DISCURSO DON FRANCISCO ENRIQUEZ Y FERRER, OKIGINAUDAD DE I,A ARQUITECTURA ÁRABE. SEÑORES: Al cnnmlrantic !ioy cutre vosotros, veo renlizaila la gloria artística i¡ue he ambicionado toda mi vida. Nacido en la poé- tica Gnnaih pocos inos d sput jne esh Iteil Academia diop T CO IIOCU su maspRcndos monumentos j u n n !o v mos ilustiesconi ¡nimio ilusti 1» 111 u histona il e s t u d m h j ) c n solmto i h u he i b n ^ i d o d i de tin tempiano h afición mis k x i d i l a i l estudio de 1 s bellas artts Si h s pi^inlLSLT construcciones ,,riLO u m a m d d si^lo \ \ i otiiinicnto de mi p i t i n y d d n h s il gi m Diego de Silotc j i los Madiuc s, pidtc L lujo cxcitalnn mi dmii non -I^UIJ JIK ndo mi li seo dt mtdirías y e ludnilas m n ubn di punto el \\ hemente inbdo que expenmertlibi al querei compiendei todi lo mi tenoso ) nidfíHo de 1 s < diliiacione árabes Lon qué placer oía releí n \i t i a l i n i u i s m s minos \ e n h I t n s jue tle d h s se con er\an y ipii ni i [iiel < nlonces eren otias tintas leilniadis ' Uincoinniltiim p t i i ini <1R1IO i h s sentida olí c m c i o m s k Por una antipatía, que aíin hoy no me explico, la. capilla líeal, pnn- tcon de los lteyes Católicos, iglesia ojival del último período, que existe n la misma población, me causaba pavoroso terror, y hasta muy tarde no empecí; a üentir las bellezas indisputables de esto monumento, de a püeto lóbrego y de formas agudas. Así lo definía yo, comparándolo <. i las obras muslímicas ó con las italianas, llamadas hoy del Renacimiento l'J2 RBAI. ACADEMIA DE SAN FERNANDO. mi cariñoso padre, y la amistad intima, que desde muy niño contraje con varios jóvenes de verdadero tálenlo, condiscípulos y paisanos, que cultivaban el estudio de nuestras antigüedades, contribuyeron mucho para que mi naciente afición llegase ;i ser un pensamiento privilegiado y casi único dorante la adolescencia, decidiéndome des- pués con toda la fuerza de mi voluntad al difícil cuanto sabroso es- tudio de la arquitectura. Distante estoy de creer que á tan felices auspicios correspondie- se mi intelectual desarrollo, y mucho menos mp, reconozco dolado de la altísima capacidad y la ilustración cumplida, que son indispensa- bles para ocupar el más humilde puesto entre los varones ilustres, iim: forman esta primera de nuestras Academias artísticas. Vero si ralo y plenamente convencido de mis pocos merecimientos, permíta- seme siquiera manifestar aquí mi júbilo y gratitud, al ver realizado 'el deseo, que hace muchos años acaricio; noble y generoso deseo, hoy plenamente satisfecho con la honrosa distinción que me dis- pensáis, antes por una bondad generosa y delicada que por mi es- caso mérito. Llevándola más lejos, concertedme ahora vuestra aten- ción y vuestra indulgencia. En el vasto campo del arte que se ofrece á mis ojos, al presen- taros con timidez esta pequeña ofrenda, creo que un bosquejo aun- que ligero, de la historia de la arquitectura árabe, podra ser de vuestro agrado, no por las ideas luminosas y nuevas que yo emita, sino por la importancia misma del asunto, el desarrollo que ohtuvo cu España, y las muchas aplicaciones que tiene en las construccio- nes civiles. Tan difícil como seria iioy demostrar la existencia de pueblo al- guno, que no haya contado con un idioma original para entenderse, lo es el que puedan haber carecido los árabes de arquitectura propia y adecuada á su manera de vivir, condiciones geográficas del país que habitaron, y materiales disponibles para la edificación. Efecti- vamente, el arle en Su origen es el resultado más ó menos perfecto de ejecutar obras de defensa contra la intemperie, las fieras y los hombres. Este ejercicio llega ¡i ser con el tiunipo un verdadero oficio DISCURSO DE DON HUNCISCO BNR1QUEZ ¥ FBRRE11. 103 ih: cmislniclor; pues lo que no se alcanza á la simple razón hiiiiiuua, pi»r la noción poco exacta de lu cosa, viene a hacerse con el hábito asunto familiar, lialiiéndosc vencido paulalmamente, y casi sin aper- cibirse de ello, dificultades que al principio parecen insuperables. De las combinaciones de los elementos constitutivos de la construc- ción, y de las necesidades emanadas de la localidad y del objeto, re- sultan por precisión formas que con el trascurso del tiempo y la cos- liimhre de reproducirlas en casos análogos ó parecidos, lian dado por resultado fisonomías propias, y con ellas el arte. Este fue desar- rollándose á medida que el hombre emprendía trabajos más arries- gados y grandes, en términos de convertirse en objeto de lujo y de ostentación lo que en un principio fue solo el medio de satisfacer una necesidad de la existencia misma. Si á esto se agrega la aplica- ción de otros conocimientos útiles al efecto, y que lian podido per- feccionarse gradualmente á la par del arle, tendremos al fin la ar- quitectura propia del país, que lia vivido aislado, y que no ha podido copiar ni inspirarse a vista de edificaciones de nación alguna. Si el pueblo árabe es tan antiguo y primitivo como el hebreo, y puede llamarse hermano suyo por contar el mismo origen y ascen- dencia, porque desde los tiempos más remólos estaba con él en un comercio íntimo, y hasta en el suelo de la misma Arabia obró el Se- ñor los más grandes prodigios en favor de los israelitas, ¿como pue- de creerse habia de existir sin arquitectura? Efectivamente, los libros sanios y los escritos más autorizados de los árabes nos hablan de la fundación de un crecido número de ciudades y de construcciones no- tables, como son: el templo de la Kaaba, en la Meka, próximo al pozo de Zenzen, y los suntuosos edificios de Merab y de Medina, que eclipsaron las glorias de la l'ersia, y lo que es más aún, el famoso dique de Mareb, cuyo rompimiento causñ la extinción de una de sus Iríbus. Estas obras prueban lus profundos conocimientos que llegaron á adquirir en las construcciones de Iodo género, pues hasta las más difíciles hidráulicas les fueron familiares; cumplida denioslración de sus grandísimos adelantos, no tan sólo en las arles, sino cu las cien- 191 BKAI. ACADEMIA DE SAN FERNANDO. fias malemálicns, indispensables para llevar ¡i calió l.ralt¡ijos de I al importancia y magnitud. El argumento que puede aducirse, de que el falso profela Mabo- ma empleó en la reconstrucción de la Kaaba, destruida por un in- cendio, dos arquitectos, el uno copto y el otro griego, que iban cu la nave que apresaron los árabes cargada de materiales, y que emplea- ron en dicha fábrica, no os una razón bastante para deducir que ca- recían de facultativos aptos para la edificación expresada; pues sa- bido es que cuando trabajos de esta naturaleza quieren llevarse á cabo con celeridad, se liacc preciso, no tan sitio la concurrencia de muchos obreros, sino la cooperación eficaz de hombres entendidos en las monteas y demás trazados consiguientes á un plan pensado de antemano y conforme al género de arquitectura adoptado: lo que de aqui se deduce es, que el empleo de los artistas extranjeros en la reconstrucción indicada seria una adquisición preciosa para realizar las miras y gloriosa ambición de concluir en un breve plazo, el trabajo que realizó el profeta legislador y custodio de la Casa Santa. Tampo- co es una objeción fundada el que en las construcciones muslímicas existentes, de épocas más d menos lejanas, se encuentren capiteles y algunos otros trozos de ornamentación que recuerden formas paga- nas, ó de distinta índole, y que sean motivo para creer que el arte árabe fue una derivación ó consecuencia de otras arquitecturas ó ci- vilizaciones extrañas; como tampoco sea prueba de ello el que los Ca- lifas ó jefes del imperio se apoderasen de los mármoles y demás ma- teriales de las edificaciones sassanidas ó de otros pueblos para el en- grandecimiento de sus vastos proyectos; pues sabido es que lodos los roin 1 lisiado res han hecho lo mismo, por la ventaja que les reportaba 1 en economía de tiempo y gasto el empleo de columna» labradas, si- llares, bronces y otros objetos de fácil aplicación. En la mezquita de Córdoba existen columnas y capiteles romanos en su estado propio; per» á la vez en los parages más dignos, y ejecutados con más parti- cular esmero, se ven otros muchos ornatos con el carácter original il<; la mezquita. La semejanza de los trozos arquitecturales con otros dr genero diverso si> explica fádlmenle, Icilicnilo en nionla rjim los DISCURSO BE DON FRANCISCO ENttlQtHZ Y FEMIBR. 195 árabes, al conquistar á España, la encontraron llena de jiionumenlos romanos, que miraban con asombro. Al contemplar la grandiosidad y belleza que respiraban, se despertó en ellos el espíritu de imita- ción, producido siempre por la novedad y el verdadero mérito. Y cs- lo, cuando el ejército vencedor, si había de establecerse en las tier- ras conquistadas, necesitaba construcciones para la propia defensa, para el ejercicio de su culto y las demás necesidades emanadas de su estado social y sus costumbres. Viéronse, pues, obligados á utilizar los obreros que les ofrecían los mismos pueblos sometidos á su do- minio, los cuales tradicionalmente y por rutina trabajaban, según po- dia permitirlo la decadencia del arte romano. En vano hubieran pre- tendido despreciar sus servicios; pues por muchos que fuesen los ar- quitectos que siguieran á los conquistadores, se hacia imposible Ins- tasen para la multitud de edificios que en todas partes construyeron, no durante el trascurso de muchos años, sino en brevísimo tiempo. Dedúcese de aquí como una consecuencia precisa, comprobada por los mismos hechos, que todos los pequeños detalles de poca conside- ración en un gran plan se confiaron á los artistas indígenas, que, des- conociendo el estilo arquitectónico de sus dominadores, producían las semejanzas que hoy se advierten entre los ornatos de la escuela ¡i que pertenecían y los empleados en algunos monumentos árabes; semejanzas ciertamente de poca importancia, considerando el arte en toda su extensión y sus diversas parles componentes. En un idioma, ¿qué significación puede tener el adoptar algunos vocablos y giros propios de otras lenguas? La estructura gramatical y demás parles constitutivas que forman la base y organización del idioma, no se al- teran en nada, y el trascurso de siglos no desvirtúa esencialmente su Índole propia, Asi ha sucedido exactamente en las construcciones muslímicas, siendo la comparación cierta, toda vez que la arquitectura en gene- ral es un arte, cuyo tipo, cualquiera que sea, no se encuentra en la naturaleza. Sin duda que en cada género existen proporciones lijas é invariables; pero no las determina el compás de una manera absolu- ta, cinno general mente se ha creído desde el siglo xvi, sino que son el producto del tálenlo creador y del ojo ejercitado que traza, con- «lucido por la experiencia y el sentimiento de lo helio en rada géne- ro de arquitectura. En vano se pretenderá suplir con las medidas y los niimeros aquella armonía y agradable regularidad, de que resul- ta la belleza en las partes y on el conjunto. Ha de nacer esta de la na- turaleza misma de las construcciones, de su objeto, de los elementos componentes del todo, y hasta de las circunstancias locales, las ideas y las costumbres Au ios pueblos. Los grandes modelos producidos con arreglo á estos principios: lié aqui el arte; lié aquí el fecundo manantial de donde surgen las sublimes inspiraciones, que le elevan y perfeccionan. I-os cálculos matemáticos más prolijos y trascenden- tales no sirven más que para las cuestiones de equilibrio, así como la física, la química, la acústica y demás ciencias auxiliares, para el análisis de materiales, confección de morteros ó betunes, y fabri- cación de otros elementos de construcción, que no se hallan en la naturaleza, ó requieren una preparación especial y la apreciación de las condiciones sonoras é insonoras, de las luces, vistas, ventila- ción y disposición higiénica de- los habitadores de un edificio. Ver- dad es que la colocación de las masas, distribución de rrnj ¡as, com- binación de patios, disposición do pisos, suelos y cubiertas, sufren modificaciones casi siempre que se aplican oportunamente los medios auxiliara anteriormente indicados; pero nunca estos, por exacta- mente calculados que sean, bastarán por si solos para la construc- ción de un edificio grande ó pequeño. Si se ha de obtener un resul- tado qne satisfaga cumplidamente al objeto, se han de crear formas dentro de los límites de los conocimientos razonados del arquitecto, \ sin poder jamás traspasar la barrera que impone el arle; barrera que se concibe bien, aunque no sea fácil determinarla en la genera- lidad de los casos que presentan las construcciones. l'artiendo, pues, de estos, en mi unleudcr, irrecusables princi- pios, esla seria la ocasión de hacer un paralelo de los diferentes géneros de arquitectura, para probar la idea emitida de que la /irahe es primitiva, y anterior tal vez á las que conocemos en el ilia; peni el imiiir d,. molestar demasiado vuestra alennmi, Sentires DISCURSO DE DON FRANCISCO fcNBtQUFJ! V PEHBEB. lí)7 Académicos, me impide empeñarme rn tan prolija tarea; única- mente referiré lo más brevemente que me sea posible las condicio- nes que resaltan en este arle oriental, y que entiendo no se enenen- Irán utilizadas con ijrunl ('xitn (•n lns ipclili.•nei onciÍ de los (Ictniis pueblos. I-a arq 1 1 1 1 i 1 1 1 1 presión filo 1 11 1 11 n 1 n 1 1 11 0 ) gratuito; 1 1 1 n o n t 0 ni P sen tan coi |l I 1 r lo 1 ji 1 1 P J laterales 11 oblicuos por contrafuertes bien combinados que permiten adelgazar las fibrinas, sin perder el grado de solidez necesaria á su objeto, interrumpiendo la monotonía de los planos, y dejando adi- vinar en la generalidad de los casos la distribución interior del edi- ficio. Sus crujías dobles ó triples están combinadas de lal manera, que conservan á igual temperatura las habitaciones, aun en el rigor de los calores y los fríos; en la parte central disponían sus construc- tores salones de planta cuadrada, por lo general, que se elevaban sobre las construcciones contiguas, á fin de refrescarlas, renovando el aire por las ventanas superiores de eslos grupos de habitación, y consiguiendo al propio tiempo luces suaves y de agradable erecto. Los palios estaban dispuestos de lal maestría, que los ejes que los dividían trasversal y longitudinalmente pasaban por el centro de estos mismos salones. Alrededor de los patios, no tan sólo corrían galerías abiertas sostenidas por columnas, sino que entre ellas y las habitaciones propiamente dichas se practicaban corredores cubier- tos que ponían en comunicación los deparlamentos del edificio, faci- litando su uso en todas las épocas del año, y haciendo más fácil el servicio de los domésticos, con la independencia de las piezas de respeto y las que el uso particular á que se destinaban exigía dejar- las aisladas. Esta disposición permitía la oportuna colocación de al- cobas y de otras piezas menores, como son, gabinetes, camarines, Toporos, retretes y demás estancias de la servidumbre que, aunque necesarias en la vida doméstica , deben calar siempre fuera del al- <-:miv de 1¡IS miradas il<: los rurinsos é importunos. Sin apocar la 193 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. fjTaiuluzu ile las formas generales, disponían las habitaciones en uno, dos y niás pisos, dejando siempre con particular cuidado espaciosos entresuelos para dormitorios de los sirvientes, los cuales, próximos á los puntos donde los llamaba el ejercicio de sus respectivas obliga- ciones, ni molestaban á sus señores, ni estos ejercían sobre ellos una penosa vigilancia que les impidiera vivir con desembarazo y sin cui- dados. De la huena disposición de los muros de cerramiento resul- taba una acertada distribución de escaleras, y que las cubiertas ñ techumbres se elevasen á las alturas respectivas de las piezas, pro- curmdo molno di dtioiacion, que c ¡ m i í m l o s con los minaretes 0 íoueiill s dibin un nspeclo gnndio o ^ il» m i\or extensión apa- t id i h s constriiciiones civiles Fl uso di pabelloms -\ i n a n z a - I shitl patio J J u diñes o vi I I lado cnnplelalnn la distri- 1 i n n de 11 t i a ritas I T dispo ii u n de sus mezquita era £,iin liosa \ icomodada á sus i radie s rcliftio t« Todo en ella estaba cilculilo y pievislo; pilios e panosos, todeados de galerías caladas, un estanque en el Kiilio pata las abluciones religiosas, espaciosos ámbitos: nada fal- I ili i Sus almaiislanes u hospitales ofrecían la sencillez indispensa- bl< ( u IJS casas di laridail, para no irritar con el lujo inoportuno las di sdulia d»_l pobie que se refugia en ellas. Las albóndigas, casas de cuntí.itauon, de sedas y demás edilicios públicos, presentaban tam- fIKII una dislribuiíon la más perfecta, con especialidad los baños, donde e concillaba la comodidad con el deleite y la hermosura; Ii isla sus raudas o cementerios, de que aun se conservan varios, in- i IUMI el de los reyes árabes tle Granada, presentan una sencillez de lumias y obiiedad de adornos que los recomienda sobremanera. El oí nato era ti íesultado necesario de la construcción, l'ara sal- var sus vanos, se valían de toda clase de arcos, con especialidad los de cuatro puntos, vulgarmente llamados de herradura, ó los de pe- chinas agrupadas de bellísimo efecto; las columnas revelaban siem- pre por su forma y proporciones la materia más ó menos resistente de que las hacían; las colocaban aisladas ú en grupos de dos, tres y aun niiilni; pero siempre separadas li>s Instes e-nln' si, nmciliiimln UlSCUnSO UK DON FRANCISCO ENRIQUEZ Y FKRREH. líltl la más arrea esbeltez con la solidez real y aparente que rn|uoriaii los diferentes casos de construcción; las adosaban Cambien al muro como apoyo de los arcos que sustentaban; omitían las pilastras y cornisas como innecesarias; pues sus aleros, más ó menos avanzados, no tenían otro objeto que el separar las aguas pluviales de las fábri- cas, ó resguardarlas con las sombras que proyectaban, de los calores añílenles del eslío. Se componían de una 6 más Iiilndas de canecillos, con una inclinación ascendente de 20 á 25 grados respecto á la ho- rizontal. Las puertas y ajimeces ofrecen los modelos más bellos, siendo los últimos rasgados hasta el suelo y velados por atauriques de yeso ó celosías de madera. Las techumbres variaban al inliiiito, pero casi siempre conservando la forma exterior de los mismos; re- sultando, por lo tanto, tedios en plafón, arlesonados de planta rec- lúngiila ó poligonal, cortadas las caras de estas pirámides entrantes por los amizales que formaba el jabalconado de los pares de arma- dura; lainbiun empleaban todas las bóvedas conocidas, y con espe- cialidad las esféricas, caídas y en esquife: por último, sus cerra- mientos de pechinas, estudio el más completo de geometría, produ- cen un efecto sorprendente é indefinible. Tanlo las bóvedas como los arcos eran de cantería, ladrillo, hormigón, yeso i'i madera, dando lugar en estos últimos á los trabajos de lacería, que son la admiración de lodos los constructores, y constituyen una especialidad distintiva de este"género de arquitectura. La caracterizan también las dispues- tas por series de arcos torales de fábrica, que sirven de cuchillos do armadura, sobre los que descansan las correas ó vigas en el sentido longitudinal, recibiendo esla los pares con sus tocaduras y saetines, y descansando euciina la tablazón general, que determina los [llanos ilr cubierta '. De los misinos malcríales, empleados en las bóvedas y arcos, ha- 1 La mezquita de Córdoba estaba cubierta con esta techumbre, cuyo uso, no interrumpido para la generalidad de loa casos, se observa hoy, no tan sólo en las obras levantadas de orden de los Califas y demás jefes del Islam, sino también en lasque durante los reinados de los reyes de Casti- lla se hicieron por artistas moros, que pasaban al servicio de los cristianos, 200 REAL ACADEMIA I)E SAN FERNANDO. cían también las paredes, y las taraceaban con adornos de relieve ñ grabados de profundidad amanera de lelas preciosas, enlazando sus planos verticales con las techumbres por medio de frisos tallados ó pechinas agrupadas. En los pavimentos y fajas inferiores ue las pa- redes empleaban placas de mármol, ó las revestían de barro vidria- do y cortado en formas varias de exquisito gusto: sus puertas exte- riores estaban las más veces cubiertas de hierro, cobre ó bronce, y las interiores de madera ensambladas, á manera de las armaduras de lacena; las hojas de ventanas se colocaban de ordinario fuera de los vanos, haciéndolas girar sobre quicios sujetos por gorriones de fur- nias elegantes. En el centro de las habitaciones y en el encuentro ilr los ejes de los patios labraban fuentes de mármol, cuyos raudales corrían por canales practicados sobre los pavimentos al través de sus salones. Los muros exteriores terminaban casi siempre en las mez- quitas con cresterías talladas en forma de pequeños mcrlones, para i[iie desapareciese la aridez de las lineas rectas, ocultando en parles los tejados. Se formaban estos de lejas, que llevan hoy su nombre, vi- driadas las más veces, cubriendo con preciosos alicatados de esmal- le, ó laminas metálicas, las grandes cúpulas y chapiteles de sus al- minares. Además, como en toda arquitectura primitiva, pintaban los árabes en forma de delicadas miniaturas los muros, columnas, ar- cos, atauriqítes y techumbres, en donde alternaba el oro con el azul, rojo y otros colores, resultando de todos ellos la armonía más en- cantadora que puede concebir el entendimiento humano. Los medios de ejecución eran los apropiados al lin que se propo- nían; esto es, de conciliar la solidez con la economía, utilizando en general los materiales i¡ue ofrecía el país para sus fábricas. De in- tento calculaban las dimensiones de tal manera que fuesen las me- nores posibles, pues en Toledo aun se miden vigas de suelo, que so- metidas á los cálculos de estabilidad, según el estado actual de la ciencia, se encuentran en el punto limite ni demás ni de menos, las que presentan seis centímetros de canto por nueve de tabla; siendo esta parte muy atendible para el verdadero estudio que nos ocupa y IJUC por sí sola bastaría para demostrar que el arte arabo no us iini- DISCURSO DE DON FRANCISCO ENRIQUKZ V FEBREB. 201 iiiciuii ilií ningún otro conocido. Las afinidades ó imitaciones am las "iras arquitecturas modernas, no son otra coso mas que copias mal entendidas é imperfectas, por haberse inspirado en las construccio- nes árabes. Entre los monumentos que merecen particular atención, debo citarse la mezquita de Cirene, edificada por Ocba en 665; la grande aljama de Damasco, erigida por Walid en 705, y los edificios de Je- rusalen, que son reputados como los mas antiguos posteriores al Pro- feta. Los de esta última ciudad y los de Damasco servían de término comparativo, para ponderarla importancia de los que se levantaban on todos los puntos de la tierra que obedecian á los Califas. Apenas los sectarios de Maboma se liabian posesionado de España, cuando en el año 715 erigió Ayuli una herniosa mezquita en Zaragoza; y con- taha apenas un siglo de existencia el imperio musulmán, cuando en el arto 786 se comenzó á construir la mezquita de Córdoba, que se conceptuó la segunda del Islam en santidad y en mérito artístico. Es cusa en verdad muy digna de notar, que cuando la Europa entera se bailaba sumida en la barbarie, cuando apenas quedaban entre los hombres vestigios del arle griego y romano, se construyese la aljama de Córdoba, de un plan y ejecución admirable, trazada por el mismo rey Abd-er-Ral unan, a semejanza de la de Damasco, más grande y superior en magnificencia y suntuosidad á la construida por aquel tiempo en Bagdad, comparable sólo á la (lasa Santa de Jerusalen, y ni donde presidió un lino especial para determinar la graduación sucesiva de las diferentes parles del edificio, y muy principalmente su ornalu. Siete años después la concluyó el rey Uixcm, hijo y suce- sor de Ahd-cr-Rahman, y la adornó con cualro mil setecientas lám- paras de preciosos metales y con hermosas puertas cubiertas con planchas de bronce, y la principal con laminas de oro maravillosa- mente labradas. A Unes del siglo siguiente se construyó la de Ebn- Tulum, en«l Cairo, notable por la unidad de sus proporciones y adornos. Pero la obra que aún parece increíble se hiciese, fue la de Medina Azahara, empezada en el año de í>56 por el rey Abd-er-Hah- mnn Au-Nosir, ciülintda ú la orilla di-1 tliuulaliiuivir, ;i cinco millas 302 REAL ACADEMIA DE SAN FBRNANDO. por bajo de Cúrdoha, aprovechando la frescura y amenidad del sitio cu donde se fabricaron muchos edificios magníficos con herniosos jardines. De manera que lo que fuera sólo en su principio una casa de campo, se trasformó al lin en una ciudad magnifica. Ocupaba su centro el Real alcázar, obra de extensas dimensiones y de elegante fabrica. Su fundador la adornó con cuatro mil y trescientas colum- nas los hijos del Profeta, po (sionidos del piís m qut dt.- Tendían sus bogares y basta las tumbas de us niijuies SL iníiltn- ba la ctuh/ici n dt esto ullimos por todas parles, influyendo po- derosamente en las costumbres, usos, trajes, ciencias y artes de la nación. Hasta el idioma y escritura árabe servían para los contratos públicos, y eran el medio que la erudición y la cultura empleaban I rifa las recíprocas transacciones de los pueblos cristianos y moros. ¿(Jué extraño es por cierto que, vistas con admiración y estudiadas con empeño las grandes construcciones de los pueblos conquistados por los cristianos, fuesen las que eslos emprendieron entonces la fiel expresión del arte muslímico? Ciertamente, Señores Académi- cos, al comparar con detención el alcázar del rey D. Pedro en Sevi- II ton la Til Reil i i K ik, bi iiidd e baila el más exacto pare- tido; en términos que, como dice un escritor contemporáneo, es una copia de esta última el palacio del Bey Justiciero. No lan sola- n enlt t i i i r e j o h l i l del elifioo t n su distribución y construcción corresponde al género árabe, sino que basta en sus detalles decora- Ino se notan las aplicaciones de los mismos moldes, que sirvieron en la Alhambra para vaciar sus atauriques y yeserías. Sus alfardas y rlesonados están hechos por los mismos escantillones y plantillas, que sirvieron tm las edilicuciones de (¡ranada. Su minuciosa repro- áO6 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. duccion se extiende hasta el exlrenio de colocar en el espesor de las jambas de las puertas los arrpmuliaii con su granduia. Vengamos ahora del conjunto á los detalles, y esta ventad apa- recerá más perceptible. De los templos bizantinos generalizados des- de ni Bosforo hasta las columnas de Hércules, siempre con el mismo carácter en la ornamentación y las formas, han debido tomar los árabes para sus harenes y mezquitas los patios exornados de colum- nas y arcadas, las cúpulas con pechinas de gusto griego, las hojas y llorones comunes al Unjo Imperio, las galerías corridas de arquillos apuntados, las ojivas más ó menos pronunciadas, si bien pudieron haber encontrado su tipo entre los persas, y sobre todo en el palacio de Cosroes, á las orillas del Tigris. Y prescindiendo ya de los mate- riales extraídos de las construcciones bizantinas y romanas, de las columnas mutiladas, de los basamentos y festones que, separados de su primitivo asiento, perdían en los edificios árabes sus naturales relaciones con el conjunto, todavía el menos observador habrá de reconocer en los capiteles de las más antiguas mezquitas las formas alteradas del corintio, tal cual los griegos de ConslanÜnopla le em- pleaban. Su figura de canastillo no varió seguramente, si otras fue- ron sus proporciones. Griegos son también los mosaicos esmaltados, sustituidos después por los azulejos, y nadie negara, al examinar las fábricas del Islamismo levantadas en toda el Asia menor, la Per- sia y el Egipto, que su gran cúpula, acompañada de otras más pe- queñas agrupadas en lomo suyo tendiendo a l a figura piramidal, encuentra su perfecto modelo en la suntuosa y magnilica de Santa Sofía. Aquí la semejanza es perfecta; la imitación indudable; el ca- rácter arquitectónico uno mismo. Aun pudieran los minaretes considerarse como una sustitución