DISCURSO EXCMO. S». D. JOSÉ MARÍA 1IUET, SOIiKE LA ESCUELA SEVILLANA DE PINTUKA. SuSonus: N r ili Ihi ii I vn ¡ iera, el alecto profundo que i l i u n t n i i 111 n i ) 01 ] 11 era vez debo di- rigiros la pal 1 i p i n . c imjlir con viie t n s ictli 4 * si pretendiera omitir ó dilatar la expresión de mi agradecimiento. Manifestándola, ilclio principiar por daros gracias, Señores Académicos, por la distin- guida honra, que alcanzo en este diaT nomo merced únicamente de vuestra espontánea y pura benevolencia. Achaque ha sido siempre de la humanidad apelen1!- honras y dis- tinciones, y particularmente para algunos .nqucllas que señalan al lunnlire como más inteligente y sabedor do especiales conocimientos entre sus conipa trio las: achaque que ha crecido de punto en nues- tros tiempos, en que por multitud y diversidad de causas se ambi- cionan privilegios semejantes, sin lomar para nada en cuenta quien á ellos aspira, su verdadera capacidad, saber y merecimientos. De l¡il debilidad participó casi en su juventud el Académico que vais á recibir en vuestro número, cuando se apasionó, s¡ bien vulgar y empíricamente, de las artes, como solaz y recreo de las serias, gra- bes y profundas tareas de la procuración y de la administración de justicia, y del estudio tan indispensable para este lin de la legisla-- niin y jurisprudencia, á que ha consagrado, como era de su deber, su viihi entera. .No bastaba el amor jipsionaiio del arle, ni lampoi-u ImWi- re- J i¿ i\TiK\' ACAlíf-MJA DE SAN I1 bEYtfANDOH cdiriili), impulsado tic esta noble afición, los sitios m que, asi cu el centro de Europa como en alguna parte tic Oriente, se levantan sus más clásicos, notables y magníficos monumentos; no bastaba IIJIIKT contemplado embebecido en ConstanLinopla el origen y perfecciona- miento del arte bizantino en el suntuoso templo de Santa Sofía, hoy mezquita por afrentosa desdicha; ni los restos del celebre Partenon en Atenas; ni los magníficos templos y riquísimas galerías y colec- ciones de Alemania; ni la eterna ciudad, capital de las arles y del orbe cristiano; ni lo que comprende gran parte de Italia, tierra clá- sica del genio; ni por último, mucho de lo que encierra nuestra ge- neralmente desconocida patria. No era todo eso titulo bastante para poder entrar por las puertas de esta Academia, quien lo lia recorri- do lodo, indocto, y lia contemplado tan peregrinas bellezas como uno de tantos viajeros, y, cuando más, vulgares aficionados. Vuestra benevolencia os lia inducido sin duda á error en esla elección, si no es que hayáis venido á recompensar con harta lar- gueza algún corto servicio prestado á la patria, á qne tuvo la buena suerte de contribuir el que habéis elegido para acompañaros, cuan- do en días calamitosos fueron preservados y conservados los precio- sos lienzos que atestiguan la gloria tle la escuela sevillana '. f Cuando en el año de 1835 acaecieron los sucesos que son tan noto- rios, y las comunidades religiosas existentes á la Bazon en Sevilla, se vie- ron obligadas á abandonar imprevista y repentinamente sus casas, corrie- ron gran riesgo de ser sustraídas y perdidas para España gran parte, ei no toda la multitud de preciosas obras de pintores sevillanos y de otros no menos célebres, que existian en los templos y conventos forzosamente cerrados y desiertos. En la primera noche que en tal situación trascurrió, faltaron ya, y faltaron para siempre (puesto que muy pronto se supo que el interés ó la codicia los llevara á manos extranjeras, y hoy existen fue- ra de España), ocho de loa mas preciosos lienzos de aquella escuela, y una pequeña, pero preciosísima estatua de Miguel Ángel, que se conser- vaban en dos de los conventos referidos. Alarmado con tal noticia el se- ñor D. Agustín Armendariz, á la sazón gobernador civil de aquella pro- vincia, y animado del celo patriótico que le ha inducido siempre i pres- tar altos y señalados servicios, acudió á proveer á cuanto reclamaba la seguridad de las preciosas joyas de nuestras artes. Con tal propósito, de- DISCURSO DHL F.XCMO. SEÜOR DON JOSÉ MARÍA JIUET. 343 Y ved aqui, Señores, naturalmente, el asunto á que han de en- caminarse las palabras que debo dirigiros para cumplir el precepto ya referido. Como en ellas lodo deba llevar el sello de la gralilud y del reconocimiento, natural era que para decir algo acerca de las ¡ules, la imaginación corriera á Sevilla, donde recibió las primeras inspiraciones el que tiene ahora el deber de ocupar vuestra alendo» con mi punto determinado referente á ellas. Otro motivo especial le induce á recordaros algo (porque expo- nerlo como novedad no lo conseguiría) acerca del origen y de seña- IÍKIÍIS [líu-linilariil.nles y circunstancias de pintores qiui ennoblecie- legrt BUS facultades en el Sr. D. José Antonio de Arespacochaga, secreta- rio de aquel gobierno, y en una junta, compuesta de los Sres. D. Manuel López Cepero, D. Francisco Pereira, canónigos de la Santa Iglesia de Sevilla (el primero deán posteriormente de la misma), del señor marqués de Arco Hermoso, y de D. José María Hiiet, fiscal de S. M. en la Sala del crimen de aquella Audiencia.—Como el ultimo es quien hace este re- cuerdo, no le es dado referir cuánto trabajó aquella junta para salvar do todos mojos las riquezas del arte. Necesario es, sin embargo, asegurar que sus individuos, en quienes (excluyendo siempre al último) se reunían la ilustración y conocimientos oportunos, procedieron de tal manera en el cumplimiento de su encargo, que los nombres de los Sres. Armenda- riz, Arespacochaga, Cepero, Pereira y Arco-Hermoso, merecen, con jus- ticia, tributo de gratitud de cuantos so interesan por la gloria de las artos en España, sin otros títulos que tenían ya adquiridos para la esti- mación de BU patria. Permítase á la amistad más sincera hacer aquí particular y muy afec- tuosa conmemoración del Sr. D. Manuel López Cepero, tan ventajosa- mente conocido por su puro y ardiente patriotismo en los sucesos de nuestra historia, y especialmente en la de Sevilla desde el levantamiento que dio origen á la guerra de la Independencia, y no ménoa por su cons- tante ó ilustrada afición y especiales conocimientos en las artes y en la escuela sevillana. De todas reunió numerosa y notable colección, que hoy conservan sus dos sobrinos, que, como hijos del hermano mayor del señor Cepero, llevan su núsmo apellido, y que huérfanos desde la más tierna edad fueron educados por su tio. De aiguDos de estos cuadros tiene parti- cular noticia la Academia. Entre ellos hay uno muy notable, de la calle de la Amargura, firmado por Francisco Pacheco, y un Crucifijo, obra verdade- ramente maestra de Alonso Cano, de mérito tan singular, que muy pocas habrá que le aventajen y aun que puedan en su clase comparársele. Bien 344 HEAI, ACADEMIA DE SAN FEIINANDO. ron y enaltecieron las glorias de la ciudad reconquistada al cato- licismo y á la patria por el más santo de nuestros reyes. Ese motivo es el carácter espiritual que predomina en los sentimientos y en las obras de aquellos pintores. Si en la lozanía de la juventud, si en el vigor de la edad viril pa- rece que se encuentra mayor aptitud para el estudio de las artes y la contemplación de sus bellezas, no es tampoco ajena de ese fin la edad madura y provecta en que acercándonos más y más rápidamente al de nuestro paso por la tierra, el alma se ve inclinada hasta en sus recreos á buscar cuanto iniis 'los estos pintores, Alejo Fernandez. Va hemos dado con el primer destello de la luz que bnliia de es- parcir poco después la escuela sevillana, lié aquí, Señores, su pri- mer origen, reducido por entonces á ciertos límites; porque también (•n esta escuela hay dos orígenes diversos y sucesivos, en gradación semejante á la que allá en Italia luvo el arte, primero en Cimabue, para engrandecerse poco después en manos del célebre Giotto. Por ser natural de Guadalajara y haber pintado siempre en Cas- lilla Antonio del Hincón, a quien somos deudores de conocer el afa- ble, bondadoso y augusto semblante de la reina Católica, no cabe hacer aquí im'i-s especial mención tic sus obras y estilo, en que diera 336 nEAl, ACADEMIA DE SAN FERNANDO. mi paso también avanzado ¡i la perfección, amaestrado según su dice en Italia, por Andrea del Castagno y Dominico Ghirlandajo. Pintaba en 1508 el maestro Atejo Fernandez, quien , según la frase de Cean, desterro de Andalucía la manera bárbara y la falta de decoro. Su dibujo fue más correcto que el de Castro y sus discípu- los; y aunque conservó de aquellos sus antecesores muchas de Ins Formas de que se valían para la expresión y adorno de las figuras brota ya el sentimiento en los semblantes que pinta , y todo en él manifiesta los progresos de sus conocimientos en el arle. No Iiay que decir que este y cuanlos pintores le precedieron con- sagraron sus pinceles ¡i materias y asuntos puramente religiosos. No babia ya otros para los artistas andaluces, y en este sentido bino es- pecial mención de las obras de Alejo Fernandez el insigne cordobés Pablo de Céspedes. Fue el discípulo más adelantado de Fernandez, Diego de la Bar- rera, que en 1522 pintó la historia y estatuas de la Puerta del Per- don en la catedral de Sevilla, y bajo cuya dirección y enseñanza aprendió Luis de Vargas los principios del arte que estaba llamad" íí regenerar, trayendo a su patria los adelanta ni ionios alcanzados en Italia, y particularmente en la escuela florentina en que se perfec- cionó. Fuera de desear que algún erudito investigara y recogiera las noticias que pudieran adquirirse acerca de sus viajes y permanencia en Italia, y .cuanto se refiere a su aprendizaje con Perino del Vaga, pintor á la sazón floreciente en aquella escuda. Merece Luis de Vargas (el Jacob de V pintura, según la feliz ex- a presión de Palomino) loda esa atención é interés, por ser verdadera- mente quien dio determinado carácter a la principal escuela andalu- za, y quien introdujo y aclimató entre sus compatriotas la enseñanza del arte, con los progresos (jue alcanzara en su tierra natal desde su renacimiento. Y como hubo de tomar lecciones del pintor florentino ya citado, no será completamente inútil ni inoportuno dar alguna breve noticia del maestro, de los que en aquella escuela le precedie- ron, y de sus obras. DISCURSO DEL EXCMO. SEÑOR DON JOSÉ MARÍA Hl'BT. 357 ¡únanlo mejor que quien ahora lo trae á vuestra memoria .sabéis vosotros, Señores Académicos, el origen tí historia de la escuela d >< Florencia, y su estado, cuando nuestro Luis de Vargas fue allá á |ierfeccionarse en la pintura I Nacida á fines del siglo XIII en manos de Giotto, el amigo del Dante; sin modelos que le guiaran (que tales no podían ser los que en la antigua ltizancio convirtieron en seras momias las figuras humanas con su desproporcionada largura y lan- guidez); sin más enlace con la antigüedad que el mosaico; rompien- do Giotto las trabas que le oprimían, fue el verdadero creador del arle que sostuvieron y propagaron por espacio de un siglo sus nu- merosos discípulos Tadeo Gaddi, Giottino, Simón Memmi, Juan da Melano, Angelo Gaddi, Veneciano, Spinelli, lhiffalmaco, los Orgagna y oíros, hasta Masolino da Panicale, maestro de Masaccio, cuyo ge- ni" , por la nueva vida que dá ¡i la escuela, forma era y primer pe- riodo en sus anales. Contemplamos y admiramos las principales "liras de los pintores referidos en los templos y galerías de Florencia y en el Campo Santo de Pisa. Viene después el heato Angélico, Gotzzoli, Lippi, Doliculli, llo- selli, Italdovinelti y otros, hasta Caslagno, VerocMo y Ghirlandnjo, y llegan á Leonardo de Vinci, que bien puede formar, aunque más corta que la anterior, la segunda época de la escuela florentina, se- guido poco después por el gran genio de aquella y de todas las escue- las italianas, Miguel Ángel Bonarrotli. Entre sus imitadores y discípulos, después de Andrea del Sarlo, el Pon tormo y otros más con Daniel de Vollcrra, sigue, en la serie de los pintores de esta escuela, el que fue maestro de nuestro Luis de Vargas, Pedro Ituonacorsi, conocido más generalmente con el nombre de Perino del Vaga. Nacido en muy pobre y menesterosa '•una, en Toscana, por los años de 1500; amamantado por una t-abra, dia á la mayor perfección. A su vuelta de Italia consagróse el li- cenciado Roelas al ejercicio del arte que con tanto amor profesaba, siempre en asuntos y con pensamientos religiosos, tan conformes con su estado, y costumbres. Asi lo atestiguan los líennosos lienzos que afortunadamente se conservan en la catedral, en otros templos y en el Museo de la capital de Andalucía, entre ellos el célebre del Martirio de San Andrés, pinlado para la capilla de los flamencos, sobre cuyo aprecio versa la curiosa anécdota que Palomino refiere. E» cuanto á su carácter y costumbres, dice aquel con su candoroso estilo: «fue nuestro Roelas un hombre muy pió y muy limosnero, "Je suerte, que á la más humilde viejecila que le pidiese una pin- t u r a , no la dejaba desconsolada aunque fuese sin interés alguno. •• Y no se trae en balde y por puro ngrado este recuerdo; antes bien, 364 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. sirve para caracterizar en un concepto los artistas du !;i i'snicla ;'i que Roelas pertenecía, y en que aleccioné ;'t uno du los mayores maestros, Francisco Zurbarán. Con aquellas lecciones y principios y con talentos y dotes sin- gulares para el arle, se formo este gran pintor, que aventajó en mu- cho al mismo Roelas, y cuyos lienzos, á juicio de algunos, sopor- tarían sin desventaja la comparación de no pocas obras maestras. El célebre cuadro de Santo Tomás, por ejemplo, tan rico y grandioso en su composición, en sus figuras, en todas sus partes, bien pudie- ra colocarse sin temor de ser oscurecido en cualquiera de las prin- cipales galerías europeas. Poco ó nada conocidas las obras de Znr- baran en nuestro Museo, aunque mucho de los Sres. Académicos, cuesta trabajo no extenderse en más consideraciones acerca de ellas; pero es preciso dejar, por no ser enojoso, las que se refieren á di- cho pintor y a toda la rama que se ha deslindado últimamente. Baste este simple recuerdo para traer á la memoria el origen y pri- meros pasos de la escuela de que se trata, en la que Zurbarán, le- jos de separarse del espíritu relifposo, «poetizó el dolor y la resigna- ción,- como dice un autor extraño (M. LeonGozlan), el cual, sin ser partidario ni mucho menos, de la vida ascética y contemplativa, aplica á Francisco de Zurbarán el calificativo de Job de la pintura. Volvamos, pues, ahora á la otra de las dos ramas más favoreci- das del tronco de la escuela de Vargas. Comienza en Luis Fernandez, discípulo de aquel, y á su vez maestro, y en tal concepto progenitor en el arle, de Ilúiz de Sara- via, del Cartujo Galeas, de dos de los Herreras (Francisco, conocido por el viejo, y su hermano Bartolomé), de Pacheco, suegro y maestro de Velazquez, de Agustín del Castillo y de Juan del Casti- llo, su hermano, que enseñó á nuestro Bartolomé Esteban Murillo. Cuando se nombra á D. Diego Velazquez de Silva, suscítanse na- turalmente en el ánimo aplicado a la contemplación de las artes, ideas tan grandes y elevadas como las glorias que para las de España ha conquistado aquel ingenio peregrino, l'or eso, aunque fuera ya del confin al principio anunciado, esto es, del origen de la escuela anda- DISCURSO DEL EXCHO. SEÍOH DON JOSÉ MAHÍA HUBT. 365 luza y su complemento, no es posible dejar de, decir algunas pala- liras relativas al rey de sus pintores. No porque desde temprano se trasladara al alcázar de nuestros Monarcas, de donde no salió liasla acabar sus días, perdió nunca Velazquez su condición y naturaleza de pintor sevillano. Perfeccionó, ensanchó, engrandeció magnífica- mente y basta enriqueció los principios de la escuela; pero siempre con el germen y la levadura que de ella sacara. No puede resistirse el impulso de copiar aquí los versos que le consagra en su magnifica Oda á las Arles, por desgracia inédita, pe- ro general mente conocida, t;l Sr. 1). Félix José lleinoso: IY qué normas elegir tá pudiste, pintor de la verdad, Velazqucz sabio'f Del lienzo un aire vaporoso formas do no se ve resabio de mano; el aura espira, alienta el hombre y el caballo gira. Fue, sin embargo, Velazquez, el primer pintor de aquella pro- cedencia que no consagró sus obras a objetos de pura piedad y reli- gión.. Mas como comprobante de que no se había borrado en él aque- lla inspiración, si no loilos los lienzos de ese género, el inimitable Crucifijo de San Plácido lo atestiguará para siempre. Demás de esto, el arte cristiano no desdeña, ni mucho menos condena, los asuntos de otro género, ni tampoco todos los religiosos revelan el afecto de la piedad en sus autores, ni los despiertan y aca- loran en aquellos que los examinan y contemplan. ¿Quién desconoce <;! incomparable, mérito, la extraordinaria maestría y singulares do- los del célebre pintor del último reinado, de aquel que levantó el arle de la decadencia en que yaciera, hasta un punto inesperado; de \t. Francisco de Goya, en lin, á quien es lastima no siguiera de cer- ra mas que un discípulo é imitador, Alenza, cuyas obras empiezan A buscarse con tanto empeño y estimación? Pues bien, en ninguno de cuantos lientos de asuntos piadosos salieron del franco y suelto pin- 363 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. cel de aquel gran maestro se columbra un átomo de inspiración re- ligiosa. Ni uno solo de ellos despertará jamás inmediatamente un afecto que se eleve á la contemplación divina por obra del autor; y sin embargo, siempre serán apreciabüísimas para el arte, y hasta podrán contribuir, aunque más remotamente, para aquella contem- plación, por otro genero de consideraciones muy diverso: que la re- ligión no está reñida, antes bien hermanada, con el examen y estu- dio de todas las bellezas y primores. Aquí ocurre naturalmente el recuerdo de lo acontecido á Overbeclt, con el estudio y copia de las obras del arte cristiano, y la memoria de su magnifico lienzo del Triunfo de las Artes por la Religión. Mas como entre lo bueno é inocente puede elegirse aquello que de modo más directo se encamina y aproxima á un fin determinado, santo y provechoso, merecen predilección en este concepto los maes- tros que en Sevilla fundaron y perfeccionaron aquella escuela, con cuyo motivo dijimos al principio que los traíamos también á vuestra memoria. No cabe ya en los límites necesariamente trazados baldar más, ni ese ni en ningún otro concepto, de los pintores de la segunda rama del árbol de Vargas anleriormenle enumerados, aunque cueste tra- bajo reprimirlas palabras que habían de ensalzar la grandiosidad de formas y algunas otras circunstancias notables en las obras de los Herreras, que la imaginación tan vivamente recuerda, y cuanto pu- diera decirse en justa alabanza de Francisco Pacheco, por lo mucho de que en diferentes conceptos le somos deudores. Pero es imposible de todo punto dar término a estas observacio- nes, sin destinar algunos momentos siquiera al príncipe de los pin- tores sevillanos; al que llevó la escuela, apenas habia nacido, ;'• su mayor altura y perfección; al que inventó el modo de piular hasta el ambiente y la atmósfera, y si no la gloria celestial (concepto que al- gún extraño en son de burla nos atribuye), pintó todo aquello que en nueslra humilde humanidad puede elevar el alma á su más viva y posible contemplación; al pintor, en fin, que puede llamarse religio- so y cristiano por excelencia. DISCURSO DEL EXCMO. SESOR DON 1OSÍ MAflÍA HUET. 367 Excusado fuera pronunciar el nombre de Murillo. Tal es la ins- niracion divina que respiran todas sus obras de este genero, y y él pertenecen la mayor parte de sus pinturas, que un célebre escritor contemporáneo (Luis Veuillol) afirma que basta Murillo, sin excep- ción de ninguna clase, no ha sabido el pincel mostrar entre los hom- bres, en la más digna forma posible, la figura que menos impropia- mente puede representar la Madre de Dios, y al misino tiempo coa la mayor sublimidad que cabe, la que despierta y enardece los sen- timientos más elevados del alma, recordando á la intercesora del gé- nero humano. Después de cnanto se ha dicho de Mnrillo, lal es su mérito abso- luto en el arle y relativo en su escuela, lales son los encantos de sus obras, que todavía quedaría mucho por decir, á quien en este mo- menlo le admira, á pesar de su propia impericia. Pero ya que no le sea permitido ahora extenderse más, consiéntasele que se apropie las elocuentes frases de Jovellanos, y los sentidos conceptos expresados con no menos feliz y grandiosa elocuencia por el señor marqués de Moüns, que bien los recordareis, discurriendo sobre aquel insigne pintor en este mismo recinto. Permítasele también recordar aquí la siguiente estrofa de la Oda del Sr. Rcinoso antes citada: Más ai al uno beldad, si al otro audacia natura entre sus dones dio propicia, á ti reserva, seductor Murillo, la dulzura y la gracia. Otros el pasmo son: tú la delicia. Mi corazón es tuyo: ¡cuál encanto derrama tu pincel! ¡Quó tierno brillo! Tú del empíreo santo la luz viste sin velo y la mostraste pura al bajo uuelo. Tan solo han ile añadirse por conclusión dos breves observa- ciones. ¿No os lia sucedido alguna vez penetrar en la sala inmediata, y 368 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. ver el ¡ucoiii|iara¡)le lienzo que ostenta la caridad de Sania Isabel? ¿No os ha sucedido, llevados de una ilusión irresistible, sentiros con ímpetus de acercaros hasta la Santa a contemplar más de cerca su celestial semblante (puesto que digan que Murillo es solo pintor na- turalista), á tocar y á besar si podéis su ropaje por detras de los po- bres que la rodean, y saliros, después de hacer mesura a la bendita reina, por entre el grupo de sus damas, sin temor de hallar obs- táculos; que para todo encuentra la imaginación encantado, como si fuera realidad, lugar y espacio bastante? Tal es la magia del arte en manos de Murillo y la singular per- fección de su perspectiva aérea. ¿Y hasta dónde no llegan los encan- tos de nuestro pintor cuando representa la divina niñez? Gracia es esta muy general en los pintores andaluces, como sucede á Alonso Cano; pero el encanto predomina siempre en nuestro Murillo. Por ejemplo, al separar la vista de un lienzo del primero, que represen- ta la Virgen con el Niño en sus brazos, y que tanto llama justa- mente la atención en la catedral sevillana, si continuáis por la nave de aquel grandioso y magnifico templo, hasta que al llegar á la ca- pilla bautismal os clava involuntariamente delante de su reja el nunca bien admirado San Antonio, y veis el divino Niño que viene a visitar al Santo en su arrobamiento, quiza sospecháis que lia de- jado el regazo de su Madre, que visteis al lado de la Puerta de ltis Naranjos. Más á poco vuestra duda se desvanece, porque halláis en el cuadro de Murillo otros rasgos más sublimes e1 ideales en aquella divina criatura, Y olor de suavidad en densa nube De puro incienso hasta su trono sube, .•orno rniílnml» las glorias «le la Madre duna r:lra-l<;lirry sabio poda I). Alberto Lista. Notorio es que el sello religioso y cristiano se conservó en todos ios pintores de aquella escuela, que vinieron con Murillo y comple- taron el número de sus maestros cuniidu llegó á la innynr altura y DISCURSO DEL EXCMO. SF.SOR DON JOSÉ MAKIA HUET. 369 perfección, tales como, entre muchos, Pereira.los Salcedos, don Juan de Valdés Leal, D. Sebastian de Llanos y Váidas, y oíros, de cuyas obras y particularidades se quisiera hacer aquí especial refe- rencia, que se omite por la imposibilidad indicada, no habiendo de limitarla á una descarnada y prolija enumeración y catálogo de nom- bres propios y pinturas. Pero no puede omitirse el nombre siquiera de Pedro de Moya, contemporáneo de nuestro Mnrillo, que como él hubo de traer á esta escuela los principios i1 imitación de Van-Dyck, que conservó aquel carácter aun después de su vida militar y aven- turera, cuando regresó á la patria y se consagró nuevamente al arte que habia aprendido en compañía de Murillo y Cano, con las leccio- nes de Juan del Castillo. Natural y forzoso era que aquel mismo sello y caniefer anles explicado pasara u los discípulos del gran maestro, como se advier- te en el que acaso fue más querido de lodos, el caballero Villavi- cencio, ó bien en el que más se identificó con su estilo, Meneses, cuyas obras se confunden hasta con las de Murillo, no siendo im- probable que en muchas trabajaran jnnfamcnfe; en Sebastian Gó- mez, no minos conocido por su origen que por la corrección de su dibujo; en todos, en fin, y basto en tiempo posterior cuando ya se acercaba á su decadencia 1 . 1 Es lamentable el escaso ó ningún conocimiento que hay generalmen- te fuera de España de los pintores españoles. Si se exceptúa á Ribera, á quien desnaturalizan, colocándolo en la es- cuela napolitana, apenas son conocidos más nombres que los de Velazquez y Murillo, de quienes también EG conocen poco las mejores obras. Á excepción de algunas galerías particulares de Inglaterra y del Museo del Louvre, otros tan célebres en Europa como los públicos de Reino-Uni- do, el de Belvedere de Viena, la Pinacoteca de Munich, la Galería Real de Dresde y el de Berlín, contienen escaso nt'imero de cuadros de Murillo y Velazquez; de tal modo, que el que más, gracias si reúne seis, y no todos auténticos ni escogidos. Entre los medios de remediar esta falta es uno sin duda el de publicaciones oportunas, y sobre todo el de la reproducción por medio del grabado de las mejores obras de nuestros pintore?. Cuánta sea todavía en este punto nuestra pobreza, ya queda indicado. Hasta los pintores extranjeros venidos á España participaron de esta desgracia. El 370 I1EAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. Por esto pudo decir Cean respecto al carácter religioso referido: »Se asegura que Luis de Vargas, Juan de las lloelas, Antonio del iCastillo, Bartolomé Esteban Murillo y otros muchos profesores de «gran crédito en la escuela sevillana, jamás pintaron pasaje alguno «de la historia profana ni de la mitología.» líasla definitivamente de citas y recuerdos; y basta para no pro- seguir en estas observaciones, que forzosamente principian á can- saros, si es que antes no lian despertado vuestro tedio, como fati- gan A quien las ha hecho por el trabajo de su lectura, y que habrán demostrado la verdad de que no por fórmula ó afectada modeslia reclamaba al principio loda vuestra indulgencia y tolerancia. célebre descendimiento de Pedro Campaña, por ejemplo, ante el cual (se- gún refiere Palomino y la tradición constante asegura) se extasiaba Muri- llo hasta el punto de esperar, según decia, á que acabaran de bajar al Se- ñor de la cruz para separarse de aquel sitio, no ba merecido la honra de la reproducción que tuvieron el de Kubens por el burit de Blanchard, y el de Daniel de Volterra por el del culebra Toschi. Y para mayor desgracia, ni el corto número de grabados de nuestra calcografía, dignos de cierta esti- mación, existe en muchas de las galerías públicas de Europa. Se hallan en ]a de Berlin conservados con dibujos originales de Murillo, Ribera, Pere- da, etc. y de nuestro digno director Sr. D. Federico de Madrazo. Pero ni uno solo, ni apenas noticia de ellos, existe en el Museo británico, tan rico en particularidades de este género, como que contiene muchos de los nie- loa de Masso Finiguerra, de los cuales otros muy estimables se conservan por fortuna en esta corte en la colección del Sr. D. José de Salamanca. El director de este departamento en el Museo británico, que custodia aque- llos, ha mostrado alguna vez la complacencia con que recibiría la colección de grabados de que ahora se trata; y el que da esta noticia formó designio de regalarlos al Museo, como á tan poca costa puede realizarse, pues será difícil que se adquieran grabados en Europa por precios más moderados; pero algunos de sus amigos le hicieron observar que tul acción era menos propia do un particular- que del Gobierno. Sirva esta indicación por si lle- ga la oportunidad de aprovecharla. No terminará esta nota sin añadir, en comprobación de lo asentado al principio, que hasta en algunos extranjeros de talento y finos conocedores del arte que lian llegado á adquirir noticia circunstanciada de nuestras obras, especialmente en pintura, se ofusca de tal modo la razón y el buen juicio, que nos tratan, no ya con injusta severidad, sino con notorio me- nosprecio. Como para justificarlo parece que se ha publicado no há mucho DISCURSO DEL BXCMO. S E S O R DON JOSÉ MARÍA HUET. 371 Hechas para cumplir del modo posible el precepto reglamenta- rio y llegar a tener la honra tan gratuitamente dispensada, hánsc reducido á traer á vuestra memoria algo acerca de un punto del arte que inspira singular predilección. También han tenido estas observaciones otro designio, que ya habréis podido conocer por repelida indicación. Hasta ahora no ha llegado á acometerse la empresa de escribir la historia de la escuela andaluza con noticia exacta, cronológica y circunstanciada de lodos sus pintores y obras, y con el detenido exiimen y consiguiente razo- namiento para demostrar su existencia como verdadera escuela del arle, de tal modo, que no dejara ya ni asomo de duda al crítico más tiempo en un periódico de esta corte un artículo titulado Velazquez en el Museo de, Madrid, escrito en francés por M. Beuló, miembro del Instituto. Sin retraerse de hacer algún elogio de aquel pintor y de sus obras, dice, juzgándole en definitiva: "de modo que el maestro original i quien faltó iiun conocimiento más rigoroso del dibujo, el amor de lo bello y la inves- tigación de tipos generales, no es menos por eso el primero de los pinto- nes de retrato y, sino me equivoco, el más eminente entre los coloristas.» (Palabras copiadas á la letra de la traducción.) Compárese esto por vía de indemnización con todo lo que con juicioso detenimiento expone acerca del mismo asunto William Stirling. Pues acerca de nuestros demás pintores, véase el juicio de M. Beulé en los trozos siguientes, trasladados de aquel modo: "Solo un pintor de España puede decir de sí que tiene genio, yeso pin- ntor es Velazquez.' En cuanto á Murillo, su facilidad encantadoray la pío- r-dosa blandura de su pincel, permiten afirmar que tiene talento, pero na- uda más Luis de Vargas y Juan de las Roelas no pasaron de limitadores dignos de elogio; pero CUJTO estilo inculto y desordenado es más apropio do los Hurones que de los pueblos cultos y civilizados "Quizá el carácter mismo de ese pueblo (el español) explicaría mejor la es- terilidad de sus escuelas de pintura y la impotencia relativa de sus aspi- ii raciones En España la palabra escuela carece de sentido. .-. . . tiLas Academias de Madrid, Valencia, Zaragoza y aun Sevilla, no son más "que una solemne protesta de impotencia..! Si los párrafos hasta aquí copiados, omitiendo otras calificaciones me- nos lisonjeras todavía, precipitan naturalmente el curso de nuestra sangre, no causara estrañeza que en el texto del discurso precedente se hayan ex- presado algunos juicios con cierto calor y enardecimiento. Huyamos en buen hora, y huyamos BÍempre con entereza y constan- 372 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. severo y descontentadizo de los extraños ' . No se lia publicado tam- poco todavía un detenido estudio de las particularidades que se re- quieren para calificar esa misma escuela y sus profesores, de suerte que aparezca con claridad deslindado hasta el punto que pueda lla- marse naturalista por la simple imitación de la naturaleza tal como la vemos, siu detenerse á escoger sus gracias, primores y bellezas, ó sin desconocer completamente la belleza ideal, y aun llegando alguna vez á tenerla por guia; las perfecciones, en fin, que en uno ú otro concepto alcanzaran, ó las faltas en que de igual modo incur- rieran nuestros pintores general é individualmente. Nadie se lia detenido, además, lo bastante para darnos á cono- cer con oportuna prolijidad la corrección progresiva de su dibujo, las condiciones y variaciones de su claro-oscuro y colorido, los lími- tes de su invención, la mayor ó menor felicidad en la composición, los medios por donde se encaminaron á dulcificar ó desvanecer los contornos, hasta conseguir la trasparencia é ilusión del ambiente y el punto de perfección a que respectivamente llegaron, asi como sus adelantamientos en todo lo demás, y por último, la influencia que ejerció la casi completa consagración del pincel á los asuntos piado- sos, el verdadero afecto é inspiración con que lo hicieron, y las ideas que sus obras despiertan en el que las contempla y admira. cía, de toda exageración que ni aun el amor á la patria justifica, y nos ri- diculiza y degrada á los ojoa de loa imparciales. No encarezcamos con pomposa demasía el mérito de nuestras cosas, y por consiguiente el de nuestras artes: no pretendamos sobreponernos á los que son superiores: conservemos en esto, como en toilo, el justo medio del exacto raciocinio; pero no consintamos jamás cjue se nos maltrate y menosprecie. Tiempo ea ya de mirar con prudente y bien fundado empeño por la honra de nuestra patria en todos conceptos; ya han principiado a hacerlo en diferentes publicaciones algunos beneméritos escritores, inteligentes y ajilantes de las artos, y la Academia sin duda sabrá ejecutarlo cumplida' mente por su parte en aquello que le alcanza. 1 Tuvo Murillo por discípulos además do los citados en el texto, á Juan Simón Gutiérrez, Juan Garzón, Alonso de Escobar, Fernando Már- quez Joya, Francisco Pérez de Pineda, José López, Francisco Antolinez de Saravia y Esteban Márquez. DISCURSO DEL EXCMO. SEROR DON JOSÉ MABlA HUBT. 373 Los diferentes escritos que á tal asunto se refieren, y de los cuales se han enumerado los más notables, ó no han tenido aquel objeto (pues van encaminados á otro iin, y solo por incidencia hablan de la escuela de Sevilla), ó no pasan de meros ensayos. El mismo Cean, que ha tratado particularmente este asunto, lo ha hecho con la brevedad consiguiente á los estrechos limites de una carta. En las precedentes observaciones que os habéis servido escu- char, se hallan como amontonadas ideas y palabras que acaso pue- dan servir de estimulo para promover aquella empresa. Por eso habréis visto el recuerdo de cuanto contribuyó a formar la escuela sevillana: el aprendizaje en la florentina, de tal maestro y de tal modo que pudo comprender mucha parle de la del mismo Rafael; los ejemplos del arte flamenco; la posible tradición del colorido ve- neciano; la imitación de Van-Dyck, y después de Rivera y de Velaz- quez, y la indicación de los sentimientos morales y religiosos de los más principales pintores sevillanos. Este desaliñado hacinamiento ha tenido por objeto indicar algo de lo que puede servir para trazar una obra que dé á conocer lal es- cuela. Y para que podáis ser con facilidad indulgentes en la calificación de esle ensayo, forzoso es deciros que quien esto escribe se ha en- contrado, desde que la Academia se dignó elegirle, al principio lejos de la corle y de su residencia habitual; después ocupado aquí en asuntos de muy diversa importancia y trascendencia; y en el último y corlo período, más enfermo y achacoso que de costumbre. Pero si ninguno antes que él ha entrado por esas puertas con menos capacidad, saber y merecimientos; si ningún otro ha dado en momentos semejantes tan débil muestra de> los títulos que aquí pudieran traerle, ninguno tampoco ingresa en vuestro número con gratitud más profunda, con propósito mas decidido de coadyuvar, en cuanto alcance, á vuestras importantes larcas; con más anhelo de honrar, reverenciar y enaltecer la memoria de los insignes Aca- démicos que han dado lustre á esta corporación, y muy especialmen- te la de aquellos cuya reciente pérdida lloramos todavía; con más 374 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. disposición para ensalzar la de los augustos monarcas que fundaron y fomentaron esta y las demás asambleas del saber, y bendecir la mano de (filien hoy las ampara, acrecienta y favorece con su excelsa protección, deseándole como para su padre, en concepto de re"pio protector de las Artes, pi;di;i aquel poeta sevillano * Que á sus augustos pies humear se vea De la discordia la extinguida tea. Nadie, en fin, ha entrado en este recinto cotí nn'is ¡mlíenle deseo de emplear las fuerzas que le restan en servir ¡i la Academia, que es laminen servir ú nuestra querida patria. HE DICHO. • So ha querido concluir el precedente discurso con ol mismo senti- miento que inspiró loa versos allí copiados al eminente poeta sevillano D. Alberto Lista, varón incomparable en ciencias y en letras, y maestro queridísimo de muchos de los hombres que se han distinguido en nuestra época. Yaco en la iglesia de la Universidad hispalense, que tanto acreditó en las cátedras de retórica y de matemáticas no lejos de los sepulcros de Juan de Arguijo y de Benito Arias Montano, autor de la famosa Biblia regia. La Universidad trabaja sin descanso para dar á los restos mortales de Licio los merecidos honores de un monumento digno de él y de la escuela madre, al lado de los de su amigo y compañero inseparable D. Félix José Eeinoso, cuya traslación á Sevilla tiene acordada el Gobierno. Las dipu- taciones provinciales de Sevilla y Cádiz auxilian con cuantiosos recursos este proyecto, que favorecen tambion varios y distinguidos sngetos, para quienes es gratísima la memoria de estos sabios esclarecidos. Reunidas ya en aquel célebre templo muchas obras maestras del arte, como la Ado- ración de los Keyes y h Circuncisión del Señor, lienzos de Juan de las Roela», el Nacimiento de Várela, la Asunción de Pacheco, los dos Juanes de Alonso Cano, y las_imagenes de San Pedro, San Pablo, San Ignacio y San Francisco de Borja de Juan Martínez Montañés; los enterramientos citados y los más suntuosos y bellos de Per Alfan de Rivera y de BU magnánima mujer doña Catalina, aumentarán la celebridad que ya tuvo y conserva la escuela por su enseñanza. DISCURSO luí». SB. D. PEDRO DE MADRAZO, EN CONTESTACIÓN AL ANTERIOR. SEÑORES: Cábeme la honra Je llevar la voz de esta docta Acade- mia al recibir en su seno al varón benemérito, á quien ya deseaba contar entre sus cooperadores desde el dia en que, formando parle de un tribunal de oposiciones aquí reunido, le vio con satisfacción hacer aventajada muestra de su extensa erudición artística y de su muy atinada crítica. Hoy á tales merecimientos se agrega el grato i (.cuerdo de haber el Sr. Huet contribuido poderosamente, siendo nngi-.tiado LII S o i l h i silvir en dias de luto para las artes, los ni i preciosos cuadros que en su última época ejecuto el gran Muri- llo. Lo que sin este recuerdo hubiera sido acto gracioso de jitsliuca- (I t inip ti se Iruua poi t i m satisfacción de una deuda sagrada; i i s mayor para mi el honor de apadrinar en esla recepción i uno I lo p n u u p i l i s libciladuies de aquel inapreciable tesoro; cuyo ni mitre, solo por este titulo, debería permanecer siempre vivo en la narración que la historia dedique á tan memorable rescate. El estu- dio de los soberbios lienzos que basta el año llíSr» formaron el es- plendido retablo de Capuchinos, coadyuva hoy sin duda á propinar por tudo el orbe cullo la faina de la jiisiainünlt! célebre escuela An- daluza. ;Alií poco deberian temer las escuelas de ¡untura su decadencia yiniiurle, destino inevitable de lodo lo humano, si su renovación 378 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. pudiera siempre efectuarse por medio de sustituciones como la que hoy motiva esta solemnidad académica. Si el hueco que deja en el mundo un gran pintor, y que tan enérgicamente significó el conde Castiglione á la muerte del Urbino, exclamando: 'Desde que falta mi Rafael, ya no me parece que vivo en Roma»; si ese hueco, repilo, pu- diera constantemente llenarse con otro pintor de la misma progenie artística, no hubieran nunca fallado los Rafaeles cu la ciudad eter- na, los Migucl-Angel en Florencia, los Rubens en Amheres, los Ve- lazquez en Madrid y los Murillos en Sevilla. Todos estos grandes maestros tuvieron discípulos aventajados; estos discípulos, á su vez, procuraron trasmitir á otros el arte que los engrandeció; y sin em- hargo de esta tradición, ó quizá, pensadlo bien, por causa de ella no pudiendo acompañar d sus preceptos su numen, las escuelas de lio- rna, Florencia, Amberes, Madrid y Sevilla, fueron rápidamente de- generando, consumiéndose en un lamentable amaneramiento la viva llama de muchos privilegiados ingenios. No, no basta la continuada tradición de las máximas y prácticas para perpetuar en las naciones la generación de los grandes artistas. Chi sequila va dietro, decía el pintor filósofo Leonardo de Vinci; y el sabio Kugler, reflexionando sobre el error de aquellos pintores que sucedieron á los famosos maestros del siglo de León X, y que se lisonjeaban de compartir con ellos el lauro imitando servilmente sus cualidades , hace esta lumi- nosa observación: -No tenian presente que el cimiento de toda gran- deza artística estriba en la misteriosa armonía enlre la personalidad del pintor y su asunto. » Tiene sus épocas marcadas la Providencia para el florecimiento y degeneración de las escuelas, cooperadoras eficaces de sus inescru- tables designios; y ya se interrumpa, ya se perpetúe la genealogía de los artistas, el Supremo arbitro del crecimiento y de la ruina de las civilizaciones inspira al'fiiotto, al Beato Angélico y al Manlegna, dotes que no tuvieron sus predecesores ó maestros, y despoja á los discípulos de Tiziano, de Van-Dyck y de Mirtillo, de las cualidades que estos tuvieron. Aquel gran genio con que plugo al Omnipotente favorecer á un humilde pastorcilt» de Vespignano, que á su muerte DISCURSO DEL TI.MO. SEfiOR DON PEDRO DE ÍHDRAZO. 377 m e r m ó de Lorenzo de Médicis el suntuoso sepulcro en que escribió el Policiano depilado lile ego SOM per quem pidyra extincla reviait, seguramente no heredó del Cimaluic, jiinlor casi neo-griego por su eslilo, aquel instinto de la forma, si es licito llamarle así, tan certe- ro, delicado y enérgico, con que sentía palpitar bajo la inmutable crisálida bizantina la naturaleza real y viva, olvidada desde la deca- dencia del arte pagano.—El otro genio de Fk'sole, á quien fue dado h illnr la forma más pura de la tendencia espiritualista de su país, mo una inspirada protesta de la fe cristiana contra el naturalismo i IJ lente i \\\i\ monje en cuyis ohris. presea la más rica hoy del onvcnlo de San Múreos y de la Academia de Florencia, rivaliza la i ;lidad del pensamiento con la sencillez de los medios, y que nu- liiendo su paleta en la luminosa atmósfera de un mundo de extática 1 nandímza, ajeno á los dolores y combates de la vida activa, der- 1 un 11 i n sus fies*os v h h h 1 • rovuhs tintas de la aurora y los * miliiantes del horizonte, y el sereno ultramar de las aguas y de los i lrs exentos dt lioi riscis poco dtl 10 en \erdad al pintor caman- dtilense Lorenzo il Monaco, que se cree le diera lecciones, el cual en sus descuidados y convencionales paños forma muy visible conlraste i(in una de las más relevantes dotes de su supuesto discípulo.—Ni liny más afinidad entre el paduano Manlegna, que, en los frescos y cartones <|ue cjeciiló para Ludovico Gonzaga, en su palacio de Man- tua, casi adivinó el modo rafaelesco de representar los triunfos de his antiguos héroes, y su maestro el Squarcione, tan desgraciado en lii práctica de la pintura, á juzgar por las poras oliras que de su pin- cel existen en Veron'a y Venecia, como Icórieamenle docto en el es- tudio de la clásica antigüedad. ¿Cómo se forman, pues, los grandes artistas? ¿Cómo se formaron ltafael, Tiziano, el Giorgione,Rnhcns, llemhrandt, Velazqiiez y Mo- rillo, todos esos Dü Majom riel Olimpo del arte, desde el Renaci- miento acá? Lo misino que (íuillorino dr 1 ferie, Nicolás de la Urna 378 R8AL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. y los iinliís citados precursores del Henaeimieiilo. Y con [rayéndonos al liispalüiise Murillo, brillante solitario que destella en la corona de nombres gloriosos que el Sr. Huet nos trae á la memoria, ¿podrá de- cirse en términos absolutos que ¡i la entidad sublime de este porten- toso genio hayan ido gradualmente contribuyendo, por recta deriva- ción desde Juan Sánchez de Castro, todos los pintores intermedios que componen el ingenioso árbol genealógico que de la escuela se- villana acaba dd trazarse? En nuestra humilde opinión, y este co- mentario debemos á la concisa y exacta idea de nuestro nuevo com- pañero, la le"sis es cierta si se toman los nombres como personifica- ciones del arte en las épocas respectivas ; no lo es, si ios nombres se consideran como meras individualidades. Trataremos de explicar- nos para no incidir en una nebulosa logomaquia. Para que apareciesen Otlo-Venius, Itubens, Itembrandt y Van Dyck ;—Tiziano, Tinlorello y Caravaggio;—Velazquez , Murillo y Zurbarán;—fue menester que viniesen antes á Europa los pintores y mosaicistas bizantinos; que á «stos siguieran los Písanos y los ar- tistas de las primilivas escuelas de Flandes y de Colonia; que por último, preludiasen la brillante resurrección del naturalismo el Oiotto, el líealo Angélico, Manlcgna y Massacio, los Van Eyck, Víin- der Wcyden, Memling, Antonio del Hincón, Gallegos, Sánchez de Castro y Alejo Fernandez. Ni es solo peculiar de Jas artes plásticas este fenómeno, que también en la poesía escrita se manifiesta: por- que antes de recibir el arte dramático su pleno desarrollo en las co- medias de Lope de Vega, Moreto y Calderón, había sido preciso que la musa española aprendiese en las fuentes del ideal lírico el len- guaje con que babia de ennoblecer las escenas de la vida real. De manera, que si consideramos á Luis de Vargas y demás dibujantes del siglo xvi como genuina personificación de la época que pudiéra- mos llamar científica, precursora de la que podría llamarse dramá- tica , por el predominio que en ella adquieren los efectos sobre la composición y el dibujo, con mucha razón diremos que Luis de Var- gas es el tronco común de Zurbarán y de Murillo;.mas si la genealo- gía artística se entendiese en o] mismo sentido que la tuilnnil y de DISCURSO DEL 1LU0. SEÜOR DON PKDttO DB MAPRAZO. 379 sangre , cunio razón de ser de los individuos de una familia, de tal manera que se creyese que faltando cualquiera de los eslabones in- termedios no tenia ya explicación la existencia tic tal ó cual artista, entonces se habría enunciado un verdadero absurdo. No es este sin •luda el significado que da el Sr. Hucl al i'irlml genealógico que tan hábilmente nos pone de manifiesto. No, ciertamente, el abolengo en los artistas no tiene la impor- tancia que vulgarmente se le atribuye. Menos aún decide por si solo de las calidades del verdadero genio, cuya dote principal es la origi- nalidad y la independencia. Ni debió Herrera el Viejo su arrebatada fuga y valiente toque á las lecciones de su maestro el detenido Luis Fernandez, ni por ser él tan brioso alcanzó su discípulo Diego Ve- lazqucz de Silva aquel arle singular con que plantaba una figura, como si dijéramos, de un solo brochazo. La progenie personal de los grandes pintores y. de los grandes podas podrá ser molivo de especulaciones históricas más ó menos en I retenidas, según el mayor ó menor interés de las biografías que romprcnda; pero nunca deberá turnarse como premisa para deducir a prinri las cualidades de los ingenios que constituyen cada linea ó rama genealógica. Eslas dotes son, en primer lugar, el resultado de secretas alinidades y simpatías que no siempre puede lomar en con- sideración el historiógrafo: la fuerte impresión que en el alma pro- duce una obra-extraña, decide á veces del rumbo que toma el artista fii la inmensurable esfera de lo bello. Es probable que si Miiríllo mi hubiera lenido ocasión de estudiar en su patria el colorido fla- menco en las obras de Pedro de Moya, y de saturarse después en la contemplación de Tiziano y del Veronés, de Hubens y Caravaggio, en los lienzos del lteal Alcázar de Madrid y de los Sitios Reales, que ron tanto afán analizó y copió, no liabria nunca salido su genio de lus carriles en que le colocó el estilo seco y desabrido de su maestro .luán del Castillo. Son, por otra parte, las cualidades de todo grande artista el producto necesario de las aspiraciones y tendencias más enérgica- mente sentidas por el país y la época en que vive. Desde esle punto 330 HEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. di; vista relativo ábresenos un dilatadísimo campo para estudiar lo que con toda exactitud so llama, y debe llamarse, la misión del arle en cada siglo. En la esfera de las especulaciones estéticas, son las reglas ¡diso- lutas las más escasas: las mismas reglas técnicas eslán subordina- das al gran principio de la conveniencia, esencialmente variable se- gún las épocas. El medio en que se produce y desarrolla la forma artística, es de suyo contingente: lo único necesario ó inmutable es, que el arte responda al fin para que fui- concedida al hombre la ins- piración, de despertar en los corazones el sanio anhelo del bien, y de estimularlos á la práctica de las virtudes publicas y privadas, sin las cuales no progresa la humanidad. Todas las grandes páginas de la pintura en la edad media y en la época llamada del llenad- míenlo: las labias, los frescos, con que los municipios de Flandes y de Italia exornaron los estrados donde celebraban sus sesiones; los trípticos, retablos y pinturas murales con que embellecían sus igle- sias, salas capitulares, claustros y aun cementerios, los cabildos ca- tedrales y los institutos monásticos, ¿eran por ventura otra cosa que elocuentes excitaciones al bien, ora con amenazas terribles contra los ministros del altar, principes y magistrados de la república, ya sensuales, ya tiranos, ya prevaricadores, ora con ejemplos vivos del justo galardón debido á las virtudes que ensalza la religión del Cru- cificado? Sin razón pretendemos poner bajo el cartabón de las leorias modernas a los artistas de las pasadas edades, y juzgar de sus obras por las reglas que nosotros seguimos. Con nuestra talla, de seguro, no emparejan el pintor de la Capilla Sixlina, por demasiado grande; el autor de la Leyenda do Sania Úrsula, por demasiado diminuto. Lo que hoy se nos antoja bueno y plausible en su forma, mañana tal vez parecerá vituperable; y aunque en nuestro siglo rija todavía corno infalible canon que la imitación de la naturaleza es el iin del arte, quizá en los venideros vuelva el mundo á mirar esta imitación como un medio puramente secundario, y como objeto final de la pintura el que acabamos de señalar. ¿Creeréis acaso que lo que hoy llamamos naturalismo, denominado realismo por algunos, sea el úlli- DISCDBSO DEL 1LMO. SEÍíOB DON PEDfiO OH MADHAZO. 381 liio gríiilo ile perfección, dt; tal mañero que deban considerarse los esfuerzos de los grandes maestros de los siglos anteriores al XVII, romo meros tanteos, mas ó menos felices, y progresivamente dirigi- dos á semejante fin? ¿Os imaginareis tal vez que los pintores acari- ciados por los duques de Uorgoña y por aquellos rumbosos premios (gihlfs) de Urujas, Gante é Ipres en el siglo XV, y los que hizo sur- gir el Pontificado en el siglo XVI, lenian por estrella polar del arle la falsificación del mundo externo, como Remhrandt cuando pintó su célebre Lección de Anatomía, y Velazquez cuando ejecutó su mágico lienzo de Las Meninas? No por cierto: ni aun las conquistas que en la región de lo ideal consumaron los genios de la época de Julio II y León X fueron el faro que guió á aquellos otros genios de la Tosca- na de los siglos XIV y XV, á quienes de seguro no habría cautivado el Juicio final del Bnonarrota tanto como el que ejecutó el Orcagna en el campo-santo de I'isa. Los contemporáneos del Dante y del Pe- trarca, mas ilustrados y de más delicado sentimiento, habrían visto con i o b dadera lástima, el famoso Descendimien- to de Ilubens, y aun el San Antonio de Murillo, para nosotros objeto de exlal a l a Y qué mucho? Cuando Esteban Loelbener pinta! la I b ^d n de los Reyes que conserva la catedral de Color y1 1 \ a Eyck la bellísima Adoración del Corde- ro de que se enorgullece Gante, ¿no sabia quizá el arte despertar no- bles y piadosos afectos, con tanta eficacia como lo logró después por medio de las creaciones de Rafael, de Perin del Vaga y de Murillo? Si por cierto; y quien en los siglos XIV y XV se hubiese dirigido ¡i los habitantes de las orillas del Khin y del Escalda en otro lenguaje iconográfico que el familiar á lodo el Occidente católico, y les bubie- ru hablado el idioma naturalista de los siglos XVI y XVII, habría in- dudablemente encontrado frios los corazones, mudas las lenguas, se- cos los ojos de los fieles ante sus no comprendidas invenciones. Pese á nuestro orgullo, las obras de los más grandes artistas no tienen perfección absoluta: las producciones del sentimiento no están suje- tas á unn progresión constante como las de la Tria razón, y las artes siguen sus alternativas de progreso y decadencia, sin que se haya 392 MAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. aún vpi'Hiradi» la Iglesia militante, las grandezas del Papado, las f mismas humillaciones del Imperio, las rivalidades por ultimo de los instituios monásticos, de las ciudades y de las familias en ellas do- minantes: todo fité asnnlo de predilección en que gloriosamente empleó sus pinceles una pléyada de artistas cual no se babia visto "Ira en el Occidente. Orcagna traza ron valientes y fantásticas li- neas y espantable color, en el campo-sanio de Pisa, El Juicio final y Los triunfos de la muerte; Spinello de Arezzo, con no menor poe- sía, pinta al fresco en Sania María de los Angeles de su ciudad natal La caída de. Lucifer; el estilo alegórico, inspirado tal vez al ftiolto por su amigo el inmortal autor de La Divina comedia, se perpetúa gallardo, floreciente, teológico, profundo; y Andrea di Lorenzo, de la escuela de Siena, ejecuta en la sala llamada drlle Balesíre del pa- 384 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. laeid do aquella rimlad, la alegoría, liarlo característica en ln bislo- ria de los Estados italianos, de El bueno y mal gobierno y 'sus conse- cuencias. Tadeo Gaddi, el más sobresaliente discípulo de aquel grande innovador, realiza en el muro de la capilla llamada de los Españoles, ó sala capitular de Sania María Novella, con motivo de la canoniza- rion |]templnliva. Como hermoso y fresno lirio que esponláiieanienlr DISCURSO DEL 1LH0. SEÑOR DON PEDRO DE MADBAZO. 385 Iirolü entre los limneanles despojos de un campo de batalla, descue- lla la obra del llealo Angélico engalanada con el rocío y el perfume de la primavera, difundiendo un nuevo espíritu y satisfaciendo ne- cesidades de un orden más elevado que los intereses que entre sí agi- tan los Médicis de Florencia, los Estes de Ferrara, los Gonzagas de Mantua, los Itcnlivoglios de Uolonia, los l'icos de la Mirándola, los Malcspinas de Massa y los (¡rinialdis de Monaco. He aquí otra nece- sidad nacional satisfecha; un nuevo paso en la senda del ideal relati- vo, y un Iriunfo mas en el estadio del arle. Se haria interminable nuestro desaliñado discurso si hubiéramos de seguir aplicando el misino criterio á todos los grandes artistas de l;i edad medía. No dcslloraremos siquiera el período rafaelesco: es liarlo visible en él la misión social y religiosa de la forma. Basten l¡ts breves consideraciones apuntadas como indicación de lo que se nos figura podría ser un nuevo modo de considerar la filosofía del arle, abandonando la rutina de las escuelas idealista y naturalista '(lie colocan, ya en el siglo de León X, ya en el de Felipe IV, el su- mo grado de perfección de la pintura. No hay en el arte perfección absoluta, ya lo hemos dicho; los pueblos miran siempre como un adelanto loda mudanza encaminada on el sentido de sus aspiraciones actuales, aunque esa mudanza en la esfera de lo absoluto sea un verdadero y formal retroceso. ¿Quién persuadirá á la'Italia del siglo XVI, tan prendada de las concepcio- nes de llafael y de sus discípulos, de que la generación que aplaudió al íiiolto y sus alumnos estaba más adelantada que ella en la ciencia de representar la alegoría crisliana? ¿Y quién convencerá á la Es- paña del siglo XVH de que el naturalismo místico, con el cual se íigura haber puesto el complemento á los encantos del pincel, lia reducido considerablemente sus medios de acción, cerrándole por completo el dilalado vergel del ideal teológico? Y esto sin embargo es lo cierto. Nuestro nuevo y docto compartero, al desarrollar con la amena fanlidml que le es característica su tema de que la escuela de Sevi- lla es la cristiana por excelencia , en los siglos XVI y XVII, nus aís un fenómeno que quizás no ocurre en otro alguno, y es, que la literatura parte su campo entregando á los doctos y á los poe- tas j>opulares la arena en que se agitan y luchan las dos musas ul- Inunonlaija y nacional, y la pintura y demás artes plásticas, pasto natural del vulgo en las iglesias y conventos, mantiene integro el suyo bajo el exclusivo dominio de la musa religiosa. Fenómeno sin- gular en verdad: mientras remedan en su lira Boscan y Garcilaso los persuasivos modos del Venusino y del Manluano, siguiéndoles en la nueva senda los más j>crcgrinos ingenios de la aristocracia se- cular y eclesiástica, apenas encuentran los magnates castellanos y andaluces un solo pintor español que adorne con fábulas profanas las paredes y bóvedas de sus jialacios. Todos los grandes artistas na- cionales, en general, se emplean en ejecutar asuntos religiosos; y DISCURSO DEL ILMO. SEÑOR DON PEDRO DE MADHAZO. 387 son Fiilirinos y (¡rancios, Julios y Alejandros, Arhasías, I'erolis y oíros extranjeros, los que anuden al relio del oro de España á ejer- citarse en el decorado mitológico de aquellas suntuosas viviendas. Cosa rara, apenas se cita un artista español que haya sabido pintar una Venus ó una dríada. ¿Cómo lialiia ilc serla católica España in- fiel á su secular consigna de cenlinela vigilante contra el sensualis- mo pagano? ¿No eran por ventura descendientes de aquellos mismos Burilaros que envió Dios á raer las iniquidades de la Roma de los Césares en todas las provincias, y á pulverizar las miserias del po- liteísmo divinizadas en los bronces y mármoles de Grecia 6 Italia, los que seguian tremolando el estandarte católico desde los riscosos Alpes hasta el Belgio helado! ¿Comprendió nunca nuestra nación el arle despojado de su misión santa, y como objeto de deleite ó de mero recreo? Así, lo que resultó del aprendizaje que en las escuelas de Rafael y Miguel-Ángel, Julio Romano, Ferino del Vaga, los Car- raed y los Incamminati hicieron en Italia los pintores españoles, los Correas, los Ucrruguel.es, los Vargas, los Céspedes y los Villegas, fue que volvieron a su patria casi con la misma ineptitud para el ideal clásico, providencial y de roza, que allá llevaron; y trajeron un idea- lismo frió é insípido, caricatura del romano expresivo, del parme- SÍIIIO gracioso, del florentino rígido y estatuario, nunca seductor ínu- la elegancia 6 la voluptuosidad; y que con detrimento de la esldini cristiana, y aun de la sana razón, lo aplicaron á las composiciones sagradas, logrando solo los plácemes de los que modestamente se dejaban llamar sabios por su pedantesco matiz de ultramontanismo. ¡Destino providencial el de nuestra pintura, que ni aun querien- do apostatar como las letras, pudo lograrlo! Concédesele al poeta ijue mienta creencias que no tiene, y que uncido al yugo de los que toma por maestros, arranque ¡i la lira de Anacrconte ó de Tibulo prestados acordes de amor epicúreo y liviano, ó de morboso y lán- guido erotismo; tal licencia no le es dada en nuestra tierra al jiiu- lor, y no parece sino que en su corazón esa cuerda está rota, esa liln'n no lale, esa voz no encuentra eco. Podrá el Virgilio español, y ya ¡mies rilado ÍJarcilaso, rivalizando en paganismo con Cosme de 98fi ttm A A K T DE SAN FERNAJÍDO. C D MA MMicis, que con moríales ansias instaba á Marsilío Ficino ¡í i|iie le diese ¡i conocer el liliro de Platón sobre el modo de lograr el Supre- mo Bien, como si para linda Iniliiese descendido al mundo Dios lte- dentor; podrá, repetimos, implorar para el Duque de Alba en la muerte de su bermano D. Iternardino de Toledo, la compasiva asis- tencia de las ninfas y los faunos, y exclamar: Sátiros, faunos, ninfas, cuya vida Sin enojos se pasa, moradores De la parte repuesta y escondida; Con luenga experiencia sabidores, Buscad para consuelo de Fernando Yerbas de propiedad oculta, y flores; Asi en el escondido bosque, cuando Ardiendo en vivo y agradable fuego Las fugitivas ninfas vais buscando, Ellas se inclinen al piadoso ruego, Y en recíproco lazo estén ligadas Sin esquivar el amoroso juego. El elegante y castizo 1). Juan de Argnijo, veinlicual.ro de Sevilla, Apolo de todos los poetas de España, como le Hamd Rodrigo Caro (por- que f til re aquellos estirados Aristarcos no se economizaba la miiliia lisonja), y tan aficionado á la buena latinidad que deja siempre en- trever en sus composiciones la bien plegada toga pretexta, podrá de- mandar su estro ala edad antigua, en tales términos que solo demues- tre tener de cristiano la patria y el nombre. Lirito le será, ya que la Santa Inquisición ba permanecido sorda al ruego de Cristóbal de Cas- tillejo, que le pedia conlra la nueva secta literaria que resucitase ;'t Lucero, Á corregir en España Una muy nueva y extraña, Como aquella de Lutero En las partes de Alemana; BlSCUllSO DEL ItMO. SEÑOR DON PEDRO I)H MADHAZO. 389 hendiir lio vana palabrería gentílica cuantas bolas de viento se le an- toje, con el nombre (le canciones, silvas y sonetos, y desperdiciar cii la insípida compañía de Casaudra, (Meo, Artemisa, Sísifo y Horacio (Vicies, aquel elevado numen con que babia sabido excitar al pueblo de Jerez á venerar las reliquias de los santos mártires Eutiquio y Es- teban, pidiéndole joyas para sus altares y floridos ramos para el pa- viiiieiilit. (Inien, cantaba entonces inspirado, Las suntuosas aras que dedicas Claroa diamantea, esmeraldas ricas, Y el zafiro que imita al puro cielo. Ante el devoto suelo Tiendan sus hojas loa olivos sacros, Humíllense las palmas victoriosas; Blancos jazmines, encendidas rosas, Coronen BUS ilustres simulacros, Y el más precioso olor entre el incienso Pague í los aires agradable censo. Si un Trio jrlariiii se ¡ip i 11 leí 1 L o p| i ] 1 jiueslo, después de h a b e r p a h l l i o i b 7 1 ce e«lr fis le s i canción sobre los males de Aic o le c nlqu er ele B i 1 D F i nando de Herrera, cuando expresa lo que no siente—(modelos p a n nosotros de amanerada y te lio i ini tac on n 1 iieno isoi o 1 personalismo),— cuenta s u v i e y i t i e teñen p e h r e \ | l cirio ríes de los motivos que les inclinan á separarse del vulgo indocto. Cual- quier poeta de alto coturno, en suma, yo se llame Monlemayor ó Gil l'olo, ó Jaureijiii, ó Figncroa, y pertenezca á la escuela de los con- coplistas; ya se apellido Góngora, Paravicino, Latorre ó Versara, y sea de los llamados cultos; podra preferir los clásicos remedos de Horario, de Catulo y de Marcial,—ilcl Petrarca, del Tasso ó del Ariosto, de Sannázaro ó de Marini, á las románliras y libres inspi- raciones de la musa cristiana, cuya voz hace estremecerlos abismos del conizon. ül km!» epíst. ad Serenum Massiliensem episcop. DISCURSO DEL ILHO. SEÑOR DON PEDRO BE MADRAZO. 301 paíio! que experimenta sus encantos? Poco en verdad. La religión, (|ne en este país nunca abandona al arle, y que vigila sus caminos, cuida de echar el velo de la pudicicia sobre la desnudez de las ligu- ras que han de ser llevadas al templo. El pueblo español se paga más que otro alguno de la caslidad y santidad de las imágenes; más fácilmente perdona el olvido (le lo bello que el olvido de lo san- to. Ocurrirá tal vez que, por error filosófico, algún pintor nutri- do en las máximas de los discípulos de ltafael ó Miguel-Ángel, pon- ga en los altares, disfrazados con atributos de santos, el Apolimi, el Laoconle y la Niobe: nada tendría de extraño, después de haber visto que el Itiionarrota representó con aplauso el Juicio final en el Olimpo. ¿Pero creeréis que el pueblo, con su certero instinto de es- tética religiosa, le tributará los mismos honores que al que acierte á mostrarle la perla del ideal cristiano sacada del mar profundo de la gracia y de la fé? No por cierto: la España contemporánea de los Carraccis, Dominichiiios, Guidos, Barroccis y demás eclécticos italia- nos, repudia el frió y empírico procedimiento que consiste en ir eli- giendo dotes de los varios modelos del antiguo para formar con ellos el ideal: España, en los siglosXVI y XVII, no reconoce porgenuinos auxiliares de su culto sino á los que, por reunir en su estilo la anti- patía de la nación al ideal pagano con el color dramático que en la leyenda religiosa domina, profesen el naturalismo místico que es su poesía peculiar. Y sin embargo, no faltaban entre nuestros pintores secretos se- cuaces de las escuelas clásicas, que tributaban culto idolátrico á la belleza de los mármoles griegos, y que en mucho se conformaban con el modo de sentir pagano. ¿Quienes eran estos? lniaginémonos, Señores, visitando en el primor tercio i!H si- glo XVII aquella hermosa ciudad andaluza de la cual cantó un gran poeta: Keina del grande Océano dichosa, Sin quien á España falta la grandeza; Parte de España, mas nifjor que el todo; 3¡)2 HEA1, ACADEMIA DE SAN FERNANDO. aquella reina, no del Océano, pero sí del Ilótis, cuya radiante es- Irella no habían acabado de eclipsar aun los descalabros que sufrió después en Holanda y en la Alsacia el úllimo Felipe. Vérnosla toda- vía soberana casi absoluta en los mares de Occidente, siempre sur- cados por bajeles que traen á su retorno las abundantes produccio- nes y ricos metales del mundo de Colon al pió de la Torre del Oro. Sigue siendo Sevilla el emporio de las artes: famosos profesores, no solo españoles, sino italianos y flamencos, se han avecindado en ella bajo la protección de los acaudalados negociantes naturales y ex- tranjeros, de los magnates familiarizados en Italia, Francia y los I'aises-Itajos, con las bellezas de aquellos encantadores palacios, y del clero, conservador del numen cristiano y favorecedor discreto de los nobles ingenios. Aún recuerda con orgullo que fue opulenta y hermosa, activa en su comercio como la ducal Venccia, mas que ella alegre y feliz; que se gozó en su caudaloso rio, henchido por la ri- queza de sus flotas; en su industria, sostenida en el solo ramo de la sedería por 16,000 telares; en su nobleza, más numerosa que en otra ciudad alguna; en sus viviendas, espaciosas y cómodas, engala- nadas con palios circuidos de columnatas, con marmóreas fuentes y floreadas cancelas; en su magnánimo cabildo secular, dotado de un suntuoso palacio doude agotó el arte plateresco sus quimeras, y donde el municipio se ufana con el clásico nombre de Senado; y por lin en su enjambre de asentistas y traficantes, reunidos para sus transacciones en la soberbia Lonja, creación ponderada de Juan de Herrera, César entre los arquitectos, sugerida por Felipe II, arquitecto entre los Césares. Penetremos en esa inorada suntuosa vulgarmente denominada Casa de Pílalos, construcción peregrina debida á una inspiración seini-oriental, en que el extraño y pinto- resco consorcio de tres estilos, el mudejar , el ojival y el plateresco, produce una fascinadora decoración de arcadas moriscas, aéreas y bramanlescas galerías; cuadras espaciosas, con primorosos alfarges de talla realzada de cinabrio, ultramar y oro; elegantes frontispicios, estatuas que plácidas sonríen al dulce murmullo de las fuentes en la fresca sombra de los jardines, perfumados por los limoneros, ar- DISCURSO DEL ILMO. BüfiOK DON PEDRO DE HADRAZO. 303 rayanes y laureles, grato asilo á los ruiseñores. En ella un egregio Ribera, primer Duque de Alcalá, coloco, como en un naciente Musco que diese testimonio de su amor á la antigüedad clásica, preciosas reliquias de la L'sciiltnra de los buenos tiempos, que siendo virey de Ñapóles le regaló el Papa Pió V; y ahora el ilustre D. Fernando En- riquez de Ribera, tercer Duque de aquel titulo, embellece sus salo- nes con obras de coetáneos. Para uno de sus camarines ejeeuló al leinplc poco há el erudito Pacheco la fábula de Dédalo c ¡caro. Allí encuentran el pintor y el escultor grandiosos modelos que quizá embellecieron el Pireo y las m u g e n t s del Tiher: labias floren linas y parmesanas, cincelados de Cellini, mayólicas de Faenza y Urbino; el arquitecto, dibujos, plantas, descripciones de los edificios más notables de Italia y Francia; el anticuario, escogida biblioteca, co- lecciones de numismática, cerámica, y curiosos despojos traídos de Sicilia y del Oriente; el poeta, los clásicos desde Hornero hasta el Ilenibo y el Sadolelo. La feliz mansión de los duques de Alcalá es, en suma, la casa de Mecenas, y rivaliza, si no las supera, con las que ostentaban los Mendozas en Guadal ajara, los Duques de Alba en la Abadía y Alba de Túrmes, los Hazanes en el Viso, Antonio Pé- rez en Madrid, los Duques de Villahermosa en Zaragoza, el Comen- dador Avila y Zúñiga en Plasencia, los Silvas en Buitrago, los San- ilovales en Denia, los Retiran de la Cueva en Cuéllar, los Pimenle- les en Benavente, el Secretario Cobos en Úbeda y los Vélaseos en Hurgos: que estas, y escasamente algunas más, son las familias es- pañolas que desde el siglo XVI hasta muy enlrado el XVII .emulan el artístico boato y el esplendor de los Mediéis, Orsinis y Colonnas. En esta soberbia morada, pues, digno templo de las musas, se reúnen, alternando con otra incipiente academia que también se ce- lebra en el estudio del pintor Francisco Pacheco, los escritores y artistas que más reputación logran en esa ciudad con vanidad onfá- lica denominada la moderna Délos, deponiendo allí tal vez ante el excelso prolector sus enconados dardos los dos bandos de los discí- pulos y de los émulos del sabio Arias Montano. ¿Qué mucho que liaya Mónteseos y Capóleles en el hernioso y feraz, lerreno ilul arte 31)4 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. y iran á reformar las-artes y las lelras españolas; el citado Pacheco, pintor y poeta, que ha logrado según la expresión de Céspedes, emparejar con el pincel la pluma, y que debe á la aus- teridad y rectitud de su juicio el cargo que ejerce dos años há (fe velar por el decoro y decencia de las pinturas sagradas; su maestro Luis Fernandez, maestro también de Francisco de Herrera y de los Castillos, ya sexagenario; el sabio maestro Medina; el doctor Juan de Salinas, poeta también entre devoto y festivo, todavía en la flor de su edad; el prebendado Roelas, Tiziano andaluz algunas veces, cu cuya enérgica fisonomía contrasta con el fuego de los ojos la nie- ve del cabello; Zurbarán su discípulo, adolescente (le 18 abriles, lleno de porvenir en la ciencia del color y de la sombra, que tal vez asiste con él sin lomar parte en aquellos debates; el Licenciado Fran- cisco de Rioja, principe de los poetas filósofos de España, que con su canción á Itálica lia sabido labrar su inmortalidad sobre melancóli- cas ruinas: el erudito y castizo D. Juan de Arguijo, ya nombrado, de edad casi senil; y entre otros varios, el célebre Alonso Vázquez, discípulo de Antonio Arlian, grande aficionado de la manera italiana, aprendida con Cesar Arbasia y Pablo de Céspedes en Córdoba, igual- mente fácil en los dos modos de pintar, al fresco y al óleo, el cnal compite con Pacheco en las obras que ejecuta para el convento de la Merced Calzada y para este mismo Duque de Alcalá, que á entram- bos émulos protege y alienta. Estss artistas filósofos que secretamente adoran el antiguo, y ¡i quienes pesa tal vez el no poder hacer gala de su vergonzante ul- Iramontanismo en las obras que para el culto ejecutan, guiados por su oráculo el cordobés Pablo de Céspedes, condenan como vitupe- rables y estigmatizan con el dictado de góticas, las maravillas de fé, amor y gracia cristiana que crearon sus predecesores. Más discur- sivos ai'm que Luis de Vargas, el cual, fielmente adherido a Perino del Vaga, el menos amanerado de todos los discípulos de Rafael, no buscó el ideal en l;i filosofía sino en el sentimiento, acércanse estos muy mucho á los eclécticos de la Academia fundada pur los Car- DISCURSO DEL 1LM0. SEÑOR DON PEDRO DE MADIIAZO. 30S raecis: imaginansc que la belleza es un compuesto de perfecciones <[ue la naturaleza no présenla jamás reunidas en un mismo sugelo, y la fórmula concreta de su artificioso sistema puede decirse que eslá en la siguiente octava: No me atrevo á decir, ni me prometo Todas las bellas partea requeridas Hallarse de continuo en un sugefco, Todas veces sin falta recogidas; Aunque las cria sin ningún defecto, A todas en belleza preferidas, Naturaleza, tú, entresaca el modo, Y de partea perfectas haz un todo i. La pintura, considerada como ciencia, ha adelantado en reali- dad con este selecto naturalismo. Se lia hecho el dibujo sabio y cor- recto, dando cabal razón de las posturas y movimientos: la compo- sición ha obtenido la unidad de que carecía; los agrupamicnlus se explican ya de una manera satisfactoria; ha empezado a penetrar en el cuadro el ambiente, y á marcarse los términos; lia demostra- do Leonardo de Vinci que la sombra es un medio de expresión casi tan elocuente como la línea para significar la melancolía y los dolo- res del alma; el claro-oscuro preludia la unión armónica que mas adelante han de obtener los colores con la escala de los tonos; la perspectiva lineal se sujeta a reglas fijas, y la naciente ciencia ar- queológica despierta en el pintor un vago deseo de no incurrir en anacronismos históricos, de indumentaria, de atributos y de acce- sorios. Fascinados con eslos nuevos horizontes abiertos al arle, ula- nos con tales conquistas, en nada apreciarán ya las inimitables do- les que distinguieron á los grandes artistas de la edad media; ni el brillante color que fue para los hermanos Van Eyck el suspirado deleite en la galana y risueña corte de los duques de Borgoña; ni la expresión de dulzura hechicera que fue el sueño de Guillermo de' 1 Céspedes: El Arle de la pintura. 393 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. Herle en las floridas márgenes ilel Ilhin. Ofreceilles (juc elijan erilre la Coronación de Nuestra Señora que pintó el beato Angélico para el convento de Santo Domingo de Fíésole (hoy perla de la pintura anti- gua en el Loiivre),' y la Coronación que ejecutó Aníbal Carracci para la casa PanpMli; y aunque la primera sea como el resumen y com- pendio de todos los encantos del arte cristiano en su más serena y plácida manifestación, y la segunda una pobre composición en cuan- to á la idea, preferirán desde luego esta última, torciendo el gesto á aquella con desprecio. Porque preocupados con la impropiedad de una corte celestial vestida de brocados como la servidumbre de gala de un rey del siglo XIV, no verán en la obra del dominicano ni la santidad, ni la castidad, ni la gracia sencilla, ni el decoro y com- postura, ni la luz difusa y generosa que pone desde luego al espec- tador de aquella magnífica escena mística en lo más etéreo del fir- mamento; y deslumbrados y seducidos ante la tabla del Carracci por la naturalidad y belleza del desnudo, el relieve y la entonación, no advertirán tampoco que el l'adre Eterno aparece en ella trasforma- do en un Hércules, Jesucristo en un Aquiles, la Virgen en una Lu- crecia; que los ángeles hacen alarde de formas demasiado rollizas pa- ra mecerse entre las nubes, y que por dar efecto al cuadro ha pues- to el autor la escena en un rincoii del cielo, sombrío y proceloso. ¿Qué han de valer para ellos las obras de los pintores sevillanos del si- glo XV, de Juan Sánchez de Castro, de Pedro y Juan Sánchez, de (lotí- zalo Díaz? La Anunciación que con tan exquisito pincel ejecutó el pri- mero en San Isidoro del Campo, y el precioso retablo de Jesús apare- cido á la Magdalena que pintó el último para la puerta de la torre de la catedral, son despreciables antiguallas. No les merecen mayor apre- cio los primorosos retablos de la capilla de San Bartolomé y del Co- legio de Maesc Rodrigo, ni los oratorios que Nicolás Francisco Pisa» hizo para la capilla de los Reyes Católicos en el Alcázar; ni la incom- parable Virgen de la liosa, dechado de casto amor y sueño de celes- tial hermosura, con que Alejo Fernandez avaloró el trascoro de San- la Aun de Triana; ni otras mil y mil producciones del arte tic princi- pios ilol siglo XVI, (Id qno están llenas las iglesias y monasterios de DISCURSO DEL 1LMO. SEÑOR DON PEDRO DE MADRAÍO. 397 Sevilla, y i|iie á virtud del injusto anatema fulminado por aijiid doc- to arcopago, van d quedar reducidas á la nulidad en el aprecio de las generaciones fuluras! Y no obstante, en esas obras había santidad, castidad y ternura; había un sentimiento muy depurado de la digni- dad y del decoro del arte; había, sobre todo, lo que faltaba ya ¡i la escuela del naturalismo selecto y artificiosamente ideal, á saber, la expresión espontánea y la gracia adecuada: gracia y expresión no cal- cadas, no imitadas de los marmoles antiguos ó de las tablas de Mi- guel-Angel y Rafael, sino nacidas impensadamente, como la flor del campo, en el surco abierto por la idea, Porque los cuadros que Cés- pedes y Pacheco y los demás pintores sabios ejecutan, y los que se propongan ejecutar sus adeptos, ni sacarán al arte del carril en que le dejaron Luis de Vargas, Villegas Mannolejo, Frutet y Campaña, los Arfiancs y Juan Bautista Vázquez, ni obtendrán del pueblo los ví- tores que solo le arranca el genio original é independiente. Llevarán á los altares un arte indeciso en su carácter, sin individualismo y sin seducción, dando muestras de un gusto más depurado que el del vul- go, si Lien proclive á la afectación de lo grandioso y estatuario, pe- ro sin atreverse á revelar la ciencia del desnudo mas que en ciertos limites, y humillándose, mal de su grado, á la ley arraigada en el co- razón de la raza española, que les obliga ante todo á ser religiosos y castos, Para inmortalizar á Vargas tendrán que recurrir a la inocen- te superchería de la anécdota de la Gamba, y Pacheco no se librará de los saetazos del epigrama por sus insípidas aunque muy científi- cas producciones. Ved lo que escribe la opinión de sus con temporá- neos, por mano anónima, al pió de un Cristo desnudo que hahia jtiii- • iul.1 vi autor del temple de Dttkh é lean; iQuién os puao así, Señor, Tan desabrido y tan seco) Vos me diréis que el amor; Mas yo digo que Pacheco. No comprende esa sabia asamblea, remedo de los Inamimiwiti de 31)8 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANCO. Itolonin, f|ii(!Ía iconografía cristiana no puede aceptar la forma, l a c x - prcsimí y la g r a d a de la e s t a t u a r i a griega; q u e tiene su ideal p a r t i - cular, distinto del a n t i g u o , en c u a n t o son distintas dos religiones y dos filosofías, u n a materialista y espiritualista la o t r a . E s p a ñ a , como todas las naciones m o d e r n a s , ambicionaba un a r - le m i n o s convencional, m á s v e r d a d e r o ; u n a r t e q u e asociase á la cien- cia de la naturaleza el espíritu conveniente á cada sugeto, es decir, su gracia propia y su peculiar expresión, no buscada en los modelos de escuela, sino en lo m á s íntimo, psicológico y subjetivo del a r t i s t a . A esto i n d u d a b l e m e n t e tendian en sus entrevistas en la Casa de Pí- lalos, Roelas, Francisco de Herrera y los Castillos, los cuales quizá en aquellas apacibles y entretenidas r e u n i o n e s , sostuvieron con sus colegas interesantes polémicas sobre este p u n t o , y defendieron como m á s aceptas al c o m ú n s e n t i m i e n t o de su país las ideas que en Italia, y p r i n c i p a l m e n t e en Ñapóles, profesaban Caravaggio y los naturalis- tas. No c o n s t a , en v e r d a d , q u e así lo h i c i e r a n ; pero sus obras d e - m u e s t r a n c l a r a m e n t e q u e así lo sentían. Quien había de realizar este anliclo de su patria era Bartolomé E s t i b a n Murillo. El arte en sus manos iba a e n c u m b r a r s e á la g e r a r - quía del sacerdocio, p o r q u e á la m a n e r a de los grandes genios d é l a s pasadas edades, iba á dar cuerpo y vida á un vago y general anhelo de la católica España. Me v e i s , Señores Académinos, acudir a la esfera de la religión p a r a explicar el carácter del a r t e de n u e s t r o país en sus mejores t i e m p o s : esto no nace de capricho m i ó , sino de la fuerza de los h e - chos. Va lo ha significado el Sr. H u e t e n su elegante discurso, dicien- do q u e no habia otros asuntos m á s q u e los religiosos p a r a los a r t i s - t a s andaluces. No podemos evitar q u e todas las cosas g r a n d e s r e a l i - zadas por n u e s t r a nación hayan sido producto de la fé. I-as naciones, ya lo hemos indicado, tienen su aspiración ideal r o m o los a r t i s t a s : lodos anhelamos aquello que entrevemos como complemento de la pasión q u e nos s u b y u g a . Bajo el reinado de los ú l t i m o s F e l i p e s , confesémoslo con i n g e n u i d a d , n u e s t r o pueblo era tnás que religioso, devoto; m á s IJIIC h o n r a d o , caballeresco; m á s q u e DISCURSO DEL ILHO. SEÑOR DON PEDRO DE MADBAZO. 300 Inerte, jactancioso; más vano que ilustrado. Todo lo que era en ¡ípa- riencia grande, en apariencia heroico, en apariencia santo, y en apa- b 11 1 t i 11 m impregnado de vida real y de 1 d 1 o t a i canto predilecto. El arle ecléctico I Ia a al a mp 1 le, mal podia satisfacerle; dieran- 1 q 1 i nt in una naturaleza, no selecla é 1 1 o 1 y e t da con los caracteres de lo santo, 1 lo 1 di I y da espectador se creería capaz de d 1 i, q an 1 \ grangea los altares y el incienso. No ofrezcáis al pueblo español santos que le parezcan de una sus- laiicia física superior á la suya; dadle en los héroes de la religión de sus padres, hombres, y aun hombres vulgares; poned en sus retablos aunque sea al bracero ó al soldado; no desechéis ningún tipo verda- dero , por plebeyo que sea; y aquello mismo que habría ahuyentado In devoción de otro pueblo algo idealista, encadenará al cniln de los santos á esta nación prendada de lo dramático y real. Esto en cuanto á los caracteres. Itespeeto de los asuntos, el ideal político y religioso del país eran las victorias, ya harto raras, en los Estados protestantes, y el triunfo del catolicismo sobre la heregía; y el mérito principal de Murillo es haber dado á su patria, para con- tribuir á este triunfo, el arle naluralista que ambicionaba, asocián- dole una pureza y santidad, una gracia y un encanto que no logró el naturalismo napolitano, ni el veneciano, ni el flamenco. El gran timbre de este genio es haber servido con sus pinceles, tan eficaz- mente quizá como los consumados teólogos con sus escritos, á la em- presa más católica que le restaba acometer á la ya pobre ó hidalga España en el siglo XVII. Algo retentados de In peligrosa manía de querer explicarlo lodo, vnmos por remate de nuestra tarea á ensayar una teoría del adveni- miento lógico de Murillo al estadio del arte. El aparecimiento y la desaparición del verdadero genio en el tea- tro del inmuto ocurren siempre en sazón oportuna. Sin conocer las circunstancias en que nace un hombre grande, no es posible com- prender su significación en la tierra, 400 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO, Una gmn contienda religiosa, cuya duración fiincsla consignó d(!Spuus la Historia con el nombre terrible de Guerra dr, los treinta años, empezaba á arder en el corazón de Europa, cuando en una hu- milde casa de la calle de las Tiendas de Sevilla venia al mundo Murillo. Eran los contendedores, de una parte los Principes pro- testantes de Alemania, de otro el Emperador y los Principes mlóli- tos. Trascurrieron veinticuatro años de esta asoladora guerra: aca- baba de ser asesinado en Egra aquel formidable Vallcnstein, princi- pal campeón del catolicismo, Á quien maldecían los luteranos ham- brientos devorando los cadáveres desenterrados, por cuyas bocas asomaba la yerba cruda. El impetuoso Torstenson, merced á la per- fidia de Riclieliu, hacia reverdecer en Leipsick los lauros de Gustavo Adolfo, y España, reducida á la defensiva por los levantamientos de Portugal y Calalú tía, nada ya podía hacer con las armas en favor de la causa católica, que el emperador Fernando III sostenía casi sólo. El triunfo, tan costoso, obtenido por Carlos V en Mublberg, se nos volvía estéril: el biznieto del grande emperador pasaba indolente- mente la vida entre placeres, dejándose arrebatar á pedazos su glo- riosa herencia, y convertía las empresas militares en entreactos, alter- nando en sus perezosas jornadas las emociones del drama con las de la batida, precediéndole do quiera la turba de sus monteros y come- diantes. Entre tanto, Murillo , pintando Vírgenes y Santos en tablas y sargas, se disponía silenciosamente á combatir por la fé de España con las armas eficaces del arte , y á robustecer el sentimiento reli- gioso de los pueblos prosternados ante las imágenes salidas de sus pinceles. ¡Cuántas veces, entregado a la secreta liebre de su noble anhelo, vagaría indeciso y meditabundo por las frondosas alamedas del Guadalquivir, viendo cómo arrastrábala corriente los galeones en que iban á Nueva-España las devolas creaciones de su mente, sin saber á qué escuela demandar el complemento que faltaba á su la- lento artístico, sin acertará discernirá cuál de los estilos á la sazón _ dominantes estaba afianzada la promesa do gloria patente ¡'i los ojos interiores de su almal Murillo, como llafuel, nació al servicio del catolicismo en uno de DISCURSO DEL ILMO. SEÜOH DON PEDRO DB MADRAZO. 401 sus más peligrosos conflictos. Rafael apareció como antagonista del apostata de Eisleben, quo arrebataba al cnllo el elocuente auxilio del ¡"'te: Murillo, como defensor de este mismo culto , amenazado á la vez por el protestantismo y por el neopaganismo del Renacimiento. Uüfitcl, al venir al mundo Lutero con los nuevos iconoclastas ¡cuán- los brazos destructores no habrá encadenado con el prestigio ole la forma! ¡cuántos corazones vacilantes no habrá restituido al redil del líiicn Pastor! Murillo, en la víspera de aquella paz de Westfalia, que l'ué, el triunfo del indiferentismo ¡á cuántos pueblos no habrá hecho dulce y amable la religión de sus mayores con la magia del arte cris- liano resucitado por el esfuerzo de su fe! Rafael y Murillo trajeron :il mundo la misma misión y medios distintos, pues cada cual reci- bió al nacer los más adecuados á su ohjeto. Ambos vinieron íi con- vencer acerca de una causa idéntica á generaciones que sentían y pensaban de diversa manera. La España de Felipe IV, olvidada de la antigua iconografía religiosa, era además insensible á la belleza clá- sica y al antiguo ideal. Las fuentes principales en que se nutria su pensamiento y su corazón, eran, ya lo hemos indicado, la leyenda mística, los autos sacramentales y las comedias, impregnados de liilu real y material. ¿Dónde hallar los medios proporcionados para hacerse comprender de sus contemporáneos? El ángel mismo que finió al joven Tobías para curar la ceguera de su podre anciano, guió sin duda á Esteban Murillo á la corte: aquel viaje fui5 para el como una revelación. En Madrid y en el regio alcázar, en los Sitios Reales, en las galenas de los grandes señores que fueron capitanes ilustres en los Países Bajos y en Italia, vio las producciones de Van Dick, de Itilieru, del Caravaggio, de Tiziano, del Vcroncs, del Tintoretlo, de Veliizqueü Cuando regresó á su tierra natal, ya iba enriquecido '(ni todas las dotes necesarias para lanzarse á la brillante carrera á que el mundo de la gracia y de la belleza le convidaba. Once lienzos pintó entonces para el magnífico convento que acababa de inspirar á Tirso de Molina uno de sus más tremendos dramas, y aunque el es- lilo propio que había de inmortalizarlo no estaba aún formado, na- die acertaba á explicarse cómo ni dónde habia aprendido la nueva, magistral y desconocida manera de que allí hacia alarde. Todus le admiraban, nadie le reconocía, y lanto dieron en qué pensar aque- llas obras, que el vulgo, deseoso de darse razón de su estupor, in- vento1 que Murillo había estado dos afios encerrado estudiando dia y noche el natural, ¿Qué no sería en aquella ¿poca asunto de leyenda? La fecundidad suele ser el signo de todo genio que trae al mun- do una misión innovadora. Comparable solo con aquel «w«ííriío de la naturaleza, Lope de Vega, en la facilidad de crear, tapizó las prin- cipales iglesias y conventos de Sevilla de cuadros cada vez más ad- mirables. Más fiel á su vocación que el genio de Urbino, no toleró jamás que el hálito de un materialismo licencioso marchitase el bello lirio de su casta inventiva. La inmaculada, bajo cuyo patrocinio ha- bia venido al mundo, le inspiró el modo de representar el tierno y augusto misterio de su Concepción cual nunca había sido represen- tado; y justo era por cierto que habiéndose señalado tanto Sevilla en la empresa de obtener su declaración, fuese uno de sus hijos el que mus sobresaliese en la de dar forma artística á un misterio incorpó- reo lan delicado. Nunca se vio traducida en humanas formas de una manera tan exquisita la inocencia de una mente no contaminada por la sombra del primer pecado; nunca con tan visible encanto la ex- trañeza insexual de toda culpa, de lodo detrimento, de toda man- cilla. No puede con exactitud decirse que Murillo pintase en osle asun- to lo que todos veían; se valió, sí, de formas puramente humanas; pero, ¿se sabe por ventura á qué clase de emoción debió el descu- brimiento de un ideal enteramente nuevo, que ningún otro pintor naturalista de su tiempo obtuvo de las formas comunes? ¿Fue acaso la mirada de una mujer hermosa y honesta que pasó á su lado?¿Fue un canto de esos que tienen fiel correspondencia con los más gracio- sos y delicados contornos? No es posible adivinarlo: de todos modos la expresión que Murillo dio á sus Vírgenes solo pudo revelársele en alguno de sus castos arrobamientos. Cuando el genio está bien preparado para comprender las aspi- raciones de su siglo, una impresión inesperada y que fuerlnm'iite DISCURSO DEL 1LMO. SEÑOR DON PEDRO DE MADRAZO. 403 le conmueva, sea dulorosa ó placentera, quizá produre ni él una revelación instantánea, que, liien aprehendida y acariciada, se true- ca en fuenle inagotable de poesía. Así se engendra el ideal. Si la impresión nace del placer, esa revelación se asemeja a la reina del pensil, fresca y olorosa, que al)rc el voluptuoso seno al aura perfu- mada por otras flores; y las creaciones (¡ue produce ostentan con orgullo los nombres de Tiziano, Palma, Giorgionc, Rubens.—Si na- ce de la infelicidad y la tortura, esa idea es como la oscura planta balsámica, de sabor acre y de punzante aroma, y sus productos llevan los nombres de Caravaggio, Salvator Rosa, Ribera.—Pero puede también haberse obtenido en la elevación y efervescencia del sentimiento, en lo más etéreo de la fantasía, semejante á aquellas rosas alpinas que solo florecen en las altas regiones, entre la nieve no hollada por planta humana, y que parecen olvidadas alii por los úngeles que tejen en el cielo las coronas de las Vírgenes; y enton- ces, ó da el ser a las Madonnas que ve pintar la clásica Italia, y el artista que traduce la idea se llama RAFAEL; Ó anima las Concepcio- nes sin sombra de pecado que publica y canta la mística y roman- cesca España: y el artista se llama MUBILLO. He abusado ya mucho de vuestra ¡ilenrion, y voy á concluir. Hoy, aunque el cosmopolitismo parece haber destruido las diferen- cias que antes'existían en el modo de ver y de sentir de cada pue- blo, todavía sin embargo es nuestra España una nación sesuda y religiosa. Hay cierta ley de repulsión en las razas, que impide lle- gue á ser nunca completa la fusión encomendada al libre comercio y a los ferro-carriles. El pintor nacido en las orillas del Tajo ó del Bétis, en vano pugnará por asimilarse en sus lienzos los profanos encantos de un arle exótico demasiado libre. Protógenes y Apeles españoles, Lais, Campaspe y Frine esquivan vuestros pinceles. Non cujusvis est adire Corínthum. Pero nada perderéis tampoco conser- vando la austera continencia de Zenócratcs y negándoos como til á sacrificar á las Gracias. En cambio, ¡cuántas coronas os brinda el dilatado y frondoso rnmpo del palriolismo y de la religión de vues- 404 flEAL ACADEMIA DB SAN FERNANDO. tros padres!—En este campo, el ideal de vuestra nación y el de vues- tra mente se hallan identificados, lo mismo que en la ¿poca de Ve- lazquez y Murillo. Ansiaba entonces la monarquía ibera reverdecer sus antiguos laureles y mantener incólumes sus aras, y exultó go- zosa contemplando los hermosos cuadros de la Rendición de Breda y de Girón defendiendo d Cádiz, que la halagaban con el recuerdo de sus victorias; y aquellas Vírgenes incomparables que le revelaron cuántos tesoros de belleza encerraba la fé católica. La religión y la pa- tria fueron, y siguen siendo, los dos manantiales inagotables de loda inspiración española castiza. Ella os promete llevar á cabo la res- tauración artística á que nuestro nuevo y docto compañero alude. Con profélico acento, cuando más amenazados parecian aquellos dos númenes protectores de nuestro suelo, en el año fatídico de 4808, un hijo predilecto de las Pimpleas, aun sombreado el rostro con corona de ciprés y adelfa, predecía en este mismo recinto los triunfos de la futura generación artística de España, animada por la poderosa inspiración que de ellos había de recibir. Sus pronósticos se han cumplido bajo el fecundo reinado de la católica y magnánima Isabel II, y cada vez que los gloriosos recuerdos de nuestra antigua y moderna historia, evocados por el genio, destellan en los lienzos de las públicas Exposiciones, creemos percibir un e noro y memorable apostrofe ' : Tú que atenta me escuchas, Amable juventud, y eu lid activa Entre las armas y las artes luchas, ¡ Contempla cuan hermosa perspectiva De {grandeza y de honor se abre á tus ojos ! Tú de fervor patriótico inflamada, En tanto que entre bílicoa despojos 1 Oda á la influencia del entusiasmo'públicoen las Artes, de D. Juan Ni- caeio Gallego. Fue leída por su autor en la Real Academia de San Fer- nando, en Junta general de distribución de premios, el dia 24 de Setiem- bre de 1808. DISCURSO DEt, ILHO. SEÑOR DON PEDRO DE UABHAZO. 405 Aterra al domador