DISCURSO TRIENAL, LEÍDO EN JUNTA PUBLICA DE 29 DE SETIEMBBE LE 1864. Ex™. S». D. JOAQUÍN FRANCISCO PACHECO, EN SUSTITUCIÓN DEI. DIRECTOR DE LA Exoio. SR. DUQUE DE RIVAS. Siento, Señores, venir á defraudar las esperanzas de los que me habían honrado con su elección, y de los que me honran hoy con su asistencia á esta solemnidad. Cuando prometí que llevaría en ella la voz de la Academia, y que ocuparía vuestra atención por breves ins- tantes, ora examinando algún punto artístico de los que correspon- den a su instituto, ora trazando el elogio de alguno de los insignes ingenios que han sido en esta esfera prez de la nación española, es- peraba yo que el descanso de los negocios que trae naturalmente consigo la estación de los calores, me dejaría lugar para contraer al asunto que eligiese las escasas fuerzas de mi ánimo, llenando asi mi oferta y mi obligación, cuando no con la brillantez propia de es- li>, Cuerpo, al menos con la decente medianía, sin la cual no parece lícito dirigirle siquiera la palabra. Vuestra benevolencia, de la que habéis dado largas pruebas á quien, si no es artista, tiene acredita- do que ama las artes, habría hecho lo demás: cumpliéndose asi en los términos posibles y por vez primera lo que nos exige la nueva ley, ya que los achaques de nuestro dignísimo Director le imposi- bilitan hoy de ocupar un puesto donde ninguna otra persona de nuestra edad podría lisonjearse de igualarlo. Me engañaba, y nos engañábamos todos. El verano no ha sido 312 REAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. ocasión de reposo para mí. Las ocupaciones políticas linn llenado mi tiempo, aún al pié de los montes de Navacerrada. No lie- podido me- ditar á la sombra de aquellos grandes pinares; no he podido inspi- rarme en el seno de aquella sublime naturaleza. A mi vuelta á Ma- drid hánme seguido, más vivos y apremiantes, idénticos quehaceres. Y cuando al cabo de algunos dias viene y llega por fin la libertad; cuando puedo descargar aquellos de mis hombros, apartarlos de mi mente, tornar la vista á lo que siempre fue verdadero halago de mi espíritu, hallóme con que ha pasado el tiempo, con que toco el se- ñalado instante, con que me es forzoso concurrir ó este sitio, en donde ya me estáis aguardando, y hablaros de repente, sin ninguna preparación, de lo que estaba ayer lan lejos de mi preocupada in- teligencia.—[Perdón, mis queridos compañeros; perdón, lodos los que me escucháis, si, como os he dicho desde la primera palabra, vengo á defraudar, y no puedo menos de defraudar lo que espera- bais del presente; discurso! Por fortuna, aquello que se pierda en el día de hoy, no ha de ronsütuir mía perdida perpetua, ni irreparable. Los destinos, aún el nombre de la Academia, no se comprometen porque quede un mo- mento inferior á sus obligaciones quien en ese momento debía re- presentarla. Si la Academia se contempla a s i misma, puede tener le en su porvenir: si la contempla el público, ha de saludarla con respeto y ha de confiar en ese porvenir propio. Más alta que estas nubéculas, que se mecen de cuando en cuando a su alrededor, su lumbre igual y permanente se dilata sin intermisión por los espa- cios, fomentando con su templado calor, (: iluminando con sus níti- dos y serenos resplandores la tan bien dispuesla ¡ilrnósforíi de nues- tra patria. Ahora, Señores,—bien lo sabéis vosotros,—comienza para ella un periodo nuevo, un nuevo ser. Al antiguo instituto, que más que otra cosa era una Escuela de Helias Arles; á la Corporación cuyo ca- rácter constituía la más intima dependencia del Gobierno, sucede una verdadera Academia, no sólo en el nombre, sino en la realidad, que existe, y se ordena, y se rige por si misma, dentro áa los liini- DISCURSO DEL E X C M O É SEÑOR DON JOAQUÍN FRANCISCO PACHECO. 313 les que la señalan la ley y la razo», y que si tiene por único objeto las artes propias, no se ve limitada á la material dirección de los estudios, ni al mero despacho de las consultas oficiales. El espíritu de la época, el soplo del siglo lian caido en su seno, y tomado pose- sión de su existencia toda. La iniciativa, el fomento, la discusión, nada se excluye desús anchísimas bases. Con más libertad, cotí más responsabilidad, con mayores medios que basta aquí, la Academia K reorganiza hoy, para ser en verdad lo que la piden que sea el nue- f v o juicio de sus deberes y los adelantos de la moderna civilización. Y eso es probablemente sobre lo que yo me liabria propuesto baldaros, caso de poder meditar en oportuna forma este discurso, 'tullen en mi ánimo varias y confusas ideas acerca de lo que deben R ff estos Cuerpos en el siglo XIX, acerca de cómo pueden y deben Henar el noble encargo que les fian la especlacion y la conciencia públicas. Quizá no está dicho aún, ú por lo menos no es vulgar, todo 1( J que cabe pensarse en la materia; y quizá también podrían salir 'le mis labios apreciaciones y consejos, que no fuesen del lodo im- propios al objeto que nos renne en estos instantes. Pero ¿qué os he de indicar, Señores, cuando me falta materialmente el tiempo, no digamos ya para esclarecer y ordenar inciertas nociones de mi men- tt\ sino para extender, para escribir siquiera aqui'llns que leugo de "litigue- más dilucidadas y ordenadas? Como quiera que sea, necesario es que vuestra ilustración supla "lis raciocinios, como vuestra bondad excusa mis defectos. Encane- cidos vosotros en el cultivo y en la meditación de las arles, siendo pp'Mluclo de tales meditaciones la reciente reforma de nuestros Es- tatuios, poco había de ser lo que yo pudiese ofreceros que no se cn- cicnlre ya, por lo menos como germen, en vuestra experiencia y en vuestros juicios. Vosotros sabéis, tan bien como el que más, en lo 'l'te consiste la utilidad de estos Cuerpos; y os sentís dispuestos sin 'luda á dar al presente, al que nos comprende á todos, el justo, el necesario carácter que debe tener, para que constituya en medio de la nación una prenda de cultura, y una garantía de sólidos adelan- tos en la aureola artística que gloriosamente la rodea. 314 REAL ACADEMIA DE SAN TEMANDO. No es el genio, Señores,—lo sé, lo sabemos lodos,—lo que aquí lia de producirse. El genio no- se enseña; el genio no sale de los ins- tituios, como «na planta que se delia al invernáculo de sus leccio- nes y de sus esmeros. El genio es un hijo predilecto de Dios, que crece en los brazos de la libertad, que se robustece y triunfa en los azares del combate. Llamóse GioLto, y diseñaba cabras en un desier- to: llamóse Rivera, y emborronaba mendigos, alimentándose de pe- dazos de pan recogidos en la pinza pública. Los que han querido en- cadenarle, deducirle de las meras reglas, han desconocido su índole como su destino, y se han agitado vanamente para desvanecerse en ilusiones y perderse en tristes desengaños. Vero hay en el mundo algo más que el genio: bay el buen gusto; hay la decencia; hay la crítica y la razón, que llevan a esos resulta- dos, y que impiden al mismo genio que delire y se extravie. Hay la atmósfera que llenan el orden y el talento, y que tal vez es más útil para las naciones que el genio aislado ó desordenado. Hay la cultura universal, parte integrante de nuestra cristiana civilización, y que levantándonos en un digno y constante nivel, ilustra y sublima, al hombre á los ojos de sus semejantes y á los de su conciencia propia. Si las Academias no producen el genio, nadie desconoce que pueden producir y que son a su vez el producto de esta cultura. • Las Academias son reuniones de espíritus distinguidos, á quie- nes junta y concierta el amor de lo bello; y que discutiéndolo, de- purándolo, llevándolo como enseña en medio de la sociedad, forman, por decirlo asi, el noble sacerdocio de su culto. En principio, ningún di-redio coercitivo les acompaña; ninguna verdadera autoridad ejer- cen cütno talus Academias. Y sin embargo, tan natural es esta aso- ciación á la índole del hombre, tan grande es el influjo moral que no pueden miinos de ejercer en el ánimo común desde que existen, que sin esa autoridad y sin ese derecho, su poder es umversalmente re- conocido, sus juicios son umversalmente acatados, su aprobación es el desiderátum de cuantos se ocupan en lo que constituye su objeto, y la distinción de que ellas le abran sus puertas el más alto deseo de toda aspiración noble y di' lodu conciencia generosa. ¡Magnífico es- DISCURSO DEL BXCMO. SEÑOR DON JOAQUÍN FRANCISCO PACHECO, 315 pectáculo de lo que vale la comunión de las almas en la pura, en la ideal, en la desinteresada contemplación de la ltelleza! Anle ella no son jamás posibles la indiferencia ni el desden: aun las malas pasio- nes que la loman a veces por objeto, se reducen en último análisis al encomio disfrazado y al anhelo de participar de la misma distin- ción que se combate y censura. Pero si las Academias son naturalmente tanto y valen tanto, de esa propia excelsilutl que las caracteriza, ha de deducir el recto jui- cio sus deberes y sus obligaciones. Noblcsse obligo, ha dicho con acierto el espíritu reflexivo de la más brillante aristocracia. La dis- lincion compromete; la elevación imponcalodo espíritu,que se esti- ma y se respeta, más Juras y más extrechas responsabilidades. Si aparecen con mayor viveza las glorias y las faltas del que se encuen- tra colocado donde le nota la espectacion general, esa es una razón poderosísima para que cuide con mayor esmero de suprimir sus faltas y de multiplicar sus glorias. No son las Academias tiendas que se levantan para el' reposo. Se entra en ellas con el sudor de la frente; y necesario es que no se olvide derramarlo, para continuar en la posesión de lo que se ha ad- quirido. En este siglo XIX, en que plugo ¡i la Providencia hacernos venir al inundo, ni hay autoridad que se exima de la soberanía de la razón, ni hay puesto que no deba guardarse por análogos medios ¡t los que sirvieron para adquirirlo. Algo y mucho es poseer para conservar; pero .algo y mucho se necesita todavía, si ha de estar justificada y si ha de parecer legitima la conservación. Vosotros, los que habéis entrado en este santuario, indispensa- ble es que prosigáis en las condiciones á que debisteis vuestra entra- da. Existe una relación forzosa de armonía entre ese puesto :'i que habéis venido y el sentimiento general artístico de la humanidad entera: si este marcha,—y necesario es que se desenvuelva y mar- che, porque tal es la ley de los seres que son perfectibles y no per- fectos,—tened entendido que no podéis hacer alto separándoos de ¿1, sin que se comprometa vuestra reputación y vuestro nombre. En la vida moral como cu la vida física, un el organismo de las Acndemias 316 BEAL ACADEMIA DE SAN FERNANDO. como en el organismo de las personas, la inamovilid;nl absoluta ó es la consecuencia ó es la causa de la muerte. ¿Quiere decir eslo que hayáis de correr sin principios fijos, acep- tando los caprichosos delirios de cualquiera edad, dando carta de naturaleza á cualesquiera invenciones, sólo porque son tales inven- dones? Muy lejos sabéis que está eso de mi animo. El buen gusto tiene sus cánones esenciales, siquiera no sean muchos, siquiera- con- sistan mas en negaciones para impedir, que en preceptos afirmati- vos para hacer. El buen gusto es una regla suprema de la que estos Cuerpos, cnlicos más bien que creadores, no pueden eximirse nunca. Del buen gusto y de su posesión no debéis abdicar jamás; porque seria abdicar de vuestra razón de ser; porque seria conculcar vos- otros propios la legitimidad de vuestro magisterio; porque seria prostituir vuestra misión, y arrojar en el cieno vuestro nombre. Pero no extrecbeis, no escatiméis, por Dios, la significación de esa palabra buen gusto. Pero no la bagáis sinónima de amaneramien- to y de escuela, mucho menos de frivolidad ó de fría impotencia. Pero no pretendáis que excede de su círculo lodo lo que no se viú ñ no se enseñó en la época en que vosotros estudiasteis. Dejad que se ensanchen los horizontes con todo adelanto que parezca plausible. Dejad libre el paso á procedimientos nuevos, aunque sean atrevidos tanto como originales, siempre que no quebranten los cánones de lo recto y de lo decente. Pensad que no es única ni exclusiva la ex- presión de la belleza; que son varios y discordes sus tipos; que es desconocerla, ya que no matarla, el quererla encerrar en una for- ma sola. No os apresuréis á condenar aquello que no rompa de un modo claro como la luz, la verdad, la unidad y la armonía, que son sus necesarias condiciones. Permitidme que os recuerde aquí una expresión, que si bien fue dicha para algo más elevado que las artes, se aplica sin embargo con la mayor exactitud á las artes propias: In neemariis unüas, in dubiis libertas.-—Conservad la unidad en lo que es necesario, teniendo en cuenta que lo necesario es poco; pero conceded la libertad en cuanto rae bajo la calificación de lu duda, y no olvidéis nunca que esto es lo DISCURSO DEL EXCMO. SEÑOR DON JOAQUÍN FRANCISCO PACHECO. 3 1 7 más, lo dudoso, en los vastos, ¡impiísimos dominios de lu inteligen- cia humana. Os ruego sobre todo, mis queridos compañeros, que os penetréis ilti esta doctrina, y que bagáis la aplicación de este espíritu en la elección de las personas, á quienes habréis de llamar para que com- partan vuestros gloriosos trabajos. Por su renovación es principal- mente por donde se conforman ó no se conforman estos Cuerpos á los sen ti míenlos del siglo y de la sociedad en que viven. En su renova- ción es donde se muestran aristocracias ininteligentes, y por lo mis- mo caducas, ó aristocracias pensadoras y por tanto legitimas y vivi- deras. Que no falte, Señores, esa relación de armonía, de que ya os lie hablado: que no retroceda esta Academia en el buen camino que llevó siempre, aun cuando era menos libre en sus acciones, menos alia en su condición. Hoy, que lia entrado en la plenitud de su li- bertad, boy que es más que nunca dueña de sus deslinos, seria para ella una ignominia el desmerecimiento de sus antiguos hábitos y PI amenguamiento de sus tradicionales glorias. No lo temo, no se debe temer. Cuando la nación se lia levantado de la manera que es pública, asi en este como en los demás hechos de su vida; cuando no hay más que abrir los ojos y querer mirar pa- ra convencerse del adelanto de las artes, imposible seria que nosotros permaneciésemos estadizos, rompiendo la unidad de esta magnífica regeneración. El movimiento es general, Señores: el progreso es no- lorio; la nueva *>ida aparece en todos los accidentes de este digno pue- blo. ¿Seria posible que sólo la Academia de San Fernando descono- riese sus deberes y fuese inferior á su responsabilidad? Vuelvo á de- ciros lo que antes: Noblem obUge,—y vosotros no desconoceréis ni liareis traición á vuestra nobleza. Y aquí me es indispensable poner término á este breve y desor- denado discurso. Me falta de hecho el tiempo, para seguir escribién- dolo, como me falló para medifarlo. Me falta aún el necesario lugar basta para desenvolver las ideas que quedan apuntadas, como me fal- ló para buscar, para acerlar con otras que hubiesen sido más á pro- pósito eii una solemnidad como la presente. Os he confesado los nto- 318 REA ACADEMI A DE SAN F E M F N D O . DE SAN A E M N O . tivos, y os he pedido perdón de mi culpa: sois demasiado buenos y de- masiado generosos para no concedérmelo. No depende, repito, de este discurso la fama de la Academia, co- mo no se cifra en mis pobres conocimientos su porvenir. Su fama, su reputación, su gloria, la consliliiyeu los adelantos artísticos de nues- tra España, desde la nulidad en que yacíamos, cuando ocupó el tro- no Fernando VI hasta la brillante distinción en que se muestra al presente: su porvenir está asegurado, al considerar de una parte los nombres (le los actuales Académicos, y al fijar la vista por otra en la juventud que nos rodea y que se apresura a llamar á las puertas de este santuario. No, no perecerá, no decaerá, no se rebajará ni arle español, que lleva á su frente á Velazquez, á Berruguele y ¡i Herrera, ruando ciñe la corona de Castilla doña Isabel II, y cuando rebosa por todos los ángulos de nuestro suelo la activa, la noble, la ex liberante vida del siglo XIX. HE DICHO.