m (CUADRO DE GIORGtONE. Yo tengo nn amigo : un amigo es cosa que cualquiera puede encontrar den - tro de su casa , con tal de que se resuelva ¡i vivir en una fonda. Sin embargo , sea dicho en Iionor de la verdad que mi amigo es de aquellos que no comen , ó que si comen no lo liacen á espensas del prójimo. Además, aunque su delicadeza no le eximiera de esta mala circunstancia , su avanzada edad y morigeradas costumbres harían de él un comensal muy económico. El pobre es muy viejo , y todas sus delicias se reducen á vivir rodeado de tres nie- tezuelos , que no tienen madre.... Me parece que no se puede dar ocupación mas honesta y meritoria. Mi amigo quiere á sus nietos como si se los hubieran estraido dos veces del corazón, y cuando las tres interesantes criaturas sonríen á- su abuelo, este busca una sonrisa para poner en sus labios, y frecuentemente encuentra tan so- lo una lágrima que humedece la pura frente de Enriqueta. Aquella lágrima es un ¡ ay ! del alma : la hija del anciano descendió muy ¡oven á la tumba, y Knriqueta es el vivo retrato de su madre. Aquella sociedad tranquila , dentro di: la cual los niños viven de esperanzas y el viejo muere de recuerdos, se reúne todas las noches al amor de la chime- nea , y en tanto que llega la hora en que los ángeles bajan á la tierra para ve- lar el sueño de los niíios que no tienen madre , mi anciano amigo refiere cuen- tos íi su menuda prole. Un cuento es una cosa mucho mas importante de lo que parece á primera vista : el cuento es la primera lección de moral que reciben las tiernas criaturas, es la suave estilación (le su memoria , es el primer suceso que hace estremecer su virgen corazón a impulsos de lo estraorclinario y frecuentemente de lo mara- villoso , es el primer paso que adelanta el niño en un mundo que aun no existe para él. Mi amigo lo ha comprendido así, y educa a sus nietezuelos con cuen- tos , ínterin llegan á la edad de educarlos con libros. Yo me permito de vez en cuando formar parte de aquella sociedad tan ¡no- cente, tan tranquila , y en verdad que muchas veces me entristezco consideran- do que aquellas ¡nocentes criaturas, cuyos sentimientos parecen haberse dormi- do al monótono rumor de las inocentes mentiras relatadas por su abuelito , lian de tocar un dia los desengaños del mundo. No lace muchas noches llamé 6 la puerta de esa casa , y después de ser introducido en la simpática tertulia , ob- serve que Enriqueta , la linda é ¡nocente criatura , tenia los ojos llorosos y ape- nas se atrevía á solicitar con una humilde mirada la siempre cariñosa de su abuelo. Indudablemente había acontecido alguna novedad. Hecha repartición de los terrones de azúcar, sobras del café, prestación obligada de los que se dedican a visitar casas donde se alberga tropa menuda, y á los cuales apenas tocó Enriqueta, mi anciano amigo , haciéndome antes un signo de inteligencia , tomó la palabra en estos términos : —En cierta aldea de una nación muy aparlada del globo, vivia una nina lla- mada Aurora , aunque las gentes del país la conocían mejor por el nombre de la rom del valle. Y ciertamente Aurora era una rosa , si es cierto que esta flor es la mas be- lla y delicada de las llores. Figuraos una tez blanca y aterciopelada , unos ojos azules y de mirada en que se hubiera recreado la inocencia misma , unos labios hechos á propósito para sonreír con dulzura , y una cabellera rubia y ensorti- jada que caía sobre su espalda y seno en ondulantes rizos cual si quisiera ocul- tar una belleza de que su creador se mostrase avaro. Aurora era muy joven , y oia como la llamaban hermosa con esa indife- rencia de nina que ignora lo que mas tarde vale ó cuesta el merecer esa pala- bra. Creció la ( « a del valle como las llores que rodeaban su casita , y cuando llegó á la edad de trece anos tuvo un dia la desgraciada ocurrencia de mirarse en el límpido espejo de un arroyuelo. El espejo no podía mentir , y aquel dia comprendió Aurora qué es lo que querían significar las gentes del país cuando la llamaban hermosa. Este descubrimiento debia ser fatal á nuestra joven. Desde aquel instante en lugar de tirar las llores que con traviesa mano ar- rancaba de los tallos , se adornaba con ellas cabeza y cuerpo , y corriendo ha- cia el sitio en donde se desataba el límpido caudal que la había revelado aquel secreto , le preguntaba horas enteras si se confirmaba en la primitiva opinión U HMN.I.. 2°" de su hermosura ; y el arroyuelo , que > podía mentir, una vez y otra vez la m contestaba alirmalivamente. lintonces aconteció una cosa muy particular: los padres (le Aurora , que eran muy pobres, se apercibieron de que un secreto malestar consumía a su hija , y que esta lanzaba con mucha frecuencia hondos suspiros encaminados a un objeto que los ancianos ignoraban. Así transcurrieron tres anos, y Aurora cumplí.! los diez y seis. Sus padres no podian mantenerla porque eran muy pobres , y la rom del valle en nada les ayudaba con su trabajo , porque pasaba la mayor parte del día oyendo las dul- ces razones de su espejo adulador. Los pobres ancianos resolvieron mandar a su hija a la ciudad , y vertiendo abundantes lágrimas la despidieron , dándola su bendición y muy sanos consejos , la única cosa que podian darla. Aurora salió del hogar paterno con el alma apesarada; y aunque a la ciudad iban encaminados sus anteriores suspiros, hubiera dado parte de su felicidad en este mundo , la mitad (le su existencia, todo , todo menos su belleza por socorrer la miseria de sus padres. Caminaba por tanto a paso muy lento con dirección i la ciudad , cuando sus ojos tropezaron en un objeto brillante hasta dañar la vista, que entre la arena del lisonjero arroyo apa- recía 'La ¡oven se detuvo , recogió el objeto, y ¡ oh fortuna ! era un diamante. Con el valor de aquella piedra palia Aurora remediar diez veces las nece- sidades de sus padres , que la querían tanto (iozosa iba á lomar la vuelta hacia el hogar donde corrieron tranquilos los dias de su niñez: era a primera hora de la noche y la nina gozaba de antemano considerando la alegría que iban á esperimenlar los pobres viejos. No quiso , empero , Aurora desviarse de aquel punto sin arrojar una mira- da a la corriente : creía sin duda que la animación del gozo había de dar un gran realce a su hermosura. Fijó la mirada en las aguas, y nada vio : la noche había cerrado por com- Sin embargo, Aurora tenia entre sus manos la preciosa piedra que relucía aun en las tinieblas, y concibió la idea de colocarla sobre su frente para ilumi- nar su peregrino rostro, a cuyo plan la convidaba el brillo siempre creciente de aquella piedra, que á cada instante brillaba con nuevos y hasta sobrenaturales fulgores. .. Dicho y hecho : Aurora acomoda el diamanta sobre su frente, sostenido en- tre sus cabellos de oro , y se contempla de nuevo en el límpido arroyo. Nunca espejo de bruñida plata, colgado de lasparedesde suntuoso salón, re- flejó hermosura mas perfecta. Aquella piedra iluminando el peregrino rostro de Aurora, parecía una estrella desprendida del cielo y clavada en la tersa frente ilc una fantástica hija << la noche.. 1> 2Í0 I,A VAMIIAJ). La joven permaneció una hora entera en estática contemplación de si mis- ma, sonriendo satisfecha y orgullosa, porque minease habia encontrado mas be- lla. Transcurrida una segunda hora, quiso poner por obra su resolución de re- gresar a la casa paterna; pero ni sus ojos se desviaban del agua, ni sus pies se levantaban de la arena. Entonces la ocurrió un pensamiento estraño.—.Si yo me presentase en la chi- llad, dijo para si misma, con ese diamante en la cabeza, todos los hombres se mo- rirían de amor, todas las mujeres de envidia.—Y dando la postrera mirada al se- ductor espejo, se sintió como arrastrada por una mano invisible en dirección a la ciudad, alejándose cada vez mas del risueño valle en donde unos ancianos que- daban llorando porque acababan de perder á una hija. Aurora no echó de ver que delante de ella caminaba un espíritu invisible é impalpable como las tinieblas que la rodeaban; que sonreía con sarcástira com- placencia, y que atraía á la pobre joven como IÍI serpiente al pajaro que va á morir entre las fauces del asqueroso reptil. Aquel espíritu maléfico era la vanidad. La joven llegó a la ciudad a las primeras horas del siguiente dia, embarga- da esclusivamente por los triunfos que su belleza indudablemente la conquista- ría. Apenas había traspasado el umbral de la puerta, desapareció del ánimo de Aurora el último recuerdo de su valle y de sus padres. Transcurrieron algunos dias, y todo iba á medida de la voluntad de Aurora. Aquella hermosura, iluminada de dia y de noche por el reflejo de la portentosa joya, llamaba la atención de cuantos pasaban junto á la nina, que llegó á ser la criatura mas mimada de la ciudad. ¡Oh! ¡y que horas tan felices corrieron en- tonces para Aurora... ¿Felices? Mal decimos: en medio de los placeres de que se hallaba rodeada, entre el bullicio de los festines dados sin cesar en obsequio suyo, rodeada de una turba de adoradores que á todas horas ponderaban su be- lleza, Aurora se encontraba satisfecha en su vanidad, pero no en su corazón. Un los espejos donde se contemplaba harto á menudo, veia reproducida su belleza, veía relucir las facetas del -precioso diamante que tanto habia realzado su belleza; pero en cambio al mismo tiempo que una arruga en sus ojos revelaba su orgullo, una arruga en su frente denunciaba sus ocultos pesares. La vanidad es un ídolo al cual nunca se quema bastante incienso. De esta manera transcurrieron algunos años: la rom del valk era la corlesa- na de la ciudad. Todo se reunió en torno suyo para hacerla olvidar su origen hu- milde, todo, bástala debilidad de su complaciente memoria. Pasaron aun algunos meses, y al cabo de ellos la existencia de Aurora eor- ria muy poco placentera. El fastidio se habia apoderado de aquella alma que ha- bia concretado todas sus aspiraciones á deslumhrar á las gentes por la hermosura del cuerpo. Una hermosa larde de verano montó en su dorada carroza y se dirigió LA VANIDAD. 211 al pasco de que desde su aparición era reina sin rival. Al momento se lijaron en ella todas las miradas, las de los hombres con amor, las de las mujeres con envi- dia; y sin embargo Aurora distaba mucho de ser feliz; hasta hubiera sin duda llorado de pesar, si su vanidad la hubiese permitido revelar en público el sensible estado de su corazón. De repente se detienen los caballos de la carroza: acaban de atrepellará un pobre anciano, y un grito desgarrador hiere los oidos de la que fue rom M va- lle. Aquel grito hace palidecer su rostro y temblar su cuerpo; asoma la cabeza fuera de la carroza, y en el anciano mendigo que ha sido atropellado por susca- ballos, reconoce al autor de sus (lias. El primer impulso de Aurora fue precipi- tarse fuera del carruaje y mezclar sus lágrimas con la sangre del herido; pero toda la gente del paseo se liabia reunido para presenciar la catástrofe, y la va- nidad de la joven no la permitió reconocer al autor de sus dias en aquel viejo puesto al borde de la muerte por su propia hija. Hizo Aurora un esfuerzo supremo y ordenó á su cochero que pusiera al trote los caballos; mas antes de apartarse de aquel sitio quiso dejar un recuerdo de su fastuosa piedad, porque también en la caridad cabe una gran parte de orgullo, y hay muchos que son virtuosos por ostentación, y que como los fariseos practi- can el bien haciéndose preceder por las trompetas de la fama. Quiso la suerte que la fnm del valle se encontrase en aquel momento sin can- tidad alguna proporcionada á su intento; pero resuelta á no abandonar el sitio sin dejar al herido un abundante socorro y al público una muestra de su es- plendidez, llevó sin titubear la mano á la frente, y arrancando el portentoso dia- mante que en ella brillaba, lo arrojó al anciano á presencia de los atónitos espec- tadores. Acto continuo arrancaron los caballos, y unos minutos después pisaba Aurora las lupidas alfombras de su palacio. Al pasar por delante del colosal es- pejo en que tantas veces se habia recreado contemplando su belleza, se detuvo involuntariamente y lanzó un suspiro. No se atrevía á lijar los ojos en el azoga- do cristal por temor de que la falla del diamante disminuyese su hermosura. Al lin y al cabo resolvióse á hacer la dolorosa comparación, y ¡oh sorpresa! la belleza de Aurora lejos de disminuir habia aumentado: tan solo en su frente, allí donde hasta entonces habia estado el diamante constantemente fijo, aparecía una manchita negra, cual si la piel hubiera sido recientemente carbonizada. La rosa delvalk no podia consentir el mas mínimo lunar en su belleza, y cogiendo una toalla de linísimo lienzo la humedeció con una de las mas agradables y de- licadas esencias, contenida en un frasco de oro. ¡Cosa estrada!... Cuarto mas pugnaba Aurora por quitar aquella mancha, tanto mas la mancha se entendía, y en consecuencia tanto mas aumentaba la cólera de la joven. En vano ensayó cosméticos y preparaciones, en vano «ecurrióá médicos y químicos; ninguno ati- nó con la causa de aquella rara alteración en la piel, y por lo mismo nadie dio con el suspirado remedio. Entonces tentó Aurorad último esfuerzo. Ü2 U VANIDAD. Habiendo llegado á su noticia que junto á la ciudad y oculto en l¡i espesura de un bosque existía un varón estraordinario, calificado por muís de sanio y por otros de brujo, determinó ir á consultar su voto, y una mañana, muy temprano, partió sola en busca del misterioso personaje. Durante su caminata encontró varios arroyuelos, tan límpidos, tan cristali- nos como aquel en que tantas veces habia contemplado su hermosura de nina: pero no se atrevió á buscar en ellos su imagen, de miedo de tropezar con la vista de la mancha fatal. Al cabo de mucho tiempo de vagar errante por aquellas soledades, descubrió al estraño personaje en cuya busca habia emprendido tan arriesgada escursion. Espúsole su cuita con lágrimas en los ojos, y ofrecióle, para el caso en que des- cubriese la verdadera causa de aquella mancha, edificar una capilla de mármol á la Virgen que el solitario tenia colocada entre las quebraduras de una peña, lapizada de musgo y silvestres llores. Sonrió el habitante del bosque como puede el hombre que se ric de las pro- mesas ó amenazas de un nifío, y con acento que penetraba hasta lo mas recóndi- to del alma, contestó: —La revelación celestial no se compra ni se paga. Yo puedo y quiero decir- te, sin necesidad de ofrecimientos, de qué proviene esta mancha (pie ennegrece tu frente. Aurora quedó pendiente de los labios del solitario. —Puedo mas—dijo éste con esa seguridad de acento que da la convicción —puedo decirte de qué manera desaparecerá ese lunar de tu hermosura que tanta pena te causa. La joven respiró con entera libertad: iba á recobrar su perdida dicha. —Esa mancha—prosiguió el anciano—lo veo tan claro como claramente veo al sol, esa mancha es la huella de la vanidad. Aurora perdió el color súbita mente y tuvo necesidad de apoyarse en el tron- co de un árbol para no venir al suelo ron su cuerpo. Hl anciano continuó de es- ta manera : —La vanidad t<:# ha cegado, pobre niña: el dia aquel en que por primera vez contemplaste tu hermosura en el arroyo, esa funesta pasión murmuró á tus oídos siniestras palabras. Cometiste la imprudencia de darlas asenso, y hete aquí que la rosa del valle se ha marchitado y que el vicio ha estampado en su frente el signo de reprobación con que distingue a sus víctimas. ¿A dónde irás, infeliz joven, que el mundo no lea en tu frente loque has sido?... Ni aun siquiera al hogar de tus padres, porque temerás ahogarte en la sangre de un anciano mendigo al cual han pisoteado tus soberbios caballos. Y ese mendigo era tu pa- dre, y tú, la hija desnaturalizada, desde la altura de tu vanidad luis ¡irrojíido una limosna al autor de tus dias, una limosna manchada aun con el contacto de I,A VAMDAD. ^ ^ tu imito impura Mora, a y hunde tu frente en el polvo : tan solo el ar- repentimiento subo al ciclo las oraciones que se exhalan desde el fango del " " T a nobre joven lloraba, con efecto, amargamente, mesaba su cabello y mal- deeia aquella hermosura que la condujo á todos los escesos, hasta a los crímenes M VnTtm después partia hacia el risueño valle que la vio nacer, regando el camino con sus lagrimas, sin volver la vista atrás por temor de presenciar el es- pectáculo de una ciudad abrasada por las "amas del vico, que como fosfórica atmósfera flotaba sobre ella. „ , , ,, A la caida de la tarde llegó pálida, estenuada, marchita su belleza a los si- tios donde tantas veces se había oido apellidar la rom del mlle. Saludo uno por uno los objetos que un tiempo la fueron tan gratos, y aumento con el caudal uc sus lagrimas la corriente del fementido arroyo en cuyo espejo comprendió por nrimera vez qué cosa era vanidad. Cuando la noche hubo cerrado, recogió el ultimo resto de sus fuerzas, y ame- nazandola el eorazon salírscle del pecho , emprendió el camino del hogar pa- C l ™ divisaba próxima ™Ya la blanca casita donde se meció su cuna impulsada por el amor de una madre, ya ponia el pié en el dintel de la puerta , ya iba a gol- pear sus desunidos maderos, cuando cruzó a su lado un desconocido, que la dC ' ™ No'namtis a esa puerta , nadie os respondería. Los ancianos moradores de esa casita han sido conducidos al Campo Santo, envueltos en una misma mor- taia v encerrados en un mismo ataúd. Aurora no contestó una sola palabra: agarróse fuertemente á la aldaba y a-nardó de pié a que el desconocido se perdiera de vista. Poco tardo en aconte- cer esto , y entonces soltó su punto de apoyo , cruzó entrambas manos sobre el pecho bamboleó su cuerpo todo , alzo los ojos al ciclo con muestras de ic- signacion profunda , y vino al suelo desplomada. Murmuró el nombre de Dios.... y qnedo inmóvil. Habia muerto.... Kn el mismo instante desapareció la mancha negra de su frente. El cielo que habia castigado a la vanidad , perdonaba i la contrición.... Calló mi viejo amigo , y sus nietezuelos permanecieron en religioso silencio. 1.a historia de Aurora habia producido en ellos un efecto terrible. De pronto grandes sollozos turbaron aquel silencio , y hnriquota, pahua y temblorosa , fue á prosternarse á los pies de su aburhlo , diciendole: * ' '* l.A VANIDAD. —¡ Olí! yo ni. i|t,ien. vivir con esa mandia negra ijue ,| c | lc | l a | j c r l m , s a | ¡ _ ilo en la Irente. Finí tal la caniliilez con i|nc pronunció estas palabras , iiuc mi ,,m\m v v ü tuvimos ijue hacer un grande esfuerzo para no perder la formalidad míe el ra'o requería. Entonces el complaciente abuclito , convencido del arrepentimiento de Enriqueta y descando no destruir agüella inocente credulidad delicia y con dal de los niños , estampó un beso en la frente (le su nieta y la'dijo- - E s t á s perdonada: la mancha ha dejado de existir. ¡ Ojalá cuando Aurora sintió su primer impulso de vanidad , hubiera corrido á los brazos de sus na dres para hallar en su amor el escudo contra la tentación! Los dos hermanitos besaron asimismo á la dócil y sensible Enriqueta y en- onces comprendí con ,,ue objeto se hahia sacado á relucir por mi pr dente' amI o la Inste historia de la vanidosa Aurora ° »:.„.„ I A,.,, t .| o ,, LA LEONA Y EL JABALÍ. (CUADRO OE SNVDEfiS, Esla lamina y la otra que va en esta colección y que représenla un jabalí fu- rioso, son obra del pintor Snyders, que se dedicó mucho á pintar animales fero- ces, riñas entre ellos, y lances decaza. Tuvo afición muy particular á esta clase de cuadros, y por la verdad y naturalidad que se admiran en todos ellos, debe- mos creer que no solo fue pintor, sino que probablemente fue aficionado á la caza. Solo de este modo pudo estudiar las posiciones y actitudes bellísimas que SR admiran en los cuadros de este pintor que adquirió en tales obras una repu- tación muy merecida. La lucha que nos presenta esta lámina no puede tener mas que un resulta- do, á saber, la muerte del jabalí, y el ser este devorado por su enemigo, lil león, verdadero rey de los cuadrúpedos, es el mas fuerte de lodos ellos, tiene el privilegio de vencerlos y devorarlos todos, y de no poder ser vencido por ningu- no. Su fuerza, su ligereza, su robustez, su audacia, le II¡UTÍI invencible, y solo el hombre ausiliailo por su industria y por los Icnílilrs medios de destrucción que ha inventado su prodigiosa inteligencia, ha conseguido domar, vencer, ma- tar ó sujetar al león, reduciéndole muchas veces á la domesticidad, aunque siempre peligrosa. La historia del león es muy peregrina y agradable; pero no CITCIIKIS qtuí es le sea lugar á propósito para escribirla, mucho menos cuando no ha\ oln'ü. iiLiifíiHiii de historia natural, en donde la ilel león no ocupe el primero y nías interesante capítulo en el catálogo de las descripciones de los cuadrúpe- dos. La lucha que vemos debe además ser corta, porque el jabalí no tiene medios ni índole |>ara resistir por mucho rato al león, que indudablemente acabará con su vida para saciar su estómago duran le algunos dias. i CUADRO ÜE SNYDERS,; lil hombre menos entendido en liisloria natural conoce desde luego que el jabalí no es sino un cerdo , mas ó menos diferente del cerdo doméstico. Lo mis- mo que este , tiene el jabalí los sentidos muy imperfectos , ó por mejor decir, muy obtusos , especialmente los del [acto y los del guslo. De lo primero son cau- sa la aspereza del pelo, la dureza de la piel y el grosor del lardo ó grasa que circuye todo su cuerpo formando una capa que tiene encerrada toda la carne, lil jabalí que en el gusto y en el laclo estará ¡i poca diferencia en el mismo caso que el cerdo, le aventaja sin embargo en los demás sentidos, y los hombres que se dedican ¡i cazarlos saben muy bien que oye , ve y huele á mucha dis- tancia , por lo cual es preciso aguardarle con gran silencio durante la noche, y apostarse de cara al viento para que este no lleve al animal las emanaciones que huele de muy lejos y que bastan para hacerle cambiar en el momento el ca- mino que llevaba. El jabalí no es tan asqueroso como el cerdo, pues si bien es verdad que en cuanto á la figura es por lo menos igualmente repugnante , co- mo se mantiene de frutos, bellotas , semillas y raices , y no vive en medio de la inmundicia y entre la asquerosidad en que tanto se complace el cerdo do- méstico, no adquiere aquella especie de estupidez tan nauseabunda que nos fas- tidia en el cerdo. Este además come cuanto encuentra y parece que se complace en devorar lo mas repugnante , ú diferencia del jabalí, que ni tiene ocasión ni ¡il parecer deseos de henchirse como lo verifica el otro. Los jabalíes hasta tener la edad de tres años no suelen separarse los que han nacido de uní) misma madre , sino que tollos juntos signen riiNstanlíüiienlr a UN JAHAI.Í FURIOSO. i\~ esta , formando con ella una especie de compañía, y dando el ejemplo de lo que en el arle militar se llama formar el cuadro. En efecto, cuando una compañía de jabalíes jóvenes es atacada por el hombre ó por los lobos, resisten por el nume- ro se defienden y socorren , presentando el frente , estrechándose los mas cre- cidos unos contra otros en círculo y poniendo en el centro los mas pequeños. Un estos lances gruñen' todos á la vez , y especialmente la madre da unos reso- plidos muy fuertes y que resuenan á larga distancia. Naturalmente son medro- sos c inofensivos : así es que a pesar de su glotonería no acometen ni devoran á los demás animales. De estas mismas inclinaciones es sin duda luja la costumbre que timen de permanecer durante el dia ocultos en lo espeso de los bosques , y de salir durante la noche en busca de alimentos , para lo cual cuando en el ve- rano están en sazón los granos, se entran por los trigos y causan en ellos mucho estrago , no solo por la grande cantidad que devoran , sino por la ma- yor que tronchan y pisotean. La caza del jabalí se hace ó bien a [iros sorprendiéndolos durante la noche con la claridad de la luna , ó bien con perros. Si en estos casos es uno solo el jabalí perseguido no hace fíenle , sino que apela á la fuga , la cual verifica len- tamente , defendiéndose al mismo tiempo de los perros, a los cuales mata ó hie- re siempre muy gravemente. Por esta razón los cazadores no suelen emplear perros muy buenos, sino mastines de poca estima y de mucha fuerza , porque los buenos podencos se aprecian demasiado para emplearlos en esa caza , tanto mas cuanto la lentitud de la carrera del jabalí haría contraer á estos perros la costumbre de no correr con la velocidad que necesitan para la caza de otros animales. Los jabalíes jóvenes son mas ligeros , pero los que pasan de la edad de tres anos son pesados , huyen á poca distancia , temen poco á los perros , y aíranos veces se detienen para hacerles frente : y entonces indudablemente son victimas de su valor , aunque antes de ceder espachurran algunos , y dejan mal heridos á cuantos pueden alcanzar con sus largos colmillos. l a lámina que tenemos á la vista nos presenta un (iel Irasunto de lo que sucede en esta caza , pues vemos ya tendidos á cuatro de los once perseguido- res del jabalí, protagonista del cuadro , sin que este aparezca cansado ni dis- puesto todavía á darse por vencido. ^ ^ ^ A FERIA DI! ANIMALES. (CUADRO DE F. 6. ADAM. ) Muchas cosas hay en el mundo de las cuales no hacemos el menor caso, sin mas motivo que el verlas y el acostumbrarnos á ellas desde nuestra edad prime- ra. Y sin embargo si por un momento nos detenemos á considerarlas, no es po- sible sino que nos admiren y den lugar á muchas y graves reflexiones. Cuando uno piensa en el dominio que el hombre ejerce sobre todo lo criado, no puede me- nos de enorgullecerse de su importancia, de su valor, de su inteligencia, y con- vencerse finalmente de que en realidad es el rey de la creación, y de que reside en él un espíritu inmortal, destello de la divinidad, que es el verdadero origen de esta su prepotencia sobre todos los demás seres creados. ¿Y no es una auda- ninguna clase, y con solos los conocimientos ó inventos que debe á su propk, in- genio, se arroja a descubrir cada día nuevas tierras y que ha recorrido ya todas las que constituyen el globo en que habita? ¿Y no le vemos ahora, cuando ya nada tiene que esplorar, á impulsos de ese espíritu atrevido é investigador que de continuo le fatiga, inquirir el modo de penetraren el interior de los mares, recorrer lasólas no por la superficie sino sumergido en ellas; al mismo tiempo que pugna por remontarse hacia la. úllinm región de la atmósfera y viajar por ella obligando álos vientos k que obedezan su voluntad y le lleven volando de un punto á otro del universo? No ronlcnlocon ser hombre, quiere poder cuando |,A 1'lilllA I>E A.MMALRS. ¿' ' le ptaca convertirse en pez ó en ave, y surcar los aires y atravesar los mares por entre sus insondables abismos. Las .iistancias de la tierra le moleslaban : queria estar a un tiempo en todas parles aprovechar los átomos de su vida para ver nuevas regiones, y admirar las obras de sus .semejantes, esparcidas por sobre el haz de todo el orbe; y com- prendiendo que para esto no bastaba la velocidad ni el esfuerzo de su cuerpo, echó mano de los animales de robustez y ligereza y los convirtió en vehículos para trasladar su persona de un punto a otro. Mas este sistema lo encontró inco- modo y molesto, y tuvo la feliz idea (le inventar los carruajes, en donde senta- do 6 tendido se hacia transportar por animales a largas distancias, ob hgando os i correr continuamente, apostándolos en puntos lijos, para que cansados ya los unos pudieran ser sustituidos por otros que desplegaran para servirle toda su robustez y ligereza. , Parecióle poco esta velocidad que al lin consumía horas y días, y utilizando el vapor del agua que hierve ha inventado los ferro-carriles, que lo transportan de un punto a otro con loda la prontitud que su imaginación habia concebido. Y para llevar adelante la ejecución de este pensamiento han sido infructuosos lo- dos los obstáculos que le ha ofrecido la superficie del globo que quiere re- correr velozmente. Se ha presentado una montaña como un dique insuperable, v el la taladra cual si fuera una masa blanda: se le opone un valle profundo, y él lo atraviesa sobre una tabla, ó sobre unos hilos de alambre, ó sobre un arco de piedra, y pasa volando por encima de esas profundidades como volando atra- viesa las entrañas de una formidable cordillera. Habia obligado a los vientos a que le sirvieran para la navegación: ahora va no los necesita: el vapor ha suplido por ellos, y aunque sea luchando con ellos aunque sea contra la marcada y tenaz dirección de los mismos vuela por encima de la ^perfleie del Océano, asalta las encrespadas olas, y á despecho de estas V de las tempestades y de los huracanes, sigue impávido el camino que se ha propuesto y aparece en el punto á donde su voluntad ha querido dirigirse. % dónde iríamos a parar si recorriéramos uno por uno todos los inventos tos debidos á la humana inteligencia, y que son otras tantas pruebas del origen del hombre v de su prepotencia sobre todo lo creado» S o í * ! del cuadro de donde ha salido la lamina que tenemos á la vista, nos suministra una prueba y no pequeño del valor de esa inteligencia dominado,» y osada, á la cual nada arredra porque nada se resiste. Parece que una fe la de Limal.4 nn minie ofrecer argumento para convicción semejante; y sin embaígo no^t yp e le den t ' a « fácilmente. En la feria se ven caballos toros, eyes c a b r o s c í a s y cerdos. El caballo, que es uno de los animaes ma bellos y de Índole mas noble, ha venido á ser para el hombre de una u I I. inmensa. Aunque dotado degrandes fuerzas y de índole altanera, el horabie lo -20 LA FEBIA DK ANIMALES. ba dominado completamente, y le hace servir para muchos usos ti ¡versos. En la casa del labrador tira de una carreta, arrastra el arado, conduce los frulos al mercado, sube el agua (Je los pozos, y dócil siempre, laborioso, robusto y sano, vive muchos años, ganando mucho mas de lo <|ue gasta, y ausiliando al mante- nimiento de la familia de su amo. Criado agradecido ama la casa en <|uc vive, la conoce de muy lejos, y si se le deja libre, liel á su destino, se dirige allá es- pontánea y prontamente. Kn la ciudad arrastrando una carreta y trasladando en ella efectos y géneros de toda clase, constituye toda la fortuna de su amo, y con su trabajo mantiene la familia entera, En la casa de los ricos arrastra lozano y con gracia un elegante carruaje, se pavonea por las calles, llama la atención por su gracia, y el mas sencillo aviso le basta para moderar el paso ó para lanzarse á la carrera, según sea la voluntad del que le advierte. En la guerra es compañero liel y amante ,del soldado. Le sigue á todas partes, corre los mismos peligros, acomete con bra- vura, el clarín enardece su sangre, se convierte en guerrero, parece que toma parte en la lucha; y en un momento desgraciado, su velocidad salva al misino hombre que por un capricho le ha llevado á los peligros y lo ha espuesto á la muerte. Es naturalmente sobrio, instintivamente conoce los riesgos, y los movi- mientos de sus orejas dan advertencias oportunas y salvadoras al ginete. Conoce perfectamente la importancia de éste, y se presenta y .se gallardea al compás de lo que vale el hombre que lo monta, y aun al de las circunstancias y de la lo- calidad en que se encuentra. El hombre ha sujetado al toro , naturalmente bravo y amigo de la indepen- dencia. No le obliga al trabajo, porque le destina á la reproducción que le proporciona mayores lucros: mas cuando no lo quiere para esto, convertido en buey , arrastra también una carreta , tira del arado , y con su fuerza muy su- perior á la del caballo, es capaz de trasladar pesos mucho mayores, y es so- bre todo escelente para el arado. Su calma siempre uniforme ejecuta un trabajo mas regular é igual que el caballo , y le gana también en sobriedad y en la mansedumbre. Cuando ya es inútil para el trabajo, su carne alimenta al hom- bre , su cuero le calza , sus astas le sirven para cien objetos; y el pesar que su muerte causa á la familia del amo está compensado en parte por el produc- to que aun entonces proporciona su venta. lil hombre lia hecho completamente suyo al carnero. Cierlo que no le sirve para el trabajo; mas tampoco su manutención le cuesta sacrilicio alguno. Se alimenta en cualquiera parte , porque gusta de todas las yerbas, y muchas ve- ces aun es provechoso para limpiar un campo (pie esté cubierto de ellas. Jte- corre los caminos limpiándolos, los fosos de las fortalezas, las márgenes de los arroyos . y dócil siempre y manso en alio grado , un niño basta para conducir y gobernar un número de ellos muy crecido. Su carne es escelente , sana, su- LA FKHIA I>K AMHAI.KS. Hi cútanla , su grasa sirve para alumbrar al hombre , y su rica lana le proporcio- na materia para vestirse y para la fabricación de mil objetos de comodidad y lujo. Cuando el hombre lo mata para alimentarse con su carne , la piel le pro- porciona un calefactorio para los pies , un asiento blando, un almohadón paiu ir á caballo , y un mueble útil para cien cosas. Kn amigable consorcio y formando muchas veces parte de un mismo re- bano obliga el hombre a vivirá la cabra , cuya leche alimenta al mismo hom- bre y suple con frecuencia, quizás muy cscesiva , á la madre del hombre mismo. El cerdo cuya carne en opinión de muchos no es la mas conveniente al hombre constituye no obstante uno de los principales alimentos de la dase po- pular • y sobre todo del agricultor , para cuyas familias es un cerdo la parte mas conspicua de la despensa. En mil formas prepara el hombre la carne del cerdo para conservarla durante todo el ano, y la guisadespues de cien maneras, dando viveza con un trozo de ella a los poco decididos gustos de la verdura y de las legumbres De los animales de las clases dichas se compone la muchedumbre que apa- rece en las ferias. Kn esto á la verdad no hay reglas fijas , porque según sea el país y según la época del alio en que la feria se celebra , se presentan estos o los otros animales , siendo muy raras aquellas en que liguran todas las clases dichas. Las ferias de cerdos no suelen serlo de otros animales, porque los cerdos se venden cuando son muy lechoncitos, para ir á parar en detall á las casas de. campo en donde crecen y se procura engordarlos para la época de la matanza. En los otros animales se tienen en cuenta la estampa, la fuerza, la edad ; en el cerdo solo se atiende á la gordura , y por punto general el hombro tiene una especie (le orgullo en que el cerdo criado en su casa sea no solo el mas gordo sino el mas obeso de todas las granjas ó de todos los pueblos inmediatos. Kn Cataluña esta gloria está reservada á los que crian los tres cerdos que se rifan en el día de S. Antonio abad. Suelen las ferias de animales ser un lugar de reunión no solo para los que compran y venden , sino para mucha gente desocupada , .pie gustan de ver ani- males buenos y hermosos , y que por otra parte no tienen grandes negocios que los lleven abrumados. Se celebran en las ferias grandes comilonas, que son poderoso aliciente para los gastrónomos; y desgraciadamente en muchas de ellas no son desconocidos los juegos de azar en donde el vendedor pierde en un minuto el producto de los afanes de todo un ano. También acuden a las lenas muchos rateros • v en otro tiempo eran frecuentes los robos a mano armada en los caminos próximos al lugar en que la feria se celebraba : hoy se ha remedia- do completamente esto, mas no tan de guajo ha sido posible abolir aquello. Los rateros son muy ladinos . y como saben robar el dinero , saben también robarse á la vigilancia. l'l'l LA FERIA !>K ANIMALES. lin las ferias de animales de carga no dejan de asistir los gilantts , ÍJUC en ellas mas bien compran que venden ; dejando el artículo de venta para el me- nudeo entre los sencillos labriegos que suelen ser sus víctimas. La gente que á las ferias acude , es demasiado avisada para que fácilmente pueda engañarla un gitano. La lámina que tenemos á la vista presenta una feria en país del norte , en donde abunda el ganado caballar y particularmente el vacuno. Adam es pintor muy conocido en esta clase de trabajos ; lia pintado mucho , y en la mayor parte de los museos estranjeros* se ven obras de ese autor del mismo género de la que ha servido de modelo para esta lámina. SANTA CKCILIA. (CUADRO DE RUBENS. Pudiera haber lectores tan quisquillosos ó preocupados que al tratarse de las vidas de los santos creen deber entrar en rancias y monótonas leyendas de mi- lagros y consejas , mas propias para servir de pábulo 4 la crédula simplicidad de gentes ignorantes que para llamar la atención del sabio ú observador. Y los mismos quizás que leerán con gusto y tragarán sin reparo los cuentos de las mil y una noches y los encantamientos de las hadas, arrojarán de si con desden esas biografías sagradas que estrilas con crítica y discernimiento forman la parte mas bella de la historia de la humanidad. No porque hay vidas de santos escritas con mas buena fe que fino criterio, ha de condenarse todo lo que enal- tece á los héroes insignes del cristianismo, á esos personajes modelos que lleva- ron hasta el último punto la perfectibilidad humana, realizando en si mismos el bello ideal del verdadero progreso , esto es , dando al Criador el tributo de amor mas perfecto de que puede ser capaz la criatura , sujetando á las leyes de la razón y á los nobles impulsos de la virtud sus propias inclinaciones y apeti- tos , y derramando sobre sus semejantes todo el bien que pudieron , llegando para esto al colmo de la generosidad y al heroísmo del sacrificio. Si hubo tiem- pos en que la candidez del lector se alimentaba de creencias tal vez exageradas persuadidos de que en el examen délos hechos fijaban un limite al poder de Dios; si hubo en efecto hombres visionarios que pretendieron dar un cuerpo á sus piado- sas ilusiones , ó abosaron tal vez de la ciega credulidad del vulgo , no por eslo deben desecharse los testimonios irrecusables que dan fe de la existencia de es- tos hombres maravillosos en qnienes un poder superior al humano ha obrado ¿2f SAMA CKCIUA. portentos cstraordinarios ; y si no puede dejar de admitirse .pie el amor de fa- milia y el amor de la patria han obrado prodigios casi increíbles ¿como habre- mos de negarlos á un impulso mucho mas ardiente , á una llama mucho mas fuerte , al amor del hombre á Dios ? Por esto en el presente siglo hemos visto talentos vastos, y genios profundos, que se hallaban á la altura de la critica y de las cuestiones mas elevadas de la po- lémicafilosófica,dedicarse í» la esposicion de los hechos y doc riñas de estos gran- des hombres que han ¡lustrado al mundo con la verdad y le han asombrado con sus virtudes, liemos visto á hombres despreocupados é ¡mparcia les apoderarse ¡le esta parte importante de la historia de los pueblos para probarle con toda la fuerza de que se vale la fe humana para ser creída, que es posible la perfec- ción' moral tal como la concibe, y la esplica el cristianismo porque ha tenido en sus santos una existencia real é innegable; y que la santidad cristiana es el gra- do mas alto del progreso moral a que pueden llegar así los individuos como la sociedad Así han tomado la historia de los santos en nuestros días , entre otros, el conde de Montalcmbert al escribir la de Santa Isabel, Lacordaire la de San- to Domingo de (¡uzman , Ilareille la de Santo Tomas de Aquino , y así la han tomado también hasta algunos escritores protestantes, que han emprendido el vin- dicar la memoria de algunos pontífices romanos que el espíritu de partido y las mis injustas preocupaciones de secta habían ofuscado y hasta envilecido , y casi pudiera decirse profanado, sacrificando los derechos sagrados del mérito y de la verdad á las mezquinas miras de una ciega antipatía. I as vidas de los santos no se escriben en el dia con la candidez y buenafe de otros siglos tal vez menos críticos pero mas dichosos que el nuestro. No hay du- da de que el criterio histórico está mas desarrollado, pero hállase también mas desenvuelta la malignidad. La religión no se opone al desarrollo de este criterio v respeta los derechos de la razón hasta llegar a los umbrales de la fe. hn este L e r o de historias un escritor católico se ve obligado a ser ma.s crítico sin por rato dejar de ser creyente: tiene un deber en hacer pasar por el emo del exa- men todo cuanto se apoya en la sola razón humana, porque la fe, brillante co- mo el sol en nada necesita de la credulidad y mucho menos del engaño porpia- dosoque'sea Kn esta parte los españoles han descollado en todas épocas, y s, han tenido sus Villegas y Ribadeneyras pueden contar en este siglo con un gran críü o muy conocido que, en nuestro humilde concepto, como historiador, lleva gran ventaja al famoso Croisset. Tal es en su Ano cristiano el Dr. D. Joaquín L O r Z S é p a l e s antídotos pues que el celo de una ¡lustrada piedad pue- de oponer al veneno de tantas publicaciones que tienden a destruirla en el pen- samiento y desterraren el corazón, es el esfuerzo de propagar este interesantes leyendas « a t l a s de las exageraciones con que la pudieran dcsligurar la sen- SAVIA CBC1L1A. ¿üii cilla ignorancia ó la incauta credulidad. El interés que por sí mismos inspiran los héroes generosos de la religión basta para presentarlos a nuestros ojos rodea- dos con la mas espléndida auréola de gloria. Y si alguna vez el autor de la natu- raleza ha alterado ó suspendido por ellos alguna de sus ocultas leyes, sin turbar por esto la marcha universal de la creación, tampoco debemos maravillarnos re- conociendo su omnipotencia cuando la certitud del hecho descansa en la pu- blicidad ó se apoya en las razones de una critica racionalmente escrupulosa. Así se opone á los funestos atractivos de la corrupción y del vicio los helios y ce- lestes encantos de la virtud, robustecida con la fuerza de la lilosofía, y ataviada con la riqueza y hermosura de la palabra. Ñúscase el deleite en las inmundas tramas de las costumbres asquerosas del mundo , y se leen con avidez las intrigas y los lazos que tiende a cada paso el crimen: recórrensc con ansia las páginas de la historia para ver en ellas en- tre mil vicios y bajezas humanas alguna sombra de virtud vacilante, y saciar una maligna curiosidad con la pintura muchas veces repugnante de las miserias del hombre y de la época. ¿ Qué hace pues la religión para neutralizar en lo posible el fruto casi siem- pre amargo de estas lecturas? Con los fastos de los siglos en la mano, recuerda las virtudes de sus héroes, héroes pacíficos, héroes de fe, héroes de caridad, héroes de sacrificio; preséntalos de todas clases, de todas condiciones, de todo sexo ; la parte mas bella, la parte escogida de la humanidad ; héroes sobre el trono, héroes junto al patíbulo, héroes en lo mas profundo del desierto , héroes en medio de la sociedad ; llámalos beatos ó bienaventurados, porque ellos ho- llaron el mundo, se vencieron á sí mismos, brillaron como hijos de Dios, sus amados, sus santos; unos tiernos como la infancia, otros cargados de anos y de virtudes, bellos como la virginidad, sublimes como la sabiduría , esposos y solitarios, continentes, mortificados, sal de la tierra y luz del mundo, guerre- ros , legisladores, pastores de la Iglesia , sacerdotes, mirtina , mutilados, apóstoles infatigables , rústicos y poderosos , reyes y artesanos, todos forman el coro inmenso de almas justas, penitentes , dulces, amorosas, benéficas, pró- digas de sí mismas, ardiendo en la llama de la caridad que encierra todas las virtudes en el amor de Dios y de los hombres. El cuadro de Staal, cuya lamina nos ha sugerido estas reflexiones, repre- senta á una de tantas heroínas de la fe y de la caridad que brillaron en los tres primeros siglos del cristianismo. Durante el primer tercio del tercero y bajo el cetro de los emperadores Septimio y Alejandro Severo , floreció Cecilia , nacida de nobles padres y en cuya ascendencia figuraron entre otras ilustres matronas Gaya Cecilia Tarquila, esposa de Tarquino Prisco, Cecilia Mctella , hija de Me- tello el Dalmático , y la segunda Cecilia Metella , hija de Metcllo el Crético y csDOsa de Craso el Triunviro. Los padres de Cecilia no habían abierto los ojos SANTA CECILIA CECILIA. á la luz del Kvangctio , pero se hallaban en un siglo en que el politeísmo se ha- llaba ya en descrédito , y solo se conservaba bajo la forma oficial para hacer guerra á la nueva religión que prodigiosamente y sin medios algunos huma- nos se iba apoderando de las altas inteligencias y de los corazones generosos. No nos dice la historia áqué influjo debió la joven Cecilia el renunciar al error de sus padres y abrazar la fe de Cristo, consagrándose a Dios en un siglo tan corrompido. I'or ternura ó por indiferencia, los padres de Cecilia no se opu- sieron á su vocación , á la cual ella se consagraba por entero. El culto de Ma- ría le hizo conocer el alto precio que el Cristianismo daba a la castidad de los sentidos y á la pureza del corazón , y familiarizada con la idea del martirio, habia ofrecido á Dios no aceptar ningún mortal esposo. Mas los padres de la santa doncella , sin curarse de sus votos, ó quizá no comprendiéndolos , eligiéronle por esposo á un varón llamado Valeriano , que tenia un hermano llamado Tiburcio. Atendida la constitución de la familia pa- gana , no le era posible á Cecilia sustraerse sin notable escándalo á la volun- tad de sus padres y al apasionado ardor de Valeriano: tuvo pues que recurrir á medios entonces prescritos por la Iglesia , y de que los cristianos se valian siempre en semejantes conflictos. Bajo la púrpura y el oro vestía la virgen el duro cilicio para dominar los atractivos del placer y aumentar las fuerzas de su espíritu. Despunta por fin el dia en que Valeriano va á llegar al colmo de su ven- tura haciéndose dueño de la mano de Cecilia: todo es júbilo y bullicioso pla- a cer en la casa de sus padres: la muchedumbre de parientes , clientes y liber- tos de entrambas familias llena aquel palacio , y Cecilia aparece incompara- blemente bella con todos los encantos de su juventud. Según las costumbres romanas , vestía nuestra heroína una modesta túnica blanca sin adornos ni lujo; sus cabellos repartidos en seis trenzas, y con ellas en la parle superior de la cabeza formado un rodete á manera de torre coronada por uryamo de flor de sándalo al uso de las vestales , como para mostrar que del gremio de las vír- genes iba á despedirse; un velo de color de llama amarillenta cubría su lindo rostro, ondulando en torno de él como ligera y transparente nube. Cecilia hasta entonces estraña á los paganos ritos , tuvo en aquel dia que someterse á ellos, en apariencia al menos, primero á la ofrenda del vino y de la leche , aunque la virgen volvió á la otra parte los ojos por no verla ; luego á que rota en se- ñal de unión y alianza entre los dos contrayentes una torta de flor de harina, fuera su trémula mano enlazada con la de Valeriano en presencia de entram- bas familias y testigos que exigía la ley en todo matrimonio aristocrático. Al caer el dia fue conducida la esposa á la mansión de Valeriano, sita en la región transtiberina de Koma , en medio de los vítores y vivas de la agrupada muche- dumbre , que con cantares alegres la acompañó hasta la casa nupcial, en cuyo SANTA CECILIA. adornado pórtico la detuvo, scgunel rito, Valeriano, pregunténdo!e:-iQuicn eres? Y respondió la virgen :— Donde tu Cayo, seré yo Laya, lal era lafonnula usada entonces , pues Cayo quiere decir señor, y este rito venia á significar la igual- dad que debia reinar entre los dos esposos. , . , . , , , Estaba ya Cecilia en la casa de su esposo , y durante el esplendido lestm de los parientes y amigos de las dos familias , un coro de mancebos y otro de don- cellas todos jóvenes y hermosos, entonaban el himno epitalamio). Cantaba también Cecilia pero alia en el fondo de su corazón le deeia al Seiíor aquellas palabras del Rey Profeta, que cada ano repite la Iglesia como recuerdo del triunfo de la ilustre virgen : « Conserva siempre , ó Señor la pureza de ,111 corazón y de mis sentidos , y libra mi pudor de toda mancha:» saludándola por aquel divino concierto como Reina y Patraña (le la música. Luego que concluyó el banquete que presidieron los desposados sentados en el Iridiní) ó sofá , y tan luego como hubieron estos entrado en el aposento nupcial que brillaba con todas las galas de la magnJGccncia romana, apenas la virgen se halló a solas con Valeriano , inspirada de lo alto y no viendo mas que un hermano querido en el esposo que tanto la amaba , y cuya felicidad in- mortal deseaba tanto como la suya propia, con la mayor dulzura y candidez le dirigió estas palabras: «Joven y tierno amigo , un secreto tengo que con- iiartc, pero júrame antes que lo guardarás fielmente. » Y después de haberle prometido Valeriano lo que ella le pedia, revelóle Cecilia sus voto», dándole una idea de la fe cristiana, y de Dios, y de su dominio supremo, y de su luz sa- crosanta y de los destinos eternos del hombre , con aquella elocuencia santa que cautiva y arrebata, como dictada por Dios, de una manera irresistible. Con- movido Valeriano y dominado por un sentimiento superior, consintió en conferirse con el anciano que le designó Cecilia , con el papa Urbano, refu- giado entonces en las criptas ó bóvedas subterráneas de la Via-Apia , para sus- traerse de la persecución del gobierno imperial, pues aunque Alejandro Severo. que ocupaba entonces el trono , era personalmente favorable á los cristianos , no tenia por sus pocos aíios la suficiente firmeza para contener la feroz intoleran- cia de sus ministros. El sumo sacerdote terminó con sus graves palabras lo que la dulzura de Cecilia habia empezado. Valeriano, dotado de un alma noble y generosa, se rindió á la luz de la verdad y á los consuelos de la religión, y poco tardo en reci- bir el bautismo. Aun mas , penetrando loda la dicha de que gozaba su alma , y como el fuego de la caridad es de suyo espansivo , le fue imposible dejar de co- municarlo á su hermano Tiburcio, empezando por ablandar su corazón prepa- rándole íi recibir la semilla regeneradora; mas Cecilia que con ardor quiso sea ar la buena obra de su esposo, fue la que con mas inspirado acento supo presentar á Tiburcio la falsedad y la bajeza de 1» religión pagana y lo absurdo y ver- " 8 SAMA CtCIUA. gonzoso de su culto , hasta que al fin rendido el catecúmeno , tuvo que confesar que nada bueno habia que pensar de las deidades del Olimpo. Oyendo lo cual le abrazó Cecilia tiernamente esclamando: « Ahora sí que realmente te reconozco por hermano mió; » y llevado Tiburcio ante el Papa , poco lardó en seguir el ejemplo de Valeriano y en regenerarse con las aguas santas del bautismo. Es probable que por efecto de la guerra contra la Persia tuviese Alejandro Severo que salir de Roma en la primavera del ano ¿.'10, pues que el prefecto de la ciudad Turcío Almachio , entregóse sin freno á la persecución de los cristianos, haciendo perecer á un gran número , y llevando la barbarie al punto de pro- hibir que se diese sepultura á los cuerpos de los mártires , y como ni Valeriano ni Tiburcio pudieron conformarse con tan absurdo como inhumano decreto, fue- ron citados á comparecer ante el tribunal del Prefecto. Al principio, mas para intimidarlos que para castigarlos , empezó Almachio por reprenderlos por las simpatías que mostraban en favor de una secta pros- crita, así como por el mal uso que hacian de sus riquezas, empleándolas en dar sepultura á los ajusticiados. Pero las firmes contestaciones y la esforzada confesión de fe de los acusados dieron al traste con su modelación , y le lleva- ron al partido de los perseguidores cuando son los mas fuertes , que es la vio- lencia. Su primera sentencia contra Valeriano por sus denuestos contra Júpiter fue condenarle á la fustigación por mano y con las varas de los botares ; pero temiendo que si retardaba el último suplicio las riquezas de los dos hermanos estarían ya en manos de los pobres , enmendó en el acto su primer fallo , con- denando á los patricios Valeriano y Tiburcio á ser degollados. Kn el momento estremo acudió Cecilia a sostener con su presencia y con sus palabras á entram- bos héroes, cuyas gargantas segó á su vista la cuchilla cruel de los verdugos, dejando volar sus almas libres de los caducos lazos al ciclo, donde la virgen es- posa del uno y hermana del otro , les ofreció reunirse con ellos á no tardar. Y realmente así debía ser: todas las circunstancias que sobre ella llamábanla atención pública lo hacian indispensable ; y una vez puesto Turcio en la senda de la crueldad y de la tiranía, debía hacerla el objeto de su bárbara intoleran- cia. Con todo, el Prefecto no se atrevía á comenzar abiertamente la persecu- ción: temía la desaprobación del Emperador, y que este pudiera un dia acu- sarle de haber llevado las cosas al estremo, dando lugar á un trágico desenlace. Su primer paso pues , fue mandar algunos ministros de justicia á Cecilia para que de ella exigiesen un homenaje cualquiera por insignificante que fuese en obsequio de los dioses del Imperio ; pero la heroína respondió á la in- vitación con tal firmeza, habló con tal energía, que conmovidos unos y arre- drados otros, les obligó á todos á otorgarle un breve plazo , del cual se apro- vechó para hacer bautizar por el papa Urbano á los que acababa de convertir á la fe , y sustraer sus bienes á la rapacidad de sus perseguidores. SAMA CECILIA. "i) I legó por Un el dia en que se vio obligada á comparecer en el Pretorio , y he aquí el interrogatorio que sostuvo con el implacable Turcio.-Dime tu nom- bre le preguntó el pretor. -Cecilia me llaman, pero tengo mejor nombre: soy cristiana. - ¿Tu condición ? - Matrona romana , y de noble c ilustre raza.-No- loria es tu nobleza , pero tu religión es por lo que pregunto.- Mal haces enton- ces, puesto que tu pregunta exige dos respuestas. -¿Quién te da valer para responder a s í ? - M i conciencia tranquila y mi sincérate. Por este mismo estilo continuó el interrogatorio , quedando siempre vencido Almacliio por la resolu- ción v firmeza de sus respuestas. Mas los tiranos no toleran que la razón y la verdad triunfen de sus imposturas , y no tienen mas recurso que la tuerza bru- tal Cansado de la falsa posición en que la rectitud y dignidad de las respuestas ilc Cecilia le habían colocado , esclamó con furor : « He despreciado como filo- sofo tus injurias mientras á mí se dirigían: mas ahora ofendes a los dio- ses y esto no puedo yo tolerarlo.» Temeroso sin embargo de condenar á publico suplicio á una virgen joven , bella y tan ilustre, cuyos discursos interesaban ¡i lodos cuantos la escuchaban , dio ostensiblemente la orden de llevarla a su pro- pia casa pero mandó en secreto que la hiciesen morir sin escándalo en una estufa en latín caltlarium ó mdalorium , cuyos batios :de vapor asfixiaban al que en ellos se encerraba , y estaban en su propia casa. Todo el resto del día y su noche entera resistió Cecilia por un prodigio la mortal inllucncia de la abra- sada atmósfera en que sus verdugos la encerraron. Y como en la mañana si- guiente la hallasen aun con vida, mandóse á un lictor que con el hacha le divi- diera la cabeza de los hombros. Obedeció el sayón , mas por turbación ó torpeza hirió tres veces á la inmaculada virgen sin que la terminara la vida, bien que dejándola en horrible martirio; y como la ley no permitía mas que tres golpes, abandonó á su víctima espirante y bailada en su propia sangre , sin atreverse á matarla enteramente. . De este modo después de una prolongada agonía y rodeada del pueblo cris- tiano iiue con su ponlílice acudió íi recoger su postrer aliento , y á cerrar, aun- que en vano sus heridas , espiró al fin Cecilia, en medio de la veneración y del llanto desús hermanos, recomendando i la solicitud del supremo Pastor los pobres cuyo amparo era ella mientras vivió en el inundo. A la noche siguiente el Papa mismo ofició asistido de los diáconos en los funerales de la Santa , de- positando sus mortales restos en el cementerio Pretexto de la V,a-Apia entre pontífices y mártires. Un mes mas tarde también Ulpiano ob uvo la pama del martirio perdiendo valerosamente la vida por confesar la fe de esucnslo I a ¡«Icsia de la advocación de esta gloriosa heroína ocupa el mismo lugai ,,ne én o°lro tiempo la casa de la santa patricia. Su fecha data cuando menos del siglo V. Conservase todavía i -atorio 6capilla llamado e Baño débanla Cecilia , y es en realidad un clorúrale testimonio del género de martirio que J 230 SAMA CECILIA. puso término á su santa vida. Vése aun la estufa , algo mas pequeña que las lermas públicas; el hipocamto ú hornillo con su caldera, aun no bien oxida- da , la cañería en lin de barro cocido y de plomo , que fiaba paso al vapor, amparada por unas planchas de cobre clavadas en las paredes, y en un cua- dro de la capilla vése bellamente representado el martirio de aquella virgen insigne. Aunque todas las bellas arles han consagrado sus encantos para inmorta- lizar las glorias de la ilustre heroína , descuella en la pintura el precioso cua- dro de liubens, del cual es copia la lámina que ha dado materia á estas líneas. La Santa en actitud de inspirada por lo alto, sentada majestuosamente en sun- tuoso aposento, hace volar sus blancos y ligeros dedos sobre un instrumento músico semejante al salterio, rodeada de ángeles que comocelestes genios volotean en torno suyo y están pendientes de su voz ó arrobados de su sobrehumana hermosura Sus ojos rasgados y brillantes fijos en el cielo, parecen absortos en una visión beatífica, y toda su alma acompaña hasta al trono del Altísimo el himno santo que sale de sus castos y ardientes labios. Hay un arte .sobre lodo que reconoce y aclama á Santa Cecilia como su especial patrona, uniéndose á la Iglesia que por razón de los cánticos que la Santa elevaba á Dios la pro- clamó Reina de las armonías cristianas. Poniendo bajo la guarda de la biena- venturada virgen las inspiraciones, confiesa el arte músico que en todos los géneros hay que buscar en el cielo el tipo de la belleza , y que el superior sen- timiento do harmonía , sobre todo de un corazón puro, puede solo emanar y al cielo debe elevar el alma, como en su magnífica oda á Santa Cecilia lo dice el poeta ingles en estos versos que traducidos continuamos. No mas poetas ya del traceo Orfuo; ¡ Vencióle de Cecilia el dulce encanto! Si 61 una sombra arrebató al Lclco, Ella el Edén DOS abre con su canto. Así escomo en esta santa virgen se reúnen todas las gracias de la naturale- za y de la santidad. Belleza, linaje, juventud, genio, virginidad, apostola- do , martirio, todo lo embelesante y hermoso , todo lo grande y heroico que en otras heroínas admiramos Y para que nada de angelical le falle á este ángel de la tierra, refiere la historia , sancionada por la Iglesia , que al lado de Ce- cilia vio su esposo Valeriano resplandecer un espíritu celeste, luego que aquel se hubo convertido á la le. Sin duda que aun en vida tomaría ya parle la Santa en las dulcísimas armonías de los coros inmortales. (CUADRO DEF. RUYSDAEL ) Según declamos dias atrás en un artículo dedicado íi una lamina de este mismo género , la naturaleza es tan varia en su conjunto y en sus pormenores, que no se puede andar una legua sin encontrar cien asuntos para otras tantas descripciones, é igual número de cuadros de paisaje. Mas en esa misma varie- dad que no tiene limites, hay mucho en que escoger; porque si bien lodo es bello , y todo nuevo , no todo es igualmente nuevo ni igualmente bello. En los paisajes pintados hay dos géneros esencialmente distintos; aquellos en que la raleza se presenta sola y aquellos en que el paisaje está animado con la re- ti de personas ó de animalesó de ambas cosas Los primeros han es llamaila hacia varios objetos, y la multiplicidad de estos abre mas ancho cam po á la imaginación del artista. Cuando en un paisaje se ve una casa, el espectador adivina los habitantes, se traslada en medio de ellos, contempla su vida tranquila , pacífica, libre de los cuidados y de los embates de las ciudades populosas , y se le figura que allí t d d b ser bi todo debe bienestar y ventura. Si el paisaje presenta una caravana, llaman la t a caravana atención las mujeres, los hombres, los niños , la disposición en que marchan, los ohjetos que transportan los animales que con ellos caminan y desde luego j;¡¿ I:N i'AisAJii. Mas cuando el paisaje presenta la naturaleza sola , sin un hombre , sin un animal que camina , sin una ave que esté posada sobre un árbol ó hienda los aires entonces es mas difícil que fije la atención del espectador , y que esto. acabe' por aficionarse al lugar representado. De esta naturaleza es en rigor el paisaje que tenemos a la vista: y sin embargo es bello , nos di la idea de un sitio frondoso, fresco , sumamente agradable , y por medio de una escelentc combinación de los árboles que aparecen en último término, nos deja adivinar mas amenidad todavía y mas agrado. Cierto que allá á lo lejos se divisan un campanario y un molino de viento, y que entre distintos puntos se distinguen dos hombres y una mujer montada en un caballo: mas aunque estos son ya objelos vivos,"}1 los dos primeros nos revelan también hombres y vida , están echados allí como al acaso y no bastan para fijar la atención de modo que se olvide lo que en rigor es paisaje para atender a lo que son objetos que se mue- ven y se trasladan. Y sin embargo este paisaje es bello , no debe mirarse de golpe y apartar de él los ojos; merecí ser reconocido con detenimiento , y se irán encontrando las muchas y delicadas bellezas que contiene. Singular y ar- moniosamente accidentado , con un ciclo hermosísimo y una luz bien distribui- da clara, y al mismo tiempo agradable, nos representa un sitio que recorre- ríamos gustosos, y por el cual un viaje, un dia de campo, una reunión de amigos nos proporcionaría grande solaz y dulcísimo esparcimiento. Allí debe res- pirarse un ambiente perfumado y fresco , debe oirse el blando murmullo de alguna fuente , lian de suspirar las ramas al soplo del suave céfiro, se ha de oir el canto del ruiseñor en la madrugada y en la hora del ocaso, y no es posi- ble que en este sitio aulle el lobo ni silbe la venenosa serpiente. Mas fácil es que atraviesen las veredas la veloz liebre ó el medroso conejo , y que á lo lejos se oiga balar el manso corderillo que desde abajo mira á su madre encarama- da sobre una roca, hasta la cual no se atreve á lanzarse. Y aun es muy pro- bable que á la hora de recogerse el eco traiga a los oidos el sonido de la flauta con que el zagal advierte de lejos a su amada que llega la hora de verla. Eso sitio es muv ameno: un poeta podría hallar en él materia de sobra para un bello idilio "¡ Qué Intima que Dios no me haya hecho mas que humilde prosa- dor , negándome el talento de remontarme en alas del genio hasta la cumbre del Olimpo I ['ero , suul ritri nauta i» yurgite vasto. P'BEliüüICII.P. 56 „ . y,, /y/,,u, UN PATRICIO HOLANDÉS. ¡CUADRO DE REMBRÍNDT.) Rubens, Van Oyk, Rembrandt y otros pintores constituyen los puntos cul- minantes en los anales ilel arle. Mientras en los Países Bajos esos hombres repre- sentaban el espíritu aristocrático en la manera de tratar los diferentes asuntos de la vida, y no descendían a las escenas domésticas y de la clase media sino idea- lizándolas ó poniéndolas en ridículo; el pueblo propiamente dicho con sus goces y sus padecimientos fue representado en el país en donde mejor ha triunfado de la tiranía, por la escuela llamada holandesa, y por los corifeos de la pintura de género los l.aars, los Bruwers, los Ostadcs, los Tcnicrs y otros. Esc artepopu- lar que forma un notable contraste con las antiguas tradiciones, es el producto de la larga lucha entre el pasado y el materialismo del presente, que llena las paginas de los siglos décimosesto y su inmediato. Vor muchos que sean el atrac- tivo de esa escuela, y la belleza que en ella encuentran no pocos, lejos de nos- otros ocuparnos ahora de calificarla para contribuir á su enaltecimiento ni para ausiliar íi los que han querido deprimirla. Otro es el objeto del artículo pre- sente. Poco internado en ese choque entre la aristocracia tiránica y la naciente de- mocracia, entro el espíritu religioso y creyente, y el espíritu reformador, entre la austeridad que afectaban los adictos á las nuevas creencias y las sensuales in- clinaciones de las conciencias maleadas por el indiferentismo, Pablo Rcmbrandt nació en un pacifico y sano territorio, distante de la atmósfera de los pueblos grandes. En su corazón vivia aun aquella antigua poesía popular que cual una rosa abierta en medio de los escombros de un edificio arruinado, se había con- 3(1 PVTIUCIO servado entre el polvo de las mas encarnizadas Indias: en é\ renacía aquel anti- guo espíritu lilosólico, propio de todos los pueblos de raza germánica y que los impulsa á encontrar leyes sublimes en la vida do los cuerpos . y en el secreto trabajo de la naturaleza, á realzar por medio de la espresion y del sentimiento cosas ínfimas, y á glorificar lo que es sencillo y modesto. Dispuesto de esta suerte á la contemplación tranquila, con esc vivo interés por todas las faces y por todas las particularidades de la vida que en lomo su- yo se agitaba, y hasta alionándose á lo que comunmente es tenido en menos- precio y rechazado, Hembrandt se resistía íi los métodos sabios que pretenden conducir al artista á la pintura ideal: orgulloso con su arte natural y libre, so aficionó a las formas menos bellas, y que menos atractivo presentan para el sen- timiento estético. Como la época entera en que vivió se distingue por una marcada tendencia íi las ¡deas sanas, por un estilo sobrio y sin adornos, y en particular por una apreciación clara y segura de sus intereses, Rembrandt prefería los arranques li- bres y hasta cierta estravagancia á la espiritual dialéctica, y á la elegancia de los artistas de escuela. A despecho de esa grande sobriedad de ¡deas que tan cumplidamente refleja las tendencias de su tiempo, gustaba de las cosas raras, estravagantes y fantásticas; y de aquí su predilección por el claro-oscuro, y por la magia de los contrastes de luz: predilección que no le hizo nunca degenerar en afectado, y cuyos efectos no terminaron por perder su fuerza, ni dejar de conseguir su objeto; porque no creó sus luces en los ilusorios sueños de su ima- ginación, sino con arreglo á las concienzudas observaciones de la naturaleza. 1.a profundidad, la viveza, la claridad de las luces que brillan en sus cabezas, res- plandecen con el mismo vigor en las sombras, cual la joven libertad de su pa- tria triunfaba de las tinieblas del tiempo pasado. De esta suerte los intervalos entre la luz y la sombra en los cuadros de. Hem- brandt simbolizaban perfectamente el mágico y trasparente claro-oscuro del pen- samiento que quiere romper la ilusión de lo pasado* y sumergirse en la luz de lo presente. Esta manera particular, en que desplegaba una fuerza á que no lia llegado todavía ningún otro, ha sido la base de su grande reputación como retratista. Sin embargo no obedecía al precioso instinto natural de que estaba dolado, hasta el punto de desconocer que la viveza de sus efectos de luz convenia mucho menos á los roslros fíeseos, suaves y delicados de la juventud que á las fisonomías mas marcadas y decididas de las personas adultas. Así es que la luz que daba á esas cabezas tiene un carácter de calor y de finura que reproduce de un modo admi- rable los inefables encantos de un rostro joven y fresco. Kl lector quedaría bien convencido de ello si acertase á ver las cabezas de mujer, y particularmente las de su esposa y de su hija que se conservan en la galería ele Drcsde. Un ellas pa- m r-ATiiiau IIULAMIIÍS. ±'¿"> rece que la iluminación se destila de las cabezas como un Huido magnético; y allí se admira la mas intima fusión de una luz caliente y transparente con los vivos colores de la sangre que se agita debajo del diáfano cutis. En esos rostros el artista supo derramar esa dulce armonía de la luz en e| traje y en los demás accesorios, lis digno de advertir que ningún pintor lia aventajado á Heinbraiull en comprender que el traje, el tocado, un guante, una diadema, en una palabra, el ropaje, se individualiza según la persona que lo lleva. Si esta os Viva, poé- tica, y sobre todo si es una mujer joven, los accesorios participarán del prestigio y del encanto que ella ejerce. Para Hembrandt la representación plástica de un ser moral y pensador implica esta misteriosa analogía entre el espíritu y las for- mas materiales con que se adorna. El verdadero artista, y singularmente el pintor de retratos no reproducirá nunca las telas de un modo puramente material y técnico, sino que procurará darles hasta cierto grado el carácter que las armoniza con la individualidad del original. Establecer reglas en este punto seria hacer un servicio á los pintores medio- cres ; el genio , y soto este y mucho mejor que el talento, es capaz de compren- der la importancia y ile hallar los medios como debe llenar esla tarea. En las obras de Hembrandt el jubón de terciopelo de una joven morena con su color, su forma y sus pliegues particulares , no puede pertenecer sino á uno joven: mas aun , á la joven representada, El jubón seria distinto en una mujer, en una joven de cabello rubio, en una joven gruesa, y en otra muy esbelta." Es para aquella , y no puede servir sino para ella. Esta misma ley de concordancia psicológica entre los accesorios y la indi- vidualidad de la persona, es constantemente observada en los retratos caracte- rizados de personas de edad mas avanzada. En esas el cutis mas grueso y me- nos diáfano , y las formas mas decididas obligaban á Rembrandt á servirse de un brillo blanco , reflejado, y quizás seco, mas bien que de la caliente luz del sol, ó de los mágicos efectos de una antorcha. Esos rostros, algo marchitos por las injurias de los anos, en los cuales se ve todavía la lucha entre el vigor natural y las enfermedades de la vejez ; en los cuales como en el retrato que tenemos á la vista , esc vigor parece que sucumbe en la lucha , constituyen ese género especial , en el cual Rembrandt ha realizado prodigios de verdad. Nunca se separó de su manera grave y fria de concebir la realidad , sin des- preciar no obstante la poesía de la verdad íntima , ni las sublimes inspiraciones de su imaginación brillante. A la manera de Rubens , tenia siempre ante los ojos el valor artístico , y á fuer de hombre que tan bien sabia hacer brillar cu una realidad vulgar una ¡dea general , no delie estañarnos que su admira- ble sencillez asiese algunas veces el primer objeto que se le presentaba , ni que en los retratos levantase las cosas accesorias hasta la altura de muy principales, 236 L¡,N PATHIMO HOUiNÜlSs. sin fallar nunca á la armónica relación de los pormenores con el conjunto. El cuadro titulado Un patricio holandés es entre los buenos retratos del ar- tisla , uno de los mejores y que mas se distingue por la delicadeza de los por- menores. Representa un anciano que lia llegado á la inercia pasiva , á la calmo- sa contemplación de la edad avanzada. Sus manos, capaces apenas de moverse, sostienen con negligencia la muleta, apoyo menos sólido para el anciano que los acumulados capitales que tranquilizan su débil espíritu. Su traje es fausttioso sello (le la languiuez y uei peso, ti ropaje aitam te el carácter del caduco personaje que lo lleva. Cuentan que Rembrandt hubo de retratar muchas veces á ese varan , que no encontraba bueno ningún retrato, aunque estimaba mucho al artista y sabia conocer el mérito de sus obras. Jamás pudo el pintor arrancarle una palabra que le indicase en qué consistía ese desagrado; pues el patricio no tenia otra contestación á sus investigadoras preguntas, sino la de no me satisface, Rem- brandt al fin y al cabo hubo de comprender que le disgustaba verse tan viejo y marchitado ; y cuando finalmente hizo el retrato que tenemos á la vista, y el patricio le dijo según acostumbraba que tampoco este le satisfacía, Rembrandt le contestó : Lo siento ; pero lo guardaré en mi casa , porque no tengo duda de que este retrato se os parecerá exactamente dentro de veinte años. ¡ Cómo ! esclamó el patricio, según eso no me habéis retratado cual soy ahora. Ni por asomo, contestó Rembrandt; os he pintado, según llevo dicho, cual seréis dentro de veinte ó veinte y cinco años. ¿ V por qué capricho , preguntó el ori- ginal , no habéis hecho el retrato de lo que soy ahora? Muy sencillo , dijo el pintor; retrataros cual sois, lo hace cualquiera : mas retrataros cual seréis y adivinar las mudanzas que habrá sufrido dentro de veinte afios vuestro rostro, esto no lo hace nadie fácilmente ; mas yo creo haberlo conseguido. No pretendo cobrar ahora el valor de un retrato que no se parece : dentro de veinte aflos vos mismo seréis el juez de mi obra ; y si la encontráis buena, me satisfaréis su importe. El anciano creyó que Rembrandt decia la verdad: y á pesar de los gran- des espejos que en su casa tenia , dio mas fe á la mentira del artista que á la fidelidad del cristal. Hizo al pintor un magnífico regalo , y le prometió pagarle religiosamente su trabajo cuando viniese la época en que según el propio autor el retrato y el original serian una misma cosa. La mentira de Rembrandt y el engaíío del patricio prueban á cual mas la debilidad humana. d MWH& JUGANDO A LOS NAIPES. (CUADRO OE MURILLO. ) La visla de este cuadro nos entristece. Esos niños que apenas en el segundo lustro de su vida, abandonan las faenas que sin duda sus padres les han encar- gado y escogen un sitio desierto para entregarse en edad temprana al vicio , nos causan una impresión dolorosa. • Pobres nidos....! ¿Qué será de ellos? ¿Qué será de sus padres? Su corazón no tiene aun conocimiento exacto de lo justo y de lo injusto; y sin embargo , el vicio empieza á hacer presa en él, y el vicio se apodera del corazón ilel bombre para no soltarle sino es después que ha dejado huellas de sangre entre sus aceradas unas. Y el peor de los vicios es el juego, porque cierra el paso á todos los senti- mientos dulces. y el mundo no guarda para el jugador otras emociones que las esperimentadas á la vista de un naipe que así alienta una esperanza como ar- ruina una familia, que así pone en los labios una sorpresa de gozo como una horrible imprecación , que ninguna mella causa entre aquellas gentes acostum- bradas a'esos desahogos del animo atribulado por una sota que se antepone á un siete 6 un caballo que caracolea delante de un rey. Historias trágicas de jugadores las registra el mundo en tanta abundancia, que apenas existe criminal alguno en cuya lúgubre biografía no se encuentre una página consagrada á esc horrible placer, si placer puede llamarse la in- quietud incesante que no pudiendo encerrarse dentro de los estrechos limites del Z'íS UL\OS MUCHACHOS .IUÍANUO A I.OS .VUl'KS. pecho, se retrata en la mirada lija , un el labio tembloroso, en la palidez mor- tal del jugador, que á cada contratiempo hunde sus uñas en la negra carne de sus palmas, ó sonríe con la espresion del reprobo que amenaza al Señor. ¡ Cuántos desgraciados, cuántos condenados al suplicio por la justicia hu- mana, habrán vuelto la mirada de su alma a! tiempo pasado y temblado anta la escena que incesantemente asaltara su memoria ! Eran aun muy niños: su vida corría tranquila en el interior de su hogar, embellecido por la honradez de un padre escelente y el carino de una buena madre Una mañana quiso su desgracia que el niño se acercase á un cono de mu- chachos de su edad que indolentemente tendidos sobre la yerba se entregaban al juego. El niño cogió entre sus manos un puñado de naipes y tuvo la mayor desgracia aun de que no calcinase su mano. ¡Oh! mucho mas le hubiera va- lido perder aquella mano, que dejar su inocencia repuesta al contacto de im- puros rufianes. Pero para jugar es preciso llevar dinero , y el niño carecía de él: entonces en el silencio de la noche registró los vestidos de su madre y sacó de sus bolsi- llos la moneda destinada para comprar pan á la familia. Esta operación tuvo que repetirse varias veces, y quizás permitió que sus padres castigasen á alguno de sus hermanos por un delito de que la conciencia no le aconsejó acusarse. ¡ Oh ! el jugador tiene la ventaja de que la conciencia no le acusa ninguna falta: ganar, esle es su afán ; y si pierde , recobrar lo per- dido y ganar después. Con este pensamiento, tenazmente impreso en su memo- ria , mira con enojo el trabajo donde es menester doblar el cuerpo sobre la tierra un año entero para ganar lo que en el juego se pierde en una hora , en un mi- nuto, en un instante mas breve del que se necesita para que Dios decrete la desgracia de un hombre. De ahí que el jugador se vuelve holgazán: el azadón se cae de las manos acostumbradas, á lo mas, al peso de los dados ó de los naipes; la pluma no puede correr sobre el papel donde el jugador no ve otra cosa que ases Q seises tentando su codicia. Pero una pasión , y pasión ruinosa , no da para vivir, y menos para vivir con la holgura que ambiciona el hombre vicioso, y entonces hay que apelar á los recursos de la canalla, y se da el segundo paso en la carrera de la perdición. El infeliz jugador entra en el gremio de los fulleros, vulgar- mente trampistas. En este estado , ya no juega, sino roba; y roba con esa im- punidad del hombre que se halla dispuesto á defender sus bribonadas pistola, ó navaja on mano ; el arma importa poco: el jugador no pertenece á (Jase alguna, alta ó baja, de la sociedad: es individuo de la abominable familia de los tahúres, y vive de aquellas ganancias que pasan á .su bolsillo humedecidas aun con el llanto de la madre ó de la esposa á quien han sido arrancadas. Llega , no obstante, una ocasión en que ni aun la fullería es productiva: U UNOS MUCHACHOS JIJEANDO A LOS NAIPES. 2;i}( entre los jugadores , es decir, entre la gente que vive de robar al trabajo y a la familia, instituciones muy útiles, hay una especie de orgullo, un honor ásu ma- nera , una anomalía por el estilo de aquella que autoriza para llamar honra íi la fama de diestro y valiente que se adquiere en una serie de duelos. El fullero es arrojado con desprecio de los puntos en donde se juega ¡ sarcasmo insultante! honradamente. Entonces cambia de compañías, y se reúne con gentes que se sientan a ju- gar en la convicción de que ganará indefectiblemente el que mayor chasco pe- gue á la suspicacia lie sus contrarios. Es , como si dijéramos , una convención entre varios bribones para dar un premio al que descuelle en lo tuno. Mas no siem- pre el perdidoso se aviene con su mala suerte ó necedad, y en este caso es lo mas frecuente que la partida termine por una pendencia sangrienta , que propor- ciona a los gacetilleros un suelto mas para los periódicos, á los tribunales la instrucción de un proceso , y un espectáculo á los visitadores de la esposicion mortuoria de los hospitales. Dado este paso, la consecuencia inmediata es cuando menos el presidio , y la consecuencia del presidio en el jugador es el crimen habitual , el crimen ejer- cido hasta de rejas adentro. Pero llega un dia en que las macizas puertas de esos focos de corrupción llamados establecimientos penales , se abren para nuestro jugador , y desde aquel momento la sociedad se encuentra en peligro ; porque á nuestra manera de ver, no comprendemos que haya una gran diferencia entre que un león se escape de su jaula ó que un criminal quede en libertad de saciar sus feroces instintos. La mayor variante consiste en que contra la fiera se arma el pueblo de palos y escopetas para darla muerte antes de que cause desgracia alguna, y contra el criminal no se toma ninguna precaución hasta tanto que un surco.de sangre ó de lágrimas revela su presencia á la autoridad , siempre dispuesta á castigar los delitos y nunca á prevenirlos. Es una lástima ; pero es una verdad. Lanzado en la pendiente de ese abismo , el jugador deja casi siempre de serlo: ya no fia la satisfacción de sus ambiciones, el cumplimiento de sus igno- hles deseos, al azar ó á la trampa : mas breve que jugarlo es tomarlo ; mas se- guro que esponer lo suyo es robar lo ajeno. Esta idea no le asusta, y es natu- ral : el hombre que ha tenido valor y hasta sangre fria para arruinar á veinte individuos ; el que ha arrancado, sin lágrimas en los ojos, á un semejante suyo del seno de la familia para conducirlo al fondo de un abominable garito, y allí le ha visto jugar la honra (le su esposa y la vida de sus hijos , sin pronun- ciar á su oido ninguna de aquellas palabras salvadoras que la amistad dicta; el que ha puesto con sus infamias una pistola en manos del ser envilecido , ayer feliz y honrado ; no tiene porque retroceder ante la idea del crimen , porque el crimen y él son dos cosas que marclmn juntas, el crimen es la sombra de su 240 UM)S MUCHACHOS JIKiAMIO A LOS NUI'KS. cuerpo, es el pensamiento ifiic acaricia con la misma insistencia con (¡ue el hombre de bien le rechaza. Y delinque nuevamente , y es crimina] de olido, y un dia se levanta para el aquel tablado negro en que la sociedad representa la mas abominable de sus necesarias tragedias. Y todo ¿por que?... Porque un dia se reunió a un grupo de muchachos que jugaban a los naipes, y encentró muy agradable aquel pasatiempo que sucesi- vamente debilita, prostituye y criminaliza al hombre. lié aquí porqué decimos que el cuadro de Murillo que precede íi este articulo , causa en nuestro íinimo una sensación penosa. ;. No es una lástima que esos niños manchen su inocencia con el deseo de adquirir lo que no es suyo , por medio del juego? ¿No es un escándalo , y por cierto que se repite con harta frecuencia , que esos bribonzuelos que de fijo no saben leer, conozcan perfectamente el valor de los naipes y las reglas de su uso funesto ? ¿ No es sensible que no haya azadones y arados, escoplos y martillos, para esas manos que tan diestramente saben ocultar un naipe ó hacer una trampa a los compañeros? ¡ Mísera sociedad!.... Todos los días , al revolver de una esquina, encontrareis grupos tan carac- terísticos como el que nos pintó Murillo , y ningún tilósofo humanitario se toma la pena de disolver la futura plaga social a latigazos. ¡ Oh! Esto seria una usurpación de atribuciones. Y es muy cierto : mañana el verdugo podría que- jarse de que le quitan parroquianos á su oficio. La sociedad es una de las cosas mas deliciosas que darse puedan : cada chiste suyo causa tanta gracia , que muchas veces la fuerza del chiste produce lá- grimas y hasta sangre. Vean ustedes si es chistosa. La sociedad tiene un libro que se llama código penal: allí están prefijados los anos de presidio que debe sufrir el padre de familias que roba un pan para alimentar á sus hijos mori- bundos de hambre; allí se espresa el color de que será la hopa del reo que es conducido al cadalso porque en un momento de exasperación , quizás fundada, atentó contra la vida de un semejante suyo ; allí se habla de todos los delitos imaginables y de todas las penas imaginadas: únicamente falta un capitulo, el capítulo de los jugadores. Este queda para los bandos de buen gobierno , cuya vigilancia corre á cargo de una policía que muy á menudo se duerme al rumor «le las monedas que se arrojan sobre el tapete verde, i Oh previsión! ¡Oh pro- tección ! ¡Oh baldón!!! Por circular una voz subversiva, causa criminal; por pronunciar una pala- bra obscena, causa criminal; por estafar á un estafa, causa criminal; por darle un palo al peno del vecino , causa criminal; por propasarse de palabras con quien mejor estuviera remando en una galera , causa criminal; el crimen y UNOS MUCHACHOS iUUAIMH) A 1 0 8 NAIPES. "Jü la causa son dos cosas que caben en el acto menos ofensivo de la humana naturaleza. Pero se trata de un jugador, se trata de una partida de tahúres, mucho mas perjudicial para la sociedad que una cuadrilla de malhechores a quienes al fin y al cabo persigue la Guardia civil Ya cambia de aspecto : el jugar no constituye delito, el jugador no merma al estado en un miserable plie- ffo de oaocl del sello de oficio. Y bien ¿cómo llamara entonces la sociedad al hecho de reunirse vanas per- sonas en torno de una mesa, y deliberadamente arruinar, no a ellos mismos, que estos no merecerían la pena , sino a sus líeles esposas , á sus inocentes hi- jos a sus ancianos padres, á cuantos, en una palabra, tienen puesta su espe- ranza en un hombre que á su vez la pone en un naipe? El jugador roba a su familia io que pierde en el juego , y lo roba impunemente. Y sin embargo, para él no hay mas que un tribunal, y este lo recusa: es su conciencia. Nosotros negamos que el jugador la tenga: en el mero hecho de tomar paite en una partida, premcdilai sangre fria la ruina de las personas que le debieran ser mas respetables mas queridas, sin atender á que cada naipe que sale de la burajo cuesta una lagrima y un dia de hambre a toda una familia. La sociedad es harto amable harto condescendiente con estos capitales enemigos suyos. Pero no- si el código penal carece de un artículo que prevea y castigue es- tos delitos hay un código en los sentimientos de todo hombre honrado que tiene Dará los jugadores un artículo inexorable: «pena contra los jugadores dice, el desprecio de los hombres honrados. Se señalará con el dedo, añade, a los de- lincuentes de este abominable crimen, y los padres apartarán de ellos á sus hijos y les pondrán en salvo de sus asechanzas, como se les precave de la peste, co- mo se les retira del borde de los abismos.» Tales son las consecuencias del juego. ¿Tenemos motivo para compadecer 4 esos niños que nos pintó Murillo, y que en edad tan temprana conocen ya os efectos de esc horrible vicio? Miradles: su semblante revela ya la pasión que les domina ; miradles, veréis que en algunos de ellos la espresion gastada de su fisonomía espresion prematura del vicio, anuncia en anticipados rasgos el Upo del criminal. Ponedle veinte anos mas , profundizad estas lineas , dad mas es- presion a su ya siniestra mirada, y habréis obtenido el tipo del morador de las cárceles, del huésped de los presidios, del reo de los cadalsos. Manuel A ««clon. EL PASTOR Y LA PASTORA. (CUADRO DE NETSCHER.) Hé aqui una profesión que remontándonos á la cuna del mundo nos recuer- da aquella edad de oro, aquella época de candor y de felicidad que precede en casi todas las tradiciones de los antiguos pueblos al posterior desarrollo de las sociedades humanas. Si hemos de dar crédito á los albores de la historia de to- dos los países, viéronse en otro tiempo reyes y hasta dioses guardar y conducir rebaños, y tal debió ser segun todas las probabilidades la ocupación de los pri- meros hombres. A este noble principio debe atribuirse, según algunos, la creación de la Orden de los Toisones ó vellocinos de oro que han venido á ser las insig- nias de las mas altas dignidades. El nombre de pastor ha quedado consagrado en la sociedad cristiana para espresar la paternal solicitud de los que conducen la grey de los fieles á su redil con la virtud del ejemplo y con la verdad de la doc- trina. Desde el supremo Pastor que está sentado en la cátedra de San Pedro hasta el mas humilde cura que apacienta su corlo rebano en la mas oscura aldea, to- dos han tomado esle nombre de bondad y de solicitud que constituye una verda- dera paternidad espiritual, y el mismo jefe invisible de la Iglesia, el divino fun- dador del Cristianismo se dá á si propio el dictado de pastor de las almas. En memoria de aquel periodo feliz y encantador de la humanidad en que ala sombra regalada de los bosques saboreaban los hombres con placer las horas de la vida, libres de los sobresaltos y estragos de las pasiones borrascosas, la fanta- sía en sus aspiraciones incesantes hacia un bienestar ideal y una calma comple- ta y deliciosa del espíritu, nos ha transportado mil veces bajo el nombre de poesía pastoral hacia aquellas sosegadas escenas de la naturaleza que desdeña como ' MCTCH.P.3 5 . -v,,,. EL PASTUlt Y LA PASTORA. 213 monótonas y soñolientas la febril actividad del gusto moderno. Y asi debe ser naturalmente, porque el mundo actual no puede fijar la atención, y aun esto por momentos, sino en imágenes fuertes, sorprendentes, arrebatadoras; envueltos en una atmósfera de humo corren los hombres ahora con la velocidad del rayo las comarcas en otro tiempo tranquilas, trepa los montes el viajero, atraviesa los rios, salva las llanuras, corriendo de un foco a otro de civilización, sin que pue- da por dos momentos seguidos contemplar las amenas perspectivas de la gruta silvestre ni del umbroso vallado: el ruido atronador del vagón que vueUen alas de fuego sobre U tierra, sofoca en sus oidos la suave y solitaria melodía de la flauta y del caramillo: de otra paite el sosiego ha huido de los campos como la inocencia, y el mundo todo parece que se va convirtiendo en un vasto arsenal en donde la materia impulsada por el genio del hombre se fatiga para producir lo que van devorando las nuevas generaciones, para quienes quizás no bastará con sus alimentos la superlicie de la tierra. Asi es como la soledad va retirando sus límites, el silencio de los campos va estrechando sus dominios, y la vida pas- toral huyendo del suelo regado con el sudor del hombre tendrá que buscar en re- giones mas lejanas los atractivos de su reposo y de su libertad. La poesía dramática pastoral, especie de farsas ó entremeses, hacia furor en el teatro á fines del siglo xvi y hasta mediados del siguiente en varias naciones de Europa. En España a fines del mismo siglo xvi figuran también las églogas de Juan de la Encina y otras representando la Navidad del Señor, ó algún diálogo amoroso. Pero tanto en España como en Francia estos dramas no tenian mu- chas v^ces de pastorales sinoel nombre, pues ó servían para adular á algún pode- roso, ó se introducían en ellos unas tramas ó peripecias muy ajenas de la calma de los bosques y de la sosegada vida de los pastores, ocultando bajo la corteza pastoril unas monstruosidades que hoy repugnarían á nuestros mas atrevidos dra- maturgos. Vése en la Astrea por ejemplo, á un pastor, Lusidas, cuyas tramas pa- ra perder á su rival tienen el sabor déla capital mas corrompida, un Polístenes, mágico descarado, un Chindonax, druida fanático y cruel, que asistido de un sa- cerdote, levantando el cuchillo sagrado sobre el cuello de una tierna pastora, cuyo nombre es Idalia, le dirige estas lindas palabras: «Estos ojos y ese bello tinte de lirios y de rosa, quedarán sepultados bajo la deformidad de la muerte: k todas es común el horror que la acompaña, pues en su imperio no se conoce ni la hermosa ni la fea.» listo es lo que en el siglo xvi se llamaban pastorales. ¡Cuan diferentes de las candidas escenas de Teócrito, délos cuadros apacibles y encantadores de Virgilio, modelos de la poesía pastoral y bello ideal de la senci- llez de los campos! Tampoco se les parecen la Aininla del Taso ni el Pastor Fidtí de Guarini, esos dos poemas de una deliciosa pintura, frescos como las pra- deras, armoniosos como los bosques, teatro de sus dulces sentimientos, y cuyos coros, fiestas y (lanzas nos transportan realmente á una edad de oro. 244 EL PASTOH Y LA PASTORA, La poesía pastoral es naturalmente tan antigua como los hombres, porque pastoral es la infancia del mundo : es el cuadro mas amable de la vida y de los embelesos de la naturaleza, y es bella como la sencillez de la inocencia y los encantos de la virtud. De consiguiente cuanto mas la depravación de una socie- dad decrépita y corrompida nos apartado aquellas primeras escenas, mas difícil se hace percibir el purísimo sabor de aquellas primitivas costumbres, en las que las personas se hallaban también, por decirlo así, en su infancia y no habían ad- quirido aun el estado violento de febril agitación que adquirieron posteriormen- te. Por esto en el pastor las pasiones deben ser dulces, apacibles, tiernas, ó a lo mas pueden llegará aquel grado de agitación, que sin hacer su situación infe- liz, realce mas la dicha y la tranquilidad de los campesinos. Debe hacernos envidiable su vida, aquella vida para la cual parece haber nacido el hombre an- tes de ser arrastrado á la vida-bulliciosa de las ciudades, aquella vida para nos- otros ya casi ideal, pero que realmente ha existido y ha formado la dicha de ge- neraciones enteras, pero que va huyendo cada dia mas de nosotros como las gra- cias de la inocencia. Las pasiones que pueden afectar á los personajes de la vida pastoral, no tan bajos quo sean groseros é insulsos, ni tan sublimes que sean filósofos ú hom- bres de grandes pasiones, son el temor, la tristeza tierna y apasionada, pero no profundani desastrosa, la alegría, el amor, el odio no á personassino á objetos, la amistad, la inocente envidia que nace de la privación del placer, la genero- sidad, el deseo, la piedad, la esperanza y los recuerdos, esas dos sensaciones opuestas, que suelen percibirse con un dolor delicioso, porque son la privación de un bien presente templada con la ilusión de un goce pasado ó de un goce que ba de venir. Los pastores deben sentir mas que discurrir, pero sus sentimientos deben estar exentos del remordimiento y de la desesperación. No basta el saber pintar la naturaleza, preciso es hacerla ver bajo el prisma de un corazón puro y tranquilo. Aun cuando aparezca terrible alguna vez, la inocencia y la virtud moderan mucho el terror de sus fenómenos, de cuyos re- sultados puede librarles la previsión y sobre todo la Providencia que vela sobre el que á ella se abandona. Siendo el género pastoral tan antiguo como los hombres, antes de poderse escribir se conservó por tradición y luego que se pudo por escrito ; y Ja primera poesía debió ser precisamente lírica y pastoral, porque el canto debió ser tan antiguo en el hombre como las inspiraciones déla naturaleza. Algunos tienen por inventor del género pastoral aplicado á las creaciones poéticas al boyero Dafnis, y por su cuna las orillas del Anapo y valles del Eloro en Sicilia, fonjetúrase también que siguieron á Dafnis Stesícoro de llimera y Diomo de Siracusa, del siglo V antes de la era vulgar. Después de estos dos sicilianos lo cultivó Uion de Esmirna en Jonia, que lo cultivó con delicadeza y vivió cerca dos siglos an- tes de J. C. Precedió á Teócrito, y era contemporáneo de Mosco contra la opi- nión de líatteux. Sin embargo, preciso es convenir en que Teócrilo fue el pa- dre de la poesía pastoral, así en la elección de los asuntos, como en el gusto de las formas. Los idilios de .Teócrito pasan en el bosque , ó en el jardín , los de ltion en la ciudad, y los de Mosco en el teatro: fácil es deducir á quién se debe dar la preferencia. til primer bucólico latino fue Virgilio, aunque en ciertos puntos fue plagia- rio de Teócrito. A pesar de sus relevantes bellezas, dá á veces pasiones y ca- t*cteres impropios a sus pastores, y hace servir a las églogas para miras sinies- tras de ambición ó de interés particular, como se ve en sus églogas 1. a , 3.', I. 1 , !).' y 10.'; de suerte que puede tenerse por el primer depravador de este género de poesía, á pesar de ser el primer bucólico de su época. Porque el refina- miento de la civilización romana falseó ya en parte el genuino y verdadero objelo de la poesía pastoral. Después vinieron M. Aurelio Nemesiano cartaginés y T. Ju- lio Galpurnio siciliano , los cuales, aunque graciosos, en alguna parle son infe- riores a Virgilio. Murió aquí esta poesía , hasta el siglo iv en que se resucitó por algunos , bien que con un gusto muy diverso y con un éxito menos feliz que en los primeros tiempos, ya por la mudanza de los imperios, ya por la ignoran- cia de los pueblos, ya también por la invasión de los bárbaros. Sannazaro napolitano, el obispo cremonense Jerónimo Vida, y el veronés Frascastoro , cultivaron con bástanle ingenio el gusto bucólico. Tenemos después a Sidronio Hossclialemán, á Huet obispo de Avranches, líaniere y líaean, Se- grais y Deslio u lie res , que ilustraron el siglo de Luis el Grande. Hn el siglo pa- sado floreció Pope con las cuatro églogas que consagró á las estaciones, con Speneer que en su Calendario pintó con ellas la vida del hombre; y el poema de las estaciones de Thompson tiene también muchos pasajes de gusto bucólico. Por último , el alemán Salomón Gessner descuella en las bellezas de la invención y en las gracias de la naturalidad. Entre nosotros cultivó el género pastoral el dulcísimo Garcilaso de la Vega , bien que alguna vez algo difuso en.sus diálo- gos , y posteriormente, á íines del siglo pasado, Iglesias, Melendez y Arriaza, no- tables el primero por su ingenio, el segundo por su dulzura , y el tercero por su corrección. Antes de concluir, dediquemos algunos momentos á esos amores campes- tres que nos ofrece el cuadro de Netscher. Rodeados de frondosidad y de ver- dor, sobre un suelo alfombrado de regaladas yerbas, junto al murmullo de una fuente compuesta de un grupo de genios que despiden el agua en pequeños chor- ros , y como en una deliciosa gruta de follaje , desde donde se divisa un lejano horizonte de luz, dos amantes pastores descansan en placentera calma y saborean dulcemente los dichosos momentos de un amor puro y tranquilo. No se advierto i'n sus semblantes la fiebre ardiente de pasiones tempes!liosas, ni la ainargii zo- 2i6 EL PASTOll Y LA PASTORA. zobra de la rivalidad ó del temor. Aquellos corazones sencillos se entregan sin ansias ni fatigas á los gratos y apacibles goces de una ternura correspondida, se abren el uno al otro , como las simples avecillas en los nidos que forman en- tre el follaje de los árboles. A nosotros , avezados á los rápidos goces arranca- dos al azar entre los vaivenes de la vida, nos parece que no hay goce donde no hay tormento , ni felicidad sin privación ó sobresalto. Necesitamos para sen- tir placer de esas luchas terribles en las que cada victoria es un rudo esfuerzo del alma, y cada triunfo cuesta lágrimas de sangre al corbzon. Nos complace- mos en arrancar un momento de felicidad de las garras de la desgracia: nece- sitamos para gozar sensaciones vehementes, y las dichas que nada cuestan nos llegan al alma sin ese íntimo deleite que produce el sentimiento de nuestra pro- pia fuerza, y la satisfacción de haber superado grandes obstáculos. No gustamos dormirnos en el reposo de la felicidad , y por eso cuanto mas se agitan las so- ciedades, mas huye de nosotros el gusto hacia esa monolonía del placer que está muy cerca de engendrar el fastidio. Esos amores pacíficos que forman el encanto de almas inocentes en medio delsosiego de una naturaleza próvida y risueña , ni aun sabemos concebirlos , y sin embargo forman el embeleso de la vida cuando el alma no se halla estragada por el vicio. No hay duda que el hombre nació para gozar de ese amor sin amargura puesto en el Edén de la vi- da, y que los placeres mas puros del amor están consignados en el mas bello idilio que nos ofrecen los sagrados cantares. Pero el hombre ha viciado su natu- raleza , y así como la atmósfera ha de tronar con el estallido del rayo para des- pejarse y tornar pura , así nuestro espíritu agitado y turbulento , no busca sino tras la tormenta los momentos de lo que él llama felicidad. El candor que brilla en esos semblantes pastoriles, aquellos ojos medio adormecidos entre las caricias, aquel abandono del uno al otro que parece no infunde temor porque no ha costado fatiga, todo esc embeleso del alma propio de una edad que no conocemos se retrata bellamente en ese grupo feliz , que como la desnudez de los esposos en los dias de inocencia no conoce el rubor del delito , y nos hace sentir bajo las for- mas de una voluptuosidad inocente, la envidiable tranquilidad de dos cora- zones que se aman , mas bien que el ardor febril de un criminal deseo. Joaquín Roca y Carnet. E"-z:ai::ica.p.£s (CUADRO DE BAVER.) La tradición del valle. Hermoso valle, valle regalado , fresco y riente como una ¡dea de amores.... Aunque es preciso verle esle valle, como lo ve el peregrino , al despertar del so!. Dulce y bella es la noelie ; vánse debilitando y desvaneciendo a los ojos del viajero los mas deliciosos paisajes y dilatados horizontes. Cerca ya de Valldemosa, el camino se enrisca y trepa casi serpenteado!- por la estrechez de una garganta. Se ha ido desarrollando el cuadro mas grande y poético, el espectáculo mas inmenso y sublime que ofrece la naturaleza cuando se duerme. Siéntese mas bien que no se ve un horizonte vago y profundo. Sin embargo, bien pronto, al cstremo de esle horizonte, una luz blanca empieza ft subir ribe- teando con una franja de plata las negras y amontonadas nubes. De entre ellas sale primero un débil rayo de luz. Es como la candida mirada de amor que Ultra a través de las sedosas pestañas de una bella , cobijada por el caido párpado. Después, va lentamente subiendo la luna , saliendo de entre las nubes como de un occéano negro, hasta balancear su globo de oro sobre el azur diafano del terso horizonte. 2M I,A CAIITUJA. La luna está pálida. El caminante se tiende bajo un roble sobre su capa, descansando su cabeza en el sombrero de peregrino. Duerma, duerma sosegado. Imágenes puras le sonreirán en su sueno que ve- larán castos los rumores (Jo la arboleda, susurrante la brisa que se rasga en los picos de la sierra , misterioso el silencio, el imponente silencio de la naturaleza en calma. Cuando el peregrino despierta, las sombras cubren todavía los campos, pe- ro las estrellas comienzan á palidecer. Kl sueno en medio de la soledad, la frescura del ambiente en que parece na- dar su cuerpo, deben haberle infundido algo del bienestar y deleite que fuerza al alma á estar pronta á recibir esas castas emociones de descansada holgura que, como invisibles sirenas, tienen sus nidos de amor en lo alto de las sierras para seducir con goces infinitos al viajero. Detiénese el peregrino en la elevada cumbre que parece un pedestal dispuesto á subirle al cielo, y agradablemente adormecido por la dulzura de que allí dis- fruta, deja que el aire le envuelva en sus olorosos y saludables pliegues, y lija la vista en la masa de sombras que el valle hospeda. También entonces una luz blanca aparece , y las estrellas se esconden bajo un manto de ópalo. Todo empieza á tomar forma y las formas se destacan de las sombras. Dibujando su perfil sobre el fondo de un pálido azul, aparecen primero los montes como águilas monstruosas de desplegadas alas. Cuando el crepúsculo luce, la naturaleza empieza á tener voz. Todos los ruidos del dia suben entonces hasta el peregrino. Pero son ruidos suaves, sosegados, dulces como el aleteo de un ave , como el murmurio lejano de un arroyo que se despena entre guijas , como el murmullo de ilos labios que hablan de amor bajo el oloroso dosel de una alameda. Si alguna blanca casa se perfila entre las sombras que luchan con el crepús- culo , el peregrino cree ver una paloma perdida sobre la alfombra verde de un campo. lil alba moja con lágrimas de alegría las hojas de las llores que en sus péta- los quedan largo tiempo como cristalizadas golas. Es la lluvia de diamantes con que las regala el crepúsculo en cambio del aro- ma virginal que les roba á su paso. Las Dores, al sentir humedecidos sus cálices con esas lágrimas, balancean coquetamente su cabeza para saludar al alba. Vese entonces una línea de rojo fuego encenderse en el estremo del horizonte. Es el primer rayo del sol, peregrino ; es ese primer rayo que con bermeja tinta va á herir al olro lado de los mares el cristal de la ventana á que se asoma T:A CAItTÜH. 2 ÍJI tu amada para recibir su ardiente beso, ese beso que al mismo tiempo que en sus labios se posa también en los tuyos. Descubre tu frente, ó peregrino , y recibe con religiosidad ese rayo que se posa como tin casto pensamiento en los labios de tu virgen desposada, la que en la playa de Barcelona se asoma á su ventana para ver el mar, que es el camino que seguiste para alejarte de ella. Variados grupos de nubes de blanca y diáfana vestidura—su tieglir/é mati- nal—se ruborizan y tifien del mas vivo encarnado y huyen á buscar un refugio en las montañas para ocultarse á las miradas del sol, como haría un grupo de ninfas si otro imprudente Acteon las sorprendía en el acto de salir del bafio. El sol sale de entre un mar de fuego bordando llores de plata y oro sobre el vecino mar. En seguida, abraza á todo el valle de un solo beso. El valle se viste de gala y despliega todo su lujo. Las aguas que en las entrañas de los montes nacen , desenvuelven sus diver- sas cintas de plata. Inmensos campos de esmeralda brillan á los rayos del sol. Las acacias hacen ondear sus verdes plumajes dejando caer en el suelo sus odoríferos racimos de blancas flores. La púdica violeta deja que la brisa al pasar le robe una de sus hojas. La brillante rosa de separados labios, abierta como boca de una bella para re- cibir un beso de amor, alfombra el suelo con sus tornasoladas hojas. El casto lirio junta sus pétalos para proteger á sus pistilos de oro de los lúbri- cos besos del sol. Las gleticias bordan en el suelo el caprichoso dibujo de sus ramas. El aura mueve y balancea las doradas pomas de los naranjos y limoneros. Los árboles en todas partes alzan sus multiformes copas y provocan á la hol- ganza con sus incitadoras umbrías. Los pájaros cruzan veloces el vacío piando alegres y revoltosos, y batiendo sus alas, y sacudiendo sus plumas, y restregando en las ramas sus piquitos. Todo sonríe, y á toda esta armonía del valiese mezcla la campana que con su acompasada voz de bronce canta las matinales alabanzas al Señor. Vuelve tus ojos en busca de la campana que ha herido tus oídos, ó viajero, y mira en la meseta superior de aquel cerro aquellos cipreses que zumban miste- riosos , apenas movidos del viento que parece agitar su ramaje con respeto. Mi- ra aquellos grupos de palmeras que encorvan con graciosa pompa sus ramos so- bre su esbelto tronco. Allí dibuja su mole sombría la solitaria Cartuja. Es como un vestido de luto en un salón de baile. Una cuesta á manera de rústica escalinata te conduciríi á la puerta de la car- 32 -lJ" U CAIITUJA. tuja de Valldeinosa, ó peregrino; á la puerta que sombrea, secular centinela, un venerable roble con su rejuvenecida copa. Restos de formidables muios, una fuerte y ancha torre cuadrada en que aun sobresalen varias ladroneras, trozos de una antigua barbacana, la maciza puerta del rastrillo, todo comunica al monasterio un tinte feudal que no te será cierta- mente ingrato, ó peregrino, si eres artista, si ^ves poeta, si amas las viejas tra- diciones ó las caballerescas baladas. Y á propósito. ¿Quieres saber, para contársela á tu desposada cuando regre- ses de tu viaje, la poética tradición que narran los campesinos? Óyela tú sin darla crédito—que ninguna vieja crónica vendria á corroborar- la,—pero cuénlascla á tu amada sin que la despojes de esa candida vestidura de realidad con que engalana el campesino la fábula. Mucho mitos que D. Jaime el c/mr/ttisfador se hiciera célebre en la cris- tiandad con la loma de Mallorca, el moro Muza era el dueño de este valle. Tenia en el valle un palacio y en el palacio guardaba una cautiva. lira esla cautiva la flor mas bella de las llores del valle. lira la sultana de las flores. No la amaba el inoro Muza con pasión, la adoraba con delirio. Cada tarde iba á arrastrarse á sus pies en entusiasta embriaguez de amor, cada tarde ¡ba, cabalgando en su árabe caballo, á beber á inmensos sorbos la locura que en él producía una mirada de la hermosa cautiva. Hermosa, sí: valia mas ella sola que todo un serrallo de vírgenes georgianas, valia masque todo un edén de celestiales huríes. Una tarde cuando llegó Muza, la puerta del palacio estaba abierta de par en par y su cautiva no se bahía asomado á la oriental azotea para saludarle con la sonrisa de bienvenida. Muza sintió, sin saber por qué, corno un botón de fuego clavarse en su co- razón . Entró en el palacio, no vio á nadie; recorrió las salas, estaban desiertas. Desiertas las estancias á cuyo alrededor corrían como anchas líneas de san- gre las muelles y encarnadas otomanas, desiertas las salas de reposo en que se balanceaban solitarias las hamacas prendidas del techo con cordones de oro, de- sierto el bafio con su marmórea concha y sus dorados grifos, desierto el jardín con sus misteriosas alamedas y sus voluptuosas enramadas. Allí no había nadie, allí no había nada. Servidores, mujeres, eunucos, lodo habia desaparecido junto con las joyas, los tesoros inmensos regalados por Muza á la amante prisionera. El moro lanzó un rugido tal de dolor que diz se estremeció al oírlo todo el valle. Subió Muza á una torre del palacio para abrazar de una ojeada toda la cam- piña. LA CARTUJA. 2S1 Nada vio. Solo por allí, hacia el lado del mar, vio una galera que se mecia sobre el agua como una paviola, y un tropel de gente que á fuerza de remos y en un bote se acercaba á la galera. Muza volvió á lanzar otro rugido. Era aquella una galera pirata. Todo estaba comprendido. Los piratas le habían robado su cautiva, le habían saqueado su palacio. El moro bajó de la torre. Ya cabalga en su caballo, ya á rienda suelta se precipita como un torbellino, brotando de sus ojos mas fuego que el que arrancan de las peñas los cascos de su corcel. Muza llega á orillas del mar. Mar adentro, mar adentro se ha ido la galera. ¡Qué le importa al moro! Se apea y se echa al agua. Cuanto mas aprisa rema la galera, mas aprisa nada el valiente Muza. El caudillo árabe es el mas hábil nadador de Mallorca. Si un caballo gana á un cier- vo en la carrera, él gana a nado una galera. El capitán pirata ve que se le acerca aquel hombre, y aunque le ve llegar solo, tiembla, porque aquel hombre es el moro Muza, el que mas fama goza de valien- te y aguerrido entre los moros. Cuando le ve á cierla distancia, el pirata hace una seña y una lluvia de sae- tas silbadoras cae sobre el audaz nadador. El capitán respira; el moro ha desaparecido. Ks que Muza ha comprendido la intención, y , hábil y resuelto buzo, se ha sepultado en el seno del mar cuya agua corta avanzando mas rápidamente ca- da vez.* El pirata fuma tranquilamente su larga y ensortijada pipa sobre cubierta, cuando ve asomar una cabeza por un costado del buque. ln hombre, ayudado de pies y manos, salta sobre cubierta. Es Muza. Antes que pueda hacer el capitán el menor movimiento , una puñalada le ha tendido cadáver Algunos piratas se precipitan, luchan con el moro , pero uno á uno , lodos caen sin vida á sus pies. En aquella corta refriega han ayudado á Muza algunos de sus servidores que andaban sueltos en el buque. Los demás piratas se sobre- cogen , se aturden , y aterrados se postran de rodillas ante Muza pidiéndole gracia. El moro , <¡ue es tan magnánimo como valiente, les levanta del suelo y les manda que abran su prisión á la cautiva y que remen hacía la playa. Los piratas obedecen. 252 i\ CARTUJA. Muza se vuelve loco de contento cuando ve á su amada , se tuerce los brazos como un delirante , se arrastra ¡i sus pies como un hombre ebrio. Deja todos sus tesoros á los piratas. No quiere masque a-su amada. En la playa le ha depositado ya la galera. Vuelve Muza á montar en su caballo hijo del desierto llevando en brazos á su amada que para él no pesa mas que una pluma, y torna con ella al palacio delicioso que se eleva en medio del tiente valle. Desde aquel mismo día Mu/a mandó que se derribara el palacio y en su lu- gar se elevara un fuerte y robusto castillo que pioteger pudiera á la joya, de que era tan avaro. En efecto, poco tiempo después un castillo se elevaba en el valle que tomó, dice la tradición , el nombre de valle de Muza , Valide musa, nombre que se ha ido corrompiendo hasta trocarse en Vuüdmiusa. Este castillo es el que mas tarde se cambió en Cartuja. II. La historia del monasterio. Pues ya sabemos lo que cuenta la tradición , veamos lo que dice la crónica. líl rey D. Sancho I de Mallorca , obligado, por la enfermedad cruel que le afligía , á buscar la sanidad de los montes y la pureza de los aires , tuvo ocasión de conocer casualmente este delicioso valle y cspcriraenlar lo apacible (te su si- tio. Enamoróse pues de tan dulce soledad que prometía largas horas de recreo á su ánimo, y edificó un castillo, verdadero alcázar de placer en la cima de un pintoresco ceno. Si la tradición fuese exacta, el castillo cristiano se hubiera elevado sobre las ruinas de laforlaleza árabe. Allí pasó las mas de las temporadas que estuvo en la isla; allí vio transcur- rir días serenos, ricos de dulce holganza, henchidos de tranquilos goces. Toda- vía muestra hoy el labrador hacia la cumbre del Teix el lugar donde acostum- braba asentarse el buen rey para ensimismarse en melancólica meditación ó seguir allá á sus solas el hilo dorado de la madeja de sus ensueños. Muchos siglos han pasado y aquel lugar no ha perdido aun el nombre de La silla del rey D. Sancho. El alcázar ó castillo que mandó edificar D. Sancho estaba ya concluido en 1324; la ejecución había sido confiada al autor de los planos, el arquitecto ma- LA CA1UTJA. 2Í>3 llorquin Guillen Jorda, y cuando ya elevó terminada su robusta mole , encar- góse la custodia al honorable Martin M o n t a r su primer alcalde. La importancia de este palacio no tan solo se deduce de haber sido el punió donde los reyes de Mallorca tenían su halconar, sino también de la multitud de reales órdenes que se espidieron para que los representantes del patrimonio de S. M. cuidasen de su conservación. lin 1.199 , con privilegio de 13 de junio otorgado en la Aljafería de Zarago- za, el rey tí. Martin de Aragón y de Mallorca , que era muy aficionado á la or- den de los cartujos , donó este castillo con sus aguas, jardines y bosques al mon- je profeso de Scala Dei y jurisconsulto Pedro Solanes para que fundara un mo- nasterio. Inmediatamente se pasó á levantar la casa del Senor sobre la mansión de guerra ó de placer , y en 8 de mayo de 14áfi ü. Juan de Aranda , obispo de Al- bania , que á la sazón se hallaba de paso en la isla , pudo ya consagrar la iglesia. lil aumento de comunidad trajo la necesidad de.nnayor ensanche en el edi- ficio , y por esto en 1731 se comenzó la construcción de un nuevo lemplo , para el cual dio el plano el famoso arquitecto D. Antonio Mesquida. Un ilustre viajero é historiador catalán que escribió sobre esta Cartuja , dice que si bien dio la traza de la iglesia el citado Mesquida , sin embargo , como los trabajos se interrumpieron, otros artífices cuidaron de su conclusión , y el primi- tivo plan sufrió algunas alteraciones. Quedó de todos modos un magnflico edificio. Al penetrar el viajero en la Cartuja, hallaba el claustro y la iglesia antigua, de una reducida nave en cuyo fondo se alzaba un altar gótico , mientras que las paredes se decoraban orgullosas con los escudos de armas de los l'achs , Nicolau, Labres, Zaforteza y Olesa, antiguas familias bienhechoras del monasterio. La iglesia moderna era de orden compuesto con forma de cruz latina. Su fábrica de buena piedra, y su bóveda de hermosa ojiva, cuyos arcos cruzados apoyan sobre repisas en lugar de columnas. El coro era magnifico y admiraba por su severidad , majestuosidad y sen- cillez. III. Tres huéspedes. lil 18 ilc abril de 1801 rechinaban sobre sus viejos goznes las puertas de la Cartuja para abrir paso á un viajero que de llegar acababa. ^Sí LA CARTUJA. Era un desterrado. Allí le enviaba la intriga cortesana , allí le recibía la mas franca hospitalidad. Todos los monjes, todos aquellos virtuosos solitarios, se agrupaban á su alrededor, y con leales ofertas , con sencillos agasajos, con buenos y afectuosos servicios trataban de borrar de la mente del proscrito las ideas melancólicas que anublar podían su ya demasiado entristecido corazón. Ministro caido , el proscrito no encontró allí las privaciones ni las amargu- ras del destierro. Endulzóselas la franca y sencilla amistad de los anacoretas. Algunas veces , dando tregua á sus deliciosos paseos por el valle , á sus instructivas conversaciones con alguno de los monjes , á sus profundos recogi- mientos filosóficos al pié de un haya centenaria, el desterrado se retiraba á la celda que le habían destinado , y allí escribía páginas que debían un dia ser leídas con admiración y servir de modelo á las escuelas. Un año permaneció en esta solitaria Cartuja. Durante este tiempo su vida fue sencilla , tranquila , reposada , repartida entre el estudio de la naturaleza y el de las ciencias, entre la oración y la amistad. Al año , los cortesanos, inclementes en su odio , rollábanle á la soledad de la Cartuja para hundirle en un castillo, para darle por morada llcllvcr, la for- taleza-palacio de D. Jaime , que el proscrito debía acabar de hacer para siem- pre célebre con su pluma , mientras que mas tarde el ilustre Lacy allí fusilado, debia hacerla tristemente famosa con su muerte. Este desterrado de la Cartuja era JOVEI.LAITOS. Pocos anos después de la supresión de las órdenes monásticas en España, la Cartuja recibía á otro huésped. Proscritos los monjes , ya entonces la Cartuja no era mas que una casa de recreo. Sus celdas, sencilla y modestamente amueblados, eran del primor via- jero que alquilarlas queria. El huésped de que hablamos, tomó una celda de la cual apenas salia. Llevaba una vida retirada, triste, misteriosa. De noche abandonaba su habitación , y se le veía vagar por el solitario ce- menterio de los cartujos, pasear por bajo los cipreses, sentarse al borde de las huesas que cubrían las zarzas y silvestres plantas, por entre las cuales se alzaba melancólica la modesta cruz de madera. En estos misteriosos paseos consumia á veces toda la noche. Los rayos pur- púreos de la aurora iban muchas veces á encontrarle sentado , hundida la frente entre las manos, (¡jos los ojos en la lápida que tenia á sus pies. Los sencillos labradores, los ignorantes campesinos de Valldemosa, se asombraban de aquel ser estraño, cuyo único goce parecía consistir en pasear por entre los sepulcros á la hora en que la luna les bafía con su tibia y melan- cólica luz ; á la hora en que los fuegos fatuos, como almas en pena", danzan LA CAltTUJA. . goíi fugaces y fantásticos por encima la tierra bajo la cual duerme todo un pueblo de muertos ; á la hora , en fin , en que todo duerme y sosiega, los mortales en brazos del sueüo , la naturaleza en el seno ile Dios. A veces , el misterioso huésped se llevaba una lámpara consigo en su noc- turno paseo, se sentaba bajo uno de aquellos cipreses seculares que som- breaba la tumba de algún religioso anacoreta que del recogimiento del claustro lialiia pasailo al del sepulcro , y a la luz trémula y amortiguada de la lámpara escribía páginas febriles y delirantes, páginas envenenadas y satánicas , que debia mas tarde dar á luz en París, la Sodoma moderna, con el titulo de Spi- ridurn. Este huésped, ó por mejor decir, esta huéspeda de la Cartuja (porque era una mujer aunque con traje y nombre de varón), era JoncE SAKD. Algunos anos después que la célebre autora de /.elia, otro huésped llegaba á la Cartuja. Su frente pálida , sus ojos hundidos por las vigilias , su rostro enflaquecido por las luchas del espíritu , su mirada encendida por la inspiración y por el ge- nio , todo revelaba en él al poeta , al hombre de la meditación , al esclavo de la conciencia del arte. El nuevo huésped sintió como que se abrian en su interior todas las fuentes de la poesía al llegar á la Cartuja. Admiraba los prados de esmeralda que lucían al sol su coqueta tapicería de verdura ; hacíale estremecer el aleteo del ave que volando cruzaba el valle; interrogaba, como si fueran ecos de una poesía virgen y desconocida que ha- blase á su alma , los susurros de los cipreses , los murmullos de las balanceado- ras palmas, los murmurios del juguetón arroyo; estudiaba las candorosas cos- tumbres de aquel pueblo agrícola que se afirma en el 'conocimiento de Dios con la vista de la naturaleza; buscaba la soledad del templo para inspirarse con la oración, con el estudio del arte y con el recuerdo de las cosas santas ; dele- treaba por medio de lasojivas, de los calados de la iglesia, de los graciosos arqui- traves y de las labradas cornisas, las memorias de otras épocas ; y, en fin , tre- paba á lo alto de los cerros para cantar en su corazón alabanzas aí Dios y Señor de todo lo creado. Este otro huésped era PIFBBRER. Hé ahí pues como (lió asilo la Cartuja, personificadas en sus tres huéspe- des , á tres ¡deas, á tres revoluciones , a tres épocas. lié ahí pues como vivieron bajo un mismo techo , pero con distinto campo para sus pensamientos , 'jovellanos el poeta-filósofo, Jorge Sand el poeta-deliran- te , l'ifcrrer el poeta-cristiano. lié ahí pues como, una Iras olra, allí retuvieron con ellos lafilosofía,la incre- dulidad y la fe. (CUADRO DE GUIDO RENE.) Mientras qne el artista se limita íi reproducir en sus obras la naturaleza sen- sible y material, puede el buen gusto fijar mas ó menos aproximadamente las reglas que lia de guardar para la perfecta imitación de la naturaleza. El senti- miento de lo bello , que es hijo del sentido común, puede con alguna seguridad trazar la senda que debe seguir, porque aun cuando las creaciones artísticas no siempre representan la verdadera y existente realidad , con todo hasta en sus combinaciones, hasta en los juegos mas atrevidos del capricho no pueden pasar los límites del modelo de lo natural y posible, tipo inmutable y constante por mas que se preste á infinitas modificaciones; al modo que los siete colores elementales de la luz son susceptibles de innumerables matices. Pero cuando el artista, sepa- rándose del mundo material y sensible, se eleva á las regiones del mundo di; los espíritus, de ese mundo que presiente el alma que á él se siente destinada con una fuerza irresistible , pero cuyos umbrales no puede sino entrever al través de las puras concepciones de la inteligencia , entonces es cuando , rodeado por la oscuridad y oprimido por la majestad del misterio , tiene necesidad de acudir ¡i las secretas inspiraciones de ese sentimiento profundo que le hace vislumbrar, mas allá de este universo visible, el mundo invisible ahora á sus ojos groseros, pero cuya existencia le hace presentir la naturaleza misma de su ser y esa sed de lo infinito que en sí propio no puede contener y que le lanza naturalmente ha- cia un ideal indefinido. En todos tiempos ha tenido necesidad el hombre de representar en su ima- ginación y hacer hasta cierto punto perceptibles á sus sentidos las escenas de un mundo sobrenatural y divino. En todas las teogonias, en Lodos los mitos las arles C-'BEKCMCHEir ¿Kf' r¿4&¿ ASUM;ION DE MAIÚA. -"i" de imitación so, han esforzado en materializarle en cierto modo lo espiritual, y en hacerle percibir lo invisible. Todos los númenes han tenido su Olimpo, todas las almas justas sus Elíseos, todos los culpables su Tártaro, porque la tradición lia conservado entre los hombres la idea de la existencia de este orden sobrena- tural que domina sobre los espacios y los tiempos, de una vida mas allá del sepul- cro para todos los seres dotados de inteligencia y de razón. Y las bellas arles, to- mando de este mundo perceptible lo que les ha parecido mas á propósito para sim- bolizar los objetos y escenas de un orden superior, hánse esforzado á hacer este orden , cuya apreciación está reservada á las meditaciones del sabio, compren- sible á todas las clases y condiciones- La religión cristiana, única depositaría de la verdad en el orden espiritual, ha ofrecido á las creaciones artísticas toda la espansion y sublimidad de que es capaz el pensamiento humano, bajo ladohlefaz de su historia en el mundo visible y de sus misterios en el mundo invisible. Lo sobrenatural se estiende antes y des- pués de los tiempos, pasa mas allá de los espacios conocidos, y no conoce mas limites que la inmensidad misma de Dios que llena su obra. Lo vimos ya al tratar del cuadro de la Trinidad por Rubens y lo vemos ahora en el de la Asunción de María por Guido Iteni. María, que después de la Divinidad es el personaje mas auguslo del mundo espiritual, tipo de todas las grandezas y de todas las hermo- suras creadas, se nos ofrece ya desde su creación en el pensamiento eterno de Dios adornada en la mente del hombre con todo lo mas sublime que presenta á nuestros ojos el universo visible: el sol es su vestido, la luna brilla debajo ilc sus plantas, su corona es de astros resplandecientes. El pincel que trazó lodos los pasos de su vida mortal, debe seguirla en su triunfo mas allá del sepulcro, y lié aquí que en esta parte no halla ya modelo en la naturaleza. Hay en el or- den visible tipos de vírgenes candidas, de madres llenas de gozo, de madres junto al patíbulo de su hijo ; pero no hay tipo para representar la subida de un alma al cielo. Estasiado aquí el artista vése obligado á abrirse paso en un mun- do desconocido, y á figurar una escena de triunfo y de gloria en medio de los aires, elevando la majestuosa imagen de María entre albores de luz , con los ojos fijos al cielo y con los brazos estendidos, rodeada de purísimos espíritus simbolizados en la inocencia de la niñez y en las gracias de la juventud , co- mo alados ministros del Dios escelso que la aguarda en su solio inaccesible para aclamarla por reina de todo lo criado. Como la piadosa tradición nos enseña que María fue conducida en su glorioso ascenso por el ministerio de los ángeles, pa- rece que estos la acompañan y la llevan por sí mismos, formando grupo á sus plantas como un cortejo espléndido que en considerable número la va subiendo y aclamando. En cada uno de los semblantes de aquellos celestes mensajeros ha de brillar algún destello de su inmortal hermosura, y en el rostro de la Virgen reina ha de resplandecer algo de divino que solo puede copiar el artista del bello 2Ü8 ASl\0lO.\ HE MAilÍA. ideal que de aquello se haya formado en el fondo de su alma. A Venus le bastaba el ser hermosa por la regularidad, proporción y gracia de sus formas; pero los toques de la belleza celestial de María sofo pueden encontrarse en el fondo de un corazón cristiano. líl culto de la Virgen Madre parece ser un manantial fecundo en donde el genio, aun cuando se halla desheredado por la fe, anhela beber inspiraciones que no sabría encontrar en otra parte. La suave y poderosa aparición de la Virgen Madre, lejos de rebajar y comprimir el pensamiento humano, eleva y sostiene el alma en su vuelo hacia aquel mundo intelectual á dó tiende el poeta , el ar- tista , el hombre de genio creador, y que es como el país de las artes y de los conceptos y sentimientos mas puros y deliciosos. Los poetas cristianos han cantado á María: los pintores, casi todos, han tomado de su historia el asunto de algunos cuadros, Si hemos de dar crédito á una antigua tradición , el evangelista San Lucas era pintor, y dejó un retrato de la santa Virgen, del que se han sacado numerosísimas copias. En los siglos de fe , Cimabue, Giotto , Juan Bellini, el Perugino , Alberto Durcr trazaron , cada cual en su género, hermosos tipos de la Virgen María. En la época del Renacimiento, entre los artistas sin número que lian repre- sentado á María ó sola, ó con el niño Jesús, ó en aquellas graciosas composi- ciones que se llaman Santas Familias, debe citarse en primer lugar, y como ha- biéndoles anticipadamente superado á todos, Rafael de ürbino, el cual supo dar á la Santa Virgen un carácter eminente de hermosura y de nobleza divina, tipo sublime, mágica creación del genio, que todos han procurado imitar y que na- die alcanzar ha conseguido. Despuesde Rafael débense nombrar Corregió, Pous- sin, Lesueur, Mignard yMurillo. Nadie ha espresado mejor que Lesucurel pro- fundo dolor, pero noble y celeste, de María al pié de la Cruz. Nunca las angustias del alma humana se han presentado de una manera mas augusta y en la que mas se descubra un pensamiento de fe y un sentimiento de resignación. El pin- tor en este grande carácter de la Virgen ha llegado verdaderamente á la perfec- ción del arle; y toda su composición respira tan animada sensibilidad que arran- ca al espectador como fuera de sí mismo, y le hace creer que se halla en reali- dad en el lugar de la escena, llenándole de un sentimiento indefinible de simpático dolor. Murillo supo adivinar asimismo el bello ideal del arte en sus retratos de la Virgen que pintaba de rodillas, y cuyos rasgos le salían del corazón. Cuando el genio se remontaba en alas de la fe hacia estas concepciones sublimes; cuando el alnia empapada de amor reflejaba la íntima convicción del sojuzgado pensamien- to, y dirigía el pincel para dar libre espansion al sentimiento religioso que la do- minaba; cuando el ejercicio del arte era un vuelo del corazón hacia los augustos objetos cuya realidad le ponia la fe ante los ojos, entonces se delineaba la ima- gen de la verdad en sus mas interesantes coloridos; entonces el pintor sabia, por AS1.NCIUN I»K M A H Í A . 2í)!t decirlo asi hacer descorrer algún tanto el velo de los misterios, para hacerlos en cierto modo visibles a los ojos del espectador que al mirarlos esperimentaba los mismos sentimientos del artífice. La fe guiaba al arle, y le prestaba re- cursos desconocidos. En las ricas galerías de pinturas del Norte figuran dos cuadros de la Asun- ción de María, el de Fra Bartolomeo en la galería de Berlín y el de Guido Reni en la de Munich. Y en uno y otro el arte ha debido penetrar en la esfera de lo sobrenatural y divino bajo formas tomadas del inundo existente y real, Y así co- mo en el lenguaje tomamos palabras propias de la naturaleza física para aplicar á las ideas del mundo metafísico, así en el arte las formas tomadas del orden na- tural v tangible se aplican para representar ó a. lo menos simbolizar los conceptos delór'den sobrenatural. La Iglesia canta el triunfo de María, y aprueba comouna laudable y piadosa creencia la de la resurrección de su cuerpo, cuya certitud re- conoce la ilustrada piedad de casi todos los santos Padres. Parece que el estático Juan la descubrió ya entre sus arcanosas visiones en aquella mnjer vestida delsol, con la luna á sus pies y coronada de estrellas. El profeta rey esclamaba ya Heno del espíritu de Dios: Resucita, Señor, para tu descanso, tiy el arca de tu santi- ficación. No lia; sonliniicnlo. diw el águila de losdoctorcs, que pueda considerar sin honor que'el cuerpo de Muría fuese entregado ¡i la corrupción, pues el cuerpo que fue libertado de la infección de la culpa debia serlo también de la infección del sepulcro. María pues resucitó como su Hijo divino: la piedad lo cree, la razón lo autoriza, los hijos de la Iglesia celebran en himnos ese doble triunfo. En los primeros siglos del Cristianismo se celebraba ya el misterio de la Asunción de Nuestra Señora, como lo afirman San Alanasio y San Jerónimo, que florecieron en el cuarto y quinto siglo de la Iglesia. La Ascensión de Jesucristo fue por su propia virtud, como poder esclusivo del Criador; pero la Asunción de la Criatura que mas se acercó a la Divinidad fue por la virtud de la gracia y por el ministerio de los espíritus celestiales que la aclamaron por su rema. Según e| Doctor melifluo, la Ascensión de Cristo fue mas poderosa en la majestad, pero la Asunción de María mas solemne en la pompa. Las regiones inmortales debían abrirse y recibir con júbilo y con asombro á la Virgen sin mancha i|ue había lle- vado encerrada en su seno la inmensa Divinidad del Criador. La castidad que Ha- bía preservado su cuerpo de todo ataque de culpa durante la vida, fue su aroma inmortal contra la corrupción de la muerte, y h, hum id en que se abismo a sí misma fue el principio de su elevación y el pedestal de su gloria. Sueno se lia Ma- mado íi los cortos instantes que su cuerpo mortal pasó en el sepulcro. Asi como la Espada la aclamó siempre con especialidad inmaculada antes de nace, id Francia la aclamó incorrupta después de su muerte, y estas dos grandes ñauo r,es católicas han honrado siempre á María en estos dos grandes períodos de su aparición sobre la tierra, en esosdos amables misterios (pie, antes de ser decía- ' " ASUNCIÓN 118 MARÍA. rado el primero dogma de fe, ostentaban mas al vivo la afectuosa piedad y el tierno entusiasmo que inflamaba á estos dos pueblos amantes y predilectos de María. 67IEKU3IBI.P6 7 DIVERSIONES DE LA JUVENTUD. (CUADRO DE VftN DER WERFF,) Las escenas que en este cuadro se ofrecen nos obligan á retroceder otra vez á aquella época de la vida cuya gran suma de felicidad no se conoce hasta des- pués que se ha perdido. Triste suerte la del hombre el no conocer lo que vale la juventud hasta que el peso de los años empieza á encorvar nuestra cerviz y á blanquear la corona ile nuestra cabeza! La fantasía ardiente aun conserva fresca como en un cuadro de Hafael la imagen del placer que nos embriagó un dia: el corazón late aun con fuerza , pero sin objeto: el pensamiento , mas brillante que nunca , nos retrata con todos sus matices el grupo de la felicidad que vemos alejar de nosotros con todos sus encantos, y sin embargo sen limos en el fondo del alma toda la triste soledad de su ausencia , y la terrible realidad de que no ha de volver! Volvamos pues por un momento á alimentar nuestro espíritu con aquellas seductoras ilusiones, y ya que se ha arrancado del corazón el último resto de la esperanza , para sentir y espresar pidamos al tiempo algunos momentos de lo Cuatro parejas de jóvenes rodean el pedestal de ese Hércules que parece abale con su horrible maza ala discordia crinada de víboras ó Crimea. La minaz actitud del héroe contra el monstruo forma contraste con las risueñas y graciosas escenas que pasan a sus pies. Jóvenes esbeltas con lindos trajes, alegres y tiernos mance- bos dejan deslizar las horas en vivas y animadas conversaciones, ó las amenizan con inocentes pasatiempos. Sus candorosos corazones se comunican sin recelo y sin artificio; cada idea que brota en su imaginación es la alegría de todos, el 2'¡- IHVKRSIONKS IIK U JUVENTUD. sentimiento de cada uno pasa a los demás como una chispa eléctrica , gózau- se los instantes presentes como si no tuviesen porvenir y el alma es feliz en lo que tiene y en lo que quiere , porque ningún goce del mundo parece negarse á sus deseos y á su esperanza. Y en efecto'¿qué es la juventud? Guando el niño cesa de verse encerrado en la casa paterna y descubre un mundo vasto y nuevo para él, libre de sus ataduras , se lanza con ardor al torrente de la vida donde le aguardan tantos placeres y tantas penas. Las pasiones en flor no le presentan sino su lado mas bello , ocultándole por de pronto el fondo sombrío donde se esconden los rayos y las tormentas: los deseos reinan sin oposición en su alma : sus impresiones no son débiles como las de la infancia: todo le conmueve con fuerza: las sen- saciones le sacuden con violencia , pero esta violencia es para él un placer. Hasta entonces , rodeado de padres, hermanos, amigos como de otros tantos númenes tutelares , no sabia lo que era peligro , no habia casi conocido la resistencia; pero ahora , orgulloso al ver como crecen y se desarrollan sus fuerzas conti- nuamente, lleno de una casi superabundancia de vida, sus facultades le parecen sin limites como sus deseos. Desdeñando todo obstáculo , despreciando todo riesgo , avergonzado de las ataduras que habían contenido su infancia , impa- ciente por gozar de su libertad , aparta todo recuerdo de su antigua esclavitud, y semejante al joven Ascanio, ningún espacio le parece bastante vasto , nin- gún bridón bastante corredor , ninguna empresa bastante ardua, y salta en triunfo sobre la tierra que recorre á su placer. Han desaparecido la delicadeza, las gracias y el candor do la infancia; pero sus músculos llevan el sello de la fuerza , su semblante lleva impresa la loza- nia del vigor ; el fuego circula por sus venas , la arrogancia anima sus mira- das ; complácese en levantar graves pesos, en salvar anchísimas zanjas y en trepar por riscos muy elevados ; persigue al ágil ciervo , á la tímida liebre y al feroz jabalí; posee por completo el sentimiento de su propia fuerza. Sin tener aun enemigos que combatir, toma y agita sus armas : sus deseos son vagos y sin objeto : sus trabajos sin método ; pero la dificultad le provoca , el peligro le atrae , y cada ensayo de sus fuerzas le parece un triunfo. Ya no es el amor niño recostado en un lecho de flores en medio de las risas y de los juegos ; es Aqui- lcs ardiendo por destruir á Troya, es Hércules impaciente por domeñar los mons- truos. Momento de embriaguez ! época encantadora ! edad de los prestigios ! to- dos los bienes , todas las ventajas , tolos los hechizos de la vida se ofrecen 4 la vez á nuestras miradas, se enseñorean de nuestros sentidos, de nuestro en- tendimiento y de nuestro corazón y ofrecen á la fantasía una carrera sin termi- no de goces y de felicidad. Como los deseos y los placeres pasan á tropel de- lante de nuestra vista, nos encubren los pesares y el arrepentimiento que les si- guen : toda la naturaleza se, mira por el prisma del placer y de la alegría: ÜIVKRSIO.NKS !>[•: LA .ILIVKNTIIlt. 2(í3 embriagado con su misma existencia el joven que aparece sobre la tierra , ape- nas comprende que pueda afligirse y morir. En su vago ardor, queriendo pro- bar á la vez lodos los goces de la vida, no sabe lijar sus inquietos deseos; todo lo abraza pero nada estrecha , goza de todo sin saborear nada, y ligero como la ninfa que pinta Virgilio , sus rápidas plantas se deslizan sobre la yerba y las flores sin llegar á tocarlas. No emplea sus fuerzas , sino que las prodiga; si juega , no busca el oro sino la emoción ; si se abandona al placer, no tanto bus- ca á su querida como al amor ; si combate , no persigue al enemigo . sino al peligro : diríais que se da prisa á gastar su vida. Sueño rápido de felicidad! horas de ilusión ! El relámpago pasa con menos velocidad que vosotras; el tiem- po del peligro se aproxima, y tras la ebriedad de los prestigios llega la hora cruel del desengaño! No pasemos mas allá: no descorramos el risueño velo que encubre los pesares de la realidad ; las hermosas escenas que nos ocupan no nos permiten el dar un paso mas adelante: parémonos en esta mañana encantadora de la vida y dejemos para otra ocasión el describir los ardores sufocantes del mediodía y la lenta os- curidad del anochecer, y volviendo á recorrer este delicioso recinto de la edad florida, demos una ojeada rápida sobre la mujer en lo mas bello y encantador de su existencia. La juventud de la mujer es mas brillante que la del hombre, pero en cambio su vejez es mas triste y fastidiosa. El hombre conserva en sus canas un no sé qué de augusto y respetable que tiene también su belleza; por lo regular el co- razón conserva por mas tiempo su fuego, y su frescura la fantasía: los años le dan en la madurez de sus juicios una especie de sacerdocio: su consejo es au- gusto y lodas las leyes le han venerado. Los anos que ha pasado sobre la tierra parece que le descorren algo del denso velo que oculta el porvenir. La juventud que es para todos la primavera de la vida, lo es por cscclencia para la mujer La estación encantadora que llena de sus dones y de su vital influjo los collados y los montes, los bosques y las llanuras, ¡cuánto mas her- mosa se ostentará en un jardín ó en una pradera donde las flores nacen á miles al aliento suave del céfiro, regaladas por una corriente cristalina! Tal brilla la juventud en la frente y en el tallo de una mujer! No solo las llores le prestan sus tintes y delicados esmaltes, y no son mas que símbolos inocentes de sus gracias, sino que toda la naturaleza parece prestarles lo mas esquisito de sus encantos. El perfume de las aromas, el caido de la palma, los arrullos de la paloma, el azul celeste, son otras tantas imágenes de las gracias de la mujer. Por esto el genio del amor ha ido á buscar para retratarlas lo mas bello, lo mas puro de la naturaleza. Pero ¿qué vale el albor del lirio ni el fuego del clavel, ni la suavidad de la rosa al lado de una mirada fugitiva ó del sonrosado del pudor? Las gra- cias del cuerpo no serian nada si no reflejasen las del espíritu, y estas gracias en la aurora de su vida son el embeleso del mundo. 2(>4 DlVKUSIOiNKS DE L \ JUVENTUD. La mujer es el ornamento de la humanidad por la delicadeza de sus formas (¡ue revelan un alma aun mas delicada, por la viveza de sus sensaciones, por la frescura de su imaginación, por el esmalte de sus virtudes apacibles, por la ter- nura inagotable y por la constancia de su corazón, que le lleva á veces hasta al heroísmo. En la juventud es cuando se agrupan y despuntan todas estas precio- sas calidades para formar un ron junio embelesador que pueda fijar v\ corazón del hombre. La mujer en la flor de sus años es el verdadero lipo de lu mujer. IVrqun si bien después en la edad adulta puede adquirir también el asmulieiilc que dan el iiábito de la virtud y la madurez del juicio, sin embargo eslus grandes dotes de espíritu brillan en la edad juvenil con lodo el fuego del entusiasmo, En la mito- logía pelasga las diosas disfrutaban de una juventud inmortal, y Venus la diosa del amor en sus triunfos sobro Marte, y Diana en sus amores con Endimion apa- recen en el cielo de la fábula radiantes de belleza y de juventud. La juventud de la mujer es asimismo encantadora porque está llena de mis- terios. Nada hay mas misterioso que el corazón de una virgen. Por desgracia la corrupción de nuestras sociedades deja caer su germen precoz sobre esas almas inocentes que prolongarían la pura sencillez de su infancia hasta los umbrales del lecho nupcial. ¿Que mas hermoso que aquel sentimiento vago de felicidad que tiene un corazón virgen? El pudor, el amor casto y ¡a amistad virtuosa, dice un moderno escritor, están llenos de secretos. Se podría muy bien decir que el amor inocente entra en el corazón como un crepúsculo que no deja ver claros los ob- jetos. La joven que siente por primera vez esta agitación cuya causa y cuyo lin ignora todavía, cuando revela en sus suspiros y en sus miradas la necesidad que tiene de amar, es cuando la naturaleza la llena de todos sus hechizos para ser amada. Entonces es cuando merece encontrar otro ser como ella, y no un hom- bre indigno que aun cuando no la haga víctima de su brutalidad la deje burlada en sus esperanzas. El destino especial de la mujer, ha dicho un profundo conocedor del pasado siglo, es agradar al hombre, porque el agradar este á ella es una necesidad menos directa. El mérito del varón consiste en su poder, y por lo mismo que es fuerte agrada. La mujer debe hacerse agradable al hombre en vez de incitarle: en sus atractivos consiste su fuerza. De aquí nacen el acometimiento y la defensa, la modestia y el pudor con que armó la naturaleza al ser débil para que triunfara del fuerte. En cualquier parte del mundo en que se alterase esta ley natural y en que fuese igual la libertad de los hombres y de las mujeres, tiranizados por ellas los hombres, al lin serian sus víctimas. El sexo mas fuerte es en la apariencia el arbitro, y en realidad depende del mas flaco. La mujer, lejos de sonrojarse de su debilidad, hace gala de ella, aféela no poder levantar del suelo la mas li- gera carga, y se avergonzaría de sor Inerte:. Su astucia consiste en buscar muy DIVERSIONES I)K LA JUVENTUD. 265 lejos disculpas y derecho para ser débil cuando, le conviene. No es puee de las mujeres el imperio porque así lo han querido los hombres, sino porque así lo quiere la naturaleza. Hemos presentado la parte risueña y agradable de la juventud, así en el hombre como en la mujer, ocultando el lado oscuro que consigo trae el hervor de los años, como todo lo del mundo. La veleidad , la inconstancia, la impre- visión , la temeridad en las empresas, el alucinaraiento , las tormentas que agitan al alma, las ilusiones que la pierden , y en las mujeres, la vanidad , la presunción, la coquetería , la ficción.... Mas nosotros no escribimos un trata- do de moral. Los encantos, las verdaderas fruiciones de la juventud , este es nuestro objeto ; así como lo es el del cuadro que nos ocupa. Poco nos queda que decir acerca de su autor. El cuadro respira elegancia, aparte de algunos lige- ros lunares en el dibujo. Un divertido grupo de jóvenes y de muchachas con traje de pastores y pastoras del tiempo de Luis XIV alegran el tiempo lo me- jor que pueden ; los unos bailan , los otros se entretienen en ver alguna curio- sidad antigua ; una niña tiene un gato en sus brazos ; otras dos—y una de ellas algo descubierta—dejan escapar un pájaro de su jaula. Hemos hablado ya del Hércules de mármol blanco que sobre un elevado pedestal aplasta la figura ale- górica de Crimea, lil autor fue feliz en su inspiración, y esle cuadro que repre- senta en compendio los placeres de una época de la vida, ofrece , á mas de las bellezas en sus detalles , ancho y profundo campo a- la meditación del filósofo, después de haber ocupado agradablemente la atención del artista. (CUADRO DE MIERIS.) En olra ocasión hemos enterado á nuestros lectores de los vicios que desgra- ciadamente tenían hecha presa en el corazón del artista autor de este cuadro. 151 vino y las mujeres eran, al parecer, las dos fuentes de inspiración de Mieris, fuentes envenenadas que debian ejercer sobre su vida, ó mejor sobre su muerte, una influencia inmediata. Sin embargo, de vez en cuando eí artista veia á través del vino bellas es- cenas en que no le era difícil descubrirse á sí mismo en primer término, y una de ellas pudiera muy bien ser la que tiene lugar en el interior de ese cuerpo de guardia. A la vista del desorden que en él reina, al contemplar el número de botellas caídas ó en pié, todas vacías, al examinar el picaresco semblante de esa mozuela que retira parte de los trofeos inutilizados, cualquiera podria supo- ner que Micris habia pasado algunas horas en aquel pequeño recinto donde la atmósfera se halla,impregnada de humo de tabaco y espíritus alcohólicos. Ahora bien ¿tiene este cuadro fisonomía de loque el autor se ha propuesto representar en él? Por nuestra parte, ignoramos cómo estarían montados los cuerpos de guardia en el siglo diez y siete; pero en nuestros tiempos en verdad que son bien distintos. Un cuerpo de guardia es comunmente un aposento cua- drado, cuyas paredes han sido blancas en otro tiempo y mas recientemente se han convertido en inmenso lienzo ó descomunal pliego de papel, donde un en- jambre de artistas y poetas á natura han dejado huellas de su momentánea per- manencia, lil aspecto de esos recintos ahumados inspira tres sensaciones que se suceden gradualmente por el siguiente orden : risa, tristeza, admiración. EL CÜKRPO DE GUARDIA. 261 Contemplando las desfiguradas figuras dibujadas con carbón, leyendo los versos sin medida que empuercan las paredes, repasando los pensamientos ma- carrónicos que desaparecen bajo otros pensamientos mas macarrónicos aun, por fuerza asoma al labio la sonrisa y se aguza la memoria para retener en ella tan- tos beaux moto, como dirían los franceses, oportunísimos para reproducidos á media docena de ociosos en torno á una mesa de café. Mas luego, y analizando aquellos emblemas, descifrando aquellos escritos, se viene en conocimiento de una verdad triste, y es que dentro de aquel aposen- to y bajo el tosco capote del soldado, han latido muchos corazones atormenta- dos por sensaciones penosas. Aquel corazón pintarrajeado, mas grande que el de un toro, y atravesado de parte á parte por una Hecha, que mejor parece una lanza, haciendo brotar de él gotas de sangre del tamaño de una nuez, ¿ no pue- de ser un desahogo del alma, un recuerdo de amor, una memoria consagrada á la hermosa niña que en la soledad del campo, palidece, suspira, y tal vez mue- re, contando dia por dia los que la separan de la vuelta del soldado? Quizás los dos amantes vivían tranquilos y aguardaban unirse ante Dios para realizar las esperanzas de unos amores inocentes : ¡cuántas veces habrían discurrido acerca de su próxima felicidad, y cuan inmenso era el horizonte de la dicha que aguardaba á aquellos dos seres olvidados de todo el mundo!..., De repente, se verifica un sorteo, nuestro joven tiende la mano trémula á la urna donde rue- dan los números fatales, saca una bola, mira el guarismo, se anubla su vista, y al mismo tiempo que una lágrima de despecho y de dolor salta de sus ojos, hiere su corazón el grito de una mujer que se desvanece á pocos pasos de dis- tancia. Adiós boda, adiós felicidad, adiós amores. ... Nunca adiós amores : el soldado llevará á la guarnición, al ejercicio, al mismo campo de batalla la ima- gen de su adorada; y una noche de monótona lluvia, en el interior del cuerpo de guardia, mientras sus compañeros descansan tranquilamente, porque no su- fren de ausencia ni de celos, él cogerá un tizón de la fría chimenea y trazará in- correctamente aquel corazón, aquella flecha, aquella sangre, que quieren decir amor, amor tan grande como pudo haberlo sentido el divino Rafael por la be- lla Fornarina. ¿Qué significan aquellos versos escritos con letra menuda en un ángulo del cuarto y medio borrados por el color amarillo del humo ? Muy malos son como versos, muy buenos por el sentimiento que encierran : son un adiós carifioso al hogar doméstico, una memoria tierna impregnada de cierta melancolía que no necesita contar sílabas con los dedos para ser comprendida. El soldado que la ha escrito en una noche de insomnio, retrotrajo su pensamiento á un país quizás mas árido, á un clima quizás mas rudo, á unas gentes quizás mas rústicas; pero ningún paisaje, ninguna temperatura, ningunos refinados portentos de humana cullura tienen para el corazón el atractivo del lugar en que hemos nacido, cuyos 268 KL CÜEfiPO Uü ÜUABMA. árboles son mudos testigos de una escena de nuestra vida, cuyas casas nos han cobijado una á una bajo su umbral hospitalario, cuyos habitantes si son ancia- nos nos quieren con el amor de los padres, á los hijos y si son jóvenes con el ca- riño de los hermanos hacia los hermanos. Esto es lo que se ha representado á la imaginación del soldado cuando ha trazado en la paral aquello9 mal medidos renglones, que podrán no ser versos, pero que son verdaderamente una poesía, puesto que nacen de un sentimiento delicado que vibra en el corazón del duro veterano como la cuerda del arpa en la caja del sentimental instrumento. Aquellos emblemas de amor, aquellas composiciones ¡xjn patria, aquellos nombres aislados, aquellas simples cifras toscamente copiadas de otras que la pasión ha escrito con inteligente mano en el pecho del soldado, hé aquí lo que nos entristece en los cuerpos de guardia, henchidos siempre de gente proscrita de su hogar y de sus amores. Y luego un sentimiento de admiración se apodera de nuestra alma : aquel soldado á quien la ley separa de su amada, aquel mancebo que pagaría con su vida el abandonar la guardia para ir á recoger el último suspiro de su mori- bundo padre, aquel hombre para quien no hay mas tierra en el mundo que aquella desde la cual se descubre la bandera de su cuerpo, tiene una dosis de abnegación superior, muy superior, ¿ la de los grandes patricios para quienes son las coronas de laurel y de oro. En el interior de ese cuerpo de guardia, donde el patrióla pulcro no se atreve á poner los pies por no ensuciarse las bo- tas, y la dama matrona no puede penetrar por temor á sus nervios, se han al- bergado un dia, y otro, y siglos enteros, los hombres mas generosos del reino. La patria les ha despojado de padres y hermanos, amigos y amores, la pa- tria les ha privado del aire puro de su país natal para hacerles respirar el aire mal renovado de los cuarteles, la patria les ha privado de su libertad y les ha leido todas las mafianas las penas rigurosas en que incurrirían á la mas leve de las faltas; y ellos en cambio lian correspondido á tantos perjuicios ofreciéndole ala patria toda la sangre de sus venas. Una mañana oyó decir el soldado que peligraba el país, y le ordenaron salir al campo en persecución de enemigos. Enemigos ¿de quién? No del soldado que es harto humilde para tenerlos. Las cajas de guerra dan la señal del ataque, y el soldado se lanza decidido al cam- po contrario, y en sangrienta refriega vence ó cae, triunfa ó muere. Vedle, su rostro siempre triste cuando no indiferente, se inflama con orgullosa espresion, sus labios profieren el nombre de la patria con entusiasmo y apostrofan al ene- migo con sin igual energía, combato como pudiera el mas noble y poderoso león rodeado de menos valientes fieras, y si el plomo del contrario penetra en su cuerpo, ni una maldición, ni una queja sale de su boca que indique el mas mí- nimo descontento, el resenliniiento mas insignificante hacia la patria ó hacia la ley que le ha arrancado del seno de su familia para hundirle en una tumba, en EL CUERPO DE OUAUDIA. sb9 la cual ni aun tendrá la recompensa de que otros lean su ignorado nombre. Y esta abnegación ¿ no es acaso de admirar, de glorificar, si cabe tanto? Mas supongamos que la victoria corona sus esfuerzos, supongamos que el ve- terano ha salido á salvo de todos los peligros de la guerra. ¡Mas admiración despierta aun en este estado! Junto a él han peleado imberbes alféreces que tal vez por hazaiías mas vistosas, que no mas meritorias que las del soldado, mandan regimientos y aun ejércitos; junto á él se han ganado las grandes cruces y los grandes puestos, junto á él se han ceñido coronas a los jefes que quizás ganaron una batalla por la buena puntería del soldado en quien ninguno repa- ró durante la lucha, ni reparará tampoco la historia, que á pesar de todo se lla- ma liel y justiciera. ¿Creéis que el soldado se queja ni aun de la ingratitud de la gloria?... No por cierto : la gloria la lleva él consigo mismo en los remiendos de su uniforme raido, en el canon pulimentado tantas veces de su querido fusil, en esas cica- trices que están revelando bravura y honra. ¿Sabéis cuál es su hora de orgullo, su recompensa inocente, que ninguno puede disputarle? Penetrad en el interior del cuerpo de guardia, oidle referir sus campañas á los bisónos companeros que le escuchan, y si acaso suponéis que hay su parte de exageración en aquel re- lato hecho con la vigorosa elocuencia que se aprende en campada, no os riáis de ella y perdonadle de todo corazón, pues esta mentira inocente y pasajera del héroe olvidado, es infinitamente mas venial que todas aquellas escritas en las historias para inmortalizar á los favoritos de la suerte. Ahora bien ¿entendéis porqué motivo nos causa admiración la vista de un cuerpo de guardia ? Porque comprendemos las virtudes cívicas y militar.es que se han albergado debajo de su ahumado techo, porque leemos en las enne- grecidas paredes muchos nombres que mañana desaparecerán bajo otros nom- bres, como los cadáveres de los que los trazaron desaparecieron un dia debajo de otros cadáveres de amigos y enemigos, amontonados indistintamente por la igualadora muerte. Héroes sepultados lejos de vuestra patria en país donde ni una modesta cruz con vuestro nombre recuerda al pasajero el sacrificio patriótico que hicisteis de vuestra vida, yo os tributo un humilde recuerdo, y ¡ojalá! pudiera en este li- bro inmortalizar vuestra abnegación. ¡ Oh! no temáis que si algún dia pene- tro en alguno de esos cuerpos de guardia donde tal vez padecisteis hambre y frió por mi patria, ponga en mis labios la fatua sonrisa del que lee únicamente lo que está escrito, y para nada le importa esa mirada del alma que descifra el gran libro del sentimiento, que encuentra con seguridad entre los pliegues del corazón la lágrima que en ellos permanece. Insensiblemente nos hemos desviado del cuadro de Francisco Mieris; pero es el caso que el cuerpo de guardia pintado por el alegre holandés, no tiene ningu- í^O EL CUEHPO DE GUABDIA. na analogía con los nuestros. ¿Qué La querido significar el pintor en estas tres personas, una de las cuales, la única militar del cuadro, está dormida, en tan- to que otra le birla suavemente una moneda, haciendo al propio tiempo serias á una moza, que tiene mucho mas de maritornes que de cantinera? Buenos esta- rían los cuerpos de guardia en el país en que los oficiales se portasen tan discre- tamente como el deMieris... Probablemente los soldados españoles encontrarían á los holandeses tan agra- dablemente ocupados cuando fueron a clavar sus pendones en Holanda, ó así tal vez se durmieron los españoles cuando la Francia de Luis XIV invadió aque- llos dominios de nuestra patria. En este caso Francisco Mieris estuvo sarcástica- mente filósofo en esta pintura: el militar que estando de servicio consagra el tiempo a las bebidas, a las mujeres y á las malas compaüías, puede muy bien ser sorprendido en su sueno, con la misma facilidad con que es saqueado por el personaje del cuadro el oficial que en él se halla dormido. En tiempo de Federi- co el grande de Prusia, una falta mucho mas leve hubiera puesto término á la existencia del militar que así faltase k su consigna. Cuéntase de ese rey que mandó arcabucear á un oficial, porque contra la or- den general del ejército había encendido una lámpara en el interior de su tienda para escribir una carta ásu familia; y del emperador Carlos V se reliere que atra- vesó con su propia espada á un soldado que estando de centinela se liabia dejado rendir por la fatiga. Severa fue por demás la justicia de estos monarcas; mas por Dios que en su tiempo se conquistaron tierras, bastantes para no perderlas todas con siglos enteros de perderlas continuamente! Por nuestra parte, y aun careciendo del animado pincel de Mieris, preferi- mos sublimar un cuerpo de guardia, suponiéndole albergue de héroes, mejor que reproducirle como guarida de vicios. Por esto, y al pensar en el interior de nues- tros cuerpos de guardia, que se nosfigurase parecerán bastante á los de lodos los países del mundo, recordamos involuntariamente aquellos magníficos versos de Zorrilla en su poesía á la GLOIUA val ORGULLO: Por 11 el soldado se vendió á sus reyes, Y lucha ahora con porfía insana; No por esas, que ignora, pobres leyes... Por comprar una lágrima mañana. Por 1 acaso el cansado continela, 1 ES. sumisos á un tiempo, persisten en la ambición santa de escribir con su sangre el testimonio de su fe. Los emperadores se lisonjean de inundar en lagos de sangre esa tierna y humilde hija del cielo que nació en el Galvario para no mo- rir jamás. ¡ Qué teatro de combates y de victorias! j Y qué eslraflas victorias! Hemos oido el canto del salvaje que se gloriaba en sus sufrimientos por haber hecho sufrir aun mas a su enemigo. Pero aquí, por una parte la paciencia, la calma, la dulzura, sin cólera, sin jactancia, la bendición en los labios y el fue- go de un amor inmenso en el corazón, la mansedumbre de un cordero, el can- dor de una paloma, la alegría, la gloria en los tormentos; y de otra parte el furor implacable, la amenaza, la atrocidad, el lujo de la barbarie y el baldón de la cobardía cebándose en víctimas tiernas é indefensas! De una parte el he- roísmo sobrehumano en el sufrir, el ansia de correr al martirio, los mismos verdugos con frecuencia convertidos. ¡Oh ! si los mártires no hubiesen tenido si- no la fuerza de morir, y se hubieran mostrado débiles como los demás hom- bres, no hubieran arrastrado con su ejemplo. Y de otra parte la ferocidad del tigre, la pertinacia del arcángel maldito, la ceguedad funesta del judio. Después que el mundo romano no era mas que un vasto campo de cadalsos, los fieles lejos de aterrarse, recogían con amor los restos de las santas vícti- mas, las besaban, teñíanse con su sangre, les tenían-una santa envidia, y ha- ciendo de sus sepulcros el altar de sus oraciones, las rogaban que les alcanza- sen de Dios el participar de sus triunfos. ¡Ah! y no era, no, el fanatismo, la sim- plicidad, la flaqueza, la credulidad del vulgo la que se lanzaba á las hogueras, á los potros, á los anfiteatros. Personajes ilustres, filósofos, magistrados que habían sido la gloria del paganismo, grandes dignatarios del imperio, guerre- ros intrépidos, héroes, legiones enteras, historiadores, escritores célebres, se mezclaban con la inocencia, con la belleza, con la debilidad de la edad y del sexo : la humanidad paciente estaba largamente representada en todas las con- diciones : para todos estaba abierto y á todos igualaba aquel bautismo de san- gre que rompía las cadenas de la vida, dejando en la tierra el testimonio para recibir el premio en el cielo. Y no morían los mártires por opiniones sino por liedlos, y esta observación es importante. Los primeros cristianos murieron por hechos que ellos mismos habian visto y tocado con sus manos, como los apóstoles y demás discípulos de Jesucristo; la multitud de cristianos inmolados al principio habian sido testigos oculares de los prodigios de Jesucristo y de los apóstoles, y los mártires siguientes fueron trasmitiendo por espacio de tres siglos este mismo testimonio de sangre, perpetuándolo por diversas generaciones co- mo una cadena siempre seguida de deposiciones siempre irrecusables en favor de los hechos que eran el fundamento de su religión. ¿Que habian visto los már- tires de las otras religiones? ¿ qué habian oido ? ¡ que podían atestiguar ? ¿dón- de está una deposición unánime, inmensa, irrefragable, de mas de diez y siete SANTA INÉS. ¿75 millones de testigos, lo mas bello, lo mas escogido de la humanidad, de toda edad, de toda categoría social, todos animados de un mismo espíritu, todos dó- ciles á la ley del hombre en lo que no se opone á la de Dios, los subditos mas fieles, los soldados mas intrépidos, las esposas mas dulces, los padres mas tiernos, los mas leales amigos, aquellos de quienes decían los gentiles absortos: ¡ y cómo se aman ! ¡Ah! tanta virtud, tanto candor, tanto desinterés, tan espon- táneo y entero sacrificio, lanta constancia, tanta humildad, un amortan puro, una fe tan ardiente, una esperanza tan firmo, ¿ nada diría en favor de la ver- dad? ¿ Asi el cielo hubiera engañado á los hombres? ¡ Ah! la sangre de los márti- res, esa gran página de púrpura que ostenta la religión en sus anales, es irre- sistible. Si alguno la niega, es porque no sabe leer en el corazón, no tiene en- trañas; y es una gloria para Dios que solo tales hombres puedan desconocerle en la brillante y magnífica creación de este nuevo mundo de la gracia. ¿ Y por ventura habrá dejado de correr esta sangre del testimonio divino en los siglos posteriores ? ¿ Por ventura dejara de correr aun en el nuestro ? Frescas eslán aun las llanuras de la Cochinchina, frescos los campos de la Siria de la sangre de nuestros mártires contemporáneos. Desnuda ha estado siempre y esta- rá hasta la fin del mundo la cuchilla contra los hijos de la Cruz, y en una ú otra parte del globo se regará la tierra con esta semilla divinamente fecunda pa- ra que no se pierda hasta el fin de los siglos la descendencia espiritual de los ado- radores del Dios crucificado. Todos los errores, todas las hipocresías, todas las impostaras, á pesar de los mentidos velos con que se cubren, vienen á parar al fin en la persecución, y el cristiano verdadero debe estar siempre preparado para la lucha y para la palma del martirio. ( CUADRO DE GERARDO VAN HONTHORST. ) Muy justamente es considerado este pinlor como formando parle de la gran- de escuela de aquellos maestros neerlandeses ijue lian tomado de su cuenta el rc- presenlar con el pincel las escenas comunes de la vida doméstica y ordinaria. Sin haber llegado al colmo do una imaginación cicatriz, sin figurar en primera linea bajo el punto de vista de la ejecución técnica , y bajo el de una fiel imita- ción de la naturaleza, no se le puede disputar frescura y limpieza de conceptos, vi- gor y verdad en el' dibujo tanto como en los coloridos. Por lo que hace á su ha- bilidad poco común en valerse de los efectos de la luz sin ofender la armonía de los tintes, las generaciones futuras le tributarán , mas aun que ahora, una com- pleta admiración , y tomarán de sus obras lecciones provechosas. Asi que, aun viviendo él, reconociéndolos italianos este mérito, le honraron con el titulo de (Jim-ardo delta nolte (Gerardo de la noche) bajo el cual es casi eselusivamente conocido en aquel país. Nació este pintor en Utrecht en 139!. Sus padres, gente honrada, pero poco favorecidos de la fortuna, le colocaron desde luego de aprendiz en casa de Abra- han Bloemaert, en donde hizo rápidos progresos. Muy pronto tuvo el deseo de ver las obras maestras de los grandes artistas italianos, entre los cuales sintió sin duda las mayores simpatías por los lienzos deMiguel Ángel de Carravaggio. lin Italia fue donde compuso la mayor parte de sus cuadros de noche que le valieron tan alta y general reputación. Mas, como Carravaggio que apareció en algún modo en un período de verdadera aberración artística, y que por los desórdenes de su vida nunca llegó á encontrar unadirecciou mas pui'a y mas sana, lloulhorsl SAN l'EMIO EWA1IC1ÍU1IO. 21T no estuvo enteramente libre de un cierto amaneramiento. Verdad es que su dibu- jo es mas bello que el de su predecesor, y que si su colorido no tiene el mismo carácter serio y dramático , es mas grato á la vista, y produce un efecto de conjunto mas favorable. La transparencia de su claro-oscuro nada deja que de- sear , y sus luces parecen poseer en realidad una virtud luminosa. Los cuadros compuestos en aquella época para muchos cardenales en Ro- ma, y tan ponderados en su tiempo, ó han desaparecido, 6 andan esparramados y confundidos en colecciones particulares. Sandrard fue su discípulo y le acompañó en Inglaterra, cuando fue allá por disposición de Carlos I. No fue en Londres don- de pintó sus mas bellos cuadros: se le habian pedido vastas decoraciones con mu- chas alusiones mitológicas, pero faltaban a Honthorst la reflexión poética y la riqueza de imaginación que reclamaba un desempeño de esta clase. Allí se ocupó también en copiar algunos cuadros de llolbcin. Rcresado a Utrecht, fue nombrado pintor de la corte por el principe de Orange". Federico (iuillermo, elector de Brandeburg, revindicó la dicha, poco en- vidiable por cierto , de deponer por diez y seis veces al artista neerlandés, y su mujer tuvo el valor de renovar este acto hasta veinte veces. Tal era entonces en muchos puntos el reinado de aquellos pintores áulicos en que los grandes po- dian decir con orgullo : «Cualquiera que haya recibido recompensa por diez de mis retratos , recibirá gratis el onceno.» El del mismo Honthorst se llalla en la sala de los retratos de la galería Uflizi en Florencia. Antes de entraren el sucinto examen del cuadro que aquí nos interesa, fuerza es el describirá) cortos rasgos el carácter del personaje que en él se nos representa. Conocida es su historia: no haremos mas que dar sobre ella algunos toques para ponerla al nivel del artista que de él deba ocuparse, en cualquiera de las escenas en que descolló y que constituyen su particular fisonomía. Boma, la capital del universo, vio terminar en su seno la gloriosa carrera de las dos grandes lumbreras de la Iglesia S. Pedro y S. Pablo, tan dignos el uno como el otro de ocupar la atención profunda del filósofo , y el estudio del ar- tista El César que dio su nombre a los siglos por emblema de la crueldad, el que' deseaba que todo el género humano tuviese una sola cabeza para podérsela cortar, tenia bajo su cuchilla los dos grandes jefes del Cristianismo. Pedro el após- tol de la fe y del amor, el corazón abrasado , el hombre que se entrega sin re- serva al divino Maestro , el primero en confesar su divinidad , el celoso defensor de la víctima de (lethsemaní, aquel pecho rústico y sencillo que por haber ama- do mucho y por haber llorado mucho la fragilidad y la cobardía de un momento, mereció que hablase por sus labios el Espíritu Santo, que en dos solas veces con- quistase con su palabra diez mil personas para Jesús, y cuya sola sombra hacia milagros. Pablo , el infatigable guerrero de las batallas del Señor, el interprete profundo de su doctrina, el hombre de los triunfos evangélicos, el oráculo de la 278 SAN PEDRO ENCARCELADO. sabiduría de Dios que resonó por los cuatro ángulos del mundo, el triunfo vivien- te de la gracia, el arrebatado al tercer ciclo. Pedro, el modelo de las almas fieles, el que recibió de Jesucristo las llaves del reino de Dios, la piedra angular de su Iglesia, el sucesor del Hombre Dios en el gobierno del mundo espiritual, y el primer eslabón de la cadena de pontiflces que se ha perpetuado y perpetuará des- de la plenitud hasta el Dn de los tiempos, el que, sin valerse de su indisputable primacía , fue humilde hasta el punto de qne su autoridad cediese á su modes- tia , el libertado de las cadenas por la mano de un ángel, que es el asunto del cuadro que nos ocupa. Pablo, el gigante humillado al pié de la cruz, derribado de su corcel orgulloso para levantarse después á mayor altura cuando se glorió en la cruz de Jesucristo. Pedro y Pablo, los dos hombres cuya virtud , cuya fe y caridad llenó de asombro y de felicidad al universo; los dos héroes sin igual, cru- cilicado el uno, decapitado el otro, cuyas cenizas descansan en la gran metró- poli del Cristianismo, los dos grandes sobre todos los grandes, amigos predilectos, coadjutores del Hombre Dios, participes en primera linea de sus desvelos para salvar al género humano, ante cuyos radiantes sepulcros han visto diez y ocho siglos arrodillarse los pontífices sumos de la Iglesia, sucesores de Pedro, para implorar el socorro divino en el gobierno de la mil veces combatida Iglesia, an- te cuyos sepulcros hoy mismo el angustiado sucesor del grande apóstol dirige al cielo sus fervientes ruegos para alcanzar sobre si y su rebano una mirada propicia del que dijo : «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ti.» Tales son los dos grandes colosos del Catolicismo, cuyo parangón dá mayor realce á su respectivo carácter, los dos grandes héroes de la religión en su cuna S. Pedro y S. Pablo. Al primero confió Dios las llaves del reino de los cielos, para que ya desde la tierra abriera las puertas del jardín inmortal á los cautivos que él mismo habia venido á redimir. Al segundo se conlió la espada de dos filos de la palabra de Dios, después de haber depuesto á los pies de Jesucristo la que antes obcecado blandía para perseguir á los hijos de la Cruz. La autoridad de Pedro reina y reinará en sus sucesores, pasando por encima de las ruinas de los imperios: la voz de Pablo resuena aun y resonará por todas las generaciones co- mo un oráculo perpetuo de la palabra de Dios: el uno sentó su silla sobre todos los poderes de la tierra ; el olro levanta su doctrina sobre todas las ciencias de los hombres : son como dos figuras gigantescas que brillan en el gran panteón de la Iglesia; su base descansa en la tierra , y su coronada cabeza se pierde en los espacios del imperio eterno de Dios. El penitente pronuncia con confianza sus nombres inmortales cuando confiesa sus miserias, y el gran Pontífice del Vaticano venera de rodillas sus restos antes de dar su bendición á la ciudad y al mundo. El pasaje de la vida del santo apóstol á que se refiere nuestro cuadro es uno de los mas notables y de los en que mas resplandece la Providencia, que le conservó la villa por dilatados anos mas que á ningún olro de los sucesores en SAN PUDRO E.VCAllCELADO. 2~¡) su santa y augusta silla. Cuando los apóstoles se dividieron el mundo para con- quistar por Jesús lodos los pueblos, Pedro dejó á Jaime en el gobierno de la Iglesia de Jcrusalen, y se fue a Antioquía capital de Oriente. De allí se fue á pre- dicar en el Ponto, en la (¡alacia, en la Iiilinia, y en el Asia menor, visitó to- das las iglesias fundadas por Pablo en aquellos países, trasladó su silla á liorna, la estableció con confianza y sin temor al lado de la soberbia morada de los Cé- sares, y volvió á Jerusalen, donde Agripa le hizo prender y encarcelar el dia de los ázimos. Para satisfacer al pueblo que pedia la cabeza del príncipe de los apóstoles, como habia pedido la de Jesús su maestro, Herodes tenia la ¡dea de hacer dar muerte á Pedro después de la Pascua; mas la víspera del día señala- do para el suplicio, un ángel del Señor aparecióse de noche al glorioso cauti- vo, y llenando su cárcel de una luz brillante y sobrenatural de la cual no tie- nen idea nuestros groseros sentidos, le dijo : « Levántete, ponle el cinluron, lo- ma tus vestidos y sigúeme.» A eslas palabras Pedro sintió caer sus cadenas, vio las puertas de la cárcel abiertas, pasó por en medio de la guardia sin ser visto, y salió milagrosamente de la ciudad. Es presumible que los guardas estarian sumidos en profundo letargo, como los que custodiaban el sepulcro del Salvador. Se ignora á donde fue Pedro al salir de la cárcel, pero es probable que vol- viese á Roma en donde escribió su primera carta á las iglesias que habia fun- dado en Asia, manifestándose desde entonces su primacía de un modo el mas sensible. Empezó gobernando la primera comunidad de fieles en Jerusalen, la fe partió de Judea para iluminar todo el Oriente, fijó el su silla en Antioquía capital de aquella parte del mundo, y cuando los apóstoles dispersos hicieron oir la bue- na nueva á todas las naciones, trasportó su silla á Roma, la ciudad reina del universo. Por esto la Iglesia militante dedica al grande apóstol cuatro dislintas solemnidades, cual no dedica á ningún otro héroe del cristianismo. A mas de la gran solemnidad del recuerdo de su glorioso martirio, celebra por separado la lijacion de su silla en Roma y en Antioquía, y consagra además otro dia para celebrar el prodigio de su libertad por un ángel en la cárcel de Jerusalen, bajo el nombre de San Pedro ad vincula. A esle grande hecho dedica la Iglesia him- nos especiales : Pedro, esclama, sale de repente libre del hierro opresor en vir- tud de la palabra divina. ¡ Dios le desata los lazos para que pueda regir su no- ble grey y conducirla á los apriscos eternos! ¡ O glorioso libertado! ¡ mas allá de los asiros quedará ligado lo que atares sobre la tierra, y lo que aquí desalare lu supremo poder, desatado quedará en los augustos ciclos! El apóstol atónito li- bre de sus hierros, va siguiendo al conductor celeste, pasa por en medio de sus guardas : dirígense los dos á la puerta de la ciudad que también es de hierro y la hallan abierta, y entonces el ángel desaparece. Pedro cree haber tenido una visión, pero reconociéndose libre y fuera de la ciudad esclama : Ahora sé real- menlc que el Señor ha enviado ásu ángel, el cual rae arrancó de las manos do 280 sArt PKDIIO E M U H C E U D O . Heracles y de toda la espectacíon del populacho judío. Cuando en el imperio de Teodosio el joven, su esposa liudoxia vino á .ierusalcn para cumplir un voto, se le hizo, entre otros, el insigne don de la cadena de hierro con que habia sido atado el apóstol, ornada con oro y pedrería. Después de haberla venerado la piadosa emperatriz, la remitió a su hija Eudoxía en Roma, la cual la regaló al Pontífice, y este le mostró la otra con que el mismo apóstol habia sido cargado por orden de Nerón. Y las dos cadenas se juntaron después prodigiosamente. En memoria de cuyo milagro se levantó un templo con el nombre de San Pedro ad vincula y bajo el título de Eudoxia, en los Esquilios, lugar en donde antes se aban- donaban los esclavos que no podian ya servir a sus señores. Como si la cadena de Pedro fuese el símbolo de la antigua esclavitud que para siempre vino a des- terrar de la tierra la religión de Jesucristo. El cuadro pues que consigna la libertad de San Pedro es uno de los mas ad- mirados de su autor. El ángel se acerca al apóstol azorado y le séllala la puer- ta abierta de par en par, dormidos los guardas, y todo preparado para librarle de su prisión. Con notable atrevimiento supo el pintor en esta escena nocturna representar la llama luminosa grande y de lleno, cual despedía sus rayos va- cilantes sobre lodo el centro del cuadro. La luz cae con diversos efectos sobre la figura blanca del mensajero celeste, y sobre los contornos asaz vivamente pro- nunciados del sombrío guarda de la derecha, y solo afecta templadamente la figura de San Pedro, cuyo bello molde, distinción y actitud son admirables, mientras que solo un débil reflejo penetra basta la figura mas interior del segun- do guarda dormido. El grupo está perfectamente redondeado, y el desvío ó se- paración que presentan las figuras de San Pedro y de sus guardas esta feliz- mente atenuado en sus efectos por el movimiento lateral que hace el ángel liber- tador. En la ejecución de los accesorios, vestidos, armas, detalles arquitectóni- cos etc., en vano se buscarían la delicadeza y la naturalidad de Francisco Mierís, de Gerardo Dow, ó de Oslado : aquí la ejecución es concienzuda, pero larga y generalizada como el efecto total que se pretende producir : quitad el efecto de la luz, y liareis desvanecer la verdadera significación y en alguna manera el al- ma del cuadro. (CUADRO DE WYNANT.) Ya la larde nos vuelve Refleja en su horizonte Aquel grato y pacifico silencio Venus con muelle languidez, y veo Que desea, agitado Misteriosa y pura Del Uiniullo del dia el triste pocho. U estrella del amor bañar el suelo. Cuando reinar percibo Y las espesas hojas En mi alma dulcísimo sosiego, Susurran de las brisas al aliento, Me despido del dia Como si entre las ramas Sentado en los peñascos del desierto. Voloteara silbador espectro. Y entonces le saludo Del astro de la noche Cual si luciera para mí postrero, Un puro rayo lánzase del cielo, Y al abismo sombrío Y mis párpados toca De la lumba á mis pies mirase abierto. Cual ósculo de amor suave y bello. Y sigo con los ojo» 1 Oh reflejo apacible Por los espacios el rosado voló De un globo ardiente 1 ¡rayo plácente Que replega consigo ;, Vienes quizá piadoso El decrépito sol que voy perdiendo. Con luz lan grata á consolar mi duelo ¿Qué fuera de natura í,Oá revelarme bajas Si no te viese rubicundo y tierno De esos brillantes mundos el misterio De las brillantes ondas Cuya callada pompa Uvanlar otra vez tu faz de fuego? 151 nuevo dia horrará lurgo ? Quizas yo sumergido ¿ Será que oculto inslinlo Del ancha tierra en e! profundo seno Te guia ¿ ] M m f i r t a | e 9 s ¡ n consuelo, Ya no veré tus rayos O en la noche les brillas Itajola losa sepulcral durmiendo. Cual lumhre de esperanza y embeleso Adiós, que ya se avanza ¿Descorrerás al hombre El negro carro de la noi-he lento Que implora tu favor el denso velo Y .1 los moríales lleva De lo futuro? ¡Oh rayo I 1.a triste innigen de l,i muerte, el sueriu. ¿Ures la aurora lii del dia eterno? 882 I.A TAHDE. A lo luz soberana ! Con Mimo deleite Desconocidos arrcbalos sienlo, i Mas cerca do ellos respirar me creo. Y desalada el alma ! Sombras de mi queridas. Libre vagar por el espacio inmenso. Venid: vosotras sois: del mundo lejos En los que ya no existen Venid á confundiros Y el sueño duermen de la muerte pienso. Con el suave encanto de mis suoricis. IO r> flejo suave ! Tornad a mi agitado ¿ El alma eres tal vez de alguno de ellos? Pecho la dulce pa/., de amor el lin^o ; Si errantes por el bosque Como-ei fresco IOCÍO Sus manes vagaran? ¿Si en el silencio Que el ardor calma del tostado sueln. De la dormida tierra Venid..... mas J. qué vapores Les será dado revolar inquietos? Despiden las tinieblas de su seno ? ! "i Ayl de lu l u tranquila, Murió el tremolo rayo, trémulo One es su imagen diálana.cnblcrln V en las sombras hundios,' »! inmerso No es estrano que al ausentarse la luz la musa de la oración y del silencio envié también al apenado mortal sus tristes inspiraciones. La naturaleza toda se va cubriendo como de una gasa oscura, pero trasparente aun, que va envolvien- do la tierra. Solo el horizonte está iluminado con los últimos rayos de un sol mo- ribundo. La luz va estrechando su circulo y se concentra como huyendo de la vista del hombre. V sin embargo el sepulcro del rey (le los astros es tan rico y magnífico como su cuna. Este espectáculo grandioso hacia esclamar al príncipe de nuestros líricos modernos : Pero ya ¡aligado fin el mar precipitas de Occidente Tus flamígeras ruedas. Pelante del cuadro de Wynants se percibe todo el encanto de la tarde de un bello dia: las galas de una naturaleza rica y frondosa van tornando pálidas : los verdores se confunden : los árboles aparecen como sombras hermosas sobre un fondo lie luz desmayada : el lago refleja los últimos crepúsculos do color de grana ropaje espléndido y fugitivo que cubre por breves momentos la tumba del sol • siéntese el recogimiento de aquel silencio sin limites, de aquella oración que sola en medio de la naturaleza muda y adormecida, se levanta del corazón de pobres pastores para dar gracias al que crió todas estas maravillas. U s aves duermen balanceándose sobre las ramas : los cuadrúpedos buscan su guarida co- mo el hombre su morada después de las fatigas del dia, y mientras el simple cam- pesino se entrega al reposo de la noche, el mundo turbulento abre sus brillantes recintos á la algazara y al placer. La mañana del dia esta llena de encantos como la de la vida, pero su caída tiene un no sé qué de melancólico y sublime que se aviene mejor con las triste- zas de la vida mucho mas frecuentes que sus regocijos. Cuando el ilustre autor de los Márlim ha de escoger para modelo de lo bello y tic lo sublime dos gran- I.A TAIIOE. ^í>"í des perspectivas de la naturaleza, escoge dos escenas de tarde, una marina y una terrestre, la una en medio de los mares Atlánticos, y la otra en los bosques del nuevo mundo, con el objeto de que su majestuosa magnificencia no pueda atribuirse á los monumentos levantados por la mano del hombre. El risueño poeta de los amores nos pinta la luz lánguida y voluptuosa de la tarde como la mas propia para los misterios del amor. « En el verano el carro del dia habia llegado á la mitad de su curso cuando yo deje caer sobre el lecho mis miembros que anhelaban el descanso. La ventana estaba entre abierta y cer- rada y esparcía en el aposento una luz semejante á la que se percibe entre las amables sombras de un bosque, ó al modo que brillan los trémulos crepúsculos del sol al escaparse de los cielos, ó bien como la lumbre que el dia al nacer espar- ce desde lejos sobre los montes tras la sombra que huye. Esta media luz es la que conviene á las ruborosas ninas, luz en cuyos pliegues el «mido pudor pue- da hallar donde esconderse. Llega Corina velada con su túnica que le Dotaba ceüida, y los cabellos caídos a uno y otro lado ocultaban su cuello de alabastro. Así nos pintan á la hermosa Semíramis y á la encantadora Nais que inflamó tantos pechos en Conoto, cuando se dirigían á su tálamo.» La tarde ha sido para los hombres pensadores objeto de varias y profundas meditaciones. Aquella noche sombría que como un manto inmenso de tinieblas va avanzando desde el oriente para apagar en el ocaso las últimas risas del dia, aquel lulo general de la naturaleza que unas veces agrava los males del al- ma apesarada identificándose con su dolor sombrío, otras le sirve de dulce le- nitivo cuando fatigada de los rayos del sol se replega sobre sí misma como el cáliz de algunas plantas, son otras tantas impresiones que afectan profunda- mente al espíritu y le hacen rozar en cierto modo con las ideas de lo infinito. El caer del dia debería ser para el hombre la hora de la oración. Cuando la na- turaleza dispierta del sueno de la noche y se abre con júbilo general á los abrazos del dia, parece que de todas partes se levanta un grande himno al Criador como si el universo saliese de un hondo caos. Pero cuando han cesado lodos los mur- mullos cuando todos los seres vivientes se entregan al silencio del reposo, y callan ias alegrías del dia, parece que entonces el ser racional, el ser que siente y que ama es cuando debe elevar al Criador sobre la dormida naturaleza el him- no silencioso del reconocimiento : entonces es cuando debe dar una ojeada sobre sí mismo, entrar en su propio corazón para examinar si ha sido digno de ver la luz del dia, y si será merecedor que vuelva otra vez á brillar sobre el. Las tinieblas que se van derramando sobre el horizonte inspiraron al subli- me Young grandes meditaciones. Hervey iba á estudiar sobre los sepulcros cu- biertos con las sombras la caducidad de los goces de la vida y los misterios de la muerte. ¡Cuan vastas dimensiones adquiere un cementerio cuando se va cu- briendo con el velo lóbrego de la noche como con un gran manto funerario! ^ ^ LA TARDE. i l,a lobreguez de los sepulcros se confunde con la de los espacios, y la natura- leza toda parece hundirse en la inmensa tumba que un dia la hade devorar! El mismo efecto produce el dia que va á morir sobre las ruinas de un gran pueblo. Un viajero recorría tristemente en Asia la vasta soledad donde brilló en olro tiempo la populosa y magnífica l'almira una tarde adelantándose hasta el valle de los sepulcros, habia subido sobre las alturas que lo rodeaban, y desde donde el ojo domina á la vez el conjunto de las ruinas y la inmensidad del de- sierto. «El sol, dice, acababa de ponerse; una faja rubicunda marcaba aun su traza en el horizonte lejano de los montes de Siria; la luna llena se elevaba al oriente sobre un fondo azulado en las llanas riberas del Eufrates. El cielo es- taba despejado, la atmósfera tranquila y serena; la moribunda luz del dia tem- plaba el horror de las tinieblas; el frescor de la reciente noche calmada los fue- gos de la abrasada tierra, [.os pastores habian retirado sus camellos. El ojo no percibía ya ningún movimiento en la monótona y parduzca llanura. Un vasto silencio reinaba en el desierto; solamente a largos intervalos se oían los lúgu- bres quejidos de algunas aves nocturnas y la voz do los chacales. l,a sombra crecía, y ya en el crepúsculo mis miradas no distinguían sino las blanquecinas fantasmas de las colunas y de los muros. Aquellos lugares solitarios, aquella ve- lada tranquila, aquella escena de majestad imprimieron en mi espíritu un reco- gimiento religioso. El aspecto de una gran ciudad desierta, la memoria de los pasados tiempos, la comparación del estado presente, todo elevó mi corazón á pensamientos grandes; sentóme en el tronco de una coluna, y allí, con el codo apoyado sobre la rodilla y la cabeza sostenida por la mano, tan pronto llevando mis miradas hacia el desierto, tan pronto lijándolas en las ruinas, me abandone á una profunda meditación.» ¿Porqué todos los hombres tenemos una secreta inclinación ¿ las ruinas? Se- rá tal vez ó porque un oculto instinto nos mueve á buscar cierta analogía en- tre la destrucción de los grandes monumentos y la fragilidad de nuestra existen- cia; ó porque la inlinidad de nuestro pensamiento á quien no limita el tiempo ni el espacio, se deleita en trasportarse a épocas que ya pasaron, y busca una es- pecie de comunicación con los siglos que le precedieron. ¿Qué contemplamos en las ruinas? El poder del tiempo, la rapidez de los acontecimientos humanos la vanidad del hombre y de su orgullo y el imperio destructor é indestructible dé la muerte. Todo desierto es sublime, porque el alma se abandona mas libremente á sus meditaciones, y porque siempre es grande y magnífico el aspecto de la na- turaleza; pero cuando este desierto está animado por las mudas ruinas de un gran pueblo, nos representamos el contraste del antiguo bullicio con el presente silencio, y nos complacemos en recorrer los tristes escombros y los techos aban- donados bajo los cuales respiraron tantas generaciones. Probamos un gusto al hacer resonar nuestra voz por las olvidadas bóvedas, cnjo eco solitario lorna hasía el ruido de nuestras pisadas. líxiste pues cierta secreta afinidad entre los cementerios, los monumentos ar- ruinados y la lenta caida de la luz, porque la hay en efecto entre las ruinas del hombre, las ruinas de! tiempo y las que podríamos llamar ruinas del dia. (CUADRO DE OUERISNO. ! Siendo los asuntos religiosos los que con mas frecuencia representan los cua- dros cuyas láminas nos fian señalado para escribir el lesto de la presente obra, fuerza nos es insistir en ellos, haciendo todos los esfuerzos posibles para darles amena variedad , poniéndolos en contacto con otros filosóficos, científicos mo- rales ó históricos , con los cuales puedan tener mas natural analogía. Bien echa- mos de ver que muchos de nuestros lectores desearían quizás de nuestra pluma mas variedad de escenas, mas diversidad de perspectivas, y tal vez otro género de reflexiones á que sin duda nos llevaría sin esfuerzo y hasta con placer otro mas variado escogimiento. Asi liemos procurado manifestarlo siempre que nos ha sido posible, y aun dentro del círculo que parece se nos ha designado con mas espe- cialidad, nos hemos afanado en desterrar cuanto lia estado en nuestra mano la monotonía del tono y la reproducción de escenas análogas ó parecidas. Cero a la vista del cuadro que aquí se nos ofrece, no podemos menos que reseñar rápida- mente lo que del asunto que representa nos han conservado la historia y la tra- dición, concluyendo con algunas observaciones sobre el modo con que el artista ha sabido aplicar á su ejecución las calidades y circunstancias de los personajes. Después del cruel suplicio de la flagelación, los soldados del gobernador ro- mano en Jerusalen tomaron á Jesús, le condujeron al Pretorio, ó mas bien al pórtico del Pretorio ó tribunal, y reuniendo en torno de él á toda la cohorte , y habiéndole quitado sus vestiduras, le cubrieron con un manto de escarlata. En- tonces ocurrió una idea á los soldados, ministros de aquella bárhara ejecución, sin conceder un solo instante de reposo á aquel cuerpo lastimado y postrado de fati- CHISTO cmioíN'Aix). 2ST ga y de dolor, do dar á todos los demás soldados ilel Pretorio una diversión dig- na de su crueldad, que rouniese lo mas inconcebible del dolor a lo mas humi- llante de la ignominia, y que tomaron del crimen mismo que se imputaba á su preso. Acusábasele de haber querido hacerse rey, de decirse el rey de los judíos: imaginaron hacerle un rey de teatro, y celebraron como la ceremonia de su co- ronamiento. La cohorte del Pretorio acostumbraba componerse de veinte y cinco soldados, y todos se dieron priesa de acudir al llamamiento. La primera insig- nia real que se puso á Jesús fue un andrajoso manto de púrpura ó de grana, que echaron sobre su cuerpo por alusión al manto de rey. Esta ignominia fue acom- pañada de uu suplicio cruel, pues debió empezarse por desnudarle de sus ves- tidos , ya pegados sobre las frescas y vivas llagas qne habia sufrido en la flage- lación, y su sangre empezó a correr de nuevo. El SeBor sin embargo no decia una palabra, ni dejaba escapar un suspiro, ni oponía la menor resistencia. De- jábase conducir, desnudar, volver á vestir, como se quería. La segunda insignia real futí la corona. Continuando tos soldados su cruel diversión, entretejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza; es decir, que formaron una co- rona compuesta de agudos juncos, ó de espinas tan sólidas y agudas como las ve- mos aun hoy en nuestros templos. Esta corona estaba hecha ó en forma de guir- nalda, como la pintan de ordinario, ó como creen otros en forma de casco ó ca- pacete que cubría toda la cabeza. Y tal como estaba, se la asentaron sobre la cabeza, clavándosela en ella con fuerza y crueldad, y haciéndola entrar y penetrar sin compasión. Corre la sangre por todos lados, y lo que no hubiera podido ver- se sin lástima y horror en el mas vil de los animales, no hace mas que provocar las insolentes risotadas y las burlas crueles de aquella chusma desalmada. Dejóse el Señor meter y ahondar en sus divinas sienes aquella nueva diadema. ¿Quién podrá concebir el dolor de este inaudito suplicio? Una sola espina entrada en la cabeza ¡ qué tormento! por poco que se la toque, ¡qué insufrible dolor! ¿Qué se- ria tener la cabeza herida y penetrada por todas partes hasta las sienes, la fren- te, los ojos, y tocar y mover y agitar todas las puntas á la vez y hundirlas con violencia y á fuertes golpes? ¡Olí qué suplicio! Bien puede decirse que tienealgo de infinito é inconcebible! La tercera insignia fue el cetro, «y una caña en su mano derecha.» Jesús á nada se resistió. La aceptó, la tomó y la tuvo en la ma- no, como ellos querían; y en tal estado pareció á aquella soldadesca insolente é impía un objeto digno de risa y de escarnio, en vez de parecerles un espectáculo desgarrador. Entonces empezó su farsa de burlas y de insultos: «y doblando la rodilla á su presencia, le escarnecían diciendo: Dios te salve, rey de los judíos. Y le daban de bofetones, escupiéndole, y le tomaban la caña para herirle la ca- beza, y volviéndose á arrodillar delante de él le adoraban.» Jesús sufre á la vez el insulto, el ultraje y el dolor. Ya no es posible al hombre sufrir mas de lo que sufre Jesucristo Hijo de Dios. Así se le habia ya tratado en casa de Caifas, hacien- 2ííf * CRISTO i:0R0.YAI>0. do burla de su calidad de Mesías y de profeta, pero mas amarga le es aquí la ca- lidad de rey. Ellos le herían con su propio cetro, llenándole el adorable rostro de asquerosas salivas, y hundiéndole ¡oh qué agudísimo dolor! mas y masen su sa- grada cabeza la erizada corona. ¿Y cuánto tiempo duró tan sangrienta escena? ¡Cuántas veces se redobló en sus sienes delicadas este inaguantable tormento! Parece que ninguno de los verdugos quiso eximirse de rendir su bárbaro home- naje, y que cada cual repetiría los golpes con mas violencia que sus predeceso- res. ¿Y qué es mas grande aquí, la fiereza del tormento ó la paciencia del que lo sufre» Cuando se le toma la cana de las manos, la cede; cuando se la vuelven á dar, la toma otra vez. Todo lo sufre con el mas profundo silencio, y como si su humanidad fuese insensible. Y el sufrimiento mismo aumenta y recrudece, lejos de ablandar, la insolencia brutal y la ferocidad de aquellos bárbaros. Hé aquí uno de los personajes del cuadro. Veamos el otro. «Hecho esto salió Pilatos de nuevo á fuera, y dijo á los judíos: Fié aquí que os le saco fuera para que reconozcáis que no hallo en él crimen alguno.» Visto por Pilatos el cruel y lastimoso estado á que los soldados habian reducido á Jesús, es- peró que lan desgarrador espectáculo haría impresión sobre el corazón de los ju- díos, como la habia hecho en el suyo, y mandó que se le trajese. Salió en segui- da por la parle en que se hallaba el pueblo, y dejóse ver en la tribuna desde la cual muchas veces le habia hablado. La intención de Pilatos era de preparar los ánimos, é inspirar al pueblo algún sentimiento de compasión para con aquel que iba á mostrarles. Hacíales memoria del juicio que habia formado siempre de él declarándole inocente. Recordábales indirectamente la condescendencia que aca- baba de tener con ellos, haciéndole castigar, aunque inocente; y les pedia que por retorno se contentasen con aquel suplicio, aun cuando le creyesen culpable Quería por fin, hacerles ver que habia tenido su palabra, haciéndole castigar como habia prometido, y aun mas allá. Pero en todo esto Pilatos no lograba mas que hacer traición siempre mayor á su deber, y degradarse á si mismo: engañá- base en su esperanza, condenábase por su propia boca, contradecíase en sus jui- cios , y solo cumplía á medias la palabra que tenía dada; pero si bien habia cumplido la promesa hecha á la iniquidad, no ejecutaba la que habia hecho á la justicia , cual era la de soltar á Jesús después de haberle hecho castigar. En lugar de dejarle libre , le entrega aun á merced de sus enemigos, y continúa en representar el papel de intercesor donde está encargado de hacer el de juez Jesús pareció sobre la tribuna al lado de Pilatos en el estado de dolor y de ab- yección en i|ue le habian dejado los soldados. Y como si no le bastase tener á estos por testigos de su oprobio, debia pasar por la confusión en aquel estado de ignominia, de ser dado en espectácido á todo el pueblo, y lo que es mas sensible en espectáculo á sus mas encarnizados enemigos! Y Pilatos mostrándoles á Jesús les dijo: Ved aquí al hombre! palabra profundamente justificativa que encierra en CHISTO CORONADO. 28!' cierto modo todos los misterios de la pasión del Hombre-Dios. Mas veamos qué sen- timientos escitó la vista de Jesús. «Los príncipes de los sacerdotes y sus ministros al verle, se pusieron a gritar: Crucifícale! crucifícale!» No es aquí el pueblo el que hace oír su voz. Quizás tan tierno y desgarrador espectáculo empezaba á es- citar en los corazones sentimientos de compasión : quizás lo advirtieron los pon- tífices ó se lo temieron, pues se apresuraron á prevenir la respuesta del pueblo, y el pueblo no los contradijo. No bastaba aun lanta lástima para aquellos pedios bárbaros y suspicaces: envidian a Jesús un resto de vida , y no estarán satisfechos hasta que la habrá perdido toda en la cruz. Indignado Pilatos del encarnizamiento de los pontífices en pedir que Jesús fuese crucificado, les dice: «Tomadlo vosotros mismos y crucificadlo, pues para mí no encuentro en él crimen alguno. Respon- diéronle los judíos: Nosotros tenemos una ley según la cual debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios.» Y jamás existió una ley semejante , pues solo existia una ley contra los blasfemos, y el caso era enteramente distinto y nuevo. Mientras pues que Pilatos lo presenta a los judíos y les muestra su humanidad degradada y humillada, diciéndoles: lié aquí al hombre , los judíos por su parte le descu- bren su divinidad, de la cual no habia aquel juez oido hablar todavía, luciéndole: Se ha hecho Hijo de Dios. Entonces se aumentó mucho mas el temor de Pilatos. No estaba el juez sin remordimientos por la manera con que habia tratado á un inocente, á un justo que se decia el Mesías y el rey prometido á los judíos; mas cuando oye que este hombre se dice también hijo de Dios, su sorpresa fue tan es- treñía como su temor. Tenia, por decirlo así, bajo sus manos las pruebas de tan asombrosa verdad. Lo que veia en Jesús, su silencio, sus palabras, su paciencia, lo que le habia oido decir, que su reino no era de este mundo y que él habia na- cido para dar á conocer la verdad; sus milagros sin número de que era imposible no tuviese alguna noticia, todo esto anunciaba su origen celeste, y si á todas es- tas pruebas se unía el testimonio de un hombre tan estraordinario, parecía la cosa fuera de duda. No le restaba mas á Pilatos sino ¡lustrarse sobre este punto, y esto es lo que hizo desde luego. Y hemos de confesar que el temor de Pilatos no podía ser mas fundado; pues maltratar, ultrajar, dar la muerte al Hijo de Dios era una cosa terrible. Tal era Pilatos. Y para mas caracterizarle, tomaremos las palabras de un respetable prela- do contemporáneo, que equipara la conducta de aquel magistrado romano con la conducta de otro poder de nuestros tiempos con respecto al representante del mis- mo Cristo coronado. «Viendo Pilatos que nada ganaba, y que antes al contrario las exigencias crecían y eran cada vez mas imperiosas en torno suyo, y conocien- do que después de haber cedido á todas las voluntades de la multitud iba á ser arrastrado á un acto de debilidad suprema, mandó que le trajeran agua, se lavó las manos y dijo: Soy ¡nocente de la sangre de este justo. Entonces, después de haber azotado á Jesus, le entregó á los judíos para que le crucificasen. Pero ¿lia CHISTO COIKWADO. ratificado la posteridad la absolución que se dio l'ilatos, y el lavatorio de manos le Ha devuelto la inocencia ante las edades futuras? Oidlo. ¿Quién es pues este hombre mareado con el sello deicida, este hombre clavado en el letrero de nues- tro símbolo como autor del ininensocrímen» Eslc hombre no es Heredes Caifas Judas, ni ninguno de los sayones judíos ó romanos. Ksle hombre es Pon'cio Pila- tos, y estoes justicia. Hcrodes, Caifas, Judas y los demás tuvieron parteen el crimen, pero nada hubiera sucedido á no ser por Pílalos. Pdatos poilia salvar la vidaá Cristo, y sin Pílalos no se podia ejecutar á Cristo, porque solo de él podía salir la orden de darle muerte. Lávate las manos, ó Pilatos, y declárate inocente de la muerte de Cristo; pero por toda respuesta nosotros diremos cada dia y di- rá también la posteridad mas remola: Creo en Jesucristo r/ite pmlrcm muerlrtí pasión bajo Pondo Pílalos. » Querisno supo hacer resaltar en el semblante de los tres personajes el carác ter que les atribuye la historia. Kl ministro del poder imperial sin presentar mar cadas en su rostro las muestras de un fondo inexorable de crueldad ó de perfidia descubre en su mirada tímida y exista que carece de aquella fuerza inflexible dé integridad que puede inducirle al crimen de faltar á la justicia. En cuanto al ros tro de Cristo respirando una dulzura sublime que brilla mas aun entre el sufrí miento del dolor, contrasta con la brutal ferocidad del bárbaro que adieta la corona cruel en las sienes delicadas de su víctima, cuya cabeza está un nocó la deada por la fuerza que le hace aquella mano de hierro. En el rostro adorable del Salvador se retrata una mansedumbre divina: aquella mirada lánguida de un oio encubierto por la violencia del tormento encierra un amor inmenso un amor in- agotable y espresa uno de aquellos sentimientos capaces de conmover hasta el fondo del alma y que no oran conocidos antes de haberles revelado en su pronn persona el autor mismo del corazón humano. II' G1'DEMUMCH.I>8 (CUADRO DE RAFAEL.) Vamos á contar, tal como oimos referir hace algunos afios, una anécdota his- tórica, que si es cierta no deja de ser interesante; y si es inexacta á nadie cau- sa daño. De todos modos se refiere á un cardenal, que posteriormente se lia hecho cé- lebre, entre otras cosas, por sus bondades y sus desgracias: nada tiene de co- mún, sino es el capelo, con el cardenal que retrató Rafael; pero yo le agradezco á este sublime pintor que mas ó menos oportunamente me permita trasladar aquella anécdota. liará unos quince años, es decir en 1846, un carruaje (ie camino rodaba lentamente por la carretera que desde una de las Legaciones romanas condu- ce á la capital del mundo católico. El interior de aquel carruaje era ocupado por una dama anciana y un prelado joven: en la fisonomía de entrambos personajes había ciertos rasgos comunes por los cuales se podía adivinar que la dama-era la madre del prelado, línlrr ¡iqiirllus rasgos el que mas se distinguía érala bon- dad. Por lo demás y amuelándonos al'saccrdotc, tendría escasamente unos cin- cuenta anos, aunque quizás aparentase menos: su rostro era redondeado, su frente elevada, su mirada dulce, y en su boca se veia impresa una de aquellas sonrisas que vanamente se buscarían en los labios lívidos del hombre atormenta- do por el remordimiento, ó aun tan solo por la intranquilidad de su conciencia. 92 O» CABDENAI.. v W l™ h! S- *í°f, vol ™ r a m o s á encontrar al mism ° Pelado ¡cuan distinto le veríamos sin duda!... Y sin embargo so corazón es el mismo : es siempre el hom- bre de la bondad esquisila, de la caridad evangélica. Quizás esa misma bondad Ha sido en gran parle la causa de las desgracias que le han sobrevenido ¡Suestro viajero llevaba un traje de camino ribeteado de color de "rana • su madre vestía completamente de negro. La conversación de entrambos versaba acerca de la muerte del pontífice último, Gregorio XVI, y de las formalidades prescritas para la elección del sucesor, que debía verificar el conclave de car denales. A menudo el postillón, que sin duda estaba enterado de la prisa que traía el cardenal, azotaba los caballos del tiro; pero entonces el prelado asomaba la ca- beza fuera de la portezuela y ordenaba llevar un paso mas moderado cual con venia a los achaques y avanzada edad de su idolatrada companera de viaje La madre del prelado era feliz como puede serlo aquella que se ve cuidada por un lujo virtuoso, elevado por su talento al rango de príncipe de la Iglesia T sin embargo ¡cuan distinto parecía ser su destino en los primeros años de su ¡u ventud, cuando vestía el uniformede los guardias nobles, ó cuando en Chile cor na tras el martirio, frecuente término del noble misionero! Además, la buena madre tenia un motivo poderoso para enorgullecerse de su lujo: ninguno decía mal de él, y en medio del torbellino que empezaba á arras trar ya reputaciones hasta entonces inmaculadas en Italia, la del joven prelado permanecía intacta y se elevaba cada vez mas empujada por la voz general míe pregonaba sus virtudes de príncipe después de haber hecho justicia \ h« ,1,. apóstol. Al cabo de algunas horas de camino, se detuvo el carruaje en un parador y se apearon nuestros viajeros. El sacerdote prodigó toda suerte de atenciones a la anciana, y en seguida se enteró del estado de los asuntos de Roma. Las noti- cias que pudo adquirir eran de que el Sacro Colegio se hallaba perplejo en la elec cion del sucesor de Gregorio XVI; pero que tal apremiaban las circunstancias que probablemente no tardaría en recaer una votación decisiva. Esta nueva pareció haber puesto término á ciertas dudas que abrigaba el cardenal, quien suplico á su madre le dejase proseguir solo y con mayor rapidez el camino, sin perjuicio de que ella lo verificase con toda comodidad 'núes siem' pre llegaría á tiempo para asistir á las fiestas que se hacían en liorna'oor h exaltación del nuevo Pontífice. ' En la determinación del joven prelado enlraba por mucho una curiosidad casi infantd : nunca habia asistido á la elección de Papa alguno y no quería perder aquella ocasión de presenciar unas ceremonias que se practican muv de larde en tarde. Convino la buena madre en la resolución de su hijo v se des- pidió de éste, recabando de ti la fácil promesa de que la acompañaría 'en cuan- UN CARDENAL. 29Í1 tas funciones se celebrasen dentro de poco en la ciudad de las siete colinas. El prelado partió con efecto, ¡ la anciana, que como toda persona feliz deseaba participar de la alegría ajena, quedó pensando en la justa satisfacción que le cabria á la madre del Pontífice que resultase elegido, es decir, la madre del so- berano que tiene el trono mas alto del universo... Empero este pensamiento no produjo en ella, ni aun asomo de celos: era un rasgo de admiración anticipada, y por ningún concepto de rastrera envidia. En cuanto al prelado llegó velozmente á Roma y se encerró inmediatamente en el conclave, á tiempo que mas empeBada estaba la elección, gracias á los re- cursos empleados por las potencias del Norte en oposición á los deseos de las po- tencias del Mediodía. II. Cuando se halla reunido el conclave de cardenales para elegir Pontllice, es costumbre del pueblo romano dirigirse á los alrededores del palacio donde tiene lugar la elección, y á una hora dada fijar los ojos en el estremo del caüon de una chimenea, por el cual, á poco rato, se ve salir una ligera nube de humo negro. Esto quiere decir que verificado el escrutinio de votos, ningún candidato ha reu- nido el número suficiente , y que por consiguiente liorna y el mundo católico ca- recen aun de Papa. En este caso los votos son quemados, y el humo producido par la pequeña llama es la seüal que anuncia al pueblo la continuación de la vacante. El dia 17 de junio de 1816, la plaza del (Juirinal se hallaba aun mas inva- dida que de costumbre por el pueblo romano y por los viajeros que de todas las partes del mundo acuden k ella para admirar las maravillas del arte gentílico casi eclipsadas por las del arte católico. Un vago presentimiento , un rumor sin esplicacion había hecho crecí1 al vecindario de Roma que muy en breve conoce- ría á su nuevo soberano. Todo eran suposiciones y cálculos probables para dar á conocer anticipadamente al elegido: se calculaba el peso de las encontradas in- fluencias y se comentaban las palabras del gobierno francés que aspiraba á im- primir el sello de su política en la elección. En medio de tantos grupos se distinguía á una dama anciana sumamente in- quieta por la lentitud con que procedían los cardenales, lentitud que la tenia se- parada de su hijo, cuya presencia era para ella una necesidad impuesta por su amor de madre. Cuando los relojes de liorna anunciaron haber llegado la hora del escrutinio una evolución unánime tuvo lugar en la gente de la plaza: los ojos de lodos los espectadores se fijaron en la cliinlcnea ; contáronse los minutos uno, cinco diez El humo no salía. 294 CiN CARDENAL. Entonces un rumor uniforme circuló instantáneamente por todos los labios: ya tenemos papa, decia la multitud congregada, y en todos los semblantes quedó pintada la mayor ansiedad. Cualquiera que se detenga á considerar la inmensa trascendencia que para Roma y para el mundo entero tiene la elección de un Pon- tilice, el giro que puede dar á la política de todos los gobiernos la actitud tomada por un moimrca temporal y espiritual á un tiempo, que tiene subditos en todos los países del orbe. comprenderá fácilmente la zozobra que se apodera del pue- blo romano cuando el humo de los votos perdidos no se exhala por la chimenea del Quintinl. De repente un silencio sepulcral sucede al general murmullo: el martillo de oro del cardenal camarlengo acababa de herir desde el interior del palacio el ta- piado balcón desde el cual debía ser presentado al pueblo el nuevo Pontífice. A cada martillazo tenia lugar un movimiento brusco entre el pueblo, cual si una mano invisible viniera á herir el suelo causando uno deesossacudimientos propios de un terremoto. Cayó porlin el débil tabique, y apareció en el balcón del Qui- rinal un prelado, armado todavía del martillo de oro, esclamando : — ¡ Papam habenms! — ¡ ¡'iipam ftuln>iHusl— esclamaron veinte mil vocesá un tiempo. Un minuto después liorna Hilera repetía la misma palabra, dirigiéndose todos sus vecinos á la plaza ó sus alrededores, para asistir á la presentación del Pontílice, ó tener noticia de su nombre mas prontamente. — ¿Si será Guichi el elegido'?— decían unos. m — QuizásAltieri, — decian otros. Y cada cual citaba nombres de cardenales según su (bseo ó las probabilida- des que se traslucía concurrían en él dentro del encerrado conclave. La anciana madre del joven prelado no tenia el gusto de oír repetir el nombre de su hijo, ni aun como electo difícil. Ya se ve, ¿quién se iba á acordar de un cardenal que nunca quiso hacer pesar su inlluencia en la política de Gregorio XVI y que á mayor abundamiento era de los mas jóvenes del Sacro Colegio?... Sin embargo, la pobre mujer no pudo contener un suspiro. ¡ Que madre no cree á su hijo apto para todo! Estos pensamientos preocupaban á la anciana dama , cuando de improviso se sintió arrastrada por la multitud con dirección al palacio: aquel empujo de todo un pueblo era efecto de que la comitiva del Sacro Colegio empezaba á dcslilur para hacer la presentación del Papa. La pobre mujer, prensada, magullada por la muchedumbre , en vano levantaba los ojos al balcón : el gentío obstruía el paso de su mirada, y únicamente veía las cabezas de los romanos, que la tenían como aprisionada en la plaza. Un grito supremo de curiosidad satisfecha saludo la aparición del nuevo Pontífice. CN CARDENAL. 2í)ü —¿Quién es Papa? — preguntó la anciana dama privada de verle. Veinte mil voces se encargaron de contestará esta pregunta. Kl pueblo pro- nunciaba con sorpresa y júbilo á un tiempo, el nombre del cardenal MASTAI \-EK- ItETTl. La dama prorumpió en un grito agudísimo y cayó desmayada en brazos de los curiosos. Acababa de oir pronunciar el nombre de su hijo. Algunos momentos antes, uno de los cardenales había preguntado respetuo- samente al elegido: — ¿Quénombre desea tomar Vuestra Santidad? El que hasta entonces había sido llamado cardenal Mastai Kerrclti, conlesló: — PJO IX. Quizás al darse a conocer al mundo con este nombre de Pió, hecho célebre poco antes, gracias a la política perseguidora del primer Napoleón, tenia el car- denal Mastai un secreto presentimiento de que un día el emperador de Francia se haltiade llamar Napoleón III. EL PABSI BI 1IMB1A1BT. (CUADRO DE REMBRANDT. ) Estalla el maestro Koinhiandt orí su taller delante de dos de sus alumnos, disponiéndose, según las apariencias, ¡lecharles un sermón muy serio. Iba llem- brandt con la cabeza cubierta y vestía con mucha negligencia una especie de blusa de terciopelo, rica y elegante en otro tiempo, pero rasgada ahora y con no pocas manchas de diversos colores; todo lo cual estaba en perfecta armonía con el completo desorden de su taller. Los discípulos presentaban un aspecto muy distinto, pues aunque era muy temprano iban perfectamente arreglados y con las cabezas descubiertas y pei- nadas con esmero, lil uno de ellos era Felipe Koningk y el otro Gerbrando Van Eckhut. El primero era tímido y el segundo afectaba un aire marcial, aunque ¡i decir verdad delante del maestro tenia un continente tan apocado como su cama- rada. Cada uno de los dos llevaba en la mano un rollo de papeles, no sin que uno y otro procurasen ocultarlos cuanto les era posible, a las penetrantes ojea- das del maestreóle los miraba con cierto aire sospechoso. ¿Qué significan esos disfraces, señores mios? les preguntó el artista, viéndolos tan por estremo ele- gantes y puestos de veinte y cinco alfileres. ¿Ignoráis acaso que los petimetres nada tienen que hacer en este sitio? ¿Quién podrá imaginarse, Dios me asista, que sois dos ¡óvenes que aprendéis la pintura en casa del viejo Rembrandt? Koningk pronunció algunas palabras ininteligibles, mientras su compañero liiibló ile motivos importantes; pero el maestro parecía no haber oido al uno ni al ofro. —De Inicua gana, dijo, os perdonaría esc capricho, si al adornaros no liubíe- liN l'Minii IHÍ JíliMUlUMíT. 2!)" seis dado una prueba de malísimo gusto. ¿Por dónde demonios os ha ocurrido la idea de engalanaros como el buey gordo que los cortantes pasean en la víspera de Pentecostés? ¿ Quién os ha enseñado esa armonía de colores que admiro en vuestros cuerpos? ¿Por qué no os vestís conforme corresponde a vuestro estado? Si Felipe llevase al menos cinta negra y mangas también negras, parecería un verdadero noble veneciano, pero su actual vestido vendría mucho mejor al gordo Gerbrando. Al decir esto, soltó una carcajada, y añadió luego, en tono grave: Su- pongo que vais asentaros delante del caballete y en el acto? Los dos jóvenes no perdieron la serenidad, sino que después de haberse mirado el uno al otro, Felipe se adelantó un paso con gravedad notable y dijo: Con vuestro permiso, maes- tro, no tenemos intención de trabajar en este dia Pues entonces ¿qué pensáis ha- cer? preguntó Rembrandt. ¿Pensáis reuniros con esos bebedores y parroquianos de bodegones, con esos pintores de mamparas que se creen ya maestros porque tal vez han encontrado badulaques que lescompran sus mamarrachos?—Maestro, esclamó Eckhut que gustaba del énfasis, vos nos conocéis perfectamente, y por tonto os consto que todas nuestras facultades están dedicadas á lo sublime.—Y por esto, anadió el otro...—¿V qué? ¿y qué? interrumpió bruscamente el maestro. Va- mos a ver pues; ¿a qué habéis venido ? ¿Queréis hacerme rabiar ó de qué se trata? En aquel momento se entreabrió una puerto del taller que daba a los cuar- tos interiores, y asomó la cabeza de una joven estraordinariameate hermosa, no tonto en las formas como en la espresion. Miró á los tres personajes como asom- brada, mientras que los dos alumnos se volvieron instantáneamente, y el uno se puso pálido, y al otro se le subieron los colores al rostro. La visión había des- aparecido. «Vamos a ver, dijo Rembrandt cambiando de tono, tened la bondad de tomar asiento, señores mios, y de esplicaros.» Los jóvenes muy afectadosse sen- taron delante de los caballetes. « Valor, dijo Koningken voz baja á su companero. —No me faltará, contestó el oko en voz alta, esplícate.—No, hombre, liabla tú,» observó Gerbrando. Felipe se recogió un instante, y cstendió la mano cual si fue- se á echar una perorata; mas desgraciadamente no tenía la elocuencia que hu- biera deseado.—Vamos á liaMarossin rodeos, señor Bemurandt, dijo Felipe.—Me alegro mucho, contestó el maestro.—Gerbrando y yo, continuó el otro, somos ín- timosamigos, y como al mismo tiempo tenemos la fortuna de ser formados por vos, querido y respetado maestro...—uso va muy largo, FeUpe, «lijoJteaibrandt, a Ja sustancia.—Somos Íntimos amigos... Es decir, esclamó (¿eibrando, están unidas nuestras almas, y nuestras ideas sigues la misma dirección, y se encami- nan al mismo objeto sublime. Estamos enteramente de acuerdo. Solemne disparate, esclamó Rembrandt. Diferís en alma y en cuerpo: no hagáis nunca causa común, seguid vuestra carrera cada uno según su carácter, y cada uno será pintor A su manera. En esto la amistad debe sacrificarse al a r - te: siga cada uno el camino que mejor le convenga. :is 2!)# V.l 1'AIHlli Dlí IlliMIIKANUT. Esta salida brusca desconcertó visiblemente á los oradores, y hubo un mo- mento de silencio. Felipe bajó los ojos con aire confuso, y Gerbrando que se ani- maba continuó: «Señor Rembrandt: los caracteres m¡is desemejan les pueden pro- ponerse el mismo fin, aunque sea distinto el camino que pura su ohjrlo elijan.— Tú raciocinas acerca de la pintura antes de saber pintar, dijo el compañero.—lis- to es un malísimo signo d za. El Criador ha concedido con especialidad á osa débil y hermosa mitad de nuestra especie un arma terrible que torna poderosa á nuestros ojos la misma debilidad, y es una defensa suya contra nuestra fortaleza. El pudor de la ino- cencia unido al poder de la hermosura produce un ascendiente irresistible. Un guerrero que provocara en campo abierto á la muerte sin inmutarse, no se atre- verá á levantar el velo que oculta el lecho de su amada. ¿Qué fuerza imperiosa contiene áaquel hombre que hace temblar"? Una mirada sola de aquella beldad sorprendida le hace estremecer. Nunca ha temblado por la muerte, pero se tur- ba y baja los ojos delante de una inofensiva doncella, con la que desea y teme verse solo. Al contrario, una pasión sin pudor es un comercio brutal y detesta- ble, sin delicia y sin encanto, es un culto grosero que se rinde á la materia, sin misterio y sin sacrificio, que miran con honor y con desprecio la razón y la sensibilidad. Desgraciado el siglo en que el corazón ha perdido su dignidad, y en que el hombre para satisfacer lo que él llama sus necesidades, se arroja en brazos de hembras sin pudor! Entonces el amor ha perdido todos sus derechos y todos sus goces, y para almas así embrutecidas no queda mas recurso que la prostitución. El pudor, pues, es también una virtud, porque es una fuerza. Sin ella el Criador hubiera abandonado al hombre casi sin defensa á los ciegos impulsos de su instinto; porque el corazón sin pudor pierde hasta los últimos vestigios del sentimiento. La modestia, que bien puede llamarse la previsión del pudor, es la que da fuerza y valor á una débil virgen contra las amenazas de un seductor. Ella es la que detiene la osadía del tirano ante la autoridad de la inocencia, y la que en los últimos apuros infunde una intrepidez varonil al alma delicada de una mujer sin amparo, convierte su terneza en la bravura de un león, y mas de una vez se ha visto de cuanto es capaz una débil hembra cuando mira insultado su pudor. Virtud preciosa que debe aun conservarse en el mismo amor conyugal No es este un abandono absoluto del uno á los caprichos del otro. La naturaleza y la religión han dado leyes para presidir los misterios de su lecho. No es lícito al hombre abusar de nada, ni aun de sus propios derechos. El mismo pudor me impone ahora silencio: diré tan soloá los esposos, en especial á las mujeres, que si quieren aun en su íntimo comercio gozarlos dulces y puros placeres que ofrece el pudor, y que muchos creen ya perdidos por la seguridad de la posesión , no ce- dan á todos los caprichos de una pasión sin freno que solo puede producir el fas- tidio de la saciedad, Concededlo todo al deber, pero nada al antojo. No sofoquéis la llama deliciosa de los deseos: los suspiros no se vean desterrados de vuestro lecho. No se descorra del todo el velo que ocultaba vuestras gracias: el verdade- ro amor es muy ingenioso para conservar sus dulces ilusiones, aun cuando lia— jan pasado los sueños de oro do la juventud: i¡i economía del placer es uno de .'¡06 EL PICARILM). los grandes secretos para la felicidad de la vida. Abstenerse para gozar es el epicureismo de la razón, en sentir de un gran filósofo. Dad al sacrificio del pudor todo el mérito de que es capaz, y sobre todo nunca permitáis que vuestros espo- sos se harten de vosotras Hemos hablado del pudor y no tememos haberle ofendido. La necesidad de ascender hasta su origen y señalar su aplicación á las miserias de la triste con- dición humana podia muy bien haber deslizado nuestra pluma. Si así fuere, culpa seria mas bien de la torpeza y escasez del lenguaje que tan impotente ha- llamos para describir y analizar con delicadeza y exactitud los íntimos senli- mienlos de nuestra alma. Para dar fin á este artículo, insertaremos este rasgo que inspiró ¡'i la férvida imaginación de nuestra juventud aquel pasaje de Ovidio : Kuge rustico longe Delis, tiemblas1; y el plácido sosiego Tan preslo huyó del corazón ardiente1' ¿Tiemblas y doblas lánguida la frente Que enciende hermoso del pudor el fuego ? Un momento... no temas... Amor ciego. Venda sus ojos... ¿temes {lábilmente? Yo voy á ser feliz... iY de repente Huyes, y esquivas, bárbara mi ruego? ¿ Por qué apartas tus brazos anhelantes Y rehusas tu amor al amor mió? —Me detiene e! pudor... ¡Pudor cobarde 1 Huye de Delis: deja dos amanas Un solo punto á su feliz desvío... Dije: fiiíse PI pudor, tornó y fno tarde. &" DE HU:;;CH p •.; EL F11TOE. (CUADRO DE LEPOITTERIN. ) Mientra» entre los siglos décimosesto y decimoséptimo un crecido numero de pintores llevaron el arle en los Haíses Baj»8 íl l l l l a 2 | t u r a q u e n l i n c a m a s l l a H 1 " ció ser superada, hubo un enjambre de otros artistas menos aventajados, o ..o tan favorecidos por la suerte, que circunscritos á mas limitada esfera no aspiraron a la gloria ni á la fortuna de aquellos, contentándose con una posición mas mo- desta, y con un nombre menos generalmente conocido. El número de esos artis- tas fue en aquella época muy grande, y así es que aun hoy se ven en esos países muestras de tiendas y bodegones, cuadros de aves, cocinas, fruteros, y toda clase de lienzos en muchísimas casas particulares , los cuales si no merecen ocupar un sitio en los públicos museos, quizás no es lauto por la escasez de su mentó co- mo por la abundancia de otros cuadros que lo tienen mas justamente adquirido. Había en esa época pintores ambulantes que no creyéndose dignos de rivalizar con los grandes maestros establecidos en las ciudades, iban de aldea en aldea ofreciendo sus pinceles á cuantos quisieran ocuparlos en trabajos de arte, lie la misma suerte que había entonces compañías de comediantes llamados de la le- gua titereros y saltirobancos, que iban llevando sus habilidades de un lugar I otro, granjeando en todos los medios de no perecer de hambre; asi las bellas artes tenían también sus representantes nómadas, que así se fijaban por una temporada en un pueblo, como se encerraban en la casa de un grande o cu un monasterio para arcillar á los famosos pintores que trabajaban en ellos las obras nue debían inmortalizarlos. Entre los muchos que en esa época recorrían los pueblos de Holanda lucran- H08 EL PINTOR. do á duras penas el pan cotidiano, y dejando obras que hoy son estimadas lauto por su mérito absoluto, cuanto por o I de haberse conservado en una azotea, ta- pando una gatera , ó colgados á la puerta de un bodegón , debe ser tenido en mucha cuenta Alfredo Bruver, hijo de Ostende, de un pobre alfarero que le de- dicó desde niño al oficio que él habia ejercido durante cuarenta años. Alfredo era naturalmente artista; así es que no pudíendo desplegar su genio en otra parte, lo hacia en los cacharros que fabricaba su padre, á los cuales daba for- mas caprichosas y nuevas que llamando la atención de los consumidores aumen- taron el número de los parroquianos, t i padre conoció muy bien en los produc- tos del olicio las mejoras que iba su hijo introduciendo ; mas esto mismo le hacia deplorar muy de veras que siendo Alfredo un muchacho de tanto genio y talento tan grande, debiera verse reducido a amasar barro, y á barnizar tinajas y pla- tos. No era de aquellos padres que tratan de beneficiar en provecho suyo á los hijos; sino que al contrario, pertenecía al infinito número de los otros que sa- crifican su fortuna , su salud y hasta su vida en provecho de aquellos á quienes han dado la existencia. Así pues, aunque privándose durante algunas horas de la ayuda del hijo, lo envió á la escuela de dibujo que habia en Oslende, con la esperanza de que seria uno de aquellos famosos artistas, á quienes veía vestidos de terciopelo, y luciendo un sombrero con plumas. Gozábase el padre con la futura reputación y la probable riqueza de su hijo; y no perdonó medio á fln de ponerlo en estado de que pudiese alcanzar lo uno y lo otro. Alfredo correspondió á los cuidados del padre; y aunque a fuer de mas conocedor no concebía las es- peranzas de este, porque la vista de las obras de los grandes artistas le parecían muy superiores á lo que nunca pudiera salir de sus pinceles, no por esto aban- donó el estudio, ni se descorazonó de modo alguno. Si no soy de los primeros, decia , perteneceré á los segundos, y tanto me basta para poder dejar Ja sucia alfarería, y afiliarme en el gremio de los artistas. Alfredo era un muchacho de chispa y de una travesura muy grande; lo cual dio lugar á que en la escuela de dibujo fuese con mucha frecuencia castigado, y no despedido porque sus maestros le conocieron desde luego disposición para el arte. En poco tiempo aprendió el dibujo y por cierto lo tuvo muy correcto desde el principio, de modo qué, como decia su maestro, con tal que estudiara no dejaría de ser un pintor aventajado. Entre los condiscípulos era el mas maleante y atre- vido, pero al mismo tiempo el mas lucido. Castigado hoy, regañado mañana, amenazado de ser despedido otro dia, pasó cinco aílos, y á la edad de diez y ocho pintaba al óleo, habiéndose dedicado desde luego á copiar cuadrilos de gé- nero, en que su maestro era estremado. Quiso varias veces probar á hacer re- tratos, y tuvo horas enteras á su padre sentado encima de una tinaja, pero no podía con la semejanza, por mas que el padre juraba que lialiia trasladado pro- piamente su cara al lienzo, á pesar de que entre cuantos lo vieron ni uno siquiera ti. Pivnjit. 309 pudo conocerlo. Alfredo luvo la fortuna de no equivocarse: conoció que no podia ser retratista, faltábanle conocimientos para ser pintor de historia, y no tenia medio de adquirir lo que á este fin necesitaba, y en los cuadros de genero había visto y veía diariamente tantas obras acabadas, que no supo absolutamente á qué dedicarse: espantado al ver que todos los caminos le estaban cerrados, estu- vo en un tris como no ;il>;imlimó la paleta para entregarse en cuerpo y alma á la alfarería. El mucslio no obstante le inspiró el valor que le faltaba , y le aconsejó que pintara cuanto le ocurriese. pues de este modo daría á conocer el género para el cual tenia disposición mas marcada. El carácter de Alfredo se resistía ya á vivir á costa del pobre autor de sus días, y no queriendo serle ya mas gra- voso le pidió su bendición declarándole que quería viajar por los Países Bajos y ganarse con los pinceles su subsistencia. El padre conoció el móvil que impul- saba al hijo á tomar resolución semejante; y con la esperanza de que realmente viajando se baria hombre y volvería con mas reputación y mas dinero, le díó cuanto pudo y lo bendijo, rogándole que con frecuencia le escribiera acerca de sus adelantos y sus lucros. Con una caja y una gran cartera al hombro , un ha- tillo de ropa y cuanto dinero pudo el padre entregarle, salió de Ostende, y de pueblo en pueblo casi no dejó de recorrer ninguno de los Países Bajos. En esa peregrinación que duró cuatro años le acaecieron muchos lances, adelantó en e| arte , granjeó bastante dinero, y fijó para siempre su suerte; no sin sufrir tam- bién algunas miserias y crecido número de angustias. Hallándose en Bruselas en donde había pintado la muestra de un bodegón en la cual se ostentaban muchas piezas de volatería, fue invitado por un tendero de lienzos para que le pintara también una muestra, y Alfredo lo ejecutó muy complicado y verdaderamente de buen gusto. Esa muestra mereció la atención de un caballero de Bruselas, quien habiendo ido á encontrar al pintor le llevó á una casa de campo que cerca de la ciudad tenia para que le pintase un cuadro en el cual lució su habilidad que era notable para pintar aves y frutas, objetos muy propios de un comedor. Un dia ijue estaba trabajando en esa pieza fue á visitar al amo de la casa un francés mal ajestado y que tuvo la indiscreción de desalabar el trabaja del artista en presencia de este mismo y del amo de la quin- ta , diciendo entre otras cosas que Alfredo no sabia pintar animales. Guardó el artista la frase , y cuando al cabo de pocos dias ese estranjero volvió á la quinta dejó arrimado á una reja cual solia hacerlo siempre el caballo blanco en que iba montado. Alfredo esperó el momento, y cuando el francés estuvo ocupado con el caballero , cargó la paleta cuanto pudo , salió al patio , y en cinco minutos pintó el caballo al óleo y con listas de diversos colores , ni mas ni menos que la tela de una camisa de marinero. No es posible describir la ira que le cogió al fran- cés al ver cómo habían puesto su caballo , y no dudando que era obra del pintor acudió á donde estaba. Alíredo conliimó que lmbia fido él y que lo hizo parn ;ilO El, I'JMOII. mostrarle que sabia pintar animales, y de aquí tuvo origen una disputa que acabó por un desafío en que el artista dio una estocada al francés, viéndose por lo mismo obligado á huir de Bruselas y á correr de ceca en meca receloso y cual un prófugo durante algunos meses. Y ni aun así ?e hubiera librado de la cárcel y de un castigo , á no ser que relatado en todas partes el suceso, la ocurrencia del pintor pareció tan donosa que no hubo quien no la aplaudiera y no se1 intere- sara á favor suyo. Fue á parar á Gante, ciudad llamada con razón la Venecia del Norte , por la multitud de canales que la cruzan en todos sentidos. No habia entonces tantos como ahora, y por efecto de las guerras religiosas habia quedado pobre y des- poblada , de suerte que sus calles estaban desiertas, y la mayor parte de sus mu- chas fábricas inactivas. Nuestro artista se enamoró como un loco de la hija de un caballero en cuya casa pintaba, y como el padre se apercibiera de ello y no lo tomara á gracia, despidió al pintor, que reunido con otros troneras le hicieron á ese buen señor mil burlas, espantándole de noche cuando se retiraba á su casa, saltando las tapias del jardín para robarle las preciosas flores que en el mismo tenia , haciéndole pedazos la magnífica pajarera á que daba justa importancia, y manteniendo por mil medios correspondencia con la mal aconsejada señorita, que no conocía á donde iba á parar aquella atrevida intriga. La autoridad tuvo conocimiento de todo por el irritado padre, y Alfrtdo recibió orden de ausentarse de la ciudad si no quería que la justicia se ocupara de averiguarle la vida. Y como aun recordaba el lance con el francés de Bruselas, optó por la salida de Gante con el fin de librarse de mayores males. Llegó á Malinas sin tener un real y se alojó en una posada en donde al cabo de pocos días declaró al posadero que no podia satisfacer el gasto que llevaba hecho, pero que en cambio le pintaría una tabla que le sirviese de muestra para su posada. El amo convino en ello , y el maligno pintor á quien dieron pésima comida desde que declaró su insolvencia, pintó en la tabla una porción de pla- tos llenos de huesos y de espinas , y en un ángulo puso al posadero llevando en la mano una botella para vino y en la cual una moza de la posada echaba el agua dt: un cántaro, lil amo comprendió la burla, disputó con el pintor, lo hizo comparecer ante la autoridad local que le condenó á pintar una muestra mas á propósito , y á pagar el gasto hecho en los dias que ocupó pintando la otra. Con algunos otros trabajo? que hizo y vendió pudo salir del apuro, no sin mediar desazones graves entre el y el posadero que se daba á Barrabás porque el artista trabajaba poquísimo y entretanto tenia que darle de comer sin cobrarlo. Finalmente fue á parar á Amberes, rica ciudad de Flandes, en donde ha- biendo entrado en un bodegón y ofrecido al amo sus servicios, estos fueron acep- tados para que pintase una gran muestra. Colocó su caballete entre el hogar y el horno donde se guisaban todos los manjares, y como desde el primer (lia se ¡ili- B P1M0R. L '¡11 cionó á la hija del bodegonero , fue alargando la obra ; y cuando el amo le dio quejas por tanta tardanza, gano á un muchacho medio imbécil que en la casa habia , para que durante la noche ensuciase de mil colores lo que pintaba de día. La mucliacba agradada del pintor entró en el complot: el pobre padre veia pasarse días y mas dias y el lienzo del caballete estaba siempre lo mismo. En vano lo retiraba por la noche; en vano lo subia al desván , cuya llave guardaba; ¡i la manana siguiente el lienzo estaba borrado, ó lo cubria todo un color solo. Al fin apurado rogó al pintor quese marchara, mas este entonces declaró su pa- sión por Catalina y se la pidió al padre que se consideró muy honrado con tal demanda. El artista contrajo matrimonio y desde entonces varió de conduela, siendo un marido ejemplar y un buen padre, y habiendo llegado a adquirir tal reputación para las pinturas de la clase que vemos en esta lámina, que en rigor podemos decir que llenó de ellas los Países Bajos granjeando muy pingües ga- nancias. Aun pudo ausiliar a su padre en sus últimos anos , y al morir el de su esposa heredó el bodegón que era muy concurrido, y con su venta reunió un caudal pingüe, de suerte que al cabo de pocos anos se convirtió en propietario. Murió en 1623 en el pueblo de Cautray en donde se habia retirado con su fami- lia , y en el cual hay muestras de su mano en crecido número de tiendas. Enci- ma de la puerta de una cuadra hay una donde se ven varios caballos, uno de ellos pintado á lisias de mil colores y que recuerda la anécdota del francés, cuyo caballo le sirvió para demostrar que sabia pintar animales. Juan Corlada. (CUADRO OE RUBENS.) Al fijar los ojos en esas dos nobles figuras que recuerdan la instalación de la grande institución divina que el Supremo Legislador vino á establecer en medio de los siglos, el alma del hombre pensador, prescindiendo aun de todo sentimien- to católico, no puede dejar de sentir una viva impresión de asombro y de placer, contemplando en estos dos primeros atletas de la fe los dos insignes símbolos de la regeneración de la humanidad. Inseparables en una gran parte de su car- rera apostólica , los dos apóstoles y mártires, el uno sucesor de Jesucristo, el otro el primer adalid de su doctrina y el intérprete mas profundo de su ley, juntos los venera la Iglesia, juntos están sus sepulcros en la ciudad eterna, y ante ellos se postra el angustiado pontífice, rogando por la navecilla de Pedro en lo mas recio de la tormenta El asunto pues de este cuadro sublime nos convida á dar una rápida mirada retrospectiva sobre la historia de la primitiva Iglesia, cuyos cimientos, ya por su gobierno ya por su doctrina, están humanamente simbolizados en aquellos dos grandes jefes del apostolado, el uno como principe de los apóstoles, el otro como al apóstol doctor de las gentes. Para dar algún desarrollo á nuestra idea, re- montémonos al prodigio histórico obrado en la instalación, propagación y prime- ros triunfos del cristianismo, sobre cuyos primeros siglos vamos á dar como al acaso algunas pinceladas. Lejos estamos de escribir ni aun de .seguir la historia, y nos limitaremos á algunos recuerdos. Cuando después de haber predicado la nueva ley ó el livangelio , dejó Jesu- cristo su luz sobre la tierra, aquel fue el primer monumento de la civilixiicion SAN PK11H0 1 SAN PAULO. 313 moderna. La Cruz brilla en medio de la eternidad como resplandece en medio de los tiempos: ella inaugura la civilización que corresponde al hombre regenerado y redimido. Kl mundo tomó para sí una parte de ella, pero su objeto directo es la felicidad inmortal del género humano. Del pié de esta cruz plantada en Jeru- salen , partieron doce legisladores pobres , desnudos, con un báculo en la mano para enseñar á las naciones y renovar la faz de la tierra. 1.a publicación del Evangelio empezó en e! dia de Peotecosté3 del año 33 de Jesucristo en el reinado de Tiberio. La iglesia de Jerusalea nació rodeada de los siete diáconos elegidos en aquel primer concilio. KI primer mártir fue Esteban , y el primer hereje Simón el Mago, cuya herejía fue seguida de la de Apolonio de Tiana. Saulo , de perse- guidor pasó á ser el apóstol de los gentiles bajo el gran nombre de Pablo. Pi- latos envió a liorna el proceso del Hijo de María: Tiberio propuso al Senado el poner á Jesucristo en el número de los dioses , y la historia romana ha ignorado todos estos hechos. Después de Tiberio un loco y un imbécil fueron suscitados para gobernar el imperio , Calígula y Claudio: el imperio caminaba como lo había montado su predecesor, con la servidumbre y la tiranía. Los judíos, perseguidos en Alejan- dría, diputaron Tilon á Calígula: Herodes Antipas y Pilatos fueron relegados á las Gafias. Cornelio fue el primer soldado romano que recibió la fe. El nú- mero de los discípulos del Evangelio iba creciendo y se fundaron las siete igle- sias del Asia menor. En Antioquía los discípulos del Evangelio tomaron por pri- mera vez el nombre de cristianos. Pedro, preso en Jerusalen por Herodes Agripa, fue libertado por un prodigio. Este príncipe de nueva especie , cuyos sucesores eran llamados a subir sobre el trono de los Césares, entró en Roma con el báculo pastoral en la mano al segundo año del reinado de Claudio, Antes de dispersarse para anunciar al Mesías, los apóstoles compusieron en Jerusalen el símbolo de la fe. Esta carta de los cristianos, que vino después á ser la ley del mundo , no fue escrita. Jesucristo no escribió nada: siete de sus apóstoles no han dejado mas que sus obras , y su doctrina sin embargo ha recorrido toda la tierra ! Juan en- senó en el Asia menor, llevando consigo á María , la cual el Salvador le había legado desde lo alto de la cruz. Felipe fue á la Alta Asia, Andrés entró en los Escitas, Tomás entre los Partos y hasta los Indios , á los cuales Tomás llevó el Evangelio de S. Mateo , escrito el primero de todos IHS Evangelios. Simón pre- dicó en Persia, Matías en Etiopia, Pablo en la Grecia, Marcos, discípulo de Pedro, redactó su Evangelio en Roma , y Pedro envió misioneros á Sicilia, á Italia , á las (¡alias y sobre las costas de África. Pablo llegó á Efeso cuando murió Claudio , y catequizó él mismo en la Pro venza y en las Españas ,• á donde es tradición que llegó Santiago. Sabemos por las cartas de aquel apóstol que los primeros cristianos en Roma fueron lipenilas , María , Andrónico, Jimia , Amplíalo , urbano , Stachis y Apo 40 ítH SAN PEDRO V SAN PABLO. les. Pablo saludó también á los fieles de fa casa de Aristóbulo y a los de la casa de Narciso, el famoso favorito de Claudio. Estos nombres son por cierto oscuros, y no se encuentran en los documentos que sirvieron á Tácito; y es asaz mara- villoso sin duda el ver, desde el punto á que hemos llegado, el mundo cristiano empezar desconocido en la casa de un liberto que la historia ha creído deber ins- cribir en sus fastos. Así como todos los conquistadores han venido á ser Alejandros, así también todos los tiranos han heredado el nombre de Nerón. No se sabe porqué este prín- cipe ha disfrutado de esle honor insigne, porque no fue ni mas cruel que Tibe- rio, ni mas insensato que Calígula, ni mas disoluto que liliogábolo: sera tal vez porque mató a su madre, y porque fue el primer perseguidor de los cristianos. Los senadores le condenaron á muerte, lil incendio de Boma de que se acusó k los cristianos, confundiéndoles con los judíos, produjo la primera persecución. Los mártires eran puestos en cruz, como su Maestro, ó revestidos con pieles de bestias y devorados por los perros, ó envueltos en túnicas impregnadas de pez á las que se prendía fuego: la materia fundida corria por tierra con la sangre. Estas primeras antorchas de la fe iluminaban una fiesta nocturna que Nerón da- ba en sus jardines, y á la claridad de las llamas el tirano conducía carros. Pablo acusado delante de Félix y delante de Festo, vino á Roma , en don- de predicó el Evangelio con Pedro. La herejía de, los nicolaitas se suscitó el alio (i 4 de Jesucristo; había tomado su nombre de Nicolás, uno de los siete primeros diáconos. San Jaime, obispo de la iglesia judía, había sufrido el martirio. La guerra de Judea empezó bajo el reinado de Sexto Galo, y los cristianos se habían retirado de Jerusalen. Apolonio de Tyana llega á la capital del mundo para ver, según él decía, qué animal era un tirano , y se ve desterrado de allí como los demás filósofos. Pedro y Pablo encerrados en la prisión Mamerlina al pié del Capitolio, son con- denados á muerte. A Pablo se le corta la cabeza, como ciudadano romano, junto a las aguas Salvianas, en un lugar en el día desierto, en donde se ven tres fuentes á alguna distancia de la basílica llamada San Pablo estramuros que un incendio destruyó en el momento mismo de la muerte de Pió VII. Pedro, repu- tado judío y de condición vil, fue crucificado cabeza abajo sobre el monte Janí- culo, y enterrado á lo largo de la Via Aurelia, cerca del templo de Apolo: allí es donde se levanta hoy dia el palacio del Vaticano y aquella iglesia de San Pedro que compite en grandeza con las mas imponentes ruinas de Koma. Nerón igno- raba sin duda el nombre de estos dos reos de baja ralea condenados por los ma- gistrados;, y estos dos eran, después de Jesucristo, los fundadores de una religión nueva, de un poder que debia continuar la eternidad de la ciudad de Itómulo. Lino, de quien se habla en las cartas de S. Pablo, sucedió a S. Pedro; san Clemente ó S. Ületo á S. Lino, til pueblo romano amó ¡t Nerón , y esperó vol- SAN P E M O V SAN PABLO. ¡í 1 Ü verle á encontrar después de su muerte entre los impostores. Algunos cristianos pensaron que Nerón era el Antecristo, y que volvería k aparecer al fin de los tiempos, lil mundo pagano le esperaba para sus delicias, el mundo cristiano para sus pruebas. Bajo el reinado de Nerón S. Marcos fundó la iglesia de Alejandría, que co- menzó sobre todo entre los terapeutas, secta judía entregada á la vida contem- plativa , y que sirvió de primer modelo á las órdenes monásticas cristianas, Los terapeutas diferian de los esenios, que solo se veían en Palestina, y que vivían del trabajo de sus manos. La escuela filosófica de Alejandría mezcló también sus doctrinas con las del Cristianismo , sutilizó la simplicidad evangélica y produjo famosas herejías. Los primeros tiranos de Roma se distinguieron cada uno por un vicio parti- cular, así como los príncipes que sucedieron ¡i estos tiranos brillaron cada uno por una virtud diferente : mas así como los vicios de aquellos no bastaron para disolver la sociedad , tampoco las virtudes de estos fueron suficientes para evitar la caída del imperio. Habia en éste cristianos oscuros perseguidos hasta por Marco Aurelio, y estos hicieron con una religión despreciada lo que no podia alcanzar la filosofía ornada con el cetro: ellos corregían las costumbres y echa- ban los cimientos de una sociedad que vive todavía. En el absolutismo hereditario, en los países en que se halla establecido, hay sin embargo ciertos períodos de reposo para los hombres, pues la arbitrariedad pierde algo de su aspereza envejeciendo. En el despotismo electivo cada jefe sube k la soberanía con la fuerza de un primer nacido de su raza, y se lanza á la opresión con lodo eUrdor de uno que llega al poder: témese siempre al tirano en su vigor electivo ; mientras que la nación que no se renueva queda en su servi- tud hereditaria. Esto sucedía en el paganismo, en cuyo tiempo el Cristianismo no habia consagrado ni a los monarcas ni á las instituciones. Y como el imperio ro- mano ocupaba el mundo conocido , como el emperador podia ser escogido de to- das partes , de ahí esta diversidad de tiranía, según que el señor venia del Áfri- ca , de la Europa ó del Asia. Todas las variedades de la opresión , esparcidas hoy en los diversos climas, se sentaban por elección sobre la púrpura, k la cual cada candidato llegaba con su carácter propio y las costumbres de su país. Aplicáronse á Tito y á Vespasiano las profecías que anunciaban conquistado- res venidos de la Judea. líl Mesías debia ser un príncipe de paz: en consecuencia Vespasiano hizo edificar en liorna y consagrará la paz un templo (pie vio siem- pre la guerra, y cuyos fundamentos, descarnados en el dia, han apenas resisti- do á los asaltos del tiempo. El verdadero principe de paz era el rey de este nuevo pueblo , que crecía y se multiplicaba en las catacumbas , bajo los pies del viejo mundo , pero pasando sobre él. San Clemente escribió á los de Corinlo , iuvilándole.s ¡i la concordia., lielierc •'{ H i SAN PEDRO V SAN PAlSI.O, que S. Pedro habia sufrido muchas veces; que S. Pablo , después de azotado con varas y apedreado, Imhia sido arrojado á las cadenas siete veces diferentes. Indica el orden en el ministerio eclesiástico, las oblaciones, los oficios, las so- lemnidades. Dios ha enviado k Jesucristo, Jesucristo á los apóstoles; los apósto- les ordenaron obispos, presbíteros y ministros para las diversas funciones de la jerarquía, insiguiendo Jas instrucciones del divino legislador. La religión acrecentó su fuerza bajo los reinados de Vespasiano y de Tito, por la consumación de uno de los oráculos escritos en los libros santos: Jcrusalen pereció. Rpma al fin quedó en la pacífica posesión del mundo cristiano. Invadida des- pués , incendiada por los bárbaros, desolada , permanece sin embargo, conser- vando sobre las ruinas de su pasada grandeza el trono magnífico del sucesor de Pedro, cuyo trono parece quiere relegarse ú aquella Jerusalen de la cual el poder romano no dejó piedra sobre piedra. Las llaves y la espada que brillan en las manos de los dos grandes apóstoles son los dos símbolos del poder que ejerce la Iglesia sobre el mundo espiritual. Las primeras se refieren á la facultad dada por Jesucristo á Pedro de abrir y cer- rar para los hombres las puertas de la vida inmortal, que es el galardón de los predestinados, y que éste abre y cierra según las reglas de la ley de amor que Jesucristo vino á traer sobre la tierra. La espada simboliza la autoridad espiritual que ejerce el jefe de la Iglesia sobre toda la sociedad visible que forma en el mundo la ley cristiana. También puede representar la palabra de Dios que el grande apóstol hizo resonar por toda la tierra, y que penetrante como una es- pada de dos filos , llega á dividir, según la espresion del sagrado testo , el alma del espíritu. La Iglesia católica ha sido hasta ahora romana, porque Pedro, que entró en Roma desconocido, oscuro, sentó en ella su humilde solio , que regó con su propia sangre y consagró con los despojos de su cuerpo, que subsisten todavía. Si el cielo ha decretado que este solio después de diez y nueve siglos haya de arrancarse del corazón de la liuropa en donde lo colocó Pedro, para ir á fijarse en la deicida Jerusalen , bien que santificada por la sangre del ítedenlor, y hoy esclava del sectario de Malioma, esto no herá la destrucción de la Iglesia, porque es indestructible, pero será una calamidad para todos sus hijos, y una marca di; eterno oprobio para los que la hayan quitado del centro del mundo civilizado para arrojarla á una región de bárbaros que están derramando lioy la sangre de ¡os hijos de la Cruz como se derramaba Ja de los primitivos cristianos. Aun cuando se quiera reservar un (Calvario y una cruz para el sucesor de Pedro en la ciudad misma que apedreaba á los profetas, eso hará derramar lágri- mas amargas á los cristianos fieles, como las hacían derramar á las piadosas mu- jeres de Jerusalen las fatigas mortales de Jesucristo ; pero esto nada importa para SAN PEDHO Y SAÍN PABLO. la permanencia do la Iglesia que no ha de perecer sobre la tierra , cuya confian- za queda garantida, aun humanamente hablando, por la perpetuidad que ha te- nido hasta ahora á pesar de los mas terribles ataques y de los mas profundos sa- cudimientos. Si la Europa permite que se arroje de su seno la silla del Pontificado, ó que esta permanezca esclava de alguna potencia, bajo cualquier pretesto que sea, queda privada de ese centro de autoridad mora! en la que se conserva a la som- bra de la verdad católica el depósito .santo de los grandes principios de justicia que pueden salvar la sociedad de un cataclismo. Prescindiendo aun de los in- tereses católicos, que por cierto no son indiferentes á muchos millones de almas, se priva la Europa de ese poder invisible poro fuerte que ejerce sobre las con- ciencias aun de los no católicos, esa autoridad viviente que tantas veces la ha sal- vado de la barbarie, que ha conservado los restos de la antigua civilización en medio de tantos naufragios, y cuya doctrina es el mas firme apoyo contra la opre- sión y contra la anarquía. Los poderes mismos que ahora se muestran hostiles ó indiferentes con la in- dependencia del poder pontifical, no conocen cuanto deben á su influencia la se- guridad de sí propios. Si época ha habido en que, humanamente hablando, sea necesario concentrar y robustecer el principio católico, es sin disputa la que es- tamos atravesando. En medio de esta discrepancia de sistemas sociales que for- cejan para dominar, en esta oscilación délas inteligenciasacercadelalegitimidad de los derechos y de los deberes, acercade las cuestiones de orden y de estabilidad para los pueblos y para los individuos, ¿quién puede fijar sobre liases inmuta- bles esa ley eterna establecida por Dios por la cual puede regirse la marcha mo- ral del universo? Dejemos aparte todo sentimiento religioso , toda idea que pase mas allá de la tumba : fuera de la ley cristiana, que se conserva intacta en el catolicismo, no reconóceme» salvación para la humanidad. Vénse amenazadas la propiedad y la familia: lo que se ataca no es ya la for- ma de gobierno, es la existencia legítima de toda autoridad sea cual fuere su origen: se pretende cortar de golpe el lazo que une al cielo con la tierra: se quiere dar á la ciega y veleidosa multitud el cetro de toda soberanía: se prescinde de toda ley suprema y divina en el orden de las inteligencias. Si esto llega á conse- guirse, sobra realmente en Europa la voz augusta del representante de Dios que mira á todos los hombres como hermanos, porque son hijos de Dios. Quitad ese freno saludable, único que convirtió á los bárbaros en hombres civilizados, y no os quedarán mas que hordas de salvajes prontos á devorarse. Los corazones sensibles se horrorizan a esta sola idea: las almas nobles y ge- nerosas que naturalmente detestan la ingratitud con el poder que tantas veces ha salvado la libertad de los pueblos, se resisten íi esa especie de horfandad á que quiere reducirse la parte mas privilegiada del globo. El padre común de los fieles 318 SAN PEDRO V SAN PAULO. no opondrá por cierto la fuerza á la fuerza si se Ic arranca de su silla ó se le car- ga de cadenas. Pero esc mundo moral que dirige el Dios de los cristianos, se rige por oirás leyes que por las de la fuerza material. lil hombre puedu resistir hasla cierto punto el brazo de Dios, pero Dios que hace servir los crímenes de los hombres para castigo de sus ingratos hijos, así como hizo servir los crímenes de sus verdugos a la redención del mundo, permite estas tormentas para que las inte- ligencias estravíadas y hasta los corazones pervertidos reclamen algún dia su voz y su poder aun del fondo del abismo. LA ORGIA (CUADRO DE HONTHOR.) A la simple inspección de este grupo lúbrico se echa de ver que lodos sus personajes so hallan aquí reunidos para entregarse á la crápula y á la voluptuo- sidad. El airo libre y descompuesto de la que tafie el músico instrumento y so- bre cuyo rostro y seno refleja principalmente la claridad de la luz, la jovial y poco púdica espresion de su semblante (pie chispea hartura y sensualidad, el jue- go y los licores que suelen acompañar los placeres de Venus, y la alegría bu- lliciosa en que parecen rebosar todos, después de una abundante comilona que los ha dejado liarlos hasta la saciedad , nos traen á la memoria aquellas reuniones nocturnas que han formado casi siempre las delicias de los pueblos sibaritas y afeminados, remedo de aquellas otras que en tiempos mas antiguos fueron conoci- das con el nombre de orgías, en donde los escesos de la embriaguez y el reli- namieulo de la sensualidad se mezclaban á veces con las escenas sangrientas de la crueldad y de la barbarie. lil verdadero origen de las orgías es porque así se llamaban las fiestas y sa- crificios en honor de Baco, celebradas principalmente sobre las montañas por unas mujeres furiosas, por nombre bacantes, tiestas conocidas también por dio- nisiaciis ó bacanales, que ios antiguos celebraban para honrar las conquistas de Unco en la India, he ellas hablan los escritores antiguos Cicerón , linneo y Juve- ¡i£0 I.A ORGIA. nal. La etimología de esfa palabra, según opina Eusebio en su Preparación evan- gélica, viene ile la palabra griega orghé, que significa furor, y parece la mas propia. Otros la han derivado de oros, montana porque desde Tracia las Irans- portó (Meo sobre el monle Citheron ; así como oíros la hacen derivar de la pa- labra orgas, lugar consagrado á alguna divinidad. No parece tan aceptable la opinión del intérprete de Apolonio, cuando la hace venir de eirgein, que signifi- ca alejar ó rechazar, porque de talos fiestas se alejaban los profanos como in- dignos de asistir á ellas, según aquella sabida espresion de Horacio: Odi profanum vulguset arceo. Sea de eslo lo que fuere, es lo cierto que estas diversiones , originarias del Egipto , patria fecunda en todo género de supersticiones, envuelven todas las ideas de desorden y de disolución. Tal vez este culto fue mas decoroso y sencillo en sus principios, poique ninguna institución religiosa, por estravagante que sea, puede haberse fundado sobre la crápula y el desbordamiento de todos los malos instintos: quizás entonces no fuá sino una alegoría de los misterios de la naturaleza, ó de la lucha continua entre el bien y el mal, simbolizados en la lucha de Qsiris con Tifón de quien salió aquel horriblemente mutilado. Pero fue- se desfigurando poco á poco el sentido de la alegoría, que fue presentada al pueblo bajo las imágenes repugnantes de laobscenidad mas grosera, llegando este á creer que la mas disoluta obscenidad era el culto mas grato á aquellas divinidades. Y es de observar que cuanto mas las costumbres iban perdiendo de su simplicidad primitiva , las fiestas se convirtieron en orgías y en espectáculos de escándalo, que se avenían mejor con la corrupción de las costumbres públicas. Hombres y mujeres disfrazados de sátiros, armados de tirsos y otros instrumen- tos, cubiertos de pámpanos corrían confusamente como agitados por un numen fu- rioso, dando gritos y aullidos espantosos. Las mujeres, precedidas de un flautista, llevaban en triunfo estatuas de un codo de alto , que serian probablemente las de Osiris y líaco. La parte del cuerpo de Osiris que Tifón le habia cortado y que él no había podido encontrar, era de un grandor desmedido y se le conocía bajo el nombre de Pftallus. ¡Cuántasserian las abominaciones de aquellas orgías, presidi- das por aquel divinizado símbolo de la obscenidad! Del Egipto las bacanales pasa- ron á la Grecia con toda su licencia y desenfreno, y este nuevo culto llevó á los griegos la turbación y el escándalo, 1100 años antes de Jesucristo. El pueblo ávido siempre de placeres, lo acogió con entusiasmo, á pesar de los ministros de los antiguos dioses, los cuales temieron que la alegre licenciosidad de las bacana- les dejase desiertos sus templos, y les quitase sus adoradores y riquezas. Así como las bacanales ú orgías habían acarreado al Egipto y á la Grecia la mayor perturbación y desenfreno , produjeron en Italia efectos no menos funes- LA OKGIA. 321 tos; y si bien no se sabe á punto lijo la época de su introducción en esta penín- sula, parece que los litruscos y las colonias griegas del mediodía, y sobre todo la Campania fueron los primeros en recibirlas, pues llacoeraiina de las principales divinidades de la Campania en donde se le adoraba bajo el nombre de Hébon. De la Campania las bacanales se propagaron y vinieron á liorna, en donde fueron acogidas con la misma avidez que en la Grecia, siendo desde luego celebradas por algunas mujeres desenvueltas, que no tardaron en hacerse numerosos prosé- litos. Sus asambleas nocturnas y secretas pasaron a ser la escuela de todos los vi- cios y de los crímenes mas horrendos. El mal iba en aumento y parecía amenazar la tranquilidad pública, mal tanto mas peligroso en cuanío su origen se ignoraba. Descubrióse al fin y se emplearon los medios para remediar tan ominoso desorden. Informado de todo el cónsul Posthumio por una revelación de los mismos inicia- dos, como reliere estensamente Tito Livio, en el ano de Roma S68 se dio un senado- consulto para su abolición, después de haber castigado severamente a los que ha- bian introducido en la ciudad aquellas abominaciones. Y si bien la Italia quedó por largo tiempo libre del escándalo de aquellas fiestas, recobraron favor en los últimos tiempos de la república y bajo el gobierno de los emperadores. Según Velleyo Patérculo, las celebró Antonio, aquel triunviro que gustaba tomar el nombre de Líber Paler, ó de Itaco, y á quien se vio mas de una vez coronado de hiedra, calzado el coturno, y llevando en la mano un tirso imitaren Alejandría la pompa del dios vencedor de la India y pasear en su carro á Cleopatra como otra Adriana Mesalina, cuyo solo nombre recuerda la época de la mas espantosa cor- rupción de las costumbres romanas, y a esta rodeada de mujeres perdidas y sin vergüenza, sacrificar al dios de la crápula; y no hay que decir la desenfrenada licencia que debería reinar en aquellas Tiestas por tal cortesana presididas. Según afirma Servio, al principio se llamaban orgías toda especie de sacrifi- cios en Grecia, y todo lo que se llamaban ceremonias en liorna. Las orgías se cele- braban de noche con las mas monstruosas obscenidades. Fueron, según Diodorode Sicilia, introducidas en Tracia por Orfeo, de donde tomaron el epíteto de Arfan. Los orgiofantes eran sus principales ministros ó sacrificadores, subordinados sin em- bargo á las orgiaslas, sacerdotisas de Baco, ó bacantes. Knlre los griegos las mu- jeres eran las únicas que tenian el derecho de presidir los misterios de Baco. Llamábanse asimismo orgías los pequeños ídolos que cuidadosamente guardaban las mujeres iniciadasen aquellas asambleas detestables, y cuyas estatuas, durante la licslade aquel dios, llevaban consigo las mujeres en los bosques dando aullidos como lieras. Y viniendo ahora a la observación filosófica de lo que lia pasado á significar entre nosotros la palabra orgía, y i lo que tiene alusión la lámina del cuadro que ha dado motivo para investigar su origen, ¿i|ué idea nos formamos al pronunciar ü oír la palabra orgía? Veamos qué significación le atribuye este siglo voluptuoso nt u OWilA. y egoísta, ciego idólatra del placer, ÍJIIOsolo hállala cúspide de la felicidad en ej mas fuerte sacudimiento posible de todas las fruiciones de la materia. Vivires sentir! la vida es la emoción. Rodead á la frágil materia que nos envuelve de to- das aquellas sensaciones enérgicas que dispiertan en nosotros todo el vigor de que es capaz la existencia. Para él la orgía es la audaz rebelión del esclavo contra su seflor, es decir, la lucha incandecente del espíritu y de la materia, ó mas bien de los esfuerzos del espíritu para endiosar la materia, contra este mismo espíritu en cuanto pugna para dominarla, convencido de su incapacidad é impotencia, choque convulsivo de la inteligencia y de la brutalidad, duelo á muerte en el que uno solo de los dos combatientes ha de quedar en pié, si el espíritu ciego, ó la luz de la in- teligencia ! La orgía, último período k que pueden llegar las facultades del hom- bre en toda su energía, cuando bullendo con los humos del vino, las pasiones ar- rojan /a inteligencia en un caos maravilloso, y los órganos de los sentidos en un delirio de voluptuosidad inagotable! Y cuidado en no confundir el entusiasmo con la orgía! El entusiasmo es el desarrollo, la sobrescitacion de la inteligencia hu- mana bajo el imperio de una convicción racional en el fondo, libre é indepen- diente en sus aplicaciones, audaz también, pero siguiendo ciertas reglas que guardan armonía con la razón y el buen sentido: es algo de positivo y de ideal á la vez, es el punto á donde puede llegar el genio, y que separa el hombre de Dios reconociendo siempre la potencia divina, y suponiendo inflamada por ella la potencia humana. Aun en el desorden, en el tumulto, en el choque incesante de ¡deas existe un oculto enlace que en último término no escapa del análisis. Pero en la orgía, ¡qué diferencia! La inspiración existe siempre, pero sin freno, sin encadenamiento, sin ilación.... No viene de Apolo, ni de Júpiter, ni de las nueve hermanas, sino de Baco, del símbolo de la embriaguez y de la crápula; no elec- triza á Píndaro ni al trágico Séneca, ni menos a Ezequiel ni á Jeremías, ni á la pitonisa de Delfos, sino que agita á las bacantes como á otras Euménides, á Bal- tasar bebiendo en las copas del templo de Salomón, á Nerón poniendo fuego íi los cuatro lados de Roma, al soldado de genio que sueña en la púrpura y en los placeres que lleva consigo: ella es la que enloquece el espíritu y hace latir el corazón á tantos cesares romanos, á esos arbitros de tantos pueblos que gastan todo el poder de un imperio en el mayor desarrollo posible de su voluptuosa go- losina. Mas dulce, menos feroz, dicta los versos de Anacreonte y de Horacio, ebria de nuevos deleites hace vibrar la lira frenética de Byron después de haber inspirado los disolutos caprichos de D. Juan Tenorio y de Lovelace: ella es la que agita el numen de esos vates convulsivos de nuestros tiempos, que después de ha- ber arrancado de sus cítaras gritos de dolor y de desesperación, fatigados de los amargos deleites de la vida, buscan un reposo en el suicidio. Mámese la orgía el desborde de un alma enérgica y poderosa, ó de un espíritu fino y delicado: llá- mese profusión, dilapidación de mesa, pero de una mesa elegantemente servida, LA ORGIA. 323 de una mesa de buen gusto, en Ui que todos los manjares son dignos del palacio de los dioses, en donde los vinos y sobre lodo los licores harían saltar de placer al salvaje Cómodo y al brutal Sardanápalo: rodéese la orgía de dulcísimos per- fumes, de mullidas alfombras, de candelabros de oro reluciente, de fuegos las- civos en globos argentados: encántese ese lujo mórbido con el eco de suaves con- ciertos, de cantos deleitosos que enervan y derriten el corazón y le abisman en el deleite: añádase á tantas emociones juntas la presencia de Lesbia, de Lide, de Aspasia, de Safo, de Circe, ó si se quiere, de Lais ó de Corina: sea la orgía un delirio, pero de buen gusto, de inteligencia., de chispas, de genio, de amor físico sostenido por el espíritu, de los goces unidos de la opulencia y del placer: ale- jad de ella si queréis la golosina estúpida, la embriaguez vulgar y grosera, los bajos goces de un figón: elevadla al nivel de una organización fuerte y vigorosa, de un poder de los dueños del mundo, de un gusto cscesivo de arte y de belle- za: hacedla subir hasta estos tipos gigantescos de profusión y de riqueza, hasta esa que pudiéramos llamar omnipotencia humana que no conoce obstáculo á su voluntad; llámese esa especie de dios de tierra Nerón, Tiberio ó Heliogábolo.... Siempre será una degradación de la especie humana, siempre será un esfuerzo impotente de la deleznable materia para escalar con esa Babel del orgullo hu- mano el cielo para ella inaccesible de la real y pura felicidad. Hagamos una breve digresión y veamos en el muelle acento del poeta de los amores cuan favorables son al amor los nocturnos convites. Procurad en festines bulliciosos Hemoza entonces lasulcada frente, Entrar en los opíparos banquetes, Y la franqueza, rara en nuestro siglo, Donde además del generoso vino Abre del alma los profundos senos. Encontrareis los mórbidos placeres Ahuyenta Baco el sórdido artificio Allí el rapaz amor vencejy humilla Y quedan sin celaje los deseos Be Baco la altivez, el dios beod» Y las hermosas roban sin esfuerzo Presentadoú los brindis deliciosos El corazón á los ardientes mozos, Por torneados y mullidos brazos. Porque la madre Venus en los vinos Cuando empapa Cupido sus alilas Es luego sobre fuego. Los licores En el licor de la espumante copa, Y la noche mendaz turban la vista Pierde su ligereza y queda inmóvil. Y discernir impiden la hermosura; Veloz, sacude sus mojadas plumas, Asi pues no fiéis demasiado Pero no impide que el amor encienda De la luz de la lámpara engañosa, En los pechos dulcísimos su llama. i'áris de dia y al albor del cielo El zumo que embriaga, predispone Miró á las diosas para dar su fallo Al ánimo rendido que se deje Sobre cuál de ellas fuese la mas bella. Dócil prender del amoroso fuego, Un los lóbregos pliegues de la noche Y á fuer/a de agotar sabrosas copas Se esconden los lunares, y perdonan, Huyen ó se desechan los cuidados. Y entre la oscuridad todas son lindas Viene enlomes la risa bulliciosa, Y hasta la menos bella es seductora, Entonces hasta el pobro loiivi orgullo í'onsulud á la luz del almo dia Y las zozobras huyen y pesares. l.iw brillantes zafiros y esmeraldas L ORGIA. Y las lelas de púrpura teñidas, Si ágil cuerpo tuviereis, no os moleste Y consultad también á llena lumbre El ensayar la danza bulliciosa. La beldad de los talles y semblantes. Gratos haceos á la tierna niña Por cuantos medios agradar pudiereis. Asi pues al brindar en el convite Mas tanlo como la embriague! odiosa Con los báquicos danés espumantes En su brutal realidad ofende, Al lado de una bella seductora, Así fingida y jovial divierte. Suplicad ardorosos al Niclelio Aparentad beoda vuestra lengua Padre de los nocturnos sacrificios Y en tono balbuciente, que las voces Mande al licor balsámico no turbe Mal articule con torpeza asluta El claro percibir de vuestra mente. Para que al loco zumo se atribuya Allí libres seréis en el lenguaje, Cualquier libre deslizque allí profiera. Y en proferir con balbuciente labio Saludad con afán á la querida, Y á media voz palabras lisonjeras Y cuando levantada ya la mesa, Fingiendo estar de Baco poseídos; Se levante también, fácil entonces Mas procurad que fácil lo perciba Será cnlre los demás el acercarse, El oído de vuestra idolatrada. Y darle con prudente disimulo Escribid en la mesa breves motea De tierno amor una sencilla mueslra. Que vuestro imor enérgicos declaren Acércase el momento del coloquio: Con las gotas del vino derramadas. Huya de vos la torpe cobardía, Notadla cifra de su grato nombre, Lejos la timidez. Venus y el Hado, Y vea con placer que es vuestro dueño. AI audaz solo muéstranse propicios. En sus ojos fijad vuestra mirada, En vano el numen ora se ocupara En inspirar al anbeloio amante Y con ella arrojad la chiipa ardiente Puro raudal de férvida elocuencia De la pasión que hierve en vuestro seno. Con que el amor ardiente se insinúa. Un semblante que calla, es muchas veces Amor dará la nalural facundia Mas elocuente que dorada lengua. El primero tomad con presta mano Y el labio empaparáse en miel hiblea La feliz, copa en que bebido hubiere, Y será vuestra voz irresistible. Y dó sus labios de coral tocaron Si no sentís amor, sabed fingirle Par allí beberéis. El manjar mismo Con languidez y con ardor á un tiempo Que ella partiere con sus blandos dedos Imitando su mórbido lenguaje. Pedídselo, y al dároslo, mostraos Mostrad como si viva os penetrara Con amable sonrís agradecidos. La dolencia de amor: en el semblaste La seductora palidez se vea Escédase en el uso de los vinos Cual si llama voraz os consumiera, El que los administra 6 que los prueba, Que' es la palor á los amantes grata. Mas yo os diré que la medida cierta Fácil fe prestará la dócil niña Con que debéis usar de los licores A vueslro suspirar: creerá al punió Es mientra en firme pié podáis leñeros Que por ella Bufrís aquel tormento; Y la serena mente no se ofusque. No hay mujer que no píense ser amable. Evitad sobre todo las rencillas Por mas que avara la naturaleza Que causar suele el turbulento vino El don le haya negado de sna graciai, Capaces de parar en lid funesta. La ilusión acaricia, y juzjia siempre Mató aEurilhion infelizmente Tener para agradar un atractivo. La brutal embriaguez; solo el recreo A menudo se cambia en verdadero Y amable holganza desear debemos Amor que en sus principios se fingía. En el placer del vino y de la mesa. Niñas, no lo dudéis: cuanto mas blandí Si de suave voz naturaleza Pagareis el amor del que lo finge, Os hubiese dotado, al amor blando Tanto mas presto tornará sincei o Animad con dulcísimos cantares. El amor que fue un día simulado. 3 2 3 LA 0I1GU. Consultando la variedad y en gracia de los lectores hemos querido insertar anuí este fragmento de gusto clasico, corrigiéndolo de los lunares e inexactitudes en que le deiamos en anos mas plausibles. No parece inoportuno resucitar de vez en cuando algún escogido rasgo de aquella brillante y nutrida literatura que for- mó las delicias de nuestra juventud, y sobre la cual se ha basado el gusto mo- derno en sus formas mas variadas y caprichosas , en sus arranques de entusiasmo v en aquella libre soltara que se acomoda mas á la mudanza de situación y I la universalidad de los estudios. La marcha del siglo debia producir de nece- sidad una alteración profunda en la marcha del gusto literario, como la ha pro- ducido en todos los conocimientos humanos. Pero hay principios inmutables sobre los aue descansara siempre el criterio de lo verdaderamente bello, fuera délos cuales la belleza en el arte es puramente ficticia ó transitoria; estos principios deben «residir en ambas escuelas, porque son una emanación directa de nuestro modo de sentir que no está sujeto a la variación de los lugares ni de los tiempos. Joaquín HM* y Cornet. (CUADRO ÜE RIEÜEL. ! Una de las figuras mas bellas y mas dramáticas al mismo tiempo, que se destacan del fondo de los magníficos cuadros, que ofrecen los libros históricos del Antiguo Testamento, es sin dispula la de la célebre viuda de Bethulia, la vale- rosa Judith. Su historia es una preciosa epopeya, que recuerda una de las mu- chas páginas, tan brillantes como variadas, del pueblo de Israel. La posteridad ha tributado en todos tiempos su homenaje de respeto á aquella heroína, de la tribu de Rubén, rodeando su nombre de una auréola de gloria, de poesía y de admiración, y haciendo resaltar su prodigioso valor, aun entre los héroes, que presentan los anales del pueblo favorecido de Dios. No cumple á la índole de un artículo, consagrado á la esplicacion del cuadro de Riedel, la historia detallada de la bella, cuanto religiosa viuda de Manassés; pero es grato seguir la narra- ción de aquel memorable episodio de la vida política de los hijos de A.brahan y de Jacob, para apreciar debidamente la inspiración del artista y el entusiasmo del poeta, haciendo uso de las frases brillantes y sublimes, que consignan en tú libro canónico los rasgos mas espléndidos de la heroína de Bethulia. Corría el año 33Í8 del mundo, y no mucho después de losgrandes aconte- cimientos tjue desmembraron en el Asia el primitivo imperio de Nínive. Reciente era todavía en la memoria de los pueblos de ambas orillas del Eufrates el re- cuerdo de la trágica muerte de Sardanápalo y de la sublevación de los sátrapas de Babilonia, de Media y otras de las regiones de la Mesopotamia. ül primer imperio asirio, que se contaba desde Nemrod, se dividió bajo la revolución triun- fante que dejaba á líclosis duofio de Itabilonia y ¡'i. íta jocos del vasto territorio do los Medos. Los soberanos, que acababan de crear unos reinos de vasta estension, dis- putaron con las armas los lindes de sus nuevos estados, resueltos á dominar en las vastas regiones del Asia central. Itelesis, primero, Nabonasar después, y últi- mamente Saosduchin, hijo de Asarhadon, continuaron la lucha con Phraorles, sucesor de Dejoces en el reino de Media, lanzando aquellos sus huestes numero- sas desde la metrópoli de Babilonia. Saosduchin, ó Nabucodonosor I, nombre que los hebreos daban á todos los soberanos de allende el Eufrates, batió á los me- dos , y puesto ya en campaña intentó la conquista de la Siria y por consiguien- te de la Palestina, situada en las fronteras del imperio babilónico. Al efecto orga- nizó un ejército de ciento veinte mil infantes y doce mil caballos, parte de las inmensas fuerzas de que disponía aquel monarca, que desde lo alto del templo de Helo dominaba estensos paises y magníficas zonas, las cuales arrojaban á sus pite tesoros sin cuento. Las formas de aquel gobierno, la ignorancia de millones de vasallos, el esplendor, nunca renovado después en otras naciones, de aquella corte, la mas fastuosa del mundo antiguo, y el aspecto de la imponente reina del Asia, infatuaron, hasta el delirio, a los soberanos de Babilonia. Entre el incien- so de sus numerosos aduladores, el servilismo de los pueblos abyectos, y á la sombra de sus poéticos pensiles, no solo concibieron los planes de una domina- ción absoluta sobre el mundo primitivo, sino que llegaron á creerse también en el caso de exigir la adoración y obligar á la tierra áque se inclinara á sus pies, no como representantes, sino como una divinidad, que dividía con Dios el go- bierno del mundo: dimídium imperium cuín Jove, como los esclavos del naciente imperio romano creían de su César. No era difícil conseguir en aquellos tiempos este tributo de la abyecta raza asiría; pero no podia persuadirse tampoco Saosduchin de que existiera un pueblo, contiguo á sus estados, que fuera capaz de oponerse, tanto á sus fuerzas, como á su omnímoda voluntad. Libre, pues, Nabucodonosor de las atenciones de la guerra con los medos, debelados en los alrededores de Rhagam, se empeño en poseer los territorios que comprendía la antigua Palestina, desde las faldas del Carmelo y riberas del Mediterráneo hasta las fronteras de la Etiopia. Antes em- pero de líevar á efecto este vasto plan de conquista, despachó embajadores á los pueblos mas importantes de aquellas comarcas, exigiéndoles la sumisión y vasa- llaje. Unos por su distancia, otros por su posición formidable, muchos por sus costumbres nómadas ó independientes y todos dispuestos á rechazar el yugo que se trataba de imponerles, desoyeron á los emisarios del monarca babilonio, «echándoles sin honor.» Esta resistencia, tan digna, como valerosa, indignó al altivo soberano, que «jurópor su trono y por su reino, vengarse de (odas aquellas regiones.» He- 328 JÜD1TH. suelto pues á cumplir su juramento convocó á todos sus generales y caudillos y les anuncio «que su pensamiento era subyugará su imperio toda la tierra.» Aprobado este rapto del mas insensato orgullo, llamó á Holofernes, jefe supre- mo de su milicia, y enterándole de sus planes, anadió :« Sal contra todos los rei- nos de la otra banda del Eufrates y de la Asiría y principalmente contra los que menosprecian mi mandamiento.» «No perdonara tu ojo, afiadió, ningún reino y sujetarás á mí toda ciudad fuerte.» Revestido Holofernes con los mas amplios poderes, se apresuró á organizar un ejército formidable, reuniendo además multitud de camellos con abundancia suficiente de provisiones para asegurar el éxito de la espedicion, que iba á inva- dir los países amenazados, con una muchedumbre, que «cubría la superficie de la tierra, como las langostas.» Puesto el ejército en movimiento cruzó las cordilleras del Tauro, según unos, ó las de Argce al norte de la alta Cilicia, según otros. lin su marcha se apoderó y arrasó la ciudad de Melothi, fundada por Semiramis en la Capadocia, no lejos del curso del Eufrates; saqueó ios pueblos de la Cilicia y Palmirena; pasó el Eu- frates, invadió la Mesopotamia, llevó sus armas devastadoras hasta la ciudad de Jafa ó Yafa, antiguamente llamada Joppe. De allí se corrió hasta las cercanías de Damasco, al tiempo de la siega, incendiando los campos, cortando los bosques y «haciendo caer el temor de él sobre todos los habitadores de la tierra. » Alarmados los reyes y los príncipes de las comarcas inmediatas se apresura- roa á reconocer la autoridad de Saosduchiu y con este objeto enviaron sus repre- sentantes á JIolofernes. «Cese tu indignación, le dijeron, para con nosotros: porque mejor es que viviendo seamos siervos del gran rey Nabucodonosor, y que nos sometamos á tí, que morir muchos y con nuestra ruina padecerlos males de uuestra esclavitud. Todas nuestras ciudades, y todas las posesiones, todos los montes y collados, y los campos y las vacadas, y los rebaños de ovejas, y de ca- bras, y de caballos y de camellos, y todas nuestras facultades y familias están eu tu presencia: todas nuestras cosas estén debajo de tu ley. Nosotros, y nues- tros hijos, siervos tuyos somos. Vente para nosotros como seííor pacífico, y em- pléanos eu tu servicio, como te pareciere.» Ilolufernes continuó su marcha, y era tal el terror que precedía á la espedi- cion, que las poblaciones todas salían á su encuentro, recibiéndole con coronas y lámparas, y formando danzas con tambores y ílautas; pero nada podia domefiar la altiva ferocidad del caudillo asirio, el cual no perdonaba ni pueblos, ni ciuda- des, ni bosques, cumpliendo á la letra las órdenes terminantes de Nabucodonosor. De este modo y dejando marcadas las huellas sangrienta;-'de su paso, se apro- ximó al territorio de los hijos de Israel. La aparición de Holofernes sobre la tier- ra de Judá derramó el terror por todos los pueblos de la Palestina que recono- ciendo el poder de Dios y humillados en su presencia, no se abandonaron sin .iimiTH. ¡J'i!!) embargo íi la cobardía, ni á la desesperación. Dispuestos á defender su patria y sohre todo el templo del Seflor, enviaron de diferentes puntos fuerzas considera- bles, encargadas de defender los desfiladeros y cumbres de los montes, mientras fortificaban los pueblos, y se apercibían para la guerra. El sumo sacerdote Eliachim, ó Joacim, despachó órdenes terminantes á los pueblos fronterizos de Dotham y á los otros que se hallaban mas espuestos á la invasión de los asirios, para que se hicieran fuertes en las alturas y desfiladeros que conducían á Jerusalen, siendo obedécelo en todas partes con la decisión y prontitud que las circunstancias exigían. Después de adoptar estas medidas pre- ventivas, el pueblo «clamó al Seflor con grande instancia y humillaron sus almas con ayunos y oraciones, ellos y sus mujeres. Los sacerdotes se vistieron de cili- cios, y á los niños los postraron por tierra, mirando al templo, y cubrieron de cilicio el altar del Sefior.» lin su ruego ferviente pedían á Dios,« que no fuesen sus hijos dados en presa, ni vendidas sus mujeres, ni asoladas sus ciudades, ni profanado el santuario, haciéndoles e! oprobio de las gentes.» Kliachim no se descuidó por su parte en alentar con sus palabras de autoridad al atribulado pueblo de Israel:« El Señor, decía en sus exhortaciones, oirá vues- tros ruegos, si perseveráis constantemente en ayunos y oraciones delante del Se- fior. Acordaos de Moisés, siervo del Señor, el cual no peleando con espada, sino orando con 3antos ruegos, echó por tierra á Amalee, que confiaba en su fuerza, y en su poder, y en su ejército, y en sus escudos, y en sus carros y en su caba- llería: así serán todos los enemigos dé Israel, si perseverareis en esta obra, que habéis empezado.») Holofernes tuvo noticia de la resistencia que se preparaba en la Palestina y que sus moradores se disponían á resistir decididamente la invasión. Parecíale imposible que aquel solo pueblo intentara resistirle y espresó su estrañeza á los caudillos moabitas y ammoaitas, que se le habian rendido. « ¿Qué pueblo es ese, les dijo airado, que tiene cerradas las montañas, ó qué ciudades son las suyas, ó cuál es su poder y su número y el rey que gobierna sus ejércitos? ¿Por qué en- tre todos los moradores de estas regiones, estos solos nos han menospreciado, y no nos han salido al encuentro para recibirnos de paz ? — Si te dignas escuchar, sefior mió, contestó Aclrior, caudillo de los ammonitas, diré en tu presencia la verdad acerca de ese pueblo, que mora en las montañas, y no saldrá palabra falsa de mi boca.—Y Achior refirió á grandes rasgos la historia de fsrael hasta aquella época, concluyendo su narración con estas palabras: Ahora pues, señor mió, infórmate bien, si hay alguna maldad de ellos delante de su Dios: suba- mos á ellos, porque de cierto los pondrá Dios en tus manos, y quedarán sujetos al yugo de tu poder. Mas si no hay ofensa de ese pueblo delante de su Dios, no podremos resistirles ; porque su Dios les defenderá , y seremos oprobio de toda la tierra.»' La franqueza de Achior irritó á Holofernes y á sus generales (juo creían in- fundadas las aseveraciones del caudillo ammoníta, resolviendo en consecuencia continuar la marcha, á fin de hacer ver al mundo «que Nabucodonosor era el Dios de la tierra y no habia poder fuera de él.» Pero antes dispuso que Achior fuera conducido hasta el territorio de Israel, para que fuera víctima de los horrores de la guerra, si triunfaban las armas asi- rías, o se salvase, si efectivamente se cumplían sus profecías, referentes á la pro- tección que Dios dispensaba á las virtudes y á la oración de su pueblo. Los en- cargados de conducir á Achior, antes de llegar al puntodonde debian entregarlo, aterrados por la inesperada aparición de los honderos israelitas, ataron al pri- sionero al pié de un árbol, y regresaron precipitadamente al campamento asirio. Los israelitas encontraron al desventurado Achior, y enterados de la causa que le babia conducido á aquel estado, le llevaron á Betliulia, donde residían por en- tonces los príncipes Ozías, hijo de Micliar, de la tribu de Simeón, y Cliarnú, llamado también Gothoniel. No se hallan conformes los autores y los geógrafos en señalar exactamente el punto donde existia Iíethulia. Unos la ponen en la tribu de Simeón, en los con- fines de la Arabía, creyendo que es la misma que en JOSUÉ (XIX) se llama Hethul. Otros creen que estaba situada en la tribu de Zabulón y en el sitio mismo en que se coloca Betlehem. Siguiendo esta última opinión, como la mas admitida, resulta que la ciudad de líethulia era el punto fuerte mas inmediato á Jerusa- len, y convendría á los asirios conquistar, para aproximarse desembarazadamente á la capital. Hethul ¡a dista de su metrópoli unas seis millas, ó dos horas próximamente al sur del valle de Rafaim ó de los Gigantes, así llamado á causa de la elevada estatura de sus moradores antiguos. La ciudad estaba, pues, situada en los con- fines del territorio que cayó en suerte a las tribus de Judá y de Benjamín, siendo célebre además por haber sido leatro de numerosos combates entre los filisteos y los judíos bajo el reinado de David y de sus sucesores. Saliendo de Jerusalen en dirección á Betlehem, ó antigua Uethulia, se cruza el valle de Gihon, y después de subir una montaña de áspera subida, se desciende á una llanura cstensa, poblada y cultivada en los tiempos de Judith, y hoy áspera y pedregosa. Betlehem, ó antigua Belhulia, está situada sobre la pendiente de una colina, al sur de un profundo valle quecorre del Este al Oeste: y sus inmediaciones, aun- que montañosas, no ofrecen sin embargo ninguna altura de grande elevación. No existen ruinas que indiquen el carácter de líethulia, ni la clase de obras que la hicieran fuerte en los tiempos á que nos referimos. Esta érala ciudad, pues, destinada por el Señor para ofrecer al mundo el su- blime espectáculo del valor de una mujer santa, consagrada á la salvación de la patria, bajo el amparo de Dios. IUDITH. ¡Jíil Achior. conducido a la presencia de los ancianos de! pueblo , refirió lo que le había acontecido en el campamento asirlo: y así que concluyó de hablar, « lodo el pueblo se postró sobre su rostro, adorando al Señor, y con común lamentación y llanto derramaron unánimes sus ruegos al Seflor, diciendo: Señor Dios del cielo y de la tierra, mira la soberbia de ellos, y vuelve los ojos á nuestra hu- mildad, y atiende al rostro de tus santos, y haz ver como no desamparas á los que se precian de tí, y humillas á los que presumen de sí y se jactan de su po- der.» En mediode estos ruegos fervientesprocuraron consolar al ammonila Achior hospedándole Ozías en su casa de una manera tan fraternal como espléndi- da. Aquella noche se consagró el pueblo á la oración en la proceseefta ó iglesia. Ai día siguiente dio orden Holofernes de avanzar contra Bethuliay se puso en movimiento su ejército , que ascendía á 120000 infantes y 12000 caballos, sin contar la numerosa reserva, compuesta de los jóvenes de los países rendidos de grado ó fuerza al orgulloso vencedor. A la vista de la ciudad , y dominando lo- das sus avenidas, cortó el agua que se conducía á la población por medio de un acueducto que mandó destruir, lista medida puso en conflicto á la población que llegó al estremo de repartirse el agua por medida. En tan apurada situación acu- dieron en tropel á Ozías todos los hombres y mujeres, jóvenes y muchachos, y to- dos á una voz dijeron : « Juzgue Dios entre nosotros y entre ti, por cuanto nos has causado estos males por no haber querido hablar de pan con los asírios, y por eso Dios nos ha vendido en sus manos. » Y así no hay quien nos ayude, cuando delante de sus ojos estamos postra- dos de sed, y de grande miseria. Ahora, pues, juntad todos los que hay en la ciu- dad, para que voluntariamente nos entreguemos todos al pueblo de llolofernos. Porque mas vale morir cautivos bendiciendo al Selíor que morir unos y ser otros el oprobio de toda carne , después de haber visto morir delante de nuestros ojos nuestras mujeres y nuestros hijos, Os requerimos hoy delante del cielo y de la tierra, y del Dios de nuestros padres , el cual nos castiga conforme á nuestros pecados, que entreguéis ya la ciudad en manos de la gente de Holofernes, y se abrevie nuestro fin al filo de la espada, el cual se alarga mas con el ardor de la sed.» A estas palabras respondió el pueblo con lúgubre estruendo de llantos y de clamores que derramaron la mas profunda consternación. «Hemos pecado, decían , con nuestros padres, hemos obrado injustamente, hemos hecho iniquidad. »Tú, porque eres piadoso, ten misericordia de nosotros, ó con tu azote cas- tiga nuestras iniquidades, y no quieras entregar los que te confiesan a un pue- blo que no te conoce. «Para que no digan entre las gentes: ¿ Dónde está o! Dios de ellas?» Fatigado el pueblo de aquella lucha que soslcnin con el miedo y la ilesespe- 332 JÜU1TH. ración, cayó en el mas profundo abatimiento, y en medio de un silencio imponen- te , levantóse Ozías, lodo bañado en lágrimas, y le dijo: — Tened buen ánimo, hermanos míos, y esperemos del Señor la misericor- dia por estos cinco dias. Porque quizás cortará su indignación y dará gloria á su nombre. Mas si pasados los cinco dias no viniere el socorro, haremos esto que habéis dicho. listas palabras, pronunciadas con el doloroso acento de la mas triste resigna- ción, llegaron también á los nidos de Judith, hija de Merari, de la tribu de Itu- ben y viuda de Manassés. Tres años era viuda esta célebre matrona tal manera que yo te llevaré por medio de Jerusalen , y tendrás á todo el pueblo de Israel como ovejas que no tienen pas- tor, y no ladrará ni un solo perro contra tí.» La elocuencia de Judith causó tal impresión en el ánimo de Holofernes y de sus caudillos, que el jefe asirio no pudo contenerse y esclamó: —«No hay mujer como esta sobre la tierra, en parecer, en belleza y en cordura de palabras. Bien lia hecho Dios, que te ha enviado delante de tu pue- blo, para que tú le pongas en nuestras manos: y por cuanto tu promesa es bue- na, si tu Dios me hiciere esto, será él también mi Dios, y tú serás grande en la casa de Nabucodonosor, y tu nombre será celebrado en toda la tierra.» En seguida mandó que la alojasen en la tienda, donde se guardaban sus te- soros, seíialando los obsequios que debían rendirla y el servicio con que se de- bia atender á su manutención. —«Ahora, interrumpió Judith, no podré comer de esas cosas que me mandas dar, porque no venga la indignación sobre mí: mas comeré de lo que me he traído.» —«¿Y si te llegaren á faltar esas cosas?» preguntó Holofernes.— «Vive tu alma, señor mió, contestó la israelita, que no consumirá tu sierva todas estas co- sas, sin que haga Dios por mi mano lo que he,pensado.» Acto continuo los esclavos condujeron á Judith á la tienda que se le había destinado ; pero antes de entrar solicitó el permiso de salir fuera por la noche y antes de amanecer, para hacer oración y rogar al Señor. Holofernes se apresuró á complacerla, mandando terminantemente que la dejasen entrar y salir cuando quisiera, para adorar á su Dios, por tres días. Autorizada de este modo la hermosa heroína pudo cumplir satisfactoriamen- te sus religiosos deseos, dirigiéndose todas las noches al valle de líelhulia para orar, ó purificarse, si acaso había contraído alguna impureza legal con el trato y comercio con los infieles. Según la costumbre establecida entre los judíos se lavaba la cara, las manos y los pies en una fuente que estaba en el citado valle; pera sobre todo oraba en aquel sitio solitario por el próspero suceso de su em- presa. Cumplidos estos deberes volvía á su alojamiento, donde permanecía pura (le toda mancha. De este modo vio tranquila amanecer el día cuarto , señalado por Holofernes para dar un convite á los jefes de su mayor intimidad, no olvidando á su gra - ciosa protegida. —Anda, dijo á su eunuco Vagao, y persuade á esa hebrea, que espontánea- mente consienta en venir á honrar mi tienda ; porque no puede mi orgullo per- mitir el despego con que me trata, como hombre. Vagao trasmitió áJudíth la voluntad de su señor, y enterada Judith contestó al esclavo : •—¿Quién SOy y 0 p a r a oponerme á mi señor ? Haré todo lo que fuere bueno y pareciere mejor delante de sus ojos. Satisfecho el eunuco fue á anunciar á su amo el éxito de su comisión, mien- tras Judith, cambiando de traje y seguida de su sierva, se dirigió á la tienda de Holofernes. tiste no pudo contener su admiración, ni disimular la pasión ardien- 336 JÜDITH. te, que había bebido en los ojos de la honesta viuda; y deseando distinguirla, en medio del bárbaro despotismo de que se hallaba en posesión, la invitó afectuo- samente á que se sentara sobre pieles de carnero con su lana, añadiendo estas palabras: —Bebe ahora, porque has hallado gracia delante de m(. —Beberé, sefior, respondió Judith, porque mi alma ha sido hoy engrandeci- da mas que en todos los dias de mi vida. llolofcrnes mostró en su adusto semblante la mayor complacencia, porque no comprendiendo el sentido de las frases pronunciadas por la hebrea, las atribuyó aun afecto de gratitud, por la honra que creía dispensar á su esclava. Foro Judith comió y bebió lo que su criada le había preparado, y Holoferaes estuvo sumamente alegre con la presencia de la israelita bebiendo con esceso y cuanto no había bebido jamás en toda su vida. Terminado el convite y entregado el caudillo asirio al sucio de la embria- guez, se apresuraron sus oficiales á abandonar la tienda buscando á su vez el descanso que los escesos cometidos les hacían desear. Vagao cerró entonces la puerla, dejando sola á Judith con el poderoso general. La heroína, próxima á acometer la hazaña que tenía tantos días meditada, dijo a su abra que la espe- rara á la parte de fuera de la tienda, dispuesta á acudir pronta á su voz. Sola ya en presencia del formidable enemigo de su Dios y de su pueblo, á la luz de las lámparas, que habían alumbrado el festín, á la vista de los restos es- parcidos, de la estinguida alegría y en medio del silencio de un gran campamen- to, profundamente dormido; se acercó a la cama de Holoferncs, contempló el semblante oscuro del tirano, y orando con lágrimas, pero moviendo los labios en silencio, dijo: — «Dame esfuerzo, Dios de Israel, y mira en esta hora á las obras de mis manos, para que, como has prometido, ensalces á tu ciudad de Jerusalen; y pon- ga yo por obra esto que he pensado, creyendo poderse hacer por tí.» Dicho esto, se acercó al pilar, que estaba á la cabecera de la cama de llolo- fernes, y desato el alfanje, que colgaba de él. Lo desenvainó en seguida, y asien- do del cabello de la cabeza del general, esclamó: —«Señor Dios, dadme esfuerzo en esta hora suprema.» Y acto continuo le dio dos golpes en la cerviz y le cortó la cabeza, cubrien- do el cuerpo trunco con el mosquitero de los pilares. Segura ya de su presa abandonó apresuradamente la tienda, entregó la ca- beza á su abra para que la ocultara dentro del saco, y sin perder momento sa- lieron las dos, según costumbre, atravesando el campamento, llegando bien pron- to á la puerta de Bethulia, sin haber encontrado obstáculo de ningún género —Abrid las puertas, porque Dios es con nosotros y ha hecho virtud en Israel. Conocida su voz, cundió la noticia rápidamente por toda la ciudad, y todos JIJDITU. 337 se apresuraron á salir al encuentro de la valerosa viuda, que anunciaba nuevas de esperanza y de libertad. Mujeres, niños, jóvenes, guerreros y ancianos rodea- ron á la noble vencedora, sin comprender todavía la clase de triunfo que aca- baba de obtener. La ciudad se iluminó como por encanto, y los espectadores for- maron un inmenso grupo al rededor de Judith. Esta se colocó en un punto mas elevado, para que pudiera ser oida, y el pueblo quedó sumido en el mas respe- tuoso silencio: .íuditli tomó entonces la palabra y dijo: — Alabad al Señor, nuestro Dios, que no desamparóá los que esperan en él: y por mí su sierva ha cumplido su misericordia que prometió á la casa de Israel: y por mi mano ha muerto esta noche al enemigo de su pueblo. Al decir esto, presentó la cabeza hirsudita de Holofernes, añadiendo con acento enérgico: — Ved aquí la cabeza de Holofernes, general del ejército de los asirios, y ved aquí su mosquitero, dentro del cual estaba acostado en su embriaguez, don- de por mano de una mujer le hirió el Señor nuestro Dios. Mas vive el mismo Seüor, que su ángel me ha guardado , ya al ir de aquí, ya estando allí, ya al volver de allá para acá, y que no ha permitido el Señor que yo su sierva fuese amancillada, sino que rae ha hecho volver a vosotros sin mancilla de pecado, go- zosa por su victoria, por haberme yo escapado, y por haber sido vosotros liber- tados. Confesad á él todos, porque es bueno, porque su misericordia es eterna. (íl pueblo esclamó entonces lleno de entusiasmo y arrebatado por la admira- ción : El Señor te bendijo con su virtud, porque por tí ha aniquilado á nuestros enemigos. Y Ozías añadió: Bendita eres del Señor Dios esceíso, tú, oh hija , sobre todas las mujeres de la tierra. Bendito el Señor, que crió el cielo y la tierra, y te enca- minó para licrir la cabeza del caudillo de nuestros enemigos: porque hoy ha en- grandecido tu nombre, que no se apartara tu alabanza de la boca de los hombres que se acordaren siempre del poder del Señor, por amor de los cuales no perdo- naste á tu vida, al ver las angustias y aflicción de tu pueblo, antes acudiste ásu ruina delante de nuestro Dios. Y el pueblo respondió á una voz: Así sea, así sea. Hallábase cerca el ammonita Achior y Judith le dirigió estas paíabras: El Dios de Israel, de quien tú diste testimonio, de que se vengaría de sus enemigos, él mismo ha cortado esta noche la cabeza de todos los incrédulos. Y para que co- nozcas que es así, hé aquí la cabeza de Holofernes, el que con su soberbio des- precio insultó al Dios de Israel, y á lí te amenazaba de muerte. Aterrado Achior se postró humildemente y abjurando su religión, abrazó la ley de Moisés, en la que continuó toda su descendencia. En seguida volvió Judith ¿tomar la palabra, diciéndole al pueblo: Oídme hermanos; colgad esta cabeza sobre nuestros muros: y cuando el sol la alumbrar 43 'Í'iÜ .HíDlTIJ. salid con ímpetu en son de acometer. Entonces los enemigos correrán á dispertar á su caudillo, y cuando notaren que se hallan privados de su jefe, serán vícti- mas de su perturbación; mientras vosotros caeréis sobre ellos, sin darles tiempo para reponerse. Judilh se retiró; y cumpliendo el pueblo sus órdenes con entusiasmo y con en- tera decisión, espusieron la cabeza fuera ile los muras, y apenas alumbró eldia. avanzaron con bravura contra el campamento de los asirios. Dióse el grito de alarma; acudieron á las armas; y Vagao al frente de los principales caudillos se dirigió á la tienda de Uolofernes, que permanecía cerra- da. A pesar del respeto que debian á su señor, á quien suponían entregado á las delicias de la hermosa hebrea, se atrevieron sin embargo á abrir por la ne- cesidad de anunciarle el inminente combate. Vagao entró por fin, y observando que ni sus palmadas, ni su voz dispertaban a Holofernes, levantó la cortina y quedó consternado al contemplar el cadi'iver mutilado de su amo y general. Fá- cil le fue sospechar quién había sido el ejecutor de aquella muerte, y esclamó con acento dolorido: una mujer hebrea lia afrentado la casa del rey Nabucodo- uosor. La noticia de esta catástrofe cundió en seguida por todas las íilas y derramó el espanto en aquellos soldados, antes tan altivos y esforzados. Aprovechándose de esta confusión, los de liethulía penetraron en el campamento, causando hor- ribles estragos, diseminando aquellas masas aturdidas, matando á muchos, co- giendo innumerables prisioneros y cargando con rico é inmenso bolín. Las ciu- dades y pueblos vecinos apoyaron á los de Belhulia, y aquel ejército asirio, qur oprimía bajo sus pies las varias regiones del Asia occidental, se dispersó y des- apareció, perseguido en todas direcciones por los hijos de Israel. La noticia de esta victoria llegó bien pronto ú Jerusalen, y el mismo sumo pontílice Joacim vino espresamente á Betliulia para felicitar á Judith. —«Tú eres, la dijo, la gloria de Jerusalen, tú la alegría de Israel, tú la honra de nuestro pueblo.» Y todo el pueblo respondió: Así sea, así sea. Judith elevó con este motivo un cántico al SeBor, que fue su mas gloriosa despedida, acompañando después al pueblo, que se trasladó á Jerusalen, para dar gracias al Señor, purificándose, ofreciendo holocaustos y votos y promesas. Judith vivió, llena de gloria, en medio de su pueblo, hasta la edad de (lento cinco alíos en el de'cimoseslo del reinado de Manases, sesenta y cinco después de su célebre victoria. Los hebreos contaron osle día entre los dias santos y los judíos lo han cele- brado en todos los siglos. 6" t í MU5ICH P 1 7 SAN JUAN EVANGELISTA. (CUADRO DE CARLOS DOLCE.) El personaje que en esta lamina se representa es uno de los mas bellos or- namentos de la Iglesia y de la historia. Virgen, apóstol, evangelista, profeta, mártir, hasta cierto punto, testigo ocular de la muerte del Salvador, hijo adop- tivo de su dulce madre, joven como su divino maestro, después de haberse re- costado sobre su seno como discípulo amado, era el depositario de sus secretos, y se sentía con el unido con el doble lazo de la juventud y del amor. El Gólgo- ta le vio tirme sobre su árida cima para recibir las últimas palabras de Jesús mo- ribundo, con las cuales le dio por hijo á su propia Madre y se la recomendó. ¡Qué precioso depósito ! Juan reemplaza en el pecho amoroso de María la persona de Jesucristo, el cual lija también sobre él su lánguida mirada antes de espirar. El candor de su pecho favorece la rauda sublimidad de su pensamiento, y mien- tras retirado á la isla de Pathmos, encorvado bajo el peso de los anos, ensena á sus fieles discípulos á amarse unos á otros, su arrebatada fantasía asiste al trono luminoso del Omnipotente, rasga el velo de lo futuro, predice en emblemas fatí- dicos los destinos de la Iglesia sobre la tierra, oye la trompeta que ha de hacer levantar las generaciones del polvo de sus sepulcros, y anunciar la muerte de los siglos ; contempla el dia terrible de la justicia del Eterno, y en un libro lleno de arcanos adorables y de visiones proféticas, asiste ya anticipadamente á la vin- dicación de la gloria do Uios ultrajada por los hombres, y á las exequias del gé- nero humano. El artista supo ya compendiar en su mirada el doble carácter de un corazón ardiente y de un alma inspirada de lo alto. La actitud del estático profeta, redi- 340 SAN J'JAN EVANGELISTA. nada la cabeza sobre su mano, pateco que recibe del cielo aquella luz profélica que descubre á los ojos del viilente las oscuras profundidades del porvenir. Di- riais que es Ezequiel ó Isaías que recibe de Dios la orden para abrir al asom- brado mundo el libro de los arcanos eternos, si en su noble fisonomía no se deli- nease en dulces contornos aquel fondo de inagotable ternura de que rebosaba siempre el corazón del discípulo amado y del maestro del amor entre los hom- bres. Carlos Dolce no desmiente en este cuadro lo que mas le distingue entre los pintores religiosos, la calma celeste del espíritu y la sublimidad de la contem- plación. Plácenos poder con este motivo trazar á grandes rasgos algunos recuerdos históricos de este grande personaje, en nuestro concepto, no bastante estudiado, que supo reunir en su persona toda la grandeza de apóstol y de profeta, con el amor ardiente de serafín, que compendia en sí solo una gran parte de la histo- ria del Salvador y de su siglo, vate yfilósofoprofundo, que después de haber recibido sobre el Calvario el último despido del Hombre Dios, fue el protector y el consuelo de su angustiada Madre, el mas interesante historiador de su vida, el propagador de su doctrina y el defensor sublime de su divinidad contra los solis- tas de su tiempo. Roma, el instrumento de que Dios se había servido en el primer siglo de la Iglesia para vengar sobre los judíos la muerte de Jesucrislo, había de ser casti- gada á su vez un poco mas tarde de las persecuciones que hizo sufrirá los cris- tianos. Bajo Domiciano aparecen ya los pueblos del Norte que Dios destinaba para vengará los cristianos. Rechazados aquellos por los godos, empezaron á agitarse en los confines del imperio. Domiciano se hizo levantar estatuas, y él fue el primero que compró la paz áíosdacios mediante un tributo anual, y el que es- pidió contra los cristianos los edictos mas crueles. La sangre de los mártires iba áser, según la bella espresion de Tertuliano, la semilla de los cristianos. Todo bamboleaba á la voz de los apóstoles y de sus discípulos, y el paganismo sentía en su seno que le era necesario hacer los últimos esfuerzos para no morir. Nerón habia dejado vivirá uno de los mas grandes apóstoles, S. Juan, otro de los hijos del Zebedeo, á quien Jesucrislo había conservado para que no aban- donase ásu Madre. Antes de hablar de sus trabajos apostólicos, veamos como cumplió los deberes de aquella filiación augusta de hijo de María de que Cristo le revistió antes de morir. Lo que resta de la vida de María Madre de Dios después de la eswna san- grienta del Calvario, y del descenso del Espíritu Dios sobre el cenáculo, nos es del todo desconocido. Créese sin embargo, según tradiciones admitidas en el si- glo iv de la Iglesia, (pie permaneció por algún tiempo en Jerusalen y después si- guió á S. Juan á lifeso, su hijo adoptivo, volviendo después á Jerusalen para morir. Dios respetó la discreción y la modestia de esta existencia tan elevada y SAN JUAN EVAfVGELl.STA. 341 tan pura cubriéndola con el velo del silencio, y permitió que si la tradición algu- na vez habla de ella en aquel último peí iodo de su vida, su nombre sea insepa- rable del nombre del amado discípulo. La común doctrina de los antiguos Padres es que los ejemplos, las súplicas y la conversación de María fueron la luz y el valor de los apóstoles, y atrajeron las bendiciones de Dios sobre la naciente sociedad de los cristianos. Cuando el Sol de justicia, según la bella imagen de Orsini, se había encubierto en el sangrien- to horizonte del Gólgota, la Estrella de los mares continuaba reflejando sus deli- ciosos rayos sobre el mundo renovado, y ejercía sus dulces influencias en la cuna del cristianismo. No hay (luda que la presencia de la Madre del Salvador debió influir poderosamente en los progresos de la primitiva sociedad cristiana, y que la Esposa del Espíritu Santo contribuyó mucho á la consolidación de la Esposa del Cordero. ¡Con qué confianza y amor irían los apóstoles á deponer á los pies de María los preciosos frutos desús conquistas ! ¡Con qué fervor y santo entusias- mo recibirían su bendición para correr después hasta los últimos confines del mun- do a predicar á su Hijo crucificado y resucitado! María tuvo que sufrir ya los efectos de la terrible persecución que por primera vez se levantó contra los cris- tianos el ano ti del Señor. Alcanzó pues á María el tenaz furor de esta perse- cución sistemática contraía Iglesia, que ora en torrentes de sangre, ora en hálitos pestíferos de error y de corrupción, debia perpetuarse en el mundo por tantos si- glos, que llegando hasta nosotros arrecia tan horriblemente sus ímpetus sinies- tros, y que será hasta la agonía del mundo la prueba y la gloria de los escogidos de Dios. Nada tiene de estraüo que no hayan quedado memorias acerca de la vida de María pasada lejos de Jerusalen , en tierra estiana, y sin hecho alguno estrepi- toso que la hiciera memorable. María había llegado ya al colmo del heroísmo participando de la obra y de la gloria de su divino Hijo; y sus dias, después pasados en la oración y en la secreta é íntima comunicación con el cielo, no fueron mas que un prolongado suspiro hacia la eternidad. El moderno historiador (le María traza deliciosamente la mansión de esta Madre virgen en Efeso, y su saludable y poderosa influencia tanto en los pro- gresos de la Iglesia en aquella región , como en la ciencia maravillosa que se descubre en el Evangelio del discípulo amado, el águila del libro de la revela- ción. Ved ahí uno de sus graciosos cuadros : c ¡ En cuántas ocasiones sentadas á la sombra de un plátano, á orillas del e delicioso mar Icario, cuyas olas espiran al pié de los mirtos en un estrecho are- nal , María y la Magdalena , al seguir con la vista una galera griega que dirigía nacíala Siria su proa, evocaron las memorias del país natal! Entonces eran asunto desús conversaciones las inmaculadas nieves del Líbano, las azuladas cimas del Carmelo y las vivas aguas del lago de Tiberíades; alternativamente se 312 SAN JUA.\ EVANGELISTA les representaban los lugares de la patria embellecidos con la distancia, que les parecían mil veces preferibles á la voluptuosa y risueña Jonia, que era en efecto, comparada con la tierra de Jehová, lo que la lira de Anacreonteen parangón con el arpa de David.» Supone este autor que María quiso ver, antes de morir, los lugares de la Redención , y respirar otra vez los dulces aires de su patria, lié aquí como traza el bello viaje de su vuelta á la Palestina: «Embarcáronse los pasajeros, no en Esiiiirna, entonces insigiiilicante y po- bre población arruinada por los lidios, sino probablemente en Mileto, a cuyu fa- moso puerto concurrian á encontrarse las galeras de Europa y de Asia que na- vegaban en aquellas aguas. En su travesía por los mares de la Grecia, la Virgen y el Evangelista reconocieron de paso la isla de Chio, cuyo pueblo, en posesión por mucho tiempo del imperio marítimo, introdujera el odioso tráfico de esclavos, tráfico que el Evangelio iba á abolir lenta y suavemente; luego á Lesbos, patria de los poetas líricos, donde los himnos á la purísima Virgen debian suceder á las odas eróticas de Safo y á los cantos mas robustos de Aíceo, Al ver encubrirse en las nubes el remate del templo de Esculapio, que atraía á la isla de Cos un in- menso concurso de estranjeros; la Madre del Salvador acordóse de su divino Hijo, único que en la tierra habiaposeido el poder de aplacar las dolencias físi- cas y morales, y de arrebatar su presa á la muerte. Délos, cuna de Apolo ; Ro- das que lo fuera de Júpiter, levantábanse sucesivamente del seno de las aguas, con sus verdosos montes y sus antiguos templos, poblados de dioses que muy pronto habia de relegar á los infiernos el Dios crucificado en el Colgóla. A poca distancia de Chipre distinguíase en la región de las nubes ün punto negro que en el brillante azul del cielo se dibujaba; era el monte donde antiguamente erigie- ra el profeta Elias un altar á la futura Madre de Cristo, y en el cual se hallaban sus discípulos en el momento de acogerse á su benéfica protección. Al día si- guiente la galera entraba á fuerza de remo en un puerto de Siria; tal vez el de Sidon, cuyas relaciones de comercio con la Palestina eran bastante eslensas, se- gún refieren los sagrados libros. Apenas llegaron los viajeros á Jerusalen , retiróse la Virgen al monte Sion, á poca distancia del palacio ruinoso de los príncipes de su familia, á la casa santificada por la venida del Espíritu Santo. Separóse de ella S. Juan para ir a participar á Santiago, primer obispo de Jerusalen, y á los fieles que componían su Iglesia á la sazón numerosa, que la Madre de Jesús vol- vía á su lado para morir.» El historiador de María signe aquí la opinión de los que aseguran que María murió rodeada de los apóstoles que por divina inspiración se hallaron reunidos al rededor de su lecho, para aprovechar sin duda el bello episodio que acabamos de transcribir y que le proporcionaba oportunidad para hablar de tan risueños como poéticos lugares. Pero parece que la crítica mas severa ha rechazado la SAN JUAN HVAMiliLlSl'A. lii'i piadosa creencia de esta reunión de apóstoles, y ha acogido con mucho mayor fundamento que la Virgen murió en Efeso en una edad muy avanzada. María no sucumbió por la debilidad de la naturaleza, sino por un esfuerzo de amor divino. Maria muere sin amargura. Su corazón habia muerto ya mil veces en el Cal- vario y en las agonías de la Cruz. Su vuelo á la eternidad no debia ser mas que un estasis delicioso. La Iglesia canta el triunfo de María, y aprueba como una piadosa creencia la de la resurrección de su cuerpo, cuya certitud reconoce Ja ilustrada piedad de casi todos los Santos Padres. Parece que el mismo estático Juan la descubrió ya entre sus arcanosas visiones vestida del sol, con la luna á sus pies y coronada de estrellas. Pero sea que la muerte de María se verificase en Jerusalen, ó que, con ma- yor probabilidad, se hubiese verificado en Efeso, lo cierto es que Domiciano en- contró á Juan, libre ya, por la muerte de María, del glorioso cuidado que le con- íiara su divino Maestro desde la cruz. Le mandó prender, conducir á Roma y sumergirlo en una cuba de aceite hirviendo cerca de la puerta Latina, desde don- de, escapado vivo de aquel martirio, le mandó desterrar a Patlimos, una de las Esperadas. Dejemos hablar á uno de sus panegiristas. «San Juan, el discípulo querido, el que reposó sobre el seno de Jesucristo, fue también el colmado de todas las gracias, porque Jesucristo hizo apóstoles, evangelistas, doctores, profetas, vírgenes, mártires; pero Juan reunió todos estos favores juntos. Apóstol por su misión por toda el Asia y hasta los Parthos; evangelista por haber recogido las maravillas del Hijo de Dios que habian esca- pado á los demás historiadores; profeta, no para un siglo, sino hasta la consu- mación de los siglos; doctor de la caridad; mártir, no por una vez ni por una so- la especie de suplicio, sino por el fuego, por el veneno y por el destierro; virgen, en fin, no simplemente celador de la virginidad, sino guarda y protector de la Reina de las vírgenes. » San Juan el evangelista es el único que nos ha pintado bien el carácter del corazón de Jesucristo, y de tal manera el amor habia grabado en su memoria todas estas maravillas, y aun masfielmentesus palabras y sus sentimientos, que á la edad de noventa años, sesenta y cinco después de la muerte de su Maestro, tenia aun todos los hechos de la historia del Hijo de Dios asaz vivamente presen- tes para escribirlos. Nada iguala la unción esparcida por sus epístolas, que no respiran sino amor y caridad. «Fundó siete iglesias en el Asia que fueron los modelos de todas las de Orien- te. Estendió su solicitud hasta la Persia en donde á la sazón dominaban los Par- thos, y á ellos escribió aquella maravillosa carta que es la primera entre las tres. Por fin, estableció con tal fuerza la divinidad del Salvador, fundamento de la re- ligión cristiana, que, aunque solo haya predicado en una parte del Oriente, y ÍÍÍ4 SAN JUAN EVANGELISTA. que Kfesohaya sido su residencia mas ordinaria, S. Crisóstomo no titubeó en lla- marle la columna de (odas las iglesias que hay en el universo. Cerinto, Ebion y Nicolás, compañeros de S. Esteban en el diaconado, cor- rompiendo la fe de su bautismo, se propusieron combatir la divinidad de Jesu- cristo, y hacerle pasar por una simple criatura. S. Juan hizo oir entonces aque- llas bellas palabras que aterraron a todas las nacientes herejías: In principio erat Verbum, el Verbum erat apud heum, el Deus eral Verbum, palabras tan elevadas, tan llenas de fuerza y de grandeza, que los mismos paganos sintieron su impresión, y que los filósofos platónicos, dice S. Agustín, no pudieron dejar de prestarles su admiración y sus elogios! Ha observado asimismo el Crisósto- mo, que el apostolado de S. Juan quedó espresamente lijado en el Asia en donde todas las sectasfilosóficasreinaban con plena autoridad, á fin de que su Evange- lio triunfase con mas brillo de las fuerzas de la idolatría, y que la luz de la ver- dad saliese de la fuente misma desde donde se habían esparcido por todas partes las tinieblas de la mentira. «Veíanse entonces, dice el autordel Diccionario délas herejías, judíos y sa- maritanos que se esforzaban en imitar los milagros de los apóstoles, y que pre- tendían tan presto ser el Mesías, tan presto una inteligencia á la cual Dios había confiado todo su poder; otras veces un genio bienhechor descendido á la tierra pa- ra procurará los hombres una inmortalidad feliz, no después de su muerte sino en esta misma vida: tales eran Dositheo, Simón, Menandro. »Todos estos fueron condenados por los apóstoles y separados de la Iglesia como corruptores de la fe. »VÍéronae pues entonces no solamente diferentes sectas que tomaban el nom- bre de cristianos, sino también falsos Evangelios, cartas y libros supuestos y atri- buidos á los apóstoles, álos hombres célebres de la antigüedad, álos patriarcas. Pero todas estas sectas ó quedaron luego extinguidas ú olvidadas.» Descando S. Pedro saber el destino de S. Juan, había proguniado á Jesucris- to en qué vendría á parar aquel discípulo. ¿Qué os importa, había dicho Jesucris- to, si yo quiero que permanezca aquí hasta que yo venga ? S. Juan vio pasar en efecto delante de él á todos los demás apóstoles condenados a diversos supli- cios, y él estaba aun sin corona á la edad de cerca cien años. San Pedro y S. Pablo habían perecido en Roma, S. Andrés en Pairas, Santia- go el Menor en Jerusalen; S. Jaime hermano de S. Juan, el primero entre los apóstoles, había muerto, condenado á perecer por orden de Agripa antes de la pri- mera prisión de Pedro; S. Felipe había sido martirizado; S. Bartolomé pereció en la ciudad de los Albanos en la grande Armenia; S. Mateo fue consumido por el fuego; santo Tomás traspasado por una lanza al pié de una cruz en la India. S. Simón, por sobrenombre el Celoso, había sido crucificado como su Maestro; S. Judas Tadeo muerto a flechazos; S. Matías lapidado por orden de Anano; san SAN JUAN KVAMUÍI.ISTA. -Mil líernabó murió de la misma muerte. En fin áS.Juan le tocó su turno, y I)omi- ciano, como dijimos ya, le hizo arrojar al aceite hirviendo. «Prodigioso acontecimiento! No solamente el martirio sino la misma inuerU1 huia delante de 61. Mas de un siglo habia transcurrido desde el primer dia en que vio la luz: doce emperadores habian ocupado el trono de Roma, y habian pa- sado por la tierra como otros tantos azotes de Dios. UomayJerusalen habían que- dado reducidas á cenizas, y aquellos templos famosos, obras de tantas manos, el Capitolio y el templo de Salomón, no habian podido resistir ala ley del tiempo ni al furor de los hombres, lil discípulo imperturbable resiste á los hombres y al tiempo: su cuerpo y su espíritu tienen siempre una misma fuerza.» Así se espresa el panegirista de S. Juan, antes citado. Cuéntase que hallándose en Efeso, y en el último período de su decrepitud, pudiendo apenas ser llevado á la iglesia en brazos de sus discípulos, no hacia mas que repetirles estas palabras: «Ifijuelosmios, amaos unos áotros;» y que estos, cansados de oirle repetir siempre lo mismo, le preguntaron el porqué, y les con- testó: «Este es el preceptodel Señor, y si esto hacéis es lo bastante.» De aquí ha venido llamar á S. Juan el apóstol de la caridad, y de aquí ha sacado argumen- tos el malignante sofista para suponer que el santo viejo escluia enteramente la religión de los dogmas, circunscribiendo toda la ley evangélica al puro precepto del amor fraternal. En otra ocasión nos ocuparemos tal vez en el examen de este pasaje. En Pathmos fue donde S. Juan escribió su Apocalipsis, es decir: La Kevela- cion de Jesucristo, hijo de Dios. Todo, dice Itossuet, corresponde atan bello títu- lo. A pesar de las profundidades de este libro divino, siéntese al leerle una tan dulce impresión, y todo parece tan lleno de la majestad de Dios; aparecen allí tan altas ideas de la majestad de Jesucristo, un tan vivo reconocimiento del pueblo que ha rescatado con su sangre, tan nobles imágenes de sus victorias y de su reino, con cantos tan maravillosos para celebrar sus grandezas, que hay de qué arrebatar el pasmo y la admiración del cielo y de la tierra. El Apocalipsis es por sí mismo un poema sublime, ó mas bien es una obra que no tiene nombre en el lenguaje de los hombres. Por su carácter esencial- mente alegórico y místico , escapa á todas las formas , menos á la del arte ; y aun esta cscepcion solo tiene lugar para his es 11 (CUADRO DE BERCHEM. He aquí uno de aquellos personajes de la sagrada historia , que si bien per- tenece á los tiempos y familias patriarcales, no reúne aquellas prendas de equidad, hidalguía y generosidad que admiramos en la mayor parte de los antiguos pa- triarcas , y es un tipo algo mas parecido a nuestros modernos especuladores y traficantes. El cuadro que le representa revela el genio del autor en este género de paisajes. Es un bello espectáculo de la naturaleza ver como el sol alumbra este animado grupo en el cual figura Laban en primera línea en cuya flsonomía, aunque diminuta , se marcan la avaricia y la ruindad. La diversidad de las ocupaciones y de carácter que se manifiestan en cada persona, las señales de respeto de que se ve rodeado Laban , los ganados de todo género que ocupan pacíficamente la eslensa llanura, forman un hermoso conjunto que nada deja que desear Respirase la calma y la holganza de los antiguos dias : en escenas de este género suele descollar el pincel de Nicolás riergbem , y bajo este concepto ha producido obras maestras dignas de la inmortalidad. Este artista es uno de los primeros representantes de la pintura campestre y de paisaje. Este arte se desplegó principalmente en Holanda poco después de ter- minadas las guerras de independencia, después que la Holanda hubo estendido su dominación marítima y que los partidos interiores se calmaron á consecuencia de empresas esteriores. En seguida de la pintura histórica y grandiosa fue desen- volviéndose, como una reminiscencia de la escuela de Rembrandt, la contempla- ción interior y sentimental. El alma fue reconcentrándose en si misma, y se busco un placer en la calma de una bella soledad campestre; pero lejos de presentarla 1 '°'< LABAN V SUS SERVIDORES. desprovista de toda actividad humana , debia contener el eco ó el recuerdo de un periodo de agitación , motivo por el cual las escenas de la naturaleza fueron cargadas de diversos accesorios , tales como , escenas de pastores carruajes atascados en algún atolladero, bohemios sentados junto al fuego ' cazadores persiguiendo su caza etc. V en este género ,le paisaje descollaron lo's hermanos Both, y sobre todo Nicolás Berghem. Este pintor de esquisito gusto acertó en reproducir las sombras que proyectan los arboles y los peñascos , así como el color rojizo del aire calentado con los rayos de un sol ardiente. Nació en llarlem en 1621 y murió a la edad de cin- cuenta y nueve anos. Sus composiciones son de un efecto poético agradable de una noble y seductora sencillez. Iterghem tenia la mano fácil y segura- era muy alidonado al canto y pasaba noches enteras en cantar. Introducía a veces en sus campestres escenas situaciones tomadas de la Biblia , como por ejemplo en la que nos representa á Laban y á su familia de servidores. Es muy de sentir que no nos hayan quedado noticias acerca de la vida íntima de Berghem , porque nos interesarían vivamente con respecto á un hombre nuc fue muy justamente llamado el Gesner y el Teócrito de la Holanda Sabemos tan solo que este pintor se formó en la escuela de los mas distinguidos maestros tales como Van Ooycn , Grebber, J. II. Wecnix. Ni fue menos considerable el círculo fle artistas que fueron después sus amigos, pues fue el contemporáneo de d'Ever- dingen , Wouwermann , Bolll, lluysdael y otras celebridades con las cuales con- servo amistosas relaciones. Se hacia el mayor caso de su viveza de espíritu lie su entusiasmo de artista y de su escelente corazón. Su bondad llegaba hasta el esceso , pues habiéndose desposado con la hiii de su maestro Willis , mujer de carácter dominante y áspero , y sobre torio ava- ra se dejo dominar por ella y no supo resistirla. Justus Van Huysum uno de Ios-discípulos del pintor, nos refiere que esta señora se habia alojado precisamente sobre el taller de su marido, de manera que sin perderle un instante de vista tan presto como observaba que su marido tomaba algún reposo , ella daba pata- das en el suelo con la mayor violencia para que él volviese á su ocupación or- A pesar del imperio tiránico que esta mujer ejercia sobre él, Berghem lorró engañarla con respecto al precio con que se le pagaban sus obras, y con el diñe ro que secretamente retenia, y con lo que le prestaban sus amigos llegaba á satisfacer su pasión de artista comprando hermosos grabados , de modo que su mujer, bien a despecho suyo, encontró una admirable colección de ellos cuando muño su mando. Berghem perjudicó á su talento trabajando constantemente en un mismo asunto, pues esto debió acabar con hacerse monótono. Si pudiera echarse en cara al eminente artista que le faltaba una poderosa y variada fantasía era en cam LABAN Y S[,S SERVIDOR**. ;¡;¡(| bio, inagotable en los pormenores de ornamentación , y esto le era una cosa indispensable, trazando por decirlo así constantemente un mismo asunto sobre un tema dado. Si el artista hubiese podido abandonarse a la inclinación de su genio en vez de procurar satisfacer la avaricia de su mujer, fácil le hubiera sido, siendo libre de sus propias acciones, y habitando como habitaba en la soledad dé su castillo de Bentheim , evitar estas repeticiones de una fantasía ya en algún modo agotada en varios conceptos uniformes. La suposición generalmente admitida de que Berghem no salió nunca de su país, me parece poco admisible. ¿ Cómo es posible el concebir que entre las nie- blas del Norte y en las vastas llanuras de Hardem y de Zuyderzée hubiese podido el artista contemplar una perspectiva tan luminosa , este bello azur de los pe- ñascos , esta transparencia del claro-oscuro como se observan en sus magníficos cuadros? ¿De dónde hubiera tomado estos bellos contornos, estas frondosas sinuo- sidades , estos accesorios de una hermosa arquitectura romana, este traje teatral de sus pastores, si no hubiese visitado á Boma, ó cuando menos los montes Ape- ninos ? ' Este ricnte colorido, esta animación que respira donde quiera la naturaleza hasta en el crepúsculo de la tarde , que sabe hacer nacer una alegre impresión de los mas sombríos contrastes de estos naturales fenómenos, todo esto ¿no re- cuerda de una manera indudable la observación del clima meridional ? El arte holandés debe agradecer al cielo del mediodía el haber tan felizmente inspirado á Nicolás Berghem , al amigo de los rayos dorados y vivificantes del sol , de los joviales idilios campestres y de la bella naturaleza, cuando los liverdingen , los Hobbema , los Ruisdael no han pintado mas que el aspecto severo y melancólico de las regiones septentrionales. Pero volvamos por un momento al asunto del cuadro. Jacob salido de la casa de sus padres partió hacia la Mesopotamia , tanto para evitar el rencor de su hermano Esaú , como para tomar allí por esposa á una mujer de su linaje y de sus creencias. Después de la visión de la misteriosa escala , que tuvo en los campos de Betel , llegó á un campo en donde tres hatos de ovejas descansaban junto á un pozo , esperando que se les diese de beber, y que se levantase la piedra que cerraba la boca del pozo. Informado Jacob por aquellos pastores de la buena salud de Laban hijo de Nachor, compareció en aquel mismo instante Raquel su hija con su rebano , pues tal acostumbraban hacerlo en aquellos tiempos de sencillez las hijas de las mas ilustres familias. Al ver Jacob a su parienta, y sabiendo que el ganado era de Laban , su tio, quitó la piedra que cubría el pozo , y el ganado se saturó de agua.' En seguida el estranjero se dio á conocer, nombró á su madre , y levantando la voz , derramó lágrimas de ternura y de afección hacia su prima , y le dio un beso , según la costumbre de saludarse que lenian los parientes mas cercanos. Jacob víó ya en Raquel su prima y su esposa , y un doble lazo de familia hizo ya saltar de gozo su corazón. 360 J.AHAN Y SUS SERVIDORES- Corrió Raquel para avisar á su padre Laban , el cual vino en seguida al encuentro del hijo de su hermana, le estrechó en sus brazos, y colmándole de besos, le condujo a su casa , y luego que hubo oido de su boca el objeto de su viaje , le dijo con el vivo interés de la amistad: «Hueso mió eres, y carne mía,» recordando así su parentesco , y prometiendo ásu sobrino socorro y protección, tintonces hablaba sola en Laban la voz de los sentimientos naturales. Entretanto cuidaba Jacob de los rebaños de su tío; y preguntándole este , qué recompensa quería por sus servicios , como Laban tenia dos hijas , Lia la mayor pero de ojos legañosos, y la otra Raquel , de una estremada belleza , contestóle Jacob : « Te serviré siete años para Raquel tu segunda hija;» pues en aquellos tiempos el hombre debia comprar la mujer, en vez de recibir dote por ella. Laban aceptó gustoso la propuesta de su sobrino, y le dijo , hablando de líaquel: « Mejor es dártela á tí que á otro alguno : quédate en mi casa. » Jacob , pues, por espacio de siete años para obtener á Itaquel se sujetó á todos los trabajos y fatigas del servicio, y tanto era el afecto que á Raquel profesaba , que estos siete años le parecieron siete dias. Cumplido el término del penoso trabajo y de continuos cuidados, pidió Jacob su recompensa. Laban dio muestras de acceder á su ruego, reunió á sus ami- gos y celebró el festín nupcial. Era costumbre de aquellos tiempos introducir á las recien casadas en el aposento del esposo, que se acostaba el primero, cuando era ya de noche, y cubiertas do rostro con un velo cuando se acercaban al lecho del esposo. Laban, pues, haciendo una sustitución que no puede de modo algu- no justificarse, introdujo a Lia en lugar de Raquel en el aposento de Jacob, des- pués de haberle dado una sierva llamada Zelfa. Este, cuyo corazón recto y senci- llo estaba muy distante de presumir semejante perfidia, apasionado por Raquel, y viendo en todo al objeto de su amor, deslumhrado por todas las apariencias, y por el disimulo, silencio y artiücio de Lia, que siti duda estaría muy bien pre- venida por su padre, no conoció verosímilmente el engaño hasta la mañana. La- ban y Lia eran altamente culpables, lil carácter del primero es de un hombre duro, artificioso, falaz, idólatra esclusivo desús intereses, buscando tan solo sacar con el engaño todo el partido posible del ciego pero sincero amor que Jacob á Raquel profesaba. Liafué también delincuente, poique usurpó losderechos de su hermana, y burló las esperanzas del inocente Jacob. Penetrado éste de aquel dolor profundo y amargo que sentimos, cuando, burlados mañosamente en nuestra buena fe, se cortan de repente nuestras mas dulces esperanzas, reconviniendo á su suegro-, le dijo: «¿Qué has hecho ? ¿No te he servido yo por Raquel ? ¿poiqué así me has engañado?» A estas naturales y apasionadas preguntas contestó Laban con aquella calina cruel y pérfida con que el sórdido interés cree satisfacer con fútiles protestos á las inculpaciones que le dirige la justicia ofendida, ó la bur- lada buena fe: « No es costumbre de este país el casar á las hijas mas jóvenes LABA1N \ antes que las mayores.» Sí el pretesto era verdadero, alegarlo debía antes de toda promesa dada á Jacob; pero el pretesto era falso, porque el celebrar pú- blicamente las bodas asaz manifestaba que en la opinión y en las costumbres del país, Raquel podia muy bien desposarse sin que Lia lo fuese. Pero lo que im- porta a los hombres codiciosos, no es el portarse con lealtad y franqueza, sino el llegar a su fih por cualquier medio que sea. Laban tuvo aun el atrevimiento de proponer á Jacob que tomase también á Raquel por esposa, sirviéndole á él otros siete años; y el bondadoso Jacob tuvo la condescendencia de consentir en ello á pesar de la burla que acababa de recibir. Uegó por lin el suspirado mo- mento. Laban dio á Hela por sierva á Raquel. Jacob la tomó por esposa pasados siete dias de haber tomado la primera, y continuó en servir á su tio por el térmi- no convenido. Raquel tenia una parte mucho mayor que su hermana en la afección de Jacob. Pero Dios, que dispensa a su arbitrio toda riqueza, y que se place mu- chas veces ya desde este mundo en sublimar en gloria á los que nosotros abaja- mos con el menosprecio, dio numerosos hijos a Lia, menos amada, y dejó á Ra- quel por largo tiempo estéril, la cual, en vista de su oprobio, pues por tal era considerada entonces la esterilidad, aunque de santas y puras costumbres, no supo resistir á la debilidad propia de su sexo, y cedió al sentimiento poco noble que la envidia á su hermana hizo nacer en su corazón. « Dame hijos, dijo á su marido, y siiio, me verás morir.» k ían indiscreta reconvención no pudo Jatiob quedar indiferente , y le respondió, no sin algún enfado: «¿Por ventura estoy yo en lugar de Dios, que te ha privado de tu fecundidad ?» Sabia y oportuna res- puesta, que increpaba á Raquel, enseñándole no solo que no debia dirigir á él sus quejas y sus súplicas, y sí al Señor de quien viene toda fecundidad, sino que, en vez de tener envidia á su hermana, debia humillarse delante del Sefior para conseguir de su bondad el bien que deseaba. Luego que vuelta en sí Raquel, reconoció su desvío por la reprensión de Jacob, adoptó con su marido el mismo medio que Sara había lomado con Abra- han dándole á Agarsu esclava, liste medio era lícito entonces, ya atendidos los designios de Dios sobre la naciente humanidad, ya atendido el noble objeto que se proponían los patriarcas en la multiplicación de sus familias, muy distinto del voluptuoso placer que suele autorizar la poligamia en las muelles legislaciones de Oriente. Dióle, pues, Raque! á líela por esposa de segundo orden, de la cual tuvo Jacob un hijo, al que puso su madre el nombre de Dan, y al otro Neph- talí, nombres significativos que, como todos los demás puestos á los hijos de Jacob, indicaban las circunstancias particulares en que cada uno había nacido. Lo propio practicó Lia, viendo que había resudo de parir, con su sierva Zelfa. Lia y las dos esclavas habínn dado á Jacob diez hijos y una hija llamada Dina, cuando escuchó el Señor los ardienles votos de lüujucJ, y la hizo fecunda. 3(i2 LAMAN V S t S SERVIDORES, Logró pues el hijo que tanto deseaba, y le puso por nombre José, nombre de doble alusión en el dialecto hebreo ; pues ele una, parte aquel hijo le quitaba el oprobio de su esterilidad, y por otra ¡e anadia un nuevo título al afecto de su esposo; quedando aun ella con deseos de que se le añadiese otro hijo, espresan- do de este modo que esperaba de la generosa protección del cielo otro favor y otro júbilo semejantes á los que hacían latir entonces su corazón maternal. Cuando nació José, catorce afíos había que Jacob estaba en la Mesopotamia. Libre ya de compromiso alguno con su suegro, pensó en retirarse á la tierra de Canaan de donde habia venido. Dijo entonces á Laban: "Déjame volver á mi país y al lugar de mi nacimiento; dame mis mujeres y mis hijos por los cua- les te he servido, pues quiero ya irme, y tú sabes bien cuáles han sido mis ser- vicios para contigo.» Y respondióle Laban: «Halle yo gracia en tus ojos: cono- cido tengo por esperiencia que Dios me ha bendecido por tu causa; señala tú la recompensa que debo darte.» A semejante propuesta llena de sagacidad y de artificio, contestó el yerno: «Sabes bien de qué manera te he servido, y cuánto lia aumentado en mis manos tu hacienda. Poco tenias antes que yo viniese á tí, y ahora estás rico, porque el Señor te bendijo con mi venida, líazon es por lo tanto que algún dia mire yo también por mi casa.» Con todo, á vivas instancias de Laban, consintió Jacob en quedarse, haciendo entre los dos un trato para ar- reglar los provechos que á cada cual pudieran porvenir. Y quiso el cielo que, sin separarse de aquel trato, la mayor parte de las ganancias quedaron en favor ile Jacob, bendiciendo de este modo sus trabajos y su industria; por lo cual Jacob, sin faltar un ápice á su fidelidad ni al cumplimiento de lo prometido, adquirió riquezas considerables. Seis aüos habían transcurrido desde el nuevo pacto, y la prosperidad siem- pre creciente de Jacob dispertó la envidia de los hijos de Laban, á quienes oyó un dia Jacob que entre sí decían: «liase apoderado Jacob de todos los bienes que eran de nuestro padre; y enriquecido con su hacienda, se ha hecho un señor po- deroso.» Descubió asimismo en las maneras y en el semblante de Laban señales inequívocas de frialdad y de desagrado. Confirmóle Dios en la resolución de vol- verse al país de sus abuelos, prometiéndole toda protección y socorro. Envió pues á buscar á Raquel y á Lia, y las hizo venir al campo en donde apacentaba sus ganados. Allí les recordó el cambio que observaba en Laban con respecto á él, y que habia por tres veces trocado la paga ó remuneración á sus servicios y modificado las cláusulas del pacto primitivo. «Así, añadió, Dios ha quitado sus bienes á vuestro padre para dármelos á mí... Y me ha dicho: Levántate, sal de esta tierra, y apresúrate á volver á la tierra en donde naciste.» Raquel y Lia no tenían mucho que agradecer á las atenciones (jin1 con <'ll;is habia usado su padre, y no les quedaban para el porvenir esperanzas mas lisonjeras de lo <¡ue habia sido lo pasado, y así dijeron á una voz: «¿Tenemos acaso algo que esperar en LABAN Y SUS SEUVIÜOBES. los bienes y herencia de la casa de nuestro padre? ¿Por ventura no nos ha mira- do él como estraíías, y no nos ha vendido, y no se ha comido el precio de nuestra venta? Pero Dios ha tomado las riquezas de nuestro padre, y nos las lia dado á nosotras y á nuestros hijos, y así haz todo lo que Dios te ha ordenado.» Estos motivos de queja son ingenuos, pero lo que mas los ensalza es el sentimiento re- ligioso de estas dos mujeres, y su confianza en la decisión de Jacob. Este, pues, hizo subir sus mujeres y sus hijos solire camellos, y llevó consigo todos los gana- dos y riquezas que había acumulado en la Mesopotamia. Raquel por su pártese llevó los ídolos que había hurtado á su padre, aprovechando su ausencia, pues este había ido al esquileo de los ganados. La partida se preparó y se verificó sin saberlo Laban, que se hallaba ausente, pues no quiso Jacob declarar á su suegro que se marchaba; pero como no era fácil que comitiva tan numerosa pudiese partir en secreto, Laban, que estaba distante tres jomadas, tuvo noticia después de tres dias de la partida de su yerno, cuando la caravana había pasado ya el Eufrates, y se adelantaba en la dirección de Occidente. Indignóse Laban luego que supo la salida de Jacob; y reuniendo su familia y sus servidores, se puso en marcha para darle alcance; y dospues de siete dias de camino bastante precipi- tado, logró alcanzarle realmente junto á una montana, que tomó después el nom- bre de Galaad, que se estiende desde el Líbano al Norte, hasta el término que poseía Sehon, rey de los amorreos, y que fue cedido posteriormente á la tribu de ltuben. Jacob había levantado allí su tienda, y Laban levantó también la su- ya á corta distancia, con la idea sin duda de vengarse al dia siguiente. Pero du- rante la noche se le apareció Dios en sueños, y por sus amenazas le desvió de todo proyecto de venganza. «Guárdate, le dijo, de hablar con aspereza á Jacob.» Calmado Laban, fuese pacíficamente al fugitivo, y le dijo: «¿Por qué así le has portado conmigo, arróbala mióme mis hijas sin darme parfe, como si fuesen pri- sioneras de guerra? ¿por qué has querido huir sin yo saberlo y sin darme el me- nor aviso? Yo te hubiera acompañado con festivos canlares al son de panderos y de vihuelas. Ni siquiera me has permitido el dar un ósculo de despido á mis hi- jos é hijas. Neciamente has obrado. Bien es verdad que ahora está en mi mano darte el castigo que mereces, pero el Dios de vuestro padre me dijo ayer: Guár- dale de proferir palabra alguna que pueda ofender á Jacob. No te echo en cara el deseo de volver á los tuyos y de regresar á la casa de tus padres; mas ¿á qué propósito el robarme mis ídolos?» Respondió Jacob: «El haberme marchado sin darte antes aviso ha sido porque Iciní que me quitases por fuerza tus hijas. En cuanto al robo de que me recomidas, cualquiera en cuyo poder hallares tus dioses, sea muerto á presencia de nuestros hermanos. Haz tus pesquisas, y lodo lo (pie bailares de tus cosas en poder mió, llévatelo.» Cuando así hablaba Jacob, ignoraba que Raquel, no se sabe por qué1, nutriese hurtado de la casa paterna algunos ídolos, especie, do simulacros (pie íigunban los antepasados, ó lal vez •Wí LABAN Y SL'S SKH Vi DOMES. algunas falsas divinidades, lo cual lia dado margen á muchos interpretes para creer que Laban mezclaba la idolatría con el culto del verdadero Dios. Ks muy posible (|iic llaquel se llevase aquellas imágenes, hechas tal vez de metal precio- so, para indemnizar»! así de las injusticias de su padre: ó ¿hubiera querido qui- zás por mas noble motivo quitarle los objetos de sus prácticas profanas y supers- ticiosas? Pero sea de esto lo que fuere, tomó ella tales medidas que burló todas las investigaciones de Laban: sentóse sobre los ídolos, cuando su padre, después de haber registrado en vano las tiendas de Jacob y de Lia y de las dos esclavas, entró á buscarlos en la tienda que ella habitaba, y se escusó de no poder levan- tarse á su presencia so pre testo de una indisposición mujeril. Enojado entonces Jacob del ultraje que con tales sospechas acababa de recibir de su suegro, le dijo con acrimonia : «¿Por qué culpa, mia ó por qué pecado mió, te has enarde- cido tanto en perseguirme hasta escudriñar todo mi equipaje? ¿y qué es lo que lias hallado de todos los haberes de tu casa? Pon lo aquí á la vista de mis her- manos y de los tuyos, y sean ellos jueces entre nosotros dos. ¿lis esta la recom- pensa de veinte aílos pasados contigo? Tus ovejas y tus cabras no fueron estéri- les ; no me he alimentado de los carneros de tu grey, ni nunca te mostré lo que las lieras habían arrebatado; yo resarcia todo el daño, y todo lo que faltaba por algún hurto, tú me lo exigías con rigor. Día y noche andaba quemado por el ca- lor y aterido por el hielo, el sueno huía de mis ojos, líe esta suerte por espacio de veinte años te he servido en tu casa, catorce por tus hijas y seis por tus reba- ños. Después de esto, tú por diez veces me mudaste mi paga. Y si el Dios de mi padre Abrahan, si aquel Dios á quien teme y adora Isaac no me hubiese asistido, tú quizás ahora me hubieras despachado desnudo. Dios ha mirado mi tribulación y el trabajo de mis manos, y por esto ayer te reprendió.» Nada había que replicar á semejantes razones. Ablandóse Laban , y sintién- dose conmovidas las enliuñas, dijo: «Mi» lujas j mis nietos y cuanto ves en poder tuyo es cosa mia.»Como si dijera: me es tan caro como mis propios bienes. « ¿(Jué mal puedo hacer yo á mis hijas y á los hijos de estas? Ka pues, llagamos una alianza que siiva de testimonio de la anuonía entre nosotros dos.» Muy satisfecho quedó Jacob de este desenlace. Él pues y los suyos reunieron una porción de piedras y formaron un majano ó montón grande que termina en un plano, y comieron encima (¡e él. liste majano, que venia á ser un pequeño cerro i) montecillo, estaba destinado á servir de límite entre las posesiones de ambos parientes, y nadie podia traspasarlo con miras de hostilidad. Era costumbre en los antiguos pueblosde levantar esta especie de monumentos para trasmitir á la posteridad !a mmioiia de lusglandes hechos: los viajeros ilustres y los guerre- ros dejaban olas hazas ó vesligiot de su paso ó de sus líazafias, A estos montones de ¡liedlas, mas ó menos infoimer-, sédala un nombre que recordaba su natu- LABAN V SUS SERV1D0HKS. 'iti5 raleza y su origen. Así Laban y Jacob llamaron á su monumento, majano ó cerro del testimonio, porque ilebia quedar como un mudo testigo (le la fe jurada, y por esto fue llamado (¡alaad por los hebreos, que significa: Montón testigo. Kl contrato fue puesto bajo la garantía sagrada del llios que temia Isaac, del llios de Abrahan y de Naclior. Poique Isaac vivia aun, y por esto no se llama- ba el Dios ile Isaac, sino el temor de Isaac : Menoc/i. Las dos familias se reunie- ron para inmolar victimas y comer juntos, en señal de alianza y amistad. A la mañana siguiente Laban se levantó antes de despuntar el dia, abrazó á sus hijos é hijas, les bendijo, y regresó a su lugar. Y después de haberse retirado Laban, continuó Jacob su camino. Tal es el personaje que mas (¡gura en el cuadro campestre de llerghein, y cuyo carácter áspero, suspicaz y avariento supo representar en su actitud y en su fisonomía. Según algunos espositores, Laban es aquí la imagen de los hijos del siglo, así como Jacob lo es del Hijo de Dios, cuya venida al mundo anunció su voz profetica antes de morir. ouqnlu noca y t m d . (CUADRO OE GRANET, ¿Veis ese religioso, rodeado en su celda de Indos los trofeos del estudio y de Ja contemplación, con la pinina en la mano y lijos sus ojos en el crucifijo, como si de él esperase las inspiraciones que va á vaciar sobre el papel? Pues el nom- bro de este cenobita resonó con eco fuerte durante el siglo xv, y se halla mez- clado con las discordias políticas de Florencia y con las agitaciones religiosas de su época. Pero el tiempo lia dado ya algunos pasos: las generaciones han suce- dido á otras generaciones; y si las desgracias de Savonarola, si el espantoso su- plicio que puso fin á sus dias, de nadie son ignorados, los pormenores de su vida pública y privada son generalmente poco conocidos. Kl abate Carie emprendió pocos años hace el escribir aquella vida calumniada, y la escribió con concien- cia y talento. La historia de Fr. Jerónimo instruye é interesa á un mismo liem- po. Bien se desearía en algunos puntos mayor sencillez, un estilo mas sobrio, mas contenido, algo de menos entusiasta en la forma, pues el libro de M. CaiJe parécese á menudo mas bien á un panegírico quo á una historia, lo cual se es- plica muy bien por el sentimiento de admiración profunda que el autor ha tribu- tado á su héroe. Pero nosotros, dejando de la narración lo que pudiera parecer haber traspasado el límite de la impasibilidad histórica, consultando con las cró- nicas de la época y sin olvidar el espíritu de los contemporáneos, trazaremos á grandes rasgos, siguiendo al mismo autor, lo que juzguemos suficiente para deli- near en breves páginas la figura del ilustre cenobita. ¿Fue Savonarola favorecido de revelaciones? ¿fuclo dado rasgar el velo de ío futuro y anunciar los secretos del porvenir? Ité aquí un punto que no quere- SAVOlNAROLA. ¿t(>7 mos ahora discutir, ni tampoco es necesario para nuestro objeto. Lo que hay de cierto es que Savonarola juntó á eminentes virtudes una maravillosa elocuencia, y que si cometió algunas fallas, sus intenciones fueron siempre rectas y genero- sas; que deseó ardientemente el bien de Florencia, y con mas ardor aun el bien de la Iglesia, y que cuando murió fue con la muerte de los criminales, en una plaza pública, en medio de las vociferaciones de un populacho ingrato y furioso. La familia de Savonarola era antigua y distinguida: nació en Ferrara el 21 f de setiembre de 1452 y mostró luego las mas felices inclinaciones. Apenas sali- do de la infancia, siguió por voluntad de su padre las públicas escuelas en las que dominaba entonces la abstrusa ciencia de la escolástica. El espíritu grave y serio de Savonarola no tardó en fastidiarse y cansarse de aquellas disputas vanas é interminables; y el joven discípulo no se creyó obligado á admitir ciegamente los oráculos de Aristóteles, soberano dominador de las universidades. Este fue su primer acto de independencia. Otro guia mucho mas seguro se le presentó desde luego. Savonarola estudió las obras de Santo Tomás de Aquino, y se sintió movi- do de la mas viva admiración tiácia este genio poderoso, tan justamente llamado el Ángel de las escuelas. Desde entonces todos sus pensamientos se dirigieron constantemente hacia la Orden de Santo Domingo, é hizo resolución de abando- nar el mundo y de tomar el hábito de los Hermanos Predicadores. En 25 abril de 1475, dia de la líesta de San Jorge patrón de Ferrara, Savonarola dejó furti- vamente la casa paterna, y obtuvo su admisión en el gran convento de Domini- cos de Bolonia, en donde se le conservó su nombre de Jerónimo. En el aüo de su noviciado, dice Carie, Savonarola mostróse como un gigante que quiere re- correr la carrera libre de toda traba. Emitió los tres solemnes votos, como un hombre muerto al mundo y ásu siglo, que nada retuvo de las afecciones de su corazón. No será inoportuno citar aquí algunos pasajes de una carta que Savonarola escribió á su padre después de su llegada á Bolonia. «... Yo veia la virtud estin- guida, derribada, pisoteada, y los vicios triunfantes. El huir de tan desgarrador espectáculo era la mas ardiente pasión que yo podia alimentar en este mundo; y así rogaba todos los dias á nuestro Señor Jesucristo que se dignara sacarme de uquel asqueroso fango, y de continuo hacia á Dios esta ferviente súplica: Notam fac mihiviam in f/uá ambitlem, quiaadte levavianimam nwatn. Y en efecto, cuan- do á Dios plugo, me la ha manifestado por su infinita misericordia. Tenéis pues, mi muy querido padre, mas motivo de dar gracias á mi Senor Jesús que de llo- rar. Él os ilió un hijo: vos le habéis asaz bien conservado hasta la edad de vein- te y dos años, y no solo esto, sino que se ha dignado hacer de él su caballero militante... Sabed que era tan grande mi dolor, y tanto se desgarraba mi cora- zón en haber de alejarme de vos, que si os lo hubiese yo manifestado estoy en la convicción de que antes de arrancarme de vuestro lado, mi corazón se hubiera :tíiN SAVOiUROU. hecho pedazos y me hubiera forzado á cambiar mis ideas y mis propósitos; y así no estraüeis que no os haya hablado de ello una palabra. Verdad es que yo dejé al- gunos escritos detrás de los libros que están apoyados contra la ventana, los cua- les os harán conocer mis acciones, Os ruego, ainado padre mió, que pongáis lin á vuestro llanto, y que no aumentéis la tristeza y el dolor que siento, no por lo que acabo de hacer, pues en verdad no retrocedería, aun cuando creyese llegar á ser mas grande que Augusto César, sino porque también soy de carne como vos mismo, y la sensualidad repugna á la razón... Solo me resta suplicaros, hombre de fortaleza, que consoléis k mi madre, á la cual y á vos os ruego que me deis vuestra bendición, y yo rogaré siempre con fervor por vuestra alma.» lista carta hace tanto honor á la sensibilidad de Savonarola como á la firmeza y al valor de su corazón magnánimo. Savonarola pasó muchos anos en el silencio del claustro, y estos años fue- ron dedicados á la práctica de las virtudes religiosas y á profundos estudios. Des- pués Fr. Jerónimo recibió de sus superiores la orden de predicar en la iglesia ile S. Lorenzo de Florencia. Pero , ¡ cosa estrafla ! lejos estuvo de realizar las esperanzas que se habían fundado sobre sus talentos oratorios. Si bien se hizo justicia á la ostensión de sus conocimientos, todos , dice Mr. Carie , quedaron desagradados de sus maneras poco cultivadas , de su voz ronca y precipitada, de sus gestos sin la menor gracia; y poco tardó en no contar mas que con un redu- cido número de oyentes , y hasta los historiadores no han olvidado el hablar de la grosería y de la miseria de los que se hicieron la violencia de asistir a sus predicaciones. Lleno de humildad , Fr. Jerónimo llegó á persuadirse sinceramente que la predicación no era el campo al que estaba él llamado á recoger mayores frutos. Sus superiores le enviaron á Lombardía para profesor de sus escuelas , y allí obtuvo brillantes resultados. Admiróse la escelencia de su doctrina, su poderosa dialéctica , su inteligencia verdaderamente maravillosa de las Santas Escrituras y de los Padres ; sus lecciones seguidas con avidez formaron un gran número de discípulos eminentes tanto en santidad como en sabiduría. Habiéndosele dado un nuevo destino , pasó Savonarola á Florencia al convento de San Marcos, en donde se encargó de la cátedra de teología , y su reputación no tardó en salir de los límites del claustro. La admiración pública fue al encuentro del modesto religioso , que en realidad no la buscaba, antes bien santificaba su vida por medio de la oración , de las austeridades y de las maceraciones. Fr. Jerónimo , á quien fue dado el encargo de predicar en ¡írescia , subió al pulpito otra vez en 1484 y produjo la mas viva sensación. Después de algu- nos años pasados en Lombardía, fue vuelto á llamar á Florencia , y aquí dejemos hablar á su historiador. «Sus co-heimanos de San Marcos le reci- SAVOPUROU. 369 bieron con los transportes de la mas viva alegría y de la mas profunda estima- ción ; y desde luego le constituyeron por aclamación unánime su maestro en las ciencias y en las vias del Señor. Fue grande su sorpresa porque, mas aun que la primera vez, les dio las mas altas pruebas de su virtud y de su ciencia. Pero ¿ cuál debió ser la sorpresa y el asombro de los que, habiendo en los años pre- cedentes lamentado sus maneras poco cultas, observaron una facundia llena de gracias oratorias , un gesto natural y oyeron una voz perfectamente modulada ? (Jada cual quedaba sorprendido de la fuerza y de la energía de su raciocinio que insinuaba agradablemente en los corazones las verdades que se proponía anun- ciar. Creerían sin duda escuchar otro Démostenos, después que á copia de esfuer- zos inauditos logró modular la flexibilidad de su voz antes balbuciente. La ciu- dad entera supo bien presto las maravillas que de Fr. Jerónimo se referían , y lodos ansiaban asistir a las lecciones privadas que daba en su convento. Las salas de San Marcos se vieron luego llenas de gran número de personajes distin- guidos que iban á escuchar al pobre fraile , y el sabio , y el filósofo, y el polí- tico quedaban absortos á¿ admiración. Para satisfacer la pública avidez de oír á. Fr. Jerónimo , muy pronto se hizo indispensable establecer las lecciones en el jardín del convento , en donde , desde la pequeña capilla situada en el centro, hablaba á sus oyentes , como desde lo alto de una cátedra. Mas á instancia de los mas notables ciudadanos de Florencia , y por orden de Fr. Domingo de Fer- rara , prior del convento de San Marcos, consintió en dar sus lecciones en la iglesia. Por de pronto sintió cierta turbación , como si hubiese presentido lo que de aquello habia de venir; con todo , después de haberse recogido un poco, res- pondió : « Predicaré mafíana en la iglesia, y continuaré asíduranle ocho afios.» Estas palabras fueron pronunciadas en 1489 , y en 23 de mayo de 1498 fue sentenciado á muerte. En el siguiente domingo fue tan numerosa la multitud que se agolpó en San Marcos, que el P. Burlamachi, testigo ocular, refiere, que «mu- chos grandes personajes se vieron obligados para escuchar al elocuente Savona- roia , á tenerse amarrados con las varas de hierro del coro.» En aquella época fue cuando Savonaroia empezó á hablar de los desastres que amenazaban á la Italia, y á hacer oir á su auditorio asombrado las pala- bras de libertad y de derechos de los pueblos, a tronar en iin contra la corrupción de las costumbres públicas y privadas, y contra los escándalos y los desórdenes que se habían introducido en la Iglesia , escándalos y desórdenes cuyo formi- dable castigo en estilo profético prenunciaba. Se conocerá fácilmente que tales discursos no eran propios para agradar á todo el mundo, f que desde aquel momento Savonaroia se hizo el blanco de secretos odios y enemistades que I Í L i'HisíOMiito i»r: m K H I I A . ¡cuántos asesinados por las turba-s sublevadas contra ellos! ¡cuántos víctimas de la indisciplina de la soldadesca, encargada de su custodia! ¡ cuántos de necesidad y de miseria! Espanta el número prodigioso de esas víctimas, á quienes ha condu- cido á la desesperación ó la muerte la inesperiencia de un jefe, ó la deserción de un cuerpo, ó la actividad del enemigo, ó el descuido de un centinela, ó la impre- visión de un general, ó la suerte enfinque les ha sido contraria! ¿Quién puede im- pedir á un individuo ó masa vencedora, que al desarmar á su prisionero, le haga sentir las consecuencias de su furor y de su venganza? Fácil es presumir los gol- pes , los desdenes y á veces las maldiciones que caen sobre el vencido en los pri- meros momentos de la victoria. ¡Ay entonces del prisionero si lleva abierta una herida, siquiera sea leve! Después de largas horas de combate, el vencedor se entrega á los placeres del triunfo, encuentra fácilmente los alimentos que nece- sita para restaurar las fuerzas perdidas; entona alegre sus cantos en el aloja- miento , en la cantina, en el vivaque, en la tienda de campaña; en tanto que el desgraciado prisionero yace fatigado en el depósito improvisado, ó es comkicido á puntos distantes y seguros para que le sirvan de encierro, sin mas recurso tal vez que la generosidad del pobre soldado, que parte con é\ su negro pan, ó la cari- dad del infeliz labriego, que le dá limosna aun á espensas de la necesidad desús hijos. Cierto es que las leyes de la guerra han sufrido ventajosas y benéficas modificaciones; que los generales son ilustrados; que los ejércitos europeos se hallan instruidos, educados, disciplinados; pero también lo es, que nada basta para contener los primeros y violentos arrebatos, á que conduce el calor del com- bate, la causa que se defiende, el odio que se profesa al enemigo y el encono que los partidos políticos imprimen á sus afiliados. Kl prisionero, conducido de pueblo en pueblo y de cárcel en cárcel hasta el punto que se le designa, lleva consigo no tanto las penalidades de su aflictiva po- sición, cuanto el recuerdo, mas doloroso entonces, de su familia y su patria. Mien- tras sus compañeros de armas continúan ciílendo sus frentes con lauros nuevos, el pobre prisionero contempla allá en su mente á su abandonada familia ó perecien- do de necesidad ó anegada en llanto, y olvidada por el mundo entre el ruido de los acontecimientos de la guerra. Su situación , menos desesperada según los adelantos de los siglos, ha sido en todos tiempos objeto digno de la poesía y del arte. El poeta ha encontrado en la soledad, en los dolores y en los peligros del prisionero una fuente abundante de inspiración ; porque el corazón se conmueve al contemplar el valor y muchas veces á las víctimas de grandes injusticias, ó de criminal ambición, ó de insensa- tos proyectos, sufriendo el rigor de su fortuna adversa, sin esperanza de recibir en su dia la recompensa de sus padecimientos, cuya enumeración solo conoce Dios. ¡ Oh ! juzgad de su suerte, si provocada una guerra religiosa ó lucha civil entre los mismos hermanos, las pasiones desbandadas exigen el sacrificio de la sangre KL PRISIONERO LIE (¡UEItllA. VM del prisionero! ¡Aun resuena en nuestros oídos el tremebundo grito de represa- lias ; aun estremece nuestro corazón la memoria de aquellos dias de delirio y de exacerbación , en que las turbas de uno y otro bando arrojaban sus frenéticos alaridos, exigiendo las vidas de los desventurados prisioneros, hasta cuyos cala- bozos llegaba el inmenso murmullo que atronaba en el esterior! ¿Quién no re- cuerda, en la soledad de sus reminiscencias, el silencio de los pueblos, que eran testigos de estos actos horribles, el terror de las familias, los arrebatos del fanatismo político, y la angustiosa espectativa de los prisioneros , cuya muerte hubiera sido gloriosa en el campo de balalla? Épocas funestas que mancillan la historia de todos los pueblos, porque todos ellos han ensangrentado sus anales en tiempos pasados, y que la indisputable civilización de nuestros dias no bas- taría á evitar tal vez si se provocara por desgracia una guerra religiosa ó civil. Nuestro siglo lee eon horror no solo las crueldades ejercidas por los salvajes de la América y de la Oceania, no solo la barbarie de muchas de las tribus vaga- mundas del Asia, que condenan á los prisioneros al sacrificio ó la esclavitud ; si- no también los hechos de épocas mas recientes y de países cultos, colocados al frente de la civilización del mundo. Las guerras contra los hugonotes de Fran- cia bajo el cetro de Francisco II, Carlos IX y Enrique III; la luchaentre los pu- ritanos y caballeros de Inglaterra, durante el gobierno de Carlos I, protectorado de Cromwell, y reacción de Carlos II; la guerra de los treinta años en Alemania; las disensiones de Rusia al advenimiento de los Romanof; las guerras de sucesión en España y las perpetuas rivalidades que han devorado los hermosos pueblos de la bella Italia. Nuestro siglo rechaza esas venganzas ejefeidas contra los prisione- ros ; arroja su baldón de una manera pública sobre la frente de los que causaran esas víctimas inocentes; y seria preciso todo el fanatismo político ó religioso de las masas ignorantes, escitadas por hombres sin corazón, sin religión y sin fe, para renovar los tiempos que por fortuna pasaron ya , para no volver jamás. El prisionero es un hermano; ¡ ay del fratricida en esta época de grandes juicios! Por desgracia no ha terminado aun el espectáculo de estos sangrientos dramas, que se llaman guerras; aun se sacrifica con frecuencia la razón, y muchas veces la justicia á la triste honra de la conquista; aun existen malas pasiones que vis- tiendo capas diferentes, acomodadas á sus negros proyectos, no dudan en levan- tar grandes tempestades é inmolar a los que tienen suficiente valor y abnega- ción para darles fe, y derramar su sangre, para sucumbir vencidos, y ser holla- dos vencedores. ¡ Quiera Dios que triunfe la razón y la verdad, y terminen las luchas entre los hombres, y solo la historia tenga que referir lo que sufrieran un dia tantos millones de hombres que, como prisioneros de guerra, acabaron sus dias ó en la esclavitud, ó en los calabozos ó en los cadalsos! JR va (CUADRO DE BROWNVER.) Querido lector: ¿eres aficionado á recorrerlos pueblos de la montaña? ¿Te se ha ocurrido alguna vez saltar de esos vehículos llamados diligencias, apea- dos de su destino por esos otros que se llaman ferro-carriles, ni mas ni menos que un traje pasado de moda y relegado por su dueña al museo do los adefecios; y montando en un liumildc jumento, ó quizás sobre tus propios medios de loco- moción, trepar á la cumbre de Uil cerro, descender luego á un valle, engolfarte en las gargantas de los montes, atravesar un rio, seguidamente un bosque, y en- contrarte de improviso en un paraje que se llama aldea, aplicando 4 lo presente lo que de derecho corresponde al pasado? Pues si nunca se le ha ocurrido, te en- cargo que llagas porque se te ocurra alguna vez, y no te pesara de la escursion ciertamente. Y no creas que mi carácter se preste áesas ilusiones poéticas que se compla- cen resucitando la Arcadia en pleno siglo xis, nada de eso: yo soy, peregrina- mente hablando, todo materialismo, prosa pura, y lo que es peor, prosa mala. Yo nunca he encontrado pueblos que me parezcan, como á lantos discípulos de Mclendez, blanca bandada de palomas bañándose en un estanque: la imagen es bella, pero no es exacta, ni siquiera parecida. Las casas de un poblachon tienen mucho mas de cuervo que de blanca pa- loma, y la razón es muy sencilla: las cuatro quintas partes están fabricadas de barro y escupen la cal mejor que un niño las medicinas amargas; y las restan- tes, que fueron muy vistosas en tiempo de los visigodos, conservan huellas indes- tructibles de las llamas prendidas por los carlistas, si el pueblo fue liberal, y UNA TIEN11A I)K líAHUERO. ¡ÍÍHt a'ú/uuado bonus pur los liberales, si el pueblo se permitió confraternizar con los secuaces de) pretendiente. Añádase á esto que en los pueblos pe ¡ueíios de la montaña, las casas son pro- porcionadas á los pueblos; y únicamente tienen dos dependencias desabogadas, á saber, la cocina y el establo. Verdad es que la inmensa mayoría de los veci- nos encienden fuego donde mejor les parece, gracias á que no han de recelar de- terioro en las pinturas, y en cuanto á las bestias se hospedan donde mejor les pla- ce, y tienen carta blanca para sacar á sus dueflos de la cama, cuando tal cama exista en la casa. Penetremos, sin embargo, en el interior de esa aldea con ánimo resuelto; pero guardémonos de pendrar llegada la noche, y máxime en tiempo de vendi- mia, porque en este caso lo mas fácil es precipitarse en el abierto lagar, convir- tiéndose el individuo en objeto de fermentación. A pesar de todo esto, no falta que estudiar en esas poblaciones. Con efecto aquellos tipos rústicos, aquellos rostios tostados por el sol, aquellas manos cur- tidas por el arado, revelan al trabajador agrícola, al noblelaboradordela tierra, de esa riqueza que Dios estendió por todo el mundo, haciéndola patrimonio de todo aquel que la regase con el sudor de su frente. Y bien mirado, la perspectiva de uno de esos pueblos, vulgarmente llama- dos de mala muerte, es un espectáculo joco-sério: la superficie es bonita, pero el fondo arranca lágrimas. Lo primero que llama nuestra atención es la multiplicidad de las industrias que se ejercen en un solo establecimiento. Lo mas común es que el tabernero venda objetos de quincalla, la mujer del cerrajero se ocupe en la confección de artículos de modas locales , el sastre haga de cartero , y el sacristán desempeñe tantos oficios á un tiempo , que si como son artes fueran ciencias, pudiera com- parársele con el célebre Pico de la Mirándola que escribió un libro de todas ¡as cosas conocidas y algunas otras. Sin embargo , hay en la aldea un establecimiento, y dentro del estableci- miento un personaje , que sin duda merece un estudio particular. Aquella tienda es la barbería , aquel personaje es el barbero. Su historia es un tejido de aven- turas que dejan muy atrás en lo chistosas á las de Gil Blas de Santillana , en lo asendereadas á las del ingenioso hidalgo D. Quijote. El barbero de un lugar se halla establecido , como el león , en una cueva, de la cual no sale sino cuando el hambre le obliga , es decir, cuando tiene que ir á recoger las conductas de sus parroquianos. Aquella cueva contiene los si- guientes efectos: dos sillas de baqueta que se remontan á los tiempos tradiciona- les , dos yelmos de Mambrino que amenazan degollar al paciente contra cuya garganta se aplican , una bola de jabón que diariamente aumenta de volumen, merced á la grasa que se le pega del rostro de los parroquianos, y algunos Ira- 400 UNA TUNDA DE DAIIBEIÍO. pos, por antífrasis llamados peinadores, puesto que ninguno de los que se sirven de ellos han hecho en su vida uso alguno de aquel instrumento antiquísimo lla- mado peine batidor. A esto se agrega una estampa truncada de la chillona colección de Pablo y Virginia , y un ejemplar de los gozos del santo tutelar del villorrio, compuestos hace tres siglos por un sacristán que medía versos con el mango del plumero con que quitaba las telarañas del altar mayor. A esto se reduce el mueblaje , y á un quinqué que una vez encendido , cons- pira directamente contra la salubridad pública, promoviendo disposiciones á todas las tisis conocidas y otras de especial invento de aquel aparato de luz, enemigo de todas las luces. Los huéspedes de aquel antro pertenecen á una raza especial que se llama raza romancista. El dueño tiene sus cincuenta afíos, pero habla con el mayor desparpajo y seguridad de los hechos que acaecieron en tiempo del rey Wamba, y refiere la historia del lugar y de sus pobladores como si hubiese pertenecido k sus generaciones fundadoras. Por de contado ¡ infeliz de aquél que se desliza á hablarle de su carrera! El barbero de un lugar hubiera reemplazado & Hipócra- tes sin las envidias de sus contemporáneos. El verdadero mérito jamás se ha podido librar de envidiosos Los capitales enemigos del barbero son el médico tutelar y el albéitar, por- que téngase entendido que en algunos puntos de la montana el funcionario en- cargado de curar á los animales es tenido en tanta ó mas consideración y con- lianza que el encargado de curar á las personas. El barbero, que posee algunos instrumentos de cirugía , que generalmente no podrían aprovecharse ni aun para picar un cigarro , se halla reñido á muerte con el nuevo reglamento de instrucción pública , á tenor del cual los médicos son médicos y cirujanos. Desde el dia aquel , de infausta memoria, en que llegó á la aldea un facultativo de nueva planta , que habiendo apenas ensayado Ja navaja en el bozo de su cara , se hallaba autorizado para ensayar el bisturí en la misma garganta de los pacientes, el barbero disminuyó grandemente de importancia y tuvo que reducirse a la humilde condición de rapista , ó como dijo Quevedo, tundidor de mejillas y sastre de barbas. Esto indica que el barbero de un lugar es, por lo común , enemigo de los progresos científicos, algunos de los cuales consiente bajo la absoluta condición de que mucho antes de que el gobierno pen- sara en ello y los profesores ejercieran las nuevas funciones, él habia olvidado las nuevas prácticas de puro viejas. En cuanto á sus relaciones íntimas en el lugar, tienen asimismo un carácter especial. Como que tiene en su mano las cabezas de todos los vecinos, penetra en sus pensamientos y lleva el alta y baja de todos los chismes , dimes y diretes del ve- cindario. UNA TIBMU I)B BAHHliHO. S0 1 Entre semana el barbero de aldea lii'ne poco que hacer: generalmente se dedica á apremiar á sus parroquianos morosos, de quienes es la pesadilla. Mu- chos días por la tarde se le ve salir de su casa , caballero sobre un humilde jumento, con unas alforjas desprovistas y tísicas como bolsillo de jugador des- graciado ; y algunas horas después regresa cargado de provisiones, que imposibi- litado de consumir por sí mismo , lleva al mercado del pueblo , constituyéndose por necesidad revendedor de granos, verduras y legumbres. En las pequeñas poblaciones escasea grandemente el dinero: las transacciones se operan como en los primitivos tiempos por medio de' los productos de la naturaleza, que hacen las veces de metálico ; y como el barbero es sobrado pobre para mantener á un co- lector general de créditos, se resuelve á practicar personalmente esta operación, con harto pesar de su amor propio resentido de que un antiguo profesor titulado, tenga que verse reducido á comer de lo mismo que cobra , y á cobrar de lo que puede, de suerte que su casa es generalmente almacén do todos los frutos del pais y mostruario de la horticultura comarcana. El personaje que nos ocupa pasa muchas horas de mal humor. A menudo, sentado en su tienda , donde ni aun por compasión entra alma viviente alguna, reflexiona sobre la ingratitud de los hombres y las desigualdades sociales que frecuentemente tienen postergado al verdadero mérito. Pero como recuerda algo de los libros que leyó en sus mocedades, se consuela pensando en Cristóbal Colon que fue conceptuado loco, en Cervantes que meditó su inmortal sátira en el fondo de un calabozo, y en Camoens que después de haberse hecho célebre en Europa y en África , murió olvidado en un rincón de hospital. Empero los sábados por la noche y los domingos por la mañana su entusias- mo artístico le hace olvidar las penas esperimentadas durante seis dias conse- cutivos. El tenducho solitario cobra una animación estraordinaria , las sillas de baqueta son incesantemente desocupadas y vueltas á ocupar, discútese acalora- damente la política y la cosecha, la obra del canal proyectado y la conducta de Fulanito y Menganita que están de mucho tiempo en relaciones que el cura aun no ha bendecido , de la tiesta del santo y del robo del trajinen); y a todo esto el duefio del establecimiento rapa que rapa , con una ligereza, con un aplomo, con una táctica, con una filosofía que eleva las funciones de barbero al pináculo de las artes útiles é incluye el nombre del profesor en el catálogo de los bienhe- chores de la humanidad. De vez en cuando el romancista , prohibido de medicinar gracias á la alianza del médico que comunmente se casa con la hija y heredera del boticario, reclama el ejercicio de sus derechos de dentista , callista , sangrador, etc. etc. Ver á nuestro hombre con la llave inglesa en la mano, es ver á Tocca empuñando su bisturí, cetro de la cirugía española. Algunas veces le acontece al malhadado profesor arrancar de un tirón muela y quijada : en estos casos sostiene con la 51 Í02 UNA TIENDA DE BARBERO. mayor imperturbabilidad que la obligación del facultativo es cortar los males de raiz; y que una vez la quijada estraida, las muelas averiadas no volverán á echar raices en ella. El barbero tiene un huerto pegado :'i las tapias del lugar: aquel es su ma- yor patrimonio. Para él la única ocupación verdaderamente noble , es el cultivo de la tierra, de cuya teoría deduce una consecuencia altamente desfavorable para el médico del lugar que hace cuidar sus tierras por braceros ó colonos. Véngase, sin embargo, de él propalando á .voz en grito por el pueblo, que en tanto el médico no tiene los conocimientos facultativos necesarios para cuidar de la pública sanidad , en cuanto las coles y patatas barberiles son de mucha mejor calidad que sus colegas graduadas en medicina y cirugía. Vor regla general el barbero tiene alguna influencia entre las gentes del pue- blo : como es mas antiguo en él que sus rivales, hace recaer Ja decadencia del lugar en la presencia de ciertos pájaros de mal agüero , lo cual dice guiñando el ojo cada vez que pasa el doctor. Pero es lo mas particular que en política tiene ideas algo avanzadas, y que es retrógrado tan solo para los efectos médico- quirúrgicos. Esta ciencia ha adelantado poco ó nada en su concepto, y en apoyo de su opinión cita, dándole toda la importancia de un hecho histórico, los felices tiempos en que los hombres que se dedicaban á curar las heridas de los mortales, pegaban á los troncos humanos miembros y cabezas, ni mas ni menos que un sastre pega unas mangas á un gabán, lo cual apoya en el comprobante irrecusable de dos ó tres romances que en el trascurso de su vida ha comprado á los buhoneros que de tarde en tarde acuden al pueblo espendiendo literatura de á dos cuartos. En resumen, el barbero del lugar es otra de las víctimas de los tiempos modernos: los planes y reglamentos de estudios y el subdelegado de medicina y cirugía son su eterna pesadilla. Monarca de las curaciones de los tiempos anti- guos , ha sido arrojado del trono por un barbilampiño que tiene la pretensión de ser entendido porque ha cursado trece años en las universidades. Nuestro bar- bero profesa la máxima de que en este mundo no hay mas libro que el libro de la naturaleza : por esto cuando no tiene en qué ocuparse , que acostumbra á ser seis dias por semana , se dedica al estudio de aquel libro plantando coles y en- saladas. Muere , por lo común , de avanzada edad ; y la humanidad ingrata ni arroja flores sobre su tumba , ni se acuerda de su nombre al dia siguiente. Sin em- bargo , aquel ex-hombre habia descubierto un problema dificilísimo de economía política : el modo de comer sin dinero , cosa cien veces mas sorprendente que el vivir sin comer. (CUADRO DE BROUNWER.) Por lo visto maese Brounwer tenia una predilección especial por los barbe- ros. En cuanto á mí, debo confesar que ningún apego personal me une á esos funcionarios, á quienes respeto por la sencilla razón que les temo, y el motivo de temerles es la necesidad en que me veo de poner mi vida en sus manos tres veces cada semana. Lo confieso, muchas veces se me ha ocurrido que en nuestra organización social hay un gran vacío. No comprendo porque' razort el cajero de una sociedad de crédito ó banco, que tiene en su poder únicamente nuestro dinero, tiene que prestar fianza; y el barbero que tiene en su poder nuestro pescuezo ejerce sus funciones sin estar sujeto á caución alguna. Debo advertir que contra la impericia ó mala voluntad de un barbero no hay medida estraordinaria que adoptar, ni precaución que baste. A este propósito referiré una anécdota. Erase un formidable coronel de caballería que hacia el mismo caso de la me- tralla de un canon que hacen los chiquillos de la dulce metralla de un bautizo. Ni lanzas ni espadas habían en tiempo alguno conseguido arrugar el entrecejo de nuestro héroe, que se arrojaba entre las filas erizadas de bayonetas mas sere- no y formidable que D. Quijos entre los rebaños que se le figuraron ejércitos. Empero aquel hombre que habia nacido al parecer para conjurar los peli- gros, tenia momentos de debilidad, basta el punto de temblar como un niño, ca- da vez que ponia su cuello ante la navaja de un barbero. Vean Vds.... y le ha- -ÍOÍ El, HAHHUIIO. bia puesto cien veces á dos líneas del sable de la caballería de Balmaseda... Pa- rece estraño, pero es cierto, evidente, histórico. Lo he leído impreso en la ga- cetilla de un periódico, y aun no he visto que ningún coronel haya reclamado en contra. Pues bien, nuestro valiente, á quien le hubiera importado muy poco morir matando en el campo de batalla, no creyó oportuno por ningún concepto recibir la muerte oscura, sin gloria, que tal vez pudiese darle un barbero ligero de cas- cos y pesado de mano. A este efecto, tuvo á bien añadir entre los chismes indis- pensables parala operación del rasuramiento, un magnífico par de pistolas que jamás habían reventado un pistón sin poner la bala en el blanco designado. De esta suerte, y mientras el rapista pasaba y repasaba la navaja encima del consa- bido cuero, nuestro militar amartillaba sus pistolas, y apenas el sacriücador de los pelos se disponía á comenzar su oficio, nuestro militar le helaba la sangre en las venas con la siguiente insinuación : —Ándese V. con tiento , porque si me saca V. del cuerpo una sola gota de sangre, le levanto la tapa de los sesos. Y sentándose delante de un espejo, tomaba una actitud ni mas ni menos que pudiera ante un cuadro de tropa que fuera preciso romper á toda costa. No hay qu¿ ponderar sí la indirecta causaría su efecto: bastará decir que se pasaban años enteros sin que ningún barbero se atreviese á rapar aquel rostro que iba semejándose al de Nabucodonosor. Me parece que con tales garantías se puede vivir tranquilo por lo que respecta á la conducta barberil: pues nada de esto. Lo que parecía un seguro pudo haber sido causa de un siniestro. Veremos cúmo. Vino un dia en que la ordenanza rifió por completo con los pelos del coronel: era preciso tomar una providencia á toda costa, y esta providencia consistía en buscar un barbero. El barbero se presentó. Era un muchacho templado y decidor, á quien daba gusto ver en actitud académica ante la persona rapable. Llegó á la habitación de nuestro militar, acomodóle los chismes, empuñó la navaja, y mas listo que Cardona puso su ins- trumento á una línea del rostro del coronel. Este por su parte no descuidó sus acostumbrados preparativos, con notable sorpresa del barbero, que no compren- día aquel innecesario aparato, si ya no era que el militar tuviese por costumbre repelarse á pistoletazos. Su sorpresa terminó muy pronto, sin embargo: el co- ronel amartilló su arma, y dijo con su acostumbrada serenidad la frase de re- glamento : —Ándese V. con tiento, porque si me saca V. del cuerpo una sola gota de sangre, le levanto la tapa de los sesos. Nuestro mancebo apartó la navaja precipitadamente, como se aparta la mano 07 TE K'JSinf! o .i S Kl, MAHIfKltO. íOü cuando por inadvertencia se pone en contacto con el fuego. Aquella brusca ame- naza hubiera hecho palidecer ul mismo convidado de piedra, —Zape!—dijo entre dientes el barbero;—para el diablo que corte esas barbas de capuchino. — ¡ No se atreve V.! —esclamó el coronel.—Pues yo no sé qué diablos de oficio ejercen Vds. ¿Es cosa tan imprescindible que desuellen Yds. á los que afeitan? — No por cierto, pero tampoco es imprescindible que yo ponga mi vida en manos de V. — Esto no me prueba sino que es V. un torpe que debe meterse á rapa- mulos. Aquel dicterio sublevó de golpe todos los sentimientos artísticos de nuestro barbero. El insulto requería una vindicación pronta, aun cuando la pistola del coronel debiera permanecer aplicada conlra las sienes del mancebo. Empuñó este su navaja con ánimo resuelto y del primer navajazo le llevó media patilla al co- ronel. Este se estremeció involuntariamente y lanzó una mirada al espejo. Ni tina punta de coral asomó engastada en aquella mejilla de marfil amari- llento, como diria un fabricante de versos: el militar respiró por lo alto, y el bar- bero por lo bajo. La operación terminó sin el menor tropiezo: la barba del coronel fue un mo- delo de barbas. Entrambos personajes recobraron su tranquilidad. Púsose en pié el militar, y al tiempo de retribuir largamente el inapreciable servicio que tan delicada y arriesgadamente le habia prestado el barbero, dijo: — Mucho habrá padecido su espíritu de V. durante la operación. —Mucho—respondió el joven, ya completamente sereno, — pero el de V. habia de padecer mas. — No tal; yo estaba casi tranquilo: hubiera V. podido hacerme una leve corladura, pero en apercibiéndome de ello, le hubiera hecho cien pedazos la ca- beza. El barbero sonrió con aire de incredulidad: el coronel tomó un ademan irri- tado, porque creyó que el mancebo dudaba de su valor. —Le digo á V.— esclamó muy formal—que á la primera gota de sangre que me hubiera saltado, le hubiese levantado á V. la tapa de los sesos. Cada uno es libre de adoptar las precauciones que bien le plazcan para salvar la vida. — Y yo le digo á V. que no me hubiera saltado tal cosa. También yo tenia tomadas mis precauciones, y si realmente sudaba de angustia, noera por raí, sino por V. — ¡Cómo! —Como que si por desgracia le hubiera á V. cortado un solo grano, estaba 406 til, UAHBEHO. resuelto á degollarle á V. como un cordero, sin darle tiempo ni aun de levantar el brazo para apuntarme la pistola. El militar se estremeció como si hubiese sentido el filo de la navaja dentro de la nuca. Desde aquel día suprimió, por inútil, aquella precaución que en lugar de garantir su seguridad personal, la había puesto en tan inminente riesgo. Véase ahora con cuánta razón decíamos que no cabe resistencia, precaución, ni guardia contra la navaja de un barbero. Y luego hablan las gentes de la es- pada de Damocles : es muy probable que ese tal señor dejaría crecer toda su barba : de otra manera en lugar de sofiar espadas suspendidas de cabellos, hubiera soñado navajas y manos de barbero nervioso ó constipado. La historia La consignado los hechos de algunos barberos célebres por su método especial de manejar la navaja y hacer la barba al prójimo. Ahí esta sino el barbero de Luis XI de Francia , que tenia un modo tan particular de sangrar a los enemigos de su pérfido amo , que casi todos aquellos aparecían operados del pescuezo. También nos habla la historia de cierto Bernabé Cabard, que tenia abierta en París tienda de barbero, y ejercía a la sombra de su bacía una industria que le llevó directamente á ser enrodado y ahorcado en la plaza de Greve. Aque- lla industria consistía en degollar a sus favorecedores y luego facilitar sus cadá- veres á maese Míguelon, que hacia unos esquisitos pasteles con los hígados de las infelices víctimas. Aquellos pasteles, de los cuales Cabard proporcionaba las primeras materias y Miguelon la parte culinaria, fueron durante mucho tiempo el manjar mas apetecido de los refinados parisienses, que sin sospecharlo y en medio de su delicado gusto, se comieron al prójimo como si fuera una liebre ó un timbal de marisco. ¡ Y luego dicen de los antropófagos !... Napoleón I tuvo asimismo un peluquero de confianza , que en distintas oca- siones salvó, a lo que se dice, la vida del emperador. En cambio se asegura que en Barcelona, durante la dominación francesa , existia junto á la Aduana un digno émulo de Cabard , que tenia la singular costumbre de rapar á los solda- dos por las raices del pelo , después de lo cual les precipitaba por una trampa y entonaba una canción bonapartista desde el umbral de su tienda , que á ser el rapa nucas un poco mas agraciado de figura, se hubiera podido llamar gruta de las sirenas. lín la historia barberil hay también sus mitos: los romancistas tienen su Hornero, ni mas ni menos que la literatura: el Hornero barberil es Figaro, nom- bre inmortalizado por Beaumarchais , Rossini y Larra. Figaro es el tipo de los barberos, que lleva el alta y baja de Sevilla, como sus colegas la llevan co- munmente del lugar en que residen ; es la pesadilla de los papas y de los aman- tes, la estafeta interior de la capital de Andalucía , en una palabra , es, como dice él mismo , elfac tolum de la ciudad. EL BARBERO. 401 Fígaro es , además, un conjunto de hombre y de guitarra. Y aquí se pre- senta un fenómeno digno de ser estudiado. ¿ En qué consiste que todos los bar- beros son aficionados á la música , y de entre los instrumentos musicales profe- san con mayor afición y decidida constancia la guitarra? Confieso francamente que no lo entiendo ; pero meestraña que en una nación como Espada , que abunda tanto en academias , no se haya aun sometido ú discusión este punto tan interesante. El ramo barberil se divide en dos grandes grupos ó familias ; barberos pro- piamente llamados, y peluqueros: estos últimos toman algunas veces el nom- bre de artistas en cabello. Estas dos familias pudieran ser clasificadas de la ma- nera siguiente: barberos de escalera abajo y barberos de escalera arriba. Son, como si dijéramos, el pueblo y la aristocracia de ese interesante grupo social. Para el barbero son las tiendas húmedas y mal alumbradas, las sillas de palo, los rostros de barba ceriadaqueenlugarde pelos tienen alambres y que me- llarían sables de caballería cuanto mas navajas, la paga en ruin y escasa mo- neda calderilla , el agua de espliego y la guitarra sin cuerdas. Para el peluquero son los salones tapizados, las butacas de muelles, los pisos principales, el gas por medio de riquísimos aparatos de bronce y cristal, los rostros barbilampiños, la moneda de plata, la suscricion á todos los perió- dicos , el comercio de jabones y esencias , la venta de cigarros á dos mil reales el cajón , el comercio de billetes de los bailes de máscara , y el estreno de todas las óperas. ¡Oh! desigualdades sociales!... No es el mérito, no, lo que se premia en este mundo, es el capital ó la audacia necesarias para resignarse á vivir al nivel de la calle ó en aquel piso que llaman entresuelo, y que es la residencia habitual del comercio aristocrático. Entre el barbero de tienda y el de entresuelo hay un tipo intermedio, que es el barbero á domicilio. Este personaje pertenece generalmente á la clase de los aspirantes á un grado literario ó científico: por lo común las aspiraciones se en- caminan á la licenciatura en medicina y cirugía. Hijos de padres honrados y qui- zás por esta razón de padres pobres, se vienen sosteniendo en los grandes cen- tros universitarios de una manera milagrosa, gracias aun al producto de la navaja, que un dia ha de ceder la plaza al bisturí. Y para que se vea lo que es el mundo y el ingrato olvido de los hombres, el que de estudiante pelaba y re- pelaba todo el dia y de esas peladuras pelechaba, de médico cirujano mira por encima del hombro al humilde barbero del lugar, que es la conciencia del licen- ciado, como dan en decir ahora en términos pulidos. Entre los barberos ha habido también sus fenómenos de fortuna, su Capito- lio; pero no han sido ellos los que han desmentido el refrán de que el Capitolio se halla muy próximo de la terrible Roca Tarpeya. El barbero Pedro La lírosse 408 BL ItAKBERO. fue ministro de Felipe oí Atrevido, pero vino la Roca, ó mejor la horca, y en ella espiró el que en lugar de hacer la barba á su señor, amenazaba subírsele á las barbas. En cuanto á Olivier el diablo, que ascendió á consejero íntimo de Luis XI, en compañía de Tristan el lírmitailo, murió ahorcado también, y en su última liora pudo esclamar algo parecido á aquello de: Ya me comen, ya me comen, Por do mas pecado habia. Triste esneriencia para aquellos que olvidándose de la humilde esfera en que han nacido, se elevan en alas de sus pasiones, y se olvidan de aquella hermosa fábula de Icaro, que al volar hacia el sol con alas de cera, fue despeñado al mar para escarmiento de hombres presumidos. ÍNDICE DE LOS ARTÍCULOS CONTENIDOS EN EL TOMO SEGUNDO. Titulo* do loa ti , D. Juan Corlada 1 Malicia *. 1). Gregorio Amado Larrosa 1!) El molino L). Víctor Balaguer 31 La tempestad . . D. Manuel Angelón 38 Los Pirineos I). Juan Corlada 51 Los vírgenes fainas y las prudentes D. Joaquia Rubio Los puritanos U- Juan Cortada Abraham y Agar D. Joaquín Roca y Cornet El inválido D- Juan Cortada 95 Rafael 1*. Joaquín Rubio 10A D Santa Magdalena - Joaquín Hoca y Cornet 122 El monasterio de S. Benito D. Víctor Baiaguer 138 F. G. Schmidl y su esposa H- Juan Corlada lli(> Júpiter y Anlíope y Júpiter é lo . . D. Joaquín Hoca y Cornet 151 El invierno. U. Joaquín Roca y Cornet . 176 Retrato de la esposa de Godolredo Flinck D. Juan Cortada 18íi Paisaje '>• Juan Corlada 18!) Cristo infante °- Joaquín Roca y Cornel 1(J2 La caza de osos •>• Joan Cortada 201 La vanidad D. Manuel Angelón 2U7 La leona y el jabalí 1). Juan Corladi '215 !) 21 (¡ El jabalí lurioso - Juan Corl La feria de animales l> Juan Cor1 218 Sania Cecilia 1). Joaquín 223 Un paisaje D. Juan Coi 231 Un patricio holandés !>. Juan Coi lada.. 233 Titulo» de lo» «rtácaln». ¿atore». _ _ _ _ _ •**«. Unos muchachos jugando .1 los naipes D. Manuel Angelón 237 El pastor y la pastora D. Joaquin Roca y Cornet 212 La cartuja ü . Víctor Balaguer 217 Asunción de María I). Joaquín Roca y Cornet 256 Diversiones de la juventud D. Joaquin Roca y Cornet 261 El cuerpo de guardia D.Manuel Angelón 266 Santa Inés D. Joaquin Roca y Cornet 271 San Pedro encarcelado D. Joaquín Roca y Cornet 276 La larde . . D. Joaquín Roca y Cornet 281 Cristo coronado D. Joaquin Boca y Cornel 28C Un cardenal I). Manuel Angelón 291 El padre de Rembrandl D. Juan Corlada 29G El picarillo D. Joaquin Roca y Cornet 300 El pintor D. Juan Cortada 307 San Pedro y San Pablo I). Joaquín Roca y Cornel 312 "La orgia ó el casco vacío D. Joaquin Roca y Cornel 319 Judilh l>. Vicente Boix 32ü San J u a n Evangelista l>. Joaquin Roca y Cornel . . . . . 339 Un establo D. Manuel Angelón. . . ." 348 La Virgen y el niño I). Joaquin Roca y Cornet 352 [.aban y sus servidores O. Joaquin Roca y Cornel 357 Savonarola I). Joaquin Roca y Cornel. . . . . . . 3fU5 Unos muchachos comiendo frutos D. Manuel Angelón ;i(S2 EI pintor en la cárcel l>. Manuel Angelón 386 Kl prisionero de guerra D. Vicente Boix 3!» La tienda de barbero I). Manuel Angelón 3!)8 El barbero I). Manuel Angelón 404 FIN DEL ÍNDICE DKL TOMO SEGUNDO PAUTA PARA LA COLOCACIÓN I)K LAS ÚMIN.VS CORHKSPONlHIüNTtiS AL SKÜlNUO TOMO. Paysaje pris dans le Libanon A. Geyer 1 Malice V. Rotari 1¡Í Le martinel Ezdof 31 Latempéíe Everdingen. 38 Paysage de monlagne Everdingen. . . SI Les viergessages el les vierges folies Schalken l>3 L'ordonance • . G. Melzu 71 Abraham el Agar G.Flinck 70 Le petil chasseur A. Fischer »5 Raphael Kaphaél 101 Sainle Madelaine Palma t22 l^e monaslére J.Hnipdael. 138 G. F. Schmídt el sa femme *. . . Anloine Pesne 150 Júpiter et Anliope . • • Ticiano 151 Ioet Júpiter Corrcggiu 15S L'hiver Scbelfhout 17« l'ortrail Bembrandt 185 Paysage(co» animales) N.Bergliiíi» I8'J Le Christ enfanl i^rlos-Dolce 11J2 C\am á l'oura Fyt. 20) Vanitó Georgione 207 La Üonne et le sanglier Snyders 215 Lesanglier furieux Snyders 21(¡ Un marctié au bélail F. B. Adam 218 Sainte Cecilie Rubens 223 Paysage (de arbole*} J. Ruysdael 231 Le palricien hollandais llembrandl 23a Pelitsgatrona jouant au\ caries Murillo 237 Berger et bergére C. Nelscber 242 La chartreuse Bayer 2i7 Assumption deMarie Guido-Rene . 250 Amusemenl de la jeune.se Vander Werff. 261 Le corps de garde Mierís 26G SaínteAgnés Carlos Üolce 271 Saint Pierre en prison O. Honthorst. 276 Le soir (pay$age) VVynants 281 Le Christ couronné QuSrcino 286 Un cardinal..' Uaphaei 291 Le pére dfi Rembrandt Uembrandt. 2% L'espiégly ti. Schalben.. 300 Le peinlre I.epoitterin. ' 307 Saint Pierre etsainl Paul Bubens 312 La cruche vide Honlhorsl 319 Judilb Hiede! 326 Saint Jean Carlos Dolce 339 Écurie rustique Adam , . 348 La Madonna et l'enfanl Kaphaél Sanzio 352 Laban el ses servileurs Derghem. . 357 Savonarola Granel 366 Garcons menjanl ávs frutls Murillo 382 Le peinteur en prison , Granel 386 Le prisioner df! guerre W. Freneh 391 Le boutique de barbier Krownver 338 I.e barbier Brownver 404 Ménélrier Tcnicrs. (Ksln lámina debe colocarse A 211 del tomo primero).