la restauración. Tres son los privilegios de que goza el barniz , cada uno de. los cuales merece ser citado por su reconocida importancia. Hace en primer lugar que resalten perfec- tamente bien las tintas, presentándolas desde luego en toda su primitiva lucidez; deja además, el paso franco á las investigaciones del restaurador, revelándole de una manera segura los puntos que debe restaurar; y delata, finalmente, por decirlo asi, cualquier descuido que se haya padecido, descubriendo á las claras, en la hipóte- sis tic que exista, el apañamiento del cuadro, y ponien- do también de manifiesto aquellas parles pequeñas f¡ue durante la colocación del.estuco, y aun después de lavado y raspado este, hayan pasado desapercibidos, y sea indispensable ocultar, en gracia de una perfecta ni- velación. A este fin, y en la'imposibilidad de echar nue- vamente mano del estuco, por no admitirlo ya el cua- dro, una vez barnizado, se cubrirán los dichos puntos con un poco de cera, cstcndiendola y raspándola con el cuchillo común. Si á pesar de haberse operado con las necesarias pre- cauciones, sobreviene la apanacion, no queda otro par- üdo que hacer uso del algodón, humedecido con aguar- rás y alcohol, en la forma prescrita al tratar de la limpieza de los lienzos. Por este medio se destruye el apañamiento; y para estorbar su reaparición, se proce- de á barnizar acto continuo todas aquellas partes nue- vamente tocadas, alejándose asi todo peligro de que vuelva semejante obstáculo á embarazar la marcha de la restauración. El importante papel que en ella desempeña el bar- niz , muévenos á decir dos palabras sobre la manera de confeccionarlo. <:«iuposición del Imniiz de niraáclgn. Por su doble cualidad de secante y trasparente, se hace recomendable este barniz, y lleva ventajas inmen- sas á todos los demás descubiertos hasta ahora, con aplicación ú los cuadros pintados al óleo. Su elaboración está reducida á un sencillísimo procedimiento. Se pone en u n a botella de regular tamaño, por ejemplo, de cuartillo ( 1 ) , seis onzas'de goma almáciga; y llenán- dola después de aguarrás, se somete, bien tapada, á la acción del sol, de manera que pueda í s l e bañarla por completo. Antes de depositar en la botella la goma, conviene descartar de esta todas las partículas de distintas mate- (1) Esta medida puede servir de tipo, cuan Jo se quiera hacer mayor CEiDtidnd da barniz. rias que contenga, para que no queden otros posos que los que naturalmente debe producir, una vez diluida en el aguarrás; precaución tanto mas importante, si se atiende á que algunas veces vienen incorporados á la misma mas ó menos granos de goma grasilla, cuya sus- tancia , muy parecida á la de almáciga, debe separarse con gran cuidado, porque imprime al barniz un color amarillento y permanente, de muy mal resultado. La época mas oportuna para la confección del dicho barniz es la canicular, porque durante ella la fuerza de los rayos solares inlluye poderosamente en la disolución de la goma contenida en la botella, sin haber menester de otro auxiliar alguno. En el espacio de los cinco dias que por término medio se calculan bastantes para que la goma quede disuelta, es necesario moverla con frecuen- . cia por medio de una espátula, á fin de que, esparcida por iguales parles, y mezclada perfectamente e identi- " ficada con el aguarrás, se comuniquen una y otra recí- procamente sus distintas propiedades, y surjan de esta fusión los efectos apetecidos. Semejante método, tal como acabamos de presen- tarlo, es superior infinitamente al que se conoce con el nombre' de baño de Maña; pues sobre prestarse á ser ejecutado con mas facilidad y limpieza, tiene también en abono suyo la cualidad apreciable de dar al barniz una lucidez y trasparencia que en el otro caso no ad- quiere ; mas á las veces, bien por la premura del tiem- po, bien por ser ya pasada la estación del calor,.hay ne- cesidad de valerse de este otro medio, que consiste en la inmersión de la botella, con los mismos ingredientes, en una olla de agua hirviendo; no sin haberla antea tem- plado un tanto con el vaho que esta despida, para im- pedir que los grados de calórico del agua hagan estallar el vidrio, una Vez espüesto sin la dicha precaución á su activa influencia. Aun asi y todo, no deja do ser aventurada la opera- ción dé que tratamos, como que basta el mas leve des- cuido á ocasionar la rotura de la botella. Para llevarla, pues, á cabo, al abrigo de esta contingencia, es muy conveniente hacer construir un aparato de hoja de lata, compuesto de dos receptáculos; uno á manera de olla 6 cubo, con su aro de alambre, que ha de servir de con- tinente al-agua,-y otro bajo la forma de una botella, de cuello y embocadura anchos, la cual deberá estar pro*- * vista de una tapadera que cierre herméticamente. Sométense a la acción del fuego uno y otro al mis- mo tiempo, abastecido el primero de la cantidad de agua que sea necesaria para bañar hasta cerca de su ta- padera al segundo, y ocupado este último por el aguar- rás y la goma almáciga; y se mantienen en tal estado, hasta que rompiendo á hervir el agua, produzca la di- solución de la goma, para facilitar cuyo resultado, es oportuno removerla de- ve/, en cuando con la espátula; y ya bien diluida, se traslada el líquido, luego de posa- do, á un frasco ó botella de cristal ó vidrio, no olvidán- dose de eatracr del espresado receptáculo las heces que hayan'quedado, para que libre de ellas y perfectamente bien limpio, pueda volver á utilizarse, siempre que se estime de] caso. Cualquiera que sea el mOtodo elegido parn c.\ con- íccciwtamiculo del barniz, una vez terminada la opera- ción, y embotellado el liquido, conviene tenerlo sujeto sin intermisión á la influencia atmosférica en todas es- taciones, procurando que reciba alternativamente la impresión del calor del día y el relente y frigidez de la noche, porque asi se conserva puro y trasparente, y no adquiere ese tono amarillento y de malísimo genero que siempre ocasiona tan perniciosos efectos en toda espe- cie de cuadros. No en todas las restauraciones que ocurran debe usarse el barniz igualmente grueso ó condensado, por- que no todas se prestan á admitirlo con unas mismas condiciones. Conviene, por lo tanto, tener siempre1 pre- paradas dos ó tres clases de barniz, confeccionado del mismo modo, y con la única diferencia de que en las unas entre menos porción de goma que en las otras, para que adquieran distintos grados de espesor, y pue- dan ser aplicadas con éxito, atendidas las circunstan- cias particulares del cuadro que se trale de restaurar. Los resultados que el barniz grueso produce en un lienzo, no pueden asimilarse en manera alguna á los que causaría en igualdad de casos en una tabla ó en un co- bre ; porque siendo de suyo mas tersa la superficie de estas dos últimas materias, daríalas el barniz grueso un brillo exajerado que es de mal efecto, y que por lo mis- mo-no conviene que tengan. Hay también lienzos que por su delicado tejido ó por la trasparencia de fu color, presentan una superficie se- mejante á la de las tablas y metales, y entonces la aplicación del barniz espeso seria inconducente, como que tendría \¡or inmediato resultado (isa supera!mudan- cia de brillo que hemos condenado un momento hace. Queda, pues, establecido por punto general, que tanto para los dichos lienzos, cuanto para las tablas y para los cobres, está indicado el barniz claro, mientras que para los lienzos de estilo franco es mas abonado el barniz grueso. Si por efecto del mucho tiempo que haya permane- cido guardado el barniz llegara á espesarse demasiada- mente, podrá clarificarse do nuevo; y agregándole á este iin una corta porción de aguarrás, se depositará acto continuo en el receptáculo de hoja de lata, y se es- pondrá otra vez á la acción del luego, cual si se tratase de proceder á au confección. La marcha de nuestras espkcacioncs nos ha condu- cido como por la mano al punió culminante de la res- tauración , que es la imitación de las Untas; mas antes de entrar de lleno en esta cuestion^gravísima, permí- tansenos algunas advertencias acerca de los colores que en ella han de emplearse, y de los útiles á este mismo efecto necesarios. Ya en otra ocasión hemos inculcado, y recomendamos nuevamente atiora, la necesidad de que haya una limpieza estremada tanto á tiempo de mo- ler los colores, cuanto al usarlos después en la paleta, porque de esto depende muy inmediatamente su conser- vación, y el éxito feliz de las obras encomendadas al restaurador. De bien poco servirían sus afanes; de bien poco ó nada su estudio aaíduo, su perseverante solici- tud, si llegado el momento de funcionar con las tintas, viese marchitarse el I'rulo de sus desvelos, por no ha- bersefijadolo bastante en estas observaciones, dignas por su importancia, de ser tomadas en cuenta. , Los colores aplicables á la restauración son exacta- mente los mismos de que se hace uso para pintar al óleo, sjn otra diferencia que la de estar los primeros molidos eon el barniz de almáciga, en la forma que es de todos conocida, por cuya razón nos abstendremos de entrar en minuciosos detalles acerca de este punto. Ni descenderemos tampoco á enumerar las infinitas combi- naciones á que se prestan interpolados unos con otros los coloren, cuando se trata de producir tales ó cuales tintas, persuadidos, como lo estamos, de que los que empiecen á restaurar, se encontrarán provistos de ante- mano de estos indispensables conocimientos. Pero si bien nuestro examen no-abarcará esta materia en toda su vasta estension, no será acerca de ella tan absoluto nuestro silencio, que prescindamos de hacernos cargo de algunos colores, dignos de ser elegidos con prefe- rencia á otros de iguales ó semejantes efectos. El albayalde de plata que haya de empicarse asi en la primera como en la segunda imitación de las tintas, debe ser del mas superior, atendido su importante ob- jeto. El vcrmellon de la China es siempre el mas indica- do, y el que conviene usar, por la fuerza y lucidez de las tintas que produce. Las lacas, por el destino que se las d¡i generalmen- te, no admiten medianía en su clase. La hornaza es de indispensable uso y de aplicación útilísima en determinados casos, y por lo mismo debo tenerse constantemente en la paleta. Entre los ocres, el de Siena es .el único.que ha de procurarse que esté bien quemado, para conseguir mas brillantez de tono. Los negros, formados de los huesos de vaca-ó de cerdo, quo son los mejores; los de marfil y los que a este imitan en sus tintas, como por ejemplo, los de sar- miento, los de los huesos do melocotón y de albarico- que, se reducen á polvos después da quemados; pero ha do cuidarse mucho, especialmente cuando se haya hecho elección de los dos primeros, de no dar lugar ú que se produzca en su superficie una especie de' costra blanquecina, quea las vecessueie presentarse;.y en es-te' último caso, conviene hacerla desaparecer, por el mal efecto que causa cuando llega el momente de molerlos. La tierra de cassal, en combinación con el asfalto, os sobremanera recomendable, porque quita á. este su brillo y dulcifica la fuerza de sus tintas, sin arrebatarle empero su trasparencia; • ' Tanto la dicha tierra como el asfalto se emplean únicamente con muy pocas csccpciones en las veladu- ras. Este último, mezclado con las lacas y el azul mi- neral, se usa con muy buen éxito, cuando se trata de velar las tintas verdosas y carminadas; pero debe apli- carse con mucho pulso y solo en las ocasiones en que esté muy indicado, por la circunstancia de que siendo muy pronunciada la fuerza de sus tintas", pudieran os- curecerse en demasía las originales-, ocasionándose por cousiguiento, el desentono flel conjunto. El azul mineral debe usarse generalmente, menos en aquellas tintas que por su pureza requieran la apli- cación de otro mas delicado aun, que es el azul de Ul • tramar. Todos los referidos colores se colocan, luego de mo- lidos, en botes de hoja de lata de dos pulgadas de pro- fundidad y del diámetro de un peso fuerte, y se man- tienen cerrados constantemente, añadiéndoles como un dedo de aguarrás antes de taparlos, con el fin de que se conserven frescos y reblandecidos. Debe también cuidarse de renovar á moñudo el aguarrás, porque sin esta precaución llegaría á espesar- se demasiadamente con el transcurso del tiempo, y so. brevendria el légamo, que es de todo punto fatal para los colores. La paleta,.los pinceles, los cuchillos y demás útiles, son precisamente los mismos que se usan en los traba- jos al óleo, y por consecuencia, nada hay <|ue advertir sobre ellos, como no sea la conveniencia de limpiarlos escrupulosamente, asi al principio como á la conclusión de la tarea diurna, por medio del aguarrás, dispuesta al efecto en una taza. Debe asimismo conservarse otra, limpia siempre, con una porción de este mismo liquido, la cual está destinada esclusivamente á reblandecer to* dos los dias, y aun durante el trabajo, los colores exis- tentes en la paleta. Esta a su \ez ha de limpiarse con igual esmero, diariamente, levantándose con el cuchillo la parte gomosa que de los colores se desprenda. Operiu-ion do I tnpndn, ó primor» imUnvlon de 1 La mayor parte de los que á la restauración se de- dican, por vastos que sean sus conocimientos artísticos, se encuentran embarazados y perplejos al poner la plan- ta en este terreno, asi por las inmensas dificultades con que tropiezan por necesidad desde el momento en que pretenden fijar Ia9 nuevas tintas llamadas á sustituir las que en el original faltan, como por el escollo no menos temible que á sus ojos presenta el manejo de los colores que han de formarlas. De tal magnitud es para algunos este último obstá- culo, que de seguro concluirían por desalentarse, á no armarse de toda la perseverancia, de toda la fuerza de voluntad que es indispensable para acometer tamaña arriesgada empresa, y llevarla á cabo victoriosamente. Este inconveniente reconoce por causa legítima la mo- diticacion que reciben los colores molidos con el barniz de almáciga; á virtud" del cual oponen una resistencia obstinada,.y tienden á secarse con facilidad suma eh-la misma paleta, formando por do pronto* una masa com- pacta que entorpece visiblemente su uso. Para obviar semejante dificultad, en cuanto es posú ble, conviene humedecer muy á menudo por medio dc| pincel las tintas con eí aguarrás, que-al efecto habrá de tenerse preparada en un pequeño' receptáculo de hoja de lata,'dispuesto de. tal mañera, que pueda afianzarse cuando sea necesario,. á un estremo de la paleta. Por este medio, conservándose claros y flexibles los colores, se prestan menos indócilmente á ser manejados-, y per- • mitcn al pincel funcionar con mas desembarazo. ' Esa misma aspereza que adquieren"las tintas, debi- da, como ya queda dicho, al barniz de almáciga, de suyo tan secante, es causa á las veces de que sufran los pinceles un visible deterioro, que infaliblemente, so- breviene, si no se manejan con ciertas precauciones que no nos parece.inoportuno indicar. Consisten estas en in- clinarlos hacia un lado y en recostarlos, por decirlo asi, sobre los colores, á tiempo de recojcrlos do la paleta, consiguiéndose con esto no solamente, operar con facili- dad, sino también atenderá la conservación d,e los pin- celes ; pues entonces, lejos de abrirse por la punta, á lo cual va inmediatamente unida su inutilización, se .man- tienen én buen estado, no obstante un largo tiempo de ejercicio, y puede hacerse uso de ellos sin riesgo algu- no, aun tratándose do aquellos trabajos mas conoienzu- dos y delicados. Otra dificultad, gravísima por cicrlo, indicada al principio de este articulo, es el acto de fijar las nuevas . 'tintas, que es lo que llamamos primera imitación, la cual ostá reducida ¡i ocultar con los colores, dispuestos • de antemano convenientemente, todos los puntos estu- cados. No es en Verdad fácil conseguir una semejanza absoluta con las del original; mas ha de procurar, no obstante, el restaurador aproximarse á ellas en cuanto posible sea, procurando siempre formarlas con la mayor limpieza y trasparencia; en el concepto, de que dado 1 con acierto este primer paso, tiéneso ya una sólida ga- rantía de buen éxito para cuando llegue la ocasión tío segundar las tintas, ó lo que es una cosa misma, do proceder nuevamente á la imitación de las que conserva el cuadro. - . . . . . : -' -'Elegidas, pues, una ovarías, plazas grandes en igualdad de colorido, y confeccionadas las tintas con su- jeción á las cn.el original marcadas, se recojen con el cuchillo;' y cotejándolas previamente con las del modelo, para adquirir la certeza de su pareoido, comiénzase des- de luego á cstehderlas sobre el estuco-, dando la prefe- rencia alas mayores masas, y siguiendo después con las otras en progresión descendente, hasta recorrer uno por uno todos.los puntos estucados, por pequeños é.im- perceptibles que sean. • Lo mas importante, loque debe tonprse masen cuenta al acomclcr este trabajo, es la necesidad impres- cindible de respetar siempre el original, circunscribien- do la acción del pincel á solos aquellos lugares ocupados por el. estuco. Todas las precauciones que tienden á mantener encerradas dentro de sus justos límites las nuevas tintas son altamente recomendables, y no nos abstendríamos de encarecerlas, sin desviarnos del objeto preferente que al emprender nuestras tarcas nos liemos propuesto. Fuera absurdo y á todas luces ridiculo el que lejos de ceñirse el restaurador, como á su deber cum- ple, á remediar los desperfectos del cuadro, reponiendo con exactitud matemática las tintas perdidas, conspira- se abiertamente á consumar su ruina, invadiendo un terreno vedado , cual es aquel en que se conservan pu- ros y sin lesión alguna los toques primitivos. Debe también cuidarse de no usar en demasía del color, tomándose de ú\ lo suficiente no mas para ocultar el estuco; por cuyo medio se evita la aglomeración de tintas, y se consigue mas fácilmente dar ú estas la tras- parencia apetecida. La propiedad secante que como sabemos adquieren los colores molidos al barniz, permite que se repasen casi instantáneamente las tintas, ¡i medida que se van colocando; circunstancia muy útil páralos principian, tes, que sueiemiesanimarse, al ver que el estuco no acoje con docilidad las primeras tintas que en el se im- primen; pues por efecto de esa misma propensión de los colores á secarse brevemente, quédales el recurso de repetir los toques, hasta dejar perfectamente bien ta-' padas las partes cubiertas por el estuco. Concluida esta operación sé" pone á secar el cuadro, no sin las precauciones convenientes para que este ;i cubierto del polvo que puede con facilidad aspirar cuan- do acaba do ser tapado. Cuando por cualquiera circunstancia hayan recibido aumento las dimensiones primitivas de un cuadro, y sea, por lo mismo, indispensable, no solo imitar las tintas del original que queda y las de la parte de dibujo que faltó, sino también presentar otras, que sin perder su seme- janza con las existentes, llenen el vacio que necesaria- mente debe producir la parte de lienzo adicionada, lia de procurarse que las tintas que se fijen sean mas obs- curas que las que contiene el cuadro, con el objeto de que llegado el caso de la segunda imitación, se traspa- renten las dichas tintas al travos de las que nuevamente se impongan, y puedan figurarse de este modo, al tra- zar con el pincel los hilos del lienzo, los vestigios do broza que deben conservar los cuadros aun después de limpios, según dijimos cuando nos ocupamos de la lim- pieza. Transcurrido el plazo que se juzgue; necesario para que se hayan secado enteramente las tintas primitivas, se procede-á • barnizar todo el cuadro, usándose de las- brochas de que en otro lugar liemos hecho mérito; y con el objeto de que esta operación pueda llevarse- á cabo con, el esmero que de suyo exije, conviene tener preparado un receptáculo de hoja de lata, de forma cir- cular, y.de diámetro de cuatro pulgadas, el cual ha de estar atravesado en sentido contrario á su mango, tam- bicn de la misma especie, por un alambre grueso, á fin de que, tocando en el la brocha á tiempo de retirarla empapada en el barniz, quede descartada"de la porción que dé dicho líquido haya absorvido cscesivamcntc. El mencionado receptáculo deberá tener una hendidura en un (imito de sn borde que se crea mas conveniente, nar;i poder vaciar con facilidad en los frascos el barniz que re- sultq sobrante, concluida que sea la operación indicada. Este segundo barnizamicnto á que se someten los cuadros, suponiéndose que sea bien ejecutado, y que al- cance por igual ¿.todas Sus partes, sin recargar dema- siadamente su brillo, proporciona la ventaja de que apa* rezcan de una manera determinada y clara todas aquellas tintas que necesiten sor repasadas paro su completa en- tonación. '' ' • • . ir - Sin apartarse de las reglas establecidas efl el prece- dente artículo, y bajo las mismas condiciones en 61 pres-> eritas', se repasan todas las tintas de antemano fijadas para ocultar el estuco y tiernas puntos deteriorados: pero es preciso tener en cuenta que este procedimiento requiere un esquisito, tacto, á liri de" que las nuevas Un- tas igualen perfectamente á.las originales. ' Gomo en el discurso del trabajo han de irse rechu- pando por necesidad las tintas, conviene barnizarlas, transcurridos uno ó-mié días, con el objeto de que acla- radas nuevamente, revelen los grados de perfecciona- miento que se hayan alcanzado en la imitación, bien asi que los puntos, que, por escflsi.vam.cntc pequeños, hayan pasado desapercibidos, y deban ser retocados engra- cia Je la completa entonación del cuadro. Las tintas do que haya de hacerse uso en 1A segun- da imitación, deben ser sumameato• delgadas, lo cual se consigue, clarificándolas con el aguarrás á Menudo, por cuyo medio adquieren caá trasparencia que es requi- sito indispensable en toda restauración, si quinfa ofrezca ;í los i|ijf> t\ ella se dedican ilÜi •ult.idi-s serias. Una de las circunstancias mas esenciales para venir ú tan intere- sante objeto, ea no recargar de color los puntos deterio- rados , cualesquiera que ellos sean, porque la supera- bundancia de aquel produce a. no dudarlo, cierta pesado?, en el colorido, que importa mucho evjtar, como contra- ria al buen efecto. Si han de apartarse los principiantes de tan temido escollo, fuerza es que en la operación del tapado redoblen sus esfuerzos para hahituarsc al manejo de las Untas, no menos que para imitar con acierto las del original. A esto únicamente deben limitarse por do pronto sus aspiraciones, absteniéndose de lanzarse á. mas resbaladizo terreno, ó lo que es lo mismo, á la se- gunda imitación de tintas, hasta haberse familiarizado, por decirlo asi, con la primera. Sin este lujo deestudio y de precauciones, no se consigue otra cosa que acumular color sobre color, y Iras de esto empañar su brillo y lucidez, á resultas de la especie de niebla que necesariamente ha de formarse, y que no puede menos de subsistir, aun' después de bar. nizado el cuadro. Córrese también el riesgo de invadir con el pincel diversos parages que por ningún concepto deben tocarse, dando á los restauros una magnitud que en realidad no tienen; de todo lo cual es inmediata con- secuencia el repinte de las tintas originales, dignas siempre de ser respetadas, como ya en otra ocasión se nos ha ofrecido oportunidad de indicar. Hemos asentado un momento hace que las tintas aplicables á la segunda imitación deben ser muy claras, para que no pierdan su trasparencia, una vez fijas en cj lienzo. 83 Este principio fío es sin embargo, tan absoluto, que no admfita importantes escepciones. Cuando hay necesi- dad de cubrir plazas grandes, ocasionadas por el aumen- to dado al lienzo original, ó bien por las roturas y dete- rioros de consideración que este mismo «ontenga, en- tonces está indicado el uso del color espeso, como que solo á favor de esta condición se presta á surtir los de- seados efectos. Igual regla debe presidir, tratándose también de plazas pequeñas, con tal que las dimensio- nes de estas últimas permitan descender á la exacta imi- tación de los hilos del lienzo. En ocasiones tales, para que la segundácion de las tintas pueda llevarse á cabo con feliz éxito, hay un medio altamente recomendable, que nos parece oportuno esplicar. Formada la tinta, y cotejada con el original, se eli- e para aplicarla un pincel de Jas condiciones que luego diremos, el cual se .desliza suavemente sobre la parte estucada del lienzo, primeramente en dirección perpen- dicular, caminando siempre de arriba abajo, y en direc- ción horizontal después. La cantidad de color que en su doble acelerada marcha va sembrando el pincel, por la resistencia que de consuno le oponen la natural aspereza del lienzo y las huellas de color que dejó marcadas la imitación primera, produce dos resultados á cual mas . satisfactorios. A tiempo que las tintas primitivas reciben la entonación que por sí sola es impotente á prestarles la operación del tapado, quedan también perfectamente imitados los hilos del Henzo, que ya con el auxilio del cuchillo se figuraron antes de aliora en el estuco, y se- ñaladas las desigualdades de! tejido con una admirable naturalidad, debida singularmente áíesa misma soltura con que á merced de una' larga práctica describe el pin- cel su rápidn movimiento en las direcciones preináica- das. Una vez cubiertas las referidas plazas, se armoni- zan ¿ igualan eon la misma tinta, y con un pincel menos grueso, todos los punios que ncjcesil^n ser repasa- dos, gracias ú lo cual se oh tiene una entonación com- pleta. Sin necesidad de un grande esfuerzo , y con solo fi- jarse un tanto en la esplicacion precedente, pónese de realce la bondad del procedimiento de que acabamos de ocuparnos» y la inmensa superioridad de f|fi(; goza so- bro el «fue empican generalmente Ion restauradores, re- ducido ¡i trazar en Ios-puntos estucados mattituá do li- neas perpendiculares y horizontales, las cuales, por bien dirigidas que sean; por mas que se hagan con cs- quisito tatito, distan mucho de llenar el apetecido obje- to; pues tan a1 momento como se barniza el cuadro, - ofrecen los restaures al primer go'lpe de vista un artili- eioso enrejado ,*de harto mal genero y de peor efecto. Fuera de los casos yx mencionados, son de recono- cida utilidad las tintas claras, asi poique permiten al pineal .funcionar mas libremente, cuanto por la imposi- bilidad de valerse del anterior medio en ciertos puntos, tales, por ejemplo, corno los> producidos por los vesti- gios de las materias fecales de.los insectos, no desarrai- gadas del todo, á pesar de la limpieza, y otros varios, que por casi imperceptibles, no han admitido el estuco, y deben, en consecuencia, ser restaurados de distinta manera. Al efecto , se recorren uno por uno, apoyando sobre ellos HuavÍKiniamenlo la punta i\n un pincel del- gado, y cubriéndolo1* dé color con Jas oportunas pre- cauciones piira que un padezcan las tintas originales, como puede íácilinuntc acontecer, cuando los restawos ruqaen sobre puntos de eslonaion muy reducida, como sou las grietas, Inn comimos "á los1 lienzos, y para ré-. mediar las cuales basta introducir el pincel en las hen- diduras formadas pur Jas inÍBlnafe, medio ei más dicaz de que queden niveladas. -••• '• > ' •• Las tintas en cuya confección entra por mucho el albayaldc, deben usarse muy el nfic d i Ivo los ca- sos en que hayan de aplicarse á plazas considerables, pues que- entonces ha de predominar generalmente el color, espeso, según ya tenemos min Icslido Taunbicn deben ser muy d i n y npk isc con es- pecial cuidado las Jintas llamadas & imitar celages, des- nudos y paños, y muy principalmente estos újtimos si fuesen blancos, tratándose dp lo cuuks tu i ^obrada- • mente perjudicial todo lujo de color, como que habría de arrebatarles la trasparencia, que es su condición mas" precisa é indispensable. No concluiremos este iití u b sin t n e u uní ligera indicación acerca "de los p ñecle En todas aquellas plazas que por^u magnitud dejen vasto campó para operar Jos m s i ofom nd bles son los redondos y espesos 'llamados de meloncülo, y los compuestos de pelo de perro mastín, mas sueltos y sua- u;s quejes de pelo de león IHi la pl 7is 1 menores di n>innes creemos preferibles ] 01 su simulad, los de ardilla ó marta* ú bien los de meluncillo. con tal que sean pequeños y delgados, variando su tamaño y espe- sor en razón de las proporciones de los restauros. Para impedir que los bordes de un cuadro, ora esté pintado en lienzo, ora entabla, padezcan durante el trabajo, se colocará en su parte superior y en su cosja- , do derecho una vareta de madera un poco saliente, so- bre la cual pueda descansar el tiento, lográndose por este medio conservar intactas las tintas que de antema- no hayan sido colocadas. .QÍISBLO X£. Dase este nombre á las tintas formadas con el asfal- to en combinación con la tierra de cassel, las lacas, el azul mineral y el vermellon en determinados casos. Dichas tintas, batidas con eLbarniz de almáciga, y ad- vertiremos de paso que deben tener muy poco cuerjio, s,e usan con dos diferentes fines. Es el primero avivar el tono del colorido, cuando á pesar de haberse desempe- ñado bien la restauración, resulta opaco y de escasa trasparencia; y el segundo f armoniiar el conjunto del cuadro, especialmente aquellos puntos obscuros que ha- yan quedado desiguales. Esta operación, como cuantas se rozan con los trabajos de que venimos ocupándonos, demanda no poco esmero y prudencia. Aplicadas las ve- laduras fuera de las ocasiones en que está indicado su uso, producirían resultados diametralmente opuestos á los que se propone conseguir el restaurador. Nada , por ejemplo, mas fácil, sirviéndose de ellas cuando el cua- dro subsiste aun fresco, que deshacer la restauración, y arrollar las tintas colocadas, envolviendo en lamentable desorden las unas con las otras, al deslizar la brocha por la supcríicje del lienzo; y si por otra parte Jas vela- duras se recargan t aumentártelo su espesor, la conse- cuencia mas inmediata es desvirtuar la trasparencia del colorido,' anublarlo y confundir!®, cual si se hubiese dado una tinta general á los puntos tocados, lo qiic equivale á hacer infecundos todos los esfuerzos puestos en juego para fijar acertadamente los colores destinados á sustituir los que faltaban en el original. Son, * aparte esto, las veladuras de necesidad abso- luta en ciertos Lugares. Admítenlas, como complemento de su entonación, las grandes masas de oscuro, destaca- das del fondo do los.cuadros, las tintas azuladas y car- minadas de loe paños, y en general lodos, los accesorios con aquellas formados; las verdosos y lonos fuertes de los árboles, terrazos de primor termino, peñascos etc.'; mas no conviene de manera alguna aplicarlas á las tintas C\B? ras, y menos aán'á las carnes, las cuales bajo ningún concepto 'dobon tocarse por el indicado medio, siendo .lí- cito únicamente al íestaurador, en gracia de la armoaía del conjunto, repasarlas, no sin gran delicadeza, coa tin- tas iguales á las*de que hubo de servirse parala segunda imitación, usando del color en la forma misma que he- mos establecido en el anterior, artículo, al ocuparnos de los miídios mas seguros de imitar con exactitud los hilos del lienzo, y empleando á dicho fin pinceles delgados de melonciilo y ardilla, un tanto ¡inhalados y de punta redonda, con la sola diferencia de -que en vez de hacerlo funcionar de arriba abajo y de tra/.ar con ellos:. lincas perpendiculares y horizontales, según dijimos, ha de li- mitare en el presente caso á describir semicírculos, si- guiendo la dirección del color quo para espresar la mor- bidez de las carnes se aplica generalmente. También los paños y celajes de tonos claros admiten para su general entonación un procedimiento idéntico al que acabamos de apuntar, variando únicamente la manera de dirigirse el pincel, rnie entonces habrá de ser precisamente' la misma que esta indicada para la imitación dé los hitos del lienzo. Concluida la restauración de un cuadro, y transcur- • ridos los días necesarios para que puedan quedar asen- tadas y secas las tintas sobrepuestas, llega el momento oportuno de formar con el asfalto y los demás colores respectivos las que han de servir para velar todos los puntos susceptibles de esta, importante mejora. Elijitin- dose, al efecto» un pincel grueso de pelo de león, pero bastantemente suelto, ranse tomando con el cuchillo de la palela los necesarios colores clarificados perfecta- mente a favor del barniz de almáciga, único liquido que habrá de emplearse; y después de batidos, y de forma- da la tinta que se quiera producir, se comienza á espar- cirlos, restregando ol pincel suave y ligeramente por la superficie, de aquella parte del lienzo llamada i ser obje- to de la veladura, y no dando otros toques que los ab- solutamente precisos para enlazarla y unirla, habida consideración ¡i la propiedad secante del barniz, y á la perniciosa intlucncia que sin las dichas precauciones pu- diera ejercer sobre el color. Gomo quiera que el uso escesivo del asfalto redunde en perjuicio visible de los cuadros, trocando su tono trasparente y carminoso por otro oscuro subido, ha de procurarse aplicarlo en cantidades pequeñas, y muy delgado siempre, para'huir de los desfavorables resul- tados que en contrario caso surgirían"; siendo' á la vez harto conveniente, á tiempo de confeccionar la veladu- ra en que debaíigurar como parte integrante, agregarle una porción corla de tierra de cassel, la cual, identifi- cándose con 61, y sin usurpar á su colorido sus esencia- les cualidades, apaga con todo un tanto el brillo exagerado que le es peculiar, y que descollaría inevita- blemente , á no echar mano de este modificador prove- choso. Espuestas, á nuestro juicio, cuantas observaciones conduce tener presentes en el momento de velar las Un. tas de un cuadro; réstanos inculcar de nuevo la necesi. dad de desplegar en el uso de las tintas uua limpieza ri- gorosísima, cuidándose muyparticularmente, siempre que de veladuras ee trate, de no mezclar unas con otras las tintas á este objeto destinadas > absteniéndose de pa- sar á una segunda veladura hasta dejar concluida la primera, y limpiando por último , la paleta tantas cuan- tas sean las veces que haya de repetirse la operación enunciada. AOTICULO > barniza miento. Asi como no es lícito dar ningún dia principio á las tareas artísticas sin despojar previamente el cuadro del polvo que haya adquirido, asi tampoco debe prescindir - se de este preliminar importante, tratándose de proce- der á su barnizamiento. Los líquidos para su restauración empleados, y la , goma de que está compuesto el barniz pueden fácil- mente atraer sobre él lienzo toda especie de materias volátiles, si para ponerlo á cubierto de esta contingen- cia , no se toman grandes precauciones, una de las cua- les, yes acaso la mas eficaz', consiste en colocarlo, apenas haya sido velado, dando frente á la pared, para que esta le sirva de resguardo durante el tiempo que tarden en secarse las veladuras. Las brochas que en el presente caso pueden usarse indistintamente, son las achatadas, con tal que su lamaño sen una mitad del de las empicadas para el primer barnizamiento, ó liicn las redondas, ambas de pelo de león, repasándose al cfeelo con cualquiera de ellas, ora el cuadro en general, ora las diversas fracciones de él que aparezcan rechupadas, hasta unirla'a ó identificarlas con todaá las otras en que no concurra esta circunstancia." Para que el barniz no llegue ¿.levantar el color; para que tampoco imprima al lienzo un brillo inconveniente, es en gran manera qportuno, primero : ño deslizar la brocha por un mismo paraje repetidas veces, ni menos impulsar con demasiada fuerza su movimiento : segun- do , no recargarla de barniz , procurando, si, estender- lo con la mayer igualdad poít-ble , sin perder de vista la necesidad que en ocasiones como la presente hay de usarlo en ua término medio de densidad ó espesura;, ne- cesidad imperiosa en tanto mas alto grado, si $e CÜÜM- dera que la porción da dicho» liquido íftie al arribar á pste último punto de la restauración contienen ya en •silos cjadros, por consecuencia de las variadas operaciones de que han vonido siendo objeto, influye enérgicamente eü el brillo egceaivo que con no poca frecuencia! se ma-1 nifiesta en olios; y es cosa fuera dé duda que cooperaría á aumentarlo de un modo visible la iatervemsimi de uo barniz mas espeso en los momentos á que Vamos refi- riáotlonos. i r Si en el primer día no quedase el barniz cstundido por iguales partes, se aplazará para el inmediato la exacta uniformidad de todos aquellos puntos qtic deman- den tal requisito; en el concepto de que el acertado os- partimiento ilc aquel liquido, y su escaso mas bien qnn abundoso brillo, son dos condiciones sumamente favora- bles á tpdo cuadro restaurado, y tan necesarias, que á falta de una ú otra ofrecería éste un golpe de vista in- grato al observador entendido. Al coloóar el cuadro en su respectivo marco es muy posible que padezca algún deterioro, y que las cuñas del bastidor se desprendan, por resultas del roce á que en el .transcurso de dicha operación queda naturalmente espucsto. Para prevenir estos males si; afianzarán las referi- das cuñas por medio de punías du París, remacJiAndo- las á la'madera de las primeras, y se rodean á la vez los bordes del cuadro de cuatro varillas de pino, salien- tes unas tres ó cuatro lincas, y sujetas á él con clavos de la misma especie. -i' - i Apenas concluido el baroizaniiento se eiiidarú-d*< 'lavar con aguarrás fas brochas deque se híiya hecho uso , á fin de descartarlas do la parto gomosa del bar- niz , y de evitar su deterioro, consecuencia inevitable que sobrevendría, si se dejasen secar sin esta precau* cion importante. Consigúese también por dicho medio estorbar que se desprendan y adhieran á los cuadren fracciones del pelo de que están compuestas, llegado el caso de operar con ellas nuevamente. Jffi'ÍHS'JlS IUI- ?8laurnelon de labias, cobro» y piedras. Las mismas reglas que hasta aquí hemos estableci- do, ocupándonos de la restauración de los lienzos en to- das sus diversas ramificaciones, son aplicables igual- mente á la.de las tablas, cobres y piedras, sin-otra dife- rencia esencial que lá de usarse los colores algo mas lí- quidos 6 claros que los empleados para los primeros, atendidas la trasparencia, delicadeza y tenuidad do las tintas que contienen generalmente las obras ejecutadas en las dichas materias, y que son como su distintivo mas especial y característico. Lo terso y plano de la su- perficie de estas mismas es otra de'las circunstancias que hay que tomar en cuenta, porque supone la necesi- dad de servirse, cuando la marcha de las operaciones lo requiera, de un barniz muy delgado, y la conveniencia también de aplicarlo en cantidades cortísimas, sin lo cual aparecería en último resultado ese brillo sobrenatu- ral que no ha mucho condenamos, y que si es lesivo a' buen efecto de los.lienzos restaurados, lo es no menos al de las tablas, las piedras y los cobres, por las razones que dejamos apuntadas. Las tablas, propensas á doblegarse á las influencias atmosféricas, h'állanse muchas veces por este y otros móviles viciadas, y hay precisión absoluta de embarro- tarlas, y asentar después el color levantado, para resti- tuirlas á su prístino estado. Redúcese el embarrotamien- to á sujetarlas, después de adelgazadas, con varios lis- tones gruesos de pino perfectamente seco, colocados perpendicularmcnte los unos, y en linea horizontal lus otros, de tal manera que vengan ¡i formar un enrejado. Los primeros deben asegurarse con.cola común, y contener cada uno de ellos una muesca ó mortaja, en la cual encajen los segundos, que habrán de quedar suel- tos, y afianzados úiiicamentc por sus estremos con la dicha pasta. Adheridos asi los unos á los otros y obrando de con- suno sobre la tabla, conserva esta su posición recta, y adquiere una consistencia que Id pone al abrigo de todo nuevo evento de este género. Las tablas también, á semejanza de los lienzos, exi- jen como estos la -colocación de cuatro listones de ma- dera en sus bordes, con iguales condiciones que losdes- tinados á los primeros, para que it tiempo de acomodar- las en los marcos no sufran lesión alguna los colores. Los cobres se sujetarán por medio de puntas muy pequeñas de Paris, circundando de trecho en trecho con las mismas cabezas de estas los eslrcmos de aquellos. A dicho fin, se tendrá dispuesto un bastidor sin cuñas, con un travesano ó montante en su centro,' si las dimensio. nes del cobre oxijiesen este requisito,'y se aumentará por igual en caso necesario su tamaño, para que quede espacio suficiente donde poder colocar los referidos clavos. Las piedras, fáciles de quebrarse al mas leve des- cuido , habrán de empotrarse en una especie de cajón de madera, asegurando previamente un marmolista Jos tro- zos desunidos, si por ventura ocurriese este último caso. Recomendamos por último á cuantos quieran dedi; carse á estas delicadas tarcas, que sf¡ abstengan abso- lutamente de restaurar cuadros de reconocido mi-rito, hasta que á morced de continuados ejercicios hayan ve- nido A familiarizarse con todos y cada uno de los proce- dimientos enumerados en este mal pergeñado bosquejo que con menos confianza que buen deseo les ofrecemos. Mientras tanto, aconsejárnosles que elijan por .teatro de sus ensayos y de sus estudios preparatorios esas mil adulteradas copias que por desgracia existen en mas abundancia de la que en bien del arte apeteciéramos, y cuyo valor escasísimo, ó mejor dicho, negativo, háce- las dignas, mas que de ser conservadas, de servir de clínica, si nos es permitido espresarnos asi, á los nove- les restauradores. UffDICB. INTRODUCCIÓN 7 ARTICULO I.—Limpieza de los lienzos por medio d d agua *. . 1» " ART. II.—Medio de hacer desaparecer el bar- niz de los cuadros 21 ART. III.—Limpieza de los lienzos por medio del alcohol en combinación con el aguar- rás 2"> ART. IV.—Limpieza de los lienzos restau- rados por medio de colores molidos con aceite: 2Í> AHT. V.—Limpieza de los Irenzostjue sin es- • tar restaurados haya sido* barrido su color al limpiarlos de antemano por el mal de- sempeño de esta operación 33 ART. VI. —Limpieza de los lienzos por medio de colores molidos al barniz hechos con el aguarrás 5(1 AHT. VII.—Limpieza de los lienzos por me- dio de la ceniza común 38 ART. VIH.—Limpieza de los lienzos por me- •dio de la lejía de jaboneros • 42 AHT. IX.—Limpieza de las tablas, cobres y piedras. . . - . . . : . . . " 44 AHT. X.—Composición del estuco y modo de usarlo 47 AHT. XI.—Colocación del estuco. . . . . . . 52 AHT. XII.—Raspado del estuco 55 AHT. XIII.—Lavado del estuco 58 ART. XIV.—Imitación de los hilos del lienzo en el estuc» . . : , (iá ART. XV.—Primer baruizamicnto de los cua- dros <¡4 ART. XVI.—Composición del barniz de al- máciga (i(¡ ART. XVII.—Observaciones generales relati- vas á la restauración 7i ART. XVIII.—Operación del lapada ó sea imitación di; las tintas 75 ART. XIX.—Segunda imitación de las tintas. 80 ART. XX.—Veladuras 87 ART. XXI.—Ultimo baroizamicnto 9i ART. XXII.—Restauración de tablas, cobres y piedras. . » . í(4 XIV. 15 y 4G miscion mistión. 411 23 sujetándolo. sujetándola. f.5 í) desapercibidos. desapercibidas 73 17 de cassal. de cassel 77 30 tienden tiendan Biblioteca d"Históna de l'Art • o-, C 4J I iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii 1200088789 - V K. I] 5"O