^Hft BIB»9MP4^H :. '' ^tà%L -'V" 7<í*.; w#( Sll§y; x • i J I -i \'\ ji *^ É i 14 r F \ j H r • 1 v y^^' V_T r Jte*« % FRANCISCO MARTORELL Y PEÑA. NOCIONES DE ARQUEOLOGÍA CRISTIANA. NOCIONES^^Ks SE IRQlEOLOr.fi CRISTIIM PARA USO BE LOS SEMINARIOS CONCILIARES: GUIA DE PÁRROCOS T JUNTAS DE OBRA T FÁBRICA DE U S IGLESIAS. POB D. JOSÉ DE MANJARRÉS, Bachiller en Filosofia, Catedrático de teoria é historia de las Bellas artes eD la Escuela de Barcelona, é individuo de rañas corporaciones artísticas y arqueológicas. Con a p r o b a c i ó n d e l O r d i n a r i o . BARCELONA: IMPRENTA D E L HEREDERO D E D . PABLO R I E R A , calle de Robador, n.° 24 y 26. 1867. ¡Z-Z^M^ cita. ó. ò. Á la honrosa comisión que V. S. se ha dignado confiar- me he de contestar que he leido con toda atención el libro intitulado: Nociones de Arqueologia cristiana para uso de los Seminarios conciliares, guia de párrocos y juntas de otras de las iglesias, que contiene, después de un artículo preliminar de la arquitectura gentílica, los principios y descripción del mismo arte en los tiempos modernos y en sus tres géneros distintos, unos tratados relativos à los mo- numentos cristianos, alas Artes Suntuarias, ala Epigrafía. Simbologia é Iconografía con muestras de los abecedarios romanos, monacales y góticos, y un vocabulario de las ex- presiones técnicas en bellas artes. Felizmente es esta una de aquellas pocas obras en las cuales el censor no sabe qué apreciar mas, si la oportunidad de su aparición en el ter- reno de la publicidad, ó el desempeño de su contenido por parte del autor. Por una de las evoluciones tan frecuentes en la historia durante el decurso de los siglos, no es ahora como en otra? épocas el sacerdote quien impone, sino quien recibe de los artistas la estructura de los edificios sagrados y de sus utensilios en la vasta esfera de su variedad; y son alta- mente recomendables cnantos trabajos y cuantos esfuerzos se tomen las personas ilustradas, para que, los que visten las libreas de la casa de Israel, conozcan los monumentos — fi- que todavía nos quedan debidos á la piedad y al gusto de los que nos han precedido, y se convenzan de la ineludible obligación de conservarlos con cariñoso respeto, y basta de restaurarlos en toda su pureza: que tal es el objeto de la publicación que motiva este escrito, y tales los resultados que fundadamente hemos de prometernos de su estudio. Y en verdad, M. I. S., deseamos de todas veras que el entu- siasmo de nuestros jóvenes levitas en favor de la ciencia arqueológica sea la progresiva y fecunda continuación de este renacimiento de tan buena ley que se inicia entre nos- otros , que devuelve á los templos y à cuanto contienen la belleza que en mal hora perdieron, y con ella la propiedad, que es su distintivo inseparable; por la cual son la expre- sión mas fiel de las purísimas inspiraciones del espíritu cristiano. En efecto, al poner nuestra planta en una de esas fábricas arquitectónicas de las cuales todavía nos queda algo mas que el polvo que pisamos, parece que dentro de sus imponentes y majestuosos recintos encontramos mas á Dios, porque los objetos que nos rodean, y hasta el aire que allí se respira, nos elevan en alas de aquellas gratas emo- ciones que no son para descritas, y que solo el corazón siente y comprende. Tales construcciones, recordando á la generación presente otros tiempos y otras cosas, le están diciendo que la Iglesia en los siglos medios templaba la ru- deza del feudalismo, avivaba el celo de los poderosos, y con las comunidades monacales endulzaba la suerte del pueblo, suavizaba las costumbres, difundía también los conocimientos, y profesaba las artes, de que era e l mejor depósito. Porque, ya poseyese el clero los secretos de la construcción y del ornato, ya emplease artífices legos, los prelados dieron siempre poderoso ejemplo de actividad; las cúpulas y las torres despuntaron en las florestas y llanu- - 7 - ras; trajeron la vida á los despoblados; las ciencias, las ar- tes y la noticia de la antigüedad se enseñaron en los claus- tros y en las moradas de los obispos. ¡Qué de ventajas y resultados evidentemente trascenden- tales reportaremos, M. I. S., si nuestros eclesiásticos y cuantos cuidan de nuestros templos cobran afición y gusto en favor de las arquitecturas bizantina y ojival! De la bi- zantina , de la cual dice uno de los mas elegantes y sesudos escritores de nuestro país, «que ama el mugir de los tor- mentes y de los rios, la sombra de los peñascos rajados que «hacinó la mano del templo, las asperezas ante las cua- «les se han estrellado todas las invasiones, las comarcas «salvajes célebres por la tradición, las cuencas en que «diz habitaron genios impuros, cuando eran vastos jun- «cales, todos los sitios poéticos en que pueda unir sus «armonías á las de la naturaleza. ¿Quién, continúa el mis- «mo, al tremontar el collado del cual se divisa en el «valle un monasterio bizantino, no se siente movido de «entusiasmo, y no guia apresuradamente sus pasos hà- «cia aquel rojo y cuadrado campanario desde cuyo venta- «naje semiromano la voz de la campana reina sobre el con- «cierto de las brisas, de las aves y de los murmurios del «bosque (1)?» Tan delicadas y tan gratas son las impresio- nes que acompañan al que admira los edificios monacales, donde en vano buscamos hoy la cogulla del benedictino 6 el blanco ropaje del bernardo, y donde ni los vastos corre- dores resuenan ya con el eco de sus pasos, ni las bóvedas del templo con el acento de sus cánticos, ni los desmante- lados pavimentos son testigos de largas meditaciones, ni la descarnada biblioteca de pacientes investigaciones, ni el claustro y los muertos que allí descansan reciben las ple- (1) P. Piferrer, Recítenlos y tellems ie España, tom. 2 de Cataluña. —8 — garias de los solitarios: golondrinas cuyo nido ha destroza- do los estragos del rayo en dia de tempestad asoladora: lu- gares de paz y de bonanza en las tormentas de la vida, por los cuales inútilmente suspiran tantos corazones llagados, tantas almas fatigadas. ¡ Cuánto han de interesarnos también, y con qué detención merecen ser estudiadas esas catedrales, iglesias y capillas góticas, tan espirituales en su forma total, como en sus de- licadísimos detalles, y cuyas cúpulas y afilados campanarios sé pierden en las nubes! ¿Cómo no estimar aquellos venta- nales , que, al descomponer la luz, diríase que impiden á los rayos de afuera que turben la calma y la quietud que es- tán allí de asiento, gracias á la suave claridad que transpi- ran las guardadas ojivas y calados rosetones? ¿Cómo no en- contrar siempre antigua y siempre nueva esa arquitectura, cuyo distintivo fundamental parece ser el de sorprendernos con nuevos primores cada vez que se repite su examen: ma- nantial fecundo de grandes y sublimes emociones, como grande y sublime es la Religión que las inspiró al genio de los artistas, artistas tan consumados como modestos, ya que ni su nombre han transmitido á la posteridad, después de haber levantado los monumentos mas gloriosos que jamás haya concebido el hombre? ¿Cómo mirar sin extasiarse aque- llos ángeles de larga vestimenta, que, eternos custodios, guardan las portadas, sosteniendo escudos, emblemas, ins- cripciones, ó ruegan en arrobadora compostura junto á los primorosos sepulcros de prelados que fundaron las basíli- cas , y de guerreros que las enriquecieron en muestra de su fe y en desahogo de la esperanza de dormir el sueño de la muerte bajo la augusta y quieta sombra de los altares, que guardan los trofeos de cien victorias? ¡Oh! es una verdad : nuestro corazón libre é inmortal palpita con dulcísima ter- — 9— nura al contemplar los monumentos ojivales, porque le ele- van con sus líneas verticales sobre ese terreno de fango y de miserias, y con sus altísimas agujas nos lo hacen per- der de vista, sin dejarnos otro pensamiento que el del cielo, nuestra patria y nuestro descanso. Formado el gusto, excitado el entusiasmo en favor de la arquitectura eminentemente cristiana, brotarà espontánea y fácil la afición que de lo principal pasa a lo accesorio; que no por serlo debe desatenderse en manera alguna, ya que en la casa del Señor lo mas fundamental en construcción y lo mas insignificante en utensilios, todo, todo contribuye poderosamente á la armonía y unidad del conjunto. Por esto un estudio el mas vasto posible de las artes suntuarias ha de producir el mas exacto conocimiento de las leyes y forma que han de presidir en todo cuanto contribuye al esplendor y pompa, no menos que á la confección y administración de los Sacramentos en toda la extensión que estas cosas abar- can , desde los altares y retablos hasta los ornamentos sacer-. dótales, desde los vasos sagrados hasta la música religiosa. La Epigrafía facilitará la lectura, traducción y custodia de las inscripciones que tanto abundan en los muros, pavimen- tos y sepulturas de nuestras iglesias y monasterios, y se dejará de profanar las lápidas empotradas y las losas fu- nerarias, que con cariñoso cuidado debieron de haber sido respetadas y guardadas siempre. La Simbologia continuará arrojando nueva luz sobre la vida y costumbres de los pri- mitivos cristianos en la era de las catacumbas, y se admi- rará de nuevo la altísima sabiduría y el dulcísimo sabor místico que entrañan los signos simbólicos, que fueron, di- ríamos , el santo y seña que para conocerse y congregarse tuvieron aquellos hijos de la Cruz, hasta que pudieron des- prenderse de las formas convencionales y, libres de los hor- — 10 — rores de la persecución, tuvieron todo el imperio por tem- plo de su fe, y en Roma y en Constantinopla brilló el Cris-, tianismo con toda la magnificencia y majestad de la religión del Crucificado. Finalmente, la Iconografía contribuirà po- derosa y eficazmente á que se estimen las antiquísimas pinturas, que con embelesante sencillez demuestran el can- dor de la fe en épocas que pasaron; y ¡ ojalá que acabara de una vez con el destrozo impío y con la mutilación vandálica, que tantas lágrimas y tantos lamentos cuestan á los artistas de genio, de corazón, y á cuantos se interesan y sienten por todo lo que recuerda los buenos tiempos de nuestros ante- pasados! - Las ventajas del estudio que recomendamos no están únicamente contenidas en las preciosidades de la Arqueolo- gía y en la sola esfera de las Bellas Artes Cristianas, que han de formar el gusto y prestar la forma que ha de presidir en las construcciones y reparaciones que demandan nues- tras iglesias y sus accesorios, sino que, con los datos ar- queológicos hasta el dogma, se comprueba en la parte filo- sófica de su historia. En mármol, en cristal, en bronce y en toda clase de metales, están contenidos multitud de monu- mentos , que con imponente lenguaje contestan á los va- rios y multiplicados ataques que en nombre de la ciencia y de la crítica se han dirigido á la historia y á las doctrinas católicas: monumentos que confirman grandes verdades y grandes hechos, escritos como están grabados, ó esculpi- dos con caracteres que no han podido borrar la mano del tiempo , ni el paso de los siglos, ni han podido adulterarlos siempre la mala fe y la suspicacia, si dignas de compasión por su ceguera en el terreno de la caridad, no atendibles por su obstinación en el terreno de la ciencia. Así se com- prende cuan sabiamente se ha dicho, que si la historia de — I l - la arquitectura es la historia del mundo, la arqueología cristiana es el guia mas fácil y mas seguro para explicar los orígenes de la historia del Cristianismo. M. I. S., si lo que habia de ser una mera censura se ha convertido en prólogo, ya que no en apologia (pues no la necesita la autorizada pluma del autor y su competencia en el desempeño de su cometido) he de merecer me lo dis- pense la bondad de V. S., siquiera en gracia del entusiasmo que me complazco en sentir por las Bellas Artes Cristianas, y de mi ardiente deseo de que la generación de sacerdotes y custodios de las iglesias, que en torno nuestro crecen y se ilustran, estimen en todo su valor los tesoros artísticos que hemos recibido de nuestros antecesores, restauren con tino lo que ha sido adulterado, y de que ya que en las nuevas construcciones y utensilios no se despliegue la riqueza de la antigüedad por no consentirlo la penuria de la época, jamás falte la propiedad y la belleza á que siempre debe aspirarse, y que nunca exigen extraordinarios dispendios. Por lo que, habiendo leido con atención esta obra, y no ha- biendo encontrado en ella cosa alguna contra la verdad his- tórica , dogma y doctrinas católicas, entiendo, salvo el pa- recer de V. S., que puede concederse el permiso que para su publicación se solicita. Barcelona 18 de noviembre dia de la Dedicación de nues- tra Santa Iglesia Catedral en 1866. Dr. B u e n a v e n t u r a Ribas y Quintana, Pbro. Barcelona 18 de diciembre de 1866. I M P E Í MA.SE. J u a n d e Palau y Soler, Vicario General. ARQUEOLOGÍA CRISTIAN. CAPÍTULO PRIMERO. PRINCIPIOS GENERALES.—RAZÓN DE MÉTODO. Arqueología, en su acepción general y según su etimolo- gía, vale descripción de las cosas antiguas. Aplicada à los orígenes del Cristianismo, es el conocimiento de las costum- bres y monumentos correspondientes á los cristianos. Pero aunque la arqueología cristiana abrace tanto las costumbres como los monumentos, sin embargo, enlazadas aquellas con la historia y la disciplina eclesiásticas, pue- de su conocimiento formar cuerpo con estas ciencias; al paso que, hijos los segundos de la actividad productora de aquellos creyentes, pertenecen al Arte y á sus distintas ra- mificaciones, siendo la ilustración y el mas fiel testimonio de la Historia. Separando, pues, el conocimiento de las costumbres que tuvieron los antiguos cristianos, circunscribiremos nuestra tarea à los monumentos de Arte que fueron obra suya. Para conocer estos monumentos es preciso saber antes de todo que el Arte es uno, pero que las formas que reviste son varias. Consideremos estas formas por sus elementos fun- - 14 - damentales, y hallaremos que son tres, à saber: forma plás- tica, forma tónica y forma literaria. La primera puede lla- marse lineal ó figurativa, dirigiéndose exclusivamente al alma por medio del sentido de la vista, bien tome formas palpables, como un edificio ó un vaso ó una estatua, ó bien las tenga simplemente gráficas, como una pintura. La se- gunda forma se dirige al alma por medio del sentido del oido. La tercera se dirige á nuestra imaginación sensible, que por otra parte lo mismo puede ser impresionada por medio del oido que de la vista. Á la forma plástica ó lineal corresponde: en primer lu- gar, la Arquitectura y las artes suntuarias, cuando se trata de dar forma á la materia que no la tiene en sí inmanente, se- gún usos especiales lo hayan exigido : en segundo lugar, la Escultura, cuando se trata de exteriorizar simplemente el espíritu en su carácter individual bajo la forma que mejor puede sensiblemente presentarle, que es la humana; y en tercer lugar, la Pintura, cuando se trata de presentar este mismo espíritu anegado en la oposición, las contradiccio- nes y diferencias de la vida. Á la forma tónica corresponde la musica, de la cual los santos Padres tan eminente par- tido sacaron para hacer perseverar á los fieles en la oración (san Agustín, Confies. IX, 7), para hacer gustar las castas delicias de la verdad y apartar nuestra alma del lazo de los sentidos (san Crisóstomo, in psalm. XLI ) , y para inflamar nuestro corazón y elevarlo á Dios (san Basilio, in psalm. i ) . La forma literaria no ocupará lugar alguno en la tarea que vamos á emprender; pues además de merecer un estu- dio especial, no nos cumple entrar en él, porque solo nos hemos propuesto, quizá limitando la tarea arqueológica, dar á conocer aquellas formas del Arte con que la Iglesia desde su origen trató de manifestar mas exteriormente la fe, po- — 15 — niendo cuanto á ella atañe, mas al alcance de los dos sentidos contemplativos de que la Providencia nos ha dotado, de esos sentidos que para ser impresionados no necesitan ponerse en inmediato contacto con el objeto que à ellos se halla ex- puesto, ni menos descomponer este objeto, como son la vista y el oido. Esta clase de producciones del Arte son, conforme hemos dicho, testimonios tanto mas fieles para asegurar las verda- des históricas, cuanto que no admiten la adulteración que cabe en los textos de los historiadores y apologistas, por- que son menos accesibles á siniestras, ó poco concienzudas interpretaciones; siendo el lenguaje de la piedra ó del bron- ce el lenguaje de todos los tiempos y de todos los hom- bres. De aquí procede la grande importancia de la arqueo- logia artística cristiana; porque así como los monumentos de Grecia y de Roma antiguas sirven admirablemente para ilustrar à Homero y á Eurípides, á Virgilio y á Ovidio; de la propia manera los monumentos que los antiguos cristia- nos han dejado, y que sabiamente han sido conservados por celosos Pontífices en la capital del orbe católico, arrojan vi- vísima luz así sobre el Antiguo como sobre el Nuevo Testa- mento, esclareciendo los escritos de algunos santos Padres, cuyo sentido ha sido muchas veces oscurecido por la incuria de los tiempos ó por las adulteraciones de las lenguas (1). (11 El papa Nicolás V creó la Biblioteca de manuscritos del Vaticano. En su imaginación, el Vaticano habla de ser para la cristiandad lo que la coluna miliaria del Foro habla sido para el antiguo imperio romano, á saber, el punto desde el cual debieran partir, y al cual debieran r e - fluir los mensajeros del imperio espiritual. Julio II continuó la obra de Nicolás V por lo tocante á la conservación de monumentos de la anti- güedad clásica; pero no trató de restaurar la antigüedad p a g a n a , sino de proporcionar datos que los manuscritos no podían ofrecer; y al construir el Museo del vaticano al lado de la Biblioteca de Nicolás V fue el verdadero precursor de Benedicto XIV, que reunió en él cuantas preciosidades cristianas pudo extraer de las catacumbas, y de Pió IX, que ha fundado el Museo de Latran. — 16 — Con estos preliminares podemos pasar ya á manifestar la razón del método que nos hemos propuesto seguir en la ex- posición de los monumentos cristianos. Ocuparán en primer lugar la atención los monumentos arquitectónicos, los pertenecientes á la alta arquitectura, esto es, al edificio dentro del cual la creencia cristiana le- vantó sus altares, bautizó á sus neófitos y enterró sus muer- tos : pasaremos en seguida á tratar de todos aquellos objetos pertenecientes á la arquitectura menor, á las artes suntua- rias, que, regidas por leyes arquitectónicas, sirven al uso, á la suntuosidad y al decoro del culto, como son: los mue- bles y utensilios litúrgicos, los vasos sagrados y las vestidu- ras sacerdotales. Veremos después lo relativo á las inscrip- ciones y á los emblemas que forman el objeto de la Epigrafía y de la Simbologia, y que las mas de las veces constituyen el elemento principal de la exornación arquitectónica. Última- mente, el culto de las imágenes nos pondrá en el caso de tra- tar de las obras escultóricas y pictóricas que han presentado los distintos tipos en que el Arte ha fluctuado para satis- facer el verdadero ideal del cristiano, y las distintas fases que la vida ascética ha ofrecido para mantener siempre viva la llama de la fe en el corazón de los fieles; todo lo cual podrá comprenderse bajo el título de Iconografia. Si se echare de menos en este tratado la parte de Numis- mática, prevendremos desde luego el reproche que se nos pueda hacer, diciendo: que esta materia no puede ser con- siderada, respecto de la Arqueología cristiana, mas que con relación á los signos cristianos que en las monedas pueden hallarse, lo cual en estas Nociones puede muy bien com- prenderse en los capítulos correspondientes á la Epigrafía y á la Simbologia. No podemos menos de hacer una advertencia correspon- - 17 - diente á la cronologia, para la debida inteligencia de este tratado. Llamaremos época primitiva á la que transcurrió desde Nuestro Señor Jesucristo hasta el emperador Nerón, en que principiaron las persecuciones;—Época de las cata- cumbas, á aquella en que la religión cristiana se ocultó en estos hipogeos; —Época constantiniana, la que medió desde la paz que dio Constantino á la Iglesia hasta el emperador Justiniano;—Época bizantina, desde Justiniano à la forma- ción de las escuelas germánicas; —Época ojival, los si- glos XII, XIII, XIV y XV, en que dominó la influencia de estas escuelas; —Época del renacimiento, desde el siglo XVI hasta nuestros dias. Pero no entraremos desde luego á hablar de la arquitec- tura cristiana, sino que daremos antes una idea de lá que sirvió al paganismo; siquiera para demostrar la diferencia que existe entre una y otra, cuando no sea para poner de manifiesto los elementos componentes de esta última, de los cuales aquella echó mano para constituirse, regenerán- dolos. No es posible, sin cerrar los ojos á la sana razón, suponer un estado del Arte entre los cristianos, que por otra parte pertenecían á la sociedad romana, y otro entre los paganos, de quienes iba saliendo la grey cristiana; de la propia ma- nera que no es posible suponer que el Arte siguiese en las catacumbas, donde se sustrajo de las persecuciones, un ca- mino totalmente distinto del que iba siguiendo sobre el suelo que Roma ocupaba. Remontémonos, pues, á la época de la aparición del Arte en Europa, y sigamos los grados de adelanto, de perfección y decadencia por los cuales pasó: de otro modo no seria posible comprender las ideas encer- radas en ciertas representaciones escultóricas y pictóricas de las catacumbas, y las de Roma pagana, como se verá 2 - 18 - mas adelante; ni se podria tener la mas remota idea del orí- gen de ciertas formas arquitectónicas de aquellos santos hi- pogeos , ni menos de los templos y de otros edificios paganos que fueron cedidos à los cristianos para ser consagrados al culto de Jesucristo; ni fuera dado Ter claramente el paso desde la cripta de las catacumbas à la basílica cristiana. Por otra parte, la paganizacion de las ideas en la llamada época del renacimiento trajo el uso de muchos elementos paganos al arte cristiano. Es verdad que el Cristianismo no ha aparecido en la tierra para imponer determinadas for- mas, sino para salvación de las almas; es verdad que ha- biendo proclamado la vocación de los gentiles (1), la Iglesia debe admitir y bendecir toda producción humana, con tal que respete las verdades innegables: sin embargo, al Arte toca inspirar al hombre el sentimiento cristiano por medio de formas propias y convenientes. Veamos, pues, qué fue el Arte antes de la venida de Je- sucristo, y veamos en qué estado se hallaba cuando la doc- trina del Hijo de Dios principió à cundir entre los gentiles; y veremos después cómo fue sucesivamente transforman-' dose en manos de los cristianos. (1) Sed mihi ostendlt Deus, nemlnem communem aut imnmnduní di- cere hominem. (Act. x,28). — 19 — CAPÍTULO SEGUNDO. ARQUITECTURA. ARTICULO I. I D E A G E N E R A L D E LA A B Q V I T E C T U H A E.VFRE L O S 6EOTMJGB. LECCIÓN PRIMERA. La arquitectura entre los griegos antiguos. Las primeras tribus de Europa que se civilizaron fueron las pelásgicas. Los pelasgos habitaron las comarcas que constituyen en el dia parte de Turquía y de Grecia. En el siglo XVII antes de Jesucristo, las tribus helénicas, indu- dablemente del mismo origen, bajando de los montes, arro- jaron de las llanuras á los pelasgos, los cuales emigraron, parte al Asia menor, de donde quizá eran oriundos, y parte al norte de la península itálica, donde confundiéndose con los ransenas formaron el fondo de la población etrusca. Los helenos y los etruscos tuvieron pues un origen común. Los etruscos, andando los tiempos, se extendieron hacia el sur de la península itálica; y al verificarlo, hubieron de en- contrarse con los helenos, que habiendo á su vez emigrado del Peloponeso á causa de una invasión pelásgica, se ha- bían establecido en Sicilia y en la parte meridional de la citada península itálica, habiéndose extendido por esta r e - 2* — 20 — gion y arraigàdose en ella hasta el punto de haberle dado el nombre de Magna-Grecia (1). La comunidad de origen y de límites hubo de producir en cierta manera una comunidad de creencias, de costumbres, de conocimientos, y mucha analogía en el cultivo de las artes; de modo que bien puede decirse, respecto de estas, que lo etrusco no es distinto de lo griego primitivo. Ceñi- remos, pues, nuestras consideraciones al Arte griego, bajo cuya denominación queremos entender el Arte antiguo; pues al cabo los romanos no fueron mas que unos imitadores de los griegos, y unos continuadores de los etruscos. No alcanzó á los griegos antiguos la luz de la revelación: así fue que á pesar de los adelantos que hicieron en la filo- sofía , al querer penetrar en los arcanos del Espíritu por ex- celencia, se entregaron en manos de la poesía, que no pudo pasar mas allà de la purificación de las formas de la natu- raleza; y abandonando las monstruosidades de las concep- ciones orientales, crearon una teogonia particular, en vir- tud de la cual no hicieron mas que manifestarla existencia del espíritu por medio de la forma mas propia al efecto: la forma humana. Pero la imaginación de aquellos hombres no supo contenerse en los límites à que una fe sincera la hubiera reducido, y por esto las deidades que forjó hubie- ron de ser juguete de todas las pasiones humanas. Así fue que los griegos llegaron á mirar estos ídolos, parto de su fantasía y obra de sus manos, ya no como símbolos de sus creencias, sino como reales y verdaderas divinidades a l a s • (1) El pals de donde procedieron los helenos, mas que una sola na- ción, fue una reunión de Estados de corta extensión y con distintos nombres. Probablemente llevó el nombre de Béllada, habiendo sido los romanos los que le dieron el nombre de Grecia con que los historiado- res la han designado después. — 21 — cuales rindieron culto para tenerlas propicias y para apla- car sus iras. Hé aquí la mitología griega. El culto que los griegos adoptaron para tales divinidades no pudo menos de ser exterior, todo material, como mate- rial era la idea de las deidades á las cuales se tributaba. El templo griego debe considerarse, pues, bajo este punto de vista: de modo que debe mirarse solo como una mansión de la deidad, y en manera alguna como un recinto donde el alma pudiese concentrarse en sí misma para orar. Su dis- posición lo dará á conocer, como dan à conocer su falta de ideas y sus errores sobre los altos destinos del alma las cos- tumbres relativas á la inhumación de los cadáveres, las ur- nas en que se recogían y conservaban las cenizas de los po- tentados después de quemado su cadáver, y esos símbolos de la desesperación esculpidos en sus monumentos fúne- bres. Conozcamos, pues : 1.° la decoración griega en general; 2." la disposición del templo griego; 3.° las formas de los monumentos fúnebres. 1." Decoración griega.—Los griegos antiguos pudieron no ser inventores de la arquitectura como efectivamente no lo fueron; pero nadie puede negarles el mérito de haber sis- tematizado este arte, que por su principio fundamental ha sido llamado clásico. Con su viva imaginación y el auxilio de la filosofía adquirieron el criterio suficiente para elegir seguro camino. Si encontraron en Egipto la idea de la de- coración arquitectónica arquitrabada, supieron acomodarse á las necesidades del clima en que vivieron y de la civilización que alcanzaron, para sentar, según el nuevo modo de cons- trucción y los materiales que emplearon, los principios de su sistema decorativo. La base de este sistema es, responder — 22 — á la solidez por la simple ley de la gravedad : y ejerciendo por tanto la presión vertical, es evidente que el sistema de lineas dominante debió ser el de las horizontales. El miembro principal de la decoración griega es la colu- na: sostiene con todo el alarde de un miembro necesario en la construcción : replegada en sí misma en sentido horizon- tal, presenta el mínimo de los medios materiales de sosteni- miento, facilitando la circulación. Nace de un suelo artificial, constituyendo un estilóbato ó basamento continuo, por lo re- gular en gradinata. Sobre la coluna gravita el cornisamento, parte sostenida que da razón de la construcción del techo de madera; y sobre el cornisamento estriba la cubierta de dos pendientes, de la cual da razón en la fachada anterior y en la posterior el frontón. Fiel la arquitectura griega al principio de que nada debe haber en acción que no esté en función, y de que hasta los adornos no deben ser hijos del capricho, sino que deben sa- carse de la naturaleza de la cosa misma, dieron à la coluna un capitel coronado por un abaco, para presentar en la parte superior (sumoscapo) un plano que ofreciese mayor apoyo à la parte sostenida: dividieron el cornisamento en — 23 — arquitrabe (A), ó viga principal, parà enlazar los puntos de apoyo; *c friso (B), que es el espa- w ció ocupado por las vi- -• gas que sobre el arqui- trabe descansan; y cor- nisa[C), que es el enta- blamento que cierra el techo: por último divi- dieron el frontón encor- nisa, que es la cubierta de la armadura, y tímpano, que es el espacio que esta armadura debe ocupar. Todos estos miembros arquitectónicos los exornaron del modo conveniente; y en la exornación no pudieron ser ca- prichosos ni rutinarios. Los principios en que apoyaron sus teorías arquitectónicas responden de ello: y no es posi- ble creer, aunque investigaciones arqueológico-artísticas no lo hayan asegurado, que las hojas de acanto, que cons- tituyen el principal adorno del capitel de estilo corintio, la) como vere- mos luego; (í) lashojas de agua(a),las postas (a), las palmas ( c bayas ( d ) , los óvalos ó h u e - — 24 — vos (e), los meandros (/), etc., que tanto figuran en la exornación griega, no tengan una razón para esculpirse y pintarse en las superficies arquitectónicas de los griegos. . («) [f) Con efecto, el acanto fue una planta indígena de Grecia: la palma fue el emblema del triunfo; se ofrecieron huevos è determinadas divinidades; y el meandro al cabo fue un rio de Grecia, cuyo curso describe muchas tortuosidades, ofre- ciendo el emblema del misterio en que el porvenir està en- vuelto. Los extremos de las filas de tejas ensilladas los cubrieron con un adorno llamado antefisa ó ¡to- cateja; lo que formaba en las fa- chadas laterales de los edificios una crestería de buen efecto. La arquitectura griega tomó varios caracteres, siguiendo el desarrollo histórico que la civilización fué tomando en el país. Conociendo por consi- guiente la historia de Grecia, no se podrá menos de cono- cer tales caracteres; que al cabo la arquitectura, como las demás artes, es un espejo fiel de las creencias y costumbres de las distintas épocas. No entraremos de lleno en describir estas creencias, ni estas costumbres, que tal no es la tarea que nos hemos im- puesto; bastará que recordemos algunos datos históricos. — 25 — Los griegos primitivos estuvieron divididos en varias t r i - bus, siendo las principales la dórica, la jónica, la eolia y la aquea: las dos primeras, sin embargo, fueron las mas pre- potentes , habiendo absorbido la vida de las demás. La tribu dórica fue la primera que supo aprovecharse de la civiliza- ción , habiéndola llevado algo mas adelante; y no contenta con influir en su país natal, que fue principalmente la pe- nínsula llamada Peloponeso, extendió su influencia en la Magna-Grecia, relacionándose, como queda dicho, con los etruscos. La tribu jónica siguió los adelantos obtenidos por los dorios, é hizo sentir su influencia, no solo en el conti- nente de Grecia, sino también en Asia menor; siendo el si- glo VIII antes de Jesucristo la época de su mayor gloria. Mas tarde, los corintios, de raza dórica, y los últimos grie- gos que figuraron en industria, artes y comercio, domina- dos por el deseo de brillar, añadieron á la elegancia del gus- to jónico mayor riqueza, sin salirse por esto de los principios que el buen criterio artístico aconseja. Hé aquí el desarrollo histórico de la arquitectura griega, que al cabo no es mas que el desarrollo de la civilización en Grecia; lo cual ha ser- vido en nuestros tiempos á las escuelas para nombrar, aun- que impropiamente, los tres caracteres del estilo arquitec- tónico, dividiendo la arquitectura griega en dórica, jónica y corintia. De este modo se ha traducido al lenguaje histó- rico la nomenclatura de la técnica del Arte, que no reco- noce en el estilo mas que el carácter rohusto, el gentil y el florido. Los dorios, como que fueron los primeros que sistemati- zaron la arquitectura, se manifestaron en su decoración muy fieles á la construcción, sacando de esta los motivos de aque- lla. No hay mas que examinar el cornisamento que emplea- — 26 — ron, y se* verá en él indicadas hasta las cabezas de las vigas que han de sostener el techo por medio de los triglifos con que adornaron los frisos; debiendo tener en cuenta, que siempre colocaron un triglifo en el ángulo del cornisamen- to , prefiriendo la apariencia de la solidez á la visualidad eurítmica que resultaria de hacer que su centro correspon- diese al de la coluna angular. (Véase la viñeta 1 .* de la pá- gina 23). Unieron las estrías del fuste de las colunas por simples aristas; hicieron poquísimo uso de las bases, y dieron á los capiteles una forma anàloga á la de este dibujo. Los jonios suprimieron los triglifos en el friso, el cual adornaron configuras y hojas de relieve mas ó menos alto: dieron á las colunas mayor elevación que los dorios; unie- ron las estrías de los fustes, ya no con simples aristas, si- no con filetes; emplearon bases, sobre irvTTmra» todo la que en nuestros tiempos se co- noce con el nombre de ática; y em- plearon capiteles con volutas en las fa- chadas anterior y posterior del capitel [g], y con un cojinete en las laterales [h); ó con volutas en la cuatro fachadas, si las colunas estuvieron situadas en el ángulo de un pórti- co [i). W (h) [i) Los corintios se diferenciaron de los jonios muy especial- mente en la mayor elevación que dieron al capitel: eleva- — 27 — cion debida al uso del elemento vege- tal con que le adornaron. No insistiremos sobre los caracteres en que se desarrolló* la arquitectura griega; porque para el objeto que tie- ne la obra que escribimos, basta lo dicho; debiendo acudir á las historias generales de la arquitectura que hay escritas quien quisiere mayor ilustración de la materia. 2.° Disposición del templo griego.—No fueron grandes las dimensiones del templo griego; y solo se dio mayor ex- tensión á los templos de las deidades tutelares de las pobla- ciones. Sin duda fue en estos monumentos donde se reunie- ron todas las riquezas artísticas y todos los recuerdos de las glorias del país, viniendo à ser el santuario y el museo ar- tístico de la población. La capacidad de los1 templos la su- plieron muchas veces por la del períbolo (recinto), dentro del cual se halló erigido. Por lo demás, el templo griego cons- tó de varias partes: Pronaos (vestí- bulo) (A); ó en su lugar el peristilo [ pórtico) (B), y naos, celia ó parte cer- rada por paredes (C). El vestíbulo ó el pórtico sirvió para guardarse de la in- temperie los que presenciaban las ce- remonias de aquel culto todo exterior, y cuyos sacrificios se celebraron en las mismas gradas del edificio. La naos ó celia no recibió luz sino por las puertas; y por esto se llamó dbaton inaccesible, aleaton invisible. Así es — 28 — que la naos llenó completamente la necesidad de poner la estatua del Dios á cubierto de todo contratiempo ó profana- ción. La planta de estos templos fue desde las primeras épocas rectangular, pocas veces cuadrada; y quizá construyeron templos circulares. Por la distribución se clasifican los templos del modo si- guiente : naos en paristasi, próstilos, amfipróstilos períp- teros y dípteros. La naos en parástasi fue aquel templo pu- yas paredes laterales de la celia, prolongándose hacia la fachada principal, terminaron en la misma línea de las co- lunas que sostuvieron el frontón, presentando en su grueso ó espesor dos paras tatas ó antas como se ve en el vestíbulo A. —El templo próstilo fue el que presentó la naos precedida de un pórtico, de manera que la fachada del edificio llevó un peristilo, que no fue mas que un simple vestíbulo forma- do por colunas en lugar de la prolongación de los muros laterales. El amfipróstilo fue el templo que tuvo en la fa- chada posterior un peristilo igual al que hubo en la anterior. El períptero fue el que tuvo la naos rodeada de un peris- tilo en todos sus lados, como fue el templo de Teseo en Ate- nas, cuya planta hemos presentado. En esta planta están reunidas todas las formas hasta aquí indicadas; pues supri- miendo el pórtico que rodea la celia, se tendrá un templo amfipróstilo, y suprimiendo además uno de los pórticos anexos á ella, se tendrá un templo simplemente próstilo. Llámase templo díptero el que tuvo pórtico doble ó dos filas de colunas al rededor de la naos. Templos hubo que por su importancia tuvieron un depar- tamento destinado para guardar los tesoros, el cual estuvo edificado á espaldas de la naos. Á este departamento se le dio el nombre de opistodomos. — 29 — Otros hubo cuya nave estuvo dividida á lo largo, en tres partes, por colunas; y de estos algunos tuvieron la nave central sin techo ó cubierta. Á estos se les llama Mpetros, esto es, al aire libre. Las circunstancias especiales de estos templos han sido muy discutidas; sin que todavía preva- lezca opinión alguna sobre las que se han formado. Hubo templos con substrucciones, sin duda para la cele- bración de ceremonias especiales del culto de la deidad, como fue el templo de Céres en Eleusis, cuyos misterios exigieron cierto secreto que solo los iniciados pudieron co- nocer. Los templos primitivos parece que fueron orientados, di- rigiendo las fachadas á los cuatro puntos cardinales, de manera que la entrada mirase á Oriente. Mas adelante los orientaron en sentido inverso. 3.° Monumentos fúnebres.—Es preciso antes de todo t e - ner en cuenta que los griegos unas veces quemaron los ca- dáveres, y otras los embalsamaron. Este último medio le emplearon con las personas que habían hecho algun nota- ble servicio á la patria. Los vasos cinerarios bastaron para guardar los restos de los primeros; los sarcófagos fueron necesarios para los segundos. Los sepulcros se levantaron en las necrópolis ó recintos destinados á este efecto, no sien- do permitido sino por privilegio especial, enterrarse dentro de las ciudades. Abrieron cámaras sepulcrales en las rocas, anunciándose por una decoración jónica. Otras veces levantaron un edí- culo formado por cuatro colunas y un techo cubierto como el de los templos.—Una coluna truncada se elevó también sobre las urnas cinerarias depositadas en el suelo. Las este- las tuvieron el mismo objeto, no consistiendo mas que en — 30 — una piedra prismática ó mas bien un pedes- tal cuyo neto tendia á la forma piramidal, rematando en cornisa con un frontón, y exornándose con bajos relieves y retratos de los difuntos. Las tumbas mas importantes afectaron la forma piramidal: forma sacramental entre los antiguos, y á la que lafilosofíano deja de atribuir un sentido emblemático del término de todo lo ter- reno. Continuó, pues, el uso de los túmulos ó montículos de tierra en forma cónica, adornándolos unas veces con muros de sostenimiento, y hasta levantando en su cúspide sun- tuosas estelas. LECCIÓN II. La arquitectura entre los etruscos. Si la actividad productora del genio de los griegos llevó á estos á sistematizar la arquitectura arquitrabada, el talento concienzudo de los r% etruscos les ha ganado la consideración de inventores del arco de medio punto ó semicircular construido con piedras en forma de cuña, ó sea dovelas. El arco hubo de engendrar la bóveda de medio cañón; y la cloaca máxima para el desagüe del Foro de Roma fue obra de constructores etruscos. Notable es la atención que merecieron de los etruscos los monumentos fúnebres. Cuanto practicaron para el enterra- miento de sus muertos puede verse en la multitud de cama- — 31 — ras sepulcrales abiertas en las comarcas de Volci y de Tar- quinia, y en las laderas de las colinas de Norchia y Castel d' Asso. Estas cámaras se anuncian por una construcción especial, según que el sitio en donde esta abierta sea una lla- nura ó la ladera de una colina. El interior tiene comunmente un vestíbulo: el techo suele ser horizontal dividido en ca- setones ó formando dos ó mas planos inclinados. Se han en- contrado algunos de esos techos en disposición horizontal, sostenidos por robustos pilares. Las paredes están decora- das con pinturas de vivos colores, siendo ya combinaciones lineales, ya adornos de hojas combinadas geométricamente, ya figuras mitológicas, casi siempre en pintura monocro- ma. Estas cámaras sepulcrales han ofrecido curiosidades de grande interés, como son: restos de antiguo mueblaje, si- llas y lechos esculpidos en la misma piedra, armas ofensi- vas y defensivas, objetos de uso doméstico, y otros que por cualquier concepto hubiesen pertenecido al difunto. Los vasos de barro pintados merecen muy especialmente la atención: y es de notar que compitieron en su fabricación con los griegos. u n a disposición particular de los edificios, de que hicie- ron mucho uso los romanos en sus moradas, se atribuye à los etruscos. Tal es el atrio, patio porticado en el cual t u - vieron salida las habitaciones, y en cuyo centro solia haber una fuente. El nombre de Tuscum que comunmente le dieron los romanos à este atrio, no deja de ser una prueba plena de dicho origen etrusco. Por último, es preciso tener presente que los etruscos, sin perjuicio del arco de medio punto, usaron la decoración ar- quitrabada, al estilo dórico; pero no hicieron uso de los tri- glifos en los frisos, lo cual ha hecho decir à algunos pre- ceptistas, que habia un Estilo ú Orden toscano á mas de los — 32 — tres griegos; como si estos miembros secundarios tuviesen bastante validez por sí solos para crear un nuevo carácter aplicable al estilo, además del robusto, del gentil y del flo- rido, que puede admitir la arquitectura erigida en sistema científico. LECCIÓN III. La arquitectura entre los romanos antiguos. Á mediados del siglo III antes de Jesucristo Etruria quedó completamente sometida á Roma, del mismo modo que un siglo mas tarde cayó Corinto en poder de los romanos; y perdiendo Grecia la importancia política, fue declarada pro- vincia romana con el nombre de Acaya. Treinta años antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo cayó la repú- blica romana, y fue proclamado Octavio Augusto con el tí- tulo de imperator. Roma habia absorbido la vida de todos los pueblos que habitaban en las comarcas comprendidas entre las márgenes del Tigris y del Eufrates y las nevadas, montañas de los Scotos, y entre las márgenes del Rhin y del Danubio y la cordillera del Atlas; é iba á recoger el fruto de su perseverancia en hacerse dueña del mundo conoci- do; pero al querer monopolizar la civilización, halló en el seno de la sociedad el principio que debia regenerarla, esto es, la religión de Jesucristo, que iba á destronar las ideas materialistas que habían embrutecido al género humano. El paganismo tocaba á su término; y al caer con Roma, hubieron de coexistir los últimos resuellos de la civilización antigua con los primeros movimientos de otra en embrión; y necesariamente el Arte se vio precisado á servir á ambas civilizaciones en sus situaciones respectivas: á la de Roma pagana, embriagada con el fausto y la pompa y los recuer- — 33 - dos de su gloria; á la de Eoma cristiana, que tuvo que po- nerse á cubierto de los ataques que aquella le dirigia, es- condiéndose en las catacumbas. La primera, arrastrándole en pos de sí hacia la sima en que se precipitó; la segunda, llevándole hacia una regeneración que debia descubrir un nuevo principio para la teoría, y una expresión propia para el elevado sentido que la religión cristiana requiere. Veamos, en primer lugar, de qué modo sirvió el arte á Roma pagana, próxima á desaparecer, no dejando en el suelo mas que ruinas, sobre las cuales hubo de levantarse el arte cristiano; y á su vez veremos de qué modo sirvió á Roma cristiana en sus oscuros hipogeos. La época á que va- mos á referirnos se extiende, pues, desde el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo hasta principios del siglo IV, en que el emperador Constantino abandonó á Roma y tras- ladó la silla imperial á Bizancio, después de haber abrazado el Cristianismo y declarádole religión del Estado. El arte romano no debe considerarse mas que como una imitación del arte griego, una continuación del etrusco, y un epílogo del arte antiguo. Con efecto, Roma, si bien se apropió los tesoros artísticos de Grecia y Etruria, no llegó á adquirir jamás las dotes necesarias para el cultivo de las artes; porque la libertad del espíritu para ceder espontá- neamente al sentimiento interior, que es lo que engendra las artes, fue extraña á los romanos. Sin embargo, es pre- ciso confesar que esta tendencia práctica se alió perfecta- mente con un gusto especial por lo grandioso, rechazando todo lo mezquino; excitando el deseo de satisfacer todas las necesidades de la vida, de una manera completa, por me- dio de grandes empresas. Por esto la arquitectura fue entre 3 — 34 — las artes plásticas la que los romanos cultivaron mas, ha- biendo dado pasos atrevidos en la construcción. Herederos inmediatos, pues, de la civilización griega y de la etrusca , los romanos, al propio tiempo que tomaron > de ambos pueblos la mayor parte de divinidades, ritos y ce- remonias, hubieron de tomar la disposición de sus templos y de sus monumentos fúnebres, así como tomaron su estilo decorativo. Templos.—Construyeron gran número de templos al es- tilo griego, adulterándole muchas veces, puesto que embe- bieron las colunas en los muros, constituyendo el género de templos pseudodipteros y pseudoperip teros que el buen sentido reprueba. Construyeron templos circulares (Tho- lus), dedicándolos á determinadas deidades. Construyeron templos dobles ó adosados el uno al otro. Según el uso y disposición de los templos, les dieron el nombre de templum, m fanum, delubrum, cedes, cedicula, cedes monoptera, etc. Se cree que los templos de esta última clase no tuvieron gran- des dimensiones y fueron circulares. Los romanos levantaron los templos dentro de recintes cerrados por un muro con una entrada suntuosa. Acerca de la orientación nada puede asegurarse, pues à pesar de la regla que sienta Vitrubio, se han encontrado templos construidos en diversas direcciones. Monumentos fúnebres.—La inhumación de los cadáveres, como todas las demás prácticas religiosas, se verificó entre los romanos con gran solemnidad. Los funerales fueron pú- blicos ó privados, según fueron costeados por el Estado ó por la familia. En los primeros siglos de Roma los cadáve- res fueron enterrados; pero en los últimos años de la repú- — 33 — blica adoptaron del todo la costumbre de quemarlos y guar- dar sus cenizas. Las cenizas se guardaron en vasos de pie- dra ó de metal, cuyos materiales fueron mas ó menos ricos. Sila, el dictador, fue el primer patricio cuyo cadáver fue expuesto sobre una pira. Duró esta costumbre hasta el si- glo III de Jesucristo. Sin embargo, no olvidaron los romanos la costumbre de dar sepultura al cadáver entero después de haberle embalsamado. El sarcófago que contuvo el cuerpo en- tero fue el que se llamó se- pulcrum. Difícilmente se puede, pues, decir cuál fue la forma típica de los monumentos fúnebres que los romanos acostumbra- ron construir. En la mas remota edad parece que deposita- ron el féretro en un hoyo, levantando sobre él un tumu- lus ó montón de tierra. Mas adelante erigieron edículos, como los griegos, y mas tarde abrieron cámaras sepulcra- les en las laderas de las montañas ó en las llanuras, á imi- tación de los etruscos. Otras veces erigieron los sepulcros á la entrada de las ciudades, como para recordar mas eficaz- mente la memoria de ciertos personajes. Entre los monumentos fúnebres de or- den inferior pueden citarse los cipos, que fueron colunas ó pilastras de pequeña elevación á manera de estelas griegas. En uno de los frentes se ponia la inscrip- ción. Los que se descubren tienen á ve- ces un frontón con anteíisas angulares ó con volutas y cojinetes. Los cipos tuvieron á menudo un receptáculo en la parte 3* — 36 — superior, y un agujero que atravesó hasta las urnas colo- cadas debajo del monumento, á fin de que llegasen allí las libaciones. En la mayor parte de sarcófagos y cipos veíase la antor- cha volcada, emblema de la desesperación del pagano, á mas de algunos bajos relieves alusivos al descenso á los in- fiernos, como por ejemplo, el rapto de Proserpina, etc., etc. Construyeron cámaras sepulcrales con nichos semicircu- lares : cada nicho tuvo dos urnas con la inscripción ó epita- fio. Estas cámaras estuvieron amuebladas á la manera grie- ga y etrusca, habiéndose encontrado en ellas mil objetos de los difuntos, y otros que debieron servir en los funerales. Los romanos tuvieron la costumbre de hacer erigir las tumbas durante su vida, y en ellas mandaron esculpir mu- chas veces ciertas disposiciones testamentarias. Caracteres de la arquitectura ro- mana. — No desmienten los senti- mientos de la sociedad en que na- cieron. Suntuosidad con riqueza, y riqueza hasta la prodigalidad; mi- nuciosidad de detalles, yendo con ella en busca de una animación que la exactitud matemática de los lineamientos negaba. En efecto, los romanos emplea- ron la decoración griega; pero al basamento, á la coluna, al cornisa- mento y al frontón añadieron la pilastra y el pedestal. El pedestal no es mas que una sección del ba- — 37 — samento destacada de la masa de este, sin mas objeto que dar mayor elevación á la coluna y producir el mayor n ú - mero posible de líneas agrupadas y contornos cortados.— La pilastra no es mas que el anta griega, con el carácter in- dependiente que la coluna tiene; en una palabra, es la co- luna prismática, ó sea restituida al máximo de los medios de sostener. En algunos casos no dejó de ocupar el puesto de las colunas, muy especialmente en las decoraciones ex- teriores de los vanos. Las pilastras y los pedestales figura- ron mucho en los arcos de triunfo. Aparte de esto, los estilos griegos en la época romana hubieron de sufrir modificaciones notables. Así fue que el frontón sucesivamente adquirió mayor altura, cerrando mas el ángulo superior. Al adoptar el estilo dórico, colocaron los triglifos angulares á plomo del eje de la coluna, á diferen- cia de los griegos. Algunas veces suprimieron estos trigli- fos á la manera etrusca. En el uso del capitel corintio qui- sieron mostrarse mas espléndidos, y formaron una mezcla de partes del jónico y del corintio, pero no alcanzando á crear un nuevo estilo, como rutinariamente se ha preten- dido desde el siglo XVI, llamándole estilo compuesto. Pero el carácter general de la arquitectura romana está muy especialmente en el arco de medio punto con todos los aspectos que puede presentarle su continuidad (bóveda de medio cañón) y revoluciones (cúpula). En la construcción del arco y de la bóveda con dovelas, ya no es la simple gra- vedad , como en la arquitrabada, el principio que responde á la solidez, sino la ley de las resistencias y de los empujes horizontales, anunciándose de esta manera una teoría que tendió á sacudir el yugo de la presión vertical para lanzar- se libre al espacio, llegando á constituir una arquitectura sobre un nuevo sistema de líneas. — 38 — La construcción dovelada del arco y de la bóveda que los romanos aprendieron de los etruscos en la época republica- n a , la perfeccionaron en el reinado de Octavio Augusto. El ejemplo mas antiguo de la bóveda esférica sobre un recinto de planta circular es la del panteón de Agripa. La bóveda por arista se hallaba ya en uso, y la cúpula en pechina (1) apareció en toda su perfección en las Termas de Caracalla, debiendo ser considerada como un adelanto notable en la construcción. Desde los primeros tiempos del imperio vese introducida otra novedad. Con efecto, la coluna, no menos que el corni- samento, se relegaron à la categoría de simples adornos, embebiéndose en los muros al rededor de los vanos como en muchos templos y en los mismos arcos de triunfo, y muy especialmente en los anfiteatros. ¡Relegar à meros ador- nos unos miembros que habían sido los fundamentales de la decoración griega! Esta práctica no podia ser mas que una transición, y al cabo la coluna como miembro principal de sostenimiento habia de reclamar con éxito sus derechos ; como así se verificó, y lo manifestaremos. Hé aquí de qué modo el sistema en arco principió á sus- tituir al sistema arquitrabado. Sin embargo, ambos sistemas coexistieron entre los ro- manos, independientemente uno de otro; de manera que en los tiempos del imperio hubo construcciones de estilo grie- go al lado de otras que, como los arcos de triunfo y los anfi- teatros, ofrecían la combinación de la construcción en arco (1) Esta cúpula estribó sobre cuatro arcos torales, los cuales Inscri- bían en su planta un cuadrado. Sobre las llaves de estos cuatro arcos torales cargaron los cuatro puntos diametral y perpendicularmente opuestos entre s í , de una cúpula hemiesférica; haciendo estribar el resto en cuatro secciones triangulares de bóveda que arrancaban de los machones de dichos arcos, cuyas secciones llevan el nombre de pechi- nas. (Véase mas adelante. — Escuela bizantina). — 39 — con la decoración arquitrabada sirviendo de simple adorno. La adulteración de principios y de formas fue patente en la época romana; y mientras aquellos arquitectos releva- ban la coluna á mero adorno, la erigían en medio de los foros y en las encrucijadas con la consideración de monu- mento conmemorativo: de manera que por un lado se in- terdijo á este miembro constitutivo de la decoración griega su principal oficio, que fue sostener; al paso que, no sien- do mas que un miembro, esto es, una parte, se le dio la consideración de un todo. Las molduras, esta musculatura de los miembros arquitectónicos, multiplicándose con profu- sión en esta época imperial, y tomando un contorno circu- lar , abogaron la libertad en las combinaciones. Sin embar- go, semejante contorno, por su inalterabilidad, no dejaba de estar muy en armonía con el caràcter de aquella época; pe- ro en ella se veia que tanto la imaginación como el espíritu babian perdido la actividad, no sabiendo entregarse al libre trazo y á la libre construcción de curvas elípticas à que los artistas griegos se babian entregado con toda la esponta- neidad de su genio. La exornación de los miembros arquitectónicos se resin- tió de la minuciosidad y profusión basta la prodigalidad, que se empleó en los miembros principales. Numerosos ejemplos de monumentos ejecutados desde el reinado de Octavio Augusto basta los Antoninos atestiguan esta ver- dad, yendo en aumento, cuanto las formas y la ejecución perdían en belleza y delicadeza. Si la exornación de talla siguió estos pasos, no fueron otros los de la exornación polícroma. Los romanos à imita- ción de los griegos y de los etruscos prodigaron los colores en el menor detalle de arquitectura; y durante la época á que nos referimos existen ejemplos que atestiguan el ca- — 40 — ràcter de la pintura decorativa. Los cuadros de la tumba de Cayo Cestio fuera de la puerta de Ostia en Roma, y so- bre todo el considerable número de pinturas murales de Herculano, Pompeya y Stabia que se conocen, manifiestan lo que la exornación polícroma pudo ser en la época impe- rial. Distínguense en ellas la riqueza en la elección de fo- llajes, flores y objetos inanimados; lo fantástico de la com- binación, la viveza del colorido, y la armonía del conjunto, cualidades que en los últimos tiempos fueron á perderse su- cesivamente en una mezquindad, pobreza y hasta ruda simplicidad. Pasaron los tiempos de Trajano y de Adriano; y al morir Marco Aurelio, la decadencia de la arquitectura, anuncia- da ya en la edad de Antonino y Faustina, fué rápidamente á complementarse. Hacináronse los adornos caprichosa- mente, desmenuzáronse masas para amontonar ideas, em- pleándose inoportunamente varios miembros, y las líneas capitales se perdieron confundidas entre la balumba de una decoración irrazonada. La mezcla de estilos hubo de ser la consecuencia de esta confusión, y probablemente en esta época nació el capitel, que, según queda dicho, fue lla- mado compuesto. Después de la anarquía militar, esto es, desde mediados del siglo III de Jesucristo, la confusión y el barbarismo lle- garon hasta el punto de hacer olvidar los principios funda- mentales de la arquitectura griega, arqueándose los corni- samentos, exornando los fustes de las colunas inconve- nientemente, y creciendo de punto las desproporciones. Solo en el plan general de los edificios se dejó vislumbrar algun resto de la antigua grandiosidad romana. Es preciso sin embargo confesar que en el mecanismo de la construcción poco se habia perdido, antes al contrario, — 41 — quizá el atrevimiento de los constructores prodigó, que no inventó, el uso de hacer estribar el arco inmediatamente so- bre el abaco de la coluna, y esta práctica, erigida desde es- ta época en sistema, debe considerarse como la primera pa- labra de la arquitectura de la edad media. Tal fue la arquitectura de Grecia y de Roma, en cuyo nombre bastante tiranía ha ejercido el escolasticismo sobre el arte, para que no merezca ser examinada muy detenida- mente. Como quiera que sea, los monumentos que la anti- gua civilización nos ha legado merecen del arqueólogo y del artista cristiano un detenido estudio por los elementos que ofrecen, y de los cuales ha abusado el arte moderno, tan- to cuanto supo aprovecharse el primitivo arte cristiano, el cual, durante la época romana á que nos hemos referido hasta aquí, yacia sepultado en las catacumbas. — 42 — ARTÍCULO II. IDEA GK.YEBAI. DE L I i B Ç U T E C T l R i EYTBE LOS CBISTIAYOji. LECCIÓN I. Escuela bizantina.—Su origen è influencia.—Estilo latino bizantino. La constitución del imperio romano era un cuerpo sin forma. Conservaba Roma todas las tradiciones de su an- tigua república, y sin embargo todas las magistraturas estaban reunidas en una sola persona, que ejercia las fun- ciones de todas ellas sin someterse á otra ley que á su ca- pricho; y esta individualidad, imperator, no tenia otro orí- gen que la voluntad de las legiones, ni otra estabilidad que la fuerza de las armas. Constantino, siguiendo la idea de algunos de sus predecesores, quiso dar una constitución al imperio, del mismo modo que le dio una nueva religión; pero no quiso ó no debió transigir con los recuerdos de las pasadas creencias religiosas y políticas de Roma; y estas circunstancias unidas á la necesidad de tener á la vista sus vastos Estados le obligó á buscar un punto mas céntrico que Roma. Este punto fue Bizancio, ciudad situada sobre el bósforo tracio, y que tomó desde entonces el nombre de Constantinópolis, ciudad de Constantino. Este Emperador quiso que la ciudad donde habia querido establecer su corte pudiese rivalizar con Roma en grandeza y magnificencia; y para dotarla de edificios y establecimientos dignos, em- pleó arquitectos y operarios procedentes de Italia, y echó mano de fragmentos arrancados de los mas célebres monu- mentos de Tracia y Propóntide. — &'¿ — Al mismo tiempo las tribus germánicas, atraídas por las riquezas que habían encontrado en las comarcas del imperio durante sus correrías por ellas, ó mientras habían estado á sueldo de los ambiciosos que en el período de la anarquía militar se habían disputado el poder, invadieron el territorio romano. Estas dos circunstancias hicieron refluir hacia Bizancio los restos de la vida que quedaba en Italia, de modo que aquella ciudad llegó á ser el centro desde el cual hubo de partir el movimiento artístico y científico del mundo civilizado. Desde Constantino (312) hasta Justiniano (527) no parece sino que la arquitectura anduvo á tientas en busca de nue- vas combinaciones y nuevas formas para responder muy particularmente à las necesidades de una sociedad política que moralmente iba transformándose. Pero á mediados del siglo VI la protección que dio el emperador Justiniano á todos los ramos del saber humano, produjo respecto del ar- te la reducción á sistema de varios principios y teorías que dentro de su esfera pululaban como esperando hallar un perfecto equilibrio. No hay, pues, inconveniente en consi- derar, que desde el reinado de Justiniano data la escuela bi- zantina. Si solamente al genio etrusco se atribuye la invención del arco y de la bóveda por construcción dovelada; si á los adelantos científicos de los romanos se debe el desarrollo de esta construcción bajo distintas fases; no podrá negarse al genio neo-griego la gloria de haber completado el siste- ma de un modo hasta atrevido, levantando las cúpulas de Santa Sofía. Los incendios que habían sufrido muchos de los grandes edificios mandados levantar por Constantino y por algunos - u - de los que le sucedieron en el trono imperial, hubieron de obligar á los constructores bizantinos á prescindir, cuanto les fue posible, de la madera para cubrir los edificios. Fue también mas frecuente desde entonces el uso de las bóve- das en pechina, que estaba ya introducida de antemano, y que adquirió grande importancia en la época de Justiniano con motivo de la reconstrucción de la indicada basílica de Santa Sofía; de modo que al elevar el lidio Antemio de Tra- lles à tan desmedida altura aquella extensa cúpula, san- cionó el principio, tanto mas, cuanto que apoyó esta bóve- da central en otras absidales ó en concha, y cada una de ellas en otras secciones de esfera de menores dimensiones. Interior de Santa Sofía en Constantinopla. — 45 — Esta disposición y combinación de cúpulas, imitadas por todos los demás arquitectos de aquel país, constituyó des- de entonces uno de los rasgos mas característicos del estilo arquitectónico bizantino. La bóveda en pechina hizo que el frontón fuese relegado al olvido como innecesario, no teniendo entonces razón de ser, toda vez que acusaba las pendientes de una cubierta rectilínea : las fachadas de los edificios hubieron de afectar por igual motivo mas bien una forma paralelógrama que piramidal, desapareciendo por completo el entablamento antiguo, sobre todo habiéndose introducido, como se intro- dujo, la bóveda extradosada, esto es, presentando en lo ex- terior su forma convexa. El uso casi exclusivo del arco y de la bóveda condujo á la casi exclusiva construcción de los vanos en línea curva, dándoles una variedad especial. Unas veces este arco fue interrumpido en los ingresos por un dintel, cegándose d e s - pacio que quedaba; otras veces continuó el aplomo de las jambas sobre la imposta constituyendo el arco peraltado: extendiéndose la curva de un arco peraltado hasta el extremo de dicha imposta, constituyó el arco de herra- dura , idea que quizá tomaron de Pèr- sia ó de India (A): últimamente pre- sentáronse los arcos con lóbulos en el intradós en número de tres ó de cin- co (B) de donde se deriva las denomi- naciones de arco trilobado ó quintilo- bado. Á menudo el arco de estos vanos estuvo sostenido ya no por las jambas, sino por colunitas adosadas en el in- — 16 — (C) trados de ellas (C); así como terminándose un vano por dos arcos sostenidos en su punto de unión por colunitas, quedó constituido el ajimez (D). Los artistas bizantinos, no pudiendo, ó no queriendo se- guir las tradiciones romanas, prefirieron lo rico á lo bello; y a la profusión de adornos que emplearon en sus construc- ciones añadieron la imitación de lacerías, de piedras pre- ciosas engastadas, combinaciones geométricas, y hojas de palma y de otros vegetales, indudablemente al uso de los persas. El capitel de la coluna, en vez de presentar en su for- ma general una sección de cono cabeza abajo, presentó una sección de pirámide en igual disposición, con sus cuatro fa- chadas exornadas de trenzas y follajes de pequeñas dimen- siones y de poco relieve, combinados hasta con gusto: sien- do notable el abaco, que no pareció mas que un nuevo ca-. pitel rebajado sin duda para nivelar las ,yColunas, que como extraídas de otros edifi- 'cios, fueron casi siempre desiguales (E). Las bases por lo general fueron las áticas, algo alterados sus perfiles, y tomando distintas proporciones las partes de que constaron. El oro, los mosaicos y los már- moles mas preciosos cubrieron las superficies de todos los muros, las cornisas fueron doradas, y hubo bóvedas pin- tadas al encausto. Todos los cuadros tuvieron por lo gene- ral fondo dorado, lo cual constituyó uno de los caracteres especiales de la pintura bizantina. - 47 — El ladrillo fue empleado con preferencia en las construc- ciones de las iglesias, indudablemente porque se presta á todas las formas arquitectónicas, al paso que era mas à propósito para recibir las tablas de mármol con que se qui- sieron revestir los interiores. Duró la preponderancia del estilo bizantino hasta el si- glo VIII de Jesucristo, dejando sentir su influencia así en Oriente como en Occidente. Esta última es la que mas im- porta conocer en este tratado. Cuando quedó determinado el carácter del estilo bizanti- no en arquitectura, el emperador Teodosio habia dividido ya el imperio en oriental y occidental; y los ostrogodos se habían apoderado ya de Italia, destruyendo el reino de los Hérulos, que habia destruido el de Occidente. Su jefe Teo- dorico no quiso contrariar de frente las costumbres de los nuevos subditos, ya para captarse la benevolencia de ellos, ya con el objeto de crear una nacionalidad; pero educado como habia sido en Bizancio en el palacio mismo de aque- llos soberanos, no es posible creer que olvidase la educa- ción que allá habia recibido. Su celo en favor de las obras maestras que habían hecho la gloria del antiguo imperio fue tal, que creó el Comes nitentium rerum, conde ó inten- dente de policía uriana, encargado de velar por la conser- vación de los monumentos artísticos. Al restaurar los edifi- cios de Eoma antigua, si quiso que se siguiese el estilo en que se habían concebido, si quiso que los artistas para las obras nuevas se inspirasen de las antiguas; no pudo ni debió prescindir de los adelantos alcanzados por los bizantinos en la técnica del arte: no siendo de despreciar la circunstancia de que sus mas aventajados arquitectos, Daniel y Casiodoro, habían estudiado el arte en aquella ciudad, único punto, — 48 — por otra parte, en donde à la sazón habia escuelas en que adquirir conocimientos científicos y artísticos. Las campa- ñas de Teodorico en las Galias y en España, con cuyos mo- narcas le estrechaban relaciones de parentesco, hubieron de extender las ideas y principios de la escuela bizantina por esos países. Y no fue este el solo medio por el cual el estilo bizanti- no en arquitectura pudo influir en el de las comarcas oc- cidentales, porque los mismos bizantinos pasaron á ellas, y allá tomaron asiento. Con efecto, en 554 conquistaron Ita- lia por el valor y pericia de los generales de Justiniano, Narsés y Belisario; mientras enviaron también tropas à Es- paña en favor del godo Atanagildo contra Agila, residiendo en la península ibérica por espacio de mas de medio siglo (553 á 624). Aunque à fines del mismo siglo VI los lombar- dos se apoderaron de Italia, arrinconando á los bizanti- nos en el territorio de Eavena; convertidos *al Cristianis- mo inmediatamente después de la conquista, adoptaron las artes del país en que dominaban. Al llegar al siglo VIII Carlomagno destruyó el reino de los lombardos de Italia: en él quedó restaurado el imperio de Occidente; y cristia- no é ilustrado como era, quiso que durante su imperio se verificase en Europa la restauración de las ciencias y de las artes, ya que habia sido defensor de la Santa Sede. No hallando en Occidente hombres que pudiesen secundarle en sus proyectos, apeló al único recurso que le quedaba, y fue, llamar hombres de letras y artistas bizantinos. Estilo latino oizantino.—Los elementos que desde el si- glo VI al VIII hubo de recibir el arte occidental, ó romano degenerado, no debieron ser en corto número ni de poco va- lor ; y considérese cuánto el espíritu de nacionalismo ha de — 49 — haber contribuido para que el estilo romano, combinado con el bizantino, haya recibido distintas denominaciones. Así es que el resultado de está amalgama ha sido llamado en Ita- lia lombardo;—en Francia, romano ó románico, normando y carlovingio;—en Alemania, teutónico ó bizantino;—en In- glaterra, sajón;—y en España, gótico antiguo, asturiano, gallego y bizantino. Para distinguirla con una denomina- ción general, llamémosla latino—ó romano-bizantino, ya que latinos puede llamarse á los occidentales, en contra- posición de neo-griegos, con que suele designarse á los del bajo imperio. La época de esta fusión del estilo bizantino con el latino ó romano degenerado de Occidente, se extiende, pues, des- de el siglo VI al XII. Suele dividirse el estilo latino-bizantino en tres períodos, sin que puedan fijarse marcadamente los límites de cada uno de ellos; porque al paso que toda transformación no suele hacerse sino muy paulatina y casi imperceptiblemen- te, tampoco en todas las localidades se ha verificado en las mismas épocas ni con los mismos caracteres, dependiendo la transformación de varias causas, como por ejemplo : la influencia de la clase de monumentos antiguos que pudo haber en el país; el mayor ó menor número de relaciones con los países mas adelantados; las necesidades de la loca- lidad , y hasta la calidad y naturaleza de los materiales de que pudo disponerse. Sin embargo, la división por esto no deja de ofrecer ventajas, por las generalidades que com- prende : así podrà llamarse primario aquel en que domina el elemento romano sobre el bizantino (desde el siglo VI al VIII);—latino-bizantino propio ó secundario, aquel en que se ofrece perfectamente verificada la fusión de los dos elementos (desde el siglo VIIIal XI);— y terciario ó de 4 — 50 — transición, aquel en que aparecen los elementos de un estilo cuyo dominio iba á principiar (desde el siglo XI al XIII). Hé aquí en primer lugar un tipo característico de una construcción religiosa latino-bizantina. En la primera época los arcos fueron sumamente senci- llos, con dovelas separadas á menudo por ladrillos simétri- camente colocados. Las formas de estos arcos fueron toma- das del estilo bizantino, estando muy en uso los lobulados de tres y de cinco lóbulos. Pero en el último período apare- ció el arco de dos puntos, preparando el sistema ojival, que se usó en la época siguiente, y del cual constituyó uno de sus principales elementos. — SI — La forma de los arcos conduce naturalmente á la de los vanos, y á su oficio en las cubiertas de los edificios. En el primer período las puertas rectangulares presentaron el dintel sostenido por cartelas ó repisas en la parte superior del intradós de las jambas; y este dintel se presentó casi siempre aligerado por un arco de descarga. Al mismo tiem- po se continuó usando el arco sostenido por colunas adosa- das en el intradós de las jambas. Pero al llegar al segundo período, la multiplicación de arquivoltas en los vanos enri- queció los ingresos de una manera sorprendente con el auxilio de dichas colunitas, que se presentaban ocupando los ángulos entrantes, llegando la profusión de adornos de todo género á hacer desaparecer de la vista la osatura de aquellos resaltos. Véase la puerta de la iglesia que hemos presentado como tipo. No fue tan rica la decoración de las ventanas, las cuales unas veces no fueron mas que una especie de aspilleras con gran derrame, y hasta llegaron á afectar la forma trian- gular , ó sea mitrada. Á menudo se reunieron los ajimeces debajo de un solo arco, viniendo á constituir las llamadas ventanas gemelas. Cuando se reúnen tres vanos gemelos, el del centro suele tener mayor elevación. En el segundo período principióse á extender el uso de las ventanas llamadas ojosdeiuey por su forma circular, las cuales tomaron sucesivamente tal desarrollo, que al termi- nar la época latino-bizantina constituían ya grandes roso- nes que, abriéndose en el cuerpo superior de las fachadas principales de las iglesias, tienen un misterioso atractivo que mejor se siente que se explica. Bóvedas.—Los constructores de Occidente, menos atrevi- dos que los bizantinos, antes de la introducción del estilo 4* — 82 — de estos, y aun en los primeros tiempos en que sintieron su influencia, no cubrian con bóveda mas que los ábsides y na- ves de pequeñas dimensiones, usando en su lugar techos de madera, que unas veces apoyaron en arcos de piedra ó ladrillo, y otras en armaduras que se dejaron á menudo descubiertas (armaduras aparentes). Esta última práctica se manifiesta en muchas iglesias de Italia de aquella época, y la siguieron, y aun la perfeccionaron de una manera no- table , los constructores normandos que pasaron desde el continente á Inglaterra. La bóveda de medio cañón era casi la única que estaba en uso; pero en el segundo período principióse á extender la construcción de la bóveda por arista, la cual se constru- yó ya con mayores ventajas que entre los romanos, pues fueron reforzadas las aristas con arcadas diagonales, cons- tituyendo la armazón, y dándole mayor solidez. La prác- tica adiestró á los constructores de tal manera, que al terminar la época latino-bizantina se construían bóvedas de grandes dimensiones, mientras fué perdiéndose, espe- cialmente en el Mediodía de Europa, el uso de las armadu- ras para cubiertas de edificios, siendo poco frecuente la construcción de techos de madera. La mayor extensión de las bóvedas exigió el uso de los estribos y contrafuertes para contrarestar el empuje de ellas; y estos estribos y contrafuertes, al terminar el tercer período, ofrecían ya un elemento de exornación nada des- preciable en lo exterior de los edificios, como veremos en la época germánica ó gótica. Colunas.—Este miembro, tan necesario en la arquitectu- ra antigua, se presenta en esta época latino-bizantina, ya como elemento constitutivo de la construcción sosteniendo — 53 — las bóvedas, ya como simple elemento de exornación ado- sándose á robustos pilares cuadrangulares, ó embebiéndo- se en todas las fachadas de ellos casi por mitad. Los capite- les ó no pasaron de ser mas que simples secciones cóni- cas invertidas [a) ó cuartos boceles apolazados [b], ó bien con labores mas ó menos r u - damente labrados ofrecieron reminiscencias del estilo co- rintio (c); pareciendo traslucirse en ellos una marcha vacilante en el des- arrollo del arte. Poco á poco fué perdiéndose el uso de las colunas aisladas para sostenimiento de las bóvedas;y las empotradas en los muros ó en los pilares, sin proporcionar su diámetro al pe- so que aparentemente hubieron de sostener, se levantaron del suelo prolongándose con entera libertad hasta donde convino principiar el arranque del arco para recibir las nervosidades de las bóve- das. En los arcos de pequeña extensión, co- mo en los de los atrios y galerías, continuó el uso de las colunas aisladas, pareándose como para compartir el peso; y sus capite- les se cubrieron unas veces de figuras (ca- piteles historiados [d], y otras la flora del país se encargó de exornar hasta con buen gusto el tambor del capitel [e y f). La riqueza de exornación importada por los bizanti- nos no se limitó à los capi- — 54 — teles y molduras, sino que se extendió à los fustes, desta- cándose de ellos variadas combinaciones geométricas. Las bases en general no fueron mas que las áticas dege- neradas, principiando á presentarse una especie de excrecencias del toro inferior en las enjutas que quedaban sobre el plinto, lo cual debió tener por objeto no dejar desairado aquel vacío. Molduras. — Estos miembros secundarios de la exorna- ción casi quedaron perdidos en esta época latino-bizantina. Las mas de las veces solo son chaflanes alternados con file- tes; y en esto casi vienen á consistir las cornisas que coro- nan los muros. Bien rematen estos horizontal, bien obli- cuamente, suelen estas cor- E^-B^£t^\} nisas apoyarse en arquitos sostenidos por cabezas de monstruos ó mascarones (ca- necillos), volutas ó simples repisas en talas. En estos ca- necillos suelen también es- tribar inmediatamente las cornisas sin necesidad de di- chos arquitos. Exornación.—Bien poco quedó en ella del estilo romano ó latino degenerado, habiéndose arraigado el gusto por la riqueza bizantina. Á los adornos que se emplearon en los capiteles que hemos indicado pueden añadirse los dientes - S5 - de sierra (A), las abrazaderas acodi- lladas (B), las líneas nebulosas (C), las puntas de diamante (D), las alme- nillas (E), los cables (P), los zigza- ges (G), los ajedrezados (H), los lo- sanges enlazados (I), losbezantes(J), perlas, rosas y mil otros adornos que seria largo enumerar. La disposición misma de los materiales sustituyó à toda la hojarasca con que el último período romano adulteró la severidad del estilo griego antiguo. Solo el mosaico reemplazado algunas veces por la pintura al encausto quedó como elemento de exornación. Aunque el ladrillo se combinó con la piedra para contri- buir, como queda dicho, á la exornación, sin embargo, do- minó generalmente en la construcción el aparejo medio mas ó menos bien labrado. Al examinar la marcha del arte en esta época latino-bi- zantina, no debe olvidarse q u e , interrumpida por un acon- tecimiento notable, el paso desde el primer período al ú l - timo hubo de ser muy rápido. Durante el siglo X el terror se había apoderado del mundo cristiano á consecuencia de una interpretación quizá demasiado material del Apocalip- sis de san Juan. Creyóse que en el año 1000 principiaría el reinado del Anticristo, siguiéndose inmediatamente el J u i - cio final. Esta circunstancia hubo de enardecer el espíritu humano para ir en busca del ideal ascético, abandonando el estético, lo cual fue una de las principales causas d é l a s Cruzadas. Pero luego que se vio que la catástrofe anuncia- da no se habia realizado, se desarrolló una actividad por- tentosa entre los cristianos de Occidente. Las artes como las — 56 — ciencias tomaron extraordinario vuelo, y las Órdenes monás- ticas establecidas ya en todas las comarcas occidentales, co- mo únicas depositarías que eran del saber, dieron al mundo artistas de gran valía que ensalzaron la Religión por m e - dio del arte. LECCIÓN II. Escuela germánica ó gótica. — Su origen, apogeo y fin. Después de la caida del imperio de Occidente, las tribus germánicas posesionadas de todos los países que le habían constituido, formaron distintas nacionalidades. No existió, pues, ya un centro común, desde el cual pudiera haber par- tido un movimiento general con unidad de pensamiento, sino que nació una diversidad de intereses y de costumbres que muchas veces creó rivalidades, promovió usurpaciones y excitó sangrientas luchas. Las creencias religiosas fueron las que conservaron entre tales tribus semejante unidad de pensamiento y de intereses, que los sucesos políticos habían destrozado. Esta unidad personificada en Carlomagno sos- tuvo la primacía religiosa de Roma; y sancionada mas ade- lante por el papa Urbano I I , fue la causa de las Cruzadas. Pero antes de organizarse estas expediciones, la rudeza del feudalismo y el terror del milenario habían impedido, como queda dicho, la propagación de las luces en Occidente : sin embargo, la Religión, que había tenido encerrado el sa- ber como en depósito en los monasterios, vino á devolverle á una sociedad, para la cual el manejo de las armas era entonces, y desgraciadamente continuó siendo por algun tiempo, la sola ocupación digna y aun necesaria. Entre los ramos del saber que se habían conservado en — 57 - los monasterios, deben contarse los conocimientos científi- cos y artísticos que á la arquitectura atañen. De los monas- terios salieron los directores de construcciones religiosas im- portantes y los maestros que adiestraron á falanges ente- ras de operarios laicos. Fueron los monjes benedictinos los primeros que restauraron la arquitectura en las comarcas occidentales de Europa. Ta antes de organizarse las Cruzadas habían aparecido en Lombardía los albores de una escuela arquitectónica, quizá para competir con la bizantina; y á medida que fué enervándose el genio bizantino, así en saber como en creencias religiosas, fué enardeciéndose el de los occiden- tales (latinos) respecto de estos dos sentimientos, muy es- pecialmente en el centro de Europa. Si hasta el siglo XI las escuelas lombardas, á favor délos privilegios concedidos por los Pontífices romanos, pudieron obtener la fusión del esti- lo bizantino con el latino, apenas principió el siglo XIII r las escuelas germánicas organizadas de antemano proba- blemente á imitación de las lombardas, sentando sus reales en las márgenes del Rhin, erigieron en sistema el estilo ojival. Varias ciudades de Alemania tuvieron entonces e s - cuelas de arquitectura, como tenia Italia cofradías de magis- tri comacini; y enviaron sus adeptos á los países que lo so- licitaron , propagando sus doctrinas y teorías, é introdu- ciéndolas hasta la misma península italiana por el Norte y por el Mediodía, donde se amalgamaron con elementos bizantinos unas veces, y otras con buenas tradiciones de la arquitectura antigua. El estilo ojival debe considerarse como el último esfuerzo de la construcción en arco y bóveda, y como el complemen- to del sistema general de arquitectura. En el mundo anti- guo las ideas materialistas habían preponderado, preocu- - 58 - pando el entendimiento y la imaginación del género hu- mano : en el mundo de la edad media las ideas fueron espiritualistas, exaltando las conciencias; justo era que es- tas dos tendencias tuviesen un modo de expresión, una for- ma propia. En efecto, cuanto hicieron los griegos antiguos, respecto de la arquitectura, constituyó un género especial basado sobre un sistema de líneas horizontales ; pero la lí- nea horizontal no es la única de que la solidez puede apro- vecharse en beneficio de la belleza, porque la línea vertical puede tener muy fundadamente sus aspiraciones en el sis- tema general. Desde el momento en que principió el uso del arco, dejó de dominar en absoluto el principio de res- ponder á la solidez por la simple ley de la gravedad, como manifiesta la decoración arquitrabada de los antiguos grie- gos ; y el contraresto de fuerzas y resistencias con empuje lateral hubo de adquirir predominio, exigiendo un siste- ma de líneas verticales. El arco etrusco, la bóveda bizanti- na, el arco apuntado, han contribuido en la edad moderna á la formación de un género de arquitectura que le han lla- mado romántico; como el dintel y la coluna egipcias y las armaduras de madera de las cubiertas griegas contribuye- ron, en la edad antigua, á la constitución de otro género de arquitectura al que se ha dado el nombre de clásico. Am- bos géneros no solo caben en un sistema general del arte arquitectónico, sino que estelos solicita para complementar- se ; porque seria no someterse ala misma naturaleza, que le ofrece las leyes de la solidez representadas por las líneas del nivel y del aplomo. Esto no quiere decir que ambos géneros de arquitectura, clásico y romántico, tengan por solo principio el sistema particular de líneas, porque la simetría (ó sea lasjeyes de la proporción), es una de las circunstancias que mas con- — 59 — tribuyen á darles carácter. Si el género clásico no toma altu- ra sino en cuanto se extiende sohre el suelo, el romántico prescinde siempre de la extensión á favor de la altura: si aquel presenta la materia con toda su inercia, este la presen- ta vergonzante, atalusa las jambas y arquivoltas, presenta diagonalmente los pilares y los intradoses de los arcos, des- menuza el grueso del muro, y por no dar á la coluna la apariencia de sustentáculo necesario, le da la altura sin consideración á su diámetro, la refuerza reuniendo muchos fustes en haz, quita á los capiteles todo su alarde, de modo que mas parece que los arcos y las bóvedas nacen de los pi- lares, que no que estriban en ellos. El género clásico tiene en sí mismo la razón de sus proporciones; el romántico la tiene en la estatura humana, en la apreciación que lo limi- tado de sus facultades le permite hacer. Las apariencias producen en ambos géneros efectos enteramente contrarios: si en el clásico la obra es mas grande de lo que parece, en el romántico parece mas grande de lo que es. Después de todas estas indicaciones, queda á la conside- ración de los lectores el sentido que cada uno de estos dos géneros de arquitectura encierra. Bien pudo el clásico ser- vir á una sociedad que tuvo la Fatalidad por norma de las conciencias, y el materialismo por base de las creencias re- ligiosas ; y bien pudo el romántico servir muy propiamente ala sociedad, que todo lo espera de la Providencia, y que eleva el espíritu á unas regiones á que jamás podrá la ma- teria aspirar. El primero es hijo espontáneo de las leyes de la naturaleza, el segundo es hijo de la inteligente combi- nación que de ellas ha hecho el espíritu humano. El estilo romántico apareció con el Cristianismo, y se completó d u - rante la época de solidarismo de la fe cristiana. — 60 — Ya que el estilo ojival ha complementado un sistema ge- neral de arquitectura, ya que á él hemos venido á parar co- mo desarrollo histórico del género de arquitectura que tie- ne por elemento principal de la decoración el arco y la bó- veda, debemos manifestar sus caracteres generales. Pero al entrar en esta manifestación , es preciso advertir que hay en tales caracteres cierta diversidad, que, sin embargo de no destruir lafisonomíageneral, dejan adivinar las influen- cias mas ó menos directas de los orígenes, ó de las necesi- dades de la naturaleza. Así encontraremos mayor número de reminiscencias bizantinas en unos países que en otros, mayor altura y pendiente de los pináculos y chapiteles en el Norte que en el Mediodía. También son dignos de atención los nombres con que es conocido el estilo ojival. Después del siglo XVI recibió des- deñosamente el nombre de gótico como para motejarle de bárbaro; pero al cabo, con este nombre, no hicieron mas que dar á conocer su origen germánico. El epíteto de ojival que nosotros le damos, y^ene de la palabra augïba (del verbo lati-. no augeo que vale aumentar), que se aplicó á las nervosi- dades que reforzaron las aristas de las bóvedas. Como quie- ra que sea, el uso ha autorizado el calificar de gótico el es- tilo arquitectónico que nos ocupa; y cierta propiedad etimológica ha hecho que se le aplicara al arco apuntado ó de dos puntos el calificativo de ojival, mientras que en la teoría del arte será considerado siempre como tipo del gé- nero romántico. El estilo ojival ha recorrido distintos grados de desarro- llo, los cuales presentan por su orden tres caracteres distin- tos , á saber: El primario ó lancetado presenta un carácter robusto, y hubo de nacer con la escuela que fundó el sistema, exten- — 61 — diéndose su uso desde fines del siglo XII, y dominando en el XIII.—El secundario ó radiante ofrece una gentileza es- pecial sin perder la grandeza del estilo, y hubo de sostener- se desde el siglo XIII hasta principios del XV.—El terciario óflamígeroes tan delicado comoflorido,y solo duró un siglo, porque el abuso de losjelementos constitutivos del estilo le hicieron entrar pronto en un período de decadencia. En el se- gundo tercio del siglo XVI habia desaparecido casi del todo. Hé aquí el aspecto general de una iglesia que puede ser- vir de tipo del estilo germánico ó gótico. Catedral de Freybourg. — 62 — Arcos.—Al principiar la época ojival se presenta el arco, afectando por lo general la forma de moharra de lanza, de la cual tomó el nombre de lancetado (A). Algunas veces este arco fue peral- tado.—En el segundo p e - ríodo, la ojiva circunscri- _Jp be casi siempre un trián- gulo equilátero (B). — En el tercer período aparece rebajado (C), sin exclu- sión por esto de las demás formas; y llegando á pre- sentarse toda clase de de- generación del arco, co- mo el semielíptico, el co- nopial (D). Puertas y ventanas. — En los vanos es donde mas r e - levantes se muestran la mayor parte de caracteres del esti- lo ojival. Construidos los vanos en arco, déjase entender que siguieron la forma de este según los tres períodos de la época que nos ocupa. El derrame del grueso del muro fue el elemento de todos los vanos; y este derrame, exten- diéndose con mayor ó menor inclinación sobre dicho grue- so, presentó el vano con dimensiones que no son verdade- ramente las suyas. En los ingresos, multitud de arcos ojivales, concéntri- cos, cubren este derrame, afectando colunitas en las partes laterales: preséntanse sobre repisas, estatuas de patriar- cas , de apóstoles y de reyes colocadas debajo de sendas umbelas ó doseletes, como veremos al hablar de los cha- - 63 — píteles. Tan rico derrame está inscrito en un guardapolvo triangular (gablete), cuya cornisa, por lo regular, se ex- tiende después horizontalmente hacia los lados del edificio. Á medida que adelantó la época ojival, enriqueciéronse los ingresos en los edificios religiosos; hasta que en el últi- mo período el gablete se presenta muchas veces cono- pial ; y la arquivolta, estribando en pináculos de varios cuerpos sobrepuestos y de mayor número de lados cuan- ta mayor fue la altura á que se hallaban colocados, terminó en un chapitel ó pináculo mas ó menos agudo. En general, todo ingreso se presentó en los primeros tiem- pos adintelado, dejando el tímpano para representaciones escultóricas ó pictóricas. En las iglesias el vano estuvo divi- dido por un pilar, en el que solia estar esculpida la imagen de la Madre de Dios. Este doble uso encierra un simbolismo especial sobre la elección del camino que debe el hombre elegir acá abajo; pareciendo inspirado por las palabras de la terrible sentencia que ofrece una via á la derecha y otra á la izquierda, una para los buenos, y otra para los peca- dores. Este pilar subsistió mientras duró la arquitectura ojival; desapareciendo de muchas iglesias cuando se per- dieron todas las tradiciones de la fe ardiente de los primi- tivos cristianos, y de la religiosidad de la edad media. Las ventanas tienen también der- rame, cubierto con profusión de colunitas ó toros en disposición se- mejante á la de los ingresos; pero su vano suele dividirse, presen- tándose gemelas; primero afec- tando los tímpanos trepados; en seguida afiligranándolos con cru- ceros ojivales, mas ó menos lobu- - 64 - lados [g), los cuales en el último período son flamígeros , enlazán- dose unos con otros en líneas ser- pentinas, y arrancando, ya no des- de el capitel de coluna alguna, si- no subiendo el fuste desde el ante- pecho del vano sin apariencia de ella (A). Las ventanas que adquirieron gran desarrollo en la época ojival fueron las rosones, cuyos calados siguieron la misma marcha que los de los tímpanos de las ventanas que acabamos de describir; no pare- ciendo sino que en estos grandes vanos, que se abrieron sobre los ingresos principales, los arquitec- tos de la época ojival buscaron algo mas que un simple efecto óptico. Tal fue la importancia queies die- ron. Bóvedas.—Mas adelantados y atrevidos los constructores que en la época bizantina, edificaron bóvedas por arista con sillares, aunque de pequeñas dimensiones: reforzaron las aristas con nervios relevados, con llave muy adornada en su intersección. Esta práctica siguió hasta el fin de la épo- ca ojival; pero la bóveda tomó de dia en dia mayor exten- sión , sometiéndose á la forma mas ó menos abierta de los arcos en que se circunscribió, y afirmándose siempre en la solidez de las nervosidades. Adquirieron estas mucha im- portancia en el último período, de modo que , cruzándose — 65 — en distintas direcciones à manera de tirantes, constituye- ron la red de 'nervios, que tan ligeras hacen parecer las bóvedas. En los países donde habia prevalecido por mucho tiempo la costumbre de cubrir los edificios con armaduras aparentes, como en Inglaterra, se usaron, en este último p e - ríodo de la época ojival llaves de gran proyección (pinjan- tes) para cerrarlas bóvedas, produciendo un efecto mas bien pintoresco que arquitectónico. Nervios y molduras. — Las nervosidades de las bóvedas ofrecen el carácter de las molduras de cada uno de los tres períodos. Así las vemos sim- plemente prismáticas en el primer período; ó tomando un bocelete en los codillos (A); combinándose los toros y bocelones con es- cocias en el período siguiente, así como pre- sentándose cordiformes algunos de ellos (B); y por último, reducido el número de estos toros, y perdiendo en volumen cuanto adqui- rieron en forma pírica, dejaron preponderar los filetes, ofreciendo, á pesar de la minu- ciosidad de detalles, la aridez y sequedad de una masa de aristas (C). Los biseles, chaflanes, taluses, masó me- nos combinados con escocias y boceletes, constituyen el carácter general de las cor- nisas en esta época ojival. Contrafuertes.—Si las nervosidades dieron solidez á la bóveda estribando en arcos formeros, preciso fue á su vez que el mayor empuje resultante de estas fuerzas resistidas encontrase un contraresto suficiente allí donde debió limi- 8 — 66 — tarse. Hé aquí los contrafuertes, de los cuales en la época ojival se tomó motivo para convertir en elemento de deco- ración lo que lo era de construcción. Cuando en la época latino-bizantina se construyeron bó- vedas de grandes dimensiones, las naves laterales, menos elevadas, sirvieron de estribo á las centrales; bastándo- les á unas y á otras, como queda indicado, simples estribos, mas órnenos accidentados. Al llegar á la época ojival, pare- ce que el estribo interior en arco, que hasta entonces habia quedado oculto en las naves laterales, manifestóse en la parte exterior del edificio (véase el edificio que sirve de tipo), y los arbotantes hicieron el edificio mas pintoresco. Al pro- pio tiempo que fueron un elemento de solidez, fueron un preservativo de las humedades, pues por su medio pudie- ron arrojarse las aguas llovedizas lejos del muro. En la parte superior tuvieron, pues, canales abiertas, proyectándose en gran vuelo; y estas canales constituye- ron con el tiempo esas gárgolas capri- chosas que presentan muchas veces muestras del estado de la caricatura durante la edad media. Á medida que fué adelantando la época ojival, multiplicáronse los arbo- tantes ; y los botareles presentaron dis- tintos cuerpos afectando mayor núme- ro de lados á medida que se hallaron á mayor altura. Coronáronse estos bota- reles con pináculos, como se ve en la vi- ñeta adjunta; dividiéronse los arcos principales en otros arcos secundarios, de manera que al llegar al último período de la época ojival, el arbotante presentó mas bien el aspecto de una galería — 67 — como cuerpo necesario en la distribución del edificio, que de un miembro indispensable de la construcción. Pilares y colunas.—Continuaron los pilares y colunas como en la época latino-bizantina, aunque elevándose mas los fustes de las colunas embebidas en ellos, á consecuen- cia de la mayor altura de las naves. De planta cruciforme unas veces, ú octagonal, y pocas veces cilindricos 6 elíp- ticos, se presentan los pilares sosteniendo las bóvedas. So- lamente fueron cilindricos los fustes de las colunitas que se presentaron aisladas en los ángulos entrantes de los vanos y en las galerías. Los capiteles fueron reminiscencias muy lejanas del estilo corintio, como las bases lo fueron de la ática, aunque reducido el toro superior; siendo estos miem- bros muy semejantes á los del último período de la época precedente.—En el segundo período de la que nos ocupa, los fustes de las colunas embebidas en el machón, van adel- gazándose, presentando los pilares el aspecto de un haz de grandes baquetones en correspondencia con los bocelones de las arquivoltas y nervosidades. Las colunitas que forman los ajimeces y las galerías principian á presentar un fasciculado de cuatro baquetillas con planta • cuadrilobada. Las bases de estas colunitas suelen tener un toro muy complanado, llenándose las enjutas que dejan sobre el plinto, con garras ó volutas de las pellejas que aparentan cubrirlas (i), sin que sea extraordinario en- contrar bases de esta forma (/); así como las bases de los pilares, degenerando en sim- 5* — 68 — pies collarinos , estriban sobre zóca- los de varias alturas decorados con molduras vigorosas, siguiendo su plan- ta la accidentacion del fasciculado del pilar (k). Los capiteles, aunque presen- tan alguna vez dos órdenes de h o - jas , como en el período anterior, pero en general ya no ofre- cen el aspecto de un apenachado, sino como zarpadas, ó pegadas al tímpano [l). No parece sino que la arquitectura germánica quiso hacer desaparecer por completo la idea de la coluna que tanto figuró en el estilo griego antiguo.— Al llegar al tercer período, los fustes de las colunas embe- bidas en los pilares ya no fueron mas que simples baque- tillas, alternando con listeles prismáticos presentados por ángulo; de modo que desapareció toda idea de coluna. Hasta los capiteles perdieron el carácter de tales, quedando reducidos á simples fajas (») adornadas con hojas á mane- ra de abrazaderas [in); y hasta llegaron á desaparecer por completo en algunos edi- ficios. Las bases disminuye- ron sus dimensiones en pro- porción de las baquetillas que sobre ellos estribaron [n). Esto no impidió que se usa- sen las colunitas de planta cuadrilobada de la época anterior. Los pilares retorcidos, que mas parece T-"T — 69 — que cuelgan de la bóveda que no que la sostienen, son se- ñales de decadencia; y aunque merecen la consideración del arqueólogo, no deben mirarse como elementos del estilo ojival, ni como expresión de una idea especial digna del mismo. Chapiteles marquesinas y umbelas.—Las torres campana- rios continuaron como en el estilo latino-bizantino, cubrién- dose con chapiteles mas ó menos elevados y agudos; pero en los períodos segundo y tercero presentáronse atrevidos, perforándose y afiligranándose con cruceros de la natura- leza de los de los vanos. Sin embargo, en los países en que el bizantino dejó recuerdos, las torres quedaron mochas, como las cubiertas de los edificios carecieron de armaduras de madera, terminando en azoteas. El carácter de los chapiteles que cubrieron los campanarios se echa también de ver en los que coronaron los doseletes ó umbelas (véase la viñeta adjunta) que resguardaron las imá- genes, estatuas y sillerías de los presbiterios, constituyendo lo que se llama marquesinas, ¡¿que no es ¡mas que una umbela coronada por un chapitel. La variedad que se deja notar en esta clase de doseletes desde el último período latino-bizantino, merece la atención del ar- queólogo, pues no ,deja de contribuir á la caracterización de cada época. Exornación.—Si á medida que fué tomando incremento el estilo latino-bizantino fueron desapareciendo los elemen- tos de la exornación griega y de la romana, al principiar el estilo ojival no solo no quedó rastro de ellos, sino que hasta — 70 — la misma exornación latino-bizantina sufrió una transforma- ción. Las flores y las palmas, adornos que tanto se emplea- ron en los primitivos monumentos cristianos, fueron uno de los principales elementos de la exornación en el estilo oji- val, pero con distinto carácter. Por otra parte, la frugalidad de los monasterios quizá sugirió la idea de emplear las hor- talizas, como la berza; y en el uso del cardo espinoso quizá se halló el símbolo de los abrojos de que está sembrado el camino de la vida. En el primer período de esta época oji- val presentáronse pues las hortalizas, como plantas pará- sitas , en los ángulos de los gabletes ó frontones y en los chapiteles, retorciéndose hacia la parte exterior (o); pre- sentándose después encrestadas (p), y zarpadas luego en los mismos puntos (q). Cubriéronse los frisos con las hojas (o) (P) (?) espinosas geométricamente dispuestas y combinadas ( r ) ; del mismo modo que las crucerías geométricas, con mayor ó menor número de lóbulos, constituyeron los antepechos, que en el primer período no pasaron de ser mas que arcos — 71 - simulados sostenidos por coluni- tas. Los caireles ó festoncitos de lóbulos en los intradoses de los ar- cos y algunas cornisas fueron un adorno peculiar del último período del estilo ojival (s). Policromia.—La pintura polícroma hubo de ser un ele- mento de exornación en la época ojival, aunque no existan monumentos que la ofrezcan por completo. Los primitivos monumentos cristianos la usaron; no fue desconocida en la época latino-bizantina, aunque la sustituyó el mosaico; y por último, las muestras parciales de ella que existen en al- gunos monumentos, y el mismo uso de la vidriera pintada, son una razón para creer que hubo de entrar esta clase de exornación en el sistema arquitectónico de la época ojival. Por otra parte, ningún monumento principiado en algun período de esta época existe concluido, lo cual cierra la puerta à cualesquiera objeciones que acerca del particu- lar se pretendían hacer. Vidrieras.—T ya que hablamos de la vidriera pintada, no deberá parecer inconveniente el que demos aquí una su- cinta reseña histórica de ella, como parte integrante de la exornación polícroma en los interiores. Antes del siglo IV de la era cristiana ningún autor habla de vidrieras. Las ventanas latinas, cuando no quedaron abiertas, fueron ocupadas en sus vanos por piedras transpa- rentes ó por una especie de celosías. Desde el siglo IV ya se hallan autoridades que hablan de ventanas con vidrios de distintos colores. San Juan Crisóstomo y Lactancio dan una idea de ellas; y Prudencio habla de las vidrieras de colores — 72 — con que se enriqueció la basílica de San Pablo, extramuros de Roma. Pero hasta el siglo XI la vidriera de colores no fue mas que una exornación polícroma por transparencia, àfin de modificar por el arte la luz que debia iluminar el interior de los edificios, como para que no se presentase en este in- terior con todo su materialismo. Las vidrieras de colores fueron, pues, en esta época completamente dependientes de la arquitectura. En los siglos siguientes, esto es, al principiar la época oji- val, la vidriera de colores fue un elemento de exornación, pero con idea moral. Ya no fue simplemente una combi- nación de colores mas ó menos armónica, sino que fue historiada. Sin embargo, el artista no tuvo la pretensión de imitar la naturaleza en las representaciones de algunos pa- sajes tomados en la mayor parte de los legendarios que en las iglesias se conservaban; no trató mas que de obtener un conjunto armónico como en la época anterior; pero aten- diendo al propio tiempo al efecto moral, esto e s , á la ilus- tración del pueblo, el cual pudo conocer á la simple vista lo que no podia aprender por la lectura. Hé aquí por qué se ven objetos y figuras representadas hasta con colores con- vencionales. Intercaláronse también medallones con repre- sentaciones históricas. Á medida que adelantó la época ojival, la vidriera fué descartándose de la simple combinación de colores, y to- mando el carácter de cuadro ó composición pictórica. Ver- dad es que presentó mayor corrección el dibujo y mejor efecto de colorido, pero quizá en perjuicio de la armonía general del edificio. Ya no fueron pasajes de legendarios lo que mas comunmente se representó, sino imágenes de San- tos ó de magnates bienhechores de las iglesias ó monaste- rios , debajo de doseletes, ó en interiores , con perspectiva - 73 - mas ó menos bien entendida. La propagación de los devo- cionarios para uso de los particulares fué exigiendo mayor luz en las iglesias; de modo que al concluir la época ojivalr hubo de considerarse que la vidriera de colores habia ter- minado su misión, y su uso fué abandonándose. LECCIÓN III. Escuela itálica ó del renacimiento. — Su origen, progresos y decadencia. Mientras la escuela germánica de arquitectura invadía la península itálica con sus alumnos, nacia en aquel país la idea de conservar las antiguas tradiciones consignadas en las ruinas pertenecientes á la antigua civilización romana. De manera que dentro de Roma, en medio de aquellos res- tos de la antigüedad, menos arruinados de lo que en el dia están, se erigieron iglesias y conventos en un estilo arqui- tectónico, que apenas se resentía de la imponente influen- cia de la escuela germánica; mientras Orvieto, Siena y Pisa erigieron sus catedrales en un estilo en que se ven combi- nados los elementos tradicionales del país y los de esta es- cuela ultramontana. Conviene aquí llamar la atención sobre una causa que no pudo dejar de tener alguna parte en este espíritu que animó á los italianos para conservar las antiguas tradiciones artís- ticas. Esta causa existe en las luchas entre los partidarios de los pontífices romanos y los de los emperadores de Ale- mania (güelfos y gibelinos). Sin embargo, el espíritu en favor del arte nacional no se ve completamente determinado en Italia hasta principios del siglo XV, habiendo sido Florencia la que dio el primer ejemplo de rompimiento con los principios que habia impor- — 74 - tado allí la escuela ultramontana ó germánica. Pero este rompimiento, hijo de un celo en favor de la gloria nacional, vino á ser el golpe que hizo abortar la tendencia hacia la resurrección del paganismo, confundiéndose la antigüedad clásica con la antigüedad pagana, patrocinada la primera por los pontífices romanos, y la segunda por los Médicis. El artista que resolvió el especial problema de resucitarla an- tigüedad clásica, indudablemente fue inspirado por un sen- timiento noble y por un amor patrio digno de encomio. Transcurría el año 1381, y habia cesado en Florencia el ré- gimen del terror. Venia anunciándose ya el advenimiento de los Médicis, mientras que el sentimiento religioso conti- nuaba todavía inoculado en el espíritu de los florentinos. Las leyendas de san Francisco de Asis y de santo Domingo no habían dejado de ser populares, y la Divina Commedia de Dante tenia tanto ascendiente en el ánimo de todos, que se abrieron cátedras para explicar este poema teológico en casi todas las principales ciudades del Norte de la penín- sula italiana. La piedad pública, al principiar el siglo XV, exigió entonces del arte un monumento, é hízose enton- ces cuestión nacional artística para los florentinos la cons- trucción de la atrevida cúpula de la catedral, que siguien- do los principios de la escuela bizantina trató de levantar Brunelleschi. El sentimiento que animó á todos los que to- maron parte en la resolución de este problema, no fue un mezquino orgullo nacional, sino el piadoso sentimiento que les inspiraba el conocido versículo del salmo x x v Domi- ne dilexi decorem domus tuce, et locum habitationis gloria tuce. Esta obra, así como otras iglesias y palacios que se cons- truyeron según los planos de Brunelleschi, y bajo su direc- ción, contribuyeron á popularizar ideas nuevas, cuyo con- - 75 - junto es conocido en la historia del arte por estilo del rena- cimiento. Pero si Brunelleschi fue restaurador de la arquitectura antigua, que podremos llamar greco-romana, no lo fue para reproducir el materialismo pagano, sino inspirado proba- blemente por los mismos principios por los cuales se r i - gieron los artistas de la escuela ultramontana, y que pudo haber aprendido de Nicolás de Pisa, Arnolfo y otros artis- tas del país que le habían precedido en el cultivo de la arquitectura. Por un estudio concienzudo de las ruinas de Roma antigua conoció la teoría de la arquitectura griega y los principios de sus tres estilos; dispertándose en él, no un talento meramente imitador, sino el hábito de concebir todo género de monumentos, valiéndose de los elementos que le proporcionó la arquitectura clásica, aplicados se- gún principios de simetría tomados de la escuela germá- nica, á fin de poder responder á las exigencias de la época, procedentes, ya de la piedad, ya de la munificencia. Por esto á pesar de los estudios que hizo sobre la antigüedad clá- sica que estuvo al servicio del paganismo, no se alteró su idealismo cristiano. La influencia de Brunelleschi se extendió á todos los ra- mos del arte, habiéndose hecho sentir en toda Italia por medio de sus discípulos. Fue uno de los mas notables Mi- chelozzo, el cual, si bien no emprendió obras tan grandes como su maestro, llevó á cabo muchas otras, siguiendo hasta en los mas pequeños detalles los modelos que este dejó. Debiósele á Michelozzo la elegancia que adquirió se- mejante estilo con la superposición de varios altos, lo cual Uevó admirablemente á cabo. Las raras facultades de Michelozzo se manifestaron en la disposición y decoración de monasterios y conventos, ha- — 76 — biéndose conocido su nombre hasta en Jerusalen, donde se construyó un hospicio para peregrinos, según planos suyos. Desde Michelozzo quedó fijado el gusto nacional floren- tino en arquitectura. El papa Nicolás V (1447-1455), deseoso de glorificarla Iglesia, manifestó gran predilección por la arquitectura; é hizo un llamamiento á los artistas, para que hasta en los vasos sagrados y vestiduras sacerdotales se viese como un reflejo de la Jerusalen celeste. Estaba indudablemente per- suadido de que una combinación bien entendida de edificios decorados con gusto é imponentes por sus dimensiones, y un decoro, pureza y solemnidad especial en las ceremonias del culto, seria capaz de hacer à los peregrinos y extranje- ros una impresión viva que, transmitiéndose fácilmente á cuantos miraban á Roma como centro de la fe cristiana, ha- ria mucho mas respetable la autoridad de la Santa Sede. El genio que se encargó de llevar á cabo un plan tan vasto y complicado fue un hombre superior al mismo Bru- • nelleschi respecto de la teoría del arte y de la ciencia en general; compartiendo con este arquitecto el mérito de ha- ber restaurado, sin imitación servil, la arquitectura anti- gua. Este hombre era florentino, apasionado á la liferatura antigua, de modo que conocia el latín mejor que su lengua patria; y cuando quiso dar á conocer á Vitrubio, se hizo su- perior á él. Este hombre de conocimientos universales, pro- digio de ciencia y de generosidad, fue León Bautista Al- berti. El tratado de arquitectura (De re edificatoria), que presentó al papa Nicolás V, puede considerarse como un homenaje tributado á la antigüedad clásica; pero sin adu- lación, puesto que fue templado con correcciones justifi- cadas , y ennoblecido por un criterio tan razonado, inde- - 77 - pendiente y despreocupado, que hacia muy posible la con- ciliación del interés arqueológico con las necesidades de actualidad. El Pontífice encargó á Alberti la suprema d i - rección de los trabajos públicos, sin desposeer por esto á su arquitecto Rossellini. Los inmediatos sucesores de Nicolás V, ocupados en cues- tiones que interesaban muy inmediatamente á la cristian- dad entera, dejaron demasiado expedito el camino à la es- cuela materialista, que explotaba el renacimiento literario y artístico en un sentido poco favorable al progreso de la civilización, para llegar á ser hostil á los artículos funda- mentales de la fe cristiana. Fue que el progreso del mal pa- reció al principio insignificante, porque estaba sofocado por el entusiasmo universal en favor de los monumentos debi- dos á los genios griego y romano; mas este entusiasmo tan legítimo habia ido poco á poco degenerando, torciéndose el modo de apreciar las cosas, y no viéndose ya en aquellos monumentos el principio clásico, sino la idea materialista y el principio pagano. Paulo II (1464-1471) persiguió ya como herética la aca- demia romana que habia repudiado los nombres del Santo- ral para sustituirlos por otros de origen pagano; adoptando á mas de esto ciertos epítetos y títulos tomados ó copiados materialmente de la nomenclatura usada por la sociedad pagana. Así, por ejemplo, al conclave se le llamó collegiuitv NIEL.—Especie de grabado en fondo ejecutado en plata ú oro, el cual se llena con un esmalte negro de particular composición, quedando el metal para las luces. Se aplica también este trabajo al marfil. Dícese nielar á labrar el niel. • NIMBO.—Círculo ó ràdios de luz que los antiguos represen- taban sobre la cabeza de sus deidades. El Cristianismo le figura en las imágenes de sus santos y le da el nombre de auréola. O OCTÁSTILO.—Pórtico de ocho colunas de frente. OJO. — La luz del arco de un puente. — de buey.—Vano circular de pequeñas dimensiones. ORDEN.—Descripción regular y natural de las partes nece- sarias para la composición de un todo bello. Suele usarse aunque impropiamente, como sinónimo de estilo. ORDENACIÓN.—Parte de la arquitectura que trata de la ca- pacidad de las distintas partes de que deben constar lo6 edificios según su destino, y de la relación de sus pro- porciones. ORIENTACIÓN.—Construcción de un edificio con entera coin- cidencia de sus partes mas notables con los puntos cardi- nales del globo. ORNAMENTOS.—ADORNOS. ORNATO.—ADORNO.—EXORNACIÓN. ORTOGRAFÍA.—Diseño del alzado de un objeto arquitectóni- co con las dimensiones exactas de los miembros que le componen. — 33Í — OVARIO.—Contario de cuentas oblongas. OVÓLO. —Adorno en figura de la cuarta parte de un huevo con su cascara, que entallaron los antiguos en los cuartos boceles y que ha vuelto á emplearse en la arquitectura de la época del renacimiento. P PABELLÓN.—Cuerpo privilegiado que se distingue con de- coración especial en las fachadas de los edificios. —Edificio aislado dependiente de otro principal. PALMAS.—Grupo de hojas en forma de abanico. No debe confundirse con las bayas. (V. B A T A ) . PANTEÓN.—Departamento adornado con magnificencia y suntuosidad destinado para contener los sarcófagos de . hombres eminentes. PARAMENTO.—Cualquiera de las superficies de que constan los sillares de una pared, especialmente la anterior y la interior. —La superficie visible de una pared, madero, etc. PAEANÍNFICO. —Epíteto que se aplica al estilo arquitectóni- co que en lugar de colunas lleva estatuas de ninfas ó ca- riátides. PARÍSTADE.—Poste que en las colunatas suele ponerse arrimado a l a s colunas, sobre el cual carga inmediata- mente el arco. PARÍSTATA.—ANTA. PÁTERA.—Vaso plano de poco fondo. PATINA.—Tono sentado y apacible q u e d a el tiempo á las pinturas al óleo. También se llama así el barniz duro de color aceitunado y reluciente que por la acción de la hu- — 335 — medad se forma en las estatuas y piezas de bronce que adornan los monumentos. PATIO.—Voz genérica de todo espacio cerrado y descubierto. PEANA.—Basa ó pedestal sobre que esta colocada la ima- gen de un santo. PECHINA.—Cada uno de los cuatro triángulos curvilíneos que dos arcos torales forman al recibir el anillo de una cúpula. PEDESTAL.—Miembro cuadrangular compuesto de neto, base y cornisa, que tiene por objeto principal dar mayor altura á otro miembro arquitectónico, ó. levantar del sue- lo alguna obra escultórica. PERALTAR. —Levantar el arco de una bóveda mas de lo que da de sí un semicírculo. PERFIL.—Delineacion de los contornos de un cuerpo, según su latitud, altura y vuelos. PERISTILO.—PÓRTICO.—ATRIO, en la primera acepción. PERÍPTERO.—Edificio de planta rectangular ó circular con pórtico al rededor. PICNÓSTILO. — Pórtico cuyos intercolunios son de tres mó- dulos. Pico DE MOCHUELO.—LABIO. PILA.—Receptáculo de una fuente donde se recoge el agua que mana de los caños. —TAZÓN. PILASTRA.—Coluna cuadrangular. PINÍCULO.—Remate piramidal de alguna parte ó miembro arquitectónico. PINJANTE.—Todo ornamento que cuelga, sea festón ú otro cualquiera objeto. PIRIFORME.—En forma de llama. PISCINA.—Pila donde se sumen sustancias sacramentales. — 336 - - PLAFÓN Ó PAFLÓN.—Plano inferior del suelo de una cornisa, moldura ó cuerpo voladizo. —SOFITO. PLANO.—Al conjunto de diseños en plantas alzados y cor- tes para la construcción de una obra arquitectónica se le da el nombre de planos. PLANTA.—IGNOGRAFÍA. PLATABANDA.—Miembro arquitectónico á manera de faja ancha y plana. PLATAFORMA.—La parte superior plana de un cuerpo ó miembro arquitectónico. PLINTO.—Miembro inferior de la base de la coluna que con- siste en una faja lisa sin moldura alguna. PODIO.—Zócalo continuo sobre el cual estriban dos ó mas colunas. PORTADA.—Decoración de la entrada de un edificio, plaza, establecimiento, etc. PÓRTICO.—Galería de colunas situada en la parte exterior de un edificio. POSTAS.—Kegleta que alternativa y continuadamente se pliega y despliega sobre sí misma en línea curva sin en- trelazarse. Viene à ser un meandro curvilíneo. PRETIL. —Antepecho macizo. PRÓSTILO.—Edificio con pórtico abierto y cuatro colunas de frente. PRÓTHIRO.—Cobertizo construido delante de las puertas de los santuarios. PSEÜDISODOMOS.—Construcción de sillería hecha con hila- das desiguales. PSEUDODÍPTERO.—Edificio díptero que tiene embebidas en el muro las colunas del pórtico que están en la fila inte- rior ó sea, segunda. — . 337 — PSEÜDOPEEÍPTEEO.—Edificio que tiene embebidas en las pa- redes las colunas de los pórticos laterales. PÜTEAL. —Brocal de pozo. Q QUIMERA.—Monstruo fabuloso con cabeza de león, el vien- tre de cabra, y la cola de dragón. QÜINTILOBADO (arco).—Arco de cinco lóbulos. RAMILLETERO.—Especie de adorno que se pone en los alta- res formado de una maceta ó pié con diversas flores de mano que imitan un ramillete: hácense también de hojas de plata y otros metales. RATOS.—Obra de talla figurando rayos de luz que suele po- nerse por remate en las obras arquitectónicas desde la época del barroquismo. REALISMO.—NATURALISMO. REBANCO.—Segundo zócalo que se pone sobre otro. RECUADRO.—Compartimiento ó división en forma de cua- drado ó cuadrilongo. REMATE. —Todo objeto colocado sobre una obra arquitectó- nica para terminarla, decorándola al propio tiempo. RESALIR.—Salir fuera, tener vuelo sobre la línea principal. RESALTE Ó RESALTO.—Parte que sobresale de la línea prin- cipal. RESTAURAR.—Reponer en su primitivo estado un monu- mento que haya sufrido deterioro, reemplazando las par- tes ó detalles de que los contratiempos le hayan privado, de modo que no se note la restauración. En las restau- 22 — 338 — raciones se hará siempre tanto mas cuanto de menos se hiciere, no añadiendo ni suprimiendo nada bajo pretexto alguno. Antes que restaurar es preferible reparar: antes que reparar debe haberse procurado conservar. Solo en extrema necesidad debe entrarse en una restauración. RETICULADO.—Construcción con sillarejo, asentado por h i - ladas oblicuas á la base. RETROPILASTRA.—Pilastra embebida en la pared, que figu- ra detrás de una coluna. REVOQUE.—El material con que se enlucen las paredes. En ciertos casos es un elemento de exornación. ROCALLA.—Adorno que imita las piedras toscas, petrifica- ciones , cenchas y otros objetos de semejante naturaleza. ROSA y ROSETÓN.—Adorno en forma de esta flor. Suele en- tallarse en los casetones de los artesonados. Cuando es muy grande se llama rosetón ó florón. (V. FLORÓN). ROSÓN.—Ventana circular con cruceros en variada combi- nación. S SAGMA.—Regla en donde está recortado el contorno forma- do por un conjunto de molduras combinadas. —El mismo contorno considerado en el corte vertical de un miembro arquitectónico. SARCÓFAGO. —Urna ó vaso donde se coloca el cadáver en los monumentos sepulcrales. SARDINEL. — Obra hecha de ladrillos puestos de canto. SECCIÓN.—Delineacion del interior de una obra arquitec- tónica como si estuviera partida ó cortada. SEPULCRO. — Obra levantada del suelo con sarcófago para contener el cadáver de una persona. — 339 — SILUETA.—La forma de un objeto presentada como si fue- ra su sombra proyectada sobre un plano. Sin embargo muchas veces se señalan dintornos con líneas del mismo color del fondo. Es la pintura monocroma de los antiguos griegos. SILLAR. —Piedra labrada á escuadra. SILLAREJO.—Sillar de dimensiones no mayores de 10 centí- metros. SILLERÍA. — (OPUS gmdratum). Obra, hecha de sillares ó sea piedras paralelipípedas asentadas unas sobre otras en hiladas. SÍMBOLO. — Objeto sensible con un sentido mas extenso y general que el que en sí tiene y ofrece. SIMETRÍA.—Proporción de unas partes con otras y de ellas con el todo. SÍSTILO.—Pórtico cuyo intercolunio es de cuatro módulos. SOFITO.—Plano inferior del resalto de la corona de la cor- nisa ó de todo cuerpo saledizo. SOPORTE.—Figuras de seres animados sobre las cuales car- ga algun objeto. SOTABANCO.—Especie de zócalo que se coloca sobre la cor- nisa para que reciba los arcos y las bóvedas, y arran- cando desde él, se vean enteros los semicírculos ó me- dias naranjas. Llámase también banco. SUBIENTE.—Cada uno de los follajes que suben adornando algun vaciado de pilastra ó miembro semejante. SUMOSCAPO.—Parte superior del fuste de la coluna ó pi- lastra. T TALÓN. —GOLA. TALLA (obra de). —Representación de adornos arquitectó- nicos en relieve entero, alto ó bajo. 22* — 340 — TALLISTA.—El que trabaja obra de talla. TAMBOR.—La parte de una cúpula que estriba inmediata- mente sobre los arcos torales y constituye el cuerpo de luces de la misma. TAPIZ.—Procedimiento pictórico por yuxtaposición de la- nas ú otros materiales textiles de distintos colores. Re- presenta asuntos históricos; y sirve para cubrir las pare- des , así como la alfombra sirve para los suelos. TAZA.—Copa grande que sirve de pilón ó de receptáculo en las fuentes, piscinas, etc. TELAMÓN.—ATLANTE. TÉMPANO. — TÍMPANO. —Cualquiera de las secciones que forman una bóveda en rincón de claustro ó por arista. TEMPLETE.—Glorieta en figura de templo antiguo. TENA.—Pina dorada que figura como pinjante en los al- farjes. TENANTE.—Figuras de seres animados que sostienen con las manos algun objeto. TENDEL (IA%ea del).—La junta que queda entre una y otra hilada de ladrillos. TERMAS.—Baños públicos de la época del imperio romano. TETRAGRAMATON.—Triángulo donde está escrito el nombre de Dios con caracteres hebreos, griegos, etc. TETRÍSTILO.—Pórtico con cuatro colunas de frente. TÍMPANO.—Paramento triangular ó circular que queda en las fachadas debajo de las cornisas que acusan una cu- bierta de dos pendientes, una bóveda, etc. TOLOS.—Bajo esta denominación entendían los griegos to- do edificio circular. Entre los romanos se entendía mas particularmente, bajo este nombre, la cúpula hemisfé- rica con que se cubrían tales edificios. — 341 — TORAL.—Cada uno de los arcos en que estriba una media naranja, bóveda, etc. TORO.—Moldura en forma de rocel que rodea horizontal- mente un miembro circular de arquitectura. TKANSEPTO.—Crucero de una basílica. TRIFORIO. —Especie de galería que corona las naves late- rales de las antiguas basílicas. Toma el nombre de los tres vanos que comunmente tuvo abiertos en cada crujía, mirando à la nave central. TRIGLIFOS.—Adorno del friso dórico. TRILOBADO (arco).—Arco de tres lóbulos. TRÍPODE.—Cualquiera mueble con tres pies. TROGLODITOS (monumentos).—Excavados en las rocas. TEOQUILLO.—Especie de escocia, aunque no es aplicable como esta al rededor de cuerpos circulares. TUMBA.—Voz genérica de todo monumento fúnebre. TÚMULO.—Armazón de madera revestida de paños fúne- bres que se erige en una iglesia, y sobre el cual se colo- ca el ataúd, con el objeto de celebrar las exequias de a l - g u n difunto. U URNA-OSARIO.—Arca de piedra á manera de ataúd de p e - queñas dimensiones. V VACIADO.—Rehundido que se hace por adorno en el neto de un pedestal, pilastra, etc., dejando una faja y moldu- ra que le guarnezcan. VANO.—Parte del muro ó fábrica en que no hay sustentá- culo ó apoyo para el techo ó bóveda. Así se dice: el vano del arco, el vano de la ventana. — 342 — VELO.—El lienzo ó tabla que sirve para dejar reservado el santísimo Sacramento en los sagrarios de los altares. VERDUGADO.—Fábrica de manipostería ó tierra que de t r e - cho en trecho tiene hiladas de ladrillos. A. estas hiladas se les da el nombre de Verdugo ó Verduguillo. VESTÍBULO.—Primera pieza después de la puerta principal de un edificio donde están los ingresos de los departa- mentos del planterreno y las escaleras de los varios altos. —Pórtico cerrado por los lados con muro. VOLUTA.—Regleta en espiral. Figura principalmente en el capitel griego de estilo jónico. VUELO.—La parte de un miembro arquitectónico que se separa de un centro común de sostenimiento. Z ZIGZAG.—Línea dispuesta alternativamente en ángulos en- trantes y salientes. ZÓCALO.—Cuerpo inferior de un edificio sobre el cual asien- tan los basamentos. Zoco.—PLINTO. ZODAKIA.—Antema cuyo principal elemento está tomado del reino animal. FIN. ÍNDICE. PÁG. CENSURA 5 APROBACIÓN U CAPÍTULO I.— Principios generales.— Sazón de método 13 CAPÍTULO II. — Arquitectura. ARTÍCULO I. — Idea general de la arquitectura entre los gentiles. LECCIÓN I.—La arquitectura entre los griegos antiguos. . . 19 ID. II.—La arquitectura entre los etruscos 30 ID. III. — La arquitectura entre los romanos antiguos.. . 32 ARTÍCULO II.— Idea general de la arquitectura entre los cristianos. LECCIÓN I.—Escuela bizantina. —Su origen é influencia. — Estilo latino bizantino 42 ID. II.—Escuela germánica ó gótica. —Su origen, apo- geo y fin 56 ID. III.—Escuela itálica < del renacimiento.—Su origen, 5 progresos y decadencia 73 ARTÍCULO III.—Monumentos cristianos 84 LECCIÓN I.—Catacumbas 86 ID. II.—Basílicas.—Origen y diferencias 97 ID. III.—Monasterios 114 I D . IV Catedrales 1TJ ID. v . — Bautisterios 122 ID. VI. - Sepulturas 125 ARTÍCULO IV.—Artes suntuarias del Cristianismo 134 LECCIÓN I.—Al tares y retablos 134 ID. II. — Vasos sagrados 145 I D . III.—Cruces, custodias y relicarios 154 I D . IV.—Luminaria y utensilios litúrgicos referentes áella 16» ID. v . - S i l l a s litúrgicas, pulpitos y confesonarios. . . 17L ID. VI.—Libros litúrgicos.—Canto eclesiástico y música religiosa 181 ID. VIL —Trajes sacerdotales 198 CAPÍTULO ni.—Epigrafía 235 CAPÍTULO IV.—Simbologia 247 CAPÍTULO Y.-Iconografia. • 261 VOCABULARIO AUXILIAR. 307 Rs&WrúSt02.G facuñ ww