nTscunso DON FRANCISCO M E N O DE ÁÜRCON, DE T,A A R Q U I T E C T U R A POTJCRÓMATA. SESOKKS AnAhKMicos: Si esln solemnidad licué sicnijirr alia im- prlancia personal respecto de quien obtiene la honra tle ser llamado íi compartir vuestras nobles tareas, para ninguno lia podido ofrecer minen tan elevado interés como para m i , dados los singulares anle- n'denles de mi vida y de ini carrera. No logré yo la suerte de nacer de padres acaudalados en bienes i\v. fortuna, aunque si ricos en virtudes. Avezóme su ejemplo al tra- hajo; más deseando su amor librarme de las penalidades del que so- 1" lia la existencia en la destreza de sus manos, consagróme á la carrera eclesiástica, que no sin contratiempos y fatigas, vi al cabo I «-mimada en el Seminario de Murcia, entrado ya en los veinticua- tro años. Nadie dudaba de que, al recoger el fruto de tantos afanes y vi- gilias, buscase en la Iglesia el premio legitimo de aquellos estudios: fallábame sin embargo la verdadera vocación, que hace perfecto al sacerdote: en la inquietud que me agitaba, presentía y ambicionaba, como un bien más realizable para mí, la gloría de las artes; é ini- ciado por mi celoso padre en los rudimentos de la geometría y del dibujo lineal, senlíme al fin avasallado por el ardiente deseo de pro- fesar el noble arte de la Arquitectura. Vosotros, que sois artistas, comprendereis lo que significaba en mí este deseo, que miraba como mi sueño de oro. Yo liabia dado ri- ma á una larga y difícil carrera, merced ¡i la piadosa protección dv inolvidables bienhechores: al lanzarme en la nueva liza, necesitaba excitar, no ya la benevolencia, sino la caridad de los que iban á ser mis maestros. Henchido el corazón de fé y la mente de esperanza, volé pues á Madrid; impetré confiado el amparo de hombres sabios y generosos; recibí de sus manos colmada copia de bienes, y al crearse en 11Í-Í5 la Escuela Especial de Arquitectura, pude ya ganar en ln misma los tres primeros anos, prosiguiendo con igual ahinco los es- ludios hasta alcanzar el premio de pensionado para el extranjero, con lo cual-veia realizado mi dorado sueño del Seminario Conciliar de San Fulgencio de Murcia. ¡Quién de vosotros desconoce los sinsabores y las dolorosas prue- bas, á que en todo aquel trabajoso periodo me vi sujeto? ¿A quién de vosotros no debo repetidos beneficios? No quisiera ofender ahora vuestra modestia: vosotros me prodigasteis el bien en secreto; ha- c'i's una obra de caridad cristiana. Yo, sin embargo, que recojo ¡i manos llenas la mies por vosotros sembrada, levanto aquí la voz del reconocimiento, para proclamarme vuestra doble hechura. Porque no ¡lamente me favorecisteis con vuestra doctrina y vuestro conse- j o , antes y después de entrar en la Escuela de Arquitectura, sino ¡ e I temí n i p nsion en el extranjero y residente aun en Ro- ma, fui llamado por vuestro voto á desempeñar una plaza de Ayu- 1 inte en la misma Escuela, y poco tiempo después investido con el titulo de Profesor agregado, desde cuyo puesto subí por oposición á la cátedra numeraria, que actualmente desempeño. Y como si lo que hicisteis conmigo en la esfera del profesorado os pareciese poco, aten- diendo sin duda, más bien al generoso entusiasmo que me trajo al campo de las artes, que á mis cortos merecimientos, me abristeis ron desusada benevolencia las puertas de este Santuario, dándome la ambicionada honra de npedillarnic también aquí vuestro com- pañero. Ya veis, Señores Académicos, cómo llegado ni momento de com- parecer ante vosolros, no es Tin simple placer oficial lo que dclio po- DISCURSO DE RON FRANCISCO JARRSO I>R Al.ARCON. 417 seerme. Todas l.is aspiraciones de mi vida, todos los volos formados, no fin la inconscin niñez , sinn cuando empieza ya á madurar el jui- cio del hombre, los veo en este solemne instante realizados. Á los honores y distinciones, con que el gobierno de S. M. se lia dignado premiar los servicios públicos, prestados como arquitecto de los mi- nisterios de Fomento y de Hacienda , balieis añadido la corona por mi vivamente codiciada del título de individuo de número de esta llcal Academia. He abrigado, desde que abracé la carrera, ardentí- simo anhelo de alcanzarlo; permitidme que os manifieste aquí las honradas dudas de haberlo merecido. No traigo ante vosotros un nombre ilustrado por la publicación de obras, que diluciden las teorías del arle y esclarezcan su histo- ria: no puedo tampoco ofreceros raro lalenlo ni copiosos raudales de elocuencia, para cautivar vuestro docta atención en las difíciles dis- cusiones, a que os llama de continuo el instituto de esta Real Aca- demia. Grande amor al arte, acreditada laboriosidad c infatigable constancia, son las únicas dotes de que me es dado hacer modesto alarde, lisonjeándome la creencia de que a ellas solo es debido el ga- lardón, que recibo de vuestras manos. El amor al arte me lia inspirado, no obstante, el estudio de su historia: fruto de mi genial laboriosidad han sido algunas investiga- ciones que no carecen, en mi sentir, de ínteres en la misma; la constancia m c h a infundido aliento para perseverar ya en el examen comparativo de los monumentos, ya en la menuda quilatación de los accidentes característicos que en cada edad los distinguen. Permitid- me, Señores, que acudiendo al pequeflo arsenal de esludios é inves- tigaciones , formado durante mi permanencia en el extranjero por mi amor al arle, mi laboriosidad y mi constancia, ose someterá vuestra consideración, escudado en vuestra indulgencia , un punió nrlíslico-arqueologico, importante en la historia de la arquitectura, y objeto há poco de interesantes y profundas controversias entre los más renombrados artistas y anticuarios. Me reiiero á la aplicación ilc, los rolorc.it á la arquitectura griega; y tras demostraros esta tesis rosando tic Í;i ¡wlijiiif'dml clílsira, no paren1!"! impcrlinente ni aje- 478 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. no ile este sitio, el añadir algunas reflexiones sobre d uso que pítale Iwcerxp. ile aquella singular pintura en lux tiempo* «i(w/m««. Ocioso y por exceso inoportuno seria el bosquejar aliora>el mag- nifico y bellísimo cuadro, que ofrece á la contemplación del filósofo, del historiador y del artista, la arquitectura griega en su varia ma- nifestación y prodigioso desenvolvimiento. Admiración y encanln de lodos los hombres doctos, modelo de buen gusto y Upo constante de belleza para todos los artistas que aciertan á estudiar sus monumen- tos , ninguno de vosotros, que sois los padres del arte y de la cien- cia monumental, ha menester que yo le ponga delante, en desaliña- dos y pobres rasguños, lo que tan perfectamente conoce. S^ame, sin embargo, permitido observar, como fundamento de mi tesis, que risa misma grandeza y magnificencia, esa celebrada belleza recono- cida umversalmente en la Arquitectura griega, recibían mayor pom- pa y esplendor de la pintura policrómala, siendo en verdad liarlo sorprendente que ni en los días del Renacimiento, ni en siglos posle- riores se baya sospechado siquiera la existencia de esa pintura, es- tudio reservado á los últimos tiempos. Y sin embargo, la demostración del hecho que sirve de ba.se ¡i la exposición de aquel sistema artístico, reconocía dos fuentes dianas ambas de la atención y del respeto de los arqueólogos. Tales eran: e! testimonio autorizado de los autores coetáneos, y el más fulinricnli; aún de los mismos monumentos. Examinados con este propósito los escritores de la antigüedad clásica, y fijándonos más principalmente en Pausanias, Plinio y Vi- trubio, no era posible desconocer que estos celosos investigadores habían recogido y descrito de una manera especial é d 1 I bl cuanto atesoraba la literatura cientítica de los antiguos sobre la p i tura usada por griegos y romanos. Existía entre estas p e s o (•iones generales la terminante, declaración de que los más celebra- dos templos de Grecia resplandecían, tanto por la grandeza y majes- tad de sus construcciones, como por el brillo de lns pinturas que los decoraban. Pero ya porque se conceptuaran estas pinturas de igual condición y carácter que las murales ó parielarias, bailadas en Pom- peya y Herculano, ya porque fueran los referidos textos insuficien- tes á explicar la índole y naturaleza, así como los procedimientos técnicos de la pintura aplicada á los monumentos, ni arrojaron por si luz necesaria para ¡lustrar la historia del arte en punto de tal im- portancia, ni sirvieron tampoco de guia á los eruditos, para salvar i'l espacio que los separa de la antigüedad en el conocimiento de aquella ornamentación peregrina. Cierto es que durante el siglo XVIII, y especialmente en su segun- da mitad, partiendo del testimonio de los expresados escritores, en- sayaron los eruditos y los artistas de toda Enrona útiles investiga- ciones sobre la pintura de los griegos; pero todos sus esfuerzos no pasaron de reconocer los procedimientos del encausto, tarea que si abrió realmente el camino para apreciar los medios prácticos del uso di: la cera con la aplicación del'fuego, no condujo siquiera á ln ini- ciación del estudio de la arquitectura policrómalo. Oponíase en verdad á este resultado la general creencia, elevada ni cierto inodit á principio estético, de que la belleza ríe la arqui- li'diira y de la estatuaria giiega estaba únicamente circunscrita a la Forma, desechando lodo otro ornamento, como impertinente y apos- liz-o. Dado este principio en una edad de intolerancia y de exclusi- vismo, claro es y evidente que hubiera sido estéril, provocando el general menosprecio, toda investigación encaminada á un fin repro- bado ¡i priori por los que se preciaban de doctos, y que lodo monu- mento que contradijera tan arbitrario canon artístico, ilnliia ser irre- misiblemente calificado de barboto Fue, pues, por tal estilo de todo punto frustráneo el leslimonio de los autores de la antigüedad clásica en el estudio de aquella par- le de la arquitectura griega, cuando más parecía prometerse la eru- dición de su prolijo y fecundo examen. Cegada asi la primera fuente •18D REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. de investigación, sólo poilúi esperarse la ilustración tlu JHIMIO tan importante en la historia iluV arle antiguo, del estudio detenido, in- teligente é imparcial de los monumentos; y esta gloria, si tal puede llamarse, estaba reservada á la presente centuria;.pero no sin con- tradicciones ni largas controversias, de las cuales debía brotar más pura y resplandeciente la verdad de los hechos. Ha poco más de cuarenta años que dio el primer paso en este li- naje do investigaciones, por lo que respecta á la estatuaria, el cele- brado Qualremére de Quincy en su Júpiter Olímpico: siguiéronle en breve otros insignes arqueólogos en orden á la Arquitectura, y el examen concienzudo y pacientisimo de las ruinas de los templos, debidos ala civilización helénica, demostró luego que no eran letra muerta los textos griegos y latinos. Alcanzó al fin la honra de ini- ciar un sistema completo sobre la Arquitectura policrómala el erudi- to arquitecto Mr. Hiltorff, fundándolo en el estudio de los monu- mentos de Sicilia, de la Magna-Grccia y de la Etruria, y conipro- bámíalo con el de las gloriosas ruinas del Ática. Para este afortunado investigador no filé ya la pintura en aquellos renombrados edificios un extraño accidente: Hittorff concluyó asegurando, en vista de lar- gas y fundamentales tareas, que la Arquitectura griega había sido siempre policrómala. Lo que un siglo antes hubiera producido universal escándalo, hallaba ahora en los principales centros artísticos, decididos defen- sores é inteligentes partidarios; á la alirmacion de Hittorff respon- día en Alemania el laborioso anhelo del perspicaz Semper, quien lijando exclusivamente sus miradas en el suelo de Atenas, alirinnluí rotundamente que habían sido pintados de colores todos los monu- mentos del tiempo de Pericles. Vario, fue, en verdad, el efecto que produjeron en el campo de las artes y de la arqueología monumental tan autorizadas declara- ciones. Cerraron sus oídos á la novedad, que reputaron quimérica limón, los que se pagaban de poseer los secretos y perfecciones del ¡irle clásico; negaron la posibilidad de la no sospechada troría, su- poniendo que los restos de pinlimí i-nnmliiidos t>>.1 HitluriT y Sem- DISCURSO DE DON FRANCISCO JARES O DB A LAUCÓN. 481 per cu los monumentos griegos eran inequívocos vestigios de bar- barie, los que, considerándose más eruditos, los atribuyeron ya á los árabes, ya á los normandos, ya á los españoles, sucesivos domi- nadores de la antigua Trinacria. Pero mientras se iba ían adelante en el camino de la contradicción que no faltaron desabridos censo- res, para quienes era despreciable impostura, arlislas de tanla au- loridad como el Barón Guerin, Director de la Academia de Francia, y el caballero Tbonvalilsseii, que alcanzaba a la sazón la palma de la estatuaria, excitaron el ilustrado celo de Ilittorff, para que auxi- 1 1 r r I e o 1 1 7a ti e te 1 lo j te to alen n 11 a 1o 1 ad p j to le e ta le on to 1 e a 1 al o d lo e nplos po 1 si 1 do en S 1 expo 1 1 I enl f n te 1 teo a q e e f nd ba \ I 1 lo t al ajo en la for a a\ ete da y \ p I 1 1 I I h n c n o n q e e d n á l z 1 \ I d la I I i ológ y e o trar n lo 1 e ni \o sicion pública de 1832, parecía ser completo y decisivo el éxito de los mismos, allegados a la opinión de Hittorff tan doctos arquitectos romo Mr. Pcrcier, cuando del seno mismo de sus ayudadores nació la más vigorosa contradicción que babian hasta entonces experi- mentado sus tareas. Era en efecto Mr. Ilaoul Hochette, renombrad» ,infneólogo, uno de los más ardientes partidarios que había tenido en Francia la arquitectura policrómala; ya desde la cátedra, ya desde la piensa había expuesto con extremado calor el sistema deducido |n»r Hitlorff del estudio de los monumentos de Sicilia. De pronto, .ihiindonando lo causa que paladinamente defendí a, declarábase su propugnado!" acérrimo; pero mientras salia en Francia á la palestra, para contradecirle, el erudito Lelrone, daba á luz en Alemania el concienzudo Mr. Kugler notabilísimo trabajo, que venia á confir- mar la teoría de Hittorfl', y publicaba el diligente Scinper sus Ob- servaciones preliminares sobre la ai'tjtiifcrlura y la escultura pintadas entre los antiguos (i 834). Al peso de estos trabajos, inspirados pur el celo de la verdad y luí)dados ni el injs escrupuloso análisis, (laquearon sin Juila las •182 RKAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. • 1 ) [i i if^tiacio nos del tornadizo Raoul ltochettc, no siendo por cierto 1 de poco efecto en el palenque ile la disensión la docta intervención del Instituto Británico, que acudió, movido de científico espíritu, á tomar parte en la contienda. Corría ya el año de 1856, cuando nom- brada al efecto competente Comisión de su seno, reconoció ésta los mármoles traídos de Grecia por el ilustrado Lord Elgin, los cuales procedían principalmente de los templos de Minerva-Polías, de l'an- dros, y ile Erectheo. Celebradas varias sesiones en que se tuvieron presentes muy eruditas cartas del infatigable investigador Mr. Bra- cebrñlge, á que acompañaban disertos policrómalos, sacados de los precitados templos, reconocióse al cabo que el sistema anunciado por Ilittorff y Seinper, era digno de todo respeto y ofrecía todas las probabilidades de ser científicamente histórico (183G-I837). Francia, Alemania, Inglaterra habían contribuido A ilustrar, por medio de la discusión y del examen de los monumentos, la historia de la arquitectura griega, poniendo fuera de toda duda que hnbia sido policrómala en los tiempos de su mayor grandeza, y asi en v\ suelo del Ática como en la Sicilia y Magna-Grecia. Restaba sólo, I nis lit- iqui Señores Académicos, como de la fuente viva y copiosi- ina de la observación de los monumentos y ruinas del arte griego, iidin y llefeo a tomar entera fuerza y validez el conocimiento de la m ¡inl clin a policrómala.—Consentid ahora que, recordando alguna parte de mis propios esludios é investigaciones, os exponga aquí el I lo ulimiinl y los medios de ¡irte empleados en la pintura d<; aqiie- DISCURSO [>R DON FRANCISCO .1AHHNO BE ALAHCON. 483 lias construcciones, no sin que juzgue lícito apuntar desde luego que más de una ven se apartan mis observaciones personales de las consignadas por los afortunados artistas y arqueólogos arriba n - Al estudiar la historia de la Arquitectura helénica, se lian lijado lirinapalmente las miradas de artistas y arqueólogos en el suelo de las dos Siciliiis.—Aquellas afortunadas comarcas, tan celebradas en ti antiguo mundo, atesoraron en efecto notabilísimas fábricas de las más apartadas edades del arle griego, cuyas grandiosas ruinas son ahora admiración y lástima de los viajeros entendidos. Desde los I intuitivos edículos de Selíinmla, que se remontan á la Olimpia- da xxxvn, basta el magnífico templo de Júpiter en Agrigento, frulo de la más lloreciente era de la civilización que inmortalizan Hornero y Platón, Phidias y Pisistrato, todos los momentos de sucesivo desar- rollo en la vida del arle alcanzan allí representación legítima. INi Talla tampoco á la riqueza monumental de aquellas pintorescas re- giones, al lado de los monumentos pelásgicos, la grandeza y mages- lad de las construcciones romanas, que aspiran á amular la Jielleza ática con la soberbia de sus moles. Dominado del amor al arle, que me habia traído entre vosotros, sentime animado, al pisare! suelo de Italia, del invencible anhelo de estudiar los monumentos de Sicilia, l'alermo me ofrecía ya en su renombrado Museo arqueológico los restos mas interesantes des- cubiertos en las antiguas ruinas de Segesla, Agrigento y Selinunta. Custodiábanse allí, al lado de bellos y grandiosos capiteles, gallar- dos frisos y otros preciosos fragmentos, curiosísimos sepulcros de piedra y barro cocido, hallados en las excavaciones de las dos úl- timas ciudades; y la rara circunstancia de aparecer unos y otros revestidos de colores, en que sobre fondos amarillos brillaban fa- jas de rojo, azul y blanco armónicamente combinadas, despertó so- 484 BEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. lici; manera mi ¡iteiicion, impulsándome á más dclciiidii estudio. Debia yo á los dignos profesores de la Escuda Superim1 de Ar- quitectura ' las primeras nociones de la policrómala, habiéndome ejercitado bajo su dirección en la copia de algunos miembros arqui- tectónicos pintados de colores, tales como tejas, acroteras, corona- mientos de templos, entablamentos, etc. Excitada de nuevo mi cu- riosidad con la contemplación de aquellas inextimables reliquias del arle, griego, decidíme á completar en las mismas ruinas de Selinun- la, Agrigento y Segesta el iniciado estudio, dirigiéndome, no sin lemor y veneración, á aquellos consagrados lugares. Trece meses ocupé, Señores Académicos, luchando con no escasas fatigas y pena- lidades, en medir, diseñar y examinar con extremada prolijidad Indos los templos, teatros, tumbas, sepulcros y construcciones, que aiin se ofrecen por ventura en aquellas despedazadas ruinas. Ambi- cionaba conocer fundamentalmente el sistema empleado por los ar- lisias helénicos en la construcción y decoración de sus monumentos. inclusa en la última la pintura policrómala, y todo desvelo, todo sa- crilicio me parecía insignificante, con tal que contribuyese al logni ile esta idea. Formada yn, cual fruto de aquellos trabajos, una opinión, en mi concepto aceptable, asaltóme el pensamiento de restaurar tino de aquellos templos por mi estudiados, y la magnificencia y celebridad del de Hércules en Agrigento me decidieron a darle preferencia. Ani- m ii lia me además la posibilidad de la empresa: á los restos existen- tes de dielio templo, a los estimables fragmentos del mismo, que atesora el Museo de Palermo, podia yo unir lo que en repetidas ex- cavaciones, á mi costa practicadas, se habían descubierto. Abrigué al fin el convencimiento de que poseia las nociones y dalos necesa- rios para emprender dicha restauración con la esperanza del acierto, y llévela en efecto a cabo con mayor fortuna que imaginaba. 1 Fueron estos el malogrado D. Antonio Zabaleta y D. Aníbal Alva- rez, cuyos nombres pronuncio siempre con el mayor respeto. Debi tam- bién útiles advertencias al distinguido Arquitecto D. Domingo de la Fuente, á quien como al citado Zabaleta, lloran las artes españolas. DISCURSO DE DON PRANC1SCO JABBfiO DE ALAUCÓN. 485 Mis trabajos sobre «1 Templo de Hércules abrazaron igualmente 1 odas h s nu:slí(jiH's tic construcción y ornamentación, que deman- daba estudio si'iiicjanlr. Huiré ellas figuró necesariaiiienle la que se. rd'uria ú la ¡tintura jiolimimata, punto á que consagré largas tareas, ya procurando apoderarme del procedimiento artístico é industrial ¡il efecto empleado, ya aspirando á determinar las causas que mo- vieron á los griegos á revestir de colores sus mas celebradas cons- I dicciones. Distintas y aún contradictorias habían sido cu verdad las hipóte- sis hasta entonces sustentadas, respecto de las razones que los im- pulsaron á adoptar aquel sistema. Era para los que hicieron en Gre- cia tal estudio, necesidad absoluta de la construcción, dada la imposibilidad de distinguirse los detalles en edificios de mármol Illanco, cuyo brillo hiere por extremo la vista recientemente labra- do, é impide por tanto la contemplación de la belleza. Atribuíanlo los que en Silicia observaron los monumentos, al uso en los mismos de una piedra calcárea, concoide y porosa, susceptible de fácil des- composición y necesitada por tanto de duradero revoco. Unos y utros, tomando por base el material de construcción y ateniéndose simplemente al efecto externo, olvidáronse de la razón estética; y perdiendo de vista la significación é importancia de los colores, no alcanzaron á discernir su valor simbólico. No me atreveré yo á afirmar por cierto que en lodos los monu- mentos helénicos logre igual representación la pintura 'policrómala, pero es indudable que la mayor parte de los templos de Grecia y de Sicilia ofrecen en este sentido extremado interés á los intérpretes de la teogonia besiódica, y más seguro todavía que entre la advocación especial del templo, sus formas generales y su ornamentación pictó- rica, existe estrecha relación y perfecta armonía, constiluyendo así h más alta unidad de la creación artíslica. Dada esla superior consideración, comprobada por mi así en la restauración del Templo de Hércules en Agrigmlo, ya referida, como en otras construcciones análogas de Selinunla y de Scgesta, parece hasta la evidencia demostrado, que no á la naturaleza de los mate- 48tí REAL ACADÍH1A DE SAN FERNANDO. ríales, sino ;i unst If-y más alta do la religión y del arle, debió el ser pintada la Arquitectura de los griegos, proviniendo sin duda de aquí la semejanza de medios empleados para lograr este propósito. Por- que debe repararse que, ya nos dirijamos al Ática con Bracebridge, Dufoury, Dodwell y otros señalados arqueólogos, ya nos atengamos á las dos Sicilias, utilizando nuestras propias observaciones, en to- das partes hallamos el mismo sistema general, dadas las accidenta- les diferencias exigidas por la localidad y por las condiciones carac- terísticas de los materiales. Á tres pueden reducirse en efecto los procedimientos constante- mente empleados en la aplicación de los colores á los monumentos helénicos, conforme á la índole ya indicada de las construcciones. Cuando era» éstas de piedra calcárea y porosa, cubríanse, basta formar una superficie apta para recibir la pintura, de un estuco blan- co ó de color de paja: cuando se componían de piedra, cuyo grano pra más lino, disponíase el estuco, siempre de los indicados colores, en rapas muy delgadas, bien que suficientes en lodo caso para produ- cir el mismo efecto; y cuando eran, por último, las la líricas arqui- tectónicas de mármoles blancos, tan abundantes en Grecia, aplicába- se la pintura inmediatamente sobre ellos, dada ya en la labra de la piedra la preparación conveniente. Dispuestos en tal manera los miembros arquitectónicos, á que debía aplicarse la pintura, cúmpleme observar que brillaba ésta so- bre todo en las parles más nobles del monumento. Columnas, capi- teles, frisos y entablamentos, frontones, remates, y aun cubiertas, se sometían á aquel linage de ornamentación, constituyendo á veces diferentes zonas, ya verticales, ya horizontales, por medio del tono especial que á cada parte correspondía. Era en efecto el tono local de columnas y muros habilualinenle dorado claro: resplandecían siem- pre las me topas por un fondo rojo harto subido; destacaban los triglifos por el vivo azul que llenaba su superficie; y enriquecía, finalmente, las molduras de entablamento y coronación, extremada variedad de colores, subordinándose á esta disposición general de los miembros principales los tonos menores, por decirlo asi, de todo DISCURSO DE DON FRANCISCO JAREflO DE AURCON. 487 el edificio. No de otra suerte aspiraron los artistas helénicos á dar riqueza y magnificencia íi sus creaciones arquitectónicas, llevándo- les el sentimiento de la belleza, que en lan alto grado poseían, á armonizar en grandioso y sorprendente conjunto tan variados ele- mentos. Mucho se ha discurrido para determinar la forma cu que los co- lores en que tan maravilloso efecto producían, eran impuestos en la construcción arquitectónica. Casi todos los arqueólogos convienen sin embargo en que esta aplicación se hizo casi siempre al fresco; esto es, cuando el revoco, sobre que la pintura asentaba, permane- cía aun húmedo. Dado este primer supuesto, á todas luces admisi- ble, y teniendo en cuenta las huellas que revelan sobre el estuco el contorno de los objetos, no pareció aventurado añadir que fue aquel I razado con la punta de un estilo ó buril por la mano hábil del ar- tista; hipótesis generalmente recibida, si bien no tan decisiva y se- gura que no consienta racionales observaciones. Porque admitido el hedió constante de haber pintado sus monumentos desde la anti- ¡ííietlad más remota los artistas helénicos; reconocidos los caracteres generales de la ornamentación'policrómala,que se subordinaba habi- lualmente a tipos en cierla manera consagrados por la religión y [•oí- H «iislo, y considerando, por último, que aun después de la de- nuli'iiciíi di:! grande arte griego, prosigue empicándose en tas cons- li'iiiciuiit's debidas á aquel pueblo la ornamentación referida, natu- ral y lógico parece que aquella no interrumpida tradición arlistico- nligiosa se valiese de medios fáciles y sencillos para perpetuarse i mi fidelidad y en pro de la belleza. Mis repelidas observaciones so- lufi los monumentos de ambas Sicilias me han inclinado en efecto á creer que el contorno de los objetos que constituyen la decoración de colores, si pudo alguna vez ser debido a la mano inteligente del artista, fue las más resultado de la aplicación de cómodas y exactas plantillas, cuya posesión y uso eran trasmitidos de uñasen otras ge- neraciones. Quisiera, Señores Académicos, disponer de espacio suficiente para exponeros aquí otras menudas observaciones, que respecto del 488 HEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. procedimiento técnico de la decoración policrómala he recogido en mis estudios sobre los monumentos griegos. La Escuela Superior de Arquitectura posee en su selecta colección de objetos de arte algu- nos fragmentos trnidos por mí á España, y pertenecientes todos al Templo de Hércules en Agrigenlo. Consiste en una acrotera, una gota de la cornisa, un trozo de columna, otro de un triglifo, otro de un capitel, varios del estucado del pórtico y otros detalles no menos cu- riosos é interesantes. Su examen confirma de una manera conclu- yente, no sólo el sistema general sobre la aplicación de los colores á la arquitectura helénica, sino también las procedimientos indicados respecto de la ejecución de aquella peregrina pintura, ofreciéndonos dalos suficientes para rectificar, en la forma que dejo manifestado, algunas opiniones de los más doctos arqueólogos. Como habréis sin duda advertido, al tratar de la arquitectura po- licrómala entre los griegos, he considerado aquella pintura única y ex- clusivamente como decoración arquitectónica. Ni pudiera haber pro- cedido de otro modo para dar la conveniente unidad á este desalma- do discurso. La presencia de la pintura histórica en los muros de las construcciones griegas no me era desconocida: sabia, por testi- monio de muy entendidos arqueólogos y por mis propios estudios, ifini el uso de las representaciones míticas y heroicas fue general en limpios y pórticos, bastando para comprobarlo el recuerdo de los do Atenas, Olimpia y Délfos, donde apuraron Polygnolo, Euphanor y Miran todo su ingenio, para exponer á Ja admiración del puehln his inmortales hazañas de los héroes y semidioses. No desconocía que Protógenes y Olbiades habían ennoblecido las cunas con las imá- genes de los más respetados legisladores; y me era por último fami- liar la noción histórica de que teatros, odeones, gimnasios, propyleos, palacios, casas y sepulcros eran con frecuencia más estimados por la fama de sus pinturas murales, que por la riqueza de los mármo- les que los decoraban. l'ero si debe ser considerada como natural complemento de la iirimitectiirn y de la estatuaria policrómala, pide de suyo la pintura mural muy especial consideración, como que alcanza cu la historia DISCURSO DE DON FRANCISCO JARF.KO DE ALARCON. 48!) del arte, bajo muy diferentes relaciones, alta significación y no me- nos importancia. Ni se olvide, Señores, que aun presupuesta la ana- logia del asunto, limite desde luego mi intento á la aplicación de los cobres á la arquitectura griega, y que seria en mí pueril intemperan- cia el traspasar, fuera de sazón, estos racionales linderos. Acabo de exponer á vuestra ilustrada consideración, reseñadas ya las controversias sobre el descubrimiento de la ornamentación policrómala, las observaciones, que sobre el procedimiento técnico de su aplicación ine lian sugerido el examen ile los arqueólogos y el estudio practico de los monumentos sicilianos. Lícito conceptúo el lijar ahora la vista, si bien por breves momentos, en el uso que pue- do hacerse de aquella singular pintura en los tiempos modernos; y para ello espero, confiado en vuestra probada.benevolencia, que no me negareis la alciinon, que liasta ¡ihnra me habéis concedido. III. M i h l n l s l u i l< \ i I i d 11 \n|inli I n di> nuestros dias, < i (sdifuil loirnocei jue mticed al movimiento histórico de los spíritus no há muchos afios iniciado, carece el arte de un pensa- miento capital que lo fecunde, dirigiendo á una~sola meta los uná- 111110 isfueizosde sus c u H n i l o n P i e n l dos estos al propio licm- I de tt> lis las bellezas |ut icvihn los monumentos de las pasadas 1 1 de no di nnnhn i l inlieln de poseeil is v reproducirlas; y mien- It is en virtud de siii fneizis cir loias i s p i n n al imbicionado ga- liudon de la originalidad, parecen renunciar por aquel sendero ¡1 sus nías legítimos y sazonados frutos. Presentida de todos y. general- mente confesada la necesidad de una rehabilitación histórica, que eslabone en la vida del arte lo pasado y lo presente, dominan toda- vía la vacilación y la duda á las más claras inteligencias; y el múl- tiple deseo que las agita, faltu, romo última pero inevitable conse- cuencia, un tipo universal, que vivificando un todas partes la inspi- 400 RRAt, ACADEMIA DE SAN FERNANDO. ración y el gusto, inlumia adecuado y propio carácter á Ins produc- ciones arquitectónicas. En medio de esta inccrtidiiinbrc, ((lie corresponde en las esferas artísticas al vario y contradictorio movimiento de las letras y de la lilosofía, y cuando los ensayos se multiplican sin tregua, buscando en las épocas más Merecientes del arle motivos y ejemplos que adop- tar , ya respecto del lin útil, ya respecto del fin estético, no podia parecer maravilla el que los artistas eruditos volviesen la vista á la arquitectura policrómala, para reconocer si había en ella algunos ele- mentos realmente adaptables á las construcciones modernas, j'rás ductas disquisiciones, honrosas en extremo para la arqueología 1110- mtiuciital, se ha concluido por ios más discretos que sobre serla pintura, aplicada á la construcción, uti embellecimiento propiameu- le artístico, ofrecía la inestimable ventaja de ser un medio dicaz de conservación para los edificios. Pero ¿hasta qué punto debe reinar esla decoración mi las obras de nuestros dias? Cuando, animados de espíritu filosófico, medita- mos en las grandes modificaciones y aun en las trasform aciones casi totales que ha producido, tanto en la construcción como en la deco- ración arquitectónica, la aplicación sucesiva de los materiales, no es difícil deducir que, aun independientemente de la religión y de las costumbres, puede el arle recibir nuevos cambios, que reconozcan análogo origen. La piedra, el ladrillo, el estuco, el tapial, el yeso, el vidrio y la madera, elementos de construcción fueron todos que al- terando en multiplicados conceptos las formas artísticas, comunica- ron á las obras monumentales especial fisonomía, hasta constituir en la historia del arle diversas y muy calificadas manifestaciones. Domi- na en la edad que alcanzamos, y ha producido ya portentosas cons- trucciones, la aplicación del hierro, j Quién podrá dudar deque, gene- ralizándose este elemento de construcción, experimenten un cambio radical, acaso más completo que otro alguno de los que hasta ahora regislra la historia, las formas arquitectónicas? Y dado este racional supuesto, ¿quién podrá lijar, en uno ú otro senlido, la extensión que habrá de recibir en las nuevas fábricas hi decoración pictórica! DISCURSO DE DON F1UNC1SCO JAHBSO DE ALARCON. 491 A l¡i verdad si, como todo parece persuadirlo, adquiere el hier- ro derla preferencia sobre los demás materiales de construcción, habrán de cambiar en consecuencia, asi las dimensiones totales de edificio en tal forma erigido, como las proporciones de sus miem- bros decorativos: crecerán, sin duda, los vanos y entrepaños; des- aparecerán los muros de sustentación; se alterarán los módulos de columnas y pilastras, para dar mayor elevación á los cuerpos arqni- lectónicos, y, en una palabra, todo obedecerá al movimiento gene- ral, cobrando los edificios nuevo y desusado aspecto. La naturale- za misma del material hará en tal caso inevitable el uso de los colo- res; y cualquiera ipie sea la bandera bajo que el artista se haya filiado, se someterá inrlefectflil4MMr>ti 11- ¡i ,ii|iiel]n ley comnn, como necesidad suprema del arle. l'ero ¿podrá acaso operarse tan peregrina trasformacion en todas las esferas en que éste logra su desenvolvimiento? Yo creo, Seño- res, que si no es dable rechazar la hipótesis que acabo de exponeros, admitida la aplicación del hierro en la forma indicada, tampoco es dudoso que no alcanzará el referido predominio, fuera de ciertas construcciones civiles, perpetuándose en todas las religiosas el uso ile los materiales hasta ahora empleados. Ni la majestuosa severidad de la idea católica, ni las prescripciones especiales del culto podrán, •-ti mi concepto, consentir que en los templos cristianos impere la aplicación del hierro, por más que no sea prudente el desecharlo del todo en determinadas partes de aquellas construcciones. No es por cierto de esperar, por lo que respecta á la Iglesia, que rom- piendo toda tradición, abandone en un solo dia los tipos de belleza lia largos siglos adoptados, ni parece por igual concepto racional que proscriba, como habría de suceder, triunfando la aplicación del hierro, la significación simbólica que entrañan en su concepción total y en su distribución armónica las santas moradas del Dios Único. Y la prueba más eficaz de esta observación que yo pudiera pre- sentaros, la ofrecen hoy las naciones más civilizadas de Europa. Francia, Alemania é Inglaterra restauran con solícito afán é inusita- lia inaguiliccucia los lemplos de la Edad-Media; pero al propio Liem- |io que aseguran para la posteridad estas maravillas del arle, levan- lüti numerosas construcciones religiosas. En estas resplandece el anhelo de reproducir las bellezas por aquellas atesoradas, rehabili- tando en cierto modo la tradición interrumpida por el Renacimimto. ¿Seria posible, ni racional siquiera, que aspirando ni precitado lin, se olvidaran los medios de construcción empleados en aquellas res- petadas fábricas? Esto seria vivir en el absurdo; y los artistas de Alemania, Francia é Inglaterra, que tales obras realizan, se hallan muy lejos de merecer inculpación semejanlc. Es, pues, evidente que aun dadas la aplicación y preponderancia del hierro en la arquitectura civil de nuestros dias, proseguirá la religiosa empleando los materiales á que pudiéramos dar nombre de históricos; debiendo en consecuencia ser considerada la decoración piel/trica, objeto de este discurso, bajo dos diferentes aspectos: 1." Con relación á las construcciones de piedra, ladrillo, etc.: •2." CIIII relación a las construcciones de liierro. lian convenido los más doctos arqueólogos respecto del primer punto, en que seria tan discreto el aplicar indistintamente los colo- res á lodos los edificios modernos, como el proscribirlos sin consejo, por temor de un ciego abuso, engendrado por el inconsiderado anhelo de la imitación clásica. Yo juzgo, sin embargo, Señores Aca- démicos, que la decoración de colores debe tener siempre por nor- ma y medida la índole especial y carácter del monumento á que se aplica; principio que, derivándose de la unidad estética de la crea- ción artística, basta sin duda á resolver toda cuestión secundaria, sustituyendo la representación simbólica de la antigua pintura poli- crómala. Ajustándose á esta ley, desaparecerá en lodo caso el peli- gro de un reprensible abuso, y cobrará la ornamentación pictórica entera legitimidad, hermanándose estrechamente, en su sobriedad ó riqueza, con las construcciones en que brille. No á otros cánones será hacedero sujetarla respecto de su rela- riun con la fábrica arquitectónica, bajo el primer concepto indicado. Hl artista que concille y realiza un edificio, no puede menos de con- DISCURSO DE DON FRANCISCO JAKEÜO nE ALARCON. 4U-i rehirió integro y uno, y como tal perfectamente armónico: cnanto en ('•I existe se lialla, pues, subordinado a esta condición suprema, ¡i la cual no debe en modo alguno hurtarse la ornamentación policrómate. Admitida la conveniencia de su aplicación, liase fluctuado en ex- tremo sobre los mcilios materiales de realizarla. El encausto, el ftvx- ii), el aleo y el esmalte son los procedimientos que mayor estima lian ¡ilcanzarto en los repelidos onsayos verificados en nuestros dias, si bien no todos lian ofrecido los mismos resultados. Plausibles lian sido en Francia, principalmente respecto del interior de los edificios, los que ha dado la aplicación de la cera, á semejanza y por imitación de los griegos: no lian merecido menor aplauso en Alemania las pro- ducciones de la pintura al fresco, ejecutadas por hábiles artistas so- bre fondos pcrfectamenle preparados, á fin de lograr una conclusión esmerada. l'ero ni uno ni otro procedimiento lian igualado al del óleo, que ya por la duración, ya por la facilidad y sencillez en la trasmisión de las formas, ha obtenido más general y constante uso, así en la pintura histórica como en la ornamental y la religiosa. Es en efecto diclio procedimiento menos costoso, más asequible á todas las inte- ligencias, pues que se vale de medios tan simples como eficaces, y contribuye en tal manera á la conservación de los edificios, ya se aplique al exterior, ya al interior de los mismos, que si, lo que pa- rece probable, obtiene la arquitectura policrómala en lo sucesivo ma- yor impulso, logrará sin duda total preferencia sobre el fresco y el encausto, si ya no es que se alza con el imperio general, dada la apli- cación del hierro, conforme dejo indicado. No podrá sin duda sobreponérsele por estas razones la pintura en esmalte, y sin embargo, justo es reconocer que han sido felices los ensayos de la misma, sobre todo en el exterior de los edificios. Con ella ha competido finalmente la pintura, que tiene por base una iniprimarion de lava, sobrepuesta á los miembros arquitectónicos, ofreciendo en verdad notables ventajas. Itesislicmlo de igual modo al agua que al fuego, permanece incólume a toda influencia atmosféri- ca; es poro susceptible de nía lidiarse, merced ú la tersura de su su- 404 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. perficie, y puede, por último, ser lavada con ácidos fuertes, sin que admita descomposición alguna. A estas condiciones, verdaderamente monumentales, reúne las muy estimadas de su IVicil arilinirion y rulliii'a, bact'iniféniid alarde de poseer los colores, con 300 REAL ACADEMIA DE 3AN FERNANDO. que h¡ brinda ¡i cada paso la naturaleza, empleándolos, primero en la exornación de sus personas, después en el rudo, pero intencional ornato de sus moradas. La diversidad y antagonismo de unas y otras tribus, que dan nacimiento á sangrientas y tenaces ludias; la regocijada ostentación del triunfo, que ensancha el territorio de los vencedores, mientras lanza á los vencidos en busca de más tranquilo asiento; la posesión sucesiva de pieles, plumas, tejidos y metales, n» menos que el uso de la madera, el hueso , el marfil, el cuerno y la arcilla; en una palabra, todo lo que podia contribuir al acrecenta- miento del naciente poderío del homlire, lodo lo que halagaba indi- vidual ó colectivamente sus instintos de imitación y su indefinido anhelo ite progreso, vino a reflejarse con extraordinarias creces en aquella suerte de ornamentación, que recibe desde luego cierto va- lor alegórico , cobrando á poco andar verdadera significación simbó- lica. Proseguid, lejanos ya de esas primeras edades del hombre, en que pululan todos los gérmenes de su ulterior cultura, el examen de su historia. El Oriente, que por ley providencial fue su cuna, lo fue tamhicii de lodo elemento de civilización , en virtud de esa misma ley, que le daba entera prioridad sobre todas las regiones del globo. Las tribus, anlcs asenladas á las márgenes de los lagos, orillas de los rios, ó en el fondo de los valles, se agrupan allí en grandes po- blaciones; á las cimas rudamente armadas sobre troncos ó palme- ras y diseminadas en dilatados territorios, sucede el concertado con- junto de construcciones, donde comienza el arte á mostrar sus con- quistas, dando inequívoco testimonio del prodigioso desarrollo de tan floreciente cultura; millares de ciudades se elevan como por en- canto en aquellas feracísimas comarcas, y en sus soberbias torres y forttsimas murallas, en sus majestuosos templos y magníficos pa- lacios, pregonan la grandeza y poderío de sus fundadores. El hombre ha logrado ya echar los cimientos a dilatados y temidos imperios, y las ciudades, donde ha puesto su trono, su llaman Ninive y Babi- lonia. IVnHrad ahora un medio de las tristes y majestuosas ruinas de DISCURSO DEL ILMO. SBÜOB DON IOSK AMADOR DE LOS RÍOS. 501 n<|iu'l!i>s lamosísimos emporios, que desaliaron altaneros el poder divino. Contrastando con la sencillez y ruda inexperiencia de una construcción todavía primitiva, contemplareis los despedazados mu- ros de sus famosos templos y palacios, ora incrustados de vistosos nácares y piedras preciosas, ora cubiertos de delgadas labias de be- llísimos mármoles, ora, en fin, enriquecidos de frisos y relieves, cuyas misteriosas representaciones encierran donde quiera lina sipr- niticacion simbólico-religiosa. Fijad también la vista en sus titánicas lorres y dobladas murallas, que parecían desaliar la saña de los si- glos, levantándose en torno á la ciudad, como inmensas moles de piedra. Cuántos objetos constituyen la decoración arquitectónica en templos y palacios; cuántas representaciones forman en torres y . murallas la gran crónica de piedra de aquellos imperios, asombro y gloria del Oriente, resplandecían al brillo de purísimos colores; y reyes, sacerdotes, genios alados, carros, caballos, flores simbólicas, lazos y trenzas cabalísticas, inscripciones cuneiformes, todo prego- naba en unos y otros monumentos que aquel instinto decorativo, ini- ciado en las humildes chozas de las tribus primitivas, habia subido á (ixlraordinaria altura, supliendo con el externo explendor, que dab¡i ¡i las obras del arte, su verdadera belleza. Tan deslumbrador ejemplo, que seduce y avasalla los sentidos, bailaba en otros imperios, no menos renombrados, insignes imita- dores. Las dilatadas y felices regiones de la Persia, que emulan la grandeza y fausto de Ninive y de Babilonia, reciben de ellas ó miran tal vez derivarse de análogas fuentes aquella decoración peregrina; y cuando á la voa de los afortunados príncipes que levantan su po- derío sobre los demás pueblos del Oriente, se elevan donde quiera populosas ciudades, esplende en ellas el aparato de los colores, re- velando sus forres y chapiteles, alcázares y templos aquella extraor- dinaria opulencia, que excita un día la admiración de los vencedo- ras huestes de Alejandro. Las melancólicas ruinas de Persúpolis, que ocupan el vasto perímetro de treinta y dos kilómetros, mostran- do con la grandeza de sus fundadores, la existencia de un arte, lla- mado á renacer de sus propias cenizas, dicen todavía al experlo ar- 503 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. qiicólogo hasta qué punió llegó cu la arquitectura persa la apura- ción de la pintura policrómala. Pero donde alcanza total predominio esta singular ornamenta- ción, echando tan profundas raices que lia logrado trasmitirse hasta nuestros dias, es en el privilegiado suelo de Egipto. Recordad, Se- ñores Académicos, la maravillosa historia de aquel pueblo, deslina- do por la Providencia a rceihir, fecundar y trasmitir á las naciones de Europa las portentosas conquistas logradas por la civilización en las más apartadas regiones del Oriente. Traed á la memoria sus co- losales empresas, sus prodigiosos descubrimientos, sus inmortales construcciones.—La Thebáida, la Etbiopía, la Nubia, le abren sus entrañas para ministrarle indestructibles pórfidos y Tortísimos gra- nitos: al impulso de su atrevido ingenio se elevan en los aires, para vencer el imperio de futuras edades, inmensas pirámides y obelis- cos: Thébas, Mémphis, Dendera, Merne, y cuantas ciudades tienen su asiento en el Delta del Nilo, se pueblan de templos, palacios y la- berintos, que hacen ostentosa gala de todos los tesoros del arte; los numerosos lagos que fecundan su suelo, son aprisionados por fuertes diques, llevándose tras si la admiración de las gentes las gigantes- cas obras que enriquecen el renombrado Méris. Pues bien, Señores: casi todas aquellas fábricas, para cuyo brillo parecían bastar la gran- deza de la idea que les daba vida, y la riqueza de los materiales que les imprimía el sello de majestuosa perpetuidad, aparecían interior y exteriormente exornadas de los más vivos colores, pagando en tal manera el arte egipcio señalado tributo, ora á la tradición orienlal que habia recibido en su seno, ora al instinto decorativo, que liemos visto nacer en las tribus primitivas. Y sí al mostrarse por primera vez esta aplicación de los colores al arte de edificar, se habia revelado ya en un sentido alegórico; si al lograr los primeros títulos de gloria, habia trocado dicho arte, respecto de tal linaje de pintura, la alegoría por el símbolo, en nin- guna parte alcanzó éste más alta y duradera significación que en los monumentos de Egipto. Columnas, capiteles, frisos, muros, Iwliumlnvs,.. todos Ins miembros arquitectónicos expresaban, ya ' DISCURSO DEL ILMO. SEÑOR DON JOSÉ AMADOR DE LOS R Í O S . 503 por los medios de la diversidad y ordenada disposición de los colores, ya por medio de representaciones lomadas de los reinos animal y vegetal, ora por la imitación de los astros que pueblan el firmamen- to, ora por la reproducción geográfica del globo, ora, en fin, por la intencionada y sistemática exposición de los jeroglíficos, asilos pre- ceptos de la religión y la moral, como las enseñanzas de la historia, trasmitiéndolas de edad en edad, con admiración y aplauso de las generaciones. Permitidme, al llegar á este pinito, (¡lie no me detenga á mani- festaros cómo esta gran civilización, así representada por la arqui- tectura, sorprende y despierta con su maravillosa grandeza el genio de la civilización helénica. Ofensa fuera dé vuestra ilustración el ¡n- lenlarlo, por lo que respecta á la historia del arte; y fácilmente se reconocerá, dadas la prioridad y general influencia umversalmente confesadas, el natural camino por donde llega al suelo de Alinas la pintura arquitectónica. Sobre probaros histórica y prácticamente su existencia el nuevo Académico, á quien hoy concedéis asiento entre vosotros, os ha expuesto con tanta lucidez como oportunidad, no sólo el sistema general de su aplicación, sino también el procedi- miento artístico-indnstrial empleado por los griegos. Lícito me será por tanto, no fatigar vuestra benévola atención con nuevas consideraciones al propósito, bastando cuanto habéis oido pura persuadiros de que, al ser recibida la pintura ornamental por los artistas helénicos, traia el primitivo sello de las civilizaciones orien- lales, no siendo en consecuencia frulo espontáneo de aquella antro- poinórtica cultura. Obtenida esta racional y legítima consecuencia, consentid, os ruego, que prosiga mi empezado razonamiento para demostraros como, sin olvidar su origen, reaparece la decoración pictórica de la arquitectura en los supremos momentos, en que se renuevan las ideas y las sociedades. Dos lieclios capitales en la historia, bastarán sin duda al expre- sado intento, á saber: el triunfo del cristianismo, que cambíala fax, del antiguo mundo, y la victoriosa predicación del Koran, <¡u