DISCURSO DON NICOLÁS GATO DE LEMA, DE LA PINTURA DE PAISAJE EN" NUESTROS DÍAS. SEÑORES: En esto dia, para mi tan solemne, cuando llego sin nió- rilos al santuario de las artes, para recibir las nobles insignias que tne ha otorgado vuestra benevolencia, siento por la primera vez en mi vida carecer de las altas dotes de erudición y elocuencia, que su- Ititinan á los ingenios más afortunados, para mostrarme agradecido ¡i vuestros favores. Mas como no es dado al hombre cambiar su ma- nera de ser, ni alterar en un momento los hábitos de toda su vida harto comprendereis, Señores, que no puede expresarse con facili- dad y elegancia por medio de la pluma el que sólo está acostumbra- do á hacerlo modestamente por medio del pincel Sensible es, por olía parte 1 \ (.nitral en e te reuní > I n- lemplar anublada .para siempre una de las lumbreras que en él h n - Haron con gloria de las artes patrias. La presencia del que viene i saludaros por vez primera, despierta el doloroso recuerdo dtd qut ha desaparecido de entre vosotros; y si bien en lal instante puedt serviros de consuelo el refrescar la grata memoria de sus altos m - recimientos y virtudes, sube de punto el embarazo en quien se reco- noce, como yo, falto de fuerzas, para ocupar su puesto digna- mente. Pero ya que esto no me sea posible, permitido me ha de ser en cambio tributar el homenaje de mi consideración al digno acadé- mico, cuya pérdida llontis vnsolrns ron rutón, y cuya herencia 102 REAL ACADEMIA DE S*N FERNANDO. vengo á recoger con el respeto de quien reconocía y acataba su ta- lento y sus nobles prendas de artista. Paisajista admirado dentro de España y ventajosamente conocido en el extranjero, comenzó á dar el Sr. D. Fernando Ferrant granados frutos en el momento mismo en que se inauguraba la nueva edad, que podría designar como de re- generación para este linaje de pintura en nuestro suelo. Los aciertos de su pincel, que prometían mayores triunfos en un porvenir cerca- no, lucieron en verdad su nombre inolvidable; y yo conceptuaría en mi imperdonable falla el no consagrarle ahora este cinnoso I U I I P I - do, lanío más sincero por mi parte, cuanto es m i j 11 11 se^uml id en que estoy, de no poder sustituirlo. Ni pasare tampoco adelante, Señores Académicos, sin cumplii olro deber de conciencia que se enlaza extrecbamentc con el plaeei que hoy experimento, y que constituye, al darle satisfacción en esta solemnidad, la más pura de mis alegrías. Debí en esta casa, y fuera de ella, las primeras enseñanzas del arte de la pintura a los dignos profesores D. Vicente López, D. José de Madrazo y I). Juan Rihera, cuyo noble anhelo por la ilustración de la juventud nadie conoció ni pudo apreciar como vosotros: decidióme después á cultivar mas principalmente el paisaje, en virtud de los ensayos por mi realiza- dos en la manera de interpretar, bajo un nuevo sentido, la natura- leza, aquel ilustre varón, en cuyas sienes brilló un dia el más alto laura del poeta lírico, y cuyos sabios consejos escuchasteis siempre vosotros con el respeto y la veneración, que desde la silla de esa pre- sidencia á lodos inspiraba. Permitidme, pues, que las primeras cláu- sulas de este mi modesto discurso formen también un modesto tri- buto ilc cariño para mis queridísimos maestros, y un voto de gra- cias, tan sincero como espontáneo, para el egregio D. Juan Nicasio Gallego, á quien sin duda habréis ya reconocido en mis palabras. Horrados todos hace tiempo del libro de la vida, á nadie podra pare- cer hoy interesada esta ofrenda de mi antigua gratitud, mientras hubiera sido en mí el más feo de los pecados un egoísta olvido. Pagadas ya estas sagradas deudas, permitid que, aun lleno de desconfianza, os presunto la humilde ofrenda de mi reconocimiento, DISCURSO DE DON NICOLÁS GATO DE LEMA. J03 al cumplir el primero de los deberes que me impone !;i ¡\\{;> hrmnt que me lialieis dispensado: anímame, no obstante, la consoladora es- peranza de que os fia de parecer aceptable, porque la indulgencia lia sido siempre compañera del verdadero saber. Si a este sólo atendiera, Señores, fueranie en verdad muy difícil liallar asunto á propósito para este discurso. Porque ¿sobre que pun- ios del arle ó de su historia necesitareis vosotros ser ilustrados? Ni ¿qué pudiera yo decir aquí, donde se reúnen tantas eminencias ar- tísticas y literarias, que tuviese para vosotros novedad < interés al- i guno? En la seguridad, pues, de que todo oses igualmente conocido, "o habría para mí preferencia e» la elección del asunto. Hay uno, sin embargo, que por la índole de mis pobres estudios, exige de mí ('articular predilección, no pudiendo causaros maravilla que en oca- sión lan solemne procure también fijar en él mis inciertas miradas. Aludo, Señores, al paisaje; a ese ramo de la pintura que tiene a su cargo el reproducir las más bellas escenas de la naturaleza, y que ban elevado á tanta altura los artistas modernos. Hablaré, pues, de la pintura de paisaje, considerándola en su importancia, en sus apli- caciones, y sobre todo en el gran desarrollo que ha alcanzado en nuestros días. En el asunto, de que voy á hablaros, la historia no nos suminis- tra abundantes noticias: ofrécenos, sin embargo, iluminada por la antorcha de la filosofía y de la ciencia arqueológica algunos vesti- gios, por donde podemos descubrir sus remotos orígenes, recono- ciendo en la índole especial de la cultura de cada pueblo las razones fundamentales que se oponen ¡i la existencia del paisaje, ó impulsan su natural desarrollo. No busquéis, Seflores, esta manera de pinlura fí n la India ni en el Egipto, cuna y primera morada de la antigua civilización del mundo. Allí donde la naturaleza no alcanza á des- pertar la contemplación de sus innumerables bellezas; donde domina en toda idea religiosa y moral, como en toda obra artística, la re- l'resenlaoion simbólica de las fuerzas de la Divinidad y de la crea- ción , allí la naturaleza inanimada desaparece ante la divinización ahsnnlíi y ¿.'rosera ile la nnhirnli'ün animnl: degenerada ya la primi- 101 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. 1i\;i idea ilel sÍMiliolo, no es posible ni nmi la iniciación dH scnli- niienlo dulce y apacible, que lleva ¡il hombre á gozar del espec- táculo de la naturaleza, de la cual viene á ser al propio tiempo ad- mirador y rey. Ni pidamos tampoco á la íireeia, á esa nación civili- zadora que trasfornió todas las ideas de la India y del Egipto para convertirlas en universal provecho de la humanidad, la imitación de que me propongo hablaros. Grecia, a diferencia de la India y del Egipto, diviniza al hombre, elevándolo hasta el ciclo: la forma huma- na fue1, en consecuencia, el bello ideal que debió idealizar, y que idealizó en efecto, el arle de los griegos, l'or todo esto se explica que desde que Apolodoro abrió el gran libro de la pintura, y con- tinuaron sus páginas Zéuxis de Heraclea, su rival Parrasio, y sus dignos émulos, Timantes de Sanios y Apeles de Cos,hasta algún tiem- po después, no nos ofrezca el paisaje brillantes muestras del tálenlo de estos grandes ingenios. Estudiaban en cambio tan insignes artis- las al hombre, idealizándolo en la representación de los dioses, se- midioses y héroes, tarea tan principal en los origenes del arte, que sólo cuando empieza a. decaer aquella envidiada cultura, llega á ser objeto de sus trabajos la representación de hechos memorables. Fue, pues, el paisaje casi desconocido en la antigüedad griega; mas no sucedió lo mismo en la romana, donde, no sólo Plinio nos habla de las pinturas murales ejecutadas por Ludio, pintor del tiempo deAugusto ' , sino que el nunca bien ponderado Vitruvio, cuyo pre- cioso libro Ce archilcelura sirve hoy á los arqueólogos de guia y catecis- mo para penetrar en los secretos de la antigüedad, nos dejó también indudable testimonio de que no habia sido el paisaje extraño á la ci- vilización romana. Cuando este insigne escritor, á quien la erudición moderna ha colocado con harto fundamento entre los clásicos lati- nos, trata De rnlünw ¡nwjntdi ¡infieles, decía: vPingunlur enimporlus, fpromoutoria, lillm-tt, (luniiuft, funíes, curipi, fana, luci, montes, peco- »ra, pastores, ele. -;» donde claramente se manifiestan los esfuerzos Guevara, Cuín, de, la pintura, pág. 48. Lib. VIL, cap. VI. DISCUH30 DE DON NICOLÁS GATO DE LEMA. 105 lifclms por ]ns arlos romanas en el cultivo del paisaje. Y así debía suceder forzosamente; porque cuando, abrumados bnjo el ¡teso de su grandeza, ó cansados más bien y liarlos ya de aquella dominación que los bahia bccho señores del mundo, salían los romanos de la Ciudad Eterna para buscar en la vida del campo el esparcimiento que no podían encontrar en el foro ni en el campo de Marte, sólo en sus magnificas y apacibles quintas de Pompeya y de Herculano, de Be- nevento y de Túsenlo, bailaban el ambicionado solaz que anb»)aba s 'i espíritu, recitando los inmortales versos de Virgilio. Las Geórgi- cos del cantor de Eneas, y las pinturas murales milagrosamente con- servadas bajo la destructora lava del Vesubio, pregonan al par con las frecuentes alusiones de Cicerón y de Colnmela, basta dónde llegó el singular empeño con que manifestó la pintura romana sn predilec- ción á la naturaleza, probando así que, aun bajo este punto de vista, debia ser considerada aquella civilización como inequívoco preludio ( lel nuevo reino anunciado por los profetas, las sibilas y los vates gentiles. Cuando el cristianismo vino á comunicar al mundo ese espíritu '•ivilizador que infundió ¡i cuanto existía en derredor suyo, y á don- de quiera que llegaron el aroma de su fragancia exquisita y los res- plandores de su luz clarísima, sintieron las arles este soplo vivifi- cador de nueva vida, y especialmente la pintura. Entonces, suce- diendo al reinado de la materia el del espíritu, se ofreció al arte una esfera inmensa en,que ejercitar su actividad. Pero precisamente la religión,' que fue causa de este desarrollo, fue también el objeto A que se consagraron las artes, como nos lo enseña la arquitectura en esos grandiosos monumentos, encargados de trasmitir á las eda- des venideras las grandes creaciones de la fe y la pintura en las obras más importantes que de aquellos tiempos nos lian quedado. Por eso el paisaje no alcanzó grande importancia en esa ('poca, en que la representación de Dios, de sus santos y de los grandes beclios del 'listijinisino era objeto de las imperfectas obras del arte. Mas si no le fiió dado lograr entonces cumplido desarrollo, como no lo tuvie- ron tampoco las letras ni las ciencias; vista la naturaleza bajo todas 10 clegid más liien la alegre y pintoresca campiña, es- maltada de flores, sombreada por la arboleda, poblada de pintores- cos cásenos, imagen de la naturaleza animada, donde lodo sonríe y halaga los sentidos. Elevaos con la inspiración del arte á los últimos limites de la naturaleza creada, á las inaccesibles e imponentes i o - tas que sirven de corona á las más altas montañas, donde ni asienta el hombre su planta, ni la vegetación florece, ni osan siquiera llegar liis aves con su majestuoso vuelo; ó descended más bien basta las antenas playas que baña una mar tranquila, surcada por mullilud de ligeros boles. Tomad, en fin, vuestro asunto en la tempestad con su sombrío c imponente celaje, ó en el hermoso dia de primavera " con su fresco y sereno ambiente, ó en la estación canicular que en- vuelve en una sonrosada atmósfera todo cuanto os rodea; y eual- <|iiiet'¡i ijiie sea de estos asuntos el que hayáis elegido, siempre ha- liméis en el corazón del espectador una cnerda, que responda al efer- lo que queráis producir, ya sea esle el de la tristeza inspirada por el valle, ya el de la alegría que causa la campiña, ya del terror á la vista de la escarpada peña, ya el de la dulzura en la plácida ribera, ya, en lin, el de cualquiera otro de lus sentimientos que causa en el hombre la naturaleza bajo sus diferentes aspectos. Para producir estos sorprendentes efectos, el paisajista moder- no lia elevado el arte á la altura de una ciencia, la ciencia de lo be- llo; y, merced al conocimiento de sus luminosos principios, se eleva á las regiones de la idealización, y exorna y armoniza lo que ofrece á sus ojos el gran leali'o < > la naturaleza; no emprendiendo nunca !< 112 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. muí obra verdaderamente artística, sin babor nieililailo y combinado su ejecución en su conjunto y en sus detalles, en lo principal y en lo accesorio, en lo sustancial y en los accidentes. El paisajista mo- derno no se contenta con copiar y retratar la montaña, la arboleda, lii rascada-, el fondo del país ó el horizonte, á la ventura y sin con- sultar las reglas del buen gusto; sino que imprime unidad al conjun- to, hace brotar de él un pensamiento, y procura que haya en su eje- cución esa frescura imperceptible, ese reposo campestre, esa armo- nía serena, esa belleza que se siente mejor que se explica, pero cu- yos secretos enseñan al par la i ni ilición y la práctica del arte y el estudio de la naturaleza. Ni ha de ser este solo el objeto de sus tareas ; pues la reproducción de los arboles y de las flores exige á su vez particular estudio, sin el cual sólo pudieran ser reproducidos de un modo grosero é imperfecto: y la representación de los anima- les lo reclama con mayor razón. ¿Cuino, si no, sabría un pintor trasladar al lienzo el rápido vuelo del pajarillo que cruza el espacio, el gracioso movimiento del ave que juguetea en el estanque, el tar- do buey recostado en la verde pradera, el corderillo que corre pre- suroso en pos de su madre, la cabra que roe los pámpanos y los ar- bustos, el caballo que da su crin ú los vientos, ú el perro que, ya sigue fiel los pasos de su amo, ya guarda con severo continente el rebaño que le está confiado? Y observare, Señores, con este motivo, cuún unánime es entre los pintores, asi antiguos como modernos, la prác- tica de dar cabida en sus composiciones, para amenizarlas con ellos, á estos que pudiéramos llamar humildes compañeros del hombre, con los cuales comparte muchas veces la tristeza de su soledad, y que constituyen lo que se llama la naturaleza animada. Y vuelvo á decirlo, Señores: los artistas modernos son los que lian levantado el paisaje á la allnni cu ijuc I" \HHON, asi por el gran- de estudio y esmero que se pone en ln inln-pi'i-hicum de la naturale- za, como por el colorido y por la cniiHusioii de los cuadros. No pre- tendo negar á los antiguos la gloria que de derecho les pertenece como maestros y como predecesores en tan difícil arte; pero es lo cicrlo que no fueron lan ^ r u m i e s en sus composiciones, y que, pa- DISCURSO DE DON NICOLÁS GATO DK LEMA. 113 •fatulo tributo á su ¿poca y siguiendo sus exigencias, dieron á sus nudros un ifci lo de oscuro excesivamente recargado, que quita al paisaje la diafanidad, y le priva de esc hermoso ambiente que parece íespinrse á su usía, cuando las sombras no lo oscurecen demasia- do: por lo que no se encuentra en ellos, aunque admirablemente lo- cados, j i u e e s con un colorido encantador, esa verdad, esa frescu- ra, esa belleza poética que liemos admirado recientemente en las f \po ipiones de Fnncia, de Inglaterra, de Bélgica, de los Países- Itajos y de Prusia, cuyas naciones, en especial la Gran Bretaña, lian llegado en sus sorprendentes acuarelas a un punto del que parece imposible pasar. ¡Qué bien comprendida está la naturaleza de estos cuadros! ¡Qué verdad en el aire interpuesto! ¡Qué lontananza» tan admirables! ¡Qué efectos de luz tan encantadores! ¿Quién pudiera negar esta preeminencia al paisaje moderno, si lia tenido ocasión ár conocer en el extranjero las grandes obras, que en nuestros dias produce la inspirada imaginación de algunos eminentes artistas? Tal es y tan prodigioso, Señores, el vuelo que ha lomado esle lamo del arle, que se le ve florecer simultáneamente y á porfía en las principales naciones de Europa. Id á la vecina Francia, y allí en- contrareis á Troyon, á quien no dudo apellidar el maestro de los maestros, y admirareis extasiados sus cielos que no tienen rival. Sillo su cuadro de los Bueyes que van á la labor, magnífica expresión di; poesía pastoril, con su diáfano amhienledc la mañana y sus plan- las esmaltadas de rocío, iluminado por la luz del sol que despunta pur el Oriente, bastaría a haber levantado su reputación á la altura en (¡ue se encuentra. Allí veréis también los cuadros de Madlle. Ro- sa Konbeur, que pinta los animales con la verdad y la maestría que testifica la Singa del hrm; los de León Belly, autor de un bellísimo paisaje de Efecto de Otoño en el crepúsculo; los de Hlanchartl, Cherel, Bellel, Flers y Lainbinet. Trasladaos luego á Inglaterra, y allí liméis á Holland, á Loo, á Linnell, a Poole, a Roberts, á Bennetl, á Callow, á Dunran, ¡i Stam- liel, á ltobins, á W. Hunt.á Jiitsumh, á Ward y á Landscer. No in- tentaré citarlos cuadros notables de estos pintores, porque os mo- 114 IIEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. Icstaria demasiado; pero no puedo resistir al deseo de recordar una Vista de Rotterdam, de Holland; olra del Gran Canal de VeitecUi, por Roberts; el Fuerte de Titbwy, de Slamfield; un Camino en las mon- tañas y la Galles del Norte, de Limiell; una Puesta del sol, de Dun- can; las preciosas acuarelas de Callow, y los animales de Landseer. ¿Quien es capaz de señalar aquí las bellezas, por que brilla en parti- cular cada uno de estos grandes artistas? Fuera de que es forzoso reconocer que la Inglaterra imprime á lodas sus producciones un sello de grandeza, de originalidad, que las distingue de todos los de- más países. Con gusto pago aqui un tríbulo de justicia i esc gran pueblo, proclamando que sus cuadros son altamente dignos de estu- dio, y nos ofrecen constante ocasión de admirar, ya su magnífica expresión, ya el estudio filosófico de los asuntos, ya el luien gusto en la ejecución, ya, en lin, la bizarría y la desenvoltura con que pintan, y la extremada delicadeza con que concluyen sus ol>ras. Más allá de Inglaterra vemos también brillar el paisaje en las heladas regiones tic Noruega. La Exposición Universal de Paris nos ofreció ocasión de admirar, entre otros cuadros, uno de Gude repre- sentando unas Montañas de la provincia de Bergen, en que hay rica y bien entendida entonación, hermoso efecto de luz, gran fuerza ile verdad y una expresión de dulcísima y deliciosa poesía; y á la par con tiste, otro paisaje lleno de gracia y muy bien estudiado, de Fricli, representando un Valle de Montañas y un Bosque de pinos, y olra pre- ciosa Vista de las inmediaciones de Cltrisliania ' , de Müller. Si nos alejamos de los climas del Norte para buscar en el centro de Europa los progresos del paisaje, admiraremos en IVusia los in- mejorables países de A. Acheinbach, cuyo cuadro de las Costas de Sicilia en un, día de tempestad es de un efecto sorprendente; ¡i Híldc- brandt, autor de otro magnífico cuadro que représenla el Invierno; al Conde de Kalekreuth, de quien se conoce una preciosa Vista de Svculejo, en los allos Pirineos 3 ; á Leu, á Pape, á Micbelis, á Porlt- 1 Noruega. ¡i Carca de Bagitóres do Ludion. man, Schmidt, Schulten, y oíros cuyos países son en extremo nota- bles, particularmente unas vistas de, la Noruega, del primero, y un Rosque de pinos, del segundo; cuadro ¿sle i'illimo, mas allá del cunl no se concille llevar In expresión de la verdad y de la belleza por me- dio del pincel. Hallamos laminen en Bélgica á Luis Winler, autor de algunos deliciosos paisajes, entre los cuales merece mencionarse Una postara del sol; á Fouraiois, autor de un Efecto de mañana, no menos bello; a Van-Scliendel, que entre otros cuadros ha pintado una en- cantadora Visto de Rotterdam con efecto de luna; a Roelofs, autor de otra magnífica Vista de las Árdenos; veremos en los Países-Bajos los líennosos cuadros de líilders; el Otofw y el Invierno, deKoekkoek; la Vista de un pueblo de Holanda, de Waldorp; un Vcndabal en la costa 'fe Schevcningue, de Meyer; y otros. Por último, la Suiza nos pondrá de manifiesto los paises de ítnllcr, entre ellos la Vista tlrlfíhin, en los Alpes, y el Lago de lux cuatro cantones, ejecutado liajo diversos pun- tos de vista por Caíame y lílrich; una Mañana de Otoño, de Cnslan, y otros murlios que omito mencionar. Kn medio del prodigioso desarrollo que lia tomado el paisaje, se presenta como una de las más bellas formas la acuarela, desconoci- da basta nuestros días, y llevada al más alto grado de perfección por la Inglaterra, donde con el auxilio del papel y colores de New- ninns, se hacen prodigios de verdad y de poesía en cuadros de redu- cidas dimensiones, de que puede formarse una galería en las hojas de cada álbum. Este precioso descubrimiento es uno de los que con más justo motivo pueden envanecer á los artistas de la presente épo- ca , porque con el se ha creado un nuevo y especialísimo género de pintura, que facilita su propagación y su adquisición, y que no tiene rival en lo moderno; porque ni lo es ni puede serlo la fotografía, puesto que ni existe ní puede existir rivalidad entre dos cosas de ín- dole absolutamente distinta, y que lejos de contrariarse ni excluir- se, es la una el más poderoso auxilio de la otra. Y, en efecto, Seño- res, la sublime invención de fijar de un modo permanente la refle- xión de los rayos luminosos, representando la imagen del objeto reflectante, en primer lugar, está fuera de la esfera de las bellas ar- 116 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. tes, porque cor responde á 1¡I de las ciencias; y en segundo, lejos de serles contraria, ha venido por lo que respecta á la pintura, á ro- bustecer los sólidos fundamentos en que se apoyaba, demostrando que por medio de la convergencia de las lineas y la graduación de las tintas se representa en una superlicie lo que en realidad tiene bulto, tiene profundidad, y existe á diferentes distancias. Esto se saina; esto teóricamente se explicaba hasla el punto de que practi- cándolo, se conseguían los apetecidos resultados; pero la fotografía ha dicho á la pintura: «sigue procediendo con entera seguridad en ntodas tus operaciones, porque lo mismo que tú procede la nalura- »leza.» El pintor tiene este mayor y mejor criterio de verdad, debido ¡'i los adelantos prácticos de las ciencias físicas, criterio que por otra parle en nada contraria el vuelo de su n n 1 f 1 11 sorprender en la misma naturaleza el i 1 t ni p 4 variable belleza, ni de trasladar al licnz ll I I ' i t f ra del ilrden material, la idea, el sentim 1 1 1 t j n 11 cion de los afectos, y basta lo imagina! y i ntf t N pues, esa rivalidad que vulgarmente se 1 y i 1 1 rio, resalta entre la lolografia y la pinti 1 |ll m I fraternidad que no puede menos de ene ni I t 1 1 inos del saber humano, como vastagos q 1 t il« la Infinita Sabiduría. FA paisaje, Señores, no es sólo en nm t i I I 1 blando, un objeto de recreo: es además I 1 í1 y rias aplicaciones á la historia, á la literal y 'i 1 n 1 f sociales; y fuera harto prolija nuestra tarea, si t t 1 merar aquí todas y cada una de 11 B t n d ¡ I quien nos da á conocer mullilu I d t 1 1 y o- nes, ya antiguas, ya modernas, 1 q I f j n ¡dea; que cu él tiene su más pod o o 1 1 I I I porque de él reciben animación y vida g p I d a y que él es el compañero inseparable del in 1 m1 I y 1 montes, exigiéndose su conocimiento c d p n all t DISCURSO DE DON NI COL A S GATO DE LEMA. 117 He aquí, Señores, por lo que lie dicho, al comenzar esle mi polín: discurso, y repito al terminarlo, (jue el paisaje lia alcanzado en nues- tros dias, en lodas las naciones cultas, una importancia que no ha te- nido en tiempos anteriores, y un interés, que ponen de manifiesto sus variadas formas, su continuo uso y sus frecuentes aplicaciones. No lia logrado todavía entre nosotros tan general estima, y sin embargo, no liemos carecido en la edad presente de afortunados cul- tivadores. Venciendo A lodos en fantasía y riqueza de inventiva, prendas de altísimo precio para lodo artista , pero tal vez nocivas cuando sólo se trata de la sencilla interpretación de la naturaleza, luise distinguido inás que todos el renombrado Vilia-amil, cuyos sor- prendentes paisajes, acaudalados á menudo de venerables ruinas y no pocas veces animados por románticas escenas de los tiempos medios, deslumhraban casi siempre la imaginación con la abundancia de sus accidentes de color y de forma, si bien no acertaran siempre á perpe- tuar en el animo ese primer efecto, por la escasa conformidad que de continuo ofrecían los expresados accidentes, con la serena verdad y reposo de la naturaleza. A su lado, no tan exuberantes y fantásti- cos, bien que más atentos á la útil contemplación de la gran maes- tra del arte, han hecho gala de su ingenio, con aplauso de los inte- ligentes, un Camarón, un Elbo , un Monlalbo, un Alenza , un lli- galt y tantos otros que seria prolijo enumerar en estos momentos. Todos poseían brillantes dotes para este linaje de pintura, y todos nos han dejado obras dignas de aprecio y de estudio, ya en la simple imitación de los bellos panoramas, con que nos brinda la naturaleza, ya en la representación de escenas pastoriles d populares, que ale- gran y dan movimiento a esos mismos panoramas, ya en lin en la reproducción imitativa de animales, útiles y aún necesarios para la agricultura y compañeros del hombre en la augusta soledad de los campos. Yo ine complazco, Señores Académicos, en recordar aquí las en- vidiables prendas y no dudosos merecimientos de todos estos paisa- jistas, que, como el inolvidable Perrant, hallaron en su mayor parte Un asiento entre vosolros. Pero no me juzgo dispensado do rorono- cer y dechrar, como lo lingo, que 1Ü pintura do paisaje, lia roiniin/.«ilu á recorrer en nuestro suelo un rainino, tal vez menos deslumbrador, pero a lo que me es dado entender, más fecundo en verdaderas obras de arle, que no lian ile hacerse esperar largo tiempo. El interés que inspira en toilas las clases de la sociedad el paisaje, hace esperar también estos frutos, dado ya el nuevo impulso; y si algo se necesi- tara aún para justificar esta legítima esperanza, os citaría los cátedras superiores de paisaje que se han fundado en España , ya á cosía del Gobierno, ya en establecimientos privados, donde constituye aquel un ramo especial de la enseñanza artística, encomendada en algunos tic ellos á muy hábiles y entendidos profesores. Cuando esta enseñanza, cuya difusión es moderna entre nosotros, haya llegado á formar un considerable número de discípulos, enton- ces nuestro hermoso y pintoresco suelo, cuyas bellezas permanecen en gran parte ignoradas, ofrecerá á los nuevos artistas materia ina- gotable de estudio y de inspiración para sus obras; y España podrá presentar á las demás naciones en sus galerías tic paisajes, á la vez (jin; una rica muestra de los tesoros que ha prodigado en ella la na- turaleza, una brillante escuela de paisajistas, á cuya cabeza figura- rán los pocos, pero respetables nombres, que la ilustran en este ramo y que de lodos vosotros son conocidos. Por lo que á mí toca, ya que lo humilde de mis tareas no me permita aspirar á tener la parle que ambicionara en tan gloriosa empresa, cabrámc al menos de hoy en adelante la honra de poner mi oscuro nombre al amparo dia, cuyo recuerdo quedará indeleblemente grabado en mi corazón. HE DICHO. DISCURSO EXCMO. S». MARQUES DE MOLINS EN CONTESTACIÓN AL ANTERIOR. Más hace, Scíioi'cs, ile cinco lustros ' que se cHeliraba en este misino sitio lian ile aquellas ceremonias que marran romo l;is uliin- piadas de las artes, y que se imprimen hondamcnli1 en l;i iiifiiMirin ile quien las contempla. «Era, Señores, aquel día en que, sentada la justicia entre uos- »otros (según el elocuente dicho de Jovellanos), coronaba con una -mano á los tiernos atletas, que habian lidiado más diestramente n en el certamen de aplicación y de ingenio, y con otra les señalaba "!¡i senda por donde debian caminar á la perfección a .» Mas no la justicia solamente, en su ordinaria representación, rnniplia entonces su augusto ministerio, no; el Soberano mismo, con el aparato más imponente de la majestad absoluta, venia (por prime- ra vez en los fastos de la Academia) ¡i poner el laurel sobre la frente ilel ingenio; y á su lado una Princesa 3 que los poetas todos babian cantado, que los artistas en vano habían querido retratar, que lia- bia abierto las puertas de la patria á cien proscritos y los templos de la ciencia á millares de alumnos, galardonaba á los vencedores en las artes con la prez que estimula más á la juventud, que no el lauro y los tesoros, con la hechicera sonrisa de la belleza. Y como si tantas circunstancias no bastaran á suspender la mente embobecida de unos, y á exaltar la fogosa imaginación de otros, dos ' Junta pública de 27 de Marzo de 1832. a Elogio de las Bellas Artes. s La Keina Doña María Cristina do Borbon. 130 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. fuerza*:, por decirlo así, sobrehumanas, levantaban los ánimos y aceleraban el impulso de los corazones: la muerte con pavorosos presagios; la esperanza con dulcísimos ensueños. Y así era la verdad, Señores; que aquel Monarca, i'illinio que en- Irc nosotros lia ejercido el poder absoluto de los Carlos y Felipes, llevaba ya en la frenle el sello del emplazamiento eterno; y á nadie se ocultaba que su hinchada y trémula mano sostenía por última vez la balanza de la justicia, y que sus sienes calenturientas hubie- ran marchitado las coronas que á los imberbes y animosos alumnos repartía. Y por un contraste singular, el apacible semblante de su bella compañera; las nuevas cucardas Iricolores de la revolucionada Francia y de la naciente Bélgica, que cual capullos aquí y allí bri- llaban; el fogoso entusiasmo de la apiñada juventud, que penetraba atropelladamente por entre los dorados escaños de los magnates, pa- rece como que daban á todos en rostro con aquel aroma de tierra mojada, que orea los campos, con aquella frescura balsámica, que traen consigo las auras, inmediatamente antes que descarguen las tormentosas lluvias de la primavera. Ni faltaba allí la armonía de cantores sublimes: (¡tic los poetas, esos ruiseñores de la inteligencia, qué cantan siempre en el crepúsculo de la civilización de los pueblos; que presagian, como las aves del cielo, si bien por superior y casi divino instinto, la aurora de la cien- cia y la explosión de las tempestades; los vates, digo, llenaban estas bóvedas de sus mágicos concentos, y preocupaban con sus vaticinios los corazones. Uno de ellos, liberal, descendiente de los insignes Condestables de Castilla, y Duque y Embajador á su vez, se atrevía a ¡ijMtsImíar asi al dueño absoluto de vidas y haciendas: Cuando los senos de la tumba oscuros, Beyes, que humilde el universo honora, Para siempre habitéis en leve polvo, Si'ilo las obi'as del ingenio os podrán inmortalizar; Porque fecundo El genio de las artes bienhechoras Es de ]< famn VOK, lengua del mundo. ! ' DISCURSO DEL EXCMO. SEÑOR MARQUÉS DE M0L1NS. 121 Olro poeta, hijo de la clase media, aunque cortesano encanecido en los palacios, volvía sus ojos, ya casi privados de la luz, hada los nuevos laureados; y con voz cascada y débil, como la del mismo Soberano, les decía que aquel que No siente en sí la inspiración secreta, Ni será artista, ni nació poeta. Dejadme, Señores, que admire aquí un momento las vicisitudes y mudanzas de los tiempos, los inescrutables decretos de la Provi- dencia, las pasmosas peripecias de la historia. Al frente de aquellos alumnos, premiados por Fernando VII, estaban Colomér, Ponciano y Rivera: es decir, el arquitecto, el escultor y el pintor, que habían de levantar y adornar el Congreso de los Representantes del pueblo sobre unas ruinas, carbonizadas todavía entonces desde la invasión de los cien mil lujos de San Luis f . Aquella Princesa, cuya sonrisa hacia brotar como flores las esperanzas de los repúblicos y el entu- siasmo de los artistas, boy paladea el amargo finio del desengaño un la ciudad santa, en donde las ruinas son eternas y las esperanzas infalibles: y el joven que por primera vez en su vida alzaba en pn- bliro la voz, y mandaba á estos inmortales lienzos torrentes de aje- na armonía 2 , es el mismo que, cascado ya por los sucesos, más aún que por los años, toma hoy vuestro nombre, y pretende en pro- pia y desaliñada prosa dar la bienvenida al distinguido compañero á quien llamáis entre vosotros. Este, sin embargo, en la época a que me refiero, no pertenecía á la rcpúlilira di' las arles; más aun, ni siquiera ni la vasta y IUIHÍIIO- 1 El actual edificio del Congreso está levantado donde antes el con- vento del Espíritu Santo, cuya iglesia fue incendiada en 1833, en ocasión que el Duque de Angulema, general en jefe del ejército invasor, oia misa en ella. 2 En la sesión pública de 1832, á que nos referimos, no pudo el exce- lentísimo Sr. Duque de Fiias leer la oda que había compuesto, y lo hizo en su ausencia el autor tle este escrito, s.-i extensión de estas, ni siquiera en la jurisdicción académica esta- ba deslindada la parle del paisaje, que ha dado á I). Nicolás Gato de Lema caria de ciudadanía y título digno y asiento envidiable á vues- tro lado. Con todo, ya en aquella circunstancia uno de los preclaros poetas que he citado, el Duque de Frías, había hecho del paisaje en- comio sublime, diciendo que veía en la campiña de Brcda Al golpe diestro de pincel valiente,. Entre humo denso y nebuloso cielo, Cimas alzadas del lejano monto Cerrando el horizonte; V fl otro poda, Arriaza, añade que El mismo sol se asombra De no poder dar luz al campo oscuro Que condenó el pincel i eterna sombra. l'ero no mielan temos el orden de las ideas, y sigamos nif'is bien al nuevo Académico en el erudito razonamiento con que acaba de pro- bar cuan digno es del puesto á que le llamaron vuestros sufragios. Al hacerlo, no me propongo contradecirle ó enmendarle: esto no lo pudiera intentar mi afecto, ni realizar aquello mi insuficiencia; sino que más bien me alejaré primero de su argumento hasta co- locarme en el punto de vista filosófico, y dirigiré luego á una sola parle de su vasto diseño, la historia del paisaje en España, mi aten- ción y la vuestra; bien así como el que después de admirar el con- junto de un cuadro maestro, se retira algunos pasos, ahueca la ma- no, recoge con ella los rayos de luz, y observa más particular y cui- dadosamente un lado solo del extenso lienzo. Permitidme, Señores, por tanto, que ni vuelva la visla á las eilíiiles índica y egipcia, en que el arte no se despojó del carácter simbólico, ni me detenga en las épocas griega y romana, en que el estudio de la humana belleza en su parle material parece como que lodmniun v absorto;i loil». DISCURSO BEL EXCMO. SEÑOR MAHOUÉS DE MOLINS. 123 Yo me complazco, lo confieso , en ver que, nsi como r) orbe ile las criaturas nace allá antes del origen de los tiempos, al solo fíat fie su Criador, así las artes españolas nacen á la parle de acá de la Cruz, a la voz sublime del Evangelio. Verdad es que la naturaleza apareció en la era paradisíaca completa y perfecta, y que el arte nació en esta otra era de gracia, rudo y deforme: es que lo uno era la obra del Criador, y lo otro de la criatura: que es cosa fácil y be- lla crecer y perfeccionarse bajo el imperio de la inocencia y del po- der; y por el contrario, empresa difícil y trabajosa desarrollarse y corregirse desde el estado de abatimiento y de miseria. Fue lo pri- mero obra de omnipotencia, y lo segundo de reparación: á lo uno bastaba la bondad Divina en su inmensidad; para lo otro Iiabia de concurrir el albedno humano, libre si, pero falible, imperfecto y caduco. En efecto, Señores, vosotros lo sabéis, bajo el primer informe odifido de Espafia, donde se alzó una plegaria acepta al Pios huma- nado , nacieron juntas las arles todas españolas, la de gobierno y la de legislación, la poesía y la música, la pintura y la escultura, la elocuencia y hasta la dramática. jOh noble, olí grande arquitectura, que en la era de gracia, en la edad moderna, hiciste con tus bóve- das oficio de firmamento, para que bajo ellas naciesen ¡i la voz de la raridad y de la fé tantas maravillas, y para que se repitiese en el mundo intelectual el portento de la creación ! A medida que esta arte matriz fue creciendo; al paso que fueron elevándose lenta y majestuosamente bacía el cielo sus pilares, como las palmas del desierto, fueron también las otras arles robustecién- dose ¡í su sombra. Hízose el imperio más justo, la legislación más razonable, la poesía más sublime, la música más rica: adquirió fuer- za la elocuencia, influjo el drama; y (despidiéndonos de aquí adelan- te de estos ramos del saber humano), ¿cómo no ver que, al crecer nuestras basílicas de los siglos XIII, XIV y XV, la escultura da esbel- len á sus formas y grandiosidad á sus ropajes, la pintura agracia las proporciones del cuerpo humano, y alcanza más armonía en sus gru- pos, mayor verdad en sus tintas, más senliniienio en sus asuntos? 124 IlEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. Al propio tiempo los otros ramos del dilmjo genuino han (si os licito decirlo así} en todas sus distintas aplicaciones: el histórico en los retablos; el que se llama de género ó de costumbres, y aun de ca- ricaturas , en las iniciales, orlas y adornos de los libros de coro; el mismo de paisaje en los códices y dovocionarios, los cuales con su exagerada nimiedad, como dice el nuevo Académico, mostraban que no era antipática á la civilización cristiana la representación de la na- turaleza. Sin embargo, las arles todas no habían dejado aún el amo- roso regazo de la Iglesia, y en ella estaba la verdadera pintura (si prescindimos de la labor de los iluminadores) limitada a reproducir la figura humana sin términos, sin campo y sin ambiente. liien así como la humanidad misma antes del acto del Génesis existía solo en la monte de Dios: inmortal sí, en su espíritu, porque Ijabia de ser emanación de la Divinidad misma; bella cu su materia, porque liabia con la plenitud de los tiempos de dar templo y vesti- dura al Verbo encarnado; pero aislada, sola y envuelta por do quie- ra en la esencia de Dios; del mismo modo la figura humana, en los frescos y en los encaustos antiguos, aparece bella si se quiere, y nuil expresiva, pero rodeada sólo del oro de los retablos 6 del azul estrellado de las bóvedas. De pronto suena por do quiera la voz de Dios, como si pronuncia- se * I i ros tk hi envidia, 132 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. la variedad de los estudios, los tesoros de la naturaleza; lierno co- mo Corrcggio, áspero como Cnravaggio, anatómico como Miguel Ángel, idealista como Rafael, naturalista como llúfrens. Llegaos, si no, al Museo; contemplad el Sueño de Jacob (mim. 082): yo, que en este momento soy paisajista, no me arrobaré en la angélica inmen- sa escala que desde la tierra penetra en los cielos; yo aguardaré que se calme la respiración anhelosa del cansado patriarca; que se disi- pe su místico ensueño; que continúe su peregrinación hacia la tier- ra de Harán: y aun después de todo esto, quedará ante mi vista el gigantesco tronco que le resguárdalo, la memorable y consagrada piedra en que ha reclinado su cabeza, el lugar terrible, el pavoroso Belhel, en que habia oido la voz de Dios; y la atmósfera ardiente que solo la Biblia ha sabido describir, y que nadie mejor que Rive- ra lia logrado retratar '. El nombre de Velazquez se ha escapado, Señores, de mis labios, al seguir la marcha triunfal de nuestra pintura; y acontece con este gran rey del arte lo que con los monarcas vencedores: que cuando se presentan en sus triunfos, los ojos de todos se clavan en ellos, se van tras su persona, sin que cosa alguna magnífica ó grandiosa sea bastante a distraer nuestra vista. Rey en verdad es Velazqnez; y ved aqui la clarísima dinastía de que procede. Ticiano, su fundador, que rige con el pincel, a la vez que su amigo Carlos V con el cetro, el imperio mas vasto que ha conocido la humanidad; Felipe II, bijo de éste, que alcanza en su largo reinado A los dos discípulos del Vecelio; Navarrele, mudo co- mo la prudencia del Rey; y el Greco, que iluso descoyunta las per- sonas y adultera los cielos, como al decir de algunos lo hizo la In- quisición y el fanatismo del huésped del Escorial. Sigúese Tristan, discípulo del Greco, honrado y piadoso como Felipe III, el Devoto, y no más feliz en la permanencia de sus obras; y Velazquez, en fin, con más motivo que su amo y padrino Felipe IV, apellidado el Grande, el Invencible, el Triunfador. 1 Gdnesls, cap. 28, ver. 11 y siguientes, DISCURSO DEL KXCMO. SESOR MARQUÉS DR MOLINS. 133 Como tal vive: ¡con cuan generosa largueza da la inmortalidad á sus amigos (núms. 1091 y 1085); á sus favoritos (núms. 1092 y 1093), hasta á los bufones y enanos (núms. 1094 y 1095)! ¡Cómo departe ami- gablemente con magnates y príncipes (núms. 1062y 1069)1 ¡Cómo co- noce los cortesanos (núm. 1090), y á veces sorprende por humorada ó por curiosidad los talleres délas hilanderas {núm. 1061), y aun las burlescas ceremonias de los licodes (núm. 1058)1 ¡Cuan grande y magnánimo preside en los campos de batalla (núm. 1060)! ¡Cuan pia- doso se postra ante el Dios crucificado (núm. 1055)! ¡Cómo á las veces se encierra en la contemplación ascética, recorriendo las ruinas del foro romano (núm. 1108), d visitando á los anacoretas del yermo en sus grutas de la Tebaida (núm. 1057)1 ¡Cómo distrae sus ocios en los ojeos y bosques del Pardo, apasionado, á fuer de caballero, de la hermosura y brio de los corceles! y ¡cómo, en fin, sin que criatura humana le acompañe ' descansa y se embebece al ruido de los sal- tadores de Aranjuez (núm. 1109), ó en la umbría de los impenetrables montes toledanos (núm. 1114)1 Bástale á la oírte de España esta gloria, como á Velaiiqiicíí le bas- taría la de paisajista para reinar entre los pintores; porque nadie me- jor que él ha conocido )a magia del aire interpuesto, la valentía del toque, la degradación de la luz , el encanto del color, la trasparen- cia de las sombras, todos los secretos, en lin, que forman ul imperio de la pintura. Yo de mi se decir, que visitando en ltoma el palacio Doria , en compañía de sapientísimos profesores, vi un cuadro de nuestro pai- sano al lado del célebre molino de Claudio; y ni yo ni mis compañe- ros, aunque extranjeros, pudimos menos de clavar los ojos en la poni- 1 liemos citado todos los cuadros por el numero que tienen en el Ca- tálogo del lieal Museo; pero merecen especial mención, porque son de puro paisaje y modelos en este género, el 1057, que representa á San Pablo y San Antonio recibiendo el pan que les trae á su soledad un cuer- vo; el 1109, que retrata la última fuente del jardín dclfllsla de Aranjuez, trasladada hoy al Campo del Moro; los 1100 y 1107 y el 1113, que con KU compañero 1112 son meros estudios de país. 131 RPAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. pa del relrnto español ', como al principio os dije que- acontecía en los triunfos de los vencedores, sin que uos distrajera del urrobamieii- lo, ni el placido ambiente, ni el fragor de la cascada que el célebre Apeles de Lorena encerró en su lienzo. No será , pues, muebo que vosotros también paséis sin notar el profético campo de Corlantes (núm. 705), las batallas de Leonardo (núme. 767 y 768), Caxés {núm. G97), y Miranda, los admirables lien- zos de Canluclio 3 , los imponentes montos del Escorial (núm. 793), y los robustos puentes de Zaragoza (núm. 788), encerrados en breve es- pacio por el paisajista Mazo, yerno del mismo Vclazquez; y mil cua- dros, en fin, con los cuales puede la escuela castellana aspirar al dictado de paisista; bien que no diese á la anatomía vegetal y ;i la arquitectura de los jardines la importancia que Agrícola, líolli y Momper s . ¿Consiste esto acaso en que los alemanes, holandeses y flamen- cos habían con la protesta derribado á la vez la fe en sus corazones y el adorno en sus aliares? ¿Consiste en que, oprimidos pornueslros tercios, no sentían (cosa natural) el entusiasmo de Ureda;en que mal- tratados por sus gobernadores y capitanes, querían mas pintar la naturaleza inanimada y las escenas de paz, que no retratar el sañu- do rostro y los sangrientos triunfos de sus opresores? A los políticos la respuesta. Aun mayor culto que en Castilla y Valencia se daba al ¡irte en las Andalucías: no parece sino que Dios había querido justificar el dictado de Jacob de la pintura, dado a Luis de Vargas, y que su se- milla, bendita por la fe, se había dilatado, como el polvo de la tier- r a , de Oriente a Occidente y del Mediodía á Septentrión, y que sus descendientes se habían multiplicado como las estrellas del firma- mento. 1 líetrato del papa Inocencio X^amphili. 2 La vida de San Bruno en más de cincuenta cuadros, existentes en el Ministerio de Fomento. n Luia AgTÍcoln, paisajista , nació en líatisbona en 1GG7. — J. Both, nació en TJtrech en 1610.—Momper, nació en Ambires en 1580. DISCUTISO DEL EXCMO. SEÑOR MARQUÉS DE MOL1MS. 135 Asi (Tíi la verdad: la devoción inspiraba sus corazones; l,i ral ida luz del nativo suelo coloraba sus lienzos; la riqueza del sacerdocio y la piedad del pueblo recompensaban sus trabajos; la elaboración d« las sargas adiestraba su ejecución; las pacotillas de América, las ex- pediciones de Italia y Flandes facilitaban su despacho; y cada uno, en lin, de los Roelas, Pacheco, Herrera el viejo y el mozo, Llano Valdi's", Castillo, Valdés Leal, Caro, Anlolinez y otros mas, presidia romo un patriarca antiguo á una numerosa trilm de aficionados y alumnos. Subiendo las corrientes, primero del Bélis, y del (¡etiil después, extienden aquella raza de artistas en Córdoba y Granada dos hom- bres extraordinarios, aunque distantes entre si mas de medio siglo. Ambos profesaban á la vez la pintura, la escultura y la arquitectura; hábil el uno además en la lira, el otro en la espada; ambos eclesiásti- cos , y racioneros de sus catedrales. De diverso carácter en verdad, pero de igual afición á los viajes, el cordobés hallaba en ellos nuevos amigos y discípulos; el granadino, nuevos adversarios y espadachi- nes: siempre volvía el primero con primorosos códices y antigüe- dades; el segundo con mal curadas cicatrices d incoados procesos; pero ambos con laureles artísticos: aquel lomaba á su iglesia con aumentado fervor; este, tí se refugiaba en ella de la justicia, ú in- quietaba á su cabildo con expedientes y litigios. Uno y otro bebie- ron en Sevilla los primeros sorbos del buen gusto. En el respeto á las grandes máximas del antiguo, muy parecidos; y en la influencia ron sus sucesores, no desemejantes. Ni se alcanzaron en vida, ni se diferenciaron en influencia. Fueron estos, ya lo adivináis, Pablo de Céspedes y Alonso Cano '. Los numerosos discípulos de ambas escuelas, así como los de Sevilla, forzados á dar ni fondo de sus retratos y cuadros mayor va- riedad, y encargados por las opulentas comunidades y los aristocrá- ticos cabildos de perpetuar las vidas de los héroes cristianos en srn- das coleccionas con fjne se adornaban las iglesias y claustros, luvie- 1 Pablo de Céspedes murió en 1008; Alonso Cuno habia nacido i lííül. 136 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. ron por necesidad que dar más importancia al estudio (Ir, la natura- leza inanimada, y qiu: dedicarse ron mayor esmero á la copia del paisaje. Merece entre ellos mencionarse el insigne Zmbarán, que en las vidas de San Buenaventura, San Pedro Nolasco, San Enrique, San Luis Beltran, San Jerónimo y otros, y en los claustros de>las Mer- cedes Calzada y Descalza y de las Cartujas de Jerez y Sevilla hizo pruebas de paisajista, por lo menos lan aventajadas como las de muchos extranjeros de aquel siglo, y preparó la aparición del ángel de la pintura española, Murillo. Ángel, sí; ¿quién mejor que él lia elevado liasla el cielo los sus- piros, los colores, el aire, los accidentes de la tierra en que vivimos? ¿Quién mejor que él, celeste mensajero, ha traído al mundo el ful- gor increado, la armonía angélica, la visión beatífica de las mansio- nes inmortales? ¿Quién mejor que él ha podido dar consuelo y espe- ranza al afligido y al doliente, y serena fortaleza y ardiente caridad al mártir y al compasivo? El redujo a visual impresión las inefables gracias de aquella predestinada Virgen, que el Evangelista de Pal- mos había visto diez y seis siglos antes vestida del sol y coronada de estrellas. El gozó solo de antemano el placer espiritual intenso y fervoroso que dos siglos después sintió la cristiandad toda con el dogma definido por el oráculo del Vaticano. Mucho me duele en verdad que, por una parle el lemor de cau- saros demasiado, y por olra los limites de antemano prestados a mis observaciones, me fuercen á considerar solo á Murillo coni paisajista; pero en cambio me eon^ueli U labti que f talmente L explica lo que á primera vista SL desculuc Vosotros conocéis todos, y nuestro nuevo Académico lia estu- diado como se merecen, muchos lienzos con que Murillo ha enrique- cido el ltégio Museo (núms. 898 y 899), y en los cuales no hay otra co- sa que peñascosos yermos y trasparentes lagos, y aire, ese aire, que nadie como el pintor de Sevilla ha sabido fijar en el lienzo. Vosotros halléis paseado sin duda por la espaciosa delipsn en que el Hijo Pró- digo, junto á su inmundo rclüiño, sintió los últimos remordiniien- DISCURSO DEL EXCMO- SEfiOK «ARQUES DE MOI.1NS. 137 los de su conciencia '. Vosotros, en fin, con solo abrir esa mampara, veréis desarrollarse las apacibles colinas de Roma, y por 1111 dolile milagro de la Omnipotencia y HOLINS. 14l anlurior y ni otro precedente, ya en el servicio del Iley (que así en- tonces se personificaba la patria), ya en provecho y aumento de la ]ini|)¡a hacienda; pero aquel servicio se cumplía sin temor de innii- iivuirs cesantías, y este provecho se lograba sin afán de medros re- pentinos. Alto aún el sol, congregaba ¡i su í'itinilia á la mesa frugal y no más que aseada, bendita al principio con la invocación de Dios, y santificada al iin con la memoria de aquellos que la muerte liabia arrebatado. No se extendía luego el pasco , en charolado coclus ultra- marino , más allá de las alamedas del pueblo nativo , ó del claustro del vecino convento, rico en pinturas edificantes; y al caer de la tar- de se repelían piadosas oraciones ante una Virgen, quizá de Juanes, en medio de fieles domésticos, criados en verdad, porque en la casa habían nacido, y medrado en ella como hijos de ganancia. Al amor del gigantesco hogar, la historia de los héroes del cris- tianismo servia de lectura, y de conversación el recuerdo de las cam- pañas de Flándes y de Italia, ó el de las navegaciones á las Indias. Tal vez, departiendo con su esposa, extendía su ambición á agregar un recuerdo de aquellos hechos, ya en cuadros, ya en tapices, á la anti- gua vinculación de su casa: tal vez el amor paternal inspiraba á ambos el deseo de fundar nuevo mayorazgo para su hijo menor, ó de instituir una pia memoria que diese á la vez caudal á sus descendientes, sa- tisfacción á su piedad, y altar y culto á la imagen de su devoción, Cuando en fin se retiraban los dos consortes al casi o lecho en que sus padres habían dormido el último sueño, y en que ellos contaban bendecir a sus hijos, ¡ cuan grato les era terminar el día como lo lia- bian comenzado, saludar el austero continente con que Rivera pin- Inba el santo patrono, y dormirse bajo el estrellado manto, prestado por Murillo y la Virgen Inmaculada! Hoy ¡qué diferencial Apenas abrimos los ojos, el periódico de nuestro partido nos trae la ración de odio bastante para todo el dia. I-legamos de prisa á la oficina como empleados ó como pretendientes; t'i la líolsa como verdugos ó como víctimas; al Parlamento como ac- tores ó como público y lnl jupii ni dia pasado ya. M2 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. Sin luz del sol nos sentamos á la mesa, quizá lujosamente deco- rada, pero desprovista de paz y escasa de alegría; comemos manjares extraños entre huéspedes extraños también, y nos levantamos de ella sin volver los ojos a la mano invisible que multiplica las niieses y Iiace germinar los racimos. Como nuestra morada es estrecha, y nuestra familia escasa jinr.i nuestro recreo, en los cafés, en los teatros, en los casinos buscamos anchura, muchedumbre y bullicio. Y ya á deshora de la noche vol- vemos á nuestra, casa, ahumados los vestidos, afilado el corazón, vacio el entendimiento. No entendemos lo que quiere decir, casa solar, hogar paterno, ni hahitacion de verano, porque cada seis meses mudamos de vivienda, y cada año pasamos los Pirineos, los Alpes, el Atlántico quizá, sin más objeto que eí andar, y lo volvemos á pasar sin más provecho que el vcuir. Nuestros mayores buscaban devoción y amistad, y se inscribían en las hermandades como la de Caridad, de Sevilla, ó de Cañizares, de Madrid; nosotros, no sé lo que buscamos; pero nos asociamos en los clubs y en las compañías anónimas. Su hacienda consistía en ca- sas espaciosas y extensas heredades; su ciencia la encerraban nume- rosos volúmenes; sus artes brillaban en suntuosos edificios, claustros y galerías. Hoy lo queremos llevar todo en el bolsillo; nuestro teso- ro en cartera, nuestra ciencia en manual, nuestras artes c« álbum. Ved aquí, Señores, la causa de las colecciones antiguas y de las acuarelas modernas. ¿Quién encargará las pinturas de un claustro por devoción? Gracias si se procura un retrato al óleo por vanidad. Itreda como Bailen, Lepanto como Trafalgar, nonos interesan. Lo que hicieron nuestros padres siglos atrás, ó lo ignoramos ó lo tene- mos en poco; más nos agrada el sitio donde estuvimos el verano pa- sado, ó la pradera en donde tendremos en primavera una partida electoral: y aun semejante cuadro lo queremos exiguo, porque ni poseemos casa donde acomodarlo, ni contamos con habitar mañana en la morada donde hoy vivimos, ni es probable que se trasmitan á niiuslros hijos nuestra afición y mientra hacienda. DISCUHSO DEL EXCMO. SEÑOR MARQUÉS DE MOLINS. M3 Si es esto un bien ó un mal, ni á mí toca examinarlo, ni fuera ésta ocasión oportuna; es, sí, un hecho: y partiendo de el, es obra digna, y meritoria además, valerse de lo que exige la moda hoy, para enseñar lo que será admirable y sublime siempre, l'or tanto, nues- tro nuevo Académico lia merecido bien de la patria y del arte, retra- tando en sus lienzos el espectáculo de la naturaleza, copiando sus encantos, y hasta inspirando morales sentimientos á los espectado- res, ora con la vista de las elocuentes ruinas de San Juan de los He- yes ', ora con la mascarilla (me atrevo á llamarla así) del palacio de Valsain: Valsain, Señores, ayer cuna de la bella y poderosa Isabel, hija de Felipe II, protectora de las arles, soberana de los Países-Ba- jos, que no ha podido, sin embargo, librar el lecho en que nació, de ser morada de pobres serradores. Valsain, ora lo presente nuestro artista cubierto do aterida nieve, ora sirviendo de dehesa á codicio- sas piaras 2 , mejor que si lo matizase con Mioja de amarillo ja- ¡Oh fíbula del tiempo! representa Cuánta fue su grandeza y es su estrago. Nuestra Academia cumple además un ¡jralo deber recompensan- do el mérito verdadero y señalando un camino nuevo al estudio y á la gloria de nuestra patria. Porque, en verdad, ninguna nación pue- de amalgamar en más variados cuadros los pasmosos espectáculos de la naturaleza y los altos recuerdos de la historia. Nuestros artistas, copiando las fragosidades inaccesibles y los impenetrables bosques de Liébana, reproducirán la selvática feraci- dad de la virgen América. En medio de la fabril Cataluña podrán ba- ilar mejor que en Asia las rocas de Monserrat, cuyos haces de hen- didas pirámides atestiguan, como la brecha de Alepo, las pavorosas revoluciones del orbe. Y luego los extensos páramos de Aragón y Castilla les descubrirán la inmensidad imponente y los homonles ' Kstá en París. 2 Estos dos cuadros los poseía tí ]a sazón S. M. el Iíey D. Francisco. 144 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. sin limite de los desiertos de África. Y más allá, en lns risueñas co- marcas de Guipúzcoa, en las apacibles rias de Galicia, no tendrán envidia á las lagunas de Holanda, ni á los célebres valles de Suiza. Pero en medio de esta variedad, Señores, ¡qué simpáticos, qué gloriosos recuerdos despierta cada lugar! Si á los paisistas place lo enriscado de las cumbres, las nieves casi eternas, los quebrados y estrechos precipicios, en los desfiladeros del Pirineo hallarán á HON- CESVALLES. Si vuelven el paso hacía Occidente y siguen el curso del fragoroso Deva, por los agrios derrumbaderos de Asturias, pronto llegarán á la sombría y veneranda gruta de COVADOHCA. Si, por el contrario, les agradan más las rojizas tintas del Mediodía, las exten- sas llanuras en que la mies ondula al soplo del ábrego como las olas del mar, yo los llevaré á donde puedan satisfacer y pintar á lo lejos la tortuosa corriente del Genil, y el rol" inienlrdelMenjivar, y las azu- les cumbres de las Navas, y los jiblrmlns oliiiiivs do HAILKN. Suyo será también, entre el verde vivísima de. los luisones de naranjos ta- chonados de azahar y pomas de oro, piular la linda barraca donde hila el gusano de seda su capullo, y al par do ella las destrozadas ruinas de Sagimlo, o los moriscos alminares de la Alhambra. I'ero no solo á la imitación de la varia naturaleza ó al recuerdo do la historia local se limitará el paisajista español, sino que á. su influjo se despertarán entusiastas y religiosos afectos. ¿Quién mi- rará alzarse entre el Océano y el Mediterráneo ese inmenso peñón deseiigmxado (como dice nuestro dignísimo Presidente)' desmtjonzado de la tierra (irme, y que estéril y adusto aún muestra acaso aspecto ater- rador, sin exclamar airado ron el amigo de Lord Hollaud, el laurea- do y liberal Quintana: Esos son, Esos loa quo ¡í perpetua tiranía Condenaron el mar, loa que hermanaron Del poder la insolencia y la aoberbia Con la rapacidad y alevosía. DISCURSO DEL EXCMO. SEÑOR MARQUÉS DE MOLINS. M5 ¿Homo podrá el soldado español ver las almenas de Tarifa salpi- cadas por la sangre de Guzman, ó las nefandas riberas dd Guadalctc sin que (como dccia aquí mismo el ilustre Nicasio): En santo fuego y cólera encendido Llene de horror las playas agarenas, Y en su tumba Tarif lance un gemido Que baga temblar las líbicas arenas? Yo propio (si de quien tan poco vale puede hablarse), yo propio cuando en las silenciosas tardes del verano, en el golfo de la antigua Lucenlum, á la vista del castillo que dominó Teodomiro, veo las ali- neadas palmeras de mi carmen agitar misteriosamente las cimbrias ojivales que forman sus cruzadas frondes; cuando las siento como mecerse voluptuosamente al soplo de las auras estivas; yo mismo, repilo, traigo á la memoria los glorias romanas, godas, árabes y ca- tólicas de mi patria; me humillo ante el Autor sublime de la natu- raleza, y bendigo su omnipotente diestra, que impele en encontra- dos rumbos las corrientes del mar, como guia por distinlas civiliza- ciones el progreso del hombre: y alabo en silencio al Artífice Eterno que presta vario matiz a los campos, diverso aroma á las flores, y multiplicado fruto á las plantas, y de cuya mente sola emanan asi- mismo las distintas inspiraciones del ingenio y las multiformes creaciones del arte. Entonces, arrobado y estático, siento no tener ;i mi lado, como aquí, al ilustre Académico, para decirle, imitando á Chateaubriand: 1'inta la tierra, y retratarás el cielo.