EL TRAJE CONSIDERACIÓN ARQUEOLÓGICA MEMORIA IF.Il>\ > s 1 v SI S I O N liK [ \ ACADEMIA DE HIENAS « T Í A S N liUíl.i.l.HW J. M A N J A R R E S . BARCELONA. LIBRERÍA l)K JOAgl IN \EIU«A< BAMBIA . r i E M E AL i u Reserva ". SEÑORES: Si la Historia es algo mas que la simple relación de los hechos ruidosos que han transformado de mil mane- ras la faz de los pueblos, sea permitido entrar en aquellos detalles, que por insignificantes que parezcan , guardan íntima relación con el desarrollo del espíritu humano, que es la base de la verdadera Historia. No creo Señores, que se considere indigno de la gra- vedad y formalidad académicas hablar en este sitio del traje, sobre el cual parece á primera vista, que solo puede fijar la atención el capricho, y ese sentimiento afeminado que induce á buscar todos los medios de hacerse agrada- ble , á lo cual están hasta cierto punto obligadas las mujeres dentro de los límites de la moral. Y de tal modo lo creo así, que no dudo un momento en adoptar en su sentido propio las palabras irónicas de unfilósofomoder- no, por otra parte muy respetable: "Si los hombres (dice) „ no tienen derecho de hablar de las modas relativas al ..traje y á su corte, recamos y demás detalles de tocador ; „ la ciencia arqueológica les ofrece un buen pretesto para „tratar de estas frivolidades, como cosas de suma im- „ portancia; y detenerse estensamente en ello mas de lo „ que pueden las mismas mujeres permitirse , apesar de „hallarse sobre el particular en su elemento.,, Hé aquí por qué no debe calificarse de insignificante el tema de este razonamiento , por mas que á primera vista parezca trivial, y hasta indiferente para un objeto de tanta magnitud, y tan grave y tan formal como es la Historia. El tema con que tengo la honra de ocupar la atención de la Academia no es trivial, ni indiferente para esta ciencia ; y si no es una causa de los hechos que forman el esqueleto , por decirlo así, de este ramo de conoci- mientos , es una de las consecuencias mas legítimas y aun precisas de estos hechos ; constituyendo una parte , y no de las mas insignificantes, de la historia económica de los pueblos : historia tan importante cuanto difícil de metodizar y de completar. La Historia como narración y apreciación de los hechos referentes á la constitución política de un pais, es para el común de los hombres, nada mas que un estudio de mera erudición, cuando no de mera curiosidad ó entreteni- miento. Pero aun estos mismos hechos suelen desfigu-r rarse por oausas difíciles de conjurar. Estas causas son ; el fanatismo y las pasiones dominantes en las distintas épocas en que tales hechos se escriben : ó el amor pro- pio de las naciones en que el género humano se halla dividido : amor propio que , en ciertos casos, bien pu- ;s ) diera traducirse por espíritu de partido. El fanatismo ha engendrado consejas que la tradición ha sancionado ; y muchas de ellas han tenido que respetarse : la pasión ha atacado reputaciones por otra parte bien sentadas, y ha levantado otras bien poco merecidas; y en la contradic- ción en que se hallan unos testimonios con otros, se ha hecho difícil el esclarecimiento de la verdad. El na- cionalismo ha modelado figuras de dimensiones colosales: figuras que la imaginación puede concebir , pero que el criterio tiene derecho á censurar : ídolos, que no pueden sin embargo destruirse, por no destruir los elementos fundamentales del espíritu de nacionalidad , que tanto puede utilizarse para estimular á los pueblos á engrande- cerse y adelantar en el camino de la civilización. En nuestros tiempos una nueva calamidad ha venido á aumentar el número de estos elementos de adulteración de la Historia ; tal es : el prurito de escribir sin concien- cia , y entretener el frivolo sentimentalismo de la época con ciertas producciones literarias, bajo los nombres de Romance y Drama históricos : producciones que solo pue- den considerarse como abortos de imaginaciones enfer- mas. Y si bien los tipos históricos no sufren alteración alguna , por que un poetastro ramplón y adocenado pre- tenda , profanándolos, tomarlos por objeto de su obra , pues el inteligente que la examina no deja de apreciar las cosas en su justo valor ; sin embargo, el común de las gentes que leen por puro entretenimiento ó asisten á los espectáculos escénicos por mero pasatiempo , no pueden conocer la Historia en toda su verdad ; hallándose mas in- clinadas á crer las patrañas de efecto maravilloso . que r esta verdad incontrovertible , que tendrán por árida, pro- saica y poco lisongera. Para conjurar todos estos inconvenientes la Historia no se ciñe á la mera narración, ni á la apreciación de he- chos , sino que prescinde á veces de los hombres en su individualidad, y fijándose en la humanidad entera, examina todos los elementos de civilización que han po- dido contribuir al desarrollo del espíritu humano; y con- siderándolos en detalle ya como causas ya como efectos, á todos da cabida dentro de su jurisdicción á fin de obte- ner eñ el mayor número de datos, mayor número de com- probantes de un mismo resultado. Los elementos de civilización, como es sabido, tienen relación con las razas pobladoras é invasoras, las relacio- nes comerciales, las producciones agrícolas, artísticas, literarias y fabriles : elementos consignados en los monu- mentos diplomáticos y artísticos de las edades pasadas , y en las costumbres actuales; en aquellos para juzgar lo que es por lo que ha 'sido, en estas para verificar lo que ha sido por lo que es. Entre los elementos consignados en las obras de arte se halla el traje, el cual es un dato notable para conocer el estado de las costumbres, tanto cuanto puedan serlo los monumentos arquitectónicos y los literarios. Desgraciadamente nunca quedan del traje suficientes restos que poder apreciar; los materiales de que suele com- ponerse están demasiado sujetos á deterioro , para que se conserven partes siquiera de los vestidos que usaron los hombres de las pasadas edades , aun de las menos remo- tas ; y solo los monumentos de escultura y de pintura í •, pueden darnos una idea de los distintos trajes que se han usado en las varias épocas de la historia. He dicho que los monumentos de escultura y de pintura no pueden dar mas que una idea de los trajes de las pa- sadas edades ; y en efecto es así, pues por su examen no puede adquirirse conocimiento alguno respecto del ma- terial , textura y aun del corte del vestido muchas veces. He dicho también que el traje, lo mismo que los monu- mentos arquitectónicos, marca el estado de las costum- bres. Esto podria dar á entender que el traje pertenece á , otra clase distinta de monumentos. En manera alguna : la naturaleza de un edificio y la del traje son análogas : la diferencia solo está en los materiales empleados en cada uno de tales monumentos , si hemos de seguir los verdaderos principios que han de regir en este punto. El traje es al hombre en acción lo que el edificio es al hom- bre estacionado; el traje sirve á las necesidades de abrigo y defensa lo mismo que el edificio; el traje por consiguien- te es un monumento arquitectónico perteneciente á la clase de los suntuarios; mereciendo ser colocado al frente de esta categoria , como el mas digno y que mejor puede repre- sentar la vida , el movimiento , la acción del ser á cuyo abrigo y defensa atiende. Como monumento arquitectó- nico es de los mas importantes en Arqueologia. Bajo estas consideraciones, el traje es un dato arqueoló- gico digno de particular estudio, tanto por prestar á las Bellas Artes medios de caracterización é inteligibilidad, como por marcar en su desarrollo las ideas dominantes en las distintas épocas respecto de las creencias, preocupa- ciones, artes é industria. £« ) El traje con que el hombre, por el sentimiento natural del pudor, ha cubierto su cuerpo, y por una necesidad de la civilización y buen orden social, ha engalanado sus for- mas , es un asunto mas vasto de lo que comunmente se cree. Y comunmente se cree así, porque nunca se ha tra- tado cual corresponde , ya por falta de datos suficientes,, ya por ser demasiado reciente la época en que se ha con- siderado necesario su estudio para conocer los usos y cos- tumbres de los pueblos , que es tino de los ramos que de- be comprender la Historia. Por otra parte la historia del traje ¿no comprende la historia del comercio de un pais , . cuando no el de las producciones de su industria"? ¿ Quién al mirar el monumento mas antiguo que existir puede del traje de los egipcios, de los hebreos , de los griegos y de los romanos , de cualquier otro pueblo de la antigüedad enfin , no querrá desde luego conocer la materia de que fue elaborado, como fue elaborado , y cual fue su corte, para deducir de ello consecuencias muy relacionadas con la industria y con la misma organización social ? ¿ Quién al estudiar las guerras de aquellos pueblos no tendrá en consideración las armas que usaban ya ofensivas ya de- fensivas , para poder apreciar el valor personal de aquellos hombres , la pericia de sus gefes, la gloria de las vic- torias , la mayor ó menor ferocidad de aquellos caudillos? El criterio de verdad de la Historia no debe contentarse con la escasez de datos con que suele contar. El detalle mas pequeño es necesario , es indispensable , no debe desatenderse , por inútil que parezca , para calificar , para apreciar ó depreciar la importancia y fama de los hom- bres , de los hechos y de las cosas. 7) Hé aquí por qué aun cuando no mereciese el traje la consideración arqueológica que merece , debiera ser estu- diado como uno de los elementos necesarios para adjetivar con justicia dentro del círculo de la Historia : de adjetivar digo, que es lo mas difícil de verificar en este ramo, por la influencia que en ello pueden ejercer las propias preocupa- ciones , y la bien ó mal fundada opinión que hayamos for- mado de los datos que se nos hubieren proporcionado. El traje además merece, particular estudio , porque es una de las conveniencias históricas que las artes figura- tivas deben observar, si no con toda la exactitud y pre- cisión del arqueólogo, á lo menos con todo el aspecto característico del arte. Sin la observancia de este prin- cipio es sabido que les faltará á las producciones de las Bellas Artes una de las circunstancias de inteligibilidad tan necesarias para que puedan, digámoslo así, leerse por todos, así por los entendidos como por el común de las gentes. Porque la obra dé arte que no puede leerse sin em- barazo alguno, no puede responder á uno de los efectos morales á que el arte debe aspirar, puesto que carece de claridad. Y no se objete que el común de las gentes no tie- ne obligación de poseer conocimientos arqueológicos, para que hayan de usarse con él semejantes medios de comu- nicarle las ideas; porque ni el público se halla en el dia tan ignorante de los usos y costumbres de otras edades , que pueda desconocer, cuando menos, el carácter gene- ral de las épocas , ni por que lo ignore, debe prescindirse de tales medios, cuando empleándolos , se pueden por lo menos instruir y cultivar los entendimientos. Prescindo aquí Señores de una cuestión que podría * ) suscitarse, á saber: hasta que punto debe el artista ser escrupuloso en la observancia de esta clase de convenien- cias históricas; porque no es de este lugar , ni aprovecha- ría para el asunto. Baste decir, que aunque respecto del traje, la fidelidad histórica no se estienda á mas de una simple generalidad sin descender á detalles minuciosos, se habrá llenado la condición del arte. Pero no ss crea por esto que ciñéndose el arte á esta generalidad, no res- ponda á la necesidad arqueológica para lo sucesivo ; por- que aunque una obra artística cuyo asunto sea tomado de la historia contemporánea se observen estos principios, si no queda á la posteridad un dato arqueológico deta- llado , quedará el carácter general, suficiente en algunos casos para hacerlas debidas apreciaciones. Porque es pre- ciso tener en cuenta, que una cosa es la representación artística, y otra la exigencia arqueológica: aquella no debe dar al lado exterior una importancia que podría hasta cierto punto rebajar la de la idea fundamental de toda obra artística : esta debe descender hasta el menor detalle para atender á los casos en que el Arte , la Cien- cia y la Historia acudan á ella para buscar comproban- tes de sus representaciones, de sus asertos y de sus ca- lificaciones. Esta cuestión exige la necesidad de manifestar: que res- pecto del traje, no los detalles minuciosos sino el ca- rácter general es lo que basta para imprimir el sello de las distintas épocas á las obras de arte. Por muchas que sean, por ejemplo, las modificaciones que la túnica haya sufrido desde el exomis del esclavo griego hasta la chaqueta de nuestros obreros, no podrá I : a) desconocerse que su holgura natural distingue las épo- cas antiguas de Grecia y Roma; la mezquindad de la dalmática, la edad media; la raquitiquez del jubón y del justillo, la época del Renacimiento; el corte mecá- nico de la casaca francesa y el casacon faustoso , el si- glo XVIII; y por último, que lo ridículo del frac, cual- quiera que sea su corte , caracteriza nuestra época. Con- siderando también en la categoria del traje todo adorno de la persona, aunque no sea ninguna prenda del ves- tuario, p. e. el peinado y el afeite; siempre hallaremos caracterizado el romano de la República, por la cabellera larga y la barba al natural; al romano imperial de la pri- mera época, por el cabello encrespado y rapada la barba ; al caballero de la edad media, por la barba ál natural y el pelo largo sin partirse en crenchas , y sin otro corte que el necesario para descubrir el rostro, como se usa todavia en algunas comarcas de la ribera del Ebro; á la activa ge- neración de la época del Renacimiento, por el pelo rapado y la barba crecida ; al enfático noble del siglo XVII por el bigote y la perilla , la cabellera larga y el alto copete ; al del siglo XVIII, por la peluca de bucles y la coleta; la generación del siglo XIX, por el pelo rapado y las pa- tillas. Prescindamos aquí de las innovaciones, acciden- tales unas, poco pronunciadas otras, que siempre han ido introduciéndose en el afeite , porque no puede decirse que hayan formado carácter: y debe considerarse asi respecto de nuestra época sobre todo , porque para constituirlo , se- ria preciso que cesase la veleidad de los gustos. Sea dicho de paso : en el estado vacilante de las creencias, de las instituciones, como de estos gustos ; en una época en que ( li» no tenemos nada lijo y estable , y en que los sucesos se atrepellan unos á otros con tal rapidez que ni lugar de- jan , no digo por examinarlos, pero ni siquiera para fijar la menor atención en ellos ; el carácter del traje también vacila : por mejor decir, no hay carácter en -el traje. Sin embargo parece que los goces físicos, el deseo de figurar, mas que los goces morales y la vida modesta sin afán, adquieren su preponderancia; y el traje tiende á tomar un carácter de mero aparato , todo bambolla y todo apa- riencia. Mucho pues importará la fidelidad histórica del traje, aunque solo sea en su carácter general, para la inteligibili- dad de toda obra artística; al paso que el arte bajo el pun- to de vista de la utilidad moral que puede ofrecer, mere- cerá el ausilio de la ciencia arqueológica, como le merece de la Filosofía; no siendo menos importantes los servicios que le prestará la u n a , que los que le pi*estará la otra. Dejemos ya este punto, y pasemos á manifestar la impor- tancia del traje en la consideración de monumento arqueo- lógico por marcar en su desarrollo las ideas dominantes en las distintas épocas. Que el traje ha tenido un desarrollo especial , como le han tenido todas las artes y todos los demás conocimien- tos humanos, nadie podrá ponerlo en duda. Los mismos ejemplos que acabo de citar lo atestiguan. E l ' j u b ó n , p. e. del siglo XVI alargó sus haldetas hasta la rodilla, constituyendo la casaca francesa, que se introdujo en Espa- ña en la época de Carlos II de quien existen retratos con es- te traje , como existen algunos de Felipe Y, su inmediato (11. sucesor, con jubón de haldeta corta, golilla y ferre- ruelo. La casaca francesa constituyó desde luego una prenda del uniforme de los ejércitos; y el soldado, siguien- do la condición de todo hombre previsor, buscó en el ejer- cicio de su tarea la mayor facilidad de ejecución; y en sus continuas marchas y contramarchas y campañas, procuró librarse de la incomodidad de tan largos fal- dones ; y doblando los dos estremos inferiores de ellos , en la parte posterior, los prendió en un mismo botón central. De este modo quedaron constituidas las vueltas, que todavía se figuran en las casacas de uniforme de nuestra edad. Tan insignificante modificación , vino á constituir los casacones del siglo XVIII, los fraques de gran faldón de la época de la república francesa , y por último nuestros fraques actuales, tan incongruentes , como es poco razonado, el que se consideren mas cere- moniosos que la levita, que al cabo no es mas que la casaca francesa en su primitiva y natural forma , y sin la modificación que la comodidad hizo adoptar al soldado á fines del siglo XVII. La cobertura de la cabeza de los hombres ha tenido igualmente su desarrollo especial. En efecto , desde la causia y el petaso griego hasta nuestro ridículo sombre- ro de copa , se manifiesta evidentemente este desarrollo. Por otra parte hallamos que el romano en ciertas cir- cunstancias cubria la cabeza con el manto; y esta ma- nera de cubrirse puede muy bien ser la teoria primitiva de la caperuza. ¿ La chia del antiguo hebreo , ñola halla- mos en la cabeza de los burgomaestres y nobles de la edad media, con sus becas mas holgadas*? ¿y aquella ( «S ) fhia hebrea, no puede ser un origen, pino una reminiscen- cia, del turbante oriental? ¿ y esta ehia de la edad inedia, no puede ser el origen de la gorra y del birrete que tanta gravedad imprimia en los rostros de los magistrados de las ciudades que se habian sustraído del dominio feudal * ? Y este birrete, sin embargo, le vemos los españoles en el dia, convertido en un ridículo bonete de cuatro picos en- hiestos , que nada significa, ni esplica nada ; y que si quisiera suponerse en él alguna relación con la corona de las gerarquias civiles, seria todavía mas incongruente en la cabeza de los eclesiásticos. Esta manera de cubrirse con chias y birretes, inter- rumpió en la baja edad el uso del cúneo beocio, del aris- tócrata petaso , y de la vulg-ar causia ; y hasta fines de la edad media no hallamos usado el sombrero de alas anchas, verdadera restauración de esta causia; elevándose á una categoria superior á la que había tenido en los tiempos antiguos. La causia solo la usaron los hombres de tales tiempos para ocupaciones campestres, al paso que en la edad media vemos el sombrero en la cabeza de los cardenales; con lo que tomó un carácter patriarcal , que le hizo digno de cubrir las cabezas clericales. Pero este carácter vino á desnaturalizarse precisamente en Es- paña en el siglo XV1ÏI, después de casi dos sig-los que su clero le usaba como privilegiadamente. Con efecto , el uso del chambergo se hallaba estendido ; la comodidad había hecho que se le levantaran las alas por tres distintas partes formando tres picos; el clero lo levantó únicamen- te por los dos costados; y mientras el militar y las demás clases civiles modificaban de distintas maneras las alas, ( 13 ) habiendo llegado hasta nosotros con la forana del .som- brero apuntado, el sombrero del clero tomaba estension y rollaba las alas sobre la copa , de una manera sobrado exagerada. — ¡ Harto mal se avenia'esta exageración con lo majestuoso y grave del traje-del clero español, el mas propio para la misión del sacerdote ! Grave, por lo talar; y simbolizando la protección de la Iglesia y el amparo de la Religión, en lo holgado del manteo. ¡Cuan bien se reconcilia una alma contrita á los pies del confesor ; y cuan significativo es que el confesor acoja al penitente en su regazo y le envuelva con su manto! — Mil otros ejemplos pudiera aducir en comprobación del desarrollo que ha tenido el traje en cada una de las partes que le componen ; pero fuera impertinente en una Memoria lo que debe ser objeto de un trabajo mas con- cienzudo y estenso, y sobre todo científicamente sistemati- zado. Una sola consideración me detiene un momento res- pecto del punto de que se trata, y es: la de los medios por los cuales se conservan y se sancionan los distintos carac- teres que toma el traje, sobre todo en la época moderna. Dos clases existen en la sociedad que no podrá borrarlas el rasero de la igualdad que ha confundido bajo un mismo traje todas las demás categorías sociales: una de ellas representa la conciencia y la fe de los pueblos; la otra representa su fuerza y su poder. Prescindamos, seño- res, de todo abuso. El clero, respecto del punto que nos ocupa, representa el principio conservador; y aun- que no pretenda oponerse á las innovaciones que la mar- 114) eha del espíritu humano hace necesarias, la gravedad y la compostura no le permiten ponerse al frente de refor- mas en el traje, porque el común de las gentes podria tomar por afeminación, degradación de carácter, relaja- ción de disciplina, cualquier paso que sobre el particular adelantase. En el traje solo le es dado al clero adoptar reformas, cuando, el no adoptarlas fuera pecar por el estre- mo opuesto, y hacerse ridículo. Bajo este punto de vista el eclesiástico no usa el bigote y la perilla como en el siglo XVII; pero conserva el calzón y el zapato de hebilla del siglo XVIII. El militar al contraria: sujeto á una táctica que los adelantos de las ciencias y la experiencia hacen variable , sanciona en una Ordenanza lo que la necesi- dad le hace admitir como mas conveniente y análogo á sus tareas; y desde entonces suben de categoria las prendas del vestuario que se hallaban relegadas, en un puesto infe- rior. La actividad y la prontitud que exigen las operaciones militares obligaron á los ejércitos á cortar las incómodas coletas del soldado, y todas las clases de la sociedad si- guieron el ejemplo. El pantalon que únicamente usaba la marineria y las clases inferiores, recibió la sanción de la ordenanza militar, de modo que en las ceremonias mas solemnes ha sido admitido, sin que se faltase por ello á las leyes convencionales de la etiqueta. He aquí como la clase militar al paso que ha tomado unas veces la iniciativa en la reforma del traje , ha adop- tado otras, por conveniencia, lo que quizá ha sido hijo del antojo de un modista ; y si en algo se ha some- tido por capricho á un faustoso oropel, también la razón se ha puesto de por medio para reclamar lo que le es E u"> ) debido. La idea de los morriones de ancha copa é iin~ perial de suela, nació de los incongruentes sombreros de copa alta introducidos, si no me engaño, en Francia á fines del siglo pasado, y que tanto se hallan estendidos en el nuestro. Semejante morrión se ha hecho engorroso para el soldado, particularmente en campaña, si bien su tamaño ha disminuido sobremanera. Y si un dia el buen sentido recobra sus derechos, ya que sea necesaria una defensa pa- ra la cabeza, un pequeño almete de metal ó de material mas ligero, según convenga , sustituirá á la balumba de birretinas, gorras granaderas y barrocos morriones que se usan. Si la levita no es todavia del todo admitida como de etiqueta, su introducción en el ejército la hará recobrar un puesto privilegiado, como frac restituido por el buen sentido á la primitiva forma de la casaca fran- cesa del siglo XVII. Considerado ya que el traje puede haber tenido su desarrollo histórico, del mismo modo que le han tenido las artes y las ciencias y todo cuanto depende del espí- ritu humano , falta manifestar, como en este desarrollo se hallan perfectamente marcadas las ideas dominantes de las distintas épocas , no menos que en el desarrollo de las artes y de la literatura. La ciencia fisiognómica califica el carácter de los indi- A-iduos no solo por los rasgos del rostro sino por el porte y modales, considerando el color, la hechura y manera de llevar los vestidos, como otras tantas señales caracterís- ticas del individuo. Las épocas, como los individuos, pue- den caracterizarse por rasgos especiales; y el traje como ( 16) una de las señales características del hombre , puede ser una señal característica de una época. Si el rostro pues no es el único libro en donde puede leerse el interior de un hombre , en la imposibilidad de hallar lafisonomiama- terial de una época, deberá ser el traje una señal mas im- portante de lo que parece para una calificación fisiognó- mica del carácter de ella ; pues si en el traje no vemos aquellos lincamientos que mas inmediatamente son fieles intérpretes del alma , como son los del rostro , vemos una consecuencia mediata del espíritu que dominó, y una comprobación de gran peso , de los datos que las artes y la literatura hayan proporcionado. Según los fisiógnomos, las emociones interiores se pin- tan en el rostro , y estampan en las facciones de los indi- viduos modificaciones especiales idénticas en todos los pueblos; pero dicen también, que no en todas las regiones ni en todos los climas se escitan las mismas emociones, por mil causas, que debiendo suponerlas conocidas de la mayor parte de hombres estudiosos , no es del caso enu- merar ; y una misma emoción reproducida con frecuencia hace, que las huellas, leves al principio, sean cada dia mas profundas, y acaben por comunicar á los individuos cier- to carácter habitual que se conoce comunmente con el nombre de fisonomia de las naciones , ó aire iejamilia, si á mayores detalles queremos descender. Ahora bien, lo que sucede en la esfera de los climas y de las regiones, sucede igualmente en la esfera de los tiempos ; y las épocas tienen su carácter, como los distintos pueblos tie- nen el suyo. Se examinan las artes y la literatura de un pueblo para conocer el espíritu que le dominó ; j.y no se ( w ] examinará su traje , que puede considerarse como la fiso- nomia material, ya que no podemos hallar los lincamien- tos del rostro'? Bajo este punto de vista, échese una ojeada general sobre las distintas épocas , y se hallará comprobado que el traje es una de las señales fisiognómicas mas caracte- rísticas. El culto ele las formas materiales se vé en los trajes de los pueblos de las edades antiguas. Al propio tiempo que atendía de la manera mas simple y en el mí- nimo de los medios materiales, al abrigo y defensa, su hechura dejaba al individuo en la libertad natural de movimientos,'del mismo modo que la variabilidad de los dogmas le dejaba libre de toda creencia, dirijiéndose la filosofia por sí sola, sin fé que la g-uiase, ni conciencia que la contuviese. Un carácter menos expansivo hallamos en el traje de la edad media; y si bien lo holgado y suel- to del traje talar antiguo se conservó para las categorías sociales mas elevadas; el traje ajustado al cuerpo y abro- chado que comunmente se usó, parece indicar menos inde- pendencia, mas apocamiento de espíritu. Es verdad que con esta hechura aparecen las formas corporales; pero siempre cubiertas con el envoltorio mecánico del jubón , ó de la calza muchas veces pintada de manera, que llega á distraer las mismas formas que cubre. En los últimos años de esta edad media ó principios de la moderna, hállase per- fectamente marcada la relajación de costumbres cristianas en el fausto y riqueza de las togas, epitogas, gramallas , trusas, plumages y recamos , del modo que se habia pre- sentado igual carácter al declinar de las creencias antiguas en la corte de Bizancio, respecto del traje libre y suelto ( I») de Grecia y Roma antiguas. Trascurre apenas el siglo XYI y no parece sino que el traje casi sin cambiar de forma se amolda á la tetriquez de aquella época de fanatismo re- ligioso , adoptando colores oscuros para sus jubones, cole- tos , ferreruelos y gregüescos. En el siglo XVII la gloria de las armas, una gallarda presencia , y una galantería presuntuosa hicieron á un monarca francés el adonis de las damas de su corte; y joven todavia, de pasiones impetuo- sas, atrepellando por entre aquel fanatismo, robó al pu- dor y á la moral lo que dio á la lujuria y al fausto, El traje francés tan rico como enfático fué adoptado en toda Europa, y# el tontillo y el. bien llamado guarda-infante que las damas usaron, señalan la época lujuriosa, y encenegada en el cinismo material, llamado siglo de Luis XIV. En el siglo XVIII el traje buscó un equili- \ brio como le buscaban las creencias religiosas y políticas. Aquellas cabelleras ensortijadas y perfumadas se recojie- ron dentro de una bolsa. La balumba del traje francés fué reduciendo sus dimensiones; y el vestido de la^ damas adquirió cierta compostura y gravedad , como en compen- sación de la liviandad y desmoralización de la época que habia precedido. — ¡ Bien se necesitaba entonces compostu- ra y gravedad para establecer la base del equilibrio euro- peo por el cual se trabajó afanadamente! — Después de la revolución francesa, nuevos intereses, nuevos principios po- líticos han puesto en movimiento las costumbres: el traje en nuestro siglo fluctua como las creencias. Se busca el bien- estar al par que la apariencia, y existe la íntima convic- ción de que sin esta no se alcanza aquella. Hasta en los colores oscuros á que el traje se atiene hallamos escondida (19) esta idea. Con lo grave y lo formal simbolizado en el co- lor, se quiere aparentar una gravedad y una formalidad que no existen; y sin tipo fijo á que atenerse en cuanto á la for- ma, todo queda al capricho del gusto individual, al paso que todas las clases y todas las categorías vienen á confun^ dirse envolviéndose en un gabán y un pantalon, y cubrién- dose con un sombrero de alta copa: prendas del vestuario que constituyen, permítase la espresion, el género humo- rístico del traje, Después de las indicaciones que acabo de hacer, podrá preguntarse: ¿será fácil fijar un sistema fundado en mas vastas consideraciones, que dé iguales resultados que los que dejo tan someramente bosquejados, y sean mirados, ya como medios de caracterización artística, ya como datos de caracterización histórica ? Mucho está por conocer- respecto de las distintas ma- neras con que el género humano ha cubierto su desnudez, y ha adornado su persona en los varios pueblos del globo, y en las distintas épocas de la Historia. El estado de rustiquez de las épocas primitivas, el monopolio de la civi^ lizaciou de la época griega, la monarquia universal roma* na, los estrechos límites del mundo conocido é historiado por los que vivieron antes del nacimiento del imperio bizam- tino, son mas favorables á las investigaciones arqueològic cas sobre el traje , que la estension del mundo conocido después de esta época, y la multiplicidad de nacionalidad- des erigida hasta nuestros dias. en que al propio tiempo la (20) moda trata de usurpar, apesar de la tenaz resistencia de los distintos climas, el dominio universal de la sociedad civilizada. En el período que media desde la división del imperio romano hasta la revolución francesa , mucho queda por recojer y mucho hay todavía por clasificar; al paso que no existen suficientes fundamentos para verifi- car las fechas de muchos monumentos arqueológicos dise- minados en las distintas comarcas del globo. La edad media necesitaría el genio de un Winekelmanu como le halló la edad antigua. Y esta necesidad se hace muy apremiante : pruebas de ello son la avidez con que los artistas preguntan á las, arqueólogos , y copian y cal- can cuanto les parece que puede satisfacer su curiosidad: pruebas de ello son el afán con que los historiadores con- sultan á los arqueógrafos para poder deducir consecuen- cias referentes á las costumbres de los pueblos que los ocupan ; y todos sin tiempo para hacer un examen dete- nido, y sin reglas que los dirijan. Pero los obstáculos que dejo indicados son insuperables. Los hechos que se han verificado en la época indicada ha- brán podido acercar los hombres entre sí, habrán podido suavizar las medias tintas de nacionalidad que separan los habitantes del norte de los del medio dia, los de oriente de los de occidente; pero no han podido destruir las leyes en virtud de las cuales se han determinado y se determinarán climatérica é históiicamente, apesar de la rapidez de co- municaciones que se establezca , las necesidades de la vi- da y el carácter de los hombres. Nuestro globo por su con- figuración , se poloriza tanto de Norte á Sud como de Este á Oeste : las nacionalidades no han sido únicamente con- C 21 ) secuencias del odio de las razas, de la diversidad de creencias, ó del espíritu de bandería, sino también una necesidad de la civilización para ofrecer una base al bien- estar de los pueblo* Si por estas razones se considera que existe imposibilidad de coleccionar, clasificar y sistematizar lo relativo á las costumbres de las edades modernas en todo el mundo ci- vilizado , verifiqúense estos trabajos dentro de los límites de cada nación, de cada provincia; y quedarán demostra- das las diferencias, las relaciones, las analogías y las se- mejanzas; al paso que el artista y el historiador tendrán mas seguros datos sobre que fundar sus aserciones. Un crítico sesudo , un humanista consumado , un his- toriador filósofo ha inaugurado esta tarea , por lo que se refiere al pais que habitamos. En la HISTORIA DE LA MA- RINA , ARTES Y COMERCIO DE CATALUÑA inició Capmany la historia económica de este antiguo Principado; y esta historia es la que debe inmediatamente preceder á la de las ARTES SUNTUARIAS detestas industriosas comarcas. HE DICHO. Impronta de los H. 'lo la V. Plá. I I M li I. K I A R O Y Ó !*p n«n« 3& - fl»i ll>>IWi C KM0 R.16.SS2