DISCURSOS DISCURSOS LEÍDOS EN U S RECEPCIONES t ACTOS PÚBLICOS CADEMIA Di US TRES « E S DE SAN FERNANDO ESTlF I" DE JUNIO T>K I VADBID Imprenta de Manuel Tt-llo lista Real Academia de las Tres Nobles Artes, siguiendo el ejemplo de sus ilustres hermanas de la Historia y Es- pañola, acordó en Junta de 4 de Diciembre de 1871 colec- cionar en tomos sucesivos los discursos leídos en las Juntas públicas, que en observancia desús Estatutos celebra, ya para dar posesión de sus respectivas plazas á sus individuos do número, ya para inaugurar los años y trienios académi- cos, ya en fin para adjudicar los premios concedidos en pú- blicos certámenes. Resolvió igualmente con la misma fecha reunir en otra serie do volúmenes los Informes y Consullas, que babitualmente eleva al Gobierno sobre las materias pro- pias do su competencia, ora se refieran á la teoría y práctica del arte en sus multiplicadas ramificaciones, ora tengan por objeto la custodia y restauración de los monumentos nacio- nales, ora se relacionen por último con la administración dol listado. Proponíase la lleal Academia, al tomar el primer acuer- do, presentar, si no en un cuerpo de doctrina, porque no lo consentía la misma naturaleza de los discursos, de la mane- ra más conveniente al menos, los útiles trabajos con que sus elegidos, á partir déla última reforma de sus Estatutos, lian procurado justificar el llamamiento hecho á los mismos por esta Corporación, para que contribuyeran con sus luces al lustro v mtiyor lupjro de sus tareas. Ni perdía do vista la Acadomia, al comprender en esta resolución los discursos inaugurales, bajo el doble concepto indicado, la relación que realmente existe entre las generosas aspiraciones de sus ncó- títos y sus propósitos, nunca hasta hoy desmentidos, de pro- mover y estimular el cultivo de las Tres Nobles Artes. La teoría estética, ó la investigación bistórico-crítica, anunciada ó ensayada por los nuevos Académicos, ha encontrado más de una vez aplauso, eco y aún estímulo, no ya sólo en las oraciones destinadas á darles la bienvenida, sino también en los discursos, que han tenido por objeto principal, desde la referida fecha, el dar cuenta á la nación de los esfuerzos rea- lizados por la Academia en cumplimiento de sus más altos deberes. Aspiraba con el segundo acuerdo, aun reconocida desde luego la imposibilidad de que figurasen en la colección in- dicada todos los informes y consultas que constituyen parte muy principal de los trabajos académicos, á hacerlos en cier- to modo conocidos. Hay á veces en estas producciones, con- denadas hasta ahora á yacer en el silencio de los expedientes que las motivan, no poca enseñanza científica, digna de fructificar, así en el terreno de la teoría como de la practica del arte; abundan otras en ellas la erudición estético-ar- queológica y el conocimiento de la historia interior de todasy cada una de las artes, distinguidas con el título de plásticas; anímanlas otras, por último, sanos y fructuosos principios de administración, cuya prudente práctica reclaman al par los intereses, igualmente respetables, délos ciudadanos y del listado. La Real Academia ha conceptuado por tanto que acndia ¡í cumplir con la publicación de sus Informes y Con- sultas cierto deber di; actualidad, llenando un fin, si no tan importante como el reservado á obras fundamentales., tan in- teresante al menos, bajo el triple concepto apuntado, y más directamente enlazado con lo presente; punto á que una y ntra serie de escritos más inmediatamente se encaminan. Comienza, pues, á ver la pública luz la colección de los DISCURSOS A T:A mancos. Consta esto su primer volumen do diez y ocho do recepción y cinco inaugurales, y unos y otros abrazan desde V.) do Junio de 1850 á G de Octubre de 1867. Todos encierran copia no escasa de doctrina; y la Academia daria por terminada esta advertencia, con repetir que los juzgaba átodos grandemente enlazados y útiles á los fines de su instituto. Cuéntanse, no obstante, entre ellos algunos, que sobre reflejar •vivamente los buenos principios de esté- tica y de crítica, ofrecen extraordinario interés y aún nove- dad en el campo ño muy frecuentado de las especulaciones arqueológicas, consideradas desde la esfera trascendental del arte; y sobre estos discursos, algunos de los cuales lian abier- to seguro camino para establecer, por lo que respecta á nues- tro suelo, luminosas clasificaciones artístico-históricas, pu- diera esta Real Academia llamar la atención de los lectores ilustrados, si no temiese lastimar la modestia de sus autores. Al recto criterio de los cultivadores y amantes de las be- llas artes, confia, pues, esta Corporación el juicio de la doc- trina, atesorada en los discuros que forman este primer vo- lumen, si bien no puede menos de inspirarle confianza el aplauso que individualmente merecieron, al ser pronuncia- dos. La arquitectura clásica y de la edad-media, la escultu- ra antigua y moderna, la pintura española, estudiada en una de sus más brillantes escuelas, el arte del grabado, considera- do en su historia y en sus útiles aplicaciones, la influencia ci- vilizadora do las artes, vistas como elementos educadores de la sociedad, ministraron una y otra vez á los nuevos Acadé • micos materia abundante "para hacer gala de especiales estu- dios y de muy selectos conocimientos, y estimularon tam- bién, cual va indicado, el probado celo de los antiguos miem- bros de esta Real Academia. Por desgracia, en uno y en otro concepto-ha borrado la mano de la muerte de las listas de sus individuos algunos de los ilustres nombres, que figuran al frente de estos trabajos, Pero tan dolorosas pérdidas que lloran al par las artes y las letras, y que la Real Academia ha consignado con hondo sentimiento en SUP anales, por ley inevitable de los hechos \lll . JIEAL ACAMÍMM BE SAN FERPíANDO. han dado origen y nacimiento á la mayor parte de los dis- cursos que forman la presente colección, la cual personifica en consecuencia, no ya sólo la trasformacion de las ideas, en o-l desarrollo de los estudios artísticos, sino también la sucesiva renovación de los cultivadores del arte, en las es- feras individuales del ingenio. La Academia, conocedora de las altas virtudes que caracterizaron á sus ilustres miem- bros, perdidos para la actividad del trabajo, acoge esta oca- sión, para consagrarles aquí un grato, aunque triste recuer- do, mientras repite á los que eligió para sustituirlos, las se- guridades de la firme confianza que la anima respecto del celo con que proseguirán segundando el noble ejemplo de aquellos, ya que al penetrar en su pacífico recinto, supieron dar tan inequívocas muestras de su amor al arte, de su se- lecta erudición y de su privilegiado talento. DISCURSO Iwo. SU. D. JOSÉ AMADOR DE LOS RÍOS, EL ESTILO MÜDEJAK EN AKQUITECTURA. SEÑORES: Alirenme las puertas do esle santuario de las Nobles Artes, donde súlo loman asiento sus más distinguidos sacerdotes, no mis escasos merecimientos, sino el hidalgo aféelo, la generosa indul- gencia con que os habéis dignado mirar mis pobres esludios arqueo- lógico-monumentales. Porque no entro aquí en virtud de propio de- recho: que ni soy tan desvanecido que lol presuma, ni ignoro cuánto se há menester en el cultivo de la ciencia de las antigüedades, aun considerada sólo bajo la relación artística, para subir al honor de sentarse, ajusto íítulo, entre vosotros. Tampoco puedo hoy aspirar dignamente al galardón del artista: trajéronme a esta casa en mi primera juvenlud la devoción y el respeto: fuisteis unos para mi MAESTROS cariñosos y solícitos, que ora n e c V t ' á se f y conocer la belleza de las formas, ora i se 1 te a te oj lo tesoros del color y de la armonía: ence d le ol o c n } e I o el noble fuego de la emulación , y ti 1 o i ja \ e ala el llamaros con el dulce nombre de ND LOS Fuerz \ ll vino sin embargo á separarme de vuestro lado: luchaban en mi desde la más tierna adolescencia el amor de las arles y el amor de las letras: venció al cabo aquel indefinible anhelo que engendraba dentro de mi alma la gloria de León y de Rioja, de Mariana y de Cer- vanles; y dominado del santo respeto que me inspiraban, lejos de echar sobre mis débiles hombros la empresa lilinica de emularlos, 2 HEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. esclavicé mi vida cutera al deseo de consagrarles modesto, si bien merecido templo, donde compartiesen el lauro de la inmortalidad con los esclarecidos ingenios, que en diversas edades y bajo distintas dominaciones lian sublimado á España 1 . Mas bien sabéis , Señores Académicos, que al ceder a esta incli- nación irresistible de mi espíritu, no ha podido recaer sobre mí el dictado de apóstala. Cuantas veces estuvo á mi alcance, ya en des- empeño de personales deberes, ya interviniendo de algún modo en las deliberaciones de otras Academias y Juntas, encargadas por la ley y por el Gobierno de la guarda é ilustración de los monumentos nacionales , ya en fin , contribuyendo á despertar con el estudio de las reliquias de nuestra olvidada cultura el amor á las arles, siem- pre lie procurado, bien que rara vez lo haya conseguido, mostrarme digno dt; la doctrina, con que, liberales y generosos, acaudalasteis ini entendimiento. Hé aquí sin duda el único título valedero, que puedo en esle solemne instante presentaros : pequeño, si conside- ráis que era esta sagrada obligación en toda sana inteligencia y en iodo corazón bien nacido; grande, si reparáis en que es prenda se- gura de no enturbiada ¿rralilnd, y rími hit lardos i!i¡¡s recibido de vuestras propias manos. Al confirmarlo ahora con vuestro llamamiento , no sólo juzgo en mí decoroso el hacer pública esta grata y antigua deuda: vuestra excesiva benevolencia me fuerza también á recordar alguna parte de la doctrina que me confiasteis, para no aparecer del todo pere- grino en la morada de las artes, cuando la ley académica, que hoy nos reúne, exige de mi que no llegue á sus altares sin alguna ofren- da. Y ya que, trayéndome a este sitio, os habéis manifestado por ex- tremo favorecedores de mi insuficiencia y poquedad, no sera mucho solicitar de vosotros que, al dirigiros mi voz para repetir vuestras 1 Aludía ií la Historia crítica de la literatura española, en cuyo trabajo hacía más de veintitrés años me ocupaba, en 1859, y de la cual di á luz en los siguientes hasta el do 1868, los siete primeros volúmenes, que en - cierran la exposición histórica de la manifestación latina y de la castella- na hasta el siglo XVI. DISCURSO DEL ILMO. SEÑOR DON JOSÉ AMADOR DE LOS n t O S . 3 lecciones, prestéis amigo y paternal oído á mis desconfiadas pala- bras é inseguros asertos. Doctrina es vuestra, como lo es también de consumados críticos, que los monumentos de las arles y de las letras llevan impreso viva y profundamente el sello especial de las civilizaciones que los pro- ducen. Sus sentimientos, sus creencias, sus costumbres, su estado social y político, sus deseos y esperanzas, en el vario y contradicto- rio sentido de la vida, todo se halla revelado con sorprendente inge- nuidad en las creaciones del arte, ora escriban el arquitecto y el estatuario en inmensas moles de piedra la historia de pueblos que ya no existen, ora confien el pintor y el poeta á frágiles laidos é instables cantares los prodigiosos triunfos de sus héroes, la pacifica gloria de sus sabios, la justicia ó la omnipotencia de sus monarcas. Ofrécenos la historia patria cabal comprobación de este principio trascendental de la crítica moderna, encalla una de sus páginas. Per- mitidme, no obstante, que fijándome por breves momentos en la grande Era de la reconquista, periodo largo, difícil y glorioso, en que nace, se desarrolla y llega a colmada granazón el carácter nacional, ose señalaros entre todas las manifestaciones del arle cristiano cierto linaje de arquitectura, que reflejando de una manera inequívoca el estado intelectual de la grey española, desde mediados del siglo XII, es, en mi concepto, seguro comprobante de la verdad enunciada '. Hablo de aquel estilo, que tenido en poco, ú visto con absoluto me- nosprecio por los ultra-clásicos del pasado siglo, comienza hoy á ser designado, no sin exactitud histórica y filosófica, con nombre de mw- dvjar a ; nombre que presentando á la contemplación de la crítica una 1 Mo reQero principalmente i, la manifestación arquitectónica: la in- fluencia artlstico-industrial, se insinúa, segiin veremos en breve, desde el mismo siglo XI. 2 Al bosquejar en la Segunda Parte de mi Toledo pintoresca ia historia do la arquitectura arábiga, señale bajo el título de Arquitectura mozárabe todos los monumentos que guarda la ciudad imperial, debidos á BUS an- tiguos alharifes mudejares. Nuevos estudios, examen máa detenido de aquellas y otras fábricas de igual índole y naturaleza, así como también 4 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. de las más interesantes fases de la civilización española, bastará sin duda á revelar la existencia de un arte, que no tiene par ni semejan- te en las demás naciones meridionales, como no há menester ningu- na de ellas de la política tolerante que da vida á los vasallos mudeja- res de la corona de Castilla, ni de las leyes que los defienden y pro- tegen, ni de la alianza social, que demanda y obtiene su inmediata participación en el ejercicio de las artes mecánicas, y que lleva al fin su influencia á las esferas de las ciencias y de las letras. Recordare", señores, las premisas históricas y artísticas de esta manifestación peregrina del arte monumental en nuestro suelo, aten- diendo al par á no fatigaros con la balumba de una erudición indi- gesta.—Todos conocéis perfectamente el afrentoso desastre de Gua- dalelc: la Providencia, que ahoga en las tranquilas ondas de aquel pobre rio la soberbia y desapoderada altivez de los visigodos, ni con- sintió que pereciese allí la religión de llecaredo, ni permitió tampo- c.o que se extinguiera para siempre la antorcha de aquella civiliza- ción , cuyos preciados tesoros había recogido el grande Isidoro en sus inmortales producciones. Hirió la mano del Altísimo, para castigar aquella desvanecida monarquía que se juzgaba eterna; y cayeron por el suelo las potestades de la iierra, y despertaron en las angustias de la muerte los que se haliian adormido en el lecbo de la vanidad y de los vicios. Pero veló el Señor por los humildes, y atirióles camino en medio de aquel tremendo naufragio, para que sacando a hospita- laria orilla el arca santa de las creencias y las reliquias de los már- tires, levantasen en Covadonga nueva y más duradera monarquía, que iba á descansar firmísima mente en el indestructible cimiento de la fií y del patriotismo. Alzóse, pues, el pueblo de Prlayo, igualadas ya todas las frentes largas y muy provechosas consultas con los más entendidos arqueólogos de nuestra patria, me han movido i rectificar aquella clasificación, dando & dicho estilo arquitectónico el nombre de mudejar, único que ne adecúa á su origen y í BU sucesivo desarrollo. Los hombres doctos en la historia nacional decidirán hasta quó punto acertamos, al establecer esta deno- minación crítica para la historia de las artes. DISCURSO DEL 1LMO. 3ESOR DOS JOSÉ AMADOR DE LOS RÍOS. 5 por la mano del infortunio, al grito de religión e independencia; y fijas sus miradas en la nobilísima Toledo, emblema un dia del im- perio católico, cuna de sus sabios y cátedra de sus sanios, caminó á paso lento hacia sus sagradas murallas; y receloso siempre del in- menso poderío de los Califas de Córdoba, escribió en sus banderas las terríficas palabras de esclavitud y muerte., y vendió aub corona á los adversarios de su ley, y quemó sus mezquitas, sus alcázares y sus libros, degollando con igual furor a sus alfaquíes y á sus ulemas *. Trescientos veinticinco años de guerra sin tregua ni perdón se lm- bieron menester para que los sucesores de los Alfonsos y Ramiros concediesen la libertad ó la vida al vencido en el campo de batalla, consintiéndole morar eii sus hogares; pero esta concesión sólo podía ser aconsejada por la prudente política de quien, superior ya en fuer- za y poderío al enemigo de su Dios y de su patria, no abrigase el do- loroso temor de ver nuevamente profanados los templos y en mísera servidumbre á sus sacerdotes y á sus vírgenes. Cabía tan alta gloria al primero de los Fernandos, cuando enarbola los victoriosos estan- dartes de la cruz sobre los adanes de Sena, Coimbra y Viseo: medio siglo adelante Alfonso Vi de Castilla, aquel de quien dicen los cro- nistas coetáneos que «podía una vcjezuela caminar por todo el reino -sin peligro, llevando en la mano abierta sus tesoros," recibía entre sus vasallos á los moros de Toledo, y con ellos los de otras muchas ciudades, conservándoles sus hogares y sus mezquitas, su religión y sus costumbres, sus tribunales y sus leyes. Las grandes victorias de las armas crislianas habian criminado el aspecto de la reconquista: los guerreros de Asturias, de León y de Castilla siguen creyendo, como en aquellos tres siglos de rencor y de exterminio, que les tienen los sarracenos usurpadas y forzadas las liaras 2 , donde ludavia imperan ; poro la piedad de los royes, más 1 Chronica latina de Alfonso VII (Núra. XIV y LX). Loa mahome- tanos participaban del mismo odio, apellidando á los cristianos Ayos de perros,filücaniim (Id., núm. LXXVIII). a Chronka Albeldando, núra. LXXXIII.—Cuatrocientos cincuenta aííos adulante decia don Juan, hijo del Infante don Manuel, hablando del (1 REAL ACADEMIA DE SAN FEMANDO. noble, m¡'is humanitaria, más consecuente y magnánima que. el in- teresado patrocinar de los Califas cordobeses, acoje bajo su manto prolector ¡i los vencidos mahometanos, sin que nazca en sus pechos, durante el largo período de trescientos cincuenta años, el político an- helo del prosdilisma, que provocó á orillas del Guadalquivir las san- grientas escenas del martirio, y acabo por el total aniquilamiento de los mozárabes '. No otro es, Señores Académicos, el origen de los va- sallos mudejares, grey que profesando la doctrina del Coran, vive des- de aquel momento, como la raza hebrea, en medio de la sociedad cristiana, y que ejerciendo, como la hebrea, no poca influencia en el desarrollo de la civilización española, vincula su nombre en la his- toria de nuestras artes. Adivinado habréis sin duda, ya ijtio no hayáis meditado profun- damente sobre este punto, cómo y por cuál sendero llega la expre- sada influencia á realizarse. Concededme un momento, para que os traiga a la memoria qué género de elementos artísticos deliian con- tribuir á caracterizarla. Dolado de superior talento y de ambición sin limiles, habíase al- zado Mahoma en el centro del Asia, con voz y autoridad de profeta, al comenzar del siglo VII, para lanzarse sobre el mundo, cual im- petuoso y devastador torrente. Proclamando una religión que pro- metía en mágico Edén el goce perenal de las ciérnales huríes, y san- Lificandocn tal manera el sensualismo de los árabes, sacábalos de aquellas olvidadas regiones al grito de Na hay más Dios i¡uc Dios y antagonismo de creencias entre cristianos y sarracenos:— "Et por esto lia uguerra entre los cristianos et los moros et avrá fasta que ayan cobrado i,los cristianos las tierras, que los moros les tienen forzadas» (Libro de los Estados, cap. XXX de la Prim. Parte). 1 Recuerdo aquí tres hechos notabilísimos: I." Los leyes de Hixen, que ordenaban á los mozárabes educar sus hijos en las madrisas mahome- tanas y abandonar su lengua nativa. 2." El decreto de Aly-ben-Juzef, que arrancó la mala semilla, llevando loa cristianos del imperio cordobés al África, 3." La circunstancia de no haber hallado Fernando III al pueblo mozárabe, organizado como tal, en Andalucía. Dejo la consecuencia á los lectores. DISCURSO DEL 1LMO. SEÑOH DON JOSÉ AMADOR DE LOS B I O S . 1 Mnhonui es su profeta, y hacíalos en breve dueños del Asia, del Áfri- ca y parle de Europa, precediendo el terror y la victoria á sus no contrastadas banderas, Ebrios con tan inauditos triunfos los prime- ros Califas, no sospecharon que existia otra más alta gloria que la gloria de las armas, entregándose con bárbara complacencia á los más vituperables excesos: el ángel de la destrucción guiaba los pasos de Abu-Bekir, cuya exterminadora diestra uncía á su carro triunfal crecido numero de naciones: Ornar, el más fogoso y afortunado de los conquistadores modernos, incendiaba con su propia mano los preciados reslos de la biblioteca de Alejandría, depósito venerando dü las reliquias de la sabiduría atesorada por el mundo antiguo. Las ¡uiras civilizadoras de la Grecia templaban no obstante aquella fero- cidad, digna de la execración de las gentes; y mientras, cediendo por vez primera al estímulo de la cultura, congregaban Abu-Djafar, Arun-al-Ilaschid y Almamun en torno suyo los sabios más esclareci- dos; mientras fundando academias y escudas para ilustración y en- señanza de sus pueblos, mandaban traducir á su nativo idioma las más aplaudidas producciones de las ciencias y de las letras, debidas á persas, sirios, egipcios y griegos, reparando en la magnificencia y belleza de los monumentos de la Grecia de Feríeles y de Jusliniano, volvieron la vista á contemplar las grandiosas obras levantadas por el genio de los Sasánidas y de los Miaraones, y ambicionaron al par la posesión de todas las riquezas, que resplandecían aun en los tem- plos y palacios de l'ersia y de Egipto, hermanándolas con la majes- tuosa severidad y gallardía de las fábricas de Atenas y Corintoy con la maravillosa fastuosidad de las basílicas de Bizanrio ' . 1 No faltan arqueólogos que, al tocar este punto de la historia de las artes, supongan que existía ya la arquitectura arábiga, tal como apareció en el Occidente, desde tiempos remotos, fundándose en las relaciones que han llegado á nuestros dias respecto del aDtiguo templo de Alharam, eri- gido, según Be pretende, por Ismaül en la época de los Pharaones, El exa- men critico de los diversos elementos que constituyen aquel arte, des- vanece esta opinión, dando irresistible fuerza ala teoría esencialmente histórica que en este sitio expongo, la cual tiene también á su favor el «.sentimiento de los más autorizados arqueólogos modernos. 8 BEAL ACADEMIA DB SAN FERNANDO. Lltiitin de las grandes conquistas mahometanas fue la INuiiiisula Ibérica; puro al caer derrocado ante los Aniires de los Califas orien- tales el trono de Leowigildo y de Recaredo, brillo á sus ojos no me- nos sorprendente espectáculo. La España visigoda atesoraba grandio- sos monumentos de la civilización romana: la República y el Impe- rio la habían enriquecido a porfía con suntuosas construcciones; Cór- doba, Mérida, Sevilla, Itálica, Zaragoza y Toledo se engalanaban todavía con sus magníficos anfiteatros y sus circos, con sus alcázares y pretorios, con sus regaladas termas y soberbios arcos de triunfo; Segovia y Tarragona, Evora y Braga ostentaban los magníficos tem- plos y los gigantescos acueductos que desafian aún la saña de los si- glos; el Tajo y el Anas, el Bétis y el Eliro veian domada su corrien- te bajo el peso de inmensas y robustas fábricas, destinadas por la arrogancia de sus autores á permanecer enhiestas in saceula mundi'. A esta riqueza inmensa del arte clásico habíanse adunado, bajo el cetro visigodo, la pompa y la fastuosidad del arte latino-bizantino, que habia poblado también el suelo de España de maravillosas construc- ciones. Todo pregonaba á vista de los conquistadores la grandeza y majestad de Roma, con el fausto y la opulencia del Imperio de Ataúl- fo, y lodo vino á herir al par su imaginación lozana y juvenil, na- ciendo en su pecho el vago anhelo de unir aquellos nuevos tesoros a los ya recogidos en sus peregrinaciones triunfales del Oriente. La arquitectura que debía señalarse, andando los tiempos, con i'l titulo de árabe y mas propiamente con el de mahometana, apare- cía, pues, en el suelo español bajo las mismas condiciones de vida y con los mismos caracteres constitutivos ijue en Jerusalen y en Danias- 1 Asi se lee en el famosísimo Puente de Alcántara, aunque sospecho que fuó su inscripción retocada en el siglo XVI.—Junto á la antigua Bpora (Montero) tuvo el Bétis un puente, que existia ad aelernam gra- tiam et monumenlum r&rum, según nos dice el jesuíta Juan Beltran en su Épora üluakata (fol 265), MS. que lie podido consultar, merced á la bon- dad de don Juan Antonio Gallardo, au actual posesor. Esta inscripción, muy semejante en el estilo á la de Alcántara, ge atribuyo por Eeltran a! famoso latinista y anticuario Juan Fernandez Franco. DISCURSO DEL ILUO. SEÑOR DON JOSÉ AHADOH DE LOS RÍOS. 9 co ' : rica y varia desde su cuna, apasionada de lo maravilloso, como la ardiente fantasía de sus cultivadores, procura en su primera edad acaudalarse con los despojos de los antiguos monumentos, y los imita con el gallardo afán de oscurecer sus bellezas; masa todas sus creaciones preside siempre, como idea generadora, el tipo de la basílica bizantina, cuyos deslumbradores mosaicos y multiplicadas labores formaban al cabo su más completa idealización, preparán- dola para aspirar al logro de más legítimos laureles. Tres largos siglos abraza esta primera época de imitación, periodo en que las columnas y capiteles, los frisos y molduras de los monumentos grie- gos y romanos y parte no escasa de los visigodos 2 , concurrían á exor- nar las mezquitas y palacios de los musulmanes, preludiando ya aquella prodigiosa fusión , que entre el arte de Oriente y el arle de Occidente debia realizarse en lo porvenir, consumándose al propio tiempo en las esferas de la poesía y de la arquitectura. Pero al ex- pirar este largo período histórico, que encierra toda la gloria del Califato andaluz y corresponde á la terrible época de antagonismo exlerminador entre el Coran y el Evangelio, arriba indicada, no ha- bian aparecido aún los vasallos mudejares, ni estaba en consecuencia preparado el terreno, donde debian fructificar los gérmenes de cul- tura, que habían de heredar del pueblo mahometano. Como despeñada a su perdición iba ya en nuestro suelo la civi- lización de los árabes, destruido por intestinas discordias y presa de extrañas invasiones el Imperio íle los Califas, cuando la bienhechora diestra de Fernando I redimió de la esclavitud ó de la muerte ó los 1 Tiúnese por cosa averiguada que Iaa primeras mezquitas coDStrui- das por IOB (Jalifas fueron la de Jorusalen (037), la de Amrú (642) y la do Damasco (705). Todas se fabricaron con los despojos de antiguos templos, y la de Jerusalen sobre el de Salomón. 2 Acredita esta verdad, entre otros muchos monumentos, la gran mez- quita de Córdoba, edificada por el grande Abd-er-Rahman y terminada por el célebre Almanzor. La mayor parte de los capiteles y cimaceos de su primitiva fábrica BOU visiblemente latino-bizantinos y debidos por tanto al arte, que florece en la Península, durante el imperio visigodo. 10 HEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. vencidos vasallos de los Abrt-er-Ilahmanes, teniendo en HOCO las te- mibles falanjes de los almorávides. Y no porque odiaran estos me- nos profundamente que los walics andaluces al pueblo cristiano; pero si cupo á Yusuf-ben-Texiifin el Irisle privilegio de dar el golpe de gracia al poderío de Córdoba, ni había pasado el Extrecho de Hér- cules para fundar, aunque lo ambicionara, nueva monarquía, ni apagados los primeros resplandores de sus armas, fue ya dado á sus descendientes rechazar el ímpetu de otras Lelicosas tribus del Áfri- ca, que, cual oleadas incontrastables de un mar tempestuoso, inun- daron una y otra vez las desamparadas regiones de la Botica. Lució un momento con espanto de los cristianos el astro de los almohades: desmembrada desde el infausto reinado de Sulcyman en breves se- ñoríos, pareció recobrar la España sarracena inusitado lustre bajo el cetro absoluto de Yacob-ben-Yusuf, quien siguiendo el noble ejem- plo de Abd-el-Mumen, su padre, no solamente lograba restituir por un momento a su primitivo cauce la desbordada civilización arábiga, imprimiendo sello especial á los monumentos de la arquitectura ' , sino que llevando sus falanjes victoriosas al centro de Castilla, ponia en pavorosa conturbación á los reyes cristianos, con las desastrosas jornadas de Zalaca (Sacralias), de Uclés y de Alarcos. Era este el mayor peligro que desde los tiempos de Almanzor había corrido el cristianismo: dueño del África y poseedor de los do- minios mahometanos de España, imaginase el intrépido Mahommad- bcii-Jacob digno sucesor de los Califas orientales, y revuelve en su fantasía el osado proyecto de someter al Islam los pueblos de Occi- 1 El académico D. José Caveda, después de reconocer en su Ensayo histórico sobre la Arquitectura española, cap. 13, este nuevo desarrollo de la mahometana, cuyos caracteres procura señalar, lo considera como na- tural consecuencia de las épocas anteriores. La observación no carece de peso; mas á pesar de todo, no puede desconocerse en esta edad de la ar- quitectura arábiga cierto influjo africano, que altera los elementos pre- existentes ó imprime nuevo sello á las construcciones de Jacob-ben- Jusuf. Sin esta manera de preparación, no acertaríamos á comprender el estilo granadino. DISCURSO DEL 1LMO. SEÑOR DON J O S É AMADOR DE LOS R Í O S . 11 dente. La guerra santa inflama de nuevo á los sectarios del falso profeta: enjambres de africanos vuelan á la aterrada España, al grito de No hay más Dios que Dios; y forjado el rayo en las playas andaluzas, levántase asoladora tormenta sobre la frente de Alfon- so VIII, quien apellidando a los reyes de Aragón y Navarra y lla- mando en su ayuda la cristiandad entera, aprestase á recibir aquel tremendo golpe, fiando la salvación de su pueblo, más que en los poderes de la tierra, en la piedad de la Providencia divina. Y no se en- gañaba : el milagro de Calatafiazor se reproducía en las Navas de To- losa, y Dios concedía por segunda vez á las armas españolas el in- marcesible lauro de libertar al Occidente de la servidumbre y de la barbarie {. Afortunados espigadores cosecharon en breve la mies segada por Alfonso VIII; y treinta y seis años después del glorioso triunfo de Muradal, vencida Córdoba y dobladas Baeza y Jaén al yugo cristiano, resplandecían las enseñas de la cruz sobre la gran torre de Sevilla. Alfonso el Noble arrojaba al olro lado del Extrecho á los poderosos almohades: Fernando el Santo y Alfonso el Sabio encerraban en un rincón de Andalucía i\ los reyezuelos y cónsules, que la señoreaban, mostrando á la faz de las naciones que estaba ya vencido para siempre el islamismo de Occidente. ¡Maravilloso espectáculo el que ofrece por aquellos días la ci- vilización española!,.. Pero solo reclamaré, Señores Académicos, vuestra ilustrada atención , para que en medio de tanta prosperidad y grandeza, como concedía el cielo al nombre castellano, os digneis 1 Los escritores franceses pretenden recabar para BU nación gran parte de esta gloria; pero sin fundamento histórico. Loa ultramontanos que acudieron á la cruzada, ya por no poder resistir los calores, como pretextaron, ya porque no habiéndoles permitido el rey don Alfonso sa- quear a Calatrava y degollar a sus moradores y presidio, como intenta- ban, vieron desvanecerse su esperanza de rapiña, se volvieron casi todos á sus tierras, sin afrontar los ejércitos de Mahommad-ben-Jacoh El hon- rado arzobispo don Rodrigo, actor muy principal en la cruzada, y caudi- llo esforzado de los cristianos, escribe en su historia un capítulo con tí- tulo: Ve discessu uüramonlanorum (lib. VIII, cap. VI), elocuentísima res- puesta á tan nial fundada pretcnsión. 12 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. ayudarme a reconocer la parle que alcanza la raza mudejar en su engrandecimiento, asi bajo el aspecto de las ciencias como de las letras, y más principalmente en orden á la arquitectura. Escasos, aunque no infructuosos, habían sido los esfuerzos de los vasallos mudejares en bien de la cultura cristiana, desde las fa- mosas capitulaciones de Sena y de Toledo hasta la memorable con- quista de Sevilla. Ni la zozobra y angustia de la guerra, que encen- dida á deshora por almorávides y almohades, llenaba para ellos de incertidumbres lo porvenir, ni lo vago, desemejante y vario de la si- tuación presente, hija en cada localidad del extremado peligro en que se vieron sus mayores, al recibir el yugo castellano, hablan consentido que germinaran vivamente en su seno los elementos de cultura, de anliguo atesorados, ni dado tampoco tregua á sus do- minadores para que, fijando de lleno la vista en sus monumentos arquitectónicos, se pagasen de sus bellezas. Asimilados á la raza hebrea respecto de la política, bien que más respetada en ellos la dignidad personal', mientras acrecientan los judíos sus riquezas, dados al trafico de recaudadores, almojarifes y asentistas, que al cabo les acarrea el odio de los cristianos,—menos ricos, menos envi- diados, pero sin duda más honestamente útiles a la república, con- sagrábanse los mudejares al ejercicio de la arquitectura, y no olvidada su industria, que ya desde el reinado de Alfonso VI había comen- zado á reflejarse en las esferas superiores de la cristiana a , conlle- 1 Losmudejares ni llevaban señal exterior por distintivo de en raza, co- mo los judíos, ni podian ser condenados en las causas con los cristianos, sin el testimonio desfavorable de uno de BU propia grey. El hebreo jura- ba, atrayendo sobre ai las más infamantes penas y maldiciones r el mude- jar ponia sólo é. Dios por testigo de eu buena fé (Circourt, Estudias so- bre los mozárabes, mudejares y moriscos, 1.1, págs. 255 y siguientes). 1 Como indiqué arriba, poseemos de esta edad notabilísimos monu- mentos , en que se hace visible esta nueva influencia en las producciones de la orfebrería cristiana. Puede recordarse al propósito el Arca de las Reliquias de Oviedo, exornada de orlas arábigas por disposición de aquel principo, y con ella el bellísimo Frontal esmaltado del altar, en que fuó ca- nonizado en 1070 Santo Domingo de Silos, rodeado asi mismo de una DISCURSO DEL 1LM0. SEÑOR DON JOSÉ AMADOR DE LOS RÍOS. 13 vaban asi el dolor de la servidumbre, atendiendo al sostenimiento del Estado con el diezmo desús averes, demás de la capitación, que, á ejemplo de los mozárabes, pagaban á la corona. Mas lodo cambia de aspecto, al caer bajo la dominación castella- na las ricas y populosas regiones, que se extienden desde las gar- gantas de Muradal hasta el mar gaditano, arrancados ya al poder sarraceno por la espadado Jaime, el Conquistador, los reinos de Ma- llorca y de Valencia, y rendidas al bijo de Fernando III las risueñas comarcas de Murcia. Aquel generoso principe, que al ser instituido por su padre arbitro de las capitulaciones de Sevilla, amenazaba a Axataf con degollar á lodos sus pobladores, si tocaban un solo la- drillo de la mezquita; aquel ilustre monarca, ensalzado y vilipen- diado al par, sobre cuya noble frcnle brillan en magnífico maridaje la aureola del legislador y del filósofo y la corona del historiador y del poeta, convocando con hidalga munificencia á lodos los sabios, llamando a sí todos los elementos de civilización que existían espar- cidos en sus antiguos y nuevos dominios, libre de las supersticiones de la barbarie, se erige en patrocinador de la raza hebrea y de la ra- za mudejar', y mientras acude á legitimar su existencia por medio de las leyes *, pone bajo su manto y traslada á la imperial Toledo las renombradas academias de Córdoba, en las cuales concede á un tiempo lugar distinguido a los sectarios del Talmud y del Coran, que vienen a compartir las grandes tareas, que el rey medita y pre- side , con los más ilustres maestros y doctores de Castilla. orla que revela igual origen. Pero el monumento más significativo, es sin duda la Arqueta de plata nielada, que guarda en la capilla de su nombre, en la misma catedral ñe Oviedo, laa reliquias de Santa Eulalia do Mórida, obra mandada hacer ex-profeso por el conquistador do Tole- do, para regalarla al relicario de San Salvador de la mencionada Iglesia. Digno es de tenerse en cuenta que este precioso monumento de la orfe- brería española, visiblemente mudejar, ofrendado allí durante el episcopado de don Pelayo, que BUWÓ á la silla de Oviedo en 1101, por el citado don Alfonso VI, no puede sacarse de los ocho años, que median desde el indi- cado de 1101 al de 1109, en que pasa de esta vida el expresado monarca. ' Partida VII,', tít, XXV, ley I. 14 REAL ACADEMIA DE SAK FERNANDO. Orienlc y Occidente, templada, sí no depuesta la antigua ojeriza de los cristianos, comenzaban á enlazar con vínculos duraderos los frutos de la inteligencia; obra en sumo grado meritoria y trascen- dental, cuya iniciación constituye uno de los mas esclarecidos títu- los que inmortalizan el nombre de Alfonso X. Ni las ciencias, ni las letras, ni las artes de hebreos y mahometanos fueron ya sospecho- sas al rey, que debia con entera justicia ser apellidado por la poste- ridad con nombre de SADIO, ni tímidamente aceptadas por su pue- blo. Y en tanto que mandaba el príncipe poner en lenguaje castellano los más celebrados libros arábigos de astronomía y de ciencias natu- rales, estableciendo la nueva Era alfonst, de que dan razón sus fa- mosísimas Tablas; en tanto que, obteniendo lauro de historiador, recogía en su Grande el General Esloria copiosísimas y maravillosas tradiciones de judíos y de sarracenos; en tanto que volvía, por últi- mo, sus investigadoras miradas á los libros filosóficos y poéticos del Oriente, para traer á la patria literatura los peregrinos tesoros, que iban á trasformar el arte nacido al grito de religión é independencia, dotándole de nuevas y muy preciadas joyas, extrechaba el pueblo los lazos de las imitaciones artístico-industriales, que habían tenido ya no estériles ejemplos en las regiones arquitectónicas.—Asi, mientras las simbólicas y sabrosas ficciones del Sendabad y[del Pant- eha-tanlra, comunicando su espíritu altamente moral al Libro de los Doce Sabios y á las Flores de Filosofía, obras iniciadas por Fernan- do III y llevadas á cabo por su docto hijo, inauguraban en el campo de las letras la trascendental fusión1 del genio de Oriente y de Occi- dente, hallaba realización análoga en las esferas de las arles el anun- ciado maridaje de la arquitectura cristiana y de la arábiga, deslina- do ¡i brillar con creciente florecimiento en los siglos futuros. liara parecerá sin duda en aquellos dias tan estrecha correspon- 1 Este importantísimo desarrollo de ka letras españolas es largamen- te considerado en los caps. IX, X, XI y XII del tomo III de mi Histeria crítica de la literatura, española, cuyos primeros siete volúmenes esperaban en 1850 ocasión favorable de ver la lua pública, DISCURSO DEL 1LHO. SEfJOR DON JOSÍ AMADOR DE LOS RÍOS. 15 dencia entre artes y letras; pero no otra es la enseñanza que nos ministran los monumentos.—Contemplemos si no los que todavía existen de la referida Era en las dos más renombradas capitales de Andalucía. Cuando la espada vencedora de Fernando III arrancó á la morisma la antigua Medina Andálus y más tarde la ciudad de Se- villa, hallábase la arquitectura cristiana en uno de aquellos instan- tes supremos, en que, Irás largas y difíciles elaboraciones, aspiraba á revestirse de nuevas formas, señalando así nuevo grado de progre- so en el cuadrante de la civilización española. El arco ojival, que ya fuese natural y espontáneo desarrollo del arte de Occidente, ya derivación afortunada de olro arte de más lejano origen, comenzaba H dibujarse en las fábricas de la arquitectura castellana, fue tras- portado al suelo de Andalucía, apenas iniciado su futuro desenvolvi- miento. Su presencia representaba «llí la triunfante cultura de los vencedores. Mas en aquel mismo suelo había, echado profundas rai- ces el arle de los vencidos; y Amires y Califas, walics y cónsules se habían extremado, desde los tiempos de Abdii-1-aziz hasta los de Axalaf, en dolar á Córdoba y Sevilla de portentosas aljamas y so- berbios alcázares, en que brillando todas las galas de la arquitectu- ra arábigo-bizantina, resplandecían en las más recientes construc- ciones los caracteres que distinguen la segunda edad de la historia de aquel arte, reconocida en ellos, no sólo la influencia de almorá- vides y almohades", sino también la menos duradera, aunque tal vez más brillante, de los príncipes abbaditas. He aquí pues, Señores Académicos, los encontrados elementos que en tal instante se aso- ciaban en la ciudad de San Fernando, si no para dar primer aliento al estilo mudejar, ya antes engendrado y asociado no sin fortuna al estilo románico, para determinar de un modo inequívoco la senda que debía seguir en (lias venideros ' . Las iglesias parroquiales de San 1 Cúmpleme advertir que este singular fenómeno se reproduce en to- das las comarcas españolas con loa mismos caracteres, cuya influencia se propaga á los siglos siguientes. Asi venios, por ejemplo, que las construc- ciones mudejares do Córdoba llevan constantemente el sello del arto del 16 HEAL ACADEMIA DE SAN FEBNANDO. Múreos, lie Santa Catalina y de Omnium Sancionan muestran allí, con otras no menos dignas de estudio, el singular consorcio que ó la sazón se operaba; consorcio que trasciende en este mismo sentido á los códices literarios y científicos, escritos en Sevilla y exornados de peregrinas miniaturas por la regia magnificencia del ilustre nielo de doña Berenguela *. Y no creáis que fue Sevilla única ciudad de los dominios caste- llanos, donde semejante fusión viene á realizarse.—Con grande aplauso de las gentes sustituía en Toledo desde 1227 a la antigua mezquita mahometana la gran fábrica de su celebrada catedral, que era calificada, aun no mediado el siglo, de opere mirabili por el nobi- lísimo arzobispo don Rodrigo 2 . Pertenecía la traza de aquel mag- nífico templo al naciente arte ojival, sublime intérprete del'senti- miento religioso, que en alas de la fe iba ya poblando nuestras ciu- dades de extraordinarias maravillas; mas ora obedeciendo la incon- trastable ley de la tradición, ora correspondiendo á los esfuerzos del Rey Sabio y de sus doctas academias, exornaba el maestro Pero Pérez, constructor de aquel soberbio templo, la parte más noble de su edificio con los despojos de la arquitectura mahometana, enri- queciendo de bellas y airosas galerías, donde se ostentan al par los arcos de herradura y los lobulados y estalaclíticos, la suntuosa Ca- pilla Mayor y la segunda nave de tan celebrada basilira. Pocos años Califato, mientras que en las de Sevilla predominan visiblemente los ele- mentos mauritanos, traídos á España por los almorávides. Lo mismo observamos respecto de Toledo, Zaragoza, etc., dando ÜBÍ gran variedad S sus manifestaciones y á su estudio. 1 Recuerdo entre otros preciosos códices, que guarda la Biblioteca del Escorial, el bello MS. que encierra loa Libros de los Juegos, terminado en 1283, uno antes de la muerte del Rey Sabio.—Todas las miniatura* (historias) que representan edificios, ofrecen la reproducción de las fábri- cas mahometanas, prueba evidente del efecto producido en nuestros ma- yores por el espectáculo de aquellas ciudades y comarcas. El pintor, que era sin duda cristiano, transferia á'BUS viñetas loque teniahabitualmente, delante.—El códice indicado tiene la signatura T. j . 6, 3 Cap. XIII del lib. IX mrl.'iiiu; ya siguiendo un todo opuesto sistema, reemplazo1 el ¡irquilcdo los orcos lobulados d awjrelttdos con los ojivales florenzados, que bermanó con otros muy airosos de herradura, sustituyó a los (ijimecillos decorativos del airaba bella hilera de arquitos apuntados, enriquecidos de graciosa tracería, y puso en lugar de las tablas de am- raca no menos vistosas franjas, ó bien en lugar de estas abundantes cenefas de almocárabe, rodeándolas de salmos y otras piadosas leyen- das latinas, en caracteres monacales. Desaltaban todos estos adornos sobre fondos varios y brillantes, á cuyo gusto se acomodaban los fri- sos del artesonado, ostenlando con los propios colores del Masón los referidos escudos de armas, interpuestos á las tirantes y vigas, que pintadas asimismo, describían diversas figuras geométricas, ó repre- sentaban diferentes llores y follajes. Responde á esta riqueza de las galerías exteriores la que guardan t davía los salones de la planta inferior, si bien ha perdonado la in- i uria en la superior alguna de las vistosas armaduras que antigua- mente la decoraban. Dispuestos aquellos por igual arte que las ga- lerías, presentan grande variedad en sus elementos ornaméntale , ira viéndose ondular flexible vastago de vid sobre las tablas de - 1 Mariana. 5 El mismo Cid vivia en tan estrecha alianza con el régulo de Moli- na, que no titubeaba en recomendarle su mujer y sus hijas: Saludad á mió amigo el moro Abengahon, etc., etc. (Poema del Cid, v. 2645 64 HBAL ACADEMIA BE SAN FERNANDO. corsé de grado los caballeros castellanos á vivir bajo el dominio de. los enemigos de su fé: don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, se futí á Valencia de Aragón, que era de moros, y de allí se pasó á Marruecos: cuando el rey Santo tenia cercada á Córdoba, el esfor- zado don Lorenzo Suarez Gallinato servia en la hueste del rey moro de Écija, y por su mediación permaneció este régulo neutral, sin socorrer a sus correligionarios durante el cerco. En los tiempos del Rey don Alonso el Sabio, estas defecciones, que ya noparecian des- honrosas á los sucesores de los Ordoños y de los Ramiros, son aún más frecuentes: ya he mencionado la de Guzman el Bueno, cuando íiitii no hahia conquistado este glorioso nombre; antes que él habían pasado al África Garci Martínez de Gallegos y oíros caballeros, los cuales salieron á recibir al nuevo tránsfuga. También dos hermanos del Rey, don Enrique y don Felipe, prestaron su espada al islamismo: cuenta la huida de aquel ol conocido romance Gran querella tiene el rey, ese rey Alfonso el Sabio ' . Del segundo refiere la crónica, que se fueron á ser vasallos del rey de Granada él y don Ñuño Fernandez, señor de la casa de Lara, don Lope Diaz de Hernández, señor de Vizcaya, don Esteban Fernandez de Castro, don Germán Ruiz de Castro, don Simón Ruiz de los Ca- meros, Garci-Gomez Carrillo y otros muchos. Por último, y para no hacer interminables estas citas, el infante don Juan, hermano de don Sancho el Bravo, sirvió en África al rey Aben-Juceph después que don Alonso Pérez de Guzman regresó a Andalucía*, y él fue quien le cercó en Tarifa; y el señor de Aguilar y Monlilla, en los dias de don Alonso el XI, se hizo vasallo del rey de Granada y le sirvió contra Castilla. Agrupad ahora todos estos precedentes, agregad á los que os ofre- cen sobre la política la hisloria y las crónicas, los que acerca de la 1 Romance, núm. 497. DISCURSO DEL 1LHO. SEÑOR DON PE PRO l)K MADHAZU. 05 vida mililica y privada os suministran la antigua poesía popular y las leyendas tradicionales, y veréis que el bosquejo de la correspondencia del arle con la literatura desde el siglo XIII al XV, resulla de más relieve todavía considerado el reflejo de las costumbres en la arqui- tectura nacional. Si habéis visitado el alcázar de Segovia, uno de los tres monu- mentos que nuestro electo lia analizado al trazaros el cuadro de la arquitectura mudejar, habrá llamado vuestra atención en el suntuo- so salón da los reyes el traje oriental conque están allí retratados gran número de los monarcas castellanos. Pues este traje no es en lodos los que lo revisten un accidente ideal y caprichoso de la restauración verificada en el siglo XVI. Lo mismo que los mozárabes de Toledo y Andalucía, usaron con harta frecuencia los magnates de Castilla, desde los primeros tiempos de la monarquía leonesa, las vestiduras y lujosos arreos illodo ocTipado y no bahía donde alojarlo. Añadió que si mi señor •'ijiieria trasladarse á otro pueblo, distante cuatro millas defiabryn, > podia hacerlo, y envió á un caballero de su corle para que le sir- viese de guia De aquí llevó el caballero á mi sríinr á otro pne- "lilirillo llíiniüilo OrbitTo, donde olra ve/, encontramos al rey »En esltj lugar la gente era mahometana. Allí el viejo rey Licué á los «cristianos despojados de sus tierras, y estas en poder délos paganos «moros. El rey coiné, bebe, viste y lo hace todo á la musulmana: «es enemigo de los cristianos y en todas sus ideas les es contrario. ..Al tercer dia de permanencia en aquel detestable lugar, donde no "había para todos nosotros más que dos camas tendidas en el suelo, «y nuestros caballos tenían que estar fuera del establo, dio el rey «audiencia á mi señor. Estaba sentado, y á su lado la reina, ambos .en el suelo, sobre una rica.alfombra: dieron la mano a mi señor y •á toda la comitiva, nos presentaron á su corte y dijeron á mi señor »)es pidiese lo que fuese de su agrado. La reina se maravilló mucho •<[fi oírnos. Es una mujer morena: el rey no la quiere ni hace vida «marital con ella; por lo cual es ella también enemiga del rey y en «nada le hace caso. Él no atiende más que a sus diversiones: los «cristianos, nial gobernados, pierden entre tanto sus tierras y sus «casas; los musulmanes se las usurpan, y el país desea que su her- «mano ocupe el trono ' . » La relación de Shassek hace mérito de un género de suplicio de que solo encontramos vestigios en algunos antiguos romances. «Reinaba gran discordia' entre los proceres del reino. El her- ..mano del rey mandó prender a uno, y que vestido con una túnica «de tisú de oro le llevasen al cadalso. Allí, colocado sobre un rollo «ii columna preparada al efecto, le hizo asaetear, vestido y todo »conio estaba con su túnica dorada. En aquel pais (va hablando de «Olmedo) se acostumbra á despachar de esta manera á los reos de ..muerte, y no se conoce otro linaje de suplicio. Colócase en la "tetilla derecha al ajusticiado el blanco, á que han de tirar los fle- «clieros, y al que hace mejor tiro le dan 24 maravedís en moneda •'de robre; mas el que yerra y no da en el blanco, tiene que pagar 1 Des bühmischen Herrn LEO'S van IÍOZMITAL ñtter-hnfund Pilgcr- reise durch die abendlande 1465-14B7: Beschrieien dwch GABRIEL TETZKL ron NüTnbvrg. Publicado en 1844 en Stutgard en la BlBLlOTHEK DES LITEKARISCIIEN VURBINS, tomo VII. DISCURSO DEL 1LMO. SESOR DON PEDRO ]1B MAUHAZO. 73 "Un durado de oro, el cual gastan después en comer y beber jnn- »los. Todo el que quiere tiene derecho a. tirar, y lejos ile conside- »rarse una acción afrentosa, es una honra para el tirador.™ Los moros fueron quizá los inventores de este atroz suplicio: ponían al criminal de estafermo y era alanceado con bohordos ó dardos peque- ños. Uno de nuestros romances fronterizos incluido en la Rosa de Ti- moneda, que empieza: Ya se partía el rey moro, canta asi la senten- cia que decretó un rey de Granada contra un tornadizo renegado, que declaró ser devoto de la Virgen: Prendedlo luego loa mios, y llevadlo á Almería; jugaréiamelo á las cañas en antes que pase el dia. lie ahusado quizá de vuestra paciencia. Kl asnillo era de ínteres parn la hislorin de nuestras artes; el discurso de nuestro nuevo compañero, rico en ideas originales; y el horizonte que abre, dema- siado halagüeño para renunciar en él á loda nueva exploración.