DISCURSO DE D. TEODORO PONTE DE LA HOZ Y RODRÍGUEZ, LEÍDO EN JUNTA PUBLICA DE 8 DE DICIEMBRE DE i8H>. INFLUENCIA DE LAS NOBLES AETES EN LA SOCIEDAD, Y PKOT1ÍCCIOK QUE DEBEX rilESTAHLES LOS GOBIERNOS. SESORES: Al llegar á este santuario de las Nobles Arles quisiera ser muy elocuente, y apenas acierto á proferir una palabra. ¿Cuan- tío distinción mas alta y apetecida pudo lisonjear y enorgullecer un merecimiento mas humilde? ¿Ni cómo acertara el labio á decir lo que experimenta el corazón en este solemne instante? Nunca fue pró- diga de frases la gratitud; y la que abriga mi alma, á fuer de verda- dera y profunda, más se siente que se expresa. Otra circunstancia además pone colmo a la satisfacción de mi pecho. A vuestra natural benignidad, solo á vuestro deseo de favorecerme y honrarme debo la señalada merced de verme ahora en este sitio. Jamás la pérfida con- sejera que lleva nombre de vanidad mi; habría infundido atrevimien- to para llamar descaradamente a las puertas déla Academia, aun siendo tanta la honra que recibe aquel á quien acogéis en vuestro seno. Conozco lo que esta vale y cuan ajeno soy yo de merecerla. I'ero llamado por vosotros a tomar parte en las útiles tareas que os ocupan, no ya por mi saber y talento sino como en gallarda recom- pensa de mi amor al arte y del celo con que lie procurado y procu- raré siempre contribuir á su engrandecimiento y esplendor, — n i puedo pagar con ingratitud el beneficio, ni debo desairar vuestra bon- dad rehusando una distinción que engrandece el espíritu y le dispo- ne para señaladas empresas. ¡Ojalá tuviese yo la dicha de ver aun 148 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. entre vosotros al insigne Director, al esclarecido Maestro i¡ue espon- táneamente despertó en raí la esperanza de conseguir nlgun dia tan envidiable honra, cuando yo ni me halna atrevido á soñarla siquie- ra 1 Él, que me hizo poner tan alta la mira, ¡ cuánto no gozara hoy viendo realizado lo que yo mismo estimaba ensueños y delirios de un corazón lleno de indulgencia y ternura! Permitidme recordar aquí el nombre ilustre de D. José de Madrazo, á quien tanto debie- ron en España las nobles artes desde los principios de su actual re- nacimiento, y deplorar una perdida que nunca será bastantemente llorada. Vuelvo á repetirlo: trémulo y ruboroso me presento ¡'i la Acade- mia, considerando cuan largamente recompensa la decidida afición con que dedico mis ocios así al ejercicio de la pintura como al estu- dio de los doctos escritores que han realzado sus anales, y sobre lo- do el vivo interés con que lie atendido (mientras ha estado en mi mano) á la prosperidad de los artistas: únicos timbres que poseo y que han podido moveros á otorgarme el lauro que se reserva á ma- yores merecimientos. Y como fuera en mí temerario arrojo tratar en la ocasión presente de punto que se refiera á la teoría ó á la his- toria del arte, cuando no ha mucho resonaban en este recinto voces tan elocuentes, discursos tan ricos en erudición y doctrina como los pronunciados en la recepción publica del insigne historiador de los judíos españoles, y en las de los inspirados artistas que después han venido á sentarse entre vosotros,—me limitaré (cumpliendo con el deber que me imponen los Estatutos) á decir breves palabras en ma- teria de interés general, más al alcance de mis fuerzas, y en que he tenido ocasión de comprobar con el crisol de la experiencia la verdad y exactitud de la proposición sobre que intento discurrir. Voy á tra- tar, pues, del influjo que en la sociedad ejercen las nobles artes, y sobre la protección que merecen de parte de los Gobiernos. No de propia autoridad, sino con las palabras de excelentes maestros diré que el arte (concretándonos solo á la apariencia sensi- ble, y dejando por de pronto ii un lado sus altos y trascendentales fines), el arte digo, es el acto por el cual i'l hombre con ayuda de la DISCURSO DE DON TEODOHO PONTE DE t A HOZ V RODRÍGUEZ. 149 materia, ó sea de lo visible, ya imita ya expresa lo material y junta- mente lo invisible, y crea copiando; es la expresión más completa y general de la actividad humana, llamada en parle á realizar la cono- cida máxima de Terencio: «Hombre soy, nada tic lo que importa al hombre puede serme indiferente.» Si para acreditar la importancia ó, mejor dicho, la necesidad que tienen los pueblos de rendir tributo constante á la belleza artística, creándola y cultivándola bajo lodos sus diferentes aspectos, no hu- biese otro dato que el de ver marchar incesantemente unidos el arte y la civilización, fácil seria demostrar que en todas partes, y desde los más remotos siglos, se eslima propensión innata del hombre la de ansiar por lo bello, y consagrar muchas veces á su manifestación todas ó la mayor parte de las fuerzas del espíritu. Al terminar el siglo xv aparece á deshora un nuevo mundo igno- rado ú olvidado enteramente del antiguo, cuando poco antes volvían á ser conocidas las Indias orientales, cuya memoria estaba casi bor- rada de entre las gentes. A la vieja Europa, ya decrépita y cansada, se muestra de improviso la virgen América: cuadro maravilloso de una sociedad primitiva, ejemplo vivo de lo que es el hombre aban- donado ¡i sus propias fuerzas, y que lia perdido lastimosamente el fuego sagrado de la civilización. Este fuego no es otro, Señores, si no la palabra de Dios trasmitida de unas en otras por las generaciones privilegiadas que se suceden desde la confusión de las lenguas hasta nuestros dias. Allí desplega su mayor vigor y lozanía la naturaleza en impenetrables bosques que cubren los más vastos lerritorios; allí nulas trilms de hombres errantes por las selvas al par de los fieros ¡iniitiiili's; allí vislumbres de cultura en pueblos y ciudades, en leyes y costumbres, que no han salido aún de la infancia de la sociedad; allí algunas ligeras ráfagas de aspiración artística, en edificios, pirá- mides y templos; más en ninguna parte el menor destello de artísti- ca belleza.—Tornemos la vista ahora hacia donde nace el sol, y ve- remos en las regiones indicas y en el Catay como se petrifican (digá- moslo así) las arles, cuando la general ilustración se estanca, cuando los pueblos se aislan y se niegan al comercio intelectual con las de- 150 BF.AI. ACADEMIA DE SAN FERNANDO. niiis naciones. Ai[iií progresará la industria en cuanto liaste á satis- facer las mus apremiantes necesidades de la vida; aquí la aplicación y la paciencia emularan el sulil tejido de la araña, el simétrico pa- nal de la abeja. Pero el espíritu se arrastrará siempre sobre la su- perficie de la tierra, sin fuerzas para remontarse á las regiones de viva lumbre que infunden en el alma el sagrado vigor de su primiti- vo origen. Providencial fue, Señores, el descubrimiento de América y la reaparición de las Indias orientales, en la plenitud de los siglos de la civilización europea, no solo para que el legislador, el historia- dor y el filósofo tuviesen una piedra de toque finísima donde quilalar la bondad de las cosas y de las instituciones, sino para comprohar que la falta de una perfecta cultura es incompatible con la existen- cia y prosperidad de las artes. En América no existen á causa de que alejada del antiguo mundo por las inmensas é intratables llanuras del Occeano, no pueden salvarle las delicadas auras de la civilización; y en la India se arrastran débiles y abatidas, como náufragos arroja- dos por la tempestad en solitaria playa. Son, pues, las artes producto del más activo comercio intelectual, bijas predilectas de la Iteligion, preciosa corona de flores que realza todas las acciones humanas, que engalana todas las necesidades de la vida. La gratitud hace de una piedra la primer ara en que se rinden holocaustos al Eterno; y las semi-salvajcs tribus ciclópicas y celtas no tienen otros templos que estos rudos altares en siglos de mayor civilidad. La necesidad labra una choza ó un candelecho para librarse de las fieras; y el amor á la belleza va dando á estos albergues bulto y proporciones, basta llegar á trasformarlos en un palacio. Válese de los fenómenos naturales, tales como una tabla que por la hume- dad se encorva, como una planta llena de flores que se alza sobre una sepultura, para hermosear aquella obra de su ingenio. La dis- cordia y el triunfo y el anhelo de trasmitir a otras generaciones la memoria de extraordinarios esfuerzos coronados por la fortuna, le- vantan un montón y obelisco, l.n ajrncullura abre DISCURSO DE DON TEODORO PONTE DE LA HOZ Y RODRÍGUEZ, 151 acequias y canales, y forma lagos para fertilizarlas tierras, impi- diendo que los ríos vayan á pngar al mar su común tributo; y al punto vienen las artes en el Egipto á embellecer estas obras en que testifica el Iiombre que cumple la sentencia á que le condenó el Om- nipotente, de conservar la vida á fuerza del trabajo de sus manos. La soberbia quiere buir de la tierra y escalar el ciclo, y levanta la primera torre á par de las nubes; de las torres lian hecho las artes la voz de la piedad, la lengua sonora de la lteligion. Impulsa la in- quietud humana al primer navegante á conliarse de un frágil leño, para cruzar como los peces el piélago embravecido; Icaro quiere emular á costa de su vida el vuelo de las aves, pero las ciencias y las artes convierten estos que parecen delirios, en medios maravillosos de unir y estrechar los más apartados continentes, esparciendo por el mundo la civilización y llevando á confines lejanos las produccio- nes y comodidades de las países más cultos. Toda necesidad, toda pasión decidida, satisfechas rústicamente, escitan después en el hombre el deseo de embellecerlas y deificarlas; los medios de conseguirlo, han sido reservados á las bellas artes. La Arquitectura atiende a la primera necesidad del hombre, pro- porcionándole albergue en que burlar las inclemencias de las esta- ciones y el furor de las fieras. La Escultura engalana aquellas nece- sidades, engendra el jeroglífico, á íin de que al desaparecer una gene- ración pueda trasmitir áolra los frutos de su experiencia y sabidu- ría. Simboliza la divinidad en la figura humana hecha á imagen y semejanza de sú criador; muestra á los futuros siglos las facciones de los reyes y capitanes que han dominado el mundo, ya conservando en los templos de la Nubia y en las llanuras del Egipto las estatuas de Sesóslris y de Menmon , ya en un pcdacillo de metal el rostro de Alejandro Magno y de César. La Pintura, hija del amor, presenta al corazón y á la fantasía eternamente verdes y floridos los valles, in- marchitables las rosas, las mismas siempre las facciones amadas; tiene los rayos del sol para presentar incesantemente animada la na- lurnleza, aprisionando los fugaces movimientos de las pasiones, sus- pendiendo la impetuosa velocidad de las horas. Ella cubrió los mu- 152 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. ros de los templos de firecia con la persuasiva imagen ilc las grandes hazañas del valor; ella los vestíbulos, en las casas de patricios roma- nos, con los severos rostros de sus mayores; ella los pórticos de Pompeyo y de Agripa, con la exacta representación de todas las tierras sujetas al poderío de Roma, mostrando discretamente los mares y las playas, las montañas y los rios, los lagos y las estepas, las torreadas ciudades, usos, trages y costumbres de Iodos los pue- blos di:l m-lie. Pero, Señores, estas tres artes que se apellidan nobles, porque compendian en si lo más bello y noble de todas las demás creadas por la necesidad y el ingenio del hombre, son_cl producto del más profundo estudio, de la más docta observación, de la combinación más sabia de objetos y elementos que esparcidos nos ofrece la natu- raleza. El hombre los combina, no los multiplica; infúndeles con el fuego de su inteligencia la animadora llama de Prometeo. Y si la naturaleza es el primer modelo, y los objetos artísticos el espejo en que se mira y se complace, cuanto más terso y excelente sea este cristal de perfección, tanto mayores encantos ofrecerán, tanto mejor llenarán los altos fines á (jue están destinadas aquellas hijas del cielo. Los pueblos que vivieron más en contacto con la naturaleza, cultivando á la vez todo género de buenos estudios, rendían feliz tributo á la belleza artíslica; y esta, ejerciendo en la sociedad efica- císimo influjo, los engrandeció y les ronqnisln la admiración y el respeto de cien y cien generaciones. firecia y Homa habitan tanto en la ciudad como en las selvas, tanto en el campo de batalla como en el pórtico, tanto en los confi- nes de la India como en los de la Lusitania; y recogen de Oriente y Occidente, de Norte y Mediodía fecunda semilla, en usos, leyes, cos- tumbres, en elementos artísticos. El ciudadano es guerrero á la vez, y político y filósofo; y vive convencido de que las bellas letras y ar- tes amansan la fiereza salvaje del hombre y le disponen para lo grande y hazañoso. Ved por qué. Señores Académicos, los sabios po- liticos de Atenas consagran los mayores esfuerzos á que el pueblo DISCURSO PE DO1V TE0H0RO PONTE DE LA ÍIOZ V BODRIGUEZ. 153 se familiarice con las obras más perfectas de la Pintura, Escultura y Arquitectura, de la Música y de la Poesía, creyendo que no hay obra excelente de ingenio ú artificio que no sea inspirada y engen- drada por (ti lúcido eoro de las musas, las cuales viven dulce y rego- cijadamente asidas de las manos. El niño que abre los ojos á la luz del dia en una dudad llena de edificios del más depurado gusto; que acostumbra su vista á no lijarse en cosa que no sea engrandecedora, insinuante y bella; y desde el regazo de la nodriza educa su oido, habituándolo á un ha- bla [tura, llena de sonoridad y de elegancia; que mancebo se fami- liariza en pórticos y plazas con la conversación bienhechora de ios sabios, y no oye en derredor sino bizarros proyectos y heroicas em- presas, ¿cómo no hallará dispuesto ya de antemano su espíritu para sobresalir en la carrera que abrace? ¿Quién no será un Alejandro, itu medio del estrepito de las armas; un Tirteo, al enardecer los ¡mi- nios para el combale; un Sófocles y un Eurípides, para subyugar <'ii el tealro el corazón de millares de almas; un letino, al trazar el santuario de los dioses; un Praxiteles y un Fidias, al desbastar el duro mármol que luego se ha de mostrar lleno de vida y hermosu- ra; un Apeles, al crear otra segunda y tan bella naturaleza; y un Sócrates, al entrever uu rayo de la luz del Dios verdadero en medio •te las tinieblas del paganismo? Pues no hay que ponerlo en duda: Grecia fue la madre de los más grandes ingenios y respetada y admirada en todos los siglos, por el benéfico influjo que en aquella sociedad ejercieron incesante- mente las bellas artes, y por la discreta y constante protección que merecieron ¡I los gobiernos en los tiempos antiguos. El principe que más las protegió dio su nombre á su siglo, como le han (lado des- pués cuantos príncipes han puesto en su punto este portentoso re- w»rle de la actividad humana, este móvil incomparable de las más hidalgas empresas. Siglo de Perícles es aquel en que llegó la Grecia á su inaynr esplendor; siglo de Augusto aquel en que liorna hace suyos los laureles de Grecia; siglo de Cario Magno aquel en que se logra despuntar la barbarie y la gólica liereza; siglo de León X y de 134 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. Carlos V aquel en que renacen las artes, en que se desentierran los despedazados frisos y capiteles, se desculiren los ocultos frescos y se estudian las termas de Caracalla y Diocleciano. ¿Pero á qué me canso? Que las artes ejerce» el mayor indujo en la sociedad y que han de ser eficazmente protegidas por los gobier- nos, es un axioma que no necesita demostración; basta enunciarle pura sentirle y comprenderle: no habría necesidad de someterlo á nuevo examen, si la rebelde condición del hombre no trajese á tela de juicio á cada hora todos los principios, y si no conviniese ahuyen- tar con los acentos y con la demostración de la verdad, de suyo com- prensible y santa, las facinerosas acciones de la envidia, de la ava- ricia y de la soberbia. No son nuevas en la historia de las arles y del mundo las hordas salvajes despedazando los antiguos y admira- bles monumentos del antiguo saber en nombre de la religión: no son nuevas las desenfrenadas turbas demoliendo las sacrosantas obras de la piedad, de la mayor grandeza del espíritu humano en mimbre de la civilización: no son un cuento que forja la fantasía esas tribus de hebreos deicidas, errantes entre los misinos hombres, esa tropa infeliz de sórdidos mercaderes, de usureros avaros, de lo- greros detestable», que nunca pudo con el favor de los príncipes le- vantar un suntuoso templo a la divinidad, ni un fastuoso palacio á sus adinerados prohombres, ni un grandioso y caritativo asilo para los miserables y enfermos. No es un temor de ánimos apocados que la peste que envenena el corazón del pueblo hebreo pueda trasmitirse y se trasmita en efecto á la sociedad moderna; que la avaricia ocupe el lugar de la generosi- dad; la envidia el del entusiasmo; la estúpida soberbia el de la cris- tiana y bienhechora filosofía. Cuando no se labren sólidos y cómo- dos edificios sino casilleros de palomas donde vivan hacinadas las familias; cuando la pasta y el papel pintado reemplacen á las bien curadas maderas, al mármol y á los fuertes metales; cuando la pie- tira no se trasforme lindamente á impulsos del cincel y el niazo, y cuntido no se hable ni s« trate de otra cosa que de sacar rédito al iliiU'i'o y de dirimir la olu-n rln arle para aprovechar el valor de la DISCURSO DE DON TEODORO PONTE DE LA HOZ V RODRÍGUEZ, ]B5 materia, quemando magníficos tapices y franjas para extraer un adarme de oro,—entonces, digo, se ha olvidado y desconocido aque- lla verdad eterna, y ha comenzado un siglo de decadencia y barba- rie. Las arles crecieron en Grecia, poique era aquella una sociedad de filósofos; valieron en Roma, centro de sabios poli tiros; destella- ron entre los árabes, familia de aventureros entusiastas; y la subli- maron hasta el mayor prodigio los pueblos neolatinos y teutónicos, enardecidos por la salvadora llama de la fé. ¡Qué campo tan exten- so y rico se ofrece entonces á la actividad humana! ¡Cómo entonces la sirve dócil y sumiso todo el mundo visible ó invisible! ¡Cómo se desarrolla y multiplica el arte en su doble manifestación de mate- rial y espiritual, complaciéndose en que unas veces predomine este < el otro de aquellos elementos, ó en que se muestren íntima y fra- > ternalmente enlazados! Permitidme, Señores, que apartándome un \n\et\ ile mi primer ¡Miento, discurra sobro esa doble manifestación artística. No preten- do la(.i oscurecen las tablas de Ilafael, ni liis estatuas de Miguel Ángel. Los misterios de nuestra religión, las facciones de los Santos que vivieron entre nosotros, la imagen de los que no co- nocimos, pero que con su palabra y ejemplo nos hicieron franca la senda tic la virtud, siendo ángeles en la tierra; los hechos heroicos, cuanto puede en fin hablar al corazón y á la fantasía,—tanto es ocupación generosa del cincel y de los pinceles. Fortifícanse las ciu- dades con firmísimas torres y muros de incomparable forma y be- lleza ; todas las necesidades de la vida social son atendidas en edifi- cios que pasman a los siglos por su capacidad, solidez y gallardía: mercados, lonjas, fuentes, pórticos, hospitales, todo es grande, oportuno, persuasivo; todo esencialmente artístico, todo encamina- do á inlluir en las costumbres públicas, á civilizar las masas, á fa- miliarizarlas con lo helio, a levantarlas de la ahyeccion, á ilustrar el entendimiento é inflamar el espíritu. Aun los mismos desiertos é intrincadas selvas brindan al pasagero entre la ruda aspereza de los peñascos y matorrales, modelos de perfección artística, en elegantes ermitas, suntuosos monasterios, esbeltos puentes y soberbios acue- ductos. En la población y en el campo, en las abiertas playas y en las sierras impenetrables, la Arquitectura simboliza un beneficio a la humanidad, la Escultura recuerda una hazaña, y la Pintura habla incesantemente á la imaginación, á los sentidos y al entusias- mo. El hidalgo de Toledo contempla pendiente de las bóvedas de su catedral las banderas ganadas en las Navas, en el Salado, en Lc- panto; y ve esculpidos en la sillería del coro los episodios que eter- nizaron la magnífica epopeya de la conquista de Granada. El estu- diante de Alcalá adquiere (sin sentirlo) el buen gusto, no fijando la vista sino en clásicas esculturas, en tablas admirables, en muros sabiamente trazados y enriquecidos; á toda hora le están animando el arte y la ciencia unidos estrechamente. El sacerdote que aconseja y dirige, familiarizado con los rasgos más perfectos del ingenio, sin saberlo es artista; desdeña las groseras obras de la ignorancia, y prepara, impulsa y acoge las de mérito verdadero. Hasta el mismo anacoreta, aislado de la popular agitación, deleita sus sentidos con- DISCURSO DE DON TEODORO PONTB BE LA HOZ V RODRÍGUEZ. 159 virtiendo los ojos á los cuadros de la feliz imaginativa de Carducci, por los cuales se trasforman los claustros del Paular, donde reina el silencio del sepulcro, en hechizados bosques y jardines, en regios alcázares, y en mudas pero elocuentes imágenes de las desenfrena- das turbas á quien agitan las furias del infierno. ¿Qué influencia no debía ejercer, pues, en la sociedad esta vida de lodo el pucMo, esencialmente artística? ¿Cuáles fueron los resulta- dos? Que no hubo nada bueno, ni noble, ni grande, que el pueblo no practicase y acometiese; que llego á comprender la idea del deber, y á cifrar en ella su mayor satisfacción; que la fuerza bruta fue ce- diendo al derecho, y se extinguieron las discordias civiles; que la propiedad, sólido cimiento de las sociedades, fue acatada, y las leyes obedecidas; que el acero no se esgrimió sino por la fé y en defensa de la patria simbolizada en el Rey,.y en favor de la dulce compañera del hombre, arbitra de la espada y del corazón de un caballero. El arrojo del primer navegante fenicio renació en pechos españo- les para sorprender y patentizar los impenetrables misterios del Oecéano. Los escogidos capitanes eclipsaron las fabulosas hazañas de los héroes de la antigüedad; la jurisprudencia y la filosofía rindie- ron sus más sazonados frutos; Cervantes y Lope de Vega oscurecie- ron la gloria de las letras griegas y latinas. ¿Pudo ser entonces, co- nio siempre, más lisonjero el influjo de las artes? Merecen, pues, decidida protección de parte, de los gobiernos , así por el bien que producen, como por los males que evitan. Las artes, Señores, son (no hay duda) la consagración del tra- bajo : bálsamo precioso por quien se dulcifica y ennoblece el castigo ( |ue Dios impuso al hombre, de ganar el sustento con el sudor de su rostro. Cuando logre útil y continua ocupación el pueblo instruyén- dose y civilizándose á la vez; cuando en las bellas arles se empleen aquellos brazos que, ó no necesite la agricultura ó codicien descan- sar del honroso manejo de las armas, no arraigarán las disolventes doctrinas, no se despertarán la ira y el rencor; vivirá cada cual con- tento con su suerte sin traspasar la esfera de su acción, enardecido «1 pucho en nuble estímulo y en intentos generosos. L¡i historia viene 160 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. en comprobación de lo que digo. Puesto el corazón y la esperanza en Dins, satisfechos millares de obreros con que no se parase el tra- bajo ni se dilatase la moderada recompensa, alentados ¡i la voz de Alfonso el Noble, de Fernando el Santo, del Monarca Sabio, de los Ileyes Católicos y de Felipe II; del caudillo D. Pelayo Pérez Correa, fiel infortunado Maestre de Santiago, del gran Cardenal Mendoza, y del imponderable franciscano Cisneros; á la voz, en fin, de cien y cien proceres insignes en hidalguía y largueza, que no derrocharou en vanidades sus tesoros, ni por la avaricia y miseria los hicieron estériles,—esos obreros, digo, levantaban el edificio de las Huelgas, las catedrales de Burgos, Toledo y Sevilla, los fastuosos castillos de Montizon y de Escalona, los torreados puentes de Toledo, la mara- villa del Escorial, centenares de apacibles monasterios y hospitales, para asilo de la piedad, de la pobreza y de la desgracia; en fin, mo- numentos como Snn Juan de los lteyes, de cuyos muros colgaban las cadenas de innumerables cautivos cristianos, que alcanzaron mila- grosamente el bien inapreciable, y mal apreciado, de la libertad. Los príncipes que obraban tales prodigios, alcanzaron las bendi- ciones de sus pueblos, la gratitud y la admiración de todos los siglos. Sus obras son, y serán eternas. Si el rápido movimiento de la tierra que descuaja las más valientes mdles, si la furia de los elementos, si la locura y la ceguedad humanas incendian y despedazan los más útiles edificios, no importa: el grabado y la fotografía trasmitirán de generación en generación su memoria, y purificarán la atmósfera de las artes, cuando los emponzoñados hálitos del gongorismo y del churriguerismo, de la manera y de todo mal gusto turben el sereno cielo de la belleza artística. Transitorio y pasajero es siempre el despótico imperio, asi de las epidemias que enferman el cuerpo, co- mo de las pestes que afligen el espíritu. Inmutable os la belleza, corno inmutable y eterna es su madre la verdad. No ceje la Academia en su empeño de que el arte avive las po- tencias que duermen en nuestra alma, en que revele y manifieste á la conciencia cuanto hay de más profundo y misterioso en el cora- zón y en el pensamiento liuniíino; en que pinte los contrastes y opo- DISCURSO DE DON TEODORO PONTE 1>E LA HOZ V RODRÍGUEZ. 161 siciones de ln nahiralcza del hombre; roiratc sus grandezas y debi- lidades, copie sus penas y sufrimientos, dibuje sus aféelos y pasio- nes; ahora présenle al mortal despeñado en ios abismos, ahora re- montado hasta los cielos: en el lienzo y en el mármol abulle la santidad de la religión, esculpa la aureola de la justicia y de la prudencia, grave los encantos de la caridad y de la sencillez, ilumine el amor de la castidad, esmalte las grandes virtudes y baga odiosos los vi- nos. De este modo el arle conseguirá extender y completar el círcu- lo de nuestra experiencia, y el hombre podrá decir con razón, í¡ne lia gozarlo por culero de l;i vida humana. DISCURSO DON EUGENIO DE LA CÁMARA, EN CONTESTACIÓN AL ANTERIOi SEÑORES: Si d duber, la obediencia y la amistnil no se minasen hoy para obligarme á ocupar este pneslo y dirigiros mi débil y des- autorizada voz, seguramente que no hubiera osado aceptar el hon- roso encargo de contestar en nombre de la Academia al elegante discurso que acaba de pronunciar nuestro nuevo y dignísimo com- pañero; pero la fuerza del primero es irresistible; es indeclinable la obligación que impone la segunda, especialmente cuando las órde- nes emanan de lál>ios tan dignos y venerados como los de un Presi- dente juntamente respetado y querido; es por fin dulce y consolador el impulso de la tercera, que baria agradables tareas más penosas y menos honoríficas que la que se me lia encomendado. ¿Que podra, pues, mi natural y fundada timidez contra tan fuertes consideracio- nes? Nada seguramente: acepto por lo tanto mi honroso papel, si- i|niera desconfie mucho de desempeñarlo dignamente. Y no veáis en esto, Señores Académicos, un vano alarde de modestia, detrás del cual se oculta un mal disfrazado sentimiento de vanidad: en mi lar- ga carrera de profesor estoy harto acostumbrado á dirigir mi voz al público; muchos de vosotros lo sabéis perfectamente, y en vano se- ria que yo intentase ocultarlo: mi timidez, pues^ no nace tanto de falta de práctica, como de la índole del asunto: conozco qne estoy fuera de mi terreno. ¿Qué tiene, en efecto, de común la enseñanza de las ciencias exactas, á cuyo estudio y ejercicio he consagrado mi 1G4 HEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. vida culera, con la invuslilación filosófico-social que forma el asunto del discurso que acahais de oir? La belleza casi divina de las nobles Artes, su saludable influencia en las costumbres y cu la vida social de los pueblos, la elevación y grandeza de su objeto, la altísima consideración que merecen los que las profesan dignamente, el gran interés con que debe mirarse y protegerse su enseñanza por los Es- lados cultos, cosas son que yo concibo tan grandes y tan altas, que con profundo respeto las miro desde mi pequenez, y que no me con- sidero capaz de tratarlas como su importancia merece. Dedicado al vastísimo estudio de la Arquitectura, que desde mi primera edad fue el objeto de nú constante anhelo, me senti arrastrado con prefe- rencia por un secreto impulso al estudio de su parte científica: la Academia me encomendó, siendo aún muy joven, la enseñanza de este ramo; á su mejor desempeño dediqué todos mis esfuerzos, y como las facultades del hombre son tan limitadas, puedo ciertamen- te darme por contento, si he llegado á conseguir corresponder dig- namente a aquella confianza: de aquí es que mis estudios filosóficos sobre el Arle hayan dado un fruto tan pobre. Venero el Arle cuyas admirables creaciones hablan á mi alma en un lenguaje espresivo y misterioso que mi corazón siente y mi noca no espresa; creo á ve- ces penetrar sus inesplicables bellezas, me imagino que dentro de mi espíritu germina y se desenvuelve un pensamiento artístico, una idea grandiosa, atribuyo una fantástica existencia ¡i mis concepcio- nes ; pero al despertar de esta ilusión, al tratar de realizar mi grato ensueño, me encuentro sin medios de hacerlo, bien así como aquel que cree recordar perfectamente un canto melodioso que le hizo una impresión agradable, y al tratar de repetirlo con la voz, solo produce sonidos inconexos y desacordes. ¿Extrañareis pues, Seño- res , mi desconfianza ahora que os he descubierto el verdadero esta- do de mi espíritu? ¿Esperareis en visla de mi sincera confesión oir algo que pueda ocupar agradablemente vuestra atención, siquiera por breves instantes? No lo esperéis; pero no me rehuséis tampoco vuestra benevolencia, sin la cual me seria imposible continuar: me propongo tan solo en esta breve peroración seguir al Sr. Ponte en DISCURSO DE DON EUGENIO DE LA C A M A I U . 165 el mismo Icrreno que ha recorrido con lanío acierto, apoderarme de algunas ideas suyas, desenvolverlas, esclarecerlas y apoyarlas con hechos y pruebas, á lin de poner más de relieve la solidez de sus razonamientos, la importancia y seguridad de las deducciones, y 'pie le lia conducido el estudio profundo y reflexivo del asunto que escogió para materia de su discurso. Y permitidme, Señores, que llame vuestra atención acerca de la oportunidad con que nueslro nue- vo Académico ha elegido el punto sobre que había de disertar en este acto solemne. Hay enlre nuestra Academia y las demás de su espe- cie una diferencia esencial nacida de la índole misma de su institu- to: creada con el objeto de dar impulso y dirección á los estudios artísticos, de encaminarlos por la senda del buen gusto razonado y filoso/ico, huyendo de los extravíos y aberraciones á que frecuente- mente se ven expuestos por los caprichos de! falso genio, que solo sts deja guiar de una imaginación acalorada y fantástica, admite na- turalmente en su seno en una razonable proporción numérica al lado de los artistas propiamente dichos, que tienen su asiento en ella 'onquislado por una solida reputación justamente adquirida con sus '•liras, á los hombres de corazón y sentimiento, que, sin profesar las Artes directamente, conocen y sienten sus bellezas, y , haciendo una feliz aplicación de sus conocimientos literarios é históricos, ilustran la historia de las artes, analizan sus bellezas, estudian y desentra- man las obras de los más célebres maestros con el inflexible escalpe- lo de la sana crítica, combinan la filosofía con el Arte, y contribuyen eficazmente al desenvolvimiento de las ideas y al triunfo legítimo del genio, ya con sus escritos, ya con su consejo, ya con su influen- cia , ya en fin con la protección más ó menos directa que su posición social les permite ejercer en favor de las Arles. A esta clase perte- nece nuestro nuevo consocio, y en verdad que no le faltan títulos para ello: educado en las aulas de la Academia desde su más tierna edad, tuvo por maestros á muchos de nuestros más distinguidos Académicos que ya han fallecido; y el que tiene la honra de hablar en este momento á la Academia tuvo también el gusto de contarle cutre sus discípulos en las Cátedras de Matemáticas: empleó su jiri- 1(56 REAL ACADEMIA D í SAN FERNANDO. mora juventud on los estudios universitarios y el cuHivo ild dibujo, que amplió después dedicándose en el Museo de S. M al estudio y copia de los bellos modelos que encierra aquella rica galería, y dando su preferencia al paisaje, al que lenia particular alicion, y al que todavía consagra sus ratos de ocio: habiéndose visto precisa- do por las vicisitudes de su familia á emprender la carrera de em- picado, desempeñó diferentes destinos en la Dirección general de Estudios y al servicio inmediato de S. M., sin abandonar nunca su inclinación favorita, hasta que, nombrado Oficial de la Secretaría del Ministerio de Fomento y encargado del negociado de Academias y Escuelas de Bellas Artes, encontró la ocasión que anhelaba de consagrarse á su inclinación predilecta; y los que por razón de nuestros cargos oficiales tuvimos que estar en relaciones frecuentes con él, fuimos testigos del celo y entusiasmo con que trabajó por mejorar la condición de las artes y de los artistas, de la activi- dad y solicitud que desplegaba para secundar y desenvolver las be- néficas miras de S. M. y de su sabio Gobierno en Iodo lo relativo íi pensiones, premios, exposiciones publicas, compra y adquisi- ción de cuadros y demás obras de arte, olvidando casi su carácter oficial para convertirse en el agente solícito de los Artistas, visitan- do con frecuencia sus estudios, animándolos, excitándolos y procu- rando á sus obras decente colocación. Reciente está aún el caso en que enfermo gravemente un joven y distinguido artista que empe- zaba bajo brillantes auspicios la carrera del profesorado, se le vio constantemente á su lado consolando á su atribulada familia, y que no contento con sus cuidados personales pidió y obtuvo del Gobier- no los recursos suficientes para asistirle en sus últimos momentos y procurarle una sepultura digna de un artista distinguido. En resu- men, Señores, y por no molestar demasiado a los que me oyen, el nuevo Académico, si no es artista de profesión, lo es y lo lia sido siempre en su corazón; sus estudios favoritos lian sido siempre y son los artísticos; sus afecciones todas están en el círculo de los ar- tistas; su modesta biblioteca es esclusivamente de artes; el princi- pal ornato de MI habitación lo constituyen las obras de los que le DISCURSO DE DON EUGENIO DB LA CÁMARA. 1G7 deben amistad, gratitud ó cariño. Dispensadme, Señores, csle breve elogio que le dedico en el ilia en que principia á recibir el honroso ¿(íilanlon de sus constantes esfuerzos, y sírvale este de poderoso es- timulo para redo/liarlos con empeño, cuando, asociado ya á nuestras tareas académicas, se le presenten ocasiones de probar práclicamen- lo 'l'ie lo que hizo no fue sino una débil muestra de lo que es capaz fie hacer. Ríen ha dedillo, Señores, imeslro nuevo Académico el asunto •le su discurso, propio más que olro alguno de sus circunstancias especiales; bien lo lia estudiado y comprendido; bien lo ha sentido y espresado: Ut existencia y la prosperidad de las arles son incowpali- dii's con la ausencia de la civilización, ha dicho; y como nada hay mas esencialmente civilizador que la palabra evangélica, y como el cullo ^e la belleza artística se enlaza tan dulce y naturalmente con el culto de la Divinidad, sublime conjunto y resumen de toda perfec- ción y de toda belleza, ha deducido inmediatamente que las noble artes, cultivadores de esta belleza, son las hijas predilectas de la te- ligion, son la corona de (lores que realza todas las acciones humanas, fie engalana todas las necesidades de la vida, poética y bellísima ima- gen, cuya sola repetición derrama un dulce consuelo en el alma. ¿Qué podría yo decir aquí en apoyo de esta verdad que fuese más bello y mejor sentido que lo que, comparando la Escultura pagana con la cristiana, dijeron pocas semanas há en este mismo recinto doí distinguidos Académicos? No lo repetiré, porque aún reproduce el eco de estos salones aquellos elocuentes acentos que no podéis ha- ber olvidado. Por lo demás, ¿qué se necesila añadir á los grandes rasgos históricos con que acabáis de ver comprobada la saludable influencia que las bellas artes han ejercido en todas épocas sobre las costumbres de los pueblos? Poco seguramente: ni los hombres ni las cosas merecen con propiedad el renombre de grandes, si no recono- cen por base la virtud y la utilidad general. No hubieran merecido y conservado al través de los siglos la fama imperecedera que les rodea ArísLides y Temistocles, Platón, l'omponio Ático, Cristóbal Colon, Gonzalo de Córdoba y los Alfonsos y Felipes de Cas lilla, si 108 REAL ACADEMIA DE SAN FF.BNANKO. sus ejemplos, sus virtudes y sus empresas no hiiliiesni sillo i'ililes al género humano, y si en serlo no hubiesen ellos cifrado su gran- deza. La utilidad es la medida de lo grande, lia dicho en este recinto un ilustre magnate ' individuo dignísimo de esta corporación, y si hallamos una cosa que reúna en sí el ser útil por sí misma y serlo como coadyuvante de las demás, el servir para cultivar el talento del hombre, para conducir sus acciones por la senda del bien, para proporcionarle los goces honestos y las comodidades de la vida , esa será grande por excelencia. Nobles artes, ¿quién como vosotras lle- na todos estos objetos? Vosotras, compañeras inseparables del hom- bre , sois verdaderamente dignas de elogio; vosotras sois gandes, porque sois útiles: disfruta el hombre por vosotras los placeres de la vida social, le demostráis la necesidad de mantenerla, se la hacéis amable , por vosotras la desea: sois pues el alma de la civilización, sois verdaderamente grandes, porque sois verdaderamente útiles. I Ah Señores! y si tales son las utilidades de las artes aplicadas á objeto tan pequeño, porque pequeños son siempre los goces de la vida material comparados con los del espíritu, ¿qué sucederá cuan- do se apliquen ;i dar vida con su magia encantadora á las cosas ina- nimadas , cuando nos representen el encanto de la virtud, la horri- ble fealdad del vicio; cuando en ingeniosas alegorías nos pinten las delicias de la paz, los horrores de la guerra, los bienes que derranií por do quiera la ilustración, el comercio y la industria, los males sin cuento que lleva en pos de si la anarquía, la ignorancia y la bar- barie? Entonces es cuando el hombre, según la bellísima expresión del autor de la Metafísica del Arte, con el auxilio da lo material y dt lo visible imita y expresa lo invisible, y crea copiando a Pero aún no concluye aquí la grandeza del arte; hasta ese limite llegaba el arte pagano; la civilización evangélica puso mucho más altas sus miras. La grandeza del arle crece progresivamente á me- 1 El Excmo. Sr. Duque de Aliaga en su discurso impre de la Academia de 1805. * Mettvpkisiqut de l'Arl, par Antoine Molliore, pág. 3. DISCURSO DE DON EUGENIO DE LA CÁMAIU. 1CÍI ilida que es mayor y más alta la graduación del objeto ;i que so apli- ca: lle^a á los edificios y objetos destinados al cullo, y allí ya nece- sita y pide mayor grandiosidad y riqueza : la misma superioridad inmensa del Ser divino exige que le dediquemos edificios más sun- tuosos, adornos más nobles, accesorios más dignos: no es ya la de- licadeza y el primor, no es la finura y exquisito guslo lo que el alma elevada del artista cristiano necesita para quedar satisfecha de su concepción; es sí la grandiosidad, la magnificencia, la grandeza y la elevación que le conduzcan, que le aproximen á la inmensidad del gran Dios, creador de lodos los mundos, superior á cuanto existe y puede existir, autor de ese mismo genio, de esa misma alma sublime de artista que se exhala, por decirlo así, en alas de su inspiración, y devuelve á su Dios el fruto de su talento cultivado y desarrollado con el fecundante riego de la fé. Este lia sido sin duda el modo de pensar de lodos los siglos, en todos los países, en todas las religio- nes, que con más ó monos exactitud lian comprendido la idea del verdadero Dios: las inmensas pagodas de la India, los suntuosos y «ellisimos templos griegos y romanos, las ricas mezquitas de los árabes, expresan esa misma idea, modificada y amoldada á sus par- ticulares creencias, á sus costumbres y á la índole de sus pueblos: todos quisieron dar pruebas del esmero que ponian en consagrar al Ser supremo los mayores esfuerzos de las artes, las obras más ricas y sublimes del entendimiento humano; pero ¿quién podia presentarle la ofrenda más digna sino el pueblo á quien el mismo Dios escogió para revelarle el conocimiento de su ser y de sus divinos atributos? Asi es que el templo cristiano, sobre lodos los templos de todas las re- ligiones del mundo, inspira al hombre pensador sentimientos eleva- dos y dignos, y despierta en su ánimo el recuerdo de olra vida que no se acaba, la esperanza de un mundo mejor, única que puede soste- nernos y consolarnos en nuestra aclual peregrinación: y obsérvese que por distintos rumbos y, como si dijéramos, traducidas á di- ferentes idiomas, inspiran estas mismas ideas los templos cristia- nos de las diferentes épocas del arte: lodos conducen á la contem- plación de la divinidad por el internieilio de alguno de sus venerables nO HEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. atribuios: la amable sencillez del templo latino parece reponíamos su inmensa é inagotable bondad, consuelo del mortal atribulado; la majestuosa grandeza de la basílica bizantina nos representa el in- menso poder de nuestro Dios y su inflexible justicia, freno de nues- tras pasiones y motivo de nuestra firme confianza en medio «lo los más rudos embales de la suerte; la catedral gótica, con la ligereza, elevación y esbeltez de sus formas y con el primor y galanura di' su ornamentación, eleva nuestro espíritu a la consideración de su ailo- rable majestad é inefable grandeza, sosteniendo y alentando en nos- otros la dulce esperanza de gozar algún día la gloria inmortal pro- metida á los justos, y que tan perfectamente simbolizan sus delira- das y elevadísimas agujas, sobre las que campea triunfante el símbolo sacrosanto de nuestra redención. Y decidme ahora, Señores Aca- démicos, ¿qué comparación cabe entre este bello simbolismo del arle cristiano, que tan toscamente acabo de bosquejar, y la significación artística de los templos del paganismo? La misma que pudiera hacer- se entre las pasiones humanas deificadas y convertidas en objeto de adoración, y los atributos divinos cuyo inefable conjunto veneramos los cristianos en Dios, la misma en suma que cabe entre el espíritu y la materia. Concluyamos, pues, proclamando el admirable triunfo de las arles, grandes con la verdadera grandeza, que reconoce por base y fundamento la verdad, la utilidad y la virtud. Y siendo tan noble y tan grande el destino social de las Nobles Artes, ¿qué mucho que en todos tiempos y países mereciesen de los soberanos, de los potentados y de los pueblos todo género de honras y distinciones? Quien sepa que teniendo el Rey Demetrio cercada la ciudad de Tlodas y pudiendo tomarla con solo poner fuego en cierta parte donde estaba una pintura de Protógcnes, quiso antes perder esta ocasión <¡ue quemar la pintura de tan insigne maestro, y le trató además con todo género de consideraciones *, ¿podrá admirarse de que más adelante un lley de España, justamente celebrado como pro- tector entusiasta de las artes y las letras, pintase por su propia mano 1 Plinio, libro 35, cap. 10. Pacheco, Arte de la pinlura, cap. VI. DISCURSO DB DON EUGENIO DE LA CÁMARA. 171 sobre el pucho del retrato de Vclazquez la insignia du mía de las más distinguidas órdenes de la Caballería española? Quien sepa que los Hoyes antiguos eslimaron tanto la pintura, que Candaules pagó á poso de oro una tabla de líularco donde estaba pintada la batalla de los Magnetos; que Átalo compró en 6,000 sextercios (75,000 duros) otra pintura de Arístides que representaba á Baco, y que Julio César pagó 80 talentos (480,000 rs.) á Tímomacho bizantino por un cua- dro de Ayax y Medea ', ¿se asombrará de que en tiempos más mo- dernos se hayan concedido á las artes todo género de preeminencias y distinciones en nuestra España, émula digna en esta parte de las niíis ilustradas naciones de Europa? Abrase, pues, la historja, regís- trense los archivos con la diligencia con que lo hizo nuestro sapien- tísimo Académico D, Gaspar Melchor de Jovellanos 8 y se verá como, previas las más exquisitas formalidades, obtuvieron en juicio con- tradictorio ejecutorias de nobleza Dominico Greco en 1(100, Vicen- te Carducci y Angelo Nardi en 1G55, con la notable circunstancia de haber informado en favor de la nobleza é inmunidad de la pintura los más celebrados ingenios de la Corte, como Lope de Vega, D. Juan de Jáurcgui, el licenciado D. Antonio de León, el Maestro José de Valdivielso y D. Lorenzo Vandcrhamen, siendo el defensor de la Pin- tura D. Juan Alonso ltulron: más recientemente y en nuestros días hemos visto y vemos á los López y Madrazos y otros eminentes ar- tistas cruzar sus pechos con las bandas de nuestras órdenes más dis- tinguidas y ornar sus cuellos con las más preciadas condecoraciones de España y del extranjero. ¿Y por qué todas estas honras y distin- ciones, sino por el intimo convencimiento de su importancia, y por- que lia penetrado en todas las inteligencias la máxima tic que los lteyes y los Estados honrando el mérito se honran ú si mismos? l'ero no busquemos, Señores, extraños ejemplos de esta inconcusa verdad, cuando la historia misma de esta Academia ofrece tantos y « Pacheco, cap. VI. 3 Véaso su discurso impreso en las actas de la Academia en 1781, y en la biblioteca do Autores españoles, tomo 4íi. 172 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. tan notables en mas de un siglo que lleva de existencia: desdi; Feli- pe IV que concibió la primera idea de crearla, Felipe V que la estu- dió y desenvolvió, y Fernando VI que la realizó felizmente en 1752, todos los monarcas que se han sucedido han rivalizado en celo y en- tusiasmo para promover los adelantos de las artes, para ampliar y mejorar su enseñanza, para premiar los servicios y el mérito de los artistas distinguidos, dignándose hasta tomarlos por maestros, oir sus lecciones, seguir sus consejos, ejercitar por sí mismos la prac- tica de las artes, honrar con sus augustos nombres la lista de los Académicos, presidir cu persona sus reuniones, distribuir por su propia mano los premios, y dar las pruebas más claras y terminan- tes del aprecio y estimación profunda que estas hijas del cielo les merecen. En los momentos presentes la Academia se honra contando entre sus individuos un ilustre príncipe, miembro de la familia Real española, que después de haber dedicado toda su vida al estudio teó- rico y práctico de la pintura, aprovechando su larga permanencia en el extranjero, para aumentar el considerable caudal de conoci- mientos científicos y artísticos que ya poseía á su salida de España, lia vuelto á nuestra patria convertido en un artista consumado, rico de experiencia, y ha recobrado con entusiasmo el puesto tic Aca- démico de número, recibiendo y colocando con efusión sobre su augusto pecho la medalla que constituye nuestro honroso distintivo. Vedle, Señores, modestamente sentado entre los Académicos, orgu- lloso con este nombre, y colocando nuestra encantadora profesión casi al nivel del trono, y a igual altura con los elevadisimos timbres de su augusta cuna. ¡Regocíjate, pues, oh ilustre Academia de Nobles Artes, madre cariñosa de los artistas españoles, madre también del último de los individuos que hoy toma entusiasmado tu nombre para acoger los votos de tu nuevo hijo! ¡Regocíjate! tus destinos se cumplen, lu grande obra de regeneración artística toca á su término; setenta y ocho años hace que lu preclaro individuo Jovellanos decia con espí- ritu casi profótico en estos misinos salones: «Si, ilustre Academia, »yo me atrevo á anunciarle que el feliz tiempo de mirar lns artes DISCURSO DE DON EUGENIO DE LA CÍMARA. 173 "subidas ul ápice de la perfección está muy cercano *,» No le era 'lado á aquel genio superior, a aquel talento pensador y profundo adivinar las duras pruebas que tenían que sufrir las artes, bijas de la pan y de la abundancia, en los terribles periodos de guerras exte- riores é intestinas que habían de afligir á España en el primer ter- cio del presente siglo, ni la penosa paralización que habían de sufrir sus gratas tareas por una larga serie de años; pero veia los increí- bles progresos que habían hecho las arles á favor de los esfuerzos de la Academia y de la incansable y decidida protección de los mo- narcas, veia el fruto próximo á su completa sazón, y auguraba "(•no de gozo y entusiasmo una cosecha que solo al fecundo y glo- rioso reinado de Isabel II estaba reservado recoger. ¿Qué hubiera dicho si viese ampliadas y enriquecidas las Escuelas con abundan- cia de entendidos y experimentados profesores y de medios mate- riales de enseñanza, multiplicadas las pensiones para perfeccionarse en el extranjero, aumentada su dotación y su porvenir, regulariza- das las exposiciones periódicas, creados premios y estímulos de todas clases, y concurriendo á ellas centenares de jóvenes artistas de grandes esperanzas? ¿Qué diría al ver que ya tenemos excelentes grabadores que nos reproduzcan y eternicen las obras de Velazquez y Murillo, interpretando admirablemente sus bellezas; y estampa- dores hábiles que hagan aparecer en toda su brillantez los encantos de sus primorosos buriles? ¿Qué diría si comparase, como nosotros podemos hacerlo, las obras que á principios del siglo presente eje- cutaban los que obtenían los primeros premios y las pensiones para estudiar en el extranjero, con las que en igualdad de circunstancias lian presentado los que las han obtenido en estos diez últimos años? l)iri;i, sin duda, como yo decia poco ha: regocíjate. Academia Je Nobles Artes de San Fernando, tu obra ha llegado á su madurez, tú has tenido la gloria de preparar, nial que les pese á tus detracto- res, el segundo renacimiento de las artes, y el segundo renacimien- to comienza ya; mi predicción se ha cumplido, recibe mi parabién. 1 Jovellanoa. Discurso antes citado. 17-1 REAL ACADEMIA DE SAN FEÜNANDO. Dispensadme, Señores, este desahogo que me permito en esta oca- sión solemne: hoy es día de elogiar: dispensadme si en cierto modo me olvido del objeto principal de este discurso para lomar por un momento el carácter oficial que estoy acostumbrado á usar, pues realmente no me desvío del asunto principal que nos ocupa, puesto que no hago sino responder a los fervientes volos del nuevo Acadé- mico, al mismo tiempo que vindico la honra de esta corporación be- nemérita. Y si esla ha de quedar bien puesta, preciso es que hagáis conmigo una breve excursión por el campo tle su historia: yo procu- raré que no sea muy larga, para no fatigar demasiado vuestra aten- ción, remitiéndome para mayor ilustración a los datos que tengo recogidos y acompañan por vía de notas d este discurso. Felipe IV, ese Rey entusiasta por las artes y las letras, que con igual fervor las praclicaba y las protegía, no podía menos de pensar en crear una Academia en que se les rindiese culto especial, y más cuando tenia a su lado al gran Velazquez, cuyo mérito conocia ramo ninguno, cuyo voto y cuyo consejo eran de tanto peso para él: pen- só, en efecto, y pensó con interés; pero estaba reservada esta gloria como Otras muchas, al reinado de su egregio sucesor, que sin duda hubiera completado el desarrollo de tan gran idea, si los multiplica- dos y gravísimos negocios que le rodearon y los disgustos que li afligieron no se lo hubieran estorbado. Felipe V, sin embargo, ¡cn plan, sin embargo, no II»- 1 Los nuevos Estatutos dadoa á esta Corporación y el vuelo qiíe con los ensayos hechos en los años anteriores habia ya tomado en España el estudio do las artes, abrieron un ancho campo ó la juventud estudiosa, y empeñaron á la Academia y á sus celosos individuos en nuevos esfuerzos para procurar elevar este importantísimo ramo del saber humano á la altura que anhelaban naturalmente los que conservaban en su memoria las brillantes épocas de grandeza y prosperidad que las artes habían al- canzado en nuestro suelo. Ocupóse, pues, la Academia constante y asi- duamente en la ampliación de las enseñanzas; mejoróse la condición de los profesores, regularizóse su asistencia y la de los alumnos, organizá- ronse los premios, pensiones y ayudas de costa, dictáronse reglas fijas para optar á estas últimas, á fin de cortar algunos abusos que se habian ido introduciendo, y que al fin concluyeron por obligar á la Academia á suprimirlas completamente en 1792; luciéronse continuas mociones y propuestas para la creación de nuevas enseñanzas, indispensables para la perfección de las artes; creáronse algunas de estas, quedando otras apla- zadas y como preparadas para más feliz ocasión. Haremos una ligera re- seña de los acuerdos más importantes de la Academia, de las concesiones del Gobierno y de todos los liedlos más notables que abraza esta larga serie do años. Ya desde la cread™ de la Academia se había pensado en la necesi- }!•'< ¡i ponerse ni ejecución por las vicisitudes políticas y l;is inipri'as riviles que sobrevinieron, hasta que en 1844, y después de nuevo ex/mien y nuevas discusiones de los trabajos que la Academia tenia hechos en este importante asunto, firmó por (in S. M. el Iteal decre- to organizando la Escuela especial de Bellas Artes, dolándola ¡ím- 'lad de organizar en un curso convenientemente dispuesto la enseñanza de la Aritmética y (ieometría como preliminar indispensable para em- prender el estudio de las artes, y singularmente de la arquitectura, y fe habia encomendado su confección á varios individuos suyos, entre ellos los Sres. Castañeda, Rodríguez y Hennosilla; pero sea que el tra- bajo de estos señores no eatisfizo ¿ la Academia, sea por otras causas, que- dó sin realizar por entonces este oportuno pensamiento. D. Francisco Subirás presentó después en un plan de lecciones los medios de mejorar la enseñanza de las artes, y í consecuencia de las indicaciones de este profesor, secundadas eficazmente por la Academia, se solicitó de S. M. la creación de un director de matemáticas, que fue concedida, en 1TG8, ha- biéndose después aumentado la de un segundo director de estas ciencias y dado así origen á esa cátedra que tan justa y merecida celebridad ad- quirió en el mundo científico, como que fue la inbtauradora de las cien- cias en España, donde se formaron casi todos los grandes hombres que después han dado ser y vida á todos los distinguidos cuernos facultativos del Estado: la Academia no puede menos de recordar con orgullo y en- tusiasmo los nombres de Subirá?, do Bails, de Moreno, del sabio y mo- desto D. Antonio de Varas, que le dedicó sus constantes tareas por espa- cio de cerca de sesenta años, de sus infinitos y brillantes discípulos y BU- cesores, entre Jos cuales tuvo la honra- do contarse el autor de estos apuntes. Seria muy prolijo enumerar detenidamente los esfuerzos de todas cla- ses hechos por la Academia y sus individuos en este período para sacar á la arquitectura del estado de languidez y postración en que se hallaba; puro no se puede menos de hacer mención de un hecho muy notable, la composición y publicación de las obras do Bails: ciertamente no se sabe qué admirar miís en este hecho, si el generoso desprendimiento de la Academia que destina de su reducido peculio gruesas sumas & la publi- cación de una obra científica con pocas esperanzas de reintegrarse, ó la abnegación y patriotismo de un profesor que consagra muchos años de su vida á la confección de una obra de tan grandes dimensiones, que no retrocede ante el penoso trabajo que ha de ocasionarle, que postrado por tina enfermedad crónica v incurable convierte en estudio eí lecho del des- canso y del dolor; que imposibilitado de la mano derecha, se resigna á 182 REAI. ACA.DHMU DE SAN FERNANDO. plianienU: igno- i'ancia: no todos sus períodos son igualmente brilla ules; pero, ¿bay nido licencia por mediación del Emmo. Cardenal Arzobispo de Toledo y Señor Vicario de Madrid, para que el Señor Héctor del Hospital general facilitase á los Académicos los cadáveres necesarios para las disecciones anatómicas, como también para que se trajesen al teatro de la Academia con las precauciones convenientes. Esta enseñanza, sin embargo, cayó en desuso después, y ha estado suspendida por espacio de muchos años. Ve- rificábase la enseñanza siempre bajo la inspección de un Académico, que al principio lo fue el Sr. Mengs. El escultor D. Isidro Carnicero hizo para esta clase algunos dibujos de cráneos y otros huesos del cuerpo humano, del tamaño natural; pero considerando que el grabarlos seria costosísimo, se mandó reducirlas á menor tamaño y se grabaron algunas, aunque no se concluyó la obra. Para fomentar y promover el estudio del arte del grabado acordó la Academia la publicación de las antigüedades árabes de Granada y Cór- doba, y la colección do retratos de los soberanos y héroes de la nación, con lo que se conseguía á la vez trasmitir á la posteridad aquellos precio- sos monumentos del arte arquitectónico. Prestóse también singular atención al estudio de la mitología 6 ico- nología, considerando lo indispensable que es para la pintura y escultura el conocimiento de !a representación alegórica de las deidades y persona- jes simbólicos en que los artistas personifican las artes mismas, las cien- cias, los países, las estaciones, las virtudes, y hasta las pasiones, los vi- cios y las enfermedades de la especie humana. En 1777 á consecuencia de las constantes gestiones de la Academia, se comunicaron Reales órdenes al Consejo, á los MM, Eli. Arzobispos y luí. Obispos, á los Prelados y Cabildos de todas las órdenes regulares y seculares dirigidas á mandar que no se construyese obra alguna sagrada, ó profana sin que primeramente se remitiesen sus diseños con la conve- niente explicación por escrito á la censura y examen de la Academia, á la que se impuso la obligación de verificarla breve, atenta y gratuitamente; y á fin de facilitar y abreviar los trámites y evitar dilaciones y perjuicios en las obras, se estableció por Real orden de 22 de Marzo de 1786 una comisión de arquitectura compuesta de los directores y tenientes de este arte y de los arquitectos Académicos que Be creyese prudente agregar, nombrando para su secretario á D. José Moreno, vice-aecretario de la 184 HEAL en Ks|);n'ia IIMÍI sola coq i 1 j I 1 1 cuando d país lia pasado \ t I d j 1 f I I Itiulas sacudidas? A pesa 1 1 1 a 1 j p 1 1 li se cu una época cu que d n 1 1 1 n p d 1 £o qiK!, iufillfado ni la 11 j 1 1 | j Academia y segundo dir t d t b Id 1 5,000 rs. Circuláronse de nuevo las prevenciones de que queda he h mérito, las cuales, con otras más que propuso la Academia relativas á f; cultades y prerogativaS de los arquitectos, fueron confirmadas en las Iica- les cédulas de 1801, 1807, 1814, 1828 y por una multitud de Reales ór- denes posteriores, reproducidas y declaradas vigentes. Por los años de 17D2 y 1793 se celebraron diferentes juntas para ar- reglar el método de los estudios, y en el de 1790 se formalizó un plan general de enseñanza de las bellas artes, que por entonces no se puso to- davía en práctica. En 1801, 1803 y 1805 se tuvieron diferentes juntas y sesiones para tratar de tan importante asunto; en ellas se decidieron va- rios puntos de interés para la enseñanza, se adoptó por texto para la ar- quitectura la obra de Baila y ue acordó la reimpresión del tomo primero de la misma obra, que so verificó como las demás bajo la dirección de don Antonio Varas. Continuó sus tareas la Academia sin alteración notable en el trienio de 180-1) á 1808, habiéndose conseguido en ¿1 notables resultados de su vigilancia por el lustre de las artes que constan en sus actas y no son de este lugar; habiéndose establecido las clases de dibujo por el modelo na- tural y de yeso eo las horas de la mañana, novedad que mereció los aplau- sos de los inteligentes y que razonó perfectamente su dignísimo secreta- rio D. José Luis Munarriz : por último y á pesar de estar tan reciente la memoria de ios aciagos dias de Mayo, se celehró en 24 de Setiembre de 1808 la junta pública que prevenían loa Estatutos para Ja adjudicación de los premios generales, habiéndose hecho la novedad de exigir á los que hubiesen de ir pensionados al extranjero ciertos conocimientos científicos que sirviesen de garantía de que los agraciados no comprometerían con su ignorancia el decoro nacional y la reputación de nuestras Academias. Poco después de este fausto suceso las tropas de Bonaparte invadie- ron de nuevo ú Madrid: continuó la guerra hasta 1814, y la Academia y sus enseñanzas padecieron una larga y terrible crisis : las bellas artes ami- gas de la paz y de la abundancia, no pueden florecer en tiempo de guerra, miseria y desolación como la que entonces afligió á nuestra patria. Los estudios de la Academia se cerraron, dispersáronse los Académicos y pro- fesores, y se multiplicaron las ruinas y destrucciones de muchos insignes DISCUKSO DE DON EUGENIO DE LA CÁMARA. ]H niciosa influencia en las arles, h \cidemia rom spondi i l i n i i i- maiueiiLe á los fines de su institución, haciendo cuantos esfuerzos era posiJile hacer para contener la decadencia inminente del Jiiicn fíiislo; pero la sociedad cslaba colocada en una rápida pendiente; el torrente de las ideas la precipitaba por ella, y era imposible detener- la; á la reforma de las iileos sucedieron los trastornos generales de monumentos de las artes. En las actas de la Academia impresas en 1832 puedo verse trazada á grandes rasgos la historia de los servicios que ex- patriados y diseminados prestaron á las artes muchos individuos suyos, los esfuerzos que hicieron por reorganizar los estudios de la Academia, por reunir, conservar y preservar de la completa ruina las bellezas artís- ticas que los franceses habían acumulado en algunos conventos de la ca- pital. Se ocupo además la Academia en I» formación de Ordenanzas de policía urbana, en el examen y reconocimiento de las cañerías para el surtido de aguas de la corte: se renovaron los acuerdos sobre la cons- trucción de obras públicas y sobre restablecimiento de las Academias y escuelas de las provincias; se hicieron nuevos dibujos para los estudios, se abrieron por fin estos, se restablecieron laa comunicaciones con otros cuerpos artísticos y literarios, se propusieron varios proyectos para per- petuar por medio de monumentos públicos y medallas los acontecimien- tos más gloriosos de aquella guerra nacional, y se adoptaron, por fin, cuantas disposiciones fue posible para dar nueva vida al amortecido cuer- po académico, En 8 do Agosto de 1814 aprobó H. M. la creación de comisiones de pintura y escultura, compuestas respectivamente de los directores de aque- llas artes y de (imboa grabados, con el objeto de que revisasen las obras que se presentasen á la Academia en cumplimiento de 3a9 órdenes vigen- tes sobre obras de bellas artes, y singularmente la circular de 11 de Enero de 1808 sobre pinturas, estatuas, grabados, etc. En 1S1G puesto al frente de las Academias de bellas artes un Infante de la Real familia, se empezó á notar su poderosa influencia de un modo visible: decoróse con magnificencia la caía ó morada de la Academia, en- riquecióse con cuadros, estatuas, bajos relieves y toda clase de objetos artísticos de inestimable valor, que se colocaron decorosamente en sus sa- las, imprimiéndose catálogos metódicos que contienen noticias curiosas é instructivas; creáronse en dos barrios distantes de Madrid dos grandes estudios de dibujo, desde los principios más elementales hasta copiar la figura, con más el dibujo de perspectiva y la geometría, satisfaciendo así no solamente á la mayor comodidad del vecindario, pino también á las exigencias de la moral y de una discreta política; viéronse desde luego 183 HEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. Europa; ni <;ojií[iiistador del siglo levantó su cabeza, ilirijíiñ sus mi- radas á la península, hubo guerras con los extranjeros, ludias y dis- cordias con los propios, intranquilidad, miseria, hambre ¿qué habían de hacer las artes sino languidecer y morir? Y sin embargo de eslo, cuando todas las Universidades se cerraron, cuando lodos los establecimientos de instrucción pública quedaron muertos y sin concurridos estos estudios por una innumerable multitud de hijos y apren- dices de artesanos que acudían a buscar los medios de dar mayor perfec- ción á sus manufacturas ó artefactos. Mas de mil y quinientos discípu- los frecuentaban estos dos estudios, en los cuales se dio por algún tiempo la enseñanza do dia y de noche, habiéndose reducido después á solo la enseñanza nocturna por haberse disminuido considerablemente los medios con que la Academia contaba para sufragar estos gastos, y porque de noche prestaban más comodidad á los artesanos para poder asistir á ellos sin descuidar sus respectivo» talleres. No satisfecho el celo de la Academia con esta enseñanza tan general, concibió extenderla on la parte de dibujo y adorno á las niñas y jóvenes que por el influjo que las labores de su sexo tienen en la industria, en el ornato de las personas y casas, en los bordados, Mores artificiales, minia- turas, paisajes y otras en que somos tributarios de los extranjeros. Esta- blecióse, en efecto, esta enseñanza de dia en el estudio déla calle de Fuen- carral, bajo los auspicios de la reina Doña Isabel de Braganza y de una Junta de Damas académicas, cuyos Estatutos aprobó S. M. en Keal cédu- la de 8 de Mayo de 1819. Entre las enseñanzas sostenidas por la Academia, ninguna dio duran- te este período resultados mas positivos y notables que la de matemáti- cas, considerada y establecida como fundamento de las artes, y principal- mente de la arquitectura: esta celebre escuela, que dirigida por su dis- tinguido y laborioso profesor el Sr. Varas se veía ya concurrida en 1808 por más de ciento cuarenta discípulos, lo fuó aun más durante la domi- nación de Bonaparte : ella se mantuvo abierta sin llamar la atención de aquel gobierno y mientras se cerraron las universidades, seminarios y demás establecimientos de instrucción pública, y surtió durante la guer- ra de oficiales instruidos á los cuerpos de artillería é ingenieros que reci- bían con avidez y aplauso á los discípulos de Varas, mientras este incan- sable profesor trabajaba sin recibir recompensa alguna ni percibir un soto real de sus sueldos en más de cinco años seguidos. El mismo crédito y concurrencia han conservado estas cátedras hasta su supresión en 1815, habiendo llegado en los últimos añoa a cerca de trescientos el número de alumnos matriculados en ellas. D1SCUBS0 DE PON EUGENIO DB LA CÁMARA. 187 acción, hubo en España una Academia de San Fernando cuyos indi- viduos, dispersos y atribulados, se dedicaron a recoger y salvar de la devastación extranjera multitud de objetos preciosos de arte que los invasores habían reunido en depósitos provisionales; hubo en ella un sáln'o y valiente profesor, un I). Antonio de Varas, digno de eterna memoria, que á la vista de los franceses conservó abiertas sus cate- Una de las mejoras más notables introducidas durante este período en la enseñanza de la pintura, filé la clase de colorido y composición, crea- da en 1848, y puesta á cargo del Sr. D. José Madrazo, que con tanto acierto la ha dirigido hasta poco antes de su fallecimiento, ocurrido en el año pasado de 1858. Renováronse también en esta época con más ardor y constancia que nunca las discusiones sobre planes de estudios y métodos de enseñanza, cuya necesidad se iba haciendo cada dia más apremiante; revisáronse de nuevo todos los trabajos que relativamente á este asunto tenia hechos la Academia, y después de prolijas y maduras deliberaciones se aprobó, por fin, un plan peneral de enseñanza de las bellas artes, que se imprimió y publicó en 1821: en este plan se trató ya de dar á dicha enseñanza un ensan- che y latitud que nunca había tenido; tuviéronse presentes todos ó efisi to- dos los conocimientos especiales que deben formar la suma de los que cons- tituyen un artista ilustrado; y si bien carece de las cualidades de un méto- do conveniente y riguroso en la distribución de los estudios, y adolece de otros defectos, se hubiera sin duda adelantado muchísimo poniéndolo en eje- cución ; mas desgraciadamente los trastornos políticos, la insuficiencia de los medios de que la Academia disponia, y otras mil causas fatales hicie- ron que la suerte de este plan tan meditado fuese la misma que la de los anteriores. La enseñanza continuó en los mismos términos que estaba, notándose principalmente BU imperfección en la parte de arquitectura, cuyos estudios estaban exclusivamente reducidos á las cátedras de mate- máticas y á la Sala llamada de Arquitectura, en la que apenas se hacia otra cosa que emplear las dos primeras horas de la noche en la copia de pla- nos ejecutados con mis ó menos primor por varios Académicos y por al- gunos pensionados: reducida á la nulidad la enseñanza del arte, carecién- dose absolutamente du la de composición y parte legal, y teniendo solo de la científica las cátedras de matemáticas y perspectiva que, aunque diri- gidas con el mayor celo y esmero por sus respectivos profesores, no po- dían contraerse á las aplicaciones necesarias á aquella facultad, ni expli- car con la extensión conveniente ciertos tratados como la mecánica tan necesarios al arquitecto, los jóvenes dedicados á esta importante enr- rora tenian que buscar estos conocimientos en el estudio de un arqui- Isa REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. ilrus «le Miitemáücas, dirigiéndolas gratuitamente por espado de cinco años seguidos, y surtiendo de entendidos oficiales á los cuer- pos facultativos del ejército español. Tantos males, sin embargo, tan prolongada y reñida ludia eran irresistibles y las artes sucumbieron; la decadencia era inevitable, y fue rápida; siguióse un largo periodo (IR paralización, cuya liislo- tecto particular y adquirirlos incompletos ú imperfectos á pesar de los laudables esfuerzos de profesores y discípulos : tenia además este estado dos gravísimos inconvenientes. El primero, que en todos estos estudios se cultivaba con particular exclusivismo la arquitectura romana y greco- romana; ae daba una muy ligera tintura de la griega; solia pronunciarse alguna vez el nombre de la gótica y de la árabe, pero tan solo como per- tenecientes á la historia, y jamás se oyó hablar de la brillante época del Renacimiento, ni proponer al estudio un modelo del genero bizantino ni de los demás varios estilos y épocas del arte arquitectónico: el único orácu- lo era Vitrubio; el catecismo de los arquitectos Vignola. El segundo in- conveniente era la suma facilidad en cometer abusos, pues la holgazanería encontraba un excelente pretexto en la falta de sistema en la enseñanza; la osadía ignorante arrostraba los exámenes y ejercicios con la confianza de aventurar eo un solo azar el óxito á veces favorable de una carrera que quizá apenas se habia comenzado, y los examinadores no se resolvían á examinar rigorosamente á los aspirantes en una multitud de ramos que en ninguna parte podian estudiar. De aquí la multitud de medianías que por espacio de muchos años han constituido el personal de la noble pro- fesión dol arquitecto; de aquí el descrédito de la clase y, lo que es peor de todo, la decadencia forzosa del arte, que hemos llegado á ver casi con- vertido en un oficio mecánico. Dediquemos, sin embargo, un grato recuer- do á los dignísimos directores de esta Academia D. Isidoro Velazquez y D. Custodio Moreno, que hicieron loables, aunque inútiles esfuerzos, por sacar á la arquitectura de su vergonzosa postración, y que con notable desinterés y generosidad franquearon sus vastos conocimientos á cuantos quisieron aprovecharlos, abriendo el primero un estudio á multitud de jó- venes estudiosos, y estableciendo el segundo bajo los auspicios de la Aca- demia, y en una de sus salas, la primera escuela en que se dio alguna importancia al cultivo del arte, la primera en que so dio el ejemplo de hermanar y combinar los estudios literarios con los artísticos, de disertar y discutir sobre la aplicación de laa ciencias y las artes. Semejante estado de cosas en una época en que los conocimientos científicos y artísticos se habían difundido tanto, no podía sostenerse mucho: la reforma era nece- saria, y la reforma se verificó en lS4.r>. DISCURSO DE DON EUGENIO DE LA CÁMARA. Ifi9 ria, Inusada ti graiulc» rasgos en las acias de la Academia impresas ni 11152, no es necesario reproducir aquí. Afortunadamente estaba ya muy inmediato el reinado de Isa- bel II: presentábanse ya en el horizonte los primeros albores del día de la regeneración, anunciando una nueva y felicísima era para las arles españolas: nublada se presentó en verdad la mañana de este dichoso dia, obscurecieron por algún tiempo su brillo las negras nu- lics de las discordias civiles; pero apareció al fin el iris de la paz con sus esplendentes colores, lució en (oda su magniucencia el sol de la verdulera ilustración, vivificando con sus rayos benéficos los entu- mecidos miembros del genio de las arles, y hoy le vemos ya desen- volverse y marchar más arrogante que nunca, prometiendo nuevos dias de gloría á la patria predilecta de las artes. He aquí pues, Señores, y concluyo, cumplida de un modo digno la misión de esta distinguida Academia: ella fue creada para promo- ver el estudio de las artes en España; ella ha dado ser y vida a las Escuelas que tan brillantes frutos han producido ya, y prometen dar ni lo sucesivo: las Escuelas han llegado á la virilidad; ya pueden marchar solas. Tenemos una Hcina magnánima, entusiasta por las arles, que las protege, que las premia, que las practica; un Gobier- no ilustrado que no perdona medio de perfeccionar su enseñanza y de estimular á los que la profesan; una juventud incansable, ávida ile gloria; un profesorado hábil y celoso que la dirige con inteligen- cia y solicitud; historia brillante que continuar, modelos magníficos i|iie imitar ¿qu¿ nos falta, pues, para elevarnos olra vez á la in- mensa altura de que por desgracia descendimos? Mas, ¿deberá la Academia cruzar sus brazos y descansar tran- quila sobre sus laureles? No, de ningún modo: la vida de la Academia no ha concluido, la vida de la Academia entra en una nueva ¿poca, su modo de ser cambia, su deslino varía: principia á vivir de otro modo. La Academia hasta aquí, más bien <¡ue Academia propia- mente dicha, ha sido una asociación de hombres de arte y de r.ien- eia congregados con el principal objelo de satisfacer una necesidad social ¡mporlaulísima, que ya esl;i ciimplidamenle satisfecha: no lia 100 llRAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. podido, no li» debido mr «Irn cosa: boy sus luíais deben Lomar nlro giro diferente; hoy debe empezar ¡i. ser Academia en el verdmlero sentido de esta voz, que no os haré la ofensa de explicar. Notables son, ¡oh Academia de San Fernandol las circunstancias que te ro- dean: tu primera época empezó entre el atraso y los amagos de lu decadencia; luchaste con esía gloriosamente y la venciste conclu- yendo con una regeneración artística admirable: ¡ijue tu sríiuniln época, que comienza bajo tan felices auspicios, sea l;\r¡¿;i, feliz y fílíiriosa!