LAS GLORIAS TOMO PRIMERO. LAS GLORIAS COLECCIÓN DE LOS MIS PHECiDSOS CUIOflOS DE US CUERItS OE MUHICH, DRESOE, BERLÍN 1 OTfltS. OBRA DE LOS GRANDES MAESTROS DEL ARTE Uiguel-Angel, Niirillo. Rubens, Carlos-Do]ce. Micris. POUSSÍJI, Ajara. Guido-Rem. Salvalor-Ünsa. Temer! Cerardn-Dsw. Remhrani, Fnn-Dich. ele. etc. ENRIQUECIDA nilicoH a r t i c u l o ^ s o b r e i^ligion , m o r a l , ÍUoaofza , custunii)reti T o s c o n a s fio ]^i Un iwiriittíi ÍIE I i5 BARCELONA. LIRMKRIA Df- J O S É R l H E T , EUITOIt, callo de ]a Fusterin , núrut-ro 10. 1861. Es propiedad. D INTRODUCCIÓN. El generalizar en nuestro país el conocimiento (le las obras maestras de pin- tura tie que abundan las ricas galerías de algunas capitales de Alemania es el objeto de la presente obra, primera en su clase que se ha publicado en España. Largos viajes y cuantiosos dispendios eran necesarios para ver y examinar aque- llas brillantes producciones del genio, cuadros magnílicos y sorprendentes que trasladados fielmente en preciosas láminas pueden á poca costa purificar el gusto y escitar la admiración de los artistas, de los inteligentes, de los aficionados, de cuantos prestan delicioso culto a una de las artes mas encantadoras de imita- ción. Circunscritos á las galerías de España y de los otros pueblos colindantes con quienes estamos mas en relaciones, si bien figuran en todas ellas las escue- las alemanas, con todo no podían presentarse las producciones inmortales de aquellos artistas con la misma abundancia y profusión con que se ostentan en las galerías de Munich y de Berlín. La pensadora Alemania que se ha dicho con ra- zón marchaba al frente de todos los adelantos de la inteligencia, y que tanta in- lliiencia va adquiriendo entre nosotros, quedaba para la mayor parte ignorada por lo que respecta á las creaciones del genio en este ramo interesante. Su filoso- fía empezaba ya ádifundir hasta nosotros sus luminosos rayos; no era cstraña para nuestros amadores su literatura; á nuestros oidos llegan hace tiempo los acentos de su música profundamente filosófica, pero no tan fácilmente podíamos percibir el sabor de su pintura. ¿Qué mas oportuno medio que poner a nuestra vista representadas en bellas láminas sus opulentas y variadas galerías? VI IMRODUCCION. Aun hay mas: con este fácil y ameno estudio podemos asimismo apreciar hasta ([utí punto han influido en el norte las escuelas del mediodía, y la estima- ción en que tienen estas las producciones de nuestros mas ilustres genios. Al lado de los cuadros de Gerardo Dow y de Van-Rooz liguran los de Rubens, de Rafael y de Murillo: y el espíritu de observación que tan delicadamente se ejercita y se desenvuelve en la? obras del arte puede hacer el parangón entre unas y otras es- cuelas , investigando y profundizando las causas de sus armonías ó discrepancias ya en las influencias locales, ya en la diversidad del carácter y de las costum- bres. Se lia dicho muy bien que la pintura con respecto al hombre no era mas que la transformación de su escritura, cuyo tipo encontraba en la naturaleza misma en donde se leen escritas las ideas del Criador. Esta escritura natural pues y la nuestra artificial difieren en dos cosas. Nosotros escribimos las palabras: nues- tros caracteres gráficos no son la representación de las cosas, mientras que cada maravilla de la naturaleza representa por sí misma un pensamiento divino que tiene en ella su forma sensible y su espresion viviente. En segundo lugar nuestra escritura es sucesiva , va fluyendo de palabra en palabra, de frase en frase, sin poder espresar simultáneamente ni muchas ideas ni muchas relaciones de unas ideas con otras; mientras que cada ser, por la complicación de su esencia, de sus propiedades y de sus facultades nos ofrecería, si interpretarle supiéramos, una multiplicada intuición en mil diversos sentidos. Con la pintura pues (com- prendiendo bajo esta palabra genérica todas las artes que tienen su base en el di- seno) procura el hombre asimilar su escritura con aquella escritura divina que le es dado leer en la naturaleza. La pintura, bien sea descriptiva, bien histórica ó simbólica, representa simultáneamente muchos objetos y les esprime, no por signos convencionales, sino bajo sus formas naturales y llenas de vida. Es pues una escritura intuitiva, y fue el ensayo de la escritura mas antigua, cuyos restos son los jeroglíficos. Se ha abandonado para los usos ordinarios, porque exigía demasiado tiempo, espacio y materia, porque era complicada escesivamente; es ' decir, porque el hombre es demasiado débil en cuerpo y en espíritu para poder sostener y manejar con facilidad aquellas letras magníficas, Su empleo habitual no guarda relación con nuestras facultades; pero no por esto dejan de ser aquellas letras caracteres intrínsecamente superiores en espresion y energía, porque hablan á los ojos. Y si posible fuese escribir en cuadros toda la historia ¿ qué narraciones no aparecerían pálidas al lado de anales tan espléndidos? Precisados pues á re- nunciar á su uso para las exigencias de la vida práctica , hemos guardado esta escritura maravillosa y la hemos adoptado únicamente para las necesidades de nuestra vida ideal; y merced á la pintura, imitamos la escritura de la crea- ción, Ilajo otro punto de vista la pintura es, como las demás bellas artos, una de INTRODUCCIÓN. VII las formas de la poesía. Y si bien se considera la relación entre esta arte repro- ductora y sus íntimas relaciones con nuestro espíritu, la pintura es la poesía de la naturaleza, porque la presenta en su bella realidad bajo mil formas, valiéndose de sus tipos elementales como de base para sus caprichosas transformaciones: es la poesía de la historia, porque dominándola en toda su ostensión la ofrece den- tro el círculo inmenso de lo verosímil en todos sus hechos y en todas sus fases: es la poesía del alma, porque espiándola en sus mas recóndilos movimientos , la retrata y la descubre ya en sus personajes reales ó ficticios, ya en susescenas, en sus contrastes, en sus armonías: es la poesía de todos los mundos fantásticos, porque lanzándose fuera de los confines del tiempo y del espacio conocidos, así en lo pasado como en lo fut'iro, simboliza en seres puramente ideales los misterios, tales como los concibe, del orden sobrenatural y divino. Y como la poesía reli- giosa es necesariamente la poesía mas elevada, sino la única, sigúese que la pin- tura religiosa ocupa por necesidad el primer escalón en el desenvolvimiento de la pintura. El estudio , pues , de la pintura'en los grandes modelos y en las obras maes- tras del arte es lo que constituye su historia , é inspira al artista y le estimula para producir á su vez obras nuevas é inmortales como las de sus predecesores en el arte. La vista de estas preciosas galerías que por lo común no le han sido familiares , engrandeciendo á sus ojos el vastísimo círculo de las creaciones del genio, escitará en su espíritu el doble sentimiento de la emulación y de la imi- tación . Mas la simple esposicion de las láminas que representan los cuadros escogi- dos de las galerías alemanas no dejaría tal vez satisfechos á los que gustan de que la idea del artista vaya acompañada de la idea del escritor, lil editor se ha propuesto que el pincel inspirase al filósofo , al historiador, ó al poeta las con- cepciones sublimes representadas en el lienzo ; ha querido que el admirador del cuadro se saborease al propio tiempo con la esplanacion del pensamiento , y que á cada lámina acompañase un culto y esmerado testo que diese abundante y sa- broso pasto á la observación , á la reflexión ó al sentimiento : se ha propuesto ofrecer al lado de las pinturas trozos escogidos de producción literaria , para que esta colección artística fuese al mismo tiempo una variada revista y una obra de instrucción sólida é interesante. A este fin lia invitado á escritores acreditados ya por sus obras y por su saber en la república de las letras , para que cada cual según su genio y según el género de materias á que mas se ha dedicado, desem- peñase en esta obra escogida de gusto la parte que prefiriese, resultando de este conjunto una grata é interesante variedad de artículos , ya de religión , ya de historia, ya de costumbres. Al lado de las perspectivas magníficas de la natura- leza figuran las mas caprichosas fantasías poéticas . y junto al severo análisis de un carácter ó de un personaje, resaltan las deliciosas escenas del hogar ó de la •Vil INTRODUCCIÓN. vida campestre. Muchos de los cuadros han dado pié para amenizar el conjunto con anécdotas curiosas é interesantes, y las meditaciones de la filosofía forman contraste con los juegos mas festivos de la imaginación. Cada escritor deja mar- cado su genio en estas fugaces inspiraciones donde puede imprimir sus trazas con toda espontaneidad , con total independencia de lo que le precede y de lo que le sigue , pero con la responsabilidad moral y literaria que le impone la suscricion de su firma. No sin algún temor se aventura por primera vez una obra que no puede dejar de ofrecer el atractivo de la novedad así por la naturaleza de sus cuadros como por la parte espositivade sus asuntos que forma su complemento. El editor lia ape- lado á la conciencia misma de los escritores cuyos nombres, á lo menos en su mayor parte, son una garantía del acierto en la elección ; y confia que el pú- blico conocedor acogerá benévolo esta muestra doblemente interesante , así por los preciosos monumentos del arte en el estranjero , de que se compone, como por las producciones literarias que la acompañan , fruto todas do los ingenios del país. GJ.'MMIHICH.P. i LAS GLORIAS LA SANTÍSIMA TRINIDAD. (CUADRO DE RUBENS. COMO el objeto de esto colección ó revista artística no se limita á la simple es- posicion de la parte técnica del arte, sino que se estiende á ilustrar y hasta desen- volver el fondo de la idea que sirve de fundamento á la pintura ó cuadro, preciso es el recorrer con alguna amplitud aquellos asuntos cuya inspiración envuelve en sí un gran pensamiento. ¿ Y qué mas grande puede ofrecerse que la representa- ción de la Divinidad en su espresion mas elevada? El artista ha debido lanzarse á las regiones de lo infinito jara dar una forma á su idea: mas allá de los lindes del mundo sensible ha debido buscar un tipo divino y sublime para hacer en cier- to modo perceptible lo que apenas basta a concebir en confuso la mas perspicaz inteligencia. La creación entera con todos sus encantos no es mas que un reflejo pálido de aquella substancia creatriz, substancia a la cual compete únicamente el ser por excelencia, origen único y supremo de donde deriva todo ser, toda bondad y toda belleza. Todas las lenguas de este planeta que habitamos, y que no es sino un átomo en la inmensidad de los espacios, le llaman Dios cada cual en su dialecto. ¿Quién sabe como le llama la voz para nosotros incomprensible de tantos millones de mundos resplandecientes como ruedan por el espacio ? El mismo llena su obra: el universo rebosa en las maravillas de su poder: la rapidez de nuestro pensa- TOMO (. 1 i LA smisniv miMinn. • miento no basta para atravesar sus dominios inmensurables, y á pesar de !a ele- vación de su trono inaccesible á nuestras miradas, sentimos su presencia dentro de nuestro corazón. Como la antigüedad pagana no tuvo una verdadera idea de la personalidad de Dios,filosóficamenlehablando no pudo reducirle á formas sensibles ni aun por la via de los geroglíiicos. La ciencia humana divagaba entre el canos de los sistemas que buscaban ciegamente á Dios, ó la causa primera en las regiones oscuras de una idea de materia ó de movimiento, en la ni ramón de los ¡í tomos ó en el poder creador de los elementos. Si el sentimiento lnnnmio, mas racional muchas veces que los sistemasfilosóficos,buscaba una idea sensible de poder ó de grandeza su- prema, se dirigía á un simulacro de hombre á quien cargaba de sus propias mi- serias. Y cuando lafilosofíaplatónica llegó á reconocer como primer motor una substancia inteligente, el alma de Cicerón, que puede llamarse el lirillanlc cre- púsculo del Cristianismo, llegó á formarse la idea de un ser purami'nleespmlual y eterno. Nec vero Deus ipse qui inlclhgilur a uolns alia modo uilcUcyi potes!} msi mens soluta queedam et libera, segrególa ab omni concrelione morluli, omnia sen- tiens et movens ipsaque predila molu sempiterno. Parece que, dado este importante paso, poco le faltaba á la inteligencia hu- mana para remontarse á lo menos muy aproximadamente á la verdadera idea de Dios. Sin embargo, parece que Dios se reservaba el revelar por sí mismo el co- nocimiento positivo de sus atributos divinos, al que no podia alcanzar por mas (jue forcejase la sola razón del hombre ; y desde que Platón , el fundador de la primera Academia, llamado el divino, se elevó hasta el conocimiento de una inte- ligencia, no dio un paso mas la investigación de los filósofos. Toda la impiedad pues que se observa en las obras de los antiguos dimana de que no tenían por ob- jeto el verdadero Dios, sino la idea quimérica que en su lugar substituían. ¿Qué me dice pues la palabra revelada por Dios y reveladora de su Esencia suprema? Que solo Dios es, en el sentido eminente de esta palabra. Todos los de- más seres participan en algún modo de ser, es decir, hay un momento en que no existían, otro en que existen, y otro en que pueden no existir. Todos los demás seres no son sino una sucesión de sustancias, de formas, de movimientos, de sen- timientos, de ideas. El universo entero se compone de esta succesion, y no es otra cosa que un grande hecho, un gran acontecimiento. Aclaremos mas la sublimidad magnífica de esta idea , única que explica la grandeza de Dios y sus relaciones con los hombres. Dios es el Ser por excelencia, y siendo el Criador , se llama á sí mismo oculto, Deus abscondüus, pero que es y existe en todas partes : ocullo en el mundo intelectual, donde es, y se hace conocer con el nombre de Verdad: en el mundo físico, donde es y se dá á cono- cer con el nombre de Causa: en el mundo moral ó social, donde es y se hace conocer con el nombre de Attloridad: en el fondo mismo de nuestros corazones LA SANTÍSIMA THIMDAl). ,'í donde es y se hace sentir por la inmensidad de nuestros deseos y la insacíabi- lidad de nuestras esperanzas. S. Pablo confirma y explica con su acostumbrada profundidad la exactitud de esta idea cuando dice: in ipso vivimus, movemur el sumus. En él vivimos, porque es fuente del Ser y Padre de la vida: en él nos movemos porque es el único motor, ó primer autor del movimiento: en él somos y estamos, porque es la fuente de la existencia, y nada existe sino lo que él produce y conserva. Hecha esta sencilla exposición del dogma católico por lo que toca á la exis- tencia de la Divinidad, yá sus relaciones con lo criado, pasemos ahora á la difi- cultad de representar esta grande idea bajo formas sensibles. Yeamos como el arte se encargó de materializar, digámoslo así, lo mas abstracto y sublime á que al- canzar puede toda inteligencia, y reducir dentro el círculo estrecho de una ima- gen lo que es por su esencia infinito é inmensurable. Y sin embargo, convenia que el arte se apoderase de esta grande idea, y que el pincel, aunque temblan- do de respeto, se atreviese á presentar á los ojos del hombre la augusta per- sonalidad de Dios. Convenia en el orden moral que las representaciones sensi- bles de la Divinidad, á pesar de toda su imperfección, fijasen á los ojos groseros de los pueblos la idea cardinal de la personalidad divina, para establecer, para vulgarizar, si se quiere, el dogma fundamental de la distinción entre el Criador y la criatura, contra las funestas tendencias del panteísmo que aspiraba ¿confun- dirlo , de ese panteísmo que ha ocupado todas las regiones no ilustradas por la revelación, ya antes, ya después del Cristianismo, bajo la forma mística é idealista en todo el Oriente, bajo la formafilosóficay mitológica en todo el Occidente del mundo antiguo, y después del Cristianismo bajo la forma dogmática en todas las herejías que se lian sucedido. Probado está que el arte cristiano estaba fundado sobre el realismo y la historia, y no obstante todos los monumentos conservados de la Iglesia primi- tiva están cubiertos de representaciones simbólicas. Y es la razón porque la Igle- sia de aquel tiempo no está aun en su complemento, y se halla todavía impreg- nada del carácter de iniciación de los cultos antiguos. Ocúltase allí la doctrina bajo mil velos; parece que Jehová continua en sustraer su faz por temor de que su pueblo no muera, y realmente la faz de Jehová no podía ser representada bajo ninguna forma sensible , solo se podia oir su voz al través del estampido formidable del trueno. Esta época representa en cierto modo al Padre misterioso de los siglos, retirado é inaccesible en su santuario eterno, dejando, como se vé en las pinturas de entonces, salir del seno de una espesa nube su mano omni- potente para presentar á los hombres el rollo de la nueva ley, mientras que el Cordero sin mancha yace tendido debajo de la Cruz, rodeado de ovejas que re- presentan las Iglesias. Mas donde quiera el amor y i¡i esperanza han reemplazado al temor; la in- 4 I.A SANTÍSIMA TR1MDA1). molacion quieta y espontánea de sí mismo resalta en todos los geroglílicos con- sagrados á pintar el triunfo de los mártires. Y muy diversos estos caracteres de los oscuros y vacilantes de la antigüedad, permanecen fijos en una idea vastay luminosa: son una escritura que habla sin embozo al pensamiento ó al corazón: Los geroglílicos cristianos penetran ya poderosamente, á lo menos por el deseo del artista, en el idealismo de lo bello. Animados por una espresion apasionada no son ya un simple lenguaje , una misteriosa profecía. Difieren además de los símbolos antiguos en que descansan subm sucesos liislnrininienli' cumplidos, no ya sobre mitos, ó bien recuerdan punilmlasi'xcliisivamnid1 nmmles: [HIOS la pará- bola ó alegoría es la idea ya desarrollada, el símbolo pasado de la inercia al es- tado de animación. Pueden distinguirse en aquella edad dos especies de alegorías: las unas puras y absolutas, las otras históricas, tomadas ora de losdosTestamcnlos del puoblo escogido, ora de la gentilidad y de las tradiciones generales de la sibidiiría délos pueblos. Sobre estas alegorías, puros emblemas las unas, las olías junas his- torias, Severano ha hecho investigaciones profundas que llenan los dos libros por él añadidos á la Roma subterránea de Aringhi, líoldetti y Ciampini que han ilus- trado nuevamente jestas cuestiones, así como Buonarotli, Iiartoli, d'Agincourl, Marangoni, el P. Kirker etc., y, en fin, un obispo danés Muntcr lia reasumido en su libro todos estos trabajos. El demostrar por medio de los monumentos del diseño que la primitiva Igle- sia se expresó al principio por geroglíficos, modo análogo al del antiguo Egipto, es un hecho asaz curioso por sí mismo para dejar de llamar la atención del ob- servador. Esto prueba que la humanidad, dadas las mismas condiciones, obra siempre de una misma manera, pero dirigiendo cada vez el vuelo mas elevado; de suerte que el arte moderno sigue absolutamente los mismos períodos que el antiguo, y que su doblo historia podría tratarse paralelamente. Mas considerados dogmáticamente estos geroglíficos y como medios para probar por las lápidas mismas la inmutabilidad de nuestras creencias y la integridad de nuestras tradi- ciones desde los siglos apostólicos, obtienen un nuevo grado de importancia, y bajo este respeto interesan á la misma Iglesia. Y dejando el análisis de los innumerables que se ofrecen, fijémonos única- mente en el del cuadro que nos ocupa. Desde luego se echa de ver que la repre- sentación de la Divinidad tal cual la concibe y ensefía el Cristianismo, no podía apoyarse en ninguno de los hechos históricos que sin apartarse de la realidad abren al artista el campo indefinido de lo verosímil. El Dios escondido, el Dios invisible, el Dios Espíritu no podia ni debia quedar circunscrito á formas de capri- cho; y la Unidad suprema, encerrando una Trinidad adorable debia encontrar en lo ideal sublime un digno emblema de su majestad augusta. Todo el mundo conoce la trinidad indiana, Brama, Vishnou y Siva, la del filósofo chino Lao-tsen, la I.A SANTÍSIMA TRINIDAD. 5 de Platón, el oscuro myto de los helenos sobre Júpiter, Neptuno y Pluton, la triada druídica y la de los Escandivanos. Mas como todos estos mytos no son sino aberraciones desfiguradas de las verdades primitivas, era preciso representar á la Divinidad una en su triple personalidad, sin el menor resabio de los dos grandes errores que se opusieron á la verdad de aquel augusto dogma. Menester era fijar, aun que fuese bajo formas sensibles ii rcprcsi-ntiilivas. la idea ortodoxa de la Trinidad, en contraposición al Trimourtiik los indios \ ¡'i ];i Triüdudr l'hilon. del cual dista tanto la Trinidad cristiana como la luz de las tinieblas. Menester era no separarse de lo que el mismo Dios inspiró en los Sagrados Libros. El An- tiguo Testamento presenta los tres ángeles que aparecieron á Abrahan, y que son generalmrrile mirados como una revelación de la Triada divina. T'na multi- tud de copas eximidas de las catacumbas CON pinturas solireesnialle/cpivsentando tres hombres sentados ¡i un banquete, ¿no harían alusión ¡il rmwile dado por el padre del judaismo á los tres celestes enviados? Sea de esto lo que fuere, este símbolo abandonado poco á poco con la Iglesia de occidente, conservó en la Iglesia oriental toda su imporlannu prirniüva; y puede aun añadirse que en Ru- sia esta es la manera mas ordinaria de figurar la Trinidad. Las iglesias de Mos- cou presentan una multitud de pinturas antiguas y modernas en que tres jóvenes ángeles exactamente iguales están sentados en una mesa redonda bajo la tienda de Abrahan, mientras que de uno y otro lado el patriarca y su mujer llevan platos á los huéspedes misteriosos. Sobre los sarcófagos mas antiguos del cristianismo la Trinidad se halla á veces expresada simplemente por un triángulo equilátero, pero siempre grabado muy pequeño, y fuera de esto se encuentra muy raramente. Conocíase sin em- bargo que este vago geroglíQco no expresaba lo bastante el objeto, y por esto el obispo de Ñola Paulino canta en tono de triunfo: Pleno coruscat Trinüas mysterio : Stat Christus agnus, vox Patris catlo tonal, El per columbam Spiritus Sanctus fluit. Y en otra parte añade : Cruce sub sanguínea niveo stat Christus in aguo, Álüe quera placida sanctus perfundil hiantem Spiritus, et rutila Genitor de nube coronal. Así el Padre se manifestó ante todo por una mano de donde desciende la corona, ó por un rayo que sale de una nube pacífica en lugar de los diseños del rayo y de relámpagos que anunciaban al Júpiter helénico. Veso al Verbo en la figura de un cordero blanco como la nieve yaciendo debajo la cruz de un color O U SA>TÍSIM\ THIMDAl.. de sangre, y el soplo con que el espíritu de amor ¡luyó por la paloma. Tal se presentó en su origen la ctemal Triada. Mas cuando los bárbaros hubieron traído consigo la anarquía social , y las serlas gnóstiea y maniquea de Alejandría y de la Grecia hubieron arrojado al Occidente el veneno de sus doctrinas, viéronse aparecer representaciones mons- truosas dignas de las pagodas de la India. El P. Interian de Ayala en su Pídor chrislianus erttdiltis menciona pinturas, que pretendiendo referirse á las mas sanas tradiciones figuraban la Trinidad con una cabeza de tres caras, y Belar- mino cita otros artistas que osaron imaginarse y diseñar la Trinidad por un hom- bre con dos cabezas teniendo entre ellas una paloma, lo cual, aüade, sirvió de pretexto á los ministros húngaros, para declamar contra tan augusto misterio, suponiéndole emanado de los Geriones y de los Janos trifrontesy de otros mons- truos ó ídolos detestables del anticuo politeísmo. A tal fatal extremo conduce la degradación y la ailnllenieion ilcl arle! Asi una fantasía ridicula y destemplada llegó á viciar hasta con profanación impía el eterna) tipo de toda belleza y majestad! Juan Gerson en uno de sus discursos declama igualmente contra una Virgen que se veneraba en su tiempo en París, j que llevaba la Trinidad en su seno, como si hubiese dada á luz las tres Personas á semejanza de aquella diosa Na- tura madre de lodos los dioses en el panteísmo oriental. Cuando los padres de la Iglesia latina hubieron condenado con su anatema aquellas caprichosas imágenes, el genio simbólico hizo un postrer esfuerzo , y figuró por algún liempo al Padre , al Hijo y al Espíritu Santo como tres hom- bres con la raheza. el talle \ el cuerpo exaclanienle iguales. Pero este símbolo, aunque no adolece de lo absurdo de los primeros , y representa la igualdad y coeternidad de las tres divinas Personas, no marca ni el carácter ni el distintivo de cada una. Asi es que desapareció también este símbolo, y la edad media vino entonces á idealizar la Trinidad bajo un nuevo aspecto, representando al Padre como ponlílice cierno, el cual, teniendo en su seno la paloma sostiene en sus brazos la cruz en que está clavado el Hijo. Y esta representación, llena de una fdosofía profunda, ha quedado la mas popular. Algunas veces el Padre sostiene con ambas manos el cuerpo adorable y exánime del Hijo, y sobre los dos figura la misteriosa y radiante paloma. Y como algunos piadosos críticos hayan indi- cado la presentación del Cuerpo muerto de Jesucristo en la representación de la Trinidad \ivienle, el arle parece haber puesto el sello á la perfección del cuadro divino tal como se nos ofrece en esta colección , copia del que trazó -el inmortal Rubens. El Padre, como el Anciano de días, como aquel de quien dijo el estático profeta Vi al Señor sentado ni un solio sublime y elevado, mostrando en su frente toda la majestad de los aíios eternos, ocupa el trono y empuña el cetro , los dos emblemas mas altos de ¡;i auloridad \ del poder de que leñemos idea acá en la LA SAMÍSIMA TUIN11UI). 7 tierra. Los pliegues de su ropaje ondean en el espacio, y ;i|>o\a su [llanta sobre 'ese globo tan ingrato como querido, átomo privilegiado en la ¡nmrnsklad de sus dominios. Su faz radiante de gloria es digna de un Dios. A su diestra su Unigénito revestido con el manto de la humanidad, después de haberse hecho víctima volun- taria por ella respira un aire mas dulce y no menos majestuoso, y sosteniendo, con su derecha el instrumento en que consumó su sacrificio como á Hombre Dios, y mostrando las cinco llagas resplandecientes, lija sus tiernas miradas en el Padre como clamando: misericordia! Sus pies se apoyan también sobre la tierra redimida y suspendida en los espacios entre celajes de nubes y resplandores de gloria, y rodeada de espíritus puros y fieles que son ministros del Altísimo esparcidos por la creación. Sobre el Padre y el Hijo y en el foco de un círculo de luz purísima aparece la paloma que se dejó ver en el cielo abierto sobre el Jordán y descendió viva llama sobre el cenáculo, fuego y candor, inocencia y amor á un tiempo mis- mo. En este cuadro sublime brillan los principales atributos de Dios, el poder y la misericordia, la inmensidad y el amor. Su trono es una llama de fuego, y sus rue- das fuego encendido, y millares de millares le servían y millones de millones le asistían. Esta triple figura de la Anidad divina encierra todos los encumbrados misterios de nuestra fe, en la eleinidad y en el tiempo, las grandezas de Dios, la creación del mundo inocente y la del mundo regenerado, los triunfos del Yerbo sobre el pecado y la muerte, los prodigios del Espíritu Dios, y hasta se trasluce ia última venida del Hijo para juzgar el mundo lleno de gloria y majestad. Mágico en el efecto del colorido es este grupo sorprendente, y los vestidos al paso que lijeros y abundantes presentan en su corte y en sus contornos una per- fecta ejecución. El tono luminoso del cuadro trazado por mano maestra respira un cierto aire de sencillez magnífica que impone y encanta á la vez, y la gloria celeste de que está rodeada la paloma deslumhra en algún modo la vista del espectador. Por sobre la tierra volatean en una especie de penumbra tres ánge- les , los mas graciosos quizás que hayan salido del pincel de Rubens, y sobre de ellos el Cristo con la cruz y el Padre con su cetro. En concepto de algunos , si bien la expresión del cuadro es noble y digna , con todo la idea religiosa y la inspiración divina dejan algo que desear en aquellas formas por demasiado ma- cizas, ó como de un carácter particular á los pintores flamencos, carácter muy distinto por cierto del de la escuela italiana. Es muy difícil el conciliar la majestad del diseno con aquella esbelteza de formas que en las creaciones puramente idea- les tanto contribuye á la gracia y á la hermosura del conjunto. Tal es el cuadro que ha dado pié á nuestras sucintas observaciones. Pero el artista que con el cincel ó el buril en la mano ha de acometer una empresa cuya ejecución raya casi con Uv imposible, cuando se le ha confiado el reducir á for- mas sensibles y circunscritas la representación de lo que no tiene límites en el tiempo ni en el espacio, ¿que es lo que preguntará á su genio? ¿qué le pedirá á S LA SANTÍSIMA TRINIDAD. su fantasía ? Entonces es cuando ha de buscar las inspiraciones en lo mas pro- fundo de su corazón; entonces es cuando la convicción mas íntima, la mas infle- xible creencia haríi brotar en el fondo de su alma la idea luminosa , la imagen inspirada. Entonces la Divinidad misma se revelará hasta cierto punto al genio que le invoca , y le hará encontrar en el mundo sensible algún tipo que corres- ponda al mundo espiritual. Vamos á reducir á breves rasgos lo que mas nos ha impresionado en este gran misterio que vela á nuestras débiles miradas la Esen- cia divina , el Sol de las inteligencias, porque sin la secreta iniciación en la fe' es imposible á la mas sutil facundia el reducir á imágenes aunque sean de pura alusión los arcanos de los seres invisibles. Al hombre le queda la razón para rendirla y sujetarla á la Divinidad como un tributo digno de una criatura inteligente. El velo que oculta á sus ojos el mas in- sondable de los arcanos es inaccesible. Dios reserva para premio de los que creen el revelarse á sí mismo, y la intuición de la Suprema Esencia será la corona mas bella de la sumisión del pensamiento á las verdades ocultas de la fé. El que cree sin ver, verá después de haber creído. Sin embargo, por poco que reflexione la razón sobre sí misma, verá en ella y en todo el orden moral del universo las huellas de la esencia de Dios en todo lo que es obra de sus manos y traslucirá tras el opaco velo del misterio las muestras brillantes de lo revelado. Aunque el pensamiento del hombre se haya remontado como un águila hasta el trono de la Divinidad, pero deslumhrado con sus rayos eternos, no haya podido penetrar en el augusto celaje que oculta la faz de Dios á los ojos du los mortales, ha observado no obstante, que Dios uno dijo al principio de los tiempos: Hágase la luz, y la luz fue hecha, y que Dios trino dijo antes de criar al hombre: Hagámosle á nuestra imagen y semejanza. Y arrojando este mis- mo hombre una mirada sobre sí mismo, ha visto la acción de su propio espíritu triplicada, por decirlo así, en tres potencias principales y distintas que abrazan la unidad de su ser: la libertad ó el poder que ejerce sobre sí propio, la inteligencia que tiene para conocer, y ese amor que le arrastra irresistiblemente hacia el bien y que procede de la combinación de su libertad y de su inteligencia. Ha notado que el mundo moral descansa en cierto modo sobre un triángulo de fuerzas ó de elementos que obran como emanación de la fuerza suprema, ó impelidas por el soberano Motor de todo lo criado: el poder, fuente de toda existencia, la sabiduría que procede en el orden providencial, y el amor que comunica alma y vida á todo lo existente. Estas no son mas que imágenesimperfectas de la Divina Esencia, pero nos revelan la posibilidad de lo incomprehensible, la verdad de lo revelado, y nos des- cubren la insensatez de negar sin comprender. Desde que Dios Hijo, revestido de nuestra carne, consumó el sacrificio de sí mismo para concillarnos con Dios Padre, y descendió el Dios Espíritu Santo para abrasar la tierra en su amor, no pode- LA SANTÍSIMA TIIIMDAI). 9 mos ya dudar de la unidad en la Esencia y trinidad en las Personas. En nombre de las tres divinas Personas entramos en el mundo espiritual y regenerado, se nos aplican los méritos de la sangre de Jesucristo, y llueven sobre nosotros las ben- diciones del üielo. «Dios, decia Tertuliano a los perseguidores de Jesucristo, lia creado al mundo por su palabra, su razón y su poder. Vuestros mismos filósofos convienen en que fagos que es el ferio es la razón, esto es, el Criador del Uni- verso. Los cristianos solo añaden que la propia sustancia del verbo y la razón, esto es, la substancia por lo que Dios lo lia producido todo, es espíritu; que este verbo ó esta palabra ha debido ser pronunciada por Dios; que Dios habiéndola pronunciado, la engendró, y que de consiguiente él es //¿jo de Dios, y Dios a causa de la unidad de su substancia. Aunque el sol prolongue un rayo, no se se- para su substancia sino que se extiende. De ese modo el Verbo es espíritu de un espíritu y Dios de Dios, como una luz encendida con otra. Así lo que procede de Dios es Dios y los dos con su espíritu no componen mas que uno; se diferencia en propiedad, no en número; se distingue en órclen, no en naturaleza, el hijo lia sa- lido de su principio sin dejarle. Este rayo de Dios bajó al seno de una virgen, se revistió de carne, se hizo hombre sin dejar de ser Dios. Esta carne sostenida por el espíritu, se alimenta, crece, habla, enseña y obra, Este es Cristo.» Hasta aquí el sublime Tertuliano. El Espirita Dios descendió después para completar la obra del Hijo vuelto al seno del Padre: y los siglos que salieron como un torrente de gloria del seno del poder, y los mundos que cantan las alabanzas del Excelso, armonizados por la sabiduría y la inteligencia que suspiran atraídas hacia el divino centro por la fuer- za inefable del amor forman este triángulo admiralllc, tiempo, espacio, ó inteli- gencia, que salido de Dios tres veces santo, volverá á confundirse en los abismos insondables de la eternidad. Aun II)¡IS¿(|IUTHS mirar al soldé hilo en hito, y sondear con vuestro débil ojo el foco inmenso de su luz? Observadle mas bien en ios otros cuerpos en que refle- jan sus rayos: de otro modo vuestra vista quedará obscurecida en el abismo de su resplandor. La Divinidad es el grande sol de todo el universo criado, y las inte- ligencias limitadas solo pueden observarle en sus reflejos y miranio temblando por entre oh rinde la Ir. Dios no seria Dios si mi fuese ¡rinwiprensilile. Ncjiar pues su incomprehensibilidad es negar su misma esencia. La luz oprimiría al pensamiento temerario que osase lijarse en ella. Dios es infinito con su simplicidad y en su fecundidad principio que se conoce á sí mismo y se ama, única substancia divina, y á un tiempo, principio, ó paternidad, filiación y procedencia, til conocimiento no es el principio: el amor no es el conocimiento: principio, conocimiento y amor son tres personas y una sola substancia. El principio es el Padre, el conocimiento, que existe substancial y eternamente del Padre, es el Hijo: el amor, que existe líí LA SAVTÍSIMA TRINIDAD. substancial y eternamente en el Padre y en el Hijo, es el Espíritu Santo. Ved ahí en Dios, unidad y trinidad sin contradicción alguna. Si apartando los ojos con respeto de la faz fulgurante de la Divinidad, la bus- camos reflejada en todo el universo físico y moral, y aun la contemplamos refle- jada en nosotros mismos, como hemos indicado, la hallaremos dulcemente obrando con su acción omnipotente y benéfica y la percibiremos simbolizada por todas par- tes con la triple fuerza de su poder, de su sabiduría y de su amor. Ella, esa Divinidad que vivía en sí misma desde la eternidad, quiso estender su omnipotencia en el tiempo, fecundando la nada con su palabra, y produciendo la inmensidad de los espacios que llena con su propia inmensidad: ella formó en diversos períodos ese globo que habitamos, armonizando los elementos, cuando el Espíritu del Señor se cernía sobre las aguas, Ella formó al hombre á su ima- gen, imagen maravillosa que refleja al poder divino en su libertad, la sabiduría en su pensamiento y el amor en su voluntad. Ese Dios es el que hizo adorar á su Yerbo por las puras y sublimes inteligencias, el que prometió su Yerbo al hom- bre caido para repararle ; y ese Yerbo-Hombre consubstancial al Padre, es el que promete y envia su Espíritu para abrasar la tierra en amorosa y divina llama. Así es como la Iglesia en su economía sublime del mundo espiritual, después de haber celebrado los altos y adorables misterios de la redención humana, en la que Dios Hijo reconcilia con Dios Padre el mundo culpable, y envia a Dios Espí- ritu Santo para fecundar la tierra en la gracia y en la verdad, adora poco después á Dios en sus tres divinas Personas, en un misterio insondable y augusto ante el cual la razón se confunde abismada como un átomo en su nada , y el corazón se place con la esperanza de una intuición mas clara de esa Triada encerrada en la Unidad esencial de Dios. Arrojando entretanto una mirada por los ámbitos creados, se goza en reconocer donde quiera la marca augusta de esta velada y viviente Divinidad, ya en esa omnipotencia que arrojó millones de mundos en el espacio como polvo resplandeciente, ya en esta inteligencia suprema que ordena y armoniza los átomos con los soles en el ámbito inmensurable de lo rrimlo, ya en ese amoroso concierto con que la creación alza á su autor el himno mudo de su sumisión y de su reconocimiento. La inteligencia se elevaen alas de la fe hasta la región de lo infinito, en cuyo fondo resplandece la Unidad de Dios en su Tri- nidad inapeable. La misma magnitud el misterio nos presta ocasión para un ho- meniíje sublime, ynuestravoz forma coro con la de los puros espíritus que al son de sus harpas inmortales repiten sin cesar sus himnos al tres veces Santo. Yfijándonosahora en cada una de las Tres Personas divinas conforme nos lo propone el dogma católico , podemos aplicar á Dios Padre como á principio todos los alriliutos qne se atribuyen á Dios como l'nidad Suprema y que son aplicables en igual grado á las Tres Personas. Mas como el Hijo Im tenido mas contado con nuestra naturaleza porque se revistió de ella ; puede decirse que la razón humana, I.A SANTÍSIMA TKIMDAI). 11 sin por esto comprenderle, contempla mas de cerca sus atributos como Dios-Hom- bre, y por razón de su Encarnación adorable , le es lícito mirarle mas de cerca. Qué es el Verbo'? Toda la filosofía, toda la religión esián en él. I-I Yerbo es la sabiduría de Dios, y es fácil el probarlo por dos grandes eonsideraeiimes: la pri- mera, porque Dios todo lo ha criado, toda lo ha ordenado en csfe mundo por el Yer- bo ; la segunda, porque el Verbo ha sido el medio que Dios mismo ha escogido para reconciliarse con el mundo. Por él todo lo ha criado, y por él todo lo ha reparado. El Verbo estaba en ol inundo , pero el mundo no le comprendía, bien que su nombre se haltia nmsenadn cnlre los hombres. Tertuliano dice formalmente á los paganos, que susfilósofosllamaban al Criador del mundo el Verbo, la palabra, la razón. En efecto, Platón, hablando de la creación del mundo, reconoció un Yerbo, una idea, un modelo de lo que Dios quería hacer, modelo realizado en la creación. Tales son los vestigios de aquella gran verdad consignada en los libros de los judíos, y revelada mas (arde.al universo por el discípulo amado de Jesús, lil rey profeta había oido de la boca de Dios aquellas palabras misteriosas: « Tu eres mi hijo, yo te engendré antes de la aurora.» «¿Quién es el que brilla en lo mas ele- vado de los cielos por su poder y desciende de allí incesantemente ? había dicho Salomón, hijo de David, ¿ cuál es su nombre y cuál es el nombre de su hijo, si le sabéis?» Este hijo es el Verbo, es la razón , es la sabiduría. Para los hebreos el Verbo no era solamente una ¡dea, un concepto del pensa- miento , sino un ser subsistente , eterno, animado, lo que los cristianos han lla- mado una apoteosis, la imagen , la idea original sobre la cual fueron formados todos los seres. El Verbo, dice S. Pablo, es el esplendor de la gloria de Dios y el carácter de su substancia, y todo lo sostiene por el poder de su ]>alabra. Y S. Juan , á quien el Espíritu Santo nos representa bajo la forma de un águila misteriosa, S. Juan en su Evangelio, que puede llamarse el Evangelio del Verbo , nos declara que hay en Dios un Verbo, que este Verbo es de toda eternidad ; que es de Dios; que todas las criaturas le deben la vida , y la luz de todo hombre que viene al mundo. San Ignacio dice de Jesucristo que es el Yerbo eterno del Padre. S. Clemente le llama , como S. Pablo , el esplendor de la majestad divina. Ante todas cosas, dice Tertuliano, Dios en su soledad hiislálnise á sí mismo , Dios era su mundo, su lugar y su todo , pues nada había fuera de él. Ifien que él no era solo, pues había en él lo que era en él, su razón , su palabra, su Verbo. Desde el ángel hasta el gusano, exclama S. Agustín, (odo ha sido hecho por el Verbo de Dios. El símbolo de los cristianos llama al Yerbo, Dios de Dios y luz de luz. Todo pues nos declara que el Yerbo procede de toda eternidad de su Padre como el ra;o procede del sol sin separarse de él. Todo lo que tiene mi Padre es mió, ha dicho el mismo Yerbo encarnado: mi Padre y yo somos una misma cosa. Cuan- do una mano enemiga vino á desfigurar el mundo criado por el Yerbo, ¿quién 12 LA SANTÍSIMA TltlNIJJAl). reparará esta gran mina? Será también el Verbo, pero el Verbo encarnado. La naturaleza humana se ennoblecerá por su unión con la naturaleza divina, y en el misterio de la Encarnación que encierra la mayor intimidad con la mayor sepa- ración posible entre la criatura y el tinador volvemos á encontrar entera la razón de Dios, el plan de la creación. la reparación , la aclaración de la obscuridad (pie ha cerrado ala luz los ojos de los hombres corrompidos. Y corno Indi» se h;i he- cho por el Verbo, y nada se hizo sin él, el Yerbo en su Encarnación hade explicar lodos los designios de Dios ; y este divino misterio lia de llenar ludo el ¡Hiérvalo entre Dios y el hombre. Para explicar el secreto de la especio ci oí i de los ángeles, dice t>\ Oisóslmno, que después de la creación delosespírihrscHcsIes, les propuso Dios el gran rnisle- riodela Encarnación del Verbo, y que pronunció estas palabras repelidas por San Pablo: Adórenle todos los ángeles! Los líeles como Miguel se sometieron , los rebeldes dominados por el orgullo fueron sepultados en los abismos eternos. Déjase conocer que Dios, habiendo criado el espíritu y la materia, quiso que un ser, materia y espíritu á la vez , fuese como el pontífice de toda la creación , y que para enlazar con su propia esencia todo el universo, quiso unirse á un ser á la vez espíritu y materia, á íin de que las naturalezas material, espiritual y divina quedasen, por decirlo así, consumadas en la unidad y en la gloria. Pero para re- parar la ruina causada en el género humano por la envidia de Satán fueron me- nester prodigios mayores que los de la creación. Y explicando el profundo Pablo Jn Encarnación , dice que este se verificó á fin de regenerar todas las cosas en los cielos y en la tierra. Así el Amor divino no ha solamentente regenerado nuestra tierra por la Encarnación, sino que ha divinado , por decirlo así, el universo ma- terial , y todas las criaturas que no tenian ya mas pontífice ni mediador entre ellas y Dios. Dios no era conocido al principio sino por su Verbo , su razón, su sabiduría. El temor no estaba en parte alguna, y no se oia en toda la creación sino un himno de reconocimiento y de amor. Satán caido y el hombre arrastrado por él abrieron abismos de justicia y de dolor; el cielo y la tierra temblaron; la cólera pareció que reemplazaba al amor en la inmensidad de los cielos. Reinó , dice el Apoca- lipsis , un grande silencio en el cielo. Consideremos el vacío inmenso que se ha- llaba en la obra de Dios cuando los ángeles salieron del cielo y el arcángel pre- guntó : ¿Quién como Dios? Este vacío debía llenarle el hombre , y el hombre cayó á su vez. Después de la expulsión del paraíso y perdidas para siempre la in- mortalidad y las delicias, ni los mismos ángeles eran bastante puros delante de Dios. Ved el espanto de la naturaleza humana delante de la naturaleza divina, aquellas crueles expianimes. aquellos sacriliríos t|iie aterrorizaron la tierra, aque- lla sangre que cslá rlaniaiido ipu- una ofensa terrible separa el hombre de Dios. Las i'ábulas mas absurdas, los cultos mas infames degradan la razón humana LA SANTÍSIMA TItIMDAIi. [,'( abandonada á lodos los errores, A todas las depravaciones del espíritu y de los sentidos. La ignorancia , la barbarie, la esclavitud cubren la tierra. Así decían los filósofos [ílülóiiicos i|iie la rialuraleza divina no ora accesible á los hombres, \ que nueslnis súplicas no pcnetralun hasta ella. Lucivcio escripia que (>l temor íiahia furmado los dioses, \ que el hombre habia sido echado al acaso y desnudo sobre la tierra también desnuda, miserable juegúete de los dioses , que al criarle no habían hecho sino dar una alma al dolor. ¿ Cómo horrar aquel terror causado por el Querubín armado de una espada de fuego , y por los rayos del Sinai ? ¿ Cómo destruir esta objeccion que se présenla al pensamiento del hombre , cuando se le dice que el hombre quiere adorar á Dios? ¿(jué queréis que sea yo á los ojos de Dios inmenso , infinito ? No picnsaconmigo, ¿que necesidad tiene de mi adoración? Dios no ha hablado al hombro, dice el incrédulo. La palabra de Dios se hizo carne, responde el cristiano , y habitó entre nosotros, y vimos su gloria como á Unigé- nito del Padre lleno de gracia y de verdad. El Yerbo pues vino al mundo , y Dios escribió su ley en su mismo Yerbo , y la naturaleza divina sejialla restablecida en el hombre desde que el Verbo, la razón de Dios nació infante en un pesebre. Yed ahí pues las grandes y esenciales verdades que jian de estar en la mente del artista al trazar la representación del augusto misterio. El lector nos disimulará el que en una obrado recreo le hayamos hecho recorrer algún tanto las regiones encumbradas de la ciencia, bien que hayamos procurado ser mas filósofos que teólogas, pero este era un tributo indispensable que debíamos pagar á la materia que se nos había confiado. Detengámonos un momento acerca el símbolo con que suele representársela tercera Persona de la Augusta Trinidad. No se lia desdeñado la Dhinidml misma de ser simbolizada bajo la figura de ciprios animales que, ó por la nobleza de su condición ó por la dulzura y mansedumbre de su carácter, se distinguen en esta escala inferior de la creación animada. Así que venios en el Testamento Antiguo comparado el Jehová de los hebreos, el Dios terrible del Sinaí al león rugente de Judá, cuando el rostro del Señor de los ejércitos lanzaba aun rayos de indignación antes de haberse reconciliado el cielo con la tierra. Y en el Testamento Nuevo, ley de amor y de misericordia, leemos en el estático de Palmos llamar Cordero al Yerbo mismo en estado de víctima, porque la mansedumbre del Cordero , al cual había comparado ya el Hombre-Dios en sus tormentos el profeta Isaías, es el tipo mas aproposito entre todos los seres vivientes para representar la mansedumbre del Verbo humanado en el estado de sacrificio. Así, pues, cuando el historiador sagrado nos describe la escena inagn ífica que apareció sobre el Jordán , cuando el Padre y el Espíriln Sanio dieron testimonio sensible de la Divinidad del Hijo humanado , dejo consignadas estas palabras: «Y bajó el Espíritu Santo sobre él en figura corporal como de paloma» Y aunque cuando descendió al cenáculo no espresa el sacro texto que apareciese en figura 14 I.A SANTÍSIMA TK1M1DAD. de paloma, ron todo, apoyado el arte en la aparición del Jordán, no Itadudadoen simbolizarle del mismo modo, haciéndole despedir las lenguas de fuego con que se comunicó visiblemente á los que allí se hallaban escogidos para transformar el mundo. La paloma, pues, es el símbolo de la dulzura, de la simplicidad , de la pureza y del tierno gemido, la cual vino á posar sobre la cabeza misma de Jesu- cristo , y entonces fue cuando se oyó la voz del Padre en que le llamó Hijo amado y objeto de sus complacencias. ¡Qué testimonio tan brillante dado á la divinidad del Verbo encarnado por las otras dos personas de la Trinidad adorable! No siempre se representa al Santo Espíritu en Ogura de paloma; y aunque esta es la mas común representación de la Tercera Persona, alguna vez la hemos visto en figura humana, como las otras dos, y no vemos motivo para condenar seme- jante representación , supuesto que el Padre también así se representa. Advirtamos sin embargo que en el símbolo nías generalmente admitido de la paloma, el artista no tiene que formular en su funlasia el nnácler y la expresión que corresponde al personaje divino que completa el Trino inefable , y todo queda reducido á la .sen- cilla pinturade aquel emblema animado de mansedumbre y de candor. Pero si le reviste de formas humanas, tiene que buscar en el alto alcázar de la ciencia la ex- presión mas adecuada á la persona que quiere representar. Hasta el ropaje, el gesto, los atributos que le corresponden todo lia de ser creación del genio circunscrito á los sublimes documentos de la mas encumbrada teología. La pintura de que nos ocupamos nos exime de entrar en mas detalles sobre el particular, pues el inmor- tal Rubens no se separó de la idea evangélica pintando la paloma. El poeta, lo mismo que el pintor, ha de dar cuerpo, por decirlo así, á cada una de las tres divinas Personas cuando traza sus figuras con los rasgos sublimes de su imaginación. El secreto del arte consiste en saber ser libre é indefinido en estos rasgos, sin traspasar empero la línea trazada por la fé. Así es como otro Rubens del pensamiento apostrofa así á la Divinidad en su Tercera Persona: «Tú no duermes , soplo de vida, pues que el universo siempre vive! tu santo aliento vivifica los días primeros y los últimos ! Tú eres el que respondiste al Yerbo que te nombra. Cuando el mudo caos palpitó estremecido como aquel á quien des- pierta y sobresalta una voz poderosa, tu entonces, agitándote sobre la inerta materia, repetiste en los cielos la palabra primera y desplegaste la luz como un tapiz azulado bajo las plañías de] Allisiino! Gm tu virlud hicisle cmiiprender y amar el designio de la [lalabni di\ina. Hiciste subir y bajar ¡il Verbo i¡ue se ex- tendió por la inmensidad de los espacios. Tu cundensasle los aires, lu equilibraste las nubes , tu sondeaste las sendas desconocidas de los soles, tu hiciste girar al cielo sobre el eje inmortal. Como una guia avanzada en una senda de tinieblas, diste forma y vida á todo ser creado. y al trazar Dios su camino á la ciega natu- raleza , tu umrcliabas (leíanle de él! Mas tu no guardas siempre las mismas for- mas á sus divinos ojos. Todas las lomas , ó sabiduría increada, á fin de darle ma- LA SANTÍSIMA TR1MDAI). 15 yor gloria. Tan presto brisa apacible y ráfaga suave de luz, tan presto tempestad y rayo, sonido ya terrible ya lastimero en las harpas de los profetas, columna que Israel vé marchar a su delantera, palabra penetrante , sacrificio cruento , sudor de los olivos en la vigilia del sacrificio , gracia y virtud derramándose del cáliz divino. ¡ Tú eres ! ¡ Siempre eres tú ! ¡ El pensamiento es tu fuego ! ¡ la palabra tu espada! ¡ Soplo increado! Cuando se van amortiguando las luces del antiguo dia, cuando mas fiera arrecia h tempestad, cuando se agita la tierra y los cielos se cubren de palidez, entonces exclamó: ¡ No estás lejos! ¡ Y fu presencia muda la faz de la tierra! Para amenizar un tanto la indispensable severidad de estilo que ha debido rei- nar en este artículo, concluiremos dirigiendo á la Tercera persona de la Trinidad divina un himno que años atrás arrancó á nuestra ardiente fantasía el entusiasmo religioso. Nada es comparable al fuego de la edad juvenil, cuyos recuerdos se conservan al través de los años como las áridas pavezas que cubren la boca de un volcan ya extinguido. Al leer aquellos conceptos ya casi olvidados, nos parece que el corazón palpita aun con aquellas latidos, y el espíritu se place y se contrista á un tiempo al fijar su mirada sobre su propia historia, líl himno dice así: AL ESPÍRITU SANTO. A lu reglón levántame V cnlalYflniccnraiiliih I) espír u divino De la turba escogida Y «n rapio repentino Orilla (u Deidad fúlgida Me lleva, 6 Dios de amor! Cual i-eniclla vorii. • La eternidad preside», En puro amor transformante Y la Inmensidad mides, LOA pechos agitado^ Y llenas los espacios Por su rajo intlamadoa Cual soplo creador. Sienten un nuevo ser. Al Padre, al Unigénito Su espíritu levantas; Igual en u r y gloría, Ven al mundo á sus plantas ¿Osarilu victoria ¿Podrá fuerza ú oliítaculo Cantar lengua modal, Cuando de llama ardiente iídcH'apitiiliu Velado y refulgente ra avasalla; Descendida al Cenáculo En eabiTiias calla I)e tu sollo eternalT Al aranoso estrépito Jrausl nrtama solo Retiembla el sacro coro, So Inunda en rayos de oro Cambian al orbn atónito El aullo de pni. Prodigios ÚP tu amor- I,.V SANTÍSIMA T1IIMII\II. Sakel por 11 profétlea Virtud se nos derrama: Gloria, p er dp| jus Arde la sacra llama Y es solo amor lu lev: Kn lu ardor divinal. llcl Irono soberano A la codicia sórdida Y al lúbrico desvia, Y entregas a sus súplicas Y al vil orgullo implo, Y al culpable placer Losl as y vírgenes Venco, ahuyenta, aniquila, Y la tierra tranquila Ansia tu luz clara Unjo tus alas cundidas Muriendo el viador: De lúa consuelos digno Afirma el paso trémulo A lu sagrado signo Del débil c Indigente, Revivo, y vence intrépido Sí (reno al prepotente Al monstruo seductor. Y en el dolor solat. La linfa con el ¿lito Deshace con lu alíenlo Tu fecundos de vida, El maquinar Bangiicnlo V el alma dolorida Del altanero cínico fajas a consolar: Del descreído audai. til luzo misterioso Sopla cual blando i-oílro Itendlcea amoroso Sobre el arillo anulo, Que dos pechón uniéndose Rasga, gran Dios, e] velo Consagran en lu altar. Al tenebroso espíritu É inflamado en til fuego, Desaparecer mandas, Sin tregua, sin sosiego, Da sus garras nefandos Do í|ulcr sean mis (•¡'milcos DfiStruy™ la «eflui: Amor] Divino Amor! Joaquín n o c í j Cornrt (CUADRO DE FRANCESCO MIERIS. CONTEMPLAD el cuadro que se os ofrece ante los ojos. Es el retrato de una bellísima joven; y en verdad que por las joyas que ador- nan sus orejas y su cabello bien pudiera llamársela la dama de las perlas. Francisco Mieris es el autor de este retrato. ¿Sabéis quien fue Francisco Mieris? Un gran artista, pero un artista á quien su genio, sus pasiones y su actividad atenacearon de tal manera, que lo hicieron víctima arrastrándole á un abismo en que pereció miserablemente. Luego os baldaré del pintor; volvamos ahora al cuadro. Bello retrato ¿no es verdad? Hermosa joven, ¿no es cierto? Contempladle bien. ¡Qué dulzura y qué espresion en los ojos! ¡Qué suavidad de contornos! ¡Qué dulzura en los rasgos! ¡Que abandono y naturalidad en la postura! ¡ Qué originalidad en los adornos! ¡ Qué hermosa jierla esa que brilla en mitad de la frente, perla sin embargo menos hermosa y de menos precio que los dulcísimos ojos del retrato! Las coleccionadores de la galería lian puesto al pié de este cuadro ÍM cantatriz. Mejor hubiera sido poner Onlilha, que este erad imniluv ríela belleza que intentó trasladar al lienzo la mano febril y trémula dccinm-ion de Fmm-isru Mieris. Fstecuadro, miradlo bien, tiene toda una hishni¡i, una liisloriu d< amor, de < delirio, de sangre. lis un terrible, pero interesante episodio, que \oy á contaros, ya que la pro- videncia en forma de editor ha puesto esla lámina en mis manos pidiéndome que la acompañase con un artículo. TOMO i. -'t Al (-ornároslo os diré qnicn era Oalillia y os diré laminen quien era Francisco Mioris, ya que el cuadro que lencis á la visto va enlazado ¡i una de las i-pocos oías tristes y mas felices ¡i no mismo tiempo de lo vida del pintor. Oye ron oli-nrinri la liisloria. hermoso señora la (|ue lees oslas lineas, y si des- piertan aljíiin iulerés en li corazón las des\enlunis ili- (lalithil ó los apasionados sentimientos ile Alici-is, consagra una lacinia á sus iloloivs \ á su Irisle fin, sin olvidar por esto de dedicar un recuerdo al autor que eslas líneas eserilie, hermosa señora, por tí y para ti tan solo. 1. Un poquito de historia & grandes rasgos. EL reinado de Felipe II fue, no solamente para España, sino también para otros países, un acontecimiento fatal seguido de todos los abusos que arrastran con- sigo el despotismo de uno solo. Sin embargo, los actos de Felipe III, el lujo do aquel monarca, fueron casi tan dignos de anatema como los de su padre. Es preciso confesar sin embargo que subió al trono en medio de circunstancias las mas desfavorables, l.a nimia njiiia espuíjola, IJIII' brillaba cu I re ludas las demás al principio del siglo j l¡is hacia lemblrir con sus poderosos recursos en hombres y en dinero, marchaba entonces tan rápidamente hacia su decadencia que ya ape- nas se notaban las huellas de su antiguo esplendor. La España despoblada, sin comercio, sin industria, sin agricultura, no hubiera podido saharse de una ruina inminente sino por el brazo enérgico \ la direrrion sabia ile un prudente soberano. l'n príncipe débil, de un espíritu limitado, era incapaz de poner remedio al mal: todo lo mas quepodia hacer era disimularlo un poco, lisio es loque hizo el joven Felipe, y sus cortesanas, sus favoritos, sus aduladores le sirvieron á mas y mejor en esta obra y por este camino. Uno de los actos mas deplorables de este monarca fue la expulsión de los mo- riscos que habitaban en España. Si se considera que nuestro país estaba falto de brazos para su comercio, su industria y su agricultura, se convendrá en que de- biera haberse recurrido á cualquier otro medio antes que privar al estado de mas de un millón de subditos, con los cuales emigraron al mismo tiempo la industria y la fortuna. El alto clero y magistrados fanáticos persuadieron á Felipe III, y el decreto de expulsión fue promulgado. Un número muy reducido de moros pudieron solamente quedarse en España. A los otros se les permitió llevarse lo que pudieron cargar á cuestas, y se prepa- raron buques para llevarles á África. Fácil es imaginarse la desesperación de esos proscritas, puesto que no solo se les privaba (le sus posesiones, de sus rebañas y U CANTATRIZ. 19 de su industria, sino que se les desterraba de un país en que la mayoría de ellos habían visto la luz del dia. Así es que trataron de hacerse fuertes y se reunieron en las montanas armán- dose para la defensa común. Fue inútil. Tuvieron que acabar por entregarse faltos de recursos, y así fue como Felipe III, secundado por las circunstancias, consiguió ejecutar su decreto de destierro. Muchos de aquellos infelices proscritos pre\o\eron la Irislc suerte que los es- peraba en el suelo africano donde acn-o los árabes ib;in a perseguirlos como (cris- tianos lo mismo que los españoles Jes perseguían como maliomelanos: así es, que á muchos debieron arrastrarles á ía fuerza hasla los buques, mientras que otros pudieron, gracias á sus disfraces, pasar a Francia en donde la industria que ejer- cían sirvió desobra para mantenerles. Un gran número de estos infelices pudo llegar hasta los Paises Bajos. Fueron bien acogidos allí, pues que encontraron una población que simpatizaba con ellos en odio al yugo español. Ksta emigración mora se mantuvo en cierto modo intacta y sin mezcla en medio de las razas europeas l.m dislinhis de ella en los Paises líajos. listas familias fueron por espacio de muchos años el objeto de la curiosidad popular y los pinto- res escojian de buen grado eiilre ellas sus modelos. Una tez morena, pero bella; una mirada viva, ardiente, y al misino tiempo dulce; cabellos negros y rizados naturalmente; contornos llenos y graciosos; tal era el tipo caracleríslieo de las mujeres \ de los jóvenes moros. Eran por lo general prudentes y calludos. peni sin rudeza ni maneras brus- cas. Los moros ocupados en profesiones manuales eran activóse inteligentes; los que vivían en el estado de domesticidad eran fieles y adictos á sus amos. Tal era generalmente el carácter de esas familias que se encontraban a cada paso en Francia y en los Paises (tajos á consecuencia de su expulsión de España. Con\enia explicar eslo, aunque fuese rapiílameiile. Transportémonos ahora á una época, posterior de treinta años á la expulsión de los moriscos. Nos encontramos en Leyda y en el período de mas alto esplendor de la pin- tura holandesa. La taberna de la botella llena. I'KAM:ISI:I) MIEKIS vivia rnlonccs en Leyda después de haber abandonado hacia ja murlm lifiiipti el laller de su maestro , el célebre Gerardo Dow. Ya se lialiia dado a r rcr liaslaiilc sin haber llegado empero á la relebridail; poique los ¿O U CANTATH1Z. hombres tic talento no son por lo coinun apreciados mas fjuo con el tiempo, único arbitro y dispensador de la nombradla. Entre los prolectores del artista descollaba en primera linca el conde de (iruydland, que era un hombre vállenle, caballeresco, de un esterior aventajado, y muy caprichoso y raro en todas sus cosas. Su palacio encerraba un mundo de curiosidades y maravillas, pero la curio- sidad mejor de su palacio y la mejor maravilla era sin contradicción una joven y bella morisca que él se liabia tomado cl trabajo de educar y de instruir como si hubiese sido su hija. La celaba con la vigilancia de un Argos de cien ojos, y este cuidado y la estima en que tenia á su protejida, dimanaban sin duda de las estraíias y singu- lares circunstancias que le habían puesto en posesión de su pupila. Porque es de sabor (pie la historia ora original bajo lodos nmcoplns, \ si lu la quieres saber, hermosa lectora, es preciso que no te desdeñes de unmipiímirmc á la taberna de lu botella llena en donde vamos á penetrar, y en donde la oiremos contar minuciosamente y con todos sus detalles. La taberna de la botella llena era en Leyda el punto de reunión de todos los artistas y de los mejores bebedores que en aquella época encerraba la ciudad. Casi á todas horas so oslaba seguro de encontrar alli á Francisco Mieris , que comenzaba a estar entonces en la pendiente de su vida desordenada. Allí estaba precisamente el dia á que nos referimos, sentado junto á una mesa y ante un par de botellas de vino de Chipre, en compañía de Pedro í'linl, su inse- parable camarada de mesa y de orgía. La hora era ya adelantada, la mayor parle de los parroquianos de la taberna se habían retirado, y nuestros dos amigos , que acostumbraban á pasar muchas veces la noche entorila bebiendo y charlando, proseguían aun una conversación rato luiría comenzada. — Va tu sabes, decía Pedro Flintá su camarada, que yo soy un Unce en esto de descubrir los misterios mas ocultos. Así, pues, es preciso que sepas que la encantadora Oalitha , cuyos ojos son tan brillantes como las estrellas de media noche , llegó a poder del conde de la manera mas rara que figurarle puedas en un apartado rincón de Francia. — Cuéntame la historia, dijo Mieris , y llena los vasos. ¿Por qué diablos has de ser tu siempre tan avaro de tus secretos y de tus aventuras? Cuéntame lo que sepas en este asunto porque me interesa muy particularmente y hasta un punto indecible. Ardo en deseos do rol miar á esa bella morisca de ojos brillantes. Sus facciones, sin ser venliiderainenlc bellas, están impregnadas de una dulcí1 y suave armonía que las hace seductoras, liada vez que v m á rasa del conde, mis ojos buscan á la hermosa desconocida , pero por desgracia muy raras veces lie Iriiido la dicha de enconliarla, añadió suspirando. LA CANTATRIZ. 21 — ¡Ya! ¡ya! replicó Flinl. Te conozco, amigo mió. Tu eres 11 pecador11 endurecido. Ño pretendo averiguar en este momento si es el amor del arte ú otro cualquier amor el que te hace desear tan ardientemente como dices el ver á la mo- risca... Respetólos secretos de la amistad, yvoyá contarte la historia de Ja que adoras. Flint, diciendo esto , llenó los vasos, se bebió de un sorbo el contenido dei suyo , y comenzó así su narración : HISTORIA DE OALITHA. El conde de (¡ruylanfd, aun cuando pasa ya de los cuarenta, es un hombre alegre y gallardo. Hace algunos años regresaba á Leyda de una escursion que hiciera á Rúan. Viajaba á caballo y acompañado solo de un servidor. Se hallaba todavía en terreno de Francia cuando fue sorprendido por una tempestad á tres leguas del pueblo en que pensaba pasar la noche. Era en otoño , el aire era frió, arreciaba la lluvia y se acercaba la noche, El conde se dio por muy contento de encontrar un asilo al cabo de media hora de camino , en medio de la lluvia que continuaba cayendo en abundancia. El asilo que encontró era solo una mala posada de un camino poco concur- rido, pero que sin embargo le prometía una pasable comodidad. Aprovechóse, pues, á entrar en ella. El interior de la posada correspondía á su exterior. Un posadero amable y obsequioso , y una habitación regular permitieron al conde que se recuperase de las fatigas del viaje. El conde en sus largos viajes había contraído la costumbre de entretenerse con toda clase de gente , era afable con todo el mundo , escuchaba con atención al que le hablaba y hablaba siempre de manera que pudiese estar al aleancedei que le esruelmba. Había poros hombres á quienes su compañía no fuese agra- dable, y sus modules cortesanos se atraían siempre la simpatía de las mujeres. El viajero se enlictu\o mas de una hora en la sala común de la posada. Habló largo rato con el posadero, antiguo militar, y mas aun con la posadera, que se hallaba á la sazón en estado interesante. El conde se ofreció k ser el pa- drino de la malura que había de MÍICIT asegurándole i|iie seria madre de un robusto \ rollizo uíño ; en umi palabiü. se [lennilió lnd;is esis vulgaridades que las mujeres escuchan siempre con gusto de un lionilire galán y de. buena, ligura. Mientras que todo esto tenía lugar , una criada joven y lista había entrado y salido varías veces de la sala. Acaso el conde no reparó nunca en su presencia, tanto mas cuanto (pie se hallaba en el fondo , y la sala cslaba pino alumbrada; pero la joven criada se había lijado en el conde. El ospeclu arroganle de esle, su alegría, su modo de hablar, su rico uniforme , lodo lialim mnlribuido á lia- 22 I,A CANTATIUZ. marle la atención. De buena gana hubiera pasado lloras enteras oyéndole hablar y de mejor gana aun le hubiera dicho algunas palabras al oído; porque ella sabia una cosa que le locaba muy de cerca y de la que era preciso instruirle cuanto antes , pues de jo contrario el mal no tendría remedio. La pobre muchacha se exponía á un gran peligro dando á conocer al conde cierto secreto, pero le miraba y todos sus temores desaparecían. — Es un arrogante mozo, es un hombre muy amable, pensaba, y sería lástima! En una palabra, la compasión ó cualquier otro sentimiento hizo cesar toda duda en su corazón , y una vez, al salir de la sala, hizo al conde una sena para indicarle que le siguiere en silencio, lil buen seflor tenia entonces el alma un poco débil por lo tocante al bello sexo. Salióse pues de la sala bajo pretexto de que tenia necesidad de tomar un poco el aire, y se reunió con la muchacha que le esperaba á pocos [MISOS de la puerta de la posada. Entonces fue cuando lajóven le dijo en voz baja y con ansiedad que era pre- ciso que estuviere muy sobre sí, pues tenia que habérselas con gentes que eran cosa muy distinta de lo que él pudiera pensar y de lo que liarían creer. — Se salie, noble señor, le dijo ella , tjue lleváis dinero con vos y traían de robároslo esta noche con la vida, cuando estaréis dormido. Los cómplices drl crimen que se prepara están ya advertidos. Permaneced pues alerta, y sobre lodo no dejéis tras- lucir que yo os he enterado, pues la menor palabra vuestra me perdería. Grande fue la sorpresa del conde á esta inesperada revelación. (lomprendió al momento que no era cosa de huir en medio de la noche y á través de un país que le era desconocido. Bastóle un momento de reflexión para decidirse. — Una palabra sola, dijo á la muchacha tomándole una mano, que ella pro- curaba retirar. ¿ Vuestro amo tiene cariño á su mujer ? — La ama apasionadamente, respondió ella. — Bueno, dijo el conde. Si logro salvarme, vuestra fortuna está hecha; y si sucumbo , vuestro secreto morirá conmigo. De todos modos, en ningún caso os venderé , pero sed prudente y no le digáis nada á mi criado. — La muchacha se alejó v el cunde volvió:! entrar en la sala. Ningún gesto, ninguna palabra \rndierori su preocupación ; supo conservar toda su serenidad de un momento antes, llízose servir la cena en la sala común, pero á condición de que los posaderos le acompañaran á la mesa. El conde estuvo alegre y campechano durante la cena , y concluida , pidió una luz para retirarse á su aposento. El posadero le dijo que le alumbraría al propio tiempo que le sirviese de guia. — ¡ Bueno ! exclamó el conde sonriendo ; entonces , ya (pie viene conmigo el marido , suplico á la esposa que me acompañe también. Al íin y al cabo for- mamos ja una familia. ¿ No me he ofrecido á ser el padrino de vuestro hijo i LA CANTATRIZ. La posadora se escusó , pero el conde insistió en ello con mucha gracia , y acabó en medio de la broma por lomarla del brazo y por ecliar á andar, prece- didos del posadero que llevaba la luz en la mano. En esta disposición , llegaron al aposento que se holiia destinado al conde y en el cual éste , ai llegar á la posada , había dejado su escopeta de dos cañones, con doble carga cada uno. Al entrar, se guardó bien de dirigir la mirada hacia aquel punto , pero en el momento en que el posadero dejaba la luz sobre l¡i mesa y la posadera se disponía á retirarse deseándole una buena noche , el conde por un movimiento rápido arrancó la escopeta de la paral en donde la hahia colgado y lanzándose entre el marido y la mujer , exclamó dirigiéndose á esta última y amenazándola con el arma que tenia en sus manos: — Nó, buena señora ; no nos separaremos hoy tan pronto. Si no tenéis en ello inconveniente, vais á sentaros en esta silla á mi lado, para hacerme com- pañía durante esta noche , que vos y yo pasaremos en vela. Os juro que nada habéis de temer de mi parte, pero al menor ruido que se perciba en la puerta, á la menor resistencia sea de vuestra parte sea de otro cualquiera , os dejo muerta en el acto. Lo cumpliré como lo digo. El tono con que el conde dijo estas palabras no daba lugar á réplica. Marido y mujer , los dos estaban consternados de sorpresa. La mujer con las manos juntas suplicó al conde que la dejara partir, pero fue' en vano : fingió entonces que se desmayaba, que se moría, pero él estuvo inexorable. El posadero parecía no comprender como aquel señor, tan bromista pocos momentos antes, habia cambiado precipitadamente, y le declaró, acompañando esta declaración de muchos juramentos, que estaba perfectamente seguro en su casa. Finalmente, viendo que todas sus protestas quedaban sin efecto , amenazó con que iba á lla- mar ¡'i sus gentes. — Esloy perfectamente convencido, dijo el conde, que tenéis vuestras gentes i'i vuestra disposición, pero por muy cerca que estén siempre estarán lejos para im- pedirme que mate á vuestra mujer tintes que lleguen al umbral de esta puerta. A mas, debo advertiros que después tk haber malario á vuestra mujer, y os respondo que no erraré el tiro , me queda el olio cañón de mi escopeta para vos y un par de pistolas para los que lleguen. Podrán apoderarse de mi persona, no Ío niego , pero es preciso que cuatro á lo menos bajen á la tumba antes que yo, y vuestra mujer la primera. Es mi manera de obrar en los lugaresriourieduermo por la primera vez. Si mi modo de vivir no os conviene , tened dispucslos mis caballos mañana al amanecer y me iré. Por el momento, lo mejor que podéis hacer es retiraros sin replicar. Estas palabras fueron pronunciadas en el tono mas resuelto que pueda tener un hombre decidido á todo, y sabido es que los malhechores acostumbran á des- concertarse cuando tropiezan con una resolución tenaz que se les opone como obstáculo. 2í u C\NT\THÍZ. La mujer se son Id y el marido se finí. VA conde y la posadera pasaron la noche de la manera mas singular, ella llorando y gimiendo , el leyendo ó escribiendo, con la escopeta entre las rodillas, pronto á todo, átenlo al menor ruido. Afortunadamente, la noche transcurrió sin incidente alguno. Cuando asomó cl dia compareció el criado del conde, á quien su amo habia dado permiso para retirarse adormir á primera hora de la noche , y que estaba ignorante de todo lo sucedido. Kl conde le envió al posadero para que preparase su desayuno y le diese la cuenta. Al poco rato volvió el criado llevando el desayuno y la cuenta. El posadero creyó prudente no aparecer. El conde , con su galantería de costumbre,, presentó una laza de café íi la posadera , y saboreó tranquilamente la suya. Cuando vino á avisar el criado que todo estaba pronto para la marcha, (lió el conde las gracias á la posadera por haberle hecho compañía durante la noche, y dándole el brazo , bajó con ella hasta cl zaguán , acompañándola con la cor- tesanía misma que hubiera usado para una gran dama. Llegados que fueron á la puerta de la posada, preguntó por la joven criada que liuliia vislo la noche anle- rior. La pobre' muchacha llegó temblando porque l¡is sospechas de su amo habían recaído en ella y le habia prometido, según ella misma dijo después , pagarlo su salario en cuanto el conde se hubiese marchado. Así que el conde tuvo ocasión de ver á la luz del dia la mujer á la cual dobia la vida, encontró que era nofablntienle bella y con sorpresa pudo convencerse de que piTirnivia ¡ la raza morisca perseguida en España. V Montó el conde á caballo \ arrojó una bolsa llena de oro á la morisca. — Guardadla para vos, le dijo al mismo tiempo, y si teméis permanecer aquí, montad en grupa conmigo é iréis donde yo vaya. 1.a joven no se lo hizo repetir dos veces y se lanzó con toda la ligereza de una corza fu{í¡li\¡i. apocándose en el pié y aceptando la mano que cl conde le ofrecía para montar á caballo. En seguida partieron al galope. El criado del conde , que se habia quedado á dormir en una silla junto al hogar , contó mas tarde á su amo que á cosa de media noche tres hombres de muy mala facha habian entrado en el mesón , pero que se retiraron después de conversar algún tiempo con el posadero. La joven morisca por su parle le dijo que en el mes que llevaba de servicio en el mesón , los viajeros habían desapa- recido sin que nadie supiese como ni por donde. Llegado á la ciudad mas inmediata , el conde dio aviso á la autoridad : en seguida se dio orden para prender acuanta gente se encontrase en el mesón, pero LA CANTATMIZ. 2;¡ al llegar allí los soldados, el posadero y la posadera habían desaparecido , bur- lando las pesquisas de la justicia. En dicha ciudad el conde mandó cambiar de traje á su protegida , que le acompañó luego en todos sus viajes, y cuando él, abandonando la cañera diplo- mática, se vino á fijar aquí, su ciudad natal, con él vino también , querido Mie- ris, IÍI lidia Oalillm . su amiga , su inseparable compañera. El amor es la muerte. FR\NCISCO MIEMS había escuchado (lientamente la historia. Cuando su amigo hubo terminado , exclamó : — Todo esto me fortalece mas en mi idea. Ahora me interesa mas que nunca, y poco lie de poder ó he de acabar por hacer su retrato. — l.o que tú quieres, exclamó Flint, bien lo sé yo. — ¿. Y qué es lo que yo quiero ? — Hacerla el amor. Confiesa que estás enamorado de Oalitlia. — ¿Y aunque así fuese?.... V;n rayo pasó por la mirada de Flint. Mieris, demasiado embargado con sus pensamientos , no lo reparó. — Ks que en este caso.... balbuceó Flint, — ¿En este caso?... preguntó Mieris clavando la visla en su amigo. Flint tuvo tiempo para reponerse, y dijo echándose á reir para disfrazar la ultima sombra de su emoción: — Nada. He querido hacer una prueba, y ahora estoy convencido. Tu amas á la morisca. Mieris no contestó. Llenó otra vez su vaso, apuróle en seguida y permaneció por largo rato ceñudo y cabizbajo. Nuestro pintor tenia el vino triste , como suele decirse. Su amigo no pudo arrancarle una sola palabra mas. Mieris continuó bebiendo hasta embriagarse completamente. Era su costum- bre, debiendo advertir que, al revés de muchos, cuanto mas bebía, mas taciturno y serio se iba quedando. Flint al rayar el dia abandonó al artista que se quedó aun en la taberna, y que ni siquiera reparó en que su compañero se marchaba. Kntrelanto Flint, forzoso es decirlo, se marchó con el corazón torturado. La verdad del caso es que Flint liabia fracasado en sus tentativas para ver y hablar íi la morisca, de la cual se había prendado á su vez, y como los obstá- culos irritan á las naturalezas ardientes, el amigo de Mieris, en completo desaso- i i 26 I.A (HNTATRIZ. siego, hubiera dado parte de su vida por poseer á aquella mujer que se le esca- paba. La idea que le ocurrió en la taberna de que Mieris podia ser mas afortunado que él, le cegó por un momento, y el aguijón de los mas horribles celos se em- pezó á clavar en su corazón. Volvamos á nuestro héroe. Era ya muy adelantado el dia, cuando despertó del sueilo letárgico en que sus continuas libaciones le liabian sumido. Fuese á su casa, se colocó delante del caballete y se puso á pintar. Al cuarto de hora sin embargo, arrojó con rabia el pincel. La imagen de la bella Oalitha ocupaba por completo su imaginación y no le permitía ocuparse en otra cosa. Hundióse en un sitial y dejó caer la abrasada frente entre sus manos. El amor, esclamó hablando consigo mismo , el amor es el único imán de la vida. Yo he gozado, he amado, lie cruzado la vida en brazos de mujeres encan- tadoras, y sin embargo, el sueño de mi alma se desvanecía cuando creia tenerle ya. No, yo no lie conocido nunca el verdadero amor, porque el amor verdadero no debe dejar ningún lemonliiuienlo, ningun mallicsliir y sí solo un recuerdo agradable y dulce. Quiero anuir ahora, pero amar con la fé del alma y la pure- za de un corazón entusiasta. Para mí han acabado ya las bacanales y las orgías. Mieris se hallaba entonces en una época decisiva de su vida, en esta época crítica en que el ángel bueno \ el ángel malo parecen dispularscla posesión del hombre. Tod¡i\ia sus buenos jusluilns eran linslanlr íuerles pina iluminar un ] < - >> co sus pasiones. Se hallaba en esta disposición de espíritu que esperimenlan las naturalezas nobles hasta en el seno de los goces desenfrenados. No se sentía feliz entregándose por completo á las orgías , á la vida licenciosa , á las torpes bacanales, porque los placeres, lejos de llenar el corazón del hombre, abren en él un vacío por el contrario, líesulla de eslo para el alma el deseo de alcanzar una dicha duradera en lugar de esos goces íugilivos \ pasajeros , y esta dicha no puede encontrarse mas que en el matrimonio, con la unión intima de dos co- razones. Por esto vemos á los hombres mas licenciosos aspirar finalmente á la dicha que solo se eucuenlra en el hogar doméstico, advírtiendo que cuando estas aspiraciones geniun;m [>t n mas ardor del que hiihieriin podido lener en los primeros y mas entusiastas tiem- pos de su juventud. Mieris se lanzó fuera de su casa, y pasando á la del conde de (¡rujtland, le propuso hacor su retrato. El conde , que se habia declarado protector del artista , le acojió benigna- mente y aceptó su proposición. — Consiento en que me retratéis , le dijo, y aun mas , os daré cuanlo me pidáis por el relralo, |>ero no quiero que suceda lo que otras veces. I.A CANTATHIZ. í" Mieris dijo entonces que ignoraba á lo que se relu-ia el conde. Quiero decir, continuó este, que no hade suceder lo que otras veces cuan- do os he encargado un cuadro. Habéis estado meses enteros para acabarlo , in- lornmipiéiidnle á ciiila paso y dejándolo por empezar otras obras , quizá menos productivas. Haréis mi retrato, conforme; pero no lo dejarais de la mano hasta que se halle terminado. ¿Me dais vuestra palabra? — Os la doy. |>1[Cs entonces, empezad por trasladaros aquí. — Aqui! csclamó Mieris como si viera visiones. — Aqui. Quiero que no salgáis de mi palacio Ínterin el retrato esté sin ter- minar. Viviremos en familia, dispondréis de mis liabilnriones, pasearéis por mis jardines... iQué mas queréis? ¿Os arnmndu osla condición? lisia única que exi- go por mi parte. Cuando hayáis terminado la obra , volveréis á ser libre , pedi- réis el precio que os acomode, yo os prometo satisfacéroslo sin replicar, y ambos á dos habremos hecho nuestro negocio. lil artista vio abierto el cielo á sus pies, l.e parecía estar sonando. ¿Qué mas hubiera podido pedir , él que había «lo á la rasi del conde guiado solo por la esperanza de ver alguna que otra vez á Onlillia á las lloras del trabajo ? ¡ Vivir en aquella casa, que era la de su amor! ¡ Respirar el mismo aire que ella ! ¡ Habitar ¿ajo el mismo techo ! Mieris creyó volverse loco , y ni siquiera se preguntó que razón podia lener el conde , puesto que aquella que le daba podia ser un pretexto. Y era así. Era un pretexto. Lo que Micrís , loco de alegría , no se preguntó , el que escribe estas lincas debe decirlo. El conde de Gruytland se había declarado protector del artista, le había cobrado carino , y con dolor le contemplaba caminar á pasos de gigante hacia un abismo, víctima de sus locas pasiones, l.c propuso pues vivir en su palacio durante los dias que pudiere tardar en hacer su retrato , creyendo fundadamente que estos dias de tranquilidad y bicnlicstar doméstico le apartarían , si aun era tiempo , del camino que ciego a-guia. lil trato quedó cerrado y convinieron en que el artista pondría en el acto manos á la obra. El conde ocupó un asiento: Mieris se colocó delante del caballete, enten- diéndose con el conde sobre la posición en que le representaría. Se convino en que el retrato sería de cuerpo culero , vistiendo dniytland sn uniforme, en el acto de recibir un pliego que le presentaría un paje. En los trabajos preliminares , .Mieris ocupó dos horas , pasadas las cuales, el conde dijo que bastaba ya de trabajo pues se iba acerrando la llora de comer. lil corazón del artista latía con luerz-i. ¿8 1,A CANTATRIZ. Protector } protegido dieron tm pasen por el jardín , > cuando un criado fue ¡i participarles qii. Alfonso. Los corazones han nacido para amarse. i) ¡ Paz y dicha á los amantes! Se veian todas las noches en el jardín del palacio de 1). Fernando. La luna alumbraba melancólica sus castas entrevistas y las flores y las ramas se balanceaban rumorosas cuando les veian , murmurando á su paso un himno de amores. ¡ Paz y dicha á los amantes ! » El odio velaba entretanto. I). Alfonso propuso á su amada partir á osfra- fias tierras para que pudiesen vivir felices, sin quebrantos , temores ni pesares, envueltos en una atmósfera de amor y de misterio. Clara aceptó. Combinóse el plan de la fuga y quedó lijado el (lia del rapto. El amor se regocijaba, pero ¡ay! que el odio velaba entretanto ! »I,a noche era muy triste. La nube se escondía entre nubes, el viento sil- vaba de un modo lúgubre, empezaban á caer gruesas gotas presagiando una próxima tempestad. I). Alfonso vistió su mas bello traje , montó su mejor corcel y se dirigió al palacio en que, palpitante de emoción, le esperaba su amada. La noche era muy triste. » ¡ Llorad la desgracia de los dos amantes! D. Fernando supo el proyecto de fuga, corrió al jardín pocos momentos antes que el raptor llegara, y viendo á Clara que sentada bajo un árbol esperaba á su amante, la atravesó sin piedad con su acero. La pobre joven cayó bafiada en sangre, exhalando un grito supre- mo de amor y de dolor. ¡ Llorad la desgracia de los dos amantas! »¿ Verdad que es una triste historia ? Cuando llegó I). Alfonso solo encontró un cadáver. El vestido blanco de Clara y su cabellera extendida le formaban un sudario. A. su lado , inmóvil, fiero como la estatua de la venganza , se hallaba D. Fernando. D. Alfonso rugió de dolor y de gozo 1). Fernando. Decidme ahora: ¿ no es verdad que es una triste historia? » CuandoOalitha cesó de cantar, hubo un rato de silencio. Mieris la estaba escuchando todavía. El conde fue el primero en hablar. — Unen canil», dijo , y bella historia ! Ese I). Fernando me interesa y en- cuentro justa la venganza. Si 1). Alfonso en lugar de ocultarse entre las sombras de la noche, se hubiese presentado lealmente como un pretendiente á la mano de su hermana, D.Fernando hubiera podido transigir con su odio. IVro no es 30 LA CAYT\TIUZ. así, hace consenlir á Cfara en un rapio , y el hermano i'nlóncos se venga eruel- mcnlc, pero con jiislicia. Gara, consintiendo on ntuneliar i'l honor de su familia, os la primera \íc(iiiia que J). Fernando inmola á su justo enojo. Yo hubiera hecho lo mismo. — No participo yo do vuestra opinión , sefior conde , dijo en esto el artista; semejantes crueldades no me jiiislnn. Vo podré ni> entender nada en achaques de caballería , JMTÍI . pura mi, l>. I-Vniamlí» es un bárbaro y un asesino que sacri- lica á su insaciable sed de venganza un ser hernioso creado para amar y para ser amado. Os aseguro que no sé ver que deshonor puede existir en un amor correspondido y recíproco. ¡Cómo si un verdadero amor pudiese jamás encerrar ni la mas mínima, sombra de deshonor! Oalifha escuchó con ínleivs lo que Mieris decia, y al terminar pareció recom- pensarle con una brillante \ ardiente mirada. Mieris había hablado siguiendo la inspiración súbita de su alma: desde aquel momento quedó establecida cierta simpatía entre aquellos dos corazones. El conde no replicó. La velada se deslizó placentera y rica en emociones para el artista , que al dia siguiente volvió á su retrato. Así transcurrieron algunos días. Una mafiana, el conde llamó a Oalitha para que viese los progresos de su retrato y juzgase de su parecido. La joven morisca hizo muchos elogios al pintor y manifestó quedar suma- mente prendada del cuadro. — Escuchad, Mieris, dijo el conde que no sospechaba el volcan que e\islia en aquellas dos almas , ¿queréis liacer el retíalo de Oalitha ? El efecto de un rayo no causa mayor asombro que el que causó en el artista semejante proposición. Supo afortunadamente dominarse á tiempo , y acepto. La proposición del conde por otra parte pareció colmar de alegría á la bella morisca, alegría que naturalmente interpretó el conde por el placer que le cau- saba la idea de verse retratada. A los pocos días, Mieris comenzó el retrato de Oalitha en la postura que le pareció mejor para el efecto, la misma que guarda la copia que acompaña á este artículo. lil conde , en la mente del cual no germinaba la menor sospecha , dejó solos á entrambos amantes durante horas enteras , así que el artista hubo comenzado el retrato de Oalitha. Mieris miraba estas horas como las mas bellas do su vida; su amor. que tantas veces lmbia naufragado, parecía por lin llegar á puerto. Las tempestades que agitaran su vida pústula, resonaban aun ¡i sus oidos, |>oro \a lejanos. \ veía T.A CANTATRIZ. 31 resplandecer sobre su frente un cielo puro y sereno. La palabra amor no fue" jamás pronuncíenla entre ellos, pero estaba en sus labios y vivía en sus almas. Mieris, al verse frente á frente de un amor verdadero, pareció haber per- dido su osadía de otras veces. Oalitha por otra parte experimentaba una incli- nación real por el artista y hasta se complacía en ella, pero hubiera mirado como una ingratitud hacía su bienhechor el dejar estallar sus sentimientos. Al principio se creyó que podría no solamente respetar al conde , sino llegar á amarle, pero luego conoció que esto último no era posible. Al contrario de la del conde , la manera de sentir y de pensar del artista bahía penetrado en su corazón. En cada gesto , en cada movimiento , en cada mirada de Mieris vcia su amor ardiente hacia ella . pero íenía demasiada deli- cadeza para dejar adivinar que lo habia comprendido: \ Mieik ¡mi su piule no se atrevía á decir nada, por temor de dar una explicación necesaria que hubiera podido conducir á un fatal resultado. Ya se comprenderá que el pintor prolongaba todo lo mas posible el tiempo que debía tardar en hacer el retraio. liste no se concluía nunca. Los dos amantes continuaban encontrándose solos. Cuanto mas silenciosos se hallaban , mas la pasión , el amor, bullía en sus corazones. Estaba próximo el momento en que el amor iba á estallar , á despecho de las contrariedades que la razón de entrambos le oponía. Una larde , el conde acallaba de entrar en su palacio y se habia dirigido directamente á la biblioteca, cuando el paje le dio una carta que para él se aca- baba de recibir. til señor de Gruytland la leyó y se puso pálido. Era una carta del indigno camamila de Mieris, de su amigo Flint. Furioso este al saber que el pintor vivia en el palacio del conde y estaba haciendo el retrato de Oalitha, cegado por la cólera, por los celos y por el placer de la ven- ganza , escribió á Gruytland una esquela en que le revelaba el amor de Mieris, dando por sentado en esta carta lo que él no hacia sino presumir. Aquella tarde precisamente Mieris estaba mas triste que de costumbre y arrojaba lánguidas y melancólicas miradas á Oalitha. El retrato tocata ya á su termino , y el artista comprendía que no podía prolongarlo por mas tiempo .sin hacerse sospechoso. Así pues , aquella tarde estaba muy triste , y en cambio todo respiraba ale- gría y contento en torno suyo. El sol brillaba con espléndidos ra\os, las aguas del rio que corrían bajo las ventanas del palacio murmuraban sonoras y caden- ciosas , los árboles y las plantas despedían sus aromas que penetraban en la habitación inundándola por completo, el cielo era puro y azul, Oalitha estaba mas seductora que nunca.... Todo respiraba amor en torno del artista. En medio de aquella admosfera embriagadora solo su corazón estaba triste. LA CAYl'ATlilZ. Oalilha lo comprendió , — ¿qué es lo que no comprende una mujer ? — y como si quisiera alentarle, como si quisiera darle un consuelo, le dijo mirando el retrato: — Me habéis pintado mas hermosa de lo que soy. (iradas, Mieris; gracias, amigo mió. Y diciendo esto le tendió su lina y blanca mano. El pintor la tomó entre las suyas. Aquella mano temblaba, aquella mano le abrasaba con su contacto. Mieris no pudo contenerse y, abrasado por ¡acalentura, se inclinó y eslam- pó un beso ardiente como un botón de fuego en aquella mano. Cuando Oalítha fue á relirarla, ya no estuvo á tiempo. En aquel momenlo se abria la puerta de la habitación, y el ronde de (¡ruyt- land apareciaen el umbral. Oyó el ruido del beso y vio como Oalitlia retiraba su mano. Quedó un momento consternado , y en seguida, obedeciendo al primer im- pulso de cólera , se arrojó hacia la morisca desenvainando su espada. Oalitlia dio un grito horrible , y pálida y azorada lim ó lejos dW conde. Este, reprimido el primer movimiento, aunque Irénndo de emoción, se quedó clavado y no trató de perseguirla. — Nó , dijo envainando su espada , no soy tan débil como D. Fernando para recurrir á un asesinato. Y volviéndose al pintor, iba á decirle algunas palabras , cuando un rumor extrafio'fué a sobresaltarles á entrambos. Oalilha acaba de subirse a una ventana de la habitación que daba sobre el rio. Se |iceci])iliiniii los dos á un tiempo , pero ya tarde. La morisca acababa de arrojarse. Un grito penetrante de mujer y el ruido de un cuerpo que caia al agua les anunciaron que ya todo estaba concluido. Oalitha se habia ahogado. Los dos hombres se quedaron uno en frente de otro , inmóviles y silenciosos: la cólera del conde Imhia hecho lugar á un sentimiento bien distinto por cierto. Mieris abandonó aquella casa donde habia nacido y desvanecióse su felicidad de la manera mas terrible. l£l retrato de Oalitlia casi terminado quedó entre las manos del conde , y á la muerte de ésfe puso con (oda su galería al museo. Así fue como la dicha de Mieris concluyó por una catástrofe. VA conde , para sustraerse á la inlluenria de los lugares, se retiró á Bélgica. Mieris, como para olvidar su infortunio , después de dos ó tres dias de pun- zante dolor, volvió á lanzarse á la embriaguez y al desorden. (Jn feliz zapatero encontró un (lia á un hombre que habia caído en un foso de una casa que estalla en construcción. Tuvo baslanle caridad para sacarle de allí LA CAM'AIRIZ. ¡{¡í y , aun cuando vio que estaba ebrio , para llevárselo á su casa. Al dia siguiente, pasada la embriaguez , el hombre socorrido quiso recompensar á su bienhechor, pero no tenia ni un óbulo en su bolsillo. Este hombre era Francisco Mieris. En recompensa del servicio que le hahia prestado , dio al zapatero su último cuadro al óleo indicándole un judío que hacia el comercio de cuadros y que se lo com- praría. Un efecto, el judío compró el cuadro de zapatero por cuatrocientos llorínes. Toco tiempo después Mieris fue encarcelado por deudas á instancia de acree- dores sin piedad , y murió en la cárcel, en el seno de la mas horrible miseria, á la edad de cuarenta y seis anos. Señora mía, la que leéis estas líneas , una lágrima para la pólice Üalillia y pn el desdichado Mieris. ura BELXSABIO. (CUADRO OE FRANCISCO GERARD.) CUANDO alguno de esos hombres notables que aparecen de tarde en tarde en la escena del mundo para figurar, como personages principales y cual instrumentos de la Providencia, en el inmenso y misterioso drama que eslá representando aquí bajo la humanidad ; cuando alguno de esos hombres, después de haber llenado de hechos extraordinarios la tierra, no solo ha sido hallado digno por la historia de consagrar á su memoria algunas de esas páginas que dan la inmortalidad , sino que ha merecido también que la poesía, la música ola pintura, apoderándose de sus gloriosos hechos, y rodeándolos de ese prestigio mágico que dan las artes á toilos los objetos á que aplican su luz, hayan estendido su fama y héchole popu- lar; sucede con frecuencia, y muchas veces con harto detrimento de la verdad, que el retrato poético prevalece y llega hasta hacer olvidarla fisonomía histórica del héroe, y que al paso que se conocen los mas insignificantes detalles de la le- yenda que trazara el poeta, se ignoran quizás los acontecimientos mas grandes que consignó en sus páginas el historiador. Como prueba de esta verdad podría- mos aducir no escaso número de ejemplos sacados, así de la historia antigua, como de la de los tiempos medios y hasta de los mas cercanos á nosotros; mas como no es esta la ocasión de desenvolver la idea que dejamos apuntada, nos contentare- mos con citar los nombres de Alejandro, de Carlo-Miígno, de nuestro Cid , los cuales tienen todos sus leyendas poéticas y sus historias propiamente tales; y al lado de ellos, el del héroe que es objeto de estas líneas, ya porque ofrece su vida y su carácter no pocos rasgos dignos de aquellos; ya porque, como aquellos, es sin disputa mucho mas conocido por la novela política-filosófica de Marmontel. por el cuadro de (lerard y por la inspiración lírica de Donizetli, que por el retrato G'.1 J i l JIL'jíIuU.r. 6 7 HF.I.ISAMO. 35 mas que fotográfico, puesto que la exactitud añade lo característico, de su secre- tario Procopio. Y en efecto ; quien en I re nuestros lectores no conuco álíelisario ciego, errante entre los pueblos ¡i quienes h;i salvado varias veces con su espada, mendigando el óbolo que ha de ¡il¡\ iur su hambre y la de su querida hija fíudojia, y obligado á llevar en sus brazos á su mismo guia mordido por una culebra? Preguntadles em- pero por el líelisario histórico, y os contestarán tal vez que venció á los Vándalos, á los Godos, á los Persas y a los Búlgaros; pero sin conocer tos pormenores mas notables de esos grandes grupos de hechos; sin tener acaso idea del fondo histó- rico sobre el cual se destaca la noble figura de aquel héroe, de la decoración en que ha representado su papel aquel personaje. Procuraremos dar á conocer, en cuanto nos lo permitan nuestras escasas fa- cultades así nuestro héroe como la épocü en que vivió, esperando que los (¡ue lean eslas líneas se harán cargo asido la insuficiencia del que pinta, como también de que siendo limitada la tela en que lia de representarse un asunto tan vasto y com- plicado, forzoso será ú omitir algunos hechos de menos importancia, ó reducir á pequefío tamaño las figuras. Sobro Belisario y su época podría escribirse un libro, y á nosotros no nos es dado disponer mas que de algunas páginas. Rogamos pues á nuestros lectores que no olviden esta circunstancia. Belisario, hijo de una pobre familia de Tracia, y á quien un corazón grande y una buena espada abrieron el camino al supremo mando militar, á la amistad de Justiniano, como él nacido en oscura cuna, y hasta al mismo trono si hubiese querido sentarse en él, vino á tiempo (y el venir á tiempo es otra de las pruebas de la misión providencial de los grandes hombres), no solo para afiadir la gloría de las armas á la gloria de legislador del reinado de Justiniano , si que también para dar algún vigor al ya enfermo imperio de Bizancio, y retardar de algunos afios esa lenta agonía de nueve siglos á que debía poner fin la cimitarra de Malio- meto 11. Sin embargo, si Belisiirin vino a dar lustre, á robustecer y hasta salvar tal vez el carcomido imperio de Oliente, tanto este, como lo aciago de los tiem- pos , como las miserias de los hombros en medio de los cuales vino, como el emperador mismo que entonces regia los destinos del desmembrado mundo roma- no , en vez de contribuir á la grandeza de nuestro héroe, ó le contrariaron casi siempre, ó impidieron cuando menos que ese gran carácter histórico se desenvol- viese, cual de sus ilofes físicas y morales era de esperar. Belisario es grande no solo comparado con los hombres pigmeos de su época , si que también puesto al lado de los héroes de otros tiempos; mas quién sabe si por ventura hubiese aventajado a muchos de estos si las circunstancias exteriores hubiesen favorecido su crecimiento. Si tal cual lo hizo su tiempo ha podido llamársele el Escipion africano de Bizan- cio , ¿qué hubiera [indido llegar á ser si su cuna, su educación , los aconteci- mientos, sus contemporáneos en fin hubiesen contribuido á engrandecerle? 36 BEI.ISARIO. Hacia unos dos siglos que Constantino habia levantado sobre el Bosforo una nueva Roma con los despojos de la antigua, y dádole su nombre ; y aquella nueva ciudad y aquel nuovo imperio, heredero de otra ciudad ydeolro ¡Hi|>(TÍiM|iii'se iba desmoronando de pun> dercépilo, y sobre lodo de puní roiToiiipnlo. se erimnlraba ya en esa vejez anticipada del joven que se li;i dado prisa.en dislVuhirde los goces de la vida; en ese estado de postración de un enfermo al cual en cambio de la sangre juvenil que se le quitara , se le inoculase una sangre vieja ó adulterada. La degeneración era en ella tan rápida , cual lo habia sido el crecimiento , y cuanto habia tenido de artificial la grandeza moral y física de Conslanlinnpla, tanto tenia de natural su ruina. En pos de los emperadores, corrompidos sí, pero todavía vigorosos, todavía valientes que habían regido los destinos de Roma antes de la división del imperio, han venido otros cortados, por decirlo así, á la oriental, que vegetaren el fondo de sus ricos palacios, en medio de un lujo sin gusto, de una pompa sin grandeza, de un despotismo sin energía, tiranos de su pueblo, y esclavos ásu vez de la turba de los eunucos y cortesanos que los rodean, sin vi- gor para levantar contra los bárbaros que llaman á las puertas de su capital la espada de Constantino, que entregan confiadamente al que tal vez se hará de ella una llave para apoderarse del trono; indolentes en fin para todo menos para el vi- cio, ó para ocuparse en forjar y protejer nuevas herejías. Constantinopla conserva todavía cónsules, y un senado, y otras de las instituciones de la Roma antigua; pero todo degradado, todo de :mcro aparato, ilusión teatral de una grandeza y de un poder que no existe, y cuyos nombres si pueden recordar glorias pasa- das, sirven para medir mejor la extensión de las miserias presentes. Numerosas legiones ocupan acaso los cuarteles y guardan los muros de Iíizancio ; pero no vayáis á buscar en los rostros de sus soldados ni el tipo romano ó latino, y ni siquiera el del español, galo ó germano: allí casi no veréis mas que los hijos de razas medio salvajes del norte de Europa y de todos los puntos del Asia, que Constantinopla ha comprado por falta de brazos robustos para manejar una lanza y un escudo, y que , mas que para luchar con los persas, ó con los hénilos ú otros pueblos bárbaros que vengan á desgarrar ó llevarse algún girón de su manto imperial, servirán, de escolta á las acémilas cargadas de oro y de regalos con que el emperador se dignará de vez en cuando comprar su amistad. Vasto es el espacio que entre los dos mares que la bañan ocupan las murallas de liizan- cio , y numeroso es el pueblo que llena sus espaciosas plazas, circos, basílicas y pórticos; pero en ese pueblo no hay que buscar ni virtudes civiles, ni religiosas, ni el amor á lo grande , ni la fortaleza en los peligros, ni siquiera el cariño al suelo que les vio nacer. Ocioso y hambriento, viviendo de distribuciones diarias, ansioso de los goces del senlidn, dispuesto siempre, á la sedición , envilecido pero orgulloso, hoy tomará las ¡intuís por muí herejía y un patriarca, para mañana derribar y lanzar á pedradas ú los diuses y á los hombres que adoraba hoy, y le HEI.ISAIUO. ;Í7 hallareis siempre pródigo de su sangre , de que tan avaro es para su patria , en favor de los verdes ó los azules que se disputan el premio de la carrera en el circo. ¡ Oh ! este es, junto con las disputas teológicas, el principal amor del degradado bizantino, y á él sacrificará, si necesario fuese, su misma patria. Una mañana todo el pueblo de Constantinopla se sienta en las gradas del inmenso circo para presenciar los juegos. Celebrábanse los idus de Knero, y Justiniano asistía á la fiesta. Acababa de terminarse la vigésima segunda carrera (debia haber veinte y siete), sin que ni verdes ni azules hubiesen dado muestras de aprobación ni desaprobación, cuando se levanta de repente un confuso rumor de voces. Eran los verdes que se quejaban á Justiniano: «¡ Desgraciados de nosotros! le decían. Se nos oprime, sin embargo de que somos inocentes: se ejercen contra nuestro nombre y color tales persecuciones, que no nos atrevemos á tomar parte en las carrerps. Se nos niega toda justicia. Dispuestos estamos todos á morir, ó Empe- rador , pero con tal que sea en vuestro servicio y por orden vuestra.» Justiniano intenta apaciguarles con reprensiones, á las cuales los verdes irritados contestan con injurias; estas encienden la cólera de los azules; de los insultos pasan á las amenazas, de estas ó las manos. Uno y otro bando corren á las armas: el in- cendio sirve é ilumina á la vez la sedición. El Emperador pensó en medio de ella en abandonar la capital con su familia y sus tesoros, y lo hubiera efectuado á no ser por la sangre fria de su esposa Teodora y por la espada de Belisario. Mas por fin restablecióse el orden después de cinco dias de devastación y matanza. Este sangriento y característico episodio del reinado de Justiniano costó algunos mi- llares de habitantes a Bizancio , y á las bellas artes pérdidas irreparables (\). En una palabra , y para terminar de una vez el cuadro que ofrecía la capital del imperio de Oriente en la época á que nos referimos, encontrábase en ella todos los crímenes de la barbarie menos su vigor; el celo por la religión menos su docilidad razonada; la civilización en todo su refinamiento menos el orden ; la grandeza er dado una muestra de crueldad y co- bardía mandando ¡iscsiiinr ;'i llildenco. IJUÍSO darla de valor haciendo una última tentativa; mas si bien atacó á los soldados de líizancio cerca de Cartago con un ejército quizás veinte veces mas numeroso, la pérdida de esta batalla arrastró consigo la caida completa de la denominación vandálica. El rey vencido se retiró con algunos compañeros que no quisieron abandonarle en su desgracia á las montañas de ¡Numidia : mus perseguido y bloqueado por Fara , comandante de los hérulos, tuvo, después de haber sufrido los tormentos del hambre y todos los rigores de su adversa fortuna, que ponerse en jnanos de su vencedor. Este después de haber conquistado el África en tres meses' y haber recibido la sumi- sión de los vándalos y hasta de algunos príncipes de la Mauritania, se ocupaba en consolidar la posesión de las tierras ganadas [al imperio, cuando supo que la envidia de sus émulos, que espiaba todas sus acciones y palabras, se entretenía en inspirar sospechas á Justiniano, dándole á entender que su general aspiraba al trono del pais sometido. Dueño ya de él quién hubiera impedido á Belisario el ocu- parlo si hubiese querido? Mas este animoso capitán no era mas, dice Cantil, que un generoso servidor, y no se le ocurrió jamás que su espada pudiese hacer temblar al déspota de Bizancio. Conocidos por Belisario esos rumores, no le quedaba mas recurso que, ó confirmarlos por una rebelión abierta, ó desvanecerlos dando la vuelta á Constaníinopla. La elección no era para él dudosa, y su presencia en la corte disipó los recelos del príncipe. Este le concedió el triunfo, honor que desde los tiempos de Tiberio no habia obtenido ningún general; y los habitan-' tes de Constantinopla pudieron ver desplegarse á sus miradas todas las riquezas de que Genserico habia despojado al mundo, á Belisario marchando á pié al frente de sus bravos, y á un rey vencido Gelimer, que en medio de su humilla- ción pensaba por ventura vengarse de sus vencedores haciendo resonar en sus oidos aquellas palabras de Salomón : Vanidad de vanidades: todo es vanidad; de cuya verdad fue tantas veces vivo testimonio la misma capital del imperio. Be- lisario fue declarado cónsul; pero para él su mas noble recompensa debió ser la fidelidad con que se ejecutó el tratado generoso sobre el cual habia empeñado su palabra de honor el rey vándalo. Y es que el cristianismo habia cambiado el mundo. Roma pagana hubiera dado en espectáculo á su pueblo la muerto del últi- mo sucesor de Genserico, y el combate de sus compañeros de infortunio contra las fieras: Justiniano regaló al rey destronado un vasto dominio en la Galatia, donde halló la paz , la abundancia y tal vez la felicidad, y repartió los mas va- lientes de entre los vándalos en cinco escuadrones de caballería. Toco tiempo permaneció ociosa la espada de Belisario. Justiniano que espia- ba una ocasión favorable para recobrar la Italia, y á quien esta idea debia son- reír mas después que viera con cuanta felicidad la espada de su general habia puesto á sus pies la provincia cartaginesa, quiso darse por vengador de la reina TOMO i. 6 \Í UELISiMO. goda Amalasunta contra su ingrato primo Teodato, como en Gartago se habia dado por vengador de Hilderico contra el usurpador Gelimer. También ahora como antes fue Belisario el encargado de llevar acabo ó el deseo de justicia ó los planes ambiciosos del Emperador. Al frente de unos cuantos miles de bárbaros mercenarios, que otro cualquier general apenas hubiera creído bastante para la sorpresa nocturna do una ciudad sin murallas, Belisario marcha á conquistar la Italia defendida por (lose-ionios mil soldados ostrogodos. Gracias á Ebermor, yerno de Teodalo, se apodera de Regio, y si bien el rey godo se enorgullece por un mo- mento con la victoria alcanzada sobre Muodus, Jas rápidas ventajas alcanzadas por Belisario, y sobre todo la conquista de Ñapóles no debieron tardar en abatir su altivez. Esta hermosa ciudad fue entregada á un horrible degüello por los bár- baros ausiliares del imperio, por mas que Itelisario , que á un brazo de héroe an- tiguo uniaun corazón de paladín de luedad media: Vuestras son el oro y lapida, gritaba á sus soldados pero perdonad á Ion habitantes que son cristianos é implo- ran piedad. En esto los godos viendo á Teodato entregado á la indolencia y al placer ante la tempestad por él suscitada, depónenle como indigno de reynar sobre su raza y proclaman á Vitiges; pero mientras que el nuevo monarca se ocupa en reanimar el valor de los suyos, Itelisario sin disparar unaflechaentra en Roma (336), que al verse libre de bárbaros y arríanos después de 60 años de esclavitud, celebra con trasportes de alegría su libertad y proclama el restablecimiento del Imperio. Pronto sin embargo preséntanse ante los muros de la ciudad eterna ciento cin- cuenta mil hombres guiados por Vitiges, y llenos de confianza en el valor y en la estrella de jefe. Belisario no cuenta mas que con cinco mil soldados; mas estos están llenos de confianza en su caudillo, quien por otro lado les da repetidas prue- bas de lo que vale como soldado y como general. Kn su primera arremetida contra Roma faltó poco para que los bárbaros se apoderasen de nuestro héroe. Vigorosos, activos y ligeros asestábanle por todas partes golpes terribles. Abrumados por el número retroceden los suyos hasta las puertas de la ciudad que encierran al rumor de que su general habia sido muerto. El sudor, d polvo y la sangre podían en efecto ser causa de que los soldados de Belisario no le conociesen, mas el valor y la serenidad con que se defiende de sus contrarios les revelan bien pronto la existen- cia de su general, y arremeten de nuevo contra los godos, que huyen á su vez creyendo que viene sobre ellos un nuevo ejército. Ábrese en íin la puerta Flami- nia para recibir á Belisario vencedor, y á quien ni su esposa ni sus amigos pueden persuadir que descanse y tome algún alimento antes de visitar todas las puertas y atender a la seguridad de Roma. En otro asalto general intentado por los godos, cuando el enemigo estuvo cerca del foso, nuestro héroe disparó la primera flecha atravesando de parle á parte á uno de los gefes bárbaros que marchaba delante de todos. Un grito de aplauso y de victoria de los soldados viene á premiar la acción BELISARIO. £3 de su gefc. Este dispara un segundo tiro , cae otro gefe bárbaro, y llenan el aire nuevas y mas entusiastas aclamaciones. Plácenos, exclama aquí un biógrafo fran- cés, encontrar esos hechos dignos de los héroes de Hornero en la vida, de uno de los generales de la edad media. Nosotros sin embargo que admiramos las hazañas del general de Justiniano, nos condolemos como cristianosde la conducta que observó con el papa Silvestre (1), y de que se sirviese del oro imperial para hacer elegir para ocupar su puesto al diácono Vigilio ; k la vez que como amantes de las artes sentimos que hubiese echado mano para defenderse de los godos, y como proyecti- les , de los frisos, cornisas, capiteles y de las estatuas debidas tal vez al cincel de Lisipo y Praxiletes. Mas que general, sobre todo en la antigüedad, no estaría dis- puesto á sacrificar los monumentos del genio y del saber con tal que pudiese aña- dir una hoja mas de laurel á su corona ? Vitiges tiene que levantar el sitio de Roma, pero va á ponerlo á Hímini. Manda mensajes á (¡osroes para que ataque el imperio por ol oriente, y á los fran- cos para que pasen los Alpes. Diez mil de estos en efecto caen sobre la Italia, sin aguardar las órdenes de su rey Teodeberto. Úñense á las tropas de Uraias, sobrino de Vitigos, quien después de un sitio obstinado se apodera de Milán y con- vierte esta opulenla ciudad en un montón de ruinas. Otra invasión mas terrible de francos en número de cien mil hombres al mando de su rey viene á devastar la Italia, siendo igualmente funestos á los godos y á los bizantinos. Belisario no obstante reanima el espíritu abatido de los últi- mos y arroja á los godos de varias plazas fuertes. En esta ocasión y sobre todo en el sitio de Rávena, donde se hallaba Vitiges encerrado, fue cuando nuestro héroe se ostentó realmente grande , haciéndose superior á las intrigas de la corte imperial y á sí mismo. Todo le hacía esperar la pronta rendición de aquel último baluarte del agonizante poder de los godos, cuando un inconcebible decreto de Justiniano, á la par que concedía algunas provincias al rey godo como tributario, arrancaba de las manos de Belisario una \ ¡doria que contaba con razón como segura. Este desobedece por vez primera á su emperador, y declara que no de- pondrá la espada hasta que haya conducido á Viliges cargado de cadenas áCons- tinopla. líelisario cumplió su palabra, y si bien cayó en desgracia; si bien se le dio por prisión la misma ciudad que hubiera debido recibirle, en triunfo, todo esto no hizo nías que aumentar su gloria. Téngase además presente que. los godos ofrecieron á Belisario la corona que osle acaba de arrancar 'lo las sienes de Viti- ges ; que estaba por consiguiente en su mano colocarla en su cabeza en vez de sentado 6 los p!c« de su raposa Amonlna recostada en un locho masnillco. isla muger domíname luí la que, hablund» por su e«pojo, !len6al|>onllícede Insulln, , ameiitüa-. Anlonini ora el Iniirunieiiio dtl odia íols emparolrii Teodora , que qucrln i .juo oran, agí el jutaclo del emperador de Conniantinuplu, MUJO IUrooruduilc Drtlsnrhi. lí BEL1SAR10. ponerla á los pies de .Fustiniano , y que todo su ejercito estábil dispuesto á darle la razón contra la ingratitud de la degradada corte de Rizando ; mas aquel in- capaz de fallar á su monarca le entregó la Italia que acaba de someter á pesar de sus órdenes. Jamás rayó tan alto como entonces la popularidad del general bizantino: las madres lo señalaban a sus hijos como el sosten y el salvador del imperio , y hubiera podido vivir feliz si hubiera sabido pasarse sin el favor de la corte. Débil empero en la desgracia, cedía, se humillaba, arrastrábase llorando á los pies ile Antonina hasta que esta le alcanzaba una mirada propicia de Teo- dora , que á su vez hacía que se inclinase clemente hacia él el cetro del empe- rador , quien por otra parte estaba dispuesto á servirse de la espada de líelisario siempre que necesitaba de ella. Esta necesidad no tardó en hacerse sentir. En el año Sil los persas invaden la Siria , mas el general de Justiniano les rechaza. Este nuevo servicio es seguido de una nueva desgracia; pero la campaña siguien- te se presentó tan amenazadora é imponente que fue' preciso colocarle otra vez al frente de sus tropas, y solo su presencia bastó para hacer retroceder al rey de Persia hasta las fronteras de sus vastos Estados. En esto volvió á estallar mas terrible en Italia la tempestad. Estaba al frente de los godos un héroe de la sangre real de Teodorico, el famoso Tolila, quien aprovecliándose de los errores y mala administración de los once generales nvlamaciories fueron descendidas , y por'lo Imito no piulo evi- tar (pie, Tolila si liase la a n ligua capital del imperio, que cortas1 sus -mu din los y que una vez dueño de ella destruyese sus fortificaciones. En su sed de venganza quizás el rey?godo hubiera arrasado las casas y los magníficos monumentos del arte antiguo, convirtiendo l¡i ciudad de los (Visares en guaridas de fieras ó en tierras de pasto , á no ser por liclisario que le hizo ver la eterna infamia de que cubriría su noiiilmüleslnijerido aquellas glorias inofensivas. CudiniU diKKO PRKVISOU. cuya hermosura y fuerza de vida, traducida en vivísimos coloras, no pudo debi- litar el rigor de la suerte ni la crudeza de la estación. La mujer de mayor edad , la madre desgraciada de a<|iirll;is Iros criaturas sin amparo , era una perfecta estatua del dolor , del dolor i|ii<> sufro y calla , del dolor que ya no tiene lágrimas ni voz ; que tiene escaldados los ojos , seca la garganta, y al pedir al corazón la última gota de jugo siente desliarse entre los labios la primera gota de sangre. Su honrado marido habia muerto dos meses antes, y al bendecir á sus hijos por la última vez, dirigió á su esposa la siguiente despedida: — Alma de mi alma, madre de mis hijos, vive para ellos.... Y la pobre mujer vivía muriendo : su martirio consistía en la imposibilidad de satisfacer las necesidades de aquellas criaturas. La enfermedad y la muerte del jefe de la familia privaron á esta de sus esca- sas economías; después vino la horfandad , y mas tarde el invierno , y con el invierno la miseria, es decir, el hambre y el frió. La pobre madre no desesperó jamás de la misericordia divina ; pero el invierno fue aquel año tan sumamente crudo, que hasta acabó con la caridad de las pobres gentes que socorrieron du- rante algún tiempo á la desvalida familia. Entonces comenzaron los apuros : faltó un abrigo pina las tiernas criaturas, y su buena madre les decia : — El Señor, que es todo misericordia y bondad , os calentará con los rayos del sol: el calor del sol es mas saludable que el de la lefia , y aun que el de la ropa. Pero amaneció un dia sin sol, y después los cierzos helados, las brumas ne- bulosas y la nieve reinaron constantemente. (¡uando los vientos estremecían la cabana y su lúgubre ahullido despertaba á las tiernas criaturas de sus hermosos ensueños, su madre les decia : — Bendecid á Dios, hijos mios; no nos abandonará sin duda aquel que entre los pliegues del huracán conduce el alimento al pico del avecilla. Pero los vientos derribaron la flor de los árboles y troncharon los campos: se perdió la cosecha, y los artículos de primera necesidad subieron de precio. Cuando las lluvias liltrahan abundantemente en el interior de la miserable vivienda y convertían los campos en insabible maremma , la excelente madre decia , para consolar á sus hijos , cuyos vestidos estaban empapados en agua: — Prosternaos ante la bondad divina : las lluvias del invierno alimentan las fuentes durante el verano , y en las fuentes se deleitan los pobres como nosotros. Mas el agua continuó cayendo en abundancia, y los niños no pudieron salir ni aun en busca del pan que faltaba dentro de la cabana. Y así trascurría el invierno, poniendo á prueba la resignación de aquella familia ; la resignación que es la virtud de los desgraciados. EL PANADERO 1'ltliVlSOH. 5tf Llegó un (lia en que dentro de la cabana apenas liabia groseros víveres para alimentar durante breves horas á un adolescente. La virtuosa mailre los dividió entre sus tres hijos, y aquel día se nlimenló de lágrimas j de oraciones. Á la mañana siguiente, ni aun pudo hacer a<|iirl surnlicio Inri gmlo al corazón ma- ternal: para que en el interior de la cabañil follase lodo, empezaba á follar hasta- la esperanza. Tal es la situación en que encontramos á la desgraciada viuda. La hija mawir, la que ocullaba su roslro en la laida de su madre , fijó en ésta una mirada que desgarro el corazón de la desventurada iniijec, porque aquella mirada revelaba un dolor que la pobre viuda no podía consolar. Al propio tiempo una ráfaga de viento helado estremeció la puerta, y al ruido que produjo y á la sensación del frió que súbitamente se dejó sentir de una manera mas aguda, despertaron llorando los dos hermanitos, y juntos pidie- ron pan. — No pan — dijo la desconsolada madre con voz ronca—sangre de mis venas os daría, si supiera que la apetecíais. Pero nada tengo, si no es luto y de- sesperación y miseria. Los niílos continuaron llorando: ¿.qué saben de lo que es un casligo tan horrible como el hambre dos infelices criaturas que aun no han sido abandona- das por el ángel custodio de los niños? La viuda contempló ala hija mayor, entre cuyos hundidos ojos despuntaban algunas lágrimas. — También á tí te falta valor, pobre hija mia.... — Valor, no madre; pero me fallan fuerzas. La infeliz mujer exaló un grito desgarrador cuando vio que Ángela , así se llamaba su hija , llevaba las manos á la cabeza al sentirse acometida de uno de aquellos vahídos horribles que ocasiona la debilidad. — Hija mia , Dios que es grande , ha dispuesto que la caridad de los ricos sea patrimonio de los pobres. ¿ Tienes valor para llegar con tu pcquefiíi hermana á la aldea vecina?... — ¿ Y qué haremos en la aldea V — El dia es tempestuoso y frió : ni aun las aves han salido de sus nidos : ¿quién no tendrá compasión de dos criaturas como vosotras cuando leudáis una mano helada iiuplnnihdn una limosna? Ángela se ruborizó : nunca había mendigado ; pero sus hermanitos continua- ban llorando , y la mirada de Dios no llegaba, al parecer, al fondo de aquella cabafía. — Madre mia — dijo — estoy dispuesta. La viuda adivinó el sacrificio , y despojándose de los miserables pañuelos que cubrían á medias su cabeza y espaldas, arropó con ellos ala hermosa Án- 54 EL PAISADMiO I'IIKYISOH. gela y á.su tierna hermana , que temblaba de frío y de hambre á un tiempo. Entrególes asimismo un cesto estremadamente viejo, y luego , haciendo que entrambas doblaran la rodilla, levantó al cielo los ojos, y dijo: — ¡ Señor! devolvedlas á mis brazos: yo los pongo en los vuestros... De pronto pareció acometida de una idea extraña. — Si yo me atreviera.... — pronunció entre dientes. Ángela detuvo el paso viendo la perplexidad de su madre. L«i viuda abrió un viejo arcon sin cerradura , y de su fondo sacó un Iiotecito de lata dentro del cual sonaban algunas monedas. En seguida, metió la mano en el bote y cstrajo una medalla vieja, enmohecida, toscamente labrada, donde confusamente se adivi- naba , mas con el tacto que con la vista, el trabajo del cincel ó la fuerza del cuño. — Hija mia — dijo la amante madre, — si el corazón de los hombres es tan frió como la nieve que cae, compra pan con esto. Y alargó la medalla á su hija, que retiró tímidamente la mano. — Madre mia — dijo Ángela — esto es una moneda falsa : una vez quisieron prender á mi padre porque circuló una de ellas. La tierna ñifla hacía con estas palabras referencia á uno de los muchos dis- gustos que habian aquejado la vida de ;u|iiell;is pobres gentes. Un dia se ocupaba su padre en la excavación de un terreno donde pensó cons- truir una choza menos incómoda que aquella que habitaban, cuando la punta de su pico tropezó con un cuerpo duro , produciendo aquel sonido vibrante propio de dos metales que chocan entre sf. Al averiguar la causa, dio con el bote lleno de medallas, hallazgo que por un momento le colmó de alegría ; mas cuando al dia siguiente fue al mercado con una de aquellas, se promovió contra él un albo- roto entre los vendedores, que unánimemente rehusaron la medalla y acusaron á su dueño como expendedor de moneda falsa. Por fortuna estaba muy acreditada la honradez del acusado , y el alcalde del pueblo le dio suelta , después de haber destruido el cuerpo del delito. A este hecho se referia Ángela cuando ruborizada rechazó la moneda de su madre. Esta, que se llamaba María, hermoso nombre que suena en los oídos con la armonía del laúd de los ánjeles, arrojó un suspiro, y fue á depositar la me- dalla en el bote y el bote en el a.rcon. — Tienes razón, hija mia,—sería un engaño, un delito. Primero morir que faltar á la ley de Dios. Parte, Ángela , Dios es grande : no os abandonará. Mas la niña, en lugar de moverse del sitio, parecía estar detenida y preo- cupada por una meditación profunda. Sus grandes ojos, un momento antes vela- dos por las lágrimas , brillaron con el fuego de la inspiración, y sus labios profi- rieron en voz baja algunas palabras, que su madre no pudo entender. De repente la tierna niña dijo á su madre : EL P\INADI:RO piumson. ;;;; — Madre, Dios no quiere que engañemos al prójimo.... — lis ciorto, liijamia; elocuente luí sido lu lección. — IVrdon, madre mía! pero deviilvi'dinc esta medalla, 1¡1 Señar quiere que lo intentemos todo antes que dejar morir de hambre á nuestros hermanos. María no acertaba á esplicarse el súbito cambio experimentado por su hija, dudó aun , pero los pequcíluclos continuaban pidiendo pan , y la desventurada muger dejó que los latidos de su corazón sofocaran la voz de su conciencia. En- tregó la moneda. Ángela partió en compañía de su hermana. Kra ciertamente un espectáculo triste, muy triste, el de aquellas dos infelices criaturas, solas, abandonadas, ar- rostrando la crudeza de los elementos . Untando de frió, alejándose del bogar doméstico, impulsnilas.... horrible es decirlo, impulsadas por el hambre. ¡Cuantos son los poderosos de la fien-a que acogen esta palabra con sonrisa de desprecio, suponiendo que únicamente ecsiste en los libros de los novelistas! Y sin embargo, esos misinos poderosos, á la conclusión de un baile, á la sa- lida de un teatro, al entrar tal vez en una casa de juego donde en breves liorai han de pasar de unasá otras manos diez fortunas distintas, habrán desviado la vista para no reparar en el grupo de una madre que alimenta á su tierno infante con sangre en vez de leche; ó habrán precipitado el paso para no ser molestados por la voz de unos niños, á quienes llaman impertinentes porque piden para com- prar el pan que aquel día no han comido.... María, la escelente madre, no se había engañado tocante á la compasión que inspirarían sus dos hijas; este fue el sentimiento que escitaron en cuantos vecinos de la aldea las vieron. Pero los vecinos de la aldea eran también muy pobres, y la caridad es una virtud de que muchos se hallan privados. Ángela recogió algunos don;ili\os groseros, pero nadie se desprendió de un pedazo de pan, y la niña no quería volverá su casa sin traer lo que incesante- mente pedían sus hermanilos. Su destiño la condujo en aquel momento dolante de un edificio mucho mas vasto que los restantes del pueblo, y del cual se « s a - laba ese olor que despiden las panaderías abundantemente provistas de pan ca- liente. Ángela detuvo el paso y sin querer se sonrojó, porque había pasado por su mente la idea de poner en circulación la moneda falsa. De pronto cojió déla mano á su hermanita y quiso alejarse de aquella, tentadora vivienda; pero su tier- na compañera se negó á dar un paso, bien porque su debilidad se lo impidiera, bien porque comprendiese que dentro de aquella casa se encontraba en abundan- cia lo que ella apelecia tanto. Ángela deslizo una mirada en el interior y vislumbró á un hombre de color sano, gordinflón como él solo, insensible en apariencia al frió, sentado en un có- modo sillón junto á una mesita encima de la cual se veian varios panes. El hom- bre aquel se entretenía acariciando á un perro sucio y feo, al cual arrojaba enor- • >t¡ .. HL l'A\AI)l-:it(> I'MVISOK. mes mendrugos, que el animal despedazaba sin comerlas n a l si se desdeñara de tan vulgar alimenlo, que abandonaba, despurs de desmenuzarlo, enlie el fango tlcl pavimento, puraque lo pisoteasen algunas gallinas que en aquél se revolcaban. La vista de esta escqna decidió á la joven. «Es imposible, se «lijo á sí misma, que un hombre que así desperdicia el pan, no tenga un bocado de él para dos infelices criaturas alendas de hambre y de frió.» Animada por esl;i idea. Iraspasó el umbral de la puerta y bajó la cabeza con ese aire humilde del que implora la caridad agena. lil panadero no tuvo necesidad de que Ángela hablase para comprender su intención, y con ese acento indiferente con que veinte veces al dia repetimos mu- chos, cuasi todos, una frase harto cruel, dijo: — Dios os ampare.... Sarcasmo horrible.... ¿de quién se vale Dios para amparar á los hombres sino es de los hermanos de estos hombres? ¿Qué quiere decir Bios os ampare, si empezamos los hombres por renegar de que somos unos meros instrumentos de la caridad divina? Aquella repulsa llegó hasta el corazón de Ángela, y cuando se disponía á volverse enjugándose una lágrima que rodaba por su mejilla, observó que su hermanita, impulsada por la vista de los panes, se habia colado de rondón hasta la mesa y extendía la mano para apoderarse de uno de ellos. El dueño la lanzó una mirada terrible y llamó á su perro, sin duda para azuzarle contra la pobre nina. Ángela temió por su hermana y penetró decidida en la tienda, mas fue para convencerse de que era inútil querer sacar de aquel sitio á su hermana si antes no eran satisfechos sus deseos.... ¿Qué es sus deseos? Su apremiante necesidad. —Buen hombre—dijo entonces Ángela, metiéndose en el bolsillo de su tos- co delantal una mano trémula,— vendednos uno de vuestros panes. El panadero preguntó á la niña entonces , con tono bien brusco por señas. —¿Y de qué peso le queréis? —Del que baste á pagar esta moneda. Y bañada (Je sudor frió, pálida, temblorosa, pronto á desfallece]' de vergüen- za, depositó encima de la mesa la medalla que su madre la habia entregado. VA panadero recogió aquel objeto, yá medida que iba practicando su reconocimien- to, brillaban de ira sus ojos, que se lijaban alternativamente en la medalla y en Angela, medio muerta de rubor y de miedo. —¡Habráse visto atrevimiento igual! — esclamó aquel hombre sin corazón descargando un terrible puñetazo sobre la mesa,—no le bastaba áesla familia la tentativa del padre que aun vuelven á sus criminales intentos.... lis preciso po- ner un coto á estos desmanes...¿A donde iríamos á parar?... Monedas falsas ayer, monedas falsas hoy...¡Pues cárcel hoy, y cárcel mañana! Al oir la palabra cárcel, echó Ángela á correr instintivamente; pero el per- EL PANADERO PRKVISOIt. 57 razo que hasta entonces se había entretenido en despedazar un cesto de roscas ca- lientes, en dos brincos se colocó delante dfi la puerta , impidiendo el paso á la fugitiva. La Iwrmunita , sorprendida por aquel movimiento y asustada por los gritos del panadero y los amenazadores ladridos del perro , echó á llorar con to- da su alma, aumentando la confusión de la escena y la desesperación de Ángelíi. AI rumor acudieron multitud de vecinos, curiosos por averiguar la causa de aquel desorden. —¿Qué pasa, compadre? preguntaron. —¡Qué ha de ser!...—respondió el panadero,—que esa vagabunda bribo- nazaes una espendedora de moneda falsa. Ved , ved lo que me daba por precio del pan que quería comprarme.... Y puso de manifiesto la medalla que en un momento circuló por las manos de todos los vecinos, poseídos de la mayor indignación. —lié aquí que cosa son los mendigos—dijo una voz,—unos bribones! —Unos vagabundos! —¡Unos ladrones! —Unos agentes de los monederos falsos í ¥ trocándose en un momento el afecto compasivo que habían inspirado las dos ninas algunos minutos antes, muchas mujeres que habían socorrido la mise- ria de Ángela, volvieron á apoderarse de aquellos objetos, que la pobre criatura no podía defender, como no podía defenderse á sí misma. r—¡A la cárcel! —¡ A la justicia con ella!—esclamaron á un tiempo varias voces. —Sí, sí ¡á la justicia!—respondió en coro la multitud. Hay gentes que en pronunciando la palabra justicia creen haberlo dicho todo; como si la justicia de los hombres no estuviese muy bien representada algunas veces con Jos ojos vendados. ¿Quién , sino Dios, puede apreciar la conducta de una madre que roba un pan para impedir que sus hijos se mueran de hambre ?... El panadero, muy orgulloso con poder prestar aquel servicio a la causa de la moral pública, se apoderó de entrambas níilas y echó á andar hacia la casa del alcalde, seguido de la multitud que perseguía á Ángela con sus insultos y amenazas. I)e esta suerte llegaron todos á presencia de la justicia. firalo entonces el mesonero del pueblo, hombre que se preciaba de recto, y que lo fuera sin duda á poderse preciar asimismo de entendido. Lo impensado de aquel verdadero tumulto popular atrajo la atención de cuantos forasteros se albergaban en la posada, entre los cuales figuraba un ca- ballero de mediana edad, de rostro grave y afable á un tiempo, detenido en su camino por la crudeza del dia, y al cual, por viajar en carruaje particular, la justicia del pueblo habia cedido los colchones de su propia cama, siquiera porque la del huésped tuviese visos de aceptable. •">8 E L P.WADIJKO PIlEVISOJl. Kl mesonero constituido en tribunal , (lió comienzo al interrogatorio de la acusada en los siguientes términos: —¿Cómo te llamas? —Ángela—respondió la nina con voz ahogada por el llanto. —¿fis cierto que quisiste satisfacer el precio de un pan que compraste por medio de una moneda falsa? —No se, seüor alcalde. —¡Cómo que no sabes!... ¿Reconoces como tuya esta moneda? Y puso de manifiesto á la nina la fatal medalla. —Si, señor alcalde. —Ha confesado el delito—dijo la justicia con la satisfacción que pudiera os- tentar un magistrado después de haber descubierto al autor del crimen mas hor- rendo. — ¡Ha confesado!—repitió la multitud interesándose cu el desagravio de la ofendida moral pública. — Por lo cual — prosiguió el mesonero — y visto que la moneda es falsa á no poderlo ser mas, sea la acusada conducida á la cárcel del pueblo. En aquel momento resonó un grito agudo , desgarrador; y una mujer con una tierna criatura en los brazos, penetró en el centro de aquel corro tan hostil para la pobre Ángela. Aquella mujer era su madre. María era una viva imagen de la desesperación que estalla. Quiso hablar, pero fatigada por una caminata veloz como se supondrá lo sea la de una madre que corre al socorro de su amenazada hija, faltóle el aliento, y tan solo se detuvo para decir : — ¡ Es inocente ! ¡ Es mi hija!! Aquella brusca aparición rompió , por decirlo así, las trabas que sujetaban á la desgraciada Ángela , que corrió á abrazar á su madre , esclamando : — ¡ Perdón , madre mia! Soy culpable; pero yo no queria volver á la caba- na sin pan para mi familia. Hubo un momento de silencio: la opinión pública, que antes se había mani- festado de una manera tan terminante, empezaba a arrepentirse de su fallo , é indudablemente estaba resolviendo , sin apercibirse de ello , un gran problema social, á saber, si lo justo es justo siempre. Cuando la viuda se hubo repuesto de su fatiga, se levantó, y estrechando entre sus brazos el grupo formado por sus hijos que permanecían en pie" delante de ella , dijo : — Señor alcalde , aquí no hay mas culpable que yo , que he entregado á mi hija esta moneda. Hay afectos que el hombre mas rústico comprende, hay escenas que produ- cen un efecto mágico aun en aquellas personas mas alejadas de la civilización. EL PANADERO PI1KV1SOR. 59 María no pronunciaba palabra alguna, y sin embargo n¡ Cicerón defendiendo á Rossio estuvo mas elocuente que la viuda en su modismo. El mismo alcalde se sintió estremecido; pero ya lo hemos dicho, se preciaba de ser muy recio , y so- focó la voz del corazón que le gritaba : ¡ perdona! — Oid, buena mujer—dijo—!¿ teníais noticia de que esta moneda era falsa? — Mi marido me había manifestado simplemente que no se la lmbian admitido en el mercado. — ¿Qué motivóos indujo á poner en circulación ese pedazo de cobre mal batido ? El no tener en mi cabana mas pan ni mas moneda. — ¿Os queda alguna otra de la misma ilegitima condición? La viuda no respondió á esta pregunta. — ¿Oís lo que os digo?.... Contestad — dijo la justicia muy satisfecha con haber encontrado aquella ocasión de ahuecar la voz que ya empezaba á humani- zarse mas de lo que creía convenir á un acto oficial de tanta importancia. — Pues bien ¿á qué negarlo?... Oirás tengo , helas aquí... Pero no culpéis á mi hija! Y tirando lejos de sí con desprecio el botecillo de las, monedas, estrechó fre- néticamente á Ángela, cual si temiese que la arrebatasen de sus brazos. El alcalde vació las medallas sobre la mesa : había como unas ciento; pero tan visiblemente distintas de las reconocidas por la ley, que á. su vista se levantó un murmullo nada favorable para la acusada. Algunos curiosos las reconocieron lijeramente , desviando en seguida la cabeza con disgusto : únicamente el viajero de quien antes hemos hablado manifestó mas minuciosidad en su examen. Aquel fallo de la opinión pública dio al traste con los buenos sentimientos de la justicia : el alcalde miró con torvo ceño á la madre y á la hija, y con el tono grave aunque indiferente con que se pronuncian las fórmulas, dijo: — ¿ Reconocéis como vuestras esas monedas ? — Como mias, no de mi hija — respondió María. — Y tú , nina ¿ confiesas haber puesto en circulación la moneda que pre- senta este hombre? — Si señor — dijo Ángela. Su madre prorrumpió en un grito de dolor, porque aquella confesión impor- taba necesariamente una condena. El alcalde se volvió al fiel de fechos y al alguacil, allí presentes, diciendo : — Dése parte al juzgado, y sean conducidas á la cárcel esas dos mujeres. Al escuchar estas palabras, María se colocó delante de su hija , cual si qui- siera ocultarla ó defenderla con su cuerpo: la pobre nina estaba poseída de un temblor convulsivo, y sus dos tiernos hermanitos lloraban , sin saber porqué. I Infelices de ellos si hubieran comprendido lo que es separar á una criatura de los cuidados de su madre !... (¡fl EL PANADKRO ['UFÍVISOIt. Los testigos de aquella escena empezaban á encontrarla sobrada patética, y algunas mujeres, que siempre son las primeras en compadecer la desgracia, algunas madres, comenzaron á apostrofar al avaro tahonero por su crueldad. Pero la orden estaba ya dictada, y una autoridad de monterilla que presume de justa es mas ejecutiva que una sentencia confirmada. La madre y la hija se abrazaron ; luego tomaron en brazos a los dos herma- nitos, y se dispusieron á emprender el eamino de la cárcel sintiendo pesar sobre su corazón esas miradas curiosas que el público fija en los presuntos criminales, fcn verdad que no comprendemos porque debe darse tanta publicidad a las prisio- nes : la vergüenza pública es una pena harto cruel para que se la imponga antes de la formación de causa. Los vecinos abrieron paso silenciosos á aquel interesante grupo: el alguacil, con ser alguacil, hubiera preferido un dia de calentura á tener que desempeñar tan triste servicio. El alcalde volvió á sentirse conmovido, y para reponer el pres- tigio exterior de la justicia, comprometido por una lágrima que empezaba á fluc- tuar dentro del párpado, dijo sentenciosamente : — La justicia debe ser siempre.... justa. — Un momento, señor alcalde — dijo el viajero que hasta entonces habia estado examinando las monedas: —no hay duda en que la justicia debe ser siem- pre justa , pero esto no quita que pueda alguna vez equivocarse. — Caballero, mi rectitud... — Su rectitud de V. se halla perfectamente acreditada; pero , señor alcalde, se ha equivocado V. de medio á medio. — ¡ Cómo ! — exclamaron María y Ángela , coreados por todos los testigos de aquella escena. — (¡orno que estas monedas— prosiguió el viajero — son de ley y muy de ley. Kilo podrá V. no conocerlas y quizás estén fuera de circulación ; pero esto no impide que sean , corno lo he dicho á V., monedas buenas, muy buenas , mas de lo que V. presume. Las presuntas reas quedaron inmóviles escuchando las razones de aquel ines- perado defensor. Todos los presentes prorrumpieron en una exclamación de jú- bilo , y únicamente el alcalde, por no declararse tonto, hizo alarde de cierta sonrisa que revelaba una gran dosis de incredulidad. — Caballero—dijo — V. dispense; pero cuando los misinos acusados no-nie- gan.... Ademas, esas medallas roñosas.... ¡ Imposible ! — No nos desampare V. —exclamó María arrojándose á los pies del viajero. — No soy culpable , puesto que soy madre ! — Señor alcalde— dijo el viajero — voy á dar á V. una prueba de la vera- cidad (le mis palabras. Pregunte V. á ese hombre — y designó al panadero —que cantidad de pan daria á cambio de todas estas monedas. EL PANADERO PRUVISOR. 61 — Ni tampoco media libra del mas moreno —respondió el panadero sin titu- bear ni aguardar siquiera la pregunta de la justicia. — Pues bien — prosiguió el viajero, —yo á cambio de esa moneda que el panadero ha rcusado , pago de mi bolsillo , en moneda de oro ó plata, metálica y sonante , cuanto pan se encuentra en su tahona. Renunciamos a pintar el asombro que se reflejó en todos los semblantes al escuchar esta proposición. — ¿Acepta V. mi oferta? — prosiguió el viajero dirigiéndose á María. Esta no acertó a responder: se lo impidieron sus lágrimas, sus lágrimas que volvió á encontrar, porque eran de alegría, y estas hacia mucho tiempo que las conservaba intactas. — Hago mas aun—continuó el viajero: — voy á demostrar á esas pobres gentes su ignorancia. ¿Cuántas monedas ha presentado esta excelente mujer? — Ciento y siete — contestó ei fiel de fechos. Entonces el viajero reflexionó un momento , y dijo en seguida: — Oiga V. , buena madre ; ¿ quiere V. cambiarme estas monedas á razón de un peso duro cada una? Esta vez los semblantes ya no revelaron asombro , sino estupidez. María y Ángela contemplaban al viajero como contempla un cristiano la ima- gen de su santo patrón, En cuanto al alcalde, hjibiera cedido la mitad de sus tierras y ganados á trueque de no haber caído en un error tan grande. — ¡ Qué dirá de mí el gobierno de S. M. — decía — cuando sepa que he querido encarcelar á una mujer porque expendía pesos duros á dos reales!... Pero ello es que toda objeción y duda hubo de cesar cuando vio que el viajero sacaba de su bolsillo dos mil ciento cuarenta reales de buena moneda, y los en- tregaba á la viuda en cambio de aquellas medallas por las cuales el miserable pa- nadero decia no haber dado una hora antes inedia libra de pan de la íntima clase. Ángela y María, rehabilitadas en la opinión pública y dueilas impensada- mente de una fortuna, que tal era para ellas la cantidad recibida, no cesaban de abrazarse entre sf y de abrazar á sus hijos y hermanos , socorridos por aquellos pobres vecinos, no menos contentos del desenlace deai|iiH episodio, lin medio de tantos rostros alegres, únicamente dos fisonomía* eslalian nmipurtjidas, la del alcalde.de pesar por haberse equivocado públicamente la justicia en su persona, y la del panadero de enojo por no haber aceptado por un pan de dos reales una moneda que valía veinte. Ángela y María fueron llevadas poco menos que en triunfo á su cabana, donde la solícita mano de los mas compasivos depositó abundante limosna de ví- veres y abrigos. El casucho, pocas lloras antes lugar de desesperación, se habia convertido en templo de felicidad. Aquella misiiui larde el viajero que tan espléndidamente habia adquirido las (12 EL PANA DURO I'itKVISOH. medallas lie María, escribía á un amigo suyo mm estensn carta, ¡ti final de la cual se leian las siguientes palabras: «Acabo de hacer una adquisición numismática de gran valor íi mi entender: por una bagatela he adquirido gran número de monedas de los primeros reyes visigodos. Quizás me equivoque respecto de su mérito, por mas que lo dudo; pero aun cuando así fuera, no vale lo que yo he dado por ellas el placer que he sen- tido practicando muy a tiempo un acto de caridad. » He aquí revelado el secreto de aquella estraordinaria compra. Para la ciencia era un huen negocio; para María y para Ángela, que no tenían ciencia pero que tenían fe', todo se redujo á un milagro. Por esto todos los dias á la caida de la tarde, cuando Ángela regresaba de apacentar su nuevo rebaño, y sus hermanitos acudían á la frugal cena cargados de forraje para las hermosas cabras y los tiernos corderitos; su madre, que antes era modelo de resignación cuanto después lo fue' de gratitud, se despedía del sol poniente en estos términos: — ¡ Benditos los que ponen toda su esperanza en el Sefior! Dios es el Dios de los fuertes y de los humildes.... Dios es el Dios que fecunda la tierra para los ricos y para los pobres.... (CUADRO DE SIMONSEN. «Cuando la cabeza baja, el corazón sube» decía san Agustín. Poro Mingo, el viejo marinero, (¡uc no conocía al santo mas que por su nom- bre, tenia, sin embargo, grabada en su corazón aquella máxima, que nadie le habia enseñado, y que él solo se habia aprendido , con el peso de los aúos y á fuerza de desgracias. Habia sido Mingo en su juventud un intrépido y activo marinero, mereciendo siempre la confianza de todos los capitanes bajo cuyas órdenes habia viajado, pues nadie como él entendía tan bien el manejo de un buque, y tan familiarizado estaba con los vientos, que llegaba á vaticinar, anlesque ningún otro de sus com- pañeros, el resulladi) t\v cualquier luinieiila que les amenazara, y lo que podía es- perarse de la mas leve señal que repenlimimente se notara en la aduiósícra. Con todo, la misma confianza que por su aptitud se habia merecido, hacía que los demás le miraran como una superioridad entre ellos, y esto le habia engreído de modo, que llegó á creer necesario , para conservarse en su altura, hacer ciertos actos de generosidad y desprendimiento, perjudiciales, sin duda alguna, á sus intereses, sobre todo si se atiende al mezquino sueldo que cobraba. Al llegar a tierra, cuando regresaba de algún largo viaje, sus manos genero- sas repartian entre todos sus amigos y vecinos mil objetos estrados, frutas, y to- do cuanto habia podido comprar en los lejanos paises de donde volvía; y si en la taberna ó bodegón que frecuentaba, encontrábase, por casualidad, alguno de sus companeros de oficio ó de viaje, ya era sabido que el generoso Mingo era el que habia de pagar la fiesta. En sus conversaciones era nuestro marinero algo libertino , y su lenguage, (ii EL MAJilNKIIO. como en la mayor parte de los de su clase , dejaba en duda si su tosco é irreve- rente modo de hablar, algunas veces, era producto de frecuentes pasiones y de una educación extraña, ó si un vicio inocente, originado del roce habitual y con- tinuo con otras gentes, en las cuales estuviesen mas arraigadas aquellas faltas. Todo esto contribuyó á que el marinero pensase menos de lo que debía en su porvenir. Al llegar á cierta edad en que las fatigas son menos soportables, los mismos esfuerzos que hacía Mingo para cumplir como siempre , le acarrearon una enfermedad aguda, experimentando tal postración en sus miembros, que en vano probó de embarcarse, pues el mismo elemento con el cual habia estado mas ligado desde su niíléz, se transformó entonces en enemigo suyo, y no hubo mas remedio, para que la flojedad de los nervios no degenerase en otra enfermedad mas penosa, que renunciar ¡i la mar. ¿Pero qué habia de hacer en tierra el mari- nero, viejo, pobre, enfermizo, sin parientes, y sin albergue en donde pasar la vida? No hay que explicar los apuros del desgraciado Mingo, y de poco consuelo podia servir la esperanza de la generosidad ajena, para quien habia hecho gala toda su vida de generoso y desprendido. Los demás no tenían su corazón, y haber de recordar su generosidad, para que los otros la tuviesen con él, equivalía á pe- dir limosna. Entóneos conoció Mingo, por primera vez en su vida, que su frente se incli- naba , sus continuos pensamientos para salir de sus apuros le hicieron bajar la cabeza mas de lo que se imajinara, y, por lo mismo, entonces fue cuando, ele- vando el espíritu á la Providencia, pidió un socorro en sus tribulaciones. Otro que no hubiese tenido las circunstancias de Mingo quizá se hubiera aburrido, precipitando mas y mas su cansada vida; pero nuestro marinero habia sido siempre laborioso y activo , y én el fondo del corazón se conservaba una parte de virtud que , unida, en la vejez , á la reflexión , indispensable en tal edad , y al temor de la vida futura, podia transformar muy bien en hombre hon- rado y tranquilo , al que , hasta entonces, habia mirado solo como importante la fuerza material y los goces efímeros del cuerpo. Arrimado á las playas de la ciudad en donde habia nacido, y en el punto que le pareció mas delicioso, con restos de aparejos y de otros materiales de buques, que le proporcionaron amigos suyos, levantó Mingo un toldo, á manera de bar- raca , compuesto de un trozo de espesa lona, que sujetó por la parte inferior con gruesas estacas , apoyando la parte superior en un armatoste de madera, que tenia forma de cuadro, y que sostenía por medio de dos gruesos palos inclinados que se hundían en la arena. Aquella era la morada donde el marinero permane- cía de dia, y por la noche, no hacía mas que correr otro pedazo de lona, a ma- nera de cortina, que guardaba replegado encima, y se quedaba tranquilo é inde- pendiente en su choza , que no trocara, en su pobreza , con ol mejor palacio de la ciudad. EL MARINERO. 6Í¡ La barraca de Mingo era para él mas que una casa , era un taller ú oficina, era sitio de recreo , era (emplo de amistad, ora, por fin , escuela y recuerdo per- manente de aquella carrera que con tanta afición habia profesado ; y para carac- terizar mas este conjunto, hasta se notaban junto á ella ciertas particularidades, que hubieran parecido escogidas y buscadas, si la casualidad no las hubiese amontonado allí: tales era una ancla inservible y un antiguo cañón , enclavado en la arena , sobre del cual cabalgaba siempre Mingo , como que era su asiento favorito, emblemas uno y otra de la pujanza marítima,y que Mingo conservaba allí con mas orgullo, pues los consideraba muy propios en aquel paraje, que el alti- vo noble al ostentar su escudo y sus cuarteles en el frontis de su casa. Quien se haga cargo del carácter de Mingo no tendrá ya por exajerada la apología de su barraca. Desde ella, ya que no podia seguir la mar, contemplaba todo lo que acontecía en aquel elemento que habia sido siempre su delicia; ape- nas asomaba un buque , todo su afán era ver si adivinaba á qué dueño ó capitán pertenecía, para dar aviso al interesado , y procurarse, por este medio, algún recurso ; no bien llegaba una embarcación , todos los antiguos conocidos y com- paneros le visitaban , pues era su cubierta de lona el punto de reunión y lugar de entrevista de todos los marineros del país y de otros muchos que frecuentaban aquel puerto, y con tal motivo, hablábase allí y se daban noticias de todos los puntos del globo , terciando Mingo con tal maestría en las amenas conversaciones de los navegantes, que parecia el geógrafo mas consumado, liste consuelo, algún traguito de vino, con que le obsequiaban á menudo sus compañeros, y la pipa, que tenia constantemente entre sus labios (pues no era el tabaco lo que mas le escaseaba, teniendo amigos que hacían continuos viajes á América), le procura- fian una vida mas llevadera , ya que no enteramente feliz. Pero en medio de todos estos solaces y pasatiempos, no olvidaba Mingo el principal deber que se habia impuesto cuando hubo de renunciar á la mar: recor- daba que habia elegido un oficio , y por mas que hablara, y por mas que fumara, no por esto sus ricinos habían de estar apartadas del delicado \ especial Irabajo en que se empleaban. Consistía este entretenimienlo, ú olirio como él lo llamaba, en fabricar modelos de embarcaciones, ó copias de buques, con lo que adorna- ban aveces algunos comerciantes sus escritorios, pero era tan corta su clientela por esta parte , que mas que trabajos delirados, había de dedicarse á trabajos baratos, cual era la construcción de pequeños barquidmclos , que sirviesen ó para juguetes de niños ó para o lie i idas hechas por marineros á alguna imagen. En sus ratos de ocio , además de su trabajo principal y mas productivo, dedi- cóse á construir un pequeño bergantín, con todo el primor que le permitía su anti- guo y tosco cuchillo , que era el ¡iislninienlo de que mas especialmente se valía, y con lodo el lujo qur podían facilitarle los poros reales que produjeran sus ahor- ros en mucho licuipo. La obra era , en el'eclo, un primor, ya por la perfecta colo- TOMO 1. ¡) (ili El, MAItlINEItO. cacion (le las piezas que la componían , ya por la forma gallarda del casco , ya, en fin, por la propiedad y exactitud ile todos los aparejos, que eran proporcio- nados y hechos de los mismos materiales que se emplean para fabricarlos en grande escala , ó , cuando menos , imitados con esquisita maestría. Sentado encima del caflon , con la gorra un tanto ladeada, y saboreando el espeso y amargo humo de su pipa, contemplaba Mingo la obra maestra que habia salido de sus manos, pero, al paso que se go/aba en aquel testimonio de su habi- lidad y de su paciencia , reconocía interiormente que no era tal clase de trabajos la que mas favorecía á sus intereses; —pero, bah ! decía para sí, con tal que lo demás me baste para comer lo que acostumbro , y para reforzarme de vez en cuando con algunas gotas de aguardiente, bueno es también que uno tenga algún objeto, hijo de su ingenio , en que gozarse, ya que no tengo hijos; además, que yo no soy ambicioso , y si no puedo venderlo , quizá pueda servir algún dia para recompensar alguna acción generosa de un amigo.... Y cuando no, ana- dia , por último , con cierto desenfado gracioso, que no dejaba de tener su parte moral; cuando no... quedara para el cura que me cante el responso. Y chupando , y volviendo á chupar su sabrosa pipa , daba vueltas al bar- quichuelo , mirándolo por todas partes, y como llegando á creer que la obra haliia salido mucho mejor aun de lo que él la habia ideado. Embebido en esta dulce contemplación estaba el honrado viejo, cuando vino á distraerle la voz de un marinero joven , que habia sido compañero (Je Mingo en sus últimos afíos de navegación , y al que este habia proporcionado la entrada de grumete en un buque , cuando, por consejos é instigaciones del gran práctico , se habia decidido á seguir su ejemplo. — ¡ Ola ! le dijo ; os venia mirando de lejos, y me pareció que estabais echando cálculos. — Sí, contestó Mingo, sonriendo: calculaba que no podia echarlos. — ¿ Y por qué ? ¿ os habéis equivocado, tal vez, al construir algunas de las piezas ? — ¡ Cómo ! replicó Mingo, dejando ver en sus negros ojos algún resto de aquel brillo con que revelaba, en otro tiempo , su justa superioridad ; vaya una pregunta de hacer! Mira, añadió después, presentando al marinero Juan la obra primorosa que habia construido; observa, examina , y confiesa que te darías por contento de poder viajar en un buque como este , se entiende , con la dife- rencia de tener las proporciones convenientes. — En efecto: nada le falta : nada le falta absolutamente, y nadie diria sino que habéis sido á la vez escultor y marinero. Solo una cosa es lo que le falta. — ¿Qué? preguntó Mingo , aderezando su gorra con un mal movimiento, y con cierta fuerza, á manera de interpelación , por creer que el bisoiio mari- nero venia con ánimo de zumbarle. EL HUKIMÍKO. * 67 — Le falta... viento , para que salga del puerto , y vaya en busca de for- tuna para su dueño. — ¡ Ja! ¡ ja ! contestó Mingo , ya tranquilizado y riendo. Tienes razón.... le falta viento. Hé aquí cabalmente en lo que estaba pensando cuando llegaste. — ¿ Con que es tan difícil el poder dar salida á estos trabajos ? — A estos sí, pero a los otros á que me dedico mas comunmente , es ya mas fácil. — Cuales ? los barquiclmelos para juguete y los que os compran los mari- neros rancios para cumplir sus votos? — Los marineros rancios !.. murmuró para sí el viejo experimentado; y mirando luego con cierto aire de compasión ni que le hablaba, anadió : — Se conoce, muchacho, que no has niiln de l;i misa la media, y que hasta ahora has tenido viento en popa... Cuando najas paseado , como yo por los archipiélagos de Mendana y Taiti, que pocos marinos conocen, y de que tú ni has oido hablar, ya verás entonces lo que es ser rancio, y cuantos mas hay en tu cofradía de lo que te figuras. — Con que, dijo el otro, dando giro á la conversación, y en tanto que Mingo escondía , con gran cuidado , su obra en el fondo de su barraca ; si algo se os ofrece para vuestro pariente de la Habana? — Para quién ? preguntó Mingo con sorna, volviendo la cabeza ; para aquel que anlcs se llamaba mi sobrino... para aquel finchado que se avergonzó de ir á mi lado l.i lilijniu vez que le visité, sin acordarse de cuando iba sin zapatos?... Nó, rió: buen provecho le haga su fortuna.... Bien cierto es aquel adagio que dice: parientes y trastos viejos, pocos y lejas. — Oh ! si ahora le vierais.... Es á buen seguro de los mas acaudalados de la ciudad, y no hay ningún marqués en estas tierras que se le pudiera poner al lado ni por lujo, ni por orgullo.... — Lo creo.. Son tantos los que se parecen á mi sobrino en aquellos paises!... tantos, que yo he visto trabajar en estas mismas playas, y que, yendo á Amé- rica, volvieron hechos unos príncipes! Pero, deja, deja esta conversación, añadió Mingo, en ademan de querer alejar una idea que no le era muy agradable: basta que saludes de mi parte á l'epa, á la cantinera del puerto, en cuya tienda he pa- sado tantas horas, y he fumado tantas pipas.... Sí, hazlo, chico., hazlo! repetía Mingo con cierta alegría improvisada; hazlo, y dile que vivo todavía , que me acuerdo de ella... y esplíeale como pasa la vida el desdichado Mingo ! — Os prometo que lo cumpliré. — Y cuando es la marcha? preguntó Mingo, permaneciendo en el fondo de su barraca. — Cuando ? esta tarde sin falla. ~ Esta tarde ? 68 EL UAWMiltO. Al pronunciar Mingo estas palabras, adelantó dos pasos, sacó la cabeza á la parte esterior de la lona, y después de mirar un rato al cielo, y de hacer un mo- vimiento especial con los labios, volvió á meterse á dentro, y dijo con cierta frial- dad expresiva á Juan : — Nó... esta tarde no marchas. — Porqué ? Os espanta el tiempo ? Quién hace caso de esas sombras ? dijo Juan mirando las nubes. Estaríamos frescos, si por tan poca cosa.... Sin dejarle acabar, interrumpió Mingo á su compañero, diciéndole: — Calla, calla... que te acreditas de niño, y mas hablando con un rancio, como tu dices, que tiene mas esperiencia que tú. Si no cambia el viento dentro de poco, es inevitable la tempestad, y ay! riel barco que se atreva á doblar el cabo esta noche. No creo que tu capitán sea hombre tan imprevisto. — No le conocéis: y tan seguro estoy de la marcha, que en caso de que así no sea, os convido mañana á beber un vasito en la taberna vecina. — Acepto, y me alegraré de ello, pues el vino que tú pagues será señal de que te has librado del agua. — Hé aquí el gran remedio en todos esos apuros que queréis presagiar. — lín los de mar? preguntó Mingo admirado, y volviendo á tomar su anti- guo aire de superioridad. Se conoce que has pasado pocas tormentas: cuando hay verdadero peligro es cuando el hombre desea estar mas sereno. — Dejaos de tonterías: con un buen vaso de vino, y cuatro votos que se echen con oportunidad, el peligro pasa sin que uno lo advierta. — Desengáñate, muchacho: la borrachera entera postra al hombre: en estos casos, lo único que puede tenerse es media turca, y el que solo está medio bor- racho, es decir, que tiene fuerzas para maniobrar, también tiene media cabeza para pensar, y medio corazón para sentir, cuando llega el lance terrible de ver la muerte próxima. Entonces bajará tu cabeza, como á mí me la han hecho ba- jar los años; entonces sentirás en el corazón lo que yo ahora siento, y esperarás un consuelo de arriba, por masque no creas... Ya verás, si algún dia te encuen- tras en este caso, si es aquella la ocasión de echar votos, y de hablar como hablas los demás dias. — ¡ Bah ! contestó Juan , riéndose de las máximas del viejo ; al fin , hemos venido á parar á lo que me figuraba... (ionio en la tierra hay mas santos que en el mar , desde que en ella habitáis, sois mas amigos de ellos que antes. — Muchacho , no te rías de quien sabe mas que tú. Por fin ; Dios te dé buen viaje , y te libre de tales casos... y sino, algún üia me sabrás dar la respuesta. — Con que, pues, me marcho , porque es ya tarde, y antes de una hora hemos de partir. Conservaos, y que á la vuelta os encuentre tan bueno y tan santo como ahora. — i Adiós, Juan ! te repito que tengas presente las advertencias que acabo de darte. EL MABINEHO. 69 Y alargando la mano uno y otro, se la estrecharon mutuamente, partiendo, en seguida, Juan por la orilla, en dirección á su barco, que estaba ya dispuesto para darse á la vela. Mingo se quedó en pié, arrimada la espalda á uno de los maderos de su barraca, chupando su pipa, y lija la vista en el marinero que se iba alejando, al que dirigía , entre sí, y á cada paso que daba el otro , las siguientes pala- bras : — No marchará... Pero , y si marcha ¿ qué será de él ? Con esta misma idea , que le quedó clavada en la imaginación , pasó Mingo impaciente la hora que faltaba hasta la partida del buque , mas, al ver que en realidad partía , su impaciencia fue en aumento , en términos que lo estuvo con- templando por largo espacio, repitiendo de continuo, y á medida que lo iba perdiendo de vista, no ya todas las palabras que había pronunciado al separarse de él, si tan solo las últimas, á saber: — ¡ Qué será de él!... ¡ que será de él!! Viendo ya , por fin, que el buque apenas se divisaba, que luego sería de noche, y que esta no sería muy agradable para el que pasease , prefirió Mingo retirar aquel diti mas lempraim , nmrido menos para buscar un medio fácil que |iudíera distraerle ilc aquella 1'alal ¡(Ira que lo atormentaba. A tal íin , corrió el pedazo de lona superior que servia de puerta á su barraca, quedando encerrado de manera, cual si estuviese metido en una caja , aumentó mas del doble la ración diaria de aguardiente , que apuró después de un lijero alimento , y en- cendiendo la pipa , reclinóse sobre una manta, que era su cama habitual,' y cubierto con su capote, empezó a bostezar, y á cerrar los ojos dulcemente, hasta que , á poco rato, quedó enteramente dormido y roncando. Lo que sofíó aquella noche el solitario Mingo no puede explicarse. La viva impresión que le habia causado la partida del buque , cuando la tormenta era inevitable, los varios recuerdos que le habían dispertado las palabras del amigo Juan , los vapores del aguardiente y de la pipa, y , por fin , los dudosos cálcu- los á que se lanzaba desde que había concluido enteramente su obra maestra, aglomeraron en su imaginación una mezclado imágenes y de sucesos como nunca habia experimentado. Tan pronto le parecía que se encontraba rejuvenecido , y hablando con la Pepa de la Habana, como que desjuncaba una vela en las aguas de una isla lejana; sonó que habia vendido su barquichuelo por una gran can- tidad ; sofló que le habían regalado una gran botella de vino y una caja de pica- dura ; soñó que su sobrino pasaba por delante de la barraca y le miraba de reojo; soñó, por fin, mil cosas inconexas y disparatadas; pero , al llegar á la ma- drugada , empezó á respirar con mayor fuerza, y hasta suspiró profundamente, indicio claro de que el sueno que entonces pasaba en su mente era desagradable, fantástico y pesado sobremanera : lo que soñaba Mingo , en tal estado , era una tormenta deshecha, un apuro en alta mar: veía un barco en el que iban muchos de sus antiguos cantaradas, á punto de perderse: las olas lo cubrían por todas 70 EL N\M>HRO. partes , los palos caían ¡i pedazos , y ya no había mas esperanza que la miseri- cordia de Dios : aun mas (y esto es lo que aumentaba en mayor grado la pesa- dilla de Mingo ), en medio de tal desconsuelo, las voces que oía eran de dos ma- neras: las unas pronunciaban é invocaban nombres de santos: las otras proferían las mas horrorosas blasfemias. Era ya á la madrugada, cuando agoviaba á Mingo el peso de tan triste sueño, y acaso hubiera disperlado por sí solo, pues era su hora de costumbre , si la noche ¡interior no hubiese aumentado la dosis de sus narcóticos preferidos , si no hubiese bebido y fumado tanto ; pero aquel dia sus párpados seguían pegados, y de seguro que no dispertara hasta encontrarse el sol á bastante altura, si en aquel momento no le hubiese sucedido una novedad inesperada, que le sacó mas que de prisa de su letargo, y hasta de su cama. Oyó Mingo que con un palo daban dos fuertes golpes á la lona de su bar- rara. Medio dormido llegó á pensar s¡ aquello era obra de algún mal intencionado, como que alargó el brazo en ademan de levantarse; repitieron los golpes, y aquí se habia sentado ya Mingo sobre su manta, preguntando á la vez quó se ofrecía , cuando le calmó, en parte , si bien no le detuvo de que se levantara, la voz de un hombre , que para él no era desconocida. — ¡ Mingo ! gritó el de afuera. — Vaya... contestó Mingo, restregándose los ojos. Ya voy... ¿i]iiése ofrece? — ¿No me conocéis?... ¿Puedoentrar? — ¡ Cómo ! gritó el viejo en el interior de su barraca, sin que se decidiera á separar la lona , y como detenido por un sin lin de dudas que entonces se aglo- meraron en su cabeza. —No sé si todavía sueño, continuó luego , ó si estoy dispierto! Impaciente el otro, viendo que Mingo no contestaba á su última pregunta, y que no se levantaba el trozo de lona que servía de puerta, sin aguardar ya mas, y seguro de que su amistad le dispensaba la franqueza que se iba á tomar, si apartaba por sí mismo el movedizo parapeto, alargó la mano con esta intención, diciendo al mismo tiempo : — ¿ No me conocéis?... Veo que yo mismo tendré que abrir la puerta... Á estas palabras , que no concluyó el forastero , Mingo habia alargado tam- bién su mano para correr la cortina ; mas, cual fue su sorpresa, al ver ante sus ojos k misma lisonomía que mas constantemente habia contemplado en sus sueños, al ver á un hombre pálido, con los vestidos rotos y empapados en agua, y que , con los brazos levantados, se dirigía hacia él para estrecharle. — ¡ Juan! ¡ Juan!! gritó el viejo marinero. ¿ Qué es esto ? ¿ qué significa tu presencia en este momento? — ¡ Ya os lo podéis pensar! contestó el otro, sin apartar la mano de la espalda de Mingo; mi presencia significa solo que los marinos rancios valen mas que los bisónos. EL MAM.NEHO. 11 — Sí... pero... habla, habla! Se ha perdido el buque? Se han salvado tus compañeros? — Todos menos dos, que se los llevaron las olas! — ¡ Virgen Santísima ! Siéntate , añadió luego , mientras buscaba, impa- ciente , por un rincón de su barraca; toma un traguito de vino, fuma un poco. y cuéntame lo que lia sucedido. — ¡ Ali ! Mintió... no lo queráis saber... al dar la vuelta al cabo, sucedió lo mismo que vos vaticinasteis: junto al muelle veréis al buque en qué estado se halla , y gracias á unas barcas de pescadores que nos socorrieron ,' sino quedaba sumergida toda la tripulación!... — ¡ Gracias á la Providencia ! puedes decir. — Sí, tenéis razón : ¡ gracias a la Providencia! contestó Juan, con un tono y una convicción bien diferentes del modo como se habia expresado el dia anterior. El viejo Mingo, al oír estas palabras, se quedó mirando á su compañero, como estudundo ti umbio que en tan pocas horas habia experimentado su espí- ritu ; pero fue en aumento su curiosidad, y se admiró mas y mas al escuchar la proposición que este le hacía. — Vaya, vaya , dijo Juan ; ya hablaremos después de este asunto; ahora vengo por otra cosa mas urgente, y que he de despachar lo mas pronto posible, si vos queréis. — ¿Si yo quiero? ¿ No te acuerdas que he sido marinero como tú? Habla, di... ¿necesitas algún dinero? ¿quieres una camisa?... —Necesito dinero, pero no de vos, sino.... para vos. —Cómo? note entiendo.... —Decidme ¿cuanto hubierais hecho pagar de vuestro modelo, si se hubiese presentado comprador? —Qué.... ¿que quieres decir? No te entiendo.... Pero sí, sí; ya te entien- do I esclamó Mingo, cruzando las manos y mirando al cielo. Para tí, nada. —Sabéis, Mingo, que los votos se han de cumplir: yo he prometido com- prar ese barco, y llevarlo á una hermita; si me lo regalarais, no sería ningún sa- crificio por mi parte, de consiguiente, ó me decís su precio, ó me marcho en se- guida. —Entonces.... dijo Mingo, conmovido y dudoso, te lo diré: á un comercian- te le hubiera exigido cuatro duros, pero á tí.... En fin , añadió ruborizado, na- da, nada.... puedes darme, cuando tengas dinero, doce pesetas. —No tengo mas que ocho, pero yo te juro que , tan pronto como cobre las cuatro.... —Vale mas que me debas las doce, dijo entonces el viejo Mingo ; guárdate por ahora las ocho, y cuando cobres.... —Eso nó, replicó Juan; el voto se ha de cumplir tal como se hace: esto lo sa- 11 VA. 1UIUNEIM. beis vos, mas que yo; de consiguiente, aceptad d dinero, y ved si queréis acom- pañarme, —¿Cuando? ahora? —Sí, ahora mismo; pues he prometido que sería el primer aclo <|ue cum- pliese, al saltaren tierra. -—¡En buen hora! contestó Mingo; y cogiendo con mucho cuidado el bar- quichuelo, corrió la lona que tapaba la entrada de su barraca, y partió con su compañero, envolviendo, entretanto, en un estremo de su pañuelo, y con senti- miento de su alma, las ocho pesetas que aquél le acababa de dar. Durante el camino, Juan le hizo la descripción detallada de su desastre, y á sus palabras siempre contestaba Mingo de la misma manera, luciéndole: —En efecto, ha sido una desgracia! pero, ya lo tienes entendido: hasta que cobres, y hasta que te hayas repuesto del susto, no has de comer en ningún otro paraje , mas que en mi barraca, donde partiremos lo poco que allí tengo. Dos horas después (fe esta escena, se veian arrodillados, en el camarín de la Virgen de la Buena Nueva, dos pobres marineros, aguardando que el sacristán acabara de colgar un precioso barco de pequeñas proporciones, que uno de ellos habia ofrecido en cumplimiento de un voto. El mas joven , como descubriendo muestras de suma gratitud, permanecía con la cabeza inclinada ante la imájen, y viéndole en tal estado, le decia el mas viejo al oido: — Por los años y por los desengaños es como la cabeza del hombre se incli- na: ¡ convéncete, pues, ahora por tí mismo, y confiesa que cuando la cabeza baja, el corazón sube! El dia siguiente, habiendo cobrado Juan un adelanto de su salario, cumplía otras dos promesas, que tenia pendientes, llevándose á su apreciado Mingo, con tal motivo, á la taberna vecina: allí le satisfizo las cuatro pesetas que faltaban, para que el otro cobrase todo el valor del barco, y allí bebieron juntos, pagando Juan la apuesta hecha el dia antes, cuando el marinero cspcrimcnlado le dijo que no partiría con la tempestad que amenazaba. lanío do Horamll. (CUADRO OE FELIPE VAN SCHUBHTEN.) ESPIRAn\ uno de los mas hermosos dias de setiembre de I (¡SO, y parecía que la naturaleza liabia a^olailn l¡w liiifns mus ^niciiisiis de su \\n\cUi para crear el admirable cuadro del crepúsculo, líl sol se había onil Indo irán las soinlirías selvas que se extienden en forma de anliteatro en Ionio de la ciudad de Mannheim, y los segados campos, los marchitos prados, los árboles frutales, el césped de los caminos y hasta los tejados de las quintas esparcidas por el valle, tenían ese tinte morado que rebervcran'las nubes de color de fuego al formar una corona deslum- bradora al sol agonizante. I¡n la época del año en que las frescas brisas de tarde anuncian que va á cesar el imperio del verano, la naturaleza se viste el traje mas brillante y variado; si la primavera se adornó ron su maulo de verdura nializada de flores, y si el es- tío ostentó su vestido amarillo de inieses. el uforio supera ¡'i las demás estaciones en el esplendor de su traje, en el nial se mezclan el verde y el color de oro con el rojo y morado de los frutos sazonados y con ese matiz anaranjado que toman las hojas de los árboles formando, al caer al soplo del viento, blandas alfombras en las sombrías alamedas. Las aves y los insectos se esfuerzan en lanzar sus mas dulces trinos y sus murmullas mas animados, porque ven llegar el invierno que les robará sus amo- res y su vida, y el sol envía sus mas tibios rayos para madurar los frutos antes que los arrojen ó marchiten los cierzos, mensageros airados de la estación de las nieves. En aquella apacible tarde de setiembre seguia un joven la ladera de unacolina, y contemplaba absorto las brillantes franjas de color de escarlata que adornaban TOMO i. 10 T4 EL CWTOB AMBULANTE. las nubes, sin advertir que entraba en la angosta callo compuesta de miserables chozas de una de las aldeas que rodean á la ciudad de Mannheim. Era un joven de rostro melancólico j espresivo, cuyos azules ojos y su rubia cabellera revelaban una alma poctica v pensadora. Se paró como asombrado al verse privado del espectáculo que admiraba con su entusiasmo de artista, y no halló delante de sus ojos mas que las sombrías paredes de las miserables moradas de la aldea. Aquel artista era Felipe van Schlighten, el pintor favorito del elector pa- latino Carlos. Apenas habia dado algunos pasos por la calle, cuando llegaron á su oido gritos y carcajadas y una voz ronca que lanzaba quejas é imprecaciones. Casi al mismo tiempo se asomaron á las angostas ventanas de las chozas va- rias enormes tocas que adornaban rostros mujeriles de todas edades, y en los cuales, en vez del terror ó la alarma, se espresaba alegría. — Es el cantor; dijeron algunas viejas sonriendo y volviendo a desaparecer después de dirigir una mirada indiferente. — Es el loco! gritaron voces mas infantiles; y algunos pilludos se precipi- taron a donde se oian las quejas y las carcajadas. Pocos momentos después, al volver una esquina, el artista se encontró ron un estrado personaje que huía de una turba de muchachos que descargaban sobre él una granizada de tronchos de coles y otros proyectiles aun mas vergonzosos. El fugitivo llevaba un traje que constituía im término medio entre el caballero y el mendigo, pues aunque su levita tenia una forma que recordaba la moda de diez años atrás de los elegantes de Mannheim, sus zapatos de dos suelas, su mu- grienta camisa desabrochada por el cuello, enseñando un pecho tostado por el sol y el viento, y su ancho sombrero de tieltro revelaban al mendigo. Llevaba en una mano un pequeño violin, que ocultaba cuidadosamente para preservarlo de los proyectiles de sus bulliciosos perseguidores, como pudiera hacerlo una madre cariñosa con su hijo mas querido, y al ver á van Schlighten cesó de gritar y de maldecir á aquella turba mal educada y se serenó su rostro como si hubiera ha- llado un puerto donde refugiarse de la borrasca, La turba en tanto gritaba : — ; Que cante ! — ¡ Que cante la tonada de las zanahorias ! El artista tomó bajo su protección al cantor ambulante, dispersó á los mucha- chos con una amenaza, y se dirigió con su protegido á una casa tan ahumada como todas las de la aldea, pero que por sus dos pisos y la muestra del /irago» alado indicaba ser la hostería y el punto de reunión de todo el vecindario. — i¡irilnso, sin ver objeto alguno delante de mi acero, sin oir mas que el zumbido de mi cerebro, como si luchara con un fantasma impalpable , sin oir un doloroso quejido seguido de un sordo estruendo ; y cuando , cansado de luchar, bañada mi frente en frió sudor y con cansado aliento recobré la razón, vi que rombidia con el vacío , que ningún aceróse oponía al mió , y que yacia ámis pies Inidido un hombre.... Dirigí hacia él la mano, toqué su rostro y sentí la impresión fria de un cuer- po helado por el soplo de la muerte. Había asesinado á Franz. Huí entonces con los cabellos erizados, volviendo el rostro porque creia oir sordo rumor de pasos.... Era el rumor de la lluvia. Creí oir quejidos lastimeros, pero era el viento que azotaba mi rostro (ra- yéndome en sus ecos los últimos rumores de la ciudad dormida. Mi crimen me aterraba. No me atrevía á presentarme en mi casa porque oia ya la voz de mi padre que me preguntaba con acento severo y doloroso : — ¿Por qué tienes las manos manchadas de sangre ? Cain ¿qué hiciste de lu hermano Abel ? Pero si huia , si desaparecía de la ciudad escitaba justas sospechas, y el terror detuvo mis pasos. Hice un esfuerzo desesperado, volví hacia donde yacia el cadáver de mi hermano para llevarlo sobre mis hombres hasta una calle soli- taria y lejos de la casa de Julia , y entré en la mia por una puerta secreta cuya llave tenia también Franz. Me acosté , y el sueño dobló mis párpados. ¡ Ah! Hu- SO EL CANTOa AMBULANTE hiera preferido mil veces la espantosa realidad de la vigilia. Tuve sueños extraflos, fúnebres, llenos de sombras fatídicas que me perseguían llamándome ¡fratricida! Y la voz de aquellos espectros penetraba en mi sangre , ora helándola y haciendo horripilar mis carnes , ora abrasándola como plomo derretido. Pero al despertar triunfó mi orgullo de mis remordimientos, y presencié con serena frente la esce- na dolorosa de que fue teatro mi casa cuando trajeron el ensagrentado cadáver de Franz. Mi crimen quedó impune, pero Dios me castigó con golpes tan repetidos y funestos que mí alma quedó vencida y deseé la muerte. Mi padre espiró abrazando el cadáver de Franz... El dolor del pobre anciano había sido tan terrible que le hirió como un rayo. Murió instantáneamente de una apoplegía. Mi cariñosa madre no pudo soportar aquella doble pérdida, y fue agos- tándose como una flor arrancada de su tallo. Julia... este golpe fue el mas dolo- roso para mí, presintiendo tal vez con su instinto profe'tico que tienen las almas superiores, que yo había sido la causa de la muerte de Franz, me desdeñó casi con horror, y un año después se casó con uno de sus antiguos adoradores. ¡ Pobre Franz! Para ahuyentar las sombras de mis víctimas que eternamente me perseguían sin dejarme gozar la paz de mis sueflos, me lancé á la orgía y al juego , recurrí á la embriaguez para ahogar en vino mis recuerdos... ¡ íin vano ! Mis recuerdos me perseguían tenaces, y en medio de mi embriaguez pronunciaba palabras tan espantosas y cometía tan vergonzosos excesos , que huyeron de raí con repug- nancia hasLi mis compañeros de vicio mas pervertidos. Tras los excesos vino el asqueroso fantasma de la miseria. Había gastado todo lo que me legaron mis padres, y un día me vi en Viena tan miserable como el último mendigo. Entonces tomé una resolución suprema... medité el suicidio , el crimen que debía coronar todas mis maldades. Después de ofender á la sociedad , me atreví á revelarme contra Dios. Recorrí antes varios países huyendo de los hombres y buscando los desiertos. Una noche llegué á una de esas montanas de Suiza donde al través de las espesas sombras blanquéala eterna nieve en las gigantes rocas que oyen rugir á sus pies las tempestades. ¡ Con qué rumor tan triste bramaban ¡i lo lejos los torrentes ! ¡Qué mansamente oreaba los agrestes pinos el viento suspimtiilu ! Oía á lo lejos entre la soledad voces perdidas , recia capu ile nubes entina el ciólo, y debajo de ellas las sombras se mezclaban en remolinos de niebla, no dejando á mis mira- das una ráfaga de luz para guiarme entre los abismos. El inundo callaba y dormía velado con el negro sudario de la muerte. Me senté en el borde de un peñasco , y estuve largo rato contemplando el abismo que se perdía á mis pies. Rasgóse entonces una nube, y por el breve El, CANTOR AMBCUNTE. SI espacio en que dejó descubierto el azul del cielo tachonado de estrellas, apareció la luna, la cual brilló como pupila de la noche que en medio de su apacible sueño se despertara. Los montes reílejaron su tibia y dorada luz dibujando sus gigan- tescos conlornosen un negro íondo de (¡nieblas. Sentado sobre la roca mire la importuna luz de la luna, y el astro de ]¡i noehe, cual si comprendiese mi deseo y se horrorizase de presenciar mi crimen , volvió a hundirse en el seno de las nubes. — ¡Tinieblas! o\rl¡imé con voz apagada... noche y luto busca mí alma, so- ledad y silencio! Sen lesivo tan solo de mi desesperación el silencio de este de- sierto. ¡ Ali! ciiiintíis veiv* en estas horas tranquilas velaba mi sueño una madre cariñosa, ó al lado de Julia, devoraba sus miradas. ¡Julia!... tu amor me hu- biera redimido. El soplo de la muerte helólas sonrisas de mi madre, y el desden de mi amada me robó el porvenir y la ventura. ¿De qué sirve mi vida? Causé la desgracia de los que me amaron y labré la mia con mi orgullo. ¡ Muera pues! ¡ Qué bien se descansa en el sepulcro! Era tan ciego mi delirio que me olvidé de Dios y de su santa misericordia. ¡ Ah ! También es verdad que me creí demasiado indigno de su piedad, y que no debía presentarme nnle el supremo juez manchado con la sangre de un hermano. La desesperación me hizo dudar de Dios, y el negro abismo me atraía á su fondo con atracción irresistible. Me levanté entonces, y mis pies movieron algunas piedras que cayeron ro- dando con estruendo al precipicio. Entonces oí una voz á mi lado y sentí el contacto de una mano robusta. Volví el rostro y vi á uno de esos cazadores de los Alpes que cruzan los des- peñaderos con la agilidad de las cabras monteses que persiguen. — ¿ Qué hacéis, infeliz ? me dijo. Si dais un paso mas vais á haceros pedazos. La fortaleza de mi alma había hecho su último esfuerzo, y apenas oí estas palabras , sentí el vértigo \ creí morir.... Al volver de mi ilesnuno me Imllé en una choza recostado en un montón de heno y rodeado de una mujer anciana y de mi libertador. No os contaré la vida que arrastré desde entonces. Era miserable, pero Dios había derramado en mi alma el rocío de sus divinos consuelos. Creí en su mise- ricordia, que me habia salvado de la perdición eterna, derramé copiosas lagrimas, oré con fervor, y me resigné á vivir para expiar mi pasado. En mi juventud, en los felices dias de mi existencia opulenta, habia amado con pasión la música, y uno de mis instrumentos favoritos era el violin, que pos- teriormente me ha libertado de la miseria. Me convertí en cantor ambulante, v durante muchos anos he recorrido ciudades y aldeas, locando en las lieslas y en las ferias y ocultando bajo mi máscara grotesca de bufón de la ínliina plebe el hon- do desconsuelo de una alma despedazada por el remordimiento. TOMO I . 11 N£ EL i:\MOU AHBLUNTE. Calló el pintor é inclinó la cabeza pensativo. Pera verificándose en él una trasformacion repentina que causó asombro al artista, llenó el vaso de espumoso vino, lo apuró de un sorbo, (lió un chasquido con la lengua y lanzó una carcajada. Sen lose <;iilonn>s en un banco ile madera, lomó el violiri y sacando de sus cuerdas dulces y graciosos sonidos, cantó su loriada favorita : Mu arrojaron tic lu eaaa; SI quieres que vuelva & verle, Prepárame carne asa Ja. Van Schlightcn bosquejó su retrato mientras cantaba, y puso al pié del cua- dro una hoja de nota donde se leia la canción del desdichado á quien la aldea creia loco. Kl pobre cantor murmuraba á las veces palabras misteriosas, lloraba como un niilo, pronunciaba los nombres de Franz, de sus padres y de Julia, se acusaba de sus antiguos estravíos, y con brusca transición, proriimpia por fin en estre- pitosas carcajadas. Esto dio lugar á que le tuvieran por loco. ¡ Pobre cantor! Su demencia eran sus recuerdos. GVDE MUNICH.?. 34 CRISTO IM LA (CUADRO DE RUBENS.) I. EL PINTOR. Con decir que este cuadro es de llubens, está (lidio todo. ¡ Honra y respeto eterno á su memoria ! Fue un gran pintor. Fue un gran genio. En los tiempos en que vivía llubens , sucedía muy frecuentemente que la mano que manejaba el cincel, la pluma ó la paleta, manejaba asimismo la es- pada ; que el genio que había reproducido los destinos de los pueblos y de los grandes y realizado bajo el punto de vista del arte las emociones del corazón, no quedaba relegado al ocio y á la soledad y no se le creía incompetente para tomar partí! en los asuntos públicos. Dos hombres, uno pintor, poeta el otro, son una prueba patente de ello: Itubens y Petrarca. Pablo Itubens nació en Colonia en 1S17 , y no empezó realmente á darse á conocer hasta lfiOO, época en que le hallamos en la corte de Gonzaga, duque de Mantua. Pasaba la mayor parta del tiempo en Venecia estudiando á Ticiano y á Pablo Veronese, el representante de la aristocracia en materias de pintura. Itubens había sabido cautivar al duque de Mantua, quien , apreciando sus talentos, interrumpió un (lia los estudios silenciosos y solitarios del pintor para enviarle con una misión al rey Felipe III de lispaila. Nuestra patria, nuestro her- moso ciclo, nuestros pintorescos trajes, nuestras costumbres, todo se reunió para agradar á Itubens. Pintó en Madrid no solamente uu firau número de retratos, sino también muchos cuadros de historia. 8Í CHISTO E.\ JA CM1Z. • Habitaba entonces en Villaviciosa el duque ilc líragnnza. que mas larde fue rey de Portugal, y envió á decir ¡'i llultens que leudría mucho gusloen \erle. El artista se dirigió en seguida á Vill¡ivicios¡i, pero con tan numerosa comitiva que el duque no se creyó en estado de hospedar convenientemente á Rubens y ¡isus compañeros; asf es que le envió un paje con el encargo de entregarle un presente considerable y con la misión di1 suplicarle, que dejara su visita paraolra ocasión. Rubens, según se dice, rehuso el regalo y conteslo caballerosamenle que no liabia ido á Villaviciosa para ganar dinero sino para divertirse y gastar alegremente el que tenia. Al regreso de su viaje, el duque de Mantua le envió ¡i Itonia para copiar algu- nos cuadros do grandes maestros. Pasó bastante tiempo en liorna y en Genova, ¡l donde fue á buscarle la. noliría de que su madre eslaba. enferma de peligro. Par- lió inmediatamente para Amlieres, el país de sus padres, pero llegó demasiado tarde; su madre liabia muerto, líl dolor de no haberle podido cerrar los ojos, de no haber podido llenar con ella los últimos deberes de piedad filial, causó á Ru- licns una amarga tristeza. El pintor, por lo común muy alegre, huyó entóneos de la sonedad y se f onlinó por espacio de muchos meses en la abadía de San Miguel, donde \iviaen complela, soledad, siendo la. pin I uní su única dislraccion. Pasado algún tiempo y menguado su dolor , tomó la resolución de volverse á Mantua desde cuyo punto el duque Gonzaga le había escrito haciéndole las ofer- tas mas tentadoras, pero el archiduque Alberto y la infanta Isabel le deluvieron cnla corte de Bruselas, haciéndole nlijHn de tantos obsequios que acabó por ceder á sus deseos, y se decidió ¡i quedarse en Bélgica. Sin embargo , no tardó en pasar á Amberes, íi despecho de su título de pintor de la corte, para trabajar con mas holgura. Su amor por Isabel Brand , que mas tardé fue su esposa , le inclinó á fijarse en dicha ciudad. Kubens mandó edificar en Amberes la casa en que quería residir , al estilo italiano , ornada de pinturas interior y exteriormente y llena de tesoros de arle de toda especie. Era notable sobre todo su colección de camafeos y de medallas. En esta deliciosa mansión es donde Rubens vivió desde el año 1611; en ella le nació un hijo ; en ella trabajó con un ardor extraordinario. Varias de sus obras maestras, una de ellas la que representa la lámina de este artículo, son de aque- lla época. La nombradla del pintor era ya universal. Cuando María de Médicis hizo edílicar el I,u\emburgo, llamó k Rubens a París para que representase las aven- turas mas notables de la vida de esta reina en los techos de las salas del nuevo palacio. Vivía entonces en París el duque de Buckingham , favorito de la reina de Inglaterra. Trabó conociiuicnlo con Rubens y le manifestó el deseo de comprar su pre- CRISTO E¡* LA CRUZ. 85 ciosa colección de objetos artísticos. Rubens no se atrevió á negárselo , y se la vendió por 2.110(1 llorínes, suma muy nmsiilnabíe entonces. iin aquella época , el pintor que conocía los inlbrlunios políticos y los males de su patria , se vio precisado á ser útil personalmente á su país. La infanta le envió en l(¡28á España para eníenderse con el rey y hacerle ver la triste posición del pueblo belga. Itubens llovó acabo esta misión con bastante delicadeza y ¿¡ano la conliaiiza del rev de l-spana y del duque de Olivares, humille su nueva per- manencia ni Madrid , pinto algunos grandes cuadros é lii/o las retratos de (oda la familia real por encargo de la infanta. Apenas nuestro artista hubo regresado á su país cuando el rey de Kspaíia suplicó con grandes instancias á la infanta que enviase á llubens á Inglaterra para negociarla p¡iz entre rslas dos gmrides potencias, lie aquí, pues, al artista convertido en embiijador para una de l¡is misiones mas delicadas \ graves que pueden confiarse á un hombre, El rey de España había tenido en cuenta que la amistad del artista con el de Buckingham le hacia el mas apio para este objeto. Carlos I , rey de Inglaterra , era un hombre de amable carácter y dotado de gusto para las artes. Mizo á Rubens la mejor acogida. Las negociaciones fueron prolongándose y el pintor aprovechó este tiempo para la ejecución de algunos cuadros muy notables. En él, el diplomático no hacia desaparecer al artista. Los preliminares de paz fueron firmados en 16IÍ0. El rey Carlos colmó de honores á Rubens , y le dio la condecoración de la orden que él mismo llevaba , regalán- dole un diamante de gran precio. Á mas , le creó caballero á presencia de loda la asamblea del parlamento y le dio su retrato ornado de una magnífica cadena de oro , haciéndole entregar finalmente una suma considerable en dinero. Rubens pasó en seguida á Madrid, donde no hay que decir si fue bien aco- gido. El rey le hizo regalos considerables, y como ya anteriormente le había nom- brado secretario de estado , designó á su hijo para sucederle en este empleo. Terminada su misión , volvióse á Bruselas cerca de la infanta, que todavía le encargó otras misiones diplomáticas. En 1628 Kubens habia tenido la desgracia de perder á su esposa. Casóse dos años mas tarde con 1 [piona Forman. En esta época ya no hacia mas que bocetos de cuadros, dejando que sus discípulos los ejecutaran. Su salud empezó á decaer. Sufría violentos ¡ilaques de gota. La conversación de Rubens tocante á ciencias , poesía y escultura era tan amena como instructiva. Era extremadamente reservado en los juicios que hacia sobre las obras de otros pintores y veíaselo siempre pronto á dispensarles y á alentarles. Tenia mesa abierta, y en medio de sus nuniecosíis ocupaciones . estaba siempre dispuesto á recibir visitas, aun cuando fuesen de importunos. Yw objelo de envidia para muchos sin que jamás se mostrase celoso de nadie. Murió el -"(0 de mayo do 1010 á la edad de sesenta y tres años y ú consecuencia 8f> CRISTO EN LA CRUZ. de un ataque de gola. Fue enterrado con (oda pompa en la iglesia de San Jaime de Amberes. Sobre el féretro se puso una corona de oro. Riibens tenia grandes dotes y grandes cualidades de artista. Su frescura y su colorido en las carnes es sobre todo admirable; no es pues de estraHar que el céle- bre (iuido-Reni, viendo un dia un cuadro de este artista, preguntase si Rubens pintaba con sanare viva. \¡i conocernos al pintor. Mirad atiora cu la lámina adjimtainio de sus grandes cuadros perfectamente copiado. Permitidme ahora, lectores queridos, consagrar unas líneas al sublime asunto escogido por el gran pintor, y permitidme consagrárselas en verso. JESÚS EN EL CAMINO DEL GOLGOTA. Camina lentamente Se acabó mi sosiego y mi alegría el inocente Isaac a! sacrilicio, desque he visto, Señora, y en su rostro doliente á tu Hijo y mi Señor— i mísera suertel— lijos sus ojos tiene aquella gente de bárbaros sayones circundado, horror de la virtud, fuente del vicio. por entre un populacho desfrenado Pobres mujeres, sueltos los cabellos, tranquilo caminar hacia la muerte t « las túnicas rasgadas, y sin tregua sus lágrimas vertiendo, I Quién puede aquí pintar de aquella madre van en pos de Jesús, acongojadas, el dolor de dolores!... paso tras paso al Redentor siguiendo. ¡Quién á espresar alcanza la amargura, los tormentos roedores Y mientras tanto tú, ¡ ó ánima mía I de aquella Virgen como el alba pura!... la vista aparta de este cuadro ¡rifando, Fallece el corazón, los ojos gira, y herida por mortal melancolía, cubre su rostro palidez do muerte: y aquejados suspiros exhalando, desconsolada, inerte, con pimía presurosa, á todas parles mira, abatida y llorosa, el rostro eleva á la azulada esfera, á la presencia de la Virgen llega y sucumbido hubiera y así le digas tu y así le ruega: ante la cruda y pun/adora espina de la pena que á penas se eslabona, «O Reina de los ángeles. Señora si para mas trabajo y mas corona de la tierra y del cielo, no [aguardara la intención divina. puerto de salvación que el inundo adoro espejo de virtudes, de consuelo ¡Miradla, que allí va en busca del Hijol inagotable y bienhechora fuente, ¡Miradla que allí vá!... ¡Compadecedla 1 de castidad y de inocencia espuma, ¡Madres, no la miréis; pero, hijos, vedlal... del mundo la abogada mas clemente, Se lamenta, se afana, de toda perfección dechado y suma, que en busca va del hijo que le roban. ¿como puedo vivir, Señora mia?.., La multitud va hendiendo, se apresura, se agita, de la madre comprende ] a amargura y al deseo de verle va pidiendo el Hijo y los punzantes sufrimientos. las Tuerzas ¡ay! que su dolor te quila t De ambos calla la lengua aprisionada, Ya oye el fragor confuso de las armas, pero habla así del Hijo la mirada: ya percibe en su marcha a los sayones, ya ve el gentío que se va apiñando, «¿Porqué viniste aquí, paloma mia, y ya escucha el clamor de los pregones madre del corazón, madre adorada? con que van á su Hijo pregonando. Tu sosiego recobra y tu alegría, que yo voy de mi Padre á la morada. Avanza mas y mas... Ya está delante., Cesen ya de tu llanto los rigores; ya contempla á su Hijo tan amado, que no te vea ] por piedad I llorando; y no deseando ver lo que desea, tu dolor acrecienta mis dolores , su corazón se rompe desgarrado, los tormentos me están atormentando!» que lo que ver no quiso es bien que ven. Una á otra conlémplansc afligidas Y ante las gentes todas que lo vieron, aquellas dos lumbreras de los cielo». siendo los brazos de su amor el lazo, Si del hijo en la pálida figura á Hijo y Madre elocuentes despidieron un siglo ve la madre de tormentos, un suspiro, un sollozo y un abrazo. ¿Qué quieren esos hombres que se agitan, ' Id vuestro pecho, de la humana culpa gusanos miserables de la tierra? . dispuestos á lavar ; id, penitentes , ¿Qué piden ?.. Porque" ahnltan ?.. Porque gritan J perdón á demandar, y al prepararos ¿Porquéríen en fin?... Porqué?... j para el sanio misterio reverentes, ¿Qué quier sin descanso golpead, golpead sin tregua ese tropel de hormigas que pulula, el mármol del altar con vuestras frentes. y que al soplo falaz de las pasiones iracundo se mueve, cual del campo Venid y meditad!... Sobre el Calvario el mar de espigas murmurante ondula?... se alza la miz gloriosa, Callad! Silencio ya!... Doblad la frente, enseña justiciera, hincaos de rodillas, fuente de luz hermosa la cólera apagad irreverente, espléndida bandera sierpe de fuego que os devora el pecho, que al vienlo victoriosa arrojad vuestros odios, vuestras iras, tremolará la cristiandad entera. cual mendigo que arroja sus harapos, ¡ Vedla ésa cruz I... Cual símbolo de gloria y abandonad, confiando en la clemencia, un pacífico ejército de fieles el torpe lodazal de la mentira irá, resuello y con amor profundo, donde os hundió la mundanal demencia. solícito á pasearla por el mundo; " unos hombres serán de paz y olvido, Silencio yal... Qué callen las pasiones; , no irán con pasiones rencorosas eslínganse el rencor y los enojos la sangre á derramar del oprimido; cuando habla en alta voz tan santo ejemplo; no irán fieros, armados, vengadores, y, sanos con la íé los corazones, empuñando sangrientos los aceros, alzando al cielo los dolientes ojos, su furia A compartir con los señores, id los umbrales ú pisar del lemplo. sus leyes A imponer a Ins pecheros. S8 CRISTO EN LA CRUZ. Nó, no en verdad. Irán pobres , desnudos, Y i'sa cruz, dulce al alma cual memoria de sus descalzos pifo sangre goteando, de los dias de infancia ya pasados, los ámbitos corriendo de la tierra esa cruz olorosa como el cedro la libertad do quiera predicando. (¡ue perfuma los montes apartados, Ysus fuerzas serán, de la esperanza ú los reyes de Europa congregados loa frutos renacientes cada día, irá á ofrecerla el ermitaño Pedro. y sus armas la cruz y el evangelio, Y moverán entonces sus legiones la caridad su amor, la fó su guia. los monarcas cruzados, y agrupándose al pié de sus pendones, Si, meditad. El leño del Calvario hasta el confín remolo de la tierra será llevado en triunfo por la tierra... rugidora enviarán su voz de guerra. Lo quiere Diosl Sus bravos escuadrones La misma altiva Roma, sangre á raudales verterán gustosos, del mundo reina osada, se humillará á sus plantas Antioquia, verá como su templo se desploma, y, nuncio de la sania profecía, y clavará espantada de Sion sobre las torres arbolado su atónita mirada á sorprender irá la luz del dia en la cruz, que alzarán manos divinas el estandarte blanco del cruzado. sobre el montón humeante de sus ruinas. El cántico de amor que dulce parta del seno de las negras catacumbas, Venid á meditar al pió del leño! derruirá los idólatras altares, Venid y deponed vuestras pasiones lavará de los circos las arenas, que lorpe el pecho con afán encierra. y al alzar los cristianos sus cantaros Acatad esa cruz 1 Venid, naciones ¡ empuñando la palma del martirio , es el rey de los reyes de la tierra temblarán los tiranos en su solio el que en ella espiró I Venid, y en tanto y crugirá el romano Capitolio. que el mundo dobla ante la cruz su frente, alcen los hombres misterioso canlo, La cruíl la cruz! Madero sacrosanto, canto entusiasta, plácido, ferviente, árbol de amor, de libertad emblema, del corazón emanación sin nombre, quo la cristiana gente pero lazo dulcísimo de amores, tremolan! como pendón divino, qiifi salía nial perfume de las flores grabando osado en e"l, eternamente, hasta las plantas mismas del Dios-Hmnbrp su lábaro triunfante Constantino. IV. EL VIERNES SANTO. La noche tiende el manto de sus sombras, Esi|neeselsaulod¡a,eldia Fúnebre reina do quier un lúgubre silencio... en que Sion con sus tristes clamoreos De sus siete colinas á las plantas celebra del Señor de las victorias yace dormida Roma. Ningún eco los que pasó en la cruz tristes momentos. viene á turbar la calma en que reposa. Mudos de sus campanas los árenlos, Yo erraba pensativo entre las sombras, con su silencio sepulcral anuncian los antiguos escombros recorriendo el luto en que se envuelve el mundo entero. de ese circo de Tito que recuerda i,\ CRUZ. 8!t la gloria inmensa del romano imperio, allí, en aquella arena, se ofrecían y atónita vagaba mí mirada á las miradas del romano pueblo por solire los peñascos gigantescos entregando risueñas á los tigres que se alzan destrozados en la arena el pasto humano de sus castos cuerpos. de un mundo que ya fue tristes trofeos. V veía brotar entre las ruinas, Cruzaron en silencio el ancho circo, cual brota entre las zarzas lirio bollo, y al llegar á la cruz, el blanco velo de la victima santa el noble símbolo, que cubría sus rostros, apartaron, de la cruz venerada el tosco leño, para fijar sus ojos en el teño. humilde cruz y misterioso emblema, De rodillas cayeron , y en seguida signo divino de un amor eterno, al/ando religiosos sus acentos, que un pontífice allí clavar mandara, un cántico entonaron melodioso y que allí, siempre en pie, símbolo excelso, ítl Dios-Mártir bajado de los cielos. rodar viera los años y los siglos por encima sus brazos, siempre abiertos. « Salud, salud, ó divinal trofeo, emblema santo del mas puro amor, Y recordaba de una era muerta donde quiso morir, mártir sagrado , los delirantes y febriles tiempos el Cristo-Dios, humilde triunfador. en que una multitud ávida, ansiosa, n Salud, 6 solio dó gozó el martirio hambrienta de espectáculos sangrientos, á los ojos atónitos de Sion, presurosa acudia y diligente el que murió clemente y resignado las gradas á llenar del coliseo, para gloria de humana redención. y con gritos feroces de alegría, » Él vino al mundo á predicar amante que hosco lanzaba su malvado pecho , osa santa doctrina, toda amor , morir yeia á los cristianos héroes que á un enjambre de dioses mentirosos entre las garras de los tigres fieros- arrojó de su solio engañador. Silencioso yo estaba y pensativo, « Oh trono santo 1 Púrpura divina entregado tan solo á mis recuerdos, tu ennegrecido leño enrojeció, cuando vi entrar, atónito v confuso, y en ti el manso cordero por nosotros y atravesar el circo á paso lento, la sangre de sus venas derramó. á seis tiernas doncellas, cuya frente » Símbolo de dolor y .de esperanza, la castidad sellara con su beso. sagrada cruz de mártires blasón > De blanco iban vestidas cual palomas, sé propicia al que pide de rodillas con sus manos cruzadas sobre el pecho, al Dios-Hombre su santa bendición.» y la nocturna brisa silenciosa jugaba con los pliegues de su velo. Y las voces callaron , y en el circo Las vi... y me estremecí!... Soñar creia... volvió á reinar el sepulcral silencio, á mis ojos apenas daba crédito, y hundiendo yo mi frente entre ambas manos y figúreme ver á esas doncellas me sumergí en profundos pensamientos, de Cristo esposas, que en lejanos tiempos, y ante el Dios de la cruz caí de hinojos acatando su amor y su misterio. (CUADRO DE GERARD HONTHORST.) " SÍ hay en el corazón del hombre un sentimiento por el cual este pueda con- siderarse infinitamente superior al bruto, y que. romo lodos los mas nobles y pu- ros que en él existen, haya recibido del crisli¡inisnin nn¡i. dHinnlczn, un;i lernura, y hasta una exaltación capaz de hacerlo llegar al heroísmo, hasta á un heroísmo á que raras veces en la antigüedad llegara, es sin disputa el amor filial. Por ins- tinto ama el animal al que le da el ser, pero le ama solo mientras le necesita para abrigarle, alimentarle ó defenderle ; así es que en cuanto el pájaro ha en- sayado la fuerza de sus alas y visto que puede volar solo ; tan pronto como el cuadrúpedo se siente con bastante vigor para buscar y devorar él mismo su presa, abandonarán el uno el nido y el otro la cueva donde nacieron, y serán al dia si- guiente enemigos de su padre, á quien ya desconocen, si tienen que disputarse un mismo grano de trigo ó el mismo pedazo de carne. Por instinto ama también el hombre á su padre desde que se halla en estado de conocerle, líl nifio se echará en brazos de los que le dieron el ser y de quienes ha recibido sus mas puras y tiernas caricias, aunque en aquel momento se las esté prodigando otra persona estraña. Haced como que refiis ó pegáis á su padre ó á su madre; llevad la ficción, para apurar mas la verdad y la fuerza de este sentimiento, hasta el punto de que esta llore, y veréis al tierno niño, no ya solo llorar con ella (la compasión podría producir este efecto), sino enfurecerse, volver la cara al agresor, escudar con su cuerpo el de su madre, y hasta levantar sus manecitas contra el supuesto enemigo de esta. Es indudable sin embargo que este sentimiento de instinto, se robustece C1M0M 1 PEE1. 9I con los anos; que la razón lo hace mas generoso , depurándolo por decirlo así, del egoísmo, móvil tan poderoso del hombre en su edad primera, por otro lado la mas inocente- la 4>ilii(-arion lo fortalece y l;i religión lo santifica. Por esto indicábamos al principiar estas líneas la diferencia, piir cierto nufaliílísima, que existe entreei sentimiento del ainorülmlporcl cristianismo inudüicudii, y este mismoscnlimicn- to entre los hombres de la antigüedad ; diferencia que, sea dicho de paso, sube de punto y se hace mas notable cuando se toman por estreñios de comparación el co- razón de la hija cristiana y el de la hija pagana; diferencia que no puede menos de e\islir iinmiie si ei cristianismo no ha cambiado la esencia física del hombre, lia transformado su ser moral; y esto de tal suerte, que si se nos pidiera una com- paración para fijar y dar mas precisión á nuestro pensamiento, no vacilaríamos en decir que para nosotros es el mundo moral cristiano, al mundo moral del p¡i¡ai- nismo , lo que el universo físico anterior á la caida del hombre al universo fí- sico después del pecado. La antigüedad, sin embargo, ya que no fuera capaz, en medio de la viciosa, tiránica y a veces hasta inmoral constitución de la familia, y por causa de esta constitución misma, de depurar y ennoblecer esc sentimiento al igual de lo que lo ha hecho el crislianismo, lo estimó siempre sobre todos los demás, lo admiro c in- mortalizó maulas \cccs lo vio llegar al heroísmo, consignando sus actos mas se- ñalados en sus hislorias o poéticas tradiciones, y hasta le alzó un templo en liorna, si es cierto el hecho que dio lugar áesa apoteosis del sentimiento filial y que men- cionaremos en breve. Haremos notar, con todo, que ni en el Olimpo griego ni en el romano, donde casi todos los vicios tenían sus personificaciones, y solo unas pocas \irludcs la> su\as, el amor filial tenia ningún mito. No seremos nosotros los que deduzcamos lodas las reflexiones á que pudiera dar lugar esta observación tristísima; plácenos por el contrario descender de aquel Olimpo á la tierra, ya que en el ningún nombre de divinidad nos recuerda la piedad de un hijo ó hija hacia sus padres, al paso que en esta la historia y la poesía nos refieren, pocos por desgracia, pero si quiera algunos rasgos heroicos de filial piedad. lis uno de ellos, y no de los menos celebrados si bien no sea de los mas au- tónticos, el que ha servido de asunto al hermoso cuadro de ucranio de Honthorst, por los italianos conocido con el nombre de (¡lientrio delta talle, por su predilec- ción decidida á los grandes efectos de luz y de sombras, y del cual es una escelcntc copia el grabado de A. II. l'aync que, con el título de Cimon y Pera, acompaña este artículo. Como un eco lejano que llega hasta nosotros sin que sepamos quizíis de donde procede ni como se transmite, ha pasado de siglo en siglo la interesante y tierna historia ile una dama romana, quo alimentó con su leche á un polirc padre anciano condenado en oscuro calabozo á morir de hambre. La filma de esle hecho lia lle- gado ala aelnal generación, quien á su vez la Iransinilirá á la que vendrá en pos 92 CIMOIN 1 l'EHA. de ella; y el autor de estas cortas páginas, que cuando niño sintió conmovérsele las entrarías y humedecerse sus ojos ante la representación en figuras de cera de aqui'lliU'sci'iiíi fie ¡uiior film) (tanto selm (jopiilfiri/iido), rsperíiiinita ahora tanto placel' i'ii Imsliiihi l;i ;il pjiprl, cimín h>niur tvinisn su mano Irnmdii á la hija, que la estrecha entre sus brazos , arrojando ¡il pmln; miradas de ternura y de amor. Entretanto la figura sombría de Alberto se dibuja sobre el umbral inmo- ble silenciosa como la estatua del dolor. Con el sombrero en una mano y un 100 LA IJNTliltCESK» FRATERNAL. lio de i-opa en la otm ¡ifíiinnlii cabizbajo y temblando la solución de aquella es- cena de mortal un^i^lin. V,\ semblante del anciano deja entrever entre los tras- portes de la ira la Incluí del anuir paternal. Su indignación se halla fuertemente combatida por los suspiros y por los ruegos de una hija postrada y que viene á ofrecerse como una víctima de espiacion. El padre no la mira , pero no le retira la mano. Sus entrarías se conmueven , y aquellos instantes de calma en los que la ternura y el encono se libran la última pelea , hacen esperar que no en vano había apurado sus recursos la intercesión fraternal. Maldición al que forceja para romper los dulces y santos lazos de la familia y destruir sin piedad ese centro de todas las dulzuras, ese foco de todas las vir- tudes ! Maldición al que , so protesto de engrandecer la dignidad del hombre, le quiere embrutecer hasta un grado inferior al de las fieras! al que queriéndole dar la libertad del salvaje le hace esclavo de sus bajas propensiones y reo de todos los crímenes! Reservado estaba para oprobio-de la civilización la idea de ahogar todos los sentimientos mas puros de la naturaleza para regenerar la sociedad. La sociedad nació de la familia, y es ella también una gran familia. Quitad esos lazos sagrados y convertiréis la humanidad en un agregado de monstruos prontos á devorarse unos á otros. Después del amor conyugal y del recíproco que engendra la paternidad , el amor fraternal es el mas puro de todos. Verdad es que la envidia es su principal enemigo, y que la historia del mundo nos ofrece cuadros desastrosos. Un her- mano futí el que dio la primera víctima á la muerte, y el fratricidio se presenta como el segundo pecado original en la historia de los hombres. Pero en cambio, ¡ con cuánta ternura no debieron amarse los primeros hermanos, á quienes fue' indispensable confundir con el amor fraterno el delicioso amor conjugal! El deli- cado (¡esner que, digno émulo de Millón, emprendió trazar con su hermoso pin- cel el cuadro de la primera fíimiliri V d la una para la otra! ¡ Cuan dulce es aquella unión de corazón i n r c n o propias la prosperidad y el infortunio del hermano y de su fa 1 \ esto en pre al mutuo socorro y hasta al sacrificio ! ¡ Cuan grato e el m lt ¡ 1 car los go ees y las delicias de la vida con las purísimas afecciones del amor fraternal Cuando este lazo une á los distintos sexos, es mas fre ente la n on ) na. fácil la simpatía. Entonces aparece el amor del hombre con la mujer sin el de- lirio ni las flaquezas de la pasión , sin la versalidad que pro I ce las 1 nos dominan el alma en una fuerza siempre igual é irresistible e pre f e te j de interesada. Entonces es cuando la ternura fraternal se abandona sin rubor á to- dos sus estremos, haciendo alarde de ellos como de un v ir I I 1 o ^ inocentes ósculos, ton ardientes con el luego de la pasión, | ] I de una madre á su hijo! ¡ Dichoso el que h¡i sentido el amoi- de una hermana, el mas puro y generoso después del maternal! El cristianismo, que ha purificado y engrandecido todos los sentimientos na- turales de una manera asombrosa , no lia olvidado por cierto el de la afección fraternal. Aun lia hecho mas, estrechando nía* íiiünuiiiienle los santos lazos de familia, saliendo también de ella ha cu sane liad o indefinidamente la esfera del amor fraternal, poniendo en boca de la caridad, que es su gran precepto, lapa- labra hermano para con todos los hombres. Hermanos fueron los que coman á los circos á ser devorados de las fieras para dar testimonio de su fé. Hermanos fueron lus que se sepultaron en las honduras del desierto para huir del nuevo diluvio de los bárbaros. Hermanos los (¡uc se reunieron en los claustros en me- dio de la soledad, como en un arca santa para salvar las reliquias de la civiliza- ción del mundo. Hermanos son los que corren aun lioy para enseñar al indio y al salvaje que li¡iy un Dios, un alma y un cielo, y hermanas son las que como ángeles de convicio ;i[i;ireccn entre la sangre y el carnaje de los combates para curar las heridas del cuerpo y suavizar las llagas del alma. Miremos la fraternidad bajo otro aspecto no menos bello. ¿Quiénes pueden llamarse con mas propiedad hermanos que los hijos de una misma patria? ¿De dónde nace sino de esta afección natural el horror con que es mirada una lucha fratricida? ¡ Ay! nosotros hemos apurado repelidas veces ese cáliz de amargura, ese infortunio supremo al cual está fulminada la desolación de los imperios. Cuando aparece una gran calamidad, cuando la Madre común se ve amenazada ó llora en el cautiverio, ó sufre, entonces es cuando se inflama el amor de sus hijos, que es al propio [icüipo un amor fraternal, lín eslos momentos de puro entusiasmo en que nuesfra patria (ras medio siglo de anudas discordias y de convulsiones terribles ve asomar por primera vez bellos dias de gloria , ¿á dónde se dirige naturalmente la vista y el corazón sino á las playas africanas en donde hermanos nuestros, á costa de sus fatigas y de su sangre, nos compran frescos lau- reles para ceñir las sienes de nuestra madre? Gloria pues á nuestros hermanos! ¡Mas ay! que al llenarnos de un noble orgullo por la fiereza heroica con que humillan la cerviz del que ultrajó nuestra España, las entrañas se parten de do- lor por la sangre y las lágrimas que se han derramado. ¡ Cuántos padres huér- fanos ! ¡ cuántas madres desconsoladas ! ¡ cuántas esposas viudas ! cuántos hijos sin amparo! Cuanto mas alto es el trono de esplendor á que ha ascendido la patria, tanto mayor y mas ancho es el IVinebre pedeslal sobre que ha debido elevarse. Las tempestades, las dolencias, las fuerzas casi insuperables de la na- turaleza han secundado el furor de nuestros enemigos para disputar la victoria á nuestros soldados. Pero nuestros hermanos han vencido, han triunfado como en los días mas bellos de mieslra hislori;.. Las sombras del Cid y de Guzman, las de Gonzalo y de Corles hubieran podido conlemphir con júbilo desde sus tumbas á unos hijos dignos de ellos. El sol de la gloria no se ha eclipsado para España, así como no se ocultaba nunca en sus vastos dominios. ¡ Héroes ilcl África ! El mismo amor fraternal que nos hace derramar lágrimas de júbilo por vuestros triunfos. que son también los nuestros, nos hace derramar lágrimas de dolor por \ ui'slnis sufrimientos \ vuestros sacrificios. ¡ Sirvan ellos de espiacion anti: el lilcnio sobre las aras de la patria, para que nunca mas en el suelo es- pañol derrame el hermano la sangre de su hermano ! ¿••qnhi I toen j Cornrt. (CUADRO DE ROMBOUTS. Á varias clases de personas es aplicable la palabra cantor, y clases tan dis- tintas entre sí que no tienen unas con otras mas punto de contacto que cantar. Prescindiendo de la delicada cuestión de si el hombre cuando canta es porque está contento; dejando á un lado aquel dicho proverbial de que cuando el espa- ñol canta ó rabia < no liene blanca, dicho que me parece una solemne maja- > dería ; haciendo caso omiso de aquello de que por dinero cania el perro y por pan si se lo dan , lo cual es una mentira porque el perro no canta nunca, ni sus gritos pueden jamás ni por semejas parecer cantos; y aun negando lo otro de según can ta el Abad responde el sacristán, porque rara vez los sacristanes con testan en conformidad con el canto del Abad , creo firmemente que hay cantores que cantan sencillamente porque les da la gana de cantar, otros que cantan por obli- gación , y no pocosqur nmlaii porque cantando ganan dinero y adquieren gloria. Á los primeros pcrlcncceiiios todos, y forman una especie de aristocracia de la clase los cantores á que damos el nombre de aficionados : llenan las pla/as del segundo grupo la gente de iglesia, varones y hembras , y , por fin , la tercera clase la forman los cantores de profesión ; pero en cada una de esas tres serios, ¡ cuántos grados, cuántas variedades , cuánta diversidad encontramos ! Desde luego á ella , pertenecemos todos porque un dia ú otro , en esta ó en aquella edad, bien, nuil ó medianamente todos cantamos cuando nos da gana de cantar , lo mismo <|IM> alguna vez saltamas, lo mismo que hablamos aun cuando no hay necesidad de ello , y lo mismo que hacemos otras muchas cosas, de las cuales podríamos ahorrarnos la mayor parte. Á esta serie pertenece el pillo que va por la calle cantando á gritos un pedazo del I). Simón, ú otra cosa cualquiera de las que están TOMO i. 14 H'fi LOS CANTOBES. de moda; las criadas que se acompañan con el ruido del fregadero la canción que oyeron á un ciego , ó á otra princesa de cocina; el mancebo artesano que ya puja un poco mas alto y canta jotas , cachuchas y retazos de zarzuela ó de ópera , según se lo permite la garganta ó se lo sugiere el gusto ; ei marinero en las noches tranquilas en que el buque se mece dulcemente al abrigo de algún puerto ; el soldado mientras limpia el correaje y el animme.nlo ; el arriero mien- tras limpia los caballos , y todos ellos cu dia de carnaval . ri de [¡esta 4e aldea, a que acuden , no tanto por devoción al S¡uito tutelar como por el gusto de au- mentar la muchedumbre que vaá formar esa misma muchedumbre. Á la cabeza de toda esa democracia figuran como los aristócratas de la serie los que modes- tamente se llaman aficionados, quienes si ('1 maestro que los dirije rio les va muy á la mano y no licué sobre ellos lauto influjo cimillo es nicuesler para que sufran humillaciones de su ¡mi-te, suelen empeñarse en cantarlas piezas mas difí- ciles de una ó mas óperas, sin advertir que cuanta mayor es la dificultad , tanto mas fácil es que desbarren, lisos cantores cuentan de antemano con los aplausos de losoyentes; lo cual es en mi concepto una de las razones porque generalmente no hilan muy delgado, y porque continúan cantando algunos que seria muellísi- mo mejor que no cantaran. Es circunstancia indispensable en los tales hacerse de rogar mas ó menos, y asf se asegura mas el aplauso, porque obligarlos casi á cantar, y no premiar su condescendencia con un palmoteo, seria propiamente una descortesía y hasta una desvergüenza.. Lúcenlo esos señores en las tertulias como antes se llamaban, ó reuniones, según se llaman hoy dia , y son varones y son hembras, y hay bajos serios , barítonos, tenores, tiples, contraltos y bajos cómicos, y por cierto muy caricatos, y hay todas las medias tintas entre esas tintas principales. ítem mas, también hay coristas que no tienen ninguna voz decidida , pero que en un coro desempeñan su papel con el mismo acierto con que dejan airoso el suyo las partes principales, y por esto son igualmente aplau- didos. De estos casi puede asegurarse que no se hacen de rogar, sino raras veces. Viene luego el grupo de los cantores por obligación , cuyo número ha dis- minuido en nuestros tiempos hasta de un ochenta por ciento. Kn este grupo rigu- rosamente hablando no va comprendida , como ya he dicho , mas que la gente de iglesia , curas y monjas , que quieras que no , con voz ó sin ella , con bueno ó mal humor no tienen mas remedio sino cantar diariamente en el coro prima, tercia, sexta, nona , la misa mayor, vísperas, completas , maitines y laudes, amen de los oficios de difuntos, Te Deuin, responsos, funciones extraordinarias, salmos penitenciales en su dia , y otras mil cosas , cuya enumeración seria muy prolija. Y cuenta que ese canto , que parecerá cosa muy sencilla á los que nunca han sido curas ni monjas, es cosa mas fatigosa de lo que parece, y que sobre todo tiene contra sí que hay que hacerlo todos los dias, sin escusa ni dispensa alguna. Y las pobres monjas todavía tienen otro tormento, y es que como no saben LÜS CANTORES. 107 la lengua latina , canlan , cantan como gilgueros, y las pol>recitas no saben lo que dicen , ni pueden admirar la sublime sencillez de los versículos que van can- tando. Y aun por esto me ha parecido siempre un grandísimo déficit en las mon- jas no saber latin ; si así no fuera cantarían mejor y si cabe con mas devoción, acentuarían mas su canto, y sin duda se quedarían pasmadas al comprender cuan bello, cuan grande, cuan magnífico es todo lo que cantan. Á la verdad, en el aflo 1815 en que se reformó el antiguo plan de estudios , dándole un aire mas acomodado á las necesidades de la época, creí que sus autores se habrían acor- dado de las monjas, pero no hubo tales carneros: y aunque desde luego espera- mos que tras un plan vendría otro , y luego otro porque las obras humanas siem- pre son susceptibles de mejora , como entre otras no dejan dudarlo esos mismos planes, y esperamos al mismo tiempo que en alguno de esos planes futuros se hablaría ili1 monjas, también nos hemos llevado chasco: no parece sino que ellas son las linien* que lian de ignorar el latin , mientras se obliga á saberlo a todo el género humano. Masía el griego, Seflor, hasta el griego lo hemos de saber todos so pena de no poder nunca ser cosa de provecho, y, no obstante, las pobres mon- jas continúan condenadas á ser cotorras ó loros, que hablan y hablan y no saben loque dicen. ¡ Qué lastima! Pero no desconfiemos, planes de estudios han de venir, á lo menos á razón de uno por director general de estudios, y harto será que antes de acabarse el siglo no se establezca en el locutorio de los conventos de monjas una cátedra siquiera de latin para esas pobrecitas, qum ijiir licncii sobre el ciego la inmensa ventaja de la visla, pero de seguro granjean menores lucros. 110 LOS CAiMOHES. En la escala de los cantores que aspiran á la gloria y á la fortuna hay mu- chos escalones que esperan dueño ; así es que para recorrerla un narrador tiene que andar á saltos pasando de una vez muchos escalones. Así nos sucede ahora, en que de un brinco, y para huir del miscere sacra profanis hemos de ir á parar á los cantores llamados de capilla de música, esto es , á los cantores de iglesia, que en nuestro país son todos varones. Los tiples son siempre niflos, y entre los contraltos hay alguna vez hombres ya formados. No es allí en donde deben bus- carse las mejores voces, pues salvas las escepciones necesarias, las voces de esos cantores por lo general son de poca extensión, aunque en los bajos suele haber volumen. No sabemos si podrá contribuir á ello, y nos inclinamos á creerlo, el que la música sagrada, mas grave que la teatral, no se lanza á esas travesuras que dan agilidad á las gargantas; pero ello es que los cantores de capilla no son gente de gorgeos ni de fioriture , sino de canto ajustado y por lo común redu- cido á pocas notas. Repetimos que hay en esto sus escepciones, y en cuanto á conocedores del arte y á músicos, la mayoría de ellos pueden dar media docena de vueltas á los cantores mas encopetados. No sabemos si encima si debajo ó en el mismo escalón tienen derecho á colo- carse los cantores de zarzuelas. Los ponemos aquí para no confundir, según lle- vamos dicho , lo sagrado con lo profano. Entre los tales hay muy pocos de gran voz, y no lo admiramos, porque como casi todos son anfibios, esto es, cantan y declaman , habiendo comunmente empezado por lo último y continuando en declamar mientras cantan zarzuelas, no juzgamos que sea ese ejercicio el mas a propósito para mejorar y conservar la voz para el canto. Entre ellos los hay que adquieren gloria, todos salen del paso y todos granjean lucros. En la cúspide de la escala tienen pretensión de colocarse todos los operistas, y de oficio se colocan realmente en ella: mas son muy pocos los que ocupan ese lugar con derecho de ocuparlo. Es sin duda la clase en que despuntan mas usur- padores. Entre los tales los hay que no saben una jota de^música, y estos son la desesperación del maestro del teatro que les ha de repasar y enseñar los papeles, y allí es en donde los pobres maestros arruinan por completo la voz que les dio la naturaleza: allí es en donde en el espacio de dos horas han de imitar todos los papeles de una ópera, en donde no hay ni puede haber papel alguno realmente ajustado á la voz que tienen, porque no tienen voz conocida : allí es en donde los maestros se han de transformaren compositores de óperas, apuntando el \r,i\ni\ de la tiple , bajando el del tenor, subiendo el del barítono y combinándolos lodos. porque esa tiple no da puntada en los agudos, el tenor tiene muchos puntos de cabeza y pocos de pecho, el barítono no tiene puntos bajos y canta de garganta : el atro no conoce el canto spicnalo, el de mas allá no tiene sino agilidad de fjar- ganta; este no sirve pura las piezas concertantes, y estotro se hace silbar en los alegros. A esos señores les hizo asco el Conservatorio, se ajustaron antes de tener LOS CANTORES. 11 ] ajustada la voz, y los pobres maestros de un teatro lian de hacer lo que no tuvo tiempo de verificar el maestro del Conservatorio. Sin embargo todos ellos aspiran á ocupar ol mas rncumbrado travesano de la escala, y se ajustan como dignos di- ese pwNio: hiislii que vienen el maestro y el público, y aquel con dulzura y esto con espliracioiiws muy claras les dicen que no merecen subir tan altos. Entonces no tienen mas remedio que renunciar á la gloria, pero se quedan con el dinero : y ajustados luego para otro teatro aspiran nuevamente á las dos cosas. Ya los hay sin embargo que las adquieren ambas porque saben merecerlas. Los Remorini, los Bonoldi, los Tamberük, losLablache, losTamburini, losVerger, losBadiali, losLunati, las Ekerling, las Pasta, Tachinarsdi, Persiani, Mallibran,Grisiyotros y otros con razón y justicia aspiraron á satisfacer y satisfacieran una y otra de esas dos ambiciones. Ellos hicieron conocer lo que vale y loque puede el arte, ejercido por quien tiene todas las dotes necesarias; ellos conmovieron el corazón é interesaron el alma de sus millares de oyentes, ellos colmaron de placer y aun ensenaron a los mismos maestros de los teatros, ellos procuraron á los composito- res la gloria y la fortuna que nunca sin ellos hubieran alcanzado, y ellos en fin vieron coronados su talento, su habilidad, sus conocimientos y su trabajo con la gloria y con la fortuna. ¿ Y KL TKSTAMELNTO. no podia apostar el rastillo á un naipe, y mi tísico priiuito porque desde las almenas no alcanzaba á descubrir las bailarinas del teatro. A los quince (lias, tan solo qumiábamos on este recinto mi madre , un viejo usurero que no acertaba á desprenderse dr ;H¡IICII,I propiedad tan difícil de conquistar, y yo. Á los tres meses se míircli(') el usurero inclusive , visto que desde esta soledad no podia desollar al prójimo prestando ducados á reintegrar doblones. — No estuvo malo el chasco... — Yo era muy niño : tenia apenas seis años. Mi madre , viuda , aunque joven y hermosa, habia padecido mucho en el mundo, y gustó de este sitio : tenia en él muchos puntos solitarios donde llorar sin ser vista de nadie, y una capilla donde ofrecer estas lágrimas á Dios en rescate de las faltas de mi padre, que la habia hecho muy desgraciada. Aquí se quedó , aquí me educó, como sabe una madre, y aquí murió á los quince años de su permanencia en el castillo. El mundo era para mí un objeto desconocido; me encontraba bien en esta soledad, y aban- donar el sepulcro de mi buena madre muerta, hiibicnime parecido un crimen su- perior á haber huido de su compañía en vida, ilace diez anos que vivo solo con esta criada que habéis visto al entrar: conozco todas las plantas de los alrede- dores , témenme las perdices y los conejos como ásu enemigo mas implacable, visítanme algunos honrados labradores de las cercanías, y aunque pobre de for- tuna , soy en tranquilidad y contento el mas rico del mundo. Mañana cumple el plazo que prefijó mi buen tio; puedo a mi placer cambiar de domicilio: pues bien , si alguna vez me resuelvo á abandonar la punta de esta peña, estoy seguro de que este hijo pródigo no tardará en cobijarse de nuevo á la sombra del sepul- cro de su madre. Así terminó su relato aquel amable castellano , y en verdad que escitó mi interés de una manera viva. En aquel momento fa vieja criada vino á anunciar- nos que el almuerzo estaba dispuesto, almuerzo bien frugal por cierto á no ser por la liebre de mi aventura; pero servido con tanta limpieza y ofrecido con tal cor- dialidad, que me acabó de confirmar en la buena idea que tenia formada de mi anfitrión. En tal concepto hube de decirle : — Por cierto, señor barón , que vuestro tio debe estar satisfecho de que (un puntualmente hayan sido cumplidos sus deseos. — Dios le dé la gloria, como yo se la deseo. — ¿Sabéis, caballero, que me dan tentaciones de abusar de vuestra hos- pitalidad ? — Jamás abusa de ella quien la embellece aceptándola. — Mañana vence un plazo impuesto con raras condiciones, y no sé por qué me da el corazón que ha de acontecer en este castillo algo estraordinario. — ¿ Sois aficionado á lo fantástico i — Bastante. LA AUEBT11RA OKI, TESTA MENTÓ. 11 !l — Sentiré que os llevéis un desengaño, pero yo os insto desde luego á que paséis el dia de mañana en mi compañía ; mas á mas cuando con este motivo tomín1 quien me ¡inimpuifr en las honras fúnebres que todos los años en tal dia se celebran por losanliiíiios dueños deesle rastillo. Mas, os lo repito: nada estraor- dinario acontecerá : veréis ;i un anciano sacerdote que hace veinte y cinco años viene prestando igual fúnebre servicio, y que después de la comida me referirá por la vigésima quinta vez los pormenores de la muerte de mi tio, á quien auxilió en sus últimos instantes ; y al caer la tarde veréis también algunos piadosos aldea- nos pidiendo permiso para visitar los sepulcros de sus antiguos señores. — (lustaré de verlo : costumbres son que se pierden , y yo de todos los tiem- pos acepto siempre las que entrañan un sentimiento de respeto, gratitud y amor. Lo restante de aquel dia transcurrió sin novedad alguna : recorrimos mas minuciosamente el castillo, escalamos algunas alturas de la montaña para admi- rar varios pantos de vista, y nos recogimos temprano , deseosos de madrugar. Al siguiente dia y apenas el sol se posaba en las cumbres del monte, llegó el sacerdote : era un anciano septuagenario cuyo rostro venerable se hallaba al pare- cer animado de un espíritu de alegría íntima. Poco después empezó la misa, celebrada en una especie de capilla subterrá- nea donde se alzaba el marmóreo y negro panteón de aquella antigua familia de barones. Confieso que el silencio y el sitio me conmovieron. Terminadas las preces , el sacerdote se despojó de sus hábitos de celebrar, y con lágrimas en los ojos se dirigió á mi nuevo amigo, esclamando : — ¡ Bendito sea eJ Señor , que lia prolongado mi existencia hasta este dia ! Hoy cumple el plazo prefijado por el úlliino liaron de este castillo : vuestro es, y yo el primero os saludo en estos dominios. Ahora ¡olí joven, modelo de constancia! ayudadme á descargar un compromiso que pesa sobro mí hace veinte y cinco años. El joven quedó atónito al escuchar las inesperadas palabras del anciano: por lo que íi mí hace, no me sorprendieron gran cosa : ignoro porqué se me habia metido en la cabeza que aquel dia debia acontecer algo estraordinario en el cas- tillo. El sacerdote continuó: — Hijo mió : vuestro deudo . antes de morir, me hizo prestar un juramento, y es que dentro veinte \ cinco años, ili¡i por ilia de su muerta, yo , ó mi sucesor en la parroquia , ó el ministro ile Dios ijue o\esi' mi niníesion postrera, vendría á este mismo sitio , y si la voluntad tic vuestro lio había sido cumplida , diría á aquél de sus parientes que tal respeto hubiera mostrado por su memoria : ¡ Bien hayas, oh tú , que acatas la voluntad de los difuntos! Ten el valor bastante para estrechar su descarnada mano ; también los muertos son agradecidos lislnmu era por eierlo l\\ misión del sacerdote, y confieso á la verdad que, aun dispuesto á presenciar una escena eslmordinaria, nunca supuse que hubiera de ser 120 \A ABERTURA DEL TESTAMENTO. testigo de las relaciones reanudadas entre un joven y un muerto con veinte y cinco años de tal. Mi amigo, por el contrario , manifestaba la mayor tranquilidad: en él todo era natural, y al cabo de veinte y cinco años de obediencia á la voluntad de un difunto, no habia de renunciar á su fama de resignado y valiente por negarse á estrechar la descarnada mano de una calavera. — De modo—dijo — que todo se reduce á contemplar el estado del cadáver de mi tio... Ya que vos, en calidad de sacerdote, me garantís que esto no es una profanación , veréis cuan pronto satisfaré á los muertos. Y dando muestras de una fuerza hercúlea , se agarró a la anilla de hierro pegada á la boca que cerraba la entrada de las tumbas, la separó de su base, y cogiendo un hachón de los que ardían ante el altar, desapareció cual si la tierra se hubiera hundido: yo le seguí resuelto á presenciar el desenlace de aquella aventura. Kn el centro fie aquella oscura cueva se veia el ataúd del último de los difun- tos barones del castillo : al cabo de veinte y cinco anos iba á ser turbado por vez primera su suefío de muerte. La caja se conservaba en perfecto estado : la llave peiiiiiHieciii en la cerradura. Kl joven r;is(ell¡ino dio la vuelta impasible y levantó la tapaddaliiinl, apareciendo la cala veía del IKIIUM , amarillenta y lustrosa como si fuera de marfil. Su mano descarnada .soslenia, tenaz aun después de la muerte, un canuto de plata del cual pendia una especie de tarjeta del mismo metal: mi amigo sintió la natural curiosidad de leer lo que aquella tarjeta dijese, y con sor- presa vio grabadas en ella estas palabras: PARA MI HEREDERO. Kntonces sin temor, pero sin jactancia también , quitó el canuto de entre la mano de la calavera, arrancó la tapa, sacó de su interior un pergamino , y a la luz de la antorcha, que yo sostenía, leyó lo siguiente : « Oh tú, cualquiera que seas de mis deudos, que después de haber habitado este castillo por espacio de veinte y cinco años, te enteres del contenido de este pergamino, yo te saludo y te bendigo! » Yo te saludo porque te habrás mostrado digno de tus antepasados. » Yo te bendigo porque habrás cumplimentado la voluntad de la muerte. » No quiero que mis riquezas sean patrimonio de quien las dilapide en un año. lil que se haya avenido á obedecer mi testamento , dejará dada una prueba de sus morigeradas costumbres: habrá vivido con economía y respetado la man- sión gloriosa de sus abuelos. » No quiero que la fortuna aglomerada en muchos siglos sea patrimonio de quien no la merezca: yo te la abandono á tí, lector de estas palabras, que eres digno de ella. » Disfrútala en paz y empléala con provecho : atráete con ella las bendiciones de los desgraciados , y te habré legado íi un tiempo dos tesoros. >< 1,A AÜtiHTUIlA UI3I-. TESTAME¡NTU. 121 Mi buen amigo quedó como asombrado: aquello era un enigma, cuya clave, al parecer, poseía el sacerdote que todos los años celebraba en sufragio del alma del barón. Cerró piadosamente el ataúd, y juntos salimos del subterráneo: la luz del sol reanimó nuestros espíritus ; el sacerdote empero no se encontraba en la capilla. Preguntamos por él, y nos indicaron que se encontraba en la estancia predilecta del joven castellano. Fuimos directamente á ella , y le encontramos acompañado de otro anciano , el notario de la población vecina : la gran mesa que habia en el centro de la estancia , se hallaba cubierta con legajos de papeles y pergaminos , con mas algunos saquitos medio abiertos y repletos de oro. — Seíior barón, dijo el notario á nuestra vista; hé aquí la fortuna que vues- tre ilustre tio confió á mi honradez hace veinte y cinco anos. Cuantiosa es para igualaros k un príncipe: sois libre , y á vuestro albedrío podéis disponer de ella. Mi amigo fue el primero en romper el silencio que sucedió á estas palabras. Mostró su gratitud al cura y al notario , dio k entrambos una crecida cantidad para los pobres, y despidióles con la misma amabilidad con que recibía á las gentes. Yo comprendí que la prudencia aconsejaba dejar solo á aquel joven cuya posición habia cambiado en pocas horas, y después de haberle deseado toda suerte de felicidades, le pedí permiso para retirarme. — Estáis en completa libertad; pero me prometo que no será esta la última visita que haréis á mi castillo. Se lo ofrecí, y nos separamos como dos amigos de la infancia. Cinco aflos después, durante los cuales habia pensado infinitas veces y con gran cariño en mi amable barón, trájome una escursion á las puertas del mismo castillo. No quise ciertamente perder la ocasión de adquirir noticias de su duefio, y me dirigí para elloá una especie de colono que presidia las labores de los con- tiguos campos. — El señor barón , me contestó, se halla en el castillo: ha vuelto á esta- blocer en él su domicilio en compañía de su esposa , que es el ángel de la co- marca , y de su hijo que representa la bendición de Dios en la familia. Penetré decidido en el castillo, y unos minutos después estrechaba en mis brazos á aquél de cuyo cambio de fortuna habia sido inesperado testigo. Su esposa era un dechado de belleza y su hijo un retrato de su madre. — Y ahora que sois rico,—le dije,—¿os conformáis con vivir en esta soledad? — Sí, amigo mió: he visto ya el mundo , he corrido la Europa. Todos los países decían muchas cosas á mi cabeza, ninguna á mi corazón. En Francia en- contré ¡i un pueblo superficial, compuesto de hombres inconstantes en política y TOMO I . 1(> Há l.\ ABERTURA DEL TESTAMENTO. mujeres inconstantes en amores; en Inglaterra vi entronizado al rey comercio con su corte de ricos que desprecia á los pobres: la libra esterlina, hé aquí la síntesis de la Gran Bretaña. En Rusia vi á una nación que apenas empieza á apercibirse de que vive con cuatro siglos de atraso; en Turquía á un pueblo que se muere como uno de esos jóvenes á quienes el vicio envejece y aniquila en la primavera de su vida; en Alemania á una población que á fuerza de cultivar las ciencias filosóficas, se olvida de la mejor de ellas, que es la del bienestar general; en Portugal a una nación empeñada ridiculamente en serlo; en Italia á un pueblo que por indolencia se muere de hambre contemplando las pinturas de Rafael y las estatuas de Miguel Ángel; y en España ¡i catorce millones de españoles dispu- tándose harto á menudo, con las armas en la mano, el derecho de que los haga desgraciados este o aquel personaje. Ahora bien, si esto es el mundo, ¿ qué mejor punto en él que este castillo ? — La razón os sobra, amigo mió. — Tengo fortuna bastante para socorrer muchas desgracias, una familia que me debe su felicidad , un pasado glorioso en el sepulcro de mi tío , y un por- venir risuefío en la persona de mi hijo. — Sois feliz verdaderamente. — Gracias sean dadas al prudente capricho de mi tio. El me ha puesto en el caso de confrontar lo que en el mundo se llama dicha, y cumplimentar volun- tariamente lo que os dije hace cinco años: si alguna vez me resuelvo á aban- donar la punta de esta peña, estoy seguro de que este hijo pródigo no tardará en cobijarse de nuevo á la sombra del sepulcro de su madre Manuel Angcl«ii [CUADRO DE CARLOS DOLCE.) I. ¿Á. qué genio invocaré para celebrarte dignamente, para espresar todos los bienes que derramas en el corazón feliz que te posee, oh tú, el mas hermoso de los dones del cielo; oh tú, la mas bella de las flores'de la tierra? ¡ Ah ! no será , no, alas falaces deidades del paganismo. No será tampoco á esos espíritus vagos á quienes parece que prestan culto los poetas. Tú misma serás la musa que.me inspire, porque tú sola eres capaz de cantarte á tf misma. Yo evocaré los recuerdos de los tiempos en que habitabas en mi interior, en que eras mi dulce hermana ; y aquellos recuerdos y las puras ideas y las delira- das imágenes que de ellos broten, serán el mejor holocausto que mi pobre inge- nio podrá ofrecerte. ¡ Cuan dulcemente suena tu nombre ! ¡ Cuan dichoso es el corazón que le goza todavía ! ¡ Cuan bellas las memorias que en los que te poseyeron despiertas! ¡ Cuan triste el pensar que el que te pierde una vez te pierde para siempre ! Tú eres de todos los dones de Dios el que este con mas profusión derrama. Tú eres la flor que entrega el Señor á todos los espíritus al despedirlos en las puertas del cielo para que bajen á animar sus respectivos cuerpos. ¡ Y cuan feli- ces se sienten los espíritus con este divino regalo ! Diriase que al descender del empíreo para poblar la tierra las almas vienen vestidas con el candido ropaje délos ángeles, y que dichosas y contentas con él. 124 JA INOCENCIA. como el niño con el vestido de fiesta que ha estrenado, teme ponerse en contacto con el mundo eslerior para no mancharlo. ¡ Oh ! sí, hermosa inocencia. Tú eres el (Ion relegado por Dios á todos. Nin- guna alma humana baja de lo alto sin traerte consigo, oh flor del cielo ; sin lle- var tu blanco traje , oh hermana querida de los ángeles. Antes de llegar á la tierra de los abrojos, al campo que no fructifica sino se le riega con sudor , al país del sol que quema ó de los hielos que todo lo mar- chitan, de las tempestades que nos abruman óde las cuales somos juguete mise- rable ¿quién no ha pasado por ese país de dulzuras donde habita la inocencia? ¿Quién no ha pasado antes por esa región de encantos y de dichas, donde crecen espontáneamente las flores bajo nuestros pies, donde brilla una luz clara y reina una primavera continua , donde todo lo que en el suelo respira vive en paz , por ese Edén en íin donde la inocencia tiene un asiento? ¿ Porqué el viaje por ese paraíso no ha de durar siempre ? ¿ Á qué esa prisa que, ora nos damos nosotros mismos, ora nos dan los demás para saltar las tapias de ese jardín delicioso detrás de las cuales no ven los ojos mas que aridez , no pisan los pies mas que espinas ? ¿ Porqué ¡ ay ! ese afán en llevar á la boca la fruta de aquel árbol que ha- llamos al paso , seductora sí, pero venenosa, que nos infunde la ciencia de lo bueno y de lo malo , pero haciendo que prevalezca en nuestro espíritu el cono- cimiento y el amor á lo último ? ¡ Dichosa aquella ignorancia que nos hacia tan semejantes á la sencilla palo- ma ! ¡ Desdichada y triste esa ciencia que nos iguala á la astuta y venenosa ser- piente ! Si aquella ignorancia era la felicidad , ¿ á qué cambiarla por un poco de vana ciencia ? La inocencia es cual flor que se columpia juguetona sobre su tallo bebiendo los rayos del sol y los ligeros hálitos de la brisa, recibieníio alegre los besos de las mariposas, y escuchando de noche las serenatas que le cantan los arroyos, las selvas y los ruiseñores. La vida de la flor dura poco , y por desgracia la de la inocencia también. Mas si la mtierli' de fiqueUa es lan triste, ya sucumba á los rigores del tiempo, ya acabe deslio pin. por W Iminlirv, ¿porqué en vez de sernos sensible la desapari- ción déla segunda nos complacemos no pocas veces en apresurarla nosotros? Triste, muy triste es que el tiempo agoste y haga caer á trozos el blanco ropaje de los lirios; pero al menos dejemos al tiempo la responsabilidad de aquel mal necesario. Fuerza es que muera la flor ya que todo debe morir aquí bajo. Triste, muy triste es que cada día que pásese lleve un pedazo del candido vestido de la inocencia; pero al menos no apresuremos en nosotros mismos, ni queramos apresurar en los demás, ese trabajo de destrucción por desgracia y casi siempre inevitable. LA INOCENCIA. 1 ¿5 U era (le lo» mártires de la fé tuvo su principio y su término : la era de los mártires de la inocencia empezó con los primeros hombres y no acabará hasta el lin del mundo. En aquella los tiranos mataban los cuerpos: mas ¡ ay que en esta los hombres del pecado matan las almas! Por un corazón recto y compasivo que clame diciendo, en obsequio tuyo, ¡oh Inocencia ! « Respetad los cabellos rubios: no empanéis las frentes sonrosadas en que brilla el candor : conservad las almas puras de todo aliento emponzoñado, como guardáis del frió del invierno las flores tropicales en vuestros invernáculos.» Elevaránse cien voces que gritarán contra tí: « descorred esos velos que im- piden al nulo ó á la virgen candorosos ver los abismos en que al entrar en el mundo puede caer ; ensenad á los que todavía duermen. » | Crueles ! ¿ Quién os ha dicho que lo que vais á dar á la virgen ó niño ino- centes, vale mas que lo que les quitáis 1 ¿ Quién os ha dicho que aquella igno- rancia y aquel sueno no son preferibles á vuestro saber y í vuestras realidades ? í Quién os ha dicho y podido afirmar que aquellos horizontes mas limitados, sí, pero siempre serenos en que viven los que todavía ignoran, valen menos que los mas estensos, pero constantemente borrascosos en que vagan estraviados n aturdidos los que saben ? i Quién os ha dicho, en lin, que las amargas verdades con que les brindáis hoy y por entre las cuales tan triste se presenta la vida, son mas capaces de darles la felicidad que aquellas dulcísimas ilusiones en que ayer vivian, y al través de las cuales tan bella les parecía la existencia ? ¡ Ah! no seré yo , Inocencia , de los que te arrojen de los corazones en que todavía reinas: de los que vayan á empanar con su aliento los tersos cristales de las almas en que tú gozas en contemplarte. Seré , sí, de los que sienten haberse separado de tu lado, dulce hermana de mi infancia, y companera de mis juegos de niño ; de los que volverían á tí. con el gusto y el amor con que vuelve un hijo al regazo de la madre que creía perdida para siempre. Yo seré de los que recordarán toda su vida con placer los dulcísimos dias que pasé al abrigo de tus alas; de esas tus alas que al agitarse sobre mí ó refrescaban mi corazón como un abanico de leves plumas , ó hacían caer sobre mi frente, cual lluvia de flores, enjambres de dorados sueños. Yo seré de los que echarán siempre de menos aquellos venturosos anos en que la vida de la tierra parece una continuación de la vida del cielo ; y en que sin- tiéndonos todavía ángeles ignoramos aun que tengamos que descender á ser hombres. Yo seré tu constante adorador, hermosa hija del cielo : y sí en cambio del incienso que he quemado y quemare en adelante en tus aras; de los versos que le, he dedicado, y de esta ofrenda de admiración y amor que hoy te consagro me- rezco una sonrisa tuva: I2fi LA LNOCE.XIIA. 1 Aprovechan cslr irmiiMüilo de favor p 1-AVINIA, HIJA lili TIC! ANO. mutilada y sangrienta, no hay duda que era empresa digna de su consumado pincel, y que el contraste debió de ser grande, singular y estraordinario. Como quiera , á vueltas del efecto magistral, casi debemos agradecer al artista la va- riación que con mejor acuerdo realizó, sustituyendo á la lívida faz del santo Pro- feta, un lujoso cofrecillo, según aparece en alguna de las copias de este cuadro, ó un manojo de frutas y flores, como vemos en la présenle. Por este simple cambio, la antííesis se convierte en armonía, pues nada mas armónico con la juventud y la belleza, que un artístico joyel, ó las producciones esquisitas de la naturaleza , sin contar el hondo sentido moral que en la asimilación de unos y otros objetos puede encerrarse. Esta donosa criatura, ¿ no es acaso un lindo tallo del jardín de la vida , flor que arrebatará el aquilón embravecido, fruta que se consumirá apenas sazonada, .sombra volandera que brillará un momento para hundirse luego en el aliismo donde fenecen todas las ilusiones?.... Espléndida como esc ramillete, como é\ deberá marchitarse: flor de un dia, vivirá lo que va de hoy á mañana; y tan briosa pujanza , tan vigorosa opulencia, desvaneceránse como los vapores que ahuyenta un soplo lijen). Sin embargo , entre la criatura y la flor hay una discrepancia, y es que la segunda solo deja abrojos, mientras que la primera se sobrevive á sí misma, con atributos que compensan anchamente la acción del tiempo sobre la vana prez de la belleza. Las nobles ('Nulidades del espírilu , las esqu¡sitas dotes del corazón, he aquí el aroma dulcísimo <|iir esla llur e\h;il;i aun después de niarcliilada ; he aquí los caracteres de vilulidad que conserva aun después que se ayustó , carac- teres tanto mas enérjicos cuanto mas combatidos, los cuales lejos de borrarse crecen cada dia , viniendo á formar un caudal sólido de preciosísimo valor, con- tra el que nada pueden la carcoma ni los ladrones , y que generalmente escapa á la ley o el ^ran Tirinno al copiar la imagen de su hija. Así este cuadro, no tanto del JO apreciarse como obra de arte, cuanto como obra de senti- miento , pues no es ya el ingenio el que lo ideó, sino el amor; no es la mano lo ijue lo pintó, sino el corazón. Por eso tampoco se observa en él lunar alguno, ni siquiera. los lijerezas peculiares del autor ó de su escuela ; antes como resul- tado de vfiiliidi'i'ii inspirando . allega las felices condiciones que dan reunidas la inspiración y el talento , esto es, verdad y acierto , corrección y gusto. lie aquí una elocuente lección para los que siguen las profesiones liberales. Tratamos de un pintor cuyo mérito es innegable, pero que sin embargo se des- cuida algunas veces, ya por demasiado arrojo, ya por escasa meditación ; cuando empero se coloca al caballete para un trabajo que indiidalileinenle le enagena e inspira, su imaginación rebosa , su alma sale afuera, su mano corre libre, y la obra surje de sí misma como espontánea , sin soltura ni retoques, improvisada cual la imagen que un espejo reproduce. No basta pues, tener genio para ser grande; conviene inspirarse y sentir, al objeto de que cualquiera obra de arte reúna las altas cualidades estéticas que conducen á las sublimes especulaciones. Si es mucho el genio, la producción llegará quizá á ser castigada, grandiosa , maestra; pero si no se siente lo que se produce, en vano se tratará de mover afectos que no se habrán sabido espresar. Los antiguos fueron materiales aun en lo santo ; los puristas fueron santos aun en lo profano : Miguel Ángel es brusco en lo delicado; Ribera terrible en lo suave ; Rembrandt grotesco en lo severo. ¿Por qué dice tantas cosas el cuadro que nos ocupa ? porque el maestro vertió en él sus mas puros afectos; porque sin ambages ni rebozo nos franquea en él los secretos de su alma ; porque todo su corazón está pendiente de esa mirada simpática , profunda, cariñosa y embe- lesadora , que por sí sola es una historia de amorosas correspondencias y un manantial de goces indecibles é inagotables. TOMO i. , 1 8 l'i «Inorado lin^o tiempo la galería del Palacio Real de París , fue con oíros muchos niiíjeimilo durante la revolución , y llevado á In- glaterra , ilonilc aun debedeconservar.se en la actualidad. •£,./. (CUADRO OE POUSSIN. Cuando el supremo Dios de todo lo criado, cin-aniándosc en o.l srnn He l¡i hu- milde esposa de (¡alilea, vino á apurar la copa tic tn amargura y á Irtnplm- l¡i fortaleza de su alma varonil con el toque de redobladas Iribulaciones, ki liorna fie los Césares se hallaba en su mayor período de pujanza csterior y de engrandeci- miento territorial. Las águilas capitolinas cruzaban sin interrupción por casi lo- do el orbe conocido, los reinos mas fértiles y poderosos del mundo se habían dejado uncir al carro de triunfo del cesarismo , el Egipto y la Siria le rendían homenaje, el sármata indómito temblaba á su vista , y la China, emporio del Asia, recibía su avasalladora influencia y la honraba con amistosos presentes. Para el hombre pensador, sin embargo, Roma encerraba ya en su seno, confu- sos y revueltos, los gérmenes de una prematura postración drsdr que el espirita religioso se había enflaquecido y enervado, y las divinidades del [latinismo, ahuyentadas por la increencia, habian abandonado un dia sus graníticos y ma- jestuosos templos. Solo una mira altamente providencial pudo hacer, pues—de- jando á un lado la divinidad de la Religión cristiana — que coincidiera la encar- nación del Verbo con la degeneración y caduquez de la teogonia pagana en Roma, y que reverdecieran los saludables y levantados dones de la Fé cuando esta- ban las creencias áridas y sin jugo y se habian cegado de lodo punto las fuentes del sentimiento religioso. Por aquellos tiempos vivia en Nazareth, allá donde se estiende y dilata la fe- IÍO NACIMIENTO üli ¡>. S. JESUCRISTO. mz región de Palestina, un oscuro carpintero, cuya familia lué pivdcslinada por el rielo para consumar uno de los mas grandes sucesos IJIIC h liisloriii registra en sus anales. Como Cesar Augusto hubiera mandado publicar en ,ludi:a itn edic- to para formar el censo de los pueblos sometidos á su ley con espresion de los bienes de cada uno y las diferentes calidades de las tierras, el carpinlcro de Na- zarcth nevó deber trasladarse con su esposa ¡i Itelen, donde radicaba el solar de sus ¡iiilcpasados, ) tras cinco dias de difinillosn peregrinación, los humildes via- jantes, cumplidores sin saberlo de una misión suprema, vieron dibujarse á lo le- jos los contornos de la ciudad de Belén, apoyada sobre una eminencia, cercada de colinas, sombreada por la vid y tapizada de encinares y de jardines. Bien qui- sieron desde luego los modestos espedioionarios demandar hospitalidad generosa en la ciudad de los Reyes, como quiera que María palideciese por momentos y se sintiese decaída y angustiada; pero las posadas de Belén rebosaban de forasteros, y los padres de Nuestro Redentor, rechazados por todo el mundo y sin poder re- cabar un asilo en la tierra de sus mayores, salieron de aquella ciudad ingrata no sabiendo á donde dirigir sus pasos, y solo hacia la parte del mediodía de la ciu- dad advirtieron una cavernosa gruta abierta en la roca, donde los mercaderes belenitas se guarecían en las noches tormentosas y desde donde se oia sordamente el pavoroso rugido de los chacales que buscaban su presa. lin aquella noche memorable, entre privaciones y estrecheces y en mansión tan humilde vino á la tierra el Salvador del linaje humano, y desde aquella pe- nosa escena de familia trae origen el libro de oro de los padecimientos de Cristo, verdadera carta de emancipación de las clases pobres, y epopeya sublime que, abriéndose en un destartalado y roto pesebre, termina en el Calvario. No bien se cumplieron las predicciones de Isaías y la Virgen predestinada dio a luz á su hijo Unigénito, diz que un ¡uigul del Sefior se presentó á la vista de los pastores que en las cercanías de ISden se hallaban velando por sus gana- dos, y bajándoles de luz y rozándoles la líenle con sus alas de oro, les dijo:— «No temáis, porque yo vengo á traeros una buena nueva que será para todo el «pueblo motivo de una grande alegría, y es que hoy en la ciudad de David os ha «nacido un Salvador que es Cristo. Hé aquí la seííal con que le hallareis: en- contrareis un niño envuelto entre panales, y reclinado en un pesebre.»—Dicho lo cual, la visión maravillosa enmudeció y un ejército de espíritus celestiales, loando al Sefior, dejó oir en dulcísimo concierto el clamor de—«(¡loria á Dios en las alturas y paz en la tierra á los hombres de buena voluntad.» — Foco después, bien así como guiados por supremo impulso, los pastores allegaron cuantos pre- sentes tenían á mano y ¡lodian ofrecer al Salvador, y con la intuición profética que al pueblo caracteriza en cierlos momentos, volaron á la pequeña ciudad de David á hincarse de hinojos prestamente ante el que venia, en alas de su amor al género humano, para ser paño de lágrimas de la viudez y regazo de los do- NACIMIENTO DE V S. JESICIIISTO. 111 lientos en una sociedad cancerada por la poilre del materialismo, ilomli' el afor- tunado no escuchaba siquiera los clamores ili'l |H«I>IT, \ cuandn, I'IIMUIICI-ÍIIII el mundo por el estruendo de las armas, solo la Icclniinbrc del hogar recogía los an- gustiosos lamentos del desgraciado. Al pasar por delante de la cueva un impulso de lo alto les indujo á penetrar en aquel santuario donde la sacra familia casta- mente recogida y bañada por un suave rayo de luz prestaba adoración humilde y fervorosa al Reciennacido. Ya de muy antiguo los hijos de Judá, atentos ¡i la voz desús Profetas, ali- mentaban su espíritu con la sabrosa esperanza de que un gran varón de su raza seria el libertador del género humano y llenaría con su nombre la redondez del mundo; pero familiarizados con la idea de que el Ungido del Soílor debía sojuz- gar la tierra con estruendosas y titánicas conquistas, y aparecería cu fasluoso carro triunfador velado de incienso entre resplandecientes y arreboladas nubes, y exornaría sus hombros con la púrpura imperial, ¿cómo adivinar al Mesías pro- metido en el niño pobre y desabastecido de Belén los que después no acertaron á reconocerle en el gran Mártir de Judea que, rebosante de unción } mafítiamini- dad, desdeñaba cruentos sacriücios y épicas conquistas, ahorre™ las \niiidnilrs y arrogancias terrenas , cimentaba su trono sobre la peana de la modestia, predi- caba el hermanamiento de todos los intereses, cifraba las legitimas aspiraciones del hombre en vencerse á sí mismo y domeñar las propias pasiones, no tenia una palabra de hiél para sus encarnizados enemigos, y ostentaba como prendas des- collantes la humildad y la dulcedumbre, la mansuetud y la sanidad de espíritu, el desprendimiento y la caridad? ¡Ciegos que solo acertaron á ver en el á un vul- gar sedicioso y se gozaron en sus incomparables padecimientos y enrojecieron con su sangre inocente aquella tierra desde entonces maldita y cubierta para siempre con el oprobioso estigma del deicidio! Solo las turbas iliteratas , solo el pueblo que vivía en mas íntimo contacto con la naturaleza, no manchado por el hálito de la corrupción, solo la muche- dumbre de los que gimen en el seno del hogar, azotada la frente por el látigo del dolor, oyeron levantarse un eco en su corazón que les anunciaba una fausta y plausible nueva, la exaltación de los decaídos, la regeneración de los humildes, la apoteosis del sufrimiento, la eterna bienaventuranza que circundaría desde en- tonces como célica aureola la frente de los escogidos de Dios, acrisolados por la tribulación y la penitencia. ¡Bien hayan los que comprender supieron al Ungido de Israel, y fecundizaron su corazón, como tocados por la varita mágica ilcl pre- sentimiento, con la autoridad de sus buenos ejemplos y el ascendiente de una ir- reprochable conducta! ¡Bien hayan los que, sintiéndose regocijados al verle mise- ricordioso y humilde , depusieren á sus plantas dones y ofrendas, llores y frutos en fé de veneración y acatamiento! Poique aquella incierta y nebulosa estrella que trémulamente resplandeció 112 NACIMIENTO HE \ . S. JESUCRISTO. i'ii la. inolvidable noche di; ISclcn era el astro que á la vuelta de pocos lustros derramaría lumbre bienhechora por lodos los ángulos de la tierra; porque el Ni- ño Heciennacido deliia quebrar las cadenas de ominosa servidumbre, herir de muerte el prestigio de los déspotas, derribar las divinidades olímpicas de su pe- destal y escribir con su propia sangre el programa del mundo moderno; y final- mente, porque aquel cuerpo de edificantes consejos y di; fecundas enseñanzas re- velado por .1. (i., que en son de mofa repitieron y miirimirarun un oniriours y de trabajo. Dice san Nilo que por medio de tan santo ejnvjno recibió Antonio ¡KJUCIIÍI luz interior que le hacía leer la voluntad de Dios en todas las criaturas, y contemplar las cosas divinas con tan increíble perseverancia , que cuando asomaba el dia esclamaba así: «¿ Qué he de hacer de tí, luz material y sublimo? ¿Por qué vienes á distraerme y colocarte entre TOMO i. ¿0 1'>Í EL ANACORETA. mí y la luz increada y verdadera ?» Toda su aplicación consistía en aumentar en su corazón el amor de Dios, y así decía muy á menudo: « Por mí sé decir que yo no temo á Dios, sino que le amo. » Su vida era de una asombrosa austeridad: acostábase sobre una estera de junco, ayunaba todos los dias, y solo comía des- pués de puesto el sol un poco de pan mojado con agua de sal. Cuando se hizo viejo, sus discípulos le llevaban todos los meses olivas, aceite y legumbres. Con frecuencia bajaba de su desierto como de una región de paz, y venia á las viejas ciudades de la civilización pagana á alentar ¿los cristianos para el martirio, con- fesaba la fé , disputaba contra los hereges y los filósofos, hacia bien al pueblo y curaba las enfermedades. Volvía á subir después al lado de sus discípulos, y les referia las dulzuras de la vida espiritual y los goces inefables que había sentido en sus estasis. Hay en la vida de Antonio un episodio interesante, y es su encuen- tro con el viejo ermitaño Pablo. Después de largos años de profundo estudio, Pablo había abandonado las ciencias griegas y egipcias, y todos los bienes del mundo para retirarse en el de- sierto. Tenia por morada una caverna salpicada por una pequeña fuente, bajo la sombra de una gran palmera, cuyas hojas le suministraban su vestido , y los frutos su alimento. En su vejez le sustentó Dios de un modo milagroso: un cuervo te llevaba cada dia la mitad de un pan. Así permaneció desconocido á los hombres hasta que san Antonio tuvo revelación que había en el desierto un solitario mas antiguo que él, y que él debía ir á verle. Antonio obedeció á una orden del cíelo, atravesó soledades inmensas, y al fin tuvo la satisfacción de dar con el santo soli- tario , el cual recibió aquel día un pan enteco para partirlo con su huésped. Cuan tierna é interesante fue aquella entrevista ! Pablo manifestó á su hermano que ha- bia llegado su última hora, ó que estaba muy próxima, y le rogó que le sepul- tase , envolviéndole en una capa que le habia dado el glorioso confesor Atana- sio. Cuando Antonio volvió, llevando consigo la capa, no halló mas que el cuerpo de san Pablo : dos leones venidos del desierto escavaron un hoyo en donde An- tonio depositó religiosamente tan preciosos restos, no guardando mas que la tú- nica ile Pablo , como en otro tiempo Elíseo conservó el vestido de Elias, símbolo de su poder profético. Esta amistad santa de la soledad comenzada sobre la tierra se continuó en el cielo, pues Antonio murió poco tiempo después (en el año 356). La Vida de san Antonio, por san Atanasio, fue traducida en latín por Kva- gro, sacerdote, y obispo después de Antioquía. Ese libro tan maravilloso , tan lleno de saludables instrucciones, se esparció por todo el mundo cristiano con una admirable rapidez , por manera que en 381 fue hallado en Treves en la celda de un ermitaño, como reitero san Agustín. La regla de san Antonio fue puesta en práctica hasta fuera del Egiplo; en el siglo xn habia en Conslantinopla un *, monasterio de seiscientos religiosos que la observaban ; y los solitarios del monte Lífiano llevan aun hoy dia el nombre de monges de san Antonio, (iii ruaron i ta EL WACORETA. 1U,;Í Humado Alunhan Hchellense , publicó en HiKi bajo el nombre de san Antonio, veíale nulas halladas en un manuscrito árabe, lié aquí los únicos escritos que nos rcslan de san Antonio; pero su espíritu ha quedado en sus discípulos, como el de Sócrates. El monte Ni tria , en el Bajo-Egipto , (ira habitado por cinco mil solitarios, algunos de los cuales vivían en común , y otros en particular. Todos muy unidos y muy asiduos en el estudio de los libros santos. Alia en el retiro y en el silencio Evagro de Ponto llevaba una vida austera; hábil calígrafo, transcribía libros enteros, y los vendía , bien que tuvo la desgracia de adherirse á los errores de Orígenes. Las soledades de la Syria estaban asimismo florecientes: san Luciano fue uno de los mas antiguos solitarios. Antes de recibir la corona del martirio, en 312, abrió una grande escuela cristiana en Antioquía. San .hieoborie Nisibe fue uno de los mas ilustres anacoretas de la Mesopotamia. No se ocultan al pro- fundo observador las razones sociales que impelían á los hombres hacia las so- ledades y á los monasterios, cuando todas las grandes ciudades de la civilización antigua, defendidas por un considerable IHIIIUTO de combatientes, caian de la colina como enormes peñascos, y ln aiTirinalian todo á su alrededor, entonces cuando el mundo entero , desquiciado por espantosos sacudimientos , parecía próximo á morir con el paganismo. Haremos notar tan solo, que todas las almas tristes y que se complanan en una admiración apacible de la verdad, buscaban la poesía, del silencio, [mes la concordancia entre la soledad y el pensamiento humano es una misteriosa armonía. Todo este pueblo del desierto era sin dis- puta la flor de la sociedad. Visto desde la cima de la contemplación religiosa, el mundo era para ellos muy pequeño; y si alguna vez el ruido de la tierra y de las pasiones suhia hasta el desierto . aquella [rm|K'sl¡ul liiiiiiiina quinaba luego cal- mada por la oración, aquella marión inres;uile<|iie se elevaba al cielo como un perfume. ¡Oh ! sí, aquellos tiempos de santidad eran la realización sobre nues- tra tierra de destierro de la visión profética de Isaías. «El desierto se elevará , saltará de gozo la soledad , y florecerá como un li- rio. Se le ha dado á ella la gala del Líbano, la hermosura del Carmelo y de Saron Mas aguas rebosarán en el desierto: rotos quedarán los peñascos del de- sierto , y correrán arroyos en la soledad. « La tierra que estaba árida quedará llena de estanques, y brotarán aguas de la que ardía devorada por la sed. En las cuevas, antes guarida de leones, nacerá la verde cada y el junco crecerá. « Y allí habrá una senda ó camino que se llamará camino santo: no le pisará el impuro, y será abierto para vosotros: los insensatos no se perderán en él. K «No habrá allí león , ni bestia feroz transitará por aquella senda: ella es el camino de los que habrán sido libertados. El Señor los ha rescatado , y volverán lüfi VA, ANACORETA. a él, y vendrán á Sion cantando himnos de alabanza: una alegría inmortal co- ronará sus sienes, vivirán siempre en el placer y en el arrobamiento , y huirán para siempre de sus corazones el llanto y el dolor.» ¿ Cómo, se preguntará, aquellas inteligencias privilegiadas, aquellos espíri- tus de fuerte temple, los Pablos, los Pacomios, los Gregorios, los Basilios, los Crisóstomos, los Gerónimos, huian de la sociedad y corrían á sepultarse en lo mas profundo del desierto? Almas espansivas, ardientes, apasionadas, capaces de abrazar en sus deseos inmensos la humanidad , huian de los hombres para hundirse en el desierto? Al hombre que sabe leer en la historia el verdadero ca- rácter de los acontecimientos , no se le escapará sin duda que el amor de los hombres les hacia huir de los hombres. La antigua sociedad corrompida y de- crépita se desplomaba y se hacia pedazos , y era preciso levantar otra sobre sus ruinas. El espíritu peligraba mas aun que el cuerpo con aquel vasto naufragio de la vieja civilización romana , y el espíritu debia formarse y fortalecerse en la soledad. Las almas grandes huian de aquellos grandes centros de corrupción, en donde se percibían aun los últimos suspiros de la voluptuosidad pagana. Un mundo de solitarios alentaba con sus plegarias la constancia y la intrepidez de los Heles que corrían al martirio, lin un dia de peligro salian de sus guaridas estos hombres del desierto para avivar la fé de sus hermanos, y no les abandona- ban en el combate. Pero en los momentos de paz volvían á la soledad para ro- bustecer de nuevo su espíritu y no dejarse abatir por la desgracia. Y en realidad , ¿ qué es un anacoreta ? Un hombre que se retira riel bullicio del mundo á lugares solitarios en donde pueda vivir solo con Dios y consigo mis- mo. Los filólogos que han querido buscar la etimología de esta palabra, la han encontrado en anachoreo , yo me retiro , voz que se compone de ana, atrás y de choren, yo voy, es decir, yo me retiro de la multitud, yo iric sc|jiirod(i los Ilumines. Muchos de aquellos héroes que admira el mundo , han |KIS¡MIO |«M el nisul de la soledad. Kl grande Elias fue en los dias antiguos un (eslimonio ilustre de la soli- citud con que Dios vela sobre el alma que le sirve en la soledad, y del celo de que aquella se siente devorar para su gloria. Elias era del pueblo de Tesbe, o.n el país de (ialaad á lo largo del Jordán. Después que el Señor le envió para pre- nunciar al rey Acab la esterilidad de sus campos, le mandó que fuese á retirarse en el fondo de una caverna situada en el desierto de Carith , al pié de la mon- taña de Kfraim ; y el santo varón entró allí lleno de confianza en el Señor que allí le había conducido. Todo le hablaba de Dios en aquel desierto , y nada le privaba de tener fijo en él su pensamiento , ni aun los cuidados necesarios á la conservación de la vida; pues la Providencia , como se lo había prometido ya, lo alimentaba por el ministerio de los cuervos. Cada dia le traían mafianay tarde de que vivir junto á un torrente que corría delante de la entrada de su gruta , y cuyas aguas le apagaban la sed. Elias era un profeta, es decir, un santo solita- rio , cm anacoreta de los antiguos dias, un veyente , un inspirado del Señor. EL A.\Ai:OKETA. 1Ü7 Kl nombre de prnlWa no tenia á la sazón el significado esrlusivo y estricto que le damos or -slra lengua , sino que indicaba el caráder nmi|ilelo ile una vida y de un ministerio singulares. Ordinariamente en el profeta había tres hom- bres , el sabio , llevando una vida mas retirada y mas religiosa que el resto de los ciudadanos ; el eminente "patricio , recordando el lexto de la ley y predicando el respóndelas instituciones nacionales; y en fin , el enviado de Dios anuncian- do las glorias ó [as desgracias del porvenir, y protestando contra la impiedad y los crímenes de sus conle.mporáneos. A título de sabios vivían casi del todo separados del mundo, en donde se aparecían de vez en cuando , viviendo sobre las montañas ó grutas profundas, algunas veces solos , otras veces en comunidad al modo de los cenobitas cristia- nos. Su vida era sencilla, laboriosa \ frugal, \ solo vestían Imbilos gruesos y de fúnebre color, líran la figura y el ensayo de aquellas austeridades y peniten- cias asombrosas de que el cristianismo de los tiempos primitivos pobló los desier- tos del Oriente y del África, y cuyo espíritu regenerador se mantiene todavía en medio de la molicie de los siglos modernos. Masía pairee que este genero de exis- tencia humilde \ pobre destino, guia esencialnienle los pmfH;ts. pues los lihros de David , de Salomón , de Daniel, no entraban para los hebreos en el número de los libros proféticos, bien que en ellos se hallaban trazadas las vicisitudes que aguardaban á los imperios del mundo, y sobre todo al grande imperio de la Iglesia. Mas estos tres personajes, los dos primeros como reyes. \ el otro como jefe de los sátrapas en la corte del rey de Persia, se habían pivsniliidn envueltos en un movimiento y en un fausto en lo general poco compatibles con las graves meditaciones y el ministerio reformador de los profetas. Estos hombres de auste- ra y piadosa vida, se consagraban al estudio de la ley divina, á ia plegaria, k la práctica de la virtud. Formaban además especies de colegios en que sus lecciones y una disciplina regular iniciaban numerosos discípulos en la ciencia y en la santidad. Así se perpetuaban en toda su pureza las doctrinas y las observancias fie la religión verdadera. En el seno de un país como la Judea , en donde la ley política y la ley reli- giosa reconocían una misma causa , emanaban de una misma autoridad y se ser- vían de mutua garantía, el vindicar á Dios era vindicar el país, el predicador era el defensor de la patria, las prosperidades é infortunios públicos , eran re- compensas ó castigos del cielo por el respeto ó por el desprecio de las instituciones nacionales. Debian pues los profetas declarar la guerra á todos los abusos, fuesen de reyes, de sacerdotes ó de pueblo ; todo estaba sujeto al imperio de su pa- labra ; y como los abusos se refugian por natural instinto bajo el manto del po- der , los profetas, hombres casi siempre de oposición, eran peí seguidos por aquellos cuyos vicios reprendían , por los reyes sobre todo ; y muchos pagaron con su vida la libertad generosa con que anunciaban la verdad ; oponiendo la ley l'"'N KI, A > AI: o a UTA. á la arbitrariedad , el desinterés á la ambición, la libertad á la servidumbre, y la verdadera religión á la idolatría. Su principal misión era la de conservar el reino de Dios entre los hombres. Dolados de una alma y de un sentimiento superior, hacían resonar por todas parles, de viva voz y por escrito , las amenazas del cielo y las grandes verdades de la religión. Dios les enviaba como centinelas encargados de velar por la salud pública, y de advertir ¡i Ismel de los inminentes peligros, y él confirmaba esto misión haciendo doblegar la naturaleza á sus órdenes, ó verificando su palabra en el día señalado. Entonces era cuando en realidad estos hombres llenaban un ministerio profético señalando los escándalos presentes con una vehemente energía, y los hechos del porvenir con una precisión y una autoridad inimitables. Elevados y como suspendidos sobre esta vida por la mano de Dios, descubría su ojo en los lejanos horizontes de los siglos futuros las principales líneas del plan providen- cial, y su imaginación, al descender de aquellas esferas luminosas, parecía tomar del cielo y de la tierra las formas mas espléndidas é inauditas para esprimir los conceptos de un mundo superior y los secretos de la eternidad. Contemplaban á Sion edificado de sangre y á Jerusalen de injusticias , compadecían aquel pue- blo cuya cabeza no es mas que una llaga y el corazón un desmayo , lloraban sobre la ciudad huérfana de sus hijos, abatida, devastada, inconsolable, cu- yos caminos respiran duelo, los sacrificadores sollozan , los príncipes caminan exánimes anle aquel que los impulsa . los profetas nada mas tienen que decir de parte del lílerno , los ancianos son dispersados o ¿rimen en la cadena , las vírge- nes bajan la frente sirviéndoles de velo su misma pesadumbre, los niños caen muertos en medio de las plazas públicas ó sobre el seno-agotado de sus madres pidiendo pan. Pero, cuando mas encantan las profecías, es cuando proclaman anticipadamente los destinos espirituales de la humanidad : todo los reinos de la fierra pasando como el n^im. bajo el dedo de Dios para dejar lugar al reino in- mortal de Cristo; el Redentor trayendo del cielo una doctrina tan grande que el mundo entero se levanta para oiría y aceptarla; la Iglesia, en fin , flotando co- mo un arca de salud sobre el océano de los siglos, y llevada por el soplo del Es- píritu Santo hacia aquel país de luz y de caridad prometido á las almas since- ramente cristianas. Jerusalen entonces se reviste de un gracioso resplandor, la paz habita en sus murallas, los reyes vienen á rendirle homenage, y los pueblos imploran sus beneficios: la virtud sale de su boca como la abundosa corriente de un sacra manantial, y semejante á una virgen en todo el encanto de su belleza, Sion aguarda la fin de este día que se llama la vida terrestre , para celebrar con Dios sus nupcias inmortales. Tales eran los verdaderos profetas, almas ilustres, y que cubrían con la gloria de su santidad aquella dinastía de hijos de Dios que empezó en el Edén por la inocencia , y después por el arrepentimiento se volvfó á vivificar en me- EL ANACORETA. 159 dio de las edades con la sangre derramada en el Calvario, y se continúa hoy en lodo hombre de recto corazón ; hombres providenciales que pasan al través de la conciencia pública levantando la voz y con los brazos estendidos como testigos de la verdad indefinible, como una protesta no interrumpida que privaba al error de prescribir y á la humanidad de perderse sin remedio. Uno de estos profetas mas célebres por la autoridad de sus palabras y por la luz de sus ejemplos, fue Elias de Tesbea, el grande anacoreta de la ley antigua, á quien poco ha hemos citado. Severo en su vida , poderoso en sus obras, de carácter enérgico, alma de fuego , su celo marcha y estalla con rapidez y fuer- za ; es realmente un hijo del trueno. Habla, y los cielos se abren y se cierran á su voz , dejando caer la lluvia ó esparciendo la aridez sobre la faz del reino; confunde por un milagro público los vanos profetas de Baal, y ordena al pueblo que les dé la muerte; hace caer el rayo sobre los emisarios de la tiranía que vienen á prenderle y á entregarle á su señor como una presa. Investido de una autoridad escepcional, da la misión real á un simple ciudadano y á un príncipe estranjero que Dios les designa, como ejecutores de sus decretos sobre el destino de dos naciones. Hombre de prodigios, desconcierta la política y la perversidad (le Jezabel, y burla todos los esfuerzos contra él dirigidos: humanamente ha- blando , parece la columna de la verdadera religión en Israel, bajo los reinados de Achab y de Ochozias, y el defensor de las instituciones de la patria. A la voz de Dios irritado contra su pueblo, Elias fue á llevar un dia esta amenaza al rey Achab. «Vive el Señor Dios de Israel que me está viendo! No habrá en todos estos años ni rocío ni lluvia sino por orden salida de mi boca;» Después, a lin de escapar de la cólera y de las pesquisas de aquel príncipe im- pío , se retiró en el desierto sobro la fé de la misma voz que le dijo : « Vete por la parte del Oriente, ocúltale cerca del torrente de Carilh , frente del Jordán. lie- berás del agua del torrente: he mandado á los cuervos que cuiden de lu alimen- to. » Y allí mañana y tarde, unos cuervos llevaban al profeta las viandas y el pan necesarios , y el agua corriente le daba su bebida. Algún tiempo después elforrente se encontró seco, porque el cielo era de bronce, y no caía llu- via alguna. Entonces la voz amiga del profeta le dijo: « Deja estos lugares, pasa á Sarepta entre los Sidonios , y permanece allí, yo he mandado á una viuda que le alimente.» El que da la vida y los alimentosa un débil insecto, y que rovislió el sol de tan brillante esplendor , no deja jamás al hombre , la mas noble de sus criaturas visibles ; y cuando las leyes ordinarias de Iti naturaleza parecen burlar las miras de su providencia llena siempre de ternura , suple a ellas por los pro- digios que son solo un juego de su brazo omnipotente, pero que se hacen para nosotros una prueba irTelV¡)i<¡il>le ilc su ¡nlervencion en la marcha y en el ile.sen- volvimienlo ilc niieslnisdeslmos. l'ues si olmt un milagro para enviar al hombre el pan nmleriiil que sostiene l.i vida del cuerpo . ¿quó no habrá hecho para en- ItiU El, ANACORETA. viarle la verdad, ese pan espiritual que, bajo la forma de la palabra, comu- nica la vida a las almas? Partió pues para Sarepla, corta aldea de la Fenicia colocada entre Tyro y Sidon, pero mas cercanaá esta última ciudad, sobre las orillas del Mediterráneo, al pié de colinas graciosas y cubiertas de verdor, frente las cimas cortadas del Líbano. Al entrar, y antes de llegar á Sarepta, divisó el profeta una mujer que recogía lefia. Llamóla y le dijo: « Dame á beber un poco de agua.» Y como ella fuese á buscársela, anadió: «Te ruego que me traigas también un poco de pan.» Comprendió sin duda al observar la prisa de aquella mujer que era la viuda de cuya bienhechora hospitalidad le había Dios hablado. Mas ella le respondió: <¡ ¡El Señor tu Dios vive! No tengo pan : tan solo me ha quedado aceite en un pequeño vaso y un puííado de harina. Voy á cortar un poco de leña pam preparar á mi hijo y á mí el último pan para comer , y luego esperaremos la, muerte.» El hambre , consecuencia de la sequía, devoraba el país , y el reino de Sidon, patria de iezabel, participaba de los castigos, así como de los críme- nes del reino de Achab. « No temas, dijo el profeta á la indigente viuda, vete a hacer lo que dices: del resto de la harina prepara primero para mí, un ligero pan cocido al rescoldo, ytráemelo: después preparas otro para tí y para tu hijo. Pues hé aquí lo que dice Jehová, rey de Israel: La orza de harina no faltará, y la alcuza de aceite no disminuirá hasta el dia en que el Señor hará caer la lluvia sobre la tierra.» La mujer creyó en esta promesa del estranjero, y cumplió sus ór- denes. Desde aquel dia en recompensa de su fe, y para que se cumpliese la palabra la iiiuerle \ de h vidn. A lo lejos se descubren las regiones turbulentas del mundo, cujus ruidos vienen á estrellarse como las olas del mar al pié de la cueva del solitario, el cual, al acercársele de vez en cuando algún viviente pre- guntará quizás como (Jerónimo: Qué hacen los hombres? lidilican ciudades to- davía? EL AINACORKTA. 163 La naturaleza se presenta á la vista del solitario con toda su imponente ma- gcstad, y la grande obra de la creación con toda su grandeza. A sus ojos tiene siem- pre espacios indefinidos. Cada dia asiste en cierto modo á la creación de la luz cuando esta sale de su cuna de rosas para alumbrar el dia. Adelántase el grande astro como el símbolo radiante de la luz suprema y peana del tabernáculo del Eterno. Al caer en su tumba deja aun mas visible el brillante ropaje de los cie- los, y el alma contemplativa puede volar libremente por suscspiínoseoN las alas del pensamiento. Los horizontes, la tierra misma, todo se le presenta sin límites como la eternidad. Detenido sobre el mundo como en un corto destierro, y sus- pirando por su patria, cuan poca cosa ha de ser para ese hombre el soplo que aquí le detiene y al que llamamos vida! Cuan dulce ha de serle el rompimiento de sus ligaduras que le separan del dia inmortal á cuyo goce aspira como único complemento de felicidad y de amor! Las tendencias del siglo en que vivimos no están por la vida solitaria y pu- ramente contemplativa, y hasta el espíritu religioso de la época reconoce la ur- gencia de una acción viva é incesante sobre las grandes necesidades sociales. De otra parte esta generación, agitada é inquieta con sus conquistas sobre la materia, por sus continuas creces y cruzamientos en todas direcciones, ha llegado á dester- rar de lii soledad aquella calina augusta que despegando los espíritus de la tierra, les daba alas para volar á Dios. No es esto decir que el espíritu pueda vivir sin esa elevación, sin obedecer á esa fuerza irresistible que le atrae hacia su centro ; sino que en el general movimiento de la humanidad, las almas de elección, al paso (¡ue son llamados á obrar sin descanso sobre iina sociedad indolente y aletargada quemnlodr ellas neresihi, lian de aislarse en la soledad de sí mismas en los mo- mentos <[iii' pueden, n'naiidu su corazón por intervalos id mundo esterior, si es que quieran gozar de aquella intimidad inefable con Dios que en otros tiempos podían saborear mas á su placer en la tranquila morada de un desierto inac- cesible. •LA 4Mll¥li$I§I BI8. PABLO. (CUADRO DERUBENS.) ¿Qué cristiano no conoce I¡i historia de SÍUIIO, el gran perseguidor de los cris- tianos; al rígido ó fanático fariseo que, y¡i (¡ni1 no piulo lomar parte en el supli- cio del diácono Esteban , el primero ríe los mártires de la Fé, quiso asociarse k sus verdugos guardando sus ropas; al discípulo de (iamaliel instruido en lo que pertenecía á la religión, á las costumbres y alas ceremonias de los judíos, con- vertido de repente y de una manera milagrosa en el mas ardiente defensor de la doctrina de Jesús , en el \ alendo Apóstol que arrostra peligros, persecuciones y por fin hasta ia muerte misma en ddensa de ia Fé del Oueilicado , y que em- pleando su claro ingenio, su vasta doctrina y el fruto de sus estudios para ilu- minar á los demás y guiarlos por el camino de la salvación mereció el helio y lionroso dictado de Apóstol de las gentes? (&}\\\h\ no s;ihe que el en\ iado por las sinagogas para llevar la persecución y la muerle con Ira l no los maldigáis, etc. (i).» Oh ! quien no admira, al leer estos y otros muchísimos pasages que de las cartas de San Pablo podríamos entresacar, esta doctrina nueva para el mundo, predicada por primera vez por Jesucristo, y por él sellada con su sangre y con su ejemplo en el (iólgota , al disculpar ante su eterno Padre á sus propios ver- dugos? l)uién no se estasía ante esta doctrina esplicada por San Pablo con la enumeración de las escelencias de la caridad, hasta llegar al mas heroico de sus preceptos, con tanta fuerza por él inculcado : « Bendecid á vuestros perseguido- res : bendecidlos y no los maldigáis?» LA CONVERSIÓN DE a. MULO. 169 Acostumbrados nosotros á presenciar todos ios dias ios prodigios de esa vir- tud, á oir hablar de ella desde la cuna, á ver ó Jeer los sublimes hechos de sus mártires, fijamos apenas nuestra atención en la admirable grandeza de esta vir- tud, bien así como apenas nos paramos en contemplar la belleza de los astros, con cuya vista nos hemos fiimiliarizado desde nuestra inocencia. Mas qué efecto no harían estas verdades arrojadas de repente y, lo que es mas, practicadas en me- dio de un mundo que no solamente las oía por la vez primera , sino que había profesado hasta entonces las máximas mas opuestas á ellas; que había vivido en el odio de pueblo á pueblo, de clase á clase, de hombre á hombre, y que habia hecho de la indiferencia para con los demás y del egoísmo que amándose á sí pro- pio no tiene para los otros ni odio ni cariño, las mayores de las virtudes sociales? Han tenido siempre presente los que han leido los pasages citados de San Pablo, esta iloniiilona joven ejercía sobre el ánimo de los mozos de la aldea, sin esfuerzo alguno de su volun- tad, le acudió á la memoria el cuento de la Bella durmiente. Y como sabia que esta no visitaba á los miembros de su familia sino en cir- cunstancias graves, pasó torio el dia sin poder desechar la idea la belleza que luce sus galas entre fodo el < I'AISAIMÍ. 18IÍ porvenir de contratiempos y disgustos que ofrece al que se acerca á cogerla sin madurez ni reflexión i ¿ Y qué amante no se estremece de alegría á la vista del mirto, a*í como in- clina abatida su frente y acaso se desprende una lágrima de sus ojos ante un grupo de solitarias adelfas que le dicen, agoreras, su porvenir de amor? No se pueden buscar emblemas mas propios que los de las flores, ni lengua- je mas significativo que el suyo. Los orientales, esos hombres de imaginación ardiente como el sol que les abrasa, tienen un delirio particular por ellas. Kldia 1/de mayo se celebra en Constan tinopla la /¡esta de los Tuli¡>ams. Debe ser una bella , una encantadora fiesta; debe ser para los orientales co- rno el prólogo de las delicias que les promete en mentido paraíso su mentido Malioma. Los jardines del serrallo son el teatro de esta fiesta que preside el mismo sul- tán en persona. Unas* graderías adornadas con ricos y lujosos almohadones se estienden en forma de anfiteatro y dominan un llano cuyo suelo desaparece bajo las magníficas alfombras espléndidamente matizadas de bordados que las cubren. Sobre la alfombra se alzan airosas columnas que sirven cada una de marmóreo pedestal á un grupo de vasos simétricamente colocados y tallados en el cristal mas puro y diáfano. De cada vaso brota, hernioso y triunfante , un tulipán de especie diferente. Seductor golpe de vista! Los orientales permanecen estáticos y absortos an- te este espectáculo que jamás se cansan de admirar, y contemplan con orgullo, con amor' con delicia, esas elegantes flores, reinas de la vegetación entre ellos, que encorvan y cimbrean sus tallos bajo el peso de sus purísimos botones. Mientras dura esta religiosa adoración do l;i ilnr por los invitados á la fiesta, el aire se llena de suaves y melancólicas armonías. Ina música, oculta entre el follage vecino, deja oír sus mágicos acentos, \ Jas ñolas mas delicadas meciéndo- se en el aire, nadando invisibles en el espacio , desprenden sobre las frentes de Los adoradores toda una lluvia de dulces melodías. De pronln , perfumes deliciosos, romo un hálito embalsamado, se escapan de los trípodes de bronce \ délos hniseiülos de oro. v un ligero vapor de agua de rosase esparce en la atmosfera cajendo en mipeiveptibles gotas. Ks una señal. Mientras que los concurrentes se impregnan de tan suave aro- ma, el harem abre sus puertas, por las cuales se precipita, bandada de lujosas mariposas , un tropel de odaliscas que envuelven sus esbeltos talles y sus agra- ciadas formas entre nubes de gasas y de tules. linlonces empiezan los bailes , los cantas, los juegos ; entonces empieza todo ese mundo de sensaciones desconocidas, que es la vida interior del harem del gran señor. TOMO I. 24 1™ PA1SA0E. Las fiestas continúan por espacio de algunos dias, y cada mañana los mas frescos y mas hermosos tulipanes se ven adorados por la corte de Constantinopla y por las mujeres mas bellas de Oriente. Esos adoradores entusiastas de las flores dicen de ellas que van de celosía en celosía narrando amores. ¡ Oh! yo las amo también , y las amo apasionadamente esas estrellas de la tierra. ¿ Habéis oido hablar alguna vez , lectores mios, de aquella balada alemana que se titula la noche de bodas?... Yo la tengo muy presente , pues la recuerdo siempre que pienso en las flores. BALADA. «La bóveda del cielo ha estado toda la noche resplandeciente, y como un brillante surtidor de fuego, el rayo ha surcado sin cesar por el espacio. «El rayo ha caido , se ha hundido en la tierra. ¡ Aire! ¡aire ! ¡ Oh ! qué ca- lor tan sofocante!..—se deja oír un sordo ruido... Anuncia la frescura lejana. «Entonces , parecidas & las lágrimas retenidas por mucho tiempo, las gotas de lluvia van cayendo una tras de otra dulces y tibias; la tierra bebe, pero no por esto se apaga su sed ardiente. «La mañana se despierta perezosa y se incorpora sobre su lecho de púrpura. Qué milagro ha tenido lugar?.... La tierra se ha vestido su traje de flores. «Quién ha hecho este milagro?.... Quien ha abierto asf al amor, y en una sola noche, los cerrados botones de las flores. «Silencio! silencio! Respetad el tímido pudor de esas llores. Kl rubor asoma aun en sus frescas mejillas. «Silencio! Preguntad la causa al desposado, al amante atrevido, á la prima- vera que esta noche ha visitado la tierra después de la fiesta nupcial.» Los alemanes son también entusiastas por las flores. Su poesía popular, esa poesía tan fresca, tan pintoresca y al mismo tiempo tan salvaje como las orillas de su Rhin, tiene infinitos cantos dedicados á las flores. Uno hay en particular que no es fácil tampoco borrar de la memoria. ¡ Kncierra un pensamiento tan bello, tan filosófico, tan grande ! BALADA. «Las doce de la noche ya! Dios niio , cómo pasan las horas ! Las doce! Oh ! tengo miedo! Es la hora de los fantasmas. «Margarita, amada mia, dime : ¿es verdad (pie al dar las doce en el reloj del campanario, los muertos del vecino cementerio abandonan las tumbas y se salen á pasear por el campo ? PAISAGE. 187 — »Sí, no lo dudes, Hermán ; mi abuela me lo ha dicho. Así que toca la úl- tima campanada de las doce, las lápidas caen y los muertos envueltos en sus su- darios salen á pasear por entre las flores. «Foresto hallamos cada dia, cuando amanece, mustias y marchitas ciertas flores que la tarde anterior hemos dejado frescas y lozanas. Se agostan en seguida todas las flores que los muertos tocan con sus dedos de esqueleto. oMira, mi abuelo vio una noche á un muerto. Llevaba en la mano tres co- ronas, una de laurel, otra de rosas y otra de siemprevivas, y murmuraba un canto que así decía: »Yo nací entre llores, y al nacer, mis ojos tropezaron con estas tres coronas que colgaban del árbol encantado de la vida. Niño atrevido, quise cojer las tres á un tiempo. A la derecha estaba la fresca corona de laurel que venia de las ma- nos de las musas; en el centro la corona de rosas que había tegido el amor, y al otro lado la corona de siemprevivas que ofrecía la muerte. » U primera que cogí fue la de laurel. Quise ceñirle a mi frente, pero seme- jante á la niebla que sobre la desierta sábana del mar parece una isla fresca y risueña y luego se desvanece y pasa, así la corona desapareció y huyó lejos de mí. »Me puse entonces la corona de rasas y me creí feliz. Pero, ay! las rosas se marchitaron luego y quedaron las espinas, y las espinas me abrieron profundas heridas de las que se escapaba la sangre á arroyos. »Me apoderé en seguida de la tercera corona, y esta pude ceñirla a mi frente sin que nadie me la envidiara. Es que la corona de siemprevivas es la corona de la muerte.» Y á lodo esto, no os he hablado aun, lectores míos, del cuadro que representa la lámina que acompaña á este artículo. Para qué ? No os he hablado de flores, de árboles? Waterloo, el autor de este fiutdro. era un poeta , poeta con el pincel como otros lo son con la pluma. Mirad esos árboles. Parecí1 <[in' la brisa los mueve y los balancea. Mirad esa bóveda tU- lolla^. Uiríase que el sol es impotente para hacer pe- netrar sus rayos en la ennintiidom umbría que convida al reposo y al descanso. Mirad esas aguas. Se las ve correr; se oye el rumor que producen al que- brantarse entre los guijarros que á su paso se oponen. Hé aquí un paisage, un delicioso paísage de un dia de mayo. Salud al mes que nos da tan bellos dias y nos ofrece á cada paso tan encan- tadores paisages! ISN PAISAÜE. Salud al poeta que los describe, al pintor que los traslada al lienzo! l)e Waterloo no puedo deciros otra cosa, sino que como pintor-poeta, pintó muchos paisages, muchos bellísimos cuadros, copiadas de la naturaleza, en los que se ve correr las aguas, balancearse los árboles, cruzar las nubes por el cie- lo, volar los pájaros por el espacio, mecerse las flores al besu de la brisa.... Waterloo con sus cuadros se hizo un nombre respetable y.... Y murió en un hospital en 1662. Haceos poetas, lectores mios, haceos artistas!... Volvamos al cuadro. Este paisage me recuerda uno que he visto muchas veces en un rincón de mi Cataluña. Como en el cuadro, un rio, un pequeño rio atraviesa también ei de que yo hablo. Los de la comarca le llaman ei rio ó la riera de San Juan. Es un bellísimo paisage, que tiene un recuerdo terrible para mí, el recuerdo de una catástrofe. Lo que voy a contaros pasó en mayo de 18Ü3. Era la tercera semana de esle mes y durante toda ella las nulies habían en- vuelto como un turbante las montañas inmediatas á Barcelona, esas montañas que se estienden en anfiteatro al umbral de la llanura que sirve de alfombra ¡i la an- tigua condesa, reina un dia del Mediterráneo. Recuerdo muy bien que fue una semana triste, triste como pocas puede con- tar Barcelona, triste como el cielo que constantemente permaneció velado a nues- tros ojos. La lluvia ni siquiera respetó el dia del (¡orpus, el ilia de la fiesta del Señor. Y hubo justicia en ello. Dios no quiso tal vez aquel año que tan pronto nos divirtiéramos y alegráramos en nuestros sillones, que tan pronto el bullicio, la fiesta, la alegría y la danza llenaran el ¡tire con sus ecos de júbilo, mientras que nuestros hermanos de la comarca estaban á punto de perecer y de ahogarse á causa de los rios salidos de ¡nadre, mientras que infinidad de familias contem- plaban aun con las lagrimas en los ojos y el dolor en el alma sus casas armiña- das, sus campos [alados, su hacienda perdida. No, Dios no (|iiisn que IJI algazara sucediera tan pronto á la destrucción y que el regocijo conmoviera la ciudad , mientras que el luto y el duelo habitaban aun en la comarca. Habían pasado días terribles sobre nuestras cabezas, El humean, que es la voz de Dios en cólera, hizo esleemccer nueslras monlafias que temblaban sobre sus gigantescos cimierilns seculares ; la tempestad barrió nueslras fértiles campi- ñas; los rios, abandonando su cauce, bajaron rugiendo por los montes, esten- diéndose desbordados por el llano, y el mar, agitando sus olas, como un mons- truo sus escamosos anillos, y rugiendo de ira como un león herido, se abalanzó furioso hacia la playa, cual si tragarse quisiera esa tierra que acaba siempre por burlar su impotente rabia. PAISACE. I Sí) Qué días ai|ii{'IIos ¡ que dias ! También tuvimos espanlosas noches. lina sobre lodo, una de un huracán desencadenado. Las puertas y las ventanas de cada casa crugian como empujadas por u n a mano de hierro; el viento, penetrando por las rendijas, silbaba en el interior de las habitaciones romo el chasquido de un látigo invisible; las casas parecían va- cilar al estrellarse en ella* l¡is furiosas ráfagas Mientras lauto, la ciudad Uníanle que se ve todo el afío en líarcelona al lado (le la ciudad de piedra, los buques, se bamboleaban inseguros en el puerto sobre la espalda inquieta de un mar turbulento. Cuando el cielo está encapotado y sin un solo rayo de sol. como un corazón cerrado á la esperanza ; cuando el mar está embravecido y fiero; cuando la tempestad ruge en los aires y el huracán conmueve los viejos techos de nuestras casas, yo, desde el humilde rincón de mi morada, pienso siempre en aquellos que á semejante hora viajan, en aquellos que á semejante hora, perdidos en las vas- tas soledades de los mares, so encuentran en el seno de las tinieblas, á solas con la teinjicshiil <¡iie lau pronto lüriza su débil embarcación á las nubes donde tienen su depósito las inmensas catarulas, (••orno la hunde en abismos sin fondo donde moran los marítimos monstruos. Y entonces mi corazón se hiela de espanto y pienso (¡no debe ser una t e r r i - ble muerte la del (pie muere a h o g a d o . . . . Una terrible muerte, si. pues que no es esa muerte que con el sueño do cada dia estamos ensayando durante, toda nuestra v i d a ; no es tampoco esa muerte que consiste en dormirse una vez mas sobre la almohada en que uno se ha dormido cada noche por espacio de treinta, cincuenta ó mas aiíos, sino que es una m u e r - te mezclada de ira, de lucha, de desesperación : una muerte tanto mas horrorosa cuanto que es en medio de la í u n z a , de la salud, de la misma vida. Y entonces mis labios se ciilrealiren irivnlunlanainoiilc buscándolas palabras de un rezo quizá olvidado, y entonces me digo : — Qué seria de esos a quienes la muerte va á sorprender en medio de la in- mensa soledad de los mares, qué seria de esos cuyos gritos de dolor y desespe- ración son ahogados por el estrépito de los vientos y de las olas, qué seria de ellos si.no supiesen que en aquel instante supremo una simple invocación al cielo, la sola palabra de un rezo, por débil que salga de entre sus labios, atraviesa por entre el rugido de la tempestad y llega virgen y p u r a á los oidos del Señor ? lin aquellos dias terribles de que os hablo, \ o pensaba en los pobres n a v e - gantes y pensaba también en mi paisage, en mi encantador \;illeci[o atravesado por la fiero de San Juan, á donde yo iba frocuenlenienir á aspirar las brisas em- balsamadas, á recrearme con la vista de las flores silvestres, á descansar mi abra- sada frente bajo las enramadas misteriosas de aquellos árboles gigantes. 190 PAISAGE. V msonlando nii valle de San Juan, lleno de encantos y delicias, pensaba en que l;i IHII|J<'SI¡UI liabria tronchado aquellos árboles y el huracán esparramado aquellas llores. Pensaba que al regresar á él lo encontraría .todo destruido, todo destrozado. Peor fue todavía. lié aquí lo que pasó en aquel valle y en aquel rio la víspera del día de Cor- pus de 18í¡3. Una hermosa joven de diez y siete años, una joven á cuyos ojos se presentaba el porvenir en toda su dorada brillantez, una joven en fin que esperaba de un dia á otro el momento en que la religión ante sus sagrados aliares consagrase el lazo que el amor se liabia ya adelantado a formar, atravesaba la palanca que se es- tiende de una orilla á otra sobre el rio de San Juan. El rio , engrosado por las lluvias de los dias anteriores, bajaba crecido y bravo. La joven iba acaso pensando en su amor, en su novio, en las horas de ven- tura y felicidad que le aguardaban; pero como desgraciamente siempre sucede que cuando la imaginación pasea vagabunda por el campo de las ilusiones, los pies tropiezan en los abrojos de que está sembrado nuestro sendero en la vida, la joven tropezó y cayó al agua. Un hermano suyo que pasaba tras ella la palanca, la vio caer y— ¡ valiente y generoso mancebo! —se arrojó al rio para salvarla. Luchó á brazo partido con las olas y pudo asir a su infeliz hermana; pero en- tonces el rio, rugiendo de cólera al ver que le arrebataban su presa, redobló su ímpetu y ambos jóvenes fueron arrastrados aceleradamente. El hermano tuvo que abandonar á su pobre hermana que siguió arrastrada por las olas, mientras que el inanrebo se salvaba solo milagrosamente. El mutilado cuerpo de l¡i ju\en apareció al dia siguiente junto á un bosque- cilio. Las ramas de los úrbolus, dobladas por la furia de la tempestad, parecían haberse inclinado como para formar un sudario al cuerpo de la hermosa que en el umbral de su vida y en el umbral de su amor halló la muerte. Pasados los dias de tormenta, el valle de San Juan volvió á ser encantador y delicioso como antes, brindando al reposo sus murmurantes alamedas, convidan- do al paseo sus amenos sitios, deslizándose mansas las olas del rio. Sin embargo, yo no he vuelto jamás al valle ni he vuelto á ver el rio. Temería encontrar á orillas de ese rio y al umbral de ese bosque el espectro de la joven ahogada. Hé aquí porque el paisage que la lámina ofrece á vuestros ojos, si es bello para vosotros, lectores mios, es triste y muy triste para el autor de estas líneas, Víctor Balaguer. WKSTJKICITEJ* (CUADRO DE HESS.) En una alquería de la Calabria vivía un honrado labrador, sencillo , hom- bre de muy buen juicio y penetración natural, mayor de lo que en apariencia podía esperarse de su absoluta falta de instrucción. Pero era de aquellos hombres que no necesitan del estudio para gobernarse perfectamente, gobernar su casa y gobernar la familia, haciendo que todo marche en regla y como Dios manda. Casóse á los veinte y cinco anos, y al cabo de tres, dióle su mujer una niña que le causó á Santiago un indecible regocijo, porque mas de una vez receló que terminaría en él su familia y el apellido de Benevento , de que estaba un si es ó no es orgullosillo. El nacimiento de Laura no satisfizo completamente sus de- seos , pues él hubiera querido un hijo varón : mas decía que á falta de pan, bue- nas son tortas , y acabó por contentarse con una hija, haciendo de la necesidad virtud, como suele decirse. Creció Laura, y á los 18 años era una buena moza, robusta, de buen color, de carácter dulce, pero de corazón muy enérgico , y susceptible de grandes pa- siones ; en lo cual, á decir verdad , no se parecía á sus padres. La felicidad ó la desventura de esa joven dependian de la clase y de las circunstancias del hombre hacia quien llegase á sentir amor; porque como no habia de ser fácil para nadie torcer sus inclinaciones si estas se dirigieran á un hombre indigno de ella, Laura sin remedio se labraría por sí misma su propia desdicha. En otra alquería no lejana habitaba otro labrador bonachón y honrado pero algo tonto y de carácter débil, el cual tenia un solo hijo, llamado (¡ianetto, que creció á sus anchas, y á quien faltaron los consejos de la madre que murió al darle á él la vida. El padre de Gianetto murió joven , y el mozo se encontró á '•'2 E I , lUNDIUO. los 20 años dueño absoluto de su persona y de la corta herencia de] padre, herencia que muy luego fue vendida , al decir de las gentes, para con su precio satisfacer las deudas dejadas por el difunto. Cuantos conocieron á éste , deplora- ban ahora la suerte del hijo , que para dejar bien puesto el nombre del padre, se quedaba sin propiedad alguna, y reducido á lo que pudiera ganar con su tra- bajo , que en aquella época y en aquel país se pagaba muy escasamente. Mas contra el temor de todos sus conocidos se vio que (¡ianetto vestía con lujo, cam- biaba de trajes con mucha frecuencia, pagaba el alquiler de una casa muy regu- lar en el vecino pueblo , acudia á todas las fiestas y era el protagonista de todas las funciones y bailes en que era^ preciso gastar dinero. Ya le reputaban todos por algo calavera ; y como no le veian trabajar, nadie ¡ifin¡il>¡i ni el medio que tenia para acudir á sus gastos. Era buen mozo , repúlalo pm- \ ¿ilcnlon , tenia un aire de desenfado que no inspiraba simpatía ninguna á los hombres ; mas esas mismas calidades, y la gracia y el lujo con que sabia vestirse llamaban la aten- ción de las jóvenes, que por su desgracia suelen en la primera edad enamorarse mas bien de los Imifmnmos, espadachines y calaveras , que de los hombres jui- ciosos y de buenas \ sencillas costumbres. En un baile vio Laura por primera vez á Gianetto, de quien habia oido ha- blar a sus conocidas, todas las cuales ponderaban la gracia y el carácter galante del mancebo. No se mostró indiferente á la notable belleza de Laura, le dirigió la palabra , supo lisonjearla , la aduló peiloclamcnte, en lo nuil era gran maes- tro, y Líiura, poco acostumbrada á giilanlcos. j habiendo nmndo mas escuchado alguna vez los sencillos y grotescos requiebros de algún mstieo trabajador, ha- lló un encanto desconocido en las seductores palabras del esperimentado Gianet- to. Bailó con él, hablaron , y aunque ella se mantuvo modesta y recatada, tuvo la indiscreción de escuchar las protestas de amor del joven, que sonaban delicio- samente a sus oidos. La madre al retirarse la rifió por ello , y por desgracia eso fue lo peor que podia suceder, pues el carácter de Laura se rebelaba contra las contrariedades, y contrariedad le parecieron las advertencias de su madre. Calló sin embargo, mas no pudo pegar los ojos en toda la noche pensando de conti- nuo en (iianelto, y gozando en su interior con la idea de haber llamado la aten- ción de aquel hombre que llamaba la de tantas mujeres. Ademas le habia dicho y jurado cien veces que la amaba, y no hay ninguna mujer que no esté satisfe- cha la primera vez que oye tales juramentos, mucho mas si salen de la boca de un buen mozo, y si ese mozo fija las miradas de las demás mujeres. Laura, pues, desde aquella noche amó á Gianetto y (iianetlo la amó á ella. poique en efecto, le habia aquella mujer gustado en estremo , y le dijo la verdad cuando le aseguró que la amaba. lin la mañana siguiente el padre con mucho tacto sacó á corro la conversa- ción del baile de la noche anterior, á que no habia asistido; \ aunque la madre EL BANDIDO. 193 nada dijo que pudiera alarmar á Laura, ni el padre hizo mas que resbalar por sobre la especie de misterio en que estaba envuelta la conducta de Gianctto , la perspicaz Laura no pudo dudar que sus padres habían hablado del asunto, y que los dos se opondrían á su amor. Lejos de renunciar por esto á su inclinación y lie desistir de una cosa que contaba con la desaprobación de sus padres, solo le ocurrió la idea de que tendría que hacer rostro á tíos contrariedades, lo cual lejos de arredrarla, le dio nuevo valor para resistirse y alcanzar la victoria, (¡ianetto con varios pretcstos fue distintas veces ácasa de Laura, la vio en la iglesia, la encontraba en la fuente; en el pueblo se hablaba ya de sus amores, y las muchachas mas ligeras la envidiaban, y las sensatas la compadecían, mu- cho mas cuando era muy buena muchacha y nunca había dado motivo para que el pueblo se ocupara sino de su hermosura. Finalmente, vino la hora en que Santiago creyó que no podia mirar las cosas con indiferencia. Vio que era preciso hablar resueltamente ásu hija, y de acuerdo con la madre aunque en ausencia de esta, la llamó y le hizo presente que no le era desconocido el amor que profesaba a üianetto, en lo que tenia una ver- dadera pesadumbre , no porque jamas hubiese intentado violentar sus deseos buscándole un marido que no fuera de su gusto, sino porque no le agradaba la misteriosa conducta de aquel joven que sin tener haciendas, sin dedicarse al trabajo y sin medio de vivir conocido , se presentaba como un hombre rico, gas- taba como tal, y con esto daba mucho que hablar en el pueblo vecino y en cuantos le conocían. Que tal vez haciéndole mucho favor opinaba que su ocupa- ción era la de contrabandista, y que de esto á ladrón hay muy poca distancia. Por lo mismo que considerara bien la deshonra que sobre toda la familia hacia recaer aquella pasión, y que si en algo se estimaba á sí misma y estimaba á sus padres hiciese por vencerla, se abstuviera de ver a Gianetto, y dirigiese su vo- luntad á cualquiera de los muchos mozos honrados que en el pueblo habia, pudien- do estar segura de que aun cuando fuesen pobres sus padres no se opondrían al enlace, porque bastaba lo que ellos poseían para suplir la pobreza del mozo que eligiera. Laura oyó ásu padre sin replicar una palabra: no negó que amaba á Gianetto , y únicamente dijo con aparente sencillez que tal vez eran una calum- nia las hablillas que acerca de el corrían en el pueblo. lil pudro salió muy disgustado y receloso de la conferencia con su hija, por- que le piurnó enlrever en ella una resolución ya formada, y juzgó que la fin- gida tranquilidad con que Laura le habia escuchado no era masque el deseo de. cortar esplicaciones que no la hubieran hecho variar la determinación que en su concepto tenia ya tomada. Sin que los padres lo supieran, por las noches Laura desde una ventana hablaba con Gianetto, y en la de aquel dia le esplicó todo lo que su padre le habia dicho, y el mozo supo desvanecer los cargos que se le hacian , pintar la intención del padre de entregarla á otro hombre, y los tor- TOMO i. 25 194 EL BANDIDO. mentos que la aguardaban en compañía del esposo al cual se la destinaba; logro alarmar con palabras oscuras y ambiguas el corazón de Laura de tal manera, que después de una lucha de dos horas, cediendo á las súplicas , á las lágrimas, á las protestas de su amante, temiendo que ejecutase el proyecto de quitarse la vida como le juró que lo haría si en el acto no huia con él de la casa paterna, que Laura, cuyo carácter enérgico le comunicaba un valor extraordi- nario , y cuya ignorancia le ocultaba todas las consecuencias de tan atrevido paso, determinó colmar los deseos de su amante y los suyos propios, y en la ma- ílana inmediata , cuando sus padres aun dormían, salió de la casa paterna y se reunió con Gianetto, lomando en seguida el camino de la montana, para librarse de los que juzgaron que serian enviados en su busca. A las dos horas el amante la introdujo en una cueva , en donde una persona vestida de sacerdote , una mujer que se decia hermana de Gianetto y un hombre que era su amigo, sellaron con su bendición el primero, y con su presencíalos otros, el juramento de Laura y de (iianetto de amarse y guardarse fidelidad toda la vida. Laura quedó tranquila porque se creyó casada; mas en realidad á las po- cas horas comprendió cuanta era su desgracia, pues Gianetto habia logrado cuanto deseaba, y la joven vio que su esposo era un bandido, que el amigo y el que se fingió sacerdote eran dos individuos de la cuadrilla que Gianetto capitaneaba , y que la mujer era la manceba de otro, cual ella no era mas que la manceba del que creyó debia ser su consorte. Dos horas antes aun podia volver á la casa pa- terna, entonces ya era tarde: el rubor la hubiera muerto al presentarse á sus padres muy otra de la que habia salido de la casa. Un momento decidió de su vida. Vio y oyó á Gianetto en el baile, no escuchó la dulce y bondadosa plática de su padre, y quedó perdida para siempre. finando Santiago y su esposa la echaron de menos no les ocurrió de pronto l¡i verdad porque no podían suponer en ella tanta audacia ; mas luego la desapa- rición de Gianetto y las habladurías del pueblo, los hubieron de convencer de cuanta era su desventura. La triste madre apeló al llanto; mas Santiago, encen- dido en cólera y viendo la mancha que caia sobre su honradísima y antigua fa- milia , maldijo a la hija cuya pasión derramaba la desgracia sobre los últimos ailos de su vida. Y realmente fue sobre los últimos , porque aquellos padres desdi- chados no sobrevivieron mas que un año á su vergüenza; y por desgracia ni Lau- ra ni nadie en su nombre se presentó durante ese tiempo al padre para que alza- ra la maldición que habia lanzado sobre la cabeza de aquella hija desventurada. El horror que se apoderó de ella cuando comprendió en que manos estaba, el papel que representaba al lado de ese hombre y hubo de pensar en la amar- gura de sus padres , fue tan grande que faltó muy poco para que perdiera de todo punto el juicio; mas la infeliz amaba al miserable que la habia seducido, y aun le amó mas cuando fue' madre. De pronto no se atrevió á implorar el perdón de- EL BANDIDO. 195 sus padres ; y cuando pensaba correr con el hijo en sus brazos y presentarlo á los abuelos con la esperanza de que aquella inocente criatura seria el ángeL'quc me- diase entre la hija culpable y los irritados padres, estos habían fallecido, y ni siquiera le quedó el consuelo de morir perdonada por los autores de sus días. No tuvo tampoco valor suficiente para abandonar al hombre maldito que tan desdi- chada la hizo, y convertida en manceba de un bandido , hubo de presenciar mil escenas horrorosas , huir por los montes , esconderse en las entrarías de la tierra, pasar las crudas noches de invierno en medio de los bosques, curar las heridas de los bandidos, comer y vestir de lo que estos robaban, lavar muchas veces las ensangrentadas ropas de los asesinados viajeros , y aguardar siempre el terrible dia de la expiación de tantos delitos, cuyo número iba diariamente creciendo. Vino por fin la hora que tarde ó temprano señala la Providencia para el mal- vado. A su pesar hubo de salir Laura una mañana de la cueva que era su ordi- nario asilo, para acompañar asuniaridn al camino por donde esperaba (jianetto que pasaría algún viajero. Los demás hundidos Ir lialiian precedido, y él en cali- dad de capitán debía apostarse en un punió desde i'l cual viese el camino Adere- cha é izquierda , asi para calcular el número de las victimas , como para atis- bar si llegaba alguna fuerza armada de las que iban en persecución de la cua- drilla. Laura llevaba en brazos á su hijo , á quien no quería abandonar nunca, y con ellos iba la manceba de olro bandido, que tenia por Laura una predilec- ción marcada. A poco rato de estar Gianetto apostado se oyeron tiros por el lado en donde debían estar los companeros; y en vano el Capitán, con su vista perspicaz y acostumbrada á tales descubrimientos, miraba esperando ver algún objeto que le indicase que signilirnhnn ui|ucllas detonaciones. Aplicaba también el esperi- mentado oido sin percibir ningí Iro rumor que aclarase sus dudas. Cual so- brecogido de espanto abandonó el punto y se dirigió á la cueva , quedando cerca de su entrada , desde la cual con el arma preparada atisbaba hacia todos lados, cuando á cortísima distancia y de repente se ofreció a su vista la desnuda cabeza de un hombre , cuyo rostro y collarín no le dejaron duda de que pertenecía á la fuerza perseguidora. ¡ Muere ! le gritó Gianetto, é iba a disparar el arma fatal, cuando Laura detuvo su brazo , y cayendo de rodillas : No dispares, le dijo , no cometas un asesinato mas, huye , aun podras salvarte. Pero (¡ianetto veía á lo lejos otros gendarmes que se acercaban al mismo sitio, y sin perderlos de vista, forcejeaba para que su mujer le soltara el brazo. Mas esta no lo soltaba, quería evitar á su marido un nuevo crimen ; pero viendo también a los gendarmes que se aproximaban, y adivinando todo lo que podia suceder, apartaba de su cuerpo el brazo izquierdo en que sostenía al hijo de sus entrañas. Este es el momento que nos representa la lámina ; mas esta no puede al mismo tiempo ofrecernos la 196 El. BANDIDO. escena que allí se veia á muy poco rato. En efeclo, la tropa llegó, y compren- diendo el peligro que corría la vida del compañero á quien (¡ianetto amenazaba, y no dudando que la resistencia de la mujer seria vencida por el bandolero , dos délos gendarmes dispararon ala vez contra Gianeíto que quedó muerto; masa, pesar del cuidado con que procuraron dirigir el tiro á él solo , las balas atravesa- ron de camino el brazo de la desdichada Laura, cuya sangre corrió en abundante raudal, enrojeciendo al inocente niño. Aquella joven sin ventura hubo de sufrir la amputación del brazo derecho, y como cómplice de su marido fue condenada á reclusión perpetua. Allí vivió quince adosen compañía dr mujeres conlamiiiadas con toda clase de delitos ; allí perdió á su hijo cuya vida fue muy breve y enfer- miza ; y allí derramó durante quince anos lágrimas acerbas, implorando la m¡- siricordia de Dios , y demandando al difunto autor de sus dias el perdón que no tuvo tiempo de pedirle antes (pie sucumbiera al dolor y á las amarguras que ella le había ocasionado. G" EE MUKICH ? i s (CUADRO DE GERARDO DOW.) Lector amigo : si al encontrarle en la capital de Francia no se te lia ocur- rido visitar aquellos puentes del Sena, en que se hacinan los artistas de última esfera y los sabios de todos los países del mundo, cuya fama se pregona á son de timbales destemplados, puedes asegurar desde luego que no has estado en París; y si por acaso nunca te has encontrado en la villa babilónica, desde cuyo palacio imperial parten los hilos telegráficos que comunican hasta los últimos confines de Europa, bien así como del corazón sale la sangre que afluye á la es- trernidad mas distante del cuerpo, y se te ocurre hacer alguna vez este viaje, tan pronto como te apees en la estación del ferro-carril del Mediterráneo, hazte cuenta, si quieres, de que no existen el Panteón ni la Casa de la villa, Nuestra Señora, ni el padre Lachaise; no preguntes dónde se encuentra la plaza de la Concordia, ó el arco de la Estrella; pero trasládate irremisiblemente á los puen- tes del Sena: guárdate de abandonar París, sin conocer á sus charlatanes; de otro modo no des por bien empleado el dinero del viaje. Nuestro festivo y profundo l'ígaro , aquel ente singular que en perpetua con- tradicción consigo mismo , hizo de su biografía un tomo de puntos suspensivos terminado por una triple admiración , escribió un magnífico artículo , como su- yo , titulado Modos de vivir que no dan de vivir. No pretendo ciertamente ne- gar la verdad de este aserto , cosa por otra parte que me seria tan difícil como suponer la no existencia del espendedor de pajuela, la trapera, el zapatero de viejo, y muchos compadres de esta calaña, que si no han resuelto el problema de vivir sin comer, han resuelto en cambio el mas difícil de comer sin dinero, que es á cuanto pueden llegar las matemáticas de la miseria. 198 EL CHAIU.ATAN. Mas os indudable asimismo que existen de público y notorio modos que pudiéramos llamar de no vivir, y que dan de vivir no obstante; y esto que pa- rece un juego de palabras, no tiene de ello sino son las palabras que entran por mucho en el juego. Verbigracia: yo he visto á uno de esos constantes inquilinos de los puentes del Sena, que un dia y otro , y siempre, esponia al público una colección de asquerosos ratones adiestrados en escalar una especie de árbol de cucaña. El digno maestro de aquellos discípulos espuestos al público en un ejercicio que verifican, sin necesidad de frecuentar aulas, todos los ratones de todos los paises del mundo, aseguraba á voz en grito y en un idioma, que con no ser idioma tenia el don de ser entendido umversalmente , que aquellos animaluchos habian sido la admi- ración de los habitantes de las tierras cultas y no cultas del orbe conocido, y un fragmento del incógnito. Ahora bien , ¿saben Vds. deque vivia ese hombre? De vender sobres de cartas....Pero, objetarán mis lectores, ¿qué tienen que ver los sobres de cartas con los ratones? Nada: en esto estriba el mérito del char- latán. Otro ejemplo, entre mil que podría, paso á citar, En las cuatro puntas de un tapiz , con mas roturas y remiendos que necesidades tiene una niña mimada y antojos una dama nerviosa, colocó el héroe de un corrillo de niñeras y guar- dias nacionales, unas grandes bolas de madera, anunciando que por obra de la ciencia ejipcio-caldea, aquellas bolas pasarían á unirse en el centro del tapiz sin el mas mínimo impulso estrafio. Aquí los espectadores abrieron unos ojos mas grandes que las liólas con que se verificaba el juego , y á trueque de presenciar la grande maravilla , no tuvieron inconveniente alguno en surtirse de unos pol- vos maravillosos que curaban instantáneamente el dolor de muelas, el mal de ojos, ó fas punzadas de los callos, á gusto del paciente. Espendidos los frascos, desapareció el portento de la física, y en pos de él desaparecieron asimismo el tapiz y las bolas, no por arte de brujería ó escamoteo , sino llevadas del sitio en que las habia dejado su dueflo por dos atletas descamisados, que se alejaron enseñando los dientes y cerrando los puños. No me pregunten ahora á qué venia el juego de las bolas Es muy claro, venia á reunir compradores para los polvos. El charlatán, por consiguiente , vive de lo que no es ; y como el no ser en- traña una negación , de ahí que los medios empleados por el charlatán sean me- dios de no vivir, y que no obstante dan para vivir. Y no se crea que la vida del charlatán es una continuación de privaciones, una tregua concedida por la muerte al hambre; no por cierto. Frecuentemente el charlatán se presenta en público montado en una sober- bia carroza, con muchos criados que le sirven , vistiendo lujosos trajes y ha- ciendo alarde de una prodigalidad insultante para la ciencia que á menudo anda ¡i pié , y no siempre con botas nuevas. EL CHARLATÁN. 199" Esto, que á primera vista parece estraño , no lo es si bien se mira. Atién- dase sino a la siguiente anécdota que me fue referida como histórica, y que si no lo es, puede muy bien serlo. Uno de los mas distinguidos profesores de medicina ingleses significó á un opulento charlatán la estrañeza que le causaba el que este último fuera poseedor de una gran fortuna, en tanto que el ilustre sabio gozaba do una posición ape- nas desahogada. —Se me hace difícil, contestó el embaucador , que un hombre de vuestro talento no se esplique una cosa tan fácil. Decidme, ¿cuántas personas calculáis que transitan diariamente por la calle en que entrambos ejercemos nuestra pro- fesión ? —Unas diez mil, dijo el grave doctor. —Y de esas diez mil personas que tienen nuestros títulos á la vista, ;. cuán- tas calculáis que están dotadas de pleno sentido común? replicó el Hulcjiriuira. —Apenas ciento, respondió el sabio con el aplomo característico t\v l¡\ cien- cia doctorada. —Pues ahí tenéis la esplicacion de lo que lauta estrañeza os causa. Vuestra clientela tiene que formarse de entre cien discretos, mientras la mia la constituye el número de nueve mil nuevecientos imbéciles. Esta respuesta despeja la incógnita del charlatanismo: si no hubiera papa- moscas en el mundo, es muy probable que tampoco habría embaucadores. El charlatán toma diferentes formas, y su equipaje se compone de distintas y heterogéneas prendas; estas, empero, no son siempre esenciales; con tal de no olvidarse la lengua, lo demás son accesorios caprichosos, decoraciones que con- tribuyen no obstante á la ilusión de la farsa. Desde el Alcides que en un teatro de cañas y cartón ofrece al público el repug- nante espectáculo de romper guarda-cantones a cabezadas, ó comer sapos y cu- lebras en estado de naturaleza, hasta el Dulcamara que hace su entrada triunfal en los villorrios con un aparato de cuyo igual apenas hay memoria en los cere- moniales del tiempo del rey que rabió, el charlatán cuenta ante todo con el charlatanismo. Su fortuna estriba en su elocuencia: si veis á un charlatán de mal pelaje , dad por seguro que no sabe producirse: como él entienda de hablar, mas que se tenga en dos pies por la gracia de Dios. La elocuencia característica del charlatán se reduce á una afluencia de pa- labras capaces cada una de contener tres mentiras: en la imposibilidad de que esto sea así en el terreno de los hechos, empieza por mentir á la gramá- tica del idioma en que se produce y al diccionario de su Academia , aunque en esto no son ciertamente los charlnfunes solos quienes cometen el desaguisado. Tiene el charlatán aprendida (úiulu miiia su biografía, que por lo modesta parece calcada sobre los viajes de D'Arlincourt ó las Memorias de Chateaubriandt: $00 Kl. CHARLATÁN. na Turquía no quiso el charlatán ser jefe de los eunucos ó gran visir del imperio por no renegar la ley de Cristo: en Rusia rehusó la comandancia general de los osos blancos por no desairar á la respetable rlnso de los osos negros : en Es- paña se denegó á ser inquisidor supremo ó intendente de filipinas, por no perder la ocasión de casarse con una princesa indiana , que ¡U electo le mandó una em- bajada compuesta de dos cocodrilos y una serpiente boa Es materialmente imposible enumerar las mentiras que á propósito de sí mis- ino pone el cluirlalaii en sus labios , \ (pie únicamente tienen comparación con las emitidas en la sección de habilidades \ ejercicios del propio ¡uilor. Supongamos que el charlalan se dedica á. la generalizada profesión de saca muelas, título que debiera trocar en el de arranca quijadas. En este caso, no hay muela célebre que no haya pasado por sus manos, sin excluir la de aquel borrico que sirvió para comete]1 el primer homicidio. En la cima de su carretela trae un surtido de (líenles y colmillos, cuyo conjunto bastaría á poblar de man- díbulas á los desdentados de toda liuropa. Para el charlatán sacamuelas, todos los instrumentos son buenos j manuables : únicamente la llave inglesa le estorba: la punta de una espada, el mango de una escoba, la estremidad de un pañuelo de seda, todo, en una palabra, lo utiliza con igual destreza, asegurando de paso que ni el mas mínimo grito de dolor escapará al paciente. Con estas ga- Tantfas encuentra no pocas veces quien pone la cabeza entre sus manos, y con esto y con que el charlatán tiene formada la íntima resolución de arrancarle al prójimo la muela, la quijada y la cabeza si es menester, se sale aquél del paso con uno ó mas tirones, acompañados á menudo de otros tantos pistoletazos. cuyo estruendo sofoca el ¡ay! del infeliz ejecutado. frecuentemente la ejecución tiene funestas consecuencias ; pero ello es que el charlatán lia practicado la ope- ración en público, y el paciente sufre y muere en privado. El sacamuelas ambulante se precia de ser hombre escesivamente desprendido y hasta filántropo, que nunca pudo la filanlrupía guarecerse donde peor estu- viese. Lo primero que tiene buen cuidado de anunciar en su sempiterno discur- so , es que verilica gratis sus operaciones: únicamente cobra , y aun así, ú un precio escesivamente módico , el frasquito odontáljico con que el operado debe enjuagarse después de ejecutada la sentencia. Este acto, empero, es el mas ino- fensivo del charlatán : la pócima que espende se compone de simples, tan sim- ples , que únicamente pueden causar simpleza. Hay charlatanes de muchos géneros, y aun puedo asegurar que en el ejerci- cio de todas las ciencias, artes y oficios , cabe y se practica desgraciadamente el charlatanismo. Yo no encuentro que quepa una gran diferencia entre el Dulca- mara que vende su especifico para curarlo todo, siquiera su inventor no sepa quien fue" Hipócrates, y el leirule\o que ofrece ganar todos los pleitos sin ha- ber saludado las Pandectas. Cumplo , no obstante , á mi propósito hablar espe- Rl, CIIAIILU.W. 201 cialmcnte del charlatán tránsfuga que espnide su saber de pueblo en pueblo , y tiene la salud universal del cuerpo y del alma en su mano, encerrada dentro de un frasquillo , ni mas ni menos que la magia del marques de Villena quedó embotellada dentro de una redoma. Paso pues á hablar del charlatán propiiimenle llamado Diilrmnarn. Cuando el hombre debe pasar por la metamorfosis de su Huií-lulanisino. transforma ante todo su esterior , ya dando á su rostro una espivsion de ni mica gravedad , ya adoptando en su traje las modificaciones que cree ser de buen efec- to. No es raro verle equipado con un pantalón verde, chaleco amarillo y casaca encarnada; amen de una enorme peluca con polvos, y unos espejuelos de color oscuro , por aquello de que todo personaje célebre esta obligado , sino precisa- mente á ser ciego como Hornero y Millón, por lo menos á no ver tan claro como los tontos. El charlatán Dulcamara viaja en un carricoche tirado por dos caballos , que á cada paso tropiezan hasta con su sombra : las pobres bestias , imposibilitadas de protestar contra las mentiras de su amo , toman el partido de agacharse de orejas y hacer que no oyen. Su acompañamiento es asimismo típico sobremanera: coinpónese por regla general de un negro ciyo color tizna á cuantos se le arri- man , un indio bravo en cuyo rostro se pueden mojar unos bizcochos para cho- colate , y un mameluco cuyas luengas barbas se atan con cintas verdes detrás de la oreja. El negro sostiene generalmente un estandarte con el retrato de su amo en el acto de curar radicalmente una enfermedad del hígado al gran Tamcrlan de Persia ; el indio se encarga de repartir prospectos popularizando las glorias de su dueño, y el mameluco guia el armatoste con ruedas , azotando k las po- bres cabalgaduras, que anduvieran si comieran, ycomerian adoquines de peder- nal si hallasen una mam» ami^a. que se los llevara á la boca. A este acoriipnfiaiiiiHilii olili^nlo se jimia ufit/naiu/o honus , una música com- puesta de un timbal y un agudo cornelin , \ que .suena en los oídos como se con- cibe el toque de degüello el día de una batalla campal. El cornetín es la segunda lengua del charlatán; no se concibe charlatán sin cornetín , como no seconcibe diablo sin cuernos y sin rabo. Después que á los destemplados sones de la orquesta se ha reunido en tropel toda la gente vagabunda del pueblo, visitado por el Dulcamara en torno al triunfal carro de aquel sabio trashumante que apenas se digna menearse en su cómodo asiento , desde el cual pasa la mano sobre la caja que contiene su for- tuna liquida con la misma gravedad con que un cristiano la pondría sobre el libro de los Evangelios; tomii el indio la palabra, y en esa jerga convencional que es conocida de todos los populachos, como si existiera pacto masónico entre los adulteradores de todas las lenguas, refiere tales cuentos y patrañas á los can- didos oyentes respecto á las maravillosas curas obradas por su amo, que nunca TOMO i. 26 a"ü EL CHARLATÁN. corriera mas peligro la hacienda y reputación del medico titular del villorrio. Preparado el terreno por el indio con acompañamiento de algunos chillidos de los muchachos á quienes el negro ha medido las espaldas con eí regatón de su ban- dera , y en tanto que el mameluco se acomoda las barbas sobre el turbante para dormir mas á placer una larga siesla , toma la palabra el Dulcamara, guardando la precaución de titular preventivamente nobles damas y caballeros á la turba de lavanderas zafias y ferrosos gañanes que le prestan atención. Habla en se- guida del descubrimiento de su elixir, demostrando que no otro podia ser el de la piedrafilosofaltan buscada de los antiguos y de los modernos, lo cual prueba con el testimonio de Aristóteles, Rafael, Cristóbal Colon , Juana de Arco y Na- poleón Bonaparte : estos dos últimos nombres no los escluye nunca en sus citas el Dulcamara francés, porque está seguro de que rara ha de ser la miserable choza donde un dia al año no se encienda una vela por el marido ante la estampa del mártir de Santa Elena, ó por la mujer ante la popular doncella de Orleans. No es menos curioso el párrafo destinado á la invención de la portentosa mara- villa. Por lo común se hace derivar de Egipto, si bien desde que los ingleses do- minan en la India , no es raro que los brachmanes anden también en estas histo- rias. Es el caso , según el Dulcamara, que en uno de aquellos célebres sepulcros donde se conservan los cadáveres tan guapotes y frescos como si estuvieran pues- tos en salazón por el mas pintado tratante de Galicia, se encontró un tubo de oro tenazmente sujeto por la mano de una momia. Requirióse formalmente á este vejestorio para que desistiera de su empeño, mas habiendo sido vanas las pala- bras, se hubo de apelar a la fuerza , aun con riesgo de maltratar aquella pre- ciosa antigualla , que seguramente tuvo un dia asiento y plato en el renombrado festín de líaltasar. El tubo de oro contenia un pergamino escrito en inintelijibles caracteres, los cuales descifrados por el Dulcamara, personaje dieslrísimo en to- dos los idiomas nunca hablados, se encontraron ser la maravillosa receta del elexir cúralo todo, adquirida á trueque de un navio cargado de perias y unos cuantos milloncejos, que nuestro charlatán dice haberse encontrado en unas mi- nas que soñó cierta noche , después de haber leído un cuento de (Jalland. Cuando el Dulcamara se permite soltar alguna mentira in-folio que resiste á hi credulidad hasta de sus candidos oyentes, el timbal deja oir sus acordes so- nes , el cornetín atropella sin piedad los oídos del prójimo, el negro sacude al- gunos palos á la turba infantil, el indio arroja los prospectos á pufiados, y el mameluco se acomoda las barbas para causar mayor espanto á los enemigos. Las propiedades del elixir son ¡numerables , como las magníficas curas que tiene hechas, y de las cuales dan fé en blanco y en negro cientos de testimonios librados por todos los soberanos del mundo ; cuyos certificados recogidos en un álbum se ponen de manifiesto, de cerca ó de lejos, según que el Dulcamara está ó no seguro del estado de la instrucción elemental en el villorrio en que opera, lis EL CHARLATÁN. 2*13 de observar, sin embargo , que las principales virtudes del elixir obran mas di- rectamente sobre la parte moral de la humanidad que sobre la física. ¿Hay en el pueblo alguna nifía que no encuentra novio?.... Elixir al cauto. ¿Hay algún mancebo que aspira ála mano de una rica heredera?...Elixir también. ¿Hay algún marido á quien le cosquillee la frente?.... Elixir á pasto. ¿Hay alguna mujer que quiere asegurarse de la fidelidad de su esposo?.... Elixir y mas elixir. Y como la humanidad es flaca en todos los países del globo , de ahí que haya un consumo de elixir continuo , del cual, a prolongarse la permanencia del pro- pinante, se resentirían hasta los cosecheros de vino. Las citas que el Dulcamara traeá cuento , son capaces de producir efeclo en la imaginación menos propensa ¡'i desvarios. En el Cáucaso, una indígena ha- bituada aguardar rebii/ms de IÍÍÍM>S y leones, bebió tres botellas de elixir, y casó con el príncipe lislragoinollollowlofff, general ruso que había ido á hacer la guerra á Schamyl. En las Indias, un pobre diablo que se enamoró de la hija de un nobilísimo gobernador inglés, en lugar de abrasarse los sesos de un pisto- letazo , tomó cuatro frascos del precioso licor, y en seguida resultó ser hijo di- recto y heredero forzoso del sol y de la luna y hermano de todas las estrellas fijas y errantes. En las Californias, un buen padre de familia, tan pobre como - honrado, que como muchos fue pororó y encontró peladillas y adoquines, empleo su último real en comprar una copita de la portentosa composición , y cata ahí que al día siguiente se le venían ¿qué es arenas de oro?.... las enteras de onzas mejicanas. Con tales antecedentes, ¿ quien resiste á la tentación de comprar unos frascos de aquel manantial inagotable de todas las dulzuras del cuerpo y del alma, ma- yormente cuando el dispensador de tantas gracias lo espende al módico precio de una peseta? Dudar de su veracidad ¿á quién se le ocurriría?.... Un hombre que tiene criados de todos colores y lleva peluca á lo Lafontaine Además , ¿son pape- les mojados tantos certificados en regla , que nadie ha leído ? Pues, ¿y las cartas del üran Turco? ¿Y el billete autógrafo del emperador de la China? ¿Y el diploma espedido por los camellos del Cairo? Y no digo nada de las condecoraciones que por modestia no óslenla algunas veces. El emperador de Marruecos le colgó por su propia mano las tres colas de caballo que garantizan la profunda ciencia de sus ministros; el Kan de Tartaria le hizo gracia de la gran medalla de los rinocerontes; y el Pontífice, si bien no le condecoró como tantos otros soberanos , fue porque quiso hacerle presente de su caja de rapé, de la cual, á vista del público, toma prosopopeicamente un polvo. 201 EL CHAHLATAN. Terminada la arenga y la primera espcndicion de los frascos, se retira ef Dulcamara al mesón del villorrio, en el cual anuncia recibirá en consulta gratui- tamente. La concurrencia suele ser numerosa: separarse riel charlatán sin comprar una botella de elixir , es tan, difícil como revolcarse en el fuego sin recibir que- madura : además, si por fortuna del consultante, no padece éste dolencia algu- na ni rastro ó preludio de ella , siempre querrá tener un licor que quite loria suerte de manchas, ó sí es mujer un agua que borre la huella de los afios, á todo lo cual se presta el elixir con la misma eficacia y buena voluntad. El Dulcamara permanece poco tiempo en un mismo sitio: es raro que haga noche donde ha [m^idu el día. Las esperiencias suelen serle fatales , y su elixir no es un antídoto bástanle seguro contra las palizas que pudieran aplicarle los desauciados. Mas si, por acaso, alguno de estos intentase desacreditarla eficacia de la pócima, pretestando el ningún efecto de sus esperimentos particulares, el Dulcamara en lugar de declararse vencido , asegura al incrédulo que el contra- tiempo no tiene otra causa que la fulla de le en el enfermo y el poco consumo de la medicina. De suerte , que tal fue con intento de cobrarse en denuestos el de- sembolso verificado, y terminó la visita comprando otro frasco, que engulle como si fuera néctar vertido del jarro de Ganimcdes. La raza del charlatán Dulcamara se estingue rápidamente en Europa, ni mas ni menos que la de los animales dañinos: los restos se han guarecido prin- cipalmente en Francia, y las muestras de su especie se hallan espuestas, como liemos dicho , en París, junto á los puentes del Sena , no muy lejos del jardin de plantas, donde se guardan por cuenta del listado los monos y los hipopótamos. Dia vendrá en que, desterrado de los pueblos el fanatismo que emana de la ignorancia, se ensene la calavera de un Dulcamara con esa misma estrañeza con que se es- pone la osamenta de un gran megaterio, ú otro cualquier animal anti-diluviano. Entonces el cicerone que haga la esplicacion de aquella entidad escepcional de la raza humana, se espresará probablemente en estos términos: —Esto es un charlatán , especie que en la antigua sociedad Iralicalm. con el candor de las gentes sencillas: esta raza perjudicial desapareció ¡'i impuros ric la ilustración difundida en los pueblos, y es de esperar que no reaparezca, á me- nos que haya una nueva irrupción de los bárbaros. Observen ustedes que ¿pesar de todo, su configuración es bastante parecida á la del hombre.» ¡Triste necrolojía por cierto! Y sin embargo, en medio de los perjuicios causados á la humanidad , el charlatán tiene, cuando menos, dos títulos á la gratitud de los artistas. Haber inspirado á Gerardo Dow un cuadro , y á Donizotti el Elixir d'dmoir.