CAPITULO II. OBJETO DEL ARTE. T. Imitación de la Naturaleza; Expresión: Perfección moral.—n. Belleza. Lo agrada ble: lo útil: la asociación de ideas; y otras circunstancias análogas.—III. Caracte- res y efectos de la Belleza. Hay diversidad de opiniones acerca del objeto del Arte: unos dicen que es la Imitación de la Naturaleza, otros la Expresión de los sentimientos, y otros el Perfeccionamien- to moral é intelectual, esto es, la Educación y la Instruc- ción. Pero todas estas circunstancias, aunque se refieren al Arte, no constituyen su objeto final. I. El principio de Imitación de la Naturaleza constituye el espíritu de muchos críticos; y sin embargo no es el objeto final del Arte; por un lado porque es imposible; por otro porque aun no siéndolo, seria inútil, y en ciertos casos seria hasta perjudicial. La exacta imitación de la Naturaleza limita los medios de representación del Arte porque no puede aplicarse á to- das las formas que este reviste; significando poco por ejemplo, en Arquitectura, y nada en Música, á pesar de ser esta última forma la primera en poder respecto de la imita- 2 — 18 — * t cion de los sonidos. Por otra parte no puede ser completa, no produciendo en ningún caso siquiera la ilusión de la realidad; pues con efecto, búsquese la producción artística la mas digna, la mejor, póngase en parangón con la reali- dad, y se verá que la otra de Arte no puede sufrir seme- jante prueba: de manera que siempre que el Arte quiere ponerse al lado de la Realidad, el Arte queda inferior: no hay mas que ver en el Teatro cuanto un mueble natural deja atrás, ó hace perder el efecto del que en el telón está por otra parte, perfectamente pintado.—Que la imitación de la Naturaleza siendo muy exacta, seria inútil, es evi- dente: ¿quién se tomaria el trabajo de hacer lo que sin trabajo alguno pudiera obtenerse? Esta circunstancia sí qu.e daría motivo para decir que el Arte es un mero entre- tenimiento, como quieren algunos á quienes se alcanza poco de la materia. ¿Por otra parte, qué resultado podría obtenerse entonces de la imitación 1 ningún otro mas que el que obtiene el charlatán callejero que imita el can- to de las aves, ó la voz de algunos cuadrúpedos: entrete- ner al público, dar motivo á la reunión de gente ociosa. •—También es evidente que la mas exacta imitación de la Naturaleza seria perjudicial al Arte; por que entonces menor placer estético causaria: y en determinados casos, hasta podría causar disgusto ó repugnancia , pues con efecto una víbora muy bien imitada, podría causar es- panto. « A la imitación exacta han querido algunos llamar copia para diferenciarla de la mera imilacion; pero esta diferen- cia no deja de ser muy rebuscada. Explicar el principio de Imitación por el de elección de partes convenientes de la Naturaleza, es suponer ya un criterio que de antemano decide de la conveniencia de es- tas partes que la Naturaleza ofrece, es confesar que hay — 19 - otra cosa distinta de la simple imitación, y que el artista no presenta la Naturaleza tal como la ve, sino tal como la necesita; porque en efecto es cierto, que ese artista en la imitación, esto es, al tomar la Naturaleza por modelo, transforma este modelo según los principios de la Idealiza- ción de que se hablará mas adelante. Si el Arte tuviese por objeto la identidad con las exis- tencias, deberían proscribirse del dominio del Arte ciertas obras que la Fantasía piiede producir, y ha producido, so- bre el modelo de la Naturaleza, ó con los datos que la Naturaleza ha proporcionado^ y que sin embargo ni están ni pueden estar en ella. La Batalla de los Hunos obra del pintor Kaulbach;, las Operas, la Divina comedia de Dante, son prueba evidente de que sin intención siquiera de re- producir la Naturaleza, sino tomando de ella los datos, y produciendo según determinadas ideas, pueden darse á luz excelentes obras de Arte. De donde se deduce que si la Naturaleza es el único 'modelo que el artista debe proponer- se, su imitación no es mas que VM medio para la represen- tación, una condición para producir bien; pero nunca esta condición ó medio deberá considerarse como objeto final y principal del Arte. El principio de Imitación de la Natu- raleza en esta consideración, está rechazado por el mismo criterio del espectador ó del oyente, los cuales no buscan en la representación la identidad con las existencias, sino uaa idea, una combinación armónica de partes entre sí y de cada una de ellas con el todo. Tampoco puede ser objeto final del Arte la' Ex2)resion de los sentimientos. Esta expresión tiene por objeto dispertar todas las facultades del alma, revelar á la Conciencia lo mas profundo del Corazón y del Pensamiento con todos los contrastes, oposiciones y contradicciones, grandezas y mi- — 20 — serias, penas y sufrimientos, en una palabra, con todos los sentimientos y todas las pasiones, á fin de extender y com- pletar el círculo de nuestra experiencia. Este principio deja indiferente el fondo de la representa- ción, siendo todo exterior. Por poco que la Expresión fuese viva y animada, el bien y el mal, lo bermoso y lo feo, lo noble y lo bajo, lo asqueroso, lo vil y lo despreciable ten- drían derecho á figurar como obra de Arte. El Arte es como un raciocinio; puede expresarlo todo, como un raciocinio puede intentar probarlo todo, por sofísticas que sean las razones de que se eche mano. Inmoral licencioso ó impío, . bajo rastrero ó asqueroso, el artista habría cumplido su mi- sión luego que hubiese sabido expresar fielmente una situación verdadera ó falsa. Pero el Arte, aunque es libre, no tiene derecho á ser libertino, ni inmoral, ni asqueroso. El principio de la Expresión como objeto final del Arte es hijo de una época sensualista. Admitirle es tomar el va- so por los arabescos y las molduras, la estatua por sus contornos, la versificación por el drama, en lugar de ser la representación del espíritu y del desarrollo del corazón; es el Arte materializado y sensualista y puesto al servicio de toda clase de pasiones: sus consecuencias han sido fata- les en todos tiempos; desnaturalizándose el Arte en manos, de los que han querido sacar un lucro halagando las pasio- nes mas impuras y groseras. La Sátira y la Parodia ram- plonas, y la Caricatura escandalosa, son la consecuenáa inevitable de esta manera de considerar el Arte. ¿Será objeto final del Arte la Perfección moral ó la Ins- irmcloii del hombre? No puede negarse que presentando al hombre el resultado de sus pasiones, se le da motivo pa- ra entrar en reñexion, y puede moralizarse; por cuya ra- zón el Arte es considerado como uno de los elementos de — 21 - civilización mas importantes y eíicaces, siendo por lo mis- mo necesario, y aun indispensable en la sociedad; pero la moralidad y la instrucción, no son un fin, sinó un resulta- do ó una consecuencia. Por otra parte si con propósito deliberado se va en busca de una idea moral é instruc- tiva á todo trance, la obra de Arte será mas bien un pro- ducto de la reflexión que de la inspiración; y las obras sin inspiración son frías, no tienen vida, y hasta no sirven á la misma moralidad ni á la instrucción misma. Estas dos circunstancias han de deducirse de la obra de Arte; toda- vía mas, indefectiblemente se deducen de ella; ella instru- ye y moraliza y dulcifica las costumbres, mas sin propó- sito deliberado, sin hacer alarde de ello. ': Si tal es la consideración que merecen la Imitación de la Naturaleza, la Expresión, y la Perfección moral ó la Ins- trucción, es menester que exista un elemento que necesite tales medios y dé tales resultados; un elemento que lleve en su esencia los caracteres de la Verdad que la ciencia in- quiere, y de la Bondad que la Conciencia busca. Este ele- mento es la Belleza. En la Belleza tiene el Arte el princi- pio constitutivo que le hace independiente, no respondien- do de este modo á exijencias estrañas: principio que está en el Arte, y existe por él y para él. II. ¿Qué es la Belleza? Definir la Belleza es una de las tareas mas necesarias de la Teoría estética de las Bellas Arles; y sin embargo no es la que mejor se desempeña, porque es punto intrincado, que ha sido muy debatido y las mas de las veces no perfectamente ilustrado. Se han dado de la Belleza variedad de definiciones, pero — 22 — casi todas adolecen de los defectos consiguientes á los dis- tintos modos de considerarla. Unos han considerado la Be- lleza objetivamente, esto es, en concreto; otros subjetiva- mente, esto es, en abstracto: unos han creido definirla enumerando simplemente sus caracteres generales; otros no atendiendo mas que á sus efectos, han negado hasta la posibilidad de dar una idea exacta de ella, en una palabra, han dicho que la Belleza se sentia pero que no se explica- ba; lo que equivaldria á decir que lo bueno se quiere y lo verdadero se entiende sin saber por qué: por lo cual el Arle como la Ciencia serian unos misterios. Los que la han de- finido objetivamente, esto es, que la han hallado en la sola forma de las cosas, han debido conocer los caracteres que esta forma habia de tener; y sin embargo no los han señalado determinadamente: los que la han considerado subjetivamente no han tenido en cuenta, que la Belleza para ser tal, debe pasar á la objetividad, sin lo cual la idea que- daria en la esfera de la abstracción. Decir como Kant que la Belleza es lo que agrada sin in- terés alguno, es reducir la materia á una cuestión de gus- tos; y más adelante diremos á donde conduce y que valor semejante cuestión tiene. Considerar como bello lo que sin noción alguna está reconocido como objeto de un placer absoluto, es decir, del gusto del mayor número, es ha- cer á la Belleza dependiente de la igualdad de creencias, educación, civilización, etc., etc. La identidad con las exis- tencias, tampoco da la Belleza : supone la exacta imitación de la Naturaleza ; y la imitación, como quiera que sea más ó menos fiel, no es un fin, sino un iriedio, según queda manifestado. Dice Diderot que es bello todo lo que dispier- ta en el entendimiento ideas y relaciones, en una palabra, viene á fundar la Belleza en la asociación de ideas; consi- deración que puede hacer del Arte un elemento de corrup- — 23 — . - cioii. La unidad, y la variedad, la regularidad, el orden y la proporción, en que algunos, como Crousaz, hacen con- sistir la Belleza, son con efecto caracteres de la forma be- lla, pero no constituyen la Belleza en absoluto. La relación de los objetos con la Razón, tampoco puede constituir la Belleza, porque, como también hemos manifestado, la mo- ralidad y la instrucción son, no un fin, sino un resultado del Arte. Todas las definiciones que quedan indicadas, y las restantes que podrían indicarse, dadas por filósofos afilia- dos á las distintas Escuelas que en el mundo pensador han aparecido, están fundadas sobre una de estas tres circuns- tancias : en lo agradal·le, en lo úMÍ, y en la asociación de- ideas. Este resumen facilita la objeción; y destruyendo las preocupaciones que acerca de la esencia de la Belleza pueden existir, llegaremos al verdadero conocimiento de esta. Fundar la Belleza en lo agradable es hacerla cuestión de gustos ; y el gusto es desigual y contingente é indetermi- nado en el hombre, como lo es toda sensación ; dependien- do de mil circunstancias y combinaciones, y admitiendo como causas los más encontrados elementos. La sensibili- dad que es la causa del gusto, es la región más oscura de nuestro espíritu; y de aquí el refrán: de gustos nada hay escrito. Respecto del gusto todos los sentidos son iguales: lo que agrada á unos, desagrada á otros ; pero la Belleza mueve á todos los que están dotados de sensibilidad, aun- que unos sean más susceptibles de ella que otros; y por es- to hay gusto artistico , como le hay material. El Gusto en materias artísticas es el, sentimiento de lo he- lio : no constituye la Belleza, sino que es una consecuen- cia de las producciones bellas: es una dote natural, una predisposición del espíritu para sentir la Belleza en la con- — 24 — templacion de las obras de los demás, y en la producción de las propias. Como dote natural que es, no se deja formar con la exposición de reglas determinadas; pero se deja re- finar y se desarrolla con el juicio de casos dados , en cuyo caso sus caracteres no dejan de estar cuando menos, su- bordinados al mayor ó menor grado de civilización ó de ilustración, y por consiguiente sujetos á eventualidades de toda clase : y la Belleza no puede tener tan débil base, porque la Belleza es belleza siempre y en todas partes, co- mo la Verdad es verdad siempre y donde quiera. Que lo que se llama Buen gusto, como sensación, no de- be ser el elemento constitutivo de la Belleza, lo manifiesta otra circunstancia : bastará que se considere que este ele- mento no se anuncia siquiera, cuando se trata de las gran- des creaciones del Arte en que aparecen desarrollados los grandes movimientos del alma. En tales creaciones todo se atribuye al Genio, no mencionándose el Buen gusto mas que respecto de lo elegante, de lo gracioso , por ejemplo, respecto de un traje ó de la Decoración de un departa- mento, etc.; pues ¿quién habla de Buen gusto en las grandes composiciones plásticas, musicales ó poéticas? Para resol- ver la cuestión no puede servir de regla la conformidad del gusto del mayor número; porque las más de las veces solo se juzga empíricamente ó por tradición, calificándose las circunstancias estéticas sin examen y sin critica. j Cuántos encarecen la bondad del Quijote sin haberle leí- do jamás! ¡ cuántos elogian la Transfiguración de Rafael sin haber visto este cuadro"? ¿ y cuántos prefieren la mú- sica alemana á la italiana sin conocer los caracteres de la una ni los de la otra ? Por consiguiente el Gusto no puede constituir la Belleza. La cuestión planteada en estos términos : ¿ lo helio es helio jjorqve agrada, ó agrada porque es helio? es inútil, porque, r — 25 — Ó bien somete la Belleza al gusto, el cual depende de la or- ganización de cada cual, entrando por mucho el capricho, desvirtuándolo y matándolo la costumbre y hasta proscri- biéndolo y condenándolo la Moda , ó no hace más que pre- sentar el gusto bajo la consideración que merece, esto es, como simple sentimiento de la Belleza. ¿Será la utilidad el elemento esencial de la Belleza ? La escuela materialista contesta á esta pregunta afirmativa- mentC;, desnaturalizando la Belleza. El inglés Reid lleva la preocupación hasta decir que la Belleza de un perro con- siste en su olfato, y la de un carnero en la finura y bue- na calidad del vellón. El principio de utilidad desnaturalizaría la Belleza, por- que lo que es útil se conoce por la reflexión y no mueve el sentimiento. Y aunque para producir la Belleza cual corresponde, debe intervenir también la reflexión; sin em- bargo esta interviene como lenitivo del Genio, no como agente déla producción. El Genio no es agente de la pro- ducción de una máquina ó de una herramienta, y sin em- bargo esta máquina y esta herramienta son muy útiles. Nunca ha podido decirse con propiedad que un ingeniero en la invención de una máquina ha tenido imaginación, sino que lo ha pensado y calculado todo perfectamente^ que ha manifestado gran talento. Por otra parte la utilidad, no debe reducirse á tan refi- nado materialismo ni á tan estrechos límites, que no pue- da decirse que hay una utilidad moral como la hay male- rial ó física. Negar esta idea, seria negar su objeto á varios ramos del saber humano, en particular á las ciencias mo- rales. Lo que sí sucede es, que cuanta mayor es la utilidad material de una producción, tanto menor es la utilidad moral; de manera que un mueble, una arma, una herra- — 26 — mienta, por lo mismo que se refieren más á las necesida- des físicas pertenecientes á la vida social ó á la Industria, tienen menos utilidad moral, que un drama, una música, ó un cuadro. Utilidad moral la tienen aquellas'obras en las cuales puede bailarse algun sentido filosófico, algun pen- samiento en que la Filosofía, no la necesidad material, ba- ya tenido parle. Porque es preciso considerar que entre las ciencias sociales y el Arle, no bay más diferencia sino que aquellas buscan la Verdad de una manera abstracta, mien- tras que el Arte la busca por medio de una forma concreta, esto es, sensible, accesible á los sentidos contemplativos, presentando imágenes que al propio tiempo que mueven estos sentidos, bablan á la inteligencia. Mas adelante veremos como lo materialmente útil pue- de hermanarse tan perfectamente con lo bello, que llega á proporcionar motivos para la producción de la Belleza. Si la Asociación de ideas fuese el elemento esencial de la Belleza, quedaría subsistente la cuestión de gustos, y nada habría que no tuviese cabida en el Arle. El principio de Asociación de ideas viene á ser un prin- cipio de anexión, ya que viene á consistir en la semejan- za ó analogía de las ideas accesorias ó adjuntas que el es- pectáculo ó audición de un objeto díspierla en nosotros. En primer lugar no podrá negarse que ciertas ideas pueden dispertarse en unos y en otros no; que en unos pueden dis- pertarse de una manera, y en otros de otra , por ejemplo: una cruz no dispertará las mismas ideas á un chino que á un cristiano, ni á un labriego le afectará de la misma manera que al hombre ilustrado y despreocupado: luego este principio eslá fundado en la diversidad de creencias así religiosas como políticas, en la de instrucción y educa- ción y en la de individualidad de opiniones; y ya hemos di- — 27 — cho que de tales circunstancias depende el gusto de cada cual. En segundo lugar: que de admitir el principio de Asociación de ideas, todo tendría cabida en el Arte, es in- dudable; pues dejaría en pié la interpretación más ó me- nos maliciosa; y con tal que la semejanza ó la analogía existiese, habría de tenerse por bello así lo moral como lo inmoral, así lo noble como lo bajo y lo vil, así lo decente como lo asqueroso. Otras circunstancias hay á más de las tres referidas, que si bien entran en la esencia de la Belleza, no tienen rela- ción más que con el lado exterior, con la parte que afecta in- mediatamente á los sentidos, y por consiguiente, que ni ais- ladas ni unidas pueden considerarse capaces de constituir este objeto del Arte: tales son: el Orden, la Proporción, la Grandeza, la Unidad, la Variedad, la Simplicidad y otras semejantes. Y en tanto es así,' como que son circunstan- cias que las hallamos en muchos seres de la Naturaleza, ya juntos ya aislados, y unas veces excitan en nosotros el sentimiento de lo bello y otras no. Así por ejemplo: el Or- den y la Proporción son circunstancias que encontramos, ó no podemos menos de reconocerlas en todos los seres de la Naturaleza, en el sapo y en el basilisco, como en el hom- bre; y sin embargo á nadie se le ha ocurrido tener por be- llos á aquellos animales. La Ballena es grande, debe haber en ella Unidad, el Arte de la Creación nos lo hace su- poner, si no, creer; y sin embargo no consideramos bello á semejante cetáceo: la rosa no es grande aunque tenga Unidad; no obstante por bella la tenemos. Desaparecen tales anomalías desde el momento en que llegamos á la verdadera definición de la Belleza. Se ha dicho que la sensibilidad es la región más oscura del alma; sin embargo se encuentra en la Naturaleza del hombre una cuerda que en llegando á herirla, responde á ella el sentimiento: la dificultad está en saberlas condicio- nes con las cuales debe ser herida esta cuerda. Debe tener- se en cuenta que los objetos, siempre que se nos presentan de un modo contrario á los fines á que están destinados ó nos parece que sus partes no corresponden á los fines con- venientes, no los calificamos de bellos. Al ser animado le consideramos tanto más bello cuanto más se acerca á la posibilidad de estar dotado de inteligencia, función la más noble del espíritu; le consideramos también tanto más be- llo cuanto mejor responde à un fin positivo: así la ballena no nos parece bella apesar de ser grande, sin duda por- que su gran mole y sus formas no nos dan idea de una vi- da activa y capaz de un gran desarrollo de actividad: á la rosa la consideramos bella apesar de no ser grande, porque sus formas, su color, su olor, se corresponden de un modo armónico. Hemos dicho que las tres facultades del alma humana, el Pensamiento, la Voluntad y el Sentimiento, solo se dife- rencian en el modo de funcionar; pero que su objeto es el mismo, á saber: el inquirimiento de la Verdad absoluta; y hemos añadido que al Pensamiento y á la Voluntad les basta el carácter general y universal de las cosas, pero que el Sentimiento necesita además la forma sensible; por con- siguiente, cuando las funciones del Pensamiento y de la Voluntad refundidas en el Sentimiento, se presentan bajo una forma concreta, esto es, de un modo accesible á los sentidos, la idea es no solo verdadera y buena sino tam- bién bella. Por esto la Belleza podría definirse: la idea de la Verdad y de la Bondad hecha sensible. Pero en semejan- te definición solo existe el fundamento de los dos elemen- tos de que el Arte consta, el Fondo y la Forma; y si bien es — 29 — cierto que estos términos no pueden considerarse tan sepa- rables como á primera vista parece, de modo que donde hubiere forma necesariamente deberá haber anexa una idea cualquiera; sin embargo la Belleza no existe por la so- la existencia de estos dos elementos, sino que es menester además que entre ellos existan unas relaciones, haya un acuerdo tal, que no parezca sino que el uno ha nacido pa- ra el otro; es menester, en una palabra, que haya armonía entre ellos. He aquí definida la Belleza: la Armonía entre los dos términos consütvMvos del Arte^ el Fondo y la For- ma. La dificultad está ahora en conocer en que consiste es- ta Armonía, y como se establece. ' La Armonía es el efecto artístico del Acorde, en cuanto este realiza la conformidad de elementos distintos en su esencia, pero relacionados por una conveniencia recíproca que aparece simultáneamente en la obra de Arte. El Acor- de es por consiguiente la causa; la cual consiste en la reali- zación de las relaciones que guardan entre sí los elementos que constituyen la obra de Arte, sin dejarse sentir nin- guna oposición marcada, estando la proporción en tal pun- to, que no se perciben ni diferencias ásperas, ni contra- dicciones chocantes. En las formas del Arte que miden aritméticamente la pro- porción, como son las tónicas, la Armonía puede sentirse mucho mejor que en aquellas que la miden geométricamen- te, como son las plásticas. La proporción geométrica está sujeta auna apreciación más vaga del Sentimiento; no pa- reciendo sino que nuestra vista sea menos exigente que nuestro oido respecto de semejante proporción. Y sin em- bargo el punto exacto del equilibrio existe, y el Sentimiento le alcanza del modo debido, aunque en lo tónico sea más perceptible, por la razón de que en la forma tónica del Arte - 30 - hay simultaneidad de aparición de los elementos del Acor- de. La Armonía se siente mejor en esa simultaneidad de aparición de un conjunto; y por esto hasta podria ponerse en duda su existencia en las formas del Arte cuyos ele- mentos aparecen en el tiempo, como sucede, por ejemplo, en el Arte literario. Sin embargo, desde el momento en que la excitación del Sentimiento tiene la suficiente duración para poder alcanzarse unas á otras las distintas impresio- nes producidas por continuidad, se establece una especie de simultaneidad capaz de hacer sentir.la Armonía. La Poe- sía no puede darnos razón de una acción presentando si- multáneamente todos Sus momentos; pero si la impresión de las distintas partes de que esta acción consta, tales co- mo la Exposición, el Enredo y el Desenlace, se hace durar hasta el fin de ella, indudablemente habrá una especie de simultaneidad capaz de hacer sentir la Armonía.- De lo que acaba de decirse se deduce, que la Armonía tiene caracteres tanto más marcados cuanto menos mate- riales son los elementos que la causan, y cuanto más sus- ceptible de ser impresionado por simultaneidad sea el sen- tido que debe recibir la impresión: por esto en los sonidos se requiere mayor exactitud que en los colores y que en las líneas. En los sonidos se establece numéricamente, por consiguiente, con precisa y exacta determinación, por ejem- plo con la 1.% la 3.^, la 5.^ .y la 8.^; en los colores, por dis- tancia geométrica apreciada no por medida material sino racional en el círculo cromático, cuya exactitud de tono no puede apreciar la vista sino por la ley de los Contrastes simultáneos; en las líneas se establece solo por analogías y semejanzas, como las que existen entre la línea elíptica y la circular; en las distintas partes de una acción solo se aprecia por recuerdo de una impresión recibida, y en cier- ta manera, un tanto debilitada. - 31 - Es condición precisa de los elementos que han de cons- tituir Armonía, la simplicidad; y esta condición puede aplicarse lo mismo respecto de lo que está bajo el dominio de la extensión ó del espacio, que respecto de lo que está bajo el del tiempo: así es que de las líneas se exije deci- sión, de los colores limpieza, de los sonidos pureza; lo cual quiere decir, que las líneas no sean indeterminadas, ni-los colores sucios^ ni los sonidos ásperos. Veamos ahora como se establece esta Armonía entre' el Fondo y la Forma. El hombre debe proceder en el Arte á semejanza de Dios en la formación del hombre. Dios al crear al hombre le en- nobleció dándole un destello de inteligencia, como le dio un soplo de vida; infundiendo pues al hombre una parte de su propia naturaleza, mitad espíritu y mitad materia, à las obras forjadas en su imaginación y ejecutadas con sus ma- nos, cumple el deber que le prescribió el Creador dándole el ejemplo. El arte es pues, un simulacro de la Creación, mitad idea y mitad forma, mitad espíritu y mitad materia: y de la propia manera que al crear' Dios al hombre hubo de establecer una armonía entre el alma y el cuerpo; así debe proceder el artista, combinando el sentido, el fondo de la cosa, con la forma, la expresión exterior de ella. La única diferencia que hay es, que la armonía entre el alma y el cuerpo probablemente será siempre para el hombre un arcano; mientras que la armonía entre el Fondeó Idea con la Forma puede el hombre establecerla por principios y re- glas hijas de la experiencia. Veamos. El Arte toma á su cargo la sensibilidad y la vida real; pero debe saber contener todo el aparato de la forma sen- sible que toma por modelo, dentro de los justos límites en que esta puede ser la manifestación de la Belleza. Estos — 32 — • justos limites son: que la Idea halle la manera de existir en el elemento sensible, más conveniente á su naturaleza; y que la Forma alcance la manera de manifestar esa idea, más accesible á los sentidos: de modo que la excelencia de la obra de Arte dependerá del mayor grado de penetra- ción que exista entre los dos elementos del Arte, el Fondo y la Forma. La regla de la moral cristiana que prescribe vencer siempre el cuerpo sin permitir que perezca, puede servir de norma en el Arte para refrenar las exijencias desmesuradas de la materia y de lo sensible, á fin de que el sentido, la Idea, la parte más espiritual, no sea supedita- da por la material, ni lo sensible se pierda en las inconve- niencias de lo sensual; por este medio no podrá menos de establecerse un equilibrio entre ambos elementos, la Armo- nía á que se aspira. Puede tomarse también ejemplo para alcanzar esta Armonía, de la comparación que hace Platón al expresar el estado del alma conducida por el amor en basca de lo Bello: figurémonos, dice, al artista guiando un carro (el Arte) tirado por dos caballos, el uno, de carácter noble y elevado, blanco, aire suelto, que ama la gloria con conocimiento, que aprecia el verdadero honor y obedece á la sola voz sin necesidad de látigo: el otro, corpulento, de miembros carnosos, cabeza grande, negro y de tempera- mento sanguíneo, lleno de fogosidad y de violencia, obe- deciendo apenas al freno, al látigo, ó al acicate : el prime- ro es el corcel divino, representa la Idea, como hija que es del espíritu; el segundo es la Forma, el modo de exterio- rizacion de la Idea, el corcel terrestre, hijo de la materia: el artista para alcanzar la Belleza, término ó meta de la carrera del carro, ha de sentir la terrible lucha que se de- clara entre ambos corceles: el uno, la Recta razón, la parte dueña del alma, lleya el carro por buen carril con un ar- dor refrenado por la admiración y por el respeto; el otro — 33 — sin conocer freno ni voz, se irrita, brama de cólera, y solo piensa en desarrollar sus viles y hasta vergonzosos instin- tos. El artista no puede vencer sino tirando el freno del corcel terrestre hasta ensangrentarle á este la boca , h a - ciéndole sentir al propio tiempo el acicate; consistiendo la victoria en no matarle, sino en domarle, refrenando sus bruscos instintos. III. Aunque la Belleza se expresa por una forma sensible, no se halla limitada por ella, antes bien con ella debe estar confundida. Nada debe existir que le imponga límites, pu- diendo alcanzarse por mil y un caminos. Es libre como principio de vida; pero no está desprendida de toda regla y medida; sino desarrollada fácil y armoniosamente, her- manada con la razón, la moralidad en la acción, y la ver- dad en el pensamiento; formando un conjunto espontáneo, esto es, no combinado con un trabajo penoso que deje verla actividad productora, porque esto baria la obra fria y sin vida, presentándose la personalidad del artista demasiado abiertamente. He aquí la difícil facilidad tan encarecida en las obras de Arte. El espectador ó el oyente que siente la Belleza se siente libre de todo deseo; adquiere conciencia de sí mismo y de su naturaleza espiritual; siente un placer puro y desinteresado, un goce sobrehumano que nada de común tiene con los goces materiales, no moviéndole ningún deseo de apropiar á su uso el objeto bello. La contempla- ción de la Belleza se basta á sí misma; el alma se siente elevada sobre la esfera habitual de sus pensamientos y transportada á otra esfera agena á las. necesidades de la vida y de la existencia terrestre, predisponiéndose á re- 3 — 34 — soluciones nobles y acciones generosas, por la estreclia afinidad que existe entre el sentimiento de lo Bello y las ideas del Bien y de la Verdad. Los equivocados conceptos que se vierten acerca de la Belleza nacen de no haber sido esta considerada bajo el doble aspecto que puede presentarse. La Belleza existe pa- ra el hombre de dos maneras; una primilña, que la en- cuentra en la Naturaleza; oiía propia, que la encuentra en el Arte.