(CUADRO DE PETERS.) Bienaventurados los que lloran porque serán consolados. I. La vida os una continua guerra en la que siempre sale vencedora la muerte. ¡Dichosos aquellos que triunfan de la muerte con el heroico valor de la resig- nación , y teniendo lijas las miradas en la verdadera vida de la eternidad cru- zan el destierro de este mundo con la frente elevada hacia el cielo donde existe la única paz! Las adversidades abaten á las almas orgullosos arrojándolas en el abismo de la desesperación , pero las almas débiles, que conocen con humildad que no hay en la tierra dicha perfecta ni cumplido deseo, son fuertes en la desgracia por- que las cubre con una impenetrable coraza la esperanza divina. La historia que vamos á contar es sencilla y oscura ; es un eco de la vida real, desnuda de los adornos rozagantes conque encubren las imaginaciones privilegiadas esas obras que admiran y suspenden, pero que fascinan á veces y corrompen. ^ Sus personajes pertenecen á la clase de los pobres de espíritu, para quienes está destinado el reino de los ciclos : son humildes criaturas que lloran pero tie- nen fé , y la esperanza en Dios les envia el benéfico rocío, del consuelo. 11. lira una tarde del mes de enero. El cielo estaba cubierto con densas nubes de color de plomo que arrojaban á 206 EL NAUFRAGIO. intervalos de su seno una de esas lluvias heladas que el viento de la noche con- vierte en nieve hasta en los paises meridionales. En una playa árida donde el mar estendia sus olas que retiraban bramando de ira, se veia apoyada en un montecillo de arena, una choza construida con el resto de una barca de pesca- dor y algunas esteras y cañas secas. Aquella mísera mansión tenia la entrada vuelta hacia el mar, teatro de las luchas, adversidades y esperanzas de sus mo- radores, y se apoyaba en la arena , ocultándose á los ojos de la pequeña aldea que se descubría á algunos centenares de pasos, reclinada en una colina. El cierzo pasaba silbando sobre su techo, que en otro tiempo cuando era el casco de una barca, oyó bramar los abismos del mar, y las nubes surcaban el firmamento como sombríos mensageros que pregonaban las iras del in- vierno. Triste era la soledad de aquella playa , y dentro de la choza reinaba oí mas lúgubre silencio. De vez en cuando asomaba en la baja abertura que servia de puerta una mujer , cuyo traje consistía en un sayo de lana , cuyo primitivo color habia des- aparecido bajo los numerosos remiendos de diversas telas que formaban un mosaico de harapos, y una capacha negra que solo permitía ver su rostro pálido y sur- cado por precoces arrugas. Aquella mujer dirigía sus miradas hacia la nilinn. ilondn oslaba la aldea; pero sin duda no veia el objeto que escitaba su inquiHud, ¡iori]iic exhalaba prolon- gados y dolorosos suspiros, movía convulsivamente los Ifibios como quien ora, y miraba al cielo con espresion de espanto , ya porque las nubes borrascosas y la proximidad de la noche la hicieran temer alguna desgracia , ya porque implorase á Dios en sus oraciones. La noche empezó á tender su negro sudario , y las gotas de lluvia se conge- laron lentamente hasta convertirse en copos de nieve que cubrieron la arena co- mo con una abundante escarcha. En la cima de la colina que defendía á la aldea del viento del norte , habia un matorral, donde crecían algunos arbustos y varios árboles, vestigios de una vejetacion que habia ido destruyendo la mano del hombre. Las sombras luchaban con la última luz del día, seguras de un próximo triunfo, cuando salieron del matorral un niño y una nina, de unos diez años el primero y de ocho su compañera, doblegados ambos bajo el peso de manojos de ramas secas. El niño , cuya carga era mayor, iba descalzo, vestido con unos calzones harapientos y una blusa de lana de indefinido color, pero que en algún tiempo fue sin duda encarnada; no llevaba en su cabeza mas abrigo que sus rubios y rizados cabellos, que empapados por la lluvia, caían aplastados sobro sus sienes y mejillas; el color de su tez habia adquirido ese matiz bronceado que imprimen oí .sol y Jas amargas brisas del mar; pero su rostro era agraciado, sus El, NC El, NACFRAÍJ10. 207 20 azules ojos tenían una espresion melancólica y suave , su frente elevada y rectrecta indicaba firmeza é inteligencia , y sus labios se contraían con una sonrisa bur- lona que revelaba su ingenio y su malicia. La nina , que solo llevaba un mano- jito de ramas , era tan débil y delicada , que parecía una de esas flores que cre- cen en un terreno árido, sin luz ni riego ; su rostro, de facciones purísimas, podia servir de retrato á esos angeles llorosos que pintan á los pies de la Madre de los afligidos, participando del dolor de la Virgen al pié de la cruz ; sus cabe- llos eran mas rubios que los del niílo, sus ojos tenían ese matiz azul claro que ostenta el cielo en un día sereno, y su boca era tan pequeña y de una espresion de tristeza tan profunda , que hasta al sonreírse parecía que lloraba. La pobre niña, vestida con un sayo y una capucha de lana, hollaba con sus pies descal- zos las malezas del monte, y se paraba á cada instante para cobrar aliento. Los dos niños eran hermanos. —No te detengas , María , le dijo el niño que iba delante. —No puedo mas , le respondió la niña con una voz tan triste que parecía un gemido. —La noche se acerca y madre tendrá frió. — ¡Qué alegre se pondrá , dijo la nina animándose de^prunto, cuando se ca- liente las manos al rededor del fuego que haremos con estas ramas! —Y mientras estemos mirando la llama nos contará aquella historia que tanto nos gusta. — ¿La de la hija del pescador que se casó con el rey ? — No , la del dragón que se comía todos los dias una doncella, y que mató aquel caballero que , según dice mi madre , era San Miguel. —Como que el dragón era el diablo... —El diablo que sale á rondar por el mundo cuando se hace de noche. La niña hizo un ademan de terror. — ¡Qué oscuro está el cielo , esclamó. ¡ Si le encontraremos antes de llegar á casa! Tengo miedo , Juan. Y la niña .se paró sin poder seguir á su hermano, y arrojó el manojo de ramas. — ¡ Qué haces, María ? le preguntó el niño. —No puedo mas, dijo la nina sentándose, tengo miedo y frió. 151 niño arrojó también su carga.porque , á pesar de que animaba á su her- mana , estaba también rendido de cansancio. Desde aquella eminencia se descubría la playa y el mar, cuyo color aplo- mado apenas le hacia distinguir de las nubes. La nieve continuaba cayendo len- tamente , pero el viento la remolinaba con agudos silbidos que se confundían con la sorda voz de las olas. Los dos niños, impulsados por el miedo y el frió, volvieron á cargar sobre 208 EI, !>AimiAí;ible contraste con la ale- gría de la naturaleza. Sobre un lecho de JKIJJI J H brigada con harapos , se veiaá la podre viuda, luchando con la enfermedad que la conducía á paso rápido hacia la muerte. Los dos niños estaban á su lado, y ella les contemplaba con profundo dolor... Iban á quedar tal vez solos en el mundo. ¡ Pobres criaturas sin padres ni apoyo, condenados á la vida errante y mísera del mendigo ! Y la enferma se esforzaba en sonreírse para animarlos , y pedia á Dios que velase por ellos ó no la quitase la vida. La muerte se le aparecía como un negro espectro que la separaba de sus hijos con bárbara crueldad. ¡ Si al menos los arrebatase ai mismo tiempo queá ella! L'n dia, cuando mas triste y abatida estaba el alma de la pobre madre, oyó El. NAUFRAGIO. 213 fuera de la choza una voz que penetró hasta el fondo de su corazón y estremeció todo su cuerpo , y un momento después entró un joven robusto, de tez bronceada, vestido con cierto lujo, que no podia andar porque Juan y María fe tenían abra- zado por las rodillas, y que al llegar hasta el lecho de la enferma lanzó un grito supremo de gozo y de ternura y esclamó : —¡ Madre mia ! La enferma se incorporó como movida por un resorte , le lanzó una mirada vaga, estendió los brazos hacia él y quiso hablar... pero la fuerza de la emoción aíiogó su voz y se vio obligada á reclinarse en el lecho. Aquel joven era el hijo que vivía en América y que regresaba á arrancar á su madre y sus hermanos de la miseria y la orfandad. llabian trascurrido la primavera y el verano desde la desgraciada muerte del tio Pablo. Su hijo, luego que recibió la noticia del naufragio, se dio á la vela para su patria, llevando en el buque que le conducía la riqueza que habia al- canzado en sus viajes, y Dios envió vientos tan propicios, que el joven llegó aun á tiempo para arrancar á su madre de la muerte y á sus hermanos de la miseria. ¿ Quién podría pintar el alborozo que causó su llegada? La pobre anciana futí recobrando rápidamente la salud , como recobra sus colores y su lozanía una llor abrasada por el sol cuando bailan su tallo las aguas benéficas de un arroyo; los niños olvidaron sus penas con esa feliz inconstancia que en la tierna edad lanza un velo sobre lo pasado, y su hermano fue para ellos una providencia' que les trajo un porvenir risueño y venturoso. El hijo del tio Pablo, aunque vertía frecuentes lágrimas al evocar la me- moria de su padre, de cuya muerte se acusaba con dolor, esperimentó el mas inefable placer cuando vio á su madre en una modesta pero aseada casa de la aldea, rodeada de esas comodidades que tan gratas son para los ancianos y re- cordando la pasada desdicha para saborear mejor la dicha presente. La alegría hacia derramar también lágrimas ala viuda, pero no eran ya amargas, sino suaves como un rocío, que rejuvenecía su corazón y acrecentaba el amor que le inspiraban sus hijos. Pasaba largas horas rezando , y su alma se remontaba hasta el cielo, donde creía que moraba su esposo , gozando el premio que alcanzan allí los que sobre- llevan con fé y resignación las penas de esta vida. ¡Quién sabe si el tio Pablo se sonreía en la morada celestial, si es que los bienaventurados se dignan dirigir su mirada a este valle de lágrimas, al ver á su esposa y á sus hijos libres del infortunio y cruzando la senda de la vida guiados por la virtud! Algún tiempo después de la llegada del hijo del tio Pablo, el cura de la aldea entró un dia en la casa de la viuda, y al ver la felicidad de aquella familia que 214 EL NAUFRAGIO. habia creído condenada á la desgracia, dijo á la anciana indicándole con la mano ol cielo: —Quien confia en Dios, tendrá su apoyo. El oyó vuestro llanto y lo ha enju- gado. Así lo prometió al decir: Bienaventurados los que lloran porque serán consolados. ( (CUADRO DE HOUDEKOETER.) I. Jardín ameno de distintas (lores , el vasto campo de las arles, bien así como el espacioso de la literatura, ofrece gran variedad de producciones, desde la clase mas elevada hasta la mas modesta, desde la humilde margarita hasta la esplén- dida nymphea ; pero & la manera que toda flor con ser aliada y común, allega • mil primores para el que sepa observarla, las producciones dr! humano ingenio dentro las condiciones del arte, allegan asimismo bellezas ¡iprocialilcs, ora se trate de un simple capricho de Goya, ora de una improvisada redondilla de Quevedo. No todo el mérito estriba en la grandiosidad de la obra; al ingenio le basta un solo rasgo para enunciarse; á veces una pincelada maestra supera en valía al cuadro mas detenido. En la naturaleza sucede lo propio : un ligero accidente ó un golpe fugaz de luz , son preferibles en ocasiones á un;paisage de vasto horizonte ó á los esplendores de un dia sereno. Cuántos libros no se han escrito y cuántos lienzos no se lian pintado, absorbiendo el trabajo y la vida de muchas capacidades, los cuales á pesar de su innegable mérito yacen en olvido, pOSter- tiadrc Giibrecbl, dlntro en li pintura de oveá. u n r otros ol'letni < « naiúraleí» viva rmuerli, 1 adquirió habilidad en el < minliiro, pero luego te CB.IÓ, lan*endn la mala suerte da clor enn uní compaftara atrabiliaria, amen da doi cuñadas da Igual pirgenln, lai m a l a i , 6 petar de su bundad natural, lograron lolverle la caLsia, h eomo l u l t i r m e n l c ss d i t a , matárselo carón grande toga ; tenia buen color y u n I mano eiceloiti* en Ira I lar al torniioladr, da ] „ . plural eei. Para miyor • cieno 216 RIÑA DE GALLOS. gados á frivolos engendros, producto de una hora de iiuen humor, que en la gran corona artística chispean con las múltiples facetas de sus joyas mas pre- ciadas ! Esto no es decir que una obra de escasa tendencia deba equipararse á otras de mas entidad , ni que en tesis absoluta el género liviano sea de la importan- cia del grave y concienzudo; pues si bien todos los géneros son buenos, menos el que fastidia, según dijo Boileau, en las producciones de verdadero arte presupo- nemos una elevación de miras á que en vano aspiran las que dejen de reunir con- diciones para ello requiridas. En cualquier trabajo de imaginación ó de cálculo, cabe algo de misión civi- lizadora : el artista, al igual que el escritor, puede á su manera educar á las ma- sas , y siempre que este objeto se propusiere auxiliándose de los grandes recursos estéticos, sus nobles tareas rayarán á la altura de las especulaciones del poeta y del filósofo. Para todo sin embargo ha de haber lugar; un trabajo serio admite treguas: la amenidad reside también en la variedad, y las producciones ligeras tienen en su línea un mérito y embeleso especiales, cuando oportunamente van mezcladas con otras de mayor empeño. Nuestra publicación, que en vistoso mosaico presenta reunidos los tesoros de ricas galerías, todo cuanto ideó el capricho ó creó la inspiración de eminentes ingenios, reconoce justamente la variedad por esencia, pues revoloteando cuai pintada mariposa , saltea de lo sublime á lo trivial, de lo severo á lo risueflo, de las altas y hondas concepciones á las de mero solaz y pasatiempo. II. El cuadro que motiva las presentes líneas, corresponde á esta última cate- goría. Su autor, convidado sin duda por la amenidad de las escenas campestres, y justo admirador de los encantos que ofrece la vida rústica al aire libre, bajo un cielo sereno, al amor de un sol esplendente, cuando las vivíficas emanaciones del bosque y de la pradera dilatan el pecho y vigorizan los sentidos, embria- gando el espíritu ante el adorable cuadro de la naturaleza donde el Criador pro- digó sus tesoros; en una de esas circunstancias seguramente, arrimado á algún poste de corral, hubo de observar los juegos y costumbres de la bulliciosa fami- lia que anima de ordinario las dependencias de un cortijo, y sin mas cálculo que la impresión del momento, ni mas teoría que su sagaz observación , trazó en el lienzo con mano fácil, uno de los muchos episodios que á su vista debieron pre- sentarse. Entre accesorios felizmente combinados, con la ventaja de no trascender á vulgaridad , dos campeones empellados en fiera lucha constituyen el asunto prin- cipal del cuadro. Uno de ellos, y no el menos fornido, yace ;i medio caer, anun- I1IVA DE (¿AI.UIS. í\"¡ ciando una próxima desecha en su humillada posición ; al paso que su adversa- rio, osado y allanero, le oprime los ¡jares yle traba reciamente de una delicada escrccencia, sin que logren impedirlo sus muchos y desesperados esfuerzos. La saña de ambos se retrata fielmente en la agitación de los movimientos , en la violencia de las posturas, en la ira de las miradas, en el trastorno de los cuer- pos , en los despojos que cubren la arena. Entretanto las Orianas de estos Ama- dises, causa probable, y á la vez testigos, jueces y premio del combate, andan alrededor, unas azoradas y medrosas, otras suspensas como en espectacion del re- sultado, y no falta una madre cuidadosa que viendo el aturdimiento y poca aprensión de su menuda prole, la separa del lugar del combate, cuyos lances y consecuencias es incapaz de estimar. Y quiénes son estos rivales ensañados, estas damas y matronas doloridas? ¡No hay que alarmarse: no se trata de la recuperación de Dejanira, ni de la po- sesión de la célebre Elena: el giro vistoso, y las tornasoladas cambiantes del ro- pón que les cubre , los plumajes que les adornan y los penachos que les realzan, dicen bien á las claras su pertenencia á la muy honrada familia gallinácea. La riña tampoco parece de trascendencia: zambra pasajera de mucho ruido y pocas nueces, dará por resultado algunos rasguños y repelones, pero todo quedará ahí, y es probable que tras ese ligero desahogo, uno y otro contendiente, ajus- tadas las descompuestas esclavinas, vuelvan á departir mano á mano, ufanos en la plenitud de su autonomia. El gallo sin embargo, despliega en sus acaloramientos un valor inusitado: erizadas las crines, inyectada la cresta, llameantes los ojos, crispados los miem- bros, todo él parece arderse en el fuego de la pasión , y batiendo sus alas, se lanza al enemigo hasta que lo debela. Cuando á puro molido agota sus fuerzas musculares, emprende una de picotazos, cuyas certeras descargas resuelven pron- to la cuestión. Sucumbe al fin uno de los pendencieros, ó corre á devorar alpoiio la vergüenza de su derrota, y entonces el ganancioso, encaramado á las bardas corralescas, pregona su triunfo á toda la vecindad. Si conviene, conforme lo vemos en nuestro cuadro, no duda habérselas con el pavo indiano, aunque mas corpulento y grave, y por ende mas recio que él; pero ¿quién se para en calcular las fuerzas de su antagonista , cuando andan de por medio el agravio ó el inlerés? SÍ el pavo es grueso, el gallo en cambio le aven- taja en osnliit \ sulile/n; mus belicoso, conoce mejor los recursos de \;\ eslmlejia: así, después de agimidiiric intrépido, le rodeará astuto, y consiguiendo í;ilig;irle, podrá conlar suya la partida. Acercaránse entonces relamidamente madamas galli- nas á darle sus plácemes con gozoso cacareo, mientras á su vez la pava, que desde un cercano adarve habrá presenciado la derrota del camarada , podrá meditar resignadamente en los vaivenes de la fortuna que así abate al poderoso como enaltece alfpequenuelo. TOMO r, 28 ¿18 HIÑA DE (1AT.L0S. III. Como quiera, los animales en general no suelen llevar sus pasiones al último límite de exacerbación , y si bien el gallo es de los mas puntillosos en cuestio- nes de honra, sosteniendo á punta de pico y espolón sus fueros de amante y sus privilejios de sultán , pocas veces se compromete a un lance mortal como no sea estimulado por bárbaros impulsos ágenos. Al hombre, ser racional y presumido rey de la creación, quedaba reservado el triste privilegio de ensaflarse hasta la muerte y aun mas allá, por cuestiones en el fondo baladfs, descollando malo- gradamente en sus rencores con una superioridad que no deben envidiarle los seres menos enaltecidos. No contento con eso , hace lo que ninguna otra cria- tura , y es regocijarse á vista de los males ágenos; díganlo sino losgladiala- rios, las lidias, los torneos y otras bellaquerías que eu diversos lugares y épo- cas han constituido el plato mas sabroso de las diversiones populares: y cuándo? en ocasión de sucesos plausibles, de grandes borozos públicos, de advenimien- tos do reyes, de conmemoraciones y victorias. Ma^iiílico alegrón para cien mil espectadores ver sacriticarse una ó muchas parejas de infelices, guerreros ó esclavos, pujiladores ó histriones, que á la mayor gloria de un pueblo ó para granjear una vil recompensa, sin causa plau- sible ni razón de particular ojeriza, se acometen , se asaltan , se lastiman y lace- ran, hasta que destrozadas sus carnes y mutilados sus miembros , van á espirar en medio de un chairo de sangre, en las convulsiones de atroz agonía. Y aque- llos cien mil monstruos racionales que, cada uno por su lado, están afectos al do- lor , que saben lo que es padecer, y que para sí evitarán la menor sensación desagradable rodeándose de mil precauciones; aquellas lieras humanas aplauden! con frenesí el golpe mas bien dado, ¡icl¡iiii¡in con vítores al que mejor fenece, y á los resuellos de la \ [clima , ;'i los eslremenmicnfos de su cuerpo jadeante, res- ponden con \ivos niaiioleos , con risula h corpulencia magnífica del otro! Las obras déla (Tención (odas smi ¡isoinbmsiis por igual, y aunque en con- cepto utiüario demos á algunas la preferencia, siempre resultará que la semilla invisible llevada en alas de los vientos para ir á germinar en el hueco de alguna peña, será en sus arcanos tan misteriosa y sorprendente como el injerto del duro 220 HIÑA DE <¡,UU)S. rohle y de la fuerte encina, pues en la balanza del Hacedor lo mismo pesa un grano de arena que el Cáucaso ó el monte Blanco. Según prosaica definición de los diccionarios, el gallo es una ave doméstica; el macho de las gallina*. Nuestro autor lo califica,—y se funda,—de noble bípedo, mas ilustre que torios los animales, pues ha merecido casi honores divinos ; mas famoso que algunos linóes, pues le han celebrado los poetas; mas valeroso que el león, pues intimida á este con su canto; mas sagaz que la raposa, pues adi- vina y previene sus arterías, y por fin, mas solícito y vigilante con su familia que muchos bien reputados padres y esposos. Atributo á la vez de Minerva, Marte, Mercurio, Baco y otros dioses olímpi- cos, el gallo era asimismo el emblema nacional de los galos, como el águila lo fue de los romanos, y el león de los cartagineses y españoles. En Persia se le consideraba principio de la vida, elevándosele íi la categoría de hijo del sol. Los caldeos, pueblo esencialmente astronómico, hacían de él gran caso, y en verdad no podían menos de honrar al pregonero de la alborada, que saluda al sol naciente como la eslátmi di1 Mniinon. Kn su 'ícot/onia Hesíodo lo consagra al astro del dia, á semejanza de aquellos pueblos que en defecto de revelación rendían culto al mismo. Entre los griegos era símbolo de salud y de vida, y por eso en toda dolencia lo sacrificaban á Esculapio. Hoy mismo los salvajes del gran de- sierto entre el Fezzan y la Nigricia, le veneran al igual de la serpiente , sin duda porque aleja de su vecindad al terrible rey de los animales. Si de sus nobles timbres descendemos á sus buenas cualidades, cuánto no habrá que decir en alabanza de la dignidad, de la sobriedad, de la fuerza, de la vigilancia, del celo y solicitud del que reina en los gallineros? Toda su estampa desde la cresta á las unas, es un vivo dechado de gallardía y arrogancia: aque- lla cimera natural que le decora, nunca pierde su rubicundez; en el andar nunca vacila, en la defensa nunca duda, en el ataque nunca ceja. Si á hurtadillas saltea algún grano, es solo para atajar las exigencias de la naturaleza; pero observad como luego se irgue, contoneándose, sacude sus alas espléndidas, y resuella ó canta en son provocativo, como protestando de gastrónomo ó blasonando de apercibido. Y sin embargo, á pesar de su tren bélico, nadie hay mas aficionado k los placeres de familia. Queréis verle contento? dejadle consagrarse holgadamente á sus caseras atenciones. Tiene empero el infeliz un acerbo presentimiento del des- lino que le amaga; conoce la dura suerte que amenaza á todos los suyos: por eso anda siempre cuidadoso é inquieto, puesta la mira á cualquier airidnile que sa- que verdaderos sus recelos ; —prueba de que ni aun las dotes mas a|)ie<:iablcs bastan á conjurar las adversidades de este picaro mundo! Grandes, en efecto! y poderosos motivos tiene el gallo para estar solire aviso: primeramente la cuchilla de Dámocles cuelga sin cesar sobre su cabeza; pero este HIÑA DE GALLOS. ¿21 riesgo, como individual, sabe despreciarlo, lin segundo lugar un decreto de ex- terminio culinario comprende irrevocablemente á las bellas de su harem, sin perjuicio de otros enemigos subalternos que las codician para plato de sus ban- quetes. Así, tan temibles son de dia las entradas por la puerta, como de noche las invasiones por la rendija. En aquellas solemnes horas en que todo viviente calla de miedo, duerme de fatiga ó vaga por necesidad, el gallo es el único que interrumpe el universal si- lencio con su brillante cavatina, agena de petulancia, como diciendo á los mor- tales desde el seno de las tinieblas, que él vela por la salud general. Pero en aquellas mismas horas, un zorro goloso se acerca rastreramente para minar los aproches del corral: favorecido de la oscuridad, su sordo trabajo se incoa, pro- sigue y adelanta con rapidez; el suelo es blando y fácil de remover; la zapa, in- cansable ; el asalto, inminente. Qué hacen en tanto las pobres gallinas, blan- co de tan ruines manejos? con el pico debajo del ala, descansan tranquilas en la dichosa confianza de la estupidez. Y el gallo? oh! el gallo es otra cosa; su vigilancia no se desmiente; atraído al primer eco de la obra misteriosa, anhelante sigue sus progresos, atento espera sus resultados; inmóvil, con un pié en el aire. no chilla por no alarmar, no pide auxilio porque sabe que solo ha de contar con- sigo: pero así que la mina estalla y el ladrón nocturno aparece, sembrando do quiera el espanto y la confusión, nuestro centinela que pudiera haberse largado, precipítase sin vacilar sobre el raposo, le arana, le hiere, le pisotea, le pellizca hocico y ojos, le golpea á aletazos, le gruñe con ronquidos guturales, mas propios de una fiera que de un avechucho , y tanto se bulle y agita que logra por íin aturdirlc, obligándole á despejar mas que de prisa, rabo entre piernas, mollino y arrepentido, jurando no volver á gallinero que tenga su dotación de gallo. V. Puede dudarse que en esta familia, todos los realces la gracia, la hidalguía y la hermosura recaen á favor del llamado por antonomasia sexo feo? sin embargo qué marido entre los hombres, ni qué hombre entre los maridos, está con sus m¡- i(iili'.s tan fino como esa avecilla despreciada ? !: Pero seamos justos: también la gallina se lo vale por. su disciplina, por su obediencia, y por su lealtad, cualidades poco aventajadas en la humana especie, y mas aun se lo vale considerada como madre. Acercaos á observarla durante sus tres semanas de empolladura: miradla cuan enferma y macilenta, y con todo cuan olvidada de sí propia y del mundo, para dar vida al embrión que la cascara encierra; ved con qué perseverancia si- gue echada, sin apenas acordarse de comer, enteramente consagrada ív sus de- lipiva teres. 22á niiVA DE GALLOS. Necesitando los huevos para su incubación un grado igual de calor, si de un lado se enfrian , con el pico Jes da vuelta; si están demasiado calientes, le- vántase un rato dejándolos airear, y aunque los tenga á docenas, no perderá ninguno por descuido ó por incuria. AI sazonarse el pollo, le ayudará á salir pi- cando cuidadosamente su cascaron sin equivocarse , por la punía donde tiene la cabeza, y adviértase que á los veinte y un dias precisos, ella misma empieza á llamarle, liste prodigioso instinto de los animales no reveía por cierto tina ad- mirable providencia"? Pero sigamos adelante: ved ya nacidos los polluelos: ved cuan pomposa y ufana marcha rodeada de su enjambre de piantes. Todas las amarguras se tor- naron alegrías: los chillidos de la golondrina al asomo de la primavera, no son mas espansivos que su arrullo, henchido de amorosa solicitud : su único cuidado es ahora abrigar los desnudos cuerpos de los pequen IH'IK.S \ buscarles un alimento adecuado á su edad. A este fin, in v i l¡'i rulóles ^iicrsiv¡IJIJCIIfe, sin jiennitirsedistin- ciones ni preferencias, picotea por ilenrlin. ¿ izquierda, escarba la tierra y des- menuza á sus pies el insecto ó el grano demasiado grueso que de sí no podrían romper. Si van cansados, los cobija debajo sus alas, y aunque alguno por capri- cho se le suba encima, no se meneará un ápice por temor de derribarle. (fuereis admirar de una vez toda la solicitud de que es capaz esta buena ma- dre? Suponed que ocurre un percance cualquiera; que el milano por ejemplo, cruza los aires, trazando círculos en disparado vuelo. La gallina, cuya mira- da penetra hasta los confines del horizonte , lo descubre al momento: azorada y trémula, esconde presurosa bajo el pecho su menuda prole, y conociendo que el menor gesto ó ademan podría hacerle traición, agáchase sin menearse, aunque por eso ni un momento pierde de vista al rapaz contrario, antes le sigue en sus evoluciones, de frente, de reojo, al esquince, de todas maneras ven todas direc- ciones. Y acaso esta calumniada gallina abandonará su puesto cobardemente en lance tan apurado? No es madre? Venga el milano, y veréis cómo se defiende; veréis cuan briosamente disputa la presa , ó cuan noblemente, para evitar la pérdida de su tesoro, se anticipa al sacrificio. Si por dicha cesa el riesgo, ale- jándose el temible raptor, no dejará su actitud é inmovilidad hasta cerciorarse de la completa desaparición del mi.smo. Por qué, pues, siendo tan apreciadles estos animales, formamos de ellos tan mala idea? porque á fuer de útilísimos y necesarios, son muy comunes, y el hom- bre no suele hacer caso de lo que es común. A do quiera que vaya, sígnele en pos la animada caterva gallinaria: para ella no hay rincón inaccesible; en todas par- tes se la encuentra, pues en todas fácilmente se aclimata; «mócenla los pueblos mas lejanos; recuérdanla los monumentos mas antiguos, y su genealogía se pier- de en la noche de los tiempos. En nuestra soberana petulancia calificamos de viles á estos indispensables agregados domésticos , que sin embargo tan buenos RIÑA I>E (¡AU.OS. 22.1 son, tan simpáticos, tan amables y conliados, y correspondemos a sus atenciones con cebarlos traidoramente para inmolarlos á eapricho y sangre fria. Al cabo, dirán marmitones y cocineras, enristrada la fatal cuchilla , este es su sino: en- horabuena ! pero dado que una vil muerte haya de ser el pago de tamañas pren- das, no abusemos de nuestro poder, no seamos tiranos con los débiles, y no pa- guemos con atrocidades á los que nos vuelven bien por mal. VI. Qué ley ni razón pueden cohonestar esa barbaridad que los zánganos do to- das épocas introdujeron á título de diversión, esas riñas, no ya de ahora, sino conocidas de los chinos en remotos siglos, quienes las enseñaron á los indios, estos á los griegos, los griegos á Ins romanos, y los romanos á los ingleses en tiempo tíe Julio César? Los mismos que ponían el gallo sobre el casco de Minerva, y que habiéndole consagrado ¡i los diosos de la guerra y déla elocuencia, lo señalaron, por decirlo así, un lugar en todas las solemnidades del Olimpo , sin sujetarle á otro predominio que el del amor; estos sin embargo, ó sus descendientes, le ar- maron para una liza, donde irremisiblemente, por no morir, ha de matar á su se- mejante. La superstición antigua hizo de él un semi-ilios: la ilustración moderna lo ha transformado en gladiador. Que entre griegos y romanos so conocieron las poleasde gallos, es cosa acredi- tada por numerosos testimonios ; pero Atenas, que según I rozas fue la primera en adoptarlas. ln\u pura ello ¡'i lo menos motivos de político \ religión. Yendo Te- místoclosal erinionlrode los persas, vio por el camino dos gallos en lucha: —Sol- dados, exclama', volviéndose á los suyos; pensáis que estos riñen por la gloria, por la patria, por la religión, por la libertad, por la familia? nada de eso ; solo por no ceder A un rival!—Comprendiéronle los soldados, \ habiendo llegado á las manos, pelearon con esfuerzo \ vencieron al enemigo. A su regreso, Teinísto- cles quiso consagrar por una institución legal y pública, el fortuito incidente que diera tcmaá su arenga, y en efecto la ley lo sancionó ; pero aquel espectá- culo nacional vulgarizóse pronto, haciéndose repugnante. Así como en Roma habia espectáculo de gladiadores, en Pérgamo lo habia de gallos, según testimonio de llinio, quien supone esta costumbre vulgar en su l'linio, vulga tiempo ; pero no dice cuándo, nii en qué ocasión íué adoptada. ti di ád é i íé d t d A Inglaterra pudieron llevarla los romanos cuando su conquista ; sin em- in bargo es necesario descender al siglo XII para hallar testimonios fehacientes, que en Francia existen desde el XI. Y por qué raro fenómeno el inglés, tan grave, racional y concienzudo, debe llevarse la palma en la invención ó restauración de semejantes riñas? Vanamente üi UI\A [JE (1AU.0S. querréis averiguarlo; nadie os lo sabrá decir. Kl pueblo de las sociedades de tem- planza, el pueblo que dio la ley (irammont para guarecer al animal contra el hombre, que patrocina los intereses del gato y del perro, que impone correccio- nes al auriga desapiadado ; ese mismo pueblo tan entrañable con los irraciona- les, no encuentra reparo en autorizar la matanza de un gallo por otro gallo, y aun tarifa á dos chelines el regalado gusto de presenciarlo! Lástima no se batan igualmente sus caballos !... verdad es que las carreras de New-market tienen algo de lidia y de sacrificio; pero conviene hacer distinción entre animales y animales: los hay mas respetables unos que otros. Luego, el gallo no pertenece á la aristocracia!... Bajo Knrique II, tan solo á los estudiantes,—yeso una vez en el año—el martes de carnaval, eran consentidas las riñas pollescas: el aula misma servia de arena ; los maestros, eran los jueces de campo. Buen comentario á (ialcno y De las aulas subió la afición á los palacios, y de estos pasó á la casa real, lin White-llall hubo un circo ex-profeso, como mas adelante en Drury-Lane y en diferentes lugares. Si algunos reyes se pronunciaban en contra, otros la dispen- saban todo su favor; baste decir que (Iroinwel con todo su puritanismo, si bien la prohibió con decreto especial, nada pudo recabar : una rechifla en varios tonos fue la respuesta á su impopular ordenanza. VII. Mediante el escote susodicho , cualquier hijo de vecino tiene hoy ingreso en unos establecimientos muy faslúomtbles, arreglados á guisa de teatro, donde las celebridades del turf y del sport, el grave gentleman y el almibarado dandi/, alternan sin melindre con la gorra del marino y la blusa del obrero , para darse en buena compaña un hartazgo de lidia gallesca. lín mitad de un gran cír- culo de b'itaras conforttrftles, repartidas en localidades mas o menos preferentes, rodeadas de galerías y palcos á los que también asoma la vaporosa ludy, álzase un redondel barandeado, especie de glorioso escabel ó mejor, ara sacrificatoria, en cuya breve arena va á representarse un asalto entre dos implumescampeo- nes.—Decimos implunies, porque- regularmente , al efeclo de (pie las heridas sean mas aprovecha!las \ nada cause oblando , se saca desplumados á los reñi- dores, escepto la cola y algún otro apéndice, l'nn igual objeto se les alila de antemano el pico y las uñas , se les aguza los corbejones , y como si esta arma natural no fuese aun asaz terrible, suele adherirse una aguda lanceta, con la pia intención que cabe argüir. Propínaseles á mayor abundamiento un brevaje estimulante, (pie después de abrasarles el gaznate y las tripas, les infundirá si carecen de valor el arrojo de la embriaguez ó la exacerbación del frenesí. HIÑA DE GALLOS. 22!) Donosa vista por cierto la de aquellos ¡miníales, en su escueta anatomía, pe- lados al vivo,—ilifíiía. |nvííuslin-mn del m¡irlirio que les aguarda,—y en conse- cuencia despojados del lindo ropaje que tanto realza su apostura, tiritando á la vez de liebre y de frió, de angustia y de horror, en el presentimiento de su acerbo lin. Incitados por artificio á una saña que no albergan, si vienen uno contra otro es con valor prestado, pues su verdadera situación , conformo lle- vamos dicho, es el miedo ó el aturdimiento en vista de esos ¡uvrho* prelimina- res que les auguran todo lo exasperado, inusitado y desapiadado del trance. Por lo menos resultará una lucha noble, donde á vueltas de trágicas peripe- cics se admire la esbeltez de formas, la gracia de ademanes, la soltura de movimionlos. la destreza en atacar, la habilidad en defenderse, todos aquellos lances y suerles improvisadas que sino cohonestan, esplican en algún modo el interés de semejantes situaciones. Nada de eso: todo se reducirá á un monótono juego de picos y calcañares, entre paradas grotescas ó arremetidas insulsas, mez- cladas de saltillos y aleteos, pellizcos y sacudidas. La sal y pimienta de la función estriba en lo recio é incisivo de ella: cuanta mas laceria y sangre ofrezca, ma- yor será el saborete. Lo bueno es que á cada pinchazo se interese un órgano vi- tal, que á cada repelón se destrize media pelleja: el bocado magnífico es el que arrastra consigo la mitad de una cresta, ó el que deja vacía una de las cuencas visuales. Aférrense, acogótense , respinguen y apuren su travesura los dos hé- roes de gallinero; eso es lo que demanda el ilustrado público concurrente , eso lo que celebra la vocinglera turba de admiradores (1). Para designar los incidentes, hay un lenguaje cómico y de circunstan- cias, á semejanza de la fraseología tauromáquica: este gallo tiene buena salida, aquel se rebosa; ese es bravucón, el otro de sentido; uno se (apa, otro se des- cubre; aquel da gollete, este hiere por alio etc. Entretanto los míseros pollejos , en la imposibilidad de hacer otra cosa, se reducen a menuda pepitoria. Rotos, maltrechos, rielando sangre por sus cue- llos estirados, se arremolinan en agonizante empuje, se revuelcan hasta con- sumir sus fuerzas, y cuando el mas débil exhala sus postreras boqueadas, dig- no de una corona de mártir, su antagonista poco menos exánime, subido sobre él, simula decantar con débil voz la triste victoria que á tan duras condicio- nes acaba de obtener. Y entonces es cuando la turba especiante se regodea de satisfacción; entonces cuando la algazara sube de punto, y entre gesticula- ciones animadas, los mas salados apostrofes se confunden con vivas y hurras atronadores. No omitiremos una particularidad que da fisonomía a estas escenas, acre- (I) Entre UM inglsuM se um fgualmen radoi uuot coa otroi, la mi lid lian de qi de ocho £ ocho t de cuatro á cualru, de el poilrero cania en triunfo 6 cosía do In TOMO I . ¿2i> ÍIIÑA OE GALLOS. ciendo notablemente su animación. Cada gallo representa un bando: su duelo no solo es cuestión de sangre y muerte, sino también de interés. Kl público se divide en dos partidos, bajo la bandera de otro de Jos bichos en cuya cabeza suelen aventurarse grandes sumas. Todo espectador verdaderamente aficionado, bace causa común con el retinto, el giro ó el rojo, contra el jabado, el pió ó el ceniáento; y sin mas razón que fa esperanza en su bizarría, fiando del avío, estampa y otras buenas partes del favorecido, crúzanse apuestas de bando á bando ó de persona á persona, sobre el resultado de la pelea. —Como si no bas- tara el cruento atractivo, hubo de añadírsele la avidez del lucro: juzgúese pues con qué ansia no se espiará c\ chirlo mas ruinoso ó el pinchazo mas decisivo, para el rápido y seguro despacho del rival representante! VIII. Véase en qué términos un ingenio de la corte describe las rifias de gallos, hace poco establecidas en el circo de Recoletos (1): Saltó un gallo al redondel, pues con cólera funesta colorado y muy derecho, volvió sobre su rival y un giro de pelo en pecho y le ensangrentó la cresta, salió á medirse con él El giro con tal fiereza dentro del recinto estrecho. respondió al sentirse herido, Miráronse frente á frente que dio golpe de sentido con miradas muy feroces, al contrario, en la cabeza, y se embistieron á coces, y se lo dejó tendido. non desprecio de la gente Y en el estadio sangriento que allí estaba dando voces. aun pugnaba por luchar, Pasó el giro á su contrario vuelto de su aturdimiento, al comenzar las subidas; el que hubieron de apartar y hubo esperanzas perdidas gallo color de pimiento. «11 aquel público vario, Fuá la segunda pelea y apuestas no recibidas. también de un giro real Pero como se pasara contra un rojo, en peso igual, por «obra de corvejones, para que la lucha sea recogiendo los alones pesoá peso y tal íi tal hirió al contrario en la cara Al punto salió un jabado con entrambos espolones. contra otro rojo también, Hubo de saberle mal y en el rudo quien á quien, al colorado la fiesta. quedó el claro despicado (') También en Cubo son popularen las ri II1Y\ I>E (¡M.LOS. en un decir santiamén.... el gallo lleno de ciencia, Perdió el rojo, y sale un giro que salió dando rodeos contra otro retinto y fiero: dictados por la esperiencia. gran fama tiene el primero, Mas ¡ayl que aquella cautela pero se vé al primer tiro le trajo daño infinito, que va á perder el dinero porque yendo á toda vela Y empezó el careo quinto le entró la contraria espuela ron dos gallos desiguales, por el bocado exquisito porque tres onzas cabales Y se marcharon las gentes !e llevaba el mas retinto á ia fiesta de novillos; al de rubios carcañales que si la hubiese de grillos, A los primeros pécheos también fueran concurrentes conoció la diferencia hombres, hembras y chiquillos (1). Esta última copla encierra harta verdad, reasumiendo oportunamente la idea que nos propusimos desarrollar. Entre varias anomalías, la generalidad do los hombres tiene maligna inclinación á lo daQino, sin que los consejos de la ra- zón, ni muchas veces las lecciones de la esperiencia , basten á ahogar tan mala semilla, resabio sin duda del pecado original. Por eso de niño rompe cuanto sus manos alcanzan, sin hacer distinción de juguetes y bichos semovientes; pues así descabeza una muñeca, como tortura á un cuadrúpedo ó espachurra á un rép- lil. Sin mejorar con la edad, las travesuras crecen en razón de su malicia, pudiendo asegurarse por punto general, que el bromazo mas sabroso es el que mas daño trae consigo. El afán de predominio arroja á petulancias que satisfacen la vanidad , y co- mo para dominar es preciso ser fuerte, para blasonar fortaleza se hacen vícti- mas. De otra parte, como la acción del poder siempre hiere , el que se entrega á su ejercicio, necesita y gusta naturalmente de que algo lo atestigüe. Hay asimismo una razón de arte para esplicar esta ruin complacencia á vis- la de cuadros fuertes. La grosera impresión de los sentidos es mucho mas vi- gorosa y accesible á las masas, que las delicadas fruiciones ó los modestos so- lazes del alma: por eso cuanto ofrezca peripecias violentas y dramáticas, será siempre para el vulgo un manjar apetitoso; por eso cualquier novedad palpi- tante , ya sea reyerta, combate ó ejecución , tendrá el valor de un curioso es- pectáculo ; por eso después de asistir á la riíía de gallos, todo el pueblo, hom- bres , hembras y chiguillos concurrirá gustoso á toros, novilladas, y si los hay, á otros duelos y combates. ¿Es esto , sin embargo, lo que debe desearse de UIÜI sociedad creyente y morigerada? (CUADRO DE EGLON VAN DER NEER. Eglon van der Neer, que era un escelente pintor de género , vivía en París antes de fijar su residencia en la corte electoral de Dusseldorf. Tenia entre sus discípulos uno que se llamaba Kulans y que era hijo de un rico droguero de la capital de Francia. Era un joven galante , decidor , entusiasta , que nunca hubiera llegado á ser mas que una medianía como pintor , pero que sabia caracterizarse muy bien , disfrazarse mejor, fingir cualquier clase de voz, tomar el acento ó moda- les que mas le acomodaba, y remedar perfectamente á cualquier persona, lo cual le hubiera hecho á propósito para ser un escelente cómico. Cuéntase de este joven discípulo de Van der Neer la siguiente historia , que tiene muy inmediata relación con el cuadro cuya copia representa la lámina adjunta. Cierta noche, líulans, después de haber pasado una agradable velada en compañía de unos amigos, se dirigía á su casa, siendo ya la una de la madru- gada, ün su camino tropezó con una joven de belleza deslumbradora, á la que lomó por una aventurera, y le dirigió la palabra por medio de algunas frases vulgares y propias de semejantes casos: — ¡ I lola, perla! ¿ Tan tarde y sólita ?-¿ A dónde vais á estas horas, niña?- ¿ No tenéis miedo de perderos ? —No señor, contestó la joven ; conozco bien mi camino. —¿ Queréis que os acompañe ? —Me prestaríais en ello un buen servicio, caballero. Kulans se ratificó en su opinión al ver la facilidad con que la desconocida C" DI MUNICH P 1 D Hl, CIRUJANO. 229 accedía. Ofrecióle el brazo , que ella aceptó , y por el camino fue arrojándole lodas las flores que se arrojan á una muchacha amable y bonita. La joven no contestaba , y cuando ltulans le dirigia espresiones equívocas ó de doble sen- tido , parecía no comprender. Cuando hubieron llegado al sitio á donde la desconocida se encaminaba, soltó el brazo de su acompañante y le dijo: —Caballero , si la paciencia con la cual os he escuchado os dio de mí una opinión desventajosa , es preciso que sepáis que , á pesar de este paseo noctur- no, soy una mujer honrada. He salido de casa para ir en busca del médico para mi madre que se ha puesto repentinamente enferma, y á cuyo lado he hecho quedar la criada, creyendo que yo pondría mas diligencia en llevar a casa al facultativo. Si al dirigiros a mí os he aceptado por caballero, á pesar de vues- tras galantes palabras, ha sido porque tenia miedo de seguir sola mi camino, "pareciéndome hallar en Vos algo de grave y honrado. Gracias pues , por vuestra compañía, caballero, y buenas noches. Quiso alejarse dicho esto , pero ltulans, á quien su modestia, al par que su belleza, habían fascinado, se ofreció á acompañarla cuando regresara á su casa. suplicándola diera al olvido las palabras ligeras ó inconvenientes que hubiese podido dirigirla. Escusóse ella diciendo que el médico mismo la acompañaría; é insistió él, pero siempre en vano. Pidióle entonces permiso para visitar su casa. y la joven le dijo que, aun cuando le veria en ella con placer, no se lo permi- tirían la severidad y rigidez de costumbres de su madre. En una palabra , Rulans no pudo conseguir nada de lo que deseaba, y la joven se despidió de él entrando en casa del médico; no tardó en volver á salir acompañada de éste. Rulans les esperaba oculto tras de una esquina, y fue siguiéndolos á cierta distancia, hasta que logró saber cuál era la casa en que vivía su hermosa y se- ductora desconocida. Al dia siguiente, por informes que tomó con astucia en la vecindad, averi- guó que la joven se llamaba Isabel y que era hija única del marqués de Cyllon, muerto hacia poco tiempo en un estado muy próximo á la miseria. El difunto habia dejado una viuda orgullosa y coqueta, que trataba de casarse ella misma mejor que casar á su hija. Supo también que madre é hija iban todos los días á oir misa á San Kusla- quio. Desde aquel momento, la iglesia de san Eustaquio no tuvo ningún devoto tan asiduo como Rulans, que se pasaba las mañanas enteras eñ el templo. Sin embargo , durante los primeros diasf las cosas no pudieron marchará medida de sus deseos, porque Isabel ni su madre iban al templo, continuando aun la enfermedad de la última. Un domingo , cuando ya comenzaba á desesperar nuestro joven héroe , las H'M) El, CIRUJANO. vio entrar á las dos en la iglesia para asistir á la misa mayor. Aunque impo- sibilitado do hablar á su bella, Rulans se dio por satisfecho con verla y contem- plarla de «¡rea. De aquel dia en adelanto la vio en misa todas las maílanas. El joven se decidió por íin á dar un paso , el que acostumbran á dar todos los enamorados, desde que hay enamorados en el mundo , ó mejor desde que hay en el mundo papel y tinta, ó mas bien aun, desde que los enamorados saben leer y escribir. Se decidió á enviarla una carta , un billete amoroso , por conduelo del an- ciano mendigo que ofrecía el agua bendita á la puerta de la iglesia. Un dia, Isabel, que liabia tomado por costumbre el ver siempre inmóvil á pocos pasos de ella al galante Rulans, advirtió que se alejaba antes de que ella lo hiciera y antes de concluirse la misa, lin medio de la devoción con que ella asistía á la ceremonia religiosa, no pudo menos de volverse para seguirle con la vista. La devoción no quita la curiosidad. Viole pues acercarse al mendigo del agua bendila, hablar con él, y hasta le pareció ver como le daba un objeto. El corazón de Isabel latió mas apresuradamente que de costumbre. Creyó haber comprendido. Al salir de la iglesia , tuzo que su madre pasara delante y le dejó lomar el agua bendita la primera, acercándose ella luego á su vez. El mendigo entonces, en lugar de ofrecerle el agua, le alargó el billete, diciéndoia en voz baja que se encargaba de ser portador de la respuesta cuando la hubiese. Así que estuvo en su casa, Isabel se encerró en su cuarto y leyó la carta apasionada y conmovedora que le dirigía su respetuoso adorador. Carta recibida exige respuesta. Isabel contestó, y contestó que no era insensible á las predilecciones de que se veia objeto , advirtiemio á su galán que pues era imposible que se habla- sen , trataría de facilitar las ocasiones para verse. A este objeto le hacia saber que al dia siguiente por la tarde debia ir con su madre á casa de un tendero llamado Gautier, para comprar algunos objetos que les hacian falta. A la mañana del dia siguiente, Isabel, como de costumbre , fue á misa en compañía de su madre, y Rulans, que se habia anticipado y estaba en acecho, tuvo como cosa de buen agüero el ver á su amada entregar algo al mendiga del agua bendita. Adelantóse inmediatamente para recibir el mensaje, lomó la carta en cuestión , y no hay que decir si recompensó con largueza al que con ella le diera la felicidad. Hombre enamorado , hombre al agua. Itulans, que hacia ya mucho tiempo que apenas asislia al taller de su maes- tro Van der Neer, acabó por dejar de ir completamente. EL CIRUJANO. 231 lin lugar de dirigirse al taller, se fue en derechura al salir de la iglesia á casa (¡antier , tandero y negociante en ropas de seda. — Vengo á haceros una proposición , le dijo. Permitidme que esta larde me convierta en mozo de vuestra tienda , y dejadme vender á derlas damas las le- las que pidan al precio que a mí me convenga. Después, yo os abonaré la di- ferencia y á mas os recompensaré generosamente por haberme concedido este permiso. El viejo (¡autier, que era avaro y hombre campechano al mismo, tiempo, aceptó y dio en consecuencia las órdenes necesarias. A la una de la tarde pasó ftulans á la tienda , se disfrazó con esa rara ha- bilidad que tenia, en mozo de almacén , se hizo mostrar las mas bellas telas, enteróse del precio, y lo dispuso todo para su proyecto. No tardaron en aparecer Isabel y su madre. La muchacha no reconoció al pronto á su galán , á quien esperaba encontrar en cualquier parte mejor que allí. Hasta estaba un tanto contrariada de no haberle hallado por el camino, reprochándole secretamente su falta de asiduidad. La especie de inquietud que esperimentaba, hizo que en lugar de ponerse a examinar las telas, dirigiese sin cesar las miradas hacia la puerta para ver si entraba el que era ardientemente esperado por ella. El disfrazado dependiente, después de algunos instantes, desplegó una pieza de seda estraordinariamente rica , que la madre de Isabel hizo retirar di- ciendo que era muy cara para ella. llulans, en medio del afán con que desplegaba la pieza, notó la inquietud de la joven , y dijo : — Permitid, señora, que vuestra bella hija se fije en esta tela, porque, si le está destinada es justo que la vea para que juzgue. Estas palabras llamaron la atención de Isabel, la cual, volviéndose , re- conoció á su amante a pesar de su disfraz. Púsose encarnada como la grana, y para ocultar su rubor y disimular su sorpresa, se inclinó manifestando entre- garse por completo al examen de la pieza. Invitada por el fingido dependiente á que diese su parecer contestó entonces que era en realidad una tela magní- fica y de sumo gusto, pero que por su parte tomaría la que tuviese á bien esco- jer su madre. —Enseñadnos otra tela, dijo ésta que no quiso preguntar el precio de aque- lla por creerlo naturalmente muy elevado. Rulans desplegó otra pieza mucho mas basta y de un precio sin embargo muy subido; en seguida mostró otras piezas, pero con la particularidad de que los precios parecían elevarse al mismo tiempo que las lelas parecían disminuir cu lujo , en gusto y en calillad. Admiróse de ello la marquesa y dijo : 232 EI, CIRUJANO. — Pero si el precio de esas telas es tan subido, ¿cual será el de la primera qun nos habéis ensenado, y que es por cierto muy superior en belleza'? Hulans, que esperaba esta pregunta, dijo el precio , fijándolo á mucho menos de la mitad de su valor real. La bondad y belleza de la tela, y lo módico del precio , pusieron término á las irresoluciones de la madre. Ofreció tres francos menos por vara de lo que pedia Rulans, y éste, que se solazaba ya con la idea de ver á su amada vestida con tan bello traje , solo se opuso lo suficiente para desempeñar bien su papel, Y acabó por cerrar el trato y dar la tela al precio que por eJla le ofrecieron. Las damas pagaron y se fueron. Una amiga de la casa, á quien aquella misma noche la marquesa enseñó su compra, admiró la belleza y la estimó en doble precio del que había costado, asombrándose cuando supo su baratura. Otras senaras, enteradas del caso, pidieron muestras de la tela á la mar- quesa , pero cuando fueron al almacén de Gautier, se encontraron con que el precio era mas del doble de lo que se les dijera. Hiciéronse entonces aquellas il¡una.s acompañar á la tienda por la madre de Isabel, pero se les contestó que la pieza estaba ya despachada. Una vez en el camino de los disfraces, Rulans no se detuvo ya fácilmente. Su atrevida imaginación le facilitó medios para ver á su amada y hablar con ella, ó para hacerla algunos regalos que la recordaran su amor. Cierto dia se introdujo en casa de la marquesa bajo el disfraz de mercader ambulante , cargado de cajas de chucherías, dijes y adornos de tocador; otra vez que la marquesa habia enviado á buscar al zapatero para que hiciese unas chinelas á su hija, en lugar del maestro se presentó un dependiente suyo á lo- mar la medida. Era Rulans, Rulans el afortunado , el feliz, que tuvo así oca- sión de arrodillarse ante su bella, de estrechar su lindo pió entre sus manos, de besar al inclinarse la orla de su vestido. La audacia y la picardía dan cierto aliciente al amor. Isabel se prendó'tanto del carácter emprendedor de su galán , que aumentóse su pasión por él. Las cosas no habían llegado sin embargo á su fin. Rulans veia todas las mañanas á Isabel en la iglesia. Los amantes se mira- ban , se sonreían y vivían en esa atmósfera embalsamada del amor. Era moda entonces en París llevar las señoras unos brazaletes lisos, á e s - tilo griego, con la sola diferencia de que las damas ricas los llevaban de oro puro y las otras de metal imitando al oro. Rulans fue' á encontrar á un ladronzuelo y le ofreció seis ducados si se apo- deraba diestramente del brazalete que llevaba Isabel. El otro prometió hacerlo el dia que en la iglesia hubiese bastante gente , para poder llevar á cabo su deseo entre los empujones. Kl, filRCJA.\O. ¿33 Al domingo siguiente, poní antes de terminar la misa, Rulans recibió el brazalete, que innuiliatanicnlr cunliió por otro exactamente igual en aparien- cia, pero de un valor (.ivlraonliuario , pues que era macizo y de oro pino. Terminada la misa, Isabel reparó en la desaparición de su brazalete , se lo dijo á su madre , y entrambas empezaron á buscar por los alrededores del sitio en que se hallaban , manifestando claramente en sus ademanes que algo se les había perdido. Un caballero se acercó entonces políticamente á ella*. Era Rulan s. Informado este de que buscaban un brazalete, les dijo haber hallado uno á la puerta de la iglesia, mostrándoselo en seguida. Las dos damas se dejaron engañar con la semejanza del brazalete , que aceptaron sin ceremonia, dando las gracias al desconocido caballero. Rulans, al entregar el objeto perdido, tuvo ocasión de tocar la mano de Isabel, y esto le recompensó sobradamente de todos sus afanes y malos ratos. A los pocos dias , las dos damas , madre é hija , supieron á qué atenerse sobre el valor real de aquella joya. La marquesa sobre todo, no podía com- prender por qué estrafio milagro los objetos que pertenecían a su hija se trans- formaban en joyas de precio. Rulans quiso por fin probar si podría salir airoso en sus deseos ; pero de- masiado prudente y cauto para echarlo áperder todo de una vez, presentándose directamente ante una madre egoísta y orgullosa, esponiéndose así á una nega- liva cuyas consecuencias podrían ser lamentables , escribió á la marquesa, pre- guntándole si permitía a un joven pintor, favorecido por una regular fortuna, presentarse en su casa para pedirle la mano de su hija. Rulans no se había engaitado en sus previsiones. Recibió una respuesta al- tiva, y se le dijo que un hombre de su clase no debia nunca atreverse á formu- lar semejante demanda. El joven supo á qué atenerse desde aquel momento sobre el carácter de la marquesa, y corno estaba ya preparado para este caso , se fue i a mediatamente á ver al médico de aquella dama. liste, mediante una suma respetable, acabó por acceder á lo que el joven artista le pidió, y prometió hacerse reemplazar por Rulans en cualidad de médico cerca la marquesa de Cyllon. El pintor puso por condición que el médico le lia- ria pasar por un rico lord inglés llamado de Mornay, que se había entregado por gusto al estudio de la medicina, llegando a ser célebre en Londres. En su consecuencia, dio las órdenes para que se le enviara recado, siempre que la fa- milia Cyllon pidiera al médico. La ocasión anhelada no se hizo esperar. La marquesa envió á buscar al médico para su hija enferma. Rulans acudió k la casa henchido el corazón de TOMO i. 30 2¡tfl EL CIRUJANO. gozo, espücando su presencia en términos elocuentes y persuasivos y diciendo, en un tono grave y en un acento inglés que le sentaba admirablemente, su nombre , su título y sus relacionas con el doctor. Si bien la madre no cnneiliin l,i menor sospecha sobre la cualidad del estran- jero, la luja le conoció sin pcn;i. Intimidada por la severidad habitual de su ma- dre con respecto á ella, Isabel se desmayó á la presencia inesperada de su amante. La doncella se echó á llorar al ver en aquel estado á su querida señori- ta , y la madre misma demostró su inquietud. Ilulans puso su mano sobre el hombro de la joven , le tomó el ptilsn, le liizu aplicar algunos remedios ordina- rios para semejantes casos , y al ralm ile algunos instantes. Isabel abrió los ojos y volvió en sí. VA amante halló ocasión de deslizar algunas palabras al oído de su ainada, supliéndola (¡ni1 se prestase á aquella comedia y que cobrase ánimo. Isabel se calmó visiblemente. I¡l ungido médico aconsejó el reposo y distrac- ción a la bella enferma. En seguida, para justificar una nueva visita á la casa, deslizó algunas palabras sobre la vocación que habia abrazado , y que honraba al alto rango que él ocupaba en la sociedad. Añadió á este propósito algunas ligeras lisonjas sobre el nombre noble déla familia de Cyllon, diciendo que ten- dría sumo placer en continuar prestando los consejos de su esperiencia á perso- nas de su rango. La marquesa agradeció el cumplido , y se sonrió. Rulans por su parte le dirigió alginas miradas significativas, y al despedirse se inclinó ceremoniosa- mente , pidiendo permiso para renovar la visita , permiso que le fue concedido. Así es como el fingido lord tuvo pretesto para volver íi la casa, aprovechán- dose de las ocasiones que se le ofrecieron para hablar á su amada, a quien dio ánimo demostrándole un amor inalterable y comunicándola su intención perso- nal. Juráronse entrambos un amor á toda prueba, y convinieron en unirse á despecho de su madre. Lord Mornay, por lo demás, no dejó de demostrar consideraciones muy par- ticulares á la vieja marquesa , que cada dia le acogia mas amablemente. Para probar de una manera evidente su fortuna, y hacerse aun aceptar mejor, alquiló una casa en frente de la de la marquesa y la hizo amueblar con toda suntuosi- dad , servida por lacayos con soberbia librea. Las cosas marcharon á medida de los deseos del pintor, liste era diestro, astu- to, galante ; la marquesa vieja , coqueta , tonta. Las visitas del opulento inglés fueron cada vez mas frecuentes, llegando á ser el favorito, el comensal de la casa, no tardando él en reparar que la marquesa, creyéndose objeto de sus atenciones, esperaba con impaciencia el instante en que se declarase Trinca- mente nomo aspirante á su mano. Esto era precisamente lo que el artista quena. EL CIRI¡.IA\O. áíJo —Señora mia , le dijo una tarde que estaba solo con ella, no puedo por mas tiempo permanecer indiferente á vuestro lado, y deho confesaros todo el amor impetuoso que abrigo por vos en el fondo de mi corazón. [Jna graciosa sonrisa de la marquesa le dio ánimo para proseguir. —Si he lardado tanto en confesároslo, es porque tengo un carador natu- ralmente inclinadoá los celos. Vos, señora mia, tenéis una hija que se halla ya en edad de casarse , y todos sus pretendientes se me figurarán siempre que vienen aquí por vos. listo me inquieta para el porvenir. Casad á vuestra hija, y entonces nuestra unión no hallará obstáculo. Viviremos libres y felices, y os llevaré á mi palacio de Londres. La marquesa se mostró satisfecha y coordinó en seguida su plan. Dijo al pretendido lord que se daria por muy contenta de vivir con él, y que por lo que miraba á su hija era un obstáculo fácil de allanar, pues que el hijo de un rico mercader, pintor por gusto, Imbiu \;i pedido la mano de Isabel. La marquesa se mostraba dispuesta en aquella IK-ÍWUII á derogar de su orgullo de raza, se- gún dijo, en obsequio del lord. Solo faltaba tomar informes acerca de las cos- tumbres y posición del pintor. Lord Mornay se encargó de tomarlos. Fácil es de comprender que serian brillantes los informes del pintor Hulans to- mados por lord Mornay. Por encargo de éste, la marquesa escribió á Hulans de una manera digna, pero favorable á sus miras. Le dijo que consentía por fin en su enlace con Isabel, pero le impuso la condición de que no se presentaría ante ella, sino después de sev el esposo de su hija, advirtiéndole (jue tenia que resignarse á tomar una esposa sin dote. Mornay fue quien dictó la carta y quien se encargó de enviarla á su destino. No tardó en participarle á Isabel el consentimiento de su madre , y se pusie- ron de acuerdo para quedar en lo que había que hacer. La marquesa por su parte , ciega por lord Mornay, cuyo rango y título le seducían , le instaba á cada momento para que hiciese apresurar el casamiento de su hija, suponiendo que tras de aquel vendría el suyo. Algunos dias después , la marquesa , su hija y el lord se hallaban sentados á la mesa , llegando por fin el momento del desenlace por todos tan ardiente- mente esperado. Isabel pidió á su madre permiso para ir á la vecina iglesia de San Eustaquio en donde, según dijo, se celebraba la boda de una amiga suya. La marquesa estaba enterada de todo por lord Mornay y sabia que esta boda era la de su propia hija. Mornav le dijera que todo habia sido dispuesto por sus cuidados, que aquella tarde debían cnsaiM- los jóvenes, y que Im^o n i; M i ;i ar rojarse á los pies de la marquesa para pedirle su bendición , contentándos l l u - ¿'í') fil- CI1UJ.IAIN0. Jims mn no presentarse á su vista , siguiendo sus instrucciones , liasla despue.s de haberse ennoblecido casándose con Isabel. La marquesa, haciendo como que no sabia nada, consintió en lo que Isabel le pedia, dicíénilola que se hiciese acompañar por su doncella. Isabel si; retiró á su cuarto á vestirse, y á la hora convenida se dirigió á la iglesia. Poco después se retiró lord Mornay protestando á la marquesa que iba tam- bién á la iglesia para presenciar ol enlace de aquellos jóvenes, de quien él se convirtiera en protector, aun cuando no fuese sino porque de su enlace, dijo, de- pendía su propia felicidad. La marquesa estuvo esperando un buen rato al lord que no volvió. Impa- ciente por su ausencia prolongada, mas que por la de su hija, envió á casa del inglés a preguntar por él, pero le contestaron que no habia regresado. En esto, una pareja afortunada recibía la bendición del sacerdote en la igle- sia de San Eustaquio. Aun cuando Isabel de Cyllon no se resolvió sino después de muchas instancias á ejecutar el plan proyectado por su amante, comprendió por lin que este desenlace era el único medio que se presentaba para triunfar de la oposición de su madre á aquella boda. El amor lo vé todo fácil y pasa por to- do. Rulans, á mas, decía con razón que la madre acabaría por ceder á una necesidad inevitable y con el tiempo se allanaría. Una hora después de la boda, la marquesa recibía una carta escrita en estos términos: «Señora: no debéis sorprenderos si estas líneas , escritas por una mano ami- ga, son un reproche dirigido al corazón de una madre. La dureza que liabeis mostrado constantemente con respecto á Isabel y la circunstancia de no haber dado vuestro consentimiento á su enlace .sino por motivos interesados y por puro capricho, todo esto reunido, hace que vuestra hija no se atreva á presentarse á vuestros ojos con el que ya es su esposo ante Hios y los hombres. » Vo os pido que un perdón generoso haga encontrar á vuestra hija en el cora- zón de su madre el tierno amor en lugar de la fria indiferencia que en él ha encon- trado hasta hoy. Dentro pocos días, porque hoy no se atreve aun , se presentará á vos acompañada de su esposo. »Por lo que á mí toca personalmente , debo añadir que una caria importante me llama precipitadamente á Londres donde mi fortuna se encuentra compro- metida á consecuencia de un siniestro que ha anonadado mis títulos de nobleza haciendo (pie desapareciesen entre las llamas. Ya no me queda otra cosa que el árbol genealógico de todos los hijos de Adán, tan vulgar, que os suplico tengáis á bien condenar al olvido al que fue vuestro apasionado Loai) MOHNAÜ.» El CIRUJANO. Fácil es de juzgare! efecto que esta carta cstiana produjo á la marquesa. Por nuestra parte renunciamos á pintarlo. Algunos dias después. los mimos esposos se presentaron iimpiruidiimenlr en su casa. Isabel abrazó las rodillas de MI III;UIIC. y Itulims csiuvo riiux IMIHI pura hacerse perdonar su falla común , haciendo resultar de paso las ventajas que con su boda llevaba á la familia. La madre se dejó enternecer y cedió. No dejó de notar la marquesa la estraordinaria semejanza que habia entre Itulans y lord Mornay. Parecían uno mismo. La sola diferencia estaba en que los ademanes de Rulans eran activos y desembarazados, hallándose todo sií cuerpo en movimiento siempre, mientras que lord Mornay era un hombre grave, de movimientos pausados y académicos. Rulans reia a cada paso, mientras que Mornay no reia jamas. Rulans llevaba el pelo corto, mientras que Mornay No- vaba una larga cabellera doctoral, lo cual le comunicaba un aire de mucha mas odad. A mas, Rulans no tenia aquel acento pronunciado que en Mornay revela- ba al inglés constantemente. La marquesa no pudo menos de preguntar por el lord. —Le conozco desgraciadamente, dijo Rulans, pues que he sido su víctima. Me demostraba mucho carino y amistad en razón á la semejanza que, según pre- tendía, tenia yo con él. El caso es que me hizo saltar una gran suma de dinero, y desapareció la noche de mi casamiento enviándome una carta en que me de- cia que me abandonaba el mueblaje de su casa para reembolsarme en parte de los adelantos que le tenia hechos. Yo os aseguro, señora, que si alguna vez vuel- ve á presentarse en París, se acordará de mí. Jamás se volvió á hablar de lord Mornay. Los nuevos esposos vivieron felices, y su madre, curada de su corjuelismo y de su altanería, contribuyó á la paz domestica de aquel afortunado matrimonio. Rulans trató de representar en un cuadro la escena en que se presentó por vez primera en casa de la marquesa b;ijo el nombre de Mornay, ocasionando su presencia el desmayo de Isabel: pero ennin la \id¡i ociosa y los bienes de fortuna no son propios para el cultivo de las arles, cnnirjíu esta escena y este cuadro á su maestro Van der Neer. liste trasladó la escena al lienzo ron el retrato de los personajes. El cuadro en cuestión, que hoy pertenece al musco de Munich, lleva por ti- tulo El cirujano. TANCREDO EN LA SELVA ENCANTADA. (CUADRO DETIARINI.) Tiarini, autor de este cuadro, se presentó en «I mundo artístico de una manera muy notable , y sobresalió en dibujar y formar grupos armoniosos y bien acabados. Su carácter le inclinó al género fantástico y sentimental, y su completo conocimiento de los recursos del arte le permitió realizar de una ma- nera notable y plástica lo que concebía; y hé aquí porque las hermosas acti- tudes de sus figuras escitarán siempre la admiración de los conocedores. Jamás figuró una situación trágica sin añadir la sublimidad de la poesía , y su objeto final fue constantemente la agradable impresión de lo bello. Por desgracia ni su paleta ni su pincel supieron nunca dar fuerza y encanto al colorido, y sus cuadros han sido muy deteriorados por el tiempo en cuanto respecta al color; pero son preciosos para el grabador, que encuentra tipos correctos y bien mar- cados. En sus mejores tiempos fundó una academia, y en su juventud fue discí- pulo de Fontana y de Cesi, habiendo pasado después á la escuela de Domingo Passignano. Nació en 1557, y murió á la edad de 91 aflos. Su imaginación, in- clinada al género melancólico y fabuloso , le sugirió esta graciosa representación de la escena, en que el Tasso conduce á Tancredo á la selva encantada. Los trabajadores de Godofredo de Bonillon y los cruzados que iban en su custodia , habían ya intentado en vano penetrar en la selva encantada por los sortilegios de Ismeno, cuando Tancredo, lleno de pundonor y pareciéndole em- presa digna de su ánimo acometer loque otros habían intentado ron tan mal TANCREDO EN T.A SELVA ^CANTADA. 239 éxito , sale de la tienda y va á la selva para probar si romperá el encantamen- to. Pero dejemos hablar al mismo poeta, aunque sea trasladando en prosa las hermosas octavas dedicadas íi este objeto. Lanzase Tancredo en medio del incendio en que la selva ardía, mas no le pareció sentir bajo su armadura el calor natural de un fuego intenso; y por otra parte no le fue dable juzgar en un momento si aquellas llamas eran ver- daderas , porque de repente, apenas las hubo tocado cuando aquel simulacro desapareció-, y en su lugar presentóse una densa nube qne traia oscuridad y frió, y también el frió y la oscuridad se desvanecieron en un punto. Quédase Tancredo estupefacto , pero no menos animoso ; y cuando lo ve todo tranquilo, pone con seguridad el pié en aquella profana tierra , y espia todos los lugares secretos de la selva. No encuentra _cosa alguna inusitada ni estraña; ni obstáculo ni es- torbo alguno en los senderos , sino la maleza y la oscuridad del follaje , que impiden tal vez el paso ú ocultan la vista. Al fin descubre un ancho espacio en forma de anfiteatro, en el cual no hay planta alguna, á escepcion de un ciprés , que cual escelsa pirámide se alza or- gulloso en el centro : encamínase allí y nota que en el tronco estaban grabados muchos signos, semejantes á los gcroglílicos que en lo antiguo usó el misterioso Egipto. Y entre esos signos observa algunas voces de la lengua siria que él co- nocia muy bien, y pudo leer las siguientes palabras: « ¡ Ü tú, guerrero audaz, que osaste penetrar en los claustros de la muerte , sino eres tan cruel como va- liente , no turbes este secreto recinto : perdona á las almas de los que ya no ven la luz; ipie no debe el viviente guerreará los finados.» Procuraba el héroe comprender lo que esas enigmáticas palabras significaban, y mientras tanto oia bramar el viento entre las ramas del bosque, y parecióle que de ese ruido salía un sonido semejante al débil susurro de sollozos y suspiros humanos, y era un no sé qué confuso que despierta en el corazón piedad , dolor y espanto. Saca la espada y con gran furia hiere el árbol altanero , y... ¡oh maravilla! la rasgada corteza arroja sangre, y se enrojece la tierra que lo circunda: se horroriza el mozo, y sin embargo repite con nuevo furor el golpe , y resuelve ver el fin de aquel espantable suceso, cuando oye salir, cual si fuera de una tumba, un doloroso gemido, que convertido luego en voz le dijo: « ¡ Ay de mi! Demasiado me ofendiste, Tancredo, detente; tú me lanzaste fuera del cuerpo que por mí y conmigo vivió, y fue para mí un albergue dichoso; ¿por qué destrozas el mi- serable tronco á que me pegó un cruel destino ? ¿ Aun quieres, cruel, ofender á tus enemigos en sus sepulcros? » Si continuáramos la traducción de los hermosos versos del poeta italiano, pasaríamos mas allá do la escena que se propuso representar el artista, la cual es precisamente el m nilu ™ que Tancredo hiere el árbol, y suena cu sus oidos la voz de la mujer á quien tanto liabia amado. ¿í" TAM:IIKDO EIN I.A SELVA ENCANTADA. Lejos de nosotros la pretensión de criticar bajo el aspecto artístico el cuadro que presentamos; pero séano.s lícito decir que el tragc de T^ancredo dista mucho de la propiedad que hubiéramos querido ver en el mismo. La armadura de un cruzado es demasiado conocida para quesea necesario describirla: cualquiera ve que Taneredo no la lleva, y sin embargo Tancredo fue uno de los mas aventa- jados caballeros de la primera cruzada que conquistó la tierra Santa, y que fue capitaneada por (¡odofredo d<¡ Bouillon, duque de Lorena, y se apoderó de Jeru- siilen en julio de 11!)í). El trage de Tancredo es mas griego que otra cosa, y el corto pedazo que se ve del puño de su espada es también griego ó romano, pero de ningún modo propio de la larga espada de un caballero de la edad media. Si el ejemplo de otros grandes pintores puede esnisar este anacronismo de Tiarini, está nmiplWamente. perdonado, pon|in' pec.idos de esta naturaleza los liemos visto en ruadlos de los mejores artistas del inundo. lin una de las mas ricas gale- rías de los Países Bajos, en donde hay tantos y tan escogidos, vimos no ha muchos años un magnífico cuadro en que el troyano Héctor estaba representado con bata de terciopelo y un casquete griego, como el mas elegante de nuestros petimetres, y en el cuadro de Juan Van-dik que se halla en una capilla de la catedral de (iante , y que es p¡ini nuestro gusto el mejor cuadro que hemos visto en el mun- do, con haber visto muchos miles, y entre ellos no pocos del mismo Rafael, se ve al Padre üterno tomando la lección de lectura á la Virgen María que tiene en las manos un libro ricamente encuadernado. Hay en el cuadro otras muellísimas impropiedades tan mayúsculas como esta, y si quisiéramos ahora dar un poco de tormento ¡i nuestra memoria, sin duda se nos ocurrirían otros ejemplos de la mis- ma clase, que haría» mas perdonable la impropiedad de Tiarini. Los pintores de su siglo y aun de otros se contentaban con ser grandes pinto- res, y descuidaban los estudios auxiliares que tanto pueden hermosear y enno- blecer las obras del arte. Y este cargo no solo puede echarse en cara á los pinto- res, sino que también lo merecen algunos poetas, y sino ahí está una comedia, no recordamos ahora si de Calderón ó de Lope de Vega, en donde se dice : Sale Alejandro con escopeta, etc. Esto es hermano de Héctor con bata, y de la Virgen dando lección de lectura en un libro encuadernado. Piclorilms el poetis quüibel audendi semper futí aequa pótenlas. A buen seguro que Horacio no pudo figurarse nunca que ese atrevimiento llegase á tanto. (CUADRO DE TENIEBS. Desde que (Meo , sin mas lazos ni escopetas quo las cuerdas de su lira, logró amansar las fieras y hacer que los mismos tigres depusieran su feroz índole , y corrieran a lamerle los zancajos, quedó hecha para siempre la apología de la rnñsica, y aseguradas la fama y las glorias de esta arte encantadora. Después acá siempre ha habido músicos , é instrumentos que no esperaban sino manos que con deslrcza los tocaran , para despedir sonidos capaces de dispertar todos los aféelos de linearos corazones. Y tampoco esas manos han fallado; de suerte, que desde entonces hemos tenido música , y tocadores de instrumentos , que en la paz y en la guerra , en el hogar doméstico y en la plaza pública , en los templos y en los teatros , de noche y de día , han rivalizado para alegrar a los hombres, y entristecerlos, calmarlos y enfurecerlos, amilanarlos y darles valentía, y hasta atronarles los oídos y fastidiarlos, según se les ha antojado á los tocadores, lejos de mí pasearme ahora por los antiguos siglos y por las naciones que ya no existen, íi íin de demostrar que en lodos ellos y ellas se han conocido la música y los instrumentos , y que por consiguiente se han esperimentado los efectos de esa invención de Orfeo. La sagrada Escritura esta llena de pasajes por los cuales se viene en conocimiento de que el pueblo hebreo sabia música y tocaba instrumentos; y allí mismo encontramos á un mozo que después fue rey, y que antes de serlo ya calmaba con la música las rabietas de otro monarca. Los griegos también en- lendian de música , pues en los juegos olímpicos so daban premios á los buenos cantores y á los buenos tocadores; lo cual prueba que en ese culto y elegante pueblo , la música era tenida por lo menos en tanta estimación como las puña- das , los cestozos , las guantadas, y la destreza en dirigir un carro. Pues no se TOMO I. 31 2Í2 El, MÍSICO DI! ALDEA. habían quedado en zaga los egipcios , en cuyos obeliscos y lápidas lian descu- bierto los orientalistas y anticuarios instrumentos de música de varias clases: entre los cuales sostienen algunos que ligura el crótalo , progenitor legítimo de nuestras castañuelas , aunque menos vocinglero y escandaloso que estas, üe los chinos no puede quedarnos duda que son músicos é instrumentistas, pues en las telas y en la porcelana que de ese país nos vienen , se ven pinturas que acredi- tan lo uno y lo otro , y como esa gente de cien siglos á esta parte hacen lo mis- mo , por fuerza son músicos y tocadores desde tiempos muy remotos. Música conocían y tuvieron locadores los romanos, aunque si hemos de deducir sus ade- lantos en esta materia por la copia del trompetero que precede á la guardia ro- mana en las procesiones de Semana Santa , es preciso confesar que fueron muy chapuceros. l¡n la edad media, los músicos y los instrumentistas llegaron ya ¡i formar una clase , y entre ellos figuran con mucha gloria los tronadores ambulantes, que, con el arpa á las espaldas iban de castillo en castillo, de corte en corte y de boda en boda, alegrando todas las fiestas y desempeñando el cuadruplo cargo de poetas, cantores, compositores y tocadores. No hacen otro tanto los músicos ni los poetas do nuestros tiempos, ni aun los premiados en los Juegos florales. En la edad mediu encontramos también en las iglesias los órganos, verdadero epílogo de lodos los inslrumentos, lo cual nos da pié para creer que todos eran conocidos y que el órgano los recogió todos en una haz , para que dos solas manos pudiesen desempeñar el múltiplo papel de una orquesta. Todo lo indicado hasta ahora , ¿ quién hay que no lo sepa ? Hé aquí porque he dicho (|ii(! no llevaba intención de pasearme por lossiglosyporlas naciones pa- sadas: pues ocioso fuera contar al cabo de la jornada, lo que nadie ignoraba antes de emprenderla. Tras la edad media ha venido la moderna y después la contem- poránea , y en las dos, y particularmente en esta , es en la que juzgo yo que ha habido y hay mas música , mas instrumentos y mas tocadores que en ninguna de las pasadas, y quizas que en todas juntas. Ahora estamos en una época en la cual es muy difícil pasar un dia sin oír música de una tí otra manera, listo na- die lo negará de seguro : como nadie negará tampoco que entre los tocadores de instrumentos , los hay de habilidad muy grande \ los lia\ que tienen mu\ poní; los hay que honran el instrumento , y otros de quienes puede decirse (pie lo des- acreditan : en una palabra, hay en materia de locadora unn esenht (¡ni larga como en materia de cantores, de los cuales escribí un artículo a propósito no hace muchos dias para otra lámina de la colección á que la presente correspon- de. No vayas á figurarte, lector amigo, que ¡ilioni pienso endilgar mi largo escrito para recorrer de grado en grado esa hirga risniln . enrrm de los nmlores lo hice: nada menos que esto, me fatigué subiendo aquella j no esloy de humor de Kl. MÍSICO I>K Al.DKA. 2 ¡ ¡t nuevas subidas. Luego, que aquí la cosa está ya muy concreta , pues el prota- gonista del cuadro es un tocador (le violin , y no sé yo si vendría muy al caso hablar de trompas y flautas, cuando en rigor solo debe tratarse de violines. De estos creo que sin faltar al tema podría decir cuanto quisiera, y esto que hay que decir mucho y bueno, pero no está la Magdalena para tafetanes : no tengo humor de violines , ni aun sabría cómo salir del paso de una manera honrosa. Kl violin tengo para mí que es materia muy delicada de tratarse, poique no pertenece á ninguna clase á puro de pertenecer á todas. No hay ni puede haber "lando orquesta sin violines; no hay orquesta, por mezquina que sea, en que no figuren violines; y cuando en un corro de soldados y criadas se oye cantar, es seguro que ese canto tendrá un violín por acompañamiento. Solo falta que apa- rezcan violines en Marruecos para asegurar que es instrumento cosmopolita, pues en todas las otras regiones del mundo campea ufano desde la mas aristo- crática soirée, hasta la reunión mas humilde. No me atrevo á resolver el dificil problema de si el violin es anterior al violón , ó si este ha resultado del otro; y aun creo que para la gloria del violin es mejor dejarlo en duda, porque si resul- tase que procede del violón no podría blasonar de muy ilustre prosapia. Los to- cadores de violón en tiempos antiguos desatinaban de rontínuo, «le donde lia viv nido decir, toca el violón, de cualquiera persona que hnhlc con pnrnncicrln ó que diga muchos disparates. De manera que yo opino que el tal violón es un indigno hijo del violin , el cual pasa por ser el instrumento que presenta mayor dificul- tad de ser bien tocado, l'or esto sin duda son tan aplaudidos los buenos violinis- tas, y aparecen en épocas indeterminadas, cual un cometa, no anunciando guerra y pestes, sino buenos ratos y buenas entradas en los teatros, lis entre otras una prueba irrecusable de la escelcncia del violin, el que en las orquestas la dirección está siempre á cargo de un tocador del mismo, que sin embargo de que toca poco porque se ocupa en dirigir , violinista es , y siempre violinista, y á él están sujetos todos los demás locadores, y el violinista es reputado como el alma de la orquesta, como el tipo de la ¡ilinación y del compás , y el regulador de los tiempos , de los pianos y de los fortes , pianísinios y tortísimos. Tanta es la importancia del violin, y tan reconocida está por todos los tocadores de instru- mentos. Kl director, colocado en asiento mas alto , en el centro de la orquesta, que cuanto mas numerosa mas conocimientos y habilidad exige su dirección, te- niendo á la derecha todos los demás violines, á la izquierda los instrumentos de aire , y allá á lo lejos en uno y otro lado los atronadores timbales, tambores ¡ bombo, y en último término los violones , sus descendientes ó sus progenitores, empuña con la izquierda su Eslradivarius , ó su Amati, y con la derecha esgri- me el arco , que entonces es instrumento parlante, y á sus movimientos res- ponde la orquesta toda con obediencia ciega: y en aquellos momentos en que está seguro de que su impulso directivo producirá los efectos que se ha propuesto, 2U EL MÚSICO DE AI.FUU. cu los instantes solemnes de un Cortísimo y 'le un tiittí, entonces aplica el arco á las cumias, y sube y baja hasta que considera necesaria alguna otra indica- ción que haga marchar en regla á la masa general de tocadores. Dign. el hombro menos músico si esa no es una posición envidiable , y si el \¡olin Nene ó no im- portancia y justa preminencia. Y como hemos nombrado á un Kslnnliv;triusy un Amati, y podría suceder que para algún lector esos nomines fuesen nuevos, de justicia les debo una esplicacion que será breve. Hubo en el siglo xvi grande afición al violin , y esto produjo constructores de buenos violines ; entre ellos figuraron llaldeuf, (¡osmith , Hstaznik y otros, pero í'i todos sobrepujó en Alemania el maestro listradivarius, cuyos violines, no dirá precisamente que tocaran por sí mismos, pero sí que dejaban airosos á todos los tocadores. Cincuenta afios mas tarde aparecieron en Italia Carnosos cons- tructores de violines, y omitiendo los nombres de muchos pudríamos citar, ]< basta, que nombremos á Amati, que Cué el mas riisliii^iiiiln de lodos ellos. Desde entonces, tomando la obra por el autor , dicen los músicos un li.sti adivarius, un Amati, para indicar un violin construido por esos grandes maestros. Uno de esos violines os una alhaja que se compra á muy alto precio , y que raros violinistas llegan á poseer, ya porque se encuentran pocos, ya porque en general los lucros de un violinista , aunque sea director de orquesta, no bastan para hacer el de- sembolso necesario a lin de adquirir uno de esos instrumentos. Casi todos están en manos de grandes concertistas ó de lores ingleses, no porque esos lores sean violinistas, sino porque gustan de tener cosas raras y costosas, aunque no hagan de ellas otro uso que privar de su posesión al que conoce mejor su mérito , ó que sacaría de ellas mas parlido que tenerlas prisioneras en un rico armario de made- ra de la India. Terminada I;i esplicacion que exigían los ilustres nombres de Amati y Estradivarius, prosigamos lo que íbamos diciendo antes de ese estravío. Para satisCacer el amor propio creo que la mejor situación de un violinista es dirigir una orquesta , y el amor propio quedará tanto mas colmado cuanto mas numerosa sea la orquesta y mas entendidos los proCesores que la componen. Com- parables son con esos directores, aunque en mi concepto están un escalón mas bajo los concertistas, que paseando todo el mundo de ciudad en ciudad, tocando delante de los reyes y ante las mas brillantes cortes, granjean muchos marave- dises , y son los que llegan á poseer esos carísimos violines que tanto auxilian al tocador. Los concertistas en rigor no son lo que se llama un suonalore , un toca- dor de instrumento , sino un ser anfibio entre músico y actor, porque el concer- tista no figura en la orquesta sino en las tablas, en donde puesto en pié cerca de las candilejas. empuñando el violin y meneando el arco, toca composiciones de este ó del otro maestro , variaciones sobre un tema , y algún capricho ó fantasía que pasa por composición propia; mas todo esto lo toca acompañándole la orques- ta , viniendo con esto á parecer un cantor, y quedando sea como fuere subordi- El, MÚSICO I)R U.DEA. 2ÍI) nado al director, pues si este no dirigiera bien , la orquesta se iria por un lado y el concertista por otro, viniendo á terminar la cosa con un plumazo que no dejaría de fastidiar al concertista. De manera que aun los Olc-Bull y los Paganini, al decir de los inteligente grandes violinistas y concertistas , estaban subordi- nados á los directores de orquesta, con lo cual se viene á demostrar claramente, que el supremo escalón de la escala música de derecho está ocupado por el violi- nista director de una orquesta. La omega de esa alfa , esto es , el pié de esa escala , cuya cúspide ocupa el director de orquesta , es el violinista de la legua , el pobre tocador de violin que va de aldea en aldea , tocando en tabernas y ligones, acompañando acaso el canto (le algún carretero ó fregona en posada pública , y atenido á obedecer las órdenes de los presentes que le mandan tocar esto ó lo de mas allá , para recom- pensar á la postre su trabajo y su saber con una ó dos piezas de calderilla. A es- la humildísima clase norlrncré el prolagoninista de esta lámina , que si bien está colocado muy alto , el pedestal donde sienla los pies es una cuba , para que no dudemos que está tocando en una bodega ó taberna. Su rostro es macilento, y á no equivocarme toca de mala gana, íi lo menos puede asegurarse que su manera de, tocar no arguye grande genio ni maldito el entusiasmo , bien que regularmente no lo necesitará tampoco la pieza que desempeña , la cual á lo sumo no pasará de contradanza. La reunión es decente , aunque bodegonana , y en verdad que sentimos no poder decir lo mismo do la actitud de todos los personajes que la com- ponen . El cuadro es magnífico, y la figura del amo de la casa que en pié cerca del tocador y con las manos cruzadas encima de los riñónos parece oslar oyendo ron suma atención las armonías del tocador , es muy mucho interesante. Los dos per- sonajes que bailan son del mismo género que los olios dos que vimos en la lámi- na de ¡M Imla de una aldea, y todo el cuadro es de aquel mismo género y gusto, como obras de un autor mismo. Autor que por cierto es famoso en esta clase de cuadros, y para los cuales no hay (luda que tenia un gusto y una habilidad muy notables. En este mismo hay rostros de una verdad y una expresión admirables, y en segundo termino ese grupo , en que hay mucho que ver y muchísimos por- menores que merecen ser minuciosamente observados. JUIIII fueran siisle» lados por algunos cier- tos principios erróneos aunque deslumbradores ^ que son r\ iilonlemente otras tan- tas paradojas del orden estético. No falta en nuestros tiempos una escuela — que podríamos llamar materialista si esta palabra no tuviera hoy por hoy mas baja acepción déla que en nuestro caso le atribuimos — que cansada de oir preconi- zar y repetir lo mucho que en la esfera del arte han influido ciertos acontecimien- tos políticos y ciertas trasformaciones históricas, dulcificando la naturaleza suje- tiva del hombre, abriendo á su espíritu nuevos horizontes, levantándole de la postración intelectual é introduciendo relaciones mas suaves é íntimas entre las familias y los pueblos, mantuvo por boca de Goethe que en arle la ejecución lo era siempre todo , sin que la idea inspiradora , el objeto que preside á una crea- ción artislira sea parle á añadir el mas ínfimo quilate de íalor al mérito é impor- tancia extrínsecos de la concepción; ó en otros términos, que la destreza . la habi- lidad , el afiligranamiento en los detalles , suplen por sí solos la ausencia de senti- miento, de sentido moral ó de miras elevadas y trascendentes en el lenenodel arle. Por nuestra parte comprenderíamos perfectamente esta doctrina ya que fuese la belleza una cualidad de todo punto existente fuera de nosotros, con formas "y ca- racteres fijóse inmutables, ó nada se hubiese adelantado hasta nuestros días en LA OKIIKNI1\. tM el estudio de la manera como influye la belleza sobre el hombre. Pero cuando los mas profundos pensadores , así alemanes como de la escuela de Edimburgo (1), hacen gala do profesar v acoplan pn su mayor parlo, una luminosa teoría sobre el modo con i|iir se produce en nnoslr;i almn el sentimiento de lo liello , leoría se- gún la cual las impresiones que osperimenlanioson la cooleniplacion de la belle- za no son producto de ninguna calidad intrínseca ni física de los objetos , sino del recuerdo ó concepción de otros que se asocian en nuestra imaginación con los pre- sentes evocando gratas emociones ó despertando los dormidos gérmenes de amor, veneración , piedad y demás que Dios depositó en el fondo del corazón humano, no comprendemos que pueda sostenerse con mediano éxito la paradoja que liemos apuntado. Demás de que , nadie ignora la clasificación tan generalmente admi- tida entre las artes por razón de su objeto linal en Nobles artes , ó ellas cuando se proponen digniíicar al hombre y rendir á la sociedad un benelicio moral; bellas artes en sentido estricto , ó el arte mismo cuando solo quiere agradar en el con- cepto menos bastardo de la expresión , y whpluuria ó el arte ya en su mayor grado de envilecimiento prestándose á las refinaciones sibaríticas del lujo y hacién- dose esclavo del placer sensual. Con efecto : trasladada la belleza al terreno su- jetivo y admitiendo que eljuicio estético del hombre se apoya siempre en una aso- ciación moral de ideas , lo que es meramente agradable queda ya perfectamente deslindado de todo lo bello y se establece cierta solidaridad inquebrantable entre la belleza, la verdad y la virtud. Enhorabuena , diremos nosotros refutando la proposición de Goethe , que to- do lo humano , como no estrano a nuestra naturaleza , pueda revestir una forma hasta cierto punto artística y que la realidad objetiva de las concepciones del ge- nio conmueva nuestras fibras y nos cause honda impresión ; pero aun así, ¿quién habrá que suponga que en nuestra alma todos los asuntos que revisten una es- presion artística , los mismos sentimientos morales , obran de idéntica manera y que el corazón humano siente con usual iiilcnsiilail la acción de cada i le ellos? Asimismo , quién habrá que desemmzo;i h\* ¡rilliioneiiis olimjjriilioüs , momios , ci- viles , históricas, políticas y sociales que delcrminaii nuestra educación arlislica y nuestra aptitud en un tiempo dado para apreciar y ceder al influjo de algunos de los mismos sentimientos? — De todo estose desprenden , pues , naturalmente • dos consecuencias : primera , que en los juicios estéticos entra por mucho el ele- mento personal , según la susceptibilidad orgánica y moral del individuo para hacerse accesible á cierto orden de ¡deas y de sentimientos; y segunda , que con relación al artista , aparte del mérito plástico de ejecución , hay también un mé- rito no menos recomendable en dar á las concepciones sentido moral, en saber descubrir las armonías-y consonancias que mantiene el arte con el espíritu hu- mano , los'scntimientos que eficacísimamento obran sobre el individuo y que mas *•" LA OKKEWIA. susceptibles son de espresion artística, y finalmente el orden de ideas que, con prescindimienlo absoluto de las influencias de lugar y tiempo, alimentan siempre regaladamente el ánimo y le dan en todos tiempos elevación y digni- dad. Ahora bien ; á la luz de este criterio, ¿quien será que estime de igual im- portancia producciones heterogéneas, y compare las vaporosas y místicas obras de Murillo con las entretenidas y primorosas láminas de la escuela flamenca , los fantaseos bucólicos de Virgilio con la divina comedia de Dante, y los palacios de Florencia con el Vaticano ó el monasterio del Escorial ?—Entre unas y otras con- cepciones , siquiera raye muy alto en todas la perfección puramente artística, la dulzura de ciertos versos de Virgilio desaparece evidentemente ante la grandiosi- dad de la epopeya de Dante, como la habilidad de los artífices flamencos ante la espiritualidad y elevación de Murillo, y la elegancia inimitable de ciertas construc- ciones civiles de Italia ante la magestad incomparable del Escorial ó del Vatica- no, lis decir , que siendo todas las obras artísticas fruto legítimo de un levantado impulso y seguro manantial de ruiciones y complacencias, no todas las obras do arte tienen igual importancia y trascendencia, sino que las hijas del genio, cuando á la elaboración delicada y paciente allegan la existencia de verdadero sentido moral, cobran nuevos quilates de merecimiento y valen casi tanto como una acción virtuosa, si se nos permite esta elegante espresion de la baronesa de Stael. lié aquí cuan destituida de fundamento estimamos la singular teoría á que ha prestado el ilustre Goethe todo el tributo de su autoridad y de su talento , si- quiera la hallemos lógica y congruente en el gran poeta alemán cuya educación y espíritu hasta cierto punto paganos llamaron mas de una vez , y con justicia, la atención dtí la crítica moderna. Sentado , pues, que para nosotros la alteza del sentimiento que inspira las obras artísticas afíade siempre condiciones de ventaja al mérito real y positivo de la ejecución , se comprende perfectamente que hemos de ver con particular frui- ción como campea lozanamente el genio del artista en los asuntos religiosos, ele- vados y trascendentales de suyo , que tan hondamente conmueven las fibras del corazón y tienden a enaltecer y regenerar nuestra delt'zniible j pecaminosa natu- raleza. Bajo este supuesto vamos ahora íi formular unas breves consideraciones sobre el asunto deja obra de Maos que sirve de epígrafe, al presente trabajo. Personas que desconocen las levantadas miras de la Providencia y que por lo tanto maldicen de ellas, al sentirse heridos por la dura maní) del infortunio, blasfeman del Ser Supremo hasta acusarle de injusto. Criados pam la felicidad, dicen , unos saliorean anchamente sus encantos, y otros gimen azulados por la U OFRENDA. 2ífl tribulación y la desdicha. Ileverenciamos á Dios, ponderamos diariamente las in- linitas mercales que do su mano pródiga recibimos , y desde las apacibles re- giones meridionales hasta las abrasadas llanuras del trópico, desde las sábanas del desierto á las regiones boreales , desde el Clan de Escocia á la ranchería de Argelia, desde las mansas ondas del Tíber á las arremolinadas corrientes del Océano , del Ithin al Orinoco, un plañidero clamor puebla los aires, y el sufri- miento arranca melancólicas y sentidas vibraciones do la lira de los poetas. VA an- sia hidrópica de placeres, la ambición , la codicia, el mal querer y la falsía de los hombres anublan los mas puros goces de la vida: el deseo emponzofla las límpidas corrientes de nueslni juventud : á la virilidad la asedia el hastío de las naderías y decepeiimes mumlimas \ el remordimiento estiende siempre sus negras alascabe el lecho del moriliiindo. Títulos de gloria y laureles inmarcesibles, rui- dosos merecimientos y pindárieas victorias, no son parte á llenar el pobre corazón humano: hablarnos de felicidad, de bondades y de reconocimiento, y vivimos de- vorados por una liebre importuna, y la ruga del pesar sitlca en edad prematura nuestras fíenles. Asi liablan los impíos escritores á quienes nos referimos. Pero, ¿es esto posible? Donde la armonía preside á todo lo creado, donde todas las casas é intereses hacen juego y realizan la unidad mas perfecta, ¿el dolor será una fuer- za repulsiva, discordante, un elenientoestrafío, una pieza dislocada en la tabla armónica do la creación?—Reflexionemos. Kl alma humana rechaza constante- mente el vacío: cuando logra desasirse de creencias efímeras y confianzas pere- cederas, se abre á ciertas influencias mas poderosas, se apacienta de pensamien- tos levantados, convierte sus ojos á Dios, y se halla en el caso de aquilatar mas acertada y perspicuamente la sabiduría del Hacedor supremo. Kn cambio, el opio enervante del placer trae de callada el adormecimiento de los sentidos, embarga nuestras facultades , y el alma humana , incapaz de remontarse áetéreas regio- nes desde el limo de la tierra, so atiene ceñidamente á lo material y deleznable, y acaba por desconocer al mismo Dios. Kl dolor, pues , que no es otra cosa que el desvanecimiento de esperanzas mal cimentadas y de ilusiones primerizas, nos regenera lentamente, nos eleva a lo alto, nos traza seguros derroteros en el océano de la vida, y nos anuncia otra felicidad menos fastuosa y brillante, aunque mas pacífica y duradera. l*or donde bien podemos aseverar que el dolor es eminentemente moral, que contribuye á hacer efectivas las inescrutables miras del Omniponte, y dilata su conocimiento por la sobrehaz de la tierra. ¿Y podía dejar de ser asi, exclama Donoso , cuando el pesar es el compañero in- separable de la vida en este valle oscuro lleno de nuestros sollozos, ensordecido con nuestros lamentos, humedecido con nuestras lágrimas? Por esto la religión cristiana, que como ninguna traduce y penetra los mis- terios del corazón humano, santifica el dolor y tiene eficaces lenitivos para nuestras penalidades é infortunios, lil fatalismo de la antigüedad , pesando como TOMO Í. 32 una losa de plomo sobre las inteligencias y ahogando las legítimas espansiones del espíritu, era poco favorable al elemento afectivo de la naturaleza humana, manteníala aherrojada incesantemente en un estrecho círculo, contrariaba sus instintos y cerrábale todas las avenidas del perfeccionamiento y de la civiliza- ción. Comprueban plenamente esta verdad , entre otros datos, la subalterniza- cion de la, personalidad humana, la condición social de la mujer y las relaciones que se establecían entre Dios y los hombres por medio del culto externo. La ini- ciativa individual, el arbitrio humano, desaparecía ante el poder incontrastable de Júpiter , que con el mas leve movimiento , cunda supercilio moveus, á su placer agitaba y revolvia la tierra: la mujer solo ostentando recio temple y fir- meza varonil, ora se llamase Porcia , ora Lucrecia , podía llegar algún dia á conciliarse el respeto de todos, y á rasgar el sambenito de inconsideración en que su sexo la envolvía; y del mismo modo, los sacrificios que el hombre tributa a lo alto , eran en la antigüedad vergonzosos y repugnantes , como que no solo en las edades míticas y fabulosas, sino en épocas históricas, hallamos repetidamente que para aplacar la cólera de los númenes celestes, se inmolaban víctimas propiciatorias, se hacia pública ostentación de crueldad , y se enroje- cía de sangre el ara de los dioses. Pero por fortuna, disípanse, aunque lenta- mente, las sombras de la barbarie, marcha la civilización, y la reforma provo- cada por el cristianismo borra hasta las huellas de época tan ignominiosa para el espíritu, y de recordación tan trislc pura la dignidad hiiiimnii: el individuo por ventura es reintegrado en las condiciones de su germina personalidad , h mujer quebranta los lazos de un avasallamiento ominoso y degradante, y el culto religioso, depurado de sangrientas y bárbaras reminiscencias, destácase por su sencillez y espiritualidad , responde cumplidamente á las exigencias del corazón del hombre, mueve nuestra alma k generosas y levantadas aspiraciones y enlaza con doradas cadenas el cielo y la tierra. ¡Religión sacrosanta! tú atien- des solícita al necesitado que te invoca sin cesar para que restituyas la calma á su angustiado seno ; tú alientas á los tibios y enfervorizas al vacilante; tú san- tificas el trabajo y las virtudes domésticas; tú repartes con mano pródiga dones y larguezas; tú amparas al justo contra las asechanzas del astuto y seras el pa- ladión de los pueblos en el porvenir. Nuestros padres, combatidos por corrientes opuestas, sintieron un dia los vértigos del escepticismo: con el rebosamiento yerecida de ideas que promueven siempre las reacciones, tal vez espemnentunin un rsln'iiiecimii'iilo de lemorpor la suerte futura del catolicismo, \ abrieron su corazón á esperan/iis impías, llegando á aceptar como cosa dudosa la posibilidad de armonizarse el genio de la religión cristiana con la perfectibilidad gradual y sucesiva de los pueblos. Nues- tra generación mas avisada, sin embargo, vuelve hoy en mejor acuerdo: de cada dia la idea religiosa ahonda, su miz en losespíriltis, y la ciencia moderna, curada U OFltKINDA. de desvariados propósitos racionalistas y añejas preocupaciones, tiende á conciliar la fé con la razón y á restituir su perdido resorte al gran elemento civilizador de las sociedades. De forma que, haciendo ligeras variantes en cierta frase célebre de Knriquc Heine , bien podemos hoy decir, con el ánimo henchido de con ten ta- mii'itlii y ulanía, que el principio cristiano prevalecerá en lo porvenir, y «la Ca- ledral de Colonia será írrminada.» Pero sin querer nos liemos ido desviando del primitivo propósito , y hora es ya de encaminar el rumbo de nuestra peñóla al importantísimo íisunto cuya ilus- tración se nos ha encomendado. III. Las ofrendas ú oblaciones que rendimos al Omnipotente en acción de gracias por las reiteradas mercedes que nos dispensa, como también los présenles y tablas votivas que al cielo dedicamos cuando ruedan los tiempos desapacibles y borrascosos, constituyen una de las usanzas mas especialmente características del catolicismo y que llenan el alma de satisfacción y consuelo. Y al decir esto no pretendemos, ni mucho menos, fijar el origen cronológico de tales oblaciones en la venida del Redentor del mundo, ni vincular la costumbre en los pueblos que han saludado el lábaro divino : que tal proposición seria abiertamente contraria alas enseñanzas de la historia ya que los romanos desde muy antiguo las ejercían y también el pueblo judío solia con alguna frecuencia practicarlas: aparte de que los eruditos arqueólogos y viajeros modernos , que andan siempre á caza de in- vestigaciones recónditas, han descubierto reminiscencias de tal costumbre en casi toda la redondez de la tierra. Ni cede tampoco en el menor desprestigio de nues- tras creencias que fuera de ellas existan ciertas costumbres que el cristianismo ha acogido y regularizado á su vez ; antes bien para el hombre pensador es este un testimonio importante de la consonancia y armonía que ellas guardan con la na- turaleza humana y las hondas raíces que lienen constantemente en la pública conciencia. Kn los pueblos paganos donde el hombre aparece siempre sojuzgado por una fuerza incontrastable y el arbitrio racional no existe, las relaciones del hombre con Dios , como hijas del temor y cimentadas en una grosera dependen- cia , carecen de la poesía y consoladora eficacia de las cristianas que , no fundán- dose en una medrosa susceptibilidad , crean lazos de unión é intima confianza entre Dios \ la malura convirtiendo al primero en paño de lágrimas del infor- tunio \ ángel custodio de la vida, lié aquí, pues, porque, sin ignorar nosotros las tradicionales costumbres de los pueblos de la antigüedad , no hemos vacilado en señalar el rendimiento de oblaciones ú ofrendas á la divinidad como otro de los rasgos característicos de la iglesia católica: hé aquí poique, familiarizados con los datos que sobre el mismo punió nos suministran anticuarios y turistas, busca- 252 I,\ OFRENDA. mos, á pesar de todo, en nuestra religión el verdadero carácter de. esas regala- das espansiones que hinchen el ¡mimo de sanidad y dulcedumbre, ¿Ojié es ver á la pobre madre devorando prematuramente Jas angustias de la viudez , al huér- fano sin amparo ni defensa acá en la tierra, al varón indolente encanecido en saturnales y placeres, al que fue criminal y siente clavado en su [>echo el agui- jón del remordimiento , dirigir sus pasos hacia el fondo del santuario donde al ronco clamor del bronce herido rinden al cielo flores y frutos en prenda de sumi- sión y acatamiento? ¿Qué es ver al curtido y membrudo marinero que cruzó ani- moso el Océano y arrostró contrariedades sin término, á Ja tierna espo.sa á cuyos brazos llega de luengas tierras el marido codicioso, á la solícita y fervorosa ma- dre cuyos peijueñuelos presado una enfermedad horrible entrevieron un dia los umbrales del sepulcro , al padre que combatido por las-iras de la adversidad se ha visto mas de una vez en el duro trance de negar á sus hijos el pan que le pe- dían , volar, no bien ha pasado la hora del peligro, á orar devotamente ó hin- carsede hinojos ante la enguirnaldada imagen de la Virgen, á ofrecer un (¡rio en sus altares ó á colgar de ellos el rústico aunque significativo e\-volo que pregono la grandeza de Dios y la gratitud de las almas ardientes y bien nacidas? ¿Ojié os ver á los reyes y potentados de la tierra andar en religiosa romería á pun los apar- tados sufriendo contrariedades y mortificaciones para tributar un justo homenaje á la reina de los ángeles y deponer una respetuosa ofrenda en sus altares ? ¡ Institución sublime la que [¡ene para cada dolor escondidos manantiales de consuelo y salud para los enfeimosde corazón, auras refrigerantes para el alma lacerada y alientos para el flaco y desabastecido ! Si ganosos de felicidad' busca- mos en la tierra el modo de realizar una completa armonía entre la-s facultades de nuestro espíritu , la religión nos abre sus brazos y compensará con usura nuestros esfuerzos. Si mellado el corazón por los recios embates del dolor y perdida la con- fianza que nos conducía á mejores desfinos tratamos de cauteriza!' nuestras heridas coloquémonos á la sombra de este árbol de diez y nueve siglos plantado por J. C , y al amparo de su santa doctrina rebrotarán las ilusiones y reverdecerán las mas dulces esperanzas. Si por acaso turba nuestros sueños la imagen de N pasado som- M brío ó el deseo inquietador de legar á nuestros hijos un preciosísimo linvilamienlo que les ponga ácubíerto de los tiros de la suerte, inlillivmns en su ánimo el espírilu del Evangelio, yserán inaccesibles en su tribulación 6 los amagos del escepticismo y del desaliento. Si empujados por un noble desoo ansiamos de todas veras <|uc la libertad se difunda en la tierra y esconda el despotismo su faz innoble y vergonzosa, sigamos el .sendero (pie nos traza la religión, espárzase por donde quiera la simien- te de aquella santa doctrina, y—no hay que dudarlo—nuestra libertad será com- pleta. Si dolida el alma y quebrantada nuestra constancia ñas sentimos cansados en medio de la carrera de la vida anhelando por elremozamientode nuestro espí- ritu y lapurilicacion de la conciencia, el ángel de la fe nos abre sus brazos desde el ¡A OFIÍEMtA. 2ÍÜÍ frontispicio del templo para que convirtamos hacia él turtos nuestros pasos, y á su sombra germinará nuestra esperanza y veránse cumplidos nuestros deseos. Si: hay algo en el cristianismo que llena de dulzura el espíritu y .satisface colmada- mente el corazón humano ; y pues los rudos pesares y angustias de esta vida de miserias azotan sin piedad nuestro corazón desfallecido, abracémonos del madero sacrosanto: invoquemos a la religión que nunca cierra sus oídos á nuestras fer- vorosas plegarias, bien así como tampoco los cierra la tierna madre á las reite- railas exigencias de sus hijos. Ahora bien; este sentimiento de gratitud que al cielo nos enlaza, ¡ cuan susceptible debe ser de elevada espresion artística! Nada mas digno quo ól cipriamente en oí terreno del arte (1) , siendo tanta su gran- deza y sublimidad que difícilmente pudría hallarse un asunto mas .simpático ni accesible á nueslros curazune-s que trasladar al lienzo, bajo cualquiera desús formas, la espansion de gratitud y piedad que nos mueve á tributar á Dios el homenaje de nuestro reconocimiento. Averiguar ahora si Maes acortó á sacar loilu el partido que tan espiritual y nolile asunto le ofrecía, cuáles sean I;IN bellezas dd niailrn, si la forma elegida es la mas elevada y digna , si la ejeeucíuii corresponde á la idea y si algún defecto del grabado debe atribuirse ó no al original, ni es de nuestra competencia, ni ha entrado remotamente en nuestros planes al poner mano á estas reflexiones. Por nuestra parte solo nos toca recomendar á los artistas que huyan siempre de bas- tardear y prostituir sus buenas dotes poniéndolas al servicio de innobles y mez- quinas pasiones: que, aparte de la religión , hay en todos los pueblos un arca santa de tradiciones y recuerdos, de nobles sentimientos y elevadas ideas , una común diadema de glorias y de infortunios, un rico abolengo de acciones heroicas y de grandes caracteres. Unos y otras reclaman hace tiempo el pincel de nuevos Ticianos y nuevos Muriflos. Hoy por hoy, en que han tramontado el Pirineo las doctrinas lilosófico- panteísticas de Alemania y se pregonan á campana tañida sus escelencias , hay quien cree que el arte está destinado á ser el propagandista de las nuevas ideas y á empujar las generaciones futuras hacia su realización : no de utra numera que si fuese posible ingerta!1 el fírmenlo loiituuieuon el lioneu de ¡a nacionalidad es- pañola y como si el arte pudiera (lar diasde gloria cuando solo se Innpla é inspira en las heladoras y abstrusas elucubraciones del filosofismo y vive divorciado del sentimiento popular. Utilitaristas del arte los parciales de tal doctrina sustentan que la belleza debe quedar subunfinnrfii á la nueva ciencia , ; recusan las con- cepciones de la eseuelii niklini-piirisla pin yerhs ó iinerosíiiiíles en nuestra, épo- ca, siquiera reunan dotes de subido quilate \ Icvanlen un ero en la pública con- ciencia de estimación y de simpatía. Pues bien : nosotros que estimamos siempre 2ÍH LA OFRENDA. el ¡uto por el arte sin ver en el mismo un vulgar recurso de secta ó un mero ins- trumento de propaganda , recordamos aquí á los artistas espadilles aquellas bellí- simas palabras que Fernán Caballero dirigía á los poetas: — c Si queréis ser « grandes, aprended menos en las aulas y algu mas del pueblo que sencillamente cree y siente ! >» l o . * Leopoldo f e a (CUADRO DE GERARDO DOW., I. A esto cuadro va unida toda una historia. Y como esla historia encierra una preciosa lección , no resisto al deseo de contárosla. Lo único que siento es que la historia lo sea de amores: yo no soy aficionado á tocar estos asuntos. Hay sentimientos que pierden mucho man oseándose. Pero yo no escojo el argumento, porque , ya os lo he dicho , lo que1voy á relataros es una historia. La protagonista es esa bella dama que en el cuadro se está contemplando al espejo, Ínterin uiiii donosa camarera realza con el tocado la hermosura de su dueña. Kn esa pintura todo es copia fidelísima del original; en prueba de ello voy á citar el nombre de la dama: se llama, ó mejor, se llamaba Ana Blount. Ana Mount era de una estatura regular, de tez blanca, cabello rubio, y ojos azules , tres circunstancias que en todos los países constituyen una mujer de re- gular belleza , y que en Alemania forman el tipo de la mujer perfecta. Tenia además otra circunstancia: era viuda, y una recomendación, era rica. Su difunto marido , que en su vida liabia cometido otra torpeza que la de rasarse treinta afios demasiado tarde , la liabia dejado única heredera de sus vas- tos dominios y numerosos vasallos, y Ana había establecido su domicilio á algu- nas leguas ile Leída, no muy distante de aquel punto en que el Khin se pierde entre las arenas del mar del Norte. 2. ! ¡ti UNA DAMA E \ SU TOCADOR. La joven viuda se encontraba en una de aquellas situaciones envidiables y envidiadas realmente por muchos : el único pariente que la acompañaba en la quinta era un tio de Ana , hombre bonachón a lo sumo, para quien la suprema dicha del presente consistía en una jarra de cerveza y una pipa bien repleta de tabaco, y su ambición para el porvenir se cifraba en ver casada á su sobrina con el respetable Cornelio Slonthorst, galán que por desgracia no tenia que agrade- cer muchos favores de Ana. Y no era ciertamente Cornelio mozo despreciable: á una figura bastante notable reunía un criterio muy sólido ; tenia alguna inteli- gencia en bellas artes , y se hnlii.i IMIÍIIH con muy buen éxito contra las tropas de Mauricio y Federico Enrique de .\¡iss¡ni, lo cual no fue un obstáculo pañi que deplorase la paz de 164"?, sin lo cual se hubiera liatido ciertamente con los neer- landeses contra los españoles. listo que , a primera vista , parece una contradicción de principios, vulgar- mente llamada traición , no lo era si se atiende á que Cornelio era de sangre es- piiüiila por su madre, y neerlandesa por su padre. Fruto de un matrimonio clandestino, por causa de la enemistad que reinaba entre ambos pueblos, apenas nacido emigró de Holanda con su madre , y educado en un convento de Toledo adquirió un»austeridad de principios, una especie de rudeza de carácter , que IIIÍII mlcipn'l;nl;i por Ana Itlounl dio lugar á que Cornelio suspirara con la ar- dencia de un españolj ¡il mismo tiempo aguardase el término de los desaires con la impasible calma de un holandés. Ana tc:iia motivos bastante poderosos para no pasar á segundas nupcias. En primer lugar, su primer matrimonio habia sido poco feliz, y yo no iludo que en Alemania haya algún refrán queásu manera venga á decir: gato escal- dado huye hasta del agua fria. En segundo lugar tenia la cabeza un poco ligera y gustaba poco del conti- nente grave y del temperamento filosófico de su amante. Kn nuestros tiempos quizás la hubiéramos tachado de cierta propensión á lo novelesco , gusto de bas- tante mal género y muy peligroso para las mujeres. !)e este retraimiento porCornelio Slonthorst que Ana no escondía por cierto. nacieron frecuentes altercados entre tio y sobrina. — Cornelio es buen mozo, decia el buen holandés. —Tanto equivaldría lo contrario, puesto que no es de mi gusto. — Es sabio —Yo no trato de aprender. — Es valiente — Yo no quiero que mi marido me cause miedo. — lis —Es vuestro protegido , y por esta razón osle presentáis adornado de todas las perfecciones humanas. Macedle marido , y os le encontrareis convertido en otro hombre. UNA DAMA KN SL TOCADOH. ' ¿5™ El altercado continuaba bajo este pié , y á menudo era interrumpido por la presencia del mismo pretendiente, i¡ue con una constancia á prueba de desdenes, acudía todas las tardes a presentar sus respetos en los propios términos y á una misma hora. Una circunstancia rara , un encuentro inesperado , vino á alejar el cumpli- miento de los deseos del tio de Ana , poniendo á ruda prueba el amor de ilov- nelio. (Aquí me apercibo de que el nombre del amante no es muy agradable que digamos; pero cercenar el nombre verídico de un personaje histórico por la sola razón de llamarse Cornelio , equivaldría á cambiar el parecido de un retrato por el mero hecho de ser feo el original.) Volvamos á Ana Blount. Paseaba cierta mañana por las orillas del ltliin, contemplando con un interesa medias ¡i los pobres pescadores que ordenaban las redes, los remos , el velamen , y los demás aparejos de navegación y pesca. Pe- sadas nubes oscurecían el cielo , un viento calmoso impedia la dilatación de los pulmones, la arena abrasaba los pies, y el estado de la naturaleza ejercía una influencia sobre Ana, como pudiera uno de esos narcóticos que adormeciendo nuestras fuerzas nos prepara la imaginación á toda clase de sueños y delirios. T e repente detuvo Ana el paso, y contempló una escena, que no por lo > sencilla dejó de producirle un grande efecto. Un joven de buen aspecto, vestido con un balandrán encarnado y cubierta la cabeza con un birrete adornado con una pluma de gallo negro , se ocupaba en trazar con la mano derecha el boceto de un pescador rapazuelo ; y mientras, apoyaba la mano izquierda en el pomo de una espada hundida una buena parte en la arena. Aquella actitud chocó a la linda viuda, como la linda viuda chocó sin duda al dibujante, pues ambos á dos cruzaron una mirada , aunque por de pronto Ana continuó observando pasivamente y el pintor prosiguió su trabajo sin dar muestras de distracción. Empero un instante después púsose en pié el joven , ciñó su espada , recogió su composición , arrojó una moneda á su improvisado modelo , y se acercó á Ana sonriendo con picaresca significación y saludando con fina galantería. — Señora, ¿os dignáis aceptar este incorrecto croquis de un pintor ambi- cioso de una sonrisa escapada de unos labios de coral, ávido de la mirada que lanzan unos ojos de fuego como los vuestros? Poco digno de vos es el presente, y mas si consideráis que el atlético bellaco que me ha servido de modelo para dibujar á Adonis , no es muy á propósito para inspirar «i un artista ó interesar á una dama: sin duda por esto, la herniosa Venus prescinde del mancebo, y su atención se lija con mas interés en el paisaje que la rodea. VA joven pintor designaba al propio tiempo un hermoso boceto de hi diosa del amor, colocada en segundo término, y en cuyas facciones se vio retratada TOMO i. ííü 2íÍN |J,\4 DAMA VA SL TOrMíiOU. la linda viuda. 1-scusóse esta como pudo para no aceptar aquel presente tan im- pensadamente dedicado á su persona ; pero el artista, que sin duda no era coito de genio, la arrebató su pañuelo, envolvió con él su croquis, y devolviéndole á Ana, dijo: —Fuerza es que vos aceptéis mi dibujo, ó que yo me quede con vuestro pa- íí nelo. La bella dama rescató su premia ruborizándose ligeramente, y contestó : — Gracias mil por vuestra fineza, que me obliga á escoger un medio para recompensarla. — Ks muy fácil: pagareis con esceso el retrato si me permitís contemplar un momento el original. Sin poderse esplicar la causa , sentia Ana que aquel pinlor ejercía sobre ella una influencia rslniña. l.a elegancia di' su lisura \ manenis. la ¡imaliilklail de su lenguaje . ncrfi) no se que inseparable de algunas rialunili'zas privilegiadas que, parecen nacidas para influir (linrlamenle en el dcslino de alguna determi- nada persona; todo en fin contribuyó á que Ana se dejara arrastrar por esa sed ile emociones que de continuo la impulsaba á romper la monotonía de sus cos- tumbres. Involuntariamente se vino ásu imaginación la memoria de Slonlhorst, aquel amante tan tranquilo, tan filósofo, que todo lo sujetaba á los cálculos de la ra- zón y que hacia el amor á la viuda con la misma seriedad con que pudiera re- solver un problema matemático. lillo Í!ní que sin darse rúenla, de sus propios sentimientos, la buena de Ana lílmmt encontró suiíiiuiieiile agradable y distraído aquel paseo que otras veces Labia calificado de enojoso \ monótono ; de suerte, que al encontrarse inmediata á los jardines-de su deliciosa quinta , dijo ron mas pesar del que era menester en presencia de un desconocido: —Caballero, es preciso que nos separemos en este mismo punto : las gen- tes ile mi casa no llevarían sin duda á liien mi familiaridad ron un desconocido. — Lo concilio perfectamente, señora; pero no llevareis sin duda vuestra crueldad al eslremo de privarme mucho liempo de vuestra presencia y com- pañía. La viuda permaneció un instante siií responder: tenia la vista clavaria en el suelo, y al carmín rio la sorpresa sucedió en sus mejillas la palidez del temor. Al cabo de un rato contestó con voz temblorosa : — ün mi situación especial es muy difícil de cumplir el deseo que me estáis manifestando. Tengo un tio que vigila mis pasos, y un pretendiente que cela mi conducta. Sin embargo , decidme dónde podré remitiros una muestra cualquiera de lo muy obligada que quedo á vuestra galantería. — ¡ Una memoria vuestra! esclamó el joven ebrio de contento. t!\A iUUA B\ MÍ TOCADOR, jíofl —Quiero dárosla. — Y nunca mas volvernos á ver , nunca mas oi ros hablar, nunca mas apo- yaros en mi brazo — Es muy posible que así sea. — Entonces, señora, depositad esta memoria encima de mi tumba. Ana se estremeció al escuchar aquellas palabras fatídicas en boca del artista; pero éste, sin cuidarse del daño que estaba causando á la viuda , prosiguió en tono melo-dramático: —¿Comprendéis, señora, qué cosa debe ser una ausencia eterna para el hombre que os ha consagrado su existencia entera, para el amante i¡ue espia vuestras palabras , vuestras miradas , vuestros pasos ; para el artista que inspi- rado por la luz de vuestros ojos, os aguarda hora tras hora, dia tras dia, como aguarda el desgraciado la noticia de su dicha, como aguardaría el ciego la luz que le hubiera sido prometida; para el joven que se introduce en vuestros jar- dines á trueque de ser tomado por un ladrón y arrojado como un villano, y per- manece oculto hasta lanío que os ofrecéis á su vista, hecha la íntima resolu- ción ilc IKI abandonar su puesto sin conseguir este inocente favor, aun cuando en su escondrijo debiera sufrir los tormentos de la sed y del hambre?.... Com- prendéis esto, señora ; y no tenéis reparo en asesinarme con vuestras palabras... Mientras así hablaba el joven pintor , se había apoderado de una de las ma- nos de la bella dama , y en su amoroso transporte , la apretaba contra su cora- zón , después de haberla llevado repelidas \cces a sus labios. Ana tuvo la buena suerte de comprender el peligro á que se esponia , y re- tirando la mano, dijo: — Caballero , estáis abusando de una dama con la cual no os une lazo al- guno de amor ni de amistad. — Daisme la muerte, señora , con esas espresiones La viuda desarrugó el entrecejo al oír el tono respetuoso y melancólico del joven, y aquel movimiento de involuntaria compasión, decidió tal vez sus sen- timientos. El hombre que logra hacerse compadecer de la dama á quien adora, tiene mucho , muellísimo adelanlado para ser correspondido. —Si vuestras pnile-slas son iVnles, dijo Ana, no entrará sin duda en vires - tras miras el comprometer la reputación de la mujer á quien tanto manifestáis amar. — .lamas, señora: mi pasión puede vender en un momento dado mis nobles propósitos, pero nunca hacerse superior á la razón por mucho tiempo. Cuando os he dicho, por consiguiente, que no podía renunciar al placer de veros y al de hablaros, es porque tengo un medio seguro , infalible , de veros todos los días sin el mas mínimo compromiso por parte vuestra. — ¿Qué medio es este? preguntó Ana con una curiosidad que revelaba gran- de interés. 21" UVA DAMA VA SV TOCADOR. —Muy sencillo: mandaos hacer viicslni rclralo por mi ¡lustre maestro, el célebre Gerardo Dow. La lenlilnd con (|iic el buen hombre pinta, la minuciosi- fla.d en todos los detalles de sus composiciones, hacen que sus retratos sean obras maestras, es cierto, pero largas al mismo tiempo. Yo soy discípulo de Dow, éste necesita siempre un ayudante para el trabajo, haré que me lleve consigo á vuestra casa, y de esta suerte os veré y hablaré semanas y meses enteros. ¿Qué os parece mi proyecto? —Fácil de ejecutar ciertamente; con todo, yo ignoro si debo Vuestra galantería os abona, vuestro lenguaje seduce ; pero, caballero, haceos cargo de que hasta vuestro nombre ignoro Atpiísc transformó por completo la fisonomía del joven , dejando de ser el amante ardoroso y atolondrado : el alma del artista se manifestó por entero en el brillo de su mirada. —Me llamo, dijo, Francisco Mieris. Dispensadme si pronuncio con cierta fatuidad este nombre harto humilde hasta el presente: algún dia será el de un grande hombre. Aquel arranque de orgullo artístico acabó de poner en derrota la ya debi- litada resistencia de la viuda, que acabó por consentir, á pretesto del gran placer que tendría con poseer su retrato debido al pincel de Dow, cuya fama era ya universal. Ana quería engañar á Mieris y se engañaba á sf misma: esplicaha su consentí miento como tributo pagado al arte , y en realidad no era sino una con- cesión hecha á una exigencia de ese rebelde, siempre victorioso , que se llama corazón razón. — ¡ Oh ! gracias , señora: me devolvéis la vida con la esperanza. Oid ahora un consejo: haced que el famoso Gerardo haga vuestro retrato en esa propia quinta; pedidle que os coloque en vuestro mismo gabinete de tocador. La ope- ración será mas larga, el cuadro será trias bello ; y el arte y yo ganaremos muchoi con ese mayor trabajo de mi ilustre maestro. Apenas acababa Mieris de pronunciar estas palabras , cuando se inclinó ante la bella Ana , saludóla con el mayor respeto , echó á correr hacia la orilla, salto en un esquife, y bogó á través del rio. La amable viuda siguió con la vista al joven pintor, ) su corazón cometió la imprudencia de mostrarse entristecido por aquella separación, liarlo conocía Ana las tretas de esa parte sensible del corazón de las mujeres; pero, es tan dulce acariciar á la esperanza siquiera sea quimérica!.... Ana no tenía noticia alguna relativa á Mieris; ningún motivo la obligaba á opinar de él mejor ó peor que de otro cualquiera; mas, ¿ en qué consistía que el pintor había conseguido en un momento lo que en vano había pretendido Slonthorst durante muchos años? Consiste en que hay corazones simpáticos , co- mo hay materias simpáticas; consiste en que en el orden moral, lo mismo que U\A MMA i:\ SU TOCAOOR. 261 en el orden físico, el fuego puede permanecer impune monte junto á la nieve, pero no junto á la pólvora. Cuando Ana lílount entró en la quinta , ya la aguardaban su excelente tío y su pacífico pretendiente, á cuya vista no pudo la viuda contener un movimiento de fastidio, al cual siguió inmediatamente un prolongado bostezo. El hombre que no se retira cuando una mujer joven y bella bosteza á su lado , ó es estúpido de nacimiento, ó dehe de tener mucha cerveza en el cuerpo. A las siele de la mañana del siguiente día , Pedro Slinjíeland, discípulo de (¡erardo Dow y amigo verdadero de Francisco Mieris , oeup¡ib¡i \a su pucslo ni el taller de su afamado profesor. Toda su atención se hallaba eonrenlnida en su trabajo, que por cierto representaba una fuente de cobre llena de distintas ver- duras, y colocada encima de un banco de palo. Slmgeland no estaba satisfecho de su obra: el cobre de la fuente era poco brillanle , j lo que para oíros hubiera pasado desapercibido , no podía serlo del dkipulo a\enlajado ilc IID hombre lan minucioso como Gerardo Dow : ensayaba el pinlor la \ijesim:; combinado» de sus colores , cuando se abrió con estrépito la puerta del taller y penetró pur fila Francisco Mieris , el cual después de haber arrojado capa y espada , en lugar de encaminarse directamente á su caballete , se dirigió á la ventana , respirando el aire fresco de l¡i mañana con ese afán del hombre que siente abrasarse su ca- beza por razones que no son del caso esplicar. Kl bueno de Slingeland examinó el rostro de su amigo , y al observa]' en él las huellas de la crápula, díjole en tono entre dulce y agrio : —Otra noche en blanco, otra noche pasada en la orgía ¿no es verdad? Francisco, amigo mió , esa vida de emociones violentas, de escesos continuos, acabará con tu existencia y con tu genio. — ¡Silencio , señor Slingeland! contestó Francisco. No está en el orden que os pongáis á hablar de aquello que no comprendéis. Si supieras, amigo mió, qué descubrimiento acabo de lineer.... ¡Si la hubieras visto! ¿(Yimo puedes cul- parme por haber estinguido con escelen te vino la llama que amenaza (sKii^uir todo mi ser? Figúrate que Clotilde , mi querida de anteayer , lia enconliado UIKI rival; pero ¡ qué rival! una ondina que lia salido de la espuma del lthin , co- mo Venus de la espuma del mar. Es toda una novela que, escrita espresatnenle para mí, he hallado junto á ese riocujns abitas corren con la misma lenlilud que tus pinceles. Una mujer capaz de ¡n^iiiai1 al hombre menos artístico, capaz en fin de sacar de sus casillas á nuestro ilustre maestro , con ser el hombre mus calmoso que haya bebido cerveza en Alemania. Pues bien , esa mujer vendrá aquí dentro de poco, vendrá desde muy lejos atraída por mi amor, vendrá en 2(i2 [,\A |)\MA B¡N SI. TOCADOR. pos de Francisco Mieris , el joven mas apuesto y seductor que alumbra el sol en la Europa — Y ¿en dónde has hallado ese portento de amor y de hermosura? pre- guntó el condiscípulo- —Kn la orilla opuesta del Rhin , junto á una quinta solitaria, rodeada de jardines , con una chimenea forrada de cobre y rematada con im;> vclclfi. en for- ma de dragón, Es el encuentro mas feliz de mi vida: a él deberé l;i imimrtali- dad de mi galantería, corno ¡i Gerardo Dow deberé la imuorlalidad de mi genio. Pedro Slingeland escucho á Mieris con la sonrisa en los labios, j cuando éste hubo dado tregua á su amoroso arrebato , probo tranquilamente una nueva com- binación de colores, y dijo sin soltar los pinceles : —Francisco, eres un loco. — Señor Pedro Slingeland , tened la bondad de no propasaros : vos nunca pintareis un tipo de pureza, de frescura y de candor como el de esa mujer cuyo pecho se ha inllaraado por primera vez á mi vista , cuya intelijencia del amor y de los hombres han iluminado por primera vez mis elocuentes palabras. Slingeland soltó una carcajada, y en seguida dijo: — líepito que tu mala vida te va trastornando la razón : pues, ¿ no sabes quién es tu aparecida ? O tus señas son inexactas, ó no puede ser otra que Ana Blount, la cual lejos de abrir ayer los ojos á la luz del amor , es viuda , y muy al contrario de tenerte afecto alguno, está á punto de contraer segundas nupcias. En honor de la verdad sea dicho, el fogoso Mieris no se trastornó poco ni mucho al escuchar la inesperada revelación. Hizo un gesto como pudiera el gastrónomo que no encuentra el sabor de un ¿•iiis;ido tan bueno como por el as- pecto creyera , pero no se moslm dispuesto ú lirar el bocado medio engullido. —Itien , dijo , si iv viuda lauto mejor para mí: esloy ja cansado de ninas inocentes, á las cuales hay que hacer el amor con el lenguaje de las llores me- tido en la cabeza; y si está para casarse , tanto peor para el novio: no sucederá sino que lleve calabazas de ella ó estocadas mias. — En cuyo caso, Francisco Mieris conducirá al altar á Ana Bloiml.... — ¡Yo! esclamó el joven cual si se hubiera asustado de pronto, ¡Yo casarme! j. Comprendes, -Pedro , todo lo disgustante que encierra esta palabra para un joven tan amante como Mieris de su libertad ? Si en el camino de mi vida ha- llase una mujer que reuniera la hermosura de Venus , el talento de Minerva y la castidad de Diana, juro á Dios que Francisco Mieris permanecería soltero como el dia aquel en que vino al inundo. — Entonces, ¿cuáles son tus proyectos tocanteá esa viuda? —Mis proyectos están muy por encima de la comprensión de un pintor de calderos y zanahorias. UNA ItAWA E\ SI. TOCADOR. 263 Mieris se equivocaba completamente : el buen Slingeland comprendía harto bien lo que el joven hubiera dicho harto mal, y por lo mismo prefirió cortar una conversación que repugnaba á sus leales sentimientos. Ocupados se hallaban ambos discípulos en sus respectivos cuadros , ruando se abrió de nuevo la puerta del taller , y aparecieron en ella Ana Itlount y su lio, acompañados del célebre Gerardo Dow. El ilustre pintor era hombre de mediana estatura, ágil y robusto á pesar de sus años, y en los ángulos de su boca y en el contorno de sus ojos se echaban de ver desde luego esas líneas severas que revelan al trabajador infatigable. Ves- tia un traje turco-espaííol, hechura de última moda en aquel entonces ; su larga peluca y su poblado bigote se hallaban cuidados con mucho esmero, y aun cuando el conjunto de su figura era grave y severo , no carecía de esa buena apariencia (jue ]<• alraia muchas amistades, mas robustas cuanto mas se cultivaba la del ¡iiualuV artista. Cuando éste hubo puesto los pies en el taller, volvióse Dow hacia sus dos spedes, y les dijo presentándoles á Slingeland : — Hé aquí al mas laborioso de mis discípulos, tan recomendable por su talento como por sus virtudes. Slingeland hizo que no oia: su modestia no le permitió contestar siquiera. Kn seguida designó el maestro á Francisco Mieris , y añadió: — Este es , señor , el mas atolondrado y salvaje de todos ellos. Ks lástima, porque tiene genio. Y pasando á examinar el trabajo del joven que se ponia los pinceles entre los labios para que el maestro no le sorprendiera con la risa en ellos , prosiguió: — Cien veces os lo he dicho, Mieris: tenéis demasiada afición á las carnes: dejad esas mujeres desnudas para la escuela de los venecianos. La cabeza, la ropa , el mueblaje , estos son el alma de la pintura ; una forma, un color , una combinación de detalles revelan muchas veces incógnitos misterios , encierran á menudo la historia de toda una familia. Un brazo desnudo, por muy bien delineado que esté , nada significa , nada dice por sí solo ; pero colocad en la mano de una mujer una sortija , en la mano de un hombre un libro; hé aquí que estos deta- lles dan que pensar, caracterizan á un personaje, califican una composición. ¿Creéis, si así no friera, que me pasaría yo (liasenteros tocando y retocando un objeto al parecer insignificante ? Sed mas minucioso , acabad mas vuestros tra- bajos, si queréis ocupar un puesto digno en el arte. Tal es mi modo de pensar, (pie por vuestro bien os comunico. Ksle horizonte carece de verdad; en este fondo no hay transiciones delicadas: pintáis sin cálculo, y esto os hace olvidar que el claro.oscuro es un fenómeno óptico , que no desaparece ni aun cuando la noche tiende sus sombras. Claro oscuro , seílor pintor , claro oscuro ; y si tan amante sois do la monotonía , sed monótono en vuestra laboriosidad , ÜCÍ] monótono en vuestra buena conducta, que es demasiado claro oscura por cierto. 2f¡f UNA IUM\ K> Sil TOCADOR. Miciis y Ana , que no habían dejado de mirarse desde que estaban reunidos, se sonrojaron al oir las últimas palabras de Dow, que después de haber termi- nado sus consejos , introdujo á sus huéspedes mi su propio taller , dando á su continente un aspecto grave, cual si quisiera aleirioiuir a la dama, que no com- prendía sin duda la importancia que, licué para un artisla el mírete desde donde confecciona solo y olvidado las obras que el inundo admira, lil taller de Gerardo Dow estaba dispuesto con la misma coquetería que una dama pudiera emplearen su gabinete de tocador , aunque con un poco menos de simetría, sino de orden. lil célebre pintor ofreció sillas á la viuda y á su tio, y habiéndose apercibido del mucho polvo que se habia pegado al flotante vestido de aquella , la dijo : — Señora , el polvo es sin duda el enemigo mas temible que hay en el mun- do , puesto que sin rumor causa tantas destrozos como pueda causar una revo- lución ó una guerra. Estoy por deciros que no se conoce otra cosa mas voraz. Tal debia ser con efecto la opinión del gran artista, cuando no solo tenia cuidadosamente cubiertos sus cuadros con una tela muy bien ajustada, sino que á mayor abundamiento guardaba encerrados en cajitas de distintas hechuras, hasta los útiles mas insignificantes de su arte. Únicamente encima del pecho de una. ventana veíanse algunos pinceles sin concluir , trabajo que el pintor Dow tomaba siempre á su cargo , pues decia que ninguno como él componía aquellos interesantes ¡iislrumontos. Después de examinados algunos cuadros , notables todos por la sencillez del asunto y hi minuciosidad y buena conclusión de los detalles , convino el pintor holandés en hacer el retrato de la linda viuda , y esta se retiró del taller con- tenta y satisfecha del feliz éxito de su picaresca espedicion. Sin embargo , un pensamiento venía á amargar las dulces sensaciones de su corazón mientras re- gresaba de la ciudad á la quinta. Las palabras de Dow y el aspecto de Mieris daban á entender que este último no era muy cuidadoso de su conducta; y en tal caso, Ana habia de ser muy infeliz en aquellos animes, porque siquiera su alma no- velesca se complaciese en abrigar esperanzas ilesliliiiiliis de ruiiiliimento, sin em- bargo, su rectitud la ponia á cubierto de todo atenladocon Ira lito sanos principios de la moral. Apenas puso los pies en los jardines de su bella habitación, cuando la pri- mera, figura que hirió su vista fue la del constante tertulio Cornelío Sloníhorst. Todo hombre que distrae el pensamiento de una mujer de la persona a quien tuna , aun cuando aquel pensamiento no sea el mas favorable para el mortal afortunado , esté seguro de ser mal recibido. Ana apenas saludó á su imper- térrito pretendiente , el cual según costumbre arrimó su sillón al del buen tio. que encontraba runamente amable y bien educado á (¡ornelio. — No podéis usuraros,—dijo el tai tio, — qué curiosidad tengo de ver el complicado aparato de que, según noticia, se vale el ilustre Dow para pintar UNA DAMA E¡N SU TOCADOR. 2 Bit sus cuadros. Dicen entre otras cosas, que una vez dispuesto el lienzo, lo divide j subdivide en varios euadrítos enteramente iguales por medio de unos hilos, y que procediendo á verificar igual operación con los objetos que trata de copiar, con- sigue por este medio una exactitud en los detalles hasta matemática- Es un pen- samiento muy ingenioso ; como también me han contado que, para pintar retra- tes en miniatura, hace reflejar los origínales por medio de unos espejos cónca- vos , que reproducen los objetos de un tamaño á voluntad del célebre retratista. Es curioso; ¿ no es verdad, mi buen Slonthorst ? El interpelado liabia escuchado al tio de Ana con cierta sonrisa obligada de los inteligentes que oyen decir despropósitos , y contestó en el tono de maestro, que tanto disgustaba á la viuda. — En cuanto á lo de dividir los Jienzos en pequeños cuadros es cosa sabida nada menos que desde el tiempo de Miguel Ángel; pero es procedimiento usado tan solo cuando se trata de reducir un cuadro á mas pequeñas proporciones, y puedo asimismo aseguraros que nunca Gerardo Dow lia utilizado este medio para pin- tar cuadros originales. Por lo que toca ¡i lo de los espejos cóncavos, el ilustre holandés dibuja harto bien al simple golpe de vista para tañer que recurrir a ese medio puramente mecánico é indigno de su talento. — Ello , no obstante ,—replicó el tio de Ana, —es indudable IJUC tal se lia dicho de Dow. — Quien tal ha dicho, se ha engañado,—contestó Cornelio.—Este rumor ha empezado á circular merced k algunas pruebas hechas en este género por el dis- cípulo del gran Gerardo , Pedro Slingeland , cuyos ensayos ha tratado de ridi- culizar su mismo condiscípulo , un tal Francisco Mieris , joven burlón y petu- lante cuanto quepa serlo. Al escuchar estas palabras , soltó Ana un libro de estampas que estaba exa- minando por hacer algo, y preguntó á Cornelio con un tono que revelaba bas- tante despecho: — ¿ Conocéis á Mieris para hacer de él semejante pintura 1 — No , señoril ,—respondió el pretendiente con mucha indiferencia. — Pues salid quiM-sla mañana Ir liemos \isl el (¡iller de (iejardo Uow. \ nos ha parecido algo mejor (JIKÍ unimos qur pican de saber miiclio y de valer mas. El proyectil lanzado por la viuda íué recto al blanco ; pero Slonlhorst tenia mucho aplomo y dominio de sí mismo, y se limitó á responder con mucha calma: — Muchas veces las apariencias engañan , señora: su exterior puede habe- ros parecido muy bien , pero de los hombres habéis de mirar el alma, Ana; el alma que nunca envejece, el alma que no es bonita ó lea . sino buena ó mala. Pues bien , descontad á Mieris sus talentos de pintor , y su alma se reasume en estas tres aspiraciones: el vino , el juego \ las mujeres. Si con estas circuuslan- TOXO I. .'14 26(i UNA PAMA E> SU TOCADOH, cías os lia parecido ó puede panderos mejor que otro, muy buen provecho le haga. También las palabras do (¡ornelio afectaron á la viuda, y de (al suerte que -se desconcertó para dar una respuesta. Mordióse los labios con despecho y se re- tiró saludando con mucha frialdad. Slonthorst permaneció un momento triste y pensativo : amaba ¡i Ana con todo su corazón, y su mayor desgracia consistía en no ser tan atrevido y mentiroso en amores, como muchos otros jóvenes insípidos cuyo mérito estriba principalmente en el lazo de la corbata ó en la soltura de sus movimientos mazurcales. — ¿Qué tenéis, mi buen amigo?—dijo el fio de Ana sorprendido por el re- pentino abatimiento de su protegido. — Tengo,—respondió (¡ornelio .—I» que nunca hubiéramos presumido , un rival afortunado. — ¡ Afortunado!—esclamó el excelente tio.—¡ Esto es horrible ! — No tanto, amigo mió, no tanto : ya veréis como al fin y al cabo me haré querer de Ana Y Slonthorst apuró con toda calma un vaso de cerveza y encendió su tercera pipa. Al día siguiente , Gerardo Dow y su discípulo Francisco Mieris llegaban á la quinta de Ana Blount, provistos de cuantos utensilios eran menester para pintar el retrato de la viuda. Ana tenia un presentimiento respecto á su nuevo amante : sentíase arras- trada á el con esa fuerza que conduce á la mariposa entre las llamas, que lleva á los rios a morir en el mar. Sin embargo, su corazón se ensanchó y respiró con mayor desahogo después que su mirada se clavó en el joven artista. Mieris ves- tia con estrema elegancia, y lejos de descubrirse en él huella alguna del juga- dor, del bebedor, del libertino, respiraba su persona toda, elegancia y cultura. Después de los cmi)|iliinii'nli>s ubli^;nlns en hiles casos y de largamente de- batida la cuestión del (raje que mejor seiilai ia á la bella retratada , dio comien- zo Dow á su trabajo con toda la importancia y atención que pudiera poner un ministro de estado en la redacción de un documento diplomático. Tocante al sistema observado por el ilustre pintor, Coraelio había dicho la pura verdad : el célebre retratista holandés no se servia de aparato alguno ni utilizaba proceder mecánico ile ningún género que pudiera menoscabar su repu- tación de grande artista. Desde luego comenzó á bosquejar la cabeza, dirigiendo a su discípulo algunas advertencias respecto al contorno, y al claro oscuro, y álos fondos de los cuadros, y á otra porción de olijetos , cuyas advertencias ni siquiera UNA DAMA EN SU TOCADOR. ¿67 llegaban á oídos de Mieris, que tenia toda su atención , alma y vida concentra- das en la vista con que devoraba al hermoso original. Y este original no parecía mortilicado de aquella observación continua , antes por tener el gusto de ser observada, daba treguas á la impaciencia natural en lodos aquellos que se veian obligados á servir alguna vez de modelos al pintor Dow , tan minucioso en sus detalles como lento en pintarlos sobre el lienzo. Así trascurrieron algunas semanas: Ana se manifestaba sumamente obse- quiosa con Mieris , aunque .siempre cviliinudmlosümnifc enronfmrsí1 ¡i solas con él ; sin embargo no podm nnilliir la iulerim ¡litaría que csjirriiiicnlaba con |¡i presencia de aquel joven que liabia heclin \ ibiar la cuerda sensible del corazón de la viuda. En cuanto á Mieris, hacia lo posible para no dar lugar á queja de nin- guna especie; pero su conducta no fue tan reservada ni tan irreprensible que el ojo perspicaz y celoso de Slonthorst no creyera descubrir cierta intriguilla amo- rosa entre el discípulo de Dow y la doncella de Ana , que por lo visto éramenos esquiva ó mas tonta que su señora. El amante desauciado guardó silencio no obstante: hubiera creído bastardo y de mal género aquel triunfo. Y de esta suerte trascurrieron aun muchos días, y en uno de ellos, paseando Ana una de las solitarias calles de los frondosos jardines de su quinta , oyó los próximos sones de una guitarra, cuyas cuerdas, pulsadas por mano diestra, vi- braban con melancólica espresion y dulcísima armonía. Terminado el preludio, una voz no muy fresca, pero sí muy bien modulada , entonó un canto de triste sabor : era una especie de queja arrancada por el tormento de un deseo al cora- zón de un amante. Ana siguió insensiblemente el camino que la misma voz trazaba para llegar hasta el cantor, y empujando fascinada la puerta de un pabellón, oculto entre frondosos árboles, se encontró sin saber como en presencia de Mieris, cuya mi- rada brillaba con el siniestro resplandor del orgullo satisfecho. ¡ Pobre Ana!... Quizás el amor iba á ser mas fuerte que la razón; pero Dios no quiso que aquella vez las plumas del ángel se mancharan con el fango de la impureza. De repente resonó en el oido de entrambos amantes rumor de pasos; y Ana, lo mismo que Mieris, escaparon del pabellón, tomando distintas veredas. AI poco rato , la viuda encontró á su pretendiente , que procuraba en vano dominar su emoción. Ana le acogió con su frialdad habitual , y Cornelio la dijo solamente : — Paréceme, señora, que tenéis los colores muy encendidos. La viuda hizo un movimiento de despecho y contestó : — Procuraré tener siempre los mismos: Gerardo Dow ha dicho que son los que mejor sientan á mi rostro. Aquí el bueno de Slonthorst cambió de espresion , y dando á su acento un tono sentimental, pero espontáueo, replicó : -fi^ [YA 1)411 A E \ SI TOCADOR. — Ana , los hombres que aman de la manera que yo os amo , pueden con- sentir que la persona amada se burlo de ellos, pero no que aquella sea víctima de las burlas de un miserable. Ana, andaos con mucho tío» lo ; Francisco Mieris os comprometerá. Pronunciadas oslas palabras se separaron : (lornelio entro en el salón de la. quinta , y Ana se retiró á su gabinete. La viuda comprendía muy bien todo el afecto que la profesaba Slonthorst, y alguna vez se sintió movida de compasión hacia aquel hombro do carácter tan dulce , de corazón tan bueno. Pero el amor de (lornelio le parecía muy calmoso , muy frió comparado con la ardiente pasión que tan bien espresaha el pintor Mieris, y el recuerdo de éste disipó el efecto que las palabras del pretendiente habían producido en la viuda. En cuanto al autor át1 todas aquellas desazones, cansado sin duda de representar una comedía qu« tan mal se adaptaba á su temperamento, empezó a arrojar su máscara de timi- dez y modestia , que únicamente recobraba en presencia de su maestro. Ana abrió los ojos á la luz, pero la luz hería los ojos de su corazón , y persistía en tenerlos cerrados por no sentir como aquel se le desgarraba ; bien como los en- fermos que profieren la muerto al dolor de una operación aguda. l;n día , á la caída de la tarde, Ana y (¡ornelío so encontraban solos y de pié junto al caballete de Dow, contemplando el retrato de la viuda, (¡ue aun no oslaba terminado: en pocos dias habian perdido mucho el semblante (le la dama y el del galán : uno y otro tenían marcadas las huellas de un dolor interno , de uno de esos sentimientos que carecen do espansíon , y que nos matan por falta de de- sahogo . (lornelio habia hecho algunas reflexiones á la viuda , y ésta se había aperci- bido por primera vez de que la dulzura de su amanto , la suavidad de sus ma- neras no dejaban de tener asimismo su encanto, grato como el do aquellos per- fumes que no hieren bruscamente nuestros sentidos. Hacia empero largo rato que se prolongaba el silencio de entrambos, cuando resonó en el jardín una estruendosa carcajada , que les obligó á asomarse á la ventana para tomar en cuenta al autor de aquella alegre manifestación. Fácil les fue' satisfacer su deseo : el primer objeto que hirió su vista fue la persona do Francisco Mieris , puesto á caballo sobro un hanco de madera y acariciando una enorme botella de vino , del cual había llenado una copa , no por cierto la pri- mera, (luando el ¡oven pintor se a|iereihió de Ana y de (lome!¡o , dirigió á esto una mirada insultante por lo irónica, y prolongada , y en seguida contempló con igual pelulancia á l¡i liormosü viuda. 1 0 le bastó cometer esta imprudencia do N mal género , sino que acompañándose con el choque del vaso y de la botella, entonó una caución , l¡m libre j descarada como pudiera el último de los can- tantes de taberna. IÍI ein-smo que respiraban sus versos , la picardía con que acompafló el canto \ la dedicatoria i¡ue IIÍKO do él á Ana , fueron motivos mas que suficientes para que esta sintiera en el rostro el fuego de la vergüenza , mal estinguido por las lagrimas del despecho que corrieron alo largo de sus mejillas. Slonthorst no perdió un punto su calma. Líricamente dijo : — Esto es distinto : pase que se hurle de mí; pero que insidio una dama, nn lo consiento yo de él ni de hombre alguno nacido. Y salió do la estancia con el mismo aplomo que habia tenido al penetrar en ella. Fn euiinfo á l¡i viuda eonlinuaba llorando de vergüenza, ninndo su lio, (>ow y la doncella onlramn en el ¡iposcnlo eorulueinido ;'i Slonlliorsl. eino trajo rstaba manchado en disfinlos jiunlos por la sanare que nianalia ¡iliundanlemenfe de su brazo. Ana lanzó un grito de sorpresa y sus lágrimas se secaron repenUnamente. — No os alarméis , mi buena amiga,—dijo (lornclio.—¡Kl Sr. Mieris podrá ser un libertino , pero tira admirablemente la espada, lis un talento mas que yo me complazco en reconocerlo. Por lo demás, no hay cuidado: Dios pone tiento en las manos de esos miserables. — Poco apoco,—esclamó interrumpiéndolo la doncella.—No haléis de psa manera k mi novio. — ¡ Tu novio !—contestaron todos , sin esceptuar á la viuda. — Sí, señores, mi novio: ayer mismo me (lió palabra de casarnienlo h jurán- dome y perjurándome que yo era su único y primer amor. — ¡Pobre muchacha!....—dijo (¡erardo Dow.—Loque tú eres, el primer amor de su segundo centenar de queridas. No hay en este punto monstruo mas insaciable. Hecha esta revelación , todos hubieran reído del visaje compungido que puso la camarera, á no ser porque les llamó la atención el estado alarmante de Ana. que vino desmayada al suelo. Ninguno se manifestó mas inquieto que Slontliorsl: despreciando el dolor que le causaba su,herida, fue el que mas esfuerzos hizo para devolver á la viuda el uso de los sentidos perdidos , de suerte que cuando Aun ;i 1M in los ojos , tropezó primero con el semblante de üornelio, lleno de inijuicfuil v de vivísimo inferes. La viuda haliia ya obtenido cuanto deseaba : cerciorarse de que existia nn alma impresionable debajo de la aparente indiferencia de (lornelio. Entonces Ana volviólos ojos hácin Sloulhorsl. dinemlole: — ¿ Seréis bastante generoso p¡im perdonarme lanía* locuras"? — Perdonadme vos,—respondió Ornelio,—por no haber tenido bástanle talento para habéroslas hecho reconocer antes de ahora. — A vos , mi caro maestro,—prosiguió Ana dirigiéndose á Dow ,—os hago responsable del severo castigo que debéis imponer al atrevido. — Yo os prometo que se ha de acordar por mucho tiempo del compromiso en que me ha puesto. 270 (JNA DAMA EN SI) TOCADOR. — Yo me opongo á ello, con vuestro permiso,—interrumpióle Slonthorst.— Compadecadle , pero no le castiguéis. Puesto que la naturaleza le ha otorgado uno de sus mas raros y bellos privilegios, dejaríamos nosotros de ser entusiastas admiradores del arte, si le priváramos de una libertad que le es tan necesaria para el desarrollo de su genio. Nada de cárceles pues, maestro Dow ; y si queréis prestí i r un grande favor á vuestro discípulo , suplicad simplemente ¡í los magis- trados dr [,ri(l¡njii¡'[)onjí¡ui liiijo llave en la cárcel todas las botellas de vino y todas las imii-hurlins Mías do la ciudad. Ks el único recurso que os queda si queréis sacarle del mal camino. Esta generosa intercesión de parte de un rival ofendido produjo un efecto ad- m i ral tiren la joven viuda. Slonthorst redujo á proporciones microscópicas la ligura. de Mieris. (ierardo Dow salió en busca de su discípulo; mas para dar con el hubo de llegar hasta la orilla del rio, en donde se lo encontró, fumando y emhorra- cluindose en compañía de varios pescadores, á los cuales entretenía dibujando caricaturas en la arena. La reprimenda fue dura, y á cualquiera otro le hubiera valido de seguro una estocada: pero Mieris, impertinente con todo el mundo, era sumamente respe- tuoso con su maestro. Aquella misma noche quedó concertado el matrimonio de Ana y Slonthorst, y en tanto que los felices habitantes de la quinta se entregaban á la mas espan- siva alegría, Francisco Mieris iba camino de Leída con orden de hacerse relevar por su condiscípulo Sliugeland. Dow terminó en paz el cuadro , cuya copia acompaña á este artículo. Francisco Mieris murió en 1681 , á los cuarenta y seis afios de edad , admi- rado de todos por su talento, mal quisto con todos por sus vicios. (CUADRO DE JUAN TÁSALO.) Enrique IV que después de abjurar el protestantismo subió ;il trono (le Fran- cia , acababa de promulgare! Edicto de Nantes, en que se concedía á ios protes- tantes la absoluta libertad de conciencia, aunque no el ejercicio público de su culto, mas que a los caballeros de liorna y cuchillo , cuando anulailo por los de- legados del Papa su niiilriiimnm ron Margarita de Yalnis, se nisú ron María de Médicis , hija de Francisco di' Mediéis, segundo gran duque de Toscana. La familia de Médicis que salida de la clase popula y enriquecida por medio lid d l l l del comercio, acaudilló al pueblo florentino para libra lo de la tiranía de los no- bles,, acabó por n>|tivsni[¡ir en Toscana el papel deq haliia despojado á la no- bleza, y por influir de un modo muy dicaz o» el iles xle la parle mas civili- zada de Europa, lie esa familia salieron varios prí ipes déla Iglesia,, y un soberano pontífice : y en Francia mismo había dejado una fama imperecedera la p j p d l a á célebre Catalina de Médicis , madre de Carlos IX y autora de la horrenda catás- élb C l i d d Cl trofe del dia de San Bartolomé. Enrique IV, agradecido á los favores que debia al cardenal Juan de Médicis, gran duque de Toscana, que le auxilio con dinero para conquistar su reino, se casó con María, que haliia herniado de su padre' el carácter orgulloso y dominante que en aquel reconocían todos sus contempo- ráneos. La conducta harto galante de Enrique agrió mas y mas ei carácter de María; y sembró la desconfianza entre ambos esposos, en términos que el famoso Sully muchas veces hubo de dejar los graves negocios del ministerio para restablecer la paz en aquel conturbado matrimonio. A los diez aüos de haberlo contraído quedó viuda María, gracias al asesinato de que fue víctima Enrique IV; y aun- queios franceses no la amaban, el duque de Epernon tuvo bastante influjo para * J2 MAHIA DE UEDICIS. lograr que fuese aclamada regente durante la menoría de su hijo, que fue después Luis XIII y que á la sazón no contaba mas de nueve años. La regente tuvo tiempo de sobra para destruir todo loque hizo Enrique, liste liabia visto con desagrado • el favor que la reina concedía al florentino Concíni, y María le hizo casar con Leonor Galigai, su hermana de feche é íntima confidente. Enrique había sido un formidable enemigo de la España y María ofreció la paz á esta potencia. Enri- que liabia otorgado una confianza absoluta a Sully, y María le puso en el caso de retirarse. Quería ser déspota, pero era incapaz de reinar .sola y se puso á merced de Goncini, quien la sostuvo rúnica los príncipes de la sangre y los principales magnates. Indignados estos ronda el favorito, se unieron con ios pro- testantes : pero Concini, lejos de apelar á lasarmas, creyó preferible tratar con el príncipe de Conde, que era su jefe: mas como otra vez los grandes apelaron á la revuelta , Concini se preparó para rechazarlos , y dueño del poder, colocó en el ministerio al obispo de Luron , que mas larde debía ser el Jamo.*» líiclielieu y con este título derribarlo. María y íloncini lialiian colocado cerca de Luis XIII un paje , llamado Al- berto de Luynes , con la esperanza de que seria un dócil instrumento de sus fines; mas el paje trabajó por su cuento , se granjeó el favor de Luis y acabó por su- gerirle la idea de que se deshiciese de lloncini, y al lin fuese rey. (Jmcini fue muerto, su cadáver arrastrado por las ralles de París, galardonandoá su asesino. Luyues recogió los tesoros del favorito desdichado, y el partido aristocrático aplaudió es:i victoria sobre el pueblo y sobre la reina madre que fue desterrada á BloLs. Después de varias discordias y de una época de confusión y de desorden que puso á la Francia en el borde de un precipicio, muerto ya Luynes se confirió el poder á Kichelieu , cuyo ministerio, que con mas exactitud pudiera llamarse rei- nado , no puede ser oltjeto de esle artículo. María de Médicis halna creído que Kichelieu la ayudaría á gobernar, y se apercibió harto tarde deque el cardenal gobernaba solo. Después de abatir á h* |>mle-;|¡ii)les, á la casa de Austria y ala nobleza, el ministro quiso alejar á María de Mediéis que sin cesar le echaba en cara su ingratitud, y logró que el rey la tuviese presa, y luego favoreció él mismo su fuga á Bruselas , logrando de este modo que por sí misma se cerrase las puer- tas de Francia. En efecto, sin haber podido calmar el odio de Kichelieu, murió en líiíá, pucos meses antes que este implacable y entendido ministro. (CUADRO DE GABRIEL METZU.) Gabriel Metzu, autor de esle cuadro, se formó en la escuela de Gerardo Dow y de Terbourg, y nos ha dejado una porción de obras. El inmortal pincel de este candido artista se dedicó principalmente á pintar los vendederas de volatería y de caza, las cocineras y las mujeres de gobierno que van á la compra. La ga- lería do Drcstlo posee el retrato de este pintor, qui' ivvclit un Immbiv jovial y de inucliíi s;i[iid. Mrl/u pintó con una afición y uim piineiiniiiiin'i'ihlrs los ¡miníales y especialmenle los perros; de suerte que un liomlin; inlcligcitlc descubrirá en esas pinturas un interesantísimo estudio acerca de la asombrosa variedad de la raza cauioa. Este gusto por los pormenores que tanto agradan lo debió ¡i su maestro Dow. Mefoiu formó también varios discípulos, y entre ellos son dignos de mencio- narse Van Geel, Van der Neer, y Adriano Velding , que fue al mismo tiempo ultimo amigo suyo. También este se dedicó ápintar animales, mas prefirió las grandes dimensiones que permiten trabajar mas aprisa , y no tuvo la paciencia del artista , sin la cual no era posible hacer cosa buena en el género de Metzu. Opuesto en principios á este, le pedia consejos y en seguida se burlaba de él, bien es verdad que el tal Velding era una cabeza de chorlito. En Amberes se casó con una española, y se enceló de ella de un modo inusitado, lo cual dio ocasión á los sucesos que referiremos ahora y que juzgamos no desagradarán á nuestros ' lectores, y aun quizás no serán un relato perdido para todos. Hallábase Metzu en su taller, sentado delante del cuadro que tenemos á la vista y que estaba ya terminado, para cuya ejecución le habia servido de modelo TOMO i. 35 2 TÍ I,A COCHERA. su cuñada. Entonces se entretenía en retocar minuciosidades, mostrando con una natural sonrisa lo satisfecho que su obra le dejaba, cuando repentinamente se abre la puerta, entra Velding, al parecer algo afectado, y sin saludar se acerca al cuadro y exclama: con esta buena é inocente rubia debiera yo haberme casa- do, y no con aquella española morena, y tan casquivana que se muere de fasti- dio en nuestra patria. ¡ Ay amigo! ¿ por qué no tragaste a lu cufiada antes que yo marchase á Amberes para volver de allí con esta carga harlo pesada para mis hombros? Y si al menop estuviese seguro de que no ama á otro que á mf, le perdonaría todos sus caprichos. Pero hasta ahora, dijo Metzu sin alzar los ojos y continuando su faena, no tienes el menor motivo para dudar de lafidelidadde tu esposa. Hasta ahora, si he de decir verdad, no lo tengo, pero siento un triste presentimiento que es peor todavía: la incertidumbre me mata y á toda costa quiero saber a qué debo atenerme. Me lie confiado á Ven Geel, que es mozo muy galante, y le lie dado amplios poderes para poner á prueba la fidelidad de mi mujer. Creo que Geel le ha gustado , acaba de tener una larga conversación con él, y después de ella he dicho á mi mujer que me ibaú pasar algunos días en el campo para hacer estudios. Ue manera, dijo Metzu dejando la paleta, que para saber si te roban , metes los ladrones en casa. Hasta ahora no he tenido sospecha alguna acerca de la conducta de tu mujer, ni he dado crédito á tus pa- labras : mas desde este punto empiezo á inquietarme por tu suerte, porque del mismo modo que un artista no puede progresar sino teniendo fé en su talento, así no puede existir la felicidad conyugal sino con la confianza mutua. lil que sin motivo se muestra desconfiado, merece que le engañen: mas el que prepara un lazo á su vecino caerá en él y recogerá el fruto de su engaño. Si quieres pues hacerme un favor á mí, y mas particularmente á tf, vuelve á tu casa , y pro- cura llegar á ella antes que Van Geel. — Dices bien , contestó Velding, pero guárdate el consejo, y déjame sufrir las consecuencias de mi conducta, porque la infidelidad será infidelidad, y seguirá su camino á (¡especho de cuanto se haga. Por otra parte, yo estaría muy contento si pudiese deshacerme de esta gorra y de este largo espadón que uso nada mas que para dar gusto á mí mujer. Estoes muy bueno en ciertas ocasiones, mas yo prefiero la sencillez holandesa. Voy á quitármelo y me quedaré aquí trabajando basta que sepa lo que he de pensar de todo esto. Metzu echó á pasear por el cuarto cantando : Ay <(iin Gante, ciudad noble listó en manos de españoles; Cuyo color, cuya gracia Vuelve á las ganiesas locas. —Bien , bien, dijo Metzu interrumpiéndose á sí mismo y sonriéndose con disimulo, quédate en buen hora, y te referiré un cuento: pues ahora ya no po- LA COCINERA. 27S dria trabajar: los italianos tienen unas ocurrencias de demonio. Adam jeppen, ya sabes de quien hablo , aquel atolondrado que ha vivido mucho tiempo en l'lo- i a h a vuelto con la cabeza llena de esas historietas de Italiaque ahora es contré ayer noche. Voy puesá referir lo hace mejor que el mismo Teniers. Azora , que era la esposa del persa Zadin , al volver un din de paseo , se presentó á su marido ardiendo en cólera, prorrumpiendo en esclamaciones de horror, de tal modo que su marido asombrado, le dijo: ¿Qué tienes, hermosa Azora, qué es lo que te ha puesto de ese modo? ¿Qué? esclamó ella, es una monstruosidad que no se ha visto igual en Babilonia. Si tú hubieras presenciado lo que yo, tu ira seria mayor que la mia. llia á consolar á la joven viuda Kos- rú, que hace pocos dias ha mandado levantar un mausoleo á su esposo cerca del rio. En el primer momento de su dolor prometió á los Dioses llorar al pié de ese mausoleo mientras el rio llevase agua. —Oh! dijo Zadin sonriéndose , era una mujer muy amable y que estimaba mucho á su marido. —¿Si supieras lo que estaba haciendo cuando lie ¡do á verla ! — ¿Qué es pues lo que h/icia, hermosa Azora? • —Oh! es horroroso.... figúrate que hacia cambiar el cauce del rio. V dicho esto Azora vomitó invectivas contra la viuda, y las decía de veras. , Zadin, que tenia mas edad que ella y que estaba muy celoso , creyó que todo eso eran indicios de gran virtud. Esto le hizo mas celoso, y determinó probar á su esposa. Tenia un amigo llamado Hador, joven muy agradable, y cuya com- paiíía semejaba ser muy del gusto de Azora. Zadin le comunicó su secreto, se aseguró de su discreción y le confió so proyecto. Por aquel entonces Azora había ido á ver á una amiga suya á una quinta inmediata, y volvió al cabo de tres dias. Los criados le participaron con gritos de la mayor desesperación que su marido había muerto la noche anterior, que nadie se había atrevido ¡i noticiár- selo, y que el cuerpo de Zadin habia sido colocado en la tumba de sus predece- sores. Azora derramó abundantes lagrimas, y se mesó los cabellos jurando que también moriría, cuando hé aquí que Hador pidió una entrevista para aque- lla noche, y habiéndosela concedido, los dos lloraron juntos. Al dia siguiente lloraron un poco menos y comieron en buena compañía. Hador , á quien Zadin habia concedido poderes omnímodos le refirió á Aora que el difunto le habia omnímodos, Azora e dejado gran parte de su fortuna: y cuando terminaron la comida, y hubieron bebido una copn de un néctar delicioso, le dijo que se consideraría como el mas feliz de los morta^s si le permitiese unir su fortuna con la de ella. La hermosa lloró, se enfadó; pero se fue calmando. La cena fue mucho mas larga de lo que había sido la comida, en ella se habló con mucho mas gusto y abandono, y Azora 276 LA COCINERA. hizo la apología de su marido confesando no obstante que tenia algunos defectos que ella no supo conocer de pronto, y de los cuales Mador estaba exento. En lo mejor de la cena Hador se levantó quejándose de un violento dolor de estó- mago, alarmóse Azora, procuró con varios remedios triunfar del mal, se lamentó amargamente de que su médico estuviese ausente de Babilonia, y hasta tuvo la bondad de tocarle la parte que tanto dolor causaba al paciente. —¿Soléis padecer esta dolencia? le preguntó mientras que con el abanico de plumas le frotaba la frente ron el IKIISHIIIO de Seminnnis. —Sí, respondió Mador, es la fmini niíiTiurdiul IJIIC sufro , y que muchas veces me pone en el borde del sepulcro. Solo liay un medio de salvarme, y es medio que me indicó un anciano de Ninive, y que consiste en aplicarme sobre ia parte enferma la nariz de un hombre muerto el dia anterior. Es un remedio sin- gular y verdaderamente estraordinario , dijo Azora. No es mas estrafio, contestó Hador, que cualquiera otro de Uis medios dn curación fundados en la simpatía. lista razón, unida á las mnumcraliles perfecciones del joven, que ahora pa- decia, acabó de decidir á la hermosa que se dejó arrastrar por la compasión. ¿Acaso, esclamó, el poderoso dios Ophion-Saturno, negará el paso por el puente Tehinerapeel á mi marido, cuando se presente entre los bienaventurados, porque le falte un pedazo de nariz ? No, ciertamente que no , y dirigiendo otra vez la vista á Hador, que permanecía agonizante, cogió las tijeras y corrió hacia el se- pulcro de su marido. Lo baño de lágrimas, acercóse al difunto que estaba ten- dido , se estremeció un momento , mas acordándose del joven y hermoso Hador, • se animó , inflamó su alma un afecto dulce, se inclinó resueltamente hacia el muerto Zadin entonces se incorporó lentamente , llevó por via de precaución la mano á la nariz, y separando con la otra la fatal tijera. ¡ Oh mujer! esclamó, no te irrites tanto contra la viuda Kosní, porque venir á cortar la nariz á su marido es por lo menos una cosa tan mala como variar el curso de un rio. Con esto Zadin adquirió la convicción que buscaba, porque merced á sus ór- denes vio la inconstancia de su mujer, que sin esa prueba quizas le habría sido fiel. Ya ves, Velding, á dónde conducen las sospechas, y el provecho que se saca de ellas. — Bravo, bravo! dijo Velding encendiendo la pipa, y arrellanándose en la silla. Ya comprendo donde vas á parar con la tal historieta, pero yo quiero verlo: porque has de saber que tengo envidia á Zadin , él sabia á qué atenerse. Pero (ú no has terminado el cuento, y callas por prudencia su desenlace , que tiene apli- cación á otro y no á mí. También yo lie oido contar á Adam Jeppen eso mismo, y voy á cojer el hilo de su relato. Itespues de lo sucedido Zadin sabia, como ya está escrito en el Zcnd , que el primer mes del matrimonio es la luna de miel, y el segundo es el mes de ámbar. Me he fingido muerto, dijo, para poner á prueba la virtud de mi mujer, y ella I,A COCHERA. 21T me quiere cortar la nariz para medicinar á un rival. No has sabido resistir á la prueba, pobre Azora , y yo estoy amargamente desengañado, lin efecto , poco tiempo después hubo de separarse de la mujer con la cual ya no podía vivir; y entonces discurriendo consigo mismo acerca de lo que debia hacer, determinó es- tudiar la naturaleza como filósofo. Ningún mortal es tan dichoso, decia, como el observador inteligente que sabe leer en este gran libro de la naturaleza abierto delante de nosotros. Un hombre de esa clase está en posesión de la verdad, vive tranquilo y no teme que su mujer le corte la nariz. Lleno de estas ideas se fue á su casa de campo á orillas del Eufrates, allí se dedicó á calcular la cantidad de agua que por minuto pasa por debajo del puente, el número de gotas de agua que cae durante el mes de mayo, y otras particularidades de historia natural. A la vuelta de algún tiempo habia adquirido un discernimiento verdaderamente es- traordinario , como lo prueban los dos sucesos siguientes. Paseábase un dia por los confines de un bosque y vio correr hacia él un paje de la reina con muchos otros oficiales de palacio; todos ellos parecían estar muy inquietos, corrían acá y acullá como si hubiesen perdido alguna cosa de importancia. Viajero, dijo el gran chambelán á Zadin, ¿habéis visto el perro de la reina? Queréis decir perra, que no perro , contestó modestamente nuestro naturalista. Tenéis razón, dijo el chambelán. Es, prosiguió Zadin, una perrita de Bactriana, que cojea de un bra- zo, ha parido recientemente y tiene cuatro orejas muy largas. Según esto la ha- béis visto, esclamó el chambelán: loado sea Dios. Nunca, repuso Zadin, y hasta ignoraba que la reina tuviese perra. Como las desgracias nunca vienen solas aconteció que en aquel mismo dia el mejor caballo del rey se escapó de las manos de un palafrenero y echó á correr por la llanura de Babilonia. Los criados de la corte corrieron tras el caballo con la misma inquietud con que los otros iban tras la perra. Zadin los encontró como á los primeros, y uno de ellos le preguntó si había visto el caballo del rey. Es un escelente caballo, (lijo nuestro filósofo, tiene cinco pies, cascos muy pequeños, la cola de cuatro pies y medio de longitud, y lleva herraduras de plata. ¿ Qué ca- mino ha tomado? ¿ lin donde está? le preguntó un escudero. No lo he visto nun- ca , contestó Zadin , y esta es la primera vez que oigo hablar de él. Los criados de palacio persuadidos de que Zadin habia robado perra y caballo lo detuvieron, fue llevado ante el gran Desterham , y condenado á azotes y á destierro perpetuo: mas apenas se hubo pronunciado el fallo cuando fueron hallados perra y caballo. Los jueces hubieron de anular la sentencia, pero condenaron á Zadin por haber dicho que no habia visto lo que habia visto á una multa de cuatrocientas onzas de oro, y no pudo justificarse hasta que hubo satisfecho esa cantidad. Puesto en- tonces ante los jueces del Desterham habló en tales términos: Astros de justicia, abismos de ciencia; vosotros que sabéis distinguir el es- plendor del diamante del valor del oro, ya que me es permitido hablar con since- 2*78 LA COCINERA. ridad delante de esta gran asamblea, juro por Orosmado que no he visto la perra de nuestra muy querida reina, ni el caballo de nuestro rey muy venerado. Pa- seábame por el bosquecillo, en donde hallé por casualidad al gran chambelán y a los demás servidores de palacio. En la arena habia visto huellas que conocí ser de un perrito: el largo reguero que había en medio de esas huellas me indicó que era de una hembra que habia parido recientemente y que criaba. Oirás dos líneas paralelas marcadas también en la arena me parecieron (razadas por las ore- jas de la perra y que debían ser muy largas: y como las huellas dejadas por Jos pies de la perra no eran igualmente profundas, hube de comprender que la perra favorita de la reina cojeaba un poco. En cuanto al caballo, en el camino que conduce al bosque, habia observado huellas de un casco de caballo equidistantes, y dije para mí que ese caballo debia galopar perfectamente. A los dos lados de un estrecho sendero, y á tres pies y medio del centro del camino, tanto á la derecha como á la izquierda, se veía que el follaje habia sido azotado ; y yo calculé que eso debia ser obra de la cola del animal, que por tanto habia de tener tres pies y media de larga. ' Algo mas lejos y en un punto donde las ramas enlazadas formaban una especie de arco encima del entumo , vi hojas n'dciitcninile caídas, y sabiendo por espe- riencia que en semejan les .^'¡"s l"s caballos liciirn la costumbre de encorvar la cabeza hasta ponerla ¡il nivel del crucero , saqué la consecuencia de que el ca- ballo debia tener cinco píes. Finalmente, la señal dejada por el pié del caballo en una piedra del camino, que vi era piedra de toque, me dijo de un modo claro que llevaba herraduras de plata. Los jueces se quedaron asombrados al ver la profunda sabiduría de Zadin: su reputación llegó á oidos de la reina y del rey: no se hablaba mas que de él en las antesalas de palacio , y en las salas de audiencia, y aunque muchos sa- bios de la corte fueron de dictamen que debia quemarse por brujo, el rey or- denó quese le devolviesen las cuatrocientas onzas de oro de la multa. En virtud de esta disposición, los jueces, vestidos de gran gala, se trasladaron á casa de Zadin para restituirle las cuatrocientas onzas, únicamente se retuvieron trescientas no- venta por las costas del proceso, y los empleados subalternos reclamaron una gratificación. Entonces conoció Zadin que á veces también hay riesgo en saber demasiado, y en adelante se guardó de decir lo que sabia. Bien pronto se le presentó ocasión de hacerlo. Estábase asomado á una ven- tana cuando pasó un prisionero de listado que acababa de escaparse. Los de- pendientes del gobierno se dirigieron á él para que les diese alguna noticia , él no contestó cosa alguna : mas como luego se justificó que estaba en la ventana al atravesar el preso la calle, se le condenó á la multa de quinientas onzas de oro , y aun hubo de ir á dar gracias á los jueces , .según es costumbre en Babi- lonia. ¡ (irán Dios ! esclamaba , ¿ á qué no está uno espuesto en el mundo 1 VA LA COCINERA. 279 temor de un mal os conduce á otro peor: es un mal pasar por el bosque que han atravesado el caballo del rey ó la perra de la reina : es peligroso asomarse á la ventana , y tener mujer de cuya fidelidad se sospeche , de suerte^que es muy difícil ser dichoso en este mundo. Ya ves pues, dijo Metzu , que si Zadin fue digno de compasión por haber tenido una mujer demasiado amante, lo fue todavía mas por haber querido es- cudriñar los secretos de la naturaleza. í.éjos de mí, contestó Velding, propo- nerme ser mas dichoso que él en cuanto á lo primero ; mas por lo que respecta á lo segundo espero serlo mas, y si yo siguiese la marcha lenta y paciente que tú sigues cuando trabajas, seguramente no me desesperaría. —Hasta ahora , dijo Metzu , estas historietas solo han servido para diver- tirnos, mas no pava proporcionarnos enseñanza alguna; pues á decir verdad, no es muy clara la moraleja que de ellas se deduce. Dejémonos de todo eso , y lejos de seguir el camino de Zadin en esas espediciones que tienen mas de cu- riosas que de útiles, y que por lo mismo son arriesgadas, no nos movamos del arte, en donde poilcinus realizar nuestras ideas, y nuestros estudios, en donde hallaremos tranquilidud de espíritu, y alegría nunca interrumpida. Siga- mos las reglas del arte, pero estricta y severamente, porque el artista que quiere emanciparse de ellas, se parece al navegante que se lanzase desde el buque á la mar para estar mas cómodamente. Perecería allí, ó bien —O bien, dijo Velding interrumpiendo, podría trasladarse á otro buque mas velero. Sábete , amigo , que no hay regla sin escepcion , cada uno tiene su carácter y sus inclinaciones. Yo abandono la pintura al óleo y voy á dedicarme á los frescos: allí podré sacar partido de mis primeros estudios de paisaje y arqui- tectura. Las grandes dimensiones disimula mis cortos alcances para los detalles que reclaman una minuciosidad que no es de mi gusto. Para mí es imposible pasarme tres dias, como haces tú, para pintar una pluma de gallo: voy á seguir otra escuela: me marcho á España ó á Italia , pero antes quiero tener al- guna noticia de Van Geel; y mientras que no la recibo, aquí me quedo y traba- jaré contigo. Metzu no se atrevió á contrariar la resolución de Velding , y á la hora de costumbre la esposa y la cuñada de Metzu entraron en el taller, y salu- dando :il joven le invitaron á cenar con ellos. Se cenó alegremente , Velding elogió mucho la cocinera pintada por Metzu, pero aun estuvo mas galante con el original, que en realidad era muy agradable, y cuya candidez y frescura verdaderamente holandesas, gustaron mucho á Velding. Antes de acostarse Metzu llamó todavía á su amigo para rogarle encarecidamente que volviese ásu casa, mas no pudo conseguirlo. Hacia media mañana del día siguiente, estando los dos amigos trabajando, recibió Velding una carta de Van Geel, en la cual este le decía: «Me ha eos- atado muchísimo trabajo sondará tu mujer , la cual ha no haberle yo revelado »oü I,A COCINERA. »el secreto de que tú amabas á otra , no se hubiera decidido á dar un paso ca- »paz de despertar tus celos. Ksta mañana ha partido conmigo a Bruselas, dejan- »do en tu casa una carta en la cual te dice que vista su desgracia se ha vuelto »á Amberes á casa de sus padres. Puedes estar seguro de que dentro de poco »te daré noticias mas interesantes, porque la belleza de Clara parece aulorizar- »me para suponerlo así. Por ahora solo puedo decirte que ella me lia confiado «que encuentra en mí muchas ventajas sobre tí. Perdona esta claridad, mas tú »sabes, hermano, que todo lo que hago lo hago por amistad hacia tú per- »sona. » —Hé aquí confirmados mis presentimientos, esclamó Metzu lleno de ira: fá- cil me ha sido adivinar la ligereza de mi antiguo discípulo Geel; pero amigo mió, ten calma, calma por Dios. ¡Calma! dijo Velding: ¿Acaso la necesita uno cuando está alegre'? Heme aquí otra vez ubre y venturoso , y cuento que Geel y Clara lo serán igualmente, porque se adaptan muy bien el uno al otro: él es galante , caballeroso, y gana cuanto quiere ; y ella es caretera, manirota, y amiga de la ostentación y del lujo. Va ves que no puede darse pareja mas bien combinada. Heme aquí renacido á la vida: voy á mi casa, recojo mis avíos y vuelo á Bruselas, no para castigar á los dos infelices, sino para darles mi ben- dición y dejarles completamente tranquilos. Me divorciaré , después marcharé á Italia , y cuando haya hecho los estudios que deseo, volveré para pedirte, si es posible , la mano de tu hermana política. Al decir las últimas palabras se detuvo delante de Metzu, le abrazó y si» darle tiempo de contestar una palabra embozóse en la capa y echó á correr. Metzu no sabia resolver si aquello era cosa de reírse ó de derramar lágrimas; y hubo de comprender que hay hombres escéntricos hasta un punto increible. La mujer de Metzu y su hermana nada reprensible encontraban en el comportamiento de Velding, porque las mujeres casi siempre se muestran hostiles á la parte perju- dicada , y entre ellas nada se perdonan: así pues dieron toda la culpa á Clara. Metzu al dia siguiente fue á casa de Velding para echarle todavía un sermón, pero ya había marchado. En efecto, el joven cumplió su palabra, se separó de su mujer sin enfadarse con Van Geel, se fue á Bolonia para aprender la pintura al fresco, y logró su ob- jeto aunque nunca pudo formar en primera línea. Al cabo de seis años de eslu- dios dio la vuelta á su país, y según habia prometido, pidió á Metzu la mano de su cufiada, á quien los años habían dado la esperiencia necesaria para ser una buena ama de casa. En su compaQía se fue a Bruselas, en donde encontró el tra- bajo necesario para vivir holgadamente. En cuanto á Metzu no fue tan feliz en el último período de su vida: habia perdido la salud, y tuvo una muerte precoz á la edad de 42 años en el de 1658. Su colorido tiene viveza y armonía, y en todos sus cuadros reina una entonación I,A COCINHIU. 281 clara argentina. La luz blanca y pura de íin sol que al través de un cielo enca- potado hiriese una roca oscura y cubierta de yerbas, puede dar una idea de esa entonación. Las composiciones de Metzu son de carácter calmoso, imágenes tranquilas de la realidad bosquejadas en la cámara oscura de una observación reflexiva. Su dibujo es perfectamente correcto , y su pincel tan ajustado á las reglas del arte, que bien puede vaticinarse á sus obras una inmortalidad segura. 36 i CUADRO DE G. TERBOURG. Vivía en Alemania un rico propietario muy estimado jior sus virtudes y por la candad <|iii' obraba con los desgraciados. Su rsjiosíi no menos virtuosa que él se <;iini|jl;irm liimliien en ejercitar la piedad n'isliana: habíales dado Dios para consuelo d(( su vejez, perpetuar su deseen dunda y como prenda de su matrimo- nio un hermoso niño a quien amaban entrañablemente y rogaban a Dios incesan- Irmente les conservase aquel ídolo de su cariiío y le concediese el don inestimable de llegar á ser aplicado y cual ellos virtuoso, procurando al mismo tiempo dar- le una educación esmerada con el único fin de que algún dia pudiese ser un hom- bre instruido, recto, probo y utU á la sociedad por todos conceptos. Luego que estuvo en edad de poder ir á la escuela lo confiaron sus padres al esclarecido doc- tor Valt, hombre muy venerado y sabio de aquella época, celoso por demás de la educación de la juventud, 6 la que dedicaba mucha parte del dia con un celo tan esquisito y una bondad tan estremada, que mas bien parecía padre que maes- tro. La casi totalidad de sus jóvenes alumnos hacían rápidos progresos en el es- tudio de las primeras letras. Como conocía muy á fondo los caprichos humanos y el corazón del hombre por haber recibido su educación en la escuela de la des- gracia y del infortunio, á la cual debia sin embargo su nombre y posición, su la- lento y virtudes, se desvelaba en esperimentar las acciones mas recónditas de sus educandos, examinaba sus costumbres é inclinaciones, aconsejando después a .sus padres la carrera que debían darles como única en que podían hacer progre- sos , sin consentir jamás se violentase la voluntad de ninguno. VA mismo les in- terrogaba con frecuencia qué profesión, arte ú oficio les agradaba mas, y según le respondían, iba examinando las tendencias de cada cual para no engañarse en el juicio que había formmlo. T,¡t seguridad con que nuestro buen doctor sondeaba DIJÍU5EH.B6» Kl, MICUACIIO í Kl, I'KIIHO. jJSIt d corazón de sus discípulos, y lo bieni|iii' sabia amoldarlo á los principias de una sana moral, dieron gran renombreá su repularimi. i|ui' ni ni vez se veía desrnen- lida por la esperiencia, la opinión emitida en lal n nuil concepto : por cuja cir- cunstancia los padres conseguían liacer elecciones acertadas. Mil veces se le veía derramar abundantes lágrimas de gozo, cuando los niños se acercaban á besar- le la mano á, la enlrada y salida de la clase, encargándoles que aquel homenaje de respe I o debían li •¡bularlo también a sus padres rumo muestra líe agradecimien- to, puesto que. el hombre jamás podrá pagar con nada del mundo lo que debe al autor de sus dias por los muchos desvelos y cuidados que cuesta especialmente en la niñez. No olvidéis, amiguilos míos, los consejos de vuestros mayores como tampoco los servicios que en vuestra infancia os han prestado, los que os prestan aun y los que de ellos esperar debéis hasta que os podáis hallar en disposición de gobernaros por vosotros mismos. ÜSo hay mejor amor que el de unos buenos pa- dres ni cariño alguno que sea comparable al de la madre. Sed generosos y agra- decidos: porque no hay defecto mayor que la avaricia, ni vicio alguno que tan- to degrade al hombre como la ingratitud. Debéis evitar el que os adulen porque al hacerlo tratan do pervertiros y engañaros, lín los labios del que os aprecie, se posará la amarga verdad que ataca en el hombre la paite mas sensible, que es su amor propio, pero al mismo tiempo revela» males que no conocéis por falta de la debida esperiencia: y por el contrario, en los del que os aborrece veréis la lisonja siempre con fácil acceso pronlaá penetraren el fondo de vuestra alma pa- ra corromperla y pervertirla. Los unios desprecian la sabiduría, porque no pue- den conocer lo que ella vale: y odian la instrucción porque una buena educación les obligaría á hacer esfuerzos de que no son capaces. Sus discípulos le escuchaban con el mayor placer, lanío porque amenizaba su conversación con inlinitos ejemplos morales y máximas que enlrelenia pro- fesaban sus padres, lleno de dulzura y mansedumbre, consiguiendo por este siste- ma grabarlos indeleblemente en el ánimo de aquellos a quienes instruía. Tantas cuantas veces se vio obligado á tener que aplicar algún ligero correctivo á cual- quier niño incorregible, se le veia deshacerse en amargo llanto al considerarse pre- cisado á ello para así refrenar aquella frágil humanidad propensa á cada paso k cometer errores y pronta por una fatalidad inherente á su naturaleza á pisar la senda del vicio y la corrupción. Su pesar era tanto mas vehemente, cuanto que consideraba que no podía prescindir de adoptar aquella medida, porque no olvi- daba que semejante el corazón á los tiernos arbolitos de un ríen planlel que cre- cen por doquier descuella por aquí y acullá alguno plagado de sinuosidades que inauguran una existencia defectuosa y pervertida, que reclama con imperiosa voz la necesidad de corregirlo en su primitivo estado para conseguir mas larde la rec- titud en sus principios, formándolo, en vez de perjudicial, útil á los usos pura que ha sillo criado. 28Í EL MI.CHACHO 1 fil. J'KIUIO. Este era el mayor cuidado del virtuoso doctor que .« dolia constantemente sobre el desarrollo de las humanas pasiones, y habría dado gustoso su salvación por preservar á sus semejantes de la inevitable ruina á que los conduce los estra- víns mundanales. Federico, este era el nombre del niño , prcst¡tli¡i iiiin eslrnuada aleneion á los sabios consejos de su Itómine, y al principio fue muj ¡ipreriiulu ilol misino \ desús condiscípulos, Con una facilidad admirable aprendía cimillo se le enseñaba y qui- zá por la primera vez en su vida se engañó el sabio doctor al juzgar su carácter y lo (pie podría dar de sí. A la edad de siete años en que se hallaba, no había nin- guno entre sus compañeros que le aventajase; su dulzura y mansedumbre, al mis- mo tiempo que su carácter franco y amable, !e captaron el singular aprecio de su preceptor y colegas, que en los ratos de recreo todos se disputaban el placer de estar á su lado y jugar con él, con una sencillez, amabilidadé inocencia que en- cantaba. Federico era muy apreciado, no solo de sus padres, sí que también de cuan- tos le conocían por el simpático carácter de que estaba dotado. Poco tiempo, em- pero, bastó para cambiar completamente este cariño, no solo en amenazas y casti- gos por parte de sus padres y maestro, sino también en desprecio por parte, de su? concolegas. La naturaleza parecía haber despertado en su imaginación un cono- cimiento y una comprensión estrada á sus pocos años, y él, que convencido de que era el objeto de las caricias de su sabio maestro y lleno de orgullo al verse distin- guido entre sus restantes amigos, su inesperiencia, no pudo disimular un impulso de vanidad que íué suficiente para acarrearse el desprecio de aquellos mismos que antes le honraban y distinguían con él. Sus padres y el sabio doctor, que no- taron con asombro aquella instantánea mutación de sentimientos en su alma tan joven, trataron de cortar el mal en su raíz, y no omitieron medio alguno para ello, valiéndose ya de las amonestaciones y consejos, ya del castigo, y aunque consi- guieron hacerlo desaparecer de un todo, no pudieron sin embargo evitar uno de sus primeros y mas perniciosos efectos, que fue el de la desaplicación de Federi- co: antes se le veia disgustado si se le distraía del estudio, y ahora los libros le causan hastío y hasta le exaspera el sentir hablar de ellos, así como su asistencia á la cátedra. Muchos dias se pasaban así, y sus padres llenos de angustia no sa- bían qué partido tomar, ni se atrevían á forzarlo demasiado ni abrumarle con continuas y severas correcciones, porque sentían que se les desgraciara aquel hi- jo que tanto adoraban, llenos de fé y confianza en que el tiempo y la razón irían despertando en su alma la sana reflexión , de acuerdo con la noble emulación que wnida á los buenos mnsejos, á los ejercicio-; de humildad y de virtud que con tí* unamente trataban de inculcaren su corazón le volverían dócil, aplicado y vir- tuoso, sirviéndole su propio pundonor de estímulo para aplicarse cuando tuviera que rivalizar con otros jóvenes mas instruidos; circunstancia que le liaría eonor-er Kl, I'KHRO. su torpeza y el ominoso abatiduno en que yacía. Así lo creían sus padres y lo es- peraban, poniendo su cimlianza cu Dios como único que puede tocar el corazón del hombre y cambiar en itu inslaule la faz de su existencia. Federico entretanto no cejaba un solo paso en el camino que había empren- dido, sin que por eso disminuyese en lo mas mínimo el cariño que siempre profe- sara á sus padres. Había olvidado lodo cuanto aprendió: de su memoria se iban borrando una á una las máximas de su preceptor, y no obstante lie ir diariamen- teá la escuela no prestaba ninguna atención al estudio, pues su mente, fija en los placeres del juego, no se ocupaba de otra cosa que de buscar medios para sa- tisfacerlos de una manera digna y cumplida cual lo exige la imperiosa voz de sus inclinaciones. Por las tardes iba á pasear en compañía de su papá, i¡uien no le perdia un so- lo segundo de vista con el fin siempre de, aprovechar aquellos momentos en que estasiada su ardiente é infantil imaginación en la contemplación de algún objeto agradable le pareciese á propósito para inculcar en su corazón sabias y morales reflexiones. Cuantas y cuantas veces le puso de manifiesto la admirable conducta y envidiable aplicación de sus amiguitos, su alino» ¡il estudio, su docilidad y to- das sus buenas cualidades que les merecían el aprecio de lodo el mundo; pero na- da bastaba ¡i hacer variar á Federico, y su vida se deslizaba florida en el tierno vergel de sus pueriles ilusiones y pasatiempos. La mayor parte del dia lo pasaba siempre jugando y acariciando un hermoso perro que había en su casa, animal muy dócil y eslimado de sus padres á quien nuestro joven profesaba un acendra- do carino: nunca se separaban, y el animal, que conprendia cuanto le estimaba el niño, redoblaba sus halagos y concluyó por no recibir el pan de otras manos que de las de su amigo. Así transcurrían los dias complaciéndose en el juego, y no advertía el infeliz que cada acción de su vida que demostraba hastío al estudio ó poca aplicación al trabajo, menos docilidad y mansedumbre, era un nuevo puñal que desgarraba el corazón de sus cariñosos padres. El sabio Valt, á la parque los padres de nuestro joven, sentía también en su alma una pena, un sentimiento tan inmenso al ver esterilizados sus esfuerzos pa- ra colocarle en la senda de la razón, que se desvivía buscando un medio seguro y eficaz con que sin violentar su inclinación, sin castigarlo de modo que pudiera perjudicar su delicada complexión, produjese no obstante un resultado satisfacto- rio en el que el mismo joven conociese su falta y tratase de enmendar su conduc- ta, volviendo al caminu que habia abandonado haciéndose indigno del aprecio de su maestro y del afecto de sus amigos: para conseguirlo discurrió uno que le pa- reció el mas á propósito. La noche de Navidad lialiia preparado un magnílico baile á lin de obsequiar á sus discípulos y con el objeto además que conocerán nuestros lectores. Aquella 2Nf» EI, UU:IIAI;IIO \ ia rumio. noche deliia» asistir á el muchas niñas tan encantadoras como bien educadas, sien- flo iinii de los concurrentes nuestro joven Federico, á quien halagaba sobre ma- nera la idea de lo mucho que se esper¡i!i¡i. dislnier en aquella l;in deseada como brillante y escogida sociedad. VA tiempo coire con una c¡i.lina cspanlosü.... in- terminable, se decia el joven : que noche se me espera... tal vez la mas dichosa de mi vida; y en su semblante, sus acciones é impaciencia se traducía aquella cs- piesion del alma que en el lenguage del silencio se comprende sin embargo con suma facilidad. Tocó por último en el reloj de su impaciencia la suspirada hora acordada pa- ra dar comienzo a aquella espansion dulce é inocente, llena de goces, que con do- radas formas se presentaba á su infantil imaginación y en que crcia llegar al col- mo de su dicha. Presentóse en ella el niño con una alegría inesplicable, con un placer indefinible y un gozo que cualquiera á primera vista habría conocido su decidida inclinación al ocio y al juego. Buenas noches, mi querido maestro, dijo Federico acercándosele y besándole la mano. El doctor le miró con rostro severo á la par que triste, y le condujo de la mano al asiento que dehia ocupar al lado de sus concolegas que se encontraban entretenidos con las niñas, hablando unos de sus progresos en la lectura y escri- tura, yotros do los adelunlos m ;irilii)i'ili(i;i j dibujo. Federico les saludó con cor- dialidad y le fueron devolviendo el saludo ('¡ida cual con una notable indiferencia que no le impresionó, y quiso no obstante tomar parte en la conversación , pero sufrió una prueba que le llenó de confusión y vergüenza ; nadie le hacia caso y todos parecían despreciarle. Aquellos mismos niños q u e d o s años antes se dispu- taban el honor de distraerse á su lado en las Imms de wm> y que le amaban en- Irafíablemente tratando de rivalizarlc en dulzura, modestia y aplicación , ahora le despreciaban , se mofaban de él y procuraban separarse de su lado por temor de adquirir sus mismos defectos. Federico empezó a saborear el acíbar que e n - cerraba el fruto que habúi recogido del condenado árbol de su relajación al verse objeto del menosprecio de lodos. Abochornado, corrido y lleno de vergüenza se puso á llorar aunque con disimulo, ( n rato hacia devoraba en silencio sus lágri- mas cuando notó otro nuevo incidente que acabó de aterrorizarle. Cuando entró en el salón y se acercó á saludar á su maestro, se contentó el virtuoso Valí con darle á besar (amano sin que se dignase decirle una sola palabra, y ahora veia que no entraba nifío alguno á quien no hesare en la frente, prodigándole al pro- pio tiempo mil caricias, y encomiando su aplicación los presentaba á la señora marquesa de Vatemberg, que era la dueña de la casa , que les obsequiaba con aquel ralo de distracción. [•'Ha también besabaá su vez á maíllos le eran presidiados, complaciéndose en lincéeles mil pregunlas á que ellos conleslah;in con la mayor prmitiltid y acicr- lo, porque eran estudiosos v estallan siempre alentosa las sabias esplicacioiies de su querido maestro. Kl MIICIIAUIO V Kl, 1'ElíHO. 1H~ Inconsolable era en estremo la situación de Federico ¡I I aprccmr nn;i dulce y licrna alegría cu el corazón di1 sus compañeros IJUC lodos se ilispuliilmn h s¡ilis— íacciou d(! abrazar el primero que entraba en la sala. Kilos eran el verdadero re- verso de la medalla de Federico, pues mientras él lloraba recordando cnanto le querían antes todos, los otros, llenos de entusiasmo por los plácemes que reci- bían , gozaban de envidiable felicidad al ver recompensados asf su mérito y su aplicación. Tan severa lección trajo á su memoria el recuerdo de lo pasado, y hondos suspiros se escapaban de su pecho y esclamaba: ¡Oh! que distinto tiempo ora aquel; antes feliz , dichoso y querido de todos , cuando hoy esperimento efectos contrarios. Conocida su falla, estuvo tentad» para ir á postrarse a los pies del señor Valt. pedirle perdón y ofrecerle ser muy aplicado, laborioso y humilde ; pero aquella variación de sentimientos, aquella mudanza que sentía en su interior, ¿naciadesu corazón? No, aquel no era un propósito firme aun, le faltaba una prueba mucho mas terrible que sufrir para convencerse de que era necesario ser estudioso y de- poner la holgazanería y el juego. Aquella sensación que esperi mentaba era hija del momento, transitoria, y no podia por lo tanto ni debia dar ulterior resultado. Los celos, la envidia eran las únicas causas que producían en su alma aquella emoción. Por fin empezóel baile, ycadauno de los niños eligiendo parejasedeslizaban alegres sobre la alfombra que cubría el pavimento', al son de las acordes melodías de la orquesta. Todos respiraban alegría, gozo, felicidad; pero Federico no bai- laba , sabía muy poco, apenas nada y le daba vergüenza tomar parte en una di- versión en que había de hacer un papel muy ridículo. A fuerza de reiteradas ins- tancias de la señora marquesa, se levantó de su asiento y fue á buscar compañera. pero ninguna ñifla querrá bailar con él, pues enteradas por sus ¡imifíiiiliisdesu poquísima ó ninguna aplicación, de su afición al juego, todos le despreciaban. ¿Qué hacer pues en aquella apurada situación en que todo era ocasión de bochor- no para él? lín llanto y desesperación se convirtieron los dorados sueños de nues- tro joven Federico, y en donde creyó encontrar el gozo, la satisfacción y la rea- lización de su idea, halló el mas desesperado haslfo, por cuya razón resolvió en- mendarse en lo sucesivo. Ya habían concluido de bailar una polka, y cuando iban tomando asiento para descansar, los criados colocaron en medio de la sala una gran mesa cubierta con un rico tapete, ysobre ella varias bandejas de dulces y refrescos; entre ellas ha- Itiíi una cubierta que escitó la curiosidad de la mayor parte de los niños, pues nin- guno sabía lo que contenia. ¿A qué no sabes, Alejandrito, lo que hay en esa bandeja? dijo la marquesa íí uno de los niños que era el mas eslimado y que parecía manifestar mas viva cu- ínn Kl, MUCHACHO 1 VA, t'KHUO. rinsidad.— Lo ignoro, sonora, y lo siento en verdad. — Paciencia pues, aniigui- to, contestóla señora; lo único que por el presente puedo asegurarte es que os preparo una sorpresa la cual no dejará de seros grata causándoos una sin par sa- tisfacción. Luego de colocados en la mesa, invitaron á nuestro joven para que se acercara también á ella, pues liabia quedado solo aislado en un rincón sin que na- die notase su falta si exceptuamos el doctor y la marquesa. Federico creyó en- tonces que habían para el terminado sus congojas y que se le abría una nueva era de regocijos, pero se había equivocado por desgracia. Se le iba á sujetar á una prueba en laque liabia de ser pública su desaplicación y torpeza , prueba en que iba á ser el blanco de la burla d > Indos los jóvenes, prueba en lili terrible < para un joven bien educado. La señora levantó el paño que cubría la bandeja objeto de tanta curiosidad y distinto comentario, y aparecieron muí [¡Mu! de bandas de seda, ricamente bordadas y con ellas una porción de niedallila.s de plata cuidado.siiiienle cinceladas con destino á premiar el mérito, la virtud y el incesante desvelo al estudio; y para que el contento fuese general y no hubiese lugar á enojos, estaba acordado que se sorteasen , pues que de este modo todos quedarían satisfechos con lo que la suerte les deparase. Para el efecto se inscribieron en una porción de cedulitas prepara- das de antemano el nombre de cada niño en las unas y en las otras la clase del premio que debía recibir. Federico fue el elegido para estraerlas é ir leyendo en alta voz el nombre que contenía cada cual. Todos los jóvenes esperaban impa- cientes la sefial para dar principio á aquella ceremonia : el gozo era general, in- descriptible la alegría: cómo palpitaban de tierna emoción los corazones de aquellos inocentes en el instante mismo en que veían próximo el momento de recibir su premio, que les valdria la ternura y amor de sus padres, el aprecio de su maestro y el carino de la marquesa ! Cuántos besos , halagos y fiemas de- mostraciones del entrañable afecto iban á recibir de los autores de sus días al presentarse ante ellos con aquella insignia que era el símbolo iiel, la franca es- presion de su aplicación , que traducía en su mudo silencio el don de laboriosos que demostraban á la sociedad al lucir sobre su pecho el premio de sus desvelos, de su asidua aplicación ! Sus inocentes y candidas acciones indicaban la tierna y agradable emoción que á su pesar no podían ocultar. Oh ! pura inocencia! cuan grata eres á los ojos de aquellos seres cuya alma no ha emponzoñado aun el fétido hálito de las mundanas pasiones! tildad dichosa en que todo se presenta risueño y grato á la infantil imaginación; dia sin noche ; existencia sin ansiedad en que todo es bello, sublime, heroico y encantador, y en que en (in, y para de tina ve/ acabar, la maledicencia del mundo no ha turbado con el fuerte vendabal de su». mentidos placeres el agradable reposo en el vergel frondoso y florido de la pri- mavera de la vida. La sefiora marquesa, que presidia este solemne acto, hizo una señal á Federico, EL MUCHACHO ¥ EL I'EMIO. 289 quien al instante eslrajo de uno ile los dos globos que tenia a su disposición la primera bello I i la. y de dentro la cedida que con tenia, cuya inscripción apenas pudo leer con la facilidad que debiera y era de esperar, no obstante de ser el nombre en ella estampada el de uno de sus mejores amigos. A duras penas y después de muchas dificultades pronunciólo, y en seguida tomó del otro la segunda, que es- traidu coini) la primera, le locó ni suerte una lianila de seda carmesí primoro- sainciilc bordada que inmeilialamenle le fue miniada sobre el pecho por la mar- quesa, prodigándole un sin mimen) de caricias. VA niiío lloraba de gozo al verse halagado con lan pomposa distinción, besando ora la mano de la señora, ora la del profundo abale Yalt, á quien era deudor de tal merced por los adelantos que liabia hecho en su carrera. Pasadas las primeras impresiones de alegría, codiciaba el presentarse á sus padres para que premiasen sus progresos con las caricias de que estaba ya necesitado. El doctor leyó en su corazón la pasión y el deseo que le dominaba, procuró tranquilizarlo, ordenándole, una vez conseguido, volvie- se á ocupar su lugar hasta que aquella ceremonia hubiese terminado. Conocida la incapacidad de Federico, se dispuso que cada niño fuese estra- yendo las dos bellotas de cada globo hasta que finalizó la operación, recibiendo cada cual su premio en suerte y los mas cumplidos plácemes de ia marquesa y el Sr. Valt. Todos los jóvenes de ambos sexos ostentaban sus divisas á cual mas lindas ; uno solo se había quedado sin condecoración, y era Federico, á quien le devoraba el mas amargo pesar al \er á sus condiscípulos lan satisfechos y orgu- llosos con aquella distinción, símbolo \ fiama e«.presion de su aplicación : él se hallaba solo sin yalardon porque no lo mereciii, \ corrido de vergüenza quiso reti- rarse , pero no se lo permitió el doctor. Ya llegará la hora de que V. se retire, le dijo, y reuniendo todos los nifios en el salón les hizo formar círculo colocándose con Federico en el centro. Todos guardaron profundo silencio y esperaban el resultado. El doctor, revistiéndose de energía, dejó en el fondo de su alma el sen- timiento que le causaba aquella escena desgarradora pero necesaria : dirigióse á Federico, diciéndole: Qué le parecen á V. los premios de sus compañeros? son de delicado gusto, no es verdad ? Y el de V, dónde lo tiene ? qué ha hecho de él? Federico lloraba: el Dómine conlinuó. Aliora bien: \ puesto que la desaplica- ción de V. le ha hecho indiano laminen de ser premiudo, no puede V. continuar por mas tiempo al lado de estos niños obedientes y laboriosos ni de parlicipar con ellos de las diversiones que la marquesa tiene preparadas para obsequiará quien lo merece : coja V. su gorra y el criado le conducirá á su casa, hasta tanto que variando de comportamiento, aplicándose y observando una buena conducta como ellos, se haga V., sefior mió, digno otra vez de mi aprecio. Qué vergüenza! escla- maron lodos los niños á coro , al notar que el criado acompañaba á Federico á su casa y era espulsado de aquella sociedad. Aquel acto tenia una importancia tan marcada que fue apreciada por todos los niños como merecía; no obstante su TOMO i. 3T ¿!M Kl MUCHACHO 1 KL PEHIIO. corta edad, era una acción degradante, un desprecio tan solemne que produjo en el ánimo de cada cual un mágico efecto. Tan vivas impresiones produjeron en nueslni joven una ligera indisposición que le precisó á guardar cama por unos ctianlosdias. siempre llorando, inconsolable siempre , no obstante que el sabio doclor le visiliibn con frecuencia {'\hollándole á la enmienda con afectuosas es- presiones, haciéndole ver cuan cara le costaba su desaplicación: el niño, que sin perjuicio de su corta edad llegó á convencerse de la realidad , cuando abandonó el lechó se dispuso á ir á la escuela, y una vez colocado en su acoslunilmido lugar pidió permiso al maestro para hablar y se espresó en los lénninos siguientes: Aniquilo*, yo conozco que me hecho indigno de vuestra amistad y del afecto de nuestro buen precepto]1; por lo tanto os suplico con encarecimiento me perdonéis, pues de hoy en adelante no pensaré mas que en estudiar para así recobrar vues- tro aprecio. Acto continuo besó la mano al doctor que le tendió los brazos y estre- chó uno ¡i uno á sus compañeros. La buena marquesa no se descuidó también en hacerle su regalito, y en poco tiempo Federico consiguió con su aplicación y mo- destia el mismo puesto que antes ocupaba, llegando íi captarse otra vez el cariño de sus amiguitos. Algún tiempo después tuvo ocasión de ensanchar é ilustrar su esperiencía en aquel perro que lanío lia!>i;i querido, hesde que se levantó de la cama no echó nunca de la inciimnii hi. Iridie lección qu<> reniñó en el baile, y esta misma le hizo olvidar de un modo absoluto j completo las caricias que prodigaba de continuo al generoso animal , castigándole cuando se le acercaba reconocido á las pruebas de afecto que le habia dispensado durante el período de su punible desaplicación. lina [arde de primavera se hallaba con sus padres en una hermosa quinta que poseían á cierta distancia de la capital: hallábase Federico asomado á una ventana leyendo, y vio llegar á la puerta balando asustado un hermoso cordero á quien quería con estremada solicitud por habérselo regalado su papá según la costumbre que hay en Alemania de llevar cada niño al prado en la referida esta- ción uno de aquellos animalitos, que se tienen en grande estima en el susodicho imperio. Al momento que lo vio empezó á llamar á los criados para que le abrie- sen la puerta y viesen si habia recibido algún mal. Apenas concluyeron de exa- minarle, llegó el perro fiel todo cubierto de sangre y lleno de mordeduras tan grandes y profundas que daba lástima. Federico se conmovió al verle en aquel estado, y por la primera vez después del baile, se dignó hacerle fiestas y corrió á avisar á su papá para que le curasen. Uno de los criados, que habia visto lo que pasó, dijo que hallándose paciendo el corderito en uno de los eslremos de la quinta que confinaba á un pinar espesísimo , vio venir un lobo que se dirigía al corde- rilo para saciar la hambre que le devoraba : el criado, no atreviéndose á salirle al encuentro porque estaba desprevenido, empezó á dar voces por ver si podia es- pantarle haciéndole retroceder, lo que no pudo conseguir; pero el perro, que se encontraba muy cerca de allí durmiendo entre unos romeros, despertóse á los gri- tos y le vio venir hacia el amiento cubierto con la espesura. Knloncos abalan- zándose ;'tél se opuso ¡i su ¡lítenlo d¡unli) furrios hídridos, con lo que lo¿>ió lo que no híihi;i podido el niiido; el conlcrillo ¡Memori/inlo hu \ i prccipiliidamenle al > caserío, en lanío que le vio inlernarse en la espesura \olviendosc en soguilla á la casa aunque con muellísimo trabajo, pues mas tímido y menos fuerle que el lobo sufrió de él grandes mordiscos que le dejaron muy mal parado y lastimado. Este hecho, tan heroico en un animal, despertó muchos recuerdos en el alma de Fede- rico , que ya conocía algún tanto el mundo por el prisma de la realidad, y uniendo esta circunstancia á lo ocurrido en el baile fueron afirmando mas j mas su cora- zón en la senda de la rectitud que nos traza el íntimo convencimiento. Sus padres, que eran ya bastante ancianos, le confiaron el cuidado de sus cuantiosos bienes cuando apenas contaba diez y nueve años ; pero el estudio y la espciiencia ha- bían formado en su corazón un fondo de criterio y una formalidad \ discerni- miento tan recto , que jamás se determinaba á una cosa sin consultarla y pesarla antes en la balanza de la razón. El destino fatal, esa ley severa aunque justa á que nos sujetó el Criador cuando nuestros primeros padres traspasaron su divino mandato en el Paraíso, esa sentencia de muerle que pesa sobre- nosotros desde el ¡nsl.¡uilc mismo en que abrimos los ojos á la luz de l¡) vida , lialiia arrebatado al cariño de Federico los autores de sus dias ; aquellas prendas de su cariño á quienes tanto veneraba ha- bían sido borradas del libro de [la vida para recibir de su Criador el premio de sus virtudes. Federico , dueño entonces de una inmensa fortuna, sin tener quien le guiase entre los innumerables peligros que rodean la existencia del hombre , procuró siempre aumentar sus conocimientos; dedicándose con mas asiduidad al estudio; complacíase siempre en recordaré imitar las sabias máximas que había apren- dido de su maestro, y no podía recordar sin vergüenza, aunque con alearía, la noclie del baile: ¡'i ell;i debía su honor y su elcvadn instrucción. Federico mere- ció después im distinguido puesto en la corte de Alemania con (pie quiso honrar su talento su soberano, y fue un buen padre de familia. El estudio y la virtud Si nuiercs vivir cu la historia forman el premio del hombre, y respeto no le falla, le alcanza gloria y renombre jamás del estudio apartes su talento y rectitud. y de la virtud, la memoria. Kn azares de la vida Asi bien podrás lograr si nunca quieres errar siempre vivir con c! hombre, procura nunca olvidar y á mas de tu buen renombro aquello que e.l necio duda. la gloria elerna gozar. ;CUADRO DE WYNAUTS.) I. Hay palabras que encierran en sí un poema, y una de estas palabras es sin duda /// mañana. Dentro de las ocho letras que la componen , está, como en- cerrado en su marco, uno de los mas grandes cuadros de la naturaleza. La gran figura del cuadro es el sol; su campo el universo; en la composición, entran los mares , la tierra y el cielo. El pintor de este cuadro es Dios. Los admiradores de la grande obra son todos los seres creados. Pero ¡ ay! que existen entre estos seres, desgraciados que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen, y estos, ni com- prenden los himnos de alabanza de la naturaleza entera á la vista del sublime cuadro, ni alcanzan de la grande obra otra cosa mas allá de la palabra que la espresa!.... ¡ Triste es por demás que esos desgraciados se encuentren precisamente en la raza privilegiada , en aquella para la cual el grande artista hizo principalmente sus obras! Yo encontré en el museo de Madrid un rústico labrado]1 estasiado ante el Pasmo de Sicilia: aceiquénie á él y íe pregunté: —Qué le parece, buen hombre, de esta obra? —Que si esto es oro macizo , hay aquí una riqueza con esto solo. Y señalaba con el dedo las magníficas molduras del marco dorado. El labriego miraba el marco, y se separó de allí sin ver otra cosa del cuadro. Pero hay seres mas desgraciados todavía, listos son , los que con ojos para LA MAÑANA. ver y oídos para oir, pasan su triste vida cutre tinieblas, atolondrados y (ensor- decidos por el estruendo de continua tempestad. Dichosos ellos el momento en que un rayo de luz disipe las tinieblas de su triste noche; en que la dulce calma suceda al estruendo de su tormenta ! En la regalada Sevilla, en uno de sus barrios principales, y en otra de las mas suntuosas casas de la población, vivía, retirado completamente del comercio, un hombre de cuarenta ailos, rico como un nhabab, nías achacoso que rico, y mas raro que achacoso, llabia hecho su inmensa fortuna en América tras largos años de ímprobos trabajos, de duras penalidades y á costa de toda clase de privaciones; y cuando su debilitado cuerpo, cansado ya, dejó de obedecer al agudo acicate de su alma avara, determinó volver á la patria de donde tan pobre había salido, para indemnizarse en dias de paz y de felicidad los largos años de sufrimientos y sinsabores que había pasado. Pero ¡ay! que el desgraciado no tuvo en cuenta que la felicidad no siempre sigue á la fortuna material del hombre , y que muchas veces los medios que se han gastado para alcanzar esta última, se echan luego de menos hasta hacer im- posible que se recobre la primera! Antes de dejar España para partirá América, tenia veinte afíos; su corazón que rebosaba todo el vigor de la juventud, ardía en ese sentimiento grande que con tan poderosa fuerza se esperimenlaen esa edad: amaba pero no tenia medios para amar: su esbelta y agraciada figura, á la rjiM• tan bien hubieran sentado ri- cos trajes, se cubría con un miserable atavío; hubiera vestido, pero no tenia medios de vestir: en su humildísima mesa, si sobraba el apetito, faltábanle los manjares, y allá en la noche el esceso de sueño tenia que suplir á la blandura de su pobre y duro lecho. Cuando dejó la América para volverá España, contaba ya cuarenta años ; volvia rico al pais de donde salió pobre; pero el ardiente sol del trópico habia secado la flor de su juventud ; tenia medios de amar, pero su corazón no podía ya sentir amor; tenia ricos y lujosos vestidos, pero su cuerpo encorvado y achacoso no podía lucirlos; en su opulenta mesa sobraban los deli- cados manjares, pero le fallaba el apeliln : y el plumón mullido de su fastuoso le- cho, al recibir la pesidez ilr aquel niiiri lijemineiite su tallo como preparándose á saludarle; e\alalian las llores susaromas; las avecillas, sin abandonar aun la rama de la no- che, volvían la cabeza dejando escapar notas aisladas del alegre canto con que sa- ludan al nuevo dia, y el céfiro, corno saltando de su lecho de verdura, se levanta- lía de la tierra agitando blandamente las llores, las hojas de los árboles, y, lle- nando el (.'spanu di' su «TÍIIO |)rrí'imie. rizaba la tersa superlicie del sosegado rio. Carlos, sin que se ¡ipernliicra de ello su razón, empezó á respirar aquel aire I,A MAÑANA. »ü!l purísimo y embalsamado;'su pecho se ensanchó en medio de aquella atmósfera nueva, y por una necesidad material llevó , también sin advertirlo, la mano al sombrero, y acarició su acalorada frente el aire fresco de la mañana, llubiérase dicho que saludaba atónito y asombrado, entre aquel secreto placer de su cuer- po, y la no disipada intranquilidad de su alma, la imponente y brillante mages- tad que asomaba ya en el Oriente. Como una flor, como una planta, como la misma avecilla, Carlos volvió la cabeza y su vista se encontró por primera vez en su vida con el magnífico espec- táculo del sol naciente. Renunciamos á describir lo que pasó en él ante esa maravilla siempre nueva y siempre admirable de la naturaleza. ~ • ' -eir que era la salida del sol, y que la conlemplalia por primera vez un hombre á los veinte an Notaremos, sin embargo, que su alma esperimentó una emoción nunca sen- tida, mezclada de ternura y de alegría, y la cabeza se sintió como aliviada del pe- so que la oprimía, al asomar á los ojos dos lagrimas que brotaron del fondo de su corazón. Si una armonía de llcllini, si un verso del Petrarca, espresiones del arle que es un remedo no mas de la belleza real, encantan y conmueven, ¿qué mucho que asombre la razón y trasporte el alma cuando la naturaleza se presenta con ese lodo de belleza verdadera, á que el labio no se atreve, abandonándola entera al sentimiento? Carlos conlcinplalia enternecido el magnífico cuadro de la naturaleza, vuel- ta la vista al sol, cuyos rnyns, ya mas fuertes, le obligaban a cerrar los ojos, confundiéndola debilidad hija de la pequenez ¿ Mis rancias y la sonrisa de tu hijo no valen mas que todo el oro ? Pero tú fuiste sóido á mis consejos, te mos- traste duro a mis lagrimas , y te fuiste para no volver mas nunca. ¿Y es verdad que has muerto? ¡Oh ! Si fuese cierto lo que mas de una vez ha cruzado como ¡fftS USA SICILIANA MADRK. un rayo por mi en hendimiento! ¡ Si otra mujer le hubiese mlcnido en sus brazos! Así Dios me envié la muerte antes que estar segura de lu in^ivililmt para conmi- go , y de tu olvido para con el hijo de que me hiciste madre. ¡ Olía mujer! Oh Dios! Horra esta idea de mi mente ; es demasiado atroz para que pueda alimen- tarla y conservar la vida al mismo tiempo. ¡ Bórrala , Dios mió ! no puedo , no puedo soportarla. Esta mezcla de afectos vemos en la mujer que representa esta lámina. Sus ojos parece que se dirigen á un objeto lejano , y en ellos hay cierta espresion de enojo, que no está bien definida, pero que deja adivinarse. El hijo realmente tie- ne un aire de quietud impropio de la edad suya, y en su rostro hay cierta es- presion de tristeza mas impropia todavía que la quietud que hemos espresado. Esta mezcla, pues, ñas ha hecho ver que en l¡i. menle de la madre hay mas de una idea, en su corazón hay mas de un aféelo palpitante. No sabemos si fue tal la intención del pintor, pero nosotros vemos todo eso , y aun diremos que nos duele no ver un sentimiento dominante, único que hubiese sofocado cuantos pue- de haber en el corazón de una esposa y de una madre. Nos parece que dar á este cuadro el título de fxi madre sicihatia no está bien y que es mas exacto el de Una siciliana madre , pues una madre siciliana es co- mo otra madre cualquiera , y la circunstancia de ser siciliana no modifica en co- sa alguna su calidad de madre. Una siciliana madre dice sencillamente que el cuadro representa una mujer natural de la isla de Sicilia y que es madre. El cua- dro no es regular que tenga título , y así el título que no aprobamos es el que se ha puesto en la edición francesa. El autor de este cuadro es Robert, en cuyo artista no puede pensarse sin que nos asalten á un tiempo el dolor y la alegría. Su genio había de despertar la ad- miración de sus contemporáneos y de la posteridad; mas la Providencia dispuso que su vida fuese corta y desventurada. Ocupa en c! arte un lugar aislado pero emi- nente , y si quisiésemos formar juicio del arte en general, diríamos que Leopol- do Robert ha sido el artista que ha munifestado mas talento en la pintura de gé- nero meridional, mirándola con respecto á la poesía y al carácter. Aunque incli- nado á la melancolía, en sus; composiciones no se nota el carácter lúgubre y antiestético de que echan mano laníos pintores á íin de escitar la compasión. Su tendencia era hacia el lado poético de la [tena y del dolor: así es que este apare- ce en sus composiciones con una especie de calma noble y magestuosa. Su manera de espresar la pasión es graciosa é interesante, aun cuando pasa de la elegía al drama : los rostros y los miembros en su espansion dolorosa no tienen jamás aquel carácter contraído y de visaje que lanío perjudica, ;il arte. Lo mismo observamos en este pintor con íespeclo ¡i los caracteres , porque en la pintura de género es bastante natural represen tai' el rasgo característico por medio de la caricatura, de la exageración y hasta de la fealdad. Robert no sa.- criticó jamás la belleza á la manía de carácter izar, ni olvido nunca la decencia y el buen gusto. El alecto del alma que en sus composiciones sf> inaniliesta casi siempre bajo formas múltiples, es una especie de lamento acerca de la insta- bilidad de las cosas humanas; y esa melancolía relativa á esa instabilidad en que la tristeza está al lado de la alegría , se encuentra en todas las épocas de la ci- vilización humana , tanto antigua como moderna. Itobert tenia verdaderamente el sentimiento del gusto antiguo, y por esto en sus grupos se encuentra esa pru- dente economía que hallamos en los bajos relieves antiguos. Cada figura está en su lugar sin violencia de ninguna clase: cada personaje contribuye á la acción general sin turbarla ni perjudicarla ; circunstancia difícil por que muchas veces vemos que las figuras subalternas desordenan la acción ünal, del mismo modo que los personages secundarios malogran una pieza porque se da á su papel mas importancia de la que le corresponde. En el colorido, huyendo de la minuciosidad sistemática de los pintores mo- dernos, y estudiando los decididos colores del cielo meridional, procuró constan- temente idealizar la realidad: la sensualidad en sus cuadros es siempre varonil y está llena de gracia , poique sus cabezas, al paso que presentan el carácter de la pasión, dejan ver un reflejo de belleza moral. Nunca un cuadro de Robert ha re- presentado el sensualismo grosero. Tenia gran fuerza creatriz y mucha facilidad tanto en el dibujo como en el colorido, de modo que hubiera podido hacer muchos mas cuadros de los que sa- lieron de su pincel; pero sabia bien que en las obras de arte no se atiende al nú- mero sino á la calidad; y penetrado de esta verdad trabajó lentamente, y siem- pre estuvo descontento de lo que hizo, de suerte que agradaba á lodos y no sabia agradarse \ MUIRÉ, joven sepa hawr al cabo de cierto tiempo alguna cosa tolerable. Su cabeza se lle- na do copias que han hecho en la Academia; y ayudados por la rutina , compo- nen impulsados por sus recuerdos, pero sin inspiración propia. Por todo esto son mas dignos de admiración los hombres que dejando el camino trillado se lanzan á la pendiente de su genio. Me rsle número fue Robert, que miraba el arte como una musa severa, como el tema de toda su vida; y así es i\\\v todas sus compo- siciones son triunfos del arte sobre la naturaleza , [nimios difíciles, pero llenos de encanto y de atractivo, lil jxíscador napolitano ; Corina improvisando en el Cabo Chileno ; unos labradores que vuelven de una fiesta ; la muerte del Salteador de Caminos; el Hospital; los Suizos, y la Siciliana con su hijo , son sus cuadros principales. Robert se presentó en la osposicion de París de 1831 con su obra capital La mella (k los segadores, y su talento fue premiado con el éxito mas brillante. Desde entonces su fama quedó asegurada y siempre ocupará un distinguido lugar en el catálogo de los pintores de genero. EL MARTINETE. CUADRO DE W. BURKEL. Esperar para vivir. Kra una larde, deliciosa como fas horas tic esperanza: una brisa suave y lieiTumaria mecía los pélalos de las llores; y los tibios rayos del sol, que so re- clinaba sobre lechos de nubes, tenia de nácar y oro las cimas del Montblaiich. La estenskm del valle adonde trasportamos á nuestros lectores, ofrecía un pai- sage tan pintoresco, como magnífico. Kn primer término se veía una choza rús- tica, con varias dependencias conliguas, cuyo iisjieclu revelaba una modesta me- dianía , pero al misino tiempo una limpieza que hacia honorá los pobres aldeanos que la habitaban. Servia á la vez de casa de labranza y de molino, gracias á la corriente benéfica de una respetable cantidad de aguas, alimentadas por la alluencia de dos fuentes que nacían al pié de las montañas en que se hallaba construida esta pacílica morada, lín segundo término, las pendientes del Munt— liliinrli, cubiertas de vegetación, entre cuyos graciosos lapices asomaban sus lo- ninas agrietadas y negruzcas numerosas rocas de proporciones colosales; y eu lontananza elevaban sus altas cimas las cordilleras inmediatas, ocultas bajo las blancas y espesas capas de nieve. Aquí y allí se veían álamos gigantescos, encinas seculares que sombreaban un terreno desigual, poblado de tomillos, romeros, salvia^ \ olías plañías tan olorosas, como inocentes. llaliKalia i'sla tranquila ; deliciosa comarca una buena familia '•onipuesta de 312 EL MARTINETE. un padre sexagenario, pero rubusto como un hércules, una madre hacendosa y activa, como una matrona de los tiempos bíblicos, un joven de veinte años, fuerte y ágil como un cazador de la Arabia y una joven de diez y siete afios, bella como un ilia de felicidad, de blonda cabellera, ojos azules, tez purísima y talle vo- luptuoso y flexible. Klina era en la choza el alma, la inteligencia, el encanto, la gloria y el consuelo. Todas las amarguras desaparecian delante de una de sus sonrisas, que calmaban sus dolores. Sus padres y su hermano vivían en su mi- rada , y pendían de su voz , como si su palabra fuera ia inspiración de una hada, ó de una sibila antigua. Rlina resolvía todas las cuestiones, dirigía los mezqui- nos y preciosos intereses de la familia: el padre proyectaba, el hijo obraba y Klina pensaba por todos. Piadosa, dulce, sentimental, pero apacible siempre, era semejante á un ángel que recogía los deseos, las esperanzas, las alegrías y las necesidades de su familia, para elevarlas hasta la presencia de Dios, vestidas con la pureza de su alma, con las virtudes de su dulcísimo corazón. Pero Elina no sonreía con -tanta inocencia, como en los diasde su infancia: su sonrisa, siempre encantadora, revelaba sin embargo una agradable melanco- lía , tan bella como el recuerdo de las alegrías pasadas: y buscaba las orillas so- litarias del torrente, con mas frecuencia que en la aurora de su vida. Elina ali- mentaba otro pensamiento, que le era querido como el lugar paterno y tenia otros sueños, que la trasportaban mas allá del valle en que habia vivido hasta en- tonces á fuer de paloma de las montañas. Varias veces se habían preguntado los padres la causa de aquella hermosa melancolía, que la hacia mas seductora: era la sonrisa lánguida del último crepúsculo, así como era antes la bulliciosa alegría de la aurora; pero no se atrevían á preguntar; respetaban su cambio con una re- ligiosa deferencia, y hubieran creído ofender su alma, dirigiéndola una palabra que no fuera discreta. Sin embargo, la madre tenia la necesidad de consolarse, pro- curando descubrir el origen de aquellas ligeras sombras, que empañaban la deli - ciosa juventud de su hija, y esperó una ocasión con todo el afán de que una madre sola es capaz. Kn la tardo < que nos referimos se hallaba la buena madre sentada á la puerta i del molino , ron los njos lijos en la vereda, que servia de paseo ásu luja. Ansiosa, triste y medilaliundü. descubrió por fin á Klina que venia aproximándose con esa lentitud , producida por la gravedad y pesadumbre de un pensamiento fijo, in- mutable , solitario y casi único que atormenta al par que dá la vida y que rodea losdolorcs con los encantos ríe unn creída felicidad. Kliti;i deshojaba, disimula un pequeño nium de llores que acababa de recoger: y veia. con ia m;nor itulilercnria l¡is débiles liojnsdo colores caerse á la corriente que lamía sus pies y desaparecer arrebatadas por el agua. El movimiento este- rior no conseguía conmover su eterno pensamiento que la oprimía, como el manto de plomo del Dante. EL HAItTINETE. ;¡lfl Cuando llegó al lado de su madre y oyó su voz cariñosa, como la voz de toda madre, levantóla cabeza y dejó asomar á sus labios suavísimos aquella sonrisa, que admiraría á un ángel y que haria estremecer aun justo. —Ven , siéntateá mi lado, querida mia; dijo la madre, procurando dar á sus palabras y ásus ojos toda la dulzura que encierra el amor maternal. —Con mucho gusto, madre de mi alma; respondió lilina acariñando sobre las sienes el cabello gris de su buena madre. —Te ofenderán mis preguntas? — Porqué? jamás; vuestras palabras suenan en mi alma, como las campa- nadas del Ave María. —Es decir, lilina mia, que me perdonarás si le pregunto por qué estás triste? Elina mostró, sin que lo pudiera remediar, un estremecimiento, que no se ocultó á la penetración de la madre. Pero ingenua y avezada á revelar hasta sus mas queridos pnisiiinie.ntos, contestó sin vacilar: — Sí, madre mía , estoy triste, como las flores al caer el sol, como el valle en los meses de invierno, como vos misma en las noches que veíais ala familia enferma. —Tú , triste , vida mia, tú que no sabes lo que son dolores, que ignoras la amargura de los pesares? Tú que vives entre Dios y tus padres! Vamos, qué le aflige ? Deseas ir á tu aldea ? ¿ te cansa esta soledad ? Habla por Dios, hija de un alma, tu tristeza llena de sombras nuestra casa, como si faltara el sol á los campos, como si faltiira la madre al caliritillode pocos dias. — lis verdad , madre mia: pero lia venido sobre ini frcnle un pensamiento estrafio , porque mis ojos tuvieron una visión y mis oidos escucharon palabras nuevas, llenas de armonía. —Qué le ha sucedido , amada de mi alma? —Oh! Kscuchad. Yo estaba sentada á orillas del loiiente mariciaiiflo un ca- britillo, mientras dormía sobre mi brinl el pobre perro que me sigile. ;'i todas fiarles. — Prosigue, hija mia , prosigue. — Yo dirigía palabras cariñosas al inocente corderillo , que me lamía la mano , con envidia del perro , que de cuando en cuando levantaba su cabeza, me iirimlm , meneaba la cola , y volvía a meler el hocico entre sus palas. Ue re- |H'i)te me pareció sas todavía en esas visitas que lan inorantes son hasta ahora, Escucha; ahora mas que nunca necesitas orar; retírate, hija mía, y pide á Dios que guie por buen cantillo tu filtrada en el valle do las pasiones. Yo velaré por tí. l,a madre besó la fíenle de Elina, la estrechó contra su corazón y la condujo hasta su modesto cuarto. — Tengo ganas de llorar! esclamó Elina, dejándose, caer sobre una silla. — Llora , hija mia, llora ; esas lágrimas las bendice el Señor. Morir por esperar. Pasó un dia y otro dia sin que Elina osara separarse de la cabana; si hu- biera llevado sus pasos mas allá de la sombra que proyectaba su morada, habría creído ofender á Dios, porque ofendía á su madre. Pero su melancolía iba en aumento-: las enfermedades del alma conducen también á la muerte. La madre empezaba á temer las consecuencias de su justo rigor y sufría por ella y por su Eltna. Entretanto avanzaba la estación de las lluvias y de las tempestades : el va- lle habia perdido su risueño aspecto, las noches eran mas largas, los días mas sombríos y la tristeza de lilina mas profunda. El trio reunía ya junto al hogar á la inocente familia del valle para rezar á Ja Santa Virgen, oir la lectura de un libro piadoso y acostarse después al rugido del viento y al rumor de la caida de las aguas. En una de estas noches y después del rezo ordinario, el padre y el herinmii) de Elina se recogieron sin esperar la lectura , y la madre y lilina se quedaron solas. —Es estraño , Elina mia, dijo la madre , que no haya vuelto el cazador á visitar este valle. Casi deseo que vuelva. —Oh! ya no vendrá , respondió la joven ; no viene la alegría siempre que se la llama ; no acude la fortuna siempre que la invoca el corazón del hombre. —Se habrá olvidado de tí, repuso la buena mujer, procurando observar el eferlo que producían sus palabras. —Puede ser; pero yo no me olvidado (le él, como no olvido vueslnis caricias , como no olvido mis deberes. Oh! el sol prosigue su cañera y se ocul- BL WAKTINETE. ¡(17 líi df Iras d*1 los montas . sin cuidarse de los enfermos, que desean contemplar su luz porque los mátala noche, ül cazador lia pasado por esta valle, como el ciervo , saltando de risco en risco , para no volver jamás. Bendito sea Dios que me permitió verle algunas veces. —No te aflijas, Elina; volverá, el corazón de una madre no se engaña cuan- do se trata de la ventura de sus hijos. —El cielo os oiga , madre mia; pero los ángeles no descienden á la i ierra todas las veces que les invoca el hombre : necesitan el permiso de Dios. Iba á contestar la madre, cuando vino á interrumpir estos momentos de san- ta confianza un golpe dado á la puerta de la cabafia. —Llaman , madre mia. —He oído el golpe, pero no me atrevo á abrir. Será el espíritu de la noche que pedirá otras oraciones. —Oh ! no : será algún peregrino ó algún pobre que se habrá perdido en la fragosidad del valle. Volvió á sonar otro golpe, que hizo desperar al padre y ¡il hijo que se le- vantaron en seguida. —Abrid , dijo entonces una voz : os traigo un mensaje del cazador. —Loado sea Dios! esclammon á un tiempo madre é hija, mientras se apre- suraron las dos á franquear la entrada al mensagero. Era un joven aldeano, cuya fisonomía revelaba valor y confianza. —Buenas noches, señores, dijo el mensagero , sacudiendo su capa y arri- mando su escopeta al alféizar de una venlana. —Buenas noches, respondieron todos con la mas franca alegría. —Podéis descansar, dijo el gefe de la familia; os ofrecemos cena, vino, cama y birena voluntad. Klina estaba impaciente; la madre no podía contener su curiosidad. —Muchas gracias, respondió el joven : acepto un vaso de vino y vuestra buena voluntad ; pero antes de amanecer debo llevar la contestación á mi amo. Tomad, señorita, concluyó entregando una carta que Elina recogió con se- ñales inequívocas de su impaciencia; tomad , y si es lo que yo me figuro , com- placed á mi amo, que se muere de melancolía. — ¿Está triste? preguntó Elina fijando sus miradas en el mensagero. —(¡orno una noche de invierno. Klina suspiró y sonrió. —¿Por qué no sale á cazar*? añadió Elina sin dar tiempo á que el aldeano bebiera el vaso de vino que acababan de presentarle. —Por qué! porque estaba enfermo. —Enfermo ! esclamó la madre , mirando ¡i su hija. —Enfermo! añadió Elina exhalando un suspiro romo si hubiera dejado caer un peso que la abrumara. •I I S Kl, MARTINKTK. —Enfermo de no sé qué ; el médico no nos lia mandado á la botica. —Pero está mejor? preguntó Elina con afán. —Oh! sí. —¿ Cómo ha curado'! —Eso lo sabe Dios , y yo lo pioinno. — Hablad, hablad. —Mi señor estaba pálido , muy pálido; no salia de su habitación. y escri- bía cartas y venian cartas, hasta que esta mañana yo mismo le miré uii¡t que arañaban de traer. Mi amo la cogió , la abrió , la leyó , dio un gnlo \ ¡iñadió • toma por las albricias , tú llevarás mi petición. Me dio una moneda de uro, dile gracias y me retiré. Al cabo de una hora me volvió á llamar y me dijo : toma la escopeta y dinero y vete al valle del molino y entrega esta carta á la familia que lo habita. Te espero antes de amanecer maílana. Ved , pues , si me dais con- testación y partiré dentro de una hora. Entretanto descansaré al amor de la lumbre. El joven se acomodó lo mejor que pudo y se quedó bien pronto dormido pro- fundamente. Elina, impaciente , alnio la caita y leyó temblorosa lo que sigue : « Respetables amigos : rico , casi poderoso, huérfano , pero con parientes altivos por sus títulos y nobleza , he buscado una compañera de mi soledad. He tenido los palacios y he huido de ellos; he corrido los pueblos grandes y no me han satisfecho ; pero he visto á Elina y he bendecido á Dios, líl corazón se halla satisfecho. He conseguido la anuencia de mis deudos y me apresuro a pediros la mano de Elina. lilla será mi ángel, mi consuelo, mi alegría; en cambio , como caballero , como amante y como esposo , procuraré hacerla feliz. ALBERTO.» —¿Veis, madre mia ? no me ha olvidado : Dios bendiga las esperanzas, que santifica la virtud. —Lo veo, hija mia; y si tú estás contenta , solo falta la aprobación de tii padre. —¿ Qué he de decir yo , hija mia ! Tú lo quieres , cúmplase la voluntad de Dios y la tuya. Así, pues , escribe que yo consiento , porque le creo capaz de no faltar á su palabra. Elina, alegre , ágil y feliz acercó una mesilla al hogar y escribió la contes- tación , que leyó en seguida á la familia. « Puedes venir, hermoso cazador. El valle se alegrará con tu presencia. Mi buen padre y mi cariñosa madre consienten en que te llames mi esposo. Ven, pues, á recoger de mi mano las flores que he cultivado para tí. Aquí en mi corazón te guardo amor, alegría y bendiciones. No tardes , para que viva — KLINA.» La madre sonrió al escuchar esta lectura; el padre quedó atónito y Elina se UL MARTINETE. lili) apresuró á cerrar la carta, procurando dejar dentro la hoja de una flor silves- tre , que llevaba clavada al1 pecho. En seguida despertó al mensagero. —Toma, le dijo , la contestación y corre por Dios á consolar á tu amo. —Ah! también me consolaria yo si fuerais vos la que me mandara palabras de consuelo. Ea, pues , adiós , señorita; adiós , señores. Diciendo esto cogió la escopeta, se la echó sobre el hombro , y acompañado de todos abrió la puerta , miró al cielo y añadió : —Mala noche ; pero yo conozco las veredas. Adiós. Elina no cerró hasta perder el eco de las últimas pisadas del aldeano; en se- guida cerró y acercándose á su madre la dio un estrecho abrazo y esclamó : —Ya soy feliz. —Así sea , contestó ia madre. El din siguiente ¡immirció lluvioso ; grandes masas de vapores acumulados sobre el Morilblanrli arrojaban una lluvia espesa , mienlr¡iscl horizonte se en- volvía en osnims nubes, amenazando con un nuevo dilimo. I n viento Inerte hacia oir sus rugidos en las ramas de las encinas y en las grietas de las rocas. Todo ofrecía el aspecto de una verdadera tempestad. Elina, acostumbrada á estos grandes espectáculos de su valle solitario , pasó el dia saliendo cíen veces á la puerta de la cabana para escuchar el rumor de unos pasos , ó el canto de un cazador. La naturaleza no la enviaba ninguno de los sonidos que esperaba con tanta impaciencia. Era ya entrada la larde , cuando calculó que era la liorn en que probablemente llegaría el cazador. — Saldré á su encuentro , y guiaré sus pasos á la cubana , porque él no conocerá estos senderos y podría caer en el torrente. Llevada de este doble sentimiento de candad y de amor, se cubrió la cabeza con un pañuelo, y seguido del perro tomó la senda por donde debia venir el es- perado cazador. Ágil como un cervatillo llegó en poco tiempo á laestremidad de una vereda , que seguía las sinuosidades del torrente, y se detuvo , procurando guarecerse en la cavidad del tronco medio carcomido de una encina. Al prin- cipio conservaba su alegría , porque conservaba la esperanza de ver en seguida al cazador. Pero pasó una hora , la lluvia arreciaba , crecían las aguas del tór- renle, y al-observar el aspecto del cielo, empezó á desfallecer y temblar. — No vendrá todavía , dijo, y es que no sabe que aquí le espero. Oh ! si se desatina el huracán , si se desbordara ese torreóte, yo no podría volver, y mi pobre Alberto perecería ahogado. Debe ser cosa terrible morir arrebatado por esa corriente impetuosa. Apresura tus pasos, Alberto njio , porque braman los vientos de la tempestad y se oyen los graznidos de las aves de rapiña. Ven y sálvate, Alberto mió , porque es la hora de la tempestad y se alegran los espí- ritus de las tinieblas. Dios guie al viajero cslraviado ! Ven , Alberto mió, porqué te espera tu Elina llena de amor. '120 EL WARTI[VETE. Sus palabras se perdieron en el estruendo de las aguas, y Klina sintió los crujidos (pie daba el tronco del árbol en que se habia refugiado. La vieja encina, débil ya para resistir et embate del viento, iba doblegándose lentamente, dejando escuchar los crujidos que exhalaba su pesado ramaje desgajado del tronco. — Dios mío ! esclamó Elina , abandonando su asilo hospitalario. Me hallo en un grave peligro. Si podré salvarme ! Sí, sí, porque ahora no debo morir. He realizado una esperanza , y no es hora de perecer. Pero ¿ dónde refugiarme ? Ah ! se ha perdido la senda; el torrente crece por este lado.... No puedo vol- ver Y he de morir! No , no : yo tengo miedo.... Virgen Santísima , ampá- rame Madre de Dios socorro, socorro Elina, aterrada , vacilante , se cayó , al misino tiempo que la encina venia también al suelo derrumbada por último bajo la presión de una violenta ráfaga. El perro aulló por tres veces. Elina hizo esfuerzos supremos para levan- tarse ; la corriente crecía por momentos y en vano se agarraba á las piedras y a las débiles ramas de la orilla , a pesar de las heridas que recibían sus delicadas manos. Destrozados los vestidos, suelto el cabello, la mirada errante y la boca ensangrentada, era arrebatada por las olas, que se sucedían con estruendoso fra- gor. El perro aullando, coleando, y sin separarse de su pobre ama, iba también corriente abajo. — Virgen Santa! piedad ! misericordia! misericordia ¡esclamaba la desven- turada Klina. Hubo un momento en que la misma corriente la condujo al píe de un margen escarpado, donde se velan algunas raíces sólidas. Klina se agarró á ellas, respiró un momento, llegó á esperar y dio nuevos gritos. En aquel ins- tante el perro, que habia llegado hasta colocarse junto á su cabeza, fue arreba- tado de repente: Elina volvió la cabeza y vio con tenor una cascada que se pre- cipitaba en una hondonada , levantando una nube de espuma t\w el viento se llevaba al pasar. Elina, á la vista del peligro, dio uno de esos gritos que no pueden esplicarse, pero que desgarran el alma. Sintió que le faltaba la vista , perdió las pocas fuer- zas que le quedaban , abrió las manos y Elina rodó hasta el fondo, envuelta en una espesa capa de bruma. Vióse por un momento agitarse su cuerpo blanquí- simo á través de las olas turbias de la cascada, y poco después apareció flotan- do sobre el agua, que inmóvil fue arrastrado hasta larga distancia, donde se hallaba ya el cadáver del perro, La tempestad calmaba : el valle recobraba su acostumbrado silencio y solo *• percibía algún silbido del viento en su postrera agonía; la caída de las aguas, ya mas armoniosa, y algunos gritos lejanos que apenas sepodian comprender. Era la familia de Elina que salia en busca de su hija ; eran los gritos de Al- berto que llegaba con el corazón lleno de esperanzas, Cada uno por su lado, corriendo á la ventura, llamalm á la desventurada Elina. Alberto, sin poder El. MAimiNKTE. 321 cruzar el tórrenle, gritaba desde la opuesta orilla, pero sus voces se perdían en la soledad. Fatigado y deseoso de recobrar nuevas fuerzas se detuvo un ins- tante , miró al cielo y vio una águila de colosales proporciones cernerse en las nulies, trazar círculos estraHos en el espacio y descender ¡enlámente hacia, el fondo del valle. Alberto cogió su escopeta , siguió la dirección del ave de ra- piña, y cuando esta iba á desaparecer en el fondo del torrente, dispara Alberto, retumbó el valle con el estampido y vio el cazador rodar hendiendo el aire á la altiva víctima que acababa de bajar de las nubes para morir en el fondo de un preoipicio. Alberto corrió y en pos de él los perros que le seguían. De repente la mirada del cazador se fijó en un objeto blanco como el ampo de la nieve : se detiene , examina y distingue á algunos pies de profundidad la figura de un cuerpo humano. Un triste presentimiento le hizo bajar apresuradamente, al mis- mo tiempo ([iie llegaban también un hombre , una mujer y un joven. Alberto se aproximó ni cadáver, observó su rostro y dio un grito que resonó en toda la soledad. — Klina! — Klina ! respondió la desventurada familia. — Dios mió ! Dios mío ! continuó Alberto, hincando la rodilla ; fuera de esta última esperanza, no queda á mi corazón mas que oí amor de Dios. Bendi- tos sean , Señor, tus altos juicios Ninguno pudo hablar ya : hay dolores que nacen y unieren en el corazón: su consuelo queda reservado á la misericordia del Señor. (CUADRO DE MIERIS.) La pasión del amor, tino de los resortes mas poderosos, uno de los sentimien- tos mas nobles del corazón humano, á pesar de haber dado pábulo á tantos pai- tos de la imaginación y prestado asunto á tantas meililacinues filosóficas, (¡vi vez no ha sido desarrollado lo bastante parasalisíunT l;r; necesidades del pensamiento y las exigencias de una profunda é impareial lilosufía.. Lúas vixe,s confundida con las instigaciones ilehi|ielilo, y considerada en la baja escala de los instintos, se lia presentado como uno de los fenómenos de nuestra organización en el orden pura- mente físico: otras, elevada á las regiones sublimes de un puro idealismo, se lia rodeado de una auréola tan gloriosa y aerea que casi se ha separado de la esfera de lo sensible, reduciéndola á fruiciones puramente espirituales, como si el hom- bre desprendido culeramente de la materia ¡ludiese con los solos goces del espíritu completar la felicidad de todas sus facultades, aun bajo la doble acción de los dos principios que constituyen su esencia. Y mientras que imaginaciones ardientes j apasionadas han dado á la pasión del amor un culto casi divino, moralistas ári- dos y severos la han tratado como un estravío de la razón y hasta como una de,-> gradación brutal de la especie humana. Así es que, deslumhradas por las prime- ras las almas candidas y sencillas, pero dotadas de esquisila sensibilidad, se han dejado arrastrar sin resistencia á la región encantadora de las ilusiones, sufriendo después el amargo desengaño de una triste realidad. Y por el estremo opuesto, almas tímidas y asustadizas, aterradas por el rigorismo intransigente de una mo- ral de hielo , no han visto mas que escollos y abismos sin fondo en ése tierno > delicado sentimiento que concedió Dios al hombre, como fuente inagotable de EL DESAYUNO. .'t'ÜJf puros placeres y principio de los dulcísimos é inocentes goces de familia. Asi es como la pasión del amor, presentada casi siempre en uno de esos dos opuestos puntos, rara vez ha sido juzgada por el sano y justo criterio de la imparcialidad, viéndose elevada ó envilecida según el móvil que guiaba al observador, y el lin que en ello se proponía. Cuando la fantasía se ha encargado de admitir al amor como á otro de sus hermosos sueños, todo sonrio en él á sus encantos : el amor es acá en la tierra la suprema felicidad, y hasta las propensiones que marcan la degradación del ser moral y las tristes miserms de !¡t intemperancia aparecen cubiertas con un velo celeste como los misterios de Isis. La poesía se encarga por su parte de divinizar a ese ídolo de la materia, y el cinismofilosóficoreclama para él los derechos de la mas desenfrenada licencia. Para neutralizar en lo posible los desastrosos efectos producidos por tan grosero error, así en el orden del individuo como en el orden social, otra especie de estoicismo filosófico, despojando al amor de todas sus ilu- siones, le ha querido despojar también de la realidad de sus mas puras fruicio- nes , y ha opuesto al ardor de sus raptos el helado positivismo de la insensibilidad. Es un hecho constante, aunque escape á la observación del indolente sen- sualismo que insensiblemente va cundiendo en la actual generación, que la pa- sión del amor adquirió una fisonomía del todo distinta desde que apareció sobre la tierra una religión de lucha continua entre las dos partes que constituyen el ser humano, el espíritu y la materia. Un profundo observador lo anunció ¡i principios de este siglo , no como una idea nueva, pues ya lo habia dicho mu- chos siglos hace el sagrado cantor de Idumea. Milicia es la vida del hombre so- bre la tierra; y lo habia declarado en términos mas espresos el divino fundador del Cristianismo, pero tal vez no lo habia indicado aun con tanta precisión nin- guno de tos modernos filósofos. Lo que en nosotros se llama propiamente amor, dice, es un sentimiento del cual hasta el nombre ha ignorado la remola antigüe- dad. Solo en los siglos modernos hemos visto formarse esta mezcla de los senli- los y del alma, y esta especie de amor, cuya base moral es la amistad. Aun la misma perfección de este sentimiento se debe al cristianismo porque este procu- rando de continuo purificar el corazón , ha llegado á espiritualizar hasta aquellas nclinaciones que parecían menos susceptibles de serlo. Y he aquí una situación poética que ha suministrado esta tan denigrada religión a aquellos mismos au- tores que la insultan. En una multitud de romances se pueden ver las bellezas que ha producido esta pasión se mi-cristiana. Kl carácter di1 Clomentina , por ejem- plo, es una obra maestra de que la antigüedad mi oirctr modelo. Lo que llama- mos el amor apasionado, ni es santo como la piedad conjugal, ni tan gracioso como los sentimientos pastoriles; pero mas violento que uno y otro devasta las almas donde reina. No fundándose en la gravedad del matrimonio , ni en la ino- cencia do las costumbres campestres, ni mezclando con la suya ilusión alguna. 324 Kl, IiKSAYlJPiO. él misino es á un tiempo su engallo , su locum > su Mislanria. lisia pasión, ig- norada del muy ocupado artesano y del sencillo lr;ib;ij;nlor, solo reina c» aque- llas gerarquías de la sociedad en que la ociosidad nos deja abrumados con to- do el peso de nuestro corazón, con su inmenso amor propio y con sus eternas inquietudes. Esta grande enfermedad del alma se apodera con furor de los ricos de la tierra tan luego como se présenla el objeto que debe fermentar la semilla. Ül filósofo á que nos referimos pone por ejemplo de amor apasionado el de la reina de Cartago en la lipopeya de Virgilio , y realmente así en esl*1 punto como en otras el cantor de la Eneida es el que mas supo adivinar una Musa cristiana , en espresion de un moderno crítico. Sus sentimientos son de un temple mas delica- do, mas religioso que las imágenes impúdicas de Cálido y los muelles cantares de Tíbulo y de Ovidio. No tan raudo como Horacio, es mas tierno y casi tan subli- me como él, dejando en el corazón unas heridas mas dulces y mas profundas. En su inagestuosa epopeya parece que llegó al punto mas elevado de verdad en la pintura de las pasiones sublimes y de los sentimientos fuertes, guardando un medio entre la energía á veces desaliñada de su modelo y el corruptor refinamien- to de su siglo. En la sola persona de Uido se ven trazados todos los raptos de la pasión á' la vez mas elevada y mas miserable dentro los límites de lo verosímil y aun de lo verdadero. Virgilio, sin remontarse á la región fantástica de un bello ideal inadmisible , hace que el hombre triunfe de la pasión y que la mujer sucumba á ella : coloca el amor á los dioses y á la patria superior al amor de una mujer, que para un héroe vulgar hubiera sido irresistible. La pira que ar- de sobre Cartago, arrojando sus siniestros reflejos en la nave ya lejana del héroe fugitivo, es él último sacrificio de un amor sin esperanza, y la prueba mas alta á que puede llegar la decisión de un hombre que huye de los encantos de una mujer coronada para obedecer al cielo y para fundar una nueva patria. ¿Qué mas puede pedir lo bello ideal en él orden de lucha interior y de sacrificio? Kl cristianismo creó, es verdad , para el alma una nueva grandeza , porque dio lugar á otras victorias; pero en el orden natural puede decirse (pie el vate Man- tuano agotó los recursos del sentimiento, y en su líneas y en su Dido nos trazo el mas bello cuadro de la antigüedad, así del triunfo del hombre sobre sí mismo y del deber y de la piedad sobre la mas formidable de las pasiones, como del triunfo de la pasión sobre la debilidad del sexo. Si para conocer la idea que de la pasión del amor tenia la culta antigüe- dad nos separamos de Virgilio, la hallaremos todavía mas degradada, mas en- vuelta en el fango de la materia y destituida del puro aroma del sentimentalismo que le daba en los versos del poeta mantuano elevación y magostad. Virgilio es un poeta religioso, y la piedad que dominaba en su alma descollaba liimiiion so- bre el carácter de sus héroes. Hasta en el último delirio (le unii |i;is¡nn deses- perada respetaba siempre el pudor. Cuanto de su alma enmrialni respiraba El- DESAVINO. rierta grandeza y hasta llegaba á engrandecer los númenes mezquinos de que fenia que echar mano para lo maravilloso. Kl alma de Virgilio, penetrada siem- pre de melancolía, se esplaya por lo común en los contrastes entre la felicidad y la desgracia, el reposo de la noche y la llama de la desolación , lilosoffa pro- funda, que es la historia secreta de las miserias é ilusiones lie la vida. Sus pintu- ras no están limitadas á ciertas perspectivas de la naturaleza : tienen un no sé qué do grande é indefinido como la soledad de los bosques , el aspecto de las mon- tanas , las orillas del mar, desde donde las mujeres desterradas contemplan llo- rando la inmensidad de las olas. ¿Cuál es el motivo de aquella tristeza secreta de Virgilio que dá el colorido á todas sus bellezas ? Dicen sus biógrafos que tuvo en su juventud pasiones vivas á cuya satisfacción pudieron obstar sus imperfec- ciones naturales. Ese vacío de felicidad que sentia pues en su alma, unido á la reclituil de su corazón , fue quizá lo que IIIÜS le acercó á los poetas cristianos, que nunca presenlan el corazón saciado ron los placeros; y el mayor de sus em- belesos os aquella oculta melancolía que dejan percibir siempre en el fondo del corazón. Al contrario observamos en el genio de Ovidio, cuya pasión se presen- ta bajo un carácter mucho mas sensualista. Sujetando sus inspiraciones mas su- blimes al eiiprielio ilo sus favoritas, y sacrificando ásu culto superficial y ver- gonzoso el porvenir lirilhuile do gloria a que le llamaba el destino; dominado por una inclinación múltiple de amor, y no por una pasión constante y profun- da , servia á media» tanto al amor como á la gloria, y todo lo inmolaba á la veleidad de sus afecciones. No percibimos en él aquella dolencia lenta del espí- ritu , aquella honda melancolía que aqueja al corazón afectado ú oprimido por la magostad del sentimiento, ó por el posar perenne do una pusiun infortunada. Ovidio no se mostró ni grave ni interesante en sus sentimientos hasta que fue desgraciado, l.a prosperidad que le hacia versátil y víctima de su propia incons- tancia, llegaba á desperdiciar lastimosamente las dotes de su corazón y de su in- genio, como él mismo lo confiesa. Por mas ile una vez, aun en sus libros masar- dientes \ apasionados, desniliríase el huslid oculto debajo los mas deliciosos go- ces, la sierpe encubierta debajo guirnaldas do llores. Sus cortesanas sabían de- volverle muy bien todos los males que él les hacia sufrir: si él era inconstante, ellas eran ligeras, y á sus engaños correspondían con perfidias. V aunque el poeta fuese amado por su belleza, por su juventud, por sus gracias naturales ó por sus riquezas, no dejaba do haber mujeres que aceptaban el amor de Ovidio como un pedestal de su hermosura, ó como un pábulo de su vanidad; ¡mes pa- reciendo decoradas con su gloria poética, se presentaban al pueblo , y los aman- tes seguían sus huellas. No ignoraba Ovidio que mas de una vez las beldades de Roma se ornaban con su ingenio y con sus versos ; y mas de una le dijo : « Yo le amo» para que él volviese a decir á todos: Aquella me dice: Yo te amo. ¡Cuán- tas veces hizo correr á los amantes siguiendo las trazas de una beldad iguorada! :)2fi El. DESAYUDO. ¡ Cuántas hizo de moda una nifia sin nombre, que ayer era su dsicípula y hoy (ira ya su señora ! Su genio poético convirtió quizás á miiehns ÍDJÍCIIIIÍIS cu cor- tesanas , y á las que mas amaba, a fuerza de alabarlas las (wnliú. Así es como en su Arle de amar reflejó muy vivamente el cuadro asqueroso de la corrupción romana, al par que en sus Amores retrató también muy al vivo la voluptuosa inconstancia de sus amorosas propensiones. Roma , hondamente depravada en sus cuslumlin's , pero queriendo «n MI Minada hipocresía conservar una som- bra 1I11 su primitiva severidad republicana, afectó escandalizarse por aquella des- carada estrategia de la prostitución, de la cual se tomó pretesto para desterrar al poeta, mientras que sus elegías amorosas le han dejado á la posteridad como un grande genio hundido en el impuro fango del mas grosero sensualismo. lié aquí pues la pasión del amor representada en la antigüedad bajo sus dos distintas fases en el cantor de Mantua y en el cantor de Sulmona, elevándola el primero al nivel de la piedad y del patriotismo, y haciéndola descender hasta el despecho, y reduciéndola el segundo casi esclusivameríte al orden poco noble de puras sensaciones. La filosofía, sin embargo, en su trabajo lento y progre- sivo de investigación analítica de los sentimientos morales, y bajo la influencia irresistible de una religión altamente espiritualista , ha buscado en la pasión del amor raices mas profundas de las que descubría en ella el sensualismo pagano ; y sin entrar aun en el orden religioso, ha dado al alma una parte mas princi- pal así en sus goces como en sus tormentos. Nadie ha hablado con mas acierto de la pasión del amor que la mujer mas filósofa de nuestro siglo. Un corazón do mujer se necesitaba para presentar esta pasión cual es en sí, aun cuando fue- se bajo el oropel de la filosofía. Compárense las breves páginas que ha escrito sobre el amor la señora de Staef con todo lo que sobre él nos ha dejado escrito la docta antigüedad ; y se verá el paso inmenso que ha dado el espíritu obser- vador acerca el mas misterioso é inesplicable de todos los sentimientos humanos. El verdadero lenguage de una sensibilidad profunda y apasionada, como pin- ta esta misma escritora, es en estremo rara , aun entre los romanos del siglo de Augusto. El sistema de Epicuro , el dogma del fatalismo , las costumbres de la antigüedad, antes de establecerse la religión cristiana, desnaturalizan casi ente- ramente todo cuanto se refiere á las afecciones del corazón. Lo que falta á los antiguos en la pintura del amor es precisamente lo que les falta en ideas mora- les y filosóficas, y en tanto el talento espresa con mayor fuerza y calor las afec- ciones de la sensibilidad en cuanto la reflexión y la Jilosofía lian dado mayor elevación al pensamiento. ('liando la filosofía con toda la frialdad del análisis y el aparato de la discu- sión se ha encargado de presen tainos la fisiología del amor, lia fracasado com- pletamente. Le ha sucedido lo que á un pintor que para retratar á una persona se contentase con copiar estrictamente los contornos y perfiles del rostro , sin'ha- m. imswuNo. ¡tá t cerse cargo de aquellas gesticulaciones musculares apenas perceptibles y aque- llos toques de colorido que son eJ alma y la espresion de la lisonomía. El análi- sisfilosófico,indispensable para sondear el corazón, es por si solo impotente si este mismo no le auxilia en sus operaciones. Un la filósofa á que nos hemos re- ferido, habla el corazón auxiliado por la filosofía. Al tratar del amor como pa- sión , dice ella misma, he prescindido de la historia y del mundo, como lo hice al tratar de fas otras; en esta me he abandonado á mis solas impresiones : mas bien he divagado por la región de las ilusiones que por la de la observación, y solo puedo ser comprendida de los que sienten como yo. Así que, para formarse una idea algo aproximada á la verdad de la mas ¡nesplicable de las pasiones es preciso que se armonicen de concierto la reflexión y el sentimiento, porque paradlo es indispensable esplicar al hombre, en la inti- midad misteriosa de sus dos partes constitutivas, ia materia y el espíritu, dando siempre la preponderancia á la parte mas noble, á la mas imperiosa, á la que tiene cierto punto de contacto con lo infinito , y reduciendo á la parte inferior .á las mezquinas y fugaces proporciones de una fruición limitada , supliendo en lo posible la mezquina realidad de esta fruición con el indetinido poder de las ilusiones. Cuando el amor apasionado se ha querido presentar como la idea de una existencia celeste, sin dudase le ha concebido como una fruición intelectual en que el espíritu tenia una superioridad incomparable sobre los goces efímeros de la materia. Si el Ser omnipotente , se ha dicho, al arrojar al hombre sobre este valle de quebrantos, quiso que concibiese la idea de una existencia celestial, es cuando permitió que en algunos momentos de su juventud pudiese amar con pasión , y vivir en otro , que pudiese completar su ser, uniéndolo al objeto que adoraba. En aquellos instantes de delirio se interrumpió en cierto modo el curso ordinario de la vida , y todos los sentimientos y todas las percepciones vinieron como á perderse en un sentimiento delicioso de. felicidad. Los encantos de la persona amada no tienen mas límites que los ¡le la ii]i¡i»IIKIS orejas, ruello gracioso y breve , robusta pechera , finos ¡jares , lomo rollizo \ en eslremo lle\ible, jar- retes valentísimos , mano suelta , cola movediza; el mirar dulce , inteligente y simpático; el ademan decidido y arrogante; los movimientos fáciles y garbosos; qué mas se necesita para argüir' el conjunto de nobleza, brío, esbeltez y gallar- día que constituyen la hermosa pint.¡i de esle mamífero? Acaso otros sobresalgan en alguno de los rasgos dichos, pero de seguro nin- guno los presentará en tan cumplida reunión. El caballo es mas apuesto en glo- bo, gracias quizá á l;i superioridad de su tamaño; el tigre mas gracioso, el león 61 Rl. PERRO I)K IMZA. 3S3 mas noble , el ciervo mas sutil y el mono mas elástico; pero semejantes bellezas distan de hallarse equilibradas con otras que este buen amigo del hombre reúne en justa proporción y medida. Prueba la belleza del perro la afición que donde quiera le han tenido los ar- tistas , y el brillante papel que juega, ya como principal, ya como accesorio, en las artes decorativas y plásticas, desde la Circe de Apolonio y el Meleagro del Vaticano, hasta los caprichos de Goujoii y Palissy , y las fantasías del moderno Landseer. Sin ir mas lejos, la pintura que á las presentes líneas dá margen, evidencia el mucho partido que, de asunto al parecer tan liviano, puede sacar un maestro familiarizado con la naturaleza viva. Un solo animal llena este cuadro , un po- denco magnífico, en ademan de atisbai por las avenidas del bosque al débil ga- zapo ó á la recelosa perdiz, que inmóviles observarán las evoluciones de su na- tural enemigo : pero es tan feliz la composición, tan oportuna la acción del perro cazador, tan viva su mirada, tan espresiva la cabeza, tan propio el juego de sus miembros, tan redondeado en lin , y bien modelado en totalidad y porme- nores, que lo quedaría materia á una larga disertación, vése aquí resumido en solo cuatro pinceladas. No todos los perros sin embargo ofrecen la bella figura del podenco. Entre la numerosa variedad de sus familias, haylos mas ó menos cabales, mas ó me- nos desarrollados, unos superiores, como los perros lobo, de pastor y de Ter- ranova; otros nobles como el pachón, el danés y el braco; unos fornidos como el alano y el mastín; otros escuálidos como el lebrel y el galgo; algunos re- clinnclios cual el dogo; otros lanudos cual ol de aguas, pelados cual el chino, derrengados como el carlin , diminutos como el gozque, etc. Según clasificación de (Juvíer, todas esas especies pueden reducirse ¡í tres principales, insiguiendo la mayor dilatación de las sienes ó de la cavidad ce- rebral , y la prolongación de cabeza y mandíbulas. El tipo de la primera, por su depresión frontal, es el galgo, ya ¡inlcado ó ne- gro como el de Europa , ya ceniciento como el árabe y el turco. La segunda , mas inteligente , atendido el mayor desarrollo de las sienes, abraza los perros venatorios , los de Terranova , aguas y lobo, el danés , el pa- ria ó nómada de Egipto que se halla estendido por1 la India y otras regiones , se- ñalándose doquiera con tan raía inteligencia, que algunos naturalistas lo consi- deran la raza primitiva. La tercera especie ó división, representada en el mastín , el dogo, el perro de S. Bernardo , etc., etc., caracterízase por la divergencia de las parietales, y por los cóndilos, ó articulación de ambas quijadas, mas altos que las molares superiores. A cada sección agriípansc varias especies mestizas ó cruzadas . efecto de la V-l't VA, I'KRIIH DK C\ZA. gran mezcolanza en las crias, y de la facilidad con que unos á otros se reciben los perros. Rasgos morales. No son, dice Bullón, la arrogancia de talle, la soltura de miembros, la fuerza y robustez del cuerpo, ni todas las esterioridades juntas las que ennoblecen á un ser animado, pues así como en nosotros preferimos la razón á la figura, el ánimo á la fuerza y la elevación de miras á la belleza corporal, así también en los irracionales las cualidades internas constituyen su mas cumplido realce. Kl sentimiento les eleva , gobierna, anima y comunica actividad , viniendo á ser el agente mas poderoso de su desarrollo, y el estímulo primero de su voluntad y su vida. La perfección del animal está pues en razón directa (fe la perfección de su .sentimiento. Cuanto mayores este , mayores recursos y facultades aquel reúne, y mas se acerca al universal primor de la naturaleza. En algunas especies la ¡lerfeccion es tal, que se hacen dignas de alternar con el hombre, á quien com- prenden, agasajan, valen y sirven , aceitando á granjearse un amigo en el que debiera ser su tirano. Si animal descuella por estas ventajas, es el perro. Kn estado salvaje, su índole bravia é iracunda lo hace feroz y terrible, jrero reducido á domesticiilad, sus malos instintos conviértense en felicísimas dotes y cualidades las masapre- ciables. Con todo, para hacer al peno debida justicia, es necesario amarle y ha- berle tratado con familiaridad. S. Pedro le llama la criatura mas proba de Dios: y es que sus buenas prendas no reconocen por norma el orgullo, á veces forza- do origen de las humanas virtudes, ni el interés, á menudo móvil calculado de los actos del hombre. Quién, en solo nombrar al peno, no recuerda alguna grata memoria? quién no se'representa desde luego al alegre compañero de sus juegos infantiles, al avisado centinela de sus lares domésticos, al camarada indispensable en todo viaje ó correría, al defensor seguro, y si conviene salvador intrépido en caso de peli- gro, al camarada abnegado y generoso que gustosamente se asocia á las dichas ó desdichas de su dueño, viniendo á ofrecerle sumiso sus facultades, aguardan- do solo un gesto ó una mirada para ejercitarlas con cumplida decisión? Su inteligencia corre parejas con su probidad. Basta reflexionar un poco para echar de ver la gran sutileza del perro, ¿(lomo seria liel si no tuviese idea de la correlación de afectos, sumiso si no comprendiera el deber y la dependencia, re- conocido sin advertir los beneficios, exacto sin memoria de lo pasado y previ- sor sin cálculo de io venidero? ¡íl. PRKKO I>E CAZA. •!<(•> (luvier aliona esto mismo, diciendo en general de los animales inteligentes, «que si bien muy inferiores á nosotros, ejercen mentalmente operaciones análo- , gas, pues jnuévense a consecuencia de sensaciones recibidas, son susceptibles de afecciones duraderas, adquieren por la esperiencia cierta noción de las cosas, y a tenor de ella regulan su conducta, no ya mirando al placer ó desplacer inme- diatos , sino al resultado definitivo. Bajo la sujeción de un dueño, aprecian su estado, y sabiendo que el mismo puede ó no castigarles, humíllanse cuando le ven enojado ó se reconocen culpables, arrastrándose y procurando ablandarle con el ademan mas compungido. La compañía del hombre , según él sea , los perfecciona ó malogra, la competencia les estimula , el aplauso les alienta, el premio les complace y la injusticia les aflige. Si para determinados usos tie- nen un lenguaje peculiar, adaptado á la actualidad de sus sensaciones, e) hom- bre en cambio les enseña otro, por el que aprenden á conocer su voluntad \ se deciden a ejecutarla. En suma, los animales superiores tienen un grado de raciocinio con sus varias consecuencias buenas ó malas, que en cierto modo puede compararse al de las criaturas en su infancia.» Esta última observación no nos parece exacta. El animal aventajado, el ele- fante , el caballo, el perro, tienen algo á que no alcanza un inórenle par viilillo: aquella dote que aun los hombres les envidiamos, aquella ¡isoinl>ius;i fm-iilliid que á veces suple con csceso su defecto de razón , y que en ociisimies supremas hasta para nosotros es un precioso recurso y un auxilio sin equivalencia; en su- ma , el instinto! lié aqui lo que tienen de mas algunos irracionales privilegiados; hé aquí lo que hace otra de las escelencias del perro. Demos por un momento, añade Buffon, que este animal no hubiera existido: ¿ podría el hombre sin su auxilio domeñar á los habitantes de los bosques , hosti- gar á las bestias nocivas, descubrir y cazar á las que emplea en sus usos ó des- tina á su consumo ?—No solo para vivir en seguridad , sino para sojuzgar á los otros seres, preciso fue buscar aliados al leude nosotros, y por medio de cariños y blandura conciliar la adhesión y obediencia de los mas simpáticos, l'or eso el primer arte del hombre debió ser la educación del perro , cuyo resultado fue' la conquista y el pacífico disfrute de la tierra. El perro , bien así como otros animales, recibió de la naturaleza sentidos agudísimos y medios particulares de ataque y defensa que nosotros (lisiamos mu- cho de poseer; de consiguiente, haber sub\ii¿;ailo una de l;is especies zoológi- cas mas adictas y sagaces, es haber adquirido poderosos recursos de los cuales en otra manera careceríamos. Cuántas máquinas se han inventado hasta hoy para perfeccionar nuestros órganos visuales, acústicos, etc., no equivalen de mu- cho á esas máquinas ya formadas que supliendo la flaqueza humana suministran en todas las ocasiones singulares ;iu\ilii>s pura vencer y dominar. El perro ejerce algo de este señorío por delegación , ya en la granja cuando '»•"' Kl, (MilIKO IIK C i Z * . mantiene i;l orden en establos y corniles , ya en despoblado cuando dirige y go- bierna las reses coníiadas a su tutela. Una circunstancia hay sobre todo , que brinda á este noble cuadrúpedo ocasión de desplegar todo su talento-y superio- ridad. AI ronco son de la bocina , júntanse venadores y monteros en medio de un extenso parque. Los caballos piafan y caracolean ; la jauría retoza, en idea de la dispuesta cacería, (¡algos, lebreles, sabuesos y Iliacos, como si para ellos se luciere la liesta, brincan bulliciosos revelando su impaciencia con demostraciones muy vivas, su deseo de lanzarse con gruñidos y baladro». Difícilmente varios picado- res logran tener á raya al alborozado grupo canino. Óyese de repente una señal. La batida se abre. hln un momento aquella numerosa trailla , lánzase al ataque de un solo bo- te , con un solo y prolongado alarido. Los perros vuelan ; las reses huyen : guíeles y amazonas siguen en pos á to- do el disparar de sus corceles. Kntonces debe verse la sutileza y altaría desplegada de ese valiente cuadrú- pedo , hostigador de alimañas. lín vano ellas, acosadas y en aprieto, inventan mil ardides, maravillas de ingenio , para burlar ásus perseguidores. lil perro , con aquel tacto que le dan la educación y la esperiencia, sobre todo con aquella percepción finísima que le es inherente de suyo , sigue el rastro sin desviarse , antes desenredando el hilo de la enmarañada carrera del fugitivo, alcánzale por fin , le embiste , lo inmola, ciego de coraje y embriagado por el triunfo. Servidor probo , inteligente y sagacísimo, es no menos tierno amigo y adic- to compañero, lil se goza con tener a quien amar : sin amar no puede vivir. ¿ Y qué no liará para demostrar su correspondencia al que le crió y acarició por vez primera '•? Riesgos , fatigas , quebrantos é infortunios nada le importan si los sufre con él ó por él. Los halagos de un perro son pañi muchos infelices el único lenitivo en su amargura ; la compañía del peno anima la choza del pobre, su amistad es un consuelo para los corazones lacerados. En servicio de su amo desvalido , hará mas de lo que naturalmente puede; arrastrará jadeando un carretón ó dará vueltas á una rueda mecánica. Con inau- dito celo y eficacia desempeñará comisiones , llevará recados y hasta, para ahor- rar al mendigo la vergüenza de pedir, alargará por él la hucha á los transeún- tes. ¿ Quién no ve sin emoción las atenciones y desvelos con que el perro laza- rillo anda acompañando á un pobre ciego por los caminos mejores k las puertas mas conocidas? r,i, r u m i o IIK C A Z * . tuertamente ningún n-iatto le sobrepuja en solicilud \ esmero, como ningu- no lo iguala en decisión y sacrilicio. Hacerse útil : lie aquí su gran deseo. Pava ello , una sonrisa le siiTe de estimulo , un carino de recompensa. ¡ Qué coraje el suyo si ye trata de asistir á su seiíor! Por grande que sea «I peligro , nada es capaz de detenerle : basta que lo haya para arremeter con el agresor, cualquiera ó de cualquier clase que fuere; lucha intrépido y valeroso, y no ceja hasta que gane ó sucumba en la demanda. (Ion igual impavidez embes- tirá á animales muy superiores en fuerzas , como al ladrón nocturno ó al ban- dido caminero. Cuando no acortare á evitar una desgracia, vivirá para vengarla. Si al con- trario, aun quedare esperanza, liará por el amo todo lo que pueda dar de sí. He- rido , lamerá sus llagas , le alentará solícito , afanoso , desesperado , hasta que on su divagar prolijo encuentre quien vaya con él. Caído en el agua, le arre- batará nadando al furor de las olas. Precipitado cu un abismo ó envuelto pin una avalancha, lo atraerá á la superficie y tornará á la luz del día. Es tal la ab- negación del perro , que olvida el instinto de la propia conservación en beneficio de los que ama , y se deja perecer sobre su tumba cuando la muerte los roba inevitablemente á su cariño. ¿Y que diremos de este buen animal considerado en el retiro doméstico? ¿Qué persona , no ya criado , sino amigo. hijo ó esposa , anda mas incansable en pos de su señor , le acompaña mas constante , IP aguarda mas paciente , le distrae mas en el ocio ó le vela masen el trabajo, contemplándoselo sin cesar en- tre absorto y orgulloso , ya acurrucado á sus pies, ya reclinado á su cabecera? La vida del amo es la vida del perro ; su gusto el suyo ; su voluntad, su ley. Por seguirle , dejará las mejores comodidades y rodeará los conlines de la tierra. Amoldado á sus hábitos y casi previniendo sus deseos, ceñirá»? puntualmente á las reglas y costumbres por él establecidas. Distinguirá á los deudos, conocerá á los familiares, obsequiará los amigos, recelerá de los estraños. El es el guarda de nuestro domicilio, l'or eso los antiguos solían representar- le al umbral de sus habitaciones , y por eso los ministros rio los diosos Penates vestían pieles caninas en el ejercicio de sus funciones. El perro vigila mientras otros duermen: él sigue firme v\\ su puesto, ruando otros quizá abandonan cobardes el suyo. También el perro renierda lo que otros olvidan, \ Imlla ri descubre lo que otros han perdido. (ieneroso cual todo buen amante, lleva con sutma calma las injurias \ violen- cias que hartas veces son el pago de sus buenos oficios. Mas sensible á la blan- dura que á la dureza , sabe recibir los golpes sin exasperarse , olvidarlos síti re- sentimiento y perdonarlos con generosidad, ó si tal vez los recuenta, es para re- doblar en celo y lamer la propia mano que le castiga. Todas sus venganzas se TUMO i. 43 •¡•Í8 EL PEKHO HK OA/A. r reducen ¡i humillarse , gemir , dolerse con la espresion mas tierna y dulce , co- mo jnilifinli» ^i'íiciji por faltas que ú veces no son suyas. Rastreando a los pies de m déspota, no iiay cuidado que nunca rechace la tuerza con la fuerza , ni que proteste de hecho contra la tiranía , por grande que sea la injusticia ó barbarie del martirio. Podrá sucumbir á indignos rigores, co- inu se han visto varios casos, pero aun así, su última ni Ínula al espira r será una. mirada de cariño y perdón. Digámoslo de una ve/: este noble animal es el único que junta la probi- dad ¡i la inteligencia, que allega la inteligencia al sentimiento, que eleva el sentimiento á la delicadeza, y lleva la delicadeza liasla la renuncia de .sí pro- pio. Este es el único amante . desiuleresmlo v leal ¡'i toda prueba ; el único afi- cionado á su amo , que lo IIHINÍL con gemidos si le picnic de vista , y muere de dolor si lo pierde para siempre, l^tc es el íntico que se amolda al carácter y cos- tumbres de sus patronos ; que descoutia de sí; que entiende su nombre y reco- noce la voz doméstica ; que en viajes largos hechos por vez primera , recuerda el camino y reconoce las veredas ; el único cuya utilidad es indisputable, cuya comprensión es notoria , y cuya educación siempre feliz. « Aquí descansa mi único amigo ,» escribió lord Itjron sobre el monumen- to de un perro muy querido. No cníie decir m;iscn elogio de este nobilísimo cua- drúpedo. Rasgos de perros célebres. Si necesidad hubiera de afirmar con ejemplos las observaciones aducidas, un libro voluminoso podria escribirse con .solo juntar historias de celebridades cani- nas; pero ¿ quién no vio de cerca cosas asombrosas de la penetración del peno , rasgos celebrables aunque no anden en historia , los cuales fácilmente gra- duaríamos de conseja á no sancionarlos la propia esperiencia? Desde el peno de Tobías, hasta el famoso Palomo, asociado á nuestros héroes de África, ¡cuan brillante no es la epopeya del que los egipcios veneraron bajo el nombre de Anubis , del que los indios honran ¡mu como á representante celeste, del que los griegos pusieron en el número de las conslclacione\ \ que la ¡iiiligiie- dad situó á la entrada del Averno para consuelo de las almas lanzadas á aquella mansión de horror! Solamente de canes guerreros ¡ cuánto no habría que decir! Ya entre los cim- bros , una sección de ellos era la única defensa de su campamento. Los colofo- nios y castabulense*, se^iio Plinio, llevaban traillas á guisa de descubridores. También los celtas adiestraban para la guerra perros armados de collares y lo- rigas , cuyas embestidas mas de una vez decidieron la victoria á su favor. Los galos, en decir de üslrabou , empleaban con igual objeto unos dogos procedentes EI, PERRO w, r,\z\. -'t:tfl de Bretaña. En la batalla ríe Mario contra los cimbros . halláronse perros defen- diendo tenazmente las personas de sus señores. VA rey de (¡efalú poseía una jau- ría de doscientos, <|iie formaban su mejor guardia, y el tirano Andrónico no sa- tisfecho ron sus cohortes , solia llevar un masfin de tal ferocidad , que vencía al león en la Incluí y acogotaba á un ginete con caballo y toilo. En el siglo XVI los croatas y dálmatas asistíanse de perros en sus correrlas contra los turcos , y ha- cia la misma época los españoles conquistadores de Guatemala y Perú , no vaci- laron en hostigar á los salvajes con dogos enormes. de los males dos, llamados l.eoncillo y Becerrillo, dejaron triste celebridad. Recién (emente los franceses hi- cieron lo propio en sus campañas de Argel, testigo el galgo Blandióle, que á la raheza de varios canes , defendió una trinchera en Bugia contra las hordas de la Kabilia. Antiguamente la cindadela de Oiriiilo no tenía mas resguardo que alguno sabuesos , apostados dentro y fuera de sus nnimHa*.. los cuales al menor peligro daban una voz de alarma. En la edad media la isla de San Miguel en Norman- dia , hallábase asimismo presidiada de perros. (Ion la defensa de elfos hízose ce- lébrela ciudad de San Malo bajo el gobierno de Richelieu. Aun ahora, en Cons- tan tinopla , en la Meca y en otras poblaciones moriscas, la familia perruna hace veces de guardia, ronda y policía. Verdad es . dice festivamente un escritor, que el perro fue' el primer gen- darme de la sociedad. Sin él no hay civilización posible. ¡, Por qué el oriente ha sido la cuna del orden social"? porque ha dado origen al perro. Mediante su au- xilio los patriarcas pastoreaban y lograron redondear su nacionalidad. Sin perros, los caribes, Jos inohiciinos, [os salvajes de Nueva Holanda , desconocen la ga- nadería y l¡i caza , teniendo que devorarse entre sí por falta de subsistencias; al paso que con ellos , e1 esquimal, el lapon y el samoyedo, careciendo de los recur- sos del antropófago, son blandos y morigerados en el seno de su miseria. ¿Registraremos por ventura la abundosa crónica de los perros sabios? ¿k qué lin, si puede darse con ellos á cada tras cantón? Mímicos, acróbatas, coreógrafos é histriones tiene la especie canina, que harían raya con los Anriol y los Batel. No han corrido muchos años que la capital francesa , emporio de semejantes notabi- lidades, se embobaba ante las maravillas de los dos Mtinito (perros artistas). Nosotros mismos hemos podido admirar al hábil León en el drama de la monta- na de San Bernardo, y precisamente en esta capital, por el año treinta , conoci- mos un perro que si no bailaba ni representaba, era en cambio aficionadísimo á los espectáculos y la música. Todos pudimos verle en el teatro, donde invaria- blemente asistía para oír las mejoresóperas. retirándose si la función era dramá- tica, y su filarmonía le llevaba hasta á las iglesias en que se celebraban fiestas ó aniversarios á grande orquesta. Ya bajo el imperio de Justiniano. un charlatán de i;onstantino|ila enseñaba, 3ÍÍI El, I'KRRO IIK TAZA. un perrillo que tenia la habilidad de devolver ¡i cada cual de los asistentes, for- mados en corro, los varios objetos que habian echado al centro. En tiempo de Vespasiano-, Zópico, perro de lanas, era el asombro de la cor- to por la naturalidad con que se hacia el muerto después de tragar un ungido veneno, y simulaba las convulsiones y ansias de una acerba agonía. ¿Quiéranse ejemplos de la rara inteligencia , vigilancia, astucia, prudencia, continencia, fidelidad, gratitud y otras virtudes del perro? Hé aquí varios, to- mados al azar. Érase en la primitiva época de la monarquía francesa. En un confín de la isla de Nuestra Señora sobre el Sena, donde existe aho- ra la catedral de París, curiosas turbas agolpábanse á un redondel hecho de sim- ple tablazón , á semejanza de aquellos palenques donde la juventud guerrera so- iia adiestrarse en el ejercicio de las armas. lil espectáculo esta vez nada tenia de hermoso. Tratabas1 de una'apelación sangrienta á la justicia de Dios, de uno de los llamados combates indiciarlos . que la bárbara legislación de entonces autorizaba, librando la resolución de rasos dudosos á las contingencias de una lucha desigual. Kn el presente, mediaba cierta particularidad que arrecia iinirlio su interés. Kl acusador era un perro lebrel: el acusado un arquen». Holierlo Macaire. Por cuestión de juego, había tenido esta una acalorad;! reyerta ron Auliry de Montdidier , camarada suyo , qiden al dia siguiente amaneció asesinado en el bosque de Uondy. Itesde entonces el lebrel perteneciente á la víctima , donde quiera que tro- pezase con Macaire , echábasele encima lleno de inusitada ferocidad , como seña- lándole y acusándole por matador de su amo. Intervino la ley ; formóse proceso, y como el acusado estuviera negativo, no liubo mas remedio que apelar al combate. Hallábase nuestro hombre en calzas y sayo , plantado con jactancia en mitad de la arena , empuñando por única arma un nudoso garrote. Al otro cabo habia dispuesto un tonel sin fondo , qnedebia servir al perro para guarecerse en raso de necesidad. Dan los jueces la orden de empezar. E\ lebrel embiste: el hombre esgrime su cachiporra. La primera acometida fue desventajosa al perro, ya que no acertó á eludir un tremendo porrazo; pero habiendo calculado mejor su ataque , simulando uno falso , logró pillar de llanco á su adversario , y mordiéndole en la garganta, á pocas sacudidas lo tumbó al suelo . > Kl caído m ¡roñe á gritar, pidiendo confesión. Acuden los ministros y separan al perro. IJiloncesrí lastimado arquero nuil a de plano. Kl público á su vez clama; la juslicifi de, Dios ha sido hecha ! El, PKRItli l»t: CAZA. -til Fue juego de pocas tablas, El reo pagó su demasía en la liona: en cambio la fama del perro se dilató por las edades, en loor eterna y merecida prez de su especie (1). Al lado de semejante historia palidecen lodas las oirás; hay las sin embargo curiosas por mas de un estilo. ¿Quién lee sin conmoverse la del perro de l'lisc-s, descrita por Hornero con la magia de su estilo? Tras veinte años de ausencia , el rey de I taca vuelve de la guerra de Troya, viejo, enfermizo, cubierto de harapos que le desfiguran a los ojos de sus mas próximos deudos. Llega a palacio conducido por el ganadero Kinneo , en busca de la hospita- lidad que se da á los mendigos , cuando al cruzar el zaguán , ve echado sobre un haz de estiércol , medio comido de insectos , un perro que en otros tiempos él recogiera y criara , y con el cual los mancebos de Haca solían ir después ¡i cor- rer liebres y perseguir gamuzas y cervatillos. Ya nadie hace caso del pobre Argos , viejo y desechado como su dueño; sin embargo al acercarse este , el animal ¡liza, la cabeza , menea las orejas en señal de reconocimiento, y aunque en vano , procura arrastrarse hasta sus pies. Cli- ses enternecido , vuelve el rostió enjugándose una lagrima , y dobla el paso pa- ra no hacerse traición á sí mismo. — Es lástima , dice, que dejen así abandonado á ese perro. Buena lacha tie- ne , aunque ignoro sus cualidades, ó si es de aquellos i|ue los señores mantienen por vanidad. — El señor á ipiien pertenecía , responde Humeo, ha muerto lejos de aquí. En tiempo de su vigor, ningún animal superaba á este en lirio y gallardía. Sin recibir ahora las sólitas caricias , yace consumido de trabajos y afios, a merced de criados que lo abandonan, lin ausencia del dueño, la servidumbre olvida sus deberes ; ¡mes ya sabéis que Júpiter quita á un hombre la mitad de su virtud el dia que lo hacen esclavo. líl (ierro cumplió su destino, de alegría de haber visto ¡i Mises. En efecto, pocos momentos después , cerró los ojos y espiró. He aquí otro rasgo de gran lealtad. Lisímaco, rey de Siria, murió en el campo , en una liatalla ron Ira Seleuco. Un perrito que nunca le dejaba, \ que la historia registra con el nombre de Hircan Hundes , recostado junto á él exhalaba lastimeros quejidos, I turante las exequias, no hubo medio de alejar al perro, y cuando según usanza antigua se le- anivialti sn(iartt, rrtletf um •[ ; íí~ i;i. I'KBftf) HK CAZA. vanto una pira para consumir los restos del principo , llircan no temió el ardor de las llamas como no habiü temido el furor de los combales, y por quedarse al lado de su amo se dejó quemar vivo. La propia hazaña se relíete de un perro de llieron de Siracusi. Florencio V, conde de Holanda , asesinado por unos malhechores yendo de caza, durante el funeral fue seguido de sus penos, los cuales rehusaron lodo ali- mento mientras estuvo de cuerpo presente. Sabido es el suceso de aquel oficial francés ijiic en la guerra de la. indepen- dencia española murió durante una refriega , seguido de su perro de aguas. Al- gunos rezagados viendo la cruz de la legión de honor que adornaba su pecho, quisieron arrancársela, pero el perro les hizo cara, tuvo á raya á los mas osados y se defendió con brío, hasta que pasado de un bayonetazo cayó exánime sobre la noble reliquia objeto de su solicitud. Al descubrirse las ruinas de Pompeya , hallóse entre otras cosas el esqueleto de un perro abrazado al de un niño, en cuya compañía quiso morir por lo visto. antes que abandonarle en la. espaciosa raláslrofe que causó la ruina de aquella ciudad. El gran Federico di' I'rusia hallóse una vez en grande apuro. Seguido fin cerca por los austríacos, tuvo que refugiarse bajo el ¡neo de un puente, con un lebrelillo italiano que era su ídolo. l¡l menor gruñido del animal podia ven- der á entrambos, pero conociendo sin duda la gravedad de la situación , estú- vose quedo y sin chistar hasta desvanecerse el peligro. Federico, en agradeci- miento, elevó después un liimnlillo á su memoria. César, valiente dogo, defendió ronlm cinco bandidos á un traíanle holandés que viajaba por las cercanías de Vnllmlolid. Rondín, humilde falderillo, libró igualmente de lateros á un pobre quidaiu, aficionado al mosto, que padeció la equivocación de tomar por su cama el ar- royo de la calle. El poeta Pope, inglés, gracias también á la solicitud de un perro de aguas. salvóse de un criado que intentaba asesinarle. Quizá Enrique III hubiera escapado al puñal del fraile Clemente, á no haber alejado de su presencia al peno Lili, cuyos ladridos podían advertirl'1 las villanas intenciones de su agresor. Según refiere Plutarco, Capparo, sabueso de gran fuerza , sorprendió a un ladrón que entró de noche en el templo de Esculapio de Aleñas, robando unos ídolos preciosos, y fue siguiéndole hasla Cromion, donde le prendieron por efecto de los gritos y demostraciones del perro. Justo Lipsin tenia uno de raza inglesa tan bien enseñado, que iba al mala- rliTO, pasalm delante de todos los compradores, tomaba la carne en una espor- lilla donde venia ya el importe , y volvíase á su casa derechamente, sin que na- da pudiese detenerle. Kl misino autor dice de otro, que tto alcanzando al aceite contenido en una redoma, f'ué echando escocia y piedras Jiasla que el liquido subió á conveniente nivel para poder sorberlo. l'iio de Lovaina servia de correo, llevando sus cartas á Itrusclas \ regresan- ilo el mismo dia, que son ocho leguas de camino. Mas hizo aijiícllii pobre galga á quien un chusco da mal género lomó sus ca- chorros para Irnsladarlns á dos leguas de distancia, lin menos de cuatro huras esla niadro anduvo catorce leguas, haciendo sicle viajes de ida y vuelta para re- coger otros tantos cachorros; per» la última vez. rendida de fatiga, espiró al lle- gar á la entrada de su chiribitil. En el caslillo de llolslein, un podenco encerrado por negligencia del guarda, dejóse morir de hambre ¡intes qtie, locar' á varias perdices, liebres y otras piezas de caza que estaban encima una mesa. Un comerciante acababa de cobrar cierta suma. Venia á caballo seguido de Mufti, perro de aguas acendradísimo en lidelidad, y durante el camino, sin notorio, dejó caer un rollo de monedas. Advirtióle el perro su distracción por medio de saltos y ladridos, que solo nutrieron de valerle un latigazo. l'uanto mas avanzaban, mas crecía la ansiedad del animal: corría, volteaba, desgañifábase, hasta que desesperado y viendo no se comprendían siis demostra- ciones , empezó á arrojarse sobre gínele y caballo, al primero tirándole de la ca- pa, y al segundo mordiéndole las piernas. ül caballero pensó ¡fatal equivocación! que Mufti estaba rabioso, y le des- cargó un pistoletazo. Al llegar á la posada, echa a. menos la suma. Kslo l'ué [tara él un royo de luz. Retrocede. lil perro ya no se hallaba en el silio donde uñera : solo uu rastro de san- gre prolongábase á gran distancia. Siguiólo nuestro perdidoso, y juzgúese de su dolor cuando vio k Mufti exáni- me, cubriendo con su cadáver el dinero que tanto empefio había tenido en salvar! A un funcionario parisiense sucedióle no lia mucho cierto lance análogo. Cru- zando el pasage de la ópera, perdió de vista á un gozquecillo que nunca le dejaba y que era su diversión. Volvióse atrás, sin esperanza de recobrarlo . pensando se lo huhrian robado. cuando á lo lejos percibió su amistoso gañido. Porqué Medor no viene corriendo áreunírsele1 lili efeclo, el perrillo aguardó que su amo fuese á cogerle. \ entonces, sallan- do de alegría, descubrió un vademécum que el grave personage hubo de hallar de menos en su faltriquera. líl animalejo había dudado traérselo, previendo scguramenle que oíros se lo pudieran lomar sin que sus pocas fuerzas hadaran á la defensa. •tí'í VA. l'KRHO IHÍ CAZ\. Cooper, el celebre novelista . describe l¡i siguiente galantería de. otro can tfe su pertenencia. Paseándose á orillas de un estanque, vio un hermoso lirio de aguas que en vano trató de alcanzar con su bastón. Al poco ralo sale su perro ofreciéndole la flor, que acababa de coger y llevaba entre sus dientes. ül falderillo de Ninonde Léñelos ora, pintiparado, un doctor Pedro Recio de Tirteafuera. No podia sufrir que su bella ama <-ala.se licores ni probase viandas fuertes, y rada vez que veia asomar el pialo ó preparar la huidla ilícitos, jxinia el grito en las nubes, de suerte que no había mas recurso que quitarle de en- medio, ó ceñirse madama a las rígidas prescripciones de su lanudo (ialeno. El año de 1856 un policeman fue asesinado en Kingstown (Labrador). Du- rante la información . jos empleados untaron que un perro rondaba las oficinas pareciendo lomar grande interés por el rebultado. Averiguóse entonces que aquel animal, algunos meses antes liahía sido librado de las iras de otro mayor por un agente de policía, quedando de resultas tan agradecido al cuerpo y a sus indivi- duos . que no perdía ocasión de darlo á conocer. En la presente, estuvo velan- do a! infeliz esbirro liasla que lo llevaron al cementerio. Óigase otro caso de eslraonlinaria sagacidad . consignado en las memorias de Diqionl ile .Nemours, (labia en l'aris un limpiabotas que solia ocupar el por- tal de la casa de NJvernais , calle de Tournon. Cumulo tinqueaba el trabajo, pro- porcionábaselo un perro de aguas , que mojando sus patas en el barro de la ca- lle, corriaáplantarlas sobre el calzado de los Iranseuntes. Ya se ve ¡qué habían de hacer estos sino dirigirse al cercano limpiabotas? lin tiempo de Luis XIV, el caballero Samloiel estropeado en las batallas \ mal pagado por sus servicios, vivió largos afios de las cuestaciones de un perro, llamado el Capuchino, que iba por las casas recogiendo mendrugos de pan y re- lieves de comida. El celo de un simple, animal, debió suplir las ingratas omisio- nes del rey y de su gobierno! Entre los canes benéficos, merecen citarse el locuaz Cijñmi y el parlero Her- yonzn de la Resurrección de Valladolid, los cuales, según su panegirista Cervan- tes, andaban de noche alumbrando co» linternas á los hermanos de la Capacha cuando pedían limosna para el hospicio. No son menos caritativos los del llamado de S. Bernardo, cuyo elicaz auxilio. verdadera providencia de los viajeros, es j ha sido la salvación de muchos en aquel desolado páramo. Llevando al cuello sendos botijos de aguardiente . re- corren la montaña en lo mas crudo del invierno, ó en lo mas recio de los tem- porales, \ guiados por un instinto casi milagroso, arrancan al abismo sus víc- timas, envueltas y enterradas en la nieve. V,\ mas insigne de estos héroes, el peni) Barry, inmolado por fatal alucinación de un viandante, guárdase aun bajo cristales en el museo público de Berna. Contarme estos son la providencia de las montañas, los de Tenanova lo son El. I'KKIIO DI-: C U * . IKKIIO DI: C U * . del agua. Hoy mas que nunca se conoce j precia á los arrugantes individuos de esta hermosa casta., y qué lia/añas no podrían referirse- de ellos? eiííámonos ¡i una muy reciente. Dos niños jugando al borde de un canal de Londres , cayeron dentro de él. Nadie se atrevía á salvarlos, cuando un perro de los indicados, pasando acaso y viendo su peligro, se sumerjió sin vacilar, los suco uno tras otro, y después de ponerlos en la orilla, habiendo sacudido sus melenas . retiróse luego; romo quien, llenado su deber, con la modestia que taulo reálzalas buenas acciones, desea eximirse á los aplausos de la multitud. Daremos fin á la apología del perro con dos hechos notables de adhesión sin- gularísima. formaba parte del regimiento de los volites en la división de Iteauliarnais, durante la campana de Rusia, un italiano que después de recorrer casi toda la tiuropa, se halló tm la desastrosa reunida, de Moscou y sucumbió orno tantos otrfclen el paso del Berezina. Desile Milán Imliia ido siguiéndole Tolino , perro mestizo, de ruin caladura, pero de l¡il manera alicionado á su persona, que era su sombra en las marchas, en las batallas y en los diferentes actos del servicio. Cuando el animal vio pasar al ejército sin que pareciera su amo, estúvose largas horas llamándole desde el ribazo, ladrando tristemente, y lamen landos*? con aullidos de desesperación. intimamente convencido de la inutilidad de sus esfuerzos, resolvióse a se- guir á ks tropas, dando preferencia al grupo mas numeroso de vélites, como para rendir homenage al uniforme que su amo habia vestido. De esta suerte, venciendo los rigores de un clima que los animales del país resistían apenas, volvió a hacer sus ochocientas leguas de ruta, á través de la Lituania, la Polonia, la Prusia, porción de la Sajorna, los esüidos del llliin , la Raviera , el Tirol y los Alpes, hasta ponerse en Milán. Era el verano de 1813. Apenas llegado, s-.i primera diligencia fue visitar el cuartel del regimiento, y no encontrando allí lo que buscaba, voló á la garita donde tantas horas felices pasara en muda contemplación de su querido dueño. Desde entonces ya no volvió íi separarse de aquel sitio ó de sus inmediaciones. Asi vejetó dos años , melancólicamente entregado á la dulzura de sus memo- rias , atrayéndose por su indecible lealtad , !a protección de las autoridades, ei respeto del ejército y la admiración de todo el pueblo, que orgulloso de él lo con- sideraba como una especie de animal sagrado, y solía eusefiarlo á los forasteros como la mejor gala y adorno de la ciudad. listé episodio nos conduce por la mano á hablar del nuevo Tolino que, coro- nado á la par de nuestros héroes. íut; no ha mucho acogido con vi lores en ledientes que la desgraciasen, cuando en el servicio doméstico si tenia la suerte de entrar en una casa de gentes buenas era posible satisfacer esa loca manía sin perjuicio de la honra. Esperaba además que en ese, servicio domestico se amansaría su orgullo, adquiriría conocimiento del mundo y podría mas adelante ser una mujer de juicio, hacendosa v entendida. Así pues, la licencia fue dada, y haciendo los padres un sacrificio la habilitaron de ropa lo mejor que pudieron, \ aun deslizaron en su bolsillo algun dinero para que so mantuviese riiienlniN euconlniba amos. Itien deseaba la madre acompa- ñarla, pero el padre no lo rorisjnliú de modo alguno, pues quería que desde el i:i, UIUMIIOH. ¡í.'il principio esperiiiienfa.se [os corilr¡iíi<'iii|)nN \ acaso l¡is necesidades anejas al que abandona su rasa donde eslá bien por la esperanza di1 i^hii mejor en la casa ¡ige- IIÍI. Partió pues Amelia prometiendo dar nolicia á sus padres di' cuanto le suce- diera , asegurándoles (pie cuidaría de su honra, y despidiéndose de modo, que el ultimo momento lo fue de una reconciliación tierna, que sellaron lodos con lágrimas abundantes. A los quince días recibieron los padres una carta de Ame- lia en que les participaba que se habia acomodado de camarera en una buena casa de Tolosa , en donde ganaba un regular salario, añadiéndoles que cuando hubiese podido vestirse decentemente y cual su nuevo estado reclamaba procura- ría enviarles algún auxilio. Todo contentó á los padres menos el que su hija no les dijem el nomine de los amos, pues con esto quedaban imposibilitados de es- cribirle \ ¡ilenidos á sillar de ella cuando clin quisiere darles noticias suyas. V lo hizo de manera que pasaron años y mas años sin recibir ninguna, y aunque el padre una vez y el hijo tres veces se trasladaron á Tolosa, todas sus diligencias fueron infructuosas y acabaron por creer que habia muerto , ó que quizás no ha- bía conservado los sanos principios que desde la cuna, habían procurado inculcar- le v ([lie era ya una mujer perdida. Larfío tiempo les duro el desconsuelo : mas por último convinieron en no hablar mas di1 rila , \ el padre y la madre devora- ban en silencio el dolor de su recuerdo. No iluii) mucho la ventura de aquella buena familia. La madre murió des- pués de una enfermedad corta; y cuando el hijo iba á casarse , como lo deseaba su padre, falleció de una desgracia, quedando Tomás solo y verdaderamenle abandonado. Para colmo de desdichas el paisen que vivia sufrió unas inunda- cioi'es espantosas, y el arroyo que toda la vida habia corrido cristalino y m u r - murador entre las guijas y que derramaba la frescura y la lozanía en su huerte- c i l l i i , se convirtió en un desbocado y atronador torrente, que en media hora se Nevó el litierlo, única hacienda de Tomás, y derribó la casa que después de veinte años de economías adquirió su padre, en la que él había nacido, en donde se casó y en la cual habia pasado en medio de la ventura mas grande los catorce primeros años de su matrimonio. Como la calamidad fue' general, no solo en la aldea, sino en todo el país á muchas leguas á la redonda, no hubo medio de que la caridad pública alcanzara á remediar todos los males, y el buen Tomás se quedó solo , pobre , viejo y traspasado de dolor por tantas causas, que hubo momentos en que estuvo muy próximo á entregarse á la desesperación. Pero era buen cristiano , acudió á Dios, su misericordia le envió la resignación que nece- sitaba, y conformado con su inmensa desventura, pensó en qué haría á lin de procurarse la subsistencia. Su padre haliia sido amolador, \ cual si l¡i suerte li- des tina ra á lo mismo, el impetuoso tórrenle que se llevó la huerta y la casa per- donó la rueda que fue de su padre y la dejó envuelta entre las ruinas, l.a sacó de allí, aprovechó el banquillo v cuanto mas pudo, consiguió que un caritativo car- •W¿ VA. \UOUIII1H. ¡tintero se lo arreglase , y echándosela ¡ti hombro se despidió de su patria para ir de puefilo en pueblo á lin de llevar á la boca un trozo de pan, que liabiaes- perado comer bien tranquilo en medio de una familia querida. Vertió una, lágri- ma, alzó los ojos al cielo, y resignado y lirme en su proposito tomo el primer camino que le vino por delante. iímpezó Tomás á recorrer los pueblos y las casas de campo , ganando la subsistencia, y grangeando.se la amistad de cuantas personas hablaban con él, porque ásu carácter naturalmente bondadoso se juntó cierta bondad de otra clase que llamaríamos bondad religiosa, debida á la resignación cristiana con (¡ue supo sobrellevar las desgracias terribles que habían acibarado los últimos años de su vida. Sin duda ninguna á su carácter y á esa afabilidad debía el que los beneficios de su trabajo no fuesen tan menguados como él mismo temió al emprender el oficio ; porque sus palabras dulces y resignadas, el relato de sus desventuras, su edad avanzada y sus cabellos blancos interesaban á todos , y todos eran generosos al satisfacerle el precio de su trabajo. l)e manera que el pobre Tomás, provisto de la paciencia y de la resignación ijuti supo encontrar pidiendo á Dios ambas cosas, era mucho menos desgraciado de lo que Imbia te- mido, (unco años pasaron desde que salió de su pueblo cuando nn suceso ines- perado cambio de todo punto su suerte, y vino á recompensar sus virtudes y su conformidad con las disposiciones de la Providencia; rn¡is antes que reliramo.s ese acontecimiento , justo es hablar á los lectores de \¡\ suerte que le cupo á la joven Amelia. Un efecto, esta muchacha había entrado de camarera en una familia de Tolosa, compuesta de marido, mujer y dos sobrinas. Casáronse estas y quedaron solos los consortes, los cuales á la veitlad no necesitaban entonces los servicios de Amelia, pero ésta liabia sabido grangearse el afecto de sus amos de una manera muy notable. Aunque por de pronto echaron de ver su frenesí por vestirse con lujo, se lo perdonaron fácilmente y aun contribuyeron á fomen- tarlo dándole buen salario y haciéndole regalos continuos. Agradecida Amelia á las larguezas de sus amos fue una buena muchacha , sirvió <;on {«lo y asiduidad nunca desmentida , y como por fortuna pudo satisfacer por medios regulares su pasión favorita, le fue posible conservar la honra sin renunciar á la pasión que la dominaba. Visitaba con frecuencia aquella casa un caballero viudo, joven, rico , sin hijos y que era algo pariente de los amos de Amelia. Interesóle desde el principio la. figura de esta joven, y enterado de sus buenas calidades, de lo muy hacendosa que era y no podiendo dudar de su honradez se agradó de ella y pensó que podría convenirle para esposa. Los amos conocieron esa inclinación del joven , y juzgando que Amelia seria una buena esposa , y á impulsos de afec- to verdadero que le profesaban, estimularon ese amor , y al fin consiguieron que se verilicase el matrimonio , que convirtió á la camarera en una Señora rica y 1,1 UNHAhOK. ¡i ¡i.'} de clase distinguida. Amelia durante los primeros años de su permanencia en Tolosa se habia olvidado completamente de sus padres : envanecida con vivir en una casa rica, con verse vestidfi ron lujo , y aspirando á mejorar de posición, corrióse de su familia y determinó no escribir ni acordarse mas de ella. Pero cuando su juicio estuvo mas sentado ; cuando á la grande fortuna que se le en- tró en casa precedió una declaración formal a su esposo de lo que había sido, del modo como se condujo con sus pailres, y de cuanto hizo en su vida , volvió á acordarse de sus padres, é instada por su consorte, poro después de casada comen/ó á practicar diligencias para saber de la suerte ilo aquellos desgracia- dos, Itesde luego escribió á su pueblo , y el llura Párroco le dio circuihslan- ciada noticia de las desventuras acaecidas ¡\ sus padres, de la suerte de su her- mano, y de como Tomás, viéndose .solo en el mundo , habia desaparecido sin que nadie supiera la dirección que lomo ni el objeto de su partida. Amelia lloró amargamente la desdicha de sus padres, no dejó de atribuirse una parle de culpa, \ sobre lodo se le partía el corazón al ver (pie habia tardado lanío en procurarse noticias, cuaiido si lo hiciera antes tal vez llegara á tiempo de impedir la desaparición de su padre. Así pues la fortuna no satisfizo su corazón porque en él habia un gusano roedor que no le dejaba gozar con tranquilidad la extraordinaria ventura ipie la suerte le habia deparado. Dios le dio una hija, j cada vez que la miraba recordaba los tiempos en que ella tenia esa edad mis- ma y ya comenzaba á manifestar su inclinación aviesa , de que la niña á su entender daba también algunos indicios. Su marido la amaba , peni no tanto como ella hubiera querido, y en los ratos de indiferencia que en él observaba parecía Amelia entrever cierto arrepenlimieuli) por haber unido su suerte á una mujer de clase inferior á la suya , ó quizás como un castigo del cielo por el ol- vido criminal en que habia dejado á los desventurados autores de sus dias. l)e .suerte que en medio de las riquezas y de todas las comodidades imaginables, Amelia era itifeliz, y ahora que podia satisfacer cumplidamente su añcion al lujo. la habia perdido de lodo pitillo , siéndole indiferente cuanto se rozaba con la os- tentación y la grandeza. Durante el invierno vivia en Tolosa : mas al asomar la primavera la familia se trasladaba todos los anos á una magnífica quinta, tres horas distante de aquella ciudad , \ cuyo solo aspecto revolaba la riqueza desús dueños. Cierto que en la vecina aldea aguardábase con ansia la llegada de la Señora, que imitando en esto como en muchas otras cosas á la primera consorte de su marido derramaba limosnas á manos llenas y consolaba las aflicciones de todos; pero si en esto habia para ella un grande consuelo, en su corazón que- daba siempre un vacío, y en el fondo de ese vacío hallaba el doloroso recuerdo de sus padres. Su corazón estaba envenenado y pensaba que ese veneno mina- ría lentamente su existencia privándole de un momento de completo reposo. Kn tal estado se hallaban las cosas cuando habiendo bajado al palio eon su TOMO i. 4lí .'í.'ií i;l, VMOUDOEt. hija cu IIIÜI iiiitñ;U! rmi\oen t'.l ¡lisiante cu que su esposo venia ilc dar un paseo aconsejado por los médicos ¡i lio de promover el sudor que necesitaba para conservar la salud, se presentó un amolador preguntando si tenían algún cuchi- llo , segur, tijeras u otra cosa que necesitase de su habilidad. La señora al ver- le llamó á una doncella j esta sacó de la casa una porción de chismes para que aquel buen hombre los arreglase. ía ñifla se acercó al amolador y comenzó á en- labiar con versación con e l : mas como hacia mil preguntas, la madre dijo á la niña que callara, pues estorbaba á aquel buen hombre. Apenas este oyó la voz de la señora ruando lo mismo que si le hubiese herido un rayo paró de repente en su trabajo, \ ron im pasmo inesplicable comenzó á mirar á la que había hablado. Aquel anciano era Tomás: la señora era su hija Amelia, liste fue' el momento que escojió el artista para el asunto de su cuadro. Kl reconocí miento fue mutuo, el padre conoció ¡i la hija, la hija conoció al padre, el uno se rrho en brazos del otro , y en el momento en que se abra- zaban Padre mió, Hija mia. esclamaron este y aquella, I-I marido, cual si en él se hubiera verificado un cambio incomprensible , se desembozo , quitóse el sombrero y acercándose ¡i Tomás: Padre mió! le dijo, perdisteis una hija \ un hijo : ¡iquí los leñéis: no puedo restituiros vuestra esposa, pero en cambio os presento una nieta, llulio un momento en que Tomás temió volverse loco. y acor- dándose de Dios en medio de la fortuna como acudió á él en medio de la desdicha, cayó de rodillas, levantó los ojos al cielo y dijo: Dios mió! gracias por vuestras inmensas bondades; ¿qué he hecjio yo para que me las dispenséis tan completas? Basta , padre, dijo el marido , tranquilizaos. dad gracias á Dios y contad con que vuestros infortunios h;in terminado. Amelia continuaba llorando, y la nina cayó también de rodillas y besaba H rostro de los tres, \ lloraba sin saber qué eran aquel llanto y aquel trastorno. El cuadro es bellísimo , y el carácter de Amelia y el pasmo de Tomás están magistral me nte representados. .CUAOAO DE SCHIEtSSNtR. La flema, ó sea la calma en su mayor grado , es una de las cualidades di>- tintivas del carácter (Je los ingleses y los alemanes : aquellos , sin embargo , dis- lán niuchus de estos en punli:/ri;ito Pues biun , prosiguió ni primero . j o lie aprendido ile memoria toda la 1Ü- blia , de cabo á rabo y en latín . sin entender por consiguiente una palabra. — Paciencia es ! enlamaron estupefactos los dos jurados á un tiempo. \ dirigiéndose al otro contrincante, en cuyo rostro n» se lialiia observado la menor i ni presión , le preguntaron ; — ¿ Óu« decís á esto ? — (íne si no hay otra cosa. voj á probar que lengu \o mas paciencia , res- pondió tranquilamente. — Decid. — Vo soy cañado.* hace seis ¡ifios ijiie lo efectué ton im;i mujer joven y la mas hermosa tal vez de Londres. — Es verdad , afirmaron los jurados. — Pues bien; la primera noche de novios, salta mi mujer de mi lado, abre una ventana, se asoma. y se está la friolera de tres lloras hablando con alguien que halda debajo. Hace seis afios que todas las noches sucede lo mismo y á la propia hora ; pues todavía no he preguntado nada á mi mujer , ni menos se ine ha ocurrido asomarme á la ventana. — L'nn pregunta , esclamó uno de los jurados. —Decid. — Mientras vuestra mujer vela ¡Vs de suponer <|iie vela,' vos rlormis ? — (lomo un lirón. — Habéis ganado la apuesta. (ion lodo y lo dicho y mucho mas qw pudiera decirse respecto de la calma de los ingleses, no llegan estos á los alemanes y mucho menos al calderero de Leipzig. VA calderero de Leipzig , no es un hombre en punto á sensaciones. lis un ser que vive , s í , que piensa (porque en Alemania piensan hasta los caldereros) pero que no siente. Es, puesto en medio de su tienda, donde está j>crenne todas las horas del día fuera de las de comer y dormir, otra yunque que rechaza naturalmente, como aquella Jos golpes del martillo , todo cuanto pueda afectarle : es como si dijéra- mos otro de los témpanos de hielo . Alejandro no tardo en esperi mentarlo asi, y dentro de breve líempo la es- casez de su casa se hizo notar de una manera harto triste. ( n día entró la mujer en el taller dicic'ndole : — Alejandro , ¿ no sabes lo que pasa "! — Qué? respondió él sin inmutarse , y sin dejar de limar la boca de on jar- ro de cobre que estaba rematando. — No sé sí es desgracia ó fortuna. — Tu dirás. — Somos tan pobres!... — Ks verdad. — Pero aun asi. yo me alegro . ijiie quieres que le diga. — Mira tríieme aquella lima mas lina que hay sobre el banco. — Pero no haces caso de lo que te digo? — Has dicho algo 1 pero habla que ya le escucho por eso. — Pues has de saber, Alejandro, (pie no tardaremos en tener un Alejamlrilo. — Si?... Pero tráeme la lima , que si he de levantarme yo , tendré que de- jar todo eso y voy á perder tiempo, lil ama del padre Antón vendrá por el ¡ano esta mañana y es preciso que lo encuentre listo. —Jesús ! toma la lima.... parece que no te haya dicho nada ! — Has dicho que dentro de poco tendremos un Alejandrito. —Sí, y la lima y el jarro importan mas que eso? — No. mujer: no importan mas: pero hoy corre esto mayor prisa; mañana, ruando venga Alejandrito , él será primero que el jarro y la lima. Teresa salió del taller con una especie de desconsuelo que no -se esplica y qur difícilmente se comprendo no pudiendo sentirlo sino otra mujer en su caso. A todo esto, cuando con esa calma y esa indiferencia se vé á un hombre recibir por parte de- su mujer la noticia del próximo advenimiento del primer hi- jo , se creerá que tal hombre no puede guardar en su corazón sino el germen del mal y la perversidad !. ., Pasemos adelante. Teresa dio k luz un niño y, consecuencia del alumbramiento, luvo mía terri- ble enfermedad que la puso á las puertas del sepulcro. •I'iN 1:1. c u i n - i n t i m w. I.KIP/KÍ. Va conoce el lector el estado de la casa de Alejandro , para formarse idea, evitándonos nosotros el trabajo de esplicarla, de la suma escasez y los apuros en que se veria el pobre calderero para acudir á las apremiantes atenciones! de su fa- milia. Alejandro pensó en el único recurso que fe quedaba , y prcslo, sin disgusto, sin ninguna clase ile sentimiento, cumplió lo que pocos meses antes liabiu dicho á su mujer, cuando la ternura de esta le reprendía porque atendía masa un jarro v á una lima que á Alejandrito , y él la contestó que cuando este viniese al mun- do y fuese necesario, seria primero que la lima y el jarro. (Jamó a uno de sus compañeros de olicio que gozaba de una posición mas desahogada y le vendió todos los objetos que tenia hechos , mas algunas planchas de cobre que le quedaban , reservándose solo las herramientas necesarias para seguir trabajando. Kn adelante liaría remiendos no teniendo materiales para hacer trabajo nuevo; pero en cambio su mujer sanaría , teniendo con el producto de lo que habia vendido para los alimentos necesarios y lo que el médico mandase de la botica , y si Alejandrito no podia alimentarse al pecho de su madre , tendría una ama que le diese de mamar. Teresa sanó felizmente. Al levantarse de la cama \ conocer el sacrilicio que había hecho su marido. el cual nada absolutamente le habia dicho durante la enfermedad , sintió uno de esos afectos que producen la gratitud y el dolor cuando en tan alto grado se en- cuentran á un tiempo en el corazón de la mujer, y sus ojos se arrasaron en lágrimas al pensar el estado triste en que se veía su marido. lín esta situación se encontraba cuando entra el cartero gritando: —Teresa Schilmann! —¿Quien va? respondió la mujer. —¿, Sois vos Teresa Schilmann i —Servidora vuestra. —No me ha costado poco trabajo encontraros. —Pues1? -He tenido necesidad de progiintiir mucho. Sabia que existía una familia de vuestro nombre en el barrio de la (.Diversidad , donde va dirigida la carta, — Sí, era la inia . de la cual no queda ya nadie mas que yo. —Por un vecino hemos sabido donde vivíais. Aquí tenéis una cariarle Amé- ricR , que vale medio thaler (\). —¡Medio thaler!.... — Sí. VA. CUIIKKKIHI IIK I.KII'/Ili. ¡i.'ÜI — r's el caso si pudieseis volver lomad la caria porque ahora mi marido no eslá eu casa \ —.No ha\ necesidad de que me lleve la caria por e ^ i : podéis quedáronla \ ya pasaré por aquí. Al cabo de media hora volvió Alejandro, el cual, sin pasar de la entrada, dejó una caldera que llevaba . poniendo fuego á la fragua para echarla un r e - miendo. Al oir el golpe del martillo , Teresa salió dicíéndole: —Deseaba vivamente que llegaras. Mira, veas lo que dice esta carta de América (pie acaban de traerme; y que por pierio no he podido pagar. Alejandro lomó la carta (pie abrió \ leyó. La caria (lucia asi: « Santiago de Cuba. -•Teresa: os escribo á vos porque vnesl.ni madre es v¡i mu\ vieja. Sabed que en es la acuba.de morir un riquísimo comerciante . soltero ile lili años que se llamaba l'cdro Schilmumi . \ era nalurai de Leipzig, borren haber oído en vuestra cusa hublar de un pariente que había partido á América. Kl Sr. Schil- mann ha muerto sin testamento, y el cónsul alemán llama á los parientes del difunto para hacerles entrega de la herencia. Me alegraría ile que Mr. Schil- manii fuese tio ó abuelo, en fin, palíenle vuestro. Yo os lo digo por lo (pie pueda conveniros. Os advierto que en caso de que sea como yo pienso , será bueno que vengáis vos y no os fiéis de mandar poderes á nadie.» — ¡ Dios mió! qué fortuna. Sí, sí, el tio Pedro! Yo no le he conocido por- que partió muy joven ; pero he oido hablar mucho de é l ; era hermano de mi padre y no queda de la familia nadie mas que vo. Ya somos ricos, Alejandro! —Mejor, dijo ésle sencillnincnfe. —Ahora á ver que hacemos-1 — M i r a , atiza un poco la lumbre de la fragua para que se caliente bien este pedazo (fe cobro , mientras yo arreglo los clavos para el remiendo de esla c a l - dera. — Pero hombre , ¡ quién piensa ahora en la caldera! — Yo que necesito de este remiendo para el día de ho\. Se hizo preciso que Teresa partiera á América , y Alejandro acabó de vender lo poco que tenia para los gastos de documentos (pie debía llevar y pasaje en el buque. Saliendo hacia América de cualquier punió del Norte. los gastos de viaje son asequibles á la mas modesta fortuna. Teresa pensó llevar á Alejandrifo . á quien no quiso dejar en la corla edad que tenia el niílo. Ambos se despidieron del calderero , \ Teresa partió con la ansiedad natural M" Kl. C.UNKHKRO W. UIÍ'ZMI. cu su corazón pur ID IJHC dejaba en Alemania y In que esperaba ciinuilrar en América. Alejandro se quedó tan pobre, tan solo y tan tranquilo. Teresa tomó el camino de Iterlin , desde donde se dirigió ¡i llamburgo para embarcarse. A los doce días de su partida Alejandro recibió estacarla : «llamburgo. «(Juerido Alejandro: lie lomado pasajeen el bergantín Federico. Cuando recibas ésta, mt1 hallaré y¡i en la mar. « Alejandrito bueno. Ititegii ¡i Dios por la felicidad de nuestro viaje. «TERESA.» I n dia . pasados quince de l¡i partida de Temsíi, mi vecino entro en el t¡i— llcr ile Alejandro . ¡d que eitrontró forjando en el yunque uní) asa para un cán- taro de cobre. — Buenos diaü . señor \lejandiu. — Buenos dias. —¿No decíais que vuestra mujer liabia partido n\ mi buque de llatnbiu'gu. el bergantín /''nlerinr! — Sí. — l'ues leal lo que dice este periódico , en este suelto. Alejandro tomó el periódico y leyó el suelto que el vecino le señalaba, ci (üial decia: « El beigantin Federico , de llamburgo, que itia hacia América, ha naufra- gado en las islas Azores, sin que haya podido salvarse nadie de la tripulación ni de los pasajeros, ni nada del buque que se estrelló en una roca, quedaodu dividido en pedazos que llevaron lasólas.» — Desgracia es, después de un momento dijo Alejandro. Quedó pensativo volvió a leer el suelto y luego esclaino: —¿Pero cómo a de ser? son cosas del mundo y es preciso conformarse con la voluntad de Dios. —Yo os arompailo en el sentimiento, señor Alejandro , y dispensadme el que os haya dado tan triste noticia. — Uno ú otro habia de ser el que me la diera. El vecino salió , y Alejandro luego de puesta el asa al cántaro, de cuya ta- rea no se interrumpió sino el tiempo preciso de leer en el periódico la desgracia del bergantín Federico y el que empleó en las cortas palabras con ei vecino , se fue él mismo k devolverlo Al retirarse mas tarde á su casa llevaba dos thalers (como veinte v nueve reales) recogidos del trabajo devuelto, y se metió en la casa del cura lie la | « n o - quia á quien se los entregó para misas en sufragio del alma de Teresa. EI. CALHKREHO HE J.KIPZNI. 361 Aquella noche Alejandro no cenó, habiendo entregado lodo su dinero al cura; pero durmió tranquilaiiieiUr, ni mas ni mono? que le sucedía las demás noches. Ocho años habían transcurrido ile la desgracia del bergantín Federico, y durante este tiempo el calderero se rehizo casi por completo de cuanto había per- dido y gastado en los años anteriores. Desahogado ya en su posición , volvió á pensar en que se encontraba solo, en que le era neepsario buscar una compañía . y. en una palabra, en casarse otra vez. La segunda boda estaba ya ajustada. Llegó el dia del casamiento, ven una de las iglesias de la ciudad, sentados en un banco esperándola llegada del cura para la ceremonia, estaba Alejandro, la novia y todos los parientes de esta que la acompañaban. Presentóse el cura, y en el acto de hacer al novio la primera pregunta, uita voz le interrumpe gritando: — Un momento, señor cura ! La voz era la de un vecino de Alejandro. —¿Qué pasa pues ? preguntó el cura estrañado, mientras los demás miraban estupefactos al recien venido. —Pasa que ningún hombre puede tener dos mujeres á un tiempo. —Yase ve que no, respondió sonriendo Alejandro. ---Pero es que el señor as viudo... observó el cura. —No es viudo , porque yo vengo á noticiarle la llegada de su mujer que vi- ve aun-. —Cómo! esclamaron todos asombrados, menos Alejandro que preguntó, sin alterarse: —Mi mujer vive y ha llegado? — lin vuestra casa está. Venid al momento conmigo. — Señora, dijo entonces Alejandro dirigiéndose íi la novia, ya conocéis que es- to es un caso raro en que yo no tengo parte y-que deploro por vos, al paso que me alegro de él por la pobre Teresa. El destino que me tenia reservado para hoy el fin de mi viudez, me trae otra vez la misma mujer; con vuestro permiso voy a reunirme con ella. Adiós, señores. Y salió, saludando á todos y sin apresurar en lo mas mínimo el tranquilo pa- so que tenia de costumbre. AI llegar á su casa Teresa se arrojó en sus brazos. Alejandro la recibió con dulzura, diciéndole: TOMO i. 4(> MU EL CAl.DKItKltO IIK LRII'SNi. — Si |)or casualidad lardas media hora mus, en buen compromiso me lui- llabas. Teresa, á quien sus vecinos tuvieron la prudencia de no decirle la nueva boda ile Alejandro, no oyó las palabras de su marido sobrecogida de gozo y pesar á un tiempo, recordando la pérdida de su hijo. Pasados los primeros momentos, Teresa esplicó á su marido el modo mila- groso como se salvó, que fue en una tabla del buque de la cual la recogió una fra- gata norte-americana que la llevó á Nueva-York , donde habia permanecido hasta entonces medio loca y perdida por completo la memoria. .—Nuestro hijo , concluyó Teresa llorando, no tuvo la fortuna de su madre! — Pobrecillo , escamó Alejandro, pero quién sabe el destino que en la tierra 1 h aguardaba. Hespetemos la voluntad de Dios. Repuesto, como hemos dicho, Alejandro en sti pequefia fortuna, y con tra- bajo sulinen te, el matrimonio vivía una vida feliz, y el calderero se encontraba lo que se llama perfectamente "le alma y cuerpo. Asi pasaron algunos anos. I,lidia se hallaba Alejandro sentado en su taller y componiendo una lelera que tenia sobre las piernas, cuando entra Teresa con una carta abierta. —Alejandro, ay! no sé que me iláel corazón. Mira, lee esta carta que araban de. traer, es de Amérirn también... —A ver? — Va dirigida á tí. Alejandro empuñó su lente, pues era ya algo viejo, y tenia bastante cansada la vista, y leyó para sí. no queriendo impresionará Teresa con lo (pie lal vez di- jera la carta. «Mis queridos padres : Un (ejido de felicísima.'; circunstancias mi' luí hecho conocer que vivís y que yo .soy vuestro hijo, lin Leipzig es público lo que acon- teció á uii querida madre y á mí en el naufragio del bergantín Federico. A mí me recogió un buque que se dirigía á Lima donde he pasado todos estos anos has- ta que la persona que yo creia mi padre y me tenia como hijo me lo esplicó lodo antes (fe morir. Por un oficial de marina, que es hoj amipi mío \ que fue em- pleado en la comandancia á cuya matrícula pertenecía el Federico, tengo prue- bas que están conformes con las que me dio mi protector y que acreditan la iden- tidad de mi persona, lin breve estará á vuestro lado vuestro hijo que posee hoy una de las mejores fortunas de Urna. 1 >s abraza con el alma, queridos padres, vuestro hijo — Alejandro Harlzel. —Que dice la carta al lin , preguntó Teresu, que liare una hora que Ices;' —(ionio la letra es un puco difícil y yo no tengo \¡i niuv buena \ N l ¡ i . . . —¿Pero qué dice por lin la carta? —Nada, rosas esliüñas que pasan en el mundo. ti- I:U,IH;IIF.RI> ni: t.üirsiii. .'¡IÍ3 —Veamos de una vez. — Hice que el cielo no quiso librarle á fí sola del ñau iranio. —Cómo! Acaba! acaba!.. —Sí, ya te puedes figurar... —<¡on que vive ! Mijo mió ! Y Teresa cayó al suelo sin senlido. Alejandro la levantó procurándole los auxilios necesarios, v la buena madre pudo al fui soportar tan grande alegría. Pasáronse tres meses, y una mañana, estando Alejandro I raba jando ionio de costumbre en su taller, se presenta un caballero joven á la puerta preguntando en alemán nadd tasli/o —\ive aquí el stnoi \lejandro llarlzel/ —Qné se os ofrece? —Sois vos? pregunta el joven balbuceando. —Yo, para serviros. —Es que le traigo... eonlinuo el caballero con árenlo entrecortado, una vi- sita de su hijo... —Vamos y esa visita será el hijo misino tal vez, eh 1 —Padre mío, esclamó el joven lanzándose en los brazos de su padre. Aquí Alejandro perdió su calma por primera vez. Hay escenas para la* cua- les no existe calma posible. Sus ojos se arrasaron en lágrimas, \ después de abrazar fucrle y repulida- mente al joven, gritó: —Teresa! Teresa! Ksla se presentó súbiluineiile. —Toma, le dijo lanzándole el jnvniá los brazos, ahí lienes a lu hijo. ® BE mmmm CUADRO DE WOUWERf/AN,. Wouwerman nació en llarlem un l(í¿0 , j no se tiene noticia que abando- nara jamás su ciudad natal, sino para visitar las poblaciones mas importantes de su país. Pablo Wouwermait, su padre, mediano pintor de historia, le dio las primeras nociones de la pintura . que continuó y perfeccionó su hijo bajo la di- rección de Juan Wynats, á quien debió sobre todo el conocimiento déla perspec- tiva y de los coloridos del paisaje. Su afición se fijó principalmente en la pintura de caballos y de batallas : de modo que el caballo o ínrunilcrtiHile la primera y mas notable figura de sus cuadros, figura que hace olvidiir las demás, á pesar de su riqueza y de su ingenio. Así es que el caballo fue el objeto predilecto de sus estudios, así como puso mayor cuidado en conocer todos los detalles de las monturas, arneses, armas, tiendas de campada, ejercicios y maniobras milita- res , facilitándole oportunamente los medios mas propios para sus observaciones la famosa guerra de treinta afíos , que asoló la Alemania hasta la paz de Wes - phaüa. Woiiwerman era extraordinariamente modesto en la venta de sus cuadros, que enajenaba á precios módicos á los especuladores que á su vez los hacían va- ler en países estranjeros. A este propósito se cuenta que un comerciante de Har- lem llamado de Wite encargó un cuadro á Pedre de Laer, conocido por Bam- boche ; pero no pudiendo adquirirlo por el valor de doscientos florines, se dirigió á Wouverman que, por un precio muy inferior, le vendió una obra maestra que le dio sin embargo un alta reputación. El resultado de su modestia fue el origen de su estado siempre precario y casi menesteroso. Al frente de una numerosa fa- milia tuvo de necesidad que trabajar sin descanso: pero dotado de un carácter apacible y aplicado hasta el esceso , pintó siempre con esmero , de manera que G:1DIMÜMCII.P.4 El- CARRO PE HK\iV í)tí!i sorprende verdaderamente el gran número de cuadros que dejó , á pesar de ha- ber fallecido á los 18 años de edad , pero sin que se le pueda censurar por fal- ta de corrección ó de esmero en sus producciones. Salvos, empero, algunos cuadros de grandes dimensiones, la altura de .sus figuras escede rara vez de algunas pulgadas ; pero al copiar la naturaleza, ja- más olvida sus detalles por insignificantes que aparezcan. Si los artistas de todos los tiempos se convencieran , por el ejemplo de Wou- werman , de las ventajas que resultan de la observación del espíritu de su siglo, hallarían en sus obras una instrucción útil asaz bajo otros conceptos. Compren- derían desde luego hasta qué punto se puede representar en los grandes cuadros la delicadeza y armonía de los tonos, sin perder el efecto plástico de todo el con- junto. La cuestión principal consiste siempre en saber subordinar los detalles al conjunto y no detenerse abrumados por una penosa ansiedad. Wouwerman habia comprendido perfectamente esta ley , y marcando con delicadeza los tintes del aire , las sombras de las nubes, el caballo , y el gine- te, no hacia mas que indicar con unos toques firmes y seguros las bridas, las es- puelas y otros accesorios. El cuadro que representa el carro de heno debe colocar entre sus obras dramáticas un lugar muy importante por la composición y los efectos del colori- do. En vez de la vida tumultuosa de la guerra . observamos una escena idílica, ó mejor dicho , un trozo de la historia laliriega del siglo XVII. La escena es tan sencilla y se ostentan tan caracterizadas l¡is riinliüiules de Wouwerman , que nos dispensan todo su análisis. ¡ Que contraste ofrece este cuadro ¡nocente , que respira todti \n suavidad de unas costumbres sencillas, con otro de los numerosos lienzos del mismo Wou- werman ! por un contraste admirable nos Imspm'lamo-i de los campos cuyas mie- ses se acaban de recoger, á esas sangrientas escenas de guerra, de caza, (le fiestas y de torneos, tales como se reproducían casi diariamente en los estensos patios de esos palacios feudales, de esos castillos pintorescos que embellecen con sus negras y colosales formas Ins márgenes del Mnssn n del Ourllie, n ni oíros términos nos entregamos ni placer di1 recontar aquel mundo linllanlr ipic representan eslo*. cua- dros, y eslamos casi leu lados de figurarnos al artista mismo, como uno de aquellos alegres caballeros, que lan bien sabia caracterizar, sentado sólidamente sobre la silla lujosamente caparazonaria , vestido de cota de malla . con los bigotes re- torcidos y el casco sombreado por una pluma , colocada, con eshuliada coqnele- rfa. Es sin duda cj mismo WOIÍUCNIIIHI ese gallardo caballero que echa pié á tierra para apagar su seil en la apiieihli- n>menle de un airando. I-I caballo se inclina también para lamer las aguas que bailan sus cascos, mientras e| caballero bebe después con avidez el jarro de vino que le ofrece una graciosa vivandera , cuyos sonrosados labios besaría el caballero con mas ardor que los :t sostiene con la mano. La joven , alarmada pruden- femrnli' por una espicsioii de ¿í¡il¡uilería demasiado atrevida, hace un movimien- to brusco Inicia ¡iln'is ; su guanlapics azul asombra al caballo y cae al suelo el jarro de vino. Kl noble caballero no cede por tan poca cosa; y asegurándose en su posición llega á acariciar las mejillas do la niña con la mano izquierda, mien- tras que se esfuerza en beber con la ilerecfni. Ton semejantes incidentes continúa su camino el guerrero de ninlimí en ninliiia, levantando erguida la caluma y re- pitiendo con orgullo estas palabras : <;l mundo pertenece al guerrero \ los favo- res al vencedor. ¿Noes cierto que creéis ver bajo esta liguraal artista Wouwennan ? Si no es este su retrato, vedlesino en aquel joven escudero que ocupa el segundo término del cuadro, y (pie desmontado, ramo su señor, sostiene con una mano la brida y con la otra sujeta al noble bruto, que piafa con impaciencia. A su lado se admira el rostro delicioso de su amada, que, montando un lijero alazán, guarda la caza que ella misma lia conseguido. En lontananza se ve una bandada de pájaros i[ue se levanta de un grupo de rosales. A través de un celaje delicioso se ve cruzar una ave de rapiíla, que traza en el aire círculos estrafíos antes de precipitarse en busca del objeto que descubre desde la elevada región en que se cierne ; y la no- ble dama la contempla un momento y suelta su alcon que, haciendo sonar los ani- llos que cuelgan de su cuello, hiende el aire mas rápido que un relámpago en dirección de la presa, que trata de escapar. Nuestro escudero está en ademan de seguirle ron la vista; pero observamos que sus lindos ojos se fijan en el hermoso semblante de la bella cazadora, á quien contempla con una espresion de la mas cariñosa dulzura. Kncontrais á este mismo escudero en otro cuadro, en que, concluida la caza, aparece sentado allá en el fondo del valle, á la sombra de un molino y á la orilla de un arroyo que serpea entre las flores. Kl escudero de la caza ha abandonado el servicio de la ingrata castellana para vestir el uniforme del guerrero, envuelto en una capa ó manto flotante, bordado de oro. Kl caballo blanco, que antes viraos piafar junto á la graciosa cantinera, se presenta ahora mas orgulloso con el nue- vo uniforme de su amo. En este momento el animal disfruta de completa libertad. Atado de la brida al pié de un árbol recela apenas de un gozquecillo de cabeza estúpida, que camina en compañía de su amo, de una apariencia grosera y que se permite ladrar á las piernas del caballo. Kl molino, cuyas aguas se ven sallaren- tre abundante espuma, ocupa una situación fresca y deliciosa. Allí se percibe una (¡gura de mujer, oculta en la sombra, que deja distinguir una mirada curiosa, pero risueña, Kl guerrero no farda en dirigir sus pasos hacia aquel asilo (pie le ofrece, en medio de las fatigas de la guerra, una hora tranquila de reposo. Al lin entra en <>| ||p (m |<> \ils ventajas áque puede aspirar en calidad de soldado, im- poniendo \ haciendo respetar sus caprichos : pero la molinera no es una altiva Kl. C U t l I O liK IIKMI. 'Mi' castellana, los mozos del molino no son unos celosos é importunos espías, \ en rslc caso ¿dejaráel viejo dueño de aquella morada csponerá su niela en un encuen- tro idílico con el formidable caballero? La guerra sigue destruyendo, hace ya Ireintaafios, las vastas regiones déla Alemania y de los Países Bajos, y por una susceptibilidad moral ¿dejará perecer sin embargo el pobre molino, único recurso que le queda en su avanzada rilad -> IVusiindolo mejor , permite la entrevista de los dos jóvenes, medio oculto en H ¡illei/ar de la ventana, murmurando palabras que él cree de consuelo, porque al fin los débiles dicen que sí. Pero esta situación no puede prolongarse mas: en las sendas de las colinas inmediatas se levantan nuiles de polvo \ se distingue el brillo de las armas. Son tropas sin duda; no se ve álos soldiidos. peni eslá seguro de que no llevan la capa bordada de oro. Pero son guerreros indudablemente , declarados enemigos de la paz y del amor. Pron- to, el ile lanipalionlada, vuelve ala aldea, y da la señal del combate, donde el co- razón di.»I hombre palpita con mas violencia que en los brazos de una mujer. Pasemos á otro cuadro, El tiempo eslá sombrío, algunos rayos del sol en su ocaso derraman una vneil;in(e chindad sobre las nubes. A la derecha se esliende un paisaje, (jue ofrece en lonfíirtiiiiza una choza, que sin duda es la misma cerca de la cual se hallaba el molino de que acabamos de hablar. El espacio principal ter- mina on un pequeño valle : en el centro del primer término se ve un edificio an- tiguo que proyecta su sombra á través del camino : los bajos de esta casa están abiertos en toda su estension por la violencia del fuego de los cañones. Kl inte- rior, mitad caserna, mitad cuadro, presenta una verdadera confusión de hombres y caballos, camillas y literas. Entre los caballos se reconoce fácilmente nuestro caballa blanco, visto ya en los prados del molino: encuéntrase lijeramente heri- do, poique M pedazo de lienzo envuelve su rodilla, mas no debe padecer mu- U cho, pues come con gusto el heno de su pesebre. Reclinado en una camilla en- contramos también al apuesto lancero, cuyo rostro está ya tostado por el sol y las fatigas. Sufre sin duda, poique está pálido. Una dama, cubierta con un rico manto y seguida de un negro que lleva en brazos un perrito, está de pié junio a] lecho en una actitud aristocrática, pero sin disimular el vivo interés que le ins- pira el enfermo, el cual acepta de buen grado los alimentos que le presenta una criada. Estos alimentos son sin disputa mas delicados que los de la cantinera; pero ¿ parecíanle tan deliciosos como los que le servia la hermosa molinera? Tal vez; porque el amor está ligado á Marte y gracias á sus encantos cada bella se transforma en una Venus. La señora del manto se halla en una ventana, cuando los lanceros, replega- dos á una aldea, sostienen á la entrada un combate sangriento, dispuestos á pe- recer. La dama tiene los ojos íijos en un joven caballero que monta un caballo blanco de clines flotantes, y que por un acertado golpe dado en el pecho del je- fe enemigo, consigue couleniT e! ¡inlor de los coulnirios, lili su fisunnmm se olí- 368 E), CAURO DE I1E\O. serva el terror, cuando vio caer una bala en la espalda del guerrero lanzada por un soldado fugitivo. El objeto de su simpatía es conducido por sus carneradas al hospital de campanil que nos presenta el cuadro. Tal es el interés que lleva á aquel punto á la driimi del manió. Sin embargo, el herido suefia en un porvenir de oro, y ascenderá de grado en grado, l'eru ¿quién sabe, si entre el flujo y reflu- jo de la fortuna llegará un dia en que, á pesar de las dulces y cariñosas frases de la dama, buscará, pobre inválido, un miserable sustento de puerta en puerta in- vocando la piedad de los paisanos 1 No seguiremos l;i historia de su suerte y terminaremos aquí la resefiade al- gunos cuadros caraclenslicos que constituyen la gloria de Wouwerman. A pesar de la variedad de objetos y situaciones, en todas ellas se nos presenta sin em- bargo el atrevido caballero ávido de aventuras, y en quién vemos siempre al mismo artista, niyns recuerdos jiiii'cci'ii copiados en sus.lienzos. Los grandes Mermas iUA ¡irte , los principes y los grandes se disputan hoy la posesión de las obras de Woiiuerman, único pintor, según ellos, que ha des- crito los usos y costumbres, las pasiones y los placeres de los tiempos feudales. Sus obras constituyen un libro de historia , donde se ven perfectamente repre- sentadas las aventuras, los vicios, y la indolencia de los nobles y guerreros de otros tiempos. Ora encontráis caballos de pura raza, ora veis escenas admirables en las salas de armas ó vivaques; ora asistís á las citas de cazadores y bellas amazonas , y ora sonreís ante los juegos de los soldados y de las cantineras, por- que Wouwerman no conoce el amor mas que en los goces que ofrece, y no ofre- ce sacrificio á la ilusión sentimental de una pasión delicada. Adquiéranse hoy ¡i peso de oro los cuadros de Wouwerman ; j sin embargu causa sentimiento ei saber que el mismo Wouwerman , en vísperas desu muerte (acaecida en 1!) de mayo de Ifi68) mandó quemar cuanto poseía en trocólos y planos, temiendo que su hijo siguiera la misma carrera , con cuyos productos se había podido mantener con dificultad. Para valer en otro tiempo, era preciso que el artista tomara uno de estos dos caminos: ó sujetarse, en cuanto al sistema de pintura, al capricho del momento. siguiendo el capricho que estuviera mas en boga, ó cautivar la ¡ilemion por gol- pes personales brillantes ó maneras seductoras. El charlatán reunía, casi siempre estas dos condiciones, que ofrecían un éxito seguro. El verdadero artista pocas veces reúne sus encantos personales al gusto que domina en el vulgo. Wouwer- man tuvo la desgracia de vivir en una época en que los silones de Amberes, Bruselas y Amsterdam se adornaban con escenas de taberna, mejor que con las representaciones de la vida elegante de las clases elevadas de la sociedad , como las pintaba Wouwerman. Su mérito se reconoció mas tarde; la posteridad le ha hecho justicia y las artes le han colocado entre sus mas dignos y beneméritos sa- cerdotes. Vletnt* Boli. GTEMÜNICH.E3 fi»tj%&?z MUCHACHA Y MUCHACHO QUE CUENTAN DINERO. (CUADRO DE MUR1LLO.) Concepción y Juairito eran hermanos , y aquella era mayor que este. No obstante de tjue uno y otro se habían criado en l;i cusa palrnm y vivido con las mismas costumbres, podemos decir que en nada se paredan. Juanito era tra- vieso y un si es no es desobediente á su madre; pero tenia un corazón bonísimo y aun conservaba pura la inocencia de los primeros años. Concepción era tai- mada , capricliosilla y algo hipónila , sabiendo ocultar perfectamente a! que no la conocía ¡i fondo las inclinaciones de su twazori. que distaban mucho de sel- lan buenas como las del corazón de su heniiano. Desde luego tenía el feísimo vicio de mentir, y anadia a esto una tenacidad muy grande en sostener las men- tiras. Algunas veces se había atrevido a sacar algunas monedas del cajón en donde su madre solía guardarlas, gastándolas en golosinas, que descubrían la ratería co- metida. Ocioso es decir hasta que1 punió lodo esto afligía á su pobre madre, mu- jer escelente, y viuda de un cerrajero que ¡il morir le dejó un caudal suficiente para que viviendo económicamente como Teresa sabia hacerlo, pudiese mante- ner á sus dos hijos y dar alguna carrera ú oficio al muchacho. Ya Teresa había apurado todos los medios de persuasión y dulzura de que es rapaz el corazón de una madre , mas veía con dolo]' <|iie sus esfuerzos no baslahiiii puní corregirlas malas inclinaciones de la hija, por cuya suerte futura temblaba. Había acudido á un hermano suyo, que á fuer de tio y padrino quíso corregir á Concepción con medios mas duros que las maternales amonestaciones; mas el rigor no produjo mejores resultados IJU<> la blandura de Teresa. Aquejábale ademas á esta el pe- sar de que CiHieepriim comunicaría sus vicios á Juanito¡, que si bien durante H «lia estaba íueni de CAS» romo que era aprendiz cestero, todas las noches TOMO i. 47 370 MUCHACHA 1 Mi CHACHO (JIJE CCENTAN DINERO. dormia con la familia y pasaba con ella los (lias festivos. Bien afeaba la madre delante de Juanito las condiciones de su hermana y le predecía graves disgustos y pesadumbres si no se enmendaba; pero ¿ quién era capaz de asegurar que los avisos de la madre tuviesen mas eficacia que el mal ejemplo de Concepción , de la cual no sabia Juanito separarse ? Luchaba Teresa entre el temor y la espe- ranza con respecto al hijo, y vertía con frecuencia ardiente llanto al ver que Con- cepción crecía y continuaba sin corregirse. Vino un dia de domingo, y la madre envió á los dos hijos á un huerto veci- no para que trajeran peras, manzanas, uvas y otras frutas, dándoles para sa- tisfacer el importe mas dinero del que debia valer la fruta á cuya compra los enviaba. En efecto compraron y pagaron , y aun les quedaron muchos cuartos, que Concepción no quiso en manera alguna entregar á Juanito, quien se empe- ñaba en dar él la vuelta á la madre, puesto que á él se le habia confiado el todo. Cuando estaban ya cerca de la casa, juanito deseó reposar un momento porque en realidad el canasto Heno pesaba. Concepción le ayudó á descargarlo, pero con indísima traza, puesto que una parte de la fruta se derramó por el suelo. Jumiito ><• si-lili) de puro cansado, y aunque rogó á la hermana que recogiese la fruta caída, esta no quiso hacerlo, sino (¡ue sentándose también, sacó del Itolsi- IIII las monedas que habían quedado y comenzó á contarlas, á mirarlas, á vol- verlas por el anverso y reverso y á ponderar su belleza, de manera que consi- guió fijar i>,n ellas la atención de su hermano que nunca se habia ocupado de semejante cosa. ¿ No te gustaría tener algunas, Juanito? — A mí no, y ¿qué quieres que haga yo con eso?—Toma, comprar dulces ó pelotas, ó un trozo de pan de bollos, que es tan rico. —No lo necesito, y en cuanto á golosinas, madre siempre nos dice que dan lombrices, y por lo que toca á pelotas toda- vía me quedan dos de las que me regaló el padrino en el dia de mi santo.— hiex mira, yo soy muy aficionada á tener dinero, y ahora de buena gana me quedaría con este.—Harías muy mal, porque no es tuyo, y además ya sa- nes que madre te regañó mucho un dia porque se figuró que le habías sacado del cajón de la mesa no sé que moneda. — Madre regana siempre, y por lo que toca á este dinero ya ves que podemos decir que es nuestro, porque madre sin duda quería (pie lo gastásemos todo y yo á puro de regatear, he conseguí- ilo que la fruta costara menos de lo que sin duda se habia figurado madre: ilc manera que este dinero puedo decir que yo me lo he ganado , y si tú no quie- ras que lo partamos, me voyá quedar con él.—¿Y si madre nos pregunta cuán- to ha costado la fruta?—Le diremos que todo lo que nos ha dado.—Oh! es que yo no quiero decir mentiras, yo no soy como tú que las dices todos los dias.— l'ues bien, tú no digas nada, yo contestaré á madre, y basta que tú no me ha- gas quedar mal. — Mientras madre no me pregunte yo no diré una palabra.— V si te pregunta, tampoco , porque sino yo diré que tú me lo has aconsejado. — MUCHACHA V MUCHACHO OIJB CCUNTAN DINERO. :t~l Otra mentira.—Tanto mejor: lo misino me llamareis embustera por una men- tira mas que por una menos. Disgustados el uno del otro llegaron á casa los dos hermanos , y como ia. ma- dre les premunió al momento si habían gastado todo el dinero, Concepción ron- lesló ai)les que la madre terminase la pregunta, que no les habia soldado ni un maravedí, .luanito no abrió la boca pero sus mejillas se pusieron encendidas de vergüenza por ver como su hermana mentia , y de temor de que la madre no lecreye.se cómplice en la mala acción de esta. Todo lo comprendo, dijola madre, os lia sobrado dinero, <> r < |K-i.tri le ha propuesto qiii' os lo quedarais, tú no has ^ >n • querido y ella se lia encargado de mentir diciendo que lo habéis gastado todo.— Pero madre !..— Calla, bribona, ya sabes que te conozco; embustera y ladrona. ¡Virgen del Carmen! ¿qué será de esta criatura? A esta escena sucedieron tas lágrimas de Juanita, la confesión de hi liormana , el interceder (leí nmrhaclio , el perdonar de la madre \ las plomeéis deGiiin'pnon que muirá mas ¡iicuiiina en semejante vicio, y de que jamás mentiría. Mas á pesiir de lodo continuó minuen- do , y asaltando el cajón en donde su madre tenia algún dinero. Mas como mas ó menos tarde llega siempre el castigo para los hijos que no se corrigen con las amonoslacíones de los padres . y Dios envia siempre esos casti- gos por los medios que menos se Icmian . aninlecio que al cabo de unos cuatro meses, y en un dia también de domingo, Concepción fue á casado su padrino á llevar un recado de la madre : entró en la tienda, vio encima de una mesa algu- nas monedas , pero no las tocó, y subiendo la escalera dio el recado al padrino, no sin que este l¡i despidiera, con un scrmoncilii, según solía hacerlo. A eso de media tarde mienlras Teresa primilla á Jimnifu . \ Concepción ves! i» una muñe- ca , entró de repente ) con rostro mu; airado el padrino provisto de una gruesa correa ; y viendo á Concepción , comenzó ¿sacudirle de recio en las espaldas y en la cara, pero con una ira tal que parecía resuelto h matarla á latigazos. Jua- nito echó á llorar, y con sus lágrimas y gritos invocaba á favor de su hermana la compasión del tio. Teresa juzgó desde luego que Concepción habría hecho al- guna travesura muy grande; mas no acordándose entonces sino de que era madre se levantó volando y fue á detener el brazo de su hermano. Pero este ardia en có- lera, y antes que su hermana pudiese contenerlo, habia ya zurrado fuertemente á Concepción, cuyo desesperado llanto revelaba muy bien los dolores que sufría. Cuando por fin el padrino cesó de pegarle, se acabó de desahogar tratándola de ladrona y diciendo que cuando por la mañana fue á su casa á llevar el recado de Teresa le habia robado nada menos que seis escudos que tenia encima ile una mesa de la tienda. En vano Concepción juraba que si bien los vio no los habia to- cado ; en vano su madre, sin negar que era propensa al robo , sostenía que era imposible se hubiese atrevido á quitar una cantidad tan crecida, asegurando al hermano que todas las raterías de la nina eran de maravedises para comprar al- 372 ML'CHACIIA V MLCHACIIO O_l"K CUENTAN |»I_\EHO. guna golosina: el hermano insistía en lo dicho, y como Concepción era reputada por muy mentirosa, ninguno de los presentes, ni su misma madre, daba ere- dito á sus protestas de inocencia. El padrino juraba que en su casa no habia en- trado nadie mas que la chica, y la madre comenzó á temer que el robo fuese cier- to, y se estremeció al considerar que su hija no se conteníaba ya con lo necesa- rio para comprar dulces, sino que se atrevía á cosas mayores. El padrino se marchó tan irritado como habia venido y jurando que si antes de la noche Concepción no sacaba el dinero la habia de matará palos. La madre derramando abundantes lágrimas conjuraba ásu hija para que entregara los es- cudos. Juaniío la acariciaba pidiéndole lo mismo y recontándole las amenazas del padrino que era en su concepto muy capaz de cumplirlas, y Concepción conti- nuaba protestando de su inocencia sin que su madre ni su hermanito la creyeran. Finalmente Teresa, temiendo que su hermano maltrataría cruelmente ¡i la mucha- cha, la sacó de casa llevándola á lado una amiga y dHennimí suponer que Con- cepción habia confesado y entregar á su hermano la cantidad que le fallaba. No tenia la madre una seguridad absoluta de que su hija hubiese tpiitado tanto dine- ro, ó por mejor decir, procuraba creer que no cía capaz de tanto ; mas como quien conocía el carácter de su hermano y no dudaba que este fenia á su ahi- jada por autora del robo, pensó que no le quedaba mas salida que devolver el dinero. Cumplió el tio la palabra y al anochecer se presentó en la casa, armarlo de un grueso palo, y con ánimo, según dijo, de romper con él la cabeza á la bribona que preparaba una grande deshonra á la familia. La madre le deluvo, le entre- gó la cantidad que habia desaparecido, y los dos hermana quedaron en ocupar- se muy maduramente de los medios que era forzoso uiloplar para corregir á esa desgraciada niña. Convenidos ya en esto y mas tranquilo el padrino dio un beso á Juanilo que se habia dormido encima de un banco, é iba á marcharse cuando al poner el pié en la puerta entró un vecino, amigo y contemporáneo suyo, con quien se trataba con absoluta franqueza.—Dios sea en esta casa, dijo, perdonad, Teresa, si vengo á interrumpiros, pero he ido á casa de Antonio y el aprendiz me ha dicho que se habia venido por acá, y he echado á andar liasla esta casa.— Muy bien venido siempre, dijo Teresa, ya sabéis que mi casa está siempre abier- ta para los amigos.—Estimando, contestó francisco, lo mismo, porque no nos conocemos de la semana pasada.—No por cierto, dijo Antonio, mas tiempo ha- ce del que nosotros quisiéramos. ¿Y qué es ello?—Nada, que este mediodía com- pré en la plaza dos quintales de aros de hierro para el almacén, y no llevaba encima bastante dinero para pagarlo, y como mi mujer cerró la puerta y se fue á misa no he podido entrar en casa. Entonces he dicho, calle, pues si allí estala casa de Antonio, y he ido allá. y llamo en la tienda y grito en la escalera y nadie me responde, mas como be visto encima de una mesa seis escudos los he MUCHACHA > MIICIUCIHI ()\\V, C.I UNTAN DINERO. 'í"l\ (ornado, y con ellos, con lo que ya llevaba y con tres mas que me ha dejado el montañés de enfrente, he pagado los aros. Con que, luego vino mi mujer, y des- pués de haber comido, he andado por ahi á unas diligencias, y luego á tu casa á llevarte el dinero, y como el aprendiz me ha dicho que estabas aqui, me he ve- nido y pago mi deuda. Y diciendo esto entregó seis escudos á Antonio, que es- taba como alelado y por cuyo rostro corría mas de una lágrima. No es necesario decir cuantas y cuan amargas fueron las que bañaron «1 de la madre, que si osperimentó un dolor cruel al recordar el inmerecido castigo que en aquella larde sufrió su hija, sentía también un placer inefable al ver que no era tan ma- la como habia imaginado, y que no obstante de haber visto aquellas monedas no se habia dejado llevar de la tentación que sin duda tuvode arrebatarlas. Francisco era un buen amigo y hombre de años y de prudencia, y como por otra parle le admiró mucho la inquietud con que los dos hermanos escucharon su relato y el modo particular como Antonio recibió el dinero, juzgaron oportuno referirle todo el suceso, y opinaron que en el acto se llamase á Concepción para decirle con cuanta injusticia habia sido castigada. De ningún modo, dijo Fran- cisco, lodo lo echaríais á perder; lo sucedido no tiene remedio y nadie puede qui- tarle el escozor de los latigazos, que si bien dados injustamente, tal vez serán pa- ra ella una fortuna. Persistid en lo mismo, no manifestéis dar crédito k sus pala- bras ; y ella misma se convencerá de que el vicio de mentir le ha ocasionado el castigo de hoy, y el pasar por ladrona. Le servirá de saludable escarmiento, y no dudéis que se corregirá del vicio de mentir, y mas adelante al paso que tenga juicio abandonará el otro, continuando su madre las amonestaciones y su padri- no las amenazas. El consejo fue admitido afinque con mucho pesar de la madre, cuyo corazón no podia con el sentimiento de tratar como criminal á la hija (pie era inocente. Concepción volvió á casa, protestó, juró, su madre afectó no creerla, el pa- drino con mas tenacidad que la madre; y aunque Juanito se sentía inclinado á fa- vor de la hermana, la firmeza de la madre y del tio le. resolvieron á creerla cul- pable. ¿Y qué haré yo, dijo Concepción viendo que sus juramentos de nada ser- vian, que haré yo para que me creáis inocente? Si dentro de un año no me has dicho una sola mentira, ni has repetido lo otro que no quiero nombrar, creeré que otra persona y no tú se llevó los escudos del padrino, y el padrino creerá lo mismo. Pasó un año, y el día en que lo cumplía, el padrino se présenlo en casa de su ahijada, le besó la frente, le hizo un regalo y le dijo:—Eras ¡nocente, lo su- pe después de haberte castigado, el castigo fue injusto, pero te ha ahorrado cas- tigos mas terribles y tal vez el oprobio tuyo y de toda la familia. Hoy estás cor- regida de ambos vicios, y ya tú ves que si no nos hubieras tenido tan acostumbra" dos á que mintieras habríamos dado crédito á tus juramentos.—A y padrino ! esclamó Concepción, Dios le trajo á V. á esta casa para que me castigara, yo le- ¡ÍTÍ Mlu:il,\UiA \ IIIHIIIACIIÍ) 01.U C m i ' A i N HIXER.O. nia un placer (-(i mentir, y todo lo (¡ue no era mió me agradaba; durante tres meses hube de hacerme mucha violencia para no mentir ui quitar cosa algún», y desde nueve meses acá lo ageno me repugna, y todas las violencias del mundo no lograrían de mí que faltase a la verdad ni aun en chanza.—Dios le bendiga, hija ttiia ! mucho has hedió sufrir al corazón de esta madre ; pero infinitamente inajorque todos mis sufrimientos es el placer de verte corregida. Juaniío llora- ba, lloraba Concepción, y la madre y el padrino lloraban de la misma manera (jue los niños. l,a enmienda ríe Concepción filé verdadera, en su vida mintió mas, y lejos de querer lo ageno fue' muy dadivosa y caritativa. l,a debilidad de la madre la ha- bría perdido , Dios dispuso las cosas de modo que una circunstancia inesperada la salvara. Cuando se trata de un cuadro de Murillo, lodo elogio es pálido, porque el hombre menos en tendido al echar una ojeada á cualquiera obra de ese grande ar- tista vé mas que cuanto puede decirle un elogio escrito. No sé.si debe uno ale- grarse ó condolerse de que la obra de donde está sacado este cuadro se encuentro en lagalería de Munich. Ka esto hay la satisfacción del orgullo nacional, y un dolor: este porque no poseemos nosotros tan hermosa joya, aquella porque solo así puede ser bien conocido en la capital de Baviera el mérito de nuestro com- patricio, y estimados cual merecen serlo los pintores españoles dignos de figurar al lado de este, de quien tan pocos pueden atreverse á ser rivales. (CUADRO PE W. BARKEL. * Míidü lüiv mus sublime pitra la poesía . lo misino que para la jiinlunt. que esos grandes cuadros de la iiiiluralcza , ura los dibuje sobre tit estensa superfi- cie de la I ierra., ora Jos ofrezca cu inoniciilos solemnes, rodeados del imponente apáralo de los fenómenos físicos. Hl álbum eterno , en (pie están bosquejadas las obras de Dios, presenta en rada página una lección para el sabio , una grande armonía para el alma del arlóla ó del poela. Las estepas de la Sibcria . las cordilleras de llimalaya, la inmensidad del Océano, confín del hombre pensador por.su espantosa magostad ; y el huracán, la tempestad, y el terremoto hacen temblar por su aparato de terror. Las cimas de las altas cordilleras, los precipicios, las cavernas profunda*, las masas de vapores lanzadas desde el seno de los mares ó desde h\ cumbre espantosa de las montanas, y el rugido de los vientos en las noclics sombrías de invierno, osten- tan formas fantásticas y sonidos eslraños que no pueden verse , ni escucharse, sin -sentir un estremecimiento involuntario, que la ciencia y la filosofía no bastan á impedir. ¿O.ué llevan consigo esos Icrrililes fenómenos que .así "conmueven el corazón humano? ¿Oué presiente nuestra alma en esas grandes destrucciones de 1¡) n a - turaleza física y en esas solemnes interrupciones de la armonía universal:' Y sin embargo de su aspecto tenebroso, algo ha) en (dios de bello y de sublime , porque el artista y el poeta hallan en su fondo la fuente de una inspiración. Sus espíritus se levantan por cima de esas rocas graníticas, que nacieron con la p r i - mera formación, para cruzar un espacio mas estenso todavía, porque su vuelo necesita una inmensidad. Kn medio del estruendo ó sacudimiento de los liuraea 376 Ki. AiiliAf.KRO. nes perciben inusitadas melodías que el oido de los profanos no puede escuchar, y que el alma enmohecida de los impíos no sabe distinguir. La sabiduría incom- prensible de Dios ha derramado sobre sus obras un encanto misterioso , velado á los ojos vulgares, y que revela únicamente al espíritu contemplador, que sabe leer, á través de las sombras, en el gran libro abierto do la naturaleza, cuyas hojas se desplegan en, el espacio infinito de la creación. ¿ Cuándo buscan el poeta y el artista esas soledades de la tierra i Observad los contrastes. Ül hombre fútil, el egoísta, el corrompido, el sensualista , el ignorante, nada ven, nada escuchan en el silencio de los bosques, en los vapores que en- vuelven las montañas y los valles, en los sitios salvajes de los Ion-entes y de las cañadas, en los brillantes colores de la aurora, cuya luz dcslmnlini la sonrisa del dia; en la apacible calma del crepúsculo de la tarde , cuyo gemido cania el rui- señor , y en las horas que el corazón consagra á la contemplación de Dios. Kn cambio el alma sensible, apasionada y que se haña en los perfumes de la inocen- cia ó en las suaves lágrimas del arrepentimiento , se eleva en medio de la sole- dad, como una hermosa flor en los oasis del África, como un pensamiento de ca- ridad entre los restos sangrientos de un combate. Para ella tienen encantos el día, la noche , la luz y las sombras, los vientos y las tempestades, porque en todas partes y sobre todos los cuadros contempla magestuosa la omnipotencia de Dios. Se identifica con los objetos que se le ofrecen á la vista, y se derrama por doquie- ra, mecida por el viento que la orea. Comprende la armonía pastoril de los tiem- pos homéricos; la lucha de la naturaleza primitiva, con la cínica destrucción moral de los lustres de Virgilio ; las ayes desesperados de aquel diluvio de sangre y de fuego, que inundaba en horrores el calabozo de Boecio; la soledad de Casiodoro y las lamentaciones de Salviano y de Prudencio; los gritos de Atcuino que con- templaba la (iermania rodeada de sus dolmens, arrullada por los cánticos salvages de Witbikindo, y á los lejanos ecos de las armonías funerarias de los piratas nor- mandos ; la voz severa de Benito y las salmodias de los primeros anacoretas de Cluni; las revelaciones tímidas de los bardos; los arranques de los trovadores; la inmensidad de las amarguras de Abelardo y de los clamores de San Herminio ; l;i audacia del espíritu de Juan Mus; las fantásticas visiones del Dan le \ del Acioslo; los sueños de Froaissard; la salvación magnífica de la poesía cu el eurazou del Tasso; el recuerdo de la primera naturaleza en el alma de Mitton; el materialismo de los poeta?, de Luis XV; los rugidos de la humanidad, mordiendo los mantos de grandes Uranias, en los cantares que arrojaba 1¡I revolución del íl.'í: el lias tío fú- nebre que ha marchitado la juventud del siglo \ i \ . v el imilerialismo de eslaedad viril, que alcanza con una ojeada las estremidadi's del globo , buscando un no sé qué mas allá ile nuestros horizontes, demasiado limitados para la inteligencia humana. KI, AIIUCKIIO. 'M"t La literatura y las artes no son mas que el reflejo de la época que alcanzan y alcanzaron en sus respectivos períodos de existencia, ó representan exactamen- te eí espíritu de su siglo, ó retroceden espantados , invocando otros tiempos, que creen mejores, porque se lia perdido su ruido, porque en su sepulcro crecen llo- res silvestres, siempre bellas porque son llores. Hornero cantaba la primitiva naturaleza, porque su vida errante y menesterosa se parecía algo á las emigraciones solitarias de las primeras familias humanas. Píndaro volaba alas cumbres de la poesía, porque su geniodesdefialia la |>eque- ñez de las nacientes repúblicas de las tribus petásgieas. Virgilio, abrumado por la pesadumbre de la misma gloria de su pueblo rey, que principiaba á tenderse sobre su lecho í'oiuiiido de todas la* grandezas del mundo antiguo, suspiraba en sus geórgicas por las apacibles soledades ife los viejos campos de Lavinia. Ovi- dio , al contrario, seducido por la brillantez de los placeres, lloraba por esceso de sensualismo; pero en medio de sus deliquios amorosos exhala algunos gemidos de desesperación, semejantes a los que vierte el vicio cuando se lamenta de la de- bilidad humana, que echa de menos la inmortalidad de los goces. Horacio , me- dio cortesano, medio filósofo, ó adulaá los poderosos y al pueblo que le dalia nom- bre , ó arroja sus carcajadas en la frente del vulgo , que comenzaba por creer en la apoteosis de Julio César pitra dejarse abofetear por las manas de Nerón y por las concubinas de Heliogabalo. Salviano y Prudencio, que eran testigos del hor- rible naufragio de la raza latina, y que escribían á la luz de los incendios que producia el paso de las hordas del norte , se abrazaron á la cruz como el arca única de salvación , y (¡erraban los ojos á su época para abrir los del alma á la claridad de la esperanza y de la religión. Los bardos y los trovadores hacían oir sus cánticos melancólicos en medio de una sociedad de hierro, como el ruiseñor aprisionado en las habitaciones del hombre. Dante y Ariostose crearon un mun- do nuevo, para apartar la vista de sus siglos, que caminaban siempre á son de guerra, de castillo en castillo y de cueva en cueva, con la muerte por compañe- ra, la fuerza por lábaro y las cadenas por condecoración. KI Taxso , testigo del principio de la gran lucha , que empezó la osadía de Lntem \ que dio comienzo ¿i las grandes venganzas , que se llaman reacciones , creo nuevos campos, abrid nuevos horizontes y formó otros héroes, para ver si todo aquello cía mejor; se desprendía de sus harapos, para presentarse á sus semi-dioses y olvidar en sus mesas la copa en que bebía sus lágrimas. Milton , escuchando las feroces con- troversias religiosas , se remontó á la cuna del inundo, en pos de la verdad , os- curecida siempre, y de aquella nalunilezü tan espléndida como silenciosa que no podía encontrar bajo el cielo nebuloso de Alhimí. ni á las plantas de llrom- wel, ni de Carlos II. Fenelou, en medio del relinado materialismo de su época, crea también unos reyes semejantes á su alma . unas costumbres hijas de su organismo especial, y una sociedad que estaba mu\ lejos de parecerse ;'i la SO- JOMO I. iü 37N |i[, Alil.ACKHo. ciedad do Pornpadour y th; lu Mainlenon. Yol taire y Rousseau , que asistieran ú las grandes comedias y farsas político-religiosas de los asalariados de Luis XV, época en que !a prostitución era una admirable y honorífica grangería, despe- chado el uno y sarcáslieo el otra lanzaron sus lamentaciones y su hiél, preparan- do el camino que conducía hasta los pies del patíbulo de Luis XVI, y las orgías del templo de la Diosa Razón. Cuando la revolución había arrancado hasta los cimientos de la sociedad pasada y se sentaba desfallecida al borde del inmenso osario en que había arrojado tronos, aliares, báculos y coronas, se dejó cegar por el polvo que levantaban las liol;is de Napoleón y el humo de las cantinas es- lablecidas en medio de París por ios ejercí I as de los aliados y por el aliento estú- pido de Luis XVIII, se oyó el canto de Chateaubrian, cuya mano quiso tender un velo sobre todas las ruinas para crear una sociedad , medio religiosa, medio as- cética, medio filosófica, y acumular las mas lidias di; eslas ruinas para formar un monumento. Las recuerdos eran <,u inspiración, pero la sociedad se hallaba fa- tigada , porque lo había visto todo: tronos derrumbados, reyes sentados en el pa- tíbulo, héroes que habían conquistado la tierra y que morían sin embargo en el destierro, rotos los pergaminos de los privilegios, desiertos los nidos de los seño- res leúdales, agotadas las cuestiones religiosas \ polílicas, \ rasgado el velo que ocultaba los misterios , y cogió im;i ropa . se reclinó en su lerdo de descanso, be- bió, sonrió y se durmió en medio de lodos los escombros. Kn vano se la llamaba á la vida, á las sensaciones y á la discusión : indiferente, cansada y desdeñosa nada quiso escuchar. Nada veía mas allá de su lecho: lo pasado se había perdi- do ; lo porvenir le era indiferente. Si algo la sacudía era la aparición de un nue- vo placer. Pero he aquí que desde el fondo de la misma sociedad se levanta silencioso, pero firme, audaz, vigoroso el pueblo, que era de las montanas de Atenas, liel monte sacro de Itoma, de los siervos del lisco y de la gleba de los reyes merovin- gios, de los plebeyos délos últimos siglos feudales \ de los operarios del .siglo xi\, y al ver su sombra ruda, despinta la sociedad que dormía, contempla aquella sombra, oltserva su dirección y esclama; adelante! V al dar este grito, la inteli- gencia sale al encuentro y le presenta la electricidad y el vapor. Su aparición pro- mueve luchas de otra clase, suscita nuevas cuestiones, se evocan todos los re- cuerdos, y áese estadio, nuevamente abierto, todos, el rey, el pontífice, el noble, el plebeyo, el rico y el pobre han acudido, para hacer escuchar su historia, sus títulos, sus honores y sus mártires, lista gran lira ha levantado un inmenso cla- mor, que está atronando el mundo, haciendo perder el rumlio al hombre pensa- dor, que vaga errante, sin saber á donde podrá dirigir sus pasos. Admira á la hu- manidad en su nueva marcha magestuosa, que la conduce á un mundo descono- cido, y teme sin embargo y duda si debe cogerse á su manto llotante, agitado por el vapor, ó dejarse caer al pié de las ruinas antiguas, para morir abrazado con la miztli» piedra de un olvidado cementerio. ia.-w;ua:nn. ;{"!! Kn esta duda, en este inmenso vértigo el alma, desasosegada, febril y dolori- da busca la soledad, para consultarla, para preguntarla el camino verdadero do la paz, y halla al menos un apaciguamiento, que en vano invocaría en el seno de la muchedumbre. ¿ No hay, por otra parte, almas viudas, cuyo amor no se satisface mas que con el amor inmenso que las ofrece la inmensidad de Dios? ¿No han de encon- trar estos espíritus elevados y contemplativos mayores encantos en las grandes escenas de la naturaleza que en los nuevos y variados goces de fas sociedades mo- dernas? Por eso al contemplar esos magníficos paisages de líarkel, nos traspor- tamosdeliriosariieiile á los encantados valles de los Alpes, de los Apeninos y de los Halkanes, nía inundados por los torrentes de luz de un sol de eslío, ora en- vueltos en las densas capas de vapores que ocultan sus masas de granito como im- ponentes sudarios, desprendidos de la cabellera de nieve del invierno. Plácenos observar desde una altura los profundos barrancos que serpean hacia los abismos vestidos sus llanens de espesos matorrales; descubrir las elevadas rocas que ocul- tan sus áspera sea bezas en el seno de las nubes; escuchar el rugido del viento que lame furiosamente las cumbres de una áspera cordillera, y admimr. desde el fondo de una cueva, los tórrenles de agua que bajan rodando de precipicio en precipicio sus ondas atronadoras, entre cuyos pliegues se arrastran los peñascos que servían de asiento a las águilas y aves de rapiña. La voz humana suena en aquellas soledades aéreas, como un grito de profanación ; y solo destacan bien del fondo deese gran cuadro, las chozas de los pastores envueltas en la niebla , las vacas que huyen, y los pobres aldeanos que lioiiililiin de horror \ conjurcui el es- píritu déla tempestad con las plegarias del cristianismo. Difícil es delinear esas masas gigantescas que ruedan en lu atmósfera; los contornos de las montañas, cuyos perfiles se confunden en la bruma de la lluvia, las sombras de los bar- rancos, en un dia sin luz; la aldea lejana, que se destaca sin colores, y la belleza que debe descubrirse sobre ese lienzo \ que el artista ha de buscar en su propia inspiración- '-liando el artista lia conseguido su objeto ; cuando contempla su obra con satisfacción, ¿qué es lo que siente entonces? ¿Qué siente el poeta al lado del ar- tista? oh! eso no puede esplicarsc; eso se concibe; eso vive dentro del alma : eso despide luz, abro los cielos y hace abandonar la tierra; pero la palabra del hom- bre no lo puede espücar. l^s un placer que desciende de regiones ignoradas, y baja al espíritu para llenarle de claridad. Necesita el silencio, para saborear- lo; necesita el reposo, para no perder una sola de sus delicias, desconocidas en la tierra. Si todo acabara con el hombre: si sus pensamientos, sus esperanzas, sus vuelos se hundieran con él en el fondo del sepulcro, detractada liumani- dad! Horroriza la idea do los que lian ni¡i.fcrmlix;ido h vida del espínin! Por íuihuia lio IIÍI murrio la inspiración'. porque a íalla de los grandes cuadros dela USO KI, Atil \ I : K I I I I . naturaleza, Dios abriría olías regiónos, á donde [jenetiaria la inteligencia del hombre para probar la inmortalidaíl del alma, que no vive para morir en la tierra, sino para llegar hasta comprender en su dia la omnipotencia de Dios. (CUADRO DETENIERS. La jialabra tabcntn despierta en nosotros una id™ JKH:O agradable, sino r e - pugnante, y al oii1 pronunciarla no solo ve uno el almacén en que se despacha vino al por menor, sino que al momento se presenta en la imaginación r l espec- iando de tina tienda con una docena de pipas de distintas cabidas, y colocadas en pisos, con su especie de armario dentro dol cual hay su arrnatosle, por lo común de hoja de lata, lleno de aceite, con un par de bancos sucios, \ lodo ello ;iluiubra- do por un mal quinqué que deja la tienda medio oscura. \ sentados algunos hom- bres do mala traza y holgazanes que vacían vasos do vino , si ya no disputan \ riñen, y en el mostrador una mujerona no sohrado limpia que cobra j rúenla aprisa , y suele estar mal agestada. La atmósfera es por lo coniiin posada y he- dionda , á causa principalmente del infame tabaco que fuman los parroquianos. Este es en suma lo (pie nos ocurre al oir nombrar una taberna, y sin embargo esta idea no es justa, porque hoy dia la mayor parto1 de las hibernas presentan un aspecto aristocrático, sobre todo en las ciudades populosas, en donde se ven que rayan en magníficas, y en las cuales no Ii;i\ ninrnrivncm , ó si la hay es do •gente mas granada de la que se ve en las otras de m;is bajo quilale. Y las f a tier- nas tal como nosotros las comprendemos y según oslamos acostumbrados á ver- las . son en Kspaña muy antiguas, pues ya en el siglo w i decía nuestro poeta Bal- lasardél Alcázar: Si ÜK ó no involición iiMxlciiid l'unjuu allí llego sediento, Vive Dios <]iie no lo a»'1, l'irfo vino (fe lo nuevo, Pero delirada 1ué Mídenlo, dánmpto, IWx>. ],;i iiivt'iifíoiulf IÍI labermi. I Vigilo y uiytru- conlcritii. •1NÜ \.\ T A H K I I M . Por donde se ve que hasta esa época nuestras tabernas fueron una tienda en donde se vendía vino al por menor y en la cual entraban n echar un trago los afi- cionados dr poca aprensión. ICri los lieiripos modernos nuestras lalicrnas se han engrandecido \ elegantizado: ;d pa>o que las mas Intimides lian debido retirarse á los arrabales, v cambiar su primitivo destino, convirtiéndose en tabernas-ligo- nes , en donde se guisan y venden manjares ordinarios. Allí campean en un gran- de lebrillo las judías secas ya cocidas y sin condimentar, en una fuente de bar- ro pintarrajeado sendas tajadas úc bacalao frito. á que hacen costado un plato de buñuelos y otro de sardinas rebozadas en harina \ fritas. Corno parte de orna- mentación . y á fuer de despertadores de la columbre, figuran también el'bote, de aceitunas, y los pimientos en conserva. Todo esto lia hecho perder a las tabernas su antigua fisonomía, y en rigor hasta debiera hacerles perder el nombre, á me- nos que los diccionarios sr resignen con delinir la palabra taberna de un modo d i - ferente de lo que liasla ahora lo han vcrilieado. lis pues indudable que nuestras tabernas de lio) , con muy raras escepcio- nes, no pueden llamarse tales; las unas porque han echado humos de magní- ficos almacenes de vino , las otras porque lian admitido artículos que desdicen de su originario objeto. No me arriesgo ¡i dar por seguro que en otros países haya sucedido lo mismo que en el nuestro; ma.s tengo para mí que si han esperimen- tado metamorfosis no ha sido tan grande, sino que en ellos las tabernas han si- do siempre lo que son hoy , en cuyo concepto debiéramos Humarlas ligones o bodegones, porque mas son tales que tabernas, lin muchos de esos países el vino anda por las nubes, y con esto basta para ver que aquellas tabernas no fueron nunca lo que las nuestras antiguas, y para conjeturar que las actuales son un ver- dadero facsímile de aquellas, esto es, figones ó bodegones. Figón es sin duda alguna el que está representado en la adjunta lámina, y á no equivocarme la escena pasa en los Países Bajos, ¿juzgarlo jrorel trage y la apostura de los con- currentes y aun por los utensilios que en la lámina figuran. Las tabernas en ese país como en todos los del norte son verdaderos ligones , y aun por esto repre- sentan papeles mucho mas distinguidos que las tabernas nuestras. Sun por lo co- mún mu\ espaciosas, se dividen en varias secciones, tienen manjares ordina- rios, pero los sirven de mas alta esfera ; y hé aquí la razón porque acuden á ellos no solo los que allí representan á los parroquianos de nuestra» tabernas, sino también otras personas que pujan mas alto, lin las tabernas de Inglaterra se ce- lebran mectings_, en donde se tratan graves asuntos mercantiles, industriales, políticos y religiosos , y hacen gala ticí luendecir algunos oradores de meclings; allí se habla del ministerio y se resuelve acudir al gobierno con representaciones en este 11 en el otro sentido. Todo esto se bautiza allí con abundante cerveza, por- que ese es uno de los países en donde el vino anda por las nubes. Pues ¿y q U( i diremos de Alemania y del imperio de Austria"/ en las (alienta» U TABKRiNA. $$$ ó bodegones de esos países so reúnen militares, que si no llevan entorchados oslan en camino de lucirlos, y en amable y Iranquilu conversación disertan acer- ca i)e operaciones militares y hablan de guerras pendientes con mucho mas cri- terio y mas ciencia que nuestros tácticos de café , Jos cuales , aunque del lodo ignorantes en el arte de guerrear, dan batallas y las ganan , y conquistan, sea el Lombardo Véneto, sea la (¡oclüncliina , sea Marruecos , ó cualquier olro im- perio por vasto y poderoso que parezca. En otra mesa de esos mismos bodegones suele apurar cuatro botellas de cerveza una comitiva de estudiantes , que alternan ios tragos con los problemas , con discusiones filosóficas de muchos intríngulis, y cuyo fondo pocos de nuestros escolares comprenderían. Allí acude el tendero con ínfulas de comerciante, el propietario de humildes prelensionas; y nunca hacen corrales los arlislas que solos alrededor de una mesa hablan de arles , y de cua- dros, y de esposiciones y de restauras, un poco mas de lo que hablan d<; esas cosas los artistas nuestros. Algunas veces tercia con ellos la mosquetería de los lite- ratos, que á fuer de jóvenes se hallan bien con los oíros jóvenes : y alli se engen- dran amistades que mas tarde producen aquellas obras magníficas en que se os- tenta el hermoso consorcio de las bellas ¡irles con la amena y con la grave literatu- ra. No digamos que la atmósfera (le esos figones sea la mas pura, pues lo que en nuestro país son cigarros, son pipas en esos, y una pipa huele á un mal cigarro. Pero el frió del clima hace mas soportable esa atmósfera, que se renueva á cada instante con la bocanada del helado aire de la calle que entra en compañía de cada parroquiano. lin los Países Bajos vienen á tener los ligones una concurrencia de la misma clase que en Alemania, y tal es sin duda la que nos representa el cuadro de Te- niers, cuya copia leñemos a la visla. Allí está en segundo terminóla mesártelos artistas y literatos, gentes de liuen humor que ln tildan á rada ocurrencia feliz, y cuya chispa y travesura tienen encantado al voluminoso y suculento bodegonero que no sabe pasar adelante, embobado en la contemplación de esa juventud lo- zana y bulliciosa, que un filósofo diplomático diría que es el orgullo y la espe- ranza de la patria. El grupo del primer término lo forman esos tratantes en carnes, tenderos y hacendados de módica renta, que tienen en la sociedad muchos puntos de con- tacto, y en el cuadro hay además un personaje que en materia de negocios pro- ductivos puede dar lecciones ¡i lodos los pi-esenl.es. Ese es un judío, honrado co- mo todos ellos, pero hombre de Hinchas agallas. \ á quien es menester oír, de- jando para otra hora dar erédilo ¡i lo que dice. Kl cocinero del bodegón, que tiene cierta franqueza con los parroquianos antiguos, se ha instalado cerca de la mesa, y aunque tiene el jarro en una mano y la pipa en la otra, ni bebe ni fuma, ya porque no es hombre que jamás dé tiempo á la sed para que llegue á molestarle, ya porque ludas sus confecciones culinarias le parecen una bicoca umipariidiis 381 l,\ 'RBKKNA. ron las confecciones mercantilrs qu»s el hebreo tssU'i esplicando. KI joven qufí está t:n pié detrás de ese Samuel es el mancebo mayor de su almacén, á quien el ¡uno iwrmite venir al mismo ligón que él frecuenta para que oyendo á los hombres de esperiencia, la vaya adquiriendo en los negocios. Le tiene prometido que cuan- do le proponga uno cuyos beneficios sean de treinta por ciento , le permitirá sen- tarse á esa mesa y terciar en la conversación con sus compadres. Mientras tanto acude» por allí cérea de la puerta de la izquierda un¡i mujer de la vecindad, y un individuo que no pierden el tiempo, líl es quien cuida de lodos los artículos ile bebida y lleva las cuentas de la venta, y ella una tandera de enfronte, á la cual siempre se le ofrecen cosas del bodegón, y casi siempre ruando el tenedor de libros anda por entre las mesas. El ha servido en la marina v es pájaro ile cuenta, siempre tiene alguna flor que echar á la tendera, y ella las entiende, las huele y no será estrafio que con el tiempo acalle por recogerlas. liste cuadro representa la hora en <¡ue están en el bodegón las gentes dichas; si el pintor hubiese escogido otro momento hubiéramos visto militares y estudian- tes, lin ese solo cuadro no hay espacio para lodo. Teniers es un gran pintor para esta clase de obras, y trabajo lauto que en las principales galerías hay cuadros de ese uTandi' ¡iitish. 'CUADRO DE TENIERS.) . Ante lorio consignamos ijur las personas no fumadoras liarán muy litan en no leer este artículo: va á apestar á tabaco, y es muy iacil que les cause mareo \ náuseas. Cara un fumado)1 el tabaco es un elemento de primer «rden , un artículo de primera necesidad ;:és un amigo, un guia, un consejero, una musa, cuasi una esposa. Quedarse sin córner es una cosa fácil para muchos, quedarse sin fu- mar es una privación que la resisten pocos, l'ara el no fumador, por el contrario, el cigarro es una especie de calamidad social, un mal aire que se introduce arti- ficialmente á ciencia y conciencia de las juntas de sanidad, un amago de incendio que amenaza de continuo á las poblaciones que se llaman cultas, un veneno que consume lentamente la vida, un emético que no se despacha en la botica, una contribución indirecta de la misma naturaleza que la de puertas y consumos, una epidemia, en fin, que no se diferencia del cólera sino en que se ha hecho endé- mica ó estacionaria, como el tifus. Entre estas dos opiniones encontradas, yo empiezo por declarar que fumo, listo no quiere decir que suplique á mis lectores me manden cajón alguno de le- gítimos habanos; sino que puedo escribir este artículo porque, contra toda la cos- tumbre de los autores modernos, sin csceptuarme yo, que además de este artículo soy autor de dos niHos como dos soles, conozco á fondo la materia de que se trata. De todos los países de Europa enninguno se fuma mas descaradamente que en España: el interior de las casas, de los teatros, de las salas de baile, hasta la atmósfera de la calle está impregnada de humo de tabaco. El abogado que no tiene cajetillas de cigarrillos encima de su liufete. el comerciante que no tiene ca- TOMO i. 49 jones de habanos encima de su escritorio, el artista que no tiene unas cuan las pi- pas colgadas en su taller, deben ir con mucho cuidado en sus negocios, porque un hombre que no fuma es una especie de menor que nunca sale de la patria po- testad. El tabaco es un objeto tan respetable y particular que hasta lia revolucionado la legislación criminal. Yo he defendido reos de hurto, cuyo cuerpo del delito .apenas valia una chupada de un buen habano; y sin embargo meterse en el bol- sillo, sin permiso de su dueño, uno ó dos ó tres cigarros de á veinte duros el ciento, no es delito, ni exisle ejemplo de que ningún fiscal haya procedido de iili- cio en semejantes casos. Hay mas: la costumbre de fumar ha introducido una ley social digna de aquel célebre galo que tuvo la rara habilidad de sacar dinero á la antigua cuanto orgullos» Roma, ó de aquellos comunistas que establecen como muy grande la máxima de cada uno para todos, como si en tal caso le llegara el pro- ducto á un diente. Saca un fumador su petaca delante de veinte personas: se guardará muy bien de meterla nuevamente en el bolsillo sin haber distribuí' do tabacos á todos los presentes, así amigos como desconocidos, listo solo me basta á mí para que declare las petacas mueble perjudicial, contra cuyo uso de- bieran elevar sentidas quejas al gobierno todos los herederos presuntos. Un salteador de caminos se toma , cuando menos, la molestia de pedir ¡i los transeúntes la bolsa ó la vida: el fumador tiene la facultad de tomar sin pedir, y ni tan siquiera deja la alternativa ó elección ile obtener entre la re- nuncia de la-vida ó del tabaco. Un gorrista de cigarros es el censo mas cuantioso que puede gravar las lin- cas de un fumador de tabacos. Un hambrón descarado puede comer en casa de un amigo una vez , diez veces al afio ; pero un fumador de gorra es un cuerpo sólido unido á la petaca ajena, con la fatal circunstancia de que fuma como quien no paga. Ksplicados estos antecedentes y establecido además que no es delito el en- venenamiento público por medio ile una cosa que se llama tabaco y se debiera llamar arsénico ó acido prúsico, réstanos solo decir, con respecto á España, que el cigarro es el único amparo de los amigos de l¡i igualdad de clases. Todos los españoles son iguales ante la ley y ante el consabido--¿Mi' Imtr Y. o/myírio de la catdela ? En Francia ya es otra cosa: esta nación participa en sus hábitos fumadores de la influencia de sus vecinos, los de aquende el Pirineo y los de allende el Canal de la Mancha. En Francia, como on España ni mas ni menos, se fuma bastante malo y bastante caro; y como en Inglaterra hay cierto retraimiento fu- mador en provecho de los dueños de enlaminets. El eslammel es un clup de hom- bres libres compuesto de gentes que no tienen bastante valor para serlo siem- pre , ó al menos en todas partes. Itesgracia es que los hombres de esta nalunileza no se limiten simplemente á fumar toda su vida. Kn Francia hay la costumbre de anunciar la facultad de fumar en los cafés; en España no es así: seria me- nester anunciar lo contrario, en cual caso tanlo valdría cerrar el estableci- miento. Ksto esplica, quizás, el por que la industria de las copillas para fuego se halla tan poco generalizada en-o! vecino imperio, sustituyéndola la de las fosforeras , que es un mueble auxiliar de los fumadores de ocultis. Además el pueblo bajo y los artistas se han dedicado á fumar en pipa , y algunos dignos émulos de Rinconetc y Cortadillo se ocupan en la delicada ope- ración de culotar dichos instrumentos, <[ue empiezan ¡i ser buenos cuando saben á carbón y han hecho volver tísicos á unos cuantos cnloftulon-s, que hacen merced de su baba á los sardanápalos de la pipa. La del francés, empero, dista aun mu- cho de haber sido elevada á la categoría de la del alemán. Alemán y pipa, son dos ideas tan juntas, como causa y electo, como cuerpo y sombra. El busto de un alemán sin pipa seria como un retíalo de Napoleón sin el petit cka¡mm y sin el consabido redingote, ó bien como la figura de un andaluz pintada por un francés sin una descomunal navaja, ó como un sacerdote protestante sin la esquilmada Biblia debajo del brazo. En España el tabaco es una necesidad del cuerpo, en Alemania es una necesidad del alma : no se conci- be á Schiller sino presuponiendo una pipa como un calentador de camas. La pipa es la muela décimo séptima de los alemanes; arrancársela de la boca es una operación de dentista con su correspondiente auxilio de llave inglesa. Mis lectores habrán oido hablar alguna vez del fuego sacro de las veslales: la cstincion de esa llama importaba irremisiblemente la muerte de la descuidada guardadora: pues bien, el culto de Vesta ha pasado á ser incumbencia de los alemanes, y nunca la diosa del fuego ha estado mejor servida, listamos seguros de que Klopstok veia subir á los ángeles de su Mesiada desde la tierra al ciclo, envueltos en la nube producida por el humo de su tabaco. Ksto, que parece una observación fútil, es causa sin embargo de que se me despierte una idea espe- cial , una adición al problema de los caprichos que no se esplican. ¿Cómo se deíine, sino, que una raza tan profundamente filósofa como la alemana . un pue- blo tan esencialmente materialista y racionalista, concentre su nacionalidad, simbolice su autonomía, en un gusto tan ligero como es hacer humo, y en una bebida tan insustancial como la cerveza"? Y sin embargo , á la cerveza y á la pipa se deben indudablemente las grandes obras del ingenio alomon. La historia no dice si Lulero fumaba; nosotros opinanms ¿iliimativamente, en cual caso estamos en la creencia de que si no hubiere raido en desuso aquella disposición eclesiástica que declaraba poco menos que herejes á los fumadores, el mundo religioso se hubiera evitado muchos disgustos. Martin Lulero cometió el error de confundir los tizones del infierno con la ceniza de una pipa, y tuvo •'ÍNS CN FUMAMltO. la insigne desfachatez de creer que una Bula del Sumo Pontífice se quemaba co- mo una hoja habana. Insigne equivocación que le hará arder por los siglos de los siglos, como si fuera un tabaco legítimo tic la vuelta de abajo. Existe, empero , un pueblo mas fumador que el pueblo de Alemania: esle pueblo es el pueblo árabe. Los libros antiguos nos hablan de unos monstruos, mitad mugeres y mitad serpientes, ó bien mitad hombres y mitad cabritos, lí! árabe es un compuesto de dos mitades y un apéndice esencial. En la mitad infe- rior de su cuerpo es camello , en la mitad superior es hombre, y de los labios para el esterior es pipa. El árabe no tiene piernas: cuando está sentado pega los talones en el vientre á guisa de alpargatero ; cuando monta á caballo hace todos los esfuerzos imaginables para tocarse con las rodillas en la barba; cuando está de pié... E\ árabe raras veces se encuentra en esta incómoda postura: el que no tiene palanquín no se mueve de su sitio, el que no tiene divanes donde ten- derse , se acomoda buenamente en mitad de la calle , que parte amistosamente con los perros vagabundos, fil árabe sufre con resignación todas las privaciones, escepto la privación del tabaco: no bebe, no come tocino, no nombra diputados ni concejales, no posee garantía alguna de seguridad individual, no se pertenece á sí mismo, no tiene nacionalidad; es una negación completa del hombre y del ciudadano ; pero tiene pipa. lil emperador puede moler a palos un hombre , puede ahorcar dos hombres, empalar tres hombres, decapitar un número ilimitado de hombres ; pero no puede quitar de la boca de un hombre el tubo de su pipa. VA tabaco es el único derecho social constituido, y aun estamos por decir constituyente: el árabe no es libre sino para tener todas las mugeres que pueda bien tratar y todas las pipas en que pueda arder tabaco; de manera que así como en Francia se simbolizó una ve/ la libertad en el gorro frigio, en Turquía y Marruecos deberá simbolizarse en un puñado de escafarlata. Un una palabra, suprímanse las pifias , y de hecho que- da suprimido el Islam- Puestos respectivamente en su cafés ó tabernas, el español habla, el francés discute, el inglés lee, el alemán medita...., el árabe fuma. ¿Qué hace cuando fuma? fumar. ¿Qué piensa en el acto de fumar? piensa que no piensa , puesto que fuma. ¿ Les parece á ustedes poco haber encontrado un remedio para no pensar i Los europeos encuentran ideas entre las espirales del humo de su cigarro ha- bano ; el árabe por al contrario siente desvanecerse las suyas. y es feliz. Y como el hombre feliz procura serlo todo el tiempo posible , de ahí que los árabes fumen la mayor parte de las horas del dia. Esto esplica al propio tiempo la especial construcción de sus instrumentos auxiliares del acto fumíthk: hay pipa en África y en Asia donde cómodamente se puedo fumar la cosecha di; una ¡limitación ame- ricana , lo cual prueba ijue por muy estraño i¡ue nos parezca un objeto de uso DN PUMADEKO. ,'ÍSí) personal, la lilosofía puede destruir una gran parle de aquella estrañeza. Tudo tiene su esplicacion en este mundo. Cuando había juicios de Dios, parece que la mala fé campaba á sus anchas, como desgraciadamente campa aun mas de lo necesario; y como, además de esto, los señores que adminislralian Justina no se dcspeslañeabati ¿irán í'osaesflidiando el Fuero Juzgo olas leyes de San l.uís, los perjiídirndos cneunlraron muy nalu- ral que las faltas de los hombres de Inga las remediaran lo> hombres de armas. De aqui los combates singulares. Apliqúese el cuento , y si no se le encuentra aplicación, dejarlo para olio dia. l£n reasumidas cuentas, la humanidad es un fumadero de grandes proporcio- nes , y el que no fuma de un modo, fuma de otro. La utilidad de la rica planta americana es tan generalmente reconocida, que ha dado lugar á un refrán apo- logético de sus,virtudes como remedio para el cuerpo y el alma, liste refrán dice: a mal dar, tomar tabuco. De modo que sin tabaco doblaría la desesperación de aquellos ¡i quienes da mal, que no son pocos. Y ahora se me ocurre una duda. ¿ Cómo se las componía la humanidad anles del descubrimiento de la America? ¿Qué era de los fabricantes de pipas? ¿Qué era de los vendedores de cigarros de contrabando í ¿ lin qué ocupaba el gobierno k la respetable y numerosa clase de los pretendientes de estanquillos?... Esto es grave , gravísimo, trascendentalísimo. Mi espíritu se sumerge en un mar de confusiones. Tabaco.... mundo... Tur- quía.... humanidad.... estanqueros.... No me cabe mas medio : he de terminar este artículo y encender un cigarro. (CUADRO OE LUCKS.) Una familia entera, que ciertamente vive con modestia de su trabajo, lia suspendido su tarea para ocuparse de un espectáculo bien trivial, un gato que juguetea con un ovillo. ¿No es verdad que en el fondo del alma de los tres per- sonajes que cmislilu\en esta sencilla, escena, debe de existir un manantial inago- table dr IranquiNilnd, un equilibrio perfecto entre el corazón y la conciencia? V MU embargo, ni en el ajuar, ni en Jos personajes, se descubre indicio al- guno de esos objetos que el hombre rico hace inseparables de la dicha. Haj* tra- bajo para el día, luego hay pan para maftana; hay una maceta con llores y un rajo desoí que alegra y vivifica la estancia...fclscuanto necesita el alma tran- quila de esa familia de encajeros. ¡Cuánta virtud, empero, no es necesaria á esta anciana cuy" cuerpo luía1 me- dio siglo se dobla incesantemente encima de su trabajo, á esa niña cuyo porve- nir es tan triste, como el de su madre, para emplear su vida en la fabricación de un objeto cuyo uso les está privado y cuya vista les da, no obstante, á compren- der que existen en el mundo palacios muy distintos de las chozas, trabajos que se emprenden con el simple objeto de entretener una hora perdida del dia, tra- jes que al enredarse en una silla dejan colgando de los clavos girones de da- masco y blonda, hasta animales domésticos cuyo apetito se mima y para los cua- les se destina una mullida cama-, ínterin después de muertos se proporciona a su embalsamado cadáver un lecho de terciopelo y oro debajo de un monumento de cristal de Venecia!.. V.n la vida de la mujer pobre debe haber momentos muy tristes. La niñez en ella es el retoño de una semilla sembrada al azar, que crece porque el sol la U EINOAJEltA. 391 fecunda, el iifíitü del ciclo la baria y el ce'liro la acaricia. Su ju\enfucí es una flor apenas iijiirrhi que adre su cáliz debajo de una atmósfera i\uv empalidece el color ilc- sus hojas y evapora sus aromas, hasta que una vejez prematura la hace caer del tallo, cuando una mano imprudente no la lleva de la plañía á los labios pa- ra abrasarla con el aliento de la impudencia. Su vejez, por último, es una de esas postreras hojas que durante el invierno quedan pegadas á las ramas sin jugo de un árbol, ijuc ;'i. la menor sacudida vienen al suelo, y aun después de des- prendidas son juguete del huracán que las arremolina. Y con todo se cree feliz, y es mas, puede serlo, lo es comunmente mucho masque esas damas deslumbran- tes i¡ue hacen arrastrar en carroza su persona y su fastidio. La anciana del cuadro de Luck casó con el padre de su hija por amor, no ese amor ardiente de la llama que tirilla tanto mas cuanto mas cerca se halla de es- linguir.se; sino con ese carino respetuoso, imperecedero, de la débil yedra que se enlaza al olmo, de la esbelta palma que deja de producir fruto cuando no puede respirar el mismo aire que su compañero. Su esposo no dejó de amarla un solo instante, y cuando dio el primer beso á su tierna hija, bendijo á Dios porque le hacia presente de aquel lazo de amor i|ue tiene una punta en la tierra y otra punta en el cielo. En cuanto á la hija de este matrimonio feliz, poco hay que decir de ella. Co- noce el mundo por lo que de él ha descubierto desde su humilde morada. Alguna vez se ha preguntado á si misma qué clase de gentes serian las que habitan la suntuosa casa de campo que se descubre desde la ventana de su pequeña morada; pero cuando á la salida del sol ha visto un dia y otro que las ventanas del palacio estaban cerradas, y cuando al recogerse ha escuchado el rumor de la fiesta que te- nia lugar en sus salones, ha compadecido ingenuamente á sus habitantes, cre- yéndoles privados de presenciar el bello espectáculo que- presenta la naturaleza bañada por los primeros rayos del astro del din, \ condenados aun insomnio perjudicial, incomprensible para ella, niña sin pasiones ni necesidades, que duerme todas las noches el sueno de la inocencia. Conoce á Dios por sus bondades, á la naturaleza por su hermosura, á los hombres por el amor de sus padres..-. ¡Ojala nunca se rompa el cendal de su pureza ! ¡ Ojala los autores de sus días puedan, como ahora, interrumpir siempre su trabajo para contemplar la pura sonrisa de este ángel!.... Un dia, no obstante , bajará su padre al sepulcro: su anciana madre , no pudiendo resistir al dolor de tal separación, irá en breve á reunirse con su esposo: una misma cruz se estenderá entonces sobre dos féretros.... ¿Qué liará en este caso la pobre nina abandonada? ¡ Oh! No la faltará nunca uno de esos genios celestiales, que compadecido de tanta desgracia, satisfecho de tanta virtud, venga á la hora de sus ensueños á murmurar á su oido palabras de consuelo y de esperanza. Entonces al rayar 'Í!)ÜÍ I,A KNCiJKIU. ilel albü se descubrirá ikmh: el cielo á una liorna ¡oven emprender lentamente t;l camino del cementerio, escogiendo al paso aquellas flores mas bellas en cuyas hojas tüila aun el rocío de la mañana. Estas flores serán esparcidas sobre la tier- ra que guarda dos cadáveres, y la joven después de haber murmurado una ora- ción, besará la cruz, y regresará tranquila á su morada, su morada donde aun se conserva en su sitio el libro de oraciones en (¡ue leia el padre en voz alta, y la rama de laurel bendito que una madre piadosa colgaba todos los aHos á k ca- becera del lecho de su hija. ¡ Oh t no tema la joven mientras conserve intactas estas santas tradiciones. Mas si un dia dejan de ser renovadas lasfloressobre las tumbas; siálacaida de la tarde se ve á la niña dirigirse á su morada, caida la cabeza sobre el pedio y pisando sin reparar las amapolas que alfombran el camino; si la niña no repo- sa el cuerpo, durante la noche , en el lecho de la virgen, y la luz blanquecina del alba refleja en su frente semejante al de una fria estatua herida por la luna, entonces es señal de que el ángel de las purísimas alas ha tendido su vuelo jun- to al trono de Dios, y la criatura se habrá manchado con el fango del mundo. Quizás un dia se dejó deslumhrar por los trenes de los dueños del vecino pa- lacio; quizás un gran señor, en una hora de displicencia, hizo brillar á sus ojos la imagen seductora de la vida fastuosa de las grandes ciudades; quizás uno de esos jóvenes, que llaman amoral deseo, cansado de las conquistas de salón, mur- muró alguna palabra nunca oida por la indefensa niña.... ¡ Ay ! que las amapolas crecen siempre lozanas, y el color de la niña ya no las sonroja. La aurora llueve perlas sobre, las flores, y de los ojos de la niña pende una lágrima, una gota de hiél, rocío del dolor. .. [ín dia desaparece del campo; aquel dia un insecto deja la huella de su baba en el cáliz de una violeta. ¡ Felices los padres de la niña cuando murieron ! líllos mi tuvieron ipie son- rojarse por su hija.... ÍNDICE .OS]»!-: MSTK TOMO. U Santísima Trinidad II. Joaquín Hora y Cornet U Cantatriz I). Víctor Balaguer llelisario IJ. Joaquín Rubio Las bodas di' una aldea. . I). Juan Cortada El panadero previsor 1). Manuel Angelón lí¡ Marinero I). Antoniod» Bofarull «3 (£1 canlor ambulante.. D. Gregorio Amado La irosa 73 Unstoen la cruz l>. Víctor Ilalaguer Citnon y Pera 0. Joaquín Rubio La intercesión fralernal. . . . 1). Joaquín Roca y Cornet Los cantores D. Juan borlada 105 La abertura de mi testamento. D. Manuel Angelón.. . 112 f.a inocencia • IX Joaquín Rubio. 12:¡ Lavinia, hija de Ticiano I). José Paisgarí 12!) Níirimienlo de N. S. Jesucristo.. I), José Leopoldo Fen.. i;t!l Muchachos que comen mHon I). Juan Cortada ii<¡ Kl anacoreta.. O. Joaquín Roca y Cornel 153 U conversión de San Pablo I). Joaquín Rubio f(¡' f (.alarde I). Francisco J. Orellana 17.'! Paisaje D. Viclor Balaguer i«:j El bandido I). Juan Corlada lil charlatán I). Manuel Angelón. Kl naufragio T). Gregorio Amado Larrosa Hiña de gallos I). .losé Puiggarí..*. . . ., 215 Kl cirujano I). Viclor lialajíucr 228 Tancrcdo en la selva eneantada 1) Juan Corliida TOMO 1. i i olruuk 1). .Um: Leopoldo feu MU Una <1 mu t n su tüi diloi 1). Manuel Anfión 2oo Mana de Muluis D. Juan Corlada , . 271 1 i (.oí mera 1), Juan Cortada •273 h 1 niULh icho \ 11 pirro 1). ,1. R.Solo •2H2 ] i iiuiiind 1). Antonio Altadill l 2!)-2 Medio du 1). Vicente Itoix ;iuo Uní suilnni nuilrt 1). Juan Cortada :!()ií 1 1 marlin» k 1). Vicente Boix 311 11 d e s u n o I). Joaquín Hocd y Cornet 322 11 pt,rro di caza I). JoséPuiggari. 332 F\ imoiador [) Juan Cortada 34» 11 calderero de Lup/if. 1). Antonio Alladill 35S H carro di. httio 1). Vicente líoix •Mi'* Muchacho v miK.hat.hd IJUI i ui ni tti dinero D. Juan Cortada 3li¡> 1 1 dgu iu.ro 1). Vicente Itoix :(75 La taberna 1). Juan Cortailn 381 1 n lumadi rn 1). Manuel Angelón 385 l.;i rac'AivJS . It. Manuel Ancelon 3!!0 PAUTA I'AKA LA COLOCACIÓN DJi LAS LAMINAS CORltESPONDIHNTIiS A KSTK TOMO. LuSíiinle Trinité La chanleuse Mieris Helísaire • .- Francisco Gerard . . . La noce de village. - . - Theníers Le Boulanger prévoyanl, ( Krenl Lo Malelol. Simonsen. L« chanteur ambulant Felipe Van SchlighU'n. Lo Ohri l m troi\ Rubén Limón et Pera. Gerard HonlhorsL Inlcrcession fraternelk Laar. Les chanteur HombouLs. 1O,H Ouverlurcd'un leslamunl SirdWilkie 11-2 Innocenci Carlos Dolce. 123 Lavinia , Hile du Tilici Ticiano Naissance dii Clin Poussin. Gargons mengean i L'IOtl! Murillo. L'anachorete. Gerardo Dow, Oonverlion de Sai) Rubens h son Vander Leenw Paysagc. Antonio Valerloo. Les brigands Hess \A\ charlatán. Gerardo Dow le naufirage. Pelers Combat de cogs. Houdekoctei' 215 Le chirurgUn Eglon Van Der N«:r. . '228 rancred Tiarini •2'i (i La dama á su toilette Geranio Dow.. 233 Maris di» Médicis JuunFasalo. 271 La Ruisiniérti Gabriel Mct/.t'i. 273 Li'ííiinon el l« chinn G. T«rbourg. . 282 U muli» Wyt uts. 202 Mi.li Van-Rooz. . . 300 La mere sicilienne , ' . " . . . . . Leopoldo Rnlier! Le Marlinet. . VV. Biirkcl. . I.'dejiiner • • • •- I-i' cliien de chasse Slubbs . . . . 332 I.i' gagnepclit :)4fi U cliatulronnier Schleissner.. - Le chariot de foin Woiivernian. . . Knfaiils comptant de l'argenl.. . Murillo L'av«rs« Biirkcl Le cabarcl Lt-r.lnb tln fiimcurs Tenicrs L¡\ Dfiilcili^rc l.ncks uno