DISCURSO DON JOSÉ PAGNTUCCI ZUMEL KN JUNTA PÚBLICA DE 13 DE NúVI CONCEPTO DE LA ESCULTURA ANTIGUA Y MODERNA. SRSORES: Si hay un momento en la existencia del artista grato a su corazón; si hay un dia, cuyo recuerdo deha ejercer en su vida fu- tura benéfico influjo, ese momento, ese dia son aquellos en que, lla- mado ante la Congregación ilustre, en cuyo seno me veo, va á reci- hir, no el premio de sus esfuerzos, de su inagotable amor al noble arte que cultiva, sino el estímulo que las inteligencias superiores y los corazones generosos prodigan á aquellos á quienes quieren hacer más fácil y grato el áspero camino, por ellos con tanta gloria re- corrido. En tal situación me haría digno de la más severa censura, si ante todas cosas no me apresurase á declarar, que sólo como estímulo de parle de tan ilustres maestros, y de ninguna manera como recom- pensa, que ni mis cortas fuerzas, ni mis años, ni mi escasa inteli- gencia, ni mi amor á las artes, vivo y profundo sí, pero no ilumina- do por esa mágica luz que tan prodigiosa claridad y tantas bellezas ha derramado sobre las obras de los académicos que me escuchan, entiendo que debo considerar el sefialado honor que en osle dia ha- béis querido dispensarme. Poco versado en la oratoria y careciendo de los conocimientos literarios, con que muchos, más felices que yo, saben realzar sus méritos en las artes, no exornaré este mi breve discurso con las ga- las, los pensamientos profundos, el estilo severo ó agradable, ilc que han dado tan relevantes muestras distinguidos académicos. No siempre la mano que emplea el líipiz, el buril ó el cincel, es igualmente hábil y diestra en manejar la pluma. Itequiérense para esto dotes singularísimas, que no se me oculta fueron negadas á mi escasa inteligencia, y por eso me acojo desde luego al sagrado de vuestra inagotable bondad, y la imploro, con la seguridad de que no la habéis de rehusar á este parto pobrísimo do mi ermlinon y de mi ingenio, no menos pobres ciertamente. Otros títulos, distintos merecimientos se necesitan en mi en- tender para venir, tranquila la conciencia á este recinlo, a sentar- se entre las glorias artísticas de nuestra patria, dignos sucesores los unos de los ilustres maeslros españoles, dignos también los otros de inscribir sus nombres al lado de los de Cean lícrmudez y de Llagtino. Investigando .las causas a que debo una elección tan. honrosa co- mo inmerecida, no puedo atribuirla sino al sabio sistema con que la ilustre Corporación creada por aquel monarca, restaurador de las letras y las artes en España, Felipe V, procede para mantener cons- tante, por medio de un ilustrado patrocinio, el culto de las Nobles Artes, que lanío debieron al vencedor de Villaviciosa, al instituidor de las Academias de la Lengua y de la Historia, y á sus gloriosos su- cesores. Séame dado, que antes de pasar á exponer mis escasas ideas en la materia que he de tratar en este discurso, alce la voz para rendir justísimo tributo a la memoria de aquel esclarecido monarca, en cu- yo reinado Fermín y Thierri, Castro y Olivieri, empleados de conti- nuo y protegidos por él, dieron los primeros pasos para la restaura- ción de un arte decaido, cuando Felipe era llamado al solio de San Fernando, y que á poco andar contaha ya maestros como Alvarcz, Agreda, Gincs y otros, que obteniendo cargos distinguidos en esta misma Corporación, ruiilriliiiyeron á restablecer la enseñanza, aban- donada liasla cnliimvs, ilil'umlii'mlo al par los buenos principios, que lian servido de fundamento en Indas las edades al desarrollo de las artes. DISCURSO DE DON JOSÉ PAGNItiCCI ZUMEL. 17 Permitidme, Señores, que después de recordar época Un vciiln- rosa para el florecimiento de la escultura en nuestra patria, me atre- va a exponer algunos pensamientos acerca de este noble arte, al cual he dedicado mi vida, si no con Trillo, al nifnos con verdadero anhelo de buen éxito. Suele repetirse que el ¡irte es una imitación de la naturaleza, máxima que acatada hoy día entre algunos artistas más que lo ha sido nunca, pudiera producir lastimosos efectos, si á tiempo no se pusiese el oportuno correctivo. El arte, en efecto, toma sus modelos o prototipos visibles del mundo real; pero esto jamás podrá sumi- nistrar al artista lodos los elementos de una obra verdaderamente notable, si su genio no le eleva ¡i las regiones de la creación ideal, señalándole al propio tiempo el modo de dar vida y expresión á la materia. El artista, pues, no debe en mi concepto concretarse á la imita- ción minuciosa de los modelos que le ofrece el mundo exterior, ni tampoco á la de aquellos que, legados por la antigüedad á las gene- raciones posteriores, y habiendo, por decirlo así, recibido la consa- gración de una admiración constante de parte de éstas, han venido á formar autoridad, que muchos siguen ciegamente; negando no solo que pueda darse obra más perfecta, lo cual no seria maravilla, sino que pueda tener mérito alguno obra que se aparle de los caracteres peculiares de aquellas clásicas y aplaudidas producciones. En el arte, la belleza suprema es resultado á un tiempo de la idealización y de la imitación propiamente esthética; de tal manera, que prescindir de una de estas dos condiciones fundamentales, es exponerse, ó á producir una forma sin vida, ó a faltar voluntaria- mente á las reglas y proporciones inmutables de la naturaleza. Es- tas consideraciones son aplicables también á todas las artes; pero concretándome ahora á la Escultura, ¿quién duda de que, si bien la severidad, la elegancia y la armonía de las líneas son de inmensa importancia para este arte sublime, pide también con absoluto im- perio, que se concilien y aparezca» en cierto modo subordinados ó l¡. expresión th la vida? 1S REAL ACADEMIA DE SAN PEBNANDO. No basta, no, un buen modelo para producir una buena obra: es necesario mucho más. Es necesario un ideal; y la estatuaria griega, cuya autoridad exageran unos, mientras la recusan en parle los que quieren reducir la Escultura á la imitación del modelo vivo, nos ofrece elocuente demostración de esta verdad en las obras mutiladas ó completas, cuya posesión se disputa y cuyas grandes bellezas ad- mira la Europa. La Escultura antigua no so opone ¡i la duela i¡ inteligente imita- ción de la naturaleza; pero no ve en ella más que un medio, y nunca la considera como el fin último del arte. No se on ni } parte de las obras de Futías, celebradas con ta to t a p Plutarco y Pausánias; pero el Teseo del Partbenon y algunos fra¡ mentos salvados de la acción destructora del tic j o da 1 á tender, que si Fidias demandaba á la natural 1 t o le que se servia para expresar su pensamiento, su mano hábil y ent gica no empuñaba el cincel sino cuando la med t 1 b dido su noble espíritu, elevándole al cielo de Hornero y de Hesiodo.— Asi pudo exclamar el grande Séneca al contemplar el Júpiter del famoso estatuario de Atenas: Non vidil Pltídias lovem, fedl lamen velut lonantem.—El genio de Fidias vive, pues, en las verdaderas regiones del arle: al mismo tiempo que estudia y analiza el modelo vivo, halla constantemente su idealización, purificando en la tur- quesa de su imaginación creadora las imperfecciones de la naturale- za; las figuras del Parlhenoii nos dicen cuáles fueron los resultados de lan admirables dotes. El elemento de la Escultura no es, sin embargo, la forma sim- plemente como forma, sino como expresión inmediata de la idea. La historia del arte nos suministra datos suficientes para apreciar el progreso de la Escultura en este sentido. Humilde en su origen , co- pia y transfiere algunos rasgos de los animales más nobles, y los combina simbólicamente con la figura humana, como vemos en las obras de los egipcios. El Egipto, como primer heredero del Oriente, fue la tierra del símbolo; mas no por eso debemos negar que aquel pueblo fue artista por excelencia, y que mostró una actividad inl'a- DISCURSO DE DON J09E PAGNHJCC1 ZUMEL. 79 tífíiilile paríi satisfacer aquella necesidad de representación simbólica que le alormentaba. La forma arquitectónica fue, sin embargo, la que prefirió para expresar sus concepciones artísticas. «El Egipto, dice Hegel, era ante todo un pueblo arquitecto; la arquitectura cons- tituía la ocupación, la vida de aquella nación cubierta de monumen- tos, que en ninguna otra parte existen en tal cantidad ni bajo for- mas tan variadas.» La religión, el clima, los usos y costumbres de los pueblos de- terminan el carácter de la Escultura en sus diversas épocas. Así vemos reflejada la inmovilidad de la civilización egipcia en las sim- bólicas y deformes obras de sus escultores. La religión les prohibía el estudio del modelo liumano y de la anatomía, y por eso sus es- tatuas habían de carecer de acción, de movimiento y precisión en la forma. Los artistas gozaban de poca consideración; no se dedicaban al arte en virtud de una vocación libre; la ley y el interés de las castas obligaban al hijo a suceder á su padre, no sólo en su estado, sino en los procedimientos ó modos de ejecución heredados de sus mayores. Esto explica por qué se advierte en la Escultura egipcia una falta total de libertad en las líneas y una absoluta inmovilidad. La Escultura de los etruscos forma luego una especie de transi- ción entre el arte egipcio y el griego. La inmovilidad, carácter cons- tante de los primeros ensayos en las artes, predomina todavía en el etrusco, que sin embargo, presenta ya mayor energía y demuestra mayor estudio anatómico. Sólo la Grecia debía realizar el ideal de la belleza clásica. Ver- dad es que se reunían en aquella noción las condiciones más favora- bles para este objeto. Su posición geográfica, el genio nacional, su carácter moral, su vida política, lodo debia contribuir á la realiza- ción de la idea de la belleza clásica, cuyos caracteres son la propor- ción, la medida, la armonía. Colocada entre el Asia y la Europa , la (¡recia realiza la unión de la libertad personal y de las costumbres públicas, de la ciudad y del individuo, del espíritu general y del parlicular. El senlimienlo de esla armonía se manifiesta en todas las producciones del espíritu griego. El arle llegó entonces al apogeo 80 HEAL ACADEMIA BE SAN KKRNANDO. de l.i belleza sensible; el eulto de lo bello fue el principal objeto de la vida de aquel pueblo; la religión y el arte se identificaron, y to- das las demás formas de la civilización griega quedaron subordina- das al último. Todo, en aquel afortunado país invitaba y contribuía al culto de las arles: lo suave del clima, lo bello de la naturaleza, las ceremonias (i espectáculos de la religión gentílica, su sistema político, la protección que los artistas encontraban lo mismo de par- te del pueblo que de sus jefes y aun de sus conquistadores. Sócra- tes, artista é liijo de artista, modelaba la estatua de las Gracias; Pi- t a r r a s era asimismo hijo de escultor: filósofos y médicos escribie- ron con el exclusivo objeto de dar á conocer á los artistas nociones y reglas de la anatomía; y cuando aquellos, después de una vida llena de gloria, abandonaban la terrenal morada, su tumba era co- locada entre las de los sabios y de los héroes. Alejandro el Grande, vencedor en el Gránico y en Arbelas, con- sagraba a las artes los ocios que le permitían sus victorias y con- quistas. Mas por desgracia, aquellas como éstas vinieron á su muer- te en común decadencia; y las artes, fugitivas de Grecia por el es- truendo de las guerras civiles, se refugiaron en las colonias griegas del Asia y de Sicilia para pasar á Roma, no vencidas ni esclavas, sino triunfantes y vencedoras. Atenas, Corinto,. Tébas, se vieron despojadas de sus tesoros artísticos por el Conquistador; y los tem- plos de Délfos, de Efeso y de Epidauro, sagrados museos donde el arle griego había acumulado sus joyas más preciadas, miraron des- nudo y desierto su recinto, mientras las plazas y palacios de la Ciu- dad por excelencia se embellecían con las riquezas que les habían arrebatado. Pero el arle griego, después de haber poseído y revela- do la belleza suprema, no había seguido siempre la senda que Fi- dias le. trazara. Policleto, Calimaco y Demetrio comenzaron á apar- tarse de lo ideal; Praxíteles y Lisipo revelan en sus obras el senti- miento de la belleza; pero estiman en más la elegancia que la sen- cillez. En fin, después de la parlicion del imperio de Alejandro, el arte griego toma un carácter más teatral en la escuela de Rodas, á la que se cree pertenece el famoso gi'iipo de Laocoule. DISCURSO DE DON JOSH PAGNIUCCI ZUMEL. 61 Los mínanos recibieron y aprendieron de los griegos la KsniK.ii- rn, la Pintura, la Música y la Poesía; pero en vano Lusca riamos entre ellos arte alguno que tenga verdadero carácter de espontanei- dad. La Escultura romana se consagró principalmente á la repro- ducción en bustos y estatuas de sus héroes y de sus emperadores, cosa que se explica por el carácter peculiar de aquel pueblo. El es- píritu del mundo romano era el dominio de la.letra muerta, la des- trucción de la belleza, la Taita de serenidad en las costumbres, la antipatía á los afectos domésticos y naturales, y en general el sa- crificio de la individualidad en aras del Estado, la dignidad impa- sible en la obediencia á la ley. Esta virtud política, ruda, fria y austera, sometió en el exterior a todas las dermis naciones, mien- tras que en el interior se desarrollaba el derecho con el mismo vi- gor y la misma exactitud de formas hasta alcanzar la perfección. Pero este principio era contrario al arte verdadero, y por eso la es- cultura, obedeciendo la tendencia nacional, abandonó la senda que liabia seguido en Grecia, y apenas brilló más que en la parte histó- rica, en los bustos de los héroes y de los legisladores, materia en la nial se elevó en efecto á grande altura. El lujo y frenesí de los re- tratos llegó en Itoma á tal extremo, que hubo tiempo en que el Se- nado impuso a los ciudadanos la obligación de tener en sus casas los bustos de los Emperadores- Las arles como la civiliz oceden; puede á veces suponérselas c 1 p ad j I I t descu- brir que no han hecho más q b ar I fo n a a 1 \ t 1 la más adecuada al genio y espíritu 1 ] a 11 1 o aq lias hi- jas y reveladoras. Sucedió a 1 ant 1 ala 1 q ibó con fl imperio colosal de los Cés E la d d d | ludas las obras y tradiciones de la ai I dad d I 1 t o os más preciosos, pudo creerse que 1 a I 1 al p ni desapa- recido; y sin embargo, si bien la Pintura y la Escultura permane- cieron por mucho tiempo en n e tado d ha t f nte pa- ra justificar aquella creencia, la 1 n t i nlo arqui- leclos sin nombre, pero anii I ] 1 1 -antaba 82 REA!, ACADEMIA DE SAN FERNANDO. por toda Europa esos,templos admirables, á cuya protectora sombra habían de venir á acogerse las demás arles. Con la edad media nació la Escultura cristiana, que al principio se limitó ú ser ornamento de la arquitectura, colocando á los sanios en nichos ó torrecillas, mientras que el nacimiento, el bautismo, la resurrección y otras escenas de la Vida de Cristo ó del Juicio final, se ven representadas en relieve sobre las puertas de las iglesias ó á lo largo de los muros. El martirio, el arrepentimiento, la conver- sión proporcionaron al arte cristiano asuntos sublimes, que le dieron un carácter propio, completamente diverso del que babia tenido en las edades anteriores. Natural es que quien no vé en lus arles más que la forma, pien- se que el cristianismo en nada lia podido servirlas; pero los que atienden á su espíritu, verán en el arte cristiano una trasformación lógica, exigida por la que se Labia realizado en las ideas y. en la re- ligión. En vez de divinidades ideales que no existían más que en la imaginación, y que no eranmás que la naturaleza humana ideali- zada, el arle cristiano representa á Dios mismo, que se hace hombre y que recorre como lal todas las fases de la vida humana; el naci- miento, el dolor, la muerte: como Dios, anticipa lambicn el miste- rio de la resurrección de la carne. El resultado de aquella concepción religiosa es dar al arte por fondo principal de sus representaciones la lucha, el combate, el do- lor y la muerte, la profunda tristeza que inspira la nada de la vida, el padecimiento físico del cuerpo, y el sufrimiento moral del alma. El dolor infinito de este sacrificio, esta idea del padecer y de la muer- te, que eran casi completamente agenas ni arte clásico, se hallan por primera vez. representadas en el Cristianismo. Para los griegos la muerte tenia escaso interés, porque daban poca importancia á su personalidad y á su naturaleza espiritual; pero cuando el alma tiene un valor infinito, la muerte es terrible. El terror de la muerte y la destrucción de nuestro ser me graban de una manera indeleble en nuestra alma. La idea de la inmortalidad era entre los griegos, so- bre todo antes que Sócrates, poco profunda, y tenían la vida por in- DISCURSO DE DON JOSÉ PAGN1UCCI ZUMEL. B3 separable de la existencia física. En la religión cristiana, por el con- trario, la muerte no es mas que la resurrección del espíritu, la ar- monía del alma consigo misma, la verdadera vida. Sólo cuando se \ea lilirc de los vínculos de la existencia terrenal, debe entraren po- sesión de su verdadera naturaleza. Tales son las principales ideas, que forman el fundo religioso del arte cristiano en contraposición del antiguo. ¿Qué hubiera llegado S ser el arte moderno, sin el descubrimien- to de los tesoros de la antigüedad? No es nuestro propósito inda- garlo, ni consideramos que el plantear esta cuestión pueda repor- tar grande utilidad. Bástanos dejar consignado que el gran suceso, conocido con el nombre de ¡icnacimieitlo, fue un hecho necesario y lógico. El mundo antiguo no debía tener secreto alguno para el mundo moderno, ávido de conocimientos, ardiente en la investiga- ción, dolado, por decirlo así, de una especie de segunda vista, que hace aparecer ante él los caracteres de las pasadas generaciones con maravillosa claridad. El Renacimiento aceleró, pues, la apa- rición del ar(e moderno; pero no es el único elemento de que éste se compone. La religión católica debía cambiar y varió en efec- to sensiblemente el carácter de las artes, según acabamos de ma- nifestar. Nicolás de Pisa dio ya á principios del siglo xm el ejemplo del esludio y de la imitación de lo antiguo. Dolanello y Ghiberti consu- maron y perfeccionaron la obra: ellos deben ser considerados como autores de la feliz revolución que se verificó entonces en la Escul- tura, liorna y Ñapóles siguieron el ejemplo de la Toscana; y si los artistas Florentinos dejaron un recuerdo indeleble de su genio en el sarcófago de Santo Domingo, y en las puertas del baptisterio de Florencia, el mausoleo de Julio II nos dice que sólo á Miguel Ángel fue dado hacer en la Escultura lo que Rafael de llrbino habia reali- zado en la Pintura. No seria justo dejar pasar esta ocasión, sin citar con el merecido elogio los nombres de los artistas que en España restauraron la Es- cultura mucho antes que en otras naciones de Europa, Nuestra pá- 84 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. Iri.i, c(iiK|iiisladoi'a como Roma de inmensas regiones y dislintos pueblos, sufrió como ella la influencia de la civilización del vencido. Grecia capia, ftvrum vicfamn eepU cí inlulit agresli Latió. Muchos de los escultores españoles de aquel tiempo babiari vivi- do en Italia: otros fueron discípulos de italianos, ó aprendieron y mejoraron su gusto por la comunicación con los artistas de aquel pais. Pero aun así no disminuye la gloria que con sus obras admi- rables supieron alcanzar Diego de Siloúe y Gregorio Pardo, Recorra y Rerruguele, Gainza, Monegro, Montañés y Cano. Las obras de Diego de Siloíe en la catedral de Granada, las de Rerruguele en To- ledo, las de Hernández en Castilla; el sepulcro del Cardenal Tabera, el de los Reyes Católicos en Granada, y otras muebas obras que creo excusado citar, demuestran que aun lejos del suelo italiano y de la protección de los Puntillees, que ocuparon en aquella época la cátedra de San Pedro; lejos de los Duques de Ferrara y de Urbino, ri- valizaron bajo los auspicios ile nuestros reyes y de nuestros cabildos, con Ltica della llobbia y Andrés de Pisa, con Dotancllo y Ghilierli. Elección más pura de los objetos, saber más profundo en la ma- nera de representarlos, y mayor elevación de pensamiento, fruto de un sentimiento más exquisito, son los rasgos característicos de esta época gloriosa de la restauración de la Escultura.—¿Llegaron á igua- lar los artistas del Renacimiento a los de la antigüedad, y en espe- cial á los griegos?—Esta es otra cuestión que ha preocupado mucho á los críticos y á los historiadores de las artes, y que lia sido resuel- la de muy diversas maneras. Mi objeto, lejos de entrar en ella, es sólo reclamar para la Escultura del Itenacimicnfa]a estimación, que de justicia le creo debida. El arle antiguo posee su razón de ser y sus condiciones especiales, lo misino que el arte moderno, pese, a los exclusivistas que condenan sin apelación al segundo, para ensal- zar sin tasa al primero. Mientras Europa se ocupó únicamente en el estudio de la antigüedad clásica y de las imilaciones, más ó menos imperfectas <[u.; ti» ella lialiian helio los modernos, no pudo lomar DISCURSO DE DON JOS¿ PAGN1VCCI ZtMEL. R5 por regla i]u sus juicios más que el lipo de lo bello, realizado por los antiguos ron lanío esplendor. El desenvolvimiento espontáneo del arle nacional durante la edad media, la necesidad de un fondo, de una idea propia, y de una forma adecuada á esla idea, cedian anie la autoridad de las doctrinas clásicas; y el culto entusiasta de estas últimas limitaba al artista á la simple y grosera imitación de sus creaciones. La reacción verificada en Alemania é Italia ¡i principios de este siglo, logró demostrar que ninguna forma es absoluta; que el arle cristiano tiene su razón de ser y sus bellezas peculiares, lo mismo que el pagano, y que la Escultura del Renacimiento merece ser estu- diada por el artista lo mismo que la de la antigüedad. Lejos de perder con esto el arle antiguo, lia llegado á ser com- prendido por los contemporáneos en su propia esfera; y la admira- don que causan sus obras maestras, fue mayor, cuando un estudio más profundo dio á conocer la admirable armonía de sus diversos elementos y la perfección de su desarrollo. Hoy se reconoce la im- posibilidad de reproducir este milagro artístico, sin reproducir al propio tiempo las condiciones de la vida nacional del pueblo que lo realizó, sin resucitar el paganismo, la Irasfonnacion de la idea reli- giosa que permitía á la religión griega descender al mundo real y armonizar con el elemento de la forma sensible, sin Recordar que loda realidad estaba concentrada para los griegos en la vida terres- tre, en el mundo exterior, morada común de los hombres y de los dioses; que lodo el poder del arle se empleaba en elevar por medio del ideal el mundo real á su más alta expresión; y que la idealiza- ción del hombre constituye el único fin del arle helénico. De aquí el callo de la forma humana aplicada á la personificación de los dioses, que elevó á tan alto grado de perfección la Escultura griega. El arle cristiano tiene, como acabo de recordaros, muy distinto lin y diversas condiciones. A las divinidades paganas que repre- sentaban la belleza material déla forma física, ha sustituido la ima- gen de Cristo y de sus mártires; y en vez de la juventud eterna de los dioses del paganismo, lien»1 (jui> representar la belleza del senti- niimilo, el carácter verdaderamente sobrenatural y divino de los hé- roes y de los santos del culto católico. Al palio y á la toga consular reemplazan la humilde túnica y el manto bíblico; ropas talares cu- hren la desnudez de las carnes, y el nuevo Irage ofrece verdad y grandeza en sus partidos, (¡IKÍ roni[i¡len acuso con ION de la Escultu- ra griega. Admiremos, pues, los prodigios del arte, que la antigüedad nos ha legado; pero guardémonos de copiarlos servilmente, de intentar la estéril empresa de reproducirlos en todo su esplendor. Tanto val- dría querer resucitar la civilización griega, el culto de Apolo y Dia- na, los juegos Olímpicos y la tumultuosa agitación del foro. Guar- démonos sobre lodo de despreciar al arle moderno; y cuidando siem- pre de que un exceso de imitación de la naturaleza, del modelo vivo, no mate la invención verdaderamente csthética, desterrando de las artes lo ideal, confiemos en que podrá alcanzar dias de gloria, como los que para él conquistaron Flaxmau y Canova, y que el progreso de los conocimientos críticos , de la historia artística, el estudio de los museos, todo aquello en una palabra que esta ilustre Corpora- ción estimula y protege, lograrán difundir el amor á las artes, las leyes del buen gusto, y crear artistas dignos de nuestro siglo y de la hermosa y noble carrera, a cuya prosperidad consagra la Academia todos sus esfuerzos. Aceptad, Señores Académicos, eslas breves y nial hilvanadas consideraciones sobre la Escultura, como ofrenda hecha en aras de un sagrado deber. He querido demostrar con ellas únicamente mi respeto á la clásica antigüedad, respeto que no excluye el aprecio del arle moderno, tal como nos lo legaron los artistas del Renaci- miento y como han logrado restaurarlo en esta época oíros arlistas eminentes. Itien sé que estoy muy lejos de haber logrado tan difícil propósito ; pero siempre conté, para suplir á lo escaso de mis fuer- zas, con vuestra benevolencia; y ahora, que conozco mejoría insufi- ciencia de las primeras, es cuando más conlio en que la úlliraa lia de ser tan grande como la necesito. Hrc DICHO. DISCURSO Sa. D. ANTONIO GIL DE ZARATE EN CONTESTACIÓN AL ANTERIOR. SEÑORES: Privilegio es singular de esta ilustre Corporación el re- novarse en su mayor parte á si misma; y á nadie con más exactitud pudiera aplicarse la conocida fábula del ave misteriosa que renace de sus cenizas; pues no bien la muerte le arrebata alguno de los distin- guidos artistas que la componen, cuando le sucede un discípulo, un hijo suyo, formado en su seno, y amaestrado por ella para pertene- cerle algún dia; así como del fecundo tronco de un árbol frondoso, brotan los tiernos retoños que van reemplazando las caídas hojas. Otras Academias buscan los neófitos que las renuevan, entre los nu- merosos cultivadores de la literatura y de las ciencias que ilustran al país, pero que no tienen más relación con tales cuerpos que el lazo común que une á cuantos emplean su ingenio y sus esfuerzos en au- mentar el caudal de los conocimientos humanos. La de San Fernan- do recurre además á sus propias hechuras, reuniendo asi dos glorias: la de abrir sus brazos á un hombre esclarecido, y la de haber contri- buido á que lo sea. De esta suerte el discípulo viene á sentarse al la- ilo de su maestro; y ambos, en tan afortunado instante, se sienten henchidos de igual satisfacción; éste por ver cuan bien se ha logrado el fruto de su afanosa enseñanza, aquél porque sé ha mostrado dig- no de ella. ¡Noble estímulo para los jóvenes que internan seguir la honrosa carrera de las Bellas Artes! Sugiéreme, Señores, estas reflexiones t:\ distinguido artista, á. 88 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. quien hoy ahris l;is puertas de este recinto, y cuyo discurso acabáis de oir con el placer sin duda que yo mismo experimento. No ha mu- chos anos le veíais, niño aún, desplegar su naciente ingenio en las aulas de nuestras escuelas; y animando sus felices disposiciones, le encaminabais por la senda que tan honrosamente ha recorrido. Salido apenas de la adolescencia, merece en público certamen ser pensiona- do en liorna; y allí, durante una época azarosa y poco propicia al es- tudio, redobla sus esfuerzos, dando en breve notables muestras de sus rápidos progresos. La estatua de Cain, remitida al segundo año de su ausencia, proho que vuestras esperanzas no habian sido frus- tradas, y desde entonces pudimos contar con un escultor más en nuestra patria. No ha desmentido posteriormente tan lisonjeros anun- cios. Distante todavía de la edad en que el talento llega á su madu- rez, se ha presentado con lucimiento en los concursos públicos, arre- batando la palma, y siendo premiado con medalla de primera clase por sus bellas estatuas en mármol de Penélope y de Pelayo, eslátuas que el Gobierno, á invitación de esta Academia, creyó justo adquirir, juntamente con otras composiciones, de mérito, que en aquella expo- sición figuraron. Aún recordamos lodos la agradable sorpresa que en- tonces causó el ver que nuestra estatuaria cobraba nueva vida, pro- metiendo ¡i los que hoy con tanta honra la cultivan continuadores dignos de sus glorias. Aquellas dos estatuas, sin hablar de otros tra- bajos ejecutados después por nuestro nuevo compañero, prueban no solamente su destreza en manejar el cincel con superior maestría, sino i|iio también es capaz de ejercitarse en los más encontrados géneros. Mientras la Penélope es un dechado de que el autor conoce y logra emular el arle griego en su hermosa sencillez , la varonil figura del l'elnyo revela que su genio comprende igualmente olra clase de be- lleza, elevándose á concepciones propias de civilizaciones diversas, y trasladaudo al frió mármol el alma que debe animar á seres tan dis- tintos y de tan opuestos caracteres. l'cro no le bastaban estas pruebas de lo bien que liene merecido el puesto que abora ocupa: lia querido además presentar olra que'so- lire manera le hunra, en un mutilo y elegante discurso, manifestan- DISCURSO 1>EL EXCMO. SEÑOR DON ANTONIO GIL DE zAlUTE. 83 ilo que ;'i sus brillantes doles artislic.ns reúne los conocimientos lite- rarios, y que casi al igual del cincel sabe manejar la pluma. No cs- tán reñidas ciertamente estas dos clases de mérito en España, donde mi Céspedes se inmortalizo á la par como pintor y como poeta; pero repartiendo Dios con distinta medida los allos dones de la inteligen- cia, no debiera extrañarse que quien reproduce la belleza con admi- rable talento en el lienzo (5 en la piedra, fuese menos feliz al expre- sar sus ideas en el arle difícil de Cervantes y Herrera. Vemos, sin embargo, por este ejemplo (y otros que le han de seguir lo confirma- rán , así lo espero) que nuestros artistas, lejos de descuidar los es- ludios literarios, saben hermanarlos con los de su especial profe- sión, saliendo airosos de-la ardua pnicim i|iie les imponen Ins es- tatutos. ¡Feliz resultado de las tendencias de este siglo! Hubo un tiempo pn <|IIL* se creia que el hombre, para ser profundo en una cosa, no debia ocuparse en otra; y absteniéndose de todo estudio distinto, convir- tiéndose en esclavo de su profesión, sólo para ella vivia, sólo en ella pensaba, como esos egipcios que nos ha citado nuestro nuevo acadé- mico. ¡Funesto error que encerraba el ingenio dentro de un circulo cxlrecho! ¡Preoeupacion absurda, que en vez de llevar al conocimien- to profundo de la materia, objeto de tan exclusivo culto, le hacia más somero y escaso, impidiendo que el arle ó la ciencia diese un paso más allá para ensanchar sus límites. Todo en este mundo está rela- riouado; nada puede aislarse, sin sentirse herido de impotencia. En rada objeto hay una luz (pie se refleja sobre los demás objetos, nece- sitando á su vez recibir claridades de cuanto le rodea, para ver mejor dentro de sí mismo. El aislamiento es la obscuridad, la paralización, la muerte; como lo seria del árbol, á quien se privase de comunica- ción con el sol, el aire, el agua, que deben fecundarlo. Las arles y las letras, aunque valiéndose de distintos medios, estriban en los mis- IIKIS principios, y tienen igual objeto: son una misma idea bajo dife- rentes manifestaciones; y no se pueden divorciar sin perjudicarse iimtiiiiineiile, sin paralizar su respectivo desarrollo. Hermanas inse- parables, l'oniüiii ¡mitas el concierto, cuya diebosa armonía produce 'JO REA!, ACADEMIA DE BAN FERNANDO. la obra perfecta que sñlo agrada al Hacedor Supremo, y le liun1 mi- rarla como una parte de su divina esencia. lié aquí por qué es acertada la disposición de nuestros Estatuios que en esle cuerpo reúne las artes y las letras en determinada pro- porción y medida. Con efecto, Señores, ¿que es la Academia de las tres Nobles Artes? ¿Es acaso una mera reunión de hombres dedicados á varias profesiones que ejercen á manera de oficio, y sin ver en ella mas qile la utilidad personal ó de la clase?1 No: la Academia enton- ces no pasaría de ser una corporación puramente gremial. Más altos son sus destinos. La Academia es el recinto, donde tiene su asiento esc principio que todo lo anima y fecunda en el mundo : el princi- pio de la belleza. A ella le está encomendado su culto; á ella le cor- responde mantenerlo en su integridad y pureza. Su influjo es uni- versal, extendiéndose á la materia y al espíritu. Sostenedora de las buenas máximas, cúmplele difundirlas, vigilar sobre las invasio- nes del mal gusto, combatir y aniquilar esos monstruos deformes, que pretenden usurpar el puesto de la verdadera hermosura. Pero ¿le bastará para ello contraerse á uno de los ramos, que abraza el imperio de lo bello? Si es la represenlanle de una idea, ¿la repre- sentará cumplidamente limitándose á una parle de los objetos, a1 que esa idea se extiende? ¿No le fallaría entonces la unidad, la fuerza? Por eso aquí deben juntarse cuantos tienen por objeto la manifesta- ción de la belleza, sea cual fuere el modo que tengan de manifestar- la. Lijos de bailarse en este sitio fuera de su lugar los literatos, es- láu en su verdadera centro: unos y otros concurren a un mismo un, cultivándola belleza; y los esfuerzos de todos son necesarios para llegar á esc Un, blanco perpetuo de nuestro afanoso desvelo. Acaso me extravía la consideración del carácter con que me sien- L en estos sillones; acaso la conciencia de que yo, extraño á las Be- u llas Arles, pertenezco sin titulo legitimo a la Corporación que las tiene especialmente por objeto, me hace buscar pretextos con que cohonestar mi presencia, y el lomar In palabra donde sólo debería enmudecer y avergonzarme. I'ern ya ipie el eslar abierto esle recin- DISCURSO DEL EXCMO. 9RNOR DON ANTONIO GIL DE ZARATE. 91 liltírarias, me proporciona eslc honor inmerecido, disimulad si por la obligación que me lia impuesto nuestro digno Presidente, os de- tengo algunos instantes, y os hablo de lo que escasamente entiendo. No haré mus que corroborar con algunas reflexiones los principios sentados por iiuustro nuevo consocio, así en la luoriacoino en la par- le histórica. He dicho, Señores, que el objeto de las Nobles Arles, de la lite- ratura , del arte en general, es la manifestación de la belleza. Pero ¿qué es la belleza? ¿Cómo se llega á su conocimiento? ¿Existe una belleza absoluta, ó varía su forma al infinito? Cuestiones son eslas muy debatidas, y que lian dado lugar A varios sistemas. Los unos, limitándose al mundo visible, han buscado el tipo de lo bello en la mera imitación de la naturaleza; los otros, por el contrario, prescin- diendo de cuanto les rodea, se lian encerrado dentro de si mismos, y entienden sacar del espíritu solo la noción de lo que es hermoso; oíros, en liu, poniéndose en un medio, piden a las sensaciones ex- ternas y á la acción interior lo que en su sentir no es posible ad- quirir sin el concurso de estos dos auxiliares. A este último sistema parece adherirse el autor del discurso a que contesto; y no por ecléctico, sino por expresar lo que realmente sucede, es también á mi ver el único admisible. ¿Podemos prescindir del mundo en que vivimos? ¿No influye so- bre nosotros de un modo irresistible? ¿No amolda nuestro ser á su semejanza? ¿No avasalla, en suma, todas nuestras potencias? Pues ¿romo no contar con él para las obras de ingenio? ¿Qué hacemos si- no reproducir los cuadros que por ludas partes nos presenta? Ora nos recreemos con las pinturas de esa naturaleza tan variada y fe- cunda; ora pongamos enjuego las pasiones de los hombres; ora es- cudriñemos los misterios de su corazón ó el móvil de sus acciones; lodo existe ya, lodo se mueve, todo pasa á nuestra vista. En vano pretendemos crear; nuestro orgullo nos engaña. La creación es sólo atributo de Dios; y cuando nos envanecemos con la ilusión de haber dado el ser á alguna cosa, I oramos en breve la Irisle verdad de que partidos por la mano de Dios en Lodo el universo, Hasta los mons- truos, aborto de una imaginación enferma, vienen ¡i ser un conjunto de partes ya existentes y que braman de verse reunidas en repug- nante consorcio. Todo acusa, en fin, la impotencia de imeslra fiin- t i s n , que olo tañe f culi id p u s icir materiales del ímiiidn nva- ilo y reproducirlos. ¿Qu¿ haría la menle entregada á si misma? Lo que hace el ciego, i u indo se lo pregunta sobre los colores; lo que haria un hombre encerrado cu una sala oscura y quisiese adivinar lo que fuera de ella pasa: confundirse y confesar su ignorancia. La mente sólo puede discurrir sobre objetos é ideas, que llegan á ella por los sentidos. La observación es la mina que beneficia, y de donde suca lodos los ma- teriales de sus obras. Pero ¿sera que la mente ó la inteligencia no lenga mas poder que para recoger y reunir esos materiales? Entonces sus obras r e - sultarían confusas ó inconexas, aglomeración fortuita de objetos ilis- coidantcs. ¿Será también que su acción se reduzca á la pura imita- ción de esos mismos objetos, para reproducirlos tales cuales los présenla la naturaleza? En tal caso la inteligencia carecería de toda participación, de toda importancia en las acciones del hombre, con virtiéndose en una máquina, en un instrumento pasivo como el da- guerreotipo. No, la obra del arle no es una fotografía; y algo lia en elh qut h ele\ i obit, LSIS r e p e tntn iones strviles ilgo tiene le i Itil al p o que la cnnolikix il^o por lo cu 1 ti irtisti d pro si ntarla á los ojos del mundo embelesado, puede exclamar con < i güilo: esta obra es nin Sí; en el artista existe un trabajo que le pertenece, un trabajo que le honra, un trabajo que le eleva sobre sus semejantes. Es el descubrimiento, la reproducción de lo bello, oculto siempre en i l caos del universo, caos debido á las mil fuerzas contrarias que per- turban la obra de la creación, desfigurándola y esparciendo los ele- mentos de la verdadera hermosura. Estos elementos tiene la inteli- gencia que reconocerlos, reunidos, combinarlos; y con aquella vir- tud especial que el cielo le lia concedido, corregir la obra de la niSCURSO DEL EXCMO. 9ENOR DON ANTONIO GIL DE ZARATE. 93 corrupción, para que el objeto reproducido vuelva áser 1» cfíif Dios quiso que fuera. El trabajo, pues, de la inteligencia es revelar ¡i los hombres en loda su pureza el trabajo del Omnipotente. ¡ Admirable virtud que el cielo concede á pocos, y que consiste en ese sentimiento interno parecido á una revelación, por medio del cual la inteligencia percibe lo que es bello, así como lo bueno y lo verdadero, tres cualidades que unidas por un extrecho vinculo, constituyen la perfección. De aquí resulta aquel tipo que sirve de norma á la inteligencia, y que el artista lleva siempre consigo para saber elegir, reunir, coordinar, para producir con muchas parles distintas un lodo armónico y perfecto. Esto hace el arte. Valiéndose á la vez de I¡» observación y de la inteligencia, se eleva hasta el trono del Eterno, y desde allí descor- re aníe el mundo admirado el velo que oculta los misterios de la creación, y la suprema beldad de los modelos que oculta en su seno. Así el arle se confunde con la divinidad y participa de su esencia, cuando alcanza a cumplir sus altos fines, y las generaciones atónitas su humillan y le adoran en los prodigios que revela. La imitación, pues, sin la guia de la inteligencia, no produce más - que obras incompletas, faltas de expresión y vida: la inteligencia, á su vez, sin la baso de la observación, se revuelve en un círculo infe- cundo, y sus alardes se reducen a esfuerzos impotentes. Pero esta se- paración es imposible: la imitación reconoce al Tin la necesidad de «na guia; la inteligencia tiene por fuerza que echar mano de los ob- jetos visibles; asi es que los dos primeros sistemas no han existido realmente en toda su integridad. Lo que sucede, sí, es que por no re- conocer la justa participación que debe darse á cada uno de eslos dos ncresarios'agentes de la belleza, siempre que uno de ellos quiere pre- dominar con exceso, así naturalistas como idealistas se han extravia- do, produciendo obras absurdas, ora pálidas, ora exageradas, unas veces faltas de vida, oirás rayando en delirantes, y siempre deslina- das á perecer, porque ninguna acierta a reproducir la verdadera be- lleza. Pero ¿cuál es el carácter distintivo de eslos dos indispensables 94 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. instrumentos de loda creación artística? ¿De qué modo influye cada uno? ¿Cuál es el resultado de su respectiva concurrencia? Esle carác- ter, este influjo, esle resultado son diversos; y en ello estriba el que la belleza varíe de forma, y sin dejar de ser belleza, reciba el sello peculiar de los países, de los tiempos, de las instituciones. El universo varia y se transforma. La naturaleza es otra al influ- jo de los climas; las razas no se asemejan; las revoluciones lo tras- tornan lodo; las costumbres, las leyes, en una palabra, la civiliza- ción reciben modificaciones profundas; siguiéndose de todo esto que el cuadro de las observaciones del bombre es muy distinto según el punto del globo en que reside y el tiempo en que lia nacido. lié aquí, pues, un elemento variable de la belleza: ésta no puede serla mis- ma para los que babitau los climas helados del Norte y los que dis- frutan las floridas regiones del Mediodía; para los que pertenecieron A las épocas primitivas del mundo, y los que han alcanzado socieda- des ya caducas; para los que se agitan en medio de las convulsiones propias de la libertad, y los que yacen bajo el peso de las cadenas. Otras ideas, otros afectos, otras aspiraciones, producen también dís- línLos modos de ver; de suerte que, así en lo material como en lo mo- ral, los elemenlos constitutivos de lo bello no tienen fijeza alguna, y . parecen autorizar loda clase de formas, desde las más sencillas bas- ta las más complicadas. Considerado el arle bajo este punto de vista, todo le seria permitido, resultando no existir en realidad lo bello, porque en el hecho mismo de serlo todo, dejaría de serlo. ¡Conclusión absurda, que desde luego se resiste al entendimien- to humano! No existe, no, esa arbitrariedad que á lodos nos enloque- cería, anulando el ingenio, y cegando las fuentes de nuestros más puros placeres. Algo hay dentro de nosotros, que nos dice no ser todo bueno, todo aceptable, y que lo deforme, lo repugnante, no puede formar parte de lo que está destinado á deleitarnos. Y no es esto so- lo un sentimiento ciego y confuso: es otra facultad más elevada, que obra con discreción y discernimiento, que sabe lo que se hace, y es- tá guiada por un criterio racional y seguro. Con efecto, si es atribu- lo Ar la Divinidad el roiiwer y íijiir la perfección < n todo, I W , ipir > DISCURSO DEL EXCMO. SEÑOR DON ANTONIO GJL DE ZARATE. Ü5 crió al hombre, que le dio una alma á su semejanza, ¿dejaría de con- cederle alguna parle de ese celestial atribulo? No: Dios ha que- rido que el hombre fuera también conocedor de lo perfecto; y para ello le ha dolado de esa facultad preciosa, colocándola en su inte- ligencia. La inteligencia es, pues, la regla en medio de ese intrincado la- berinto de cosas que nos presenta el universo. Este es variable, pero aquella es fija; éste es confuso, pero aquella es clara; éste es múlti- ple, pero aquella es una Lo que el universo tiende á modificar, la inteligencia procura conformarlo con aquel tipo de que he hablado anteriormente, y le señala el límite de las variaciones legítimas. En- horabuena una nueva civilización traiga nuevos elementos de belle- za: al percibirlos por medio de los sentidos, la inteligencia los juz- ga, y los admite o rechaza, teniendo presente ese mismo tipo, el cual también se modifica, mas siempre con sujeción á la voluntad inalterable del Omnipotente, donde a su vez reside el Prototipo su- premo de lo perfecto en todo. En suma, cada clima, cada edad, cada civilización, puede lener un diferente tipo de lo bello; pero ese tipo no deja nunca de existir, no es jamás arbitrario; y á la inteligencia, fio al capricho, le es dado sólo fijarlo. La obligación del artista es el estudiar para llegarlo á conocer, sea cual fuere el sitio en que se en- cuentre y la civilización en que viva. Ved aquí, Señores, justificado el aserio de nuestro nuevo com- pañero, al asegurar que en toda obra del arle hay una parte ¡