CAPÍTULO IV. JARDINERIA. El origen de la Arquitectura se halla en la necesidad que tiene el hombre de ponerse á cubierto de la intemperie y de las asechanzas de un agresor. La veneración y el res- peto, la perpetuación de la memoria de personas y hechos notables, la transmisión de ideas á la posteridad, fué el orí- gen de los templos, de los mausoleos y de toda clase de monumentos conmemorativos: cuantos actos de la vida pú- blica de los pueblos hubieron de ejercerse, cuanto á los ramos de beneficencia y de instrucción del ciudadano tuvo referencia, todo hubo de exijir, edificio, mueble, traje. La instrucción hubo de asociarse al esparcimiento del alma, y los espectáculos necesitaron, teatros, anfiteatros, circos y estadios ó hipódromos. Pero el espíritu no necesitó muchas veces la instrucción y el esparcimiento á la vez: motivos higiénicos, moral ó físicamente considerados, pudieron re- querir tan solo el esparcimiento del espíritu; y para ello bastó el simple espectáculo de la Naturaleza: por esto el Arte ideó paseos y jardines, constituyendo un género de — 232 — Arquitectura al aire libre que puede designarse con el nom- bre de Jardinería. ¿Cuál es, por consiguiente el objeto de este género de Ar- quitectura? La Jardinería no tiene por objeto poner al hombre á cu- bierto de la intemperie y de los ataques de un agresor, como puede hacerlo el edificio con techo ó bóveda, y cer- rado por un muro; sino la salud del cuerpo y el esparci- miento del alma. Como obra de Arte debe ofrecer, no el halago á los sentidos, sino una expansión al Sentimiento; y bajo este punto de vista debe ofrecer los mismos encantos que el edificio, aunque por distintos medios. La Arquitec- tura al disponer el Jardín, esto es, transformando la Natu- raleza en una vasta habitación al aire libre, ha de producir efecto, tanto por la combinación y armonía de líneas, y elección de puntos de vista, como por el atractivo del bri- llante colorido de las hojas, de las flores y de los frutos; presentando la vegetación con la posibilidad de someterse al principio de regularidad geométrica sin menoscabo de su existencia. Por esto el Jardín debe hacer más visibles las galas de la Naturaleza; debe animar los sitios con saltos y recipientes de agua, debe caracterizarlos con estatuas, y debe ser la expresión viva de la vida de la Naturaleza dis- puesta por el Arte, á fin de hacer más plácida la conver- sación y más grato cualquier acto de la vida social. Varios medios pueden emplearse para alcanzar este ob- jeto. Siguiendo los principios que quedan sentados en la parte general, deberá el Arte obrar, no por el principio de anexión de partes traídas de aquí y de allí para acumular- las trabajosamente; sino por el de purificación, que, apro- vechándose de lo que existiere, dará á la localidad lo que esta exigiere; y sacando partido de todo, deberá hacer que la verdad de la Naturaleza haga impresión pronta. — 233 — entera é indivisa como la verdad del Arte; y en una pala- bra, deberá hacer, que aquella verdad de la Natura- leza mueva el Sentimiento aun del que menos insensible á ella sea. Varias consideraciones hay que hacer respecto de la Jar- dinería en general; consideraciones sacadas de los princi- pios sentados para la Invención y la Composición arqui- tectónicas. De ellas depende el buen efecto. En primer lugar: el hombre al dar forma á la materia que no la tiene inmanente en sí, emplea una regularidad de la cual él mismo es el tipo más notable. Pero semejante regularidad tiene contrastes, porque el hombre es un com- plexo de miembros parecidos entre sí, pero con formas dife- rentes; y si son iguales los miembros de derecha á izquier- da, no lo son de arriba abajo. Estos contrastes debe em- plearlos el Arte con mucha más razón, al darla de la vida de la Naturaleza, ya que de la esencia de esta son la acci- dentacion topográfica, el curso y movimiento de las aguas, el desarrollo especial de los vegetales, y la misma variedad á que la atmósfera está sujeta. En segundo lugar, el Arte puede alcanzar tales contras- tes poniendo frente á frente el principio geométrico y el orgánico, interpretándolos y traduciéndolos de distintos modos, pero siempre procurando alcanzar la armonía entre ambos principios. En tercer lugar el Decoro, como cuerpo de leyes de la Composición arquitectónica, para hacer aplicación de sus principios al edificio, exije razonar sobre varias condicio- nes, entre ellas, la del sitio en donde el monumento debe ser erigido. Si el plan de un edificio debe acomodarse al aspecto del suelo para establecer armonía y contraste de líneas, ya sea respecto de la accidentacion del terreno, ya de la clase de vegetación que este produzca, también á su - 234 — vez el aspecto del suelo deberá acomodarse, tanto respecto de la accidentacion como de la vegetación, al objeto del monumento. Por lo que puede verse en la historia de la Jardinería, dos son las ideas que han presidido en este Género de ar- quitectura, á saber: la de imitación del edificio, y la de imitación del espectáculo de la Naturaleza. El primero, re- duciendo la Jardinería á una planimetría monótona y hasta pueril, hace desaparecer la variedad de la Naturaleza y no dá razón de la vida del Arte, porque deja olvidado el ma- nantial primero de toda producción ó forma artística, que es la Naturaleza. ¿Qué significan los muros, y las colum- nas, y los arcos y las bóvedas de mirto, de arrayan ó de ci- prés recortados? ¿Qué espectador ha podido nunca darse ra- zón de formas que solo tienen apreciación ignográfica, y no ofrecen la comodidad que la arquitectura al aire libre nece- sita? Cualesquiera que sean el enlace y la naturaleza de la vegetación dispuesta en semejante conformidad, no ofrece garantías de defensa: cualesquiera que sean las figuras que los cuadros de un jardín describan, desaparece la regula- ridad de la Euritmia ante la imposibilidad de una inspec- ción simultánea de todas las partes, esto es, de una ojeada topográfica.—El segundo Género puede pecar por el extre- mo opuesto, ser un abuso del modelo que es la Nateraleza, y un olvido completo del Arte. Si la vista se embelesa con los ricos colores de la vegetación y con el agua que salta de las fuentes; si el oido se impresiona por el murmullo de las hojas que el viento agita, y por el canto de las aves que naturalmente irán allá á hacer el nido; nunca una pueri- lidad debe distraer al hombre, del hombre mismo, hacién- dole olvidar su interior, no menos que al Creador. El juego de agua que se combina en sutiles chorritos cuya dirección se altera al menor soplo de la más débil brisa, esos canales — 235 — en miniatura, esas casas rústicas no exigidas por el clima ni por los materiales, esas cascadas sin origen, no son mas que juguetes cuyo efecto decae, porque no tienen razón de ser. En la Jardinería no debe tratarse de ridiculizar la Na- turaleza, sino de afirmar la jurisdicción del Arte al tomarla por modelo ó punto de partida, por cuyo motivo deberán tenerse presentes los principios arquitectónicos que en su lugar quedan indicados, para levantar de punto el efecto pintoresco. Es menester someterse al carácter de la localidad y ar- monizar el Jardin con el país que debe rodearle: es menes- ter ver lo que el terreno dé de sí, y hacer servir las circuns- tancias en que este se encuentre, còmode punto de partida para darle lo que le convenga según su aspecto, ya em- pleando árboles que le den accidentes de luz y de sombra, flores y frutos que le maticen, y disposición y elección de colores que alejen ó acerquen los puntos de vista: y de todos modos, en ningún caso debe forzarse la Naturaleza á producir un efecto que de suyo espontáneamente no pueda producir, como un mal decorador de teatros pudiera hacer, presentando objetos desproporcionados con la estatura hu- mana, en planos del escenario en que el actor deba fun- cionar. 3' Debe emplearse por do quiera el contraste, no para con- trariar la impresión natural, sino para hacerla más pode- rosa en su misma unidad. La variedad en pequeñas dosis es una circunstancia que en lugar de desnaturalizar la sen- sación, la aguza y la aviva. La accidentacion del terreno, el agua, la vegetación, he aquí lo que puede producir los contrastes, porque ellos son los tres elementos esenciales del Jardin, sin contar los artificiales, como las estatuas, jarrones, etc., etc. En resumen, para cultivar del modo conveniente la ar- — 236 — quitectura de los Jardines, debe procederse con las condi- ciones siguientes : acusar con sinceridad la intervención del Arte: consultar la naturaleza y aspecto de la localidad: obrar sobre el terreno, las aguas y la vegetación para rele- var de punto los efectos de la Naturaleza, aumentando su poder y poniendo más á la vista el carácter y la expresión. Tales son los tres principios sobre los cuales estriba la Teo- ría estética de los Jardines. Visto cuanto se refiere á la Jardinería en general, debe- mos pasar á dar razón de los distintos Géneros en que este arte dependiente de la Arquitectura puede ejercitarse, á fin de hacer á cada uno de ellos la debida aplicación de prin- cipios. La Jardinería ó se aplica al cultivo de las flores y de las frutas, ó toma por objeto principal de su obra el espectáculo de la Naturaleza. He aquí lo que constituye la distinción entre el Vergel ó Jardin propiamente tal, y el Parque. El Vergel tiene una importancia artística que bien po- dria llamarse clásica, toda vez que su combinación mas bien de la Inteligencia que del Sentimiento procede. Los motivos para la decoración deben sacarse de las necesida- des botánicas, del sistema de cultivo que cada vegetal ne- cesita; del mismo modo que en el edificio deben sacarse de la naturaleza déla construcción. El objeto estético del Ver- gel se refiere muy especialmente al efecto de la coloración producida por las flores y las frutas en medio de la varie- dad de tonos que las hojas ofrecen. Este efecto no puede disfrutarse sino cuando pueda contemplarse desde una al- tura, por consiguiente exije un punto de vista elevado. En este supuesto, la inmediación de un edificio, los planos in- feriores de un terreno dominado por un terraplén, son sitios apropósito para establecer un Jardín ó Vergel. — 237 — El Parque es á la Arquitectura, lo que el Paisage á la Pintura : es la representación del espectáculo de la Natu- raleza por la Naturaleza misma, como el arte del actor es la representación del hombre por el hombre. Y así como al actor le está vedada toda afectación, también debe estar proscrita esta circunstancia en la imitación de tal espectá- culo, porque al tener la pretensión de querer representar lo que no es posible, ya por lo reducido del espacio, ya por incongruencias topográficas, desaparece el efecto del ele- mento pintoresco, que es la simpatía, porque cuanto apa- rece en la representación, no es mas que degeneraciones del modelo natural, que en manera alguna convidan á la contemplación del espectáculo de la Naturaleza siempre halagüeño, siempre grande. Si para combinar un Jardín ó Vergel pueden bastar los principios y teorías del arte arquitectónico; para idear un Parque es preciso ser además Paisista. Desde el momento en que se proyecta un Parque, la importancia del efecto pintoresco sube de punto, y el principio de fusión del ele- mento geométrico con el orgánico, tomando distintas pro- proporciones, se convierte en el de fusión del elemento na- tural con el pintoresco. El Parque puede decirse que es el Género romántico de la Jardinería.