DISCURSOS LA REAL ACADEMIA DE NOliLES ARTES DE SAN FERNANDO HXCMII. Sil. SURUUÉS DE SIIWISTRIIL. CUMIE ME S.iSTUIO. DISCURSO EXCMO. SR. MARQUÉS DE MONISTROL. ft. SEÑORES: En vano trataría de disimular la satisfacción de que me hallo poseído al considerar, que desde hoy en adelante, aunque sin ninguno de los legítimos títulos que á todos los demás han franqueado las puertas de esta ilustre Academia, he de ser contado en el número de sus individuos, contrayendo desde luego el grave compromiso de contribuir, con mis escasas fuerzas, á los importantes fines de su instituto. P a r a todos vosotros, dignísimos Académicos, esta especie de profesión, esta consagración de vuestros talentos al cultivo, desarrollo y esplendor de las Bellas Artes, no era otra cosa que aplicación de estudios y trabajos hechos de antemano, acerca de una materia tan digna y de ton importante trascen- dencia. Para m í , por el contrario, es voto de estudio y laboriosidad, de aplicación incansable, hasta ad- quirir los conocimientos que se suponen, pero que no se dan y comunican, como el título, al Académico elegido. Mucho espero, sin embargo, del frecuente íntimo trato con tantos varones distinguidos, que en vano intentarian ocultar ni reservar el caudal reunido á fuerza de lectura, de meditación y experiencia. Por- que es indudable que en estas elevadas Corporaciones científicas reina una como atmósfera de cultura, de que participan cuantos en su recinto respiran; un aroma de arte indefinible pero delicioso, cual el que en un vergel se aspira, confundiéndose en uno solo los mil perfumes de las matizadas flores. Enemigo de toda especie de exageraciones, hasta de la que produce una estudiada modestia, debo con- fesar que no es ahora cuando nace y se desarrolla en mí el gusto por las Bellas Artes; sino que desde la niñez he gozado de su alhago, sin conseguir saciar nunca mi espíritu, aunque haya procurado inda- gar la razón del embeleso y entusiasmo que produ- cen sus magníficas creaciones. El amor á las obras de arte ha sido en mí ingénito, irresistible, casi pudiera decir que orgánico: de hoy mas, con vues- tros ejemplos y consejos espero adquirir sólida doc- trina, buen gusto y reflexivo juicio. — 3 — Al juzgar de las producciones de las Bellas Artes, ejercicio no sólo recreativo sino moralizador y ver- dadera higiene del alma, todos, además de las reglas, llevamos el criterio que nos da la naturaleza, ha- ciéndonos admirar lo sencillo, lo enérgico, lo opor- tuno , lo expresivo, y despreciar lo afectado, lo frió, lo extravagante. Rara vez nos equivocamos en nues- tros fallos, y cuantos más siglos pasan, más depurado queda lo que merece el nombre de sublime. Algo semejante acontece con las obras de arte; pero este criterio es más absoluto y más certero, generalmente hablando, que el literario. Las obras de arte tienen para ser juzgadas ocasión más uni- versal: la competencia para estos juicios se encuen- tra en todos los individuos de la especie humana, con el particular privilegio de no tener que razonar ni fundar sus fallos, y de dictarlos á consecuencia de impresiones , que no resisten generalmente el análi- sis crítico. Todavía, cuando el vulgo es llamado á juzgar de las obras de la escultura ó de la pintura, parece que se recoge á recordar ó imaginar cómo ejecuta la natu- raleza las mismas escenas ó grupos; y tan pronto como se satisface de que el pintor ó el escultor com- prendió el pensamiento, ó copió con exactitud aquel modelo, así pronuncia su censura, ó aprueba y admira. — 4 — Pero de qué manera influyan las obras de arqui- tectura en la imaginación de ese mismo vulgo, es fenómeno por demás curioso, y que se ofrece á cada momento á los ojos del observador. No basta la gran- deza, ni la extensión ni lo precioso de la materia, ni su difícil y paciente ejecución; con todas estas cir- cunstancias, ese vulgo, que al cabo es la inmensa mayoría de la humanidad, suele contemplar un edi- ficio hasta con desden, no dignarse repetir su mirada, y volver indiferente la espalda á toda aquella gran- deza y magnificencia. Por el contrario, presentad, no al vulgo, á la estupidez misma de improviso ante ciertas cons- trucciones , y el efecto puede llegar á ser t a l , que pasando los límites del entusiasmo toque en los del enajenamiento. Poned, repito, de improviso al ser menos poético, menos artístico, menos sensible, ante construcciones como el acueducto de Segovia, ó el interior de la catedral de Sevilla, y la sensación será tan viva que no la experimentaría, ni análoga siquiera, el profesor, el sabio, el hombre más con- sumado en estética y en erudición artística. Permi- tidme citaros un ejemplo recientemente observado en Sevilla. Un hombre, en estado casi pudiéramos decir salvaje, trasladado á España con su señor, entró, guiado por éste, en aquella grandiosa catedral. Al — 5 — elevar su mirada á las atrevidas bóvedas, se exfre- mece, flaquea, una sensación, no sé si diga de asom- bro ó de terror, se apodera de todo su ser, y tiene que extender las manos, y buscar apoyo en aquellos mismos majestuosos pilares, para no caer entera- mente desvanecido. ¿Qué es esto...? ¿Cómo llama- remos á ese efecto producido por la simple colocación de unas piedras, labradas por la mano del hombre...? No tiene término en el lenguaje humano: sin embargo, aquella admiración, aquel desvanecimiento, aquel terror ó placer del salvaje, que no podemos definir, es más significativo que las acordes alabanzas de todos los eruditos. El acueducto de Segovia ha producido con fre- cuencia efectos análogos: al aparecer ante los asom- brados ojos de personas sencillas, en su verdadero punto de vista, en el enlace de dos opuestas colinas, no sabiendo cómo demostrar de otro modo su asom- bro, los que le contemplaban cayeron de rodillas, sin acertar á concebir que el hombre, con el solo auxilio de la ciencia, pudiera realizar tal maravilla. ¿Cabe fingimiento ni error en juicios dictados con tal candidez, con tan incorruptible imparciali- dad? No, ciertamente; ni apelación tampoco de unos fallos, que descubren lo que la humanidad siente al contemplar los prodigios de la arquitectura. Trivial es todo esto, lo conozco; y no se necesi- — 6 — taban ejemplos para demostrar que hay una magia irresistible en ciertas creaciones, particularmente de la arquitectura, y que de ellas juzga atinadamente, aunque sin saberlo, cualquier individuo de la espe- cie , con la misma certeza y uniformidad con que todos apellidamos hermoso al arco-iris, ó á la luna cuando se levanta sobre el horizonte majestuosa en una noche serena, al lado opuesto por donde des- apareció lentamente el padre de toda luz, la vida de toda hermosura. Pero en estos instantes un deber tristísimo y grato á la vez, me recuerda, por ese misterioso en- cadenamiento de las ideas, que á veces hace que estén más próximas las que naturalmente deberiamos considerar como remotísimas, que al lado de la be- lleza de la forma está la belleza moral; y este pen- samiento trae á mi memoria el recuerdo de algunos hombres, que pueden considerarse como verdaderos modelos para la humanidad. Por desgracia, pero desgracia emanada de la esencia misma de la justicia, aguardamos á que esté cerrado el círculo de esas preciosas existencias para apreciarlas; y es que así no se mezclan en nuestros juicios ni el respeto, ni la parcialidad, ni la condes- cendiente benevolencia; y es que así juzgamos con acierto de una carrera, de una vida entera, teniendo presente no sólo su curso sino su término. Sugiéreme estas ideas el recuerdo del Excelen- tísimo Sr. D. Antonio Remon Zarco del Valle, que tantos vacíos ha dejado en nuestras Corporaciones científicas, y muy particularmente en ésta, aten- diendo á la grande distancia entre su nombre y el del que, por extraña combinación, ha venido á susti- tuirle en la Academia, y á ser á la vez, aunque su sincero admirador, su poco digno panegirista. Pocos hombres en nuestros dias han alcanzado tanta y tan envidiable celebridad en España y fuera de España: su mérito como militar está reconocido umversalmente; y bien pueden acreditarlo sesenta años de continuos é importantísimos servicios, comi- siones y mandos difíciles, que constituyen su preciosa vida, en una de las más útiles y mejor aprovechadas para la patria. En medio de una existencia tan agitada, admira cómo pudo dedicarse tanto y con tal fruto al estudio, y mejor dicho, á todo género de estudios. Admira, lo repetimos, la generalidad y la solidez de sus conoci- mientos, hasta el punto de ser muy difícil encontrar en los tiempos modernos, ni en los antiguos tam- poco , ejemplo de una vida tan bien aprovechada. Y el cielo se la concedió larga; y cada dia de ella se consideraba Zarco del Valle más comprometido á no desperdiciar ni un solo instante.... Por manera que al terminar su brillante carrera, pudo decirse que — 8 — dejaba acabada la tarea de muchos hombres insignes. Asi es que en los distintos mandos que desempeñó, en las diferentes corporaciones que dirigía, era tal el irresistible atractivo de su saber, que no hubo Cuer- po ni Sociedad científica, ni individuo en ellas, que imaginase más suave, más discreta, más decorosa presidencia que la suya. Su nombre inspiraba por sí mismo respeto, y así le vimos cargado de años, ren- dido de tantas fatigas, privado de la vista, presen- tarse cada dia más venerable, adivinar lo que los sentidos no le transmitían, y dirigir con tino y con aplauso, por una especie de infalible hábito, lo que apenas puede decirse que percibía ni presenciaba ya. Cuando así llega á conseguirse y apurarse hasta el último fruto que pueden producir ciertas existencias privilegiadas, y cuando éstas se duermen en el Señor, después de haber difundido tanto bien, no hay dere- cho á llorar, ni á la manifestación de una inútil pe- sadumbre. El homenaje que exigen de nosotros es sólo de eterna gratitud, de glorioso recuerdo. Por eso la Real Academia de Nobles artes de San Fer- nando , bien puede asegurarse que no cambiaria por ningún otro blasón, el de haber contado entre sus sa- bios individuos á Zarco del Valle: tan brillante fue su carrera. Necesitado estoy de vuestra benevolencia al em- pezar la mia, sin aspiraciones ambiciosas, y con la — 9 — sola confianza, de que vuestras superiores lucos me guíen en el dif.cil estudio del arfe. Pero entre tanto, y puesto que una ineludible ne- cesidad me obliga á hacer hoy, público, aunque mo- desto alarde de mis fuerzas, me permitiréis, Señores Académicos, que ocupe brevemente vuestra atención, examinando la influencia del cristianismo en la ar- quitectura de los siglos medios, para concluir que el arle ojival es el arto esencialmente cristiano. Aspiración del hombre á la perfectibilidad que perdió por su primera falta, el sentimiento de la be- lleza le agita sin cesar, y le conmueve, y le hace emprender diversas sendas, para llegar á la realiza- ción de la idea que su mente concibe, y que quiere traducir en sus obras. Harto comprende el espíritu humano, que el mejor tipo de la belleza es Dios; que la creación es su símbolo ; que lo creado es su forma; pero al querer, imitando á su Autor divino, formar también artísticas creaciones, ha tenido siempre que obedecer á las circunstancias que le rodean, reve- lando la manera especial de ser de la civilización que representa. Por eso, y como el hombre es una admirable y — 12 — misteriosa unión de espíritu y materia, hijo predi- lecto de la belleza suma, ha deseado siempre expre- sar el sentimiento de lo bello; y hechura escogida del Criador, ha querido crear también para imitar á su Hacedor divino. Desde los más remotos siglos la humanidad ha procurado representar la belleza, y crearla por medio do las diversas manifestaciones del arte; y como de todas ellas, la más compleja, la más sintética, la más expresiva, es la arquitectura, de aquí el que con razón pueda afirmarse, que la ar- quitectura es el gran libro de la humanidad. . Ella nos presenta la historia entera y el carácter del pueblo egipcio, con su misteriosa teogonia, con sus diferencias de castas, con su constitución mitad sacerdotal, mitad aristocrática y guerrera; con su gran masa de población consagrada exclusivamente • . á, adorar á sus dioses y á los representantes de sus dioses, en sus templos, precedidos de colosales car- neros y de esñnges, simbolizando á sus divinidades y á sus Monarcas deificados; como gigantesco árbol genealógico de la historia de sus Reyes, puesto á la • entrada del edificio consagrado al culto; en sus altos obeliscos, narrando la historia de la edificación; en sus celias misteriosas, abiertas únicamente a la supe- rior infeligencia de la raza sacerdotal; en sus paredes cubiertas de pinturas simbólicas, en que al lado de los dioses están los Reyes triunfadores, junto á la — 13 — ceremonia, las costumbres populares; y como asunto constantemente repetido, los individuos todos de aquella sociedad tan poderosamente constituida, conduciendo sobre sus espaldas los productos del trabajo, al templo ó al palacio, á sus Reyes ó á sus Sacerdotes. Pueblo abismado en la contemplación de lo infi- nito , que en vano pretende traducir en sus obras por más que se obstina en ello, se nos presenta también el indio, levantando piso sobre piso su gigantesca pagoda, que á pesar de su altura, propende siempre, con sus lineas rectas y horizontales, á oprimir la tierra sin conseguir elevarse al cielo. Guerrero siempre, sacerdotal sin embargo, pero adorando á un Dios, que no concibe pueda encerrarse en obra humana, ordena el celta sus recintos sagra- dos , en las cimas de las montañas. Creyendo encontrar la realización de la belleza en el estudio de las formas, el pueblo griego busca al Creador en lo creado, al artífice en su obra, y queriendo adorar á Dios adora al hombre. La forma constituye la esencia de su belleza; para realizarla, la estudia, la analiza, la descompone, la vuelve ¡ < combinar; su imaginación ardiente y meridional lo simboliza todo, pero su inspiración puramente hu- mana , por más que embellece la naturaleza, nunca consigue hacer otra cosa en sus templos, que la tra- — 14 — duccíon en mármoles de las primitivas cabanas de sus florestas. Conquistador por sus ejércitos, conquistado á su vez por la mayor cultura de los pueblos á quienes vence, Roma, sin arte propio, funde y mezcla los elementos griegos con los etruscos, y combina un arte grandioso por sus proporciones, pero pequeño siempre por su idea. En todos los tiempos la arquitectura ha sido la traducción plástica del pensamiento humano ;• siem- pre sus líneas han escrito sobre la superficie de la tierra la historia de los pueblos. Por eso, desde que el cristianismo aparece levantando, como eterna y divina miliaria de los siglos de fe, la Cruz en la cima del Calvario, el a r t e , la arquitectura, que sintetiza todas sus manifestaciones, toma un carácter esen-1 cialmente distinto del antiguo; y por más que alguna vez refleje el recuerdo de la civilización pagana, siempre se ve en sus obras la tendencia al idealismo, el olvido de la forma para seguir la idea, la creencia, la pureza del dogma; que si el cristianismo en los primeros siglos tomó de las artes paganas los órdenes arquitectónicos, las formas generales, la parte ma- terial , en suma, en la parte moral, en la idea gene- radora de sus obras de arte buscó únicamente sus inspiraciones en la fe. Las catacumbas de Roma son los monumentos — 15 — primitivos del cristianismo: formáronse desde los tiempos más remotos por la continua extracción de la toba y la puzzolana: los edictos de los Empera- dores obligaron á los primeros neólitos al trabajo de las canteras, llamadas calacwnibw ó crypíce; y el lugar del trabajo convirtióse bien pronto en asilo de la oración: en ellas refugiáronse los cristianos para ponerse al abrigo de las persecuciones: allí celebraban sus ágapas *, recibían el agua santa y rendían culto al verdadero Dios. Las cryptas de San Sebastian en la via Appia, las catacumbas de San Marcelo y San Saturnino, cerca de la puerta Salaria, nos muestran todavía el templo y el sepulcro de los primeros cristianos, semejantes á las basílicas en sus disposiciones generales, con gradas muchas veces al rededor donde se sentaban los fieles, con sitiales en un ángulo para los Pontífices, y en el fondo el sarcófago cuadrangular de un mártir, origen verda- dero de nuestros altares. En aquellas iglesias sub- terráneas que señalan la época primitiva del arte cristiano, tuvo éste origen y fundamento; y cuando más tarde pudieron edificarse iglesias, éstas se hicie- ron encima de aquellos venerados subterráneos, que con el nombre de Confesiones, dieron forma y origen á los primeros templos cristianos, apenas edificados i Festines Sagrados: ágapa;. — 16 — cuando destruidos en los transitorios intervalos de insegura tranquilidad que gozaba la Iglesia. Los primitivos cristianos no habian tenido, sin embargo, ediñcios especialmente destinados al culto: los Apóstoles los reuuian en un aposento para cele- brar la Cena, en conmemoración del acto sacramen- tal instituido por Jesucristo: en sus peregrinaciones evangélicas predicaban la religión del Crucificado en las sinagogas, en las basílicas 1 , en las casas; de suerte que, aun en el siglo ni, Minucio Félix excla- maba : delubra et aras non habenms. Humildes oratorios fueron los primeros cons- truidos para venerar la memoria de los mártires: en su sagrado recinto descansaban sus preciosos restos, en el mismo sitio donde fueron atormentados y donde entregaron su alma á Dios, Hasta el reinado de Alejandro Severo los cris- tianos no tuvieron iglesias donde congregarse: este Príncipe, por un acto de tolerancia singular, les ce- dió al fin á Santa María in Transtevere, edificio cuyo primitivo destino cuidaron poco de disimular. Desde el Cenáculo, donde Jesucristo celebró la Pascua con sus discípulos, excepto en las misteriosas excavacio- nes de las catacumbas, no hallamos vestigio alguno de aposentos destinados al culto del verdadero Dios: I Actas de los Apóstoles, XX, — 17 — es indudable que no existieron; y así se concibe, que en los últimos años del siglo n, exclamase Minucio Félix con celo verdaderamente evangélico: «¡Qué »templos edificaremos á Aquél, á quien los cielos no »pueden contener! Vale más levantarle un templo »en nuestras almas, y'prepararle un altar en nues- »tros corazones '.» Dos siglos después de la venida del Mesías, sus adoradores poblaban casi todo el imperio romano: Trajano miró receloso los progresos del nuevo culto, y temió la realización de un Estado dentro de su mismo Estado. Las persecuciones, lejos de intimidar á los discípulos de Jesucristo, excitaban su fe y su en- tusiasmo: Plinio el joven reconoció prorilo que su destrucción era imposible. Más tarde, y durante las treguas que las persecu- ciones daban á los cristianos, pudieron paulatina- mente reunirse en los lugares públicos, y en las basí- licas existentes, edificios civiles destinados á la ad- ministración de justicia y á la contratación; hasta que, concedidas definitivamente por Constantino paz y libertad a la victoriosa congregación cristiana, tra- taron de abrir templos para el culto público; y enton- ces, fijo el pensamiento de aquellos fieles en la adora- ción, en la manifestación externa de sus sentimien- — 18 — tos religiosos, cuidáronse poco de las formas, abstraí- dos únicamente en la idea. De aquí, que utilizando edificios paganos, no se detuvieran aquellos primeros cristianos en buscar en el templo la traducción de su pensamiento creyente: la necesidad del culto público, la de que los fieles concurriesen á las sagradas ceremonias, era peren- toria, apremiante; y de aquí, que sin parar mientes en lo desarmónico del conjunto, se agrupasen en un mismo edificio miembros de distintos órdenes, tama- ños , formas y proporciones, como se ve todavía, entre otras, en las antiguas iglesias de San Pablo, San Esteban y San Lorenzo de Roma; de aquí que las columnas, ofreciendo casi siempre diver- sas alturas, no pudieran servir para sostener el cornisamento rectilíneo, y tuvieran que bajar los1 arcos á buscar en los capiteles el punto de apoyo para su sostenimiento; de aquí que estos mismos arcos, perdiendo la antigua severidad de los edificios del imperio, tan pronto fuesen de medio círculo como escarzanos; de aquí los muros desnudos de ornatos, las sencillas techumbres de madera siguien- do las vertientes de los tejados, y los lisos cascarones y semicúpulas para cerrar los ábsides; el ligero y tosco diseño de los escasos adornos empleados en aquellas fábricas; y de aquí en una palabra, la falta de armonía que caracteriza los templos de los pri- — 19 — meros siglos de la libertad de la Iglesia, cuja ma- nera especial de ser, se conoce con el nombre de estilo latino, porque en el imperio de Occidente fue donde tuvo su aplicación inmediata en multitud de monumentos. El arte en esta época simbolizaba admirable- mente el gran acontecimiento de la Iglesia. Sobre las ruinas del mundo pagano se elevaba triunfante el cristianismo : con las ruinas de aquella civiliza- ción caduca debia formarse el nuevo edificio de la civilización regeneradora. Y no era sólo en el imperio de Occidente donde el arte seguía esta marcha: en la capital del imperio de Oriente, en la antigua Bizancio, arrasada por Sep- timio Severo, y reedificada por Constantino, que le dio su nombre y su trono, los discípulos del Salva- dor , en mucho mayor número que los paganos, le- vantaron por donde quiera iglesias cristianas, apro- vechando los materiales, aunque no las formas de las construcciones antiguas. Reconstruida casi del todo la risueña ciudad del Bosforo, por la enérgica voluntad del primer Empe- rador cristiano, los antiguos monumentos del paga- nismo eran escasos en número; y más poderosos los hijos de la fe en aquellos países, más en contacto con otras civilizaciones que les habían dado sus artistas, como sucedió á la Persia, de donde provenia el ar- quitecto querido de Constantino llamado Metródoro, los fieles pudieron hallar fácilmente un nuevo estilo, que les apartase de los recuerdos paganos, aun cuando para ello tuviesen que destrozar y dar nuevas formas á los restos de las antiguas edificaciones. De aquí, que las iglesias más ostentosas , más ricas, se cubran con bóvedas ó con cúpulas, cargando éstas sobre muros ó arcos; de aquí, que las columnas se adornen en sus fustes con formas geométricas, y los capiteles, separándose por completo de las toscas imitaciones de los órdenes clásicos, afecten la forma de una pirámide truncada inversa, con característicos adornos de lineas rectas y curvas, y cuando alguna vez se copien los corinthios, se haga desnaturalizán- dolos por completo; de aquí que los arcos semicircu- lares de Roma, afecten varias formas, y sean peral- tados ó de herradura, apuntados rectilíneos, ó cono- piales; do aquí las ventanas gemelas ó ajimeces, y los varios adornos de ataurique, impages, arciones, figuras geométricas, escamas y sembrados de flores; caracteres todos que están revelando el origen persa del estilo bizantino, y que aceptaron los cristianos de Oriente, porque hallando un arte nuevo al poblar de iglesias el imperio, lograban apartarse de todos los recuerdos paganos, que miraban con horror. El sentimiento en ambos estilos es el mismo, aunque espresado en diferente forma. En Occidente — 21 — se funden las ruinas del arte romano para levantar los templos del cristianismo; en Oriente se hace más: se borra el recuerdo de las antiguas fábricas, y se forma un nuevo estilo para edificar los templos de la verdadera religión. El arte cristiano, sin embargo, no se ha formado todavía: concentrado en el misticismo, en la creencia contemplativa, el cristiano aun no es creyente y ar- quitecto á la vez: todavía el templo no es la verda- dera página de piedra, donde se traduce, se refleja, se estereotipa el sentimiento del artista. La idea con- templativa no ha descendido á la forma, para volver á subir por ella orando á Dios. El cristiano de aquellos siglos necesitaba templos: los tuvo. Por entonces no pedia más el arte, que ale- jamiento del paganismo, recintos sagrados donde al- zar sus preces, y altares para celebrar el incruento sacrificio. Pero como no podía menos do suceder, ambos estilos tenían que fundirse en uno solo, y dando vida á otro nuevo, buscar el ideal de la belleza artística en las formas de sus edificaciones. La Iglesia ya era completamente dominadora. Pasados los primeros momentos en que el odio á lo antiguo, y la necesidad del culto eran los poderosos móviles del a r t e , éste había de buscar en la forma la simbolización de la idea. Y habiendo dado origen á un nuevo y fecundo ornato, esencialmente cristiano, las teorías de los ico- noclastas, que al quitar las imágenes, y al prohibir toda representación de figuras humanas, hizo que la escultura se refugiase en los capiteles, en las porta- das, hasta en las fajas y en los canecillos de las cor- nisas, el arte propendió al engrandecimiento; y lan- zándose en el camino de lo desconocido, parece como que presintió el momento solemne, en que, rompiendo con todas las viejas tradiciones, se elevase nuevo, poderoso, enérgico, y lanzase al espacio su creación admirable, como el símbolo que el arte escribía sobre la superficie de la tierra, como el permanente testi- monio de su creencia, legado á las generaciones ve- nideras. La marcha del progreso humano era al mismo tiempo maravillosa. Una efervescencia interior, se-' mejante á los sordos movimientos que pueblan de vapores los cráteres de los volcanes, notábase en toda Europa, al correr en su marcha precisa y rápida, pero provechosa y trascendental, los siglos onceno y duodécimo. La inteligencia humana, tras negra no- che de oscurantismo, empezaba ó lanzar vividos des- tellos. Las ciencias comenzaban á querer extenderse, con vuelo vivificador, sobre las nuevas sociedades, desde el cariñoso retiro donde la religión las dió su poderoso amparo. La poesía, tomando nuevo carác- ter , empezaba á expresar en armonías los místicos — 23 — sentimientos de los fíeles, ó el entusiasta anhelo de la multitud, sedienta de victorias. Hasta la música, libertándose de la antigua notación, hallaba nuevos espacios en que poder modular su melódico idioma. El momento solemne del arte se acercaba. Los edificios destinados al culto aumentan en proporciones. Ábsides semicirculares cierran sus na- ves: fajas resaltadas, cruzando de una á otra columna por la curva bóveda, la dividen en compartimientos: basas caprichosas sostienen los fustes de formas va- riadas , que reciben el capitel, vario también en sus adornos, donde la escultura se encarga de reproducir con frecuencia escenas del antiguo y nuevo Testa- mento , episodios de vidas de los santos y de sus mi- lagros : los arcos afectan todas las formas del estilo bizantino, y á veces como mera ornamentación se enlazan sobrepuestos en los muros: la ventana ge- mela y el ajimez oriental, adornados con prolijas labores, alternan con otras de estrechos huecos á manera de aspilleras, ó con vanos redondos, cerra- dos con sencillos rosetones. El estilo románico, aun- que siguiendo las tradiciones del latino y del bizan- tino, dejaba adivinar el gran instante de inspiración creadora, en que el arte realizase el tipo ideal de la belleza cristiana. Lenta elaboración de cerca de diez siglos habia formado el germen: una vez roto el primer brote, — 24 — menos de medio siglo bastará para que so extienda el árbol gigante por toda Europa. Y cosa digna de notarse: á pesar de la mayor di- ficultad que ofrecen las combinaciones de piedra, mejor y antes han de traducir la idea que las com- binaciones de palabras. Poetas y artistas recibían la inspiración do una misma fuente, é iguales tendencias les animaban; y sin embargo, como acertadamente escribe un elegante historiador contemporáneo *, « mientras que las formas inciertas del romance vul- » gar y su estructura y su sintaxis, y su misma rus- t i c i d a d y pobreza encadenaban los ímpetus del »poeta, sólo necesitaba el artista para dar rienda »suelta á los suyos fuerza de voluntad, arrojo en »concebir, paciencia en ejecutar. La voluntad de un > pueblo estaba siempre dispuesta á sostenerle con > todos sus esfuerzos, al materializar, por decirlo así, »sus concepciones en las moles de piedra, con- »sagradas por la piedad á los héroes, los dogmas y »los misterios del c r i s t i a n i s m o A medida que se aproximaban los últimos años del siglo xn, el a r t e , progresivo y emprendedor, avan- zaba rápidamente, hacia el completo desarrollo de su aspiración cristiana. Ya en los edificios de este pe- riodo empezamos á ver muchos de los elementos que — 25 — habían de constituir los principios generadores del arte cristiano. Además de los indicados, que carac- terizan el estilo románico, los nervios adornando las bóvedas y embelleciéndolas, el sistema de arbo- tantes, los portales abocinados, y de arcadas gradua- les , los grandes vanos aligerando la pesada mole de las paredes, las arcadas superpuestas para dar mayor elevación a las naves, la tendencia á la forma pira- midal, aunque todavía dentro del carácter bizantino; elementos son todos, que caracterizando este período, con razón llamado de transición por muchos escri- tores , se presentan al observador como los albores del nuevo dia, que en breve ha de lucir para el arte. Monumentos de este período nos lo atestiguan, así en el extranjero como en nuestra patria; y sin hacer alarde de innecesaria erudición, me contentaré con indicaros, Señores Académicos, la Colegiata de Toro, las catedrales de Salamanca y de Zamora, y sobre todo la magnífica de Santiago, donde sólo falta un paso, y un paso breve f para llegar al arte cris- tiano por excelencia, á ese mal llamado gótico, in- justificable calificativo, que por fortuna la moderna crítica, ha cambiado por el más propio de ojival. Difícilmente podríamos añadir alguna idea nueva bajo el aspecto histórico, acerca de la debatida*cues- iion, que tiene por objeto determinar el verdadero origen de la ojiva. No os presentaré ni siquiern un resumen, de las diversas elucubraciones á que se han entregado anticuarios y eruditos, para decidir el origen del estilo ojival: á nada podría esto condu- cirnos, porque aunque encontrásemos el arco apun- tado en el templo pelásgico de los Gigantes en Gozzo, y en las bóvedas de las ruinas pagódicas de Maripu- Uin en la costa de Coromandel, y en los mausoleos de la Licia (Caramania), y en las puertas Sangui- naria de Alatri y Acuminata, ambas en el antiguo Lacio, y en las bóvedas subterráneas de Roma, y en los camarines de Nerón en Misena, y en los hornos de Pompeya, y en el nilómetro de Rodas, y en Memphis, y en Pirgos, y en ornatos accesorios de multitud de fábricas bizantinas y románicas, tales como el palacio de Ziza cerca de Palermo, San Mar- cos de Venecia, San Ciríaco de Ancona, el Domo de Pisa, y en España, entre otras, la catedral de Córdo- ba; todos estos ejemplares nada prueban, y las con- secuencias que de ellos quieren sacarse, están basadas en el error de creer, que un elemento del arte es el arte mismo. El arco ojival no es por sí solo el que constituye el arte, A que por antonomasia hemos llamado cris- tiano. Como acertadamente dice un moderno escri- tor ' , «el arco ojivo, es cierto, se usa en varias _ 27 — »obras antiguas y en otras de la edad media bizan- > tinas y románicas, pero como un incidente y nada »más, mientras en la nueva escuela es el principio »generador. Por él se alzan los pilares, se elevan »las naves, domina la forma piramidal, las líneas » verticales sustituyen á las horizontales, se adelga- » zan los postes; y para que todo respire un nuevo > carácter de poesía y de esplritualismo, se rasgan >los muros con altas ventanas de ajimeces ojivos y »calados rosetones, y suprimidos los muros conti- >nuos, los contrafuertes, y sobre todo los arbotan- »tes se encargan de prestarles solidez, enlazando las »naves con amorosas curvas.» El arte ojival era el resultado natural y preciso de la marcha de la humanidad. Años y años venían, al acabar el siglo xu y comenzar el xm, preparando grandes acontecimientos sociales. Mientras los suce- sores de Constantino pretenden reunir bajo su cetro los poderes, así políticos como religiosos , entrome- tiéndose en cuanto tenia relación con el culto y con la creencia, los occidentales, los que pudiéramos lla- mar europeos, con menos pretensiones de didácticos, menos cultos en refinamientos sociales, pero jóvenes ganosos de gloria, sensibles al honor y dispuestos al sacrificio, conservaban el sagrado depósito de la religión; y al mismo tiempo que los orientales la convertían en campo de estériles disputas, y se valian do ella como eiemonto, para conquistar y conservar el mando, los europeos veneraban sus principios, sin sospechar siquiera que pudieran controvertirse; y lleno de fe su espíritu acomefian todas sus empresas y modificaban ó exageraban el uso do la fuerza. Com- pañera inseparable la religión entre los primeros del poder omnímodo de los Emperadores, intentando hacerla esclava, hasta el punto de que para dar mayor robustez á su poder tiránico, se hacían re- presentar aquellos Monarcas en sus monedas, coro- nados por mano de la Virgen ó de Jesucristo, entre los europeos la religión estaba siempre al lado del débil, ordenaba el derecho, separaba el Sacerdocio del poder material, y vigorizándole con el celibato, le disponía, según la feliz expresión de Cantú, á com- batir sin mundanos respetos en las batallas de Dios. El imperio de Oriente toca á su término. Mahomet llama a las puertas de Bizancio, con el Coran en una mano y la cimitarra en la otra. Del corazón del Asia avanzan los descendientes de Gen- gis-kan, y agrúpanse para resistirlos formando na- ciones, las tribus turcas de Siria y Persia, mientras siguen igual ejemplo los antiguos rusos; y poco des- pués mogoles y turcos recibiendo el mahometismo, funden en uno solo el sentimiento guerrero de su raza, y el de la nueva religión, amenazando por todas partes á Europa. — 29 — Al torrente devastador oponía ésta entre tanto el dique de las Cruzadas, símbolo religioso y guerrero á un tiempo de aquella edad de constante elabora- ción, que abrió para los pueblos de Occidente desco- nocidos caminos de gloria y de política, de ardor guerrero y de engrandecimiento mercantil; de des- cubrimientos científicos y de artísticas inspiraciones. El movimiento era universal: las personas como las ideas, las costumbres como las familias, mezclá- ronse y confundiéronse, acercando opuestas regio- nes y pueblos distintos. Los Emperadores de Alema- nia mezclan su sangre con los Comnenos griegos; los Césares de Bizancío parten su trono y su lecho con las hijas de los reyes de Francia; los de Navarra se enlazan con las descendientes de los Almohades; el rey de Inglaterra ofrece su hermana á Malek-Adel; nobles familias de la Lorena asientan un nuevo trono en Jerusalen; esforzados barones de Italia y Francia van á buscar coronas al Asia, y llegan á sentarse en el trono de Constantinopla.—El estruendo de distin- tas guerras resuena entro tanto en Tonquin; el culto de Fó es difundido en China por tártaros é indios, mientras que los mahometanos ingertan sus creen- cias en el brahamismo; luchan en religiosas dispu- tas imanes mahometanos, sectarios de Confucio y hermanos de San Francisco; el maniqueismo persa pretende contaminar la Iglesia, y al choque de tan- — 30 — tas naciones, de tantas ideas impulsadas por el tor- bellino del tiempo sobre la superficie de la tierra, la fe viva y ardiente que animaba á los verdaderos fie- les, levántase poderosa, firme, como la idea por excelencia, que encerrada en el arca santa de la fe, debia sobrenadar en aquel revuelto diluvio de guer- ras y disputas, de aspiraciones insensatas, de con- quistas estériles, de fusiones irrealizables; pero que después de la retirada de las aguas, había de dejar fecundizado el campo de la lucha con próvida semilla, que dos siglos mas tarde ofreceria sus sazonados frutos. Ya lo hemos dicho: el sentimiento religioso en aquella época se hallaba en el más alto grado de su apogeo. Y es que la exaltación producida por el múl- tiple combate, hacia volver la vista hacia el único sol refulgente de justicia y verdad eternas; y es que al mismo tiempo, en la lucha de los pueblos contra el feudalismo, la religión daba consuelos á los pri- meros; y el dogma de la Providencia ayudando siem- pre á los Reyes, ayudando siempre á los Sacerdotes, ayudando siempre á las empresas acometidas por unos ó por otros en nombre de Dios, era fecunda fuente de ideas grandes y elevadas; y los Pontífices premiando dignamente la ciencia y la virtud, y opo- niéndose al imperio, que pretendió siempre someter á la ley de la fuerza el muado de las creencias, traba- — 31 — jaban en providencial armonía por la santa causa de la regeneradora civilización. Así vemos que en aquella época abandonaban el mundo para entregarse al misticismo de la vida con- templativa, sabios y magnates, guerreros y prelados; así vemos que las congregaciones monásticas tenían por reglas instituciones políticas; asi vemos que de allí irradiaba la cultura, y por eso la fundación de una iglesia ó de un monasterio, llegaba á ser un acontecimiento tan importante, como la conquista do un reino; así vemos por último, que los artistas convertidos on verdaderos sacerdotes del arte, enla- zan íntimamente la idea cristiana á la edificación, y se agrupan en sociedades artístico-cristianas, crean- do la francmasonería, tan grande en su origen, como bastardeada después en ciertas épocas. El arte con tales condiciones llegaba al verda- dero momento de su desarrollo. Triunfante y pode- rosa la idea que le dio vida, podia ya buscar en la forma la gráfica expresión de su sentimiento; y lo mismo obreros que arquitectos, Obispos como Sacer- dotes, magnates como menestrales, todos contribuian al levantamiento del edificio santo, á la compilación del libro colosal de su creencia. Colaboradores todos de aquellas obras admirables, que empezaban entre oraciones, que continuaban al eco de cánticos sagra- dos, que iban elevándose en prolongada pirámide, — 32 — como si la espiritual aspiración de aquellos fieles hubiese quedado petrificada en el espacio, al lanzarse desde la tierra al cielo. «Es un prodigio inaudito (escribía á este propó- » sito en la segunda mitad del siglo xn Aymon, Abad •»áe San Pedro junto al Dive, á los Monges do Tut- »teberg), es un prodigio inaudito decía, ver á hom- » bres poderosos , envanecidos de su cuna, acostum- » brados á vivir en el seno de los deleites, tirar de > un carro y arrastrar piedras, cal, trozos de madera »j demás necesario para el santo edificio. Á veces >mil personas entre hombres y mujeres tiran de un » solo carro: tan pesada es la carga. Y sin embargo >no se oye hablar á nadie. Cuando se paran en el » camino hablan; pero sólo es de sus pecados, confe- » sándolos con lágrimas y oraciones: entonces los Sa- > cerdotes los exhortan á deponer los odios, á pagar > las deudas; y si alguno se muestra empedernido » hasta el punto de no querer perdonar á sus enemi- » gos, y de rechazar las piadosas exhortaciones, in- » mediatamente se le separa del carro, y es expul- »sado de la compañía 1.» De este modo, de la lucha general, y de la social interior de los Estados, en que la Iglesia propagaba los Tribunales, estableciendo y protegiendo el saber, Mabilloii, Anuales i>r Y fue acogido con tal entusiasmo el arte regene- rador de los templos cristianos, que allí donde las edificaciones estaban comenzadas, al aparecer casi simultáneamente el nuevo estilo en todos los países católicos de Europa, llegaba como triunfante con- quistador, á colocar sobre los comenzados pilares, que debian sostener los arcos de semicírculo del es- tilo románico, sus atrevidos arcos ojivales, rompiendo do este modo y de un solo golpe con todas las anti- guas tradiciones. La ojiva desde entonces se levanta dominadora; aunque inexperta y tímida, sin embargo, apenas se atreva á elevarse sobre los antiguos pilares, que hu- milla y vence, y á lanzarse al espacio, como hará en breve, exuberante de vida y de poesía, con ador- nos , torres, y esbeltas agujas, que caladas y traspa- rentes parece que se entran en el cielo, esbeltas, agudas, atrevidas, mensajeras de la oración del arte. Y lo que más caracteriza este admirable simbo- lismo del sentimiento cristiano, es la unidad que com- — 39 — ponen todas sus partes, y que hace de los templos ojivales, según la expresión de un poeta francés 1, inmensas sinfonías de piedra. En el arte ojival, que puede bien llamarse hijo de sí mismo, todo es lógico y bien proporcionado: todo propende á la exacta re- presentación de la idea, desde el adorno vegetal, tan variado y armónico en sus efectos, tan sencillo y orgánico en su principio, hasta las paredes transpa- rentes con sus vidrios de colores, y sus estatuas y pinturas por ornato. Por todas partes vemos el mismo simbolismo: el arco apuntado, las agujas caladas, los florones rematando generalmente en tres hojas, las líneas perpendiculares ó piramidales, están expresando constantemente religiosas aspiraciones. La cruz de Ja planta es la base mística, sobre la cual se levanta el triángulo de la elevación. Los nervios, cruzándose sobre la cabeza de los fieles, recuerdan constante- mente el sagrado instrumento de la Redención di- vina. Hasta los monstruos informes, que adornan con frecuencia los capiteles y los frisos, son repre- sentaciones de los malos espíritus, luchando en rano con b s ángeles del bien. Tres naves que se resuelven en la unidad del crucero, forman el templo, como tres son las personas de la Santísima Trinidad, y una — 40 — su esencia. La cruz con que remata el cuerpo cen- tral de la imafronte, lleva á uno y otro lado las ele- vadas torres, como inmensos candelabros. Los soste- nimientos se forman con atrevidos arbotantes, que parecen representar los brazos del pueblo creyente, levantados para sostener el venerando santuario de su culto. Todo en este arte es profundamente místico y cristiano: todo contribuye á demostrar, que el ver- dadero templo de la Religión del Calvario, no es un hacinamiento de grandes masas de materiales, sino la representación gráfica de la Iglesia, cuya piedra angular es Jesucristo, y de la cual son miembros los fieles todos. Bien conozco, Señores Académicos, no faltarán hombros do ciencia, que mirando, acaso con desden mi entusiasmo, expliquen por las reglas de la cons- trucción y el árido criterio de su razón helada, el movimiento que al arte imprimen en este brillante período, con los adelantos científicos y sociales que acabo de indicar, la fe viva y ardiente que animaba á aquellos artistas. También pudiera, aunque á riesgo de que os pareciera en m i , osado intento, descender á explicaros sus secretos de construcción, secretos conocidos hoy de todo el que se dedica á este linaje de estudios, como que son elementales nociones que se aprenden en multitud de escuelas y de obras, no sólo extranjeras sino de nuestra patria. Pero, además de que si tal hiciera, ofendería segura- mente vuestra superior ilustración, temeria también ofender al a r t e , cuyos encantos elevan mi espíritu. Quien al contemplar un edificio, no ve en él más que la construcción material, y no percibe lo que hay de superior, de grande y de elevado en aquel conjunto de lineas trazadas con piedras en el espacio, puede compararse al que pretendiera haber compren- dido al hombre, porque con el escalpelo en la mano hubiese conseguido analizar hasta la última fibra de su cuerpo, sin cuidarse para nada de estudiar las manifestaciones de su espíritu. Sería lo mismo que abismarse en seguir las admirables reglas que go- biernan los cuerpos celestes, sin acertar A leer en ellos el nombre de Dios. Parece imposible que haya quien de tal modo juzgue; y sin embargo, pudiera citaros nombres de escritores apreciables, que han caido en tan funesto error, y que han pretendido formar escuela con su pobre sistema. No: no es sólo el adelanto científico en los me- dios de construcción, lo que determina la manifes- tación espiritual del arte cristiano. Los arquitectos de los siglos xvi, xvn y xvín poseían mayores ade- lantos en todos los ramos de las ciencias exactas, y sin embargo, no acertaron á traducir la idea cristiana, en sus gentílicas obras greco-romanas; - 4 2 - y cuando los artistas de la presente centuria quieren edificar templos, que representen la santa creencia, salvándose en el diluvio de las locas aspiraciones hu- manas, vuelven la vista á aquellos siglos de fe, y le- vantan iglesias ojivales, que lejos de parecer un ana- cronismo en nuestro siglo, son recibidas con júbilo y con avidez, como percibe el oido y acoge el corazón en medio del estruendo de la orgía, una nota per- dida del sencillo cantar, con que nuestra madre nos adurmió en la cuna. ¿Necesitaré, Señores Académicos describiros los caracteres de este arte sublime? ¿Necesitaré deciros los elementos que componian aquella inspiración re- ligiosa , y pintaros sus muros perforados, sus altas bóvedas y misteriosos ámbitos? Ni soy competente para abrigar el loco empeño de escribir una obra di- dáctica , ni vosotros, hábiles maestros, los llamados ú escuchar la humilde enseñanza, del que se honraría con recibirla de vuestros labios. Bien conocéis todos los caracteres de ese a r t e , cristiano por excelencia, así en su período primario ó primitivo, usado desde fines del siglo xu hasta igual época del xin, el secun- dario ó decorado, que domina completamente en el xiv, y el terciario, florido ó flamloyant (como le llaman los franceses) que seguido en el xv, apenas lo- gra sostenerse al principiar el xvi, herido do muerte por el nuevo estilo del renacimiento. Abusaría indu- — 43 — dablemente do vuestra bondad, y tcmeria ofenderos, si os intentase enumerar y describir, como caracteres del primer período del arte ojival, la planta de cruz latina de sus templos; sus ábsides semicirculares ó polígonos; sus tres naves, intersectadas por el cru- cero, frecuentemente coronado por elevadas cúpulas; los ámbitos que se extienden por las galerías laterales y encima de sus arcos; la suntuosa fachada de los pies del templo, conocida hoy en el tecnicismo de la ciencia con el nombre de imafronte ; los fuertes estribos que dividen las tres portadas, que se repar- ten el frente de esta fachada, correspondiendo cada una de ellas á las tres naves de la iglesia; y los realzados contrafuertes; y las altas torres; y el antepecho que rematando el primer cuerpo las enlaza; y el rosetón del segundo cuerpo; y las ventanas y galerías, y estatuas en el tercero; y las agujas de sus torres, aereas, sí, pero todavía sin el atrevimiento que caracterizan las del siglo xiv; y la rica ornamentación de los estribos y contra- fuertes divididos en resaltos, disminuyéndose según se elevan, rematando en frontones ó en agujas de cúspides agudas; y sus arcos ornamentales sobre- puestos; y sus estatuas colocadas en repisas bajo do- seletes; y la serie de arcos concéntricos de sus por- tales ; y las estatuas de los Apóstoles que los flan- quean ; y las menudas y prolijas esculturas que los — 44 — adornan; y el posfe que los divide con la estatua de la Virgen ó del Salvador; y los delicados toros y molduras, que quiebran siempre la aridez de las aristas; y el uso, aunque no muy generalizado de los arcos angrelados y gemelos; y el enlace y combina- ciones del ojivo como elemento de ornamentación; y los pilares de plantas polígonas ó elípticas, ocul- tando su poderosa resistencia con una superficie du altas y delgadas columnas, que ya ocupan los ángu- los y las caras de los postes, ó ya se agrupan como manojos de junquillos; y los pequeños capiteles, de ornato, más que de sosten, con hojas, y ramos, y tallos, y perlas, y caprichosos dibujos; y la vasta ex- tensión de las naves; y la grandeza en fin en las pro- porciones ; y la dilatación en los ámbitos, que hacen dul edificio ojival la colosal realización del gigante pensamiento del arte cristiano. Tampoco me será lícito detenerme en describiros los caracteres que distinguen su segundo período, que bien pudiéramos llamar el de su grandeza y apogeo. Si dado me fuera hacer esta narración sin temor de ofender vuestra sabiduría, enumerara con gran contentamiento los rápidos adelantos del arte, que olvidando de todo punto los recuerdos románicos, acaudalado con la experiencia de un siglo, en todo el vigor y lozanía de su hermosa juventud, sabe her- manar la pompa con el decoro; y atrevido sin afee- — 45 — tacion ni temeridad, airoso y elegante sin amanera- miento, grandioso sin vano alarde, risueño y alegre sin vulgaridad, pensador y místico sin rehuscadas elucubraciones, ni terroríficas formas, realiza el ideal de su belleza, en toda la plenitud de su vida cre- yente. Y sin embargo no altera ni la forma general, ni la distribución del edificio; y aunque aspirando á ser innovador, no abandona por eso los preceptos que lo constituyen; y fijo sólo en el perfecciona- miento de sus obras, la construcción material para el contraresto de las fuerzas y los detalles en la orna- mentación, forman el carácter distintivo de este bri- llante período. Pero, ¿ú. qué he de hablar de sus per- fectas ojivas, inscritas en un triángulo equilátero; ni de sus frontones agudos, destacados sobre el muro con rizados penachos y crestería; ni de los botareles y arbotantes, que salvando la pesada armadura que antes los encerraba, se presentan aéreos, delicados, sueltos, resolviendo sin embargo un gran problema de resistencia, como contraresto de los empujes de las bóvedas, pero ocultando su mismo poder con arcos simulados, con graciosos pináculos, con esta- tuas y frontones, con nichos y repisas, con dosele- tes y crestería, á la manera de esos gigantes y secu- lares árboles, que cubiertos por cariñosas enredade- ras guardan su resistente fuerza bajo la frágil apa- riencia do delicadas flores? ¿A qué he de hablaros de — 4C> — las menudas y primorosas molduras que forman el contorno de sus arcos, y de los nervios de sus bóve- das, que multiplicándose en todas direcciones, ador- nan los puntos de intersección con labrados colgantes, ni de las perforaciones y filigranas de sus doseletes, cuyas agujas se levantan sobre arcos ojivales ó co- pian de la naturaleza prismáticas estalactitas, ó remedan castillos con almenas y torrecillas? ¿A qué he de hablaros por último de los adornos, con que se cubren los senos de los ángulos; de la esmerada copia para el ornato, de flores y de frutos; de las compli- cadas labores de los rosetones y ventanas; de las in- tencionales esculturas, que profusa y artísticamente diseminadas en los miembros todos del edificio, con- tribuyen á su engrandecimiento; ni de las elevadas agujas de sus torres, que no contentas con expresn-r su aspiración en la forma piramidal que las consti- tuye, se lanzan al espacio, aéreas, caladas, transpa- rentes , idealizando de este modo más y más el pen- samiento creyente que las dio vida? Harto conocéis todos estos caracteres del segundo periodo del arte ojival, para que necesite molestaros por más tiempo con su explicación. Pero sí me per- mitiréis lamentar, llegase un día en quo el arte, olvi- dando las buenas máximas de su siglo de oro, cami- nase precipitadamente á su ruina. Como acontece siempre, el demasiado refina- — 47 — miento y el excesivo lujo en los ornatos enervó las fuerzas del arte, y preparó su completa decadencia. Había llegado á un período en que difícilmente el ingenio humano podía encontrar más belleza, más seducción, más encanto, más esplritualismo, más atrevimiento, más arrojo. Un paso más y aquel atre- vimiento será temeridad, aquella gentileza afecta- ción, y aquella exuberancia de ornatos, pródiga pesa- dumbre de innecesarios accesorios, que ocultan con su excesiva pompa la línea generadora del arte cristiano. El afán de embellecer la forma llevó á tal extre- mo á los artistas de la segunda mitad del siglo xv, que poco á poco fue quedando oscurecida la idea, y preparándose el camino para el nuevo estilo del r e - nacimiento. Ya en el tercer período, la línea hori- zontal, desterrada por completo de las edificaciones ojivales, empieza á mezclarse con las verticales; la ojiva desaparece bajo la aglomeración de pináculos y frontones; los nervios y los colgantes se ador- nan con una profusión maravillosa; los arcos se componen de las más varias formas, alternando con los ojivos los de lanceta, los florenzados y los cono- piales de dos ó más centros; y como escribe acerta- damente á este propósito el Sr. Caveda: < cuando la > arquitectura ojival se halla ya próxima á su fin, » abrumada con el peso de su misma riqueza, pierde > la noble compostura y la severa majestad que antes - 4 8 - »3a distinguían, al paso que aumenia la pompa y »novedad de sus detalles y gentiles preseas: como »nunca brillante y ostentosa, cubre los muros de » minuciosos bordados, de grecas y lacinias, de mar- »qucrinas y cresterías dobles, ora eolgantes, ora acaireladas, allega á esta ornamentación la franja »hueca y la calada, aligera y multiplica los trepa- »dos, emplea más que antes las almenas y follajes, »los angrelados, los arcos de todas clases, los nichos »y agujas piramidales, las molduras prismáticas y »las líneas quebrantadas \ abandona los toros cilín- «dricos ó cordiformes, da un carácter particular á »las archivoltas, á los arcos dobles y á los nervios »de las bóvedas; conserva los pilares fasciculados » del siglo xiv, pero introduce los cilindricos ú octó- »gonos do fases curvilíneas y los manojos prismáfi- » eos, formados de toros con una arista embotada, y > bastante frecuentemente sin capiteles, y sólo con » una faja horizontal que cubre su falta á manera de » una simple ligadura.» Sobresaliendo más por lfi prolija y minuciosa ejecución del detalle, que por la grandiosidad del conjunto, las hojas rizadas de diferentes plantas préstanle originales, que imitar para sus follajes, lo mismo en las impostas y fajas que en los capiteles; los delicados, rosetones, las ventanas y ajimeces adornan cada vez con más difíciles combinaciones sus vanos; los contrafuertes y arbotantes se cubren de tantos y tan delicados adornos, que más parecen fantásticos accesorios del templo que sostenes pode- rosos de sus naves; y sobresalen por do quiera agujas y flechas, y grumos, y crestería, que asemejan la r e - ligiosa edificación á una floresta de piedra, nacida por la espontánea y creyente inspiración del artista. Pero sin embargo de que tanta riqueza, y tanto esplendor perjudicaba á la existencia del arte, toda- vía lo mismo en estas edificaciones, que en las de los siglos xnt y xiv, se encuentra aquel inexplicable am- biente de misticismo y de beatitud, que en vano buscaremos en los templos, en que posteriormente se pretendió rendir culto al Dios de nuestros padres, con las prestadas formas greco-romanas. Y no estaba aislada la arquitectura, al entonar durante más de tres siglos el cántico sublime del arte. Sus más concretas manifestaciones, la escultura y la pintura concurrieron, como cariñosas hermanas, á darlo apoyo y realce para su triunfo. Verdad es que la escultura, adornando los ingresos, las archivoltas, las repisas y los nichos, ofrece á los ojos del obser- vador estatuas rígidas, estiradas, de incorrecto di- bujo, y desproporcionadas formas; cualidades que van perdiendo al acercarse el siglo xvi para buscar la más acertada imitación de la naturaleza. Pero á pesar de tales defectos, hay en las esculturas de los — 50 — siglos xin, xiv y xv tan intencionales trazos, tanta verdad, tan contemplativa y estática expresión, en medio de la candorosa inexperiencia de la mano de obra, que aunque parezca demasiado atrevida nuestra idea, preferimos para el ornato de los templos oji- vales los productos de esta estatuaria, á las perfectas y acabadas esculturas, hechas por los mejores mo- delos griegos. Ante la intachable corrección do estos entusiastas de la forma, se admira el genio profun- damente analítico que produjo sus esculturas, pero ni el corazón so agita, ni el espíritu se eleva: en cambio, ante las toscas efigies de los siglos medios, el alma se levanta en intuición dulcísima; la pura y fervorosa creencia de aquellos artistas inflama nuestra apagada creencia, y con respeto saludamos la obra de su inexperto pero enérgico cincel. Sus místicos asuntos, constantemente los mismos, nos representan la poética historia de la Virgen ó del Salvador del mundo, milagros de Santos, efigies de Apóstoles y Patriarcas, y con frecuencia las ter- ribles escenas del juicio final, en que aparece con toda su severa majestad el Tribunal divino; radian- tes de ventura los escogidos, conducidos al cielo por los ángeles; y deformes de maldad y desesperación los reprobos, á quienes martirizan los secuaces de Luzbel. T,fi escultura en los templos ojivales completaba — 51 — el pensamiento del artista, lira la píígina ilustrada del gran libro del arte. La pintura , exornando los retablos con místicas composiciones, tomadas de los mismos asuntos, com- pletaba el efecto del conjunto, por más que apareciese con los mismos defectos y bellezas, que su hermana gemela .la escultura; pero no contenta con ayudar tan poderosamente al brillo y esplendor del arte cristiano, intentó colocar sus sorprendentes creacio- nes en medio del espacio, para que la misma luz del astro del dia, infiltrándose en ellas, les diese anima- ción .y vida. Ya comprendereis, Señores Académicos, que me refiero á las vidrieras pintadas: mosaicos transparentes en un principio destinados á modificar la luz, y colorar sus rayos, bien pronto se vieron ocupados los vanos de las ventanas con históricas y religiosas composiciones, tomadas del antiguo y nuevo Testamento, de las imágenes de los santos y de sus gloriosos martirios. De este modo los fieles, dentro del sagrado recinto, hasta en los impalpables lugares de la luz y del espacio, encontraban ense- ñanza religiosa, y ejemplos de virtudes que imitar. Permitidme que al llegar á este punto, me separe por un momento del objeto principal que me ocupa, para consagrar un justo recuerdo á los artistas es- pañoles, que en el difícil género de la pintura de vi- drieras , aunque imitadores en un principio de los — 52 — alemanes, formaron en nuestra patria verdadera y distinguida escuela, que se ha inmortalizado en la historia con los nombres de Santillana, Valdivieso, Ruiz, Jiménez, Córdoba, Cuesta, Vergara el viejo, y otros muchos que seria prolijo enumerar. Con sentimiento veo acercarse el instante, en que el orden natural de los sucesos me aleja del arte cris- tiano por excelencia. Mi imaginación arrebatada por el sentimiento religioso, y sus artísticas glorias, va- gaba con entusiasmo de las catedrales de Ratisbona /i Ulma, de Strasburgo á Friburgo, de Viena á Ober- wesel, de Colonia á Amiens, de Reims á P a r í s , de Courges á Burdeos, de León á Burgos, de Toledo á Sevilla, tle Zaragoza á Barcelona, de Tarragona á Ávila, de Segovia á Salamanca; y á tantos otros sa- grados edificios que no enumero, pero que todos co- nocéis, y otros que sólo existen en la memoria de las gentes, destruidos, para vergüenza de nuestro si- glo , por la piqueta demoledora del ciego fanatismo político, ó del estéril y sórdido interés, más terrible todavía para las obras de arte, que la influencia ine- vitable del peso de los siglos. Mi alma se dilata, em- bargada de admiración, al recuerdo de esos monu- mentos , llenos de indefinible majestad, de profundo reposo, de sagrado recogimiento, de evangélica me- lancolía. Allí todo me está hablando de Dios, y de los sublimes misterios de la religión sacrosanta: allí — 53 — se respira todavía el ambiente de fe, que levantó las sagradas naves; y bajo sus bóvedas, llenas de miste- riosa luz, entre cuyos rayos parecen vagar fantás- ticas imágenes de la santa creencia, la oración acude á nuestros labios, y consuelo inefable penetra en nuestro corazón: allí al escuchar las notas del ór- gano , que retumba bajo las sagradas bóvedas, como el trueno en la soledad de los bosques, parece que el insensible metal suspira, repitiendo con melancólico acento, la voz de los siglos que pasaron. Pero ¡ay! que bien pronto el arte que dio vida á tales creaciones, va á verse olvidado, y á desaparecer de la superficie de la tierra. De la parte del Mediodía avanza en poderosa reacción el arte pagano, con su populosa corte de faunos y de ninfas, de símbolos mitológicos, y de sensuales ornatos; y al sentir su proximidad, parece que el ángel protector del arte cristiano extiende sus alas, y se remonta al cielo. Larga tarea sería la de examinar todas las causas, que pudieron contribuir á este cambio radical en el arte; pero aunque yo no escriba un tratado histórico de tan difícil asunto, aunque el objeto de mi discurso sea únicamente presentar el arte ojival como el ver- dadero complemento de la aspiración artísticc-cris- tiana, no podré menos de hacer algunas ligeras obser- vaciones acerca de la introducción del nuevo estilo. Terminada ya, al acercarse el fin de la edad me- — 54 — dia, la lucha santa de la creencia contra los enemi- gos del nombre de Cristo; uniformadas y establecidas las sociedades; protegidas las naciones por leyes y constituciones políticas, al sentirse con la fuerza de su poder, parece como que trataron de sustraerse á la tutela de las ideas, y al protectorado bajo el cual hasta entonces habian vivido. Consolidada la paz pública, principíala guerra moral... Así que triunfó en España el esfuerzo nacional contra un enemigo común, bajan los caracteres de su poética altura: Francia, Inglaterra, Italia, no estando ya unidas para guerras externas, como durante las Cruzadas, se acometen unas á otras; y principia á extenderse por toda Europa aquel cálculo material de un equi- librio político, que sustituido á toda idea moral, cau- sará tantas guerras como presume impedir. Subyugadas las facciones intestinas, abatido el poder del feudalismo, los Reyes, que al sentirse dé- biles, buscaban apoyo en la Iglesia, al sentirse fuertes pretenden emanciparse de ella. El pueblo, que en los dias de su penosa servidumbre, se acogiera también bajo el manto protector del Sacerdocio, al ir reco- brando sus derechos, se une a los Reyes contra la Iglesia; y como nada hay más exagerado que las reacciones de las sociedades, aquellos creyentes y sumisos al Padre de los fieles, llegan á unirse á l'Muardo III para negar su tributo al Papa, y pre- — 55 — tenden impugnar su infalibilidad. El cisma, al mismo tiempo, presenta á los ojos de la multitud la guerra de Pontífices rivales; la duda, como preciso resultado de tales escenas, se apodera de los corazones más sinceros; el egoismo y la ambición, ocupan el lugar de la fe, y las nobles aspiraciones; el cálculo susti- tuye al entusiasmo; y el amor á los goces materiales, como indeclinable consecuencia de tales premisas, se extiende por las sociedades en los principios de la edad moderna, invadiéndolo todo. ¿Cómo era posible que la arquitectura ojival viviese entonces? Si es una verdad innegable, que el arte es el reflejo del estado de las sociedades, el siglo xvt, no pudiendo tener arte propio, volvió la vista para buscarlo á las edades pasadas, y lo encontró, como no podia menos, en el pueblo romano. En aquél con quien tantos puntos de contacto tenian los hombres y las tendencias del si- glo que llaman del Renacimiento. Aquella época no podia tener inventiva, y por eso tuvo que sustituir con la imitación la originalidad, con los rebusca- mientos arqueológicos, la inspiración artística; y con la erudición la llama creadora del genio. Verdad es que de este nuevo estilo quedaron obras importantí- simas, y que supieron llevar los artistas á un admi- rable grado de perfección los ornatos; pero también lo es que esta arquitectura, rica, ostentosa, supera- bundante de lujo y esplendor, podrá ser si se quiere -56 - la arquitectura del palacio, del tribunal y de la lonja; pero arquitectura que tiene por único y exclusivo objeto recrear los sentidos, no puede servir para dar dignas formas á la morada de Dios. Será la arqui- tectura del lujo y la opulencia; pero nunca la ar- quitectura de la fe. Entre el arte cristiano y el arte pagano, media la distancia del cielo y la tierra: el primero levanta el espíritu, y lo eleva hacia Dios; el segundo inspira el culto á la materia; y si bien el artista anima con maestría el marmol y el lienzo, no le imprime nunca el bello ideal, que procede de Dios. Llega un dia sin embargo, en que un hombre de pensamiento gigante, quiere encarnar su idea cris- tiana en el arte pagano, que por do quiera domina, y hacinando el Panteón sobre el Partenon, según la frase de Victor Hugo, levanta la Iglesia de San Pedro en Roma. Y sin embargo aquel desesperado esfuerzo de un genio poderoso, no traduce su idea: lo mismo en su obra gigantesca, que en las que á su imitación, y bajo su modelo se hacen, en Inglaterra, en Rusia y en España, el pensamiento cristiano gime encerrado bajo sus bóvedas colosales. La civilización de los pueblos griego y romano, puramente humana, sólo podia producir un arte pu- ramente geométrico. Sus lineas rectas, y sus arcos semicirculares, jamás nos hacen levantar nuestra — 57 — mirada al cielo. Bajo las bóvedas de estos templos se echan siempre de menos la estatua del Dios mitoló- gico, las aras de los sacrificios, los sacerdotes y las víctimas. No: no es ese, ni puede ser nunca el arte cristiano, ¿Y qué os diré de esos otros estilos, que más mo- dernamente lo invadieron todo, cubriendo, lo mismo el palacio que la Iglesia, con adornos incoherentes, inexplicables y pesados, productos de un cerebro en- fermo, más que del delirio del talento? ¿Qué os diré, Señores, del siglo en que vivimos, siglo al que será imposible reflejar su existencia en el arte? El siglo xix que todo lo funde, que todo lo r e - vuelve, para buscar aplicaciones al principio utili- tario á que subordina su existencia, ¿no tiene misión que cumplir en la historia del arte religioso? ¿No tienen los artistas bajo este aspecto, deberes que lle- nar y deberes grandes? Sí, Señores Académicos. Si el siglo xvm por fortuna ha desaparecido; si nuestra época se rehabilita; si desprestigiada la filo- sofía materialista, que trataba de destruirlo todo, los sabios de los diferentes ramos de la ciencia esparcen la luz, que brota de un pasado tan ultrajado como desconocido; si las bibliotecas monacales han dejado estudiar preciosos tesoros de erudición; si los museos se han enriquecido con importantes cuadros perdidos — 58 — en las sombras; si las abadías y las catedrales han revelado el sentido místico de su alfabeto de piedra; si á través de los encajes de mármol hemos podido contemplar el cielo, deber de todos los amantes del arte y de la creencia , es emprender con fe.viva un período de verdadero renacimiento artístico para los edificios religiosos. La misión del artista es muy grande, y es necesa- rio que no olvide su destino; su gran misión social es la de perfeccionar la vida humana, relacionándola con su ideal, que es Dios. Educar á los hombres, haciéndoles elevar su mirada á la celeste altura, im- primir á la humanidad, por un movimiento vigoroso, una marcha progresiva, y una dirección ascendente. Como acertadamente ha dicho en la Cátedra del Es- píritu santo el reverendo Padre Félix « el artista ha » nacido para educar y llevar la humanidad á Dios, >eomo el pájaro para cantar, como el arroyo para .» correr, como el viento para soplar, como la savia »para florecer, como la llama para brillar, como el »corazón para l a t i r , como la inteligencia para » pensar. > ¿Quién levantará nuestras afecciones, levantando también nuestro corazón, hacia los sentimientos su- blimes y elevados? Nuestro espíritu se ahoga en la espesa atmósfera mundana. ¿Quién vendrá á levan- tarle y ú prestarle fuerzas? ¿Quién nos hará amar lo — G'J — puro, lo santo, lo bullo, lo invisible, lo infinito? El a r t e : ese es su objeto; y esa es vuestra verdadera misión, artistas. Si nuestro siglo puede con razón vanagloriaren de grandes adelantos, y de perfeccionamiento en la forma, aplicad todo esto á la mayor belleza y esplen- dor del arte cristiano. Seguid el ejemplo, que ya estamos viendo en otras naciones, y permitidme que os repita, al terminar este largo trabajo, otras ins- piradas palabras del orador católico, que hace poco cité. «El ¡irte por el arte, es decir, el arte por si y mismo, es filosófica y estéticamente, el absurdo en »su más alto grado. Nada hay en la creación, que » exista y sea por sí y para si. Acaso ¿es el sol por el »sol? ¿Es el rio por el rio? ¿Es la flor por la flor? »¿Es el hombre mismo por el hombre?... No. Y la »flor y el r i o , y el sol, como la creación entera, » existen, y son únicamente, ad majorem Dei gl-o- •»riam. Y si esto es así; ¿cómo podemos concebir el »arte por el arte? El arte, como todo lo demás, » existe por un fin superior á sí mismo. El cielo del » arte, como el cielo de la naturaleza, tiene por fin » supremo narrar la gloria de Dios. > « Cceli enarrant *gloriam Dei.-» CONTESTACIÓN AL DISCURSO ANTERIOR ILMO. SR. D. PEDRO DE MADRAZO SESORES : Cuando esta Real Academia no tuviera otra prueba de la buena elección que ha hecho al traer á su seno al Sr. Marqués de Monistrol, el brillante dis- curso que acabáis de oir seria para ella la más satis- factoria garantía de su acierto. Mágico fascinador el nuevo académico, ha deslumhrado vuestros ojos con el espléndido panorama de los orígenes, crecimiento, progresos y gloriosa dominación del arte cristiano en el Occidente, presentándoos en cuadros sucesi- vos, llenos todos de vida y de interés, los caracteres culminantes de una arquitectura que, en su desar- rollo histórico de más de mil años, recoge en los romanos hipogeos y confesiones los fervorosos votos — G4 — y las ensangrentadas reliquias de los mártires de Cristo; puebla más adelante de iglesias y monaste- rios desde el Báltico al Mediterráneo las regiones estragadas durante las convulsiones del moribundo Imperio romano, ó nunca por la humana cultura atendidas; y por último, cuando ya el hermoso vas- tago de la civilización cristiana adquiere consistencia para llevar, como precioso fruto de dos flores gemelas, la fe razonada y la razón sumisa al dogma, rica de sentimiento y de ciencia, de grandes recuerdos y de esperanzas todavía más grandes, deja atónito al uni- verso con la colosal creación que el vulgo llama la catedral gótica. Habéis presenciado, y sinceramente aplaudido, el generoso entusiasmo con que nuestro nuevo compañero enaltece las bellezas sin cuento de osa arquitectura ojival, á la cual más que á ninguna otra nos parece aplicable la hermosa frase con que Federico Schlegel signiflca la prez intrínseca de toda buena arquitectura, denominándola armonía petrifi- cada. Y la Academia de Nobles Artes, á la que una singular coincidencia dio por santo patrono el gran monarca bajo cuyo reinado se verificó cabalmente la implantación del arte ojival en las dilatadas provin- cias de Castilla, puede darse el parabién de esa espe- cie de profesión de fe artística del Sr. Marqués de Mo~ nistrol, porque quien tan altamente proclama que la catedral gótica es la expresión más acabada y per- fecta de la arquitectura cristiana, de seguro se com- promete á unir cuantos medios le sugiera la elevada posición que logra su esclarecido linaje, á los in- cansables desvelos de nuestro Cuerpo por la con- servación y restauración de los monumentos de la gloriosa época que inaugura un San Fernando y termina un Fernando V do Aragón. Época do fecundidad prodigiosa y de armonía intelectual incomparable! Desde el Címbrico hasta Gades, en cuanta tierra evangelizaron é iniciaron á los deberes de la vida social la Iglesia y sus milicias claustrales, triunfadoras de la marcial rudeza de los Bárbaros, sin más excepciones que las dimanadas del originario dualismo engendrado en el Imperio ro- mano de Oriente, todas las provincias erigen cate- drales ; todas las catedrales ostentan la majestuosa unidad del sistema arquitectónico, aunque difieran entre si respecto de los medios de construcción; en todas ellas el fecundo principio estético de la va- riedad en la unidad produce esa elegante mole tan semejable á una gigantesca cristalización vertical, con ábsides, costados ó imafronte, estribos, arbotan- tes y pináculos, torres, chapiteles y sutiles agujas, ventanas rasgadas en los altísimos muros, vidrieras de colores en ellas, rosetones calados sobre las puer- tas , y toda una mística y animada población de esta- tuas en que se figuran personajes humanos que se — 66 — elevan y ángeles de trémulas alas que descienden y posan, y seres fantásticos encaramados á las archi- voltas, contrafuertes, frisos y balaustradas, y á todos los resaltos de la ornamentación vegetal que la contorna y ciñe como planta trepadora;—y en toda imafronte se representa ora el sagrado drama que co- mienza en el nacimiento de la Virgen y concluye en la muerte del Redentor, ora la ejemplar historia de la raza humanaque sale de entre las manos del Criador y es conducida por entre la procesión gerárquica de sus patriarcas, de sus reyes, de sus santos y de sus mártires, á la formidable peripecia del último dia. Toda la Europa en aquellos tres siglos, al echar á vuelo las campanas de sus soberbias torres, entonó el himno triunfal de la cristiandad militante que des- cansaba de sus heroicas empresas después de haber restituido á la Iglesia por el esfuerzo del magnánimo Hildebrando y sus sucesores, su libertad y su túnica virginal. ¿Fuá mero esfuerzo de la fe exaltada lo que pro- dujo tan general y concorde transformación en la más ostensible profesión católica del Occidente? Fue sólo producto del sentimiento religioso el hallazgo de esa fórmula sublime de la arquitectura del templo, que obtuvo el asentimiento de casi toda la cristiandad? A h , nó. Lo mismo el sentimiento religioso que el amor de patria es infecundo cuando la ciencia y el — 67 — arte de consuno no le dan medios de interpretación. Si la conciencia de la libertad reconquistada por el municipio inspiró á Florencia. Siena y Pisa, Bruse- las, Lovaina y Brujas, erigir sus espléndidas casas capitulares, emparejándolas en importancia arqui- tectónica con las catedrales y baptisterios, donde los ciudadanos hacian pública profesión de su fe; tuvie- ron que valerse para ello de sabios arquitectos. Si las ciudades consagradas al tráfico, Amberes, Lieja, Vcnecia, Barcelona, Valencia y Palma, trataron or- gullosas de levantar sus lonjas, bolsas y casas de contratación, emulando la gala y la opulencia de las basílicas y casas capitulares; para lograrlo tuvieron que recurrir á expertos constructores. Asi las nuevas diócesis sucesoras de las primitivas y humildes igle- sias episcopales, auxiliadas por los reyes y magnates, para alzar á Dios sus catedrales hubieron de recurrir á los más afamados maestros del arte de edificar que producian á la sazón los talleres de la industria se- cularizada y libre. Es indudable: la fe sola no había salvado á la Iglesia universal de los conflictos que le suscitó la barbarie de la edad de hierro, sino que ganó sus triunfos á fuerza de hazañas del entendi- miento y del corazón, ejerciendo la predicación y el magisterio, fundando escuelas de letras divinas y humanas, al par que estableciendo granjas, vias de comunicación y puentes, adoctrinando al mundo y — (¡8 — domando su híspida ignorancia y sus tremendas pa- siones ; y así tampoco el mero entusiasmo religioso pudo ser el generador del admirable edificio á cuya consideración se dirige principalmente el bello dis- curso que acabamos de oir. Vuestro elegido, Señores Académicos, reser- vando modestamente á nuestro Cuerpo el razonar sobre las preeminencias científicas de la arquitectura ojival, se ha limitado á persuadir su excelencia ex- terna desenvolviendo el precioso simbolismo que la avalora. No seré yo quien intente usurpar á los doctos y laureados profesores que me escuchan el derecho de formular cánones y máximas sobre una de las más nobles especulaciones del humano entendimiento, cual es la arquitectura, en que con la difícil facilidad de composición que demuestran todos los monumen- tos típicos, se combinan el numen del artista y la sabiduría del constructor. Mi ambición es menos al- tiva, y voy tímidamente á intentar la demostración de que la catedral cristiana es bella y despierta en el hombre, ya inculto, ya civilizado, todos los eleva- dos sentimientos que el señor Marqués de Monistrol lia puesto de relieve, porque reúne á la razón de ser científica y estética, la expresión mas adecuada de las necesidades sociales y de las tendencias de la época portentosa que la produjo. Permitidme, pues, describir en breves cláusulas la escena en que apa- rece esa gran creación,limitándome en cuanto á ésta á su primer período, que es el que me la representa mas filosófica, ingenua y bella. Diérame el cielo inspirarme para llevar á ca- bo mi propósito en la santa pureza con que tra- taron sus estatuillas y bajo-relieves los ignorados escultores que tantos y tantos tesoros de estilo, gracia y sensibilidad derramaron sobre las portadas espléndidas de las catedrales de Chartres y de León, y recursos para no tocar eon mi pluma á la vene- randa forma de esas sagradas moles, sino con la un- ción y delicadeza con que tocaban al gracioso con- torno de sus ángeles y madonnas un Beato Angélico y un Juan Van Eyck; y entonces podria yo aventu- rarme á posar en esa semi-teológica gemela de la elevada filosofía del siglo de Santo Tomás, sin temor de maltratar su preciosa flor, y lograría, después de demostraros que el calumniado escolasticismo y la catedral gótica son los dos grandes esfuerzos de la santa libertad cristiana, que pensaseis conmigo: No, no es mero producto de unaestética materialista, ni de sensaciones ajenas al supremo foco de toda sabiduría y de todo casto amor, esa obra suntuosa en que el artista no es un individuo, sino toda una escuela; cuya manifestación acontece no ya en un momento de inspiración, sino por la inspiración de todo un siglo; en que el inventor desaparece ante el invento y el — 70 - r artífice se eclipsa en el golfo de luz que irradia su obra, y el orgullo humano se anega voluntariamente en el raudal de armonía de la exaltación colectiva de tantos genios, hasta el punto de prescindir el ima- ginero que labra la estatuilla del calado pináculo á más de cien pies de altura del suelo, del aplauso de la gente que apenas la v e , pagado de que su obra atildada y concienzuda obtenga una sonrisa de Dios, único que puede contemplarla. Toda demudación en la forma del edificio consa- grado al culto público marca infaliblemente una pro- funda transformación social. El templo es el grnn Nilómetro que señala los majestuosos desbordamien- tos de la idea religiosa en su corriente histórica. Cada evolución del humano entendimiento en torno del eje inmutable de su religiosidad instintiva é in- manente, toma una expresión nueva en la arqui- tectura ; pero de cuantas evoluciones verificó el arte simbólico por excelencia, desde los tiempos primi- tivos hasta la edad media, ninguna fue más sustan- cialmente diversa de las que le precedieron, que la que determinó esa estructura llamada gótica ú ojival (denominaciones ambas, sea dicho de paso, igual- mente inexactas). Hemos indicado que vino esta arquitectura á formularse en una de las épocas más solemnes del mundo. Podemos añadir, á fuer de imparciales, — 71 — que la gloria de haber hallado tan arrogante fór- mula pertenece á la raza franca, á esa nación in- teligente y activa, que siendo todavía semi-bárbara entre los demás pueblos de sangre indo-germánica cuando pasaban sus providenciales destinos de la framea de los cabelludos merovingios al respetado cetro de Carlomagno, y habiendo recibido de nues- tra España en sus dias de inopia artística, con una mano la arquitectura del Godo, y con otra la del Is- lamita, avanzó á pasos de gigante dejando atrás en su carrera de cinco siglos á todos los otros pueblos del Occidente, hasta colocarse á la vanguardia de la civilización europea, bajo las uses de Felipe Augusto, á fines de la duodécima centuria. Al acercarse el siglo de San Luis, ya la Europa entera, que según la feliz expresión del benedictino Raúl Glaber, recordada por nuestro nuevo compa- ñero, habia empezado á salir de su letargo y á cu- brirse con su blanco ropaje de iglesias, ostentaba una madurez intelectual que prometía las más transcen- dentales innovaciones. Recobraba su poderoso aliento la estirpe de Japhet, regenerada como el catecúmeno en las fuentes de la verdad y de la vida. Triunfaba de los conflictos de una nueva juventud arrebatada y ardorosa, ennoblecíase y dominaba, y su genio em- prendedor creaba un nuevo orden de ciencias y de estudios. Mientras todo languidecía en Oriente, en — 72 — las dos heroicas naciones donde puso Dios el inex- pugnable valladar del catolicismo, en España y Francia, iodo se iluminaba, todo hacia presentir una gran alborada y el sublime estruendo del triunfo. Pero la grandeza y brillo de esa época que admi- ramos no es la espléndida manifestación del Océano en calma esplayando su voluptuoso seno de ultramar y oro; es por el contrario la majestad formidable de la enhiesta montaña, cuya cúspide descuella bañada de sol sobre la tenebrosa región de la tempestad y del torbellino. El interés y la solemnidad del período histórico que contemplamos están en la cruenta victoria, en el canto que sucede á la trucu- lenta batalla; no en la magnificencia pasiva de una laurea indisputada.—La Cristiandad, la creación po- lítico-religiosa más grande que vieron los siglos, se constituía definitivamente: languidecía el feudalismo, lento y trabajoso ensayo de organización social, y empezaban á formarse las grandes monarquías; es decir, comenzaba el poder real á ser umversalmente reconocido como único lazo de unión capaz de armo- nizar los intereses discordes de los grandes y peque- ños en el Estado. Como auxiliar de las monarquías, tomaba cuerpo en cada nación el estado llano, que haciendo valer sus timbres industriales y literarios y su apoderamiento de la banca y del tráfico, arran- eaba á costa de penosos esfuerzos, pero arrancaba al fin, exenciones y privilegios. Ni eran sólo patrimo- nio de las potestades temporales los afanes y conflic- tos, que también la Iglesia los padecía harto crueles, y estaba muy lejos de ser todo prosperidad y bonanza para la providencial navecilla del Pescador. El prin- cipio do negación y todas las sugestiones del espíritu de error alzaban contra ella oleadas pujantes, y la majestad del poder espiritual, la santidad de la tiara y la heroica abnegación do sus milicias, no hicieron nunca más admirable contraste con la obstinación de los déspotas, la depravación de los magnates y el insensato orgullo de las escuelas extraviadas, que en los tiempos de Inocencio IV, de Federico I I , de E n - rique III, de San Luis y San Fernando. Permitidme evocar la vida de generaciones que tienen su panteón á seis siglos do distancia de la época en que se agita la nuestra.'—Aplicad el oido al rumor discorde que allá lejos, en la sombría y sel- vosa Germania, se levanta al eco fragoroso de una sacrilega pugna sostenida contra el Pontificado por el Emperador. Volved los ojos á esa inmensa región que dibujan al Norte el Rhin, el Vístula y el mar de Suevia, y que se dilata al Mediodía hasta el embal- samado verjel de las Dos Sicilias. ¿Que dos figuras homéricas se presentan á vuestros ojos? Federico II é Inocencio IV. La encai-nizada y secular contienda de las Investiduras mantiene armado contra el común — 74 — Pastor al nieto de Barbaroja. Pero observadle bien: al afianzar en sus sienes con mano convulsa la corona del sacro romano Imperio, protestando no desceñirla sin derramar lagos de sangre; al blasfemar contra el Papa que le descomulga y contra el concilio que relaja el vinculo de la obediencia de sus pueblos; al estragar la Italia con las catervas de sus sarracenos y condottieri, derrotando al bando güelfo en Toscana, y recobrando en Florencia los treinta y seis palacios de sus parciales; al reducir á duras prisiones á todo un cónclave de cardenales, no parece sino que hielan en sus labios la expresión irrisoria del deleite el lú- gubre presagio do la derrota de Fossalta, que- siega en flor la vida del hermoso Enzío, su hijo bastardo, idolo y esperanza de los imperiales en Cerdeña .y en el Milanesado, y el triste presentimiento de que el árbol lozano y altivo de los Hbhenstaufen tiene puesta por la mano do Dios la segur al tronco, y su gárrula prepotencia va á desvanecerse en breve en el sangriento drama de Tagliacozzo, cuya escena final será un verdugo asiendo por el cabello la lívida cabeza del infeliz Coradino. Y es que ha sonado la última hora para la hidra del feudalismo germánico: es que las dinastías de reyea y emperadores representan dinastías de ideas y de principios, y que sólo Aquól que reguló las es- taciones de la civilización humana, y que sabe cuándo — 75 — debe sazonar y cuándo desprenderse de su árbol el fruto que ha de podrecer á su pié para dar savia al nuevo brote, es quien conoce la misión reservada á la casa de Habsburgo. Mas no se llevará por cierto Federico II al sepulcro que le aguarda en Fioren- zuola el porvenir de la creyente y fantástica Alema- nia; que de entro las convulsiones del feudalismo se- ñorial y monacal expirante, surge su cristiana liber- tad joven y bella como la ondina de entre las algas del revuelto lago. Caerán, sí, juntamente con los castillos de los señores que agobian y tiranizan á la Iglesia, y caerán con espantoso fracaso de la empi- nada roca que les sirve do asiento, las soberbias man- siones románicas de los abades secularizados, trono del orgullo, de la concupiscencia y de la simonía; y las desplomadas columnatas de esas colosales abadías del R h i n , del Mosa, del Elba y del Danubio, de don- de habia huido el espíritu vivificador del cristianismo, oyéndose sólo en sus contornos el eco de las trompas de caza y el latir de los sabuesos, servirán de asiento, cuando las tapice el musgo , á los honrados y senci- llos moradores de la Confederación del Rhin y de la robusta Liga anseática, para oir de boca de los erran- tes adeptos de la tablatura, ya los varoniles y épicos cantos de los Niebeluvgen f Iliada de la soñadora Germania; ya los romances caballerescos de Fe- derico en Tierra Santa, del Landgrave de Txwin- — 76 — gia, do Eccelino de Padua y del Sultán Meledin; ya los cuentos satíricos de Salomón y Morolf, desen- fado inocente de los vagabundos caballeros de la viola de amor. La juventud alemana pasa de los ta- lleres de las ciudades libres á las universidades de Oxford, Salamanca, Ñapóles y Padua, y en la grande escuela de Colonia, también emancipada, bebe an- siosa los raudales de doctrina aristotélica y platónica que fluyen de los labios de aquel portentoso genio á quien el vulgo califica de nigromante, y á quien la suprema reguladora de todo verdadero progreso da en sus anales el nombre de Alberto Magno. No se comprendería la tremenda caida de la casa de Suevia si no se fijase la consideración en los inte- reses que ella personificaba; ni el drama de esa di- nastía feudal ofrecería claro argumento, no teniendo á la vista el otro drama de su codiciado feudo en la península italiana. Por la obstinación en retener este feudo, por el monstruoso empeño de subyugar lo de más valía á lo menos noble, y de sobreponer violen- tamente los lambrequines de su sombrío castillo de Mcissen á los espléndidos blasones vénetos, lombar- dos y sicilianos, puede decirse que los sucesores de Othon el grande vendieron su patrimonio al amor de una seductora sirena que los había llamado á su seno. La terrible liga lombarda, tan funesta á Barba- roja, siguo nutriéndose de odios y esperanzas en t o - das las ciudades libres de las comarcas fecundadas por las nieves de los Alpes y del Apenino. No puede olvidar la hermosa Lombardia que al desmoronarse otro Imperio menos odioso, cual era el de Carlo- magno, se vio largos años Italia libre de Bárbaros, y que en aquella independencia hallaron su prospe- ridad las precoces repúblicas de Genova, Venecia, Pisa, Ñapóles, Gaeta y Amalfi. ¿Qué mucho, pues, que aspire á negar á los descendientes directos de aquellos invasores el vasallaje que la humilla? Des- graciadamente esa tierra tan sedienta de libertad, llevaba en sus mismas repúblicas el germen del Ce- sarismo, porque éstas en el inmoderado anhelo de abrir á su actividad nuevos horizontes, se lanzaron A descubrimientos que las saturaron de espíritu pa- gano.—Fragmentos de la antigua escultura clásica revelan á los písanos, gente dada á probar fortuna, parte de aquellas bellezas que tanto amaron los des- póticos señores de Grecia y Roma. Otro fragmento de la ciencia antigua, rescatado por aquella misma república en el saqueo de Amalfi, los inicia en la vida pública y privada de los dominadores del universo. Pues bien, esos hallazgos serán una remora para el progreso de Italia en las especulaciones de la razón y del sentimiento cristiano. Y en efecto, ya la escuela de legistas de Bolonia, infatuada con su Triboniano y atrincherada en el Digosto, lleva al oido del am- — 78 — bicioso Emperador la glosa de la Ley regia; ya el alu- cinado Juan de Vicenza, adoctrinado en esa escuela, presume persuadir á todas las ciudades, desde el es- trado de oropel á que se ha encaramado, la necesi- dad de su unificación legislativa á la manera romana; y ya el genio italiano, siempre propenso al sensua- lismo que la atmósfera nativa respira, cediendo al encanto de las arquitecturas del Oriente, cuyos caracteres habían combinado con los de la románica y lombarda Venecia y Palermo, ha creado para su privativo ejercicio un arte semi-latino, semi-bizan- tino y semi-griego, que le constituye en situación excepcional y le exime de tomar parte en la gran tarea artística que se habrá de llevar á cabo en el resto del Occidente. Harto anuncian en verdad los duomos, baptisterios y campaniles de Pisa,Padua, Pistoya, Volterra, Florencia y otras muchas ciuda- des, que tiene la Italia de los siglos xn y xin en Bus- chetto, Diotisalvi, Buonanno y la numerosa falange que les sigue, fuerzas sobradas con que resistir en su dia la pujante invasión del arte ojival en su majes- luoso desbordamiento. Debemos ser sinceros: estudiando la situación religiosa é intelectual de esa península en el siglo de Inocencio iv, todavía no acertamos á discernir si fueron timbres de gloria ó verdaderos errores, por el tiempo en que se consumaron, esos inauditos — 79 — esfuerzos científicos, literarios y artísticos, hechos para asociar elementos tan discordes como los que amontonaron en aquel hermoso suelo desde la pri- mera cruzada y expediciones marítimas de las repú- blicas libres, por una pártela Europa allí agolpada para lanzarse á Grecia y Asia, y por otra las me- morias de Asia y Grecia traídas de recambio á sus playas. El Oriente subyugado, por virtud de la mis- teriosa ley de las reacciones se abría paso al corazón do Italia con la magnética corriente de los recuerdos; y así se manifestaban en aquella época las pulsaciones que suelen denotar el hervor do la inteligencia y el flujo y reflujo de las ideas en los siglos críticos en que parece tener fiebre el mundo.—Dante evocará la sombra de Virgilio; Petrarca resucitará á Sófocles, Cicerón y Quintiliano; Boccaccio, por obra del griego Leoncio, restituirá al orbe la voz de Hornero; pero cualquiera que sea el juicio que la posteridad pronun- cie sobre esa civilización vertiginosa, engendradora de una inexplicable amalgama de hechos y de princi- pios , la perspectiva que por de pronto se ofrece á nuestros ojos, es: el campo de Italia, en el crepúsculo de la llamada Edad moderna, sembrado de cadáveres do hermanos, Güelfos y Gibclinos, Blancos y Negros; allá en el horizonte, detras del ídolo colosal del An- tropomorfismo , al cual sacrifican los sacerdotes de un ario sensualista, tapando algunos con la coro- — so — na de laurel una sagrada y profanada tonsura, la fresca y rosada aurora del Panteísmo, cantado á la roja claridad de las antorchas por la orgía romana que vuelve de carrera al mundo; y en último tér- mino, una deslumbradora luz que ofusca y no vivifica ni enciende, que los doctos saludan como el sol del RENACIMIENTO, y en cuyo fondo, semejante al formi- dable anuncio que apareció en el festín do Baltasar, Icen los más sesudos este tremendo aviso: REFORMA! ' Dejemos á las universidades de Ñapóles, Pádua y Roma, favorecer y fomentar ese renacimiento; deje- mos á Nicolás Pisano romper con el cincel y el mazo la envoltura semi-bizantina de la estatuaria, y pro- testando contra las tradiciones que ligaron el genio de Ficarolo y de Gruamonti, arrancar al mármol el extinguido acento del naturalismo helénico; dejemos también á la deslumbradora y epicúrea corte de F e - derico en Sicilia, rivalizar con la de los Beren- gueres de Provenza, y paremos mientes en otro es- pectáculo más consolador.—La región encantadora que acarician las azules ondas del mar Tirreno y del Adriático, y que acepta dócil los halagos de la naciente musa erudita en los versos de Guinicelli de Bolonia y de Guittone Aretino, también palpita con- movida al eco de la santa caridad, y contempla arrobada al pobre fundador de las órdenes mendi- cantes sacando de la rudeza anüpática á Brunetto La- - 81 - fini recursos insólitos para prorumpir en cánticos abrasados de un amor que rivaliza con el de los se- rafines. A su lado el Ángel de las escuelas, el in- comparable Tomás de Aquino, pone su corona condal al pié de la cruz del Redentor, y alistado en otra gloriosa y santa hueste, encuentra en la sumisión al dogma las alas con que se remonta hasta el trono de Dios, dejando como itinerario de su maravilloso y místico vuelo la Suma teológica, monumento el más admirable que alzó jamás el genio del hombre á la investigación de la verdad y al cultivo de la razón. Sólo las dos milicias de franciscanos y dominicos, collar y diadema brillantes para la casta garganta y pura frente de la Esposa inmaculada de Jesucristo, indemnizaban ampliamente á la apasionada y se- ducida Italia de los dolores de sus fratricidas con- tiendas. Antes de detenernos en las dos grandes naciones que comparten con ella el honor del escolasticismo y de la predicación con la palabra y el ejemplo, pa- remos la vista un instante en la perla del Océano, campo de justas de Sajones, Anglo-daneses y Nor- mandos. La nebulosa Albion, la tierra de los Santos, madre fecunda de esforzados paladines de estatura gigantea, ojos azules y blonda cabellera, que movi- dos de espíritu aventurero acuden llenos de inque- brantable serenidad do quier que se abandera al- guna gente apellidando á una arriesgada empresa, sen en Europa, sea en Oriente; por Ja tierra aqui- tana que le ha restituido la probidad de San Luis, forma aún cuerpo con la Francia, y por esta espe- cie de ingerto recibe de ella la fecunda savia que, unida á la que le ministra su sangre normanda, produce las- primeras vislumbres de la literatura y del arte nacional.—Prescindamos de los esfuer- zos que hacen en el campo de la filosofía y del derecho político, los adeptos del sutil Escoto , émulo de Santo Tomás, y los legistas de Oxford, concordes con los de Bolonia en su exagerado cesarismo.—A medida que la lengua y la literatura inglesa se van dibujando en la Crónica rimada de Roberto de GIo- cester y en los poemülasque ensayan en sus humildes sistros y violas los ambulantes bardos del país (mins- trelsj, los veinticuatro caballeros de la tabla redonda, cuyos nombres consignan los cantares de. gesta y el mármol de Winchester, van dejando la escena como sombras que se disipan al rayar el dia, llevándose los ecos normandos del Sanlo-Graal, de Merlin y de Lansarote del Lago, y dejando desocupado el puesto á las interesantes y calurosas contiendas de la naciente nacionalidad.—Es singular el empeño de los Plantagenet en ambicionar lo que no les perte- nece, menospreciando su verdadero patrimonio: acha- que sin duda de la raza normanda, que puede per- donarse en Roberto Guiscardo, pero no tolerable al anunciarse el siglo xm en un Ricardo Corazón do León, aunque merezca por sus hazañas en Chipre, Asor y Toleinaida, el nombre de Aquiles de la edad media; ni siquiera en el indigno Enrique III, entrado ya dicho siglo. Esa codicia de lo ajeno los arrastra á disputar la Sicilia, primero á los Hohenstaufen y luego á la rama francesa angevina, malgastando en infecundas y lejanas correrías el nervio que debie- ron reservarse para quebrantar la altivez de los condes y ^barones. Y mal les avino de sus desca- belladas empresas, porque expió Ricardo con duro cautiverio el arranque de insensato orgullo que le llevó á insultar el estandarte del duque de Austria en Palestina, y se vio Enrique lo mismo que su pa- dre en el más desairado trance en que puede hallar- se un rey delante de sus subditos, que es el de tener que otorgar á la fuerza declaraciones que de grado no se quisieron hacer. La Magna carta, los Estatutos de Oxford, los acuerdos invasores del parlamento frenético (mad parliament), marcan la inevitable progresión ascendente de las aspiraciones de una raza grave, confiada y leal, pero sensible y enérgica en sus venganzas, cuando se ve huérfana de autoridad, mal administrada, agobiada de tributos, desustan- ciada, y escarnecida por los favoritos de insensatos monarcas que haciendo vida de caballeros andantes, - 8 4 - abandonan el sagrado deber de amar, gobernar y de- fender su pueblo.—Y es que ese pueblo crece y se forma, el estado llano contrae merecimientos, y como prueba de su sensatez y mesura, después que logra en 1264 sentarse en el Parlamento al lado de los lores y de los representantes de los condados, vuel- ve á la sumisión debida á su rey, como vuelve el león á echarse á los pies del dueño que provocó su cólera. Apartando ya la vista de los sangrientos de- bates que amenguan el prestigio de la autoridad imperial y real, y aún de la misma tiara, en Alema- nia, Italia é Inglaterra, espaciémosla en el cuadro consolador que nos ofrecen Francia y España. Allende el Pirineo, la gloriosa dinastía de Capeío inaugura el siglo xiu obligando al osado Juan Sin Tierra á comparecer ante el tribunal de los Pares, que le condena á la confiscación de todos sus feudos. La extensión del poderío de Felipe Augusto, el Car- lomagno de esa dinastía, pone espanto en los barones de las provincias sometidas y en todos los gran- des feudatarios. E l inglés desposeído y sus aliados Othon IV, los condes de Flandes, Boloña y Holanda, y los duques de Brabante y Limburgo, sufren el des- calabro de Bouvines: allí las milicias de los muni- cipios y de las iglesias triunfan de las huestes del feudalismo, y desde entonces la nacionalidad francesa, descansando en la ancha basa de las inmunidades parroquiales y de los fueros otorgados á los pueblos, empieza á dar indicios de la sorprendente prosperi- dad que le está reservada en un porvenir inmediato. Poca tarea, al parecer, deja Felipe Augusto á su nieto Luis IX, el hijo inmortal de Berenguela do Castilla. Pero la política de los reyes santos es menos estrecha que la de los reyes puramente polí- ticos. La cobardía en la defensa del derecho, míser o retoño del crimen de Pilato, y pecado el más im- perdonable en todo el que ejerce potestad, no puede mancillar á un rey á quien la Iglesia ha de sublimar hasta sus altares: Luis Capeto comprende que el prestigio de la diadema está en el esplendor de la justicia y no en el número de sus florones, y después de demostrar á los grandes sediciosos con los escar- mientos de Meaux y de P a r í s , de Taillebourg y de Saintes, que la fortaleza no es enemiga de la manse- dumbre, restituye al inglés la Guiena y se consagra á reconciliar á los magnates entresí y á promover la paz entre los grandes y el pueblo, y la fraternidad entre los príncipes que apelan á su arbitraje, esmaltando con actos de justicia y de templanza el cetro que su diestra paternal maneja como báculo amparador de su amada Francia. ¡Qué vuelo tan majestuoso y sosteni- do el de la razón humana al influjo de semejante pros- peridad política y civil! Verdaderamente descuella la monarquía de San Luis como árbol pomposo bañado por las aguas corrientes, acariciado por las auras refrigerantes, defendido de los vendábales, y asilo de las aves trinadoras: porque son esas aguas las buenas leyes políticas y la buena administración in- terior, los Establecimientos (Établissements de Saint Louis) que escriben Pierre de Fontaine y Pierre de Villette, y los Estatutos de los ciento cincuenta gre- mios, que redacta Etienne Boileau; son esas auras Jas fecundas reminiscencias quo el arte francés y la lite- ratura su hermana reciben de los cuatro vientos para sazonar su fruto; son las aves trinadoras los troveras y los maestros del arte musical; y son por último su defensa contra los vendábales de las invasiones y revo- luciones, la organización judicial, el tribunal de los pares, la institución de milicias asoldadas, la disci- plina universitaria, cierto ensayo de representación nacional en el Parlamento, donde ya penetra el estado llano, aunque doblada la rodilla, y más que todo esto, un trono respetado por el feliz consorcio de la Justicia con la Caridad, y al cual sirven de cariátides y telamones los mismos señores que, en- castillados antes en los condados y ducados de Au- vernia, Normandia, Artois, Turena, Poitiers, Ver- .mandois y demás tierras feudales, amenazaron con sus tempestuosas iras despedazar la nave del Estado. La industria francesa emancipada, sube otra vez — 87 — como en Grecia, en su parte más espiritual y noble, ú la categoría de arte. Observad su asombroso des- arrollo. Las corporaciones de pintores libres, una vez consignada su existencia legal en el Libro de los gremios de Etienne Boileau, adquieren tal expansión, <[ue todos los objetos capaces de recibir la huella plás- tica del genio se cubren como instantáneamente de pinturas. Decorarse de brillantes frescos las catedra- les, iglesias y abadías, los castillos y los edificios pú- blicos : invadir el arte la madera, la piedra y todas las demás materias; llenarse de imágenes y ornatos los dípticos,. los altares, los muebles, los paveses y escudos, y hasta los mismos arreos de los corceles y palafrenes, fue obra de pocos años. Igual fenómeno se observa en la escultura, subordinada antes al ofi- cio del tallista por la misma disposición puramente simbólica de la estatuaria románica, y dotada ya de personalidad, aunque sin renunciar al modesto nom- bre de imaginería, al libertarse de la férula monacal con las demás artes sus compañeras. El solo movi- miento de cabeza con que denotan su individualismo las preciosas estatuas de Nuestra Señora de París, de la catedral de Amiens, de las portadas laterales do la de Chartres, de los Apóstoles de la Santa Ca- pilla , y de la fachada occidental de las catedrales de Reims, Auxerre y Lyon, os indica suficientemente que no duerme ya la estatuaria el sueño de la cri- — 88 — salida dentro de la tosca cápsula románica ó de la primorosa envoltura bizantina, como lo durmió en los siglos xi y XII cuando decoraba el tímpano de la catedral de Autun y las abadías de Vézelay y de Moissac.—Ni se limita á estas innovaciones el arte cristiano en Francia en el primer momento de júbilo de su liberación. A las peregrinas formas con que atavian al templo la pintura y la estatuaria, la mú- sica añade invenciones también inusitadas: poseído de alegría infantil el arte musical, dicta á Adam de Halle para la iglesia de Arras los singulares motetes á tres voces, en que forma el bajo el canto de una antífona ó de un himno con palabras latinas, y las otras dos voces, sobrepuestas como las plantas tre- padoras á la cavidad de las escocias en las cenefas góticas, entonan, á manera de contrapunto florido, canciones de amor con palabras francesas. ¿Duermen la filosofía y la literatura mientras despierta el arte con tan varoniles alientos? Cómo era posible! No se agolpa ya en verdad la juventud tumultuosa en la Montaña de Santa Genoveva, ni en el espacioso atrio de Nuestra Señora de París, para saturarse de heréticos pensamientos como en los días de Abelardo, de Gilberto de la Porree y de Hugo de St. Víctor; no presenciará el siglo otro estreme- cimiento igual al que produjo el ver fuera de sus ar- zones en la justa con el amante sacrilego de Heloisa á un paladín del catolicismo como Guillermo de Cham- peaux; pero ve reverdecer el lauro ganado contra los que negaban la Trinidad y la Redención por el santo y celoso abad de Claraval, Bernardo; y ve aniquilado el panteísmo de Amaury de Chartres, intérprete i n - fiel de Aristóteles, por la sólida ciencia que á rau- dales vierten en sus escuelas aquellos tres colosos de la filosofía, de la teología y de la dialédica, Alberto Magno, Tomás de Aquino y San Buenaventura, que sin ser franceses, pertenecen á todo el Occidente por las varias cátedras que ilustraron; como Santo Do- mingo, el obispo de Osma, San Francisco de Asís y San Raimundo de Pefiafort, le corresponden por oíros conceptos. Una lid fecunda entre los doctores seculares y regulares sostiene en la Universidad de Lutecia y en los numerosos Colegios del barrio de Saint Jacques la vida y el movimiento, y las inte- ligencias ejercitadas en el trivium y quadrivium, esto, es, en la gramática, la retórica y la dialéctica,—la música, la aritmética, la geometría y la astronomía; se lanzan seguras á los estudios superiores de las ma- temáticas , de la medicina, del derecho y de la teolo- gía. ¿Ni cómo habia de faltar en esas escuelas, aun después de eclipsarse aquellos rutilantes luceros de la filosofía escolástica, quien mantuviese el honor de la razón cristiana, cuando en un horizonte no ya muy lejano vemos acudir á ellas á saciar su sed de — 90 — doctrina á hombres como Juan de Salisbury, Rogerio Bacon, Raimundo Lulio, Brunetto Latini y Dante Alighieri? La heregía provenzal espira : los trovadores laureados en las cortes de amor ven raudos anegarse el mágico brillo y el asiático fausto de los palacios de Arles, Marsella y Tolosa, en los pantanos de sangre de Beziéres y Carcasona, como se ahoga el clamor de satánica orgia en el rugido de la tem- pestad y del incendio. Espiró también la guerra in- testina de los pequeños estados; y la bandera azul flordelisada de los reyes de Francia emprende el vuelo desde las torres del palacio de la Cite, junta- mente con la roja oriflama de San Dionisio y con los pendones de los santos patronos de los municipios, hasta las inhospitalarias playas tunecinas, lleván- dose en pos al santo rey, gala de su estirpe y bendi- ción de su pueblo, que va á inmolarse en África por la grande y generosa idea de cubrir la vanguardia de la Cristiandad, amagada de nuevo por un pos- trer esfuerzo de todas las naciones y tribus maho- metanas. Tan temeraria parece su empresa, cuyo alcance él solo comprende, que el mismo Sire de Joinvitte, su historiador y fiel compañero de cauti- verio, rehusa esta vez seguirle, y se queda á culti- var y ennoblecer la ruda prosa de Villehardouin, contribuyendo asi á avalorar la literatura de su — 91 — patria, en tanto que los troveras del Norte,—los que medran en el decoroso trato de la musa épica y heroica entonando lais, fábulas y romances caba- llerescos , en la lengua varonil de la orilla derecha del Loira,—preparan también por su parte el des- quite que de ellos se promete la poesía francesa después de la extinción de la provenzal. Diríase que no era posible en la revuelta y turbu- lenta edad-media alcanzar mayor grado de prosperi- dad y bonanza. Émula sin embargo déla Francia de San Luis en verdadera civilización y cultura era la España de San Fernando. Si con nuestras sintéticas ideas modernas un tro- vador ó trovera del siglo xm, al contemplar con los ojos de la fantasía nuestro estado social desde la cum- bre del Pirineo, hubiese querido representar en una gran alegoría el admirable conjunto de los tres rey- nos que se repartían la Península ibérica; habría sin duda figurado en un grupo, digno del cincel de Fidias, á Castilla en la apostura decorosa, serena y temible de la Minerva griega, armada con su vena- blo , rodeada de los emblemas de las ciencias y de las artes , acumulados á sus pies por los genios del Oriente y del Occidente;—á su derecha, abra- zado á ella, el reyno de Aragón, en forma de im- petuoso mancebo, que dejando caer el laúd del tro- vador barcelonés ó provenzal, su favorito deleite, acude con la diestra al hierro y señala con la sinies- tra mano á lejanas provincias de allende los mares, adonde se lanzará en breve sediento de aventuras y de gloria;—ala derecha do Castilla, el naciente reino Lusitano, también impelido por el destino á traspo- ner los procelosos senos que son espuela á sus épi- cos brios, y á intentar en África y Asia empresas no menos fecundas que las de Cataluña y Aragón.—El pequeño y alentado reino de Navarra no figura en el grupo: mucho antes de la muerte de San Fernando habia pasado á acrecentar las preseas de la Francia, como dote adquirido por un afortunado conde de Champagne. La marcha grave y mesurada de España en la centuria que contemplamos, es nada menos que una - solemne marcha triunfal. Gonzalo de Berceo, que en alas de su mística fantasía, al revelar á los monjes de Silos su Vision de las tres coronas casi trazó el rumbo á los vuelos del Dante, hubiera quizás podido levantarse á la contemplación de la sintesis histó- rica de su siglo, y cediendo al gusto ya entonces in- cipiente de la erudición clásica, comparar al varón triunfal de las Navas con Paulo Emilio, Pompeyo y Tito, consagrándole en estrofas de cuaderna vio, un poema no inferior á los que dedicó á Santo Domingo de Silos y á San Millan de la Cogulla. Á Berceo no se le ocurrió el hacerlo ; pero bien podríamos noso- tros imaginarnos que alguno de los grandes poetas del siglo de D. Juan I I , en que tanta aceptación lo- graron los triunfos como ejercicio docto de la musa lírica, abrazando con una mirada el período que me- dia entre la gran victoria de Muradal y la conquista de Sevilla, hubiese cantado en sonoras coplas dejarte mayor el lauro tributado al hijo de Berenguela. Y con igual licencia podemos suponer, que inspi- rando esas estrofas el genio de un escultor, encar- gado de desarrollar en la larga espiral de una co- lumna como la Trajana ese mismo triunfo, tuviéra- mos eternizadas por el bronce las hazañas de tan portentoso héroe, en bajo-relieves que nosotros, hu- mildes glosadores, interpretaremos de la manera siguiente.—Ese primer grupo que á todos precede, ocupando el lugar que en el triunfo mayor romano correspondía al Senado, es la reunión de las aristo- cracias del Estado, de la Iglesia y de la inteligencia, cuerpo venerado que vela por la conservación de las leyes constitutivas de la nación y dirije su política interior y exterior. En él figuran el Consejo del R e y ; prelados como D. Raimundo de Segovia, Don Juan Arias de Santiago, D. Gutierre y D. Sancho de Córdoba y Coria; maestres de las Ordenes milita- res , como D. Fernando Ordoñez, y el Josué de la milicia de Santiago, D. Pelay Pérez Correa; entre los ricos hombres el almirante Bonifaz, el comen- — 94 — dador de Alcañiz, D. Rodrigo Gómez Girón, Don Gutier Suarez de Meneses, D. Ordoño Ordoñez de Asturias, los Ponces, los Haros, los Yañez y Quixa- das; además algunos abades de monasterios, y los di- putados de las ciudades, que no sin razón aspiran al título de procuradores de las mismas desde que, en las cortes de León de 1188, lograron penetrar en el recinto de la representación nacional: medio siglo antes de ser llamados al parlamento inglés los dipu- tados de los Comunes.—Siguen precedidos de trom- pas, añaflles y atabales, los carros que conducen los valiosos despojos del Islamismo vencido. Los objetos más primorosos y delicados son llevados en andas sobre los hombros de la tropa vencedora, como lle- van los soldados romanos en los bajo-relieves del • arco de Tito la Mesa de oro, el Candelabro y la demás riqueza arrebatada al templo de Jcrusalen. Aquí van acumuladas todas las maravillosas obras de la cien- cia y del arte islamita, enseñadas en sus escuelas y academias y confiadas á las voluminosas bibliotecas arábigas de Toledo, Jaén, Córdoba, Sevilla y tantas otras poblaciones: á las lujosas mezquitas, á los sun- i uosos alcázares, á los palacios y castillos, á las quin- tas y casas de recreo de los Califas, régulos, wazires y magnates hispano-sarracenos;—las ricas sederías y perfumes de la Iraca,—los tapices de Persia y de Al- magreb,—las armas de Damasco,—los tafiletesy gua- (lamecíes de Córdoba y Marruecos;—y para que no falten en el cortejo triunfal las creaciones de la ga- lana ó incomparable arquitectura arábigo-bizantina j mauritana, van en esas andas los modelos de las peregrinas mezquitas y palacios con que se ennoble- cieron las capitales de los Umeyas, Almorávides y Almohades, en las riberas del Tajo y del Guadalqui- vir.—En el triunfo romano sigue á los despojos la víctima, cuya presencia se anuncia con tropa de flautistas ó tibiarías; en el triunfo que describimos sustituye á la flauta antigua la melodiosa Cantiga, y al blanco toro ataviado con coronas y guirnaldas, una representación más elocuente y pura del sacri- ficio que la ley del Evangelio exige del triunfador. ¡Qué victima más acepta que el mismo hombre! ¡Qué sacrificio más grato á Dios que el propio sacrificio! ¡Qué víctimas y qué victimarios comparables á esos ángeles de la caridad, que alistados en la santa mi- licia de ASÍS y de Santo Domingo, acompañan do quiera á las haces de Fernando III, para amansar el furor de los combatientes, restañar la fe que con la ira fluye de las heridas, y conquistar para el cielo las almas de los que sucumben! A las dos sagradas órdenes de predicadores y mendicantes corresponde, pues, el honor de las ínfulas y guirnaldas, desde quo en el propio sacrificio vinculó Cristo el progreso del mundo.—En pos de la víctima vienen las armas, los — 96 — estandartes, las enseñas é ingenios de los vencidos. ¡Qué preciosos museos de arreos de guerra y tro- feos militares no formó la infatigable debeladora del Islam, con sólo suspender de los pilares y bóve- das de sus templos, no ya los copiosos despojos de Calatañazor, las Navas y Sevilla, sino una mínima parte del botin de cada dia! Asi guardan Tudela y Roncesvalles las cadenas del Emir Almu- menin ; así el Duomo de Siena los trofeos de la ba- talla del Arbia!—Seguían tras sus despojos, como para hacer mas duro el vencimiento, los reyes, príncipes y generales prisioneros, con sus infelices familias, y detras los cautivos abrumados de cade- nas. Esta parte del triunfo gentílico repugna á la ge- nerosa y católica España, cuyos reyes no exultan con el oprobio de los monarcas sojuzgados. — Forman- do larga hilera á estilo de los antiguos lictores, los oficiales inferiores de la casa y corte del rey de Cas- tilla anuncian la llegada del invicto Fernando III. La carroza que le conduce avanza con lento y mesu- rado paso estrujando la verde juncia y Ja olorosa jara, juntamente con las flores que arrojan bajo sus ruedas. Acompáñanle sus hijos, hermanos y deudos. Ese príncipe joven y animoso que rige fogoso corcel y lleva pendiente del arzón la llave morisca de la Torre de la Plata, cuya guarda le corresponde como alcaide, es el infante D. Alonso, futuro rey de Cas- filia y de León, que por su gran saber alcanzará el renombro de Sabio. Él pondrá á contribución la ciencia del mundo entero, sagrada y profana, anii- gua y moderna, de Oriente y Occidente, para dotar ;i su pueblo con las inmortales Leyes de Partida. El funesto empeño de ceñir la corona del sacro Imperio le hará perder la paz y el reino, y cuando se vea abandonado de todas sus ciudades, á excepción de la leal Sevilla, prorumpirá en estas sentidas querellas: Commo yaz sulo el rey de Castiella, Emperador de Alemanna que foé!.. Aquel que loa reyes besauan el pié, Et reynas pedían limosna en manciella! Aquel que de hueste mantouo en Seviella Diez mili de á cauallo et tres doble peones!.. Aquel cjuc acatñdo GTÍ lejanas naciones Foó por eus Tablas ct por eu cuchiulla!.. El otro personaje que cabalga á su lado osten- tando la llave de la Torre del Oro, es el Infante don Alonso de Molina, hermano del rey, egregio por su sangre y su porte, de hermosas y varoniles fac- ciones. D. Jaime I de Aragón, conde de Barcelona y Rosellon, señor de Mompeller y rey en breve de Valencia y Mallorca, sobresale en este grupo por su aÜética figura y las vistosas galas con que la cubre; más sobresaldrá aún en lo futuro como legis- lador, político y guerrero. Distínguense también los Infantes de Aragón, y D. Pedro de Portugal, y el conde de Urgel todos refrenando briosos corceles de guerra. Va al lado de la carroza el caballo de batalla del rey, que lleva hincada en el arzón de la recamada silla la imagen de la Virgen, cuya divina asistencia no le faltó nunca en la pelea. En la diestra do Fernando la temible espada; invisible aureola de santidad rodea su persona. En su frente el beso de Dios; sobre su cabeza, en vez de la corona triunfal que sostenía entre los gentiles el esclavo público, una corona de estrellas que no alcanza á dislinguir la vista humana y que le trajo del guardajoyas del cielo un ángel con luengas alas de záfiro.—Los caudillos de todas las milicias por las cuales triunfó la regene- - rada España en los campos de batalla, en las escuelas de las iglesias, en las cátedras de las universidades, en las cortes y municipios, en los claustros, en los talleres, en los gremios, y hasta en el público estadio de las letras, ya eruditas, ya vulgares, guardando el orden con que marchaban los oficiales superiores r o - manos, Legados¡, Tribunos y Caballeros, cierran el inmenso cortejo al frente de sus numerosas legiones .de guerreros, legistas, escolanos, monjes, artífices, artistas, trovadores y juglares de péñola y de boca. Aquí entran al par con los Adelantados y Merinos mayores, los adalides, almogávares, almocadenes y naucheres, en suma, todos los que mandan gentes de mar y tierra, los magistrados municipales que también conducen sus mesnadas, y los pendones y estandartes de los concejos y behetrías, confundidos con los de los reyes y señores. Como es Castilla la nación más avanzada en prácticas de libertad muni- cipal , es también la que precede á todas en la for- mación de su estado llano, y la influencia de éste en la política y la milicia es tan visible, como su temprano apoderamiento de la ciencia, del arte y de las industrias. También estas ramas del saber componen sus falanges. Esos que veis gravemente preocupados en la difícil tarea de concordar á los decretistas con los decretalistas, y que cultivan la ciencia del Derecho sin la mezquina rivalidad que envenena á los secuaces de los Azones y Sicardos, son los doctos jurisconsultos que ya se aprestan á la grande obra de Las Partidas. Sus timbres son senci- llamente los de maestros y graduados en las uni- versidades palentina y salmantina; sus títulos de nobleza, sus propios nombres: el maestro Jacobo de las Leyes, maestre Nicolás, maestre Fernando, maes- tre Martin, maestre Juan, etc. Los que se ejercitan • en el arte libre de los Tiodas, Vivianos, Froilacos y Vélaseos de Viegas, ostentan por timbres las cons- trucciones románicas de Ávila y Segovia, Salamanca, Zamora, León, Toro, Sahagun, Tarragona, la Cal- — 100 — zada, Ciudad-Rodrigo, Tortosa, Poblet, Estella, Sangüesa, de toda la España cristiana anterior al siglo x m : y aunque fascinados por la nueva es- cuela de arquitectura que va tomando cuerpo en el Norte de Francia, y algo seducidos por las deslum- bradoras cúpulas que levantan los árabes andaluces y los mudejares, todavía oyen con respeto á los maestros de Cluni y del Cister, por el prestigio in- herente á un arte que supo generalizarse é im- ponerse con el mismo imperio que ejerció el arte antiguo romano, y que en el universal desconcierto producido por el derrumbamiento de la colosal crea- ción de Carlomagno, fue casi la única forma de ar- quitectura que conoció el Occidente. Esos otros que manejaron su cincel en las catedrales de Santiago y • Tarragona, son los escultores Mateo y Bartolomé, formados fuera de los claustros cluniacenses. Los poetas seglares, ya do clerecía, ya populares, coetá- neos de Berceo y Juan Lorenzo de Astorga, forman tan compacta falange, que apenas podemos detener- nos á señalarlos personalmente. Dos de ellos, Nicolás de los Romances y Domingo Abad de los Romances, acaban de ser honrados con repartimientos de tierras en la reconquista de Sevilla. Los oficios é industrias han sido también objeto de la solicitud del Santo Rey, y los sedefos, plateros, tratantes de lienzos, borceguineros, etc., quedan constituidos en gremios — 101 — en la misma opulenta ciudad. Todos estos emanci- pados, última porción atropada, confusa y pol- vorienta de la pomposa ceremonia triunfal, levantan las manos y las voces al cielo blandiendo ramos de laurel y entonando vítores, y celebrando por fin, como en los triunfos romanos acontecía, no sólo las hazañas del varón triunfal, sino también y más principalmente sus propias hazañas. Condición in- grata de las turbas! Este es el triunfo de la Kspaña de San Fernando. No se dirige desde el campo Marcio al templo de Júpiter Capitolino, pero sí desde todos los campos do sus victorias al deseado término de sus empresas, que es la dominación de la razonable y fecunda Ley del Evangelio. Y aquí termina el bosquejo del estado social é intelectual de esta parte del globo en que parece residir el cerebro del mundo, desde los pri- meros albores del siglo xm. Hemos entrevisto la constitución de las diferentes nacionalidades con su idioma j su literatura espe- ciales ; y hemos presenciado también las tendencias de todas las grandes naciones á la unidad en religión, filosofía, sistema político, legislación y artes. Pero de seguro habéis observado que en lo que más identi- ficados aparecen todos los pueblos de Europa, es en el libre ejercicio de la razón: libre, se entiende, en el inmenso campo de su fe; y que las dos manifesta- — 102 — ciones más grandiosas de su madurez intelectual so verifican en el Escolasticismo y en la Arquitectura. Las enojosas disputas de realistas y nominalistas no habían sido infecundas: ellas prepararon el hu- mano entendimiento para que la filosofía aristotélica diese el debido fruto: ellas sirvieron de instrumento para confundir el letal panteísmo de Amaurj y convencerle de que toda la filosofía del Estagirita respira el principio vivificador de la dualidad de sustancia, que es el mayor antagonista de la funesta doctrina de Parménides; y obtenido este triunfo, nada se opuso ya á que las obras de Aristó- teles fuesen el cimiento de la doctrina para Al- berto Magno, Tomás de Aquino, Escoto y todos los grandes pensadores de aquella época. «El arte >de raciocinar, dice un filósofo de nuestros dias, no »llegó jamás á tan alto grado de perfección ¿Á »qué debe atribuirse esta gloriosa resurrección de la » filosofía? Cuando la investigación se detiene delante » de un hecho poco importante, que sin embargo ha » bastado para trastornar la faz del mundo, se suele » confundir la causa necesaria con la accidental. La » causa necesaria es el hecho interno que se produce * conforme á la ley de los destinos humanos; la causa » accidental es el hecho externo que sirve de ocasión > á que la ley se manifieste. Diremos, pues, que en el »siglo XIII el pensamiento debia tomar el nuevo des- - 103 - »arrollo que ha hecho de aquel siglo, tanto en las » ciencias como en las artes, la gran época de la Edad » media, y reconoceremos por otra parte que la lec- »tura de la Física y de la Metafísica de Aristóteles, »traducidas y comentadas por los árabes, determinó > accidentalmente aquella nueva agitación de la inte- l i g e n c i a . > ¡Cuál no debió ser la satisfacción de los últimos escolásticos del siglo xrr cuando tuvieron en sus manos aquellas preciosas reliquias, cuya exis- tencia les era desconocida! Cuánto se adelantó desde entonces en la exactitud de las ilaciones, en el hábito de descubrir cualquier defecto que pudiera viciar una inducción! De la escolástica salieron gran copia do axiomas lógicos que han prevalecido en todas las escuelas posteriores, que todavía se reconocen como reglas infalibles de los raciocinios, y que eran el abecé en el siglo xm, lo mismo que para el teólogo y el filósofo, para el obrero constructor, para el artista arquitecto, para el estatuario y para el ima- ginero. Creemos no haber aventurado una especie inde- mostrable al establecer desde un principio cierto pa- ralelo entre la Suma Teológica y la Catedral gótica, presentándolas como las dos más admirables crea- ciones del siglo xm; porque una y otra nos mani- fiestan que de todas las facultades humanas, la que más cultivaron los filósofos y los artistas de ese siglo — 104 — fue la razón, y que ésta fue en sus obras un instru- mento de tan delicado temple como se colige de las maravillas que con su ayuda realizaron: maravillas celebradas de todos cuando la razón se ejercitó en materia sólida y tangible, y desconocidas de la mu- chedumdre cuando el campo de su ejercicio fue" la metafísica ó la teología. Viniendo al mundo la arquitectura llamada gó- tica , ojival y vertical, que con todos estos nombres se la distingue, cuando más razonadora y lógica aparecia la Edad media, fuerza era que no le faltase una causa poderosa para adoptar la maravillosa y esbelta forma que la distingue, ¿Fue la mera idea simbólica del ascetismo que extenúa la materia y en cierto modo tiende á levantarla con su espíritu hasta • Dios, la causa de tan notable transformación? Lo- cura sería pensarlo: cada pueblo hubiera expresado esa misma idea de un modo diferente. Por otra parte, no es de suponer mayor fervor religioso en los cons- tructores libres que en el siglo xui salieron de los talleres formados á la sombra de los monasterios, que en los piadosos monjes que fueron sus maestros: no podemos imaginarnos que las corporaciones de arquitectos seglares que con el nombre de francma- sones se esparcieron en aquella centuria por toda Europa desde sus focos de Strasburgo, Colonia, Viena y Zurich, tuviesen más amor á Dios y al pro- — 105 — jimo, más humildad, más abnegación, más despren- dimiento de las cosas terrenas, que las legiones de benedictinos que civilizaron la Europa en los siglos anteriores. No había, n o , más fe en el siglo de San Luis y San Fernando; lo que habia era que la fe aparecía en consorcio más intimo con la razón, y que la razón alcanzó un desenvolvimiento cual nunca habia obtenido; por lo cual, cuando llegó la época de que el arte secular, discípulo de las escuelas de la Iglesia, devolviese obsequioso á su maestra la mer- ced que de ella habia recibido, pudo verificarlo preparando para la Iglesia misma la más espléndida morada que vieron jamás los pueblos evangelizados: no de otra suerte que el hijo piadoso, si es abundado en bienes de fortuna, ofrece á la cariñosa madre que le crió con trabajos é indigencia, una mansión có- moda y placentera donde se regocije de haberle dudo el ser. De tal manera es el arto ojival producto de la razón, que si bien se advierte, el sistema de cons- trucción que en todo él domina no es otra cosa que un verdadero y formal silogismo escolástico: el em- puje y el contraresto como premisas, mayor y menor; el equilibrio como consecuencia. Por ser un silogismo mal fraguado la arquitectura de muchos templos del siglo XII, en que se ensayaron los empujes oblicuos sin haber acertado á poner donde convenia los con- - 106 - trarestos, se desplomaron en Alemania, Francia y España multitud de bóvedas románicas de muy in- signes iglesias parroquiales y abadías; y si no •vi- nieron al suelo los edificios de San Martin y San Cristóbal de Salamanca, donde hoy mismo podéis observar así el desplome causado por empujes no contrarestados, como la extraordinaria cohesión do los materiales de aquel país, fue por un milagro patente del cielo, porque permanecen en pié sus gibosos y deformados pilares, inclinados al exterior, después de una vida de siete siglos, como dura á veces corcobado y contrahecho hasta llegar á viejo el hombre que se crió raquítico de niño. El es- carmiento que los constructores de la época romá- nica sufrieron cuando se lanzaron á cubrir con bó-' veda vastos espacios, les hizo ser cautos antes de la conclusión de otras fábricas empezadas con igual ar- rojo, y asi es frecuente ver en algunas de nuestras ciudades de Castilla, como Zamora, Avila y Segovia, iglesias que llevan en columnas adosadas, que pri- mitivamente se dispusieron para sostener cinchos de bóveda, y que hoy no ejercen oficio alguno, la señal infalible de tales arrepentimientos. El empuje lateral y su contraresto son las pre- misas : el equilibrio debe ser la consecuencia; y así es en efecto; pero de tal manera fue innovadora esta lógica de la arquitectura ojival, que la arquitectura — 107 — clásica antigua representaba un principio entera- mente opuesto. La arquitectura griega y romana, arte de mera gravitación y de resistencias pasivas, no conoció para los arquitrabes y arcos más sostenes que las columnas y los machones, ó los robustos mu- ros; la verdadera bóveda romana no hacia en rigor empuje, porque era una especie de cascaron vaciado á molde, sin elasticidad ni juego de presiones; los sostenes en que descansaban lo mismo ella que el arquitrabe, ofrecían una resistencia completamenfe inerte, casi dinamos brutal. Permitidme que haga hablar al ladrillo y á la piedra el lenguaje del apó- logo; que no fueron sólo reservados para el Cid ciertos arranques Que farán fablar las piedras. Dice el arco romano al fuerte machón ó al muro, y el cornisamento griego á la columna, con el imperio del déspota que se dirige al siervo: Aguanta mi peso. El arco gótico, dudando encontrar en el esbelto y delgado pilar sobre que descarga; toda la resistencia necesaria para que á su empuje lateral no se que- brante, le dirige esta premisa condicional: Voy con mi empuje al punto A, silo resistes permaneceremos en equilibrio siglos y siglos. El arbotante que está á la parte opuesta, erguido y como encabritado sobre el contrafuerte, y en disposición de topar en el — 108 — mismo punto A , anuncia á su vez esta premisa me- nor: Yo resisío todo el empuje que pudiera conmo- verte. Y finalmente el pilar que siente anuladas en sí las dos fuerzas opuestas, saca triunfante esta con - secuencia: ¡ Luego duraremos tanto como las moles de Tébas y de Karnacl—Despréndense de la construcción ojival multitud de silogismos, y otras formas no silo- gísticas de buena argumentación, pero de pura raza escolástica. El arquitecto del siglo xin ejercita todos los instrumentos y recursos de la dialéctica, ya para resolver el problema mas complicado de la solidez de los pilares cuando fuerzas contrarias que obran en diversas alturas los solicitan á quebrantarse en sentidos también diversos; ya para evitar los enojosos accidentes producidos al hacer los materiales su asiento. El arte pagano, en suma, simbolizaba el precepto; el ojival, el argumento, el raciocinio, la enseñanza. Era aquel, como la ley romana t el man- dato conciso y sin motivos; éste es el precepto ra- zonado , formando cuerpo de doctrina, como la Ley de Partida que va en breve á formular la ciencia so- cial del Rey Sabio. Pero me preguntareis ¿qué necesidad habia de producir esa transformación tan sustancial en el sis- tema do construcción? ¿por qué no continuar aco- modando los principios del arte antiguo á las nece- sidades públicas de las sociedades modernas? ¿Se di- — 10!) — vorció por ventura la clásica Italia de su elegante y bella arquitectura lombardo-bizantina? ¿No pudieron seguir su ejemplo las demás naciones del continenie europeo?—Cabalmente la resolución de estas diversas cuestiones hace resaltar más la necesidad de la gran revolución arquitectónica que nos ocupa. Si por una ley providencial, cuyo objeto es un misterio para la historia, los pequeños Estados de Italia pudieron es- quivar la constitución de una gran monarquía, y se hallaron bien avenidos con sus construcciones cons- tantinianas y semi-bizantinas, y con las prácticas que les legaron Buschetto, Diotisalvi, los Pisanos, Griudet.to de Luca, Lorenzo Maetani, Arnolfo de Lapo y los domas arquitectos de Pisa, Orvieto, Padua, Florencia, e t c . ; no por ella debemos creer que hubieran podido sustraerse las demás naciones á la ley, también decretada por la Providencia, que las llamaba á una completa demudación de la forma pública y externa do su culto. Todas las grandes transformaciones ocurridas en el arte de construir han sido resultado de dos ele- mentos, uno variable y otro permanente. El elemento variable es la necesidad de cada época; el fijo ó in- mutable es el sentimiento de lo bello, de más noble origen que las instables exigencias de lo que se llama buen gusto y moda. No porque nos representemos á San Luis administrando justicia bajo el roble de — 110 — Víucennes, hemos do creer que las grandes solemni- dades religiosas y civiles de la corte del nieto de Felipe Augusto, que reunía bajo su cetro casi toda la Francia actual, habian de poderse celebrar en las reducidas iglesias de la Cité y de San Germán de ¿os Prados. Los templos románicos parecían angostos y sombríos á los habitantes de una capital ya fastosa y opulenta: los macizos pilares cilindricos obstruían su ámbito, y la falta de espacio era obstáculo á la numerosa concurrencia de los fieles. Su aspecto ex- terior por otra parte era ya reputado tosco y gro- sero, é inarmónico con las galanas costumbres del nuevo municipio. En los palacios y edificios públicos resaltaban los mismos inconvenientes. No eran por cierto las residencias de los emperadores y reyes de ' Alemania, Francia é Inglaterra, los encantados al- cázares de Sicilia y Andalucía, y por esto en el Norte de Europa la arquitectura civil seguía acele- radamente los pasos de la arquitectura religiosa. Necesitábanse en suma en las regiones menos favo- recidas que Italia y el mediodía de España por la sonrisa de los cielos, y donde sin embargo el vigoroso poder real desplegaba ya sus joyantes doseles, tem- plos espaciosos, de un ámbito hasta entonces inusi- tado, en que los puntos de apoyo interiores tuviesen ol menor diámetro posible: basílicas bien ventiladas (i iluminadas, diáfanas, exentas de estorbos para la — 111 — visualidad de sus elevadas y anchurosas naves, bajo cuyas extensas bóvedas pudieran cómodamente ma- nifestarse en dias solemnes la gala y pompa de una numerosa corte y la pintoresca variedad de las cla- ses que constituyen un grande Estado. Conviene no olvidar que las catedrales en el si- glo XIII no tenian por destino único el culto: celebrá- banse en ellas asambleas, representábanse los miste- rios , agitábanse los negocios del procomunal, se plei- teaba, se discutía, y hasta se ejercía el tráfico por tolerancia de los mismos obispos, que recordaban sin duda el origen romano de la catiteara y de la ba- sílica. Más aún, servia la catedral de teatro para fies- tas , farsas y mogigangas asaz profanas, como la de los Locos que se hacia en Lapn, y la de los Inocentes que allí mismo se celebraba, de la cual fue sin duda genuino reflejo la fiesta del Obispillo, parodia que se perpetuó en nuestra catedral de Sevilla hasta el últi- mo tercio del siglo xvi. No era posible trasladar á las brumosas orillas del Elba ó del Sena las risueñas y galanas tarbeas moriscas cubiertas de dorado al- farge ó toldos de púrpura, ni prudente el cubrir los templos y salones palatinos con armaduras de made- r a , tan perjudiciales para todo el edificio en los in- cendios, y de tan escasa duración en los húmedos climas septentrionales. Así, pues, el difícil problema arquitectónico que ya desde el reinado de Felipe Au- — 112 — gusto en Francia empezó a plantear la monarquía centraüzadora, fue cubrir con bóvedas duraderas los más espaciosos recintos, dejando al interior la mayor diafanidad posible. La solución de este problema, destinado á cam- biar la faz de la arquitectura de la edad media, no fue obra de un momento de inspiración ; no brotó del entendimiento humano en un instante dado, como brotó Minerva armada del cerebro de Júpi- ter; fue parto laborioso de medio siglo de obser- vación perseverante, de tentativas, ensayos y pro- baturas de todo género, y galardón de meritísima y casi desesperada lucha con las antiguas prácticas y resabios arquitectónicos. No que hubieran dejado de meditar los arquitectos de la época románica en el Norte de Francia, desde los siglos x y xi, en la empresa de embovedar las naves de las basílicas, abriendo en ellas luces directas, sirviéndoles de es- puela el triste recuerdo de tantos santuarios redu- cidos á cenizas durante las periódicas invasiones de los crueles Normandos; sino que limitados sus es- fuerzos á proporcionarse templos de exiguas di- mensiones, embovedados y bien alumbrados, no pararon mientes en la posibilidad de adelgazar los pilares de sostenimiento, variando el sistema de con- trarestos; y fue menester que esta nueva exigencia social hiciese presión en el ingenio de los construc- — 113 — tores de la Isla de Francia, Champaña y Borgoña en la época del engrandecimiento del poder real, para que se advirtiese que ya en algunas iglesias de Normandia estaba como iniciado el arbotante en la sección transversal de las bóvedas de las naves menores construidas en cuadrante de círculo. Y en efecto, si las bóvedas por arista sólo ejercen su em- puje en los puntos de arranque, ¿a qué darles un con- traresto continuo por medio de un semicañon no in- terrumpido, como se verificaba en las citadas igle- sias normandas, cuando bastaban para mantener el equilibrio de los apeos secciones de semicañon que sirvieran de contrafuertes espaciados? Y espaciando estos puntos de contraresto ¿no podian abrirse entre unos y otros todas las luces necesarias para iluminar la nave central? ¿Y era menester que los pilares do que arrancaba la bóveda fuesen tan macizos y volu- minosos , desde el momento en que los contrafuertes exteriores les aliviaban del oficio de sostener por sí solos el embovedado de la nave mayor? Pero en construcción, como en todo, los procedimientos más naturales y sencillos son los más difíciles de des- cubrir, y hasta que á fines del siglo xn se hizo ma- nifiesto el preciosísimo recurso del arbotante, tras- currieron para el arte arquitectónico dos mortales siglos de esperanzas frustradas, catástrofes y dolores, que nunca la edad moderna sabrá agradecer debida- - 114 — mente á los infatigables y heroicos constructores benedictinos. Las crónicas de la edad media están llenas de leyendas en que se refieren aquellos no siempre fecundos afanes. Un monje arquitecto, por ejemplo, después do haber cavilado meses enteros sobro el modo de cubrir la iglesia que está construyendo, se duerme cansado, encomendando á la Virgen y á su Santo patrono el éxito de su ingrata tarea. De r e - pente se le aparece en sueños, ya la hermosa madre del Salvador, ya un ángel resplandeciente, ya un personaje desconocido y misterioso que le revela el modo de terminar la santa casa de Dios. Despierta el buen monje, corre alegre á la obra, en cuya ci- ma, á la dudosa claridad de las estrellas, cree divi- ' sar las alas brillantes de los espíritus celestiales ocupados en escombrar los lechos de los sillares y preparar los morteros para fraguar la bóveda. Cú- brese en efecto la iglesia, merced á la subitánea inspiración de aquel místico sueño : dura cubierta algunos meses, j ¡ oh doloroso desengaño! á pesar de la sonada protección del ciclo, viene á tierra con inesperado fracaso! Los arquitectos seglares y libres, que cansados de la deficiente escuela monástica pugnaban por des- prenderse de ella, llenos de emulación y de ardor por el adelantamiento de su a r t e , y favorecidos por — 115 — los reyes y prelados, acertaron á fijar un princi- pio que, llevado hasta sus últimas consecuencias con la perseverancia propia de la época varonil que deja- mos bosquejada, dio por resultado el sistema ojival completo.—Los empujes de las bóvedas, pensaron, obran en dirección oblicua; los contrarestos de con- siguiente deben ser también oblicuos. Afirmemos estos con+rarestos en el recinto exterior del templo, donde nos es permitido dar á los estribos y contra- fuertes todo el desarrollo necesario, y tenemos su- primidos los voluminosos machones románicos, con- vertidos en meros tabiques de cerramiento los anti- guos y macizos muros, y adiafanado el interior de una manera nunca vista por los hombres de las eda-- des pasadas. Pero el arco romano de medio punto ejerce un empuje demasiado considerable para que se le pueda levantar á la inmensa altura que reclama el ámbito, también inmenso, que hemos de cubrir; por otra parte, ese empuje tiende demasiado á la hori- zontal. Sustituyamos para los arcos dobles á la cim- bra de medio punto la cimbra apuntada, aunque conservemos el semicírculo para los arcos formeros; demos á la resultante de los empujes la mayor ver- ticalidad posible, para que el contraresto, partiendo de más bajo estribe en contrafuertes de poca altura y gran solidez; proscribamos además las bóvedas de ca- non y semi-cañon en las naves menores, hagámoslas — 116 — también por arista y apuntadas, y para robustecer los pilares que han de servirles de eontraresto hacia el lado de la nave central, aumentemos en ellos la gravitación y la cohesión: démosles un suplemento de peso, levantando cuanto sea menester sobre las techumbres, á manera de pináculo, este complemento necesario del pilar interior. Vióse la gran fuerza de resistencia que tenia el arco apuntado y su poca pro- pensión al aplanamiento, y este miembro útilísimo del nuevo arte de construir francés, acabó de impri- mirle la fisonomía de arquitectura vertical, con que quedó para siempre en declarado antagonismo res- pecto de la arquitectura antigua de todo el universo. Establecida la teoría del nuevo sistema de cons- trucción, vino la práctica modificando los accidentes de la forma general del edificio religioso, al tenor de la mayor ó menor inteligencia y pericia de las es- cuelas, de las tradiciones y prácticas de las localida- des, de la naturaleza de los materiales, y de las di- versas necesidades de las comarcas donde se intro- dujo.—Basten un par de ejemplos para señalar las modificaciones debidas á la práctica de la arquitec- tura ojival y la razón lógica de ciertos miembros, ya de construcción, ya de decoración, que pudieran su- ponerse introducidos por el mero capricho, siendo en realidad resultado de la ciencia y de la provisión. Demostró la experiencia en la aplicación do los con- — 117 — trarestos a los empujes de las bóvedas, que no era casi nunca el punto matemático de la resultante el paraje al cual convenia aplicar el contraresto. La curva de presiones trazada por el arquitecto en sus arcos-dobles y ojivos, variaba con harta frecuencia por el movimiento de las dovelas, y la deformación del arco producia una resultante más alta ó más baja que la calculada. En cualquiera de estos dos casos, el arbotante dejaba de contrarestar el empuje de la bóveda en el paraje oportuno, y lo que se habia ima- ginado como garantía de solidez, se trocaba en nueva causa de dislocación v ruina. Cuando so advirtió este peligro, se acudió inmediatamente al remedio, y so vio por primera vez en la catedral de Soissons con- trarestar los empujes de las bóvedas ojivales con a r - botantes dobles puestos uno sobre otro, apoyando sus topes en un contrafuerte, que cubre en sentido ver- tical todos los puntos donde pueda venir á parar la resultante de los empujos, cualquiera que sea la deformación de las curvas de presión. Los arbotan- tes dobles empezaron á ser la regla general, co- mo se observa en las basílicas de Reims, San Dio- nisio, Trojes, Mans y León; y ellos dieron origen á los arbotantes abalaustrados y calados, que tanta be- lleza añaden al exterior de las catedrales de Char- tres, Amiens, Eu y otras ciudades. Otra novedad introducida por la experiencia — 118 — como ley inevitable del principio de elasticidad , sin el cual se comprometía la vida de las grandes fábri- cas ojivales, fue el dejar á los topes de los arbotan- tes todo el juego necesario para que sus dovelas pudieran libremente descender al hacer asiento el estribo á que estaban aplicadas. Muchos arbotantes se rompieron en la primera edad del sistema por no haber provisto los constructores á todas las con- tingencias de los asientos.—El deseo de evitarlas introdujo también la sustitución del sillarejo con gruesos lechos de mortero, al mampuesto revestido de sillares, que usaban los constructores de los si- glos si y xn; y para darle rigidez, interpolaron en él, á trechos considerables, trozos de piedra dura, d contralecho (en délit), unidos por medio de hila- ' das de extraordinario tizón. Pues bien, este aparejo sugirió un bellísimo motivo de decoración al a r - quitecto, porque convirtió las piedras puestas á contralecho en columnillas; y de aquí tuvieron orí- gen esas lindas arcaturas ornamentales adosadas á los subasamentos y á los paramentos de los contra- fuertes , según observamos en las fachadas de nues- tra catedral de León y de Nuestra Señora de París. Si tiene exigencias la necesidad, las tiene tam- bién el sentimiento de lo bello. Al problema de está- tica propuesto á los constructores de fines del siglo XII por las imperiosas necesidades de la única monar- — 110 — quía sólidamente establecida en la Europa central, en aquella época, siguieron los problemas de estética que ellos á sí mismos se propusieron guiados por el más delicado sentimiento. También en esta tarea les prestó poderosa ayuda la razón, suprema reguladora de todas las disciplinas que no tienen por fundamento la fe, y no disociada por fortuna de la estética, cuyo nombre ni siquiera oyeron, y cuyos preceptos sin embargo observaron como no se han vuelto á observar en el mundo. La ley del equilibrio de los cuerpos, no la exaltación del principio peligroso, había producido la llamada construcción vertical: esta mera disposición vertical de las líneas generales, liabia forzosamente de sugerir A la imaginación del artista una decoración adecuada y una ornamenta- ción que caracterizasen aún más el destino de la construcción. Coincidencia afortunada, que entró sin duda en el plan divino , fue el presentarse desde luego el templo ojival, aun desprovisto de toda de- coración y ornato, con semejante apariencia de cosa mística y simbólica. Que no sucedió así por mera veleidad humana, siquiera religiosa., lo hemos de- mostrado; pero dado el fenómeno, no puede negarse f[ue él por sí sólo había de exaltar la fantasía del ar- quitecto y proporcionarle motivos con que explayar su inspiración sin sacar el decorado de sus condicio- nes racionales. Aquellos incomparables artistas del -~ 1 2 0 - siglo xni, tan sobrios en el uso de las molduras, que sólo las emplearon para revelar la estructura del edificio, su musculatura, digámoslo asi, y las fuer- zas físicas de los materiales asociados en su cons- trucción, consiguieron sin embargo dotar de una especie de vida orgánica esas inimitables catedrales; y al obtener este triunfo, auxiliados por la talla y la imaginería, ni aplicaron jamás motivos extraños al edificio decorado, ni pecaron contra la naturaleza ú oficio del ornato dándole una colocación repugnante á su forma, ora vegetativa, ora geométrica, ora ani- mal; ni pusieron jamás un adorno donde la necesi- dad , ó al menos la conveniencia, no lo reclamase. El señor Marqués de Monistrol ha desarrollado con grande habilidad el riquísimo cuadro de la or- • namentacion ojival en los tres períodos de esta ar- quitectura, y no es ya necesario acumular más espe- cies sobre la materia. Sólo me atreveré á añadir un concepto, que quizá suene a proposición temeraria en los oidos de los que todavía persisten en creer que ol arte de la buena época de la Edad-media tiene sólo cierto valor relativo, como arte de transición, y atendido el estado semi-bárbaro en que se figuran ellos que vivían la Francia y la España de San Luis y San Fernando.—La estatuaria del siglo xm en cier- tas portadas de las catedrales de Isla de Francia, Champaña, Iiorgoña, Picardía y provincias del Rhin, - 121 - en el admirable pórtico de nuesfra catedral de León, y en la portada del Norte de la catedral de Burgos, se acerca mucho más á la buena estatuaria griega, — no ya á la arcaica egineta, sino.a la de Fídias y demás escultores de Atenas, Jonia y Caria—, por su ejecución y su grandeza de estilo, por su sencillez de medios, por el admirable arte de ponderar las masas, por la bella individualidad de sus tipos, y finalmente por la ciencia de las proporciones to- mada en cuenta la colocación; muchísimo más que la estatuaria amanerada y teatral del siglo del R e - nacimiento, Los escultores que labraron esas obras peregrinas, contentos con el nombre modesto de imagineros, llegaron á la perfecion de su arte por el camino directo del natural, y sin haber estudiado como los Pisanos los mármoles griegos. Unos y otros se encontraron en la misma región de la belleza procediendo por rumbos diferentes, pero en sus tipos conservaron los escultores del Norte de Francia más individualismo y majestad. Fue este admirable arte el resultado de su perseverante estudio y del impulso debido á la racional libertad que gozaron: libertad que algunos de ellos colocaron entre las Virtudes en la ornamentación figurada de los tem- plos. Así en la catedral de Chartres, un distinguido arquitecto francés á quien debe la historia del arte ojival la exposición más científica que hasta hoy se — 122 — ha escrito, hace resaltar este hecho; pero yerra en nuestro concepto al atribuir esa inocente licencia del escultor de Chartres á desahogo de un senti- miento do independencia filosófica y racionalista. Parecenos que la Libertad allí representada no ea otra que la virtud santa que dio á la Iglesia confe- sores y mártires, y que definió con ideas y palabras de catolicismo muy castizo nuestro Cairasco de Fi- gueroa en la siguiente estrofa de su Templo mili- tante : Con libres ademanes Y gran comedimiento Entró la Libertad pisando el sudo; Llevaba por guzmanea Verdad, Entendimiento, Decoro, Discreción, Justicia, Celo. De conquistar el cielo Resolución mostraba Armada de paciencia, Do constancia y prudencia, Diciendo do una cruz que enarbolnba Con BUS piadosas manos: Esta es la libertad de los cristianos. liemos expuesto, aunque con enojoso desaliño, las principales causas que hicieron necesario é in- evitable desde fines del siglo xn el paso de la ar- quitectura horizontal y de resistencia inerte, á la arquitectura vertical de equilibrio y contraresto de — 123 — fuerzas; y cómo la forma ojiva], con todos sus acci- dentes, vino á ser en el edificio religioso el resultado lógico, natural, forzoso, casi diríamos fatal, de las necesidades que ese edificio habia de satisfacer. Sin negar que el sentimiento religioso pudiese hallar en la nueva estructura, y lo halló efectivamente, eficaz incentivo para desarrollarse y producir en la esfera de la estética grandes creaciones, hemos debido excluir de una manera perentoria y absoluta la inter- vención de ese noble sentimiento en el cambio del sistema general de construcción. La religiosidad de un siglo que produjo reyes santos, filósofos santos, poetas y artistas santos, no ha menester de timbres postizos para brillar esplendorosa y respetada en los anales de la cristiandad. El arte monástico fue' cultivado por hombres aun mas piadosos, humildes y santos que los artistas seglares y libres que realizaron la sorprendente Catedral gótica; pero es cabalmente una de las glorias de la civilización de la Cruz el haber dominado la soberbia voluntad de los artífices, emancipados de la tutela de la Iglesia, hasta el punto de hacerse servir por ellos con todo el es- fuerzo de su razón altiva y pujante, y con un entu- siasmo especulativo que quizá no habian desplegado los mismos arquitectos é imagineros benedictinos. Figurémonos una catedral gótica del siglo ira, acabada y completa, y purgada de las restauraciones — 124 — y mutilaciones producidas por las edades posteriores, y comprenderemos fácilmente que los hombres ex- traños al arte de la construcción vean en la misma osamenta de esa gigantesca mole, un gigantesco sim- bolismo cristiano, no habiendo de simbólico en ella más que el mero contorno de la planta, represen- tativo del signo de la Redención, y las metáforas de piedra que emplea la sobria decoración de las impostas, frisos, cornisas, capiteles, canes, repisas, archivoltas y balaustradas, estribos, agujas, fron- toncillos y pináculos. Todo en efecto en esa mole admirable se representa como sugerido por una su- blime inspiración religiosa.—A una y otra banda, largas filas de robustos estribos, que, siendo sen- cillamente los puntos de arranque de las fuerzas obli- cuas dispuestas para contrarestar los empujes de las bóvedas, aparecen como torres emblemáticas en el murado recinto de la casa del Señor.—Sobre esos estribos, sendos arbotantes que suben á topar en los contrafuertes en cuya vertical se produce la presión de los arcos de las bóvedas; y esos arbotantes se- mejan puentes aéreos, lanzados al espacio para que suban y bajen por ellos, resbalando con sus pies de jazmin y rosa, los ángeles de Dios que pueblan á bandadas su sagrado templo. Si Gonzalo de Berceo llegó á disfrutar, como es probable, el espectáculo de alguna de nuestras iglesias ojivales, el solo as- — 123 — pecto de su fantástica hilera do arbotantes pudo ser- vir de germen en su alma casi dantesca para que brotase de ella el siguiente precioso cuadro al escri- bir la Vision de las tres coronas: Vedia unn puente enna madre primera; avie palmo o medio, ca mus ancha non era: de vidrio era toda, non de otra madera; era por non mentimos pauorosa carrera. Con almátigas blancas de finos ojaltones en cabo de la puent estavan dos varones; los pechos obresados, mangas et cabezones; non dizrien el adouo loquele nec sermonen. La una deatas ambas tan onrradas personas tinío enna su mano dos preciosas coronas de oro bien obradas: omme non vio tan bonas, nin un oíame a otro non dio tan ricas donas. —En vez de gruesos muros, que va no son nece- sarios para el soslcnimienio de las bóvedas, encomen- dado al equilibrio de fuerzas contrarias, delgadas pa- redes, con todos los vanos precisos para iluminar el recinto interior; y esas anchurosas perforaciones es- maltadas con vidrieras de vividos colores, al dar paso á una misteriosa luz, trocada al contacto del rayo solar en deslumbradora lluvia de topacios, rubíes y esmeraldas, se presentan á la imaginación fervorosa del creyente como otras tantas revelaciones de las maravillas celestiales.—Los pináculos que coronan — 126 — los botareles y los pilares, y que por rigorosa ley de estática son el necesario complemento del peso de todos los apoyos verficales para burlar la acción de los empujes oblicuos; por la decoración animada de sus nichos y frontoncillos, por los frondarios de sus pequeñas agujas, y por la disposición simétrica de sus implantaciones, toman el melancólico aspecto do arbustos fúnebres, y dan al elevado pensil que cir- cuye la techumbre la apariencia de un melancólico cipresal, en que se alojó una turbonada de mons- truosos animalillos de un mundo desconocido á la criatura.—Los botareles y pináculos que contornan el ábside, las altas torres que flanquean las tres portadas do poniente, norte y mediodía, y se coro- nan de elevadísimas agujas; el inmenso, ae"reo y calado chapitel, sobrepuesto al crucero en forma de perforado obelisco, que sube ¡i perderse de vista anegándose en las nubes, ó tiñéndose en la líquida púrpura del sol de ocaso cuando la tierra eslá ya cubierta de sombra, obedecen á las mismas leyes reguladoras del equilibrio y de la estabilidad, sobe- ranas absolutas del mundo físico; y el admirable talento de los arquitectos que erigieron esas torres, esos chapiteles, esas agujas tan majestuosas, atre- vidas é imponentes, que en medio de su delgadez desafian la braveza de los huracanes, no consiste tanto en haber levantado á doscientos metros de - 127 - íiltura unos apéndices más ó menos expletivos de la estructura ojival, cuanto en haber descubierto, al cerrar el primer tramo de bóveda, el principio fecundo del contraresto oblicuo, de donde nacen todas las infinitas combinaciones con que se r e - monta el humilde sillarejo, desde el robusto estribo manchado con el lodo de la tierra, hasta la última hilada de las huecas agujas batida por el ala de las águilas. ¿Y qué mucho también que en el interior de la catedral gótica, ya sea en Reims ó en León, ya en Burgos ó en Toledo, hombres de poética fantasía hayan creido ver un remedo ó recuerdo de las enra- madas de las selvas del Norte, al contemplar las elegantes ojivas sostenidas por aquellos esbeltos pilares? Hoy ya no hará mucha cuenta de la inge- niosa hipótesis de "Warburton y de Chateaubriand quien recuerde la historia de los penosos estudios y tentativas que hemos bosquejado. Ya se v e , el templo gótico es bello sin esfuerzo y sin petulancia; es razonado y lógico como la flor, que parece una creación muy sencilla y encierra sin embargo incomprensibles arcanos ; es elegante, gra- cioso ó ingenuo sin aparentarlo, como lo es el niño en la feliz ignorancia de sus hechizos. Pero no es mayor la vulgar perspicacia para las grandes obras de los mortales, que para las maravillas creadas por — 128 — Dios. Tendió su omnipotente mano en el abismo sin fondo del espacio los hilos invisibles de la atracción que regulan la acompasada marcha de número infi- nito de planetas, los cuales mueven sus impondera- bles moles en torno de otros soles, no semejantes qui- zá al que nos alumbra , ruedas de un reloj incon- mensurable en que las horas son dias, años, si- glos...; y el hombre contempla ese mecanismo ma- ravilloso y aterrador como un simple velo de azu- lada gasa ó de negro crespón tachonado de oro y bri- llantes.—Descuella cortando nuestro horizonte la lejana cordillera, construida por el Eterno Artífice con ásperas y gigantestas rocas, profundos abismos y pavorosas gargantas, echando sobre ella el in- vierno la blanca didleta de nieves que se convierte en el estio en clamorosas cascadas; y nuestros en- cantados ojos sólo ven en ella un espléndido corti- naje de azul y plata ; y aunque sabemos que en los admirables paisajes que Dios pinta los toques son moles de granito, la luz los cien cambiantes del sol, la sombra los esbatimentos de seculares selvas, las veladuras vagarosas nubes, y el ambiente la perfumada atmósfera de los campos,—sin embargo se nos figura que para remedar tales bellezas no tenemos más que dejar correr al azar el pincel por la tersa superficie de una tabla. Se comprende que la arqurlccima ojival se Lava — 12!» — extendido por todas las naciones