DISCURSO DE DON DOMINGO MARTÍNEZ, LEÍDO EN JUNTA PÚBLICA BE '22 DE ENERO DF, IHOO. SOBRE LA HISTORIA DEL GRABADO. SKRORES: En el dcsalinadn disnirsoqite tengo la inapreciable hon- ra ilt! dirigiros, 110 busquéis, ni las galas poéticas, ni las condiciones oratorias, que parecen inseparables de eslaclase de Iraliajos. ArLista desde mis años m i s tiernos, entusiasta por el arle, ;il cual, después de la benevolencia de esta Ilustre Corporación, ilel>o el alto I1011011 ijue me dispensáis, concediéndome asienlo en la Real Academia lie Nobles Arles de San Fernando, me lia faltado el tiempo para inten- tar siquiera acercarme al vastísimo campo de la literatura, tan tri- llado y familiar para muchas de las respetables personas de mi audi- torio. Consagrado siempre con fé al esliulio del arle del grabado, to- dos los esfuerzos de mi escasa inteligencia se han dirigido constante y exclusivamente á imitar los admirables modelos ejecutados por los artistas eminentes de todos los países, con tanta gloria suya como del arLe mismo. Al entrar, pues, en materia, propóngome bosquejar á grandes pinceladas la historia del arte de grabar, sus progresos y sus dias de gloria y decadencia, emitiendo mi humilde opinión sobre algunas de las obras más notables y sus autores. El origen del grabada se pierde en la oscuridad de los tiempos. Los más antiguos monumentos testifican esta verdad inconcusa: las pirámides y los obeliscos egipcios, las pagodas del Indostan, los tem- plos idólatras de todos los países y edudus más reinólas, los sepul- •¿S& HKAT, ACADEMIA DE SAN FERNANDO, uros de lit!iii|)iis casi fabulosos, toiln esta publicando bien alio, ron sus geroglílicos y sus figuras alegóricas, grabadas en piedra, que es- te arte es uno dt; los primeros que han cultivado los hombres, y del que se han servido para entenderse sin el auxilio de la palabra, y trasmitir sus ideas á las generaciones posteriores. Desde donde al- canza la historia antigua hasta el tiempo de Guttenberg, In vida de la humanidad esta escrita en piedra, está grabada. Admiración causa, Señores, considerar, cómo á los antiguos, y singularmente á los griegos, qiie.á tanta elevación llevaron este ar- te; que grabaron sus leyes, sus ritos, sus batallas; que esculpieron sobre piedras preciosas y sobre metales con el mejor gusto; que abrieron medallas del más delicado trabajo, no se les ocurriera ni copiar con el buril sus admirables cuadros, ni sacar pruebas de lo que grabaron, concretándose únicamente á emplear alguna vez como me- dios de la reproducción la escultura y el dibujo en contorno. Si los antiguos hubiesen conocido aquella aplicación del arte, las sabias y memorables obras de los Timantes y Apeles se hubieran li- brado de la mano destructora del tiempo, y habrían llegado ú nos- otros, como han llegado las do Hornero y de Virgilio. Con el graba- do, las grandes obras de pintura y escultura se aseguran contra las injurias del tiempo, se generaliza su conocimiento, y su fama se ex- tiende al orbe entero. Sin Marco Antonio, el mérito de los cuadros del divino Rafael seria menos conocido .y admirado. Si el buril de Fontana no se hubiera anticipado a legar á la posteridad la batalla de Cadura, célebre cuadro de Tiziano, hubiérase perdido su memoria, como se ha perdido la de tantas otras joyas del arle, devoradas por las llamas en el Pardo y en el antiguo alcázar de Madrid. El grabado puede trasmitir á todos los países y ú los siglos ve- nideros el estado de las ciencias naturales, físicas y matemáticas y las artes todas; crear escuelas en donde no haya ni cuadros ni maes- tros, y poner de manifiesto á las edades futuras el mérito de los ar- tistas, para que en todas se pueda estudiar por sus obras, aunque hayan desaparecido todos sus cuadros. El grabado hace propiedad de lodos los países las bellezas de l;i arquitectura, reuniendo en un;i DISCURSO DE DON DOMINGO MAIITINEZ. 237 ciudad la iuiñgoii (¡el y perfecta de cuantos magníficos edificios her- mosean el mundo; conserva del mismo modo las ruinas de los que el tiempo lia destruido, y reproduce las obras de escultura, facili- tando su imitación. Las descripciones que el poeta ó el literato pudieran hacer de un cuadro, no serian mas (¡ue explicaciones, muy útiles ciertamente para los que hubieran visto el cuadro mismo, pero del todo indica- ees para los que no lo hubiesen conocido, siendo absolutamente im- posible por sola aquella descripción reproducirlo con el pincel sin haberlo tenido d la vista. Luciano ha dejado descrito muy circuns- tanciadamente un célebre cuadro de Apeles, en el cual presentó sim- bólicamente el pintor, por medio de una ingeniosa alegoría, el casa- miento de Alejandro con la hermosa Roxana. Rafael de Urbino y algunos otros artistas distinguidos, han intentado reproducir aquel cuadro, según la descripción de Luciano; y lodos al fin ha» tenido ijue desistir de tan ardua empresa. ¡Tan difícil es penetrar en la nicnte de un artista sin ver sus producciones! El grabado, asociándose á las artes primitivas, las ilustra, y di- funde sus luces de una manera extraordinaria. Si no todos pueden visitar á Roma ni á Gorinlo, á cualquiera le es fácil poseer las r i - quezas artísticas de Corinlo y de Roma. Merced al grabado, no se- rán el San Ildefonso de Miiriilo ni el Baco de Velazquez joyas encer- radas en el Museo de Madrid, desconocidas de los que no puedan vi- sitar este tesoro del arte: los buriles de Selma y de Carmona lian llevado a todas partes estas dos obras de nuestros dos más celebres maestros. La media naranja de la escuela de Bellas Arles de París, que inmortaliza á Paul Delarroche, no será patrimonio exclusivo de la capital del imperio francés, porque Enrique! Duponl ha populari- zado su conocimiento, y cualquiera puede contemplarla, sin pisar el territorio de Francia. Gracias al buril de Volpato, todos, sin ir á Roma, podemos admirar los frescos del Vaticano, pintados por el divino Rafael, así como cualquiera puede estudiar la Sagrada Fa- milia de este pintor inmortal, en el bellísimo grabado de Jacobo Frey sin necesidad de ir basta el Museo del Louvi'e. 238 hEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. No habiendo los griegos, ni sus imitadores los romanos, acertado á descubrir la estampación de sus grabados, no esperemos bailar es- te fecundo descubrimiento en los campos talados, en las ruinas de las ciudades asaltadas, en las lagunas de sangre, con que señala la historia el principio de la dominación de las razas del Norte en Oc- cidente, ni en la época de horrores y calamidades con (¡ue cubrió a la Europa el feudalismo. Preciso es acercarnos á tiempos mas libres y pacíficos para en- contrar la estampación del grabado. El siglo XV, tan fecundo en grandes descubrimientos, debía serlo también de este, y lo fue en efecto. La historia de esta útilísima aplicación del arte, toma origen del grabado en madera de los moldes para los naipes, ó cartas de juego, cincuenta años por lo menos antes de igual aplicación al grabado en dulce. A esta fecha se remonta el uso de los naipes en Alemania, y S la misma la iluminación ó" colorido, que se hacia recortando moldes para cada color. Después de los naipes, la primera estampa que la historia reconoce, es la que se conserva en la biblioteca de Burlieim, en Suavia, monasterio de los más antiguos de la cristiandad, repre- senta esta estampa al Niño Dios, llevado en hombros de San Cristo- bal, atravesando un rio: delante del Santo se descubre una ermita, y detrás un hombre de espaldas, con un saco al hombro, subiendo una montaña. Esta eslampa se guarda en un libro impirso en el si- glo XV, y tiene una inscripción en caracteres góticos con la fecha de 1425. Siete años después ya se encuentran en la Biblia, llamada de los pobres, no solamente muchas letras iniciales grabadas en madera, sino algunos asunlos de la misma Biblia. El grabado en madera se adoptó en Uonia hacia 1467, para ilustrar el libro de las Meditaciones del Cardenal Turrecremata, y en Verona en 1472 para la obra militar de Roberto Valturrius, Sin embargo, hasta mediados del siglo XVI no tuvo verdadera importancia el gra- bado en madera. Por esta época grabó Alberto Durero dibujos de ton admirable belleza , que Marco Antonio, Lucas de Leyden y algunos olim célebres grabadores, no solo procuraron imitarlos, DISCURSO DE DON DOMINGO MARTÍNEZ. 239 sino r¡ur los falsificaron, y hasta suplantaron en ellos la Urina carác- U ter que pueda encontrarse en ellos. No se ñusque noMeza ni digni- dad en las composiciones de este gran artista; cuidábase tan poco de ellas, como atención ponía en ejecutarlas. Habiendo Ilembrandt atro- pellado las tradiciones y las reglas del antiguo, era muy lógico en su carácter que se hurlase también de los artistas que respetaban y es- tudiaban por aquellas reglas. Estrard, en su biografía, dice, que ino- rándose del respeto que los demás artistas tenian al antiguo, los llc- valia ¡i su casa, y abriendo á su presencia un gran armario, les de- da: "Ahí tenéis mis antiguos» enseñándoles pedazos de lelas de fu- clia inmemorial, pelucas y otros objetos muy singulares, de que es- taba lleno aquel mueble. Las paredes de su babilacíon oslaban cu- liiertas de trages antiguos, espadas, lanzas y armaduras, enmoheci- das por los años. A pesar de la chocante escentricidad del estilo de Itembrandl, tuvo imitadores y excelentes discípulos, distinguiéndose entre otros mu- chos, que los estrechos limites de este discurso me impiden citar, Fernando Boíl, cuyas obras se recomiendan por la verdad y natura- lidad de la expresión; Jorge Wan Vliel, cuyas cabezas encantan aun hoy á los conocedores; Juan Lievens y Salomón Konnink, cuyas fiso- nomías respiran vida y animación. Después de estos celebres grabadores, no puedo dispensarme de hacer mención especial de Cornelio Visscher, discípulo de Soutnian, a quien dejó muy airas. En la mayor parte de sus numerosos gra- tados, supo reunir lodo lo que el buril puede producir de más puro, con lo que la punía seca puede dar de más espiritual y pintoresco. De este admirable conjunto y de efecto tan bello, resulta tal ve« el más perfecto modelo que puede adoptar un grabador para perfeccio- narse en su arte. Las obras de Visscher son hoy muy buscadas, so- bre todo las de composición. En la almoneda de Mr. Mariette, la co- lección de Visscher, compuesto de Í72 hojas, se vendió en 30ití> libras. Volvamos á Italia. Trabajaba Marco Antonio Raymondi en Vene- na con aprovechamiento y constancia; pero estrecho su genio en aqne- 241 RF.AL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. líos muros, trasládase a Roma con objeto de timbar un cuadro ilc llat'ael, y este pintor inmorlal comprende, en medio de aquel descon- cierto de líneas, el talento de su autor, le llama á su lado, y le hace grabar su Lucrecia primero, y después el Juicio de París, es- lampas que aun sorprenden por su naturalidad, franqueza y caráe- rárlcr. Desde entonces Marco Antonio es el grabador favorito de Ra- fael, <[uien muchas veces dibuja por sí misino las figuras sobre ln plancbn, lo que da á estas estampas un valor inmenso para los ver- daderos conocedores. Marco Antonio dejó á su muerte muchos discípulos, cuyas es- lampas son bastante estimadas, aunque no tengan el mérito de las de KU maestro. Cuéntase entre estos á Agustín Veneciano ó de Mus- sis , que llegó casi á ponerse al nivel de Marco Antonio por la pure- za del buril, aunque le sea inferior por la corrección del dibujo; Marco Itaviñano y Julio Bolones, con los no menos célebres Jorge Mantuano, Silvestre deHavena y Aníbal Caraclü, pintor y grabador, La escuela de Marco Antonio no lia sido menos famosa para los gra- badores, que la de Itafael para los pintores; así era que de todas parles acudían á liorna jóvenes deseosos de aprender al lado del protegido del inmortal Sanzio. De este número fueron algunos artis- tas alemanes, tales como Jorge Penlz, Jacobo BÍDIÍ y otros de menos Hombradía. Después de Marro Antonio se generalizó en Italia H arte, perfeccionándose cada día. Por esta época brillaron Juan Bau- tista Franco, Ifautista Vicenlino, Juan Bautista el Mantuano, pintor y grabador, que trabajó al lado de Miguel Ángel, y el célebre Par- mesano, á quien se debió primero que á nadie la aplicación del agua fuerte y los primeros ensayos felices en los árboles y en cuanto pertenece al paisaje; Conidio Corl, grabador holandés establecido en Roma, y Agustín Carradii su discípulo, quien bien pronto aven- tajó al inaeslro. Interminable seria citar todos los grabadores italianos, y muy lejos de los estrechos limites á que la escasez de tiempo me obliga a ceñirme: pero no puedo dispensarme de hacer mención especial de lu familia Saikler, tan fecunda en distinguidos grabadores; de En- mscrnso HP, DON DOMINGO MARTÍNEZ. 245 rique (¡iiltüius, imilnilor tle Miguel Ángel; de Frnncisco Bartolozzi y .luán Volpalo, los dos más hábiles grabadores de estos i'ilíimos tiempos; Hafael Mochen, discípulo y yerno de Vnlpalo; Dmriiiurn Cunego, Juan Octaviana y Francisco Poz&i. Los franceses han sido los lillimos que lian ejercido el grabado. El primer pintor francés cuyos cuadros se han grabado, es Juan Düusin: Noel Garniel" el primer grabador que ha manejado el buril eii Francia. Después vinieron Juan Duvet, Gabriel Tavernier, Leo- nardo Gaiillier, que grabó el Juicio final de Miguel Ángel, y Fran- cisco Pcrrier, notable por el número de estatuas y bajos relieves antiguos que grabó, aunque con poca exactitud y peor gusto. El primer artista que manejó con destreza el buril y el agua fuerte en Francia, fue Jacobo Cal lo t, que pasa por ser el primero que em- pleó sobre el cobre el barniz duro, y que aun hoy se lince admira]' porln singularidad de sus atrevidas composiciones, disl¡n¿;iiiéiiili>se particularmente en las figuras pequeñas. Estacionado el arle del grabado en Francia hasla la época de Francisco I, adquirió desde entonces tal importancia, se reunieron en l'aris tantos y tan eminentes artistas traídos de todos los países de Europa, y se protegió de tal manera el grabado, generalizando la aliciou y el buen gusto, que desde entonces basta boy la capital de Francia lia sido el centro del arte, y la escuela que ha dado sobre lodas honor al grabado. Tarea casi interminable seria citar los ar- lislas y sus obras desde Roemer, Casini, Edelink, Fiossc, Chaveau, Le Clerc, Lame, Andran, Masson, Mellan, Drevet, Lorenzo (¡ni's, Juan Daullé, Felipe Lebas, que después de Ilemhrantlt fue el pri- mero que manejó con inteligencia la punta seca; Juan Jacobo Fli- part, célebre por la suavidad y empaste de sus obras; Francisco Ba- san, Denoycrs, Massarl, Tardieu, Wille y tantos otros, hasta los que hoy viven, y no me atrevo á citar, temeroso de ofender su mo- destia. Más larde aún que en Francia, apareció el grabado en Inglater- ra, y preciso es venir hasta Holbein, en el reinado de Enrique VIH, pura encontrar estampas do algún mérito. A Vandyck deben los iii- 246 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. gieses los pocos grabadores, que basía casi mies!ros ilias linn leniílo. Sin embargo, el genio de invención y la constancia que parn lodo domina en los hijos de la Gran Bretaña, empieza a columbrarse en los costosos grabados a la maniere noire, con que Smitli y Blond en- riquecieron el arte. Pero hasta Slrange, el desgraciado lteyland, Copley, Boydel, Canot y Slicrwin, no se présenla el arte con lodo su esplendor. Todos los estilos que se conceden al buril, se han puesto en practica para representar, y en verdad con honra del arle, sus pinturas y SUR hechos históricos, distinguiéndose especialmenlf* en la severa exactitud de sus combales navales, y cu cuanto tiene velación con la marina. El grabado inglés se distingue hoy por el grado de perfección a que se ha llevado en aquella isla la maniere noire, por lo atrevido de sus composiciones, y más que todo por la belleza de las tintas y la delicadeza de la estampación. N" fue nuestra España de las últimas naciones que ejercieron el arte del grabado. También liemos tenido grabadores en madera en la época primitiva; pero todos los esfuerzos hechos para lijar fechas <• investigar nombres, han sido inútiles. Los que trabajaron anlrs del año 1500, no acostumbraron á firmar sus obras. Los primeros monogramas, fechas y aún firmas completas, empiezan con el si- glo XVI. En Salamanca, Alcalá, Sevilla, Valencia, Medina del Cam- po, Barcelona, Tarragona y otras ciudades, se ilustraron algunas obras, especialmente religiosas; como la vida de la Virgen, impresa é ilustrada en Medina del Campo en 1555; el Flos Sanción»», en Barcelona, en 1565; la vida de Santa Catalina de Sena, grabada en Valencia por Juan Zoltra, en 1511, y otras innumerables estampas, como las que ilustran la tragi-coniedia de Calipto y Melibea, edición de 1502, y la crónica de Hernán Pérez del Pulgar sur le régnfí des ileux rois. SÍ en el grabado un madera España no fue la últimii, en el gra- bado en dulce puede disputar la prioridad á la mayor parle de las naciones de Europa. Nuestro distinguido compañero el Sr. D. Va- lentín Carderera, celoso por lodo lo que sea progreso en las Bellas Artes, lia hecho un feliz descubrimiento, que dcmiieslra (jnc el gra- DISCURSO DE DON DOMINGO MARTÍNEZ. 217 b;ulo en (luiré su remonta en nuestra historia ilel ¡ule hasla la rpo- en misma de Maso Finiguerra. Oigamos al mismo Sr- Canlerera. . «Las fechas de todas las más preciosas estampas expuestas en el «gabinete imperial de eslampas de Paria (el más rico del mundo), «van oscilando desde algunos años antes del fallecimiento de dicho "Finiguerra [1469]; y no cita su rico catálogo más que dos autores "después del cilado, que son: Peregrini, que falleció en 1-580, y Bocio "Baldini, que trabajaba por esta época. Los otros tres que grababan "del 1460 al Gtí, son anónimos, y casi todas estas estampas sulo son •'lucios, o sean impresiones en papel hechas ;i mano sohre obras de "orillees para adornar joyas y porlapaces, y por consiguiente, de » tamaños casi diez veces menor que la estampa española que vamos »á ilustrar aunque breve y desaliñadamente. "Esta tiene treinta y cuatro centímetros de alta por venlisiele de »ancha; divídese en dos parles iguales: la superior la ocupan los "quince misterios del Rosario, en tres zonas ó fajas, cada una de • estas suhdividida en cinco misterios. La parle inferior contiene, en "el centro la Virgen, rodeada de una aureola ovalada y de un rosario "ijue parece descender en el aire hacia un joven, que en la zona de "la derecha está de rodillas en oración, y se ve acometido de unos "soldados, cuyas espadas se les caen (le las manos; encima hay esta «leyenda: Mimculum mililum. En el lado opuesto esta San Vicente »Ferrer arrodillado, y detrás en pie el Papa Inocencio VIH (el pri- »niero, creo, que concedió indulgencias á la devoción del Rosario) y »adem;is un rey y una reina. Encima, en otro espacio ü zona, está "Sania Catalina y Sania Eulalia. Forman margen á este trozo dees- "hnnpa dos nichos á cada lado, donde se ven Santo Domingo, Santo «Tomás, San Pedro mártir y Sania Catalina de Sena. Como todos los "primitivos grabados, liene poquísima sombra, y casi parece está • de simple contorno. Como estampa hecha solamente con objeto de '•propagar una devoción, cuya lámina ha debido servir para tirar »miles de ejemplares, se observan en ella líneas algo bruscas y «duras, ya por la impericia de aquellos tiempos en manejar los bu- «riles, ya principalmente porque al parecer fue retocada algunas «veces; y sin embargo, la sencillez y candor do cada historíela ó »composición, sus naturales actitudes, .sus lindos partidos de plie- g u e s , especialmente la del rectángulo inferior, le dan un atractivo "singular para los verdaderos artistas, y ú haberla vislo en los pri- »meros años que estaba en uso, el aspecto'de ella sin duda fuera • muy agradable y seductor. El nombre del que la grabó se ve afor- .iliinadanieutí! en lo más bajo de la estampa entre dos espedes de „ rosetas escrito así: * ff. Francifco Domeneo. Ü (A d •) Ü »1-111)1. A algunos bastante prárliros, ios IIÚIIKTHS que creemos sean »ll, parecen 5, pues son dos S cuyos extremos quedan algo separa- dlos del tronco, muy parecidos á los 5 que liaciau nuestros bisabue- l o s ; pero aun siendo 8, se ve en primer lugar que íbamos casi a la "par de los florentinos y los alemanes; y nos adelantamos á las dc- «más naciones, así en esto como en otras cosas ya muy olvidadas y '•oscurecidas por nuestra misma incuria é ignorancia.» Después de esta estampa, Ins primeras obras de grabado en dul- ce <|iie poseemos, corresponden á la segunda mitad del siglo XVI, y no consisten más que en pequeñas láminas de objetos religiosos, de- bidas en su mayor parte á la protección de las órdenes monásticas, ¡Hinque muy lejos en verdad del luien gusto, que Marco Antonio, Al- berto Durcro y Lúeas Leyden, liabian sabido imprimir a sus obras, generalizándolo en Italia y Alemania. Los grabadores españoles de aquella época, que ejercieron el ar- le con algún más gusto, en medio de su decadencia, fueron Román Pérez de Alesio, Arfe, Fernando Solis, Vicente Canipi y Juan de Ar- fe Villafañe. En Madrid sobresalió Juan de Dicsa, que grabó la por- tada del libro titulado Novus et melhodkus traclntus de reprcscnlatio- iic, la nial figura una gloria de Angeles, adorando á la Santísima Tri- nidad. En Zaragoza, Juan Viglez y el maestro Diego: en Sevilla, Jmui Felipe Jansen y el famoso Juau de Arfe, grabador y platero, á quien se deben las admiradas custodias que poseen las catedrales de Cór- doba, Sevilla y otras varias. También es el arte deudor á Arfe de las láminas que ilustran al poema francés de Micier Olivier, titulado ¿c DISCURSO 1>E DON !>OMINGO MARTINK/. 24Í) r/wmtwr hni'ii, olira muy apreciada poi ralladores para que aprendan ó se perfeccionen en el extranjero; un i's bastante que estos pensionados lleven el arte á la altura que se i'iicuentre eu 11 u iiliuna de «u pensión: se necesita mas. ¿Que im- porta que los jóvenes pensionados, á fuerza de aplicación, constan- cia é inteligencia, alcancen a imitar á los buenos artistas del extran- jero, si al volver á la patria tienen que tirar los buriles, ó dedicar- los á obras del capricho de los particulares, las más veces insiirni- ticautes, ya que no contrarias á las reglas del arte y del buen gusto'/ ¿Qué emulación han de tener estos artistas, cuando sus trabajos, si algunos tienen, han de reducirse á las rayas de un mapa ó á las lí- neas regulares y acompasadas de la arquitectura? La idea y el gusto de lo bello adquiridos en el extranjero, se pierde necesariamente; y til que hubiera sido un buen artista, concluye por oscurecerse y per- derse para el arte, Entre los distintos medios que pueden adoptarse para evitar estos males, y ponernos al nivel de las demás naciones, ya que el Gobierno de S. M., celoso por el adelantamiento de las ltellas Artes, tal predilección muestra al grabado, me atreveré á pro- poner uno de facilísima ejecución, que contribuyendo á la gloria del arte nacional) conserve y estimule al grabador que se hubiere distinguido, y sirva df; escuela para orear un planti1!, fin el cual. DISCURSO DE DON DOMINGO MARTÍNEZ. 233 paso ¡i paso y de, lo fácil a lo difícil, pudieran en poco tiempo crear- se verdaderos artistas, que hicieran I101101* á su patria; y esto sin gravamen alguno para el Erario, antes bien con seguros productos ¡i favor de los fondos de la nación. Par-i realizar esta idea , no se necesita más que la publicación «le una obra, que, siendo de ilustración para el país, excite tam- bién la atención y el interés fuera de España. Nuestra interesante estatuaria, tan poco conocida de nacionales y extranjeros, y que tantas bellezas artísticas encierra, como recuerdos históricos evoca, se presta de una manera admirable para este objeto. ¿Quién miraría con indiferencia las estampas que representasen con exactitud los sepulcros del cardenal Cisneros, de los iteyes Católicos, de Doña Juana la Loca, de Felipe el Hermoso, del Príncipe I). Alfonso y de 1). Alvaro de Luna? Kl grabado de estos y otros monumentos, no snlo daria ocupación á los grabadores adelantados, sino que la daría también, á la ven IJIIC enseñanza y estudio á los principiantes, y de este modo no podría decirse dentro y fuera del reino, que si en Es- paña no hay grabadores, es porque falla protección bien dirigida. Por último, Señores; concluyo reclamando, sea por el medio propuesto, ó por cualquiera otro que la Beal Academia crea con- veniente, la protección que merece, y que todas las naciones mllas dispensan al arte del grabado. ¡Feliz yo si consigo que quede este recuerdo siquiera de mi cn- Irada en la Real Academia, uniendo mi humilde nombre á los pro- gresos del arte, que es el objeto de mi profesión, y todavía más de mí rariñnsn rníiisiiisnin! DISCURSO Ex,™. S«. DON JOAQUÍN FRANCISCO PACHECO, EN CONTESTACIÓN AL ANTERIOR. SESOBES: Si las bellas estampas del !>r. Marlinuz, MÍ esa repro- ducción liel y concienzuda del más amable y popular de nuestros grandes pintores, le habían franqueado con justicia las puertas de esta Academia, é" inclinado con razón vuestros votos para conceder- le el asiento qué hoy ocupa, el discurso que acaba de pronunciar, y <|tie con Lauta complacencia hemos escuchado lodos, confirma de se- guro aquellos títulos, y pone indudablemente el sello á lo acertado de semejante elección. No es un artista cualquiera, es un artista ilustrado, reflexivo, digno de pertenecer á cuerpos de esta índole, el tpie así conoce la materia y el objeto de sus alanés: no posee sólo la facultad instintiva de ejecutar obras que sean bellas, sino que com- prende bien la belleza y sus condiciones, sino que se remonta a su ntnlemplacioii y percepción, sino que puede noblemente razonarla, explicarla y difundiría, quien discurre con tanto acierto y profundi- dad sobre una de las artes que la tienen por asunto, sobre la natu- raleza, sobre el origen, sobre los progresos de esa arte propia. Con tales hombres es con quienes se conciben, y para tales hombres es |>ara quienes se han instituido asociaciones como la presente: que liii'ii sabéis, Señores, que no fue nunca, que no puede ser el ideal ili'l Académico un llembraiidl, con su genio, aunque poderoso, des- coiilenladizo; tirano, casi ibaá decir ignorante, despreciado!*de toda regla, conculcador de toda autoridad, sino un Murillo, que después de haber pintado la Sania habd y rf San Antonio, reunía amistosa- mente á sus compañeros, aun los más modestos é inferiores, par¡t departir cmi ellos sobre el carácter y los destinos de nuestra pintu- ra, y para estudiar juntos los dibujos de Bafael venidos de Italia. Dicho esto, Señores, que es lo primero que naturalmente inspi- ran el aclo en que nos encontramos y el discurso á que debo contes- tar, yo vuelvo la atención sobre mí mismo, y me pregunto de qué es de lo que puedo hablaros, para desempeíiar el encargo que me lia confiado la Academia. Una razón de buen juicio, no menos que de cortesía, ha querido iliiií ¡'i la palabra de cada individuo que viene á su seno, y que salu- da por primera vez a esta Corporación, responda la de otro de sus colchas, ya más antiguo, ya nii'is posesionado en este recinto, la cual, devolviéndole su saludo, complete también sus ideas, y confir- me i) rectifique sus apreciaciones. Al pensamiento por decirlo asi individual que viene de afuera, base deseado que suceda el pensa- miento interior y colectivo, más grave y más autorizado de suyo: á nociones que pueden estimarse, inexpertas, atrevidas, quizas mi Lanío utópicas, liase deseado que sirvan de contrapeso otras nociones, donde estén representadas la experiencia y la tradición, que lo aqui- latan y lo justifican todo. Y en desearlo así, y en ordenarlo asi, se ha ifinido por principio una gran idea, que es fundamental en las cosas humanas, perfectibles siempre y jamás perfectas por completo; la de no cerrar la puerta á la novedad que vivifica, sin permitir a esa novedad que arrolle y trastorne lo existente digno tle ser respetado; la de conciliar en la manera posible el progreso, sin el que se extin- guen y acaban las artes, con la conservación, sin la cual esas arles mismas enloquecen, desbarran, y también concluyen. Mas por justo y acertado que sea, en regla general, el iiiolivoqiie me impone este deber de la palabra, ya comprendereis, Señores, que puede liaher casos, en los que es o excusada é inútil, ó muy di- liiil al menos, por no decir imposible, su uso. Cuando el nuevo Aca- démico que aquí se presenta, ha atendido á todos los principios, ha respetado todas las consideraciones, ha satisfecho todas las exigen- i'ias, que se podían señalar en el punto de que ha tratado, y cuando DtSCUBSO DEL EXCMO. SEÑOR DON JOADUIN PRAKC13CO PACHECO. 257 lo lia hedió con la maestría y con la autoridad de un verdadero pro- li'sor, ¿qué ha de venir ó aumentar, á retocar, á corregir en su dis- curso el que no es artista siquiera, aunque tenga la señalada honra 'le ocupar uno de estos asientos? ¿Es necesario, por ventura, que se i'cpila, aun dado que se repitiese hien, lo que ya se ha dicho con perfección? ¿Es oportuno que se debilite por una gratuita y estéril variante lo que está ya expresado en términos á la par mas senci- llos, mas naturales y más propios? Prefiero, pues, no seguir ese camino, ] urst qi t_ sci I pie i pontánea y abiertamente se ofrece á mi vista: pretiero colocarme en «tro terreno, arrostrar otra senda, iniciar una distinta exploración. Del arle del grabado es de lo que pienso hablaros, sin ninguna duda romo que ese es mi deber, y rto puedo ni desconocerlo ni eludirlo; mas dejando aparte su historia general, mas no examinando ni sus progresos ni su suerte en medio de toda la civilización europea, voy á considerarle solo en sus relaciones especiales, ó en alguna de sus relaciones especiales con nuestra sociedad española, y á presenta- ros las ideas que esa determinada y particular consideración ha he r.ho nacer en mi espíritu. No es una serie de sucesos ni un catálogo de nombres; no es una narración histórica lo que me propongo so- meter á vuestras luces: es una cuestión que he entrevisto, es una duda que ha asaltado mi animo, y que quiero al menos exponer y discutir, si no puedo resolverla, Jehuite de vosotros. Tal vez lia llamado vuestra atención, al escuchar el notable dis- curso del Sr. Martínez, la escasa parte que corresponde á nuestra físpafia, no digamos en el descubrimiento, que ese pudiera depen- der de la casualidad ó de la fortuna, pero ni en el cultivo, ni en los adelantos, ni en la verdadera marcha, por donde ha venido á su si- Uiacion presente esa bella y noble arle, que cautiva y ocupa en estos momentos nuestra idea. De seguro lo saináis ya, lan ilustrados, tan conocedores como sois todos de su historia; mas al observar que cuantos esfuerzos ha prodigado nuestro nuevo compañero, inspirado por un vivo patriotismo, ayudado por una vasta erudición, han sido inútiles para ocultar ese hecho, para llenar ese vario, para complo 258 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. l;ir 1> rjiic deseáramos lodos los Inicuos españoles, amantes iW las < glorias artísticas de nuestra patria, indispensable es que hayáis vuelto á pensar en ese extraño y desabrido accidente, y reconocido una vez mis lo que (fuerza es confesarlo) no constituye una distin- ción, una ilustración para nuestros padres. He aquí, Señores, francamente dicha, toda la verdad. Desde el siglo XV basta nuestro siglo, España ha contado de cuando en cuan- do con grabadores muy insignes: hijos tuvo que estudiaran y pro- fesaran el arte, apenas fue este arte conocido y estimado por la Eu- ropa culta: los nombres más célebres de nuestros grandes pintores se leyeron al pié de planchas apreciables: la calcografía real, fun- dación de Carlos III, publicó estampas de un mérito notorio; y en el día de hoy, al cabo de cuatro centurias de la invención, el pliego de las Aguas, debido al buril de Esteve, se puede colocar sin des- ventaja al lado de cualquiera otro venido de París ó de Munich, de Milán, de Londres ó de Boma. Mas á pesar de esto el grabado no se arraigó nunca en España hasta hacerse popular en ella: España no tuvo nunca de él una escuela propia, capital, característica; España no le hizo dar ningún paso, que pueda considerarse como decisi- vo, ó si i u n 11mo lerunlo para su progreso y perfección. Ni en (•1 XVI ni cu el XVII siglo encontramos un solo grabador español, que debamos colocar á la altura del alemán Alberto Dnrero, del ita- liano Marco Antonio, del flamenco Rubens, del francés Nanteuil, del inglés Reynolds. Si queriendo bosquejar una historia del graba- do, aun la más breve y compendiada, descartaseis cualquiera de estos nombres; si os olvidaseis de cualquiera de las escuelas que personifican, vuestra obra aparecería desde luego incompleta, vues- I ni ilación defectuosa, mancas é incomprensibles vuestras conclusio- nes: si por el contrarío sólo prescindierais de los grabadores españo- les, quizá os preguntarían por ellos los que fuesen más curiosos que entendidos en el arte; pero no cabe duda en que vuestro trabajo po- dría ser perfecto, porque no habríais dejado fuera de su cuadro á ninguno de los genios, que reclaman un necesario lugar en el resu- men que, os propusierais. DISCURSO DKL EXCMO. SEÍÍOH DON ÍOAQUIN FRANCISCO PACHECO. 25» Parece esto, Señores, tanto más extraño, y llama á primera vista la atención con tanto mayor motivo, cnanto que todo el resEo de la historia artística de Esparta en esos propios siglos XVI y XVH, es mi conjunto de maravillas y de resplandores, que llenan muchas y muy brillantes páginas en la universal del arle restaurado. Nuestros pintores, nuestros escultores, nuestros arquitectos, unos en lo clá- sico, otros en lo original, no reconocen ventaja á los de ningún otro país de la civilizada Europa. Nadie raya más alto con el pincel y la paleta que Velazquez, Zurbarán, Mnrillo: nadie levanta un templo que sohre»uje al que esculpió Herrera en las vertientes del Guadar- rama: si Montaflés no copia la estatua antigua, que nunca vio, como Miguel Ángel ó Iteuvenuto Cellini, sus Cristos aunque de madera no son menos bellos que el Perseo, no son menos sublimes que el Moi- sés, y—yo no sé lo que juzgareis vosotros,—pero para mí son liarlo i mis cristianos que la piedad. Ahora bien, Señores;—y lié aquí la iluda, lié ntjuí l¡t cucslion que os anunciaba poco hace:—¿cuál es la causa de esta diferencia? ¿(Yurio se conrilx', cómo se razona, cómo se justifica una contradic- ción aparentemente tan extraña? ¿En que consiste que, contra lo que indica la razón, contra lo que comprueban generalmente los hechos comunes, no crecen a la par entre nosotros y con análoga salud, y con semejante robustez, todas las ramas del bello y frondoso árbol ilil arte? Eso no sucedió en Grecia ni en Roma, los pueblos cultos del mundo antiguo: eso no ha sucedido en Italia, en Flandes, en Alema- nia, en Francia, los otros pueblos artísticos de la civilización pre- sente. Verdad es que una cosa parecida, aunque contraria, obser- vamos en Inglaterra, donde el grabado logró y conserva altísimo lugar, cuando su pintura es convencional y pobre, ruando su arqui- tectura se muestra ordinariamente excéntrica y antojadiza, cuando no tuvo jamás una escultura que fuese digna de tal denominación. Mas esto se explica sin ningún embarazo por el conocido genio de aquel pueblo, donde el cálculo precede á la fantasía, donde las fa- cultades mecánicas dominan y extinguen á las facultades imagina- tivas: la nación inglesa—bien puede decirse sin agraviarla, que so- 260 HEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. lirados títulos tiene di: distinción y de lustre;—la nnrion inglesa no se lia señalado jamás como nación artística. Pero nosotros, pero el pueblo español, nacido bajo el más puro cielo, y mecido por las au- ras más vivificantes; el pueblo español, dotado de la imaginación más audaz, de la sensibilidad más delicada, del espíritu más poético; el pueblo español que ha podido comprender siempre la belleza en to- das sus formas, y adorarla en todas sus expresiones, así sensuales como espirituales, ¿cómo es, vuelvo á repetir, que ese pueblo no baya tenido lo menos habiendo tenido lo más, y que siendo excelen- te, siendo superior en las sublimes aplicaciones del diseño, solamen- te se reconozca desigual y escaso en la que al lado de aquellas oirás es indispensable calificar, cuando 110 de humilde, por h ínúnos de modesta? Para responder acertadamente á tal pregunta, y resolver como debe hacerse en este silio semejante cuestión, buscando y exponien- do causas serias, filosóficas, ineluctables, yo he creido que era ne- cesario adelantar un poco más y remontarse aún á más cardinales investigaciones. Háme parecido que podría conducirnos á donde de- seamos, primeramente, una imparcial exploración de lo que es el grabado en si propio, y de las relaciones que le unen con las demás arles; y en segundo lugar, una apreciación justa, razonada, igual- mente verdadera, de lo que fueron las españolas en el grande, en el para siempre memorable periodo de los referidos siglos XVI y XVII. Confio, Señores, en que vuestra indulgencia no llevará á nial ni lo uno ni lo otro; y en que, sosteniéndome con vuestra benévola atención, me ayudareis en una obra, que de seguro habríais ejecuta- do lodos los que me oís con más perfección, como con mfls autori- dad que el que la emprende. Para estimar, para calificar acertadamente lo que es el arle del grabado, no tengo de seguro que buscar ni colocarme en otro ter- reno que en el escogido con entera exactitud por el Sr. Martínez. Habéis escuchado textualmente en sus palabras que esa digna y no- ble arte se asocia- tí tas primitivas, ilustrándolas, y difundiendo de una manera extraordinaria sm luces. Aquí, en esta breve y sencilla íór- DISCURSO DEL 8XCM0. SESOB DON JOAQUÍN FRANCISCO PACHECO. 261 muía, tenéis la verdad, y toda la verdad. El grabado, os repilo yo; no es pues un arle primordial, como lo son la pintura, la escultura y la arquitectura, á las cuales el se asocia: la Musa que lo inspira, si es de la familia de las otras Musas, no es su coetánea, no es licr- mana gemela de todas ellas. Hizola nacer una idea subsiguiente, una necesidad posterior, un paso más en la civilización humana; y puesto que sea bella como sus primogénitas, y puesto que sea mere- cedora de un decoro y de una prez semejantes á los ojos de la re- flexión que medita y juzga, forzoso es confesar que poniéndose ne- cesariamente en una linea secundaria, no alcanzó nunca el mismo brillo á los de la espontaneidad que siente y se apasiona. Cuando arrobado en sus primeros ensueños artísticos entrevio el hombre fugaces destellos de la belleza, ideal de su corazón, y quiso realizarlos para poseerlos tan completamente como en su pe- quenez le era permitido, su idea no fue más allá que á formar con sus manos la estatua, que á diseñar y á revestir con líneas y con colores el cuadro, que á levantar por fin el templo, el palacio, la torre. A las sencillas aspiraciones de su situación bastaba con osas simples obras de su juvenil inteligencia: realizando su fanláslico pensamiento, creando, no tenia necesidad de repetir, de multiplicar la obra de su creación. La estatua y el cuadro que salian de su ta- ller, podían ser admirados en sí mismos por todos los habitantes de la ciudad a que estaba reducida la patria: lodos ellos consideraban la torre, se paseaban en los pórticos del palacio, llevaban sus sacri- ficios al ara del templo. El arte era, por decirlo así, una propiedad nacional, y recelosa y exclusiva como son todas las propiedades: si el extranjero podia venir & contemplarlo, y a rendirle un tributo de admiración y de envidia, á nadie ocurrió que tuviera, cual el patri- cio, derecho á su goce, ó que disfrutara de el de otro modo que como huésped, ni de otra manera que en la originaria, la natural, la de la contemplación de la propia obra. Anduvieron rápidamente los tiempos: comenzó la vida á tornarse en doméstica de pública, que fuera en los principios; y el arle se redujo laminen á la casa, de su antigua esfera que Iialiia sido la 2CS REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO- ciudad. A esto periodo no sólo corresponde la trasforinucion del arte mismo, sustituyéndose lo grandioso por lo granoso, sino laminen la copia y la reducción de las obras pictóricas y escultura- les de la primitiva Escuela. A la par que nacía Praxiteles, nacían también los reproductores de Fidias: sucesores de Zeuxis adornaban los gineceus de Atenas y de Corinlo, los vestíbulos de I'arlénopc y de llonia; y computadores y matemáticos tomaban y publicaban las medidas del Partenon, para que pudieran imitarse sus proporciones en todo el inundo civilizado, desde el Nilo al Danubio, y desde el Eufrates á las columnas de Hércules. Esto, sin embargo, no babia de ser todo. Si bastó parn la socie- dad antigua, para el universo romano, no podía bastar para el orbe moderno, para la Europa cristiana y culta. Ante la difusión general de las luces, ante el estudio renacido del arte, ante el amor crecien- te de la belleza y el ansia de poseerla más para si, la copia babia de encontrarse insuficiente, y la reducción homogénea no habia de lle- nar todas las aspiraciones. Era necesario algo más, siquiera no fuese latí completo, que salisliciese en lo posible necesidades reales, lle- vando por el ámbito de la civilización, que lo iba á ser ya el de la tierra entera, los inapreciables tesoros del antiguo, y los no menos inapreciables de una época, que se anunciaba tan grande y tan fecun- da. Era necesario que lo que el genio presentía como próximo, que lo que iba á ver la luz en cada uno de los centros artísticos de Eu- ropa, en Florencia, en Roma, en Venecia, en Flandes, en Alemania, en Francia, en España, pudiese ser conocido por el mundo todo, y puesto ¡i disposición de lodos los pueblos como de todos los indivi- duos que lo componían. El arle, nacional al principio, domestico después, debía hacerse en la Era moderna, á un mismo tiempo más domestico que nunca, y también universal, completamente univer- sal, propio de todos los países, humanitario, si nos fuera permitido usar de este nombre. El destino de la insigne época, á que nos refe- rimos, no era sólo el de restaurarlo por el conocimiento de la anti- güedad, levantándolo á una gran altura; era también, era más aún el de extenderlo, el di; difundir su estudio, el de dilatar sus glorias, DISCURSO DEL EXCMO. SEÜOH DON JOAQUÍN FRANCISCO PACHECO. 263 el il(i vulgarizarlo hasta los extremos de lo posible, sin despojarlo de su dignidad, sin rebajarlo de su divina expresión. Hé aquí, Señores, lo <[iie vino á hacer el grabado: he aquí la ra- non de su ser; hé aquí la indicación de su origen; hé aquí la defini- ción de su naturaleza; lié aqui por último, el timbre de su legitimi- dad y la corona de su destino y de su triunfo. No fue una nueva arte primitiva, que buscase ignoradas manifestaciones de lo bello; fue un 11 auxiliar y secundaria, que trató de reproducir, de dilatar, de multiplicar esa belleza, sentida, recogida, enunciada ya por las an- tiguas artes: no descubrió un aspecto diferente de ese inextinguible, 'terno ideal de nuestro espíritu; limitóse á los que aquellas descu- brieran, tomando el empeño de llevar hasta los extremos del mundo 1H que la invención babia dejado en un lugar solo, y lo que la copn no reproducía sino escasa y limitadamente. Como las artes primor- diales lenian por objeto á la belleza en su vaga idealidad, asi el gra- bado tuvo por tal objeto á esas arles mismas, ó séase á lo bello en cuanto esas artes lo habían concebido y expresado. Más limitado de medios y de fin, más extenso de esfera y de alcance que todas, bien podríamos llamarlo arte de las arles, hijo exclusivo de la civiliza- (ion alumno del estudio, fórmula la más adecuada y sintética de una cultura artística que llega á sus límites Nació cuando debia nacer, y vio la luz en la región afortunada donde le colocaban sus antecedentes y sus propósitos. Porque no ( K m Señores, que fuesen ni este lugar ni aquel tiempo simples efectos de ciegas casualidades: la casualidad representa en la verda- dera historia del mundo un papel mucho menor que el que suele itribuirle nuestra ignorancia. Cuando la comunicación de los pue- I li s después de las lentas elaboraciones de la edad media , llegó i M i un hecho consumado, norma y ley de nuestra moderna Europa unido el arle y la ciencia necesitaron vulgarizarse, para dar en el d( stiiio del mundo los magníficos frutos que fialna ordenado desde el principio de los tiempos la suma, inexcrntable Providencia, hallada y i h p h o n que < nublando h h¿ di h s l i h l h s debn isi^m u 1 fiiunfodi lt UMII/IUON S bu h i i u / i itunit nc i d< h b u M m •¿(¡i 11EAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. Imllüda ya la brújula, que abriendo los mares, debía desdoblar los hemisferios, y ¡mercar entre sí á las naciones como á los espacios; entonces fue cuando el grabado y la imprenta, esos dos grandes me- dios de difusión, aparecieron coetáneamente, el uno en las márgenes del Rhin, predestinada patria del racionalismo, el otro en las már- genes del Arno, primera entre las regiones artísticas del mundo que se abría, del tiempo que se iniciaba a la sazón. Ni debió ser en otro punió, ni debió ser en otra época. Aquella era la madurez de los tiempos, aquellos eran los lugares á propósito para los nuevos pasos que se daban: el Altísimo Dispensador de todas las cosas dejaba caer estas dü su mano, con la suprema sabiduría que forma siempre su i-seiicia, aunque no siempre la pcriuila rimneer á la Haca razón del hombre. Comprendido, definido así, Señores, lo que es el grabado, halla- da su razón de ser, fijada su condición respectivamente á las otras nobles artes, podemos y debemos pasar á la segunda de las investi- gaciones que nos habíamos propuesto, como necesarios preliminares para examinar á fondo, para resolver si nos es posible nuestra capi- tal y primitiva duda. Yo os prometí una apreciación justa, razona- da, verdadera, de lo que fuesen las artes españolas en el gran pe- ríodo de su existencia y de sus triunfos, y razón es que os cumpla mi palabra en cuanto alcancen para ello mis reducidas luces y mis pobres meditaciones. No es ocasión esta, ni viene al caso presente, el repetiros por mi- lésima vez lo que tantos han dicho antes que yo y mejor que yo, lo que yo mismo dejo ya enunciado en este discurso: que en los siglos XVI y XVII poseímos en España tales obras de a r t e , <£ii« no ceden ¡inte ningunas otras, y que lian sido y son para sus hijos legitima materia de noble y de fundado orgullo. Eso es vulgar en el dia, por todos los ámbitos del orbe civilizado: si lo ignoró largo tiempo la Europa, merced al apartamiento de ella en que vivie- ron nuestros padres, hoy lo reconoce, hoy lo confiesa, hoy iináiii- memente lo proclama. Abierto el valladar de los Pirineos, puestos en comunicación diaria Madrid y Sevilla con lloina, con l'aris, con DISCURSO DEL EXCMO. SEÑOR IK1N JOAQUÍN FUANC1SCO PACHECO. 205 Vicua, con Londres, no es ya sólo un retíralo de la Galería Dórra lo que demuestra al mundo el nimio tle Velazquez, como tampoco se Imhla ya en él sólo por oídas de la gran fábrica del Escorial. Lo que en su candida, inocente grandeza, hicieron de porleiilosn nuestros alinelos, nosotros, los españoles del siglo XIX liemos tenido la for- Luna y la gloria de verlo estimado y celebrado por el orbe, que le ha pilcado en fin justísimo tríbulo de aprecio y de alabanza. No es pues de esa grandeza, de ese portento, de lo que os voy ¡i lialilar, lo que llama mi atención, al ocuparme aquí en las artes es- quiólas, y lo que me parece oportuno para la investigación de que i'skiy tratando, es que jamás ningún arle, que jamás periodo alguno de ese género de cuUura, tuvo menos la conciencia de sus obras, y eslinió menos el gran valor de los portentos que creaba. Eslo es lo 'lile friere en la actualidad mi idea; esto es lo qué quiero deciros, aun á riesgo de que me tengáis por paradójico e iluso; esto es lo que, si llego a demostrároslo, enliendo que nos habrá dado clarísi- ma luz para el camino que me he propuesto recorrer con vosotros i'" este instante. No pie juzguéis, no me condenéis por tanto sinoir- i"c, Señores Académicos: tened la digna (•ion de aguardar mis ex- plicaciones y mis pruebas; y calculad después en vuestro imparcia) juicio si no merecen algún aprecio las reflexiones y conjeturas que voy inmedialámenle á someter á vuestros ánimos. También han notado oíros, primero que yo lo nolasc, que las artes españolas de nuestros grandes siglos están siempre animadas , productos de fantásticos entusiasmos que ella no tuvo. ¿Qué le importaba el que su palacio no fuese bello, si era cómodo? ¿Qué fal- la le hacia en su vestíbulo una estatua de Flora, si vcia en él un trofeo de caza? ¿Para qué necesitaba en sus salones un cuadro de Van-Dick ti una sublime composición del I'ussino, si tenia una gia- ciosa Virgen y unos venerables retratos de sus padresj anónimos los unos y la otra? ¿Pensáis que si lograba por acaso un Velazquez, un Morales, un Mmillo, comprendía la sublimidad ó la belleza de las obras que le habia dado la suerte? ¿Pensáis que le hiriese ni que es- liniase en ellas otra cosa que el parecido del primero, que la santi- dad de los asuntos tratados por los otros dos? Yo me he p op t Se o 1 II 1 1 I \ I cion es bastai te a 1 p a-q I 11 ¡ d o pl I 1 rirsc: vosotro ha ta I 1 t alo i j \\ lamente poda s o l a l o r o o l p n o o l p 1 por eso no va lo p t q n t 1 d lo lo XVI y XVII I i I I f j I 1 i 11 i DISCURSO DEL EXCMO. SEÑOR DON JOAQUÍN FRANCISCO PACHECO. 273 ilustrada, pero inteligente, pero artística, esto con raras excepcio- nes, no nos engañemos, Señores, no lo fue. De los reyes y de los proceres debemos bajar á las catedrales, ¡i los conventos y al pueblo mismo. Y en las catedrales, y en los con- ventos, y en la muchedumbre cristiana que medita en sus claustros y se agolpa en sus iglesias,—muchedumbre son también en este sentido la corle y las clases elevadas,—es donde podremos sin duda encontrar el público de nuestras arles, y ese apoyo, y ese sosten, y osa aureola, que según dejamos dicho es necesario que las circunden donde quiera que hayan de crecer y progresar. Aquel, bien lo sabéis, fuií su alcázar y su templo; allí fue donde pudieron leuer su altar y su trono: sólo que como aquel lugar era el templo de Dios, y aque- llos altares los consagrados a su cullo, también ellas debian doblar humildemente su cabeza para servirle, deponiendo como ofrenda a sus plañías lo que en cualquiera otro terreno hubria podido ser pro- pio contenlamienlo, orgullo, vanagloria. Los cabildos eclesiásticos, las comunidades religiosas, las her- mandades, las fundaciones pías, los fieles, hé aquí Señores, el públi- co que sustenta, el público que anima, el público que corona nues- tras artes. Mas al decir esto, demostrado esta ya lo que os anunciaba hace pocos minutos: los cabildos, las comunidades, los fieles, no son personas artísticas, en el sentido recto de esta palabra. Su idea es una más alta idea; su pensamiento es un más sobrehumano pensamien- to que los del arte jiropio. Si alguna belleza arrebala sus ánimos, no es ella la belleza que deleita blandamente al hombre compuesto de ¡ilma y de sentidos; es una belleza sobrenatural, que exige la mace- racion de la carne y el sacrificio de los goces del mundo-; es una be- lleza, á cuya contemplación no llegamos plenamente, sino por la gra- cia y en la eternidad. El ascetismo de Zurbarán y de Carducci nos señalan el camino para conocerla': sólo Mnrülo la ha entrevisto en las nítidas concepciones de su angelical mente, y la ha diseñado entre celages en las armoniosas glorías escapadas á su inimitable pincel. Yo me extendería sin término, yo no acabaría nunca, si dejase correr libremente mi voz, al hablaros de esla malcría; pero lodus las 274 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. consideraciones que se agolpan á mi ánimo no harían otra fosa sino confirmar lo que ya me parece que resulta de los ligeros análisis que dejamos hechos. Ni el arte español por sí mismo era otra cosa que un accesorio al culto religioso de nuestros padres, ni la sociedad es- pañola le había inspirado ni le podía inspirar ni consentir otra natu- raleza. Era grande, porque Dios doto á nuestra raza de grandes me- dios para él: era digno, porque nada lo es tanto como la idea en que se concentraban su generación y su perfección: era sublime, por esa propia sencillez, por esa misma infantil ignorancia, que le hacia único entre todos sus hermanos de la tierra. Pero su objeto era ex- trectio; pero la conciencia de sí propio era nula; pero el amor re- flexivo por sus obras era una idea que jamás había encendido su ánimo. Así como el pueblo español no tenia semejanza con ningún otro pueblo del mundo,—hecho lo que era por una historia espe- cial, no parecida á ninguna otra historia;—así también el arle de nuestros mayores constituía una creación singular, que no compren- den fácilmente los que no la hayan considerado en su verdadera luz, y con el justo conocimiento de su propia histórica índole. Desen- volverla del todo, exigiría mayor extensión que la de un discurso; si os he dado la clave para que entréis ó ella, paréceme que he cum- plido con lo que podíais pedirme y con lo que yo necesitaba. Ahora, Señores, anudemos los hilos sueltos, recojamos las ideas esparcidas, y vengamos á nuestro priniiíivo y capital propósito. Yo me preguntaba, al comenzar mi discurso, por qué no habíamos tenido grabado los españoles en los siglos de nuestra grandeza; é investiga- ba, para resolver esa cuestión, de una parte, qué es en si mismo el grabado, y de la otra, cuál fue el carácter, cuál la índole del arle español de aquellos tiempos. Si estas investigaciones nos han hecho conocer, primero, que el grabado es la expresión más sintética, más reflexiva, más artística, de las arles mismas; y después, que las artes españolas fueron en esa época las menos reflexivas, las menos conocedoras de si mismas, las menos artísticas de todas las artes; paréceme, Señores, que algo, mucho, hemos adelantado para nues- Iro objeto, y (¡ue una contradicción que se ofrecía tan evidente , y DISCURSO DEL KXCMO. SEÑOB DON JOAQUÍN FRANCISCO PACHECO. 215 (¡ue una dificultad que se presentaba tan grave é irresoluble, no lo son en realidad para quien penetra en el fondo de las cosas, y no se deja iludir por meras apariencias y por simples y no definidas pa- labras. ¿Por qué habin de arraigarse, por qué babia de progresar, por que había de tener una gran existencia el grabado en nuestra socie- dad española? ¿Le traía, por ventura, algún goce nuevo? ¿Le satisfa- cía alguna nueva necesidad? ¿Se había menester acudir á su auxilio para el papel que aquí desempeñaban las otras artes sus primogéni- tas hermanas? ¿Era tan artístico nuestro pueblo, que debiera apasio- narse por élj como síntesis de esas artes propias? La corte no necesitaba el grabado, teniendo a Velazquez y las colecciones italianas y flamencas reunidas por este. La grandeza no necesitaba el grabado, encontrando buenos ó malos retratistas, que conservaran las facciones y el blasón de sus hombres ilustres. Las catedrales y los conventos no necesitaban.el grabado, que se despega de los claustros y de las iglesias, y que no podia competir con los pintores originales de todo mérito y de toda categoría. Nuestro pue- blo era serio y no era artista: carecía de hábitos de lujo y de frui- ción: vivja en una sencillez, que casi tocaba á los limites de la pobre- 7 Madrid no compitió nunca con Paris; Sevilla no igualo a Floren- en Toledo y Barcelona no llegaron á las ciudades de Flandes. ¿Qitf b ibia de hacer la bella, la nílida estampa en casa de nuestro labra- dor, de nuestro industrial, de nuestro hidalgo de provincia?¿Repre- sentar un asunto religioso? Más agradablemente se lo recordaba el pincel do un discípulo de Itiballa, de Castillo ó de Coello. ¿Ilus- trar un devocionario, un libro de lloras? Para eso bastaba el antiguo, il pumitivo, el elemental grabado de madera: esos libros no fueron jamás en manos de nuestros mayores obras de placer, obras de re- creo. ¿Recordar el juicio de Páris, las bodas de Psiquis, la fábula de Acteon? Y ¿quién nos asegura,—dado que la idea de poseer tal es- tampa hubiese ocurrido al perulero venido de las Indias, cuando el diseñar el cuadro no ocurría á ninguno de nuestros pintores;—¿quién una asegura que no le hubiera retraído de su propósito el tumor de 21& REAL ACADEMIA DE SAN FERNASI encontrarse nial visto, sospe 1 1 1 1 | | I 1 creto celo del familiar del Sant 01 j 1 \ 1 la? ¿Seria esto tan imposible, o \ n1 t a 1 1 p I Fray Luis de León había pal 1 o o j haber hecho asunto de arte lo ( 1 p t o n o po 1 derar sino como materia mist non t 1g o No extrañemos, pues, el que en los siglosXVl y XVII, en la pro- pia época en que nuestra arquitectura, nuestra escultura y nuestra pintura se elevaban tan altas, hubiese permanecido nuestro graba- do en comparativa postergación, en indudable, notoria inferiori- dad. Fue lo que pudo ser: lo extraño hubiera sido que alcanzara mayores proporciones. Empleóse por algunos como mero auxiliar de la pintura: brotó en las manos de otros, como una gran muestra de la capacidad artística, que Dios ha derramado en el ámbito de nuestro suelo1 y en la sangre de nuestra raza. Pero ¿cómo se había de distinguir lo que en otros países, al lado de nuestras arles ni en el seno de nuestra sociedad, cuando nuestras artes no necesitaban de él, y nuestra sociedad no le concedía el puesto de lionra que toda creación del genio demanda y exije? No puedo detenerme, Señores,—lie sido ya demasiado largo; he. ahusado por mucho tiempo de vuestra atención;—no puedo dete- nerme en lo que sucedió después. En la ruina universal de nuestra potencia, de nuestra antigua y noble civilización, de nuestras artes verdaderamente españolas, los pobres gérmenes de grabado, que üxistian entre ellas, debían y no podían menos de hundirse, con loil» lo demás que en la Península se desplomaba. Dios habia querido que pasásemos por tal abatimiento: démosle gracias muy rendidas por- que nos dejó nuestro carácter en el fondo del corazón, porque nos dejó- nuestra nacionalidad en la tierra que pisamos, porque nos dejó la esperanza en esa estrella que luce en nuestro cielo. España ha po- dido renacer, y ha renacido de sus cenizas: lo que el simbólico Fénix había augurado á la imaginación de los antiguos poetas, nosotros, esta nación de caballería y de fé, lo estamos demostrando, lo esta- mos patentizando ;il mundo. DISCURSO BEL EXCMO. S E S O H DOS JOAQUÍN FRANCISCO PACHECO. &17 Hubo un albor de esle renacimiento en el reinado de Carlos III, monarca glorioso, que nos Irajo de allende los mares alteza de ideas y tendencias civilizadoras y artísticas. A ese periodo, que sigue in- mediatamente al de la fundación de esta Academia, corresponde el primer cultivo serio del grabado, la primer aspiración de escuela que puede señalarse en nuestra España. El Sr. Martínez os lia hecho co- nocer los nombres que la ilustran: yo cilo solo los de Camiona y Esleve, para comprobar por mi parte cómo podemos elevarnos en este estudio al nivel de cualesquiera otros pueblos, de cualesquiera ulros artistas de la Europa. Morghen no fue más clásico que aquel; Calamatta no se desdeñaría de haber firmadu las estampas de esle último. Y sin embargo, Señores, la obra de Garlos III no subsiste. Des- pués de aijuel albor, de aquel crepúsculo, .volvimos a caer en una triste y oscura noche. Al lucero de la mañana no siguió inmediata- mente el astro deslumbrador de la plenitud del dia. Facticio y tan sólo oficial aquel renacimiento, no lomó posesión, no echó aún rai- ces en el vasto terreno de nuestros hábitos, Ahora, ahora es, Seño- res, cuando las puede, cuando las debe echar. Bien lo sabéis, bien lo conocéis, no es necesario que yo os lo diga, ni os lo explique. La luz que venia de lo alto, no había penetrado aiin en los senos de nuestra sociedad, para que esta se iluminase y l'tícundase. El trono podía ser semejante á los demás de la 1110- iliíiiiii Europa; el pueblo no era todavía semejante á los otros pue- hlos. Se pi'iuciaha apenas la obra lenta, íntima, necesaria, de la re- construcción de nuestro ser. No teníamos arle; ni candido como el antiguo, ni reflexivo como el que había de sustituirle. Era una con- fusión, fecunda sí, y llena de esperanzas, la que bullía en los pro- fundos senos de la nación española; mas al cabo era una confusión, uu era nada de positivo, de ordenado, de determinado. En el dia, Señores, ya es otra cosa. La trasforniacion se lia he- cho, la restauración se consuma en estos instantes. España es un pueblo europeo, en vez de ser un pueblo aislado y singular en me- dio del orbe. Conservamos algo, mucho,—¿quien lo duda?—de nucs- 218 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. tro carácter y de nuestras tradiciones; pero abrimos nuestras mon- tes, como nuestras ciudades, ala influencia délas ideas extranjeras, al patrimonio común de la humanidad. El nivel de la civilización hace correr en medio de nosotros las apreciaciones y los hábitos de todos los demás países. Nuestro gobierno es ya igual á sus gobier- nos; nuestra civilización análoga á sus civilizaciones; nuestros artes no pueden ser desemejantes de sus artes. Esa vida, que nos lian en- señado, á cambio de los inconvenientes que pueden señalarse en ella, tiene también, no lo dudéis, su mérito y sus ventajas. En lo mate- rial, claro es que no nos ofrece menos goces que la antigua: en lo intelectual, en lo moral, en lo artístico, ¿quien la negará mayor es- pacio, mayor dignidad, mayor elevación? Como cristianos, y en la esfera doméstica, nada nos impide que igualemos á nuestros padres; como industríales, como sabios, como artistas, como hombres pú- blicos, podemos ser lo que ellos no fueron, lo que á ellos les era imposible. El arte especialmente, Señores; el arte, de que tratamos ahora, penetra por todos los poros en las entrañas de la sociedad: y el gra- bado, que como ya os dije es su expresión más algebraica, más re- flexiva, más sintética; el grabado no puede menos de seguir ese ne- cesario, ese universal impulso. Sus destinos, su porvenir, son hoy tan grandes entre nosotros, como lo fueron desde el siglo XVI en toda la Europa culta, en Italia y en Alemania, en Francia, en Ingla- terra y en Plandes. Nosotros que, conservando siempre más arte re- ligioso que ningún otro pueblo, vamos á tener asimismo arle histó- rico, arte descriptivo, arte mitológico quizá, aunque sea en menores proporciones; nosotros podemos tener un múltiple grabado, que recoja, que ofrezca, que difunda nuestros antiguos y nuestros mo- dernos condales de toda especie. Si ha podido seguir en cualquier época ese camino el ingenio español, mejor y más fácilmente le se- guirá ahora que se han removido los obstáculos que embarazaba» ¡mies sus movimientos y le impedían la libertad de sus acciones. ¿Qué se necesita para conseguirlo? Esta nueva pregunta, Seño- ros, me llevaría muy lejos, y yo no puedo más. Diré sólo que cuan- DISCURSO DEL EXCMO. SEÑOR DON JOAQUÍN FRANCISCO PACHECO. 279 do liay una Academia, como la nuestra, grabadores como el Sr. Mar- tínez, y colecciones artísticas como las que encierran nuestros pala- cios, nuestras catedrales, y nuestros museos, semejante pregunta no es una cuestión. Haya voluntad, esa hechicera que tanto alcanza, que tales y tan mágicas maravillas obra; y no dudéis de que podre- mos dejar á nuestros sucesores dos cosas verdaderamente grandes, verdaderamente dignas de nuestro siglo: un gran tesoro de arle y á la par una gran Escuela de grabado. HE DICHO.