DISCURSO DON CARLOS DE HAES, LEÍDO EN JUNTA DE LA PINTUlíA DE PAISA.TE ANTIGUA Y MODERNA. SESORES: LOS Estatuios de esta respetable Academia mu inijio- nen el deber de distraer algunos momentos vuestra atención, dis- curriendo sobre puntos íntimamente relacionados con el arle. Em- barazoso es para mí et cumplimiento de esta obligación imprescin- dible, porque antes me lie cuidado basta ahora de estudiar los encantos de la naturaleza en la naturaleza misma, que en los escri- tos do los teóricos, que discretamente lian filosofado acerca déla arlislica reproducción de sus atractivos. No se crea, sin embargo, que tengo en poco las especulaciones de los maestros en la difícil ciencia destinada á invesligar y explicar en que consiste la belleza, sea cual fuere el modo de manifestación que la determine. Pero des- de mi primera juventud he sido mus aficionado que a llores retóri- cas á las del campo, y esta es la causa del temor con que hoy di- rijo mis palabras á tantos sabios y beneméritos como aquí miro reunidos. Otra circunstancia, además, añade quilates á las dificulta- des con que naturalmente tropieza en casos como el presente quien está mas avezado á manejar el pincel que la plañía. Tal es el ardo- i'oso deseo de corresponder, como es justo, á la señalada honra que habéis tenido la benignidad de dispensarme. El exceso mismo de este afán, hijo de la gratitud, lejos de facilitarme camino, me lo di- ficulta y embaraza. Harto es sabido que cuando mayor empeño po- nemos en hacer bien una eosa, suele ser cuando iniiuos favorece la 282 HEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. fortuna nuestros intentos. Supla, pues, vuestra indulgencia lo que falte en mérito á este que no me atreveré siquiera á llamar discur- so, y comprenda vuestra hondad cuan profundo debe ser el senli- micnto de mi gratitud cuando no acierta el labio a decir lo que pasu en el corazón. No pretendo hacer una historia minuciosa de las bellns arles, tarea Fácil para otros más eruditos. Hacer la historia de las arles, es hacer la de la civilización de los pueblos; y ni alcanzan á oslo mis fuerzas, ni pretendo molestar á mi indulgente é ilustrado au- ditorio. Permitidme solo echar una rápida ojeada sobre las vicisitu- des porque lia pasado el paisaje; indicar la importancia y excelencia de este ramo de la pintura, al que puedo decir que he consagrado mi vida; apuntar brevemente algunas ideas acerca de su estudio y desarrollo, y demostrar que no ha ocupado el lugar preeminente, á que eslaha llamado en las diversas ramificaciones de ese noble y be- llo arte, sino cuando se ha separado de las invenciones caprichosas de estos ó aquellos pintores, para imitar lioimenle la nnliiralu/íi cu su hermosura y variedad infinitas. En ley de verdad, el paisaje no lia formado por si solo ramo aparte de los demás en que hoy se divide la pintura, hasta después del siglo XVI. Pero de aquí nó ha de seguirse que fuese tan inferior el lugar que anteriormente ocupaba entre los demás, que apenas puedo citársele ni aún como accesorio, según Coindcl lo asegura. Este ilustrado historiador de la pintura en Italia sostiene de un modo demasiado absoluto, que antes de dicho siglo algunas, aunque pocas veces, el fondo de los cuadros representaba un paisaje; y cila como raro modelo de esta especie de novedad introducida en la pin- tura el cuadro de la coronación de la Virgen de Van-Eyck cxislcnle en el Museo del Loiivre, cuadro cuya antigüedad se rcinonla próxi- mamente a los años 1450. El amor que profeso al género de pintura que con lau ardiente afición cultivo, no me ciega ni extravía. Yo, que por instinto y por convicción detesto la mentira en lodo, y muy particularmente en un arto qne no merece lal nombre, cuando deja de. rendir tributo ¡i DISCURSO DE DON CARLOS DE HA ES. 288 la verdad, me guardaría muy bien de apelar á ensueños é invencio- nes r¡mli'islicas para dar al paisaje aclual abolengo más antiguo del f|iii' ri-alnmiiLc haya lenido. Digna es de respeto la nobleza que á su condición de tal añade los timbres de una dilatada genealogía; pero no ha menester de ella el arle para valer por sí, cuando logra os- tentar prendas de verdadera belleza. Sin embargo, porque el arle no nccesiU), para que se le tenga por noble, recordar lo remoto de su origen ni haber tenido familia ilustre, ¿habremos de renegar de sus primeras manifestaciones? Cierto es que en la antigüedad, por excelencia llamada clásica, en pintura, lo mismo que en poesía, el paisaje no era sino un accesorio destinado á hacer resaltar más y más las figuras del cuadro. Así sucede en los poemas de Hesiodo y Hornero, así en las pinturas de Maiidróclo de Sainos, de Polignoto y de otros varios, cuya memoria ha llegado a nosotros, merced á los antiguos escritores griegos. Pero basta recordar los nombres de Lu- crecio y Virgilio, basta no haber echado en olvido el poema De re- rittn natura de aquel, ó las Geórgicas de ésle, para comprender que un estudio más formal y profundo de la naturaleza da ya en ellos mayor importancia al paisaje, eonvirliéndolo en uno de los princi- pales asuntos de sus investigaciones. Recuérdese, además, lo que l'laton dice en el Critias acerca de la reproducción de las montañas, de las selvas y de los ríos; fíjese la consideración en los cuadros que describe Filóslrato, y se verá que también en aquellos remotos liumpos solía Aveces él paisaje tener vida propia y formar género uparle. Modernos comentaristas de los antiguos escritores griegos hablan de una composición muy complicada en la que se había co- piado del natural y hecho asunto único y exclusivo de un cuadro, *'l grupo de las Islas Eolias, situadas al Sur de Sicilia; cuadro del cual y de otros análogos dice Otfriedo Miiller que íeitian mucha se- mejanza con el mosaico de l'aleslrina. ¿Se quiere demostración más palpable del error cometido cu la alirmacion absoluta de Coindel? ¿Tan indiferentes habían de ser al espectáculo de la naturaleza los antiguos, que de un modo tan admi- rable reprodujeron la humana forma en cuadros que no han llega- 284 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. do ;i nosotros, y en esas maravillosas estatuas, desesperación de la escultura moderna? Delirio fuera imaginarlo. Y cuando la luz de la religión verdadera disipó las tinieblas del error pagano; cuando el arte se purifico y espiritualizó, por tjecirlo así, en las fuentes del Cristianismo; cuando multitud de esforzados corazones huyeron las vanidades del mundo para entregarse á los delicias de la contemplación en las soledades de la Tebaida, ¿podían, ellos que fueron maestros en toda clase de disciplina, ellos que crea- ron una ciencia y un arte nuevo, ellos que vivían en íntimo consor- cio con la naturaleza campestre, que aprendían a amar a Dios en los árboles y en las llores, en los arroyos y en los torrentes, en las fie- ras y en las aves, podian, repito, no dar importancia, no imitar con verdad, no pintar con particular atención y empeño el sublime es- pectáculo de la creación, que de tal suerte exaltaba su espíritu, in- flamándolo en amor hacia el Supremo Hacedor de todas las cosas? ¿No vemos en las obras mismas de los Santos Padres, que en ocasio- nes hasta llega á desaparecer el hombre ante la admiración que can- san las infinitas maravillas del universo? Aunque no comprobase la historia que en los primeros siglos del Cristianismo (esto es, en los primeros pasos que dio la pintura cuando el arte se regeneraba y trasformaba, tomo la literatura, como la poesía, como la organiza- ción misma de la sociedad) el paisaje renació á par de otros géneros de pintura, ya como asunto principal, ya como accesorio, en las ins- piraciones de los primitivos pintores cristianos, la razón natural di- ría que no podia menos de haber sucedido así. Pero afortunadamen- te no es necesario recurrir á conjeturas de ninguna especie para acreditarlo. Un investigador erudito y concienzudo, el autor de La poesía cristiana en su principio, en su materia y en sus formas, dice ter- minantemente que antes del emperador Honorio (esto es, en el si- glo IV, con anterioridad al año 3!)o) los muros de las iglesias y de los palacios estaban ya cubiertos de pinturas ijiie representaban asuntos ilel antiguo y nuevo Testamento; ora la historia de un mártir ó de un obispo ilustre; ya, c-n lili, paisajes, marinas y animales. Se v e DISCURSO DE DON CARLOS DE HAES. 285 pues, que no solo corno accesorio, sino como asunto principal de sus cuadros, cultivaban el paisaje los pintores de los primeros siglos de la Era cristiana, y que no anduvo muy acertado Ooindet ni citar como ejemplo raro del empleo del paisaje, como peregrina muestra de l¡i introducción de la naturaleza campestre en los asuntos históricos, una obra cuya antigüedad solo se remonta á principios del siglo XV, y que, en suma, no es la más antigua que se puede citar del mismo amor, poseyendo Mr. Aders, de Londres, otra virgen con fondo de paisaje que lleva la fecha de 1417 '. Muchos casos de ensayos semejantes podrían citarse, pero su im- portancia es muy secundaría, y puede asegurarse que hasta los tiem- pos de Rafael, como todos los esfuerzos do los pintores del primer renacimiento, ó lo que es igual, anteriores al siglo XVI, se linliinii dirigido al estudio exclusivo de la figura, el paisaje no formaba ai'in un género muy marcado. Gracias al sublime pintor de TJrhino, ¡i Leonardo de Vinci, A Miguel Ángel, y sobre todo al felicísimo desar- rollo de la escuela veneciana, el paisaje, como los demás géneros de pintura (costumbres, marinas, asuntos mitológicos, bodegones, flo- res, etc.} adquirió importancia casi igual á la pintura de historia. Las escuelas veneciana y flamenca se disputan aún el honor de hiibcr creado como género el paisaje; y aunque la historia parare establecer que debemos a Giorgione, a Tiziano, á Bassano y á Tin- loretto, es decir, á los mis grandes maestros de la brillante escuela de Venecia, los primeros pasos en lo que se ha llamado después pai- snje histórico, es licito creer que las Plandes fueron la cuna de los mas antiguos paisajistas. Tal es también la opinión del italiano Ital- dinucci. Si el clima influye en las costumbres del hombre, igualmente in- fluye ¡'i veces en sus sentimientos. La naturaleza del Norte, misle- Conócense además tres paisajes de Van-Eyck, quo El mundo bajo la forma de «na esfera. Erección de un campanario. Paisaje con unos pescadores cogiendo una nutria, 286 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. riosü, ji^anlesea y sombría, elevad pensamiento alas regiones de. lo infinito. Este género de contemplación encanta á las razas del Nor- 1c, dadas á la metafísica. El espacio ilimitado, la inmensidad de sus bosques, seduce su imaginación soñadora, dispuesta a lo maravillo- so. Los inviernos interminables y la corta duración del verano au- mentan aún, por efecto de la privación, el amor del hombre A la na- turaleza. No seria, pues, exlraíío que los flamencos, por condición de su propio natural, hubiesen probado los primeros á reproducir espectáculos que les habían encantado, para agradarse en contem- plarlos durante los largos y tristes dias del otoño y del invierno, prolongando de este modo artificialmente el goce experimentado en el seno mismo de los campos, a la orilla de los arroyos ti de los ríos, en las alturas de los montes, bajo la fronda de las selvas. Además de Vau-Eyck, los montes de Namur y de Dinand, dice Alfredo Michiels, han dado ser á los primeros artistas que lian pin- tado el paisaje como obra independiente, y cita los nombres de Hem- ling, Schoeerel, Patenier, De Bles, etc. Al principio los paisajes, por finito general, semejaban á las pin- turas de los chinos, donde todas las lincas suben de tal suerle, que los términos, en vez de retirarse gradualmente, se elevan vinos so- bre otros. La perspectiva lineal, ciencia nueva en el siglo XV (el eru- dito Viardol llama creador de la perspectiva ¡i Pablo Ucello de Flo- rencia ' ) , apenas se aplicaba en los diversos ramos de la pintura; solo la arquitectura, por sus formas positivas, parecía susceptible de ceñirse á reglas geométricas. Desconocíase por aquellos tiempos que el cielo, cu las formas vagas de las nubes, y el paisaje, compuesto de objetos que parecen determinados por el capricho, se hallan igualmente sujetos á las le- yes de la perspectiva. Francesca y Masaccio, continuando y perfec- cionando el sistema de Ucello, lo extendieron a todos los géneros de pintura; y apenas hay en el siglo XVI pinlor que la desconozca. A fines de este siglo el arle marcha con milagrosa actividad: * Ucello nació en 1389, DISCURSO DE DON CARLOS DE HAES. 237 Ilalia vive casi exclusivamente para las letras, para las ciencias y las arles; y durante la ¿poca misma en ipie toda Europa se mueve ni Ímpetu de las pasiones políticas ó del fanatismo religioso, en que arden las naciones, prevaleciendo en Italia luchas que tienen por móvil la ambición ó la política, y desolando la Alemania guerras que nacen del antagonismo de creencias religiosas; aún entonces, digo, los grandes artistas italianos consignen sus mayores triunfos, en tanto que la edad media, terminada su prodigiosa misión, em- pieza ¡i dejar paso al renacimiento, es decir, á una faz nueva del arle. A ejemplo de las academias de Lorenzo di: IWdicis, abren «ims las principales ciudades de Italia. Florencia, Venecio y Homa, que después llenaron la Europa de sus oltras, disputan la supremacía de esta nueva dominación; las fuerzas humanas sfi duplican, y el £flliiio devora el alimento de las generaciones futuras. En Homa, foco del saber artístico, fue donde primero adquirió el paisaje gran desarrollo. Cultivólo allí, antes que otro .alguno, co- mo asunto principal de sus cuadros, un lombardo, llamado Mu- ziano (1528) que habia estudiado en Venccia; pero entre los maes- tros precursores de los ilustres paisajistas del siglo XVII hay uno cuyo nombre y cuyas obras ha conservado la posteridad con la de- bida estimación: tal es Pablo Itril. Nacido en Ambcres en Í56K, eslitiliil muy joven aún, bajo la dirección de Daniel Wortelmans, y en compañía de su -berniano Mateo, en la escuela que establecieron y propagaron en Flandes Van Orley, educado en ladellafacl, y Van "nsl, discípulo de Tinloretlo, después de haber aquel estudiado el ¡"lisajfí en Venecia y obtenido del mismo pintor de Urbino el encar- go ile cuidar en Bruselas de la fabricación de los tapices, para que babia trazado Kafael sus admirables cartones. itril file á reunirse más tarde con su hermano en la insigne ca- pital del orbe católico, donde le empleaba ol Papa Gregorio Xill en ( 'l Vaticano. Su talento se desarrolló y acrecentó durante el Iras- nirso de una vida larga y laboriosa. Los Papas Sixto V, Clcnicn- tc VIH y Pablo V le nicnrgíiron Irabajns considerables. En lfiO2 288 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. pintó en el magnífico comedor, construido por Clemente VIH, una gran composición, que aún hoy se admira, alusiva á San Clemente, patrono de este Papa. Las bóvedas de las dos escaleras al lado de la Scala-Santa, cerca de San Juan de Lclran, y la torre del Vatica- no denominada Torre de los vientos, fueron igualmente adornadas por su pincel. Los paisajes que compuso entonces, ya sea para los pa- lacios de los Papas, ya para varias casas religiosas de Roma, fueron muchos. También se ocupó en adornar los cuadros de los mejores pintores de su tiempo con fondos de paisaje. La reputación de Pablo Bril del>ia atraerle discípulos de toda Europa. Tuvo varios, en efec- to: entre ellos se distingue á Guillermo Niewlant y Agustín Tassi, que había de formar después á Claudio de Lorena, Spierings, Hal- tasar Louvers y Cornelio Vroom. Gc"nio verdaderamente original, reuniendo la observación sencilla y poderosa de los flamencos á la elegancia y nobleza de los italianos, fue Pablo Bril el verdadero maestro de la generación de grandes paisajistas que lia inmortaliza- do el arte del siglo XVII. Holandeses y flamencos llegaban en masa ;'i Italia y frecuentaban todas las escuelas. Pablo Bril, continuando lu que habían iniciado Manlegna, Perugino y Udine, y difundiendo los progresos que había hecho ya eu su patria, destinada a producir los hombres más nota- bles en este ramo de pintura, constituyó el paisaje en género aparte. Trabóse entonces una lucha entre italianos y flamencos. Los pri- meros eran indudablemente superiores á los segundos; pero deslum- hrados por et grandioso estilo de Rafael buscaron antes las bellezas convencionales que la verdad, en un género en que esta debe domi- nar siempre. Los flamencos, por el contrario, se hicieron HÍÍ(IIÍ'esíó con Locaielli, discípulo de Pedro de Corlone. Este Localelli 290 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. ejerció su arte particularmente en liorna; pero su estilo se extendió pronto en Francia y destruyó cuanto quedaba de la influencia de Poussin,deLeSueur y de Sebastian Itourdon. Pintor expedito y ama- nerado, entusiasta de sí mismo, ¡í ejemplo de su maestro, prefería las formas que le sugería su imaginación á la verdad déla naturale- za. Así se difundió el peligroso amaneramiento de que dan muestras en sus paisajes Marco Ricci, Pablo Pannini, Zuccbarelli, Vernet y otros muchos. Desde esta época no se encuentra ya artista digiro de sostener el nombre glorioso de sus antecesores. Cuando nacía Van Huysem, último paisajista de la buena escuela antigua, habían muer- to ya Wynants, Wonwermans, Pablo Potter, Van- de Velde, Karl Dujardin y Iluysdael, y con ellos las glorías de la Escuela. A nuestro siglo tocaba abrir nueva Era para el paisaje. Sobre- puesto á las preocupaciones que durante mucho tiempo dificultaron su elevación á la esfera de género importante; renovada la lucha que siglos antes emprendieron sus iniciadores reclamando el lugar que realmente le correspondía, el paisaje se alza triunfante á una altura hasta ahora desconocida, sobrepuja las esperanzas más ambiciosas, y brilla con esplendor envidiable. Podría citar un número interminable de paisajistas célebres en Inda Europa; pero son ya demasiado conocidos de cuantos me escu- chan, y fuera ocioso. Me limitaré, pues, á decir que en las naciones en que se cultiva el paisaje, ni los Gobiernos ni los particulares han escaseado medios para proteger y recompensar á los que más se han distinguido en estudiarlo y perfeccionarlo. Triste cosa es por cierto que cuando ha recorrido senda tan amplia y puede hacer alarde de tal historia, todavía corran acerca de él, y pasen en España como va- lidas, opiniones á todas luces erróneas. Tal es, sin ir más lejos, la de que el paisaje es cosa fácil de suyo, y que puede realizarse sin ne- cesidad de las prendas que deben adornar á los pintores de otros gé- neros. El paisaje excita en general menos interés que la pintura de his- toria. Las masas no encuentran mucho encanto en la imitación de la nnliiraluzn campostre; «|M:II¡IS comprenden en la realidad su indr- DISCURSO DE DON CARLOS DE IIAES. 391 unible hermosura. Necesitan la reproducción de su propia imagen y los tintinas en que so» actores; un apacible rcilejo del universo exije sentimientos demasiado poéticos, para que su belleza canse impre- sión en las almas vulgares. Muy pocos años hace que algunos artistas respetables han culti- vado en España con éxito el género de que se trata, y lo lian cultiva- do ron la fé necesaria para llamar la atención de los que, ó compren- dían poco, ó nada sentían ante las creaciones del arte, l'ero aún que- da, por desgracia, una mayoría considerable que permanece en aque- lla creencia, fruto de una educación artística superficial y aparente. Desde principios del siglo actual, los aficionados (tomando esta voz en el sentido que le da el vulgo más vulgo) habían invadido ya este género lie pintura, como lo habian hecho con la poesía, con la mú- sica, con lodo. Al hablar de aficionados no trato en manera alguna tle vituperar el noble esfuerzo de algunos, cujo entusiasmo es digno de elogio, y demuestra á las claras que late en su pecho un corazón de artista, de algunos que elevados sobre la multitud y mejor organi- zados, uniendo la delicadeza y el gusto al sentimiento, gozan de una estimación bien adquirida y Je una inlluencia saludable. No: hablo tle los poseedores de eso que se suele llamar allende los Pirineos ta~ lenlt de sociélé. De las organizaciones defectuosas que tienen la ambición del ge- nio sin poseer los medios de llegar a serlo, nacen esos talentos sin alma (permítaseme la expresión) á que sólo presta vida la vanidad; talentos sin utilidad en el retiro, sin raices en el entendimiento, y que ni primer revés se apresuran á hacer traición a sus aspiraciones. Por regla general, que apenas tiene excepción, a los que se llaman afi- cionados les faltan bases en el estudio y corazón para perseverar. Así es que, volviendo las espaldas al camino emprendido, ocultan su derrota bajo la disculpa de que no hay aliciente donde no existe dificultad. Juzgado el paisaje por este tribunal, el género de pintura con- sagrado a reproducir los encantos de la naturaleza campestre ha permanecido luisln boy sin verdadera clasificación ct) España, niieii- 292 HEAI, ACADEMIA DE SAN FERNANDO. tras sucedía lodo lo contrario en Alemania, en Bélgica, en Suiza, cu Holanda, en Francia y en Inglaterra. Verdad es, Señores, que en Es- paña el paisaje esta aún en la infancia, que es pobre su historia, comparado con las riquezas que en los demás géneros puede osten- tar; y de la indiferencia con que generalmente se le lia mirado, nace sin duda el error en que viven muchos de nuestros ingenios fáciles. Porque hayan acertado á armonizar algun fondo de cuadro repre- sentando jardines, montes ornares, ¿podrá decirse que han hecho un paisaje, que han resuelto las grandes dificultades que el género ofrtce? \1 contnno lo único que e >era es qiit. siendo incapices de venceilis Inn sillido poi enciun El fondo de un cuadro con acce- sou ik / ai y puede 11 i cont i e fueii dil dominio de este ramo, j su 1 no er bueno sino d con lición de n t r \erd dtro Tinto es isi que difmlmente un p i iji t i n x r t i r i pintar bien un f ndo de u n d i o porque i ello e opone h temkncn qiit siempie tiene de h Lir pur miente pai aje in acnficir inda á di tinto objeto. De este modo divide el interés, distrae al espectador del asunto princi- pal del cuadro, y promueve tal pugna entre figura y paisaje, que en ella las más veces pierden todos. ¡Cuántos paisajes hemos visto echa- dos á perder por una figura, y cuántas figuras desvirtuadas ú oscu- recidas por un paisaje1. Vclazquez lo comprendió perfectamente; por eso se citan sus paisajes accesorios como de los más notables. Un ejemplo liara aún más palpable la teoría: suprimamos por un ins- lanle las maravillosas figuras del cuadro de Las lanzas, y presenté- moslo únicamente como paisaje: ¿qué es lo que queda? Hiiysdael, Wynants, cuantos paisajistas imilásteis la naturaleza buscando casi exclusivamente la verdad, sacrificándolo lodo por ella, habéis perdido el tiempo!!! ¿Y nosotros, escolares del naturalismo, permanecemos en este er- ror? ¿Para qué tantos afanes, cuando los del á peu prés están ahí para aplaudir uueslros bosquejos? Error fatal, sistema pernicioso, que parece haberse propuesto romper con las buenas creencias para ha- cerlas volver á donde se encontraban apenas há un siglo. También los ciegos exclusivistas debieran mitigar sus ímpetus: DISCURSO DE DOS CARLOS DE IÍAES. 293 todo lo que 011 cidrias materias es demasiado exclusivo, se aleja de la verdad. El pintor de paisaje, dicen, sólo debe ser colorista. Con- vengo en (pie no puede dejar de serlo, porque el color es el princi- pal medio de (pie la naturaleza se vale para llegar por los sentidos al alma; porque ¿1 es quien da al paisaje expresión y poesía. Pero ¿bas- tará esa cualidad para crear un buen paisajista? Y la forma, ¿no lia de contarse por nada? El descuido de la forma es tan funesto al pai- saje como á la figura; si no crea defectos marcados, priva de gran- des bellezas. Tan falso seria fundar el arte en solo el color, como basarlo únicamente en la forma. Todo objeto tiene una forma precisa, necesaria: pero cuando esta forma se escapa á nuestros sentidos, nos contentamos con su aspecto. No hay objeto en la naturaleza, cuya forma no dependa en todas sus partes de una condición especial; por este motivo el res- peto de la forma, aún en In imitación de la naturaleza inanimada, es tle necesidad absoluta. Si el encanto del paisaje que nos interesa, consiste en la impre- sión debida a los elementos de que se compone, alterando estos ele- mentos en lo que constituye su carácter, se altera la impresión, y por consiguiente la reproducción carecerá de su principal encanto, que es la verdad. En el paisaje la exactitud de la reproducción vale más que un ideal imposible. La naturaleza difícilmente soporta el trabajo de la imaginación: es tan poderosa,' que sobra al hombre con tratar de reproducirla. La multitud innumerable de sus acci- dentes y combinaciones poca cosa nos permite inventar. No confundamos esto con el servilismo en pintura, palabra em- pleada por los que, desesperados de no poder imitar, caricaturizan las bellezas naturales. No lo confundamos tampoco con el procedi- miento de la chapucera escuela que, no sabiendo determinar bien la lumia del paisaje, por haberla considerado indigna de estudio, hace por suplir la falla apelando a una ensalada de colores, de raspadu- ras y de otros mil secretos que jamás alcanzará á comprender quien tome el arle por lo serio. Maravillosa escuela, donde todas las obras llevan el sello del maestro, jamás el de la naturaleza; escuela, don- 294 REAL ACADEMIA PE 8AN FERNANDO. de lodos los ineptos se inscriben, y cuyo método simplificado forma un gtinio en quince lecciones. Los antiguos paisajistas nos han suministrado también, eiilre ranchos buenos ejemplos, algunos perniciosos por el cslilo de los ya indicados, liara vez distinguieron las diferentes clases de árboles y peñas en sus cuadros. Ocupáronse solo en procurar que el árbol y la piedra lo pareciesen, sin curarse d e q u e pertenecieran á tal ó cual especie; lo que buscaba el pintor era el estilo, no la originali- dad ni la fisonomía del objeto que imitaba. En sus cuadros todo ve- geta y se arregla con mucho arte para la composición y la armonia; pero apenas se distinguen las diversas especies vegetales. En ellos el árbol como el hombre se señala por una belleza general de formas, más bien que por su propio carácter. No fueron, sin embargo, tan clásicos los paisajistas del Norte ; los flamencos, menos cuidadosos del estilo, estudiaron con más ingenuidad la naturaleza, y la expre- saron con mnyor franqueza. La amaban demasiado para afearla, y este es el mejor modo de comprenderla. No se deduzca de lo expuesto que participo de la opinión, nniíiii]- inenle adoptada, según la cual el iin del artista es la imitación punt y simple. Con este modo de ver, absoluta negación de lodo esplri- tualismo artístico, la máquina de Daguerrc haria excelente olicio de pintor. En los cuadros de los inteligentes naturalistas que sin re- nunciar á lo ideal buscan otra especie de belleza, aparecen árboles, piedras y plantas con todos sus accidentes de forma y de color. Los árboles, sobre todo, ofrecen una variedad que promete recursos que nunca se verán agolados. Comprendieron que descuidar el árbol en el paisaje era matarlo. Los árboles son las verdaderas figuras del paisaje. Cada uno tiene su fisonomía, cada uno su lugar favorito donde desplega mejor su verdadero carácter. El artista que quiera pintarlos, debe conocer su expresión, y, por decirlo así, sus costum- bres é inclinaciones, como el pintor de historia estudia el carácter y costumbres del hombre con relación á su genio y pasiones indivi- duales. Solo, pues, con el profundo conocimiento de la naturaleza lugra DISCURSO I>K DON cAliLOS DE HAKS. 205 <'l paisajista llorar á producir algo bello. Grandes son sus goces, grandes también sus amarguras. Delante del pintor se baila siempre ese gran maestro, cuya severidad es lanío mayor, cuanta mayor sea la conciencia del artista. Él es quien lo juzga; el quien no descubre jamás su secreto; él quien siempre nos dá á conocer nuestra impo- tencia. De ahí esa liebre inquieta, esa sed ardiente de saber, esccon- liimo empeño, que no deja ni tregua ni descanso. ¡Oh qué ansiedad la del pintor ante los magníficos espectáculos de la naturaleza! ¿Có- mo reproducir, cómo fijar sus efectos fugaces? ¿Qué valen nuestros pobres medios de imitación para bacer la luz y la sombra? ¿Qué re- laeion bay entre el blanco opaco de la paleta y las finas y delicadas claridades de la aurora ó el esplendente brillo del sol en loda su ma- jestad? Y sin embargo, solo con el auxilio de estos colores groseros, que no son sino sombra y materia vil en comparación de la luz eté- rea, debemos producir los mismos efectos, las mismas impresiones que causan el sol poniente ó el claro despuntar del alba. Con eso contamos para imitar.hasta lo que sentimos, es decir, la fluidez, la distancia, el misterio, la luz, el encanto y la poesía. ¿Cómo no su- cumbir? Pero así y todo, nunca dudemos damos por vencidos. La historia de la pintura es la escuela del valor y del heroísmo. Los que lian legado al mundo obras admirables, también han luchado, tam- bién lian andado penosamente y á paso lento por ese difícil camino, también lian sufrido. No desconfiemos, pues; antes bien, apoyados en el estudio, perseveremos y demos ejemplo á la generación que nos sucede. Le peintre pour imiter transforme, dice Topffcp: sea este nuestro guia. Para el paisajista, la vida sencilla del campo ha de ser como una necesidad. El pintor Ae paisaje debe en cierto modo identificarse con la naturaleza campestre. ¿Quién no ha sentido henchirse su pedio de un placer indefinible á los primeros albores del sol de Mayo? En- tonces el estudio entre cuatro paredes se hace insoportable; descuél- físuise las cajas, y empiezan los aprestos para una vida de fatigas sanas y de afanosos trabajos. Entonces renace en él, intérprete y ad- mirador de las bellezas naturales, una segunda existencia; y solo, 296 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. ante, el maravilloso espectáculo de la creación, se arrolla en esa mú- sica del alma que ningún poeta acertara jamás á expresar. Mucho tiempo hace que la naturaleza es bella; mucho que los ilias son radiantes y melancólicas las noches; mucho Laminen que su voz misteriosa habla hasta á los que no la entienden; y sin embargo, desde ayer tan solo lia empezado el artista, cuya misión es reprodu- cir su variedad infinita, añadiéndole el fuego de su pensamiento y de su corazón, á comprender el lenguaje de los bosques y de los valles. Hoy que el arle no desdeña imitar las obras de Dios, ni las cree inferiores á las invenciones caprichosas de la fantasía del hombre; hoy que la pintura de paisaje ha salido del carril de lo falso, que en resumen sólo conduce á lo feo, para seguir la senda de lo verdadero, precursor infalible de lo bello, aprovechemos tan oportuna circuns- tancia para dirigir los esludios y buenas dotes de lu juventud espa- ñola por tan glorioso camino. La paternal solicitud del Gobierno (me atrevo á creerlo así), unida á. los sabios esfuerzos de esta ilustrada Academia, no han de escalitnar ninguno de los medios necesarios para perfeccionar en el suelo de la belleza la enseñanza del paisaje. De esle modo podrán efectuarse en ella las reformas que la experien- cia aconseje. Dichoso yo, si desde la humilde esfera de mis facultades y escasos conocimientos, contribuyo al logro de empresa tan meri- toria. HE DICHO. DISCURSO EXCMO. Su. D. FEDERICO DE MADRAZO, F.N CONTESTACIÓN AL SEÑORES: Al verme designado, por una bondadosa exigencia de amistad y por honrosa elección superior, para llevar en esle solem- ne acto la voz de la Real Academia en cuyo seno ingresa el señor Haes, no puedo menos de deplorar sinceramente que esta elec- ción y aquella amistosa deferencia obliguen á dos pintores, ajenos ¡ti arte de disertar con soltura y elegancia, á mantener por si solos lodo el interés de esta recepción,ceremoniosa. Nosotros, los profesores de las bellas artes, que, acostumbrados á formular nuestras ideas por medio de líneas y colores, miramos <;«nio insoportable yugo, solo llevadero con un varonil esfuerzo de. paciencia, las necesarias reglas de las otras arles que se desarrollan f'fí el tiempo y no en el espacio, cada vez que un una de estas so- lemnidades se nos impone como imprescindible deber el emitir en Wma de producción literaria nuestras doctrinas, nos asemejamos 1 0 poco a aquellas mujeres romanas que, á despecho del sexo y de 1 su natural inexperiencia, bajaban a la arena en tiempo del Imperio á pelear como gladiadores 1 . 1 Lo afirman muchos antiguos escritores y el ilustre historiador de SOMA EN TIEMPO DE AUGUSTO. Des cttoyens liases (dice el sabio Dezobry), qui vmilaimt des émotions au ruque de lew vie, et méme, dw lempa de César, des sémtews et des chevaJiers, se firent gladiaieurs; ceite dégradoMm devint si fréquente sou3 Auguste, qu'il la tolera, n'aymt pu Vempkher, et l'annohlii infanc unpeuen Stant l'infamie au métier de gladiateur. Sous les mitres em- pereurs, desfemmes méme combatlirent ainsi sur l'aréne. 298 HF.AL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. Mas ya que en este difícil Irance, más arduo todavía para mi por la reciente impresión de los bellísimos discursos que en las úl- timas recepciones se han pronunciado, no me sea dado emular en lo elevado, correcto y florido del lenguaje, ni en lo profundo de los pensamientos, ni en lo erudito dé Jas demostraciones, con los afa- mados literatos, poetas y oradores, que en sus contestaciones á los nuevos Académicos están trasformando este halagüeño recinto, poco lia silencioso y desierto, en un verdadero templo de las musas, en una amenísima escuela de buen decir sobre la fdosofía del arte y su historia; halle gracia al menos la ingenua confesión de la propia insuficiencia en el ánimo de mi preclaro auditorio, y permítase- me á mí, adepto humilde, y ministro, aunque indigno, del culto de lo bello, exponer algo d é l o que, en mis frecuentes meditaciones acerca del objeto relativo de cada uno de los ramos del arte, me han sugerido mi práctica como pintor, y mi lectura como amante de toda investigación filosófica sobre el destino del artista en la so- ciedad. A ambos órdenes de ideas conduce el bien (razado y enéririco discurso de nuestro nuevo y digno compañero. Consagrado con ver- dadero entusiasmo a hacer reverdecer en nuestra patria lauros de exótica procedencia que ciñó en otro tiempo, aunque escasos, el gé- uiu del arte español; y de otra parte impulsado por la conciencia de la dignidad del artista, á quien degrada la mera y servil imitación de la naturaleza, acaba de hacer profesión de idealista con frases llenas de calor y de poesía, propias de quien tan bien sabe arrebatar con el pincel al sol de la tarde sus rayos de fuego para animar las espléndidas geórgicas y los idilios con que de continuo nos embele- sa. Procuraré, pues, en mi contestación, hacerme cargo de las con- diciones de la pintura de paisaje, considerada en abstracto como ra- mo del arte, y del fenómeno principal que el Sr. Haes advierte y lamenta en la historia de esta clase de pintura, que es el abandono del estudio de la naturaleza; examinando al propio tiempo por qué, á pesar de haber prevalecido el naturalismo en el siglo de oro de nuestras artes, este naturalismo no se aplicó al estudio del país en DISCURSO DEL EXCHO. SEÑOR DON FEDERICO DE MADHAZO. 299 España y no tuvimos en la época de los Velazquoz, Manilos y Zur- baranes, sino muy contados paisistas, y quizá ninguno ¿mulo digno de los Claudios y de los Berghein. Ha trazado el nuevo Académico el cuadro interesante de las vi- cisitudes de la pintura de paisaje, y lo ha hecho con la maestría con que maneja los pinceles, de tal manera, quenada ó muy poco queda que añadir para que tengamos en él una completa aunque rápida noticia histórica de este precioso ramo del arte imitativo. Veamos ahora nosotros si podemos hallar alguna luz que nos descubra lo que esas alternativas significan; porque la exposición de las causas i|iie han movido en unas épocas más que en otras á contemplar y reproducirla naturaleza exterior y pur.imenlc malcría), hn quedado intacta en aquel vigoroso cuadro. No hny quien pueda ni quiera hoy desconocer la importancia de la pintura de paisaje; de ese arle que nos representa a] vivo la na- turaleza campestre en todas sus fases. No hay tampoco quien no sien- ta la belleza del campo en su natural sencillez: espectáculo conso- lador para el alma del artista, especialmente para el que vive en las grandes poblaciones, donde todo es contrario á lo natural, donde es artificial cuanto nos rodea, donde hasta nosotros mismos nos cons- tituimos en seres artificiales. La reproducción de los sitios históri- cos, testigos de las victorias (i de los desastres de nuestros antepa- sados; los extensos y melancólicos horizontes de nuestro suelo me- ridional; los montes de variadas é imponentes líneas; los dilatados y ya risueños ó ya tristes valles de las diversas provincias españo- las, iluminados por la luz caliente y cansada del sol en su ocaso, ó por la virginal claridad del naciente dia; las desiertas y desoladas playas matizadas con los despojos de los navegantes sacrificados al furor de las embravecidas olas, que, como arrepentidas de su obra de devastación, los depositaron luego en su lecho de arena; los nos que se vieron algún dia teñidos de sangre después de una terrible bulalla; las risueñas praderas; los castillos arruinados, gigantes de piedra que parece desalian á la demoledora segur de los siglos; son espectáculos que despiertan emociones indefinibles en toda alma no 300 REAL ACADEMIA ÜE SAN FERNANDO. marchitada por el influjo mortífero d é l a falsa cultura que hace al hombre enemigo de la naturaleza inocente. Pero ¿basta la mera facultad de reproducir fielmente la natura- leza, para hacer sentir estas emociones? El Sr. llaes lo ha dicho: «si eso bastara, el daguerreotipo quedaría elevado al rango del arlis- • ta.» ¡Misterio inexplicable! El paisista que solo reproduce lo que vé con los ojos corporales, sepulta en su lienzo toda la poesía de la na- turaleza. Es preciso considerar y mirar el mundo exterior con los ojos del alma, y entonces, sea cual fuere la naturaleza que se tenga delante, un mero peñasco, un descampado arenal, un simple celaje, en el lienzo del pintor se vera y se sentirú palpitar toda una creación, y reflejándose sobre la idea objetiva el modo de ser del artista, bro- tará el arte, que es la flor espontánea de la tierra bañada por el sol del genio. Hé aquí la razón porqué los paisajes de Nicolás Pusino y de Claudio de Lorena son y serán verdaderos modelos, siempre apre- ciados y buscados en el mundo artístico, como las composiciones his- tóricas y mitológicas, en que se distinguió el primero, hombre de es- clarecido ingenio, tan poeta como docto, tan grande como modesto; porque tanto en unas como en otras composiciones supo añadir lo que el interiormente sentía, haciendo que el árbol y el peñasco, lo mismo que el antiguo y silencioso murallon, ya desnudo y abando- nado, ú revestido y acariciado por la yedra trepadora, hablasen á nuestro espíritu: porque supo rescatar con el genio lo que la natura- leza niega á la limitada paleta del pintor, el sol, el murmullo de las aguas y de las hojas, la dulce brisa que susurra por entre los arbus- tos, la embriagadora fragancia de la atmósfera, impregnada con las emanaciones del serpol y de la madre-fielva; porque supo con su ins- piración dar vida, animar, en una palabra, la nada del mezquino lienzo, y hacernos percibir en sus obras, ya el sordo mugir del mar enfurecido, ya el aterrador estruendo de la tempestad cercana, ya el magestuoso ondular de la alta cascada, que acompasadamente se des- peíia, y que sin descansar de día ni de noche vá carcomiendo y ha- ciendo estremecer el peñasco engalanado y enriquecido con su espu- moso nmiilu. lisio, que al pan-oer no puede reproducirse, y que real- DISCURSO DEL EXCHO. SEÑOR DON FEDERICO DE MADRAZO, 301 iiiente no se reproduce en pintura tle un modo material, es lo que los ingenios privilegiados alcanzan á hacer adivinar y sentir á los que con recogimiento saben ver sus obras. Este es el talento, este el ver- dadero privilegio del paisista: saber asociar a lo que se imita ese no se que, ese quid divinum que no es dado copiar, que no es percepti- ble ni relratable más que para las almas en quienes plugo al Sumo Hacedor derramar las dotes que denominamos inspiración, sentimien- to, numen, gracia. Esto es lo que nos hacen sentir con sus grandiosos paisajes histó- ricos Tiziano, Claudio y l'usino; l'ablo Potter con su realismo: Nico- lás Burghem con sus efectos de imaginación; y por último, con su de- licioso paisaje de sentimiento, con sus representaciones de una natu- raleza dolorida y desolada, el apasionado y melancólico Ruysdael. El gran Goethe lo dijo ya con su admirable precisión de estilo, analizando, como pudiera hacerlo el más consumado artista, la cau- sa de la fascinación que produce en el hombre la obra del pintor de paisaje. Su claro razonamiento sobre esta materia debería estar siem- pre presente al ánimo de los que se imaginan que no hay más que copiar mucho y con gran fidelidad para formarse buen paisista. «Su- poniendo, dice el poeta íilósofo, autor del FAUSTO, que exista real- emente un árbol tan hermoso que sea el verdadero tipo de la belle- "za en su especie: para hacer la Irasformacion perfecta, la metamor- fosis, digámoslo asi, de este árbol en su imagen, ¿qué haré yo? Doy «vueltas á su alrededor,tralo de escoger el lado por donde parece "ínás hernioso, me sitúo a la distancia conveniente para observarle »en su conjunto, espero una luz favorable, y después de lodo esto, "¿creeréis, por ventura, que todo lo que pertenece al árbol real y «verdadero puede trasladarse al lienzo? Al vulgo le es lícito creerlo; "pero el artista, que debe poseer el secreto de su arle, guárdese de "incurrir en semejante error. Cabalmente, lo que más cautiva á la "muchedumbre como natural en la obra del arte, no es la naturale- z a exterior, sino el hombre, la naturaleza interior. El mundo no "nos interesa sino por su relación con el hombre, y no nos compla- c e en el arle sino lo que es la expresión de esla relación.» Esta ob- 302 REAL ACADEMIA PE SAN FERNANDO. servacion es exacta y profunda. No es, en venlnd, la naturaleza ex- terior, sino la interna, el hombre psicológico, lo que determina las diferencias de los cuatro imperecederos estilos que antes he enume- rado, y lo que caracteriza en Pusino la grande epopeya de la natura- leza, en Berghem su novela, en I'otter su historia fiel é inclina y en Ituysdael su poesía intima, su lirismo, su elegh Tiene, pues, el Sr. Haes sobrada razón al afirmar que si la pin tura de paisaje ha de llenar cumplidamente su objeto como ark n ha de ceñirse solo á retratar literalmente lo que vemos, lo que Loih s pueden observar en el campo: no á representarnos fiel y daguerreo- tipicamente este ó aquel punto de vista, esta o aquella hora de la luz; sino que ha de atender a añadir lo que se necesita para intei narse en el animo del espectador, haciendo más perceptible su idea por medio de accidentes adecuados, ya sea pintando el rebaño que i la caída de la tarde vuelve á su redil, ya las ruinas del palacio de los Césares, ya el barquichuelo que se adormece en el suave colum pió del rio, ya el rayo de luz perdido en la tenebrosa soledad del bosque profundo, como el incierto fulgor de la esperanza en el alma agobiada por el infortunio. No se pretende, no, que el pintor de pai- saje se salga del natura!, como decimos en la escuela; pero es indu- dable que en esta pintura, bien entendida, digna, como verdadera creación, como verdadero arte, hay mucho más de lo que se com- prende como tal por el vulgo, el cual ciertamente ignora por qué me- dios llega el pintor á hacerle percibir ese que el Sr. Haes llama poé- tica y oportunamente lenguaje de los bosques y , toda idea de utilidad social, de todo propósito de enseñanza, de to- do fin religioso, patriótico y humanitario. Del paisista principalmente puede decirse que es el espejo impresionable que refleja lo que reci- be, embelleciendo al contacto de su sensibilidad los objetos en que esta se ejercita. I'or eso, lejos de abstraerse en su propia alma, le- jos de huir del mundo que le rodea, lo acaricia y se familiariza con (51; y esto, lejos de ser un defecto, es una necesidad. Ved al ya cita- do I'usino solicitando del ager romanas sus más felices inspiraciones. ('.Quién le ha igualado jamás en efectos de decaída grandeza, de so- lemne y clásica majestad, de dulce y meditabunda poesía objetiva? Nadie ha representado como él los encantos de aquella tranquila campiña, en la cual pasó la mejor parte de su vida. Y ¿qué mucho que imprimiese tan augusto carácter á sus paises quien tanto se de- leitaba entre las ruinas más augustas del mundo? Ved á Vclazquez fotografiando de continuo en sus fondos los azulados montes del Gua- darrama y los pardos bosques de sus vertientes; en una palabra, el misino horizonte que desde el regio Alcázar, donde pintaba, tenia siempre ante los ojos. El pintor de paisaje que se dejase llevar solo de su fogosa imaginación y representase horizontes y llanuras nun- ca por él visitados, se expondría grandemente á faltar á la verdad, despojando á sus obras de todo carácter y fisonomía. Creo, Señores, no quedará descontento nuestro digno electo de los montos que reconocemos en el ramo que con tanta perfección, con tan noble entusiasmo y con tan general aplauso cultiva. El pai- «ye, en cuanto á bella arte, considerado en sí mismo, atendidas sus dificultades y su resultado, y hecha abstracción de su índole como obra del hombre constituido en sociedad, está sin disputa al nivel de las más nobles especulaciones y prácticas del humano entendimiento. 304 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. El paisaje, en suma, es d la pintura lo que el género descriptivo a la poesía; prueba evidente de la inmensa dificultad de uno y otro son los pocos Virgilios y Pusinos que lia producido el mundo. Pero las artes en la humana sociedad no han sido, no debieron ser hasta la invención del libro, y menos aun en la sociedad cristia- na, un culto que pudiese bastarse á sí mismo. Y surge aquí natural- mente la gran cuestión de si el artista que, al satisfacer la necesidad de crear, produce obras de mero deleite intelectual, siquiera sea esta producción ardua y meritoria, como arte, y que solo de una manera muy indirecta contribuye al progreso y mejoramiento, ya moral, ya religioso, ya político, social en suma, de la nación en que vive, cum- ple de Heno el destino asignado á las artes del pensamiento en el vasto teatro de la civilización. Pero esta cuestión no es en rigor de este momento: ni me locaría A mi decidirla; solo podría yo recoger en el campo de la historia algunos datos relativos á las ¿pocas en que más ha florecido ó en que, por el contrario, más decayó la pin- tura de paisaje, para venir á parar a. una fórmula concreta que nos in- dicase el común sentir de las gentes de todas las civilizaciones de la I ierra sobre la importancia y alcance de las dos grandes ramas del ¡irte: la del arte trascendental y social, y la del arte recreativo ó de mero deleite. Tengo por principio inconcuso que en todos los pueblos grandes del Oriente y del Occidenle el arte nació y se crió para el culto, y que solo en las épocas de indiferentismo religioso y de general rela- jación de ideas y costumbres, apostató de aquella sania y origi- naria consagración para hacerse ministro del placer. Pero ¿deberá este principio mirarse como una implícita condenación de todo ra- mo de la pintura que no sea hoy un auxiliar directo de la religión y del culto? Locura sería imaginarlo. Es, en verdad, innegable, que los países del mundo cristiano un i¡ue despuntan más pintores del género que nos ocupa, son ca- balmente aquellos en que más su dejo- sentir el influjo del Renaci- miento y de la Reforma; de las dos ideas gemelas que, al terminar su grandiosa epopeya la edad media, surgen contra las antiguas es- DISCURSO DEL EXCHO. SBflOR DON FEDERICO DE MADRAZO. 305 cuelas (leí Catolicismo. En dos extremos de la revuelta y agitada Europa se produce simultáneamente el mismo fenómeno: en la ri- sueña Italia por obra de Uenozzo Gozzoli, Mantegna, Hellino y otros admirables pintores florentinos, venecianos y ferrareses; en el som- brío Septentrión merced á los esfuerzos de los no menos célebres Juan Van Eyck, Patinier, Memeling y otros, que comienzan tímidamente rompiendo los fondos de oro de la escuela de Colonia para hacer ver en los de sus retablos la naturaleza verde y galana, pero un tanto recortada y mezquina, de las orillas del lthin y del Mosa. Mas ¿diremos por esto que los paisistas que lian brillado desde fl Itruacimienlo acá han sido infieles á la misión social del arte bajo el Cristianismo? Consideraciones de un nuevo orden deben completar la idea que contando con vuestra benevolencia me he propuesto des- arrollar. El Renacimiento, que rehabilitó el sensualismo pagano, engen- dró por otra parte al Cesarismo, que en España y Alemania se de- claró desde luego debelador de la idea anticatólica. Fautora y pro- pagadora incansable de las nuevas teorías religiosas, políticas, lite- rarias y artísticas, nace también y crécela Imprenta, formidable Itiiareo, consigo mismo discorde, que si con un brazo golpea el edi- licio providencia] del Catolicismo, levanta otros nóvenla y nueve en su delunsa. Los grandes intereses religiosos y nacionales se deba- ten por medio del libro, por medio de las armas y de la diplomacia, i'ii los campos de batalla, en las dietas y asambleas. Por otra parte, evangelizadas las masas, cristianizadas las naciones, el renacimien- to del espíritu pagano se verifica sin fuerza expansiva; queda limi- tado á las cortes y palacios de los magnates, de los Mediéis, de los Parnesios, Sforzas, etc., etc.: el mundo parece asegurado contra una nueva ruina de las santas nociones que tantas veces naufraga- ron en las sociedades antiguas; en ningún pueblo culto es ya posi- M<; el retroceso á las bacanales y lupercales, á aquellas brutales liviandades y nefandos vicios de las brillantes épocas de Alejandro y de Augusto. Merced á estas conquistas, no es ya menester que el arle siga inflexiblemente uncido al yugo del sacerdocio. Así lo coni- 306 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. prende la sociedad moderna, así también la misma Iglesia que desde el siglo XV acá nunca miró con desagrado ni con antipatía los es- fuerzos de los artistas no consagrados al servicio del culto. ¿En qué consiste, pues, se dirá, que no siendo obstáculo la reli- gión al ejercicio del arte recreativo, ha producido nuestra España tan escaso número de paisistas? Son varias las causas que á mi en- tender han concurrido á producir este hecho. No todas las naciones, en primer lugar, sobresalen en unas mismas aplicaciones del sentimiento estético. El español de los si- glos XVI y XVII, grave, sesudo, de ideas ambiciosas, de majestuoso andar y erguido porte, apasionado é impaciente y un tanto perezoso, desdeñaba toda obra al parecer minuciosa y entretenida. El paisaje exige mucha observación, muy prolijo estudio, mucha conciencia, y hasta mucho sacrificio de la arrogante apostura de conquistador en determinados casos; y el español antiguo tenia, en suma, demasiado desala golilla y demasiado de eso que vulgarmente llamamos proso- popeya, para plegarse á las penosas correrías y á la incesante activi- dad del pintor de paisaje: tal vez por esto sólo le parecía dicho lina- je de pintura inferior á su capacidad y dignidad. Las guerras que la casa de Austria sostuvo, le habían hecho un tanto altanero, y el desenfado de su carácter se halla indeleblemente impreso en el loque franco y valiente de sus cuadros de grandes dimensiones. Como segunda causa, podré señalar á vuestra consideración que el resultado de la trabajosa y concienzuda pintura de paisaje no era á los ojos de nuestros mayores satisfactorio, ni como enseñanza ni como recreo. Su exaltado ascetismo, su incontrastable fe en el propio poderío, los tenían demasiado preocupados para detenerse á analizar y sentir bellezas que solo se descubren en la calma y en el reposo de una vida exenta de conflictos. El paladar hecho á manjares sabro- sos y excitantes, no percibe gusto en los alimentos sencillos y comu- nes: la vista acostumbrada á los efectos de luz vigorosos y violentos, no halla deleite en la apacible claridad de un dia sereno; los corazo- nes criados en las emociones del drama y de la tragedia, no encuen- tran interés en las escenas de la vida ordinaria y regular. DISCURSO DEL RXCHO. S E S O R DON PEDERICO DE MACHAZO. 307 Por liliimo, y esta causa se liga con la anterior, la posición de España era del todo excepcional en la cristiandad. Situada por la niano de Dios como para servir de barrera al fanatismo musulmán, el cesarismo la hizo después poderoso valladar del principio católico contra la invasora oleada protestante. Una sencilla y breve formula ¡i manera de apólogo os demostrará, ilustres Académicos, la escasa parte que las necesidades especiales de la religión en los siglos XVI y XVII podían dejar & la pintura de paisaje en la tarea social del arte. Si en un caslillo sitiado y reciamente combatido suena el clarin de guerra llamando a las armas á sus defensores, y hay en él un sol- dado tan calmoso é indolente, que, mientras sus compañeros revis- ten el arnés y empuñan la espada y la ballesta, emprende pausada- mente la relación de un sueño ó se pone á entonar una amorosa endecha ¿qué se pensará de semejante soldado? Todos sin duda le tendrán por demente. Pues esto al pié de la letra pensaba la España de aquellos siglos, de los artistas que no empleaban su ingenio en defensa exclusiva de la religión ó del César, por un mismo enemigo amenazados. No por eslo se crea que fue la España un inmenso monasterio durante las guerras de religión que incesantemente sostuvo desde la irrupción agarena. Habría más que exageración en suponerlo así. Con haría frecuencia cedieron los reyes y ricos-hombres de los siglos XIV y XV al halago de aquella misma sensualidad asiática <|uc sus fuertes progenitores habían resistido con el hierro y la cruz, y descollaron en las sangrientas vegas de Castilla, Aragón y la Hética los peregrinos alcázares orientales edificados por alarifes mo- nis. Más á menudo después, en los siglos XVI y XVII, cedieron nuestros principes y magnates al contagio de la libre musa ita- liana, y sobre los derruidos castillos moriscos levantaron los artis- tas ultramontanos y flamencos aquellas encantadas mansiones de Alba de Tormes, de la Abadía, del Viso, de Sevilla, de Salamanca, Madrid, Zaragoza, Cuellar, Plasencia y lantos otros lugares, donde las ilustres familias de los Toledos, Lacerdas, Mendozas, Silvas y Huzanes, Azlorcs, Avilas, Sandovalos y demás cepas de proceres y 308 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. guerreros, emularon la esplendidez y gusto peregrino de los tolon- nas, Orsinis y Dorias. No fue por cierto pequeña ni pasajera inva- sión la que todas las nueve hermanas del coro de Helicona hicieron en los dominios de los Carlos y Felipes, y seguro es que no puso cortapisas el familiar del Santo Oficio ni á los libres coros de las ba- cantes y sátiros de piedra de los frisos y cornisas, ni á los frescos y abreviados trajes de las ninfas de las paredes y techos, asi como tampoco á los vuelos d é l a Talía, no siempre púdica, lie Tirso de Molina, ni a los atrevidos perfiles de la novela picaresca, producto español genuino, ni n los profanos pensamientos de cien y cien pro- sadores y poetas. Pero también es justo observar que el contagio de las ideas y del gusto italiano en los siglos XVI y XVII, asi como la inoculación del sensualismo asiático en el XIV y en el XV, no llegaron á ser en Es- pana populares. El pueblo permaneció siempre fiel a la idea católi- ca, por la cual haliia derramado su sangre en tantos tremendos con- flictos, y siempre siguió instintivamente creyendo que la severa musa española no debia j amas quemar incienso á extrañas deidades. Ht¡ aqui una de las causas porqué del pueblo, que era el que produ- cía los artistas, no salieron en España, mientras duraron los odios de nacionalidad y religión, sino muy contados pintores de paisaje. Hoy que estos odios parecen extinguidos, goce de pleno derecho la pintura la libertad en que la lian dejado la religión y la monar- quía, servidas también por otros auxiliares no menos poderosos. Mientras el artista no prostituya el noble instrumento del genio en objetos bajos y viles, mientras se consagre á despertar en el animo dignas y elevadas pasiones, ó á inspirar simplemente deseos inofen- sivos é inocentes, no traspasará de seguro la linea de los deberes del hombre social. Abierto tiene tiempo lid el arte imitativo, rehabilita- do en virtud de las nuevas condiciones y defensas de la sociedad moderna, un extenso y variado horizonte que en lo antiguo no pudo ni debió reconocérsele por los fieles guardadores de la moral, tantas veces amagada de muerte. Hoy, pues, el pintor de paisaje ejecutará su rnndro, y vendrá el DISCURSO DEL EXCHO. SEftOR DON FEDERICO DE MADRAZO. 309 excéptico y no sacará de él más argumentos para sostener su incre- dulidad, que de la máquina viva y palpitante del universo que habí- la; vendrá el panteista, y en aquella roca, en aquel lago, en aquella arboleda, verá otras tantas manifestaciones de la sustancia única, ni más ni menos que cuando los contempla en su original; vendrá, por ultimo, el cristiano, idealista y pensador, vendrá Gessner, vendrá Sliirm, vendrá Lamartine, y contemplará arrobado las obras mara- villosas del infinito Creador y Conservador de la naturaleza, cuya gloria y magestad cantan en sublime y armonioso concierto las aves, las fuentes, los torrentes y las olas de los intranquilos mares, l'odrá hoy la pintura de paisaje contribuir á exaltar el sentimiento religioso del filósofo cristiano que medita en el gran libro de la na- luraleza sobre la bondad de Dios y su sabia Providencia; pero en ningún caso producirá ateos ni hombres de viciosas costumbres. O rus, quando le aspiciam! exclamaba el poeta mantuano, como anhe- lando refrescar en la inocente y tranquila naturaleza del campo su alma abrasada en la sofocante y corrompida atmósfera de la cijrle de Augusto. Inspírenos á nosotros, Señores Académicos, la consola- dora y eterna belleza de algunos paisajes del Sr. Haes sentimientos análogos á los que la vista del campo inspiró al divino Ilioja, cuando cantaba: Pasáronse las flores del verano, £1 otoño pasó con sus racimos, Pasó el invierno con BUS nieves cano. Las hojas que en las altas selvas vimos Cayeron, y nosotros á porfía Eu nuestro engaño inmóviles vivimos! Temamos al Señor que nos envía Las espigas del año y la hartura, Y la temprana pluvia y la tardía. Mucho he abusado de vuestra paciencia, y me urge terminar mi desaliñada prosa. El nuevo Académico y yo hemos procurado sacar fuerzas de nuestra flaqueza literaria para llenar la ritualidad pres- crita para estos casos. ¡Felices si al terminar nuestra carrera artisli- 310 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO, ca, evitamos que hagáis de nuestros cuadros el indulgente elogio que pudierais hacer de nuestros discursos!: esLo es, el que hizo el poeta de ifílhilis de aquellos gamos que, vencida su natural timidez,lucharon on el circo de Iloma bajo el imperio de Domiciano; aludiendo quizá su epigrama á la singular costumbre, que os recordé al principio, de combatir también como gladiadoras las mujeres en tiempo de los Césares. Frontibw adveráis malíes concurrere damas vidimus Sic pugnant lauri, sic ccciderc viri.