LAS GLORIAS LAS GLORIAS LDS n t S PRECIOSOS CU1DHOS DE U S CALERÍAS DE MUNICH, DRESOE, BER OBRA P E LOS H K A N D E S MAUSTROS D E L ARTIi ItafaeLTicún», Higucl-Angel. Hniilhi. R H N S , Csirlns-llnlot. Vicris Hmm, \ihm, liiiiJii-l^m. S;ilvjtnr-Ko>.;, Trn licnrilii-Him . llunliraiil. Van-Ditk, clr,. eir, nzn , poesin , TÍOVC^IT otiritnb íir litrnitos. BAHKKLONA. LlIüilOIilA UK.IOSK HJllF/r. 1;|I1HH!. Citllt! df l¡i Fu^frla . miniiTn 1(1. 1860. Es propiedad. j VISTA DKS1JK í-"\ I'UKUTA 1)10 I'ALMIIiA. (CUADRO DE J . A. GEVER.) I,a Siria en la cual la Kuropa cristiana tuvo tija la vista durante tres siglos, que antes había sillo hollada por terribles conquistadores, que perteneció en distintas épocas á diferentes imperios, y que finalmente vino íi quedar unida al otomano , está llamando la atención ele los pueblos y de la diplomacia euro]«a, aunque bajo distinto aspecto por esta que por aquellos. Ksc pais fértil, riquísimo y puesto bajo la influencia de un clima delicioso, parece cual todos los paises muy favorecidos por la mano del Criador, destinado á sufrir grandes catástrofes de- bidas á la ambición humana. Allí donde no hielan el cuerpo y no acobardan el espíritu los intolerables frios del Norte , ni se engendran las horrorosas tempes- tades de la zona tórrida , lleva sus estragos el hombre, mas temible que los ele- mentos, (¡rundes y bellas ciudades se alzan en ese privilegiado suelo , y su im- portancia cuenta millares de años , los cualas en algunos puntos han acumulado ruinas asombrosas-, y bastantes por sí solas para justificar la grandeza de los pueblos i|ue en ese país existieron antes de los que hoy levantan en él su altiva cabeza. Allí estím sino los restos de la antigua Palm ira , verdadero prodigio dij desierto, testimonio irrecusable del poder, de la riqueza y de los levantados pen- samientos del reino de Israel y cuyos escombros nos recuerdan hoy las desventu- ras de una reina, y los insanos furores de un emperador romano. Los cristianos han mirado siempre la Siria como una tierra sanlilicada, y que en cierto modo debiera pertenecerles , porque es el camino hacia esa Jerusalen. I jí IIAM\SI:O. desde donde partid la voz del hijo del hombre que regeneró el mundd , y en la cual se derramó aquella sangre inocente destinada á lavar los pecados del género humano, y á liarle la vida, del ¡ilinsi i|ue por causa de ellos había perdido. Pío lia) siglo alguno en el (-nal los cristianos no hayan vuelto sus miradas ¡i esa tierra, j no hay siglo tampoco durante el cual, ya con el cayado del peregrino, ya con la espada del guerrero , no hayan atravesado esas llanuras y esos montes en que la muelle y deliciosa Siria está tendida. Varias son las provincias ó bajalatns en que desde muy antiguo se halla di- vidida y entre ellos ocupa el lugar primero el bajalato de Damasco , cuya capi- tal del mismo nombre es hoy cabeza de provincia , después de haber sido un ilia sede del Grande Califato de Asia. Apenas los primeros sucesores de Mahonia hu- bieron terminado la conquista de lo que en rigor formó el primitivo imperio ma- hometano cuando llamas™, sin que oirá lindad osara rivalizar con ella, fue eri- gida en capital di'l lisiado recién ciinsliliiiiln, y en lugar de delicias donde se entregaron h la mas muelle y afeminada vida los que depusieron la cimitarra, cual si al empuñar el cetro hubieran dado cima á todas sus tareas. l.os califas hacinaron en ella riquezas inmensas, y dejaron muchas huellas de su civilización imperfecta é instable ; y aun después de arrancarle la corona imperial para sus- tituirla por la cola del líajá han conservado por ella una predilección nunca des- mentida. Famosa Damasco en todos los siglos por sus glorias y por sus desgra- cias, su nombre ha resonado otra vez por liuropa en mitad del siglo décimo nono, por la horrenda catástrofe de que acaban de ser víctimas los cristianos que en la ciudad y en su territorio pensaban encontrar segura estancia. Sin advertir que los tratados hechos con una nación medio salvage son quebrantados por el capricho ilc un gobernante, ó por el tumulto del inculto pueblo. La cristiandad entera ha lanzado un grito de horror, y tras él un grito de venganza ; mas la voz de la cristiandad , i la cual otro Pedro y otro Urbano II habrían contestado con el grito de. Dios lo quiere , ha sido sofocada por la recelosa y egoísta diplomacia , para la cual nada importa la sangre derramada si el desagravio ha de poner en riesgo los planes que en el sosiego y en la seguridad de un bufete traza con la estoica frialdad del que no siente , ni corre ningún peligro. Damasco está situada al pié del Anti-Libano, á sus inmediaciones se alzan en- tuertas de verdura muchas colinas; un rio que se precipita desde las montanas, corre sobre un arenal de color de oro, y dividido en muchos brazos riega la ciudad y derrama la vida y la frescura en el valle de las violetas , en el cual crecen por millares los mas esquisitos y variados frutales. Mercantil hoy y da- da á la contratación , tenia ya este mismo carácter en los tiempos de Israel-; y los profetas, que la conocieron muy bien \ sabían su importancia, hacen men- ción de ella en varios parajes de sus inimitables escritos, lin la canción lúgubre sobro la ruina de Tira en la cual l!zei[uiel pronostica las desgracias que han de DAMASCO. ¡I caer sobre esla ciudad una de las nms opulenlas del mundo, al enumera] las ciu- dades y las regiones de la tierra que enviaban sus productos á Tiro y comercia- ban con ella , dice : «VA tnercailer de Damasco contrataba contigo, y en cambio de tus muchas mercad?rías te daba muchas y varias cosas ricas , escelenles vi- nos y lanas de blancura cstraordinaria.» Jeremías después de pronosticar la ruina de varias naciones ) ciudades , al llegar á Damasco esclama: «Confundidas han sido Emalh y Arphad , porque han oido una malísima nueva , se han turbado los de fas islas del mar, su inquietud no la deja sosegar. Damasco está azorada, ha echado á huir, está toda temblando, oprimida se halla de congojas y dolores, como la mujer que está de parlo, ¡(ionio lian abandonado ellos la ciudad famosa , la ciudad de delicias ! Serán degollados sus jóvenes por las calles, y quedarán exánimes en aquel dia todos sus guerreros . dice el. Sefior de los ejércitos, y aplicaré fuego al muro de Damasco, el mar consumirá las murallas del rey de Ifcnadad.» La famosa Damasco formó á su tiempo parto del reino de Israel y su impor- tancia hubo de menguar mucho cuando levanlada cerca de ella la ciudad de l'al- mira , la grandeza de esla hizo parecer pequeña \ de escasa valía casi todas las ciudades de la Siria, l'alrnini fue l¡i reum \ los demás pueblos hubieron de reco- nocer su prepotencia, (inundo los pueblos de Israel \ de Judá vieron con su es- clavitud cumplidos los vaticinios de los profetas , que en nombre del Señoríos habían amenazado con esa desgracia si no convertían su corazón á J)ios abando- nando las infames idolatrías que lomaron de las naciones vecinas , entonces Da- masco siguió la fortuna del resto de la Siria y vino á engarzar una joya mas á In corona de los monarcas asirios. Los señores de ese grande imperio, ensanchando cada vez el territorio de sus dominios, creyeron sin dttda que el mundo era pequeño para ocupar á lodo Sus guerreros: mas vino también la hora íinunnadií por los profelns . \ las palabras de Isaías se cumplieron al pié de la letm. |.o> medos > los persas que no lia- liian inspirado ningún recelo á los altivos ¡Vibucodonosores, se levantaron de súbito sobre ese imperio corroído por los vicios , y maldecido por el Señor , y el capitán anunciado por Isaías fue el ejecutor de la divina sentencia que condena- ba á muerte í\ los autores de mil iniquidades. Con el nombre l;idi> <|iu' retiñiendo en uim luiz nisi Indos los co- . nocidos hasta entonces parecía destinado á nim duración de muchos siglos. Mas ese imperio, cuyos monarcas conquistado el Egipto juzgaron que no po- dia haber nación que no .se sujetase á sus leyes, lanzóse á Europa , y aunque la ' (¡recia en tres batallas fe convenció de que á despecho de su aparente grandeza era liarlo débil para avasallarla, la civilización del occidente , ofendida de es;i audacia del imperio persa, encomendó su venganza al hombre á quien hubiera í DAMASCO. podido caber la gloria de tundir las dos civilizaciones del mundo y variar la faz de la tierra , si el asqueroso y degradante vicio de la intemperancia no termina- ra su vida en la edad mas robusta y mas lozana. Alejandro conquistó la Persia, se abalanzó á la India, y si no le hubieran abandonado sus guerreros tal vez la China habría tenido que abrir por primera vez en la duración de los pasados siglos tas puertas del imperio á un hombre nacido mas allá de sus fronteras. La Pales- tina cayó en [Kider del triunfador, la nueva Tiro que sustituyó á la antigua quiso en vano con esfuerzos propios de gigantes detener al dominador de Asia , que victorioso siempre hizo suya la Siria, y con ella á Damasco. Apenas conoció esta ásu nuevo Señor cuando ya lo hubo perdido, y después de pasar uno tras otro á manos de los tenientes de ese general escelso , que se disputaban reinos que no eran suyos , vino á formar parte del de Siria , caído después de la batalla de Ipso en poder del afortunado Seleuco. (üuerras entre sirios , egipcios y judíos dieron por último resultado enflaque- cer estos tres vecinos , y atizar la osadía de la ambición romana , que con pér- lida política y con victoriosas legiones los hizo suyos. Kl gran Pompeyo declaró la Siria provincia de Koma, y este degradado pueblo oyó la nueva de su servi- dumbre con la estupidez del que ha perdido el sentimiento de su dignidad y de su independencia. La religión de Jesucristo muy luego encontró en ella crecido número de adic- tos , de suerte que en el siglo de Octavio Augusto las predicaciones de San Pablo la habían ya poblado de cristianos. Cuando Roma atacada por los hombres del Norte se concentró en el corazón creyendo perdidas para siempre las posesiones lejanas , la Siria fue abandonada , y pasando de uno á otro ambicioso tuvo un período de trastornos y desdichas grandes, hasta que la cimitarra de Mahoma amenazó el Asia entera. Los tenientes de este y de sus califas estendieron la doc- trina del islamismo y el imperio del fundador de aquel Estado, y la Siria y Da- masco vinieron á formar parte de esa nueva potencia que mas tarde rebosando del Asia había de derramarse por liuropa y ponerla en grande riesgo. Los infe- lices habitantes de Damasco, que en virtud de la capitulación hubieron de aban- donar sus hogares, corrían á buscar un asilo en Conslantinopla, cuando fueron perseguidos en su fuga y despedazados por sus feroces vencedores en las inme- diaciones de Trípoli. ¡ Tantos siglos enrulan las calamidades y furores de que han sido víctimas los cristianos de esa ciudad (¡m bella y rica como desventurada ! Desde entonces, formando con su territorio una provincia, Damasco continúa unida al imperio mahometano. Pero los cristianos que la habían perdido recorda- ban que en .lerusalen estaba el sepulcro de Jesucristo, que la Palestina era una tierra que había habitado el Divino maestro, que <¡n Siria había tenido Pedro su cátedra, que Damasco oyó las predicaciones del apóstol de las gentes, y el espíritu religioso impulsaba á los europeos a visitar esos lugares, santa cuna DAMASCO. de la religión que profesaban, Los reyes, los magnates dejaban sus proseas. y deimesloel orgullo y abominando de las vanidades mundanas cojian el cayado y el zurrón de peregrino para ir á la tierra santa. No había punto lie Europa de dowle no saliesen en todos los aííos crecido número de devotos llevados de ese piadoso ob- jeto. Las mujeres, los ancianos, los niños, los pobres, y los ricos, guiados tal vez por un sacerdote, tal vez por algún peregrino que ya otras veces había visitado la ciudad santa , emprendían sin mas recursos que su abnegación , su fortaleza y su esperanza en Dios ese largo, penoso y arriesgado viaje, no sin despedirse para siempre de la familia , á la cual probablemente no debian ya ver hasta la vida eterna. En efecto, los mahometanos después de exigirles para entrar en el lerri- • torio de cada Emiralu un tribuí" <]>"' n > Irnin iñ-mino lijado, los saqueaban en < los caminos, arrebataban tas mujeres p¡ira salisliicci1 sus lirutales apetitos, y ven- derlas luego como esclavas, y se llevaban los niños para hacerles profesar la re- ligión mahometana. Otras veces no satisfechos todavía con tantas inhumanidades, exigían que los peregrinos renegasen á Jesucristo, y su negativa era una sentencia de inini'ilialn martirio. Podia considerarse feliz el cristiano que volvía a su patria habiendo ailonido el sepulcro. La nueva de tantos tormentos se derramaba caila año poila cristiandad entera, millares de familias tenian que llorar la pérdida de alguno de sus miembros : el lamento de los peregrinos que habían vuelto re- sonaba en todos los oidos, y las señales de los sufridos martirios conmovían el corazón de los que no tuvieron valor para arrostrarlos. Tarde ó temprano los pue- blos habian de sentir como se despertaba en su animo el deseo de acabar con tan inexoraldes enemigos, y el siglo undécimo fue testigo de las cruzadas, que es uno de los tres grandes espectáculos que la historia de la humanidad nos ofrece. Al terminar este siglo amaneció el día en que la voz de Pedro el ermitaño y la de Urbano II habían de levantar la Europa en masa y lanzarla sobre el Asía para vengar en nombre de la Cristiandad los ultrajes que esta había sufrido de los sectarios de Mahoma, asegurar a los peregrinos el paso hasta Jerusalen y lilMírtar la tierra santa del dominio de los adversarios de Jesucristo, y ese gran- dioso acontecimiento que en rigor estableció las primeras relaciones permanen- tes entre Europa y Asia, estaba destinado ¡i dejar en la memoria de los hom- bres un recuerdo imperecedero, á demostrar cuanto podía la sociedad cristiana dirigida por un solo hombre , á cambiar la faz de la misma Europa invasora, á enseñarle cuanto era el poder del imperio mahometano , á aconsejarla que nunca lo perdiese de vista , y á probar que la Siria era un punto de la tierra hacia el Cual por intervalos no distantes habian de dirigir siempre su atención los europeos. Lejos los hombres de prever entonces tan asombrosos resultados, á impulsos del fervor religioso, y aconsejados por sus instintos guerreros, á que supieron dar los Pontífices dirección mas útil y acertada de la que habian seguido. iban alanzarse sobre la Siria que muy luego había de convertirse en teatro de (i DAMASCO. una sangrienta lucha de dos siglos; lucha religiosa y por lo mismo afro/, inexo- rable , de esterminio , y simultáneamente ser hollada por los feroces mongoles que apareciendo de pronto en innumerables enjambres cuando su existencia era casi desconocida, barrieron cual un mar embravecido mas de la. milail del Asía. Penetraron en Europa, inundaron la Rusia, y amenazaban asolarlo Lodo cuando la muerte de su rey y caudillo trajo la caída del inmenso imperio que el mismo habia formado. Durante la primera cruzada no llama la atención Damasco porque los cris- tianos, anhelando por llegar al término de su viaje que era Jerusalen, apenas se detuvieron en el camino sino para derribar los obstáculos que se oponían á su marcha. Mas cuando los cristianos fueron dueños de Jerusalen, los mahometa- nos que no esperimentaron el efecto de sus armas, que no los habían visto , y que les profesaban el mayor desprecio , creyendo que lodos los cristianos eran cual los inermes y desvalidos peregrinos, á quienes estaban Jirosliinibrados á saquear y martirizar en sus viajes á Jerusalen, calificaron de cobardes ¡i Jos que vivian en los territorios que los guerreros de la Cruz habían atravesado á viva fuerza. Kntró la desconfianza en los mahometanos distantes del teatro de la guerra con respecto á los otros que se habían encontrado en el mismo , y en liagdad se anunció públicamente que los pueblos di' Siria habían atraído sobre ellos la cil- lera celeste y que era forzoso invadir esas provincias que no supieron defenderse. Decían que años atrás el gobernador de Damasco habia hecho asesinar al prínci- pe del Miisul, ardienh' defensor del islamismo, y que era indispensable vengar eseenormeatentado. Para verificarlo salió de las orillas del Tigris un ejército nu- meroso, y el emir de Damasco amenazado de esta suerte se alió con los cruzados; y aunque estos unidos á sus amigos ardían en deseos de presentar á los contrarios una batalla decisiva, el emir lo evitó siempre, temiendo que un gran triunfo diese á los guerreros de la Ouz una. prepotencia que al fin pudiera serle funesta. Los guerreros del Musul y de ltagdad, espantados al ver cuan grande era el número de los aliados, y temiendo sobre todo á las huestes cristianas , que habían me- nospreciado de lejos, pero que ahora veian de cerca y dispuestasá la pelea desis- tieron de su intento, y el príncipe de Damasco recelando desús mismos vasallos, para quienes era un sacrilegio su alianza con los francos, se apartó del ejército de estos para volver solo á la capital de sus listados. ün tiempo de la segunda cruzada el principado de Damasco, acometido suce- sivamente por los francos y por varios pueblos inmediatos, y reducido casi á la sola capital, pertenecía á un príncipe mahometano á quien no tenían 'en menor angustia la ambición de sus propios emires que jas invasiones de los adversarios estrangeros. Nuredino, señor de Alepo y de otras ciudades de Siria, habia hecho varias tentativas á fin de apoderarse de Damasco, y alimentaba la esperanza de reuniría á otras conquistas ya verificadas, cuando los cruzados determinaron po- nerle sitio. HeleriF los lances de ese grande suceso con los pormenores que pudrían interesará los entendidos en el arle de la guerra seria tarea larga, y al espumó- los no podríamos blasonar de originales, porque las crónicas de la época y singu- larmente (iiiillermo de Tyro y el autor de los hechos de Lilis VII de Francia han descrito aquel sitio con todos los datos apetecibles , y que naturalmente disper- taban interés grandísimo en los hombres contemporáneos, y en los que vivieron inmediatos á la época de las cruzadas. Para nosotros, y atendidos los límites do este artículo, bastará sabor que los cristianos hicieron los mismos prodigios de valor deque tantas pruebas haliian dado en la guerra de Palestina, que sufrieron por su imprevisión y falta, de prudencia los horrores del hambre y de la sed que tantas veces pusieron en peligro la vida de sus ejércitos, y que finalmente entró en el campamento, cual ya antes liabia acontecido , la división entre los geíes, división que con harta frecuencia fue muy fatal á los intereses de las bruzadas. La ambición de reinaren Damasco, siquiera fuese con el título de principe ó de duque, atizaba el ardimiento de los magnates quizás mas que el deseo de arreba- tar una ciudad á los inlieles; y mientras se mantuvo viva esa ambición, el valor de los cruzados lejos de declinar iba en aumento. Así es que el rey de Jerusaleu. el de l(1 rancia Lius Vil. Conrado (imperador de Alemania, y los caballeros de San Juan de .lemsale» \ de la ónlen del Temple rivalizaban en arrojo y valentía, ar- riesgando sus personas en los dianos combates que costaba la adquisición de los viciosos jardines que circuían la ciudad codiciada. Los mahometanos, convencidos de que era imposible la resistencia en campo abierto, se encerraron en la plaza, y tendidos sobre la ceniza durante muchos dias, agrupados en la gran mezquita, y al rededor del Koran recojido por Otilia» las mujeres y los niflos, imploraban el socorro ile Mahoiiui á favor de su patria amenazada. Harrearon las calles, cer- raron las puertas, con vigas y cadenas, y á pesar de todo no se creían seguros dentro del recinto lie sus murallas. Cuanto era el temor de los mahometanos era grande la seguridad que los cru- zados tenían de hacerse dueños de aquella ciudad importante , y cegados por una confianza, entonces muy inmotivada, comenzaron á poner en tela de juicio quién seria el príncipe que después de la conquista había de poseer la plaza so- metida. Varios fueron los pretendientes que alegando títulos indudablemente le- gítimos aspiraban ¡'i obtener la primacía sobre sus rivales, y en esa lucha prema- tura ohlttvo liiialini'iiLe la victoria Tierri de Alsacia conde de Flandes, que antes de • la cruzada lialiia estado dos veces en Palestina á guisa ile peregrino y que hizo cesión á su familia de cuantas posesiones tenia en liuropa. lista elección, no por la persona ácuyo favor recayó, sino por el solo hecho de haberse verificado, fue la desgracia de los cristianos porque desde el punto en que la ciudad después de conquistada había de pertenecer ül conde de Glandes. nadie mas que este tuvo interés en la conquista. Ninguno veiii ya lu esperanza de recompensa para su va- N DAMASCO. lor y sus sufrimientos ; y pues Tierri debía ser el principe de Damasco, pareció á los demás que solo á Tierri importaba que la ciudad fuese tomada. Kslo trajo la discordia. y los sitiados aprovechándose de cito enlabiaron negociaciones con los cristianos. Las dádivas, las promesas v IJIS ;irri<'ii;izHs puestjis en juego de consu- no apagaron de todo punto el entusiasmo de los cruzados . y sembraron el recelo en el ánimo de los barones que ya de muchos años residian en Siria, y á quienes no parecía lo mas conducente que los recien venidos alardearan cual si de ellos solos dependiera el éxito de la empresa. Se logró finalmente que al desacuerdo sucedieran la mala inteligencia y la mas absoluta desconfianza. Por consejos de los cruzados de Siria se adoptó el plan de variar el sistema de ataque, y en con- secuencia de) mismo quisieron tomar la ciudad por el lado del Norte, y alli tras- ladaron su campamento: mas apenas lo hubieron verificado cuando por él Me- diodía y por el Oriente que acababan de abandonar los guerreros de la Cruz, penetraron en la ciudad veinte mil curdos y turcomanos resueltos a defenderla á lodo trance. Los sitiados rehicieron su decaído valor , verificaron con los ausilios recibidos muchas salidas en las cuales los cristianos fueron vencidos como fueron rechazados en los ataques; se habió de inteligencias con los sitiados y de traicio- nes por parte de los cristianos de Siria, y cundió la nueva de que de Alepo y del Mosul estaba próximo h llegar un ejército numeroso. Tantos contratiempos hi- cieron forzoso el levantamiento del sitio, y en efecto los cruzados se retiraron des- pués de grandes pérdidas , llevando por trofeos la recíproca desconfianza y la vergüenza de haber abandonado una empresa, cuyo éxito favorable habían te- nido por seguro. Durante el sitio , memorable por las desastrosas consecuencias que tuvo para los caballeros de la Cruz, mandaba las tropas de Damasco el famoso Ayub, ¡¡efe de la dinastía de los Ayubitas, y militaba á sus órdenes su hijo Saladino, joven entonces de pocos años y que mas tarde debía ser el terror de los cristianos y el conquistador de Jerusalen. La desgraciada empresa de Damasco apagó el entusiasmo y abatió el espíritu de los cruzados, de suerte que cual si se juzga- ran incapaces de toda otra conquista, el emperador de Alemania se volvió á Üu- ropa, el rey de Francia se mostró en adelante mas devoto y peregrino que sol- dado y que monarca, y los estados cristianos de Asia entraron en su período de decadencia, al paso que los mahometanos adquirieron la certidumbre de que los guerreros del Occidente no eran invencibles. Una larga serie de desgracias com- pletan la historia de esta segunda cruzada, cuyos esfuerzos podemos decir que • terminaron ante los muros de Damasco y que en rigor solo sirvió para desacre- ditar h los soldados de la Cruz, j hacer que en Uuropa decayera el entusiasmo á favor de la guerra santa, l'or fortuna el fervor religioso era entonces muy grande y la voz dfi los Pontífices no era desoída por los pueblos ni por los reyes; de sueile que calas circunstancias hicieron olvidar luego las pasadas desgracias pa- ra volver lie nuevo los ojos a esa tierra regada ron la sangre de laníos mártires en la primera cruzada. A poco tiempo de haberse retirado el emperador y el rey de I-rancia, lialdui- no III <¡ue lo era de Jerusalen fue completamente vencido por Nuredino que se habia hecho dueño de Damasco, y ¡i dinas penas pudo salvarse en Tolemaida. Menos afortunados que el príncipe, los caballeros que le acompañaban cayeron en poder de los infieles , y la mayor parte de los señores de Palestina, Hugo de tbelin, Udon de San Amando, Ricardo y Julián de Jopé, el gran maestre de los templarios y muchos otros magnates con un inlinito niimern líe soldados prisio- neros, estos y aquellos atados ron cnerdas unos á otros, fueron conducidos á Damasco, cuyos habitantes salieron en mucliedtimbre inmensa á presenciar aquel espectáculo, y a manifestar con estrepitosa alearía el entusiasmo que en ellos despertaba tan señalada victoria. Aquel terrible desastre conmovió á todos los cristianos de Oriente, quienes comprendieron la horrible suerte que los (iguaiilaba, si rehaciendo su ánimo no trataban de volver por la honra de sus armas, y de asegurar por este medio su existencia. Damasco, que habia celebrado con grandes festejos la derrota de líal- duino, hubo de llorar en breve la muerte de sus mejores guerreros, á quienes con su Sultán á la cabeza venció el rey de .lerusalen en una sangrienta jornada entre el Jordán y el lago de (¡enezareth. A poco tiempo la muerte del (irán Saladillo trajo la división entre sus hijos, \ la ciudad y el principado de Damasco pasaron alternativamente al poder de lo- dos i'llos, y por fin al de Malek-Adel. hermano del difunto califa y digno here- dero ile su grandeza v de su gloria, liste hombre sostuvo encarnizarlas luchas con los cristianos, acreditando en lodasellassu valor y su pericia, y en el largo ca- tálogo de sus combates siempre figura Damasco'romo una de las principales ciudades de su vasto imperio. Durante las cruzadas que acaudilló el piadoso rey de I-rancia san Luis, Da- masco representa, en la Siria un papel muy importante . en cuanto tiene relación con la guerra santa, hedía ya en Palestina, ya en Egipto, y aunque en fin no cambió por entonces de suerte, sus sultanes intervinieron en todos los tratados \ relaciones entre san Luis y los enemigos de Jesucristo. Por esa época aquel prin- cipado por su posición, sus riquezas, sus antiguas glorias, sus fuerzas militares. y el tino y buen gobierno de sus príncipes er¡i el Kslado mas notable, de existen- cia mas segum , y de influjo imijor entre Indos los de Siria v Palestina. Vino por fin el dia en que nuevos acontecimientos amortiguaron en liuropa el espíritu guerrero que fue' el móvil de tan glandes ha/aña* durante tres siglos, y ''ii todo caso promover \ llevar ¡i c¡ibo otras rspediciones. líion puede decirse que eí piadoso rey de Francia fue el úllimo cruzadu, rn\n prematura muerte, ¡íntecida i 10 • DAMASCO. en Atrita, puede en paite atribuirse ¡'i su hermano, que le empeñó en la empresa de Tune/ y que por un motivo de pura ambición humana acudió harto tarde al campamento en donde habia fallecido el rey.. victima de la pesie que diezmó el ejército cristiano, lín l'aleslinasoln <|iicd;d>aii ya los caballeros de San Juan de Jerusalen, y los templarios, euvas discordias y sangrientas luchas hubieran entre- gado á los sarracenos las ciudades que aun conservaban, y ios cristianos que re- sidían en ellas, si por fortuna la ambición de uu trono no hubiese dividido en banderías el campo de los mahoi neta nos. Aun no se habían eslas Icrniimulo. ni el calila estaba seguro en el solio, al que subió hollando los cada\eres de sus ri- vales, cuando un pueblo, nuevo y salido de un eslremo de |;i China, se preparaba para lanzarse sobre la Siria y el ligijito. Los mongoles sitiaron á Bagdad , la to- maron por asalto, le hicieron sufrir todos los horrores de, la guerra, y el califa. ultimo surisoi' de Abitas, perdió en medio del luinull" la vida que habia pasado en la molicie y en el abandono mas completo. Los mamelucos dueños del Kgiplo •se estremecieron al saber la suerte que le había cabido al califato, y desde en- bmces consideraron como enemigos á los mongoles, en quienes los cristianos creían ver á sus aliados. Los vencedores, atravesando el Kufrates, se apoderaron de A lepo, de Damasco. y de la Siria culera, ahuyentaron por todas partes á. los mahometanos y se declararon pmleclnresde los campeones de Jesucristo. La Kit- ropa supo con espanto aquella invasión formidable, } envío embajadas al con- quistadora lio de hitárselo propicio, míen lias las hordas de este asolaban las márgenes del Niester y del Danubio. Las discordias nacidas entre esos bárba- ros salvaron al Occidente que vio desaparecer como por encanto á esos hombres feroces y desconocidos, que convirtiéndose de repente en adversarios de los cris- lianas, pasaron á fuego y sangre las ciudades y los territorios que estos conser- vaban en la Siria. YA Sultán del Cairo libertó la Palestina derrotando con su ejército en la llanura de Tiberiade las huestes mongolas, cuyo gefe perdió la vida en la batalla. Irritados los mamelucos contra los cristianos por sus relaciones con los vencidos, se vengaron atrozmente derribando las iglesias de Damasco y per- siguiendo á los cristianos en todas las poblaciones con furor tan grande que el misino Sultán fue víctima de sus soldados por haber querido respetar los conve- nios lieclios con sus enemigos, líibais, (pie había sido su principal asesino, ocupó la vacante, y los preparativos con que el Qiiro trataba de solemnizar la vuelta del vencedor de los mongoles sirvieron para celebrar la exaltación al Irono del que acababa de derramar su sangre. VA nuevo calila declaró guerra á muerte á los cristianos y la hizo tan cruen- ta {-nal no la habían sufrido hasta entonces. Secundado por el cadí de Damasco sitió la plaza de Sefed, y allí tuvo lugar aquel atroz degüello de los vencidos, queco la forma y en las circuí islán cías horribles con que fue ejecutado no tiene su igiüd en la historia, como no le tienen la (¡nueza de ;'niim<> y el valor rrislía- DAMASCO. 11 no ríe los que fueron víctimas de Un horrendo sacrificio. IV Iriimto en triunfo fui' apoderándose aquel desapiadado caudillo de las ciudades, entregándose en todas ¡i las mayores atrocidades, asesinando en Anlioquía diez y siete mil cristianos, lle- vando cautivos cien mil y vendiendo mujeres y niños por menor precio del que se pagaba un animal inmundo. Aunque Bibars murió en lo mejor de sus victorias en la ciudad de Damasco, no por esto se mejoró la suerte de los cristianos. Su sucesor Kelaun continuo su obra conquistando muchos pueblos, y legó el encar- go de acabar con los cristianos de Oriente ¡i su hijo Chali!. (pie tan intrépido guerrero, tan audaz y valeroso comí) su padre cumplió hi palabra que le habiti empeñado en el lecho ile muerte. En esa época los líeles que habían sobrevivido ú tantas catástrofes y desola- ciones, abandonando los territorios perdidos buscaron un refugio en Tolemaida, ciudad IIIIIV fmtilícada, y que debia ser el último baluarte de la Cruz en las po- sesiones mslmiuis di'Oliente. La multitud que en esa ciudad hallo un asilo iba á perjudicar lacausa de los cristianos, porque si entre ellos habia los mas valientes guerreros, y todos estaban decididos á defenderse hasta la muerte, eran un te- mible estorbo las mujeres, los ancianos y los niños, cuyas necesidades y cuya consumición era posible que quebrantasen el valor, é hicieran mas apurada la sueriede los ^lleneros. Los templarios se encerraron en gran número dentro de la pinza. \ sin ninguna dud¡i ellos debían ser sus principales' y mas tenaces de- fensores. Pero esto no bastaba para contrarestar el ejército de doscientos mil combatientes que Chalil había destinado al sitio de Tolemaida; asi es que los es- fuerzos sobre ¡mínanos de los caballeros de la Cruz y las hazañas casi increíbles de los |.eiii|ihiiii)s no fueron parle á rechazar lodos las asaltos de los enemigos, que linalmenle pendraron en la plaza en mayo de 12!ll. Los vencedores anega- ron las talles en sangre, no hubo escena de horror que allí no se representara, y el espectáculo de las cruzadas que tres siglos antes había comenzado con tanta grandeza \ ^loiiii lanía, terminó en Tolemaida en medio de la mayor miseria \ de las in;i> i'v|i;into>as desventuras. Con esa ciudad se vino abajo el poder de los cristianos en Oriente, acabóla seguridad del imperio de Constantinopla, quedo cerrado el camino de .lerusalen, y hasta abandonaron el Asia los caballeros de las ordenes militares que habían sido sus mas acérrimos y constantes defensores. La Europa, que no había escuchado los lamentos ni los ruegos de los cristianos, supo con espanlo aquel Iragint desenlace, y tembló por las desgracias conque el poder de los mahometanos la amenazaba. Su tardío arrepentimiento no era mas que la confesión de su criminal y prolongado abandono. La ciudad de Damasco, de la cual nos ocupamos, dejo con esto de pertene- cer á los cristianos y á los sarracenos, pasando á poder de los egipcios , que tampoco la conservaron, pues en las guerras que mas adelante hubieron de sos- tener contra los turcos, estos la tomaron por asalto y la unieron al vasto imperio que iImii formando. Ln Siria sin embargo nunca estuvo bajo el dominio do la Turquía en la geniiina acepción de esta palabra, |>oiijtic los (Irosos se eonsidora- ron sii-iripn' como dueños del país, reconociendo mas bien Ir nombre i|ilc de he- cho la autoridad del califa, aun después que Mahomcto II echó ahajo raí 1111:1 el ¡iiipct i > griego y traslado áConstanlinopla la silo del califato. Faciierdin, emir < de los (husos, ejerció en ella durante largo tiempo un poder casi absoluto é inde- pendiente de la Puerta, de suerte i|ue pata ludio de enviar un ejército para suje- tarla , á despecho di' lo cual los sucesores ríe a adicionasen lodos los anteriores. Lsos hulados ni suma IIIVÍITOII por nlifefo que los embajadores, cón- sules , intérpretes, negociantes y oíros vasallos de la Francia lueseii protegidos y mantenidos en absoluta quietud y tranquilidad todo el tiempo durante el cual inorasen dentro de los límites del territorio otomano. Mas como los fieles de otras naciones que no habían hedió Imbuios con la Turquía , no pudiesen residir ni atravcsiii1 el país de los hircos sin grande riesgo de sus vidas, puesto que les esta- ba es presamente vedado . solían acojerse bajo la bandera de la Francia, listo sin embargo ofrecía ocasión á dudas é interpretaciones , que la política de los sulta- nes resolvía en beneficio propio. por lo cual á solicitud de los reyes dichos se aclararon también estos puntos, y se convino en que Unías las naciones mslia- nas y enemigas de la Turquía , que estuviesen en paz con el re> de Francia . y cuyos naturales deseasen visitar á Jerusalen , pudiesen ir y venir por den tro de los límites del estado turco , en la manera acostumbrada con toda libertad y se- guridad , sin que nadie les causase ningún desorden ni pusiese impedimento , y que si en lo sucesivo conviniese conceder á, dichas naciones libertad de comercio en el imperio turco , irían y vendrían bajo la bandera del rey de Francia , sin que pudiesen hacerlo bajo ninguna otra. En esos mismos tratados se pactó que todos Jos religiosos que profesasen la religión cristiana, de cualquiera especie y nación que fuesen, cuando se mantu- viesen en los límites de su estado, no fueran turbados en el ejercicio de sus fun- ciones en los pueblos del imperio tinco, en donde se hallasen establecidos desde mucho tiempo. Se prometió seguridad absoluta para los religiosos de dentro y juera de la ciudad de Jerusalen, de la iglesia del Santo Sepulcro, dé los jesuítas y capuchinos de Gálata, de las iglesias francesas de Smirna, Seide, Alejandría, y de otras factorías, y últimamente se concedió á los cristianos permiso para re- parar los edificios y reconstruir los arruinados, prohibiéndose á los cadís y demás oficiales turcos verificar las visitas y registros que estaban acostumbrados á me- nudear con gran frecuencia en dichas iglesias, molestando, tiranizando y exi- giendo dinero á los religiosos. Nuevos tratados se han concluido posteriormente entre la Turquía, la Fran- cia y otras naciones, viniendo á reasumirse todos ellos en el principio capital de que los cristianos residentes*en el territorio turco no serán molestados por los mahometanos, que podrán tener sus iglesias y sus sacerdotes, celebrar en ellas su culto, dedicarse al comercio, viajar en caravanas, ir y venir desde liuropa, sin que por eslo sean molestados ni vejados de modo alguno : y que en las plazas principales y en otras donde convengan los dos gobiernos podrá haber cónsules que protejan á sus eom|>atricios, y reclamen el auxilio de las autoridades fincas contra cualquier desmán de los naturales. Ib n*MASCO. lin tal situación, mas desahogada en unos tiempos que otros pero siempre asegurada de una manera regular oficialmente, aunque peligrosa por causa del fa- natismo musulmán, se hallaban las cosas cuando el odio mahometano, y otros mó- viles, cuya L'sposicion no es de este lugar, rompiendo todos Jos diques, burlán- dose de los tratados y dando rienda suelta á su cobarde ferocidad y a su invete- rado encono, ha cometido las atrocidades de que acaba de ser víctima la Siria, y que parece alcanzarán a otros puestos de ese imperio. No es prudente aventurar una opinión acerca de cuál ha sido la causa determinante (fe ese inicuo desborde, y decimos determinante poique el rencor de los turcos hacia los cristianos es inestinguible, no se siente comprimido sino por el temor de la venganza, no le contiene las consideraciones sociales ni los principios del derecho de gentes ijuc no conoce, y siempre está dispuesto á estallar con toda la violencia de que es ca- pa/ en un pueblo fanático y salvaje, necesitando solo un protesto cualquiera por fútil que parezca. Cual haya sido este en la catástrofe reciente no es fácil seña- larlo, aunque no faltan bastantes indicios para formar en nuestro ¡'UNIDO muy fundadas conjeturas. Sin entrar en estas consideraciones que nos llevarían mas allá de lo que á la índole de esta obra compete, diremos sin embargo que mientras el imperio turco subsista en las condiciones en que hoy se encuentra, mientras se pertenezca á si mismo viendo siempre sobre sí la amenaza \ el peligro de pertenecer á otros, mientras luchen en su gobierno elementos estrangeros que pugnan por hacerlo respectivamente propio, mientras sepa, y vea que con mas ó menos cautela se po- ne en discusión su existencia, y hasta se le sefmla un término cercano, no puede haber seguridad ninguna para los cristianos que residen en su territorio. O hay que renunciar á las amenazas con que se le alarma todos los días, ó es preciso llevarlas á ejecución, dando al través con mi enemigo doméstico, que entró en liuropa sin mas derecho que la fuerza, que la tuvo en perenne angustia durante siglos, y que hoy se venga en los europeos avecindados en Asia de las humilla- ciones por que le hacen pasar las potencias occidentales. No hay duda que es en Kuropa una planta exótica, y que no podrá nunca aclimatarse, porque su reli- gión, sus leyes y sus costumbres se resisten invenciblemente á la civilización cris- tiana. Su existencia es casi un baldón para la Europa que no quiso acudir á los ruegos de Constantino XII. último emperador griego, que no comprendió que con dejar que Mahouiclo II penetrase en Cunslaiilinopla le abria la puerta de hi cristiandad, y que desde cuatro siglos á esta parle sanciona con su aquiescencia la conquista de aquel osado caudillo. Los tratados con esa potencia siompre serán ineficaces para librar del inminente peligro de ser atrozmente sacrificados nues- tros hermanos t|ue moran en las playas del Asia menor. Rcncnlcs son las pruebas de esta verdad terrible. La liuropa araba de ver que cu \¡irías ciudades \ en muchos pueblos de Siria los crMinnos lian sido vic- DAMVSCO. ii tiiiiíis de los sectarios de Mahoma, los cu ales, según su costumbre, se lian lanza- do á todos los actos de la mas retinada barbarie, y del mas enaltado fanatismo. Tanto el anciano inerme, como el inocente niüo, como el esforzado varón, como la candida virgen, la esposa y la madre, todos han perecido á manos de esos asesinos, ó han sido vendidos, ó esclavizados, habiendo las mujeres sufrido an- tes la deshonra ijue nunca mas puede lavarse. Kn los ministros de Dios se ha ce- bado aun con mayor saña el encono de esos caribes, de suerte que (odas las na- ciones civilizadas han de-llorar el sacrilicio de algunos sacerdotes que han es- piado con una muerte cruel el delito de ser íieles á la religión de que eran minis- tros ; para colmo de desventuras, aunque por una razón muy lógica tratándose de turcos, las autoridades y el mismo ejército que debian defender a las víctimas contra los sacriíicadores, se han puesto al lado de estos, y con su influjo, su ejem- plo y sus armas han atizado esa atroz carnicería. lin la ciudad de Damasco muchos cristianos han hallado un asilo en la cin- dadela, que desde los primeros momentos se propuso defender á todo trance el animoso Abd-el-Kader, aquel célebre caudillo de los argelinos, que con tanto de- nuedo y constancia tanta, sostuvo durante afios contra la invasión de los france- ses la independencia de su patria, (iracias á los esfuerzos de ese generoso é in- lluyente mahometano se lian salvado muchas víctimas, no sin que haya corri- do graves riesgos por esos sentimientos de piedad , de que ha hecho público alar- de. Esa ciudad famosa es la reprensentada en la lámina que ha proporcionado asunto al artículo presente, y en ella se encuentra hoy con nuevas tropas l'uad- liajá, que es el gefe mahometano enviado por el Sultán á lin de castigar las co- metidas atrocidades. De pronto ha tenido que hacer rostro á las iras de sus cor- religionarios , y aun temer la insurrección de sus soldados ; mas si á pesar de tales contrariedades ha comenzado á cumplir el encargo que lleva , de esperar es que lo llevará á satisfacción completa , así por voluntad propia, como por temor al gcíe d sus hojas loi mahiiii un cortinaje tan espeso de verdor matizado de colores , que ililii ¡Imenle la mirada mas escrudinadora hubiera visto en la estancia una joven que , reclinada en la ventana, dirigia sus ojos con afán hacia la calle que terminaba en la plaza. Al través de las llores se distinguía apenas su rostro candido y hermoso; pero cualquiera que hubiese visto susfon-iones distinguidas, su ancha y serena frente, sus cabellos adornados con una llor, sus labios delicados y amorosos y sus ras- gados ojos que miraban con dulce melancolía, hubiese dicho que no era la aldeana María con su jubón de lana , su saya de algodón y sus brazos descubiertos, sino una dama de elevada alcurnia que debia ostentar rico trage. María era bella co- mo las flores de los prados de Warschal, y como ellas guardaba sus colores y sus perfumes para ostentarlas i la luz radiante del sol, en vez de marchitarlos ni la pesada atmósfera de los salones. Dio al nacer muerte á su madre y creció al lado de su anciana nodriza que la amaba como si la hubiera dado el ser, y que se complacía en ver en ella nula dia un nuevo encanlo de hermosura \ de talento. Su padre , hombre de oorazmi duro, y que había adquirido una fortuna considerable prestando á los aldeanos cuando" en sus desgracias se veian obligados á recurrir al viejo avaro, la amalla mas que á su tesoro, que es cuanto puede decirse para ponderar su carino , y al mirar el rostro puro ó inorante de María, su alma recibía como una emanación que, le regeneraba, inspirándole nobles sentimientos. Si alguna vez puso una moneda en la mano del mendigo . que desconfiado imploraba su piedad , fue úni- camente al separarse de María y acabar de besar su graciosa frente: aquel beso era como un rayo divino que ahuyentaba de su corazón empedernido los mezqui- nos instintos que en él dominaban como las sombras en una noche sin luna. María exhaló un suspiro al lanzar por última vez su mirada ansiosa á la plaza. y apoyó su hermosa frente en su mano , quedando «imilla en meditación pro- funda y llena de melancolía. Knlró entornes en la estancia una anciana que se sonrió al ver a María, v nio- 22 Mtucn. vio la cabeza cual si tratara de espresar que adivinaba el secreto de la tristeza de .su hija, porque era Marta su nodriza, ó mas bien , su madre cariñosa. Se acercó Marta lentamente, locó suavemciile en el hombro á María que se estremeció como si se despertara de un surño inquirió , y le dijo sonriendose : —Niña que ayer jugaba y reia, corriendo al través de los campos tan alegre como esas golondrinas que vuelan por el cielo azul lanzando alegres chillidos , y que hoy, triste y cabizbaja, vela en vez de dormir, medila en vez de cantar, y arroja lágrimas sin motivo , ¿sabes lo que tiene ? VAíi enferma ó ama. — Sí, madre, estoy, enferma, dijo María rompiendo en llanto. No sé lo que pasa por mí; siento una pena que roba mi sueño, y Horaria á cada instante sin saber porqué, pues las lágrimas acuden á pesar mió a mis ojos. — Tienes diez y seis años, dijo Marta sonriendo, y en esa edad, primavera ri- sueña de mi vida, sentí como tú la pena que no aciertas á esplicarle. Hija mia, tu enfermedad puede curarse fácilmente, aunque está en el alma, y con la cura- ción se trocará en el mas grato placer. — ¡ Ah! madre, mi pena me matará. Marta serió de María, y sentándoseá su lado, le dijo: — Voy acontarte una historia que es la tuya ; es una canción que aprendí cuando mi esposo, á quien lloro hace veinte años y que me espera en el cielo , me ensenó cuando empezó á galantearme. Oye. Y la anciana recitó los versos siguientes con una tonada monótona y con voz balbuciente: Orillas llora una niña — Madre, no sé lo t\w sienU» De arroyo murmurador. Mas me muero dedolnr. Y á sus "ondas cristalina* ¡,Qué puedo ser mi tormento'! Contando eslá su aflicción. — ¿Qué ha de ser, niña? Es amor. Quince abriles liene apenas, Y ya las rosas ajó —Yo no sé lo qnc en mí pasa Desús mejillas el llanl" Que no puedo respirar, Que exhala del cora/nn. Que mi corazón se abrasa Las aves desde los árboles. Y no ceso de llorar, Entonan trinos de, amor, Y parece que consuelan —Desahoga tu lamento De la niña la aflicción. - Y riendas dáá ese dolor, Y lodo en torno sonríe, Que no es eterno tormento Us nubes, el cielo, el sol, El tormentodfil amor. Las flores con sus aromas Y el viento con su rumor; —Mas si consuelo no alean/.» Y solo la niña llora La pena i|ue me devora, En triste meditación. Apagando mi esperanza, Su madre bajó al arroyo, Me, matará á mí traidora. Y llorando la encontró, Y le preguntó amorosa — Tu insensato pensamiento, La causa de su aflicción. R¡*i mi' di, w> dolor —¿Sufristeis vos mi tormento? — Nadie se muere de amor. —¿Quién no tuvo nunca amor? También cual La ciega amé — ¿Y creéis, pues, que vivir Cuando tus años Lenia, Se pueda con su agonía? Y lágrimas derramé; Madre mia, madre mía, Pero vivo aun, hija mia. Creedlo, voy á morir. Trocóse en risa el lamento — Hija, á lu edad un mócenlo Y en alegriael dolor, Dura solo ese dolor. Y nunca !le> morir m> sipnlo... < < IV <|in> miirit'ni de amor. Las mejillas de María se tifieron de vivo carmín al ver que María había sor- prendido su secreto ; pero la nodriza se apresuró á romper el silencio que había seguido á su canción , diciendo : —¿Ha vuelto ya? —¿Quién? — ¿No recuerdas que IIÍHT dos meses vino ¡'i. despedirse un gallardo mozo que partía ¡i llevar al Itliin las almadias? Los i ios IMIHIHI nribido el refuerzo que les envían las brisas de mayo derritiendo las nieves de Ins montes, ) los maderistas se embarcaron en sus naves formadas por troncos de pino atadas con juncos y mimbres. Débiles naves en verdad que arrojan lodos los años á algunos de los que las guian en el Rhin impetuoso ; pero l'rmiz... María se estremeció al oiresle nombre. —¿Adiviné? dijo Murta son riéndose y poniéndose el india; sobre, sus labios. —¿Porqué no he de confesarlo, madre? Si es amor la pena que sentí ando le vi partir ; si es amor el tener su imagen eternamente delante de mis en fin, este llanto que vierto, siendo así que nada me falta y que tanto mi padre como vosaccedeis hasta á mis caprichos; yo amo á Franz, porque por él peno, por él estoy inquieta, por él lloro y en él pienso noche y día. Y María se arrojó á los brazos de Marta que la acarició como á una niña. — liso es grave , dijo la anciana cesando de sonreír , y es forzoso que hable a tu padre. — ¡ Oh ! no.... no se lo digáis ; me moririíi de vergüenza. — ¿ Por qué? — Porque lo que os digo á vos me parece qr.e me lo digo á mí misma , pero con él es diferente. Además Franz no es rico, y mi padre me ha dicho mil veces que tiene dinero suficiente para casarme eo quien pueda llevarme á Friburgo a eon brillar entre las damas mas encumbradas. — ¿Qué importa?Si él te ama — ¡. \ si no lile amase V — ; Imposible ! ,: Oiiién puede verle sin amarle > ~ , Me prometéis que no diréis nada á mi padre ' — Te prometo i|iie liaré tu felicidad. Marta salió dejando á María abismada en su meditación. Cansada de miraren vano á la plaza donde no aparecía su deseado l'rauz, á ipiien no había visto hacia dos meses, que le parecían dos siglos, tomó un libro de devoción y se puso á leer para distraerse ; pero sus ojos , en vez de las ora- ciones, solo encontraban palabras cariñosas que su mente sonaba y creía escritas por la mano de l'ranz. El sueno empezó á doblar sus párpados, y se durmió para sonar que l'ranz la decía que la amaba , que su padre accedía á su enlace, y que su amante la llevaba á la iglesia donde se juraban delante de Dios un amor eterno. Sumida se hallaba en lan deleitoso sueño (alando entró de puntillas un joven que se sonreía . y llevaba en la mano una espiga que haliia arrancado en un campo al entrar en la aldea. Al verla dormida se acercó lentamente , y locó con la amarilla espiga los labios de María, lista sonaba entonces ipie Franz le juraba su amor , y murmuró sonriendo : — También yo te juro amarte hasta la muerte. Despertó entonces , vio á Kranz á su lado que se reía á carcajadas , y lan- zando un grito , huyó con las mejillas teñidas con las rosas del pudor y de la alegría. l'ranz . que había sillo su compañero de infancia y la amaba con ese aléelo |iuro en que no loma parle ningún jleseo, corrió tras ella y la abrazó por la cinlura , luciéndola: — ¡. Huyes de mí después de tan larga ausencia "/ V tenia cogida aun por la cintura á María , cuando apareció en la puerta del aposento un anciano de rostro pálido , surcado de hondas arrugas y cuyas (ac- ciones hubieran parecido las ilc un cadáver á no ser por el brillo que lanzaban sus ojillos pardos, casi envueltos en pobladas cejas canosas, que se arrugaron al ver el gracioso grupo que formaban los dos jóvenes. Era el viejo avaro, el padre de María. Su presencia turbó la alegría de Franz , y Hermann . que así si- llamaba el viejo , mandii á María con una mirada severa que se retirase , y cuando estu- vieron solos l'ranz y Hermann , dijo este al joven : María no es una niña , l'ranz , y desde hoy dejarás de venir á esla casa. Se cuales son tus proyectos, pues Marta me acaba de contar tu plan de seducción; pero adivino á donde le dirijes, y te advierto que no eres bastante ladino para lograr tu intento. Franz no comprendió el sentido de las palabras del viejo , \ después de pen- sar la respuesta i| liria . se encogió de hombros \ dijo : — Sois ilui'IKi di' recibir cu vuestra «isa í\ < 1 i }1 s ac odo , ¡ „„ i^mircis mi'i'siilail di' hacerme esa advertencia dos veces. V salió del aposento dejando á lli'nnaiiii sorprendido. — Ó es muy astuto, dijo el anciano', ó osla muy confiado en el amor de María. Ijvt i|ue opondría mayor resistencia. María enlró bañada en lágrimas. |)or<|iie lialiia oiiln la brusca despedida de Kranz, y arrojándose á los pies di' su padre , esclamó : — No queréis á vuestra hija , pues la matáis con vuestra crueldad. Y vencida por el esoeso del dolor, cayó desmayada en los brazos del anciano. Habían trascurrido ocho dias. María , cansada de llorar, se agnslalia romo las llores de su ventana, pues la mano de su jardinera no se riiidalii] y;i ile legarlas, y el dolor la postró en el lecho presa de una liebre i|ue la hacia delirar y minaba su existencia. María no si' separaba un motílenlo de la cabecera , contando las pulsaciones de su querida enferma . prodigándola consuelos como la madre mas cariñosa y halagándola con la esperanza de un porvenir venturoso. — i. No veis , madre , cornil no vuelve ? Creí que me amaba , pero el desen- gaño lia sillo muy cruel. /.O"1' ' m P 0 1 l i l <|ne "ii padre le liaya prohibido que ven- ga 1 ¡. Ñu estáis aquí acaso para velar en tanlo que él entrara á verme para espiar la mella do mi padre:' ¡ Ali ! decíais que nadie se muere de amor ;. llecordais la historia que me contasteis el día que vino l'ranz? Desahoga lu lümeliU. V i-ii'ndas ila íi i'st'dolin', Así decíais, y sin embargo, ya veis cu miente vuestra canción porque amo á l ' r a n z , y el amor me mala. — ¡. V salle acaso Kranz que le a m a s ? dijo María. Se cree l.m inferior á lí. que hoy misino me ha dicho — ; . l.o habéis vislo? ¿le habéis hablado? dijo Mará interrumpiendo á su nodriza é incorporándose precipitadamente en el lecho. Marta la obligó con cariño á que volviera á acoslarse . v le contesto : — - l.e he visto y me ha preguntado por tí. Salle que eslás enferma y me ha confesado que no ha\ alegría psl'11 ''' desde que no puede ver á la i¡uc eslaba ¡looslunilirado desde niño á mirar eoaiii una hermana. — í lisiaba Irisle? 3(J VIVLIClV. — Y enfermo del corazón. Franz te ama , pero iri siquiera se atreve & confe- sárselo á sí propio. Parte hoy á la selva de donile bajará todas las noches tan solo para preguntar por tí. V lo siento. porque tu padre se MI IIOJ de la aldea y po- drios ver á tu Franz. — ¿ l'ero no estará mi padre esta noche i — Si; va á comprar la remesa de maderas que se prepara para el nuevo viaje al llhin y volverá por la noo.lic. llermann entró entonces á estampar un besn en la frente de María antes de partir. — Este hombre está ciego , dijo María al verle salir; no repara en (pie su hija se muere , y que es el quien la mata. lil calor fue esecsivo aquel día, y las cigarras cantaban en los prados mientras que el sol lanzaba sus rayos, sin que la brisa mas suave moviese las hojas de los árboles. El sol iba á ocultarse en los altos montes , cuando asomo por el lado de la selva Negra un nnbarron de color azulado que lentamente fue cubriendo todo el valle. Oyóse entonces un sordo mugido que apenas podia distinguirse del rumor del torrente que baja despeñándose de una ladera cercana á la aldea , y algunos momentos después brilló un relámpago seguido de un trueno ronco que las quebradas y las selvas repitieron con sus cien ecos. Desatóse un viento impe- tuoso que agitó lodos los árboles de la selva, haciéndoles inclinar sus copas como un campo cío espigas que se doblegan al soplo de la brisa, y anchas gotas caye- ron, haciendo evlmlar á la tierra ese olor agradable que produce al humedecerla la lluvia. lin anciano bajaba de la selva motilado en un escuálido caballo , que apenas noilia abrirse paso cnlre los (roncos de árboles amontonados en la tortuosa senda que seguia el curso del torrente v estaba practicada sobre el abismo. Era ller- inann que. volvía ala aldea. La tempestad tendió sus sombras y se confundieron los montes , las quebra- das y los valles. El huracán arrebataba las hojas secas, y los relámpagos brillaban casi "sin interrupción entre el estruendo del trueno que bramaba, dejando bre- ves intervalos de silencio en loque se oian voces lejanas , el silbido del viento y el sordo clamor del torrente. Este había aumentado sus aguas , que bajaban im- petuosas y con color rojizo, arrastrando ramas y troncos de pino (pie había arre- batado de sus orillas en la selva. llcrmami espoleaba su caballo (pie se encabritaba al brillar el relámpago, v cuando Ileso á la falda de la colina, desde donde se descubre la aldea de War- schal v se creyó salvado , v io (pie el puente de madera que cruzaba á la opuesta ladera, y debajo del cual bajaba el torrente, empezaba á cubrirse con las aguas impetuosas y crugia como una nave azotada por la tormenta. El caballo se negó á pisar aquéllos troncos que vacilaban al choi| Id agua , y llermann se vio «ALICIA. i I precisado á desmnnlar para pasar sobre el torrente que necia fumo una marca v sallaba sulirr i'l pílenle bramando (le ira , cual si su orgullo se ofendiera de que tan débil dii|iic se resisliese. ilc su impetuoso empuje. Hermann llego hasta la mitad del puente, y tropezó arrastrado por un im- pulso vigoroso, líl caballo , conociendo por su instinto el peligro á i|ue se espu- ma , había retrocedido , rompiendo las riendas que sujetaban las manos ile ller- inann. Bajó entonces una imnensa oleada ipie hizo desaparecer el |iucnle . \ el anciano fue arrebatado |)ur las aguas Oyóse, entonces un grito de angustia . y un aldeano se arrojo al tórrenle ni ver caer á Hermann. lira V'ranz que bajaba lambien de la selva . < • IIIIIIÍH prometido á Marta. para saber noticias de María , y que , mas afnrtiinailo que Mer ni, labia cru- zado el puente antes que lo inundaran las aguas del tórrenle ensoberbecido por I» tempestad. El cuerpo del anciano apareció sobre las aguas ¡i veinte pasos mas abajo del puente , donde se esliendo como un manso lago por un angosto valle . \ pocos momentos después se vio á l'ranz azotando con sus manos l,is aguas v arernindose al anciano á quien asió del vestido y arrastró hasta la orilla Judiando con la im- petuosa corriente. Hermann estalla inmóvil y parecía un cadáver; pero su corazón latia aun bajo la mano de l'ranz. IV. I.a | pesiad se alejaba por las orillas del Nocker liária las llanuras. y por entre las nubes desgajadas aparecía la luna , cuya luz blanquecina , al rellejarse en las golas de agua que colgaban de los arboles, las convertía en diamantes. Bramaba el torrente , y á intervalos se oía aun el rumor del trueno lejano. Marta se había arrodillado cerca de la cama de María y oraba. María la acompañaba en sus oraciones ; pero al implorar íi Dios por su padre , mezclaba con su nombre el de Kranz. He pronto se oyó en la calle una voz que hizo estremecer .1 María. ¿Kra ilu- sión 1 No : Franz pronunciaba su nombre y el de Marta. Esta se apresuró a salir á la puerta de la casa , y lanzó un grito al ver á su viejo amo sostenido por H'ranz , y empapados ambos de agua. Entraron en el aposento de María , y Hermann se sentó casi sin aliento en un sillón de cuero que se apresuró á traerle la solícita Marta. — ,; Qué ha sucedido , señor ? preguntó esta con ansiedad. — ¿, Qué tenéis, padre •> dijo María lanzando una mirada de asombro á Franz que permanecía en pié al lado de Hermann , silencioso y turbado. j># M.U.ICU. — I lija mía , dijo el a n c i a n o , ilu las gracias á Kraitz que lia salvado esta nuche la vida ¡i lu padre. llennauu contó entonces el peligro de itiin-ilc de que acababa de salvarle el joven maderista , v cogiendo lii itmno á Kninz . le l ' ' j " : _ — Eres pobre pero honradu . y i n acción merece una recompensa. ¿Qué destías i1 Pide. Kratiz respondió en lanío que María le miraba con inquietud : — Que me restituyáis vuestra amistad. — ¿Nada m a s ? preguntó el anciano. .Mi amistad i>> I I Í \ J hace -lio Immpo. — Nada mas, respondió l'ianz. Marta se acercó entonces al joven , \ Uñándole liaslü el lirlio de M.n'ia. rujas mejillas haliiau recobrado sus colores en mnlio de su ndmi , le diju : — Ya que has salvado al padre , salva ¡i la hija. — ¿Qué decís, señora Marta? pregunto Kranz minuido ¡i Marut <|iir se lialii» tapado el rostro con las manos. — yue. eres tii la causa de su enfermedad , > puedes curarlii. — ¡ Yo ! esclamó el joven con asombro. Sí, diju Marta. ¿ [No ves que su enfermedad es amor? j Me ama María ! gritó Kranz con acento apasionado, ¿lionm halmi de aspirar á tanta dicha ? El anciano volvió entonces á preguntar ¡i Kraiiz : — ¿Nada mas me pides? — Señor, respondió Kranz; lo que os pediría es un tesoro qui' no me- rezco. — Habla ¡ Qué me deis por esposa á vuestra hija ! K,l anciano se sonrio y le dijo : — Algo caro es el pierio que, impones á tu favor, pero accedo. Advierte, sin embargo , quesov pobre , muy pobre , y que María no tiene dote. ¿Qué me importa ? dijo Kranz. ¿No soj joven y robusto? Trabajare para ella. Marta dio con el pié en el pavimento con despecho exclamando para sí: — ¡ Viejo avaro ! ¡Qué no tiene dote su hija ! l'oro que se casen los mu- chachos , qué después.... No se llevará su oro al sepulcro. La curación de María hizo tan portentosos, progresos desde aquella noche, que quince dias después daba su mano ¡i Kranz . y estaba ya radiante desalud y ile hermosura.. Se celebro la boda de Krauz \ de Maria con .¡"lulo . > |,i ,|uc parecerá tal vez fabuloso en una aldea ilondi" mimihii la envidia \ había muchas doncella> MU.IUY. H) casaderas, ninguna se alrcvin ¡i decir (¡nc r| novio n o c í a un luir» mn/o \ la novia un portento do virtud y do belleza. Marta dijo ¡il volver do la iglesia á María : — ¿. Dudas aun do la vcrdml do mi historia ? ¿ Mala ol amur 1 — No , madro , respondió María ron el rostro alborozado. GTIEinBICH.P.5 EL MOLINO. (CUADRO DE EZDORF.; Por los años de l!f¡(¡ la guerra civil pascaba triunfante su ensangrentado pendón por los llanos y montanas de la Sueeia. Waldemaro , que tenia solo veinte y cuatro aílos , y que era el joven mas hermoso de su tiempo , según dii las crónicas, lialiia sillo proclamado rey de Silería , casándose con Sofía , princesa de Dinamarca. |-;s|a reina , de un carác- ter orgulloso y burlón , fue la verdadera causa de la desunión que muy luego sobrevino entre Waldemaro y sus hermanos , que eran el duque Magnus y Erck. Un dia llegó a la corte de Suecia una mujer llamada Julia, hermana de la reina y hermosa como un , siempre según las crónicas. Salía de un convento ) el rey se enamoró de ella perdidamente. De estas relaciones ilícitas nació un hijo. Waldemaro por semejante adulterio se degradó á los ojos del pueblo y oca- sionó lamentos y quejas del clero, hasta el punió de verse precisado á empren- der una peregrinación á Itoma para hacerse absolver. Durante su ausencia, el duque de Magnus quedo como regcnle del reino, \ a la vuelta del rey se negó á entregarle el ¡joliieinn , porque va se había ase- gurado con la alianza del rey de Dinamarca. La guerra estalló cruel y despiadada. Waldemaro sufrió una derrota ruando marchalja sobre la capital y retiróse hacia las sierras de Nikejping. Kl dia mismo que llegó á esle pueblo , un caballero armado de [odas armas salió precipitadamente de su recinto á la caida de la larde, lanzándose hacia el bosque y llevando montada á la grapa di' su caballo muí joven de encantadora ;¡J t i . M(JI.IM). belleza I le»o al pié de un monto por entro cujas quebradas se desprende un caudaloso' rio allí ato i un árbol su caballo, lomó á la joven en sus brazos, subió por un'sendero poco conocido. llegó al punto de la montana que bus raba y se acercó á una roca inmensa , por cuyos pies pasaban murmuran os l-is •urnas del rio y que ofrecía la entrada de una gruta natural por el lado norte. Doió illí á su bella , la tranquilizó con algunas espresiones de consuelo , se alejo en seguida, volvió á montar en su caballo y regresó á galope al llano para tomar parte en la nueva batalla que se preparaba. Fste caballero se llamaba Renato , pertenecía on cuerpo y alma al partido del díiaue Magnus y era el modelo de los caballeros suecos de su época por su •iiToaante «gura su valor, su cortesía y estélenles prendas. Enamorado perdi- damente, de una bella campesina del país de Nikoeping y temiendo que en su retirada las tropas de Waldomaro pasasen á saqueo el pueblo de su querida, midió presuroso á ponerla en seguridad antes que llegasen al pueblo. l'or esto se le vio aquella tardo cruzar el valle con su Helia en los brazos, no abandonando su preciosa carga hasta que pudo dejarla en parte segura. | a noche no había aun tendido sobro la tierra su velo do sombras cuando va lis tropas do Waldemaro estaban apoderadas de Nlkoeping y habían entre- gado á las llamas varias casas. Los habitantes, sorprendidos y asustados, huían on todas direcciones , abandonando sus moradas y hogares. Fn estos momentos de confusión es cuando se presentó Renato. Dio pronto- menté las órdenes convenientes , y en seguida. poniéndose al írenle de una porción de hombres decididos. marchó resuella ile contra el enemigo para arrojarle del pueblo. 1 os restos del ejército de Waldomaro se defendieron vigorosamente y por tres distintas veces rechazaron á los que lo atacaban , pero el número de parti- darios de Magnus iba cada vez en aumento , y Waldemaro ilio la orden de retí- rala ' Entonces fue cuando Renato y los suyos se arrojaron como leones sobre el enemigo haciendo en sus lilas una espantosa carnicería. M sitio donde tuvo lugar esta batalla conserva todavía el nombre de mimi- Irrm'tic Wnhktmm, por la mucha gente de este re; que allí murió. Renato luego que hubo alcanzado la victoria . luego que hubo visto huir doshuid ulos á los de Waldemaro , no cuidó do otra cosa sino de regresar al sitio donde había dejado á su amanto. Dábase prisa on llegar, pero ; ay ! ¿.quién es el que puede contar mucho tiempo con la dicha 1 Delia respetada con el tumulto de la batalla y con los numerosos incendios que la noche hacia aparecer mas terribles aun. se había hincado do rodillas para unlii-ir -il ciólo que protegiera á sos padres ; conservara los días do su valiente e-lulero Mientras que pcriimnem do hinojos , y con las manos plegadas, una v'ilmn saliendo íiirlix i le debajo de umi inca, so enrosen á su pierna y In V.L 1I0UN0. 33 mordió. La infeliz lanzó un grito de dolor y cayo desmayada. Kl veneno corro- sivo del reptil no tardó en dar muerte á la desdichada joven. ¡ Cuál no fuii la sorpresa del caballero Renato al encontrar á Helia muerta sobre la roca ! Se entregó á la desesperación y al dolor, pero dominando sus sen- timientos , abrió allí mismo con sus propias manos una huesa y en ella depositó el exánime cuerpo de la mujer á quien tanto habia amado. Desde aquel dia cada noche , constantemente , iba Renato á regar con sus lágrimas el sepulcro de su Delia, á sentarse junto á la roca sobre la cual su amada habia exhalado el último suspiro mientras que por él rogaba al cielo. Allí su alma ardiente, exaltada por la pasión y por el infortunio, se entre- gaba á sombríos delirios, y la fiebre , dando á sus preocupaciones todas las apa- riencias de la realidad , le hacia ver á Delia entra las nubes. Entonces le dirigía cariñosamente la palabra, como si en efecto estuviese junto á ella; suplicaba al cielo que le devolviese su amada; gritaba y se desesperaba como un loco ó un delirante. Pasaba así las noches enteras entre lamentos y quejas y nunca aban- donaba aquellos lugares antes de aparecer el primer rayo matinal. l!n ano enlero trascurrió viendo cada noche á Renato al pié de su sepulcro. Llegó el otoño. Un dia , cediendo á la dulce influencia del aire embalsamado de la noche, se habia entregado á delirios mucho mas profundos aun que de costumbre. El si- lencio de aquellos sitios estaba en armonía con la oscuridad. De pronto , cambió el tiempo , se amontonaron las nubes bajo la bóveda azulada, el huracán dejó oir sus majestuosos gemidos, y el bosque con sus murmullos pareció responder al himno que suspiraba el cielo. Este sublime espectáculo despertó en el alma de Renato sus recuerdos de amor y sus visiones. Creyó oir una melodía estrafía en torno suyo , y entonces, entregándose por completo al desvario de sus habituales ideas , esclamó en voz alta: — Delia, cruel amiga , ¿eres tú la que vagasen torno mió sin ofrecerte á mis miradas?.... ¿sin estrechar cariñosamente mi mano con la luya?.... ¿sin que te dignes hacerme oir tu dulce voz ?... Verdad es que soy causa de tu muerte; pero dime, ¿ acaso no he espiado ya mi falla involuntaria? ¡ por qué no he de haber concluido mis dias en el campo de batalla,! Al menos ahora estaríamos unidos. Sin tí la vida me es insoportable. ¡ Ten piedad de mí! Vuelve, y con- cluya de una vez mi dolor con mi existencia! Acababa apenas de pronunciar estas palabras, cuando vio aparecer adelan- tándose hacia él un fantasma que nada por cierto tenia de terrible. No era la pobre Delia : era una de esas fantásticas heroínas ilc la selva de Nikoeping , de • las que tanto hablan las leyendas de Suecia. Pocas veces habia visto Renato un tipo de mujer tan acabado , una belleza 5 •jj Kl. MOLINO. tan,,erfecta, una gracia mas atractiva y un» mirada mas severa. Ib..vestid» como la antigua Vclleda: sus pies y sus brazos desnudos ; su trage, de un ve. de i-hm raia en graciosos pliegues v estaba sembrado de rosas , violetas y tu i an™'. Atolle efITsbelto'como el de una palma ; su frente se mostraba ceñida ñor una simple corona de frescas Dores de la selva. ' Kenato deslumhrado ante tan repentina aparición , quedo mmovd y m - de sorpresa. Kl fantasma , al hallarse cerca del caballero , pronuncio estas pala- bras con una voz tan armoniosa como la brisa de la noche : _ ; Po, qué gemir eternamente y turbar con tan repetidos lamentos la si- lenciosa calma de mis rocas y mis selvas? «Por qué consumir tus hermosos llils en llamar a un ser ya de hoy mas invisible para tí ? Deba no puede amarte va y yo vengo en su nombre á decirte que la olvides. ' - ¡ Olvidarla ! contestó el entusiasta caballero. ¡ Que la tumba so, al» a pal.. mí antes que vo olvide mis promesas y mi amada ! - L a muerte de tu amada ha roto el lazo de vuestros juramentos. Kre a libre , y no ignoras que el hombre .pie siente, latir un corazón amante, debe tener en la tierra su companera. _ Kl recuerdo de Helia basta á mi existencia. _ Í Y ,i tu amor fuera necesario a la dicha de otra, podrías negárselo? ¿Sumergirías sin piedad en el dolor á una mujer que te amas., verdaderamente? •Verías con oíos enjutos sus penas y sufrimientos? Acaballero impresionado por la autoridad y dulzura de estas palabras, levantó s s oíos Djándolos en la amable aparición y dijo con voz conmovida : _ ipuedo amar a dos personas á un tiempo. ¿Quién hay en el mundo que pueda bacerTe olvidar a aquella que la muerte me Ha arrebatado y cuyo recuer- i\n viviríi eo mí mientras aliente i . . . ™Yo r plicó la aparición con una encantadora sonrisa. Te conozco desde l,are mucho tiempo , te he visto combatir y tu valor me ha encantado , tu carac- " tu ealtad me agradan , v no Has nacido tú para soportar el yugo de una 1 L v ígaTylezquina. Sin que olvides á Deba enteramente , bien puedes abrir tu alma á un afecto mas terrestre. Ama a la mujer que Hoy se presenta a tu vista v que no se ha ofrecido jamás á los ojos de otro mortal. - P i r o ¿ quién eres tí,, misterioso ser que intentas darme consuelos ? - Soy la reina de esta selva : mi palacio es invisible y se halla entre el follaje : me llamo Nemorosa y tengo poder para hacer que ruja el huracán , destruya cuanto á su paso encuentre. - ¡ Oh ! si tanto es tu poder, señora , haz que Deba vuelva a l,i vida. , IX - vuélvame mi compañera! - Kl destino es irrevocable y te lia .separado de ella para siempre. _ • Devuélvame a mi Delia ! esclamó el caballero cruzando sus manos. — Imposible. — Permítame que lu hable un «ilo inslanle. — ¡ Imposible ! — Déjame al menos que la, vea. — Imposible. — ¡ Olí! ¡ verla ! ; no mas (pie verla ! —Imposible, imposible te digo. Renato entonces, cediendo ¡i un movimiento de desesperación , llevó su cris- pada mano al pecho como si arrancarse quisiera el corazón. La reina de la selva dio un paso hacia él y clavó en su rostid iimi mirada imperiosa y fiera: —Y qué, dijo, y qué, misero mortal, ¿te atreves acaso á rechazar mi amor? Renato, tú eres el primer hombrea quien me he presentado, el primer mortal que me ha visto en esta forma. ¿No temes provocar rni furia ? ¿ No he hecho ya bastante por tí dejando que tus ojos me contemplasen ? ¿ Ignoras acaso que la cólera es en mí mas furiosa que el huracán bramador y que mas que é! causa es- tragos y muerte? Témelo todo de mi rencor si con tu desden quieres herirme. Te- me mi furia... mi desesperación... mi locura. Teme... pero no! yo nosélo que me digo ! no sé que hablo!.. Nó, no, Renato, yo te amo, te amo hace mucho tiempo y seria para mí la suprema felicidad el ser amada de tí. Renato, mi no- blecaballero, mírame conpiedad, no rehuses una dicha que causada celosa cuantos la conociesen. ¿Tengo yo á tus ojos tan pocos encantos que no pueda me- recer tu amor? —¡Oh! nó, no soy injusto, y digna eras, señora, de que se te ame con igual pasión. Pero ¡perdón por mi franqueza! hace un momento he querido estrechar lu mano en senal de gratitud y no he tocado mas que aire. Conozco que llegaría k amarle, bien por cierto lo mereces, señora; pero ¡ay! no eres mas que una vana ilusión, y... —Soy una creación aérea, es verdad; pero, ¿ soy acaso invisible ? ¿No estoy á lu lado? ¿No oyes mi voz ? ¿ No fijas en mí tus ojos como pudieras hacer en los de una mortal cualquiera? A mas, dime solo una palabra, una palabra de amor, y yo haré que los espíritus mis hermanos te reciban en su seno para que puedas venir á habitar como mi esposo y señor los palacios invisibles y llenos de maravillas en que tengo mi morada. Henato empezó á vacilar, según cuenta la leyenda, al llegar á este punto de la conversación. Las'miradas de Nemorosa, lijas en él, le seducían y fascinaban. Comenzó á sentirse impelido hacia ella por una atracción casi irresistible. Estaba solo en «1 mundo y aquella mujer le prometía amor y ventura. — Yo reemplazaré á Itelia en tu corazón, continuó diciéndole la reina de la sol va con voz cada vez mas dulce. Yo seré tu amiga, tu amante, tu esposa, l'ro- ;{g F.l. MOLINO. nuncia una palabra sola, y caeré á tus pies sumisa como una esclava y la eter- nidad retrocederá sus límites ante nuestro amor. Tanto he de amarte, mi noble caballero que envidia y celos van á tener de mi carino hasta las flores. Ven á partir conmigo el tálamo nupcial que en mi palacio de plata sostienen ahidos es- píritus obedientes á mi voz, como unos pajes á la de su reina : ven á sentarte en el trono donde cobijarás tu frente bajo un dosel sembrado de verdaderas estrellas, arrancadas para mí á la bóveda celeste: ven á reinar sobre esa nación de espíri- tus que me sirven como vasallos y te prestarán homenage come á su rey y señor. Oh ! ¿por qué tardas, amor mió? ¿por qué te niegas á venirconmigo para com- partir una vida llena de delicias, de encantos y de venturas?.. Mientras asi hablaba Nemorosa, la imagen de Helia, fuerza es decirlo, se iba borrando de la mente del caballero que recordaba una balada del país en que se hablaba en estos términos de la reina de la selva: bis la reina Nemorosa, til sol que ardiente rechaza venid, amantes, venid. las tinieblas ante sí, Son sus ojos dos carbunclos, nunca pudo cual sos ojos sus dientes son de marfil, arrojar rayos sin (in. su leí envidia la nieve No tiene voz mas amante y sus labios el carmín. n ¡ el pintado colorín, Es mas hermosa y mas bella ni el ruiseñor que de noche que las flores en abril. sus cánticos deja oir. Venida decirla amores, Son mas dulces sus suspiros venid, amantes, venid. y es mas dulce su sonris Esa brisa que acaricia que la miel que á las abejas las flores en el jardín dan las llores por festín. menos suave es que el aliento Es la reina de las selvas; que ella deja percibir. venid , amantes, venid I Cuando Nemorosa concluyo de hablar. Renato se sentía ya perdido de amor por ella. . . —Sí sí, esclamó en un arrebato, gloria, dominación, placeres del mundo, todo lo sacrificaré gustoso por la felicidad de amar y ser amado. Sí, Nemorosa, yo juro consagrarte de hoy en adelante mi carino, yo te juro amor eterno. Nemorosa entonces, al" oir estas palabras que hicieron irradiar su rostro de alegría, levantó el brazo y trazó sobre la boca y el corazón del caballero, tres sig- nos misteriosos acompañados de una invocación secreta. Esto bastó para ponerlo bajo la protección é influencia de los espíritus del aire. —Ven á ver aluna el palacio que habitaremos, amado mió, dijo la reina de la selva. Y alargándole una mano que el caballero pudo ya estrechar contra su pecho y llevar solícito á sus labios, le arrastró hacia la selva donde bien pronto se per- dieron entre el follaje. Ki, Momo. ¡fT Desde aquel (lia jamás se volvió á oír hablar de Renato. Al cabo de algún tiempo se observó solo que la iota en que habia muerto Delia, había cambiado de forma tomando la de un sepulcro. Se creyó i¡ue esto era obra de Renato y de los espíritus invisibles. lil buen caballera cu su nueva vida de felicidad no había olvidado á su pri- mera amante. Hoy juntoá aijuella roca se levanta un molino, colocado en el centro di1 un país lleno de encantos, conm puede juzgarse por |¡t lámina que acompaña este ar- tículo. Vlrtor lluli.Bl.ci. ¡CUADRO DE EVEBDINGEN. En una (le esas bahías, cuasi siempre (lesicrlas ) lan (racuenlcs en el litoral americano, de pié sobre una roca se divisa a un hombre que constanlcmcnU' liene tendido su catalejo cual si examinara mas allá del horizonte algún objeto imperceptible á la simple vista. 1¡I mar, completamente en calma , apenas era rizado por una ligera espuma , y cuasi sin movimiento y sin rumor, mejor que á estrellarse en la roca , venia á besarla amorosamente. Kl hombre que con tanta insistencia examinaba el horizonte, vendría á tener unos cuarenta anos de edad : su rostro era bastante agraciado , su trage , el ca- racterístico de las personas acomodadas en aquellos remotos climas , rico, esme- rado y de perfecto corte: esto, empero, carecía su dueño de esas circunstancias que no se esplican , y que son apreciadas como mas csliiualdes que la elegancia del porte y la buena figura. Su vista no se cansaba de medir el espacio, pero sin duda no descubría en el lo que le venia interesando, puesto que á menudo sacudía impaciente con su látigo el eslremo de su pantalón blanco , con un movimiento que revelaba cierta ira y muy poca disposición para la calma que delie tener loda persona que forma cálculos sobre la inconstancia de los mares , mal domi- nados aun por los inventos de los hombres. lira la bahía donde encontramos á ese personaje uno de esos sitios solitarios que causarían tristeza en cualquiera país que no fuese lá America, donde la na- turaleza .se lia encargado de engalanar hasta los puntos aquellos en que el ojo del hombre lio descubrirá nunca las bellezas de la creación, lirandes y pintadas I,A TKMI'USJ \ i l . 89 aves de ondulantes plumajes venían á colocarse encima de las anchas hojas de los árboles, en las cuales los insectos de oro liban el dulzor de los frutos del plátano, del banano y de la lozana pifia. Verdad es que alguno do esos árboles tan her- mosos causan la muerte hasta con su simple sombra ; cierto es también que por debajo de este manto de mil colores tendido sobre la tierra de América , se arras- tra la asquerosa serpiente que halaga el sueño de los mismos á quienes devora; pero esto no impide que la vejetacion de aquellos países sea mucho mas feraz, muchísimo mas brillante que la nuestra: los bosques de Europa parecen a pro- pósito para pacer rebaños de cabras ó cazar tímidos conejos: los bosques de América se han hecho para vivienda de las hienas, para la caza de los leones. Va hemos dicho que el hombre antes descrito dominaba el paisaje : á alguna distancia de él se hallaban tumbados en el suelo media docena de negros arma- dos con carabinas, armas que se veian también colgadas del arzón de las sillas de tres poderosos caballos que pacían tranquilamente, y pertenecían sin duda, á mas del hombre del catalejo , á dos gayanes de mala traza , de quienes por su trage, por sus pistolas colgadas al cinto, por su cuchillo atravesado en la faja, y sobre todo por el látigo que parecía ser el sexto dedo de su mano , podía ase- gurarse ser capataces ó mayorales de esclavos en algún ingenio , odioso destino que se reduce á violentar por medio del terror los instintos nías naturales de sus subordinados. Kra aquella hora en que la naturaleza empieza á desprenderse de esa especie de polvillo de oro que la cubre durante las horas de sol: antes de treinta mi- nutos habría sin duda cerrado la noche. Nuestro observador empezaba á impa- cientarse ; el movimiento con que aplicaba el catalejo á la vista era cada vez mas violento : sin duda la suspirada vela no aparecía en el espacio. De pronto sonrió de una manera satisfecha : había descubierto un punto ne- gro en el horizonte, punto que rápidamente se fue ensanchando hasta tomar á los ojos del hombre de mar la figura de un buque que se encamina á puerto. Entonces el hombre del catalejo', que había permanecido algunos instantes in- móvil contemplando la embarcación , cerró su anteojo y descendió de la roca en cuya cima se había constituido vigía de aquellas aguas. Al poco tiempo el huque que hacia rumbo á la mal guardada bahía se hizo IHTÍrrliinieiifc visible : era un bergantín de cortadora quilla , largo y estrecho como itiiii piragua , que obedecía al timón como el caballo mejor adiestrado obe- (k'ci'iiü al freno manejado por un buen ginete. La rapidez de sus movimientos y la poca estela que dejaba en el agua eran causa de que pudieran comparársele á una inmensa serpiente deslizándose por cima la superficie de las olas. Cuando entró en las aguas de la bahía y se dispuso á detener su rápida car- rera , era tan poca el agua que calaba que mejor parecía ir á embarrancar en la arena de la playa. Hizo , empero , un gallardo movimiento que puso en des- ÍO I.* TKlll'KSTU». cubierto sn |K>|ia . y entonces permitió ver su nombre . ••scrilu con lelras cnlnr de sangre sobre- fondo negro. Aquellas letras decían : Vpenas la embarcación habia tomado tierra, cuando saltó de ella un hombre de [leipiena talla, rostro tostado por el sol del trópico. enjuto de carnes, pero tan robusto de complexión que se comprendía podía hiehar liasla con ventaja contra una de las muchas fieras que sin duda debía haber cnrcinlnuln ibiranlc sus peli- «rosas escursiones al interior de los bosques y de las cuales conservaba su cuerpo indelebles señales. Vestía una grosera camisa de. listas blancas y encarnadas y un pantalón lie lienzo azul cenido al cuerpo por una faja negra, entre cuyos pliegues asomaba la culata lie un magnifico par de pistolas de lira y el mango de un cu- chillo, cuya vaina ile cuero denotaba por lo vieja el dilatado servicio que venia prestando' Todo en el aspecto de esc hombre cía repugoaolr, lodo inspiraba horror y asco á un tiempo mismo. lil personaje del catalejo fue al encuentro ilel marino, y ofreciéndole un mag- nifico labacn, le dijo: —Compadre. ¿que tal viaje se ha hecho i Regular, contestó el marino con voz aguardentosa. Ks un negocio que SÍ pone peor cada día. Los malditos ingleses empeñados en destruir el trafico... —¡yué ingleses ni qué diablos! Va quisiera yo ver como esos rubilos se ponían al alcance de mi bergantín... A mi no me asustan los uniformes encarna- dos ¡voto a cien andanadas! Entonces, no comprendo... —lis muy fácil: en primer lugar esos perros negros ya no tienen coo mucho las guerras que en otros tiempos. Desde que hay una cosa que llaman misiones, se vuelven menos salvages : no se encuentra un cargamento por un ojodc la cara. ¿Cómo creerá V. que uno de esos monos, i[uc en otro tiempo se comía á sus pri- sioneros como pan bendito, se atrevió a amenazarme con comérseme á mí si le volvia á hablar del asunto?.... Y no es esto lo peor: los pocos que se encuentran se han vuello tan quisquillosos y delicados, que á lo mejor se insubordinan y al mas mínimo castigo se vengan muñéndose. Cinco llevo arrojados al agua duran- te la Iravesla, y aun así traigo los restantes atados codo con codo. Sea V. blan- do con ellos... "llágase V. de miel y lecomeran las moscas, higo, y si esto pasa conmigo, ¿qué les queda por desollar á los capitanes llamantes, que tratan íi los negros como unos señoritos?.. ¡Condenación! Kl mejor dia oímos decir que los negros han arrojado al agua toda una tripulación de marineros honrados. —Pero al lin y al cabo—dijo impaciente el interlocutor— ¡. qué cargamento trae V.? —Traigo cincuenta mancebos que pueden cargar cada uno sois quintales so- I.A TRHPKSTAI). 41 bre su espalda, y seis muchachas, dos ilc ellas en cinta, que prometen ser mus fecundas que una hija del norte. —En tota) cincuenta y seis esclavos... —Cabal, cincuenta y seis; ó mejor dicho cincuenta y cinco, pues uno de ellos quiero conservarle á mi lado: es una promesa que le tengo hecha y se la he de cumplir aun cuando veinte y cuatro horas después me tocase ser ¡asió de un tiburón. —¿fuereis guardarle como reclamo ? —Quiero tenderle sobre uno de mis cañones, amarrado de pies y manos , y • administrarle por mi propia mano cincuenta vergajazos de los cuales conserve señales todos los dias de su vida. —Pues, ¿qué delito ha cometido ese negro? —Poca cosa: con el pretesto de que dias pasados arrimó un puntapié ¡'i la que él llama su esposa, y que está en cinta, luvu la audacia ile arrebatar un cuchillo de mi mesa y amenazarme con él. —¿Y no le partistes la cabeza de un hachazo ? —No tal, pero hice administrar veinte palos á su consorte, que le dolieron mucho mas que si fuesen aplicados á su propia persona. Pero como no es justo que él se quede sin su merecido, trato de amarrarle, como os he dicho, y hacer jus- ticia. Justicia ante todo, caballero, cuando se trata de un oficio tan comprometido como el nuestro. —Vos lo entendéis sin necesidad de que yo os venga á dar consejos. Lo que conviene ahora es descargar á la gente. Ponédmelos en tierra, y una vez en ella, yo les gobernaré ¡i mi manera. —Pasad á bordo, y os entregareis de ellas. Vo quiero hacerme á la vela esta noche misma. lil hombre de la bahía llamó á los capataces y á los negros que le habían acompañado y los colocó de suerte que guardaran aquel punto impidiendo la fuga á los esclavos que iba á trasbordar, lin seguida se reunió al natrón del Bui- tre y pasó con él á bordo del bergantín. Dadas las órdenes correspondientes fueron subidos á cubierta una multitud de negros, todos casi desnudos y al parecer insensibles ¡i su desgracia, á no ser porque en su marcha oblicua y falsa demostraban lodo el tesoro de odio y ven- ganza que guardaban dentro de su pecho. Algunos de ellos conservaban aun se- fíalesdel látigo que había cruzado sus espaldas: estos venian casi todos mania- tados, ora porque de suyo fueran temibles, ora, y es lo mas probable, porque el maltrato había despertado en ellos el instinto de la tiereza. Todos ofrecían en sus cuerpos evidentes señales, no solo de un viaje incómodo, sino del rigor con que habían sido tratados durante el mismo. Todos además tenían la mirada lija en el suelo, y sin duda detrás de su estrecha frente esLaba bullendo uno de ¡ique- 6 •ÍÜ • 1,A TfcMI'KSTAh. Nos planes de venganza que engendra la opresión de los hmnlnvs habituados desde su nacimiento íi una libertad salvage. Dos de estos infelices tenian los ojos arrasados en lágrimas. La tlolorosa espresion de sus tostadas facciones reflejaba de una maneru sombría todas las amarguras que un acerbo sufrimiento raonil y mi tratamiento atrozmente inicuo pueden amontonar sobre una raza iiiamida con el estigma de ta fatalidad. Ambos se hallaban en el apogeo de bi vida y en ambos la lozanía de una edad florida, la savia de una vigorosa juventud , se veía agostada por el hálito abrasador de la mas abyecta servidumbre. Sus labios no murmuraban ni una queja. Sus pechos no exhalaban ni un suspiro. Aquellos infelices trocaban entre sí de vez en cuando desgarradoras miradas con toda la espresiva elocuencia de dos seres que han aprendido á amarse en el desierto, si bien obedeciendo á la atrac- ción irresistible de la materia, no por eso menos terrible en sus salvajes mani- festaciones, al hallarse contrariada en sus amorosos instintos, que el tigre de Ben- gala cuando ve invadida por el cazador la caverna en que se albergan su hem- bra y sus cachorros. lié aquí porque de vez en cuando los ojos del esclavo se animaban súbita- mente al lijarlos en su empedernido capataz cual si una idea siniestra hubiese cruzado por su mente, y sus labios murmuraban sordamente una sangrienta mal- dición. Kntretanto el negrero acompañado de nuestro hombre do la bahía iba pa- sando revista á todos aquellos rostros que, con ojos espantados unos é indiferen- tes otros á cuanto á su alrededor tenia lugar, revelaban casi todos el idiotismo mas completo y!a mas crasa ignorancia de su razón de ser. lialláliase al parecer satisfecho el traiicante de la mercancía de su compadre el patrón del Buitre, á juzgar por la cínica complacencia con que le oia ponde- rar las condicionesde robustez y salubridad de sus (pínulas compañeros ilevioje, como les llamaba con infernal irrisión el negrero en sus ratos de buen humor; Lo- do lo cual no era óbice puraque el hombre de la bahía dejase de examinarlos uno por' uno con nimia escrupulosidad, ni mas ni menos que si se tratase de un ganado , no siendo por lo visto en sentir de aquellos honrados peritos en el arle circunstancia de gran peso el se\oy condición de los inspeccionados. Poco les faltaba ya para dar lin á su prolijo evámen, cuando parándose de improviso delante de los jóvenes esposos cuya sombría concentración hemos en- sayado á bosquejar ligeramente, esclamó el maligno hombrecillo, de enjuto ros- tro, dando íisu aguardentosa voz una entonación de burlona y estúpida crueldad: —Tá tá tá, con que, lagrimitas, eh ? vaya, vaya: pucheritos á un lado y ob- sequiad de una manera mas satisfactoria á mi huésped, que es lodo un hombre honrado, \ bien lo merece. I.A TEMPESTAD. í'-i VA esclavo levantó la cabeza (¡jando de un modo estraño la mirada en su in- terlocutor ; luego pasó los ojos en su compañera, entreabriéronse sus labios pa- ra dar paso á una desdeñosa sonrisa, y volvió á abismarse en su anterior inmo- vilidad. Una enérgica interjección del negrero acompañada de un terrible latigazo qur le estampó en el rostro una línea sanguinolenta, fue la réplica con que el capataz galardoneo la provocativa indiferencia del esclavo, líl hombre de la bahía creyó muy natural y acertada esta manifesíacion nada pacífica del negrero, aun (man- do ignoraba por completo la causa que su acólito podia tener para permitirse semejante desahogo. El esclavo ahogó un gemido. Sus ojos brillaron de una manera siniestra. Lina lágrima brotó de los párpados de la joven esclava deslizándose por sus mejillas. til hombre de la bahía se apresuró á preguntar: — Decidme, mi honradísimo cofrade, ¿á qué casta de pujaros pertenece ese par de pimpollos, á quienes tratáis con todo el miramiento de vuestro mas afec- tuoso cariflo? —Voto á mil rayos, mi digno camarada, á fé que no es la memoria lo que mas descuella entre vuestras buenas cualidades; esos son los apasionados ainan- lesde quienes os hablaba hace poco; son, como si dijéramos, los Pablo y Virginia de las malditas tierras del África. ¿No os parece altamente ridículo que estos idiotas se crean con derecho a esas niñerías como si fueran racionales1? Pues no faltaba mas sino que á tal escándalo llegásemos en plena civilización. —Y cre- yendo haber dicho un chiste soltó una brutal carcajada para celebrarlo. —Por lo demás, continuó, son dos magníficas piezas; mucha robustez... mi- rad : como ya os he dicho , la educación del mozo corre de mi cuenta, es un deber de conciencia que me veo obligado á cumplir; en cuanto á la muchacha es para vos una magnílica adquisición, porque, ó yo me engaño ¡voto al diablo! ó ha de sej1 mas fecunda que vuestra hermosa pena de Tenanova. liádsela por mujer á algún negrote vigoroso, fornido y que disfrute de buena salud, y por l'risto que no os ha de pesar. Terminado el reconocimiento, (lióse orden de trasbordar á aquellos infelices, \ así se efectuó con inconcebible rapidez, arrojándolos á granel, permítasenos la espresion, en el fondo de las lanchas, sin mas diferencia en su conducción de la de cualquier otro artefacto, que el cuidado que hubieran puesto en tal caso para no deteriorar el género. Por íin llegó el terrible momento para los dos esclavos, momento de prue- ba que se revelaba clara y distintamente en la angustiada frente de la infeliz joven, y en las viólenlas convulsiones del manrebo cuyos dientes chocaban en- tre sí. Tenia la c:ira lnuribleuienli' desencajada, sus ojos parecían destilar san- gre; sin duda mc.diliiba liesesjH'radih (irmcctosde venganza. U TfiWPESTAU. Entonces tuvo lugar una de esas desgarradoras escenas imposibles de descri- bir, ante las cuales el hombre mas emped»™d° h a c e u n a momentánea tregua Otros esclavos ya acostumbrados á tascar el freno de la servidumbre y á sen- tir crngir sobre sus espaldas el látigo de su señor , acababan de arrebatar al jo- ven su tierna companera, en medio de los aullidos masespantosos, qucobbgaion al inhumano traticante a cerrarle la boca con una mordaza. El joven había ex- halado un atronador rugido, y rompiendo por medio de un esfuerzo sobrehumano sus ligaduras, rápido como el tigre, y sediento como el de sangre, se había lan- zado sobre el patrón del Buitre para estrangularle. Desgraciadamente para el, el nesrero habia vuelto la cabeza en aquel mismo momento teniendo el tiempo necesario para gritar y clavarle aunque levemente su cuchillo de abordaje. Seis hombres de la tripulación se arrojaron sobre el rebelde, yse trabo unaluchacual solo es capaz de sostenerla un reo condenado i muerte, o la fiera a quien ar- rebatan la hembra. . El esclavo cayó inanimado en aquel combate tan rudo eomo desigual, amo- ratado su cuerpo y ensangrentado el rostro por el látigo de aquellos perros .leí '"^Cuando el esclavo pudo volver en sí y levantar la cabeza , el Buitre liabia zarpado alejándose velozmente de la costa. El esclavo miro con amargura un punto ya casi imperceptible de la playa que acababan de abandonar, y lanzando de nuevo un tremebundo grito, murmuró una espantosa maldición y cayo dcsla- llecido bajo el peso del sufrimiento moral , como cayera antes atontado por la intensidad del dolor físico. En aquel punto casi imperceptible habia adivinado , mas que visto , a su ' " " T i g r e r o observó esta circunstancia con diabólica complacencia, y tarareó un aire marítimo de las Antillas. El Buitre seguia tranquilamente su derrotero hacia las costas di' I,única .1 devorar su nueva presa. II. Ku el inmenso conjunto de la infinita variedad de .seres que constituyen la maravillosa armonía de los mundos , solo uno se levanta majestueso, sublímalo por el soplo divino del que le otorgo con la razón el libre albedrío. Mientras mi- llares de ellos corren fatalmente á su destino siguiendo automáticamente la senda que les trazara su Creador , impulsados por la suprema voz que un día les dijo. amlml! y otro les gritará ¡parws! uno solo marcha por su propia voluntad: con ella subyuga á todos los demás, remueve, trastorna y escudrina hasta en LA TEMPESTAD. 40 sus mas recónditos misterios la naturaleza , y a cada nuevo esfuerzo realizado, á cada nuevo obstáculo vencido , á cada nueva verdad hallada, una voz se levanta irresistible en el fondo de su conciencia que le grita:; sé Ubre! É indudablemente solo el hombre es lilire. ; Libertad ! dice el filósofo, y a ese grito mágico cien ecos responden en todos los ángulos de la tierra; y asi en las populares ciudades de la culta Europa, como en los vastos arenales y agrestes escabrosidades del África; lo mismo en el regalado suelo que fertilizan el (¡anges y el Nilo, corno en los dilatados pámpanos que poetiza con sus cantos el colibri ; es la libertad a la par que un derecho in- disputable , un himno sacrosanto cuyas arrebatadoras armonías hacen modular instintivamente á las criaturas una plegaria de gratitud á su Creador. Hay , sin embargo , allende los mares un pueblo vigoroso ya en la infancia de sus días , pero de un corazón metalizado ; un pueblo hidrópico de riquezas, que ha acumulado los tesoros de un mundo entero-; un pueblo guerrero c indus- trioso á la vez , informe aborto de todas las antiguas naciones, monstruosa amal- gama de civilizaciones antagónicas, cuyo nombre brilla en todo el orbe con el pseudónimo de antorcha de '« civilización ; pues bien , este pueblo ha querido ahogar con su mano de hierro la poderosa voz de la naturaleza, conculcando uno de los mas sagrados derechos del hombre , arrebatando la libertad á otro pueblo hermano suyo, oponiendo la fuerza al derecho, rasgando en lili sacrilegamente el código venerando que vino á rubricar con su preciosa sangre el Hombre-Dios. En las fértiles llanuras de la América del norte, engalanadas con el pomposo lujo de una exhuberante vegetación, traza mil tortuosas figuras la corriente del Misisipl: inmensos bosques de sabrosas frutas , vastos ingenios, granjas innu- merables, nos revelan la existencia de una civilización floreciente encubriendo hipócritamente, tras el oropel de su deslumbrante máscara, el mas afrentoso padrón de nuestro siglo. Una inmunda cohorte de sórdidos aventúrelos, cuya vida es un tejido de crímenes y liviandades , se agrupa en torno de una infame ban- dera, ydirije su rumbo á las selváticas playas de.l África. Cual hambrientas aves de rapiña se diseminan por aquel sucio, y una comarca se llena de desolación y de luto. Mas duros que los peñascos de que están erizadas sus costas , no hay lazos por sagrados que sean que no rompan , no hay afecciones que no desar- me su inflexible brazo, no hay lamentos que csciten su conmiseración, y cual furias evocadas por un genio infernal, pasan á sangre y á fuego miserables cabanas, cautivan á sus infelices moradores, encadenan sus brazos libres, sub- yugan su cabeza independiente , cierran con una mordaza sus labios y los en- cierran cual asquerosos reptiles en los sucios pontones de un mal buque, que no prohijen los pliegues de pabellón alguno conocido, para emprender otra vez el derrotero de la tierra que ha ele ser para los pobres africanos su cárcel y su tumba. •ffi U TKMPKSTU). , Y llegan á la, costa, y desembarcan ren la rada sus mercancías, y son t>s- piiestos en plaza pública al comercio , los hombres! los seres privilegiados de la naturaleza! los reyes de la creación ! Y son también hombres los que con su sangre comercian . hombres con los mismos derechos, la misma dignidad , e! mismo destino ! Pero aquellos son salvajes, estos se dicen civilizados; ¡ cómo si la civilización consistiera en la opresión del déhil, en la usurpación del derecho! ¡(lo- mo si el civilizado pudiera alegar algún justo titulo de propiedad sobre el salvaje! Ved después estos seres medio desnudos , fatigados y sudorientos por las pe- nalidades de un trabajo mas que bárbaro, acardenaladas perennemente sus espal- das por el látigo del capataz; ¡ guay del infeliz si osa levantar indignado el ros- tro, porque un puño de hierro le recordará que ha perdido los derechos que cons- tituyen tina personalidad humana ! ¡guay del desdichado si intenta revindicar su libertad . que una marca de hierro candente carbonizará su espalda ! Allí el hombre no es masque un mueble, una nmtt que se compra cuando se necesita , que se tira cuando se lia inutilizado. Si no trabaja , 9 vada cumbre á un abismo, daba la vuelta á una de las masas casi aisladas que sealzanenel fondo de la cordillera, ysalia luego por el costado opuesto, ycon- vertida en una corriente bastante caudalosa, por una ancha y angosta cañada, con acelerado paso discurría. Anduvo un rato siguiendo aquel caudal de agua y de súbito se le presentó una angostura formada por dos altísimas y verticales ro- cas , entre las cuales pasaba el rio con una rapidez que espantaba y con estrépito tal que ensordecía. A uno y otro lado descubríase un corto trechode roca pelada; mas á pocos pasos la naturaleza lozana y rica ofrecía un espeso bosque, muy á propósito para robarse á las pesquisas de perseguidores de toda clase, pero lo malo efa que no haliia forma de atravesar esa corriente. Rodaron por la imaginación de Pedro cien planes a fin de suplir el paso qui- no hallaba , pero hubo de convencerse de que todo su afán y sus deseos todos no eran capaces de dar de sí el apetecido resultado. Paso ante paso deshizo el ca- mino andado , lamentando de veras no haber conocido ese escondrijo en arlos atrás cuando le parecía á él que la juventud le hubiera sujerido algún recurso para atravesar ese abismo , y tener al otro lado una guarida ¡rri|)niHnibl<'. Olvido lo que habia visto y transcurrieron muchos meses dodinindosu l'edro ú visiliir las casas solitarias y algunos pueblecillos vendiendo telas baratas y de gusto , y for- mándose una parroquia tan buena como las circunstancias de aquel despoblado territorio consentían. He liempo en tiempo le molestaba un importuno rímenlo de aquel sitio y le paircia imposible no discurrir el medmdc ulili/.irsits rononilasy positivas ventajas. Habló del negocio con un antiguo millarada., los dos jo comu- nicaron aun tercero, y últimamente fueron juntos a inspeccionar el local que Pedro habia descrito. Llegados allí lo examinaron con detención y con el ojo perspicaz y la fecunda inventiva de hombres que habían abierto mil senderos y atravesado otros abismos. Largo rato miraron á derecha ó izquierda, hacia atrás. y hacia el frente , por arriba y por abajo, y ya emprendían otra vez el ca- mino abandonando la empresa, cuando Pedro divisó á corta distancia el largo y robusto ¡ronco de una encina que arrancada por algún huracán yacía en la en- trada del bosque aguardando al parecer á quien quisiera utilizarlo, l'edro al verlo abarcó' en un instaute todo el plan que era menester llevar á cabo, pero lo abarcó con lodos sus pormenores, no disimulándose ningún peligro ni descono- ciendo ninguna de las ventajas. Tomada la resolución dijo á los compañeros que era preciso ir al otro lado del barranco, porque allí eslaba el tronco de cuya po- sesión dependían todas |as empresas que él tenia combinadas. Mas para trasla- darse áese otro lado era menester seguir por la parte de acá la corriente hasta hallar un puesto en que pudiera vadearse, y remontar luego por la parte.opuesta hasta el fíente del lugar que ellos entonces ocupaban. La ejecución era ardua y de seguro muy larga, pero habia de intentarse , y los fres amigos emprendieron la marcha con la esperanza de encontrare! puso <>U 1,08 P1RINK0S. apetecido. Tres horas de camino eran liviana fatiga para quienes estaban acos- tumbrados á viajes mas largos; y esas tres horas les bastaron para encontrar un vado , pasar el rio , remontarlo y hallarse al lado del tronco que pensaban con- vertir en puente de aquel río. Según el plan que Pedro les espuso durante la marcha, acordaron atar fuertemente el tronco , arrojar el cabo de la cuerda al lado de donde habían partido, trasladarse los tres allí, tirar del tronco que antes habrían dejado cerca del precipicio , hacerle seguir hasta que el estremo atado llegase á la parte desde la cual tiraban , asegurarlo bien, volver á la parte opuesta á fin de asegurarlo también en ella, y luego atravesar por encima de aquel pílenle tan espantable abismo. Los que no han visto esa naturaleza gran- diosa é inmensa de una cordillera como los Pirineos no tienen ¡dea de esas asom- brosas profundidades que hay entre dos montanas, y no pueden formársela del horror que espeiimentarian si se viesen suspendidos en el aire, sin mas paso que un tronco redondo, largo y mal seguro, teniendo bajo sus pies un abismo por el cual corre con rapidez incalculable y con un eslruendo que ensordece un grande caudal de agua q •lineando contra las rocas del fondo forma grandes remolinos, levanta olas espumosas, turba la vista y desvanece la cabeza. Sin verlo, es im- posible comprender un espectáculo de esa clase. Todo esto sin embargo no cau- saba ningún espanto á esos tres hombres que durante cuarenta años habían desa- liado las horrorosas tempestados del verano, y las nevadas y los huracanes del invierno , sallando di' peña en peña , teniendo siempre á sus pies indescriptibles precipicios y huyendo de la persecución de la fuerza armada. El plan de Pedro fue aprobado y á los dos dias plenamente ejecutado, no sin emplear inauditos es- fuerzos en arrastrar el tronco, y hacer que uno de sus eslremos llegara al lado desde el cual lo tiraban con una recia cuerda. Aseguráronlo por ambas parles con toda la firmeza que las circunstancias permitían ; y con la misma serenidad ron que se hubieran subido sobre un banco para averiguar si podía sustentarlos, pa- saron una y otra vez aquel aereo puente que los dejó muy satisfechos de su obra. Contando con tal auxiliar de su criminal industria dedicáronse otra vez al contrabando haciendo llegar hasta ¡lili las acémilas cargadas, pasando ellos el puente con los laníos ¡'i la espalda, y volviéndose el iimi roo las acémilas, los otrosdos tomaban veredas por ellos solos conoridaso ¡idroducian los gélidos por un punió coniplelamenle ignorado por los que debieran impedirlo. Guardaban estos con sumo cuidado lodos los pasos por donde solían atravesar los contraban- distas , y acabaron por arder en cólera viendo que con tan esquisila vigilancia nada conseguían. L'n efeeln nadie pasaba las gargantas ni los senderos conocidos. y por la parte mas baja délos Pirineos no podían dudar que se introducían géne- ros en desusada abundancia, lin verdad Pedro y sus compañeros observando que su ardid surtia buen efecto aumentaron el número de las acémilas , y todos los días atravesaban el pílenle dos ó tres lloras seguidas depositando en el bosque LOS PlKIMiOS 01 inmediato las mercancías y derramándolas luego por los pueblos dellado opuesto. Acontecía á los guardadores lo que siglos atrás habla sucedido á Leónidas y á sus trescientos espartanos , c|iic mientras custodiaban el paso de las Termopilas única puerta por donde en su concepto podía Jcrjes penetraren (irecia, se encontraron con que este rey y medio millón de sus soldados los habían dejado á ellos a reta- guardia pasando por un desfiladero desconocido de ellos; y cual avino también á los moros de España allá en las Navas de Tolosa, en que mientras cerraban el puerto de Muradal á IJII de que los cristianos no lo pasasen, remanecieron estos en la llanura y detrás de los infieles. Mas como era imposible que tarde ó temprano los perseguidores no descubrie- sen el secreto, fíinln si penaron en ello, lan bien los sirvieron los espías, y por otra parte tanto abusaron l'i'dro y sus amigos de esc medio que la casualidad los habia deparado, que. al lin eso mismo fue la causa de su desgracia. Los tres en- maradas habian ya pasado cuatro ó seis veces el puente en una lluviosa mañana del mes de octubre , y aun les quedaban géneros para muchos viajes mas, cuando del bosque en donde depositaban por de pronto sus mercancías salieron mas de veinte de sus perseguidores y los atacaron decididamente. Los contrabandistas lejos de hacer armas, pues no las llevaban encima ni querían apelar á ese re- curso, contando con otro á su parecer mas seguro, huyeron á todo correr hacia el puente , no cabiéndoles ninguna duda de que la fuerza armada no tendría la audacia necesaria para echarse tras ellos por ese camino, cuya sola vista debía estremecer á cualquiera. En efecto los enemigos los siguieron hasta que habian ya entrado en el puente, que se movió con el súbito paso de esos lies hombres, los cuales después de vacilar un momento se sostuvieron y echaron á andar hacia la parte opuesta , contándose ya libres «le aquel inminente riesgo lie ser cojidos. V en realidad no se atrevieron los otros á seguir sus pasos y los tres se tenían ya por seguros cuando al estar en mitad del puente aparecieron en la parle opuesta olios tantos hombres armados y dispuestos á impedirles la salida. Todo fue obra ilc un momento. La vista de esos nuevos adversarios espantó á los perseguidos: por un movimiento tan inesperado corno impremeditado quisieron retroceder ha- da el punto de donde habian salido, y al dar la vuelta chocó el uno de ellos con l'cdro, bamboleó , perdió el equilibrio , agarróse á Pedro para salvarse, y arras- trándolo consigo, los dos se precipitaron en el abismo. El esfuerzo que ambos hicieron para evitar su desgracia imprimió al tronco un movimiento de trepida- ción que no supo seguir el tercer camarada , á (juien faltó como á los demás el equilibrio, viniendo á sumergirse en las agitadas aguas un instante después que sus desventurados companeros. Los perseguidores quedaron horrorizados, y casi se condolieron del feliz éxito de su empresa. Aquellos infelices fueron arrebatados por la corriente, y sus destrozados cadáveres recojidos en el mismo sitio por don- de habian vadeado el rio cuando marcharon á esplolar el terreno á lin de poner en ejecución su temerario proyecto. •íí LOS NRN1EOS. La lámina representa esa calástrofe y ese puente , en el momento en que por primera vez Pedro pudo guiar hasta allí el asno que le transportaba los géneros; mas aunque en el fondo está aquí representada la escena, dista mucho de dar una idea verdadera del horroroso espectáculo que todo eso ofrecía en hi naturaleza. La ejecución es buena, bien estendida y do imum nuiestni; mas así como vemos cua- dros que son mucho mas bellos y agrudahlrs que el objeto real trasladado á ellos, en este sucede lo contrario: l¡i verdad es irilinilameiite mas grande y mas hor- renda de lo que parece en la lámina donde se ha representado. LAS VÍRMMS FATUAS Y (CUADRO DE SCHALKEN.) Condición es casi general (le tolos los pueblos é idiomas primitivos, y que lia quedado después como carácter distintivo, sino particular, de la mayor parto de los orientales, el emplear un lenguaje casi siempre figurado; el transformar, ó cuando menos acompañar la idea de una imagen en la espresion de sus afectos ó pensamientos! de cualquier clase que unos y otros sean, desde los mas tranquilos hasta los m^s vehementes, desde los mas triviales hasta los mas sublimes; al pa- so que en \$ naciones y literaturas del occidente, tanto antiguas como modernas, casi solo tiene lugar el lenguaje figurado, ó mas ó menos rico en imágenes, cuan- do, por decirlo asi, el fuego de la pasión lo caldea, cuando la luz de la fantasía lo colora. No es esta la ocasión mas oportuna, ni nos brinda á ello lo abundante del tiempo, ni cumple tampoco á nuestro propósito investigar las causas de esa in- clinación ó tendencia natural al hombre a buscar analogías entre las ideas abs- tractas y generales y los objetos del mundo de los sentidos que tienen poca ó mucha analogía con-cllas, y crear, sobre esos mismos objetos símbolos ó imá- genes que servir puedan ora para hacer mas claras, ora para que aparezcan aquellas mas poéticas. Cuestión es estaque tiene su punto de partida y estensas ramificaciones en varias de las mas arduas y complicadas de lafilosofíadel arle, y nosotros no venimos aquí á desenmarañar enredadas madejas, ni tomar una parte activa en esos ardientes combates de la ciencia y del arle, en los cuales (i'l u s villUCTtS FATUAS Y I'MIDÍKTÜS. muía menos se pretende (unos por cierto elevados), que resolver dudas, desvane- cer errores, y lijar la verdal. Venimos tan solo,—y en nuestra pequenez no nos es dado aspirar á mas,—á pedir á la ciencia terrenos sólidos donde levantar el edificio de nuestras reflexiones; datos seguros en que apoyarnos, ó hilos de Ariad- na que puedan servirnos para guiarnos hasta la salida, ó siquiera para no cstra- viarnos en el intrincado laberinto de los sistemas ú opiniones Immanas. Venimos tan solo mas que á engolfarnos por los agitados y peligrosos mares de las cien- cias, á espaciarnos por los jardines que pueblan sus orillas ; porque ademas de tener poca confianza en nuestras fuerzas para lanzarnos por regiones que tene- mos poco frecuentadas, sabemos que la índole de nuestro trabajo, del presente libro, y hasta de muchos de nuestros lectores , no nos permiten pasar de los lí- mites de lo ameno á la par que instructivo, para caer en lo árido y sobrada- mente profundo. Partiendo pues de la idea con que dimos comienzo á estas líneas, á saber, que ha sido siempre condición general de los pueblos é idiomas primitivos el ser- virse de la imagen como aclaración ú ornato del pensamiento,—muchas veces co- mo una y otra,—ya sea porque en aquellos tiempos remotos domine la fantasía y la pasión sobre el raciocinio , ya porque sea mas difícil de encontrar la palabra propia y el nombre abstracto, ora por una y otra causa reunidas: partiendo ade- más de que esta condición general de los mas antiguos pueblos ha quedado, fe como también indica s, como carácter distintivo entre los orientales, y en es- f á pecial entre los indios, árabes y hebreos, añadiremos aquí que estos últimos, bien J fuese por la índole particular de su lengua, bien por las tendencias de su genio poé- tico; ora porel carácter moral, didáctico y elevado de susoblias, ora por la misión que les dio el Señor de conservadores y encargados de trasmitir á ot$S naciones y á otras edades las verdades del mundo primitivo, manifestaron siempre, y quizás mas que ningún otro pueblo, una inclinación marcadísima, un giUfo, y hasta como una especie de necesidad de servirse de símbolos, comparaciones, alego- rías, fábulas, enigmas, parábolas, y en general de tollas aquellas formas del pen- samiento en que este se' traduce por una imagen ó se acompaña de ella. Grandemente nos duele no poder estendernos acerca esc carácter especial del lenguaje y poesía de los hebreos, que tan magníficamente se revela en los Li- bros sagrados : mas ya que no podamos consagrar algunas páginas á este obje- lo y que solo, y como de paso, nos sea dado hacer alguna ligerísima observa- ción sobre la parábola, puesto que en una de estas, y por cierto de las mas nue- vas y dramáticas, está fundado el asunto que ha inspirado á Schalker el cuadro, cuyo dibujo y grabado hecho por Schroder que acompaña á este escrito, ¿no se nos ha de permilir siquiera que recordemos algunos de los libros y pasajes de las divinas letras en que ese carácter mas se manifiesta? ¿No se nos ha de per- donar que indiquemos las inagotables riquezas que de tantas y tantas bellas y LAS VÍfHlKMiS IATUAS V PBÍ1DB1NTES. (J5 hasta esplentlorosas creaciones de la imaginación y el senlimiento, caldeados y movidos por una inspiración superior, encierran los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento? Nadie ignora que, prescindiendo por ahora del Cantar de los cantares, ese idi- lio el mas poético y delicado que se ha escrito en ninguna lengua humana, y que no es mas todo él que una santa y sublime alegoría, nadie ignora, repetimos, que casi todos los libros de los profetas, las lamentaciones, gran parte de los Salmos, y en especial el libro de Job, muchos de cuyos capflulos son una continua pro- sopopeya, están llenos de alegorías y personificaciones; pero alegorías y perso- nificaciones de una novedad y grandeza tal cual no las posee ningún otro pueblo mas que el escogido; como no las tiene ninguna otra poesía mas que aquella de la cual se puede decir que el mismo Dios puso en ella su omnipotente mano. En casi toda la Biblia, pero mas especialmente en los libros llamados poéti- cos , que podríamos con mejor fundamento apellidar los mas inspirados , el mun- do con todo cuanto encierra, el ciclo con todo cuanto en él brilla se convierten en seres que viven, en objetos que hablan , obran y se mueven. El sol para quien ha levantado el Senor una tienda en los cielos, sale de ella radiante, como el re- cien casado del aposento nupcial, y sigue su marcha alegre y orgulloso, cual sigue un héroe su carrera de triunfo. Cuando el profeta Habacuc describe á Dios sobre su carro de batalla para conquistar el país y distribuirlo, añade que las montanas lo vieron y temblaron , que las aguas se retiraron, que los abismos gi- mieron, las alturas elevaron sus manos juntas y que el sol y la luna se detuvieron en la entrada de sus tiendas; y que cuando vieron brillar sus flechas y volar sus dardos refulgentes se retiraron precipitadamente. En Jeremías Jerusalen es una viuda, desolada, con las mejillas llenas de lágrimas, que refiere sus desgracias é invita á los ijue pasan por sus caminos á que vean si hay en la tierra un dolor como el dolor suyo. En Job, para no amontonar mas ejemplos, el océano nace, como un nifio , y su padre le envuelve en pañales de nubes; la aurora tiene vida y obra; los relámpagos obedecen las órdenes del Señor y le hablan diciéndole: «henos aquí;» la descomposición y la destrucción se manifiestan sin velo y á descubierto delante de él; las sombras se despiertan y andan, etc. ¿Quién no conoce la hermosa fábula política de Joalham , una de las mas antiguas que existen en las literaturas primitivas, en la cual se introducen los árboles obrando y hablando, porque, como observa muy oportunamente Henlcr en su historia de la poesía de los hebreos, el pueblo de Israel vivia entonces á la sombra de los árboles, y era su existencia la de los pastores y agricultores? Por lo que hace á los enigmas, cuya afición se manifiesta especialmente en la infancia de los pueblos , cual se descubre también en las primeras edades de la vida , pocos de nuestros lectores ignorarán el que propuso Sansón h sus huéspe- des el üia de su boda, á saber: «l>el comedor salió comida, y del fuerte dulzu- 9 (¡tí I.AS VÍHIiENKS KAIIMS \ l'Ht.l>KNTIÍS. ra;» dándoles un |ila/o de siete días para que lo resolviesen. Y no lan solo si; encuentra esta tendencia á asios juegos ile la imaginación en la primitiva edad poética de los hebreos , sino i|uc se halla también en los libros de este pueblo de épocas posteriores , como lo prueban, entre otros hechos, la visita de la reina de Sabá á Salomón para proponerle un enigma y probar de esta suerte su sabiduría, y el que el penúltimo libro de los proverbios de aquel rey casi no contiene mas que enigmas. Y cuanto no podríamos decir de las alegorías propiamente toles de que está como sembrada toda la Biblia, hasta el punió de que, como ha dicho un crítico, podria formarse un volumen de ellas, desde las que se desenvuelven en un cua- dro de reducidas formas, cual el apólogo, hasta las que forman como un drama, cual el Cantar de los Cantares? ¿Cuánto no podríamos citar acerca este género, ó si se quiere modo particular del lenguaje ligurado, solo ateniéndonos á los pasa- jes en que, insiguiendo la idea general encerrada en aquella obra, sin duda la mas poética de Salomón , se compara Israel á la esposa y Jchová al esposo, se representa la alianza de Dios y su pueblo , de Jesucristo y la Iglesia bajo la ale- goría de un matrimonio? Mas si tanto se revela ya el carácter simbólico-alegórico, permítasenos esta espresion, que domina en los libros sagrados y que manifiestan la afición al mis- mo del pueblo en medio del cual fueron escritos , en las lijerísimas indicaciones que dejamos apuntadas, ¿ con cuanta mayor fuerza y claridad aparecerá esa ten- dencia al símbolo y á la alegoría , si á las personificaciones, apólogos y enigmas citados y otros muchísimos mas que podríamos citar, añadimos las parábolas, que tampoco escasean en el Antiguo Testamento , pero de las cuales hay tanta copia en los libros del Nuevo ? Sin hacer mas que citar la que se lee en el libro segundo de los Reyes, capí- tulo XII, donde Natán cuenta á David la historia de la única oveja del pobre , á quien se la arrebata el rico que poseía muchas á lin de obsequiar con ella , ahor- rando las suyas, al forastero que le habia llegado, nos permitirán nuestros lecto- res que les llevemos á los libros de los cuatro Evangelistas para recordarles las mas bellas é interesantes que en aquellas divinas páginas , y todas ellas puestas en los labios del Salvador, se encuentran , para detenernos algo mas en la que ha servido como de pretesto á las anteriores líneas. En S. Mateo , ora indicándolas ó como bosquejándolas en breves palabras, ya bajando á detallar y como complaciéndose en tocar los incidentes mas pequeños de esos poéticos cuadros , se encuentran las siguientes parábolas: la de la mies y los [rebajadores (ix, v. 3 1 ) ; la del sembrador; la del hombre que sembró buena simiente en su campo , pero cuyo enemigo sembró zizafia en medio del trigo; la del grano de mostaza, como símbolo del reino de los cielos; la de la levadura ; la del tesoro escondido en el campo; la del negociante que busca buenas perlas; la LAS VÍUGEBIiS f Í T L A S 1 paUUiNTliK. (i"l ile la red i|iic echada en el mar allega todo género ele peces , todas las cuales se encuentran en el cap. xm , en el que traslada las palabras que dijo cierto dia Je- sús , sentado en un barco, a la gente que le escuchaba de pié en la orilla : la del buen paslor que dejando las noventa y nueve ovejas va en busca de una sola que se habia descarriado , y la del siervo que debía al rey diez mil talentos, las dos bellísimas y que se hallan en el cap. win ; la del padre de familias que salió muy de mañana á ajustar trabajadores para su vina, cap. xx ; la del hombre que te- nia dos hijos , y les mandó que fuesen á trabajar en su villa; y la del otro padre de familias que habiendo plantado una vina, y cercádola y cavado , etc., la dio en renta á unos labradores y partió (cap. xxi); la del rey que envió á llamar á los convidados á las bodas de su hijo (cap. xxn); la de las diez vírgenes , en que nos ocuparemos en breve , y la de los talentos (cap. xxv). San Lucas , quien , después deS. Mateo , es el Evangelista que ha trasladado á sus páginas mayor número de parábolas pronunciadas en diferentes ocasiones por el Salvador, refiere también la del sembrador (cap. vni), casi en los mismos términos con que lo hace S. Mateo; la del padre que plantó una vina (cap. xn), narrada con alguna variante y con menos detalles de los que se mencionan en el citado livangelista , la de los dos deudores (cap. vn); la del Samaritano (cap. x); la del valiente armado (cap. \i); la de la gran cena (cap. \iv) ; la de la oveja descarriada (cap. xv), que es la misma que con el titulo de el buen pastor he- mos citado mas arriba; la de la dracma perdida, y la bellísima del hijo pródi- go (ibid.), la del mayordomo tramposo (cap. xvi); la de la viuda y el mal juez (cap. xvui), y por último la del fariseo y el pubiieano (ibid.), y la del hombre noble (cap. xix). Finalmente en S. Marcos y en S. Juan se encuentran repelidas algunas de las de S. Mateo , como las del sembrador, las del grano de mostaza y la levadura; la de la vina del padre de familias (Marc. cap. iv, y xn); y la del buen paslor (Joan, \i). Al ver tal abundancia de parábolas con que procuraba el divino Maestro de los hombres presentarles de una manera mas clara y agradable los preceptos que salían de su boca, ¿no podria decirse que casi toda su doctrina está como encer- rada en esos hermosos y variados cuadros , sacados casi todos de la vida común y de la naturaleza visible, para que fuese aquella mas asequible á loda humana inteligencia? Como una muestra notable de esos bellos símiles de que se servia con tanta liccucncia Jesucristo para inculcar y como grabar, transformadas en imágenes, las verdades que venia á dar á conocer á los hombres, a la vez que como esplicaoion del asunto representado en el cuadro ele, vamos á trasladar la parábola antes mencionada de las Vírgenes locas y prudentes, con la cual quiso el Salvador de- mostrar la verdad, acerca la cual habia hablado otras veces , á saber, que debe tiS I,AS VÍHÍiE\ES 1ATIAS 1 I'JIUDENTES. el hombre vigilar para que no le roja desprevenido el último (lia . ya sea el de nuestra vida , ya el del mundo. Héia aquí: «Entonces será semejante el reino ilfi los cielos á diez vírgenes , que tomando sus lámparas, salieron á recibir al esposo y a la esposa. «Mas las cinco de ellas eran fatuas, y las cinco prudentes : «Y las cinco fatuas, habiendo tomado sus lámparas, no llevaron consigo aceite. , «Mas las prudentes [ornaron aceite en sus vasijas juntamente con las lám- paras. «Y lardándose el esposo , comenzaron á cabecear, y se durmieron todas, «Cuando á media noche se oyó gritar: Mirad que viene el esposo , salid á re- cibirle. «Entonces se levantaron'todas aquellas vírgenes, y aderezaron sus lám- paras. «Y dijeron las fatuas á las prudentes: dadnos de vuestro aceile, porque nues- tras lámparas se apagan. «Respondieron las prudentes, diciendo: porque lal vez no alcance para noso- tras y para vosotras, id antes á los que lo venden y comprad para vosotras. «Y mientras que ellas fueron á comprarlo , vino el esposo: y las que estaban apercibidas entraron con él á las bodas, y fue cerrada la puerta. «Al fin vinieron también las otras vírgenes diciendo : Señor, Señor, ábrenos. «Mas él respondió, y dijo: En verdad as digo que no os conozco. «Velad pues , porque no sabéis d día ni la hora.» Esta parábola , prescindiendo por un momento del efecto que produce en el espíritu por la idea ó pensamiento moral que encierra , se graba de una manera harto gráfica, por decirlo así, en la fantasía , para ser representada en el lienzo por los pintores, cual lo fueron repetidas veces la del hijo pródigo, la del sama- rilano , la del buen pastor, la de las bodas del hijo del rey y otras muchas. Sin embargo no todos los pintores han andado igualmente acertados, ni en la ejecución material del asunto que nos ocupa, ni han sido igualmente felices en la manifestación del pensamiento que envuelve. La mayor parte de los artistas, dice un crítico francés, apartándose de! espí- ritu del Evangelio, han manifestado al parecer mas predilección por las vírgenes fatuas que por las prudentes; al paso que Schalken en el cuadro que ha consa- grado á este hecho alegórico, ha abastecido copiosamente de aceite y de luz las lámparas de las prudentes, y en cierto modo las ha dado la preferencia sobre las otras. Ellas están iluminadas con un verdadero talento de artista, mientras que la luna, compañera ordinaria de todos los géneros de locura, ni aun presta su débil claridad á las fatuas. No se crea sin embargo (¡uc consideremos la obra de Schalken como exenta US VÍUdENES t'ATlAS 1 PHLI'EM'ES. *>!' de defectos, y de defectos graves. Así por ejemplo , y dejando aparte el que no ha dado á las figuras toda la esbeltez y la gracia de que indudablemente las hubiera dolado si hubiese estudiado mas los modelos antiguos é italianos, defecto que re- conoce ya el crítico que acabamos de citar, creemos que hubiera podido acercar- se al"o mas á la verdadera cspresion del pensamiento evangélico; que debía ha- ber dado mas severidad y grandeza al grupo de las vírgenes prudentes , y que la alegría y la prisa por ir á recibir al esposo hubiera podido animar muy de otra manera sus semblantes y sus movimientos. La parábola de las vírgenes locas y prudentes , que como decíamos hace poco ha inspirado á varios pintores , ha servido también de asunlo á una obra dramá- tica sin duda la mas antigua, escrita en parte en lengua vulgar del teatro de la edad media , y que creemos poco conocida en Kspafla. Sírvanos esto de disculpa para que demos aquí una ligera muestra de esta curiosísima obra, que dala se- gún la opinión mas común y verosímil del siglo xi, que es la primera, que se- pamos en la que aparece escrita y versificada la antigua lengua de oc, y que por lo tanto puede considerarse como el venerable vestíbulo del rico , sino majestuoso edificio de la literatura de la lengua de oc , ó sea provenzal catalana. Después de una introducción escrita en latin , parte en prosa, parle en verso, en la que el ángel custodio del sepulcro de Jesucristo hace saber á las mujeres la resurrección de este , y en que el esposo , que es el mismo Cristo, anuncia á todos su llegada y escila á las virgenes á velar, sigue un diálogo entre las prudentes y las fatuas en que estas hablan en latin y aquellas en provenzal. lié aqui unas cuantas estancias de este diálogo: Alendet un espos, Jhreu Salvaire a nom. Gaire no i donnet Oiel, virgines, aiso que vos dirum, Aisel esposque vos hor' atendel (1). Aiseet presen que vos comendarum : Venit en Ierra per los voslres pechel. II) Escuchad . vírgenes, lu que OB diremos ; lened presente lo que os mandaremos. Aguardad un esposo, que se Usina Jesús Salvador. No durmáis demasiado. Auuel esposo que ahora aguardáis, vino en tierra por vuestros nmados • lia nacido de la Virgen en Bellem , y sido lavadu y bautizado en el rio Jordán. No durmáis , ete. Fuiazotado y escarnecido y allí renegado; golpeado en lo alio de larrui, elavado con clavos, puesto dentro de un monumento No durmáis , ote. "" ° " m " 1 °™""™' FATUAS. u vosotras, heirosderramado el ocelle ion negligencia. Nosolras , o hermanas, pemos conllania. Alllgtdas ] desgraelaüas I hemos dormido demasiado. PRUDENTES. Pedís que os demos de nneslro aceite : no lo tendréis : Id a comprarlo . esos merendero, que veis allí. Alll«l- " ' "'''' MElir.ADEUKS Herniosas ditinas. no OB conviene catar ni permanecer aquí mas llcnipo. llusrais consejo: no os podemos dar. usiadlo de quien puede aconsejaros. Afligidas, ete. CHISTO. Kn verdad os dlgoque no os ronoico , porque carecéis de luc; porque las que marchan, nian.hnn lijosporI» zdeesle palaelo. Id, Infelices ! Id. desgraciadas I Para siempre os serán dadas las penas, y ahora seréis llevadas 7» 1 U S VÍRGENES FATUS \ PRUDENTES. De la. virgine en Helleun Ib nel, Dolantes I uhalivas I tro E flum Jorda lavet et luLcctl. Gaire no idormet PRUDENTES. Aisel esposqup vos hor' atendrl. Eufobalut.glabele lai denict. De noHtr' olí quercL nos a donen Sus e la crol balut. e clau fige.1: No n' auret poní, alel en achapler Deu monumenl deso enlrepauset. l>e us mercheans que lai VPCL osler. Gairc, ele. Dolantes l.etc MERCATORIÍS. Domnas gcntils, no vos covcnl cslor FATUAS. Ni lojamont aici adomorer. Hos (sic), virgines, que ad vos Costil quflrcl. nou vos ponm donnr; Negligenleroleum fundimus; Quprel lo deu chi vos pul coseler. Ad vos orare , sórores, cupimus Dótenles 1 ele. U «tillas quibus noscredinms. L Hablan de nuevo las vírgenes fatuas , que llega Jesucristo y les dice : Amen dico, Vos ignosco, Nam earetis lumine. Quod qui pergunt, Procul pergunl Hujusanle lumine. Alet, chaitivas! alel, maiaureas! A tot joremais vos so penas livreas, En efern oro seret mcneias. V aquí se indica en el momento que los demonios deben cogerlas y practi- carles en el infierno. Siguen después una especie de invitación a los profetas para que testifiquen la venida del Mesías á los que no crean en ella apareciendo sucesivamente Israel. Moisés , Isaías, Jeremía*, Daniel , Abacuc , David , Simeón , Elisaljet, Juan Bautista , y hasta Virgilio, el cual fue' considerado en la edad media como pro- feta por aquellos versos de su Kgloga á Polion : .lam redil d virgo; redcunl Saturnia regna ole. y por (in jNabucodonosor y la Sibila . terminando por varios himnos , bajo o\ lí- III[I> úe Senedieama (1). ES EL CAMPAMENTO. (CUADRO DE SCHORN. Cuando las predicaciones de Lutóro rompieron la unidad de la comunión ca- tólica , y proclamaron el principio de desobediencia que comenzando por el or- den religioso habiade trascender muy luego al orden civil, los sectarios de esc novador atrevido procuraron derramar sus doctrinas por todas partes. Admitidas en algunas, no en todas ellas fueron propagadas del mismo modo, ni partiendo de un mismo punto ; y asi fue que mientras en Escocia, por ejemplo, las abrazó el pueblo en odio á la nobleza, en Inglaterra su propagador fue el monarca , que sin admitir en apariencia los principios de Lutero los, adoptó en el fondo y dedujo de ellos cuantas consecuencias pudieron contribuir al acrecentamiento de su au- toridad y de sus riquezas. Enrique VIII se convirtió en apóstol para ser déspota, y afectando conservar los dogmas y los ritos del catolicismo hizo sustituir su au- toridad real á la del Papa. Las controversias religiosas que a este trastorno pre- cedieron habían acostumbrado a todas las clases a discutir acerca de la autori- dad ; y esc espíritu de examen y de independencia dio origen a la cuestión de re- forma entre los mismos protestantes, divididos en episcopales y presbiterianos. Estos últimos, haciendo alarde de inflexibilidad para con los otros y para con- sigo mismos . comentaban el Evangelio en favor de los débiles contra los fuertes, querían reformar la Iglesia y el Estado ñor medio del hierro y del fuego, y su último objeto era abolir la organización episcopal y asegurar la absoluta inde- pendencia de los líeles. Absortos en la contemplación de la eternidad , atribuían TÍ [.US PI.KITAMIS K\ El. CAMPAMENTO. todos los acontecimientos al Altísimo , a quien aspiraban á servir a Un de gozar para siempre de su luz deslumbradora. No reconocían mas superioridad que la de los grados de gracia que el Omnipotente se dignaba dispensarles: eran esta- llos a la filosofía y ti la política , jactábanse de que los angeles eran sus guias, despreciaban las riquezas , la sabiduría , y el poder; en todo y en todos veian la predestinación divina ; y este anonadamiento ante Dios los hacia muy orgullosos ante los hombres. Firmes en su resolución que proclamaban irrevocable, eran tan inflexibles al terror como á las mas lisongeras promesas. Intolerantes y ar- dientes para la conquista de la libertad civil, que consideraban únicamente como elemento de la libertad religiosa, eran estravagantes en su'conducta y en su austeridad , hasta el punto de hacerse ridículos a los ojos de aquellos que 'no cal- culaban cuan poderosos podían hacerlos estos principios. Aumentaban de conti- nuo el número de sus congregaciones, vestían de negro, ensanchaban el ala de sus sombreros , llevaban el cabello corto, cual una protesta contra las pelucas que calificaban de insultantes para con Dios, y después de haber ayunado y oido cuatro largos sermones presentaban piadosas solicitudes para que se ejecutaran las leyes contra loa católicos. La rigidez de sus ideas y el horror que profesaban al papismo , les dieron grande ascendiente en la Cámara , y además formaban causa común con los ciudadanos para pedir reformas, restricciones en las prero- gativas reales, pureza en la religión , libertad civil, é igualdad religiosa. Estos fanáticos religiosos, que muy luego debían convertirse en políticos , habían alcanzado en Inglaterra un influjo inmenso, y casi eran arbitros del Par- lamento cuando ascendió al trono Carlos I. Casó este príncipe con Enriqueta de Francia, joven bella , instruida y virtuosa , pero francesa y católica, y que además no supo moderar su celo religioso cual convenia en un país de creen- cias distintas de las suyas, y de todo punto intolerante. Mezclóse por desgracia en la política , y dio ocasión á que su esposo fuese tildado de papista, que era la peor acusación que entonces podía dirigírsele. Carlos cometió también el error de conservar, a su lado al duque de Ituckingham , favorito de su padre , nomine presuntuoso y frivolo, que dirigía la política al compás de sus pasiones, que escandalizaba con su lujo , que se habia desacreditado en España y en Francia, v que en una espedicion á favor de los protestantes franceses , que aconsejó á Carlos para que se bienquistara con su pueblo , fue completamente derrotado , y probó que era tan inhábil general como inepto gobernante. En aquellas circuns- tancias , y cuando todas las causas indicadas , y algunas otras, tenían a los in- gleses muy disgustados con su rey , este reunió el Parlamento con el fin de pe- dirle ausilíos para la guerra que líuckingham habia declarado á la España: y e! Parlamento, bien convencido de que su poder consistía en votar las contribucio- nes , negó los subsidios, y se quejó amargamente del ministro, lil irreflexivo Carlos despidió la Cámaia, pretiriendo conservar el favorito á congraciarse con LOS N I B I T A W KN VA. CAMIMIHKINTO. "¡í los represe lita n tes de Inglaterra, pero muy pronto hubo de convocarla de nue- vo , y se presentaron los mismos diputados, mas resueltos que nunca á formar un nncleo d« oposición íormidable. lín este Parlamento estaban en mayoría, sino numérica, á lo menos de audacia , de intolerancia y de fanatismo los puritanos, de cuyos principios nos hemos ocupado , y que en medio de su ceguedad y de su orgullo se apellidaban los santos. Este Parlamento votó y obtuvo la célebre petición de ios derechos, que ha sido desde entóneos la segunda ley fundamental de Inglaterra. Mientras tanto líuckiniíhiiin i'm; asesinado , el Parlamento se mostró mas hostil á Carlos, quien irritado por ello lo disolvió, y con los subsidios- generosamente liados por la no- bleza , reinó once años como rey absoluto , sin cámaras y sin cobrar las contri- buciones que debian ser votadas por el Parlamento. Secundado por el conde de Strallord , gobernó con gran tino, y aumentó los recursos y el bienestar de In- glaterra, pero los liberales no le perdonaban que hiciera todo eso sin el con- curso de los representantes del país; y los puritanos diciendo que se castigaban las palabras , los pensamientos y' hasta las supuestas alusiones, y convencidos de que los intereses de Dios deben ser preferidos á los del hombre, emigraban a América. Esto no puso término ú la revolución , sino que le dio nuevos brios ; y como en Escocia y en blanda había intereses encontrados, quejas contra el monarca, divergencias religiosas, y como el rey hubo al íin de llamar al Parlamento, en este se completó la revolución que estaba ya muy adelantada. El conde de^ StralTord fue acusado , condenado á muerte y ejecutado, y se arrancaron al mo- narca nuevos derechos parael pueblo , y la sanción de nuevas restricciones pa- ra la corona: el Parlamento y el rey eran dos enemigos que se conocían per- fectamente, pero uno y otro vacilaban en pronunciar el grito de guerra, que había de dar principio á las hostilidades en campo abierto, ül Parlamento, so protestó de que sus miembros no tenían seguridad , pidió una guardia, y antes que se le otorgara había tomado á su sueldo una parte del ejército que levantó el rey para dirigirlo contra Irlanda, liste atrevido paso puede decirse que de- terminó la lucha; Carlos no considerándose seguro en Londres, enarboló en Not- tingham el estandarte real, y desde entonces quedó declarada la guerra entre el rey sostenido por los pares, los caballeros , los episcopales y los católicos, gen- tas opulentas y de gran crédito, y el Parlamento que contaba con la masa de la nación , con muchos y ricos propietarias, y con los hombres de mas acción y mas enérgicos, y además hizo suya la escuadra, que debia impedir la aproximación de ausilios estrangeros. Los ciudadanos hicieron toda clase de sacrificios, y el Parlamento tuvo desde luego a su disposición cuantos recursos pudieran serle necesarios. Entre los presbiterianos aparecieron por entonces algunos que negaban toda 10 74 NOS rHKITAMIS IOS HI. IIAMIMÍIIÍNTO. clase de gcrarquía. toda diferencia entre los eclesiásticos y los laicos, y no admi- tían forma alguna esterior ni símbolo ni disciplina , atendiendo á que bastaba la comunicación con el Espíritu Santo, que todos podian alcanzar por medio de la oración. En las circunstancias del momento que hemos Qjado los independientes sostenían que pues en política se rechazaban todas las trabas, y todos los vínculos, lo mismo debía hacerse en materia de fé; que toda congregación de fieles constituía una iglesia legítima , y que ningún otro poder tenia derecho de reclamar sobre ella autoridad ninguna. Entonces tomaron el nombre (le independientes, y por lo que hemos dicho se ve que no eran sino presbiterianos apostatas , los cuales después de haber negado la autoridad del Papa , y la de los obispos para darla loilo entera a los presbíteros , ahora la negaban á estos para dársela á si mis- mos. Y es que habiendo entrado en el camino del error, se despenaron por él hasta el fondo del abismo. Tales ideas influyeron, como era natural, en la política , y los independien- tes se propusieron libertar á sus conciudadanos de la monarquía, y establecer una igualdad absoluta conformándose en todo con la voluntad de Dios y de la lliblia, interpretada según el modo de sentir de cada uno. Uso partido , aunque informe, como que estaba compuesto de entusiastas, de filósofos y de calaveras, podía ser muy útil á un ambicioso capaz de reunir á todos Ins partidos en una tolerancia general. lin las lilas de ese bando liguraba el coronel Oliverio Cromwell, criado aus- ¿ lelamente , y hombre que reunía á una rusticidad sencilla una imaginación ar- diente. Era de modales bastos , usaba traje sucio y roto , tenia voz chillona y . una elocuencia ampulosa y rellenada de citas bíblicas, liscitaba la risa de no pocos, y no obstante llegó á tener grande popularidad , y proclamó la libertad de conciencia, la absoluta independencia del hombre , y la inspiración directa, sin el intermedio de la iglesia ni de los sacerdotes. Comprendiendo que los deba- tes parlemantarios no eran su elemento conoció que se le abría un camino para hacer fortuna cuando la discusión se trasladó al campo de batalla , y ponién- dose al servicio de la Cámara esta le nombró coronel del regimiento de caballe- ría , cuyos oficiales fueron con el tiempo los jefes del ejército que levantó el Par- lamento. Fácil seria prolongar algunas paginas este artículo escribiendo la historia de esc caudillo , que unas veces con verdadero valor militar , otras con la mas relinada hipocresía, y otras con una audacia inconcebible , condujo las cosas de manera que se mofó del Parlamento que le habia encumbrado , llevó al cadalso á Carlos I, abolió la monarquía, hizo que sus soldados arrojaran de I* Cámara á los representantes de la nación, erigió la república, y con el titulo de protector se colocó á su cabeza. Conseguido su objeto se mostró así en religión como en polí- tica, el hombre mas tolerante del mundo , ) filé para su patria un escelente go- Oí* FUniTA-NOS E \ EL CAMI'AMKISTO. 75 bcrnanlc , á quien la Inglaterra debió el origen y la base de su inmenso poder comercial y marítimo. Mas la biografía de Cromwell no corresponde al asunto que debe serlo de este artículo , el cual no es otra que dar una idea del partido religioso llamado de !os puritanos á que pertenecen los personajes de la lámina que tenemos á la vista. Si no nos equivocamos los puritanos de este cuadro no han pasado todavía á ser independientes, porque si uno de ellos tiene la Biblia en la mano y probablemente la interpreta ó la comenta, instruyendo á los tres que visiblemente le están escuchando, aun toleran la compañía de un eclesiás- tico , quien al parecer no está muy conforme con las implicaciones que de la Sa- grada Escritura bace el guerrero convertido en apóstol. Éstos puritanos no lia— bian seguido aun los pasos de Roberto Itrown , que en el reinado de Isabel finí el primero en enseñar que los ministros del culto eran viciosos , y que ese culto - de la iglesia angüeana era una idolatría , y que por consiguiente no había mas medio de salvación que desprenderse de aquellos y de esla. Proclamaba Itrown oíros principios miltiralmente procedentes de estos , y puede decirse que en rea- lidad él fue el Emulador de la secta de los independientes. Sus doctrinas quedaron por de pionfo olvidadas ; mas en el reinado de Carlos 1, cuando se proclamó la absoluta independencia civil y religiosa , y cuando una omnímoda subversión de ideas vino á sumergir la Inglaterra en un espantoso caos , de1 que nacieron la guerra civil y desastres sin cuento , y que terminó con la abolición de la monar- quía y con el sistema de tolerancia adoptado por Oomwell y que preparó el camino de la restauración, esas doctrinas se proclamaron de nuevo y sirvieron de dogma á los independientes, de quienes hizo instrumento de su ambición el audaz presbiteriano , trasforinado luego en jefe de la república que él mismo había erigido. liste cuadro es bellísimo , hay mucha facilidad y valentía de ejecución, y los rostros de los personajes tienen una espresion llena de verdad y de fuerza, líl autor es conocido por muchas obras de la misma clase , en I odas las niales bri- llan idénticas dotes. (CUADRO DE J . HILVERDINK.) Cuando en las Mujeres de la llililia nos ocupamos de Agar, la esclava de Abraham, procuramos embellecer el cuadro de aquella heroína del desierto con todas las reflexiones que nos sugirió la serie de los acontecimientos de toda su vi- da, desde que fue admitida al tálamo de su señor para darle un hijo que no po- dia darle su misma esposa, hasta que despedida de la casa de su señor por insti- gación de la misma que antes le habla cedido su lecho conyugal, iba á separarse ile su hijo que casi espiraba abrasado de sed, y fue detenida por un ángel (¡ue le señaló un pozo de agua en que ella no advertía. Y como en aquellos cuadros in- gresantes de la historia hemos procurado buscar siempre todas las analogías que pueden tener con el estado actual de las sociedades, tuvimos oportunidad de cs- [i'ndcrnns acerca los efectos de la poligamia, bien (|ue permilúh rnlonccs. los de- sasliesdel ilivnrcío y la perfección de la indistiluliilidiiil numi^il <|ue nos trajo después la le) divina revelada por Jesucristo. V como en ¡ilgu dcliinmos permitir- nos laespansion del corazón en aquellas escenas de profundo sentimiento, nos lijamos principalmente en el momento desgarrador en ijue la madre desolada y sin amparo iba á abandonar al hijo para uu verle morir. Pero ahora la escena que nos ocupa y sohre la cual debiéramos connrl.ii slra mirada es la del acto en que el patriarca, con el doble dolor de esposo \ de padre, se disponía á sacri- licar á la voluntad de Dios los mas dulces y fuelles sentimientos de la naturaleza. 1!1 rostro de Abraham, si bien cubierto con el velo de aquella entereza que reve- la la fuerza de las grandes almas en los mayores sacrificios, deja entrever la na- AIIJIAIMM \ MIAR. lural lucha que en su pecho paternal sostiene el amor mas poilcroso contra el mas santo de los deberes, prenuncio del gran sacrilicio á que Dios después tenia desti- nada su voluntad. La madre oprimida bajo el peso de un dolor inmenso, descu- lircen sus miradas aquella reconvención secreta que recuerda en un solo instante todo lo pasado : así nos abandonas? mientras que el hijo, llorando con amargu- ra todo el rigor del decreto paterno, hace la misma pregunta con sus lagrimas al hombre mas justo y al alma mas recta que habitaba entonces en la tierra. Poi- que en verdad, y permítasenos repetir las mismas palabras, ¿cómo podernos sos- pechar que Abraham, dotado del espíritu de Dios, y en cuyo corazón magnáni- mo se abrigaban los mas puros y generosos sentimientos, se hubiese así portado con Agar y su hijo, a no mediar una íntima y poderosa convicción de que obraba conjnsticia, yde que aquella era la voluntad dd ciclo? Ismael, en efecto, era e primogénito de Abraham, pero era hijo de una esclava. Esta sola palabra revela una degradación de la humanidad, cuyo origen nos parece encierra un gran fon- do de interés social que no pudimos desenvolver entonces con la debida ostensión, y que ahora podrá derramar sobre nuestro sucinto relato un colorido qtie no sea absolutamente religioso, para interesar algún tanto á los que olviden que la reli- gión constituye el fondo de todas las ciencias morales, A sea de tollas las fases del estudio del hombre considerado como ser inteligente o moral: Y como en la historia de Agar, esclava de Abraham, figura en los sagrados libros por primera vez la esclavitud como parte de la constitución de la antigua familia (hecho importantísimo para estudiar el origen de las primitivas socieda- des que algunos han sonado se formaron con pactos ó convenios cuando solo ema- nan de la pura ley de la naturaleza), bosquejaremos rápidamente el origen de la esclavitud; cstractaremos loque de ello nos han dejado escrito los autores que con mas sólida erudición y filosofía han tratado esta materia; y estas noticias ó investigaciones que parecen tener por único objeto satisfacer gratamente la cu- riosidad, guardan la mas íntima relación con el estado actual de las sociedades modernas, y hasta con los deslinos futuros á que, según Indas las nparii'ncias, va marchando la humanidad ; sin perjuicio, empero, de volver- después ¡i las consi- deraciones especiales á que naturalmente nos conduce la escena bíblica que nos ocupa. La división de los hombres en dos clases, la de señores y la de esclavos, la primera poseedora, la segunda poseída, se presenta ante lodo como un hecho ad- mitido y universal, pues encontraremos señores y esclavos en la Judea, en (¡re- cia, en liorna, en Uermania, en las (¡abas, en Francia durante el siglo XII, en l'rusiaen 1730, y actualmente en ambas Américas, en los países mahometanos y en los principados, reinos é imperios de la India; y lal se presenta la antigüe- dad de (»le hedió, que en ninguna parte se encuentra su origen. Anterior á las ¡nslil liciones de los pueblos de que hay memoria, la esclavitud es ya reconocida 1S ABIIAHAM 1 A l i A U . «i! los lihrov de Moisés, en los poemas de Hornero , muy anterior á los tiempos heroicos de la (irecia. Hornillo, muchos siglos antes de las leyes de las Doce Ta- blas, ofreció un asilo á los esclavos fugitivos del Lacio. La esclavitud se halla consignada en los códigos sálicos, sajones, turingianos, alemanes, ingleses y de- más pueblos invasores, siendo de notar que en aquellos no se instituye, sino que se regulariza como un hecho ya conocido, aceptado y preexistente. Lo esclavitud, pues, no se ha nunca fundado ni creado, ni es de derecho po- sitivo, considerado como á ley meditada y discutida, cuyo derecho se apoderó de la esclavitud al arreglar la sociedad, como de los otros hechos sociales, la tomó bajo su imperio, la formuló y definió, y se la apropió enlcninienta, por manera que tenia ya existencia propia antes de someterse á la ¡i'rmn de his leyes civiles. Así es como ni en el Levltico, ni en la Iliada, ni en las leyes de las Doce Tablas,, ni en los códigos de la invasión aparece la esclavitud como un hecho coetáneo ó reciente, sino vieja, decrépita, gastada y en decadencia, cercana ya á la grande metamorfosis social y por consiguiente á su sepulcro. Siendo la esclavitud la negación de la libertad y de la propiedad, y como la I no existiendo por sí misma, no admite inauguración directa su historia. Volva- mos pues la vista hacia la propiedad y la libertad, tuya ausencia constituye la esclavitud, asi como la ausencia de la luz constituye la sombra, y conociendo al señor conoceremos al esclavo. ¿Cuál es pues el origen (lelos señores? En la cuna de las sociedades la idea de padre y deseBOr se confundian ente- ramente ; y por lo general al formarse los pueblos, el que era padre era seBor y ilueflo absoluto. Pero no bastaba por si la paternidad natural; era también preci- so que la acompañasen ciertas condiciones de tradición, antigüedad, familia y as- cendencia. En Hornero los padres que son señores son llamados divinos, y de progenie celeste , y las grandes familias gozan de gerarqufas análogas a las de las deidades generadoras. Así se vé en Eneas, hijo ele Venus, de la Iliada; en Ró- inulo, hijo de Marte y demás héroes de las tradiciones latinas, á los que se les llamaba /«os, hijos de "un Dios, y no piadosos, como erróneamente han dicho tos Iraductorcs. Esta denominación de /«» se concedió á Tiberio, r¡uc tenia ya la de augusto, y Virgilio la dio con frecuencia á Eneas, de rasa din'ua. «El poder pa- terno, se lee en el Digesto romano, consiste en la piedad.» Pal fia ¡míenla» í» /«'- l tile consistit l tile consistit. Evidente parece que la mayor parte ile los hechos relativos á las antiguas familias se regulaban por medio del dogma religioso . como lo comprueba el derecho de primogenitura que existía ya en tiempo de Hornero entre las grandes familias de la (irecia. Isis dice á Ncptuno en la Iliada : Ti sabes i/uc las furias san prapkim á los primogéniloi. Así como la familia antigua se apoyaba en las tradiciones místicas y en los dogmas religiosos, la moderna , es decir, la cris- tiana , tiene bases análogas en otro orden de ¡deas. Cuando Jesucristo pronunció AURAHAM \ \I¡AH. 1Í) entre la muchedumbre que le seguía mas allá del Jordán la abolición de la escla- vitud , dio por única razón la voluntad divina, y S. Pablo escribiendo a las igle- sias del Asia menor las modificaciones de las relaciones doim;slic¡is, que la mujer y el hijo no estaban \a absolulanieniv somelidus al padir . dijo: Todos sais unas para con Jesucristo. Ks , pues, innegable que en ciertas familias de l¡i ¡uitigiiediid los padres ejercían sobre ellos un poder absoluto en calidad de tales. Esta cues- tión entra ya en los tiempos históricos apoyada en los mas claros y precisos testi- monios. til poder absoluto de los padres de familia es un hecho universal en la pri - miliva historia cuyas huellas se hallan marcadas en todas partes. Abundantes testimonios pueden recogerse á discreción en la Biblia , en los trágicos griegos, en la legislación de Roma ó en las tradiciones germánicas, til poder paterno careció de todo límite en los tiempos primitivos. IWa espresar los paganos el supremo poder de Júpiter le llamaban el padir de lus dioses: y porque la auto- ridad paterna es un hecho uníversiil j humano , los (TÍslianos y los judíos lian llamado también á Dios Padre omnipotente, liste poder, que no sufría otro algu- no , absorbia en sí la existencia moral o!e la mujer y de los hijos. La civilización moderna ha pugnado por equilibrar ¡il padre con los otros miembros de la fami- lia. Que este poder fuese absoluto ende los patriarcas , lo prueba el sacrificio del mismo Aliraham , pues Dios no hubiera exigido de él un acto contrario á la ley positiva. El de Ifigenia lo prueba entre los griegos durante el sitio de Troya, y ambas épocas son análogas. En ambas las hijas eran propiedad del padre. y había que dar á este cierto precio para llevárselas. Jacob sirvió k Laban siete aíios para obtener á su hija Raquel; Otrion se comprometió á servir á Priamo durante el sitio de Troya para lograr á su hija Casandra *(// dote , es decir , sin mas precio que el de sus servicios; pues el dote , según en la actualidad lo en- tendemos , pertenece á época muy posterior en que se constituyó la existencia de los hijos de familia , y en que no solo dejaron de depender absolutamente del padre , sino que lograron cierto derecho en la sucesión. La legislación romana es riquísima en reminiscencias de la antigua autoridad paterna , y las crónicas confirman el testo de las leyes. La ley del código papi- niano autorizaba á los padres para matar ó vender á sus hijos, ley citada por el código de Jusliniano y por el Digesto , promulgada, según Dionisio de Alicar- naso, por Róinulo, y trasportada á las Dow Tablas. Los hijos de Rea, arrojados á las fieras por su tio Amulio, recuerdan la esposicion del nifio Moisés, y la sus- pensión á un árbol del infante Edípo. El padre de los Horacios reclama la defensa del hijo vencedor que acababa de asesinar á su hermana , porque en calidad tic padre era juez nato del'delincuente <¡ de tu victima. Junio Itrulo se arrogó igual- mente el conocimiento de la causa de sus hijos. y los juzgó y condenó é hizo ejecutar. La ley de Silu limitó algún Jauto esta autoridad absoluta de los padres. SO uuuimi i AIÍAII. y liasla Diocleciano y Maxiniiniauo no se privó que iludiesen vender, regalar ó alquilar á sus hijos , i los cuales llama Aristóteles iulrttmenlm wrimubs de ms /ladres. Solón abolió cu Menas el derecho de vida y muerte (jue ejercían los pa- dres sobre los hijos , y en Esparta al nacer un hijo se reunía una especie de tri- bunal de familia para decidir si debia ó no conservársele la vida. Después de la denota de ['¡granes los propietarios del Asia menor , no pudiendo pagar las con- tribuciones , dieron á Luculo sus hijos pequeñuelos y las hijas casaderas. La primitiva esclavitud, pues, que ha evistido en la tierra nació, según las historias , (le la primitiva autoridad paterna. Los padres fueron los primeros señores, asi como los primeros esclavos han sido los hijos, y por este dalo se resuelven fácil y exactamente numerosos problemas relativos a la esclavitud, l'or él se esplica la anterioridad de este hecho á todas las constituciones escritas , á todos los monumentos conocidos; que este hecho natural y primordial ni enso- berbeció á los señores , ni indignó á los esclavos ; que no hay memoria de vio- lencia alguna cometida repentinamente contra la mitad de los hombres, y que no hería las ideas morales de los antiguos acerca el estado de las familias. Observase también que esta época de la absoluta potestad paterna era la época de la poli- gamia. Las cincuenta hijas de Itanao , los cincuenta hijos de Aquiles , los tres- cientos varones de la familia Fabiana , las numerosas familias de los patriarcas, prueban que aquellas grandes familias eran unas pequeñas tribus en que servían ios hijos y los nietos , y mandaba el padre. Nació , pues , la esclavitud sin ley ni cláusula espresa ni convenida ; mas cuando las familias relacionadas entre sí pasaron a formar naciones , el liedlo primitivo de la esclavitud se estendió de la familia privada á la familia pública, y se regularizó por las primeras leyes, manantiales de nueva esclavitud. La guerra , por ejemplo, el asilo buscado en casa agena , la insolvencia y el enlace de las jóvenes fuera de la familia ó tribu , fueron otras tantas causas de servi- dumbre. Los antiguos considerabiiu á los vencidos como hombres sin Dios , y los dio- ses y los antecesores de las grandes familias eran considerados como una misma cosa. Los asilos erau también fuentes de esclavitud , pues los que los buscaban se convertían en objeto ó cosa del protector á cuyo amparo habían acudido, lin aquellos tiempos de confusión estos asilos atraían á los esclavos maltratados , y á la gran masa siempre existente de hombres inquietos y ambulantes para quienes son necesarias la instabilidad y las aventuras. Enseña la historia que todos los fundadores abrieron asilos públicos. Moisés señaló las ciudades á donde podían refugiarse los asesinos; Teseo abrió un asilo en Atenas. Kómulo esta- bleció otro para los siervos del Lacio. En la edad media aparecieron de nuevo los asilos ; hallábanse tierras cuya morada constituía esclavitud, mientras que mu- chas villas v ciudades daban asilo á los siervos contra los señores. Las deudas udtAimi \ .\(¡,\n. SI producían también esclavitud, verdad indudable en Jas historias romana y griega, entre los alemanes, según Tácito, y hasta en la legislación de Moisés. Kn cnan- to al casamiento de las hijas, léese en los Números que la doncella que se casaba con varan de otra tribu rompía los vínculos del nuevo parentesco. La lliada abunda en testimonios de la esclavitud á que se reducían por medio del matri- monio las jóvenes y las mujeres, liemos visto ya el ejemplo de Priamo y el de Laban. Agamenón ofrece á Aquiles entre otras esclavas á una de sus tres hijas indotada, ó mejor, sin pagar su precio, como debiera decirse, pues entonces las novias se compraban al padre , lejos este de dotarlas , como puede verse no solo en Hornero , sino en varios pasagcs de Virgilio, profundo conocedor de los orígenes itálicos; y sabido es que en la antigua jurisprudencia romana una de las tres clases de casamiento ?ra por compra , voemptione , con la cual quedaba la mujer sometida al poder del mundo ó de aquel a quien el marido pertenecía. Ved ahí, pues, indepi'mlirNlrnicnte de la autoridad paterna cuatro grandes fuentes de esclavitud entre los antiguos. Al principio no habia señor que no fue- se padre, ni hombre que poseyese otros esclavos que sus propios hijos. Mas des- de que brotaron estos cuatro manantiales de esclavitud , pudo adquirirse el se- ñorío sin ];i paternidad , y se pudieron poseer ios hijos de los otros hombres. La autoridad absoluta salió así del vínculo di' h familia en que primitivamente se hallaba encerrada, y se apoderó de objetos que la sangre no le habia dado. La autoridad del señor nació pues de la del padre, y de la esclavitud de los hijos procedió la de los estraños. La esclavitud ha debido ser un hecho antes de ser un derecho, sin lo cual la antigüedad histórica parecería enigmática y ab- surda : no podría entenderse la legislación relativa á las familias, en las cuales crece el poder paterno cuanto mas se acerca á su origen ; seria inconcebible el convencimiento moral que hacia consentir á los esclavos, veinte veces mas nu- merosos que los señores, á permanecer en la servidumbre ; y como entre tantos centenares de millones de hombres como se vendieron en los mercados judíos, griegos, romanos ó góticos , no hubiese quienes en la plenitud de su dignidad ó de su fuerza , resistiesen noblemente y comprasen á sus compradores. Seria también monstruoso, indecible, inaudito ijue tantos altos ingenios de la anti- güedad como fueron esclavos; que lisopo , preceptor de la (jrecia ; que Fedon díscípido de Sócrates; que Terencio , que Platón , que Fedro, que Horacio, poetas inmortales, radiantes en razón y en entusiasmo , ricos en ideas , creado- res capaces de entender y de hablar, no hayan protestado una vez, una sola vez, en favor de los esclavos sus hermanos: hubiera, en fin, quedado en la me- moria de los pueblos ó en alguna de sus leyendas, himnos ó poemas, algún vestigio de aquella época terrible , admirable, sacrilega, en que algunos hom- bres encadenaron con deliberado propósito á los otros hombres , arrebatándoles no solo su libertad sino basta sus familias, sus derechos, su personalidad y 11 nombre, y el sentimiento de su elevación y de la santidad de su naturaleza, l'ero admitiendo la teoría que acabamos de deducir de incontrovertibles hechos, lodo se simplifica , todo parece fácil de entender , se hace inteligible la forma- ción espontánea de la esclavitud que puede llamarse contemporánea de la liber- tad , porque no tiene principio propio, y data del nacimiento mismo de los hombres. Siguiendo la ilación de estas ideas se esplica por que hay siempre en la hislo- ría de las naciones dos razas enemigas , en presencia la una de la otra: razas de las nac prolonga prolongación de las razas esclavas , y la historia de estas dos razas contiene la historia de la humanidad ; y así como todo deriva de esta historia, todo se espli- ca por ella. Las razas nobles forman uno de los asuntos mas interesantes y fe- cundos en hedióse investigaciones. Sigamos entretanto las razasesclavas en lo- dos los accidentes de sus varias fortunas y metamorfosis sociales, y describamos el camino por donde han pasado los hijos y los servidoresde los primitivos hé- roes para llegar á convertirse en el pueblo soberano de la edad presente. Multiplicáronse los esclavos desde los primeros siglos de la historia , hasta componer ellos mas de las tres cuartas partes de todas las poblaciones. Contem- plando la esclavitud en la familia solo se encuentra un señor que era el padre, que podía tener en los hijos cincuenta servidores. De aquí el reducido mi moni de individuos en la raza noble , y el amplio y casi infinito número de esclavos. Decimos razas, no porque el genero humano deje de tener el mismo origen . sino porque una vez sujeta una parte á la esclavitud , han vivido y se han mul- tiplicado aparte los servidores , marcados en todos los pueblos con un sello in- deleble que ha resistido á todas las rehabilitaciones. Siempre , hasta los mismos recien ennoblecidos, se han mirado con cierto escarnio. La palabra de Horacio á Mena, hombre opulento y liberto de Pompeyo, encierra en sí una profunda verdad histórica: ¡.afarluim na cambia la raza. Los vestidos y alimentos de los esclavos eran también especiales. Los judios les horadaban las orejas: los griegos y los romanos les sellaban la frente , de lo que vino el llamarlos P/ickus, Ka los tiempos de Hornero se había arreglado ya su higiene particular, y el pan les estaba prohibido, lin la Odisea, en Lucia- no , Plinio, Virgilio, Herodoto y Horacio se ven los alimentos que les estaban AI1HAIIA1I > AliAll. oó dio para calcular el tiempo que duró, la esclavluid pura , es decir, la esclavitud antes que empezasen á existir libertos; pues de ellos se hace ya mención en la Odisea y en la ISiblia. llellcxioncinos empero acerca del estado de la sociedad primitiva , en la cual aun eran todos ó esclavos ó señores. Un hecho hay que arroja grande luz en el estudio de la formación de las so- ciedades , y es, que durante el período primitivo (le la esclavitud pura no se co- nocía la mendiguez. Ningún hombre es mendigo hasta que carece de medios pa- ra vivir, y al esclavo le mantiene su señor. Tampoco habia mendigantes en las colonias europeas, mienlrasduraronlospiimcrosanos.de su existencia; ni ahora los hay tampoco entre las que colonias permanecen, no obstante que se ha dado libertad á muchos hombres de color. (Htserva juiciosamente Ulack-Slone comentando las leyes inglesas, (pie la gran cantidad de pobres que ya en su liempo circulaba por la Inglaterra, y á cuya subsistencia fue preciso que el go- bierno acudiese , desde el reinado de Enrique IV, por medio de una limosna ele- vada al nivel de las contribuciones normales, provenia principalmente de los numerosos esclavos que, sin precaución , se emanciparon en la eded media lan- zándolos imprevisoramcnlc en la sociedad. Los monasterios, con su magnífica organización de hospederías y enfermerías gralúitas, nutriéronlos cuanto mejor les fue posible durante largos anos ; pero la reforma cerró con mano dura las puertas de los monasterios , y cambio á los jornaleros en mendigos y á los men- digos en ladrones, lin Inglaterra con especialidad se han consumado las emanci- paciones de un modo súbito , inmediato, de una sola vez . sin que los esclavos lasasen por la intermedia condición de siervos . iiiicnlras que en otros países, en Francia, por ejemplo , las emantipiirinnes de Ni edad media lian producid o- nos pobres, porque por una inspiración divina , que pudiera llamarse providen- cia , se hicieron las emancipaciones gradualmente y por medio del patronato , no haciendo mas que medio emancipar á los esclavos , pasándolos ú la clase de sier- vos , especie de noviciado de la libertad. Concedíase al esclavo una suerte de tierra (pie, medíanle censo ó renta, se lo permitía cultivar , y esta especie de cesión que el derecho civil no conocía , y que formaba uno de los elementos de legislación futura , se prolongaba mas n menos según la actividad y la probidad del esclavo. Tal vez existen aun hoy di» tales contratos entre el señor y el esclavo en los antiguos protocolos de los nota- rios minas fecundas de la historia civil, en donde suelen hallarse ilumínenlos del siglo XIII que nadie lia tenido aun gusto de examinar. Los ajustes con los esclavos se hacian según un sistema de concesiones enlilcuticas, cuyos prime- ros elementos se hallan en el código de Tcodosio . y penetraron con toda regula- ridad hasta el siglo xin en que llegó á su mayor desarrollo. Por medio de estos contratos se amortiguaba la acción del señor sobre el esclavo , y este , casi libre de hecho , adoplaha las costumbres y aire de un padre de familias. Transcurrí- Sí AWIA1IAN do un si(il(i, era el señor mucho menos señor, > el esclavo mucho menos escla- vo. Habían ambos olvidado el punto de partida. Percíbese desde aquella época una inmensa reconciliación de hombres y de cosas que la providencia habia te- nido a parte cinco mil anos; y en tanto que los hijos del antiguo esclavo osaban acercarse un poco menos abatidos á los hijos del antiguo señor se realizaba al rededor de ambos un fenómeno semejante. Las pequeñas cabanas casas y po- bres aldeas comenzaban poco a poco a descollar en los campos en faz de los al- menados castillos y altos torreones, (pie cual lelí iros centinelas coronaban aun la cúspide de las colinas, y en pro de la Europa feudal velaban ; y con el pie her- rado de poternas, y orlada la frente de estandartes permitían que se les acerca- ran sus nuevos y tímidos vecinos, como para alivio de su solitaria majestad v grandeza. Por lo cual , no han salido los pobres en Europa de los esclavos agrí- colas convertidos en propietarios , sino de los esclavos industriales a quienes no fue dado a causa de su género de ocupación participar de las concesiones enfi- teuticas. lie aquí porque hay menos pobres en ['rancia, por ejemplo que en In- glaterra, pero generalmente hablando, sea en Francia, en Inglaterra ó en las otras naciones, ya en la historia antigua ya en la moderna, por (odas partes y en lodos tiempos la emancipación de los esclavos es la causa primiliva y universal de la mendiguez. lisia causa no ha sido señalada por los economistas. Bastaba observar para descubrirla que la mendiguez es un hecho social, humano, según parece que en talos los pueblos se manifiesta, menos en los compuestos de esclavos antes del pe- ríodo de las emancipaciones; que la grande irrupción de los mendigos en Euro- pa se efectuó desde el segundo al sexto siglo de la era vulgar, cuando los eman- cipados cristianos se añadieron a la masa de emancipados gentiles patentizándo- se esta irrupción por la organización de hospitales, desconocidos de los anlisuos entre los que solo llabia enfermerías para enviar sus esclavos. La historia a3 ob' servada podía suministrar hechos elementales i la ciencia de los economistas- pe- ro sin iluda ha debido aparecer mas cómodo ignorar los hechos, que aprenderlos Cuando quiera que en los libros primitivos se habla de un pordiosero puede asegurarse que aquel libro pertenece á época en que gran número de esclavos se han emancipado ya, esto es, a una época secundaria: lo mismo sucede en los li- bros en que se hace mención de los mercenarios, ó esclavos enteramente libres cuyo trabajo se compra por medio de ajuste. Cítansc los mercenarios en el Leví- lico, en la Odisea, en llesiodo y en Plutarco. El solo medio de comprobar la época remola en que empezaron las emanci- paciones seria lijar el momento en que aparecen en la historia los pobres y los mercenarios, puesto que estos no pueden existir en los tiempos de esclavilud pura que son los primitivos. En las remotas épocas no parece que hayan sido las eman- cipaciones rápidas ni profusas. Emancipábanse los esclavos de uno en uno, se- ABHAILU1 V AllAH. NÜ gun sus méritos y el beneplácito del señor, no aparee ion do en parto alguna de los antiguos pueblos ni turbas de esclavos, ni mercenarios ni tampoco por ana- logía sociedad alguna de ladrones en las grandes ciudades, cuya aparición coin- cide con el sistema de aglomeración de casas i|ue sucedióá la formación de la hi- dalguía, ala cual precedieron numerosas'emancipaciones. Es evidente por otra parte que los ladrones salieron primitivamente de los mercenarios sin trabajo, y los mercenarios de las emancipaciones, de lo que se sigue que la existencia de los ladrones prueba el mismo hecho ijiie la exisleneia de los mercenarios. Los pri- meros ladrones que se eneiiculnin en l¡> historia son los piratas, porque las orillas de los rios y las costas ád mar han sido los primeros lugares frecuentados, y di- ce Platón en el sexto libro de sus leyes que los piratas que cubrían las costas de la grande (¡recia eran esclavos fugitivos. En los antiguos tiempos pues consumáronse las emancipaciones de un rntxlo individual, y esto esplicn l¡i l¡ii'd¡iap¡irinmi de l;^ hidalguías, y que los antiguos pueblos no se vieron inl'estados de mendigos y ladrones, dos llagas sociales abier- tas por la emancipación. Al acercarse á la era vulgar, encuéntranse algunos ejemplos de emancipaciones generales hechas por los gefes de los partidos en las guerras civiles ó por algún compromiso general de ejército. Mitrídates empleó un cuerpo de quince mil esclavos contra los romanos. Mario en su lucha con Syla publicó á son de trompeta que daría la libertad á los esclavos que quisiesen alis- tarse, pero solo tres se presentaron. Durante la campaña de Sicilia contra Sexto Pompeyo emancipó Augusto veinte mil esclavos. Cuando la idolatría entregó el antiguo universo al cristianismo, no abunda- ban los emancipados. Este es sin disputa el que ha multiplicado las emancipacio- nes ; y la subversión que sufrió todo el mundo conocido por la desmembración del imperio, favoreció singularmente la evasión de los esclavos. No prevaleció sin embargo el sistema de las emancipaciones en masa, sino que continuaron con- cediéndose de una en una, aunque con mas frecuencia, lín cuatro mil años no habia la antigua civilización arrojado ala sociedad suficiente número de libertos para que pudiesen [litigarla ú obstruirla, mientras que en menos de tres siglos les habia mulliplirado el cristianismo con tanta imprevisión política y tan carita- tiva prolusión, que, aquellos infelices, entregados prematuramente á sí mismos en medio de un mundo subvertido y egoísta, del cual no tenían esperiencia, se en- contraron, sin haberlo antes conjeturado, en una espantosa miseria, Y con efecto, desde los tres primeros siglos empezaron los mendigos á aparecer en Europa co- mo un fenómeno liaslu entonces no conocido, y respirando arhenazas que por nuestro mal lian eumplidii bailo rigurosamente. Desde entonces no bastó la limos- na individual: íue preciso que interviniese para el socorro de los pobres la socie- dad entera; yasí, encuéntranse en el Código de Teodosio dos rescriptos de Cons- tantino de lósanos ¡tl.'i y ;i22quc son los primeros domínenlos (pie en cuanlo 86 u m u m i > AIÍAK. ú pobres se leen en la legislatura de Occidente, til segundo, dirigido á Menando- ro, prefecto del pretorio, testitica, como dejamos sentado, que habiendo las eman- cipaciones producido los pobres, estos fueron los que produjeron los ladrones. Pero cualquiera que haya sido la época y- la abundancia de las emaneipjirio- nes en los primitivos tiempos, su historia conduce á establecer el grande princi- pio de que la emancipación de los esclavos ha engendrado el proletariado, es de- cir, esa masa de hombres que no poseen maf¡ que su cuerpo y su industria. Estas masas de hombres hállanse en todos los pueblos, porque todos los pueblos han te- nido esclavos; pero las lia henchido seguidamente el cristianismo, y pesa con to- da la gravedad de un atraso de seis mil años sobre las sociedades modernas. Repulsados los proletarios de la familia y de l¡i ciudad noble, cscluidos del ilustre hogar y del banquete, debían por instinto buscar una sociedad á donde reclinar su fatigada frente. Como el cristianismo, al prodigar las emancipacio- nes, movido por el noble impulso de la dignidad del hombre regenerado, contaba con los medios de una inagotable caridad y con el espíritu de resignación y de sa- crificio; ¡x medida que el soplo agostador de la indiferencia secó en el seno de la grey cristiana la fuente de aquellos nobles sentimientos, se halló la sociedad ame- nazada por el inmenso ilcsiupiililii ¡o entre una minoría poderosa pero egoísta y una mayoría miserable j mi resignada. A pesar de estar patentes á todo el mun- do las puertas que conducen al poder y á la fortuna, ol pauperismo, tascando con furia su freno, amenaza devorar la vieja sociedad soñando el levantar olía .sobre sus ruinas. Hemos visto ya el origen <¡e la esclavitud, según puede colegirse del conoci- miento que nos ha quedado de las edades primitivas del mundo. Agar era pues es- clava de Abraham, y el sucinto relato de su historia nos conducirá al punto de donde está tomada la escena que nos ocupa. Sara, esposa de Abraham, no tenia hijos; masleniendo una esclava egipcia llamada Agar, dijo á su esposo: Ya ves como Dios me ha hecho estéril para que no diese á luz hijo alguno; despósalo ron mi esclava, por si á lo menos logro tener hijos por ella. Rara proposición por cierto, y que demuestra la simplicidad de costumbres de aquellos tiempos pa- triarcales. Este esclusivismo de la propia personalidad que tan natural nos.pare- ce al amor, fue sacrificado al cumplimiento de las divinas promesas, pues el Se- ñor habia prometido á Abraham darle un hijo que saldría de sus entrañas, y mul- tiplicar su descendencia como las estrellas del ciclo. Vieodo la virtuosa Sara que por falta suya no podia cumplirse esta promesa divina, apeló ¡i este medio estraor- dinario, creyendo en ello secundar la voluntad suprema. Esta es la filosofía de los libros santos : todo se rclierc á Dios y á su volun- tad soberana como á causa suprema y universal. I-a fecundidad y la esterilidad, la salud y la dolencia, la fuerza y la flaqueza del temperamento, la deformidad y la belleza, los diversos accidentes de la vida, la escasez y la abundancia, los gran- AWIAIIAU V AliAll. des fenómenos naturales no reconocen en la Escritura otra causa que Dios. Nada concede al acum; ni aun conoce en todos sus coloquios la palabra nalimlesa en el sentido providencial, lenguaje, aunque harto común entre nosolros, heredado del paganismo que en medio de sus monstruosas inconsecuencias adoraba al azar caprichoso al lado de la inflexible fatalidad. Lamech fue el primero que introdujo la poligamia , interrumpiendo el au- guslo conjugio con que fue inaugurada la humanidad en los dos primeros proge- nitores en el paraíso. En esta parle se apartó de la primitiva institución del ma- trimonio , sin otra razón que el haberse dejado dominar por N urania del apetito. i Pero en Abraham todo cambia de aspecto , y para el observador religioso es vi- sible (pie todo se verifica por la secreta inspiración de aquel mismo que instituyo el matrimonio. Abraham, lleno de fé, aguarda sin inquietud el cumplimiento de la promesa que Dios le acaba de hacer de darle un hijo. Ningún provéelo forma sobre esle suceso , y descansa absolutamente en aquel tan infinito en su sabidu- ría como en su poder. Informada Sara de la promesa , y persuadida á causa de su esterilidad y de sus anos que no es por ella por quien Dios tiene el designio de cumplirla, croe que Dios mismo espera que Abraham llegue á ser padre por medio de otra mujer. Kl mismo Abraham había dicho que, viendo la esterili- dad de su esposa, nombraría heredero suyo á un hijo nacido en su casa , al hijo ile Eliezer, su servidor é mayordomo. Y ocupada Sara con este pensamien- to , le parece mejor medio el ofrecerle ella misma por esposa a su esclava Agar,, Abraham , que en esta proposición de Sara no ve sino pureza de miras, no- bleza de sentimientos, y motivos desinteresados, acepta este sacrificio conjugal/ cuya idea cree haberle sido inspirada de lo alto. Así pues se rinde a su deseW sin otra mira que seguir la orden de Dios , y tener de esta segunda esposa hijos* en quienes se cumplan las divinas promesas. Y realmente Dios había inspirado a Sara este pensamiento, por cuanto le premió después este sacrificio haciéndola madre contra lodo lo que se podía esperar: quiso por esle matrimonio de Abiahain con una esclava y por el hijo (pie debia ser su fruto figurar grandes misterios que descorrió después el velo de los siglos y preparar por medio de aquellos dos hijos de Abraham los destinos de la humanidad. Diez aBos había que moraba el patriarca y su familia en la tierra de t.anaan cuando éste á ruegos de Sara tomó a Agar por su esposa. Mas como si el Selior, aun en este hecho providencial. quisiese hacer patentes los tristes efectos de la poligamia , luego que Agar empezó a sentir en su seno el fruto de la nueva unión , cedió ¡i la flaqueza de mujer y despreció á su señora, lié aquí al justo patriarca en un terrible conflicto doméstico; lié aquí á la esclava henchida de orgullo é ingrata con su señora: hé aquí á Sara como arrepentida de haber cedi- do á su siervael lecho nupcial. ¿(Juéliari el esposo en esa bu-ha cruel . ruando dos aféelos que debían crecer unidos chocan entre sí como los dos lujos de He- beca en el seno materno , y despedazan el corazón 1 Sara se queja á su esposo de su comportamiento con ella , echándole en cara que permite los desprecios de su orgullosa esclava, y apela á Dios misino para que sea el juez entre los dos es- pasos. « Mal te portas conmigo: yo te di a mi esclava por mujer, la cual vién- dose en cinta , me mira con desprecio. El Sefíor sea juez entre mí y entre tí.» Admira realmente la candidez de esta historia interesante , que lleva en su misma narración el sello de la verdad de aquellas inocentes costumbres. La si- luacion de Abraliam no puede ser mas crítica : es casi imposible que ceda á un amor sin que lastime al otro en lo mas íntimo de su alma justa y pura: entrega la esclava al arbitrio de su señora , justamente ofendida , y se despoja de su au- toridad de señor para trasladarla toda entera á su esposa. No se sabe si esta abusó de este poder en el castigo de su sierva. La Escritura solo dice que la afli- gió , y pudiera muy bien haber abusado de su autoridad , cuando la obligó á de- jar la casa de su señor, de quien era esposa secundaria, y buscar en la soledad del desierto un refugio contra la venganza de su señora. Sara miró con in- diferencia la huida de Agar , y hasta el peligro que corría el hijo que llevaba en sus entrañas, hijo que ella debía creer el prometido del Señor, hijo de su esposo y de su señor Abraliam. Mas el ciclo tomó por su cuenta el cuidado de Agar y de su hijo; y junto á una fuente de agua que está en el camino de Sur á la estremidad del Mar Rojo en el desierto aparecióse á la fugitiva esclava jll ángel andona el desvalido , la consoló en -sus apuros por medio del ángel del conse- jo , pues al declararle Agar que huia de la indignación de su señora , á pesar de ser ella culpable por haberla producido por su orgullo y por su ingratitud , halló en las palabras del celeste mensagero el remedio de sus males y la fuente de sus esperanzas. ¿Qué le manda el ángel? Que sea humilde, que reconozca su error, que desarme con su sumisión el justo furor de la ofendida señora : lié aquí la se- milla de casi todas las virtudes evangélicas, la mansedumbre y la humildad; hé aquí los medios del hombre culpable para reconciliarse con el cielo , ei reco- nocimiento de la culpa, la confesión y el dolor. «Vuélvete á tu ama, y humí- llate á sus órdenes.» Y sigue desde luego el premio de la reconciliación. « Yo multiplicaré en tanto grado tu descendencia, que por su multitud no podrá con- tarse. He aquí que tú has concebido, y parirás un hijo , y le has de poner por nombre Ismael, por cuanto el Señor te ha oido en tu aüiccion. tiste será un hom- bre fiero ; se levantará él contra todos, y todos contra él, y fijará sus tiendas fíente por frente á la.; de todos sus hermanos.» Y realmente en estas promesas magniüeas se (•nciürra la suerte futura de un grande pueblo. Los árabes y sarra- AltK A I I A M \ \II\H. S!l ceños descendientes de Isinael conservaron la ferocidad ele pueblos guerreros , y nunca fueron domados , por mas que en medio de ellos habitasen los Judíos , los Iduincos, los Moabilas, los Amonitas y otros pueblos orientales. El nombre de esta madre sin amparo de hombre ha pasado á designar pueblos enteros después de cien generaciones, y los ugurenox debian tras largos siglos hacer poner en balanza la suerte del mundo. Las bendiciones que llovieron sobre el respetable tronco de la gran familia hebrea debian alcanzar también a la triste esclava que él habia fecundado , aunque la bendición principal se reservase para el hijo de la mujer libre. Agar, alentada y fortalecida por los consuelos del cielo, se hu- milló al momento ante el Seflor é invocó su santo nombre. Oh Dios, esclamó en medio de su infortunio, tú eres el que hasfijadoen mi tu compasiva mirada; y aun cuando no haya podido ver tu faz augusta , he oído tu voz de miseri- cordia. Inmediatamente y en memoria de este gran suceso , como hacían los gran- des personajes de los antiguos tiempos , puso Agar un nombre á aquella fuen- te , testigo de su ventura , y monumento perpetuo de la clemencia divina. Lla- móle Pozo del Dios viviente y que ine ve, pozo situado en la Arabia Pétrea, a algunas leguas de [lebrón , entre Cades y Barad , lugar que habian de habitar y habitan todavía losfierosdescendientes de Ismael. Volvió Agar a la casa de su señora, y debió obedecer puntualmente los mandatos del Señor revelados por su ángel. Humillóse , y fue si no enteramente feliz , a lo menos no tan desgra- ciada. Cuando dio á luz á Ismael, Abraham era ya de ochenta y seis años. La mejor prueba de que el gran patriarca obró siempre según la voluntad ile Dios, es que este le reveló de nuevo y mas detalladamente sus promesas, y sobre todas la de darle por medio de su anciana esposa Sara un hijo en quien debian también reunirse, todas las bendiciones, y que seria origen de muchas na- ciones , y descenderían do él reyes de pueblos. En esta interesante historia van envueltos grandes recuerdos. La circuncisión, signo del gran pacto ó alianza que contraía Dios con la familia conocida de la cual debía proceder la rehabilita- ción de la degradada humanidad, los tres peregrinos misteriosos que , símbolo viviente de la Trinidad divina, prenunciaron á Sara su milagrosa fecundidad, las llamas que como lluvia se desplomaron sobre el suelo maldito de Pentápolis, el incesto nefando de las hijas de Lot, el deseado nacimiento de Isaac , y en pos de él las escenas del despido de Agar y de su hijo por Abraham , que es el asunto del cuadro. Visitó pues el Señor á Sara como se lo habia prometido , yesla concibió y parió un hijo en su vejez. Y Abraham le puso por nombre Isaac y le circunci- dó al octavo dia , conforme al mandato que de Dios habia recibido , siendo de cien años cuando le nació Isaac. Creció pues el niño , y en el dia en que fue des- tetado celebró Abraham uu gran convite. Mas como viese Sara que el hijo de n 90 \HU\fl\\l 1 AliAR. Agar la egipcia se burlada ile su -hijo Isaac, dijo á Abrahmn: lícha fuera á es- ta esclava y á su hijo, que no ha de ser el hijo de la esclava heredero con mi hijo Isaac, lié aquí por segunda vez introducida la discordia enfre las dos es- posas , la libre y la esclava; renovada la antipatía entre la primera y la se- gunda y continuada en sus dos hijos que se hallan aun en la infancia. Por se- gunda vez siente el patriarca lacerado su corazón por la cruda lucha entre el amor y el deber; y la Kscritura misma, á pesar del laconismo con que suele pasar sobre las afecciones del espíritu en las mas apuradas situaciones de la vi- da , no puede prescindir dé hacer observar cuan dura pareció á Abraham esta demanda de su esposa , tratándose de un hijo suyo. Pero la historia de aquella privilegiada familia es dirigida inmediatamente por Dios mismo, y Dios es el que revela al indeciso patriarca la senda que debe seguir. «No te parezca estrc- mada aspereza lo que Sara te ha propuesto acerca de este muchacho y (le su madre , esclava tuya : haz cuanto ella te diga , porque Isaac es aquel por cuya linea ha de permanecer tu descendencia, bien que , aun al hijo de la esclava yo le haré padre de un pueblo grande por ser sangre tuya.» Levantóse pues Abraham de mañana, y cogiendo pan y un odre de agua, púsolo sobre los hombros de Agar y le entregó su hijo, y despidióla. Todo es sorprendente en esta historia : el rigor de Sara hacia Agar y su hi- jo ; la orden dada por Dios á Abraham de hacer lo que ella le diga; la manera con que lo ejecuta el patriarca; el abandono en que deja a una madre y á su hijo a quienes echa para siempre de su casa: todo parece contrario á la humanidad, á la justicia, al concepto que deí carácter de Abraham y de Sara tenemos forma- do. Mas todo esto nos confirma que la letra de esta historia no es sino un velo que oculta un gran misterio, y no podemos dudarlo después que el profundo Pablo nos descorre este velo misterioso , y nos descubre bajo la figura del hijo de la libre y del hijo de la esclava los diferentes caracteres de la antigua y de la nueva alianza , de la Sinagoga y de la Iglesia , de los que pertenecen á la una y á la otra. V dejando á los sabios espositores el desenvolvimiento de los misterios ocultos bajo aquel grupo sublime y que influyeron en los destinos de la huma- nidad , fijémonos tan .solo en la espresion del sentimiento que forma el fondo moral de este cuadro interesante. Mi señor, (liria la desconsolada egipcia fijan- do en el conmovido rostro de Abraham sus ojos anegados en lágrimas, ¿es posi- ble que así me abandones á mi desdicha, dejándome sola y sin amparo con es- te hijo de tus entrañas? ¿dónde están aquellos dias felices en que mi sefiora me miraba con ojos propicios y fundaba en mí las esperanzas de su prosperidad ? Oh ! cuando dijo á mi señor: toma á Agar como una esposa y ella fecundará tu lecho ! Oh mi señor y esposo mió ! ¿ en qué te ofendí que así me arrojes de tu presencia? Ya probé otra vez la amargura del destierro y estuve para morir. ABKAHAM \ AüAH. !H ¡Mijo desdichado de mis entrañas ! tu padre nos abandona y nos arroja para siem- pre de su casa y de su hogar. ¿ A donde iremos perdidos en el desierto , devo- rados por el hambre y por la sed , sin auxilio, sin amparo, oprimidos por la miseria y por el dolor? En mal hora vistes, hijo mió, la luz del día, y en mal hora tu madre desventurada halló gracia á ia presencia de tu padre. Ah! el Dios de Noe y de Abrahaui no nos abandonará: su ángel será nuestro guia y nuestro consuelo: él nos sacará del desierto , como lo hizo otra vez con esta su sierva, y nos conducirá á donde no te vea morir. Hijo de Abraham, tú llevas sobre tí grandes esperanzas. Adiós, esposo mió: acuérdate algún dia de esta es- clava que va á respirar para siempre lejos de tí, de esta esclava que tú amaste como esposa y ijue te dio tu primogénito. No porque me abandonas dejaré de rogar á Dios que te colme de bendiciones, que las derrame sobre Sara tu esposa y sobre su hijo Isaac. Hijo de la esclava , Hora tu desventura , abraza á tu ma- dre : partamos al desierto ; Dios es justo... liémonos á su providencia : no nos abandonará. El patriarca debió sentir desgarrársele el corazón con los sollozos de la ma- dre y del Jiijo; pero intlexible cuando se trataba de cumplir la voluntad de Dios, no vaciló un momento en hacer aquel duro sacrificio de los sentimientos mas dul- ces de la naturaleza. Cuando la desolada Agar salió de la casa de Abraham toma, ria sin duda el camino para Egipto su patria , pero se perdió en el desierto, que después fue llamado Bersabé. No tardó en agotarse el agua del odre, y madre é hijo empezaron á sentir el tormento de una sed abrasadora. Qué abandono, qué cruel situación! ¿Qué hará esta madre sin ventura, bajo un sol de luego, en medio de un desierto sin orillas, fatigada, y con el tierno fruto de sus entrañas que va perdiendo las fuerzas y á cuyo pecho abrasado va faltando el soplo de la vida ? Esta es una do las escenas mas desgarradoras que nos presentan los sagrados libros, y cuyo recuerdo nos hace mu\ ilifícil justificar la conducta de Abraham. ¿Nohaliia un esclaví siquiera para guiar á la afligida sierva al través del desierto , y de- jarlaal menos en su patria ? La Irisle madre en tan terrible apuro no puede con- sentir en ver morir á su hijo. Déjale sentado ó lendidodebajo de un árbol de los pocos que debía producir aquel agostado desierto , y se aleja de aquella escena de horror. Adiós, hijo mió, le diria, adiós para siempre. Dios mió ! vos me lo dis- teis : aquí á vuestros manos lo dejo , tened compasión de él y de su pobre ma- dre. Pero las fuerzas le faltan y cae también en tierra no lejos de su hijo. Entonces rompe el llanto de uno y otra con mayor estrépito, y la madre levanta al cielo sus gritos con las últimas fuerzas que le quedan. La muerte estaba ya para de- vorar sus víctimas, pero Ismael invocó al cielo de lodo corazón y Dios oyó la voz del muchacho, y el ángel de Dios desde el cielo llamo á Agar diciendo: ¿0u¿ haces, Agar? ¡Ño lemas, poique Dios ha oido la voz de lu hijo desde el lu- gar ni que se hulla. Levántale . alza al inucluicliu y lomillo Kl. I\Y \l.ll>(). tarea muy difícil estudiar y resolver si han sido mas en número y mas empeña- * das en los tiempos de mayor civilización ó al contrario. Kl carácter de las guer- ras no presenta en lo general mas que dos faces : invasiones de grandes ejérci- tos , terribles , amoladoras , pero de duración corta: luchas entre dos ó mas na- ciones , pero tenaces , largas. Las primeras debidas á la ambición ó al capricho de un hombre ; las segundas comenzadas y sostenidas por el empeño y el espíri- tu público de todo un pueblo. Por punto general las antiguas pertenecen á la primera clase ; á la segunda corresponden las modernas. Sesostris, Jerjes, Alejandro , (Üengis , lamerían liguran entre aquellos conquistadores ; los pue- blos que han hecho guerras á impulsos del espíritu público son todos. Las inva- siones son un ataque que pone en la necesidad de una defensa : las guerras son el encuentro de dos pueblos, dispuestos cada cual á luchar contra su adversario. Las invasiones presentan una masa enorme acaudillada por un hombre au- daz que todo lo arrolla , y cuya ambición carece de límite lijo: las guerras son la espansion de un sentimiento público , circunscrito á ciertos límites , y con un objeto bien conocido. La historia presenta escepciones en lo uno y en lo otro, pero ¿ qué regla general puede citarse que carezca de ellas , cuando son conoci- das la veleidad y las aberraciones humanas ? Pintamos esas divisiones de las guerras á grandes pinceladas , porque lo demás debería ser objeto de un trata- do largo , de esposicion detenida , y de todo punto ageno de un artículo, cuyo fin es esplicar una lámina relacionada con el asunto que nos ocupa. Las; invasiones deesas masas que pusieron en movimiento Sesostris, Jerjes, Gengis, reconocían por elemento principal la fuerza representada por la muche- dumbre, y contra la cual juzgaban sus caudillos que no podia haber sino otra fuerza igual ó mayor que la suya. Los griegos probaron á Darío y á Jerjes que esa idea era falsa, que en la guerra la victoria no era de los mas, sino de los mejores, y por esto en Maratón , en Salamina, en Platea, un puñado de grie- gos vencieron por mar y en tierra á un millón de persas. Y es que los griegos eran ilustrados , y echaron mano de un elemento desconocido por los otros, ele- mento que es el principal en las guerras entre pueblos civilizados, y que consti- tuye la base del carácter de esas guerras. Ese elemento es la inteligencia , es la aplicación de ella al mando y á la ejecución , es el regulador y conductor de la fuerza , que á su vez es elemento indispensable, pero ni el único, ni el mas im- portante. Los pueblos que reputaban como elemento único la fuerza se movieron en masa, asombraron con el número, cubrieron el suelo que querían conquis- tar; los pueblos cuyo estado de civilización les hizo comprender que la fuerza era un elemento de segundn orden , no marcharon en masa, eligieron un número de hombres , reducido en proporción á sus habitantes, y los pusieron á las órdenes de un capitán inteligente , que supiera conducir y regular la fuerza que se con- liaba á su inteligencia. Darío hizo lo primero , los griegos practicaron lo segundo; EL nv.uiuo. 97 aquel arrojó á Grecia medio millón de soldados, Milcíades les presentó la bata- lla y los venció con diez mil griegos. Jerjes repitió lo que habia hecho su padre Darío, y creyendo que la derrota de este había dependido del número, fue en persona con un millón de soldados, y Temístoclesy sus compañeros vencieron á este como habian derrotado al primero; y precisamente Temístocles en el combate naval de Salamina fundó la esperanza de la victoria en el inmenso número de bu- ques persas. Tan seguro estaba de que no era la muchedumbre el elemento prin- cipal de la guerra, ni prenda segura de la victoria. Mas pasaron aquellos tiempos, y los hombres habiendo entrado en un nuevo camino de civilización comprendieron desde luego que no la fuerza, sino la inte- ligencia, era la que decidía el éxito de las guerras, y fiaron mas en esta que en aquella. La guerra quedó convertida en una ciencia que reclama estudios muy varios y muy vastos, una aplicación grandísima, una previsión incalculable, y una prudencia tan mesurada que es fácil verse por los otros confundida con ]¡i cobardía. He' aquí como el hombre dedicó la parte mas noble de su ser en dis- currir, estudiar y aplicar los medios mas a propósito para matar mayor número de sus semejantes. Esta es la guerra cientílica, la guerra de los tiempos moder- nos , la de nuestros dias, la que ha hecho que treinta mil españoles, atacados por la disenteria, por el cólera, por un clima atroz , por todas las contrariedades • de los elementos, yendo y viniéndola mitad de ellos del campamento á los hospi- tales , y siendo las tres cuartas partes de los mismos completamenle novicios en la ejecución de lo que se les mandaba, hayan triunfado de todo , hayan batido ejér- citos muy numerosos, que no habian de luchar con la oposición del clima, ni de las enfermedades, que defendían sus hogares, que contaban con la adhesión y los recursos del país, que se componían de hombres individualmente valientes hasta una temeridad loca, hayan impuesto la ley y obligado á implorar de rodillas la paz á un imperio relativamente muy poderoso, y que se ha considerado feliz com- prando á muy subido precio la paz que había implorado. La fuerza y todas las ventajas materiales estaban de parte de ese imperio, pero Espafla contaba con la inteligencia de los caudillos (¡ue mandaban , conducían y regulaban: y esa inte- ligencia venció á la fuerza y la vio postrada pidiendo misericordia. Los marro- quíes representaron el mundo antiguo, aquel mundo que todo lo liaba en la inu - chedumbre: España representaba el mundo moderno que todo lo «spera de la inteligencia: el triunfo podía ser mas ó menos tardío , pero no podia ser dudoso. La fuerza sucumbió, y triunfó la inteligencia. En el arte de guerrear la inteligencia se ocupa muy estoniamente de los aprestos, esto es, de inventar los medios de destrucción , que causan mayores estragos en mas breve tiempo, y en esta inventiva los modernos han sido en estremo fecundos y afortunados. Los antiguos se batían en contacto, y cuerpo á cuerpo, y para eso era necesaria la fuerza material: los modernos batallan a una 13 98 EL INVÁLIDO. hora de distancia unos de otros, y mientras la batalla se sostiene en estas cir- cunstancias es elemento inútil la fuerza: basta de todo punto la inteligencia. Y cuando aproximándose los batalladores entra como elemento la fuerza, no por esto cesa de obrar la inteligencia, ya en la dirección y movimientos de los que luchan, ya en la aplicación de los medios que la inteligencia inventa y sabe po- ner en uso para coadyuvar y suplir la fuerza. La guerra es hoy una ciencia vasta, complicada y múltiple , en la cual siempre será preciso tener corazón, pero en donde es para el director mas nece- saria la inteligencia. Por esto eí hombre de guerra ha venido á tener una impor- tancia inmensa, y nuestro siglo lo ha colocado en todas las naciones civilizadas muy inmediato al jefe del Estado, si no le ha ensalzado al trono. Porque no basta hacer la guerra, es preciso saber evitarla, buscarla , prepararla, retardarla, acelerarla; y como esto no corresponde á la guerra misma sino á la política, los guerreros han acabado por convertirse en diplomáticos, y en este doble concepto su importancia lia subido de punto. La guerra, una vez entablada no termina con la muerte de todos los que en ella toman parte, ni con la conquista de un Estado; sino que tomada venganza de un ultraje, ó satisfacción de un insulto, naturalmente debe quedar y queda terminada, porque se ha cumplido el objeto fijo con que en nuestros tiempos se empeña la guerra. Pero el determinar cuando está vengado el ultraje , ó tomada satisfacción del insulto, mas que a la guerra corresponde á la diplomacia, y de aquí la necesidad de que el guerrero se con- vierta en diplomático, ó el diplomático en guerrero, y de aquí un motivo mas para dar importancia pública al hombre de guerra. Así es que esta importancia tiene ya una sanción general, y por lo mismo vemos esas transformaciones que vienen á ser hoy una necesidad del siglo. Napoleón desde París, Víctor Manuel desde Turin, Francisco desde Viena, prepararon y resolvieron como diplomáti- cos la guerra de Italia en I808; los mismos una vez entablada y empeñada la lucha se transformaron en guerreros; y cuando toda Europa la creia mas encar- nizada y pensaba adivinar el término hasta donde forzosamente llegaría, los tres capitanes se convierten de nuevo en diplomáticos y ajustan la paz en Villafranca. Hoy pues la guerra y la diplomacia son manejadas por un mismo hombre; y si en algunas naciones no vemos admitido precisamente este sistema, el diplomá- tico y el guerrero consultan uno con otro , y el término de la guerra está fijado ose fija por acuerdo de entrambos. Guando un guerrero audaz, queriendo pres- cindir de la política, se lanza á la lucha, atropclla todos los principios del dere- cho de gentes, y sin mas consejo que su ira, sus pasiones ó su opinión cree que puede despreciar la diplomacia, esta le sale al encuentro en lo mejor de sus triun- fos, y mal de su grado lo detiene. Esa diplomacia si entonces fuese menospre- ciada por el emprendedor osado c irreflexivo , pondría en movimiento al guer- rero , que á viva fuerza sujetaría los ímpetus del que osó hollar sus fueros, y le , EL INVÁLIDO. 99 obligaría á respetar como ley inviolable lo que habia creído un capricho ó una tiranía de gabinete. Yes que la guerra hoy está subordinada á la inteligencia y no como en otros tiempos en que sacaba su único elemento de la fuerza. Esta no es en nuestros dias mas que la ejecutora mientras la otra es la directriz que mue- ve , impele, enfrena , detiene y desarma. El militar en la época en que vivimos no saldrá de la esfera de máquina si se contenta con tener valor: es indispensable que cultive la inteligencia ; no le basta ser espartano, es forzoso que se convierta en ateniense. Tarea difícil, amalgama poco común , pero muy estimada: y por esto vemos en cada Estado cuatro ó seis hombres que llegan á poseer ambas cosas en alto grado, y de ellos es sin remedio el gobierno del mundo. Con la inteligencia combinan, preparan, conducen : con la fuerza ejecutan, y á ese consorcio no puede oponer resisten- cia sino otro consorcio de los mismos elementos. De todo esto ha venido k resul- tar que en los tiempos que corremos el hombre de guerra esté destinado á repre- sentar en las naciones el papel mas brillante, á disponer de la suerte de los pueblos, á ser aclamado ó maldecido por ellos, á labrar la felicidad ó la des- ventura de las naciones. En donde el rey es guerrero, el gobierno puede estar compuesto de rentistas y jurisperitos: en donde el rey no es soldado en el gobier- no debe haber y hay un caudillo militar, capaz de contrarestar á un rey sol- dado. Esta práctica es constante , y una nación que no ha querido seguirla , ha hecho un triste papel en la guerra, y esfá condenada á no desempeñarlo nun- ca muy brillante. Se ve precisada á dar tormento á su inteligencia, cuenta con la formidable muralla del Océano, cuenta con una marina inmensa, cuenta con recursos incalculables, y todo esto junto le basta y no mas para sustraerse al dominio de las naciones en donde figura en primera línea un soldado diplomá- tico : mas este sistema no la salvará el dia en que cesen las luchas entre las demás naciones., y tarde ó temprano habrá de arrepentirse de no haber seguido el sistema de las otras. El militar desde sus primeros aílos contrae los hábitos de la milicia, olvida todas las demás carreras, y á diferencia del paisano que, atendiendo simultá- neamente á negocios y ocupaciones muy diversas, se convierte en un hombre múltiple , el militar se concreta y se encierra dentro de su carrera, descono- ciendo completamente todas las restantes : lo cual es un bien , porque se hace un hombre especial y muy á proposito para el destino que ha elegido. Algunos sin embargo van haciéndose diplomáticos, y sin perder el carácter militar, cuando han sabido tomar el diplomático, se transforman en embajadores, en ministros, en jefes del gobierno, si no pueden serlo del Estado. El militar que no aspira á tanto , ó por retraimiento característico, ó por falta de inteligencia y de cul- tivo , se queda eselusivamente militar, y casi podemos decir que consume su vida en guarniciones, en trabajos materiales prácticos y rutinarios parala ins- 100 EL INVÁLIDO. tracción y gobierno del soldado, esperando tranquilamente los ascensos de la antigüedad y de su aptitud para los diferentes servicios aplicables al instituto en que se halla inscrito. Si viene á estallar una guerra ya sabe que va á luchar entre la muerte y un grado, y que si la comenzada India se prolonga, es cosa cierta que alcanzará el segundo, ó caerá á los golpes de la primera. ¥ si por su desgracia es previsor y mide de antemano la cadena de sufrimientos que puede irle sujetando, segura- mente la muerte en el campo de batalla hade parecerle el menor de todos ellos. Porque en la guerra no pueden escasear el hambre, la sed, las enfermedades, las intemperies, la fatiga; son casi irremediables la carencia de todo, la falta abso- luta de comodidades, mil peligros inesperados é imprevistos, las traiciones, las contrariedades hijas de mil causas no sujetas á cálculos, y lo peor de todo Jas heridas en medio del fragor y del desorden de una batalla, el abandono en mi- tad de un campo cubierto de cadáveres y de otros heridos, la tardanza en el re- medio, la gravedad por efecto de esa tardanza, y la crueldad del espediente á que debe acudirse para salvar la vida. La muerte instantánea es una fortuna: cuando la bala no mata pero destroza un miembro, quedan muchos días de dolo- res , amenaza una amputación horrenda, el peligro de la vida por resultado de una operación hecha para conservarla, la mutilación si realmente se salva, y la triste perspectiva de una existencia inútil, condenada á sufrimientos mas ó menos acerbos y continuos, la privación de nuevos ascensos, de lauros de ninguna cla- se, y quizás el abandono y la miseria. La muerte no es un mal comparado con esa serie de males que al militar le amenazan, y que le sobrevienen con una ra- pidez, que en sus mas tristes presentimientos no habia imaginado. Se despertó joven, robusto, lleno de fuerzas y de brío, alimentándola esperanza de una vic- toria y de un adelanto en la carrera, y al cabo de una hora yace mal herido, es pisoteado por loscaballos de sus amigos v de sus adversarios, gime y se desan- gra en un abandono completo, recuerda todas las personas que le son queridas, y recuerda á su madre, y ninguna está presente, ni tiene noticia de su desgracia: traspasan su corazón los aves de los moribundos, saltan por encima de su cuer- po los perros y los cuervos que de muchas leguas de distancia acuden al olor de Ha sangre y de la carne humana, oye á lo lejos los gritos de la victoria que no pueden ver sus amortiguados ojos, y teme que morirá allí mismo lentamente y abandonado por los suyos. Al fin después de muchas horas de inesplicables mar- tirios llega el momento de la curación ; casi exánime es arrebatado por sus com- paneros, que para salvarle de una muerte cierta le hacen sufrir tormentos que equivalen á cien muertes, es colocado en la cama de un hospital, el cirujano que ni oye ni tiene tiempo para escuchar sus lamentos le corta un muslo, cura su es- tropeada mano, hace caso omiso de los golpes y magullamientos de todo su cuer- po, y pasa á otra cama en donde espira un companero invocando los nombres de EL INVÁLIDO. 101 Dios y de-su madre. En la noche del diaqueparaél amaneció tan hermoso, se encuentra, y es gran fortuna, tendido en un lecho, sin aliento, sufriendo dolores crueles, muerta toda esperanza, acabadas todas sus ilusiones, perdida para siem- pre la agilidad sino el movimiento de sus miembros, condenado al olvido y ter- minado cuanto de halagüeño tenia su existencia. Y esa metamorfosis horrible ha sido la obra de algunas horas; era, ya no es; podia serlo todo, ya no puede ser cosa alguna; no ha muerto y no existe para el mundo; es joven y esta conde- nado á vivir como viejo; tenia mil probabilidades de hacer fortuna, y su fortuna ha terminado; saliendo del servicio militar podia emprender otra carrera, ya no puede emprender ninguna; sonó con laureles, y los suyos se han secado para siempre, y en la victoria ya no se contará mas con él, los compañeros ya no po- drán serlo, la carrera que tanto amaba ha concluido, y por toda recompensa le aguarda el desconsolador dictado de inválido, y una renta que apenas le pondrá á cubierto del hambre. Y esta es la suerte de muchos miles, mientras la gloria, la fortuna, la representación, la importancia son el patrimonio de uno porcada veinte mil. Mucho puede ser un hombre de guerra, masía altura á que llegan es comprada á muy subido precio. He" aquí el hombre que nos presenta la lámina que tenemos á la vista. Un inválido. Recorred los cuarteles de inválidos, id á París y entrad en eso vasto edificio en donde la Francia da un asilo á los soldados que han hecho la guerra por ella : todos esos hombres salieron del hogar paterno y recibieron el ósculo de despedida de su desconsolada madre cuando tenian veinte afios de edad, esta- ban sanos, eran robustos, tomaban las armas entusiasmados con el santo nom- bre de la patria ; todos esperaban volver á sus hogares ceñidos de laureles y sá- cios de gloria: miradlos, no hay entre todos un Iwmbre entero: todos son fragmentos de hombre; todos son inválidos, que significa que para nada sirven: todos han gemido en el campo de batalla: aquel perdió la nariz , las orejas y los dedos de los pies en una horrenda noche de hielo, en que los hombres y los ca- ballos quedaban muertos de hambre y de frió ; el otro perdió un ojo al golpe de una lanza ; esc otro perdió los dos en el ardiente clima del Egipto ó de la Crimea ; el de mas allá sufrió la amputación de los dos muslos ; á ese otro le cor- taron el brazo derecho , y mientras el cirujano le estaba operando en el hospital de sangre una bala de cañón se le llevó el otro brazo; ese que está sentado en un poyo casi no tiene rostro humano porque le dejaron en el campo creyendo que le habían muerto á lanzazos; ese del lado derecho no puede mascar porque dos balas se le llevaron la mayor parte de ambas quijadas: allí veréis todas las clases de deformidades imaginables, y muchas otras que no cabe imaginar si- quiera : ahí están esas vícfimas de la guerra que se moririan de hambre si la pa- tria lastimada de su suerte no les diera de comer, y no les proporcionase una casa en donde albergarse. Aun visten el trage que llevaban en los dias de su des- 102 El. INVÁLIDO. gracia, aun recuerdan el tiempo de su juventud y lozanía, aun hablan de aquel delicioso hogar paterno en que nacieron y que no volverán á ver nunca ; id á contemplar esos seres desventurados, y abominareis la guerra. Ese espectácu- lo debiera estar siempre ante los ojos de los ambiciosos, y quizás su corazón se conmovería al aspecto de tantas infelicidades, y sufocarían dentro del pecho esa pasión fatal de que hacen víctimas á sus hermanos. Por fortuna el inválido que tenemos á la vista era un coronel, y aunque lidió en cien combates con una bravura que no tenia rivales, las balas y Jas ar- mas blancas le respetaron , pero no le respetaron los climas, y hallándose una noche en su tienda de campaña fue atacado por una parálisis general de todo el cuerpo , de suerte que fue preciso sacarlo del campamento, devolverlo á su pa- tria y llevarlo á su casa, como se hubiera hecho con un mueble. Ahí está hace ocho anos. La ciencia se ha estrellado contra la pertinacia de la* enfermedad , y cansado el doliente de bafios, de pócimas, de friegas, ha resuelto vivir y mo- rir de esta manera. Cuando le sobrevino la desgracia ya no tenia padres, pero su esposa que recorría con afán los boletines del ejército esperando ver ensalza- do su nombre, de repente le vio en brazos de cuatro soldados que le entra- ban en casa , cual si fuera un cadáver. Una hija suya que estaba en América vino á Europa al cabo de tres años, y á poco de su llegada dio á luz ese niño, que en la lámina está jugando dirigido por su inválido abuelo. Este desdichado no puede absolutamente menearse, es preciso que otra persona le vista y le desnude , que le den la comida y la bebida , que lo saquen de la cama y lo coloquen en esa silla en donde pasa el dia entero en las mismas posiciones en que lo han dejado. Cuando quiere variarlas ha de acudir al ausilio ageno, y la esposa, la hija y el yerno son los encargados de verificar esas operaciones, porque solo ellos las hacen á gusto del abuelito. Si quiere leer es preciso que haya alguno al lado para que le vaya volviendo las hojas del libro, y como esta persona se aleje, ahí está el maleante nieto, que en lugar de volver una hoja vuelve la mitad del libro , ó pone lo de arriba abajo , y el pobre abuelo se encuentra con la lectura interrumpida, y sin poder dar un cachete á un mo- coso que le hace rabiar de intento. Cierto que el abuelo tiene gran parte de culpa porque le permite que saque de la honda faltriquera del levitón los cara- melos que le pone en ella la abuelita, contra la voluntad de la madre, empe- llada en que el niño tiene lombrices, y en que los dulces le dañan , mientras los abuelos sostienen que eso es una tontería, y que los dulces nada tienen que ver con las lombrices. Al nieto y al abuelo se les pasan las horas muertas jugan- do á soldados, en cuyo juego hay para el niño un gozo presente, y para el an- ciano un recuerdo agradable , porque la parálisis nada le ha arrebatado de su espíritu militar , y ve esos juegos y dirige al niño cual si se tratara de una ba- talla verdadera. Si pudiese moverse indudablemente jugaría con él, le haría los EL INVÁLIDO. 10$ sombreros y las vainas de los sables; mas todo eso se construye en casa según las instrucciones del abuelo, que alecciona al niílo y le inculca su afición á las armas. La madre se incomoda mil veces cada dia, porque le causa horror la idea de que su hijo acostumbrándose á eso desde niño acabará por ser militar, y apoyado por el abuelo no habrá quien le haga desistir de ello. Algunas veces se disgustan con este motivo el padre y la hija, mas esta cede por consideración á la calidad de padre y por el estado en que se encuentra, y el padre interpreta la prudencia de la hija por el convencimiento en que la ha dejado de que la carrera militar es la mejor del mundo con la parálisis y todo. El yerno toma cartas en el negocio, sin empeñarse en que su hijo sea esto ó aquello, y esta condescendencia es tam- bién reputada por el abuelo por un asentimiento que aplaude con todo el alma. Estas escenas se repiten cada dia, y con ellas entretiene el abuelo su carácter mi- litar, porque á falta de enemigos y de medios con que pelear, se agarra á las discusiones, que son cosa parecida á las batallas. Con tales cuestiones domésticas, amenizadas con tal cual gemido por dolores que esperimenta en las piernas, con algún rato de lectura, con la narración cien mil veces repetida de todos los lances en que se ha encontrado, con los jue- gos del nieto y con las lecciones de táctica que le vá dando, pasa el pobre ancia- no la vida, aguardando con impaciencia el dia en que el nieto se le presente ves- tido de militar de veras y con la medalla de pensionista en un colegio de cadetes. En aquel dia perderá el compañero de juegos militares, pero creerá haber al- canzado un grande triunfo, venciendo la resistencia de la hija, deseosa de convertir el nido en un médico ó en un abogado. La actitud del anciano , la atención con que está mirando los estragos que en los soldaditos causan Iás balas lanzadas por el soplo del nieto, y la ansiedad que se nota en su rostro por ver cuál será el resultado de aquel ametralla- miento , están espresadas con una verdad que enamora. Los demás pormenores del cuadro están muy en género y acompañan perfectamente el asunto, que en nuestro concepto es la posición del inválido, y la magnífica espresion de su ros- tro. El autor ha pintado muchos cuadros de escenas militares en distintas situa- ciones de la vida, y en todas esas obras se descubre lafilosóflcaatención con que ha estudiado esta clase de asuntos. El presente cuadro es uno de los mas reco- mendados por los inteligentes, y creemos que merece los encomios que se le han prodigado. ' CUADRO DE RAFAEL.) De tarde en tarde aparecen en la historia de las letras y de las artes seres privilegiados, seres en cuya frente imprimió Dios el sello del genio, y cuya alma dotó de las cualidades que, en su riqueza, armonía y florecimiento, constitu- yen el gran poeta, el gran artista. Y uno de ellos fue Rafael. ¡ Qué voz no se siente inclinada a enmudecer, qué pluma no se encuentra pobre y humillada al tener que hablar ó escribir de tan grande hombre ! Como ante esos metéoros de indescribible sublimidad y de deslumbrantes fulgores que aparecen á veces en la atmósfera; como ante esas escenas ó cuadros sorprendentes por su grandeza que ofrece el inundo físico ; como ante esos monumentos gigantescos que han levan- tado algunos pueblos á fuerza de brazos y de afios, cual para dejar un testimo- nio , tan duradero como Ja tierra que habitamos, de que pasaron por ella, el hombre se encuentra sobrecogido de admiración , y se siente como obligado por una fuerza superior á inclinar su frente y á doblar la rodilla; de la misma manera nos sentimos como avasallados ante la grandeza del nombre del rey de los pinto- res , y como arrastrados á adorar sus inmortales obras. Perdónesenos pues si, mas que para cumplir con un compromiso, que porque nos creamos con fuerzas su- ficientes para hablar de tan insigne artista y de sus admirables creaciones, veni- mos a trazar estas breves paginas; y no duden nuestros lectores que cuanto en elogio de Rafael escribamos, sobre ser descolorido y pobre, será poco en com- paración de lo que al admirarle sentimos; y que el trabajo que vamos á empren- G"DEKD¡IICH.E2 5 RAFAEL. 105 der debe considerarse mas como un tributo humilde, pero sincero de respeto al genio, que cual una biografía del pintor y una crítica de sus obras. Permítasenos aííadir que no tenemos ni podemos tener la pretensión , que mas que de atrevida podria calificarse de ridicula , de decir nada nuevo acerca de Rafael, despuesde tantos y tan profundos trabajos, después de tantas investigaciones, de tantos es- tudios ó apasionados ó fríamente críticos que sobre él y sus obras se han hecho, y que en vez de aspirar a ser originales, y de esponernos por consiguiente á errar, nos honraremos en obsequio suyo, y teniendo en cuenta nuestra peque- nez , con marchar tras las huellas, y ausiliarnos con los trabajos de los que nos lian precedido en el camino que a emprender vamos: y como entre todos los escri- tos acerca Rafael publicados hasta el dia, sea acaso el mejor y mas acabado el que lia visto la luz en Francia de J. D. Passavant, con el título : Rafael de Urbino y su padre Juan Saníi, él será también el que tomaremos principalmente por guia. Varias son las versiones que circulan acerca la época del nacimiento de lía- fael, acerca el tiempo, podríamos decir mejor, en que aparece en el ciclo del arte en que debia ser su astro mas radiante; pero aunque sea apartándonos de la mas generalizada hasta aquí, lo fijaremos con el citado escritor, en Urbino cl 6 de abril de 1483 ; en este fecundo período de fines del siglo xv que dio al mundo los mas grandes artistas modernos, de Leonardo de Vinci al Correggio, de Miguel Ángel al Ticiano. En una época en que se creía ennoblecer á un personaje atribuyendo su des- cendencia á alguna antigua familia, se hizo remontar el árbol genealógico de nuestro pintor hasta el tiempo de los antiguos romanos, sin echar de ver que cl mejor timbre de nobleza de aquella familia era el florón que poseía en la persona del artista que debía inmortalizarla. Su padre, Juan Santi, en latín Sautius, de donde por corrupción se le llamó Sanzio en italiano, era, además de poeta y de hombre de buen sentido y recto jui- cio, pintor distinguido, en cuyas obras se notan generalmente todos los caracteres de la escuela de Umbría, y á veces como un lejano presentimiento, por decirlo así, de Rafael. Todavía hoy se conserva en Urbino la casita de ladrillo en que el pintor víó por primera vez la luz ,y en cuyo modesto portal se lee en una lápida de mármol esta inscripción': NUMQIAM MORITURUS, EXGUIS 1IISCE IN /EDIBUS EX1M1US ILLE PICTOR RAFAEL NATUS KST OCT. ID. APRIL. AN M. CDXXCIU. VENERARE 1GITUR I1ÜSPES NOMEM ET GEN1UM LOCI: NE HlHEnE: LUD1T IN HUMANIS MVINA POTENTIA HEBUS, ET S.EPE IN PALCIS CLAUDERE MAGNA SOLET. I ||(i RAFAEL. «Juan , dice Vasari con esc tono sencillo ele leyenda que tanto contrasta á veces con la grandeza de los artistas cuya historia refiere, dio a su hijo el nombre del ángel Rafael, que le parecía de feliz presagio. Sabia cuanto importa no con- fiar al cuidado de una estraüa un niño que puede contraer hábitos bajos y grose- ros entre gentes sin educación. Quiso pues queaquel hijo único y deseado fuese alimentado con la leche de su madre , y pudiese acostumbrarse desde los prime- ros instantes de su vida i las costumbres paternales. Mas tarde, añado el citado biógrafo, advirtiendo en él una disposición admirable para la pintura, tuvo tanto gusto en secundarla que Rafael, siendo aun muy joven, no tardó en servir de grande ayuda á su padre para los numerosos trabajos que se le encargaban.» Abundantemente dotado por la Providencia de todos los dones del cuerpo y del espíritu , belleza, gracia , virtud , genio y nobleza; poseyendo esa admira- ble armonía de los sentidos y del espíritu, que es como una condición del genio, y do la cual ban estado dolados por punto general los mas fecundos artistas, el Dante, el Ariosto , Shakespeare, Goethe, Leonardo do Yinci, ele., el niño cre- ció en medio de aquella atmósfera que tan favorable dchia ser al desarrollo de sus facultades, y auxiliado por el dulce bienestar que debía su familia a los tra- bajos del padre y del abuelo, y a la inteligente protección del duque de Urbino, que en su esfera puede considerarse como un precursor de León X, el gran me- cenas de las letras y de las artes. Hemos indicado hace poco , siguiendo á Yasari, que Rafael debió a su pa- dre los primeros rudimentos del arte que le debia inmortalizar. El joven alumno hizo progresos tan rápidos que á la edad de siete anos, según se dice, trazó so- bre un tabique el retrato de una madona que fue después religiosamente conser- vado. Como los niños aprenden a hablar varias lenguas á la vez y sin que les cueste ningún trabajo , asi y como jugando él aprendió el dibujo y los elementos de la pintura. Una actividad y un trabajo incesantes desenvolvieron mas adelan- te sus disposiciones naturales; y así se esplica como pudo en una vida tan breve producir tantas obras maestras. Parece que Rafael tuvo la desgracia de perder su padre antes de haber po- dido aprovecharse de sus lecciones , y se cree que al ano siguiente , cuando solo contaba doce ó trece de edad, fue enviado por su familia al taller de P. Vanucci, de Pcrusa , ciudad vecina de Urbino. Vanucci, mas conocido con él nombre de Perugino, habia merecido los elogios del padre de nuestro pintor, quien en su Cró- nica rimada , lo asoció á Leonardo de Vinci, y llama á los dos divinos. Este pintor admirable , dice M. Fourncl, que en el dia se aprecia en lo que vale después de haber estado como envuelto en el absurdo desprecio con que se miraba todo lo relativo al grande arte religioso de la edad media, imprimió tan fuertemente su sello sobre aquella alma joven , tan preparada por los consejos pa- ternales y por su propia naturaleza á recibirlo , que se encuentran todavía lino— 11AFAEJ,. 107 Has de esta educación aun en las últimas obras de su manera romana. El genio de Rafael, según la espresion de Mr. Passavant, era de esencia umbría; y la es- cuela de la cual es el Perugino el principal representante se enlaza intimamente á la grande escuela romana , de la cual es como la fuente y el comienzo. Era por consiguiente el mejor, acaso el único maestro que necesitaba para desarro- llarle en su inclinación natural, para instruirle sin quitarle nada de su persona- lidad , á la vez que para perfeccionar en él el sentido artístico y elevarlo sobre esas tendencias materiales, que en el hervor de los aflos juveniles, apodéranse á veces tan fácilmente de las organizaciones mas ricas y mejor dotadas. Justo es sin embargo añadir, no para rebajar en nada el mérito del maestro t sino para mas honrar y hacer justicia al discípulo , que este, como queda indicado ya y tendremos ocasión de repetir todavía, estaba dotado, para recibir y hacerse su- yos los recursos y secretos del arte, de lo que vale aun mas que la ciencia; de esa riqueza moral que debía á la ternura de sus padres, a la favorable acogida que recibió de su maestro y á las primeras impresiones de la infancia, que en él fueron tan puras, y que son las mas duraderas y las mas profundas de la vida. Rafael pues estuvo en su centro en el taller del pintor de Perusa. Su genio arrancó desde el mejor punto de partida , lanzándose á volar desde los brazos, casi podríamos decir, desde la paleta de Vanucci. No somos pues de los que sienten que su padre no lo hubiese enviado á la escuela de Leonardo. Su colori- do seco y su pincel duro hubieran paralizado acaso el vuelo de Rafael y comunica- do esa dureza á su manera, al paso que el estilo clásico , noble y concienzudo de este maestro no podía ejercer una influencia saludable en él sino en una edad mas avanzada. Los primeros cuadros de Rafael se distinguen ya de los del Perugino por al- gunas señales de naciente originalidad , dominadas sin embargo por la constante imitación de la simetría y de la manera tradicional de su maestro. Hasta al sa- lir de su taller en 1504 se le ve aun imitar de cerca, aunque mejorándole , en sus Desposorios de ¡a Virgen (1), la disposición general del SposaUzio del Pe- rugino. Y cuando se considera que este cuadro encantador es obra de un pintor que no habia llegado aun á la edad de hqmbre , fácil es prever qué frutos debia. dar en su madurez una vida cuya adolescencia producía tales flores. El San Jor~ ye y el San Miguel (2), pequeñas joyas que se guardan en el Louvre, son de la misma época, y ofrecen también el mismo carácter del Perugino , salvo el que se advierte una ejecución mas libre , al menos en ciertas partes; puesto que en otras la estremada precisión del dibujo raya casi en sequedad. Hay en estas dos 11) Kílfl ¡i red oso cuadro íuu pinlíidu solii'u miiilera ]i;ira la .-iipillü de Alkiruzzini vn lu villa del Castillo, •a de Miliin. Tiene de alio 5 í'liis con 2 pulgadas, y de anclio 3 cu» 0. V. Musco de ntura y escultura , publicado en la lili, de Verilnguc (3) El ]irlim'ra du usías tuudros lúe pintado en el ruverao du un tablero, llene da ullo 11 pulgadas y 0 de i l , yh d ri l 1*' l l IÍ ú d 9 l d 3 li — Itlrm. 108 BAFAEL. miniaturas el sentimiento de la belleza pura y noble , (¡uc no abandona nunca á Rafael, un pincel á la vez delicado y seguro, un colorido luminoso, y una imagi- nación a la vez que fácil animada. Rafael no volvió a su ciudad natal durante el tiempo que estuvo al lado del I'crugino. Sus padres habían muerto y su tutor seguía un pleito de familia contra la segunda mujer del padre de nuestro pintor, y de la cual habia aquel tenido una hija. AI salir de Perusa pasó a Cittíi di Castello para ejecutar algunos cuadros, sin que se pueda fijar con exactitud la fecha de esta peregrinación. Supónese sin embargo que tendría lugar en 1503. En Siena llegó a sus oidos una noticia que iniluyó favorablemente en su vida de artista. Leonardo de Vinci habia espuesto en Florencia el celebre cartón figu- rando el combate á caballo de Nicolo Piceinino, que habia compuesto para el museo ducal y para oponerlo á un cuadro de Miguel Ángel, representando unos soldados bañándose en ei momento en que se les anuncia la llegada del enemigo. Era aquella la época en que los Médicis hacian todos los esfuerzos posibles para hacer de Florencia el centro de las bellas artes en Italia. Todos los ojos estaban lijos en aquella ciudad donde los dos mas afamados artistas se disputaban la pal- ma de la victoria. Rafael lo supo y voló a la ciudad de los Médicis. Si hasta entonces no habia hecho mas que adivinar é imitar como á tientas el bello ideal que su alma de artista habia entrevisto, pudo en aquella ocasión con- templarlo en las obras de aquellos maestros, de Masaccio y de otros ingenios no menos célebres. Desde aquel momento descubre un mas vasto horizonte del arte, se le revela un modo de hacer mas poderoso, y su alma tiende sus alas para volar ha- cia aquel horizonte. Sin desprenderse todavía del estilo del Perugino, del cual se hallaba, por decirlo así, impregnado, y que tan en armonía estaba con su espíritu delicado y profundamente religioso , se le ve encaminarse á la escuela florentina por un dibujo mas estudiado, por contrastes mas rigorosos, por un sentimiento mas preciso de la realidad, por un mayor arte en la disposición de las ropas, por ciertos rasgos en fin mas vivos y mas grandiosos. Esta primer estancia de Rafael en Florencia fue de corta duración, puesto que volvió a Ürbino , no sabemos por que motivo: quizás por haberle llamado el du- que Guido Baldo, ilustrado protector de las artes, en cuya corte se encontraba entonces Castiglione, el famoso autor del Cortesano, quien tuvo ocasión de enta- blar entonces con Rafael aquellas relaciones, que tan intimas debían hacerse mas adelante en Roma, y que solo terminaron con la muerte prematura del grande artista. En 1505 le encontramos de nuevo en Perusa encargado de realizar una por- ción de pedidos; pero Rafael no pudo resistir á la atracción que ejercía en su ánimo Florencia, á cuya ciudad marchó por segunda vez dejando en Perusa ItAFABL. 109 muchas obras sin terminar. Entonces fue cuando dio sus frutos ese entusiasmo que haliian producido en él la vez primera las obras maestras que habia visto. Estudió con un verdadero celo de neófito á Fiesole, Masaccio, Fra Felipo Lippi, Domingo Ghirlandajo y otros antiguos maestros, al propio tiempo que se unia en estrecha amistad con Fr. Bartolomeo, César de Cesto, San Gallo, y lto- dolfo Guirlandajo. Entonces pudo examinar el famoso cartón de los bañistas de Miguel Ángel, de que hablábamos mas arriba, y que escitaba la admiración universal. ¡ Qué efecto debia producir aquel dibujo atrevido y, por decirlo así , altivo, aquella varonil y vigorosa espresion de caracteres, sobre aquel joven á quien el arte solo se Iti habia aparecido entonces en su mas amable sonrisa , y qué re- velación no debió ser para él aquella áspera energía de Miguel Ángel al salir de los dulces preceptos del Perugino ! Su inteligencia, abierta á todas las impresio- nes , era de aquellas que se asimilan los mas diversos elementos, y los combinan en lina especie de fusión armoniosa. Sin perder nada de su originalidad Rafael sin embargo podia ver que su espíritu se enriquecía de dia en dia. líajo el impe- rio de las primeras impresiones recibidas en la ciudad de las artes habia ejecuta- do tres de sus obras maestras , que marcan el principio de la transformación por el cual su genio de artista estaba pasando: en el enterramiento que copió de Man- legna , pero completándolo, como antes habia copiado de Perugino el Spozttli- zio, aquella transformación se habia completado ya. Rafael ha sido tentado por todos los estilos, y ha ensayado sucesivamente el apropiárselos todos, según observa M. Passavant, hasta que los hubo amalga- mado y fundido en su propia substancia: los del Perugino, del Masaccio, de Leonardo de Vinci, de Fr. Bartolomeo, de Miguel Ángel y hasta de Giorgione, sin hablar del estilo antiguo , que estudió de cerca. Formando parte de la rica cadena de artistas de Italia , yisícñclo como su último eslabón, encárnase en él el arte del siglo xvi, llegado á su apogeo. Parece, dice elocuentemente el ya ci- tado Mr. Fournel, que el pintor de Urbino sea el objeto supremo que el arte se haya propuesto alcanzar, como para dar una vez al mundo el tipo de la perfec- ción á que aspira; el ejemplar realizado, en cuanto es dado á la debilidad hu- mana , del ideal divino que persigue en su viaje sobre la tierra. A este segundo período llorentino de Rafael pertenece la joya del Museo de! Louvrc, la Bella jardinera (1). Escepto el vestido azul de la Virgen, pintado con alguna pesadez , todo en esta hermosa sacra familia revela la mano y el talento de Rafael. Aquella cabeza de Madona , la mas hermosa que posee el primer mu- seo de Francia, con el oval puro de su rostro , la candida modestia y la gracia indecible de su actitud , sus finos cabellos rubios y sus grandes parpados caídos 110 MFAEL. que completan y fanto realzan su csprcsion angélica , recuerdan aun en algunos puntos las creaciones del Perugino; al propio tiempo que el cuerpo tlel niño San Juan, en la sencillez algo estudiada de su postura, que ha permitido al artista des- plegar su admirable habilidad de dibujante , no está acaso esento de esa afecta- ción que es uno de los rasgos de Itafael en su segunda manera : pero en cambio ¡qué tranquila y dulce firmeza en el modelado! qué naturalidad, qué encanto, qué serenidad ! cuanta alma y poesía ! Indudablemente aparece ya en esta obra el divino Hafael. La sacra familia conocida por la Virgen del lienzo (1), que existe igual- mente en el Louvie es posterior de algunos años á la Bella jardinera. Algunos conocedores, y entre ellos Mr. Waagen , han puesto en duda la originalidad de este cuadro. Al esquivar entrar en esta cuestión , nos permitiremos hacer notar que la admirable espresion de éxtasis que anima la ingenuafisonomíade S. Juan es toda rafaelesca. Es verdad que la actitud y la fisonomía de la Virgen no tie- nen esa gracia modesta, esc recogimiento angélico que revelan la madre del Sal- vador ; también es verdad que no se encuentran en el color esa armonía de tintas, esa delicadeza de pincel que en las obras auténticas seducen la vista sin deslum- brarla, y que las sombras de las carnes tienen un tinte algo gris ; pero es pre- ciso tomar en cuenta las lavaduras y las restauraciones Iicchas con poca inteli- gencia y esmero. Fuerza es convenir, por otra parle, en que Rafael no había alcanzado aun aquella seguridad magistral de ejecución, que debía dar mas adelante á todos sus cuadros una especie de igualdad en la perfección , y que ya en esta época tenia la costumbre de dar sus obras á alguno de sus amigos para que las terminase. Por entonces , esto es, á mediados de 1508 , Rafael fue llamado á Roma. Rramantc , su compatriota y pariente , le escribe que ha hablado de él al papa Julio 11, y que este consiente en emplearlo en la decoración de las salas del Vaticano. ¡ Qué no debia hacer aquel ingenio privilegiado al lado de aquel in- signe y poderoso protector de las artes, y en aquel grandioso palenque que se abría a su espíritu creador, á su actividad extraordinaria! Rafael acoge con indecible júbilo tan honrosa invitación , y en su afán de volar á la ciudad eterna, á cuya grandeza material tanto ha de contribuir, deja sin acabar las obras bosquejadas. Allí su genio va a pasar por una nueva y mas admirable trasformacion ; y esta trasformacion del artista, dígase lo que se quiera, se verificará sin que el corazón del pintor pierda nada de esa calma, de esa serenidad primitiva, de esa inocencia , de esa gracia inefable que habia impreso en él la educación doméstica. Rafael vivirá en medio de esa atmósfera viciada , en medio de esa corrupción tan fria, tan cínicamente analizada por el (1) Este «uaJro lúe Rulado aolirc madera. Tiene de ullo dos pién y una (migada , ,v un iiií y mmlln ile ancho• RAFAEL. II 1 Aretino en sus cartas, pero estará demasiado ocupado en sus trabajos para que nada alcance á distraerle de ellos. No ve en Roma sino la gran capital en que todo el mundo tiene fijos los ojos. Y si hasta hoy la crítica había podido echar algún borrón en la conducta privada del privilegiado pintor de la Madumi, d RAFAEL. ma sin cesar é imprime un sello distinto á cada producción nueva. Por mas que los motivos que elije tocan á menudo á las realidades mas familiares de la vida doméstica, la-elevacion de estilo hace (pie deban entrar en el dominio de la gran- de pintura. Finalmente , por mas que sea tan superior en las otras liguras , sus Wndo- ims han venido a ser como tipos consagrados entre todos los pintores, ¿üs que por ventura ha mostrado mas alma , un misticismo mas profundo que el l'crugino? No por cierto : es porque hay en ellas mas verdad , mas arte, mas de esta belle- za del cuerpo que es la cubierta transparente de la belleza del alma. Muchas de sus Mudónos, y hasta la Bella ¡ariinera, no son , en el fondo , mas que la re- producción del tipo peniginewo ; pero con mas vida y brillo en el colorido , me- nos sequedad y rigidez en las líneas. Acercábase entretanto el fin prematuro de Hafael , y no solo iba en aumen- to su actividad , sino que su genio parecía que crecia. Hoy se le creia llegado al punto mas elevado en el cielo del arte , y al dia siguiente se le encontraba mas alto. Para espücarse una producción tan prodigiosa que no dejaba , por decirlo así, tiempo á la reflexión , y que no podia detener ni un instante en su marcha ascendente el cansancio de la mano ó de la inteligencia , conviene conocer la res- puesta que dio á uno de sus discípulos , que se admiraba de ello : « Es que ten- go por principio , desde mi mas tierna infancia , el no despreciar nada : i recor- > dando con esto sus fuertes estudios , su constancia en observar la naturaleza y los maestros , su atención y su pensamiento concentrados siempre'en el arte, esa vigilancia del espíritu y esc continuo ejercicio de la mano que , ayudando á la agilidad y á la fecundidad nativas de su genio, habían acabado por hacerle de tal modo dueño de la ejecución , que podia, por decirlo así, seguir el vuelo de la idea. Lo que prueba que Kafacl no dejó de crecer hasta la hora de su muerte . es que su obra maestra , que lo es también de la pintura , á juicio de los mejores críticos , la Maéma de San Sixto , es cabalmente de esta época , y que iba á terminar su carrera por el sublime cuadro de la 7'raitsfiguracion. La ftlaéma de San Sixto es la respuesta mas terminante que puede darse á los que pretenden que la manera romana de Rafael fue la señal de una decadencia en el arte religioso , puesto que debió justamente á la reunión de las cualidades particulares á su tercera manera la creación de esta Virgen , que es la mas alta y mas completa espresion de la pintura cristiana, por confesión de aquellos mismos cuyas opiniones viene á contradecir. Cual si un secreto presentimiento le dijese que seria su última Virgen , parece que por un supremo esfuerzo quiso encarnar en esta creación la mas pura esencia de su genio. Los que han tenido la dicha de contemplarla , convienen en exaltar el carácter sobrenatural y verdaderamente divino que supo dar á esta composición , purilicando el arte material de la pintu- RAFAEL. 117 ra hasta despojarlo en cierto modo de su cuerpo , pañi que el resplandor interior del alma brillase con mas fuerza bajo su transparente cubierta. « A no ser por los ángeles de abajo , dice M. Passavant, se creería que no han pasado por allí las manos del hombre. » « Se engaña, dice íi su vez Viardot, el que no busca allf mas que, una simple Madona... Hay mas que esto: hay como la revelación del cielo á la tierra ; hay una aparición de la madre del Salvador.» « Preciso es, aHade Mr. Blanch , que el pintor de esta obra incomparahle la haya concebido en un momento de éxtasis, que haya sido arrebatado en sueños al cielo. La Virgen es de una belleza sobrehumana; su semblante espresa una alegría inefable, una serenidad seráfica. Marcha en medio de serafines , mas ligera que las nubes.. . Cuando por primera vez vimos la Mculona de San Sirio en el museo de Dresde. al lado de otras Vírgenes de Julio Romano y del Correggio , parecía que no res- pirábamos el mismo aire , que acababa de abrirse una ventana sobre el paraíso. Pasamos del sentimiento de las cosas reales á la intuición de esas regiones ideales donde se elevó , en un sueño de oro , el mas grande de los pintores. Y sin embar- go esta feliz aparición toca el alma sin que el brillo ofenda la vista ; la luz de los cielos está suavizada y amortiguada para que no deslumbre los ojos del hombre.» Estos, que mas que juicios críticos son himnos de adoración arrancados por el entusiasmo , unidos al hecho real é indudable de que todos los pintores se lian estrellado al querer copiar este delicioso cuadro , bastan para dar á conocer el carácter inmaterial de esta sublime creación ltafaelesca , y que fue' como el can- to del cisne de este artista admirable. El cuadro de la Transfiguración es demasiado conocido para que creamos necesario describirlo. En medio de las glandes cualidades que hacen de él una obra maestra sin rival, sorprende el grado de ciencia á que había llegado Rafael en lo relativo á la ejecución y á la parte técnica del arte. Era posible que se remontase mas alto? La imaginación mas atrevida osa apenas creerlo , y no puede figurárselo. Este hombre de edad de treinta y siete años había realizado todo cuanto él, todo cuanto el arte podia dar de sí, y parecía por consiguiente que no le restaba, mas que morir, l'or una especie de presentimiento, observa muy oportunamente M. Fournel, á quien seguimos en esta úllima parle de mreslro trabajo , por una especie de presentimiento , en los dos cuadros que cierran, ('I uno la serie de sus composiciones sobre la Virgen, el otro el de sus composiciones sobre Cristo y el conjunto de sus obras, Rafael haliia emprendido un asunto idénti- co, y abierto dos veces la puerta de los cielos, como para señalar en ellos su pro- pia apoteosis. Sintióse mortal mente herido de enfermedad antes de haber acaba- do del todo este último cuadro, espirando el (i de abril de I íi20 en medio del es- plendor de su triunfo. Murió como dehia morir el pintor de la Teología, de Eí pasmo de Switia y de la Madona de San Sirio ; murió como cristiano, en los sen- timientos de una fe viva y de una piedad sincera. Detrás del catafalco en que fue 1 I8 BAFAEL. espueslo su cadáver á las oraciones y á las lágrimas públicas , se puso el cuadro no concluido de la Transfiguración, elocuente oración fúnebre que proclamaba mas alto que hubiera podido hacerlo toda palabra humana , la desolación eterna del arte ; de Roma , de Italia y de todo el mundo civilizado. Y sin embargo , fuerza es decirlo , la malignidad ha pretendido y hasta ha logrado por espacio de mucho tiempo lanzar un borrón sobre la muerte del gran- de artista , sobre esta alma que si de alguna idolatría podia ser capaz , era de la idolatría por el arte ; sobre esle artista que deponía en el borde del sepulcro los pinceles llenos aun de las tintas con que acababa de pintar dos glorias celes- tiales, sobreesté rey de la pintura que moriaen su cano de triunfo. Cual si la fiebre violenta que le había asaltado en sus largas investigaciones por entre las ruinas de la antigua Roma , y sobre todo , como si la delicadeza de su organización física , sobreescitada por el trabajo incesante y por la prodigio- sa tensión del espíritu siempre .en movimiento, no bastasen para esplicar esa consunción rápida de las fuerzas vitales del cuerpo , devorado por la llama ar- diente del alma , se ha atribuido su íin prematuro al abuso del placer. Hase pretendido ijue murió , por decirlo así, en los brazos de ese Fornarina , cuya i!\¡sten<;ia es problemática, y cuyo nombre novelesco no aparece en la historia hasta mediados del último siglo. Vasari fue el que, sin aducir ninguna prueba un que apoyarlos , acreditó esos detalles , copiados después por casi todos los bió- grafos , antes que una crítica mas severa hubiere demostrado , si no lo que te- nían de absurdo , por lo menos lo que había en ellos de inverosímil; detalles que él había tomado, añadiendo algo de su propia cosecha , de una obra de Si- món Fornari de Heggio, quien, treinta años después de la muerte de Rafael, ha- bia mencionado por la vez primera, y de una manera asaz vaga , esos infaman- tes rumores, desacreditados de antemano por los errores en que habia incurrido resjtecto al grande artista. Tal es la fuente poco pura en que bebió aquel bió- grafo , á quien su marcada predilección por Miguel Ángel hace injusto , muchas veces sin que él mismo lo eche de ver, con Rafael. Nada de esto se encuentra sin embargo en ningún documento contemporáneo, y en particular en las noticias biográficas escritas por dos testigos oculares de su vida, Paulo .(ovio y Andrés Kulvio. Por último ningún testimonio serio y digno de ser tomado en considera- ción sirve de fundamento á esta injuriosa historia , contra la cual se elevan las inducciones mas legítimas, y que debe llenar de indignación á todo admira- dor de aquel noble carácter y de aquel grande ingenio. Rafael habia hecho antes de morir los bosquejos y un cartón para la cuarta sala del Vaticano. Vese en el Louvre un dibujo hecho con lápiz ne^ro, terminado con pluma, que habia ejecutado para el mas importante de aquellos frescos , hi Batalla de Constantino, y que bastaría para revelar un pintor de batallas igual al pintor de mudónos, y como este sin rival. HAI-'AKf.. 1 líl lín el estudio, necesariamente incompleto, que acabamos de hacer sobre Ra- fael , liemos procurado fijar al paso los rasgos característicos de este genio , que reunió y completó en él todos los progresos anteriores de Italia , la sola comarca en que el arte estaba, dos siglos hacia, en su completo florecimiento; que poniendo el alma somb.ría bajo las bellas formas florentinas, hizo nacer de esta unión la grande escuela romana , de la cual es el jefe y que ha encarnado en sus obras. Rafael no es solo el mejor pintor de su pais y de todo el mundo; es tam- bién el pintor típico de la Italia , como Velazquez lo es de España y Rubens de Flandes ; es el genio italiano en su mas pura esencia y su mas perfecta espresion. Desde sus primeros pasos se desenvuelve lógicamente y no deja de crecer, y con- quista por grados el saber técnico, la seguridad en la ejecución , la nobleza de estilo, sin ahandonar nada del sentimiento, de la espresion , de la gracia que íenia de su propia naturaleza. Su precoz virilidad tiene el perfume de las flores, á la vez que el fuerte sabor de los frutos. Las cualidades mas diversas , y hasta aquellas que parecen escluirse mutuamente , se encuentran y hermanan en él: tales son el vasto genio y el gusto delicado , la concepción atrevida y el juicio recto, la grandeza y el encanto. El culto de la forma no es para él mas que el culto del ideal. ¿Dónde, por otra parte, encontrar una sencillez tan rica y tan mag- nífica . un vigor tan natural , una fecundidad tan original y tan poderosa, una flexibilidad tan sabia, una ciencia tan exenta de sequedad y de pedantería ? Tie- ne el ojo y el espíritu demasiado ejercitados para dejar de mantener el equili- brio entre los diversos elementos de su arte ; y porque es completo es al propio tiempo templado, mantiene cada parte en el papel que le corresponde , y no tie- ne nada de esos genios sistemáticos que llegan tal vez á sorprender los sentidos, pero es á fuerza de emplear medios esclusivos. Una falta de proporción le ofende- ría , como lastima a un oido musical una falsa nota, un sonido agudo: la armo- nía es una necesidad de sus ojos y de su inteligencia. De ahí aquella medida y aquella discreción que saben detenerse en el punto preciso ; aquel imperio sobre sí mismo , aquella sangre fria que domina la inspiración y resiste hasta á los ar- ranques de lo bello , aquella lucidez de artista supeVior, aquel golpe de vista rápido y seguro , semejante al del general en lo mas recio de la batalla , que no pierde nunca de vista la línea trazada por el gusto y fuera de la cual la belleza mas grande se convertiria en defecto. De ahí el orden , la precisión , la pureza, la exactitud , el sentimiento de la unidad , que es la ciencia de la composición, el arle de separar la idea principal de los accesorios que la ahogarían , y de hacerla brillaren el primer término sacrificando los detalles inútiles; todas esas cualida- des en fin que forman , en cierto modo, la esencia misma de su genio. ó por lo menos que son la parte integrante del mismo y que dominan todas sus obras. Rafael es uno de los modelos mas completos de esa feliz abundancia , fe/iv tthertas , de que habla el poeta latino, lín los cuadros mas notables de Miguel 120 . lurAia. Ángel su siente el esfuerzo tumultuoso y viólenlo del pintor; míen tras que el arte del Sanzio parece no ser mas que la espansion amable y espontánea de su rica naturaleza , como la flor lo es de la planta, como el fruto lo es del árbol. Sus composiciones recuerdan la fábula simbólica de la Minerva antigua , saliendo ar- mada del cerebro de Júpiter. Su imaginación, que abraza de una mirada todo el conjunto , crea simultáneamente el ordenamiento de las líneas y la armonía de los colores en sus relaciones mas íntimas con el asunto escogido. Nada de ar- bitrario , nada de incoherente, nada que esté fuera de su sitio : ni una nota inú- til ó falsa. La composición está adecuada á la concepción , sin quedar inferior á la misma , pero tampoco sin salir de sus límites. Hasta parece imposible imagi- nar que el cuadro hubiese podido ser ejecutado de otra manera , tan « adaptadas están las líneas y las formas á la idea , y tan amalgamadas se hallan con ella,» según la espresion de Mr. Passavant, que tan perfectamente ha comprendido es- te lado del genio de Rafael. Aplicando estos principios y observaciones á su colorido, se comprenderá mejor lo infundado de las críticas de que se ha sido objeto en este punto. El colorido, en efecto , desempeña en él el papel legítimo, y nada mas. Ausiliar del dibujo, no dueño ó señor de este , no usurpa un lugar que no le es debido: es, en una palabra , á los ojos del autor de los frescos del Vaticano , lo que es para Mozard , por ejemplo, el acompañamiento armónico, destinado, noá ahogar, sino á sostener el pensamiento melódico y ponerlo de relieve. Ni su ejecución desembarazada se aviene con las investigaciones mezquinas del pro- cedimiento , ni s» espiritualismo delicado se acomoda con esas recetas que ma- terializan el arte. Así consideradas las cosas se puede sostener que es un gran colorista , porque si no tiene esos efectos que distinguen á los Venecianos y los Holandeses, posee en el mas alto punto la ciencia de la armonía , y mejor que ellos sabe reproducir los aspectos sencillos y verdaderos de la naturaleza, acó- modal los colores al asunto, fundirlos, graduarlos y unirlos por medio de los tonos intermedios. Por otra parte , cuando lo exigió la naturaleza de la idea , ó lo permitió siquiera , supo manifestar un brillo que podrían envidiarle los mas decididos coloristas. ¿Qué estiaño que l¡i gloria de Rafael brille aun después de tres siglos y me- dio encima de todas las demás ? ¿Qué estraflo que no se haya levantado aun en el cielo del arte otro astro que pueda eclipsar al que tan alto brilló en las cortes de Julio II y León X ? Cuanto se ha dicho , hecho y escrito para rebajar su fa- ma se ha estrellado en el pedestal indestructible que le sirve de base ; cuati- tos dardos se han asestado contra aquella estatua inmortal , no han hecho mas que herir de rechazo á los que los dispararon. Entre las exageraciones contra- dictonas de las escuelas que se dividen el dominio de las artes, Rafael guarda u puesto , tan legítimamente adquirido , el de rey de los artistas. 11AIAEI,. 121 Siempre á la altura de sus concepciones; igual siempre á los asuntos que ha escogido , y que , en su mayor parte son los mas bellos , los mas vastos, los mas universales, y hasta podríamos añadir, los mas interesantes para la hu- manidad : mas grande aun por la ternura del corazón y la llama de Ja inteli- gencia que por la habilidad de la nmno, á pesar de ser esta tan estraordinaria, es a la vez el primero de los pintores, á quien nadie ha vencido en cada detall aislado del oficio , y que ha vencido á todos en la superioridad del conjunto; y sobre todo el primero de los artistas , porque en él la forma no es mas que un escalón que conduce á la idea , y porque lo bello en sus obras es , no solamente el esplendor de lo verdadero , sí que también de lo bueno y del bien. Asi fue como recorrió su corta, pero gloriosísima carrera , derramando á su rededor, (sin contar sus dibujos y sus esbozos preparativos , que se elevan á un millar, ni nada de lo que se refiere á sus obras de escultura y arquitectura), cerca trescientas producciones de una autenticidad incontestable , muchas de ellas de vastas dimensiones, compuestas todas por é l , en su mayor número pintadas en gran parte ó en su totalidad por su propia, mano. Añádase á esto mas de ochenta obras en las cuales se cree reconocer las huellas de su inspiración , á veces hasta de su pincel , y que se le atribuyen por muchos críticos hábiles y competentes. ¿ Y qué seria si se pudiesen hallar las producciones perdidas? Y toilo esto en la edad en que los artistas empiezan apenas su vida ! Oh ! con ra- zón puede decirse que el arte debió vestirse de luto el dia que murió Rafael. Con razón esclama Yasari que la pintura podia morir el dia en que cerró sus ojos á la luz el famoso artista ! Con razón los discípulos del gran maestro , que vino á dispersar el saqueo de Roma por las brutales huestes del condestable de Borbon , y á quienes compara Dumesnil en su dispersión después de la muerte de Rafael , á los generales de Alejandro después de la de su caudillo ; con ra- zón , repetimos , sus discípulos , pobres satélites que han perdido su astro regu- lador , sienten que va á faltarles ese aliento de inspiración que salía t por de- cirlo así, de la frente y de la paleta del rey de la pintura , y que les abandona la fe en sí mismos íi medida que se va debilitando la luz que irradiaba de aquel astro! (1) nuestro jitnrr ma* rjne dnr ó ronucrr ni]ue1lns produfriones de Haf;iot que mijor ISlltf (CUADRO DE CARLOS DOLCE.) Los asuntos religiosos, considerados por algunos de poca importancia ó de li- mitada ostensión, encierran sin embargo en su vastísimo seno toda la historia del hombre y de la humanidad. La religión, latamente considerada, ósea la ciencia teológica, como lo reconoce Proudhom, tiene un roce necesario y hasta se halla en el fondo de todas las cuestiones sociales, políticas y morales, aun cuando estas no se miren bajo el respecto ortodoxo, porque es imposible sentar las bases de todas estas ciencias sin tocar á la parte esencial de la constitución humana y de la cons- titución social, es decir, del origen de la marcha y del destino del hombre, ya individual ya colectivamente considerado. Aun cuando se quiera prescindir ab- solutamente de la Divinidad, aun cuando se parta de la negación absurda de to- da intervención sobrenatural en los acontecimientos humanos, preciso es recono- cer un principio cualquiera que inlluya en las operaciones del albedrío y en los fenómenos de la actividad racional, y sea cual fuere la utopia que se invente co- mo inóvil ó directriz de todos los actos humanos, allí está en el fondo ese motor ciego ó desconocido, ese fantasma sin nombre á quien se ha de acudir para cs- plicar el orden ó el desorden del mundo moral, las leyes del pensamiento y de la voluntad,,llámese acaso ó naturaleza, llámese rozón ó instinto, póngase la na- ila en lugar de Dios, pero Dios, bajo cualquiera dominación que sea como agen- te universal, se verá irremisiblemente en el fondo de todos los sistemas. La historia, que no es sino la descripción y esplicacion de todos los fenóme- nos contingcnlcs que ha producido en el mundo la libro actividad del hombre/ 1 DE MÜKICH p , i „ otra de estes ciencias morales y quizás la mas ' " « " ^ ™ ^ " ^ ciencia religiosa. Porque, ¿.cómo espinar el móvil .|ur h In imioclo o nipuW do de e o S otro modo los actos humanos que constilujon , objeto de la his- t o r i a i » l u d i r alas relaciones Intimas entre los actos de la voluntad y el raov.l luTlo h a p r l c do» Y en este móvil tenemos ya la ley del ser moral, del ser acio al lev Tu" no se ha dado él á si mismo, le, que halla grabada en su mte- ¿ itente ásu voluntad ó á su pensamiento. Y aun cuan o rfa,!.. L.brlor nrovisor é inteligente sino de un poder mesplicable, como as hadas di ost Z ó d e u "ciega naturaleza ; esos vínculos morales que le mueven a braarSrm°e íí ll íí ii * su propia felicidad, yy ^ ^ brarSrme pp V " ^ ^ f l t d b l u t o de acción esos vínculos secreteque le rrf,ja, p a a punto su facultad absoluto de acción, esos vínculos secreteq j p L nrnnio bien v aue cual elementos morales forman como una parte le su str mismrperteñeceqn ya a. orden religioso, abstracción hecha del adorable yeterno " " " L Í X O " ' ^ S s e p a r a b l e de la historia por mas que se quiera apartar de la idea d Dios y de su providencia. El vicio y la virtud, que venen á ser t i ases bao las cuales pueden considerarse y calificarse .odas las accones h l a n a s pertoe en esenciaLente al orden religioso; y ved ahi cuan miopes son v dTnos de ásttaa lo, que no ven en la religión sino un ramo a.slado y tal m Lnv'encioÍa,\l Tos conocimientos humanos, , no la base y la cúpula de todas ..lio. mus ó menos ocultamente manifestadas. BaTes."™ t de viste emprendemos hoy el asunto del cuadro que nos ™-,™ M™ desvanecer todo recelo de que nos circunscribamos a limites imagi- mZ cuando tenemos para espaciarnos todo el ámbito que puede recorrer a ra- Z \ 2 por a rZofía. Aun cuando no admitamos otros pra.cp.os que os de on revead a estension queda la misma, los límites son .udeluml», y i h-rfnri» iWia Baile no es otra cosa que la narración de las desgracias j üc ,i o t l m r e s ' t C ciudad en q'ue no ^ * ° ^ ^ ^ que el hombre es desgraciado y malo: mas los gen Ules no sabiar^, dar^ «la^ra on porque solo la revelación es laque podía aclarárnoslo.» Y W l » * « » • ..Confesamos como todo el mundo que hay bien y mal sobr la I r a , H « ™ • gun filósofo ha podido esplicar jamás el origen del mal físico y moi.il. Ro iluda 124 SAMA MA(Ü>AW:NA. mos decir que solo la revelación puede esplicar este grande enigma, que lodos losfilósofosno han hecho mas que embrollar... No hay otro asilo á que pueda el hombre recurrir en las tinieblas de su razón y en las calamidades de la na- turaleza enferma y mortal.» Y como la historia no sea mas que una narración eslensa de estas calamida- des, y de la lucha perpetua entre el bien y el mal, ved ahí como por confesión misma de los idólatras mas ilustrados de la razón, la causa de esta lucha, quo forma el tejido de la historia, ó sea la base filosófica de esta misma historia, no debe buscarse sino en el grande hecho de la caída original que la revelación nos manifiesta. No en vano hemos sentado estos preliminares antes de entrar a bosquejar el carácter de un personaje interesante, cuya historia ya conocida nos ocupó con al- guna detención en las ilujerade la Biblia, y que por cierto no intentamos repro- ducir. Aunque nos sea mas difícil, procuraremos presentarla bajo otros aspectos, que puedan interesar la mente del artista en los varios períodos en que nos la ofrecen la historia y la tradición, y en sus relaciones con nuestra actual posición. Al solo nombre de Mar/dalnta se reproduce en el pensamiento la idea de los dos grandes principios del bien y del mal, que conslilnjen, como liemos visto, el fon- do déla historia de la humanidad. En este tipo de deformidad y de belleza mo- ral pueden estudiarse con toda verdad aquellos dos principios. En la primera mujer precedió el bien al mal, la inocencia á la culpa, la obediencia á la trans- gresión, la sumisión al orgullo. Kn Magdalena el mal precede al bien, la culpa al arrepentimiento, el orgullo del vicio á la humildad de la virtud. Ved á la hija de Mágdalo en la casa del Fariseo. La belleza y la juventud rinden sus encantos, que servían á la altivez del crimen, á la fuerza suprema de la justicia y de la re- conciliación con Dios. Magdalena es el gran modelo de la humanidad regenerada que admiran los siglos, lista mujer inmortal debía formar gropo en el gran cua- dro de la redención al lado de la Virgen Madre, símbolo de la santidad y de la inocencia, y si en María se ve reproducida Eva en su primitivo candor, en Magda- lena se reproduce Kva pecadora y arrepentida. Después de la madre del Salva- dor, el corazón de Magdalena es quizás el que amó mas en el mundo, con aquel amor que es la vida del alma, porque no mucre jamás. Mas grande aun que Da- vid, sin la voz amenazadora de ningún profeta, la hermana de Lázaro se rinde al ascendiente irresistible de la santidad, y se abale voluntariamente á los pies del Hombre Dios como un feliz y glorioso despojo de su gracia divina. Aquel co- . razón de fuego reconoce de repente tola la bajeza y falsedad de los goces de la materia, y se remonta como un águila hacia la región sublime de un amor sobre - humano c inlinito. Halla en el llanto y en el dolor un placer mil veces mas dul- ce que los groseros deleites, y dejándose arrastrar por la santa violencia de un amor que perdona, se lanza con toda su actividad al bien inmenso ipi<> Iransíor-' SAMA MAUDAI.KW. 12I> ma su espíritu y le rompe las cadenas del crimen que le oprimían dándole la vic- toria sobre sí misma y la libertad de la virtud. Repetiremos aquí con respecto ¿Magdalenauna observación importante. Aun- que el Evangelio la llama pecadora, y esta palabra ha dado margen á suponer que ella se habia abandonado enteramente á lamas humillante disolución; lícito nos fuera quizá presumir que esta palabra, sin perder nada de su fuerza, podría indicar una vida realmente criminal y disoluta, pero no envilecida hasta el últi- mo grado de la prostitución. La mujer adúltera del Evangelio era también una mujer criminal pero no una mujer abandonada. La joven de Samaría aparece ya mas oprimida por la tiranía de los senlidos, pues habia cambiado cinco veces de marido siguiendo sin duda la corruinpida costumbre de su país y escudada con la tolerancia de una legislación pervertida. No hay duda que Magdalena aparece aun bajo un colorido mas fuerte de culpabilidad y como una piedra de publico escándalo mulwr qme eral m adíale peccatrix. Un espíritu altanero, un orgullo insolente de algunas cualidades estertores, un cuerpo complacido y adorado hasta la idolatría un corazón disipado, dominado por un sensualismo grosero, y devorado por el ansia de agradar y de avasallar, haciendo esclavos de una bel- dad provocadora; tal podia ser y fue quizás esta mujer de pecado, mas temible aun y mas arrastradora que una mujer vil ó que una ramera abandonada. J\o por esto se crea que pretendamos disminuir su falta, pues cuanto mayor es a hu- millación á que arrastran los estravíos de la libertad, á mayor altura puede ele- varse un alma por la energía del arrepentimiento. Pero con nobles calidades y con delicados sentimientos, y sin descender al fango de la prostitución publica, se puede hacer mayor estrago en los corazones, y el vicio triunfa aun mas con estas armas brillantes sobre pechos fáciles é incautos. El noble corazón de Magda- lena y la hidalguía de sus sentimientos no permiten conjeturar que hubiese sido capaz de envilecerse hasta el estremo de la abyección y de la infamia. Hay cali- dades en el alma que parece tienen un carácter indeleble. Memos hacer mal uso de ellas • podemos en vez de consagrarlas á Dios, de cuya mano lian venido, pros- tituirlas y ofrecerlas á un ídolo de carne ; sin embargo un alma ardiente, .sensi- ble capaz de reconocer su dignidad, conserva una cierta elevación en medio de sus'eslravlos v miserias. Tal vez es mas culpable en no corresponder como de- be á sus nobles instintos y altos deslinos , que otra ya hundida en el cieno del abandono y con menos fuerzas para resistir: pero nunca al compadecerla nos veremos forzados á apartar de ella los ojos como de un objeto vil y despreciable M rev profeta agobiado bajo el peso de un doble delito, nos parece como un sol eclipsado al través de una negra nube, pero reconoce su culpa y llora, y la ma- no de Dios rasga la nube, y vuelve á aparecer el sol en su horizonte, mientras que las abominaciones de Sodomía solo pueden consumirse un fuego del cielo. Tal ha sido el carácter que lian acostumbrado los artistas mas eminentes a 126 SAMA MAfiDAl.fiNA. representaren la noble figura de aquella pecadora ilustre cuya alma di; fuego resplandece igualmente grande á los pies del Salvador, al pie de la cruz, junto al sepulcro y en la profundidad de una caverna solitaria, lil semblante de la noble matrona ha de respirar el doble sentimiento del amor y del dolor hasta un grado heroico, y en medio de este conjunto sublime han de traslucirse en su frente los surcos de las pasiones pasadas como los restos de una tempestad. Pinceles super- ficiales han creído deber ostentar en la célebre penitenta las trazas de una profa- nidad impropia é indecorosa, hasta faltar algunas veces á las leyes del pudor. Los encantos de Magdalena convertida no están al alcance de una alma vulgar : son los encantos de un corazón triturado por el arrepentimiento, pero ardiendo en la llama del amor divino. Así como el semblante de María, la Madre atribulada del Calvario, descubre en la misma acerbidad del dolor el colorido celeste de la ino- cencia y de la virginidad, la feliz arrepentida debe manifestar los señales de la contrición en que gime por la cruel memoria de lo pasado. En las dos Marías se encuentran los dos símbolos de la salvación del mundo, el purísimo candor de la inocencia no contaminada, y lo que llama el gran solitario de la Tebaida la tabla después del naufragio. La Magdalena de Carlos Dolcc presenta el carácter que él acostumbraba dar á todos sus cuadros. No entraba en su gusto artístico el elemento dramático, es decir, la acción, ó la complicación de acciones ; lo que procuraba es representar el sosiego del alma abismada en la contemplación, ese comercio íntimo y miste- rioso entre Dios y el espíritu que constituye la beatitud sobre la tierra. Todos sus cuadros respiran este santo entusiasmo para las cosas celestes, esta abnegación pasivaque sacrifica el mundo material á las concepciones ideales del sentimiento religioso: cada uno de sus cuadros es una plegaria, una aspiración hacia la dicha purísima de la eternidad. Tal es la ferviente mujer, la mas heroica de todas las mu- jeres, despuesde María, la mas amante del Hijo del hombre cuya cruz tiene abra- zada jun(o á su rostro dotado de una majestuosa dulzura, y tija en el cielo su mirada por la cual parece que envia el alma á !a morada sublime de su Redentor. Flota abundosa por ambos lados su rizada cabellera, primer tributo que rindió á los pies del Salvador y ofrenda primera de su arrepentimiento. El conjunto es bello, todo respira sumisión y amor, todo muestra el deseo vivo de un amor im- paciente que anhela con ardor unirse al objeto amado con una unión inmortal. Sabido es todo lo que nos refiere el sagrado texto relativo á María Magdale- na. Cuando Juan recorríala (ialilea, después de haber resucitado á un joven de Naim á quien llevaban á entcrnir. predicaba en Hetsaida y en Cafarnaum, no le- jos del castillo en donde habitaba Magdalena, lacual, movida por la fama del Sal- vador, de sus milagros y de sus virtudes, aprovechó la celebración de un ban- quete en casa del Fariseo para arrojarse ¡i los pies de Jesús y trocar sus estravíos pasados en lágrimas de amargura y en sacrificios de amor, lilla y las santas SAVIA N UIHALKNA. 127 mujeres siguieron á Jesús desde Galilea hasta Jerusalen, y no le abandonaron ni en sus trabajos ni en su muerte, ni en su gloria después de resucitado. La no- ble siervadel Seííor le siguió en su camino sangriento Iiasla el calvario, y le acom- pañó en su suplicio, firme al pie de la cruz junto con María y Juan; para <|ue asi como la primera representaba allí la humanidad en estado de inocencia, la repre- sentase la segunda en estado de penitencia. Magdalena no dejó ¡i Jesús en el sepulcro: para ella era el Dios viviente, y en la morada misma de la muerte su infatigable amor fue recompensado con el anuncio de la vida dado por dos men- sageros del cielo. Jesús glorioso se aparece á Magdalena antes que á los apóstoles, porque habia sido mas constante que ellos en no abandonar á su Maestro, y la hizo ser delante de ellos el mas ilustre testimonio de su resurrección. Mas si bien la gran figura de Magdalena desaparece desde este momento pa- ra no reaparecer jamás en la historia escrita y auténtica que sirve de texto á nues- tra fe, no la dejó aquí la piadosa tradición de los siglos cristianos, siempre solíci- ta en llenar los vacíos históricos de los grandes personajes del cristianismo. Y ya que en las Mujeres de la Hihlia presentamos ¡i la brillante hermosura de Betania como otro de los dos tipos y modelos de la mujer cristiana , esto es, por lo que se refiere ala mujer rehabilitada en su gloria y dignidad primitiva, así la con- sideraremos ahora como objeto de las antiguas leyendas cristianas, eco fiel de la tradición y precioso complemento de los relatos evangélicos. Aquel período de tiempo llamado siglo de los apócrifos, no porque sus leyen- das fuesen destituidas de verdad, sino ¡jara no confundirlas con los libros dog- máticos y reconocidos como auténticos por la Iglesia, considerado en su conjunto puede mirarse como un grande poema que se lia ido completando lentamente. Como aquellas altas catedrales, cuyos groseros fundamentos echaron los revés de larga cabellera y cuyas cúpulas coronaba todavía el renacimiento, esta epopeya se ha ido engrandeciendo con lentitud con el tributo de todos los siglos. Simple bosquejo ¡il principio, ha venido á ser con el tiempo una obra colosal y rica en pm¡(N»s(lH;ilk\s. Itasgos que sólo estaban indicados primero han suministrado después el desplegarse con esplendor, y formas que solo estaban en esbozo, pasa- ron á manifestarse estensamente, y hechos antes solamente enunciados se han transformado en animadas escenas. • Mas no tan solo á este primitivo bosquejo se hit liansmiliilo la vida, sino que se han llenado los vacíos, lin torno de las figuras prirnm-dinles se Imn l<'\anl;i nuevos personajes, como sobre los lados de la improvisada basílica se han erigi- do lentamente las torres, como al través de su mole y sobre sus nervosos hom- bros se han colocado las flechas y adornos. Nótase cierta identidad en la marcha del arte y de la poesía cristiana: el instinto que hizo dar á las iglesias aquellos armónicos accesorios, colocó junio ;L los primeros actores de las piadosas leyen- ' das héroes secundarios que complfliisen su conjunto. láS SAMA «AlillAI.IiM. Desde el siglo xin aproximadamente aquellas figuras se dejan ver en la au- réola de las leyendas evangélicas. Hasta la época de S. Luis á corta diferencia, la Virgen, S. José y el Cristo ocupaban solos la escena tradicional; de los parien- tes, de los amigos, de las santas compañeras parece no se ocupaba la imagina- ción cristiana: María, Josef, ved allí los únicos nombres que recordaba la poesía. Mas cuando empieza á declinar el siglo duodécimo; cuando se acerca el reinado de Luis IX y de Alfonso VIH el horizonte de las leyendas se vi ensanchando, y se puebla de figuras suaves y venerandas, de discípulos y de santas mujeres. La primera de todas, ó á lo menos aquella que los csrrilures piadosos piulan con mas amor, es la imagen de la grande pecadora (le Mágdalo, de aquella mu- jer á la cual se perdonó mucho porque había amado mucho. La historia nadasa- liia de esta mujer, sino lo que relata el livangelio. ¿lira la misma persona María la pecadora que María hermana de Marta y de Lázaro ? ¿De ella era de quien habiau dicho los santos Padres que habia seguido i Efeso á la madre del Salvador y ha- bía terminado allí sus dias? Los sabios no se atrevían á afirmarlo, pero el pueblo no vaciló ; de tres Marías no hizo mas que una. María la pecadora, María de ¡letanía y María Magdalena se confundieron para el en una misma personifica- ción del amor estraviado, y vuelto por la gracia á su primitivo destino. Pero el fin oscuro de aquella María, hija de la imaginación del pueblo, mal se avenía con sus instintos poéticos. En su pensar faltaba á esta gran culpable una grande es- piacion terrestre, como a la prodigiosa bravura del nieto de Cario Magno haliia faltado algunos siglos antes la muerte gigantesca de Koncesvalles. Y así como para satisfacerse el genio feudal inventó la canción de Holando, la inspiración cristiana para realizar sus conceptos produjo la leyenda del Santo-Bálsamo. Esta leyenda seria una de las mas bellas si la tuviéramos en su forma ori- ginal. Desgraciadamente no la tenemos sino de segunda mano, c intercalada en «n relato que forma parte de un sermón para la octava de Pascua, líl autor de esta instrucción pastoral, dominico, pió y celoso por el culto de María Magdale- na, refiere, que habiéndose aparecido esta sania á un religioso de su orden, le trazó el cuadro de la vida penitente que haliia llevado en la gruía á donde ella se había retirado en la Pravenza. A este relato no le falta un cierto arle en la dis- posición, y hasta una cierta gracia en la forma. Hele aquí: El ano de Jesucristo 1370 un negociante italiano fue por devoción á visitar el Santo-Bálsamo, esto es, la cueva en que hizo penitencia Santa María Magda- lena. Al regresar de su peregrinación escribió el relato en versos toseanos y pin- tó con mucha exactitud y viveza los lugares que habia recorrido, y sus palabras parecen todavía animadas del gozo y del divino placer de que estaba embriagado su corazón al escribirlas. Entre otros hechos interesantes, refiere una curiosa re- velación hecha en su presencia por un religioso dominico llamado el padre Elias, (pie haliia pasado en el Sanln-Kálsnmo ochenta y seis anos. Llevado en brazos SANTA MAGDALENA. 129 de sus hermanos de hábito en medio de los peregrinos, la víspera de su partida este anciano tullido que no movía sino la lengua les saludó con amabilidad, y dijo á los que lo llevaban :—Colocadme en mi silla, porque quiero revelaros hoy los secretos de Dios que hasta aquí he guardado. —Lo que él llamaba su silla, era la piedra misma en que María Magdalena acostumbraba descansar por la noche, filiando estuvo colocado en su silla el padre tilias habló así á los peregrinos que al mirarle se sentían profundamente conmovidos: «Hijos míos, ha llegado mi dia, y está cercana la hora de mi muerte : escu- chad pues lo que tengo que deciros á gloria de María Magdalena y para la en- mienda de vuestra vida. «Cuando ochenta y seis afios hace me retiré á este desierto y en medio de estos peñascos para servir en ellos á María Magdalena, me sentí poseído al prin- cipio del mas amargo desaliento. No habia transcurrido un mes aun, cuando dis- gustado enteramente, pensaba ya en huir de aquí. Una noche, hallándome abis- mado en esta agonía del alma, vi a la roca hendirse ó quebrarse en forma de cruz, y que las cuatro regiones del mundo estaban patentes á mis ojos. Sobre de mi se abria el cielo, y á mis pies el abismo. Lleno de pavor, caí en tierra y quedé privado de todo sentido. Pero habiendo recogido poco á poco mi espíritu llamo de todo corazón á Magdalena á mi socorro. Aparecióseme desde luego con un rostro tan radiante, que no pudieron fijarse en ella mis miradas; su suelta cabellera caia de su cabeza y la cubría toda: tenia desnudos los brazos y los pies entrelazados con guirnaldas de flores. « Servidor inconstante y sin esperiencia, me dijo, para tí se lia abierto la pefía y yo aquí he venido. Puedo, si tú lo quie- res, conducir tu alma á la suprema felicidad ; pero tú has pensado en dejar mi servicio. Escúchame, y harás después lo que te parezca. «Nosotros venimos en gran número, como ya sabes, de Jerusalen á Marsella arrojados sobre una nave y abandonados á la gracia de Dios. Marsella nos aco- gió y abrazó la fe de Oisto, como casi toda la comarca. Tal fue luego la consi- deración que se nos tenia, y el concurso que nos vino, que llena de inquietud, pensaba ya eo huir del comercio de los hombres. Una inspiración del cielo con- dujo mis pasos á esta cueva solitaria, y apenas moraba en ella, cuando al fijar mis ojos en esta fuente preparada por la Providencia, percibí en la sombra una serpiente cuyo aspecto horrible era inesplicable. Era un enorme boa. Al verme se levanta y á sus espantosos silbidos, saltan una innumerable multitud de sier- pes de toda especie, las cuales estremecidas dirigen contra mí sus ojos y su fu- ror. Enroscadas sobre sí mismas se levantan aquellas vívoras á una grande altu- ra, pero el boa descuella sobre todas ellas. Tal fue el pavor que me causaron, que si bien no temia yo la muerte, no me atrevía á mirarlas. Jesús y Dios mió, esclamé, si no venís en mi auxilio voy á ser devorada, ó moriré de espanto. Aca- badas de pronunciar estas palabras, el boa plegó su cabeza, y pareció no pensar 17 lid) SANTA MAÍillAl.RNA. masen mí, pero por medio de un salto súbito se precipitó hacia delante dilatando su ancha gola y batiendo las alas. Me habia cogido ya, y yo estaba entre sus afi- lados dientes, pero la fe en Dios nunca me abandonó. No podia hablar, pero es- claniaba del fondo de mi alma y con la mayor confianza: Jesús mió, después de haberme colmado de tantos beneficios, me "dejareis ser en este desierto presa de una serpiente? Al momento lánzase un ángel, me arranca de los dientes del dra- gón y me dice: Feliz eres por haber creído, ó María! Y hollando después al dra- gón, sal de aquí, le dijo, tú y tus serpientes! Y el dragón y las serpientes, vo- lando aquel y estas arrastrando, se precipitaron al desierto. Desapareció el ángel, después de haber purificado con su aliento de fuego la caverna que se llenó de un olor suavísimo y me dejó poseída de un santo terror. Guando hube recorrido todo este recinto, cuando conocí que era inaccesible á los hombres , me puse de rodillas llorando y esclamé: ¡Bendito seáis, ó Jesús mió, por haber cumplido mis deseos! Dignaos ahora también hacer manar para vuestra sierva agua de este peñasco. « Al momento mismo y á mis ojos la enorme pena se abrió , y dilatando sus duros flancos fuese derramando el manantial que estáá vuestros ojos. Y doblan- do yo otra vez la rodilla para dar gracias al Señor, advertí en la parte derecha de la gruta mas de mil espíritus que cantaban en hebreo palabras llenas de sua- vidad y melodía. Y fuera de la cueva el aire estaba lleno de otros muchos espí- ritus , que cantaban las mismas palabras , y me decían todos: María , no con- viene que así te abandones á incesantes plegarias. Por aquel lenguaje compren- dí que aquellos eran demonios. Y en realidad en el punto en que me puse a cla- mar hacia Dios , reparé al arcángel Miguel que me decía: Heme aquí, no te- mas , y al instante misino puso en fuga á los ángeles de las tinieblas. No tiem- bles ya mas en adelante, anadió , el Altísimo vela sobre ti. Y esto diciendo plantó una cruz á la entrada de la gruta. Caí al momento postrada y orando al pié de este sagrado signo , y no me levanté hasta pasado mucho tiempo. Sin- tiendo disecadas mis entrañas por las profundas emociones que habia esperi- mentado , arranqué algunas raíces en la entrada de la cueva, y las comí. Esa fue mi primera comida de la soledad, y desde entonces no tuve jamás otro ali- mento. «Lo restante del día y la noche entera permanecí al pié de la cruz. Allí me sorprendió el sol de la mañana que me pareció radiante como un purísimo cris- tal. Inundada estaba de amor divino, y me pareció escuchar un coro de celestiales espíritus que cantaban á mi alrededor. Mas á esta visión sucedió presto otra. Fui trasportada á las regiones infernales en donde gimen los pecadores en medio de tormentos de toda especie. Cuando de alli pasé á los lugares de la expiación, vinieron á mí una multitud de almas y me clamaron con ternura : Ruega por nosotros , Magdalena. Y yo fes respondí: ¡ Ojalá quiera Dios escucharme! lil SANTA MAi;i>\IXNA. 131 ángel i|iie me habia transportado al inundo de las almas me dejó de nuevo colo- cada al pié de la cruz. Aquí quedarás, me dijo, tanto tiempo jcomo el Salvador ha permanecido sobre la tierra. « Y así quedé todo un dia; pero llegada la noche me tomaron los ángeles y me transportaron por los aires á una altura tal que yo pude oír los conciertos de los cielos. Desde entonces fui también siete veces al dia admitida á participar de los supremos goces. Inflamada de divino amor me habia vuelto insensible al calor y al frió. Mis vestidos se habían caído á pedazos, pero mis cabellos habían crecido hasta el punto de cubrirme toda. Pasábase mi vida en la meditación de los misterios de Cristo. Allí venían incesantemente á los ojos de mi pensamiento Ana y Joaquín , María y el niño en el pesebre, el Calvario y la Cruz , el sepul- cro y el cadáver lívido , la resurrección y la entrada victoriosa en los infiernos. Lleno el espíritu de estas imágenes , pasaba los dias y las noches anegada en dulcísimo llanto. Muchas veces en los postreros dias de mi vida, el mismo Jesu- cristo se dignó visitar mi pobre morada, resplandeciente como en el Tauor, y rodeado de ángeles que volaban dándole gloria. «Te digo, pues, Elias, que dá gracias de continuo á Dios sobre este peñasco, porque este es un puerto de salvación en el mar proceloso de la vida. Sola esta- ba yo cuando vine á este lugar y entré á lijar en él mi retiro. Tu condición es mejor que la mía. Arroja pues lejos de tí este desaliento que te atormenta.» «V así diciendo continuó el padre Elias, Magdalena desapareció «Y espiró también el mismo padre al concluir este relato; y al momento las campanas se echaron al vuelo en todo el monasterio , y sin que mano alguna vi- sible las-hiciese mover , empezaron un alegre y armonioso concierto. » Fácil será, reconocer desde luego que la poesía del claustro inspiro esta le- yenda que lleva en toda ella la marca de un misticismo monástico. La otra que sigue á la misma es enteramente popular , es la leyenda de María , de aquella buena y sensible hermana de Lázaro cuya vida es el símbolo de la actividad , asi como la de María Magdalena es el tipo de la contemplación. Y los leyenda- rios, cuyo contenido reboza siempre sus intenciones morales y políticas , nunca han olvidado esta oposición de carácter y de inclinaciones. Parece que, según la opinión de los antiguos , después del descenso del lis- píritu Santo y de la dispersión de los Apóstoles María Magdalena dejó Jcrusalen y la Palestina que no tenia atractivo alguno pora ella , pero después andan di- vididas las opiniones. Creen unos que en la primera persecución suscítala contra los cristianos, pasó á Efeso , en el Asia menor , para permanecer allí con la santa Virgen que habia seguido á Juan el Evangelista después de la muerte de Jesucristo, permaneciendo con una y otro hasta terminar su vida apostólica por un glorioso martirio; mientras que otros, al parecer con algún mayor lunda- mento v con autoridades mas respetables , sostenían que de resultas de aquella 132 SANTA MAGDALENA. primera persecución tuvieron que embarcarse los (res hermanos con algunos ntros en una nave 1 csinan telada que , caminando á merced de las olas del Me- 1 diterráneo, entró por fin en el puerto de Marsella , en donde anunciaron la fe de Jesucristo que santa Magdalena predicaba junto al gran templo de Diana, en cuyo sitio se vé aun una antiquísima capilla erigida en honor suyo. Según la misma tradición , Lázaro fue obispo de Marsella, en donde murió ; Marta llevó á Tarascón la luz del Evangelio , y Magdalena se retiró á una caverna, que se ha hecha muy célebre bajo el nombre del Santo Bálsamo, en la cual finió sus dias en la mas austera penitencia y entre ardientes suspiros de amor divino. Y de esla última tradición se sacaría sin duda la piadosa leyenda que acabamos de transcribir. La figura variada é interesante de Magdalena ha inspirado á casi todos los artistas , así como á muchos poetas. Crecido es el número de los que han hecho de ella una mujer vulgar; de una belleza correcta pero sin espresion de aquella piedad ardiente de que estaba siempre poseida ; han presentado á veces una pe- nitente que llora sin arrepentirse , y que se angustia desolada , pero no sé sabe si por el cielo ó por la tierra, y asi no hay en su pincel ni sublimidad de amor ni santidad de sentimiento. Magdalena pudo ser representada cubierta con las galas del mundo, y luchando en su corazón entre la sed de amar y el afán de sus caducas conquistas y aquella ansia no saciada de un amor no infinito: pode- mos admirarla sumida en lo mas profundo del dolor, arrojando al viento los instrumentos y las galas de su sensual orgullo y abrazada con los pies sacrosan- tos del que abre á sus lágrimas un corazón divino : ó contemplarla firme al pié de la Cruz al lado de la mas dolorosa de las madres , ó apretando sus labios de fuego contra los pies sangrientos del Salvador cuando se ha desclavado de la Cruz el sagrado cuerpo: ó acompañándole al sepulcro ó depositándole en él ; ó llorando su soledad como la divina Madre; ó corriendo presurosa antes del alba para ungir su cuerpo; ó hablando con los ángeles; ó absorta ante la figura del hortelano divino que le dice : No me toques; ó revelando á los Apóstoles ató- nitos la aparición milagrosa de su Maestro, ó presenciando como ellos la gloria triunfante de su Ascensión. Y aun después de estos pasajes históricos la tradición permite presentar á Magdalena como el bello ideal de la contrición y del arre- pentimiento , y de un alma encarcelada que anhela romper los lazos de su barro á fin de volar á Dios para siempre. Este es el carácter del cuadro que nos ocupa, y solo nos resta el decir algo sobre su autor cuya biografía es poco conocida, autor cuyo carácter piadoso y suave en sus composiciones le ha conquistado las particulares simpatías de los aficionados y artistas del bello sexo. Carlos Dolce vio la primera luz en Florencia á 2¡Í de mayo de I(i1l¡ , y es de notar que su nacimiento coincide con la muelle de dos grandes genios de la SAMA UA(¡l>AUi>A. 1-tü historia moderna, el fantástico Shakespeare y el agudísimo y jovial Cervantes, j precede de cuatro anos á la del inmortal Rafael. Sus padres carecían de bienes de fortuna , y á los cuatro anos tuvo la desgracia y el pesar de perder A su pa- dre. Reducido a la pobreza ])or este incidente , su madre puso su principal es- peranza en el porvenir de sus numerosos hijos , que la naturaleza había espe- cialmente dotado de una belleza física , y cuyos talentos unidos á unas maneras finas y amables habían atraillo muy de antemano la atención de los amigos de la familia. ¥ sobre todos su predilecto Carlino (nombre de afección del joven Dolee) era el que despedía algunos rayos de consuelo sobre un presente sombrío y dcsolador. A los nueve anos entró de aprendiz en casa de Vignali, y fueron tan rápidos sus progresos que dos anos después ejecutó por sí solo, y con feliz éxito, un Cristo infante qne no debe confundirse con otro que contribuyó después á su celebridad por ser una de sus obras maestras y de una sencillez y candor es- traordinarios , y que forma parte déla colección, objeto de la presente obra. Fl ¡oven Dolce se gloriaba ya de ser discípulo de Jacobo Vignali, no á cau- sa de ias calidades artísticas ó personales de ese hombre , sino porque este se contaba por uno de los mejores discípulos de Mateo lloselli, y porque trabaja- ba en el taller de un hombre á quien los florentinos tributaban una admiración universal, á saber, el de Andrés del Sarto. Con frecuencia visitaba la iglesia de la Santísima Anunciata para estudiar allí los bellísimos frescos pintados por aquel gran maestro , y que los astutos monges habían tenido la dicha de procu- rarse al vil precio de diez escudos : otras veces solía atravesar á puesta de sol la Porta á Piutf para contemplar la montana que dos siglos antes de él había visto nacer a! hermano Juan de Fiesolc, cuya gracia suave y casta de sus testas de ángeles y de santos le inspiraba la mas viva admiración. Después se aficionó con preferencia al género de Mateo lioselli, y vino á ser con su contemporáneo, Sas- soferrato de Boma , el representante de una escuela que, sin grandes y vastas composiciones, se distingue tanto por la espresion verdadera y patética de sen- timientos tiernos y piadosos , como por el esquisito esmero de la ejecución. Sus trabajos se multiplicaron de tal modo , y era tal el ansia con que se le buscaba , que se vio precisado á establecer ásu cuenta un taller ó laboratorio, y habiendo conseguido que se le admitiese en la hermandad de San Benito , hizo voto de no pintar sino á santos religiosos. Proponíase asimismo el consagrar la semnna santa csclnsivamente á pinturas que representasen la Pasión del Señor. No olvidemos que Dolcc fue el contemporáneo de Fernando II de Médicis, cu- ya minoría habia puesto la Toscana bajo la inlluencía puramente monástica. Sin embargo de su natural misticismo , los sentimientos naturales del cora- zón humano, reclamaron también su tributo, y Carlos no se limitó ya á tomar á su hermana por modelo de sus Madonnas ó de sus Magdalenas. Otra figura había ejercido también un irresistible pri'slígio sobre el alma impresionable del joven ¡ir- i;tí SAMA MAíiDAl^A. tista, y ¡i menudo se lo veía en adelante y al anochecer pasar el I'oiitc-Ycccltio pa- ra ir á ofrecer un saludo fugitivo á una joven y modesta niña de aquel cuartel, listas cortas peregrinaciones no tardaron en ser seguidas de una alianza nupcial con la buena y hermosa Teresa de Juan liucherelli. üolce, sin embargo, estaba mas enamorado aun del ciclo que de los encantos de su bella prometida , y en el momento en que , ante un numeroso cortejo de amigos , iba á empezar la ceremonia del matrimonio , los asistentes no buscaban ya sino un objeto ; pero un objeto indispensable—el novio. Itesígnanse a esperarle por algún tiempo; pero las horas se pasan , los mensajes se suceden , llevando por noticia que no se le encuentra en parte alguna, y empieza ya á cundir una impaciencia gene- ral. La novia alarmada piensa ya en el puflal de un bandido , ajustado por al- gún artista envidioso : arroja su velo y su corona y derrama ardientes lágrimas de desesperación. Lo que aumenta su desespero es el acordarse de un vecino , el platero Pedro üranacci, hombre brusco y violento , cuyos obsequios había ella desdeñado, y que maldecía su unión con Dolce. Kn medio de su espantosa idea, repara que aquel vecino, que habitaba enfrente de su casa, no estaba en su ta- ller , y cae sin sentidos en brazos de su compañera Rosita , cuando de repente comparece el novio del brazo con un amigo, y con la mayor calma y tranquili- dad. Por fin se le había encontrado absorto en su oración , en su iglesia favorita de la Santísima Anuncíala, y perdido en la mística contemplación de la Santa Virgen, ó Madonna. Poco tiempo después de celebrado este matrimonio, pintó un Cristo bajo la forma de un agraciado infante de seis años, y reprodujo asimismo este asunto sobre muchos otros lienzos , de los que el de Munich no es el menos notable. « Dolce , dice un contemporáneo , se imaginaba al niño Jesús como invitando al alma á coronarse de virtudes cristianas. » La reputación del artista florentino se habia esparcido á gran distancia , y el emperador Leopoldo le mando á Inspruck para hacer allí el retrato de Clau- dia l'i'licc que debía ser luego su esposa, ücsconliando de sus propias fuerzas y por un desmedido apego á su suelo natal que nunca había abandonado , rehusó desde un principio, y solo obedeció á vivas instancias de su confesor Larionc. Su mujer se encargó con la mayor solicitud de arreglar su equipaje , y preve- nido todo partió para el Tirol. El emperador le colmó de honores, y él desem- peñó el cometido imperial con el éxito mas brillante. Con todo, no puede decirse que Dolce fuese feliz. De continuo se sentía detenido en sus trabajos y empre- sas por una timidez para él insuperable. Y además la manutención de una fa- milia numerosa y la enfermedad de su mujer le suscitaron embarazos de los cua- les no eran siempre bastantes á sacarle los bajos precios que pedia él por sus cuadros (de ciento á trescientos escudos). Su confesor era también el que le ani- maba en estas horas de desaliento , y logró así preservarle de los fatales efectos SANTA MAUDAI.BXA. 185 de la melancolía. Pero este restablecimiento de su salud moral fue de una corta duración , y un acaso ó accidente imprevisto produjo una catástrofe que volvió á hacer sombría su existencia y aceleró su término. En 1682 el célebre pintor Lucas (¡iordano (muerto en 1705), á quien se designaba por la rapidez con que ejecutaba sus cuadros bajo el nombre de Fra-Presto, hizo su aparición en Florencia á donde el marqués Cossini le había llamado. Dolce le devolvió desde luego su visita, le besó modestamente la mano , y recibió á su vez elogios y escitantes ó estímulos los mas lisonjeros del maestro napolitano. Mas el artista caballeresco dejó por desgracia escapar una palabra que, por ser de una ama- bilidad y de una franqueza perfecta, no afectó menos el espíritu del pobre Carlos, y le precipitó en una profunda tristeza. « Tus bellos santos , Carlos, decia (iiordano , no agradan todos. Ellos son de una verdad maravillosa : sus almas son castas y puras como las flores del paraíso al acabarse de abrir. Tus colores están distribuidos con habilidad , y es- tá seguro que después de tres siglos conservarán todavía la misma frescura que su paleta. Pero si continúas en pintar con tan minucioso cuidado, te morirás de hambre, y jamás lograrás recoger los ciento ochenta mil escudos que hasta aho- ra he ganado. » Después de haber concluido su último cuadro , que es la Adoración de los Mayos , la duquesa le mandó venir para felicitarle. Al propio tiempo le presentó un cuadro de Giordano, diciéndole : Pensad bien , Carlos, que esta obra maes- tra es fruto de algunos años de trabajo. Dolce, que se había ya entregado á los sombríos fantasmas de la melancolía, interpretó mal aquellas palabras , y con- cibió por ellas la mas completa desesperación. El anciano dejó el castillo sin po- der dominar su dolor , y cuando hubo entrado en su casa estaba ya loco. Inúti- les fueron los esfuerzos de su mujer y de sus amigos: la enfermedad hizo los mas rápidos progresos. Ya no hablaba ni comía; y si bien un médico que el gran duque habia enviado le fiizo recobrar el hábito de comer, el confesor no fue tan feliz como antes habia sido para curarle por medio de la obediencia re- ligiosa. Le persuadió, después de grandes esfuerzos, á que volviese á tomar el pincel y terminase el ropaje de un cuadro. Obedeció el artista con una sumisión silenciosa , y á pesar del temblor de su mano , la obra salió perfecta. Pero no manifestó por ello la menor satisfacción , y miró á los suyos con un aire de sú- plica , como un hombre rendido de fatiga que pide el descanso. La enfermedad era incurable, y solo la muerte pudo ponerle término el dia 11 de junio de 1686 á los setenta anos de su vida. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia de la Sania Anuncíala que tantas veces habia sido el centro de sus imitaciones artísticas y de sus contemplaciones religiosas. Por la historia de este artista podemos venir en conocimiento de lo que iiillti- yó el misticismo católico sobre el genio en las hermosas artes de Ímilacion. V Ha- l¡f(> SANTA UAIÍHUENA. rn¡imos misticismo, con respecto íi las creaciones artísticas , á esta concentración del espíritu que sabe espresar en las figuras los sentimientos é inspiraciones de la vida espiritual y contemplativa ; pues que el misticismo , ó sea el género mís- tico, no es mas que una parte de las muchas con que el cristianismo influye en las bellas artes. Nada mas fácil que probar, dice uno de los mas célebres escri- tores modernos , que la religión cristiana , siendo por su naturaleza espiritual y mística, presenta al pintor ideas mas perfectas y divinas que lasque puede ofre- cer un culto material ; que describiendo- la deformidad de las costumbres , 6 combatiéndolas con vigor, da un aire mas sublime á la tigura humana y hace percibir los sentimientos del alma en los músculos y lazos de la materia; y por lin que ha provisto á las artes de materiales mas hermosos , mas ricos, mas dramáticos y mucho mas interesantes que los mitológicos. Aun en los asuntos antiguos los mejores son fos que se acercan en la senci- llez y magnitud á los grandes cuadros bíblicos. Ni el saqueo de Troya, ni los viajes ite Mises, ni el llanto de Vriamo por la muerte de Héctor son comparables con la inmensidad y grandeza que prestan al pincel las primeras escenas del inundo. La naturaleza saliendo del caos , la luz derramándose súbitamente por los espacios , y el primer grupo del linaje humano paseándose por las soledades deliciosas del Edén, son unos tipos incomparables de los cuales ni aun idea tenia el genio de la antigüedad. Deslizándose la imaginación por la historia del hombre, ¿ qué tienen que ver todos los dioses de Hornero ni las lascivas travesuras de Jú- piter con los famosos acontecimientos que llenan las edades primitivas y que constituyen el origen de los grandes imperios , encerrados todos en el vasto cír- culo de los libros santos? Porque la Biblia no relata solamente la historia del pueblo tle Dios, sino el nacimiento , marcha y destrucción de los pueblos mas cé- lebres y de los monarcas mas poderosos del mundo antiguo; abarca las mitolo- gías orientales; en una palabra, la historia de la humanidad en su primer período, desde la cuna del universo hasta la plenitud de los tiempos. Así es como el pen- samiento puede esparcirse desde las llamas de Pentápolis hasta las de Roma bajo el cetro horrible de Nerón , y el campo del pincel no tiene límites, porque hasta puede salir de los confines del tiempo en la gran lucha de los espíritus en el cielo , y hundirse en los abismos de lo futuro pintando la agonía del inundo y la espantosa magestad del último juicio. Pero si, circunscribiendo este panorama inmenso, nos concretamos á las nemas escenas del nuevo Testamento, el alma del pintor cristiano encuentra en si misino un fondo inagotable de inspiración con las nuevas y sublimes relaciones que el Mijo del Hombre vino á establecer sobre la tierra entre el Criador y su criatu- ra. Desde la gran víctima del Calvario el cristianismo es y ha sido siempre el culto del amor por el dolor y el sacrificio. Nuestra religión, se ha dicho, es pa- ra nosotros nuestra historia, y desde aquellos primeros modelos de amor y de SAiVTA MA(¡[)\LF.\A I l¡7 espiacion hasta nosotros , el espíritu cristiano presenta unos mismos dolores, unas mismas virtudes y unas mismas recompensas. 1.a imagen de Magdalena arrepentida es la misma que la de toda alma que ha caido y se ha levantado por el dolor: por esto tiene para nosotros tanto atractivo ese bello tipo de la huma- nidad arrepentida y reconciliada. La cruz que ella abraza y estrecha tan amo- rosamente contra su seno es la misma que en nuestros dias va á plantarse en los confines de la Australia para que sea el consuelo y la esperanza de la humani- dad , así como la sangre cristiana que se derrama en la Siria es como la que se derramaba en los anfiteatros de Roma en los tiempos de Galerio. Cuando el ar- tista ha logrado penetrar en este mundo interior que desde la tierra comunica con el cielo , le basta solo creer y amar para ser sublime; pero para percibir y apreciar sus bellezas preciso es también participar del mismo espíritu que guió su lira ó su pincel: preciso es el contemplar sus obras con los ojos de la fe, del amor y de la esperanza. r KLMí)N AS'nTOÜE SAN. BENITO. | CUADRO DE A. BIERMANN.) |,a láminn ijiit1 íicnrripaníi /i cslc ¡irlírulo es sennllamonle !¡i vista del monas- Iciio (fe San lien i lo, una de las primeras y mas lamosas úrdenos monásticas , pues queso remonta al año 500. Por mas bello que sea el cuadro , j ¡>or bolla que sea también la copia ; por admirable que sea el monasterio y por curioso (pío fuera el recordar los anales de aquella-célebre orden de benedictinos, á la que es preciso confesar que deben mucho las letras y las ciencias, yo no te hablaré, lector, ni de lo uno ni de lo otro. La vista de este monasterio , tan lielmente trasladado al lienzo y del lienzo al acero, me recuerda solo que á principios del siglo i\ fue á tomar en él el hábito y á retirarse del mundo, un hombre que se cree fue soldado y que se sabe fue poeta. Llamábase tirnoldo Nigelli ó Nigello. tira contemporáneo ile Ludovico Pió, el rev de Aquitania hijo de darlo Magno , y escribió un poema , ó mejor dicho la narración en verso de la conquista de Barcelona en 801 por las armas de aquel rey. liste asunto, tratado por él en sonoros y levantados versos latinos, tiene el interés de una novela. (iracias á un poeta , tenemos pues peregrinos y curiosos detallos do aquel si- lio y conquista , do los cuales pocos datos tendríamos á no ser por él. 5? •N: RL MONASI'liltlO UV, SAN IIEMTd. 13!) Como un testimonio de gratitud al poeta y al monge del siglo i \ , voy pues á recordar, á propósito de este cuadro, lo que él supo contar tan bien y tan admirablemente. No te desagradará, lector, saber lo que voy á narrar , ¡pie de pocos es sabido, tomando por guia al poeta Ernoldo. SITIO Y CONQUISTA DE BAKCELONA. 1*011 LUDOVlCu I'H) EN ROÍ. Ochenta y ocho aRos hacia ya que Barcelona estaba en poder de los moros. Después de la batalla memorable del Guadaletc, Muza se liabia apoderado de ella como de toda España, liarchiluna, como la llamaban los árabes, gomia cautiva, pobre paloma entre las garras del gavilán. Congregóse en Tolosa , según costumbre, al comenzar la primavera del 801 , el campo de mano ó la asamblea general del reino aquí taño ,en la que los vasallos y los condes renovaban el testimonio de lealtad con sus donativos, y en que los francos, conforme á antigua usanza, deliberaban sobre la paz ó la guer- ra y acerca los intereses generales del reino. —Entramos ya en la época en que se acude á las armas para dirimir las que- rellas que existen entre los pueblos. No es á vosotros , intrépidos varones , co- locados por Carlos de centinela de las fronteras , á quienes la guerra asuste o intimide : que hartas muestras habéis sabido dar de cuanto valen vuestro brazo en el campo y vuestro consejo en la asamblea. Comunicadnos pues sobre el par- ticular vuestro dictamen. Así habló el primero el rey Ludovico el Pió, según el poema de Ernoldo Nigelli. Tomó en seguida la palabra Lupo Sanción, principe ó caudillo de los vas- cones de allende, y dijo que era preferible la paz si había de romperse la guerra por los confines de sus dominios , atendido el estado de las cosas. Entonces, el intrépido Guillermo, duque de Tolosa, doblando una ro- dilla y besando el pié a Ludovico (1), se espresó de esta manera : — Oh rey , luz, señor y padre de los francos, que por tus méritos descue- llas sobre tus mayores y que de tu escelso promogenitor recibistes suma virtud y suprema sobiduría, atiende, si de aconsejarte me hallas digno, el voto que voy á emitir. Hay una gente llamada del nombre de Sara (2), que ha costum- bre de talar nuestras fronteras y comarcas, fuerte, animosa, liada en la velo- cidad de su caballería y en la bondad de sus armas, á la cual yo sobradamente conozco, y ella á mí. Yo puedo conducirte sin tropiezo hasta sus confines, que veces no pocas observé sus fortalezas y lugares y apostaderos. En ella se l e - OJ lié iu|ii< un» eoBtumlire tuja milicia lidiemos al poutt Urnolilo . y hi cual un liisluriailur. mum nliíeit» Jlaniliirl, ¡i|icn.is liuMcni apuntado si os <]m< no In hubiese iiaaauo en silencio. (S) Quiure decir sarracinos. 1 40 El, MONASTHIHO IIK SA> BENITO. vanta la ciudíul causadora de tantos estragos nuestros (I). Si por la misericordia de Dios y el trabajo de vuestros brazos vinieses á tomarla , la paz y sosiego, oh rey , se hospedarán en tus tierras. Partamos, pues, contra ella , lleva la guer- ra á sus campiñas, y tu fiel Guillermo marchará el primero. Sonrióse Ludovico, y abrazando y dando un ósculo al ilustre y cristiano guerrero, agradecióle el consejo, que aseguró abrigaba ya su corazón tiempo ha- bia. Pinta y describe el poeta el entusiasmo del rey y de la asamblea, hasta que Ludovico, prorumpiendo en un agüero aciago para la Barcelona árabe, es- clamó, señalando su cabeza y la de Guillermo en cuyo hombro familiarmente se apoyaba: —Yo estrecharé una y mil veces tus murallas, soberbia ciudad. Lo juro por entrambas cabezas. Al terminar el monarca su discurso , la fiebre del entusiasmo pareció ha- berse apoderado del corazón de toda aquella asamblea de nobles guerreros, y todos, desnudando sus espadas y agitándolas en el aire , chocando unas con otras, gritaron entre el rumor del hierro : ¡A Barcelona! á llarcelona! ron el mismo fervor'con que debian gritar mas tarde sus nietos : ¡ A Jerusalen! á Je- rusalen! La empresa de Ludovico Pió era en efecto el prólogo de las cruzadas. Cerróse la dieta ó la asamblea tomado aquel acuerdo, y se dispuso todo lo necesario para llevarlo á cabo cuanto antes. Pronto estuvo en disposición de par- tir el ejército espedicionario que se componía de hijos valerosos de Francia, Aquitania, Vasconia, Gocia, Itorgofia y Provenza (2). Varios pueblos se unieron pues para la conquista de Barcelona, como luego se habían de unir también va- rias naciones para la de Jerusalen. Al reclamo de la guerra acudieron muchos condes y caudillos, cuyos nombres sabemos merced á lirnoldo. liran estos Heripertho, Litithardo, Higo, Itero ó Itera, Lupo Sanción, Libulfo, Hilthiberto é Hisambarthe, sin contar á Guillermo, que fue el Pedro el ermitaño de aquella cruzada, á Bostaing, conde de Gerona, y á Borrell, conde de Ausona, cuyos dos últimos se hallaban sin duda entonces inun- dando el ejército que se había dejado de observación junio ;'( HarrHonn. luciéronse tres divisiones ó cuerpos del total de la luíosle, hióse el mando del primero, destinado particularmente á estrechar el sitio de la ciudad, á Rostaing, conde de Gerona ; el del segundo á Guillermo de Tolosa, secundado del primer porta-estándar te Hademaro, con orden de situarse mas allá de Barcelona, á la otra orilla del Llobregat, para oponerse á la llegada de todo socorro; el del ter- cero se lo quedó el rey en persona, fijándose por el pronto en el Rosellon como EL MONASTUIIKI [)li SA> HKMTO. l ü ile reserva, pero dispuesto ;¡ pasar el Pirineo cuando las circunstancias lo exi- giesen- * Este reparto y esta colocación de fuerzas muestran la prudencia con que se dirigía aquella espedicion, al par que acreditan la trascendencia, importancia y dificultad de la empresa. Barcelona despertó un dia azorada al oir la confusa gritería de la hueste que ante sus muros llegaba, y con pasmo vio eslendersc por la llanura que sirve de alfombra a sus plantas un liosque inmenso de erizadas lanzas. Kostaing, el conde de Gerona, comenzó con asombrosa actividad los aprestos del sitio. Aterrados los árabes al ver tan formidables preparativos, enviaron á Córdoba embajadores que espusiesen al monarca cuanto urgía un pronto y poderoso auxi- lio, si se quería que los francos no robusteciesen sus dominios en la playa que hasta entonces fuera centro de Jos armamentos c invasiones arábigas en la Scn- timania. Zeid, el caudillo moro de Itarcelona, corria por las almenas acaudillando el vecindario, y esclamando, al ver como los francos iban girando en torno de la plaza, volcando árboles á tremendos hachazos, arrastrando y hacinando sillares, habilitando escalas, construyendo torres de madera, acercando arietes, taladros, fundíbulos, catapultas y toda clase de máquinas de guerra : —¿ Oué estruendo desusado es ese, compañeros? Inti'rrumpiíili' cirrlo caudillo moro llamado Dnrzaz que desde lo alto de un torreón comenzó ¡i interpelar así á los cristianos : —¡Olí gente endurecida y desalmada ! ¿Por qué después de haber estendido por el orbe vuestras armas, venís á inquietar estos muros y á turbar la paz de los líeles que los custodian ? ¿Ya sabéis que estos son los muros en cuya cons- trucción emplearon rail anos los romanos? Huid, francos feroces, apartaos de nuestra vista, que no podemos miraros sin horror y sin encendernos en ira. Allá le dio respuesta á sus osadas palabras el arco de Hilthiberlo, vibróle el guerrero franco con certera mano, y una aguda saeta fue á destrozar el cráneo de Durzaz, que cayó de lo alto del torreón al foso revolcándose en su sangre. Hechos ya por fin todos los aprestos j ordenadas las tropas, comenzó enton- ces aquel sitio memorable, magnífico y dramático episodio de la guerra de res- tauración, que (lió lugar á escenas interesantes y bellas como no se encuentran ya, si no mas tarde, en la época de las cruzadas y en los hechos de armas y episodios que tuvieron lugar ante las murallas de Nicea, de Jerusalen ó de An- tioquía. Una mañana, al rayar el alba, el redoble de los atambores y cajas de guer- ra y la voz de los clarines advirtió á todo el campo cristiano ciue habia llegado la hora del asalto. Los soldados de Hostaing volaron á sus armas, las máquinas se movieron á su vez agitando sus brazos como si hubiesen tenido vida; los pe- 142 ÉL MONASTERIO DE SAPi BEMTO. (Ircros empezaron á arrojar contra los muros de Barcelona una granizada de pie- dras, mientras que los arietes protegidos por las galerias cubiertas y por los sol- dados que se cubrían con sus escudos, se acercaban hasta el pie de las murallas. Los arqueros y ballesteros no daban descanso a la saeta ni tregua a la mano. Ocultos tras sus escudos, los mas audaces y atrevidos asentaban escalas allídon- de era mas Haca la muralla, mientras que desde lo alto de una máquina el buen conde de Gerona animaba á los suyos, incitándoles á pelear por Dios, por el rey v por su honra. , , ' Por todas partís silbaban las flechas. La multitud de dardos llego a oscure- cer la luz del sol. Las piedras y gruesos maderos lanzados por unos y otros se en- contraban en el aire chocando con espantoso ruido, y caiau, sembrando la muer- te en las filas, sobre sitiadores y sitiados. Los moros desde lo alto de sus torres no cesaban de arrojar teas encendidas y frascos rellenos (le materias inflamables, que al estrellarse en las máquinas de los cristianos las encendían de súbito con- virtiéndolas en un volcan, en el seno de cuyas llamas hallaban una horrenda muerte los soldados encerrados en ellas. Todo era confusión y muerte, todo desorden y destrozo. Sucumbieron ilus- tres caudillos de cada ejército, y es fama que hubo herido que al caer murió alio- gado en la charca de sangre de sus hermanos de armas (1). A pesar de su valor y de su esfuerzo, de su decisión y de su empeño, el ejér- cito de Ludovico se estrelló en los muros de Barcelona como impotente se estrella también el mar en las rocas de su playa. El conde de Gerona tuvo que dar la señal de la retirada, y la diezmada tropa de los cristianos se replegó ¡i sus tiendas k descansar de sus fatigas y á contar por el número de los que faltaban el núme- ro de sus muertos. Triunfantes quedaron por aquella vez los sarracenos, pero su victoria fue igual á una derrota. Aprendieron a conocer el valor de los cristianos, y se convencieron de que, aun cuando habían resistido el primer asalto, sucum- birían acaso en el segundo. Queda ya dicho que en el ínterin campeábala división de (¡uillcrmo entre Lérida y Tarragona, de cuya ciudad se hania apoderado, estcndiehdo el espan- to y la asolación hasta las puertas mismas de la aun árabe Tortosa. formando las guerrillas ó avanzadas del cuerpo que Guillermo acaudillaba, había, según Conde, algunas compañías de gente allegadiza y montaraz, pero muy acostumbrada á las fatigas de la guerra. « Habia entre sus taifas, añade, os nombre1» de varios i-midillos firabes i|uit inur Clainoro» lollunl Islantl peelore FraniJ, K contra Mauros fleluí tiabet mineros Tum vari! varios detnlttunt funeriis orso Vllheni. Habírudan at Lluthardus Uriz Lancea Zabtriíun, ferrum forat acliU) UZMI Finida feril Colliati, acer arundo Gozan Non aliler hclln polerant accederé Franri. EL MONASTERIO |)E SAN BENITO. 143 muchos cristianos de Jibal Alborlu.il, gente muy esforzada y dura (1).» Romey advierte que aquel cuerpo estaba compuesto en gran parte de hombres que los árabes llamaban moaladun, nacidos de padres musulmanes y de madres cristia- nas. Esta división de guerrilleros prestó importantes servicios, no descansando jamás, estando siempre pronla, siempre alerta, y á ella debió confiarse induda- blemente la principal parte ile las algaras con que se mantenía suspensas y ater- radas las márgenes del Ebro; que ninguna fuerza podía rivalizar ciertamenle con aquellos montañeses aleccionados por tantos anos de guerra y íi quienes eran facilísimas semejantes operaciones. Y es justo advertir aquí que entre esas compañías de salvajes montañeses y entre esas taifas, como las llama Conde, es donde debe buscarse el origen y prin- cipio de aquellos otros famosos guerrilleros, de aquellos infantes terribles que habían de aparecer mas tarde en Cataluña con el nombre de almogávares, sien- do tan valientes y adictos, tan esforzados y leales, que es fama que un rey de Aragón daba en rescate diez prisioneros enemigos por cada uno de ellos. Sabedor Guillermo de Tolosa de que un socorro árabe, que iba á favorecer ¡i Barcelona, se había vuelto desde Zaragoza, ya porque temiese pasar adelante según unos, ya, y es lo mas probable, porque hubo necesidad de acudir á reprimir inmediatamente una irrupción de losastures; Guillermo, repito, se vino enton- ces á reforzar con su división el campo establecido ante Jos muros de Barcelona. Los francos con esle refuerzo redoblaron su actividad y estrecharon mas y mas el sitio; pero si era Barcelona codiciada con anlor de los cristianos, con no menos ardorosa codicia era defendida de los árabes. Demasiado sabian ambas Iluestes que la joya que se disputaban era de gran precio, demasiado sabian que Barcelona no era solo una ciudad, sino todo un pais. La firmeza de los unos era la saeta que se estrellaba en la constancia que era el escudo de los otros. Cuenta el poeta que nos sirve de guia en esta relación, que mientras mas fu- riosas y encarnizadas combatían ambas huestes, se lanzaban unos á otros los caudillos retos y provocaciones. —Por qué desacordados francos,—gritaba desde lo alto de los muros un ára- be soberbio,—porqué os fatigáis en hacer que disparen sin cesar proyectiles vuestros fundíbulos y catapultas •? ¿Por qué os obstináis en que bata el ariete los romanos sillares de una muralla que ha resistido á los siglos y que se ríe de vuestro coraje y furia? Os cansáis en vano, francos orgullosos. Nos sobran esfuer- zos y víveres. Tenemos carne, harina y miel en abundancia, mientras que vo- sotros sentís los rigores del hambre (2). ni K SAÍN HF-NITO. Diz que estas palabras fueron oidas por el bravo Guillermo de Tolosa , que picando su caballo y adelantándose, sin temor á las flechas, hasta cerca délos muros, contestó elevando la voz: — Atiende, atiende, árabe soberbio, mis acertadas razones, aunque te sean amargas y aunque se claven en tu pecho como un puñado de dardos. ¿ Ves esle caballo pió que monto?.... Pues bien, anlesmis propios dientes despedazarán las vivas carnes de este caballo, que nuestras huestes se alejen de vuestras mura- llas. Lo que hemos empezado con la protección de Dios , con la protección de Dios terminar sabremos. Lo que el árabe dijera respecto á que tenían abundancia de víveres, no era cierto, como vamos á ver. Con la llegada de Guillermo, ya lo hemos dicho, había redoblado la activi- dad de los francos. Tiéntansc entonces asaltos repetidos ; sitiadores y sitiados conlienden con furor al pié de los muros mismos; hasta que el daño propio, avisando á cada parle de lo infructuoso de estas refriegas , les obliga aechar mano de toda la fuerza de la tormentaria. Los fundíbulos y las catapultas dis- paran crujiendo los proyectiles , que van asestados mutuamente contra las mis- mas máquinas ; y el «niele bale los anchos sillares de la muralla romana, que no menoscabados por tantos siglos ni por las dominaciones anteriores, no ceden á sus golpes. Entonces pudieron los cristianos estimar toda la importancia de aquella fortificación que aun hoy es admirada en sus gigantes reliquias ; por es- to la pondera á tal punto el poeta cronista. Así se cerró mas estrechamente la circunvalación de la plaza por la parle de tierra ; y ya que por la del mar no fuere esto posible sin armada , tampoco estaba la marina del emir de Córdoba tan á punto que pudiese acudir á proveerla, ni es de suponer dejase de ser ar- riesgado el desembarco en aquella playa, cercanas! al muro, mas no inmediata ni fortalecida. Kl hambre pues comenzó á señorearen Uarcelona: sus rigores fueron lentos , terribles á la postre; los testimonios de ellos espantosos: los vie- jos cueros arrancados de puertas y ventanas y convertidos en alimento ; de los habitantes unos arrastrados por su desesperación á despenarse de las murallas, otros solo esperanzados en que la proximidad del invierno alejaria los sitiadores. Vana esjKTanza: que los caudillos del campo, como conocieron cuan poco po- día durar la plaza en su defensa, instaron á Ludovico Pió que viniese con su di- visión , para que solo el nombre de su príncipe se acompañase de tal victoria ; y al mismo tiempo aprestábanse muy anticipadamente contra la crudeza del in- vierno , ordenando que se reparasen los reales con barracas mas sólidas, para lo cual se comenzó á acopiar madera de todas partes (2). (Il Ciipio <»* lafgii y liten ercrilii [tórralo rli; lu obra (le D. Pablo Plfurrer, qui; t-n , ¡i m¡ ñurumí mujo ilc vn. ><> i|iiini iiujor ha inLerjirdntiu. i]e»|uiet ile Itoinev, loa ironli-oiws y ul \,wm¡\ ilv Ernuldu un lu reladun <|i' uquel slllu Ef. MONASIKHIO DK SA.N BEiNITO. U,S La situación de los sitiados se hizo efectivamente mas crítica y congojosa con la llegada al campo cristiano de Ludovico Pío y la división que mandaba. (Jui - llermo, Bera, Bigo, Rostaing y demás.caudillos del ejército, seguros de tener pronto á Barcelona en sus manos, le habian avisado que era ya llegado el mo- mento de abandonar el Rosellon. Entonces todo fue ya desaliento en la plaza , y un episodio del poema de Krnoldo nos retrata al vivo las zozobras y congojas de los sitiados en aquellos crilicos instantes. Zeid , al que no amedrentaban ni el numeroso auxilio que acababan de reci- bir los sitiadores , ni el cuadro de horrores que ofrecía la ciudad , corrió á la muralla llegando en el acto en que la abandonaban tumultuosamente varios grupos de soldados confundidos con parte del vecindario. —¿Qué es eso? ¿A dónde vais, infelices muslimes? les dice sorprendi- do y con enojo. Los fugitivos le contaron la llegada del rey enemigo al campamento con nu- merosas fuerzas. —Harto ves, —prosigue diciéndole un jefe moro que se hallaba entre los que huían , —que nuestra situación es cada dia mas lamentable. Los macizos muros de Barcelona se desmoronan al embate de las máquinas guerreras, y las espadas de los francos siegan las gargantas de nuestros mas intrépidos guerreros. Cór- doba no te envia ningún auxilio de los ofrecidos , y la guerra, la sed y el ham- bre nos asaltan á un tiempo. ¿Qué arbitrio queda mas que el de pedir la paz á los francos? Créeme , Zeid ; envia en el acto mensajeros para que la ajusten. Viendo Zeid la desesperación y el trastorno de los suyos, recurre entonces á un medio arriesgado , pero que cree salvador. Trata con esforzadas pa- labras de reanimar el espíritu abatido de los que le rodean , y les dice que es preciso tentar el último medio , á saber, el de acudir al rey de Córdoba. Para esto se necesita enviar un mensajero fiel, adicto, dispuesto á todo, y él en per- sona se ofrece á serlo. —Pues todos dais cabida á la desesperación ,—les dice finalmente, —solo una súplica os hago ahora, y solo que vengáis en ella deseo. Yo mismo he des- cubierto un lugar donde escascan las tiendas del campo enemigo y queda este menos cenado. ¿ Por qué no lie de poder atravesar ocultamente por esla parte y volar al rey en demanda de socorro? Mientras durare mi ausencia, vosotros custodiad puertas y muros con valor y constancia: no haya en la tierra nada capas de alejaros de las torres y de los adarves, ni saquéis jamás, os ruego, vuestras armas á campo raso. Cual será mi suerte, lo ignoro, mas si cayese en poder de los francos, no por esto cedáis un punto en vuestra defensa. Aun cuando los cristianos quisieran sacar partido de mi cautiverio y os ofrecieran mi persona en cambio de la ciudad, no lo aceptéis. Sufridlo todo y resistidlo lodo, que vale mas morir con honra que vivir con ignominia. Ifí Ü6 EL MONASTERIO DE SAN BENITO. Estas nobles palabras de Zeid infunden en efecto nuevo ánimo ¡'i los siliados. Zeid lo dispone todo á su propósito, nombra gobernador de la ciudad dinanfi1 su ausencia á su pariente Hamur, su hermano según otros; roiteia sus encargos, y apenas llega la noche, sale por una poterna con ánimo resuelto a tentar su peligrosa travesía. Era una negra noche de invierno, encapotada y fría; el silencio mas sepul- cral reinaba en la ciudad y en el campamento. Zeid, embonado en su albornoz y ginete en un caballo árabe mas corredor que el viento y mas üjero que una saeta, va dejando la ciudad á sus espaldas, y encaminase con todo el tiento po- sible hacia el punto del campamento cristiano que habia juzgado ser el mas fla- co y el que mejor podría proporcionarle paso. Hasta se esmera en cierto modo el dócil caballo K SAN HKMTO. H 1 No hubo ele escaparse tampoco esla signilicacion á (¡uillcrino, pues que ce- diendo al primer arrane|tie (le su ira, descargo sobre Zeid una franca y fuelle puñada, si bien no pudo cerrar luego su pecho á la admiración que le infundie- ron el árabe y el ingenioso ardid sugerido por su lealtad y su desgracia. — Kl respeto que tengo á mi rey te vale,—diz que esclamó (iuillenno al dar- le la pullada,—que á no detenerme el incurrir en su desagrado, este fuera, mo- ro el último dia de tu vida (1). Se cuenta que los dientes de Zeid rechinaron de rabia por la alíenla que re- cibía estando inerme y maniatado. Aunque rendidos por el hambre y los combates , aunque decaldos por tan frecuentes reveses , decidieron los de Barcelona ser dignos de su wali y ejecutar su muda orden. Apelaron á lodos los recursos de su constancia , y decidieron defenderse Un nuevo asalto volvió á tener lugar. Tornaron á silbar las Hechas oscure- ciendo la luz del sol , á zumbar las piedras llevando la muerte y la destrucción do quiera que caian; volvieron á acercarse las terribles máquinas á las robustas murallas romanas; hubo de retemblar nuevamente la tierra al rudo choque (le- los combatientes, y volvieron por fin a correr arroyos de sangre. Ludovico Pió estuvo durante el asalto al frente de los suyos , animándoles sin cesar con sus palabras y con su ejemplo; y cuenta Kraoldo —ya no habia ele ser un poeta quien lo contara"—que una saeta disparada por el mismo rey fue á caer dentro de la plaza pegando contra un sillar de mármol donde se quedó enclavada hasta sus garfios. • Decidió este asalto de la suerte de Barcelona. El puñado de héroes sarrace- nos que se mantenía firme en su recinto , tuvo que rendirse , y Ludovico , ad- mii-indo tan heroica resistencia, les otorgó que saliesen salvos y libres de la ciudad , .pialándose solo prisionero á su caudillo llamur, el que había sucedi- do áZeid en el mando (2). llw v<:ríi npnocens ViLhdmua concitus Mlu 1'ercusííL pugno non si muían tur agsns. Deullliiw infrandens versal eub peckire cur Miralur Muirum, teed magín Ingenlum Crédito In quoque Regla amorque timorque Hite tlbi, 7.ado, ilies ultima forte foret. vie!ltl ir de e o * u n «"idilio (- I 48 IX HONASTKHIO DE SA> HESITO. Hemos di; creer , por lo que arrojan de sí los episodios de este sitio y la ruda y heroica.resistencia de la plaza, que ya en Barcelona no habia aquellos cristia- nos que, según nuestras crónicas , movieran años antes sublevaciones y asona- das. Sin duda la habían abandonado, ó los árabes, al ver que comenzaba á formalizarse el sitio , les arrojaron de la ciudad temerosos de que pudiesen in- tentar algo en favor de los sitiadores. Barcelona se entregó, por lo que parece , el dia 2S de diciembre de 801, á los ochenta y ocho años de haberla ocupado las huestes de Muza, después de mas de un año de bloqueo y siete meses de sitio , y a las seis semanas de ha- ber llegado el cuerpo de reserva de Ludovico Pió á reunirse con el. ejército sitiador (1). Una parte de este tomó desde luego posesión de 1 plaza, pero el cuerpo & principal con el rey a la cabeza, no hizo su entrada hasta el dia siguiente, 26 , en que la coincidencia de ser domingo daba mayor solemnidad al acto. Cuéntase que abrían la marcha los sacerdotes del rey y el clero, sin duda parte del que habria desamparado la ciudad y parte congregado de otros puntos fron- teros, á la fama de la empresa. Al son de sus himnos y cánticos sagrados camina- ban detrás el rey y el ejército , al cual seguía gran muchedumbre de pueblo ; y la procesión solemne y guerrera se dirigió á la catedral á rendir al pié de la San- ta Cruz los laureles del triunfo y á dar humildes gracias á la Providencia que devolvía Barcelona á la cristiandad y á la gloria de las católicas armas (1). Ludovico envió á su padre Cario Magno, además de la persona de Zeid , como testimonio patente del triunfo, un presente riquisimo, compuesto de mu- chos despojos de guerra , armas, corazas, trajes, morriones adornados de on- deantes cabelleras, y un caballo por lo visto de peregrina casta con su hopo, si- lla de gala y freno de oro (3). Romey, que ignoraba iln duda lo tradición barceloacs.ii. , cree .jue el Hamur debe ser Ornar. De esta, y otras opiniones me parece que la mae fundada j lógica es la de Plferrer. Creo que no debe quedar du- da «le que el Gamir de nuestras crónica, y do 1* tradición | el Jefe , caudillo, gobernador fl rey , w g u n c i ,u]Rr>, 'que mandaba en Barcelona J que se llamaba (¡iroir , riendo hedió prisionero por Ludovlco | , fue (>1 Hamiir do tú historia. Todo lo que lo* cronistas dicen de Gamjr, es preciiameiite lo que la historia cuenta de Hamur No liemos pues de ir S creer que el nombre eilé cambiado en el de Ornar y muclio menos en el de Amrú. U mus creíble que el Hamur se confundiese en Gamur, pues marcando la h aspirada, vienen á pronunciarse lo mismo y admitido el Gamur, es una consmicndii nalurslfsima el tíamir. (1) Cnso que l'ü'Ji. i .-(• -••IUH.M.Í < mudo díteijue Barcelona fue entrada á últimos de octubre del 801. La ver- dadera fecha de l;i u. i. . i. i, .' , ,|,. diciembre, según consta de lodos los dalos. Esta es también lu ferha que se consigna ni I.. ; ••••• . • h i n q u e publico en el periódico El Telégrafo el Sr. D. Mariano Flolais una délas personas m;i.« ciiii[.iiiui-- -m , i i ! i i u l a ancosas de historia de Cataluña. (2) Parece s i r ijur mi el afiu ik 7un¡i simul. EL MO>ASTKHI() |IK SAN BE¡N1TO. 1 í!l lintrada la ciudad , y antes do partir para Aquitania á donde regresó bien pronto, erigió Ludovico ei condado de Barcelona, que tan alfa debia hacer subir su fama en los venideros siglos , y nombró para primer conde gobernador. al intrépido caudillo liara, quede una manera muy notable se había distinguido en el asedio. Trocáronse por lin las suertes. Desde aquel momento la misma ciudad, tan funesta un dia al vecino reino de Aquitania, quedó erigida en plaza Inerte contra la restante España oriental, y pasó a ser el núcleo de las operaciones de los cristianos, como antes habia servido de centro á las empresas de los sarra- cenos. llabia dejado de ser Barcelona un castillo de Mahoma. Renacía para ser un baluarte, de Cristo. La Barcelona romana , la Barcelona goda , la Barcelona ára- be , convirtiéndose de esclava en señora , cenia a su frente la diadema de conde- sa, prenda de amores que le diera un rey, ínlerin aguardaba el instante de convertirse de sefiora en reina, arrojando lejos de sí, como un manto usado y que ya no sirve, la dependencia que los reyes trancos le impusieran. ( CUADRO DE ANTONIO PESNE. 1 Todos los grandes pintores han dado á sus discípulos un precepto que no deben olvidar nunes, y es que jamas pinten de memoria sino (pie copien siem- pre la naturaleza : esto es, que si pintan árboles tengan árboles á la visla , si pintan personas tengan una persona delante. De aqui la necesidad imprescindi- ble de un modelo, que tanto vale como un hombre que desnudo en todo ó en parte se coloque de la manera que el pintor le indique y tome esta ó la otra po- sición , y ofrezca al artista el original de la figura humana que quiere trasladar al lienzo. Solo así cabe que haya verdad en el cuadro , solo así han podido for- marse esos grandes artistas cuyas obras admiramos los profanos, y que son objeto de profundo estudio para los inteligentes. Las escuelas de Helias Artes , cuando estáu montadas cual deben , tienen su modelo , que puesto en un pun- to céntrico, sirve de original á los alumnos , que colocados á la redonda, copian cada uno por su lado la tigura humana que tiene á la vista. Cuando el pintor ha recibido su instrucción artística en la escuela y es «ipaz de coger un lienzo y pintar un cuadro, es cuando mas y mas conoce la necesidad de modelos y cuan- do comienza á encontrar dilicultades para procurárselos. En los pueblos eminen- temente artistas , como Roma, hay personas de los dos sexos y de todas edades que se prestan á serlo , y han convertido sus buenas proporciones en especula- ción muv lucrativa: mas el pinlor que pocas veces puede blasonar de acaudala- i;, i?. M:IIMIUT ^ su ESPOSA. 1 ;) 1 do no tiene medios para satisfacer las dietas que el modelo exige á fin de pres- tarse á ser objeto de estudio. Y esta es quizás una de las cansas mas eficaces para que entre tantos como se dedican á la pintura sean tan pocos los que al- " " d f í l l " ios aperos del pintor son en esta materia mucho mayores y los dispendios ni mas ni menos, , hay puntos en donde toda la fortuna de a r t i g o basta á conseguir .pie una persona, y singularmente una mujer , se decida a convertirse en modelo. España es una de las naciones de Kuropa en que es mas d E conseguir pues L tiene observado que hasta las mujeres púbhcas. en u es plrecequ no debiera hallarse rastro de vergüenza, conservan todav.a el u d r necesario para resistirse á prestar servicio semejante. Sena preciso una larra disertación a fin de esplicar el porqué una mujer que se prostituye á to- d e l Z Í e T I niega á servir para una cosa infinitamente menos mala que ta ptostlcio» L^infura debe deplorar esta anomalía . la moral es forzoso que ' a "üaverdad es que los pintores se ven apuradísimos para esto, y queen España por lo menos están condenados a pintar de memoria siempre que en sus obras hade haber una mujer que muestre algo mas que el rostro , las manos y lo antebrazos. A esta falla no sirve de suplemento el maniquí, esce ente para el ronaie v para algunas posiciones , mas de todo punto inútil para la anatomía y P e l r d o Soto hay . . caso escepcional, que tampoco llena de todo punto el obklo- pero que en parte á lo menos acude en auxilio del artista, y es cuando este está casado, en cuya circunstancia tiene el modelo en casa. Mas no se crea que esto es bastante: en primer lugar es menester que la esposa este muy bien formada en segundo que el marido quiera utilizarla como modelo , y en terce- o uTeílaquTe™ prestarse, lo cual en honor del sexo hemos de decir que será „ r e i m o s c L s " y circunscrito á ciertos limites , de modo que rigurosamente l i a n d o peemos sentar el principio de que nuestros pintores trabajan sin mode- lu , lo cual escusa la mitad de los defectos que en cuanto a la figura puede el en- tendido hallar en sus o b r a s ^ ^ ^ ffl-rar mMos Umhm¡ s¡n0 q u e ,0 nay para hacerse con un íaron , y hasta con muchachos, pues á todos repugna^e- sentarse desnudos ante el artista, porque lo res,.ste el pudor, y no hay meto de nersuadir á nadie de que el artista no ve entonces mas que el ai te , que so- o c a C f l todo otro sentimiento. A propósito de esta dificultad de aliar m e * os aun para pintar personas de menor edad, recordamos una anécdota, que qu,z..s sabrán va algunos, pero que es ignorada de no pocos. Fn un cuadro que treinta ailos atrás habia en el oratorio perteneciente a .. sacristía del convento de franciscanos de la ciudad de Iteus habia una imagen* Jesucristo crucificado, y sentado a «i! pies una imagen de su Santísima Madic. 152 F. (¡- SCHMIl'T ^ SI, ESPOSA. , A cada lado de esta se veía un ángel llorando á lágrima viva. Tndo ello era obra de un escultor muy aventajado , y el cual, si bien dejó como obra suya las dos imágenes de la Madre del Redentor y de este, estuvo mucho mas feliz en los . rostros y en la postura de los dos ángeles , en cuyo llanto y en cuyas fisonomías habia una verdad que enamoraba. Solo un inteligente podia conocer que las cua- tro estatuas eran obra de una misma mano, pues el no artista hubiera creído que los dos ángeles habían salido del taller de un escultor mucho mas consu- mado que el aulor del Jesús y de su Madre. Acertó á ver el grupo un aficiona- do , que sin darse aires de inteligente conocía lo bastante para avalorar la dife- rencia de mérito entre aquellas cuatro estatuas, y no pudo menos de preguntar al escultor en qué consistía que se sintiese mas inspirado en los angeles que en Jesús y en María. Consiste, dijo el artista, en que Jesús y María son dos figuras que las hube de hacer de memoria, porque no me fue posible encontrar hombre ni mujer que quisiesen servirme de modelos; mas los ángeles los tomé del na- tural y son dos copias exactas. ¿Y de dónde sacasteis los dos niños? le preguntó el curioso. La cosa es muy sencilla, dijo el artista: Dios me ha hecho la gracia de darme dos muchachos, y cuando lo tuve todo dispuesto para copiarlos, los llamé , les encajé dos buenas tundas en dos dias distintos , y mientras lloraban á moco tendido tuve el tiempo necesario para copiar sus rostros. Así es como en estos observáis la naturalidad que por fuerza debéis echar de menos en los rostros de Jesús y de su Madre. Cualquiera padre comprenderá cuan grande debía ser en ese hombre el amor al arte para abofetear á dos hijos, sin mas razón que convertirlos en buenos modelos. Los pintores cstrangeros son mas afortunados, y algunos han tenido poca aprensión y lian logrado quitársela á sus esposas. Uno de ellos fue sin duda el grande Rubens, de quien hemos visto muchos cuadros, para los cuales le sirvió indisputablemente de modelo su hermosísima consorte. Mas entre ellos vimos uno en Amberes, en el cual el pintor echó el resto de su saber, obligando empero á su esposa y á sus tres hijas á que echaran también el resto de la poca veigiienza. No supimos si admirar mas el cinismo del padre , ó la absoluta falta de pudor de las mujeres de su familia. Artísticamente es el cuadro una asombrosa obra maes- tra ; moralmente considerado es una cosa repugnante y horrible, y en la cual no pueden detenerse los ojos sin quedar uno corrido considerando hasta donde lle- gó la impudencia del pintor y de los modelos. El pintor Pesne estuvo casado con una mujer muy bella , que le sirvió tam- bién ile modelo para varias obras ; pero en ninguno puso á prueba el pudor de la mujer que compartía su lecho. El rostió, las manos, la garganta de esa mujer se ven en muchos de los cuadros del marido; mas nunca su amor al arte traspuso los límites de la honestidad y ilel decoro con que debe una esposa ser tratada jior su consorte. F. íi. SCHMIDT V'SU KSPHSA. 153 No es necesario ser inteligentes para admirar el cuadro representado en osla lámina, porque su perfección , su gusto , su valentía son tales que están al al- cance del profano, que no comprenderá todas sus bellezas, pero que verá la verdad que resalta en todas sus partes. Es el cuadro una obra magnifica, un buen modelo del arte, y uno de los cuadros que mas han contribuido á la merecida y universal reputación de este eminente artista. JÚPITER Y A TlOPE , M (CUADROS DE TICIANO Y DE CORREGGIO. Hétios aquí trasladados de las consideracionesfilosóficas,morales, literarias y religiosas al mundo mitológico, en donde reina el doble capricho del mito y de la forma, relativamente á la pintura, y en el que se puede examinar distinta- mente la invención de la fábula y la creación del artista. Fijémonos antes en lo primero. La tradición del mundo entero nos habla de una primera edad en que reina- ban la piedad y la justicia. Ningún poeta de la antigüedad sabe prescindir del bello y delicioso recuerdo de una edad de oro. Pero, según la misma tradición, hubo una gran caida en el hombre, y cuanto mas se alejó este de su origen, tan- to mas se alteró la religión primitiva. Desfigurándose poco á poco las primeras verdades, y olvidado el culto de Dios, nació el culto de las pasiones, y hé aquí la idolatría. Ésta fue progresiva, y el envilecimiento á que indujo el politeísmo fue aumentando á medida que el hombre se alejaba de las primeros tradiciones. Ob- sérvese sino como las religiones que tocan con la cuna de las sociedades, no fue- ron idolátricas, ó eran menos impuras y tenian un objeto mas sublime. No se ad- vierten en ellas aquellas creencias y prácticas ridiculas, vergonzosas y crueles que afearon después, las aras de los templos y hasta mancharon las manos de los sacerdotes. Según llerodoto, los persas no erigían estatuas, ni altares ni tem- plos. Subían á las cimas de los montes para sacrificar á Júpiter, voz genérica JÚPITEH IÍ 10. • l**° entonces, que no designaba al Jove del Olimpo griego, romo después, sino la vas- ta redondez de los ciclos. Pero acumulándose siglos sobre siglos, se amontonaron errores sobre erro- res- la razón se ofuscaba á medidaque la corrupción se estcndia, hasta que la in- teligencia se vio con horror circuida con las sombras de la muerte. Y asi como aquellos antiguos pueblos adoraban la redondez del empíreo, reconociéndole co- mo magestuosa morada ó pabellón brillante de la divinidad, pasaron luego a li- jar lo vago de esta mansión en un punto mas determinado; adoraron al sol como al objeto mas grandioso y admirable del universo, inmolaron sus víctimas en las cimas de las montanas mas elevadas como mas cercanas á Dios, y desde donde dominaban al horizonte, lis muy notable pues la semejanza de los dogmas funda- mentales en el culto de los pueblos mas antiguos de que nos ha quedado noticia, indios, persas y judíos. Mas á medida que los sentidos iban cobrando dominio sobre la razón, debía ser asimismo progresiva la degradación del culto primitivo. La adoración del fuego puede considerarse «orno la segunda época del error, y como la hija pri- mogénita del sabeismo. Las mismas ideas del poder y de la acción de Dios les hicieron materializarais atributos, y el fuego y el agua, como principios feeunda- dores del universo, debían tener una parte muy principal en aquellos ritos: la lla- ma era conservada como un símbolo divino, y el agua lo era de purilicacion, asi como el aceite lo fue de santidad ya desde los tiempos de Jacob. Todas estos ideas de religión en pueblos tan distintos, remotos é incomunicados entre sí prue- ban en sana crítica que todos bebieron en su origen de la fuente común de la tradición primitiva. . . . , , No hay duda que el sencillo culto primitivo de los astros o elementos, se desfiguró desde luego, llegando sucesivamente á una abominación. El hombre siempre mas estúpido cuanto mas alejado de la verdad, no tardo en confundir con la divinidad misma los símbolos con que los primeros lejisladores quisieron ha- cérsela adorar, respetar y temer. Cuando creyó verse dueño de la divinidad, pen- só en acercársela. Pudiendo disponer del fuego, por ejemplo, multiplicando los fuegos creyó multiplicar sus divinidades, ó la presencia al menos del gran numen que adoraba en sus píreos ó templos del fuego. La tímida superstición pretendió siempre de sus númenes mas inmediatas garantías y hasta llegó á exigir que su poder y protección se trasladasen virtual- uiente á obras de sus manos. De aquí el uso antiquísimo de amuletos, medallas y talismanes en los cuales se figuraron residía una virtud secreta é invisible con- tra los peligros y la adversidad. He aquí los ídolos de Laban, el adorador de Dios coetáneo y pariente de Jacob. V cosa admirable! después de cuarenta y mas siglos, ni la religión judaica ni la cristiana han podido desterrarlos enteramente del mundo! li'tfi JÚPITUR Y ANTÍOPE. Cuando los pueblos se separaron, dice un moderno observador, llevó cada uno ¡i su nuevo hemisferio la memoria de la caida y la promesa de su reparación. Andando el tiempo, el orgullo de la ciencia encerró la verdad en el fondo de los santuarios, y la cubrió con un velo fabuloso. Agradó mucho al hombre el ocul- tar al hombre la necesidad primera de su destino. No se le transmitieron muchas veces las tradiciones paternas sino bajo la forma de alegoría ; se descompuso la gran verdad del dogma, por preservarla tal vez de la alteración que hubiera pa- decido en la versión popular. Se representaron sus hechos, sus enseñanzas ac- cesibles á las inteligencias comunes, con signos de un valor al alcance de todos; en lugar de simplificar, simbolizaron, y como quedaba incomprensible para la multitud el sentido oculto, acabó esta por dirigir al emblema los homenajes de- bidos al ser que representaba. Los sacerdotes, los iniciados adoraban al objeto, y los pueblos al signo. Los sacerdotes mismos, engañadores en un principio fueron también engañados a su vez, y estas desfiguraciones introdujeron insensiblemen- te la idolatría. A esto contribuyó también poderosamente la preocupación común á todos los pueblos ignorantes de creer que toda la naturaleza está animada. A los ojos del .salvaje todo ser que sejnueve tiene un alma, todo movimiento proviene de un espíritu que se supone muchas veces hasta en criaturas insensibles ó privadas de moverse. Los astros, los elementos, el mar, los rios, las fuentes, la lluvia, el true- no, los metéoros, todo lo que hace ruido; las cavernas, las peñas, los ecos, los animales, hasta los arboles y las plantas se consideraron como la mansión de una multitud de intelijencias activas, i|ue producen Iodo cuanto hace impresión á nuestros sentidos. Como todos estos seres tienen alguna relación con nuestras nece- sidades, y los diversos fenómenos de la naturaleza nos son alternativamente ven- tajosos ó perjudiciales, el bien y el mal que de ellos nos proviene se atribuyó á ciertos espíritus, genioso númenes que se suponíapresidiren ellos, ysecreyóque era menester honrarlos para atraer su benevolencia ó prevenir su indignación. Hé aquí una prueba de que la razón, aun en medio de sus delirios, ha repugnado el dogma absurdo y funesto de la fatalidad, y se ha persuadido que los aconteci- mientos no obedecen esa ciega ley del acaso, que es un nombre sin idea, sino que dependen de alguna voluntad superior al hombre, lista es la persuasión de la Providencia divina, desfigurada mas no destruida en los diversos cultos ido- látricos que han inundado la tierra. Otra preocupación general de que el hombre no supo precaverse por los lí- mites á que se halla circunscrito su entendimiento, fue el concebir todos los seres inteligentes tan semejantes á él, que les atribuía las mismas inclinaciones, las mismas necesidades y los mismos placeres que él sentía. Le fue imposible es- presar las operaciones de los espíritus con palabras diversas de lasque se servia para esprcsar las suyas propias, y le fue preciso, de este modo adaptar á los su- Jí'lPITKII lí 10. ' ^ puestos genios, dueños de la naturaleza, las espresiones que aplicaba á las ope- raciones de los demás hombres; así es como humanizó, pordccirlo así, á sus dio- ses por lo respectivo á la degradación moral de la humanidad, cargándoles de sus propios pasiones y miserias, ó valiéndonos de la bella frase uc un recieme escri- propios pasiones y miserias, o valiéndonos üe la bella irase de u» reciente escri- • „ „ p. Á ™ m l r!;,r;n¿HaHac al finn iH»:il Ho h n>r»nílp7a huíllí tor, figuró en sus divinidades el tipo ideal de la grandeza humana, y no pudo pasar de allí. Prestóles pues todas las afecciones de la humanidad, el amor, el odio, la piedad, la venganza, el orgullo, la ambición, hasta los caprichos y los es N p n o que levanta sus onda y gir las naves: Céres nos regala ._. doradas inieses: Pómona y Flora rien entre la las „ ,.™ - , las galas de la primavera: los bosques están poblados de sátiros y ninfas, así como los mares de tritones y nereidas. Tal es el origen de todos los sueños de las fábulas y de todos los absurdos mitológicos. Llena la imaginación de tantos objetos cuantos eran los caprichos de la vo- luntad y separada de la unidad eterna por una masa compacla de tantos erro- res , llegó á dar realidad á sus deseos, y estendió el imperio del mito hasta un término indefinido. Nuestros deseos, dice bellamente un moderno autor, son las súplicas que dirigimos á los objetos de quienes nos prometemos la felicidad. Así todo deseo es un culto del corazón que es el principio natural de toda religión. Todos cuantos no se remontan á la primera causa, tienen tantos dioses cuantos son los seres capaces de procurarles la felicidad, y desde que el hombre forma dioses, sabe también formarse divinidades. ¡Qué otra cosa son las pasiones ve- hementes y desenfrenadas sino ídolos que se ha forjado el corazón, y á los que rinde un culto ciego y temerario ? No es pues de estranar que á pesar de algún resto de tradición, que subsis- tiese aun sobre la unidad de Dios, débil rayo de la primera verdad que brillaba apenas al través de tantos vapores de corrupción, el Soberano del universo no tuviese templos ni altares en ningún lugar del mundo, escepto en aquel corto re- cinto que conservaba intacto el depósito de la tradición primitiva. El libertinaje y la corrupción debieron estender mas aun si cabe los límites de esta facullad de divinizar. En tiempos de ignorancia y en el seno de pueblos embrutecidos, nada presentó de chocante mezclar en el culto lo mas absurdo y lo mas abominable de las propensiones humanas, líl primero que atinó en que po- dían dedicarse las propias pasiones, no pudo dejar de tener gran número de pro- sélitos. Búsquese á la idolatría la causa que se quiera, dátese de la época qur acomode, siempre se hallará en cíla la marca de la corrupción ó de la debilidad, 158 JÚPITER V AM'ÍOPI!. nunca el noble distintivo de la razón. Unos han querido aplicar la mitología á las esplícaciones históricas; otros no han visto en ellas mas que ingeniosas ale- gorías; otros emblemas morales; otros en fin lian buscado en el Empíreo la llave de la fábula. Es sin embargo muy peligroso el reducirlo todo á un solo sistema, porque podía tener tantas causas ocasionales ó secundarias cuantas fueron las pa- siones que las produjeron. El velo del sepulcro divinizó todos los recuerdos, y el instinto de la inmortalidad tributó siempre á los finados un culto religioso. Ora es la piedad filial la que deifica un padre robado á su amor: ora una madre desolada forma un dios de aquel hijo, que la naturaleza no dejó llegar á ser hombre. Unas veces un padre que ha perdido su joven posteridad, invoca en ella en espresion de Quintiliano. los dioses de su dolor, numina dokrís ; otras el amor adolorido toma por objeto de su culto al ser tierno y amable que lo fue y. de sus adoraciones durante la vida. Tal vez la lisonja cortesana rinde honores divinos que acoje el poder supremo en la embriaguez de su delirio, sancionados después por la política de un sucesor ó por el beneplácito de sacerdotes idólatras. Los fenómenos de la naturaleza ya benéficos, ya terribles que naturalmente despiertan en el hombre la idea y la convicción de la existencia de un arbitro invisible, condujeron á la idolatría por ni rmniorimiento, y alguna vez conser- varon en ella por el terror. El lenguaje mi>i¡nj perdió insensiblemente su primer sentido, y sustituyó funestas y enigmáticas deidades á los símbolos de conven- sen ción, y emblemas tal vez inocentes en su principio. Una nación ingeniosa y sen- sible, dotada de una fantasía viva y fecunda, pobló los aires, los prados y los bosques de seres fantásticos, de alegorías seductoras, que engrandecieron el do- minio de la imaginación y de la poesía. Los poetas á su vez, creadores de un mundo mágico, cuyas brillantes ilusiones dieron alma á toda la naturaleza, fue- ron arrastrados por la multitud al pie de los altares que habían erigido, acaban- do, como los estatuarios, por adorar su propia obra. En fin, las invenciones de Hornero, las alegorías de Apeles, las estatuas de l'idias, todo fomentó la supers- tición amiga de lo maravilloso, y que se complace hasta en el miedo; y la igno- rancia de los idiomas, la confusión de las lenguas, las calamidades de la tierra que impelen al hombre á buscar un consuelo que huye de él, y sobre todo la es- peranza de olía vida mas feliz, que es un sentimiento inseparable de su natura- leza, las conquistas, las revoluciones de los imperios dispersando hombres y dio- ses, fueron añadiendo cada dia un nuevo anillo á la larga cadena de los errores y de las miserias de la especie humana. Tales fueron en gran parte las causas que llenaron el mundo de deidades, ya propicias, ya contrarias, ya torbas, ya risueñas, entre las cuales aun de diversos países, existen analogías notables, como hace advertir el Sr. Noel, al dar una ojeada sobre las diversas mitologías. Fácil es observar á primera vista, dice este escr itor, que las mismas fábulas han dado la vuelta al globo, y que unas mismas / ' rñ JÍll'ITKK K 10. I.'ÜI divinidades bajo diferentes nombres y presentando los mismos atributos, han re- cibido incienso de los mortales. La fecunda y brillante imaginación de los griegos supo embellecer las tradiciones egipcias llevadas allí por Orfeo y por los prime- ros legisladores. Y concretándonos ahora al mito, cuya representación ha dado motivo á es- te artículo, sabido es que, como dijimos poco ha, la palabra Júpiter designó en su principio, como lo entendieron los persas, la vasta redondez de los cielos, ese ámbito inmensurable del espacio que nuestra imaginación nos hace concebir en forma esférica y que encierra todo el universo visible. Y aun cuando esta deidad pasó por el alambique de la fantasía pelasga, siempre fue considerado como el mas poderoso de los dioses del paganismo, y según los poetas el padre de los dio- ses y de los hombres, y el dispensador supremo de los bienes y de los males, que con una señal de su cabeza ó con un fruncimiento de cejas trastornaba el universo todo. Los griegos le llaman Zeus, pues el nombre de Júpiter está formado de dos palabras latinas que significan padre que ayuda, sostiene ó protege, Juvat palcr. No hay duda que muchos personajes de la antigüedad llevaron este nombre ; y tal vez parecerá exagerado lo que dice Varron el mas sabio dé los romanos, se- gún el cual pudieran contarse hasta trescientos; número prodigioso que parece- ría inverosímil si no se supiera, por otra parte, como se ha hecho notar, que la mayor parte de los reyes acostumbraban tomar el nombre (le Júpiter. No obstan- te, Cicerón, contemporáneo y amigo de Varron, solo admite tres Júpiters, dos de Arcadia y el tercero de Creta, al cual los poetas han atribuido las acciones de sus homonymos. Por lo que toca á lafiliaciónque le da la fábula, Júpiter era hijo del tiempo llamado ckronor por los griegos, y Saturno por los latinos, y de Hhce ó Helia, á quien los poetas posteriores á Hesiodo y á Hornero designan con los nombres de Cybeles, de Ops, de Teilus, de Vesía, de Ceres, y du Buena Diosa. Sustraído al voraz apetito de su padre Saturno, que devoraba á todos sus hijos, fue educa- do al son de los instrumentos de los Coribantes, que le ocultaron en la isla de Creta sobre el monte de Ida, en donde fue alimentado con la leche de la cabra Amaltea. Instruidos los Titanos de que Saturno habia violado su promesa, esto es, que no dejaría con vida á ningún hijo varón, le destronaron y encarcelaron; pero Júpiter dio ya muestras de su poder, atacando á los Tilanes, libertando á su pa- dre y restableciéndole en el trono del mundo. Advertido Saturno por el destino, fatum, que Júpiter debia reinar sobre lodo el universo, recurrió á todos los medios para deshacerse de hijo tan peligroso; pero este le arrojó del cielo, y le forzó á ir á buscar un asilo en el Lacio. Desde aquel momento vióse Júpiter arbitro del cielo y de la tierra, cuyo imperio que era la sucesión paternal repartió entre sus hermanos, dando el reino de los mares á Neptuno, el de los infiernos á Plu- ton, y reservándose para sí el dominio del cielo y de la tierra. Los principios de su JÚPITER ÚTER > AMioPK reinado fueron turbados por los Gigantes, hijos monstruosos de la Tierra, á los cua- les esta incitó para vengar la muerte de los Titanes con los que suelen aquellos con- fundirse muy impropiamente. Los Gigantes en sus estraordinaiios esfuerzos amon- tonaron montanas sobre montanas para escalar el cielo. Los dioses, aterrados á la vista de Tifón, tomaron la fuga bajo la forma de diversos animales. Pero ha- biéndoles Júpiter alentado para el combate, los Gigantes quedaron vencidos. El mismo Júpiter, á quien aquellos querían destronar como usurpador, armado del rayo fulminó contra ellos, y los aplastó debajo los montes que les servían de es- calones, precipitando á otros en lo mas profundo de los infiernos. ¿Quién no des- cubre en este tegido mitológico el fondo desfigurado del reíalo bíblico sobre la caída de los ángeles proscritos y la torre de Babel? Después de tan completa victoria, aquella deidad holgazana viéndose pacífico poseedor del cielo y de la tierra, no se ocupó ya de otra cosa que de sus placeres. Hesiodo y Apolodoro dicen que casó con la oceáníde Mécis, la mas sabia de las dio- sas ; con Themis que era la mas justa; y con la oceánide Eurynome que era la mas bella. Otros autores hacen llegar hasta siete el número de sus esposas le- gítimas, pues á las tres ya indicadas, símbolos respectivos de la Prudencia, de la Justicia y de la Beldad, añaden la Titánide Mnemosina ó la Memoria, Céres, Latona, hija de Ceus, y Juno que fue la mas célebre de sus esposas, la única que participó del trono con él, y con la cual se enlazó á semejanza de su padre que habia casado con Rhea su hermana, y de su abuelo Urano que había tomado por mujer a su hermana Titea. Indicaremos por ahora las principales transformaciones de Júpiter, con las cuales hacia servir su poder para extender el imperio de sus goces. Sin embargo bajo estas metamorfosis que á primera vista solo parecen hijas de un capricho vo- luptuoso, no deja de ocultarse alguna lilosofía que Jas toma por símbolo de sus máximas ó axiomas. Transformóse Júpiter en cuclillo para introducirse al lado de Juno su hermana melliza; en lluvia de oro para corromper á Uanae, hija de Acri- so, rey de Argos; en cisne para poseer á Leda, mujer de Tindaro, rey de Launia; en sátiro para abusar de Antfope, mujer deLico, rey de Thebas; en serpiente pa- ra seducir á su.hija Proserpina; en llama para abrazará Egina, hija de Asopo, rey de líoecia; en águila para robar á Genímedes, hijo de Tros, rey de Troya; en to- ro para arrebatar á Europa, hija de Agenor, rey de Fenicia; en nube para gozar de los abrazos de lo, hija de Inaco. Tomó asimismo la figura de Diana para sor- prender el honor de Calisto, hija de Liscaon, rey de Arcadia, y la semejanza de Amfkrion, príncipe Tebano, para engañar á Alcmena su esposa. La mayor parte de estas metamorfosis están descritas en el libro XIV de la /liada y en el VI de las Transformaciones de Ovidio. Los amores de Júpiter debian darle una numerosa y brillante posteridad. Casi todos sus hijos fueron puestos en el número de los dioses ó de los semi-dioses. Las jÚPITtit Ú 10. 161 Parcas, las nueve Musas, las tres Gracias, Proserpina, Apolo, Diana, Hebe, Lu- cina, Marte, Vulcano, Helena, Castor y l'olux, Arcas, Minos y Redamanto, á quienes después de muertos hizo jueces de los infiernos; Hércules, Amíion y Zetes; Perseo, vencedor de Medusa, Argos y Pelasgo; Sarpedus, uno de los capitanes grie- gos en el sitio de Troya; Venus, la diosa del amor; Dárdano, fundador de Troya; Baco, el dios del vino; Mercurio, el mensagcro de los dioses; el gigante Tytion, el dios Pan; Piritoó, y muchos otros, lié aquí la alta é innumerable progenie del pa- dre de los dioses, progenitor de casi todo el Olimpo y gran patriarca de casi todas las divinidades de la fábula. Y adviértase además que casi todos los pueblos de la antigüedad lian tenido su Júpiter, lis celebrado el Júpiter-Ammon de los Ly- bios, tal vez el mas antiguo de todos; el Júpiter-Serapis de los Egipcios; el Jú- piter-Helo de los Asyrios; el Júpiter-Urano de los Persas; el Júpiter de The- bas en Egipto ; el Júpiter-Assalino de los Etiopes ; el Júpiter-Papeo de los Estilas; el Júpiter-Apis, rey de Argos, nieto de lnaco ; el Júpiter padre de Dár- dano; el Júpiter-Pieto, tiodeDanae; el Júpiter Asterio , rey de Creta, que robó á Europa y fue padre de Minos ; el Júpiter-Tántalo, que arrebató á Gany- medes; el Júpiter, padre de Hércules y de los Dioscoros, que vivía sesenta ú ochenta años antes del sitio de Troya; el Júpiler-Apónimo de los Eleenos; el Jú- piter Hymecio de los Atenienses; el Júpiter-Taianis délos Gaulos; el Júpi- ter-Feretriano y el Júpiter-Estator de los (tómanos. Fue asimismo adorado Jú- piter bajo los nombres de Olímpico, de Capitalino , de Triunfador, de Ñemeo, de Lytco , de Dicteo, de Lacial, de Epifano, de Plussio , de Marcio , de Custo- dio ó Guardian , de Invencible, de Hospitalario, de Emperador, de Luceri- no, etc. Los poetas le lian designado también bajo los nombres de Nicéforo, victorioso; áaStemus, robusto; de Omnipotente, de Valer divum, hominumqué rex ei deorum, dándole á un mismo tiempo el dictado de padre y el de rey, que comprenden la suprema autoridad de un hombre sobre otros; de Fulminalor, ó arrojador del rayo ; de Tempeslatvm ventorumque poleas, para demostrar el poder soberano que encadena y suelta cuantío le place las tempestades; pero sobre to- do se le ha prodigado las mas de las veces aquel doble dictado que abarca las dos atribuciones mas propias para la divinidad, que son la bondad y la gran- deza , Optimus Maxitnus, y que con tanta frecuencia se aplican al Dios de los cristianos, al verdadero Dios. Si Júpiter fue adorado en tantos pueblos y bajo tantos nombres diversos, debe atribuirse á la habitud que tenían los príncipes y los héroes cuando recibían algún grande beneficio de Júpiter de levantarle una estatua , ó un templo, ó un altar , y de darle un nuevo nombre que recordase el beneficio ó el reconocimiento. Los tres mas célebres oráculos de Júpiter eran el de Dódena, el de Lybia y cl de Trofonío. Las víctimas que ordinariamente se le inmolaban erau la cabra, la oveja y el toro blanco, cuyos cuernos se procuraba dorar, y muchas veces se con- .ll'l'lTElt tentaban con ofrecerle harina, sal c incienso. Nunca se le sacrificaron víctimas humanas, como á Saturno y á Diana ; y entre los árboles la encina y el olivóle estaban particularmente consagrados. «Nadie, dice Cicerón, le honraba mas es- pecial y castamente que las damas romanas.» Por mas absurda que nos parezca la historia de Júpiter, es fácil conocer que bajo este nombre genérico honraban los paganos á un dios superior á todos los demás dioses, que con su presencia llenaba el universo, .loáis omina plena. Y es- te atributo de inmensidad guarda mucha analogía con el de Dios, de quien dicen los libros santos que imple! opm i r a , que llena su obra, que es toda la crea- ción Fstobeo nos ha conservado íntegro este himno griego que atribuye á un cierto hombre llamado Cleanto : «¡O padre de los dioses! tú, á quien bajo tantos nombres se invoca, pero cuya virtud es una é infinita; tu , el criador de este universo que gobiernas según los consejos de tu sabiduría, ¡oh rey omnipoten- te ! yo te saludo , pues te dignas permitirnos que te invoquemos. Tú serás, oh lúpiter la materia de mis alabanzas , y tu soberano poder será el asunto ordi- nario de mis cantos. Todo se halla sometido á tu imperio, todo teme los rayos que fulminan tus manos siempre victoriosas, etc.» Parecía pues como si tos paga- nos honrasen en Júpiter un dios único , del que no tenían sino una idea imper- fecta porque sus pasiones habian oscurecido su imagen, y que en su amor o en su'reconocimiento habian trasladado á los hombres poderosos ó recomenda- bles por sus beneficios el culto debido únicamente al Arbitro supremo del uni- verso. ,. , , Por lo común se representaba á Júpiter bajo la hgura de un hombre mages- UlOso con barba, sentado sobre un trono de oro ó de marfil, llevando en su mano derecha un rayo, figurado por una especie de tizón ardiente de dos cabos, ó por una máquina puntiaguda por ambos estremos, y armada de dos flechas, v en la izquierda una victoria ó un cetro de madera de ciprés , teniendo a sus ñíés un águila con las alas tendidas. La parte superior de su cuerpo estaba des- nuda v la parte inferior cubierta. Según algunos antiguos mitólogos el trono por su estabilidad simbolizaba la seguridad del imperio de Júpiter; la desnudez de la carie superior de su cuerpo manifestaba que el Dios era visible á los mora- dores de los ciclos, mientras que la parte inferior cubierta indicaba que estaba oculto á los habitantes de la tierra : el rayo anunciaba su poder sobre los mis- mos dioses • el cetro de ciprés la eternidad de su imperio; la victoria que esta nunca le abandonaba , y el águila que él era el soberano de los dioses y de los hombres como esta ave lo es de todas las demás. Los Cretenses representaban á Júpiter sin orejas para marcar su omniciencia ú su imparcialidad. Los Lacede- monios al contrario , le daban cuatro orejas para que estuviese mas en estado de escuchar las plegarías que se le dirigían. Cuando en lugar de una corona de en- cina de olivo ó de laurel , lleva el modiurn, es el Jupiter-Serapis, o Infernal; JÚPITER É 10. ***" con cuernos ó la raheza (lo carnero, representa a Júpiter Ammon-Orlio , o mas bien el poeta, que se ha ocultado bajo este nombre célebre, \ áEHINÜ. HIÜ leria para el poeta. La gruta del salvaje , la morada del hombre social la sen- cilla aldea y el retrete del filósofo, todo está á su disposición. El hombre moral se desenvuelve también á su vez , y la vida que tiene asimismo sus estaciones las flores de la infancia , los fuegos de la juventud , los frutos de la edad y el hielo de los anos , todo se armoniza bajo el pincel del artista para embellecer v completar el cuadro. Thompson manifestó en el desempeño de su empresa que era digno de ella Las imágenes mas bellas é interesantes se ven como prodigadas en su poema' Ora introducido en un laborioso enjambre , ora siguiendo el vuelo del águila ya junto a la choza del labrador , ya entre los jardines del poderoso siempre variado y siempre agradable , su poesía ríe con las gracias de la primavera brilla en os colores del Iris y de la aurora , en los matices de las flores sigue e vue o de los pajaritos , su infancia y sus amores, y pinta aquella luz 'apaci- ble del sol que baña suavemente los tesoros de la joven naturaleza Entre los ardores del estío busca las sombras regaladas de los bosques los frescos arroyos , para hablemos allí de felicidad. En la calma abrasada del me- diodía nos retrata con dulces versos el sueno de la inocencia que anuncia la ho- ra del deleite. Rico siempre y fecundo , nos distrae con escenas variadas y cu- nosas y en la tranquilidad del campo nos recuerda los estragos de las fieras y la desolación de los hombres. ' Truécase la pintura en el otoño bullicioso. El campesino pacifico sale arma- do de su cabana , y se divierte en destruir a los inocentes animales. A las mic- C m to aS dC mar a 1 r ZL et moso que*" cubre con espumas °' púrpura. "I " » P° "recoge e sucede el mosür se "f"""" ° ° de ' El labrador *•"•>, la" losóles *' y d "•" C °' ) y Cl J a y ° araelIre"tim la solelIal1 Y h"«™ «so- Mientras la naturaleza parece que cae desmayada en brazos del invierno y cl reino vegetal conserva apenas algunas señales de vida , el pensamiento del hombre se eleva con calma al Ser Supremo , y parece dominar sobre la misma creación, lis una especie de delicia para el rústico oir bramar los huracanes hu medecidos con la lluvia y envueltos en la oscuridad desde su choza débil y va- cilante , mientras el filósofo medita en silencio los arcanos de la sabiduría y de la virtud. El corazón lienc mas fueiza , y cl amor, que no puede esplayarse por las escenas risueñas de la naturaleza , se reconcentra en el alma y nos hace sentir mas sus vivificadores fuegos. Thompso,, se muestra á veces pródigo de erudición , <•»„ mengua de la facilidad de las transiciones y de la oportunidad de las escenas. El género pas toral o bucólico , á que pertenece el poema, es como una de aquellas ninfas campestres , cuya belleza debe abundar mas de gracias que de tesoros Fe- cundo en demasía para recuerdos históricos y pensamientos morales parece el El. 1NMKIIMI. 181 poema en ciertos pasajes un tratadofilosóficoembellecido con las galas de la fantasía. Si esta superabundancia pudiese bajo algún aspecto ser una falla, se- ria la falta de los grandes talentos que menos saben ser circunscritos que inago- tables. Algunas pinceladas de Virgilio nos introducen en una escena deliciosa, delineada muchas veces en el mismo diálogo. Casi nunca vemos á Teócrito sino en sus personajes. El drama anima las situaciones mucho mas que la relación mas entonada. Thompson es admirable en sus descripciones, pinta con mano maestra el mundo moral; pero las galas mismas de su imaginación perjudi- can alguna vez á la concisión, que es la viveza del colorido en el cuadro de la palabra. El poeta inglés no es lan feliz como Virgilio en la candidez pastoral, ni iguala á Gesner en la espresion del sentimiento. Le juzgamos según la antigua escuela, en cuanto se apoya en los principios generales del gusto. Amamos co- mo el que mas la libertad del poeta en transportarnos á distantes y variadas es- cenas, y no tenemos ya por admisible aquella monotonía de sensaciones que nos hacia adormecer bajo la sombra de un bosque y al murmullo de un arroyo: ad- mitimos con gusto la variedad, el movimiento, la agitación y la sorpresa, y la rapidez de las sensaciones. Pero que jamás falte el hilo secreto que enlace in- sensiblemente estos rasgos dispersos en un centro común : por mas que se diga y que se quiera suponer, esa tendencia á la unidad, ó de plan ó de objeto, será siempre para nosotros una ley cierna de todo lo bello. El cuadro de Schelfhout, trasladado primorosamente al buril, ofrece con sorprendente realidad la árida y escuálida imagen del invierno. Aquel grupo de rústicos edificios rodeado de un bosque sin hojas, al que solo ha quedado el es- queleto de los troncos; aquella llanura muerta á la vida de la vegetación, aquel horizonte de nieve brillando á los pálidos reflejos de un cielo oscurecido por la niebla, todo ofrece un gran conjunto de verdad. Cada ano, como si fuese un ser viviente, ha de pasar por el invierno como por un sepulcro, para recobrar de nuevo eí verdor y la vida. En efecto, la naturaleza parece muerta, y envuelta además en una atmósfera nebulosa y sombría como en una mortaja. El labrador abandona sus campos que descansan como de sus pasadas fati- gas- los hombres los atraviesan temblando y como ateridos de frió, buscando la lumbre, cuya llama'pálida se llalla debilitada en medio de una atmósfera de hielo. Entonces es cuando busca en las grandes ciudades una temperatura arti- ficial en los brillantes recintos de sus placeres. Sin embargo, en las bellas re- giones del mediodía, en las cuales el astro del dia tiene aun bastante fuerza para disipar la niebla, ofrece el invierno los dias mas hermosos del ano. Sus purí- simos rayos bañan de luz las nevadas eminencias de las blancas montanas, y liacen resplandecer como luciente alabastro las llanuras cubicrlas de nieve. Un I8á v.i INVIEKNO. claro dia de invierno ofrece á nuestro país encantos que no conocen aquellas re- giones sombrías para quienes es el invierno como una noche fria y prolongada, á la manera que en una noche serena y helada brilla el firmamento con mas tersura haciendo titilar mas vivas las estrellas en los azulados espacios de la in- mensidad. Esos seres vivientes , así hombres como animales , que vagan perdidos so- hre la aridez de los campos, cual si fuesen los restos de un naufragio sobre una tierra desolada, ese cielo blanquecino que refleja su débil luz sobre un vasto panorama de nieve , me indican , ó gran Dios , que bajo de esta muerta natu- raleza se ocultan la fecundidad y la vida ; que de ese alternado giro del tiempo nacen los encantos del universo. Asi lo dispuso tu providencia en su economía suprema é inapeable, Ul hombre no vive ni goza sino por los contrastes, y to- dos sus placeres son relativos. Lo absoluto, lo inmutable solo se halla en Dios. La idea de una primavera eterna , como han soñado los poetas , es un contra- sentido, es un engado. El dia delie á la noche sus galas, y atractivos. La vida primaveral con todas sus bellezas y gustos se debe á la descarnada interrupción de la e&tacion del hielo. Todo goce , todo amor debe ir precedido de ilusiones y de esperanzas , de privación y de deseo , y si bien se considera , pudiéramos afir- mar que en cierto modo nosotros debemos al dolor nuestras mas dulces sensacio- nes , no al dolor actual, sino al dolor cesado , ó al dolor vencido. Una felicidad sin orillas no es felicidad. Estos goces sin mezcla alguna de dolor engendran el hastío ó el fastidio ; y se ha dicho muy bien por un n'lásofo, que cualquiera que sin ser Dios pudiese tanto como Dios , seria la mas infeliz de las criaturas , por- que estaría privado de la esperanza. Uno de los ejercicios á que algunos pueblos de Europa se dedican durante el invierno es el patinar. No es nuevo , sin embargo , este género de ejercicio y es muy probable que deba su origen mas bien á la necesidad que al deseo de di- vertirse. No hay duda .que vino de las naciones del Norte , y aun se supone que fue inventado en Holanda , en donde se ve á las lecheras llevando vasos llenos sobre su cabeza y triscando durante su camino , salvar considerables distancias para ir á vender su leche en los pueblos vecinos. Son ya muy antiguos en Lon- dres los juegos sobre el hielo : ya en el siglo xm se ejercitaban los jóvenes en lanzarse sobre el helado rio con la rapidez de una Hedía, simulando combales peligrosos. Existia en Edimburgo un club de patinadores que generalizaron en los tres reinos unidos la fama de los patinadores escoceses, lin Francia es tam- bién muy común Amular patinando las figuras de una contradanza con lauta gracia como si estuviesen en medio de un salón de baile, mientras otros girando diestramente trazan con rapidez sobre el hielo con el corle de su pulin , ó cal- zado para patinar , todas las le Iras del ¡il labelo , ó dibujan pájaros , paisajes y á veces retratos. Hasla las elegantes parisienses vienen como las señoras rusas á 101. l \ VII1HM». I Nlt disfrutar en liseras trineos este género ele divertimiento. Entre los noruegos el ejercicio de patinar forma el forzoso complemento de toda educación militar, y es un hermoso espectáculo el ver 4 sus intrépidos soldados deslizarse como un rayo por la pendiente helada de sus montanas sin mas ayuda que dos flexibles planchas de abeto puestas en sus pies, y volverlas á subir con una casi igual ra- pidez sin otro apoyo que una larga estaca armada de hierro. Los patinadores re- corren con la mayor velocidad las mas largas carreras, y este ejercicio .aunque fatigoso, tomado moderadamente es muy favorable á la salud. Pero exige en el que lo practica tanta prudencia como aplomo, porque espone ácaidasdepeligro, y mas de una vez se lian visto patinadores temerarios hundirse en un abismo de hielo que se abre á sus pies. Infinitos son los medios que tiene el hombre para ostentar su poderoso ge- nio am cuando mas cruda se le muestra la naturaleza, doblándola aun cuando parece mas rehacía a los caprichos de su fantasía. Imaginaos un palacio dia- mantino cuya inmensa fachada es diáfana como el agua, y cuyo pórtico, orna- do de hermosos relieves, sube á una altura considerable: vénse ala entrada una multitud de estátuasde diamante, espectáculo tan maravilloso como el pa- lacio de los Dioses, imaginado por Hornero. Varias columnatas de cristal sostie- nen las bóvedas transparentes del edificio, multiplicando los rayos del sol, y al través de sus paredes diáfanas se descubren árboles, paisajes, escenas ani- madas, como cuadros ejecutados por el mas hábil pincel. Seis cañones de cris- tal y dos morteros con sus cureñas y ruedas, también dü cristal, defienden la entrada del palacio. Inflamada la pólvora dentro de aquellos tubos, arrojan una bala de hierro sin ellos romperse. Dentro de aquellos salones mágicos se reúnen los grandes de una corte soberbia, y resuenan las melodías de una orquesta, y se improvisa un baile magnífico. Este prodigio ha existido por dos veces en San Petersburgo, pero todo este aparato grandioso y encantador, este suntuoso edificio no era mas que un poco de agua convertida en hielo, de la cual la in- dustria del hombre había hecho la magnífica morada de un monarca. Esto se vio en 1740 y á principios de este siglo. La nieve, dice un autor, es para una gran parte del globo lo que las aguas del Niloparael ligipto: cubriendo'nuestras tierras de blancas y lucientes al- fombras en la estación del invierno, impide que el frió destruya los granos y el germen de las plantas, y así calienta y fertiliza los campos. En las laderas del monte Atlas se ven desde abril las puntas verdes de las espigas atravesar la blan- ca superficie de la tierra, y crecer y desarrollarse á medida que se disminuye la nieve : apenas desaparece enteramente de los campos, cuando el trigo pre- senta sus doradas espigas que caen bajo la hoz del segador. Los habitantes de la Saboya y de la Suiza deben á la nieve toda su riqueza. Al regreso de la primavera, cuando la nieve abandona los pastos que ha conservado, los pas- INí " i;i. nviEino. toros conducen sus ganados á la falda de las montanas, bendiciendo ;'t la Pro- videncia que cuida tic vestir á la tierra para preservarla del rigor de las escar- chas. Así es como el agua solo muda de forma para multiplicar sus bene- ficios. Por lo demás, si la pintura es grande, considerada como arle de imitación, y considerada en general, no lo es menos cuando nos reproduce los vastos y va- riados cuadros de la naturaleza. Entonces el pintor crea en su fantasía y tras- lada al lienzo, una de esas brillantes perspectivas, que sin tener modelo exacto en la realidad, le tienen en las partes de que se componen, y cuya combina- ción, conjunto y armonía constituyen esa potencia creatriz, inagotable en sus recursos y en sus formas de imitación. Pero cuando el pintor se propone repre- sentar un período determinado, como por ejemplo una llora del dia, una esta- ción, escoge hábilmente y ofrece reunidas las circunstancias mas marcablés que caracterizan la perspectiva, al modo que el poeta que se propone pintar un ente moral, como por ejemplo un avaro, un tirano, elige todos los rasgos principales que pueden entrar para perfeccionar aquel tipo. l)e ahí se deduce fácilmente que será mas difícil el presentar la imitación, cuanto mas difícil sea idear, escoger y armonizar las partes que deben compo- ner el conjunto. La florida primavera, por ejemplo, con la abundancia de sus galas, con la riqueza de sus matizadas florestas, con tollas las ríen tes gracias de la joven naturaleza; el abrasado estío, con sus regaladas sombras, con los tesoros de sus doradas mieses, con las comparsas de los segadores; el fértil otoño, con su coronado pámpanos y con sus espumas de mosto, y con las alegres tur- bas de las cacerías, ofrecen mas que abundante cosecha para hermosear ej cua- dro vivo y bullicioso de una naturaleza pródiga de sus encantos ó de sus frutos. Pero la negación de la vida, la ausencia del placer, la crudeza del invierno des- . poja la fantasía de atractivos como ai árbol de sus hojas: el pincel, lielado co- mo la escarcha, no puede presentar mas que una privación universal, la ausen- cia de la fecundidad y de la vida, esa vida reconcentrada toda en el corazón como en su último asilo: los animales, como los hombres, buscan tudos un abri- go, y el pincel debe representar también el silencio de los aires, esa soledad de un cielo sombrío del cual se fian alejado los coros de alados cantores que van en busca de climas mas dulces. El invierno es el emblema de la esterilidad y de la muerte, y aunque no carece de bellezas esta especie de desnudez, esta suspensión de las fiestas de la naturaleza, requiere mas ingenio en el pintor y mas elección en los recursos. T'DZV.'JXICS.i.i 7 ESPOSA DE GODOFREDO MNCK. i CUADRO DE REMBRANOT. i No es de admirar que el famoso Rembrandt ocupara su pincel en hacer el retrato de la esposa de Godofredo Flinck , porque este había sido su discípulo y amigo, y porque la esposa fue una mujer á quien Rembrandl amó con deli- rio , desde el momento en que la hubo conocido. Flinck nació en Cleves en 16H , y desde joven manifestó su afición y su talento para la pintura. Después de haber estudiado con varios maestros , se fuá á Amsterdam , en donde entró en el estudio de Rembrandt, cuya máxima y gusto imitó de una manera admirable. Habiendo visto algunos cuadros de escue- la italiana se aficionó á aquel estilo , lo estudió profundamente y llegó á ser un grande artista en aquel género, como había ya conseguido serlo en el otro. Pin- tó algunos grandes cuadros históricos por encargo de la ciudad de Amsterdam, y murió a la edad de 44 anos, antes de haber terminado aquellas obras de que solo dejó tres completamente finalizadas, lin un viaje que hizo á Italia se ena- moró de una joven florentina , luja también de un pintor, y se casó con ella. Al presentarla en Amsterdam, Rembrandt no pudo verla con indiferencia, y pidió a su antiguo discípulo que le permitiera retratarla. Flinck no tuvo inconvenien- te y el pintor hizo el retrato cuya copia tenemos á la vista. Adelina se presentó para ser retratada con los guantes puestos , y se obstinó en no quitárselos cuan- do Kcmbrandt quiso pinlar las manos, listo le hizo sospechar que las tendría defectuosas, porque no era de ningún modo probable que a tenerlas tan bellas 1 Sli H H T K I T O I)!-; l.\ HKl'OSA Di; I Í I H I O H I K D O II.IMIK. como la cara se hubiera negado á ponerlas de manifiesto al que debía trasladar- las al lienzo. Flinck quedó muy contenió del retrato hecho por su maestro : mas tampoco ie sacó de duda relativamente a las manos de Adelina, limitándose a decirle que eso había sido un capricho de su esposa. Así quedaron las cosas du- rante la vida de Flinck , manteniendo Rembrandt una cordial amistad con la fa- milia , sin que no obstante consiguiera mas aclaraciones con respecto a sus du- das , pues Adelina llevaba siempre los guantes puestos, y nunca pudo Rem- brandt hallarse en ninguna de aquellas escenas de familia , en que hubiera sido indispensablemente necesario presenlarse con las manos desnudas. Creyó haberlo conseguido cuando con motivo del casamiento de una hermana convidó á la co- mida de boda á Flinck y á su esposa, y fue el convite admitido por ambos. Realmente asistieron á la boda: mas pocos momentos antes de sentarse á la mesa Adelina se puso enferma y hubo de retirarse a su casa. Desde aquel día no hizo Rembrandt diligencia alguna mas á fin de aclarar aquel misterio : com- prendió que Adelina tenia un empeño decidido en ocultar las manos y juzgó que seria ya una impertinencia insistir en el descubrimiento de ese arcano. Adelina liabia inspirado a Rembrandt un amor verdadero y que iba rada día en aumento ; mas en medio de ese afecto vehemente que le inspiraba ocurrían- le dudas que no le dejaban tranquilo. Si las manos hubieran sido naturalmente defectuosas perdonáralo el amante de muy buena gana; pero muchas veces le ocurrió la idea de si padecería en ellas alguna dolencia que las hiciera asque- rosas y repugnantes. Rechazaba ese pensamiento con ira; pero no podia sufo- carlo del todo : y muchas veces estuvo á punto de separarse de la amistad y de las relaciones que sostenía con Flinck , temiendo que si un dia resultaban verda- deras sus sospechas , se vería precisado ¡i Verificar una retirada brusca y que ofendería á su amigo. En este estado se hallaban las cosas citando Flinck murió casi repentina- mente y mientras Rembrandt estaba ausente de Amsterdam. Al volver a esta ciudad fue á ver á su viuda , y la halló tan hermosa como siempre , aunque te- nia pintado en el rostro el dolor que le causaba la pérdida del marido á quien había amado entrañablemente. Estaba Adelina abrigada con un holgado ropón debajo del cual tenía ocultas las manos ; mas en un movimiento que hizo con la cabeza se le vinieron al rostro sus largos cabellos y con la mayor sencillez del mundo sacó de debajo del ropón la mano dereclia para retirarlos. Rembrandt se quedó pasmado : en su vida habia visto una mano tan hermosa : las que en arlos anteriores habia buscado para modelos de sus cuadros eran feas al compa- rarlas con la que Adelina le presentaba por la vez primera. Por un momento tuvo una alegría inesplicahle ; mas luego le ocurrió la ¡dea de que no liabia visto mas que la mano dereclia, y que bien podia ser que el defecto ó la dolen- cia estuvieran en la izquierda. Quedóse pues como antes, y aun peor si cabe, BBTBATO HE U ESPOSA IIK COIIOmiMI H.IM:h. ÍSI porrillo pensar que a aquella hermosísima mano correspondería otra asquerosa ó mutilada era una idea atroz, i Cómo lo haria llembrandt para salir de esta última duda? , . . Algunos meses transcurrieron sin adelantar un paso, porque el invierno era frío , la viuda le habia recibido pocas veces , y en todas ellas la encontra- ba rebujada en el ropón , y con las manos resguardadas debajo del mismo. Aguardó la primavera con la seguridad de que desaparecería el ropón y de que tal vez alguna casualidad como la pasada pondría de manifiéstala mano iz- quierda Vino por fin el mes de mayo, y con él la época de las llores a que Adelina era tan aficionada como una holandesa. Tenia en casa un pequeño jar- din v cuidaba con mucho esmero los hermosos rosales que había hecho traer de su patria Mas como las rosas tienen espinas y los rosales están erizados de ellas cuidaba de estos llevando metidas las manos en los guantes. Itcm- brandt la encontró una mañana ocupada en aquella tarca , y decidido á no salir del iardin sin salir antes de sus dudas , la ayudó al arreglo de los rosales, v con mucho disimulo y destreza hizo de modo que se le clavara en la mano izquierda una aguda espina. Dio Adelina un grito , que conturbó el alma de Hembrandt, creyendo que hubiese herido una parte dañada ; pero Adelina sin dar al hecho mas importancia que la natural de una punzada imprevista , acu- dió al instintivo remedio de meter el dedo herido en la boca ; y como para es- to era un estorbo el guante se lo arrancó aprisa y espuso a los ojos del sor- prendido artista una mano hermana carnal de la bellísima que ya conocía. Que- dóse pasmado; Adelina notó su asombro y le preguntó qué le sucedía. Rembrandl entre confuso , avergonzado y arrepentido confesó todo lo que en sus adentros había pasado ; añadiendo que ahora comprendía bien la razón de que siempre llevara las manos cubiertas. ¿Y cuál es • preguntó Adelina. El temor de que ? el sol y el aire las marchiten. ¿Tan hermosas os parecen? preguntó Adelina con gazmoñería. Tanto , dijo Bembrandt, que me consideraría el hombre mas feliz del mundo si os dignarais darme una de ellas. Las dos son vuestras dijo Adelina tomad la que gusleis. llembrandt cogió las dos , las cubrió de besos; v á los ñocos días enlazaba su derecha con aquella derecha tan hermosa , y un sacerdote los unía con lazo indisoluble. Hembrandt quiso que en adelante su esnosa continuara llevando las manos cubiertas , temiendo que aquella belleza se malograra o que llamase la atención de otro hombre. El mismo empeño habia tenido Flinck , porque uno y otro conocían el mérito de una mano her- mosa , y todo lo que es capaz de inspirar al que posee el sentimiento (le la bc- % elogio de este retrato está hecho sabiendo quién es su autor cuyas obras figuran con razón entre las de los mas aventajados artistas. Se distinguen las ile este por su entonación robusta , y su valentía: siendo notable en par- 188 RETBATO DE LA KSI'U.SA lili liOIHIFMDO FLINCK. ticular las muchas que ha hecho sacando un partido asombroso de la loz ar- tificial y del resplandor del fuego. Todos los museos de las ciudades del norte poseen cuadros do este autor , que pintó mucho , y que en su genero y gusto puede reputarse , si no por único , por el primero al menos entre cuantos han trabajado por su estilo. (CUADRO DE N. BERGHEM.'. Es la naturaleza tan variada, fecunda y caprichosa , que no hay sitio al- alino en la tierra que no ofrezca asunto para un hermoso cuadro de paisaje. A esto se deben la inlinidad de pinturas (|uc los artistas han dedicado a este obieto como el sin número de descripciones que leemos en los poetas y novelis- tas Y sin embargo de que parece (juc la materia debiera haberse agotado , o hacerse pesada la pintura y la descripción de este género de asuntos, no es asi porque en cada uno que el arte presento hay alguna novedad, como la hay en cuantos ofrece la naturaleza. Basta viajar una legua para ver multitud de pun- tos rae pudieran ser representados con novedad en un lienzo o espuestos en un « , to CeXTueel agía al fin y a, cabo es siempre agua; pero unas veces * nos presenta marchando majestuosa y lentamente en abundante caudal, otra I. vnmos sernentear como una cinta entre el verdor de las margenes, cuyas ' J " : C e L i a el suelo; ya .despena en atronador torrente « £ balando la tierra que forma su cauce; ya desprendiéndose , « p a n t o b c a U rata levanta una nube de espuma que cega los ojos imentocón eUslrep, o de su caida ensordece al hombre que esta cerca , y hace retumbar laucón avi lytl PAISAJK. fuentes con todos los colores de las piedras y (le la tierra que forman su angosto lecho, podemos decir que no tiene color propio , sino que admite ya los de las nubes que tiene encima, ya el azul del lirmainenlo, ya el verde de los árboles que crecen en sus orillas , ya el de las tierras que arrebata, ya el de todos los objetos por encima de los cuales se desliza. Y basta seguir el curso de un solo manantial para observar todos estos accidentes; porque el mismo arroyo que corre manso y murmurador entre los cantos rodados , cuya .superficie él mismo ba puesto lisa y brillante, al encon- trar una peña que asoma por encima de su lecho se lanza por arabos costados, salta por encima , forma espuma, se hace ruidoso y travieso , para otra vez correr mansa y dulcemente cuando no halla obstáculo, y se despeña furioso cuando encuentra una roca verticalmente tajada , y serpentea entre la maleza y entre las piedras buscando el camino mas hondo ; y convertido en cien brazos se sumerge en el receptáculo natural ó artificial á donde le conduce la natura- leza del terreno que recorre. V en todos esos accidentes es bello, es caprichoso, ofrece novedad y variaciones sin cuento , que cambian á cada instante , porque mientras corre trabaja de dia y de noche , carcomiendo las piedras que halla al paso, llevándose la tierra de las márgenes, redondeando los cantos que no pue- den resistir su empuje, socavando el lecho por donde camina, torciendo el curso cuando de pronto no puede romper el obstáculo, saltando por encima cuando los mismos objetos que arrastra se amontonan y le disputan el paso, y estendiéndosc cual si quisiera formar un lago cuando halla un suelo plano. Así pudiéramos ir discurriendo acerca de todos los objetos que la natura- leza nos presenta; y en todos ellos encontraríamos las mismas variaciones igual número de accidentes , tan nuevos siempre, tan bellos, lan inesperados que no podemos verlos sin proferir una csclamacion que manifiesta nuestra sor- presa y el placer que su vista nos ha causado. Buscad en la naturaleza un objeto uniforme y hecho á compás y á regla , como nuestras calles y nuestros paseos , y no encontrareis ninguno. Usa regularidad, esa monotonía son con- trarias á la naturaleza , cuya hermosura está fundada en la variedad continua Per Iroppo vanare natura e Mía. También en la naturaleza hay paseos y ca- lles de árboles; pero en vano buscaríamos la igualdad en las distancias entre estos , ni el paralelismo en las dos líneas de aquellos; los árboles nacieron en época distinta, son de distinta clase, y ni su altura , ni su forma , ni su color son iguales. Kl todo tiene regularidad , las partes no están sujetas á regla algu- na. Cor esto la naturaleza es tan bella: por esto á cada paso nos presenta un paisaje diferente : un paseo nuestro, aunque diese la vuelta al mundo no ofrcec- ria variación alguna; el primer paso seria igual á todos los demás; en la na- turaleza cada paso es distinto del anterior y del que le sigue. Kn todos los países te pintores han producido muchos cuadros de paisaje; y 1'AISA.IK. I !l¡ esto no debe admirarnos, porque el pintor sabe que en ninguna parte ha de en- contrar modelos mas hermosos que en la naturaleza, y a ella va á buscarlos. Pero no en todos los países son iguales los cuadros de tales pintores: cada uno copia loque tiene a la vista, viniendo con esto los cuadros de paisajes á ser un ál- bum que representa el carácter y las costumbres de todos los países del mundo, lín el norte se ven muchos cuadros de países nevados, en el mediodía se ven cuadros de países en donde se nota el ambiente caluroso, aun cuando no reve- laran los árboles y otras plantas que el pintor (eniaá la vista un sitio en país meridional. Una singularidad se nota no obstante en los museos de los países del norte , singularidad que se comprende luego que se ha reflexionado un poco. En efecio , en aquellos países en donde la niebla durante ocho meses reduce á muy limitada estension el horizonte, en donde la luz del dia aparece á las diez de la maííana para ocultarse antes de las tres de la larde , en donde es un aconte- cimiento ver todo un dia sereno, ó una puesta de sol que deja el horizonte de color de naranja y oro , es precisamente en donde se ven mas cuadros en que «stá representada una hermosísima tarde ó una mañana deliciosa. Y es que co- mo esas escenas son muy raras, ofrecen k los ojos de los pintores una novedad que no desaprovechan, al paso que en nuestros países en donde esa belleza es de todos los dias no ofrece cosa notable, y por lo mismo no llama tanto la atención délos artistas. Y los cuadros de esta naturaleza pintados por los artistas del norte son bellísimos, porque el autor no pierde ninguna circunstancia, no omite accidente alguno, y desciende hasta la mas pequeña minuciosidad para reproducir fielmente un espectáculo que se presenta raras veces. til paisaje que tenemos á la vista es bello y de grandísimo efecto: conside- rado con atención se ve que hay de todo. Ruinas de un edificio antiguo allá en la cumbre de un monte, otro edificio en país menos montuoso , árboles, anima- íes, hombres, y en primer término un hermosísimo grupo , cuyos detalles tie- nen mérito muy grande. El traje de las personas y la estampa del caballo re- velan el país representado, que no es por cierto meridional; y sin embargo, el paisaje respira un ambiente delicioso, y revela un dia claro y despejado, y una atmósfera muy pura. Esta lámina es del género de aquellas que el grabado no puede reproducir fielmente : el cuadro original debe ser de grandísimo y muy agradable efecto. Su autor es conocido como paisajista, y no hay en el norte museo de importancia que no haga gala de ostentar alguna obrade este afamado artista. (CUADRO DE CARLOS DDLCE. ) Después de haber hecho alguna escursion por los campos de la fábula y por las bellas artes de imitación, volvemos á tomar el hilo de la historia; pero no de la historia como quiera, en sus hechos oscuros ó descarnados, sino en su par- te mas delicada y trascendental, en su bello ideal, pudiéramos decir, en su tipo mas acabado, en su perfeccionamiento moral, en aquel á quien la razón y la fi- losofía reconocen como al mas grande de los hombres, y la fe confiesa como un Hombre-Dios. En el cuadro de la Magdalena penitente hablamos ya de la dulce y senti- mental espresion y del elevado sentimiento que Carlos Dolce sabe imprimir en todas sus obras cuya belleza artística le fue inspirada por la Religión. El infante divino descubre en la suavidad desús contornos y en su dulce fisonomía cierto candor celeste que arrebata y encanta. Un tinte de tristeza revela en sus ojos los vastos designios de un amor inagotable. Verdad es que en vano buscamos en su rostro pensativo la natural y bulliciosa jovialidad de los primeros años. De in- fante no tiene mas que la beldad, la ternura y la inocencia, y bajo el velo in- fantil se trasluce el pensamiento