DISCURSOS REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO F.N LA KEUKI'CLON L'üUUCA SR. I). FRANCISCO SANS EL 1>IA 20 DE JUNIO DE 1876 Isabel b tatú 1875 DISGUHSO SR. D. FRANCISCO SANS SEÑORES ACADÉMICOS: Al honrarme con distinción tan señalada como la de ad- mitirme en esta ilustre Corporación, centro artístico el más alto de nuestro país, me impusisteis el arduo deber de diri- giros la palabra: deber que es nueva honra, y que me seria muy grato si me sintiera con fuerzas para llenarlo satisfac- toriamente. Supla á la escasez de mis medios vuestra bene- volencia, sometida hoy á dura prueba, y confiad en que pro- curaré no agotarla, puesto que sea tan grande como la ilus- tración que en vosotros brilla. Es el Arte, Señores, una divinidad que enaltece á sus adoradores. En los que le rinden culto, los sentimientos se depuran, la sensibilidad se acrisola, la parte más noble del alma adquiere preponderancia; y no parece sino que en el dualismo que la materia y el espíritu constituyen en cada artista, cuando el espíritu cede en la lucha constante de la vida, viene aquel numen en su auxilio como poderosísimo aliado. Y como lo que perfecciona al individuo redunda en inmediato bien de la sociedad entera, se comprende que sea deber de todo Gobierno cooperar desde su altura al enalteci- miento del Arte, promoviendo su enseñanza y fomentando su cultivo. Prevalece hoy en determinadas escuelas filosófico-eco- nómicas el principio individualista; principio grandemente vivificador si no se intenta extremar sus consecuencias, pres- cindiendo de consideraciones de tiempo y de lugar. Imbuidos (le ideas reformadoras, que no llamo nuevas por considerarlas de muy remoto abolengo, ponen muchos en tela de juicio la conveniencia, y sobre todo la equidad, de que el Estado tenga Academias y Escuela de Bellas Artes, Museos de cuadros y estatuas, y otros establecimientos públicos de índole análoga. No pretendo señalar las razones fundamentales que en apoyo de su aserto aducen; de seguro las tenéis presentes, y las rebatís por completo al evocarlas.—¿Qué le importan al agobiado contribuyente los cuadros ni la música, para que se aumente á su cuota cantidad alguna, por pequeña que sea, destinada á sostener Escuelas de pintura y Conservato- rios? ¿Es lógico que un Erario exhausto conserve intacto un tesoro en cuadros, para que la nación so proporcione el ruinoso placer de tenerlos constantemente expuestos al pú- blico, cuando podia aliviar su precaria situación vendién- dolos?—Reduce estas preguntas á, su verdadero valor el buen sentido, que intuitivamente explica mejor que las argucias de escuela las relaciones entre la colectividad y el individuo. ¿Qué individualista español no se envanece al oir pronunciar con admiración y respeto, á nacionales y extranjeros, los nombres de los célebres maestros Velazquez, Murillo, Zur- barán, etc.? ¿Y tiene por ventura algo que ver con ellos? ¿Le toca, según la filosofía individualista, ni un átomo de su inmensa gloria? Por el contrario, ¿no se le oprime el corazón cuando preciosos lienzos de esos grandes artistas salen de nuestro suelo para adornar museos de naciones extrañas, que tanto fie enorgullecen con ellos? ¿No lamenta hoy toda Espa- ña la bárbara mutilación del famoso cuadro de San Antonio, obra del inmortal Murillo, más dolorosameute sentida que un nuevo impuesto? Y sin embargo, estos y otros cuadros, per- didos para siempre, ó maltratados, no eran propiedad parti- cular de los que por ellos se interesan. El Estado sintetiza, pues, este sentimiento general del pueblo, imponiéndose el deber de dar efectiva protección al estudio de las Bellas Ar- tes, proporcionando á ios artistas centros á cuyo calor ad- quieran las raras condiciones que, para honrar á su patria con obras inmortales, necesitan. La nación más eminentemente práctica, tanto que algu- nos la llaman el pueblo sin sentimiento y sin entrañas, los Estados-Unidos, es la que mayor protección dispensa á los hombres de ciencia y á los artistas. ¿Quién no tiene noticia de las cuantiosas sumas que á aquellos Estados cuesta el cultivo de los diferentes ramos del saber? Allí, donde se dan pocos honores, se suele pagar todo en moneda, y cotizar la gloria del humano ingenio, cuesta muy caro. Sirvan estas breves generalidades, que os parecerán qui- zá vulgares, pero acaso no inoportunas atendida la actual lucha de las ideas, como de introducción para llegar al tema principal de mi humilde trabajo, que es discurrir algunos momentos sobre la influencia de la enseñanza oficial y de la protección gubernativa, en dos notabilísimos pintores, maes- tros consumados en el Arte, cuya pérdida á todos nos afli- ge; y sobre el influjo que ellos á su vez han ejercido con sus obras en la pintura contemporánea, de España, y uno de ellos quizá en la de la Europa entera. Ya adivináis sus nombres. El primero es Mariano Fortu- ny, artista eminente de todos conocido, cuando no por aus obras por su merecido renombre. Su vida desnuda de drama- ticos incidentes, sencilla, lastimosamente breve, es referida por toda la prensa; las armónicas facciones de su hermoso y varonil semblante, lleno de expresión intelectiva, reproduci- das en las más populares publicaciones artísticas del mundo civilizado, están ya grabadas en la memoria de todos; nacio- nales y extranjeros le consideran como una verdadera glo- ria, como una gloria de la humanidad. Pues bien, esta gloria que en tiempos nada prósperos ha conquistado España, la debe, primero á Dios que la suscitó, y después á la enseñanza oficial que la nutrió en su seno, en ese seno fecundo que para muchos descontentadizos y pe- simistas carece de toda vida. Siento que flaquea mi ánimo, que ahoga el dolor la voz en mi garganta, y que necesito hacer un supremo esfuerzo para hablaros de aquel que fue mi amigo muy querido des- de la adolescencia; de aquel a quien admiro como artista des- de los primeros pasos de su carrera, á quien profesé entraña- ble afecto desde que le conocí, y cuya muerte lia venido á abrir en mi corazón una profunda herida. Pero á despecho del sentimiento que en mí renueva el tema elegido ¿de qué otro asunto podria yo tratar que más preocupase todas las in- teligencias consagradas al culto del Arte, cuando en Mariano Fortuny pensamos todos los dias, cuando á cada instante se nos representan sus obras y su estilo, cuando aún conmovi- do el mundo artístico por la viva impresión que causó su muerte, cualquiera otro tema palidece al lado del gran fenó- meno de la aparición de este luminoso astro en nuestro hori- zonte? No voy á haceros la necrología de Fortuny; no voy á ocu- parme con minuciosa crítica en las obras que deja á la admira- ción de la posteridad: sólo me fijaré en la enseñanza que ofre- ce la corta pero fecunda carrera del joven y gran maestro, para que aparezca demostrada la utilidad de las Academias y pensiones, la cual, no sólo se patentiza con deber á ellas en gran parte su educación nuestro artista, sino con ser la fuen- te ó el origen del benéfico influjo ejercido por él, no sólo en sus contemporáneos, sino también, y estoy seguro de ello, en las generaciones venideras, Si alejado la mayor parte de su vida de su amada patria, por varias y especiales circunstan- cias, no pudo esta ilustre Academia contarle entre sus indi- viduos de número, en cambio todos le considerasteis como vuestro compañero, como vuestro hermano; y ya que la Pro- videncia en sus altos é inescrutables designios no permitió que su voz resonara en este recinto, todos en vuestro corazón hicisteis eco al aplauso con que le saludó la culta Europa, y todos luego respondisteis al general lamento que resonó sobre su sepulcro. Otro hermano nuestro, otro gran pintor, sucumbió tam- bién joven, como Fortuny, poco tiempo antes, después de haber ceñido á su frente gloriosos laureles en certámenes ex- tranjeros, pero sin que la despiadada Parca le concediera tam- poco el tiempo necesario para sentarse en estos escaños. Todos hemos amado en vida á Eduardo Rosales; todos veneramos hoy su memoria, y una de sus más insignes obras ocupa un puesto muy preferente en el templo de la pintura, en el fa- moso Museo del Prado, sin que deslustren su mérito los Go- yas y demás célebres autores que la rodean; sin que la hagan palidecer los magistrales lienzos del siglo de oro de la pintu- ra española, á ella cercanos. Cruel se ha mostrado la suerte con nuestra España, arre- batándola en breve plazo dos de sus más preclaros ingenios, cuando tanto podian aún producir, cuando habiendo vencido lo más escabroso de su carrera, empezaban á vivir como maes- tros, y cuando la agitada palestra del arte se les brindaba como florido y ameno paraíso. ¿Porqué su patria y el mundo entero no los han visto llegar á la edad que alcanzaron Leonardo de Vinci, Tiziano, Rubens, y tantos otros? Sus producciones, á pesar de la fecun- didad de su ingenio, están lejos de rivalizar en número con las de aquellos; pero esto que es un mal para nosotros, no les quita un ápice de su gloria, porque en ellas se revela su ta- lento con tal fuerza y viveza, que tan asegurada tienen la fama postuma con lo que han dejado, como si hubieran cubierto con sus producciones galerías enteras. La humanidad es la que pierde cada vez que se malogra un genio. ¡Cosa singularl de tarde en tarde y como con supremos esfuerzos, produce la naturaleza los grandes hombres, y tan poco poder tiene para hacer que respete la muerte la obra maestra do la crea- ción, que el mismo fin alcanza al delicado vaso donde se en- cierra el alma de Kafael de Urbino, que al cuerpo de vulga- res formas del rústico gañan: uno y otro nacen sujetos á Jos males que, destruyendo la materia, devuelven al Criador el alma, donde con fugaces resplandores se reflejó la sublimidad de Aquel que rige los destinos del mundo. Todos saben que debió Fortuny su primera educación ar- tística á la Academia de Barcelona. Desprovisto de bienes de fortuna, ¿hubiera nunca alcanzado profesores de la talla de los que tuvo, y condiscípulos que le inspiraran fecunda emula- ción? Aun cuando pasaran siglos sin que la enseñanza oficial lograra un resultado semejante, bastaría uno, uno solo para anular los razonamientos que en pro de la supresión de esa enseñanza aducen ciertas escuelas. Sin la intervención oficial, el Arte vendría á ser patrimonio exclusivo de los neos, siendo así que el genio no acude solo á las cunas doradas despre- ciando las humildes chozas. A una familia de desahogada posición no le es difícil educar á los hijos siguiendo las seña- les é indicios de determinadas aptitudes. Al que produce buenos dibujos en una clase elemental de las que hay en todas las escuelas 6 colegios, basta darle buenos profesores; que la emulación que luego se despierte en él, donde con- curran diferentes capacidades, será suficiente para que se vaya desarrollando y formando su individualidad. No encuentra tan llano y expedito el camino el adoles- cente de escasos recursos: sin la enseñanza que el Estado le ofrece, pocos lo recorrerían, y algunos insignes maestros ni habrían podido llegar á coger el pincel. Fortuny disfrutó de lleno el auxilio que presta á la inopia la colectividad, porque comenzando, como lio dicho, su carrera en la Escuela de Be- llas Artes de Barcelona, fue á continuarla en liorna en una plaza de pensionado obtenida por oposición. Allí, pues, reci- bió nuevo impulso su genio artístico, gracias á esta misma protección oficial, cuya fórmula más noble es: dar algo en nombre de la nación al individuo, que después enaltece con su genio áesa nación misma. Las grandes facultades del jo- ven pensionado adquirieron allí rápido y prodigioso desar- rollo, descollando en breve entre los pintores de todos los países que en la ciudad eterna cultivaban el difícil arto. Ni acabó en esto la protección oficial dispensada á Fortu- ny, porque sobrevino la guerra de África, gloriosa para nuestra España; y enviando á ella sus soldados á que reno- varan las épicas hazañas de sus almogávares, resolvió man- dar con ellos artistas que inmortalizaran en lienzos las heroi- cidades de sus hijos, y Fortuny fue escogido por la Diputa- ción provincial de Barcelona para tan honrosa misión. El resultado superó las esperanzas: su genio era el mas á propósito para aquella empresa; así, desde sus primeros estu- dios en la ardiente Libia, se hizo patente á todos el artista innovador. Lleno su noble pecho de entusiasmo, trasmitía al papel con prodigiosa facilidad las impresiones hondamente recibidas, y del cúmulo de éstas, compaginadas, depuradas, sometidas reiteradamente como la obra del esmaltador al fuego de una inspiración nunca extinguida, salió el apetecido cuadro de la Expugnación del campamento marroquí, obra maestra que meditaba con detenido estudio y que su muer- te le impidió concluir, dejándonos sin embargo entrever los admirables grupos concluidos, á qué inmensa altura iba á remontarse su genio en el género más difícil y noble del Arte. El Estado había cumplido su misión: le amparó niño al coger el lápiz, y le dejó hecho uno de los primeros pintores de este siglo. Cuando comenzó el artista á trabajar por sí, lo hizo con absoluta independencia, á tal punto, que si bien no desdeñó, al menos no concurrió jamas con sus obras á expe- sicion oficial ninguna. ¿Veia acaso en estos certámenes al- gún vicio de organización, por el cual le fueran poco gratos? Acaso los opulentos aficionados le arrancaban de las manos sus obras, sin darle tregua ni descanso para que pudiera acordarse de exponerlas. No importa que no contrajera deu- da nueva con la sociedad, aprovechándose de estos beneficio- sos concursos; la tenia ya grande por la educación artística adquirida. ¿Cómo la satisfizo? De la manera más cumplida. Añadiendo un nombre más al glorioso catálogo de nuestros grandes hombres. Dando á su provincia, á su nación, al mundo entero, admirables producciones, que servirán para formar artistas en lo venidero, como los maestros pasados le mostraron á él el camino que debía seguir para llegar á donde ellos llegaron. Su influencia en el arto contemporáneo ha sido inmedia- ta, como no podia menos de suceder dadas sus eximias con- diciones artísticas. Para Fortuny lo accesorio era el procedi- miento; lo esencial, reproducir con todo vigor, sin debilitar- la un punto, la impresión del motivo que escogia, impreg- nándose en él de tal manera, concibiendo con tal energía el modo de ser de sus personajes, que no parecía sino que los habia conocido y tratado, ya figuraran en la escena moros de Granada, ya guerreros do Carlos V, ya pelucones del tiempo de Fernando VI. Gran dibujante, como formado en asiduos y muy serios estudios, os Fortuny ante todo un eminente colorista, y esto se revela en la multitud de trabajos que deja, que es incalcu- lable, en todos estilos y géneros: dibujos al lápiz y ala pluma; aguadas y guaches, obras al óleo y al agua fuerte,—porque en todos estos procedimientos se ha ejercitado, y siempre de un modo admirable. Su toque es siempre enérgico y seguro, dando vida, no sólo á sus figuras, sino á cuantos objetos in- troduce en sus composiciones. Pocos han manejado el color como Fortuny, combinando magistralménte las masas do luz y de sombra: sobrio y magnífico á la vez, de pasmosa deli- cadeza en los detalles, sin menoscabar en nada la grandiosi- dad del asunto, uniendo la franqueza de Velazquez y Goya á la fina conclusión de Teniers. Condiciones tan contrarias se armonizan en sus obras, que parece su realización un sueño fijado en la tela por una hada. Su mecanismo maravilla, su ejecución es pasmosa; descorazona á. cualquiera que intente imitarle; pero digo mal, más bien incita á proceder como él, y atrae con su mágico prestigio; porque todos, al ver el re- sultado que Fortuny obtiene con su especial y originalísimo procedimiento, y al exclamar involuntariamente ¡qué bello! ¡qué hermoso!, se sienten impulsados á emplear los mismos medios, imaginándose conseguir con ellos el mismo fin. ¿Habremos de discutir la cuestión de la escuela á que per- teneciera este grande artista? De las dos vulgares y grandes divisiones de realismo é idealismo, ¿á cuál se inclinaba For- tiiny? A la primera, oiréis decir á los más de los críticos que han analizado sus obras. Sin embargo, Fortuny idealiza to- dos los asuntos que trata al trasladarlos al lienzo: aquel ha- bitante de Tánger ó de Oran pintado con tanta verdad, cuyo rostro ha ennegrecido el sol africano y cuyos harapos son elocuente denuncia de su pereza, no es sólo un marroquí, no; es la personificación de un pueblo que revela su pasado es- plendor y su actual miseria; en su frente ligeramente abo- vedada, en su nariz aguileña, en sus labios finos y sensua- les, en su barba prominente, en sus ojos centellantes, hay re- miniscencias de los califas de Córdoba y de los nashritas de Granada. Aquel brazo nervudo cogo aún con bríos la espin- garda ó la gumia; en aquel pecho varonil late aún un cora- zón menos degenerado que el entendimiento, guia y freno de sus impulsos. Fortuny, escrupulosamente realista en los detalles, cual pudiera serlo el más concienzudo pintor flamenco, reproduce en una jarra, una jarra; en una col, una col; pero en un hom- bre no pinta el cuerpo que se refleja en el objetivo del fotó- grafo; pinta el alma, sólo visible y perceptible para otra alma, porque él ponia la suya entera en el lienzo ó tabla que los colores de su rica paleta convertían en preciosísima joya. Este modo de sentir, este modo de hacer, habían forzosa- mente de impresionar á muchos artistas y moverlos á seguir el procedimiento fascinador, para alcanzar resultados iguales á los que Fortuny lograba: ¡resbaladiza corriente en que al- gunos (dicho sea de paso), faltos de sólidos estudios preli- minares, se dejan llevar inducidos por la facilidad que se ad- quiere, y que suele degenerar en lamentable extravío! Entre los pintores de aguadas principalmente, la revolu- ción fue completa: ya en las primeras que se vieron de For- tuny, antes de que en este género de pintura diese el tono, se observaba tal cambio, tal adelanto, que todas parecían pá- lidas, triviales é insignificantes al lado do las de nuestro joven artista. Ninguna causaba la impresión que las suyas: hasta parecían éstas pintadas con colores desconocidos, y antes nunca usados. ¡Qué brillantez de tonos! ¡Qué trasparencia é intensidad de tintas! ¡Yen medio de aquel deslumbrador lujo áe colores, siempre conservada la línea con virginal pure- za! Sus asuntos eran siempre espontáneos, nunca rebus- cados; jamas el artista amortiguaba la impresión, dando im- portancia á los detalles y accesorios; y sin embargo, ¡con qué cariño están éstos tratados! ¡Qué arabescos y afiligranados al rededor de aquellas sombrías figuras africanas, agobiadas por un glorioso pasado de raza, sumidas en un presente de clási- ca pero nunca mezquina miseria! ¡Con cuánto amor están realizados todos sus asuntos antiguos y modernos! ¡Qué es- crupulosidad y exacto conocimiento de las épocas que pinta! Figuras y accesorios, todo vive bajo su pincel; tanto se iden- tifica con ellos, que los evoca con la maravillosa intuición de su espíritu. Un distinguido escritor dice en la elegante y sentida car- ta necrológica que dirigió sobre Fortuny á un eminente hom- bre de Estado, que nuestro artista se inspiraba en lo grande y en lo pequeño, pero nunca en lo lúbrico y vicioso; y así es en verdad: su pincel no lisonjeó á la opulenta cortesana, no se rebajó á servir de incentivo á la sensualidad. Si sus cua- dros se hicieron de moda, no fue porque él sacrificara jamas á la voluble diosa, sino porque la encadeno á su carro triunfal. Pintaba el patio de una casa marroquí, y todos pedian recuer- dos de construcciones africanas; hacia unas cuantas figuras de cortesanos con casacones á lo Goya, y los mercaderes de cuadros recibían encargos de casacones; fantaseaba una nin- fa-mariposa libando el jugo de lasflores,y todos querian tener flores y ninfas. Una idea suya se trasmitia á cien artistas, que sólo pintaban lo que él pintaba, como si siguiéndole tan servilmente, pretendieran recoger las migajas del espléndido festin con que le regalaba la caprichosa fortuna. Sus cuadros, sus bocetos, sus dibujos, se pagaban ya á precios que exce- dian de los satisfechos por sus obras á los más grandes maes- tros de los tiempos pasados, no obstante tener Fortuny poco más de treinta y cinco años, y esperarse, vista su pasmosa fecundidad y su extraordinario amor al trabajo, que aún pro- ciuciria mucho. Los aficionados, los grandes coleccionistas extranjeros, colocan un lienzo suyo al lado de un Velazquez ó de un Rcm- brandt, y siempre Fortuny queda Fortuny; no palidece, nada pierde en tan temible concurso: prueba evidente del mcrito positivo que le avalora. Mucho se habla, Señores, de la decadencia de España; pero á esta nación tan decaída no le faltan timbres en el pre- sente siglo: los nombres de Espronceda y Larra en las letras, de Romea y Latorre en el teatro, de Carnicer y Vilanova en música, de Alvarez y Sola en estatuaria, de Fortuny y Ro- sales en pintura, demuestran que nuestra decadencia no está en las artes del pensamiento. Por segunda vez ho pronunciado un nombre dulce y sim- pático á vuestro oido: también Rosales fue, como artista, una noble creación de la enseñanza oficial. Permitid que me enor- gullezca de haber también tenido con él lazos de amistad ín- tima. Lo mismo que Fortuny, dejó en su breve y laboriosa vida artística grandes obras que admirar, preciosos lienzos donde estudiar y aprender. Imposible parece que un jdven trabajado, como él lo estaba, por la terrible enfermedad que le condujo al sepulcro á la edad de treinta y seis años, pudie- se conservar tanta energía, tanta vida, como la que trasmi- tía á sus producciones. ¿Quién no recuerda con satisfacción, entre las obras de Rosales últimamente expuestas, la postrera explosión de aquel genio potente y enérgico que se babia anunciado en la pales- tra artística con el ya célebre cuadro del Testamento de la Reina Católica? Las colosales figuras decorativas ejecutadas para la igle- sia de Santo Tomás, los evangelistas San Juan y San Mateo, son concepciones juzgadas por los inteligentes como de un émulo de Miguel Ángel. El admirable lienzo de la Muerte de Lucrecia, tan combatido por unos como ensalzado por otros, es una obra en que se advierten aquellas cualidades raras y poco comunes que ponen el sello á las creaciones de los gran- des maestros. En esta obra la inspiración y la ejecución pa- recen haber sido producto de un solo momento; tanta es la espontaneidad que en ella sobresale. Esta inspirada concep- ción, realzada por un brillante colorido, es la expresión de un alma privilegiada. Rosales era artista en el verdadero sentido de la palabra: su ejecución era franca y de una amplitud singular: su na- turaleza le llevaba á ser pintor monumental. Algunas de sus obras son cuadros de pequeñas dimensiones, pero en la eje- cución, más grandiosos do lo que su tamaño requeria; por donde se vé que no era esta la senda que la naturaleza le trazaba. Para exornar las lujosas pero reducidas estancias modernas, se necesita una paleta rica, espléndida y jugue- tona como la de Fortuny; el sobrio talento de Rosales era más propio para embellecer los grandes edificios de otras épocas más prósperas. Las necesidades de la -vida moderna no exigen grandes y espaciosos palacios: hoy por lo general nos hallamos más dispuestos á destruir que á levantar nue- vos monumentos. Por esta causa, hasta cierto punto desfavo- rable al pleno desarrollo que de su talento hubiera podido esperarse, deja Rosales tan pocos discípulos, mientras que Fortuny > encarnado en el verdadero sentimiento y necesida- des de su época, deja tras sí un mundo de imitadores. De este puede decirse que ha dado carácter á la pintura con- temporánea, y que por él se le señalará en la posteridad. Su estilo será acaso el distintivo de la pintura on la segunda mitad del siglo XIX. Como decia, pues, no se anuncia así la agonía do un pue- blo. Pasajeras desgracias, transitorio malestar, nos hacen más pesimistas de lo que corresponde y conviene. Fijemos nuestra vista en los puntos luminosos, y no dejemos que anublen nuestra imaginación y hagan decaer nuestro espíri- tu, las sombras que nunca faltan donde hay luz. Sigamos con fé y entusiasmo, cada cual en su esfera y según sus medios, el noble ejemplo de los malogrados Fortuny y Rosales, que sólo por el arte y para el arte vivieron; así honraremos su memoria; así cumpliremos con la patria y coa la humanidad. No nos desaliente una efímera postración de las artes que aman la paz y con ella florecen; auméntense nuestras fuer- zas y crezca nuestro vigor al compás de los obstáculos que en torno de ellas acumulan pasajeros infortunios. Todo es- fuerzo, todo sacrificio es exiguo ante la recompensa que lo- gra el hombre bastante dichoso para dejar en pos de sí un noble ejemplo que imitar, y que contribuye con el fruto de una laboriosa vida á formar nuevos propagadores de las glo- rias del Arte. HE DICHO. DISCURSO Su. D. PEDRO DE MADlíAZO EN CONTBSTACItm AL ANTEH1OIL Si necesitáramos pruebas do que hemos hecho una exce- lente elección trayendo á estos sillones al autor eximio del cuadro de los náufragos de Trafalgar, y de tantas otras obras justamente aplaudidas por el ilustrado público de Madrid y de París, las tendríamos muy cumplidas en los actos del Se- ñor Sans como Director del Museo de Pintura y Escultura del Prado, y en las acertadísimas reflexiones que acerca do las ventajas de la enseñanza oficial de las bellas artes acaba de someter á vuestra consideración, discurriendo sobre la per- sonalidad artística de liosales y de Fortuny; porque nuestro electo no viene aquí solamente precedido de una envidiable reputación que rebasa de los confines de nuestra patria, y os- tentando en sus sienes abundantes lauros ganados en buena lid, sino también adornado de las dotes quemas resplandecen en los que dignamente llevan la investidura académica, cua- les son, la sabiduría, la prudencia y la lealtad: dotes que en él anuncian un aventajado colaborador para nuestras tareas, un discreto consultor de la Administración en materias artís- ticas, y para nosotros un fiel y franco compañero. Por efecto de esa misma noble franqueza que en su carác- ter resalta, penetra el Sr. Sans en nuestro recinto glorifican- do la escuela que personifica entro nosotros Mariano For- tuny, ó lo que es lo mismo, trayendo la voz del novísimo arte independiente y libre, antagonista del que lleva aún el nombre de clásico y académico: y con una prudencia que pone de relieve su exquisito tacto y su conocimiento profundo de los escarmientos del genio, abandonado sin guía y sin brú- jula á sus propios impulsos, proclama abiertamente la pros- peridad de ese arte libre bajo la enseñanza oficial: con lo que, sin recelo de parecer aquí defensor de una tesis paradójica, inicia y resuelve en el sentido de la buena disciplina, una de las más graves é interesantes cuestiones que pudieran venir á nuestro palenque académico. Yo, por mi parte, llevando por un acto de vuestra bon- dadosa deferencia la voz de esta docta Corporación, al dar la bienvenida al Sr. Sans, celebro que se traigan á nuestro estadio cuestiones de tanta importancia como la que acaba de plantearse: porque hay muchos todavía que se figuran que las modernas Academias son asambleas de hombres reaccionarios, apegados á lo antiguo por pereza de estudiar lo moderno, monopolizadoras de la protección oficial en favor de determinadas escuelas, y remora perjudicialísima al pro- greso del arte, estancado por rancias doctrinas. Verdaderamente, Señores, que si de la forma y organi- zación de las Academias de bellas artes de la última centuria fueran á deducirse las tendencias y doctrinas de las Acade- mias actuales, so incurriría en un grave error; porque en nada se parecen ya estas corporaciones al instituto fundado por los Sres. D. Felipe V y D. Fernando VI, allá por los años de gracia de 1744 y 1752. Y no solamente es del todo desemejante al instituto promovido por el celoso Olivieri, bajo el primer Borbon, este otro instituto, sino que tampoco se asemeja en casi nada á la Academia do San Fernando del primer tercio del presente siglo. La primitiva Academia era, rigorosamente hablando, una aristocrática y numerosa asamblea de magnates ilustres en las letras, acaso no os- curos en la ciencia de gobierno, y, por lo general, ajenos á las bellas artes, los cuales, gravemente arrellanados en sus sillones, á derecha é izquierda del Protector, según sus respectivas categorías de Consiliarios y Académicos de honor, traían á este recinto, antes que la misión de levantar al arte de la postración en que se hallaba sumido, porque la postración no se advertía entonces, la de ennoblecer á los artistas que alcanzaban la honra de tratar y conversar con ellos, y perpetuar por medio de una escuela quo casi llama- ríamos de recetas, las prácticas de una triste decadencia. ¿Necesitaremos nosotros justificar á aquellos nobles per- sonajes, injustamente motejados hoy de peiucones porque fuó moda en su tiempo usar peluca, de no haber sabido aventa- jarse á su siglo? ¿Qué edad estará exenta de la censura do la que lo suceda? Tampoco necesitamos analizar los Estatutos que en 1749 dio al primer núcleo académico, llamado Junta preparatoria, el Vicepromotor D. Fernando Treviño, ni los que en 1757 introdujo el protectorado del Ministro D. liicar- do Wall, de buena memoria, por los cuales se rigió la Cor. poracion largos años. Recordaremos sólo, como dato histórico, que los profesores de las bellas artes no alcanzaron hasta una época relativamente muy moderna, esto es, hasta que se publicaron los Estatutos de 1." de Abril de 1840, el señalado honor de alternar en estos sillones con aquellos esclarecidos señores que en la esfera del arte debieran haber sido sus subordinados, dado quo en ella de algo hubiesen servido. Pero todo tenia su compensación: si los artistas eran pros- critos do la asamblea académica como poco dignos, en cam- bio la más hermosa mitad del linaje humano ennoblecía al arte desheredado, llamándole a las dulzuras de su trato ínti- mo. '.Todavía hemos alcanzado nosotros aquella época beatífica en que este instituto, con ejemplar galantería, así como la antigua orden bretona del Arminio recibia caballeras, admitía en su seno Académicas de honor. Aquellas amables señoras ex- hibian en las exposiciones anuales de obras de Pintura y Es- cultura sus bodegoncitos y sus floreros, el retrato de Liseta, la favorita perrilla de lanas, y el trasunto del digno Briga- dier con cara de carton-piedra y casaca bordada de azafrán, ó del anciano Consejero de Indias con peluquín color do canela. La cortesanía era á la sazón ley suprema: harto hacia la da- ma de linaje, que por tener azul la sangre de sus venas so reputaba exenta del precepto, impuesto átodos los mortales, sin distinción de sexos ni clases, como castigo de la golosina de Eva y de la fragilidad de su marido; harto hacia, repeti- mos, con dignarse tomar en su perfumada aristocrática mano la paleta y los pinceles; el arte para ella, y aun para la ge- neralidad de aquella porción selecta de Académicos á quie- nes llamaban los Señores, era un bonito adorno, un accidente recomendable, una graciosa superfluidad. Saber pintar un paisito, de invención por supuesto, un sepulcro de arquitec- tura imposible bajo un sauce-lloron, ó un racimo de uvas no más trasparentes que si fueran cuentas de malaquita, era entonces en una señora el complemento de sus naturales atractivos. En suma, era para ella el arte lo que el pepinillo ú la aceituna en una mesa bien servida. Y con razón, porque las obras de los mismos profesores, sus cuadros do composición, sus retratos, sus estatuas y bajo- relieves, solo se exliibian al público como apéndice de la fa- mosa feria do la calle de Alcalá, alternando en el aprecio de los concurrentes con los suculentos melocotones de Aragón y con las azofaifas de Murcia. Si yo dirigiera las presentes consideraciones á aquel ya disuelto grupo de hermosas secuaces de Apolo, que con la in- vestidura académica llenaban antiguamente quizá, páginas enteras de la Guia de Forasteros, les diría sin recelo de pa- sar por descortés: ¡Ah! señoras: vosotras las que en la pre- sente ocasión estáis siendo el más bello ornato de este recin- to; vosotras que os dignáis amenizar con vuestros encantos la solemnidad demasiado grave y monótona de una recepción académica, no frunzáis el ceño al oirme censurar una frivo- lidad que, convirtiendo el arte en resorte de coquetería ó en arma de dulce y fementida guerra, os facilita el acceso á nuestros sillones, cuando quizá os despoja en vuestras propias casas de un legítimo trono. Yo sé ¡oh creación selecta del Supremo Hacedor! que hay entre vosotras seres excepciona- les, en quienes la naturaleza parece haber reunido las más nobles aptitudes de uno y otro sexo: sé que á veces La dulce boca que A gustar convida Un humor entre perlas destilado, Y á no envidiar aquel licor sagrado Que á Júpiter ministra el garzón de Ida ha tomado varoniles cuadraturas, en Dóbora para cantar el himno de victoria de Barac contra Jabín, en Jahel al tala- drar las sienes de Sisara, en Judith al descargar el golpe que separó de su tronco la cabeza de Holofernes, en la pito- nisa de Endor al evocar la sombra de Samuel; reconozco que alguna de vosotras seria acaso capaz de combatir como Juana de Arco ó como las heroínas cordobesas del siglo xiv, y aun de rivalizar en un momento supremo con aquella leal Jimena de Ruiz de Alarcon ', que decia de sí misma: Á magollar ó puñadas A fjuien os prazca los huesos; Que en toda muesa montaña Non ye león bravo y fiero Á quien yo con lúa mis brazos Non dé la muerte sin fierro.» Confieso, por último, que en el ejercicio de la pluma, tan difícil por lo menos como el de los pinceles ó el del cin- cel, los laureles obtenidos por nuestra famosa Latina, por Doña María de Zayas, por Madamc d'Aulnoy, por Madame de Stael y tantas otras, os acreditan como muy capaces de emular la gloria de los más ilustres escritores barbados, y que lo que hicieron en pasados siglos manejando el lápiz y los colores Margarita Van-Eyck, Anna van Cronenbürch, Sofonisba Auguisola, Artemisa Gentileschi y Angélica Kauff- mann, podéis igualmente hacerlo algunas de vosotras. Pero las demás debéis huir de semejante tentación. Consultad las biografías de los grandes artistas, y veréis si es siempre de rosas la senda que recorre el genio. Ellas os dirán que los pintores de batallas y combates navales tuvieron que arros- trar el plomo, el hierro y los chapuzones; que Salvator Rosa y Aniello Falcone, se batian como verdaderos deresperados con los soldados de Felipe IV, en. Ñapóles, cuando traslada- ban á sus lienzos la fuga y el ardor du las refriegas y escara- • En la comedia de Los pechos privilegiado». muzas; que Guillermo Van den Velde exponía su vida en las naves holandesas para pintar con fidelidad los sangrientos episodios de la guerra de su país con la Gran Bretaña. Si tuviera presentes á aquellas, ya hermosas, ya mera- mente amables, pero siempre nobles académicas, les diría: Preguntad á D. Carlos de Haes, si es cómodo hacer estudios de rocas y barrancos, de montañas y de bosques, de luces y de sombras, en el puerto de Pajares ó en los Picos de Euro- pa; y i Monleon, si es posible hacer marinas no corriendo alguna vez el peligro de ser pasto de los peces; y áGonzalvo y Parcerisa, si puede fijarse en el cartón ó la tabla el interior de una antigua cripta, sin exponerse al riesgo de atrapar bajo sus frias y húmedas bóvedas una pulmonía ó un romadizo. —Porque el arte no es un juguete como pensáis: el verda- dero arte es un veneno lento, que arruga la tez y hace caer el cabello, y que os irá arrebatando tantas gracias y encan- tos físicos cuantas os ciñan coronas. El arte no es eso que generalmente hacéis, ni lo que os enseñan vuestros compla- cientes maestros cuando os ponen delante sus propios dibu- jos, desviando vuestros ojos de la naturaleza palpitante y viva. A esa ardua y laboriosa carrera, á esa sublime misión de algunos pocos genios privilegiados, sólo se consagran, y no por caprichosa elección, sino por llamamiento interno, por impulso misterioso é irresistible, aquellos seres que se sienten capaces, no ya sólo de interpretar fielmente la forma sensible, sino de derramar sobre la obra de la creación orgá- nica é inorgánica reproducida, los resplandores de aquella Belleza suprasensible que emanan de la Inteligencia increa- da, y en que á veces se abrasa el artista, atrevido Prometeo que le hurta al cielo su lumbre. Esto hubiéramos dicho todos nosotros i las perfumadas académicas de antaño No, sin embargo; porque hombres de antaño nosotros mismos, no habríamos visto las cosas como hoy las vemos. El trascurso de los tiempos cambia las ideas: las damas de hoy, discretamente en paz con la gente juiciosa de su época, reconocen que la santa y divina mi- sión de formar en el amor y temor de Dios los corazones de sus hijos, de influir para toda buena obra en el ánimo de sus maridos, de derramar el encanto de su casto amor sobre la vida de familia, vale tanto, por lo menos, como la misión de cautivar á las sociedades cultas con el prestigio de la be- lleza artística; belleza de una misteriosa región, desconoci- da de la generalidad de los mortales, donde solo se penetra mediante el don de haber nacido con sentimiento estético, y por los méritos de una vida de inquietud, de trabajos y aun de peligros, de misantropía y de fiebre, como suele ser la de todos ios grandes genios. Y si por ventura esos tiernos y delicados pimpollos, esas hermosas hijas de familia, que, llamadas por la naturaleza á ser esposas y madres, ó, por más alta vocación, á dejar algún dia los halagos de la sociedad para entregarse al alivio de las terribles úlceras que la afean, se imaginasen que la perfección consiste en saber amenizar los ocios del hogar doméstico con la copia delpaisitode Daubigny, con los valses de Strauss ó el aria final de la Lucía, é igno- rasen que los pintores sólo se forman meditando continua- mente sobro las obras de la naturaleza y de los grandes maes- tros, y estudiando mucho, y devorando en silencio muchas amarguras,—sus discretas madres sabrán librarlas á tiem- po del error que acarician en el interior de sus corazones inexpertos. No hay recetas para adquirir el genio: la historia de las pasadas escuelas académicas es una comprobación elocuente de esta gran verdad. Mientras las Academias procuraron er- róneamente fundir en la turquesa de un estilo determinado la educación artística do sus alumnos, y obligar á éstos á se- guir servilmente las buellas de sus profesores, dio el arte muy escasos frutos; y sólo cuando, en virtud de más racio- nales doctrinas, la acción de los maestros se limitó á dar á la juventud dedicada á las artes consejos negativos, señalán- dole los escollos que convenía evitar, se vio al genio entrar libre y desembarazado en sus naturales álveos, y producir todo un renacimiento de bellas y variadas manifestaciones plásticas: semejante á la hermosa florescencia de los campos después que las aguas, libres de la prisión de hielo de las montañas, bajan en fecundantes arroyos á los prados por sus naturales derivaciones. La variedad, que es uno de los principales elementos de toda creación, y que así en la na- turaleza física como en la intelectual, produce el encanto de las manifestaciones bellas, desaparecía del conjunto de las producciones artísticas en las épocas en que un falso buen gusto encadenaba las aptitudes individuales para obtener un estilo uniforme. ¿Seria acaso tolerable un país donde no se viera más que una sola clase de árboles, y en cuyos horizon- tes todas las montañas ofrecieran idénticos perfiles? Pues el mismo efecto produce el campo espacioso é ilimitado de las bellas artes cuando domina en él una única escuela, un solo estilo, un modo solo de comprender y sentir la belleza. Por cierto ha sido idea feliz la que ha movido al Sr. Sans á citar los dos ejemplos de Fortuny y Rosales para persua- dir la conveniencia de la enseñanza oficial de las bellas artes, porque con ella da margen á que examinemos hasta qué punto esta enseñanza moderna, encomendada á especia- les institutos, difiere de la antigua que daban las Academias. El Si\ Sans ha señalado ya con admirable precisión las di- versas tendencias de estos dos grandes pintores. Un ligero bosquejo de las diversas escuelas que estuvieron en boga desde la creación de nuestra Academia hasta la época en que se desterró por completo el sistema seguido en todas las del Reino, de ofrecer los profesores á sus discípulos la norma á que habian de ajustarse exclusivamente en la interpretación de la naturaleza y en la realización de lo bello, podrá servir ahora para dar algún realce á la conclusión que de la tesis de nuestro electo se desprende, 4 saber, que la enseñanza oficial moderna es tan favorable al desarrollo espontáneo del genio, como la antigua le era contraria. La Real Academia de Nobles Artes de Madrid ha visto entronizarse y desaparecer, primero el estilo que llamamos barroco, propio de los manieristas franceses é italianos, y continuación del de los eclectistas del siglo xvn; después el de los llamados restauradores del tiempo de Winkelmann, Mengs y Pompeo Battoni; luego el estilo de David y de los entusiastas del griego antiguo, que desde fines del siglo pa- sado prevaleció en toda Europa. Y hemos de decir de paso que si en estas alternativas y vicisitudes la Academia de San Fernando, cuerpo docente y consultivo á la vez en el tiempo á que nos referimos, siguió el impulso de la opinión dominan- te, no sólo en España sino en todo el mundo civilizado, seria altamente injusto motejarla de reaccionaria, dado que cada evolución marca en la época en que se verifica un progreso relativo, sea cual fuere el juicio de la posteridad respecto de lo que en absoluto deba estimarse como adelanto ó retroceso. Y hay que tener presente además un hecho singularísimo en la serie histórica de las escuelas de bellas artes que se suce- den entre nosotros, á saber; que las escuelas extrañas no han obtenido aquí triunfos tan duraderos que hayan sofocado las tendencias naturales del genio nativo; al contrario, siempre la poderosa idiosincrasia española, que repugna contemplar como bello lo que se separa del natural, logró abrirse camino, á despecho de los sistemas exóticos que hacian consistir la iniciación del arte en esta ó en esotra ideafilosóficade lo be- llo, más ó menos abstracta. Hoy que ¡í la Academia no alcanza j a una responsabili- dad directa en la tendencia que pueda tomar en nuestro país el estudio y cultivo de las bellas artes, porque no es ella la que las enseña; hoy, que la contemplación y representación del natural, y no sólo del natural en la humana criatura, sino también del natural en la creación entera, es decir, la pintura de animales, de paisaje, de marina, de perspectiva, de cos- tumbres, es reconocida por todas las escuelas como único troquel en que puede el humano pensamiento obtener el in- definible prestigio de la belleza; hoy podemos ya examinar con toda imparcialidad é independencia las diferentes escue- las que han prevalecido en la enseñanza académica, única enseñanza oficial de las bellas artes en España hasta el año de 1857, y deducir á cuál de ellas debe más nuestro país en el sentido de haber ayudado al genio nacional á emanciparse de falsos principios y de ideas de rutina acerca del alcance del arte y de su misión social. Hubo un tiempo en que la caprichosa y despótica opi- nión de la gente docta se daba por satisfecha teniendo la Academia expuestos á la veneración de la juventud estudiosa en las clases anejas á este instituto, los dibujos de Cario Ma- ratta, Pietro da Cortona, el Procaceini y Giordano: eficacísi- mo veneno para matar el sentimiento de la belleza más arrai- gado y manifiesto. Más tarde, se regocijó esa misma gente docta de ver arrollados á aquellos barrocos y manteristas por los glaciales imitadores de Mengs, los Bayeus y los Mao- llas. Las llamadas academias de estos, dibujos de figuras desnudas, ejecutados en papel de media tinta, con lápiz ne- gro ó rojo y luces de clarión, eran la única noción de la for- " ma del hombre que se daba entonces al artista principiante. No nos es posible analizar hasta qué punto mejoró el dibujo del natural, cuando á las academias de los profesores barro- cos de la época de D. Fernando VI reemplazaron en las aulas de la enseñanza oficial las ejecutadas por D. Antonio Rafael Mengs, y por sus secuaces y émulos, D. Francisco Bayeu, D. Mariano Salvador Maella y el caballero Pompeo Battoni: lo único que podemos consignar es, que en los primeros años del reinado de I). Femando VII eran aún muy contados los buenos dibujantes en España. Exceptuado el independiente Goya, exceptuados quizá algunos otros, á quienes sin em- bargo nos sería difícil sacar del servum pecus de aquel tiem- po, no habia quien supiese encerrar la ságoma de un hombre en unas cuantas líneas. Tantear por cuadraturas, sistema se- guido en todas las grandes épocas del arte, era cosa descono- cida del mayor número; el tanteo se hacia con inseguros trazos curvilíneos, más bien arañazos, multiplicando y sub- dividiendo los músculos, ó marcándolos con cscrescencias á modo de vejigas ó bollos. Solo los pocos profesores que, fieles al genio nacional naturalista, protestaban contra las escuelas extranjeras, ó que, habiendo estudiado en liorna, habían lle- gado á penetrarse de las grandes máximas de los maestros del siglo de León X, sabian apuntar las figuras de sus com- posiciones según el sistema que ha prevalecido después como más sencillo, racional y ventajoso. Fuerza es reconocerlo: la pintura habia muerto en Espa- ña al extinguirse la dinastía de Austria en la tumba de Car- los II, y sólo algunos fugaces destellos del genio indígena, producidos do tarde en tarde durante los reinados de los cuatro primeros Borbones, daban ligero indicio de que no era exclusivamente francés ó italiano el arte de que se rodeaba la ostentosa corte en Madrid, el Escorial, San Ildefonsoy Aran- juez. Si nuestros pintores no se hubieran afiliado desde el reinado de D. Felipe V en la escuela de los Van-Loo, de los Greuze y Boucber, de los Houasse y de los Lagrénée; si no hubieran adoptado sus paños tremolantes, sus afectadas acti- tudes, sus colorcitos caprichosos, sus expresiones preternatu- rales, sus fondos indecisos y perdidos en verdosa niebla, sus figuras sin carácter individual y su idealismo de bambolla, no habrían obtenido el honor de perpetuarse en las regias galerías de aquellos palacios. ¿Era ó no justificada la as- piración á provocar un retroceso hacia la clásica sencillez antigua? Favorecieron la apetecida reacción losfilósofosy arqueó- logos con sus nuevas teorías sobre la belleza, la Revolución francesa con su culto naturalista, y hasta la misma Provi- dencia, que á veces parece hacerse cómplice de los grandes trastornadores del mundo, con haber exhumado los esplén- didos modelos del antropomorfismo griego de entre las rui- nas de Pompoya y Herculano. Los filósofos italianos y ale- manes figuraban á la cabeza de una pequeña pero poderosa falange de reformadores del arte, cuya influencia se hacia sentir en nuestra España desde el advenimiento de Carlos III al trono de su padre Felipe V. Milizia, Winkelmann, Hey- ne, Lessing, Mengs, Azara, preparaban entusiastas el segun- do advenimiento de aquel malhadado eclecticismo que habia entregado á la disolvente acción de las abstracciones filosófi- cas el arte italiano del siglo xvi. Las excavaciones con ardo- rosa diligencia emprendidas en las soterradas poblaciones italo-griegas, romanas y etruscas, de Ñapóles, Sicilia y la Ita- lia Central, eran para ellos las únicas fuentes de la belleza plástica: un ideal abstracto y convencional habia do sustituir á aquel monstruoso arto, mixto de naturalismo y barroquis- mo, que cultivaban los llamados manieristas. El terreno parecia ventajosamente preparado entre nos- otros: los hombres más doctos de nuestra nación venían profe- sando las máximas eclécticas de los Carraccis desde la época misma en que el genuino arte español se desarrollaba con más pompa y brío. Lodovico Carracci, en efecto, habia fun- dado en Bolonia, auxiliado de sus dos primos Aníbal y Agus- tín, una Academia quo se denominó de los Incamminati, fe- cunda en discípulos, como el Domenichino, el Albani, Guido Reni, el Guercino, Lanfranco y otros, los cuales deben el tí- tulo de eclectistas con que se los designa en la historia de la Pintura, á lo que en realidad constituye su censura, filosó- ficamente considerada la reforma que llevaron á cabo. Porque estos, si bien combatieron el amaneramiento en una de sus manifestaciones, dieron lugar, como idealistas, á que se for- mase de la belleza un concepto falso, proclamando sus obras que solo estimaban bello lo inspirado por el arte clásico anti- guo y por los grandes maestros del siglo xvi, como si nada bueno hubieran producido en la esfera de la estética cristiana los pintores do los siglos xiv y xv, y como si fuera dable fun- dir en una sola escuela caracteres esencialmente diferentes, cuando no opuestos, dimanados de cualidades individuales y peculiares, que son las que levantan á los artistas por enci- ma de la línea común. La fórmula ideada por estos eclectistas nos la conserva un curioso soneto de Agostino Carracci, y consiste en. componer un todo artificial con las más rele- vantes dutes de cada escuela, tomando, como si dijéramos, el dibujo de Rafael, ol movimiento y la mancha del Tinto- retto, la expresión de Miguel Ángel, la naturalidad del Ti- niauo, etc. "Chi farsi un buon pittor cerca, e desia, II disegno di liorna abbia alia mano, La mos&a coll'ombrar veneziano E il degno colorir di Lombardia. Di Michel Angiol la terribil via, II vero natural di Tiziano, Del Correggio lo atil puro e sovrano, E di un Rafel la giusta sirametria... Ac. &Q. Nuestro Pablo de Céspedes, italianizado como todos los hombres eruditos de su tiempo, habia hecho su püblicaprofe- gion de partidario dü este ideal académico, consignando en la siguiente octava, por via de consejo á los pintores, el absurdo principio de corregir la obra del Supremo Hacedor por medio de una selección de partes caprichosa y arbitraria. Resumía su concepto en la siguiente octava: "No me atrevo á decir, ni me prometo Todas las bellas partes requeridas Hallarse de contino en un sujeto, Todas veces sin falta recogidas; Aunque las cria sin ningún defeto, A todas en belleza preferidas, Naturaleza, tú entresaca el modo, Y de partes perfectas hass un todo." Que es como decir: toma de esta hermosa mujer la frente, de aquella la nariz, de esotra los ojos, de la de más allá las me- jillas y la boca, do otra quinta mujer la barba y el cuello, y junta luego á la gracia de la andaluza, la majestad de la romana, la dignidad de la inglesa, la esbeltez de la alema- na, etc., etc. Con lo cual, añado yo, si no consigues una be- lleza perfecta, lograrás un perfecto modelo de insipidez. No, y mil veces no: la belleza no es el resultado de esa operación empírica que consiste en ir fríamente acoplan- do facciones y caracteres antitéticos, para formar con ellos un todo imaginario y abstracto: las puertas de oro del encan- tado palacio de la poesía y del verdadero idealismo, no se abren á la glacial evocación de ningún farmacópola mixtu- rero de elementos humanos. Nuestro certero instinto nacional fue en este punto el salvador de la pintura española, advirtiendo sin duda en Luis de Vargas, Pacheco y el mismo Céspedes, los escar- mientos de lo que el buen racionero cordobés profesaba al formular tan disparatada receta. Á los veinte años de muer- to Céspedes, nadie seguía su consejo. Nunca el naturalismo y el individualismo hicieron más soberanos y magníficos alardes que entonces, en los lienzos imperecederos de Velaz- quez, Murillo y Zurbarán; y era porque la savia individualis- ta, que constituye la sustancia de nuestra raza, siempre re- fractaria á los elementos importados por razas extrañas, unas veces por su bien, otras por su desgracia, rechazó práctica- mente la exótica doctrina.—Pues lo mismo se verificó cuando quiso Mengs restaurar el muerto eclecticismo en nuestro sue- lo: la escuela llamada sabia y filosófica encontró muy pocos adeptos en nuestra Academia. Porqué en las artes plásticas no triunfó aquel sistema de los artistas arqueólogos, que modestamente se calificaron i sí mismos de introductores del buen gusto, cuando tantos parti- darios halló en la esfera de las letras, según lo acreditan los escritos de Forner, Capznany, Moratin, Jovellanos, Hermo- silla y Cadalso, podrá ser tema fecundo para tratado en otro lugar; aquí solo nos cumple consignar que apenas aprovechó aquel ponderado raudal defilosofía,de ciencia y de buen gus- to, otro más que el insulso y deslavazado 1). Mariano Salva- dor Maella. Los dos pintores de verdadero genio que fueron testigos de los aplausos tributados á Mengs, D. Francisco Bayeu y Subías, y D. Francisco Goya y Lucientes, no le siguieron: cada cual tiró por su camino; el primero sacrificó al estilo barroco, aunque dejó en algunas de sus obras hue- llas evidentes de un sentimiento enérgico de la vida, princi- palmente en el color; el segundo sorprendió y casi diriamos escandalizó al mundo artístico de su tiempo con los singulares y no pocas veces extravagantes arranques de una intuición de la humana forma enteramente excepcional, la cual vemos hoy que le hizo descollar entre los degenerados pintores de su tiempo, como gigante roble sobre enfermizos arbustos, y como un misterioso y terrible profeta del arte del porvenir, pu- ramente naturalista y destructor de toda convencional belleza. A la escuela de Mengs sucedieran algunos años de ma- rasmo; después de lo cual vino, importada de la vecina Fran- cia, la entonces famosa escuela de David. No es al que en este momento os dirige su voz á quien incumbe la censura ni el elogio de aquella célebre escuela, iniciada en las már- genes del Sena entre los horrores de la República, y madura- da al calor de la ovación con que fueron recibidos los despojos artísticos de Grecia y Eoma en la ruidosa solemnidad del 13 de mesidor del año iv. Juicio más imparcial ha formulado la que probablemente será sentencia de la posteridad acerca de ella: -^Combatir y reformar el vicioso sistema de imitación que se seguía en Europa desde la decadencia de la escuela de los Carraccis hasta los adocenados sucesores de Carlos Le Brun (escribe Delécluze), fue la preocupación constante de David durante su carrera artística. Su gran mérito consiste en haber rehecho toda la gramática y la sintaxis del arte de la pintura, que sus predecesores habían corrompido. Apren- dió él primero, y enseñó después, á dibujar, pintar y colorir, eon verdad y distinción: cosa que nadie sabia hacer cuando él apareció». Y este juicio, Señores, encierra una insigne verdad, porque el dibujo, que es el alma y la esencia de la pintura, habia desaparecido, y con él la elevación y el estilo, de los estudios de los artistas más afamados que, al fenecer el reinado de Luis XV, seguían la escuela académica italiana, como Lagrénée, Greuze, Fierre, Suvée, Duguernier, Patel, Lantara y Joseph Vernet. Los que cerrando los ojos á las grandes cualidades de David, parafijarlossólo en sus defectos, le acusan de haber petrificado sus lienzos con las líneas con- vencionales del bajo-relieve griego, no han meditado bastante sobre la situación del arte abyecto de la Francia de Luis XVI; no saben agradecer al que verdaderamente le inició, el movi- miento creador que por espacio de dos generaciones ha esta- do dotando á la Europa entera de maravillas de elevadísimo concepto estético; no advierten cómo esa escuela, grande y expansiva, á manera de cedro gigantesco que extiende á los cuatro vientos sus retorcidas y robustas ramas, ha cubierto con su sombra y fecundado con su semilla todas las escuelas caducas y estériles de la vieja Europa, haciendo brotar por do quiera lozanos y graciosos renuevos, que hoy, árboles añosos, son todavía la esperanza del arte, amenazado otra vez de extinción en el triste agotamiento de fuerzas radicales que de este extremo Occidente se apodera. No le es lícito al que haya estudiado el desenvolvimiento de esa escuela en los treinta primeros años de nuestro siglo, negar que todas las grandes páginas pictóricas que le ilustraron hasta época muy reciente, son fruto de aquella preciosa semilla; que sin ella no estarían cautivando todavía á las más nobles inteli- gencias los recuerdos de las Sabinas y de la Coronación de Napoleón; los de la Psiquis de Gérard, del Diluvio de Giro- det, de Los apestados de Jaffa de Gros, del Céfiro de Prud'hon, del Tu Marcellus erís, del Voto de Luis XIII, de la Apoteosis de Hornero y de la Odalisca, de Ingres. La escuela de David se perdió como la de Miguel Ángel, por el fanatismo de sus secuaces, que la pusieron en caricatu- ra. De seguro el corifeo reprobaba en su interior la exagera- ción con que sus discípulos aplicaban su consejo de tomar por norma el arte griego anterior al mismo Fídias, y les oía con disgusto renegar de los grandes maestros del arte italiano, romano y griego, acusados de afectación y de vituperable amaneramiento. La gente de buen sentido, extraña á aquellas iniciaciones esotéricas que en el estudio del maestro iban to- mando cuerpo, vio un dia en París coa asombro á Maurice y Perrié, alumnos del gran pintor republicano, presentarse en público vestidos el uno de Agamemnon y el otro de Páris, y arrastrar sus paludamentos por los lodazales de la gran ciu- dad, como escapados de una casa de orates. La manía de lo griego y de lo romano llegó á prevalecer sobre el principio que constituia en rigor la base del sistema de David, que era el estudio del natural, y no parecía sino que aspiraba aque- lla escuela á hacer aceptar el ideal clásico antiguo bajo el mismo carácter de unidad y universalidad con que aparecía en la escultura del siglo de Periclos: como si las organizacio- nes individuales y las circunstancias externas de vida so- cial é instituciones, ya políticas, ya religiosas, no fueran parte á desviarlo de semejante propósito. Acaso por haber profesado ese error como verdad axiomática, comprometió su inmenso, su rápido y universal prestigio, esa escuela que ha sido una de las más grandes deEuropa, después delaidealis- ta cristiana del siglo xm al xv; y por eso quizá no fueron sus resultados tan gigantescos como lo hubieran sido renun- ciando á semejante aspiración. La escuela de Luis David creyó que podría hacer renacer á fines del siglo xvni la pin- tura y la estatuaria de Egina y de Atenas; prodigiosos es- fuerzos hizo para realizarlo; nunca por otra parte se halló el mundo eo condiciones más favorables para tal intento; pero como al fio y al cabo este era preternatural y quimérico, su- cedió que los discípulos más aventajados, aquellos que en sus obras habían demostrado una indisputada personalidad, to- maron cada cual el rumbo que le era mas genial, y todos el vuelo multiforme marcado al arte por altas é imperiosas le- yes. Granet, Ingres, Schnetz, Léopold Iiobert, Isabey: todos estos fueron discípulos de David; y sin embargo, todos si- guieron rumbos distintos; sólo quedaron servilmente apega- dos á los defectos de la escuela, no á sus cualidades, aquellos que, dotados de escaso genio, nacieron más para sectarios que para discípulos. Pero no han sido estos los que le han conquistado á Da- vid la perpetuidad de sus máximas, como reformador del di- bujo, en todas las escuelas oficiales de Europa. Por los der- roteros que él trazó han marchado seguros los artistas de verdadero genio de todos los países, para producir (y admíre- se este influjo de lo general y abstracto en lo particular!) el renacimiento de las diversas escuelas nacionales. Sin el cstu- dio concienzudo y reflexivo del natural, que fue la disciplina impuesta por David á, las artes plásticas, probablemente no hubieran florecido en nuestra España los eximios pintores que la ilustran: sin la posesión completa de la forma anima- da y sin la comprensión cabal de lo que constituye el gran- de estilo, no es posible formarse gran pintor. Fortunyy Ro- sales son ejemplos elocuentes do que la disciplina de la es- cuela, lejos de sofocar el genio nativo y destruir su índole, le ayuda eficazmente á desplegar sus naturales recursos. Ved, en efecto, lo que acontece en el mundo moderno en todas las escuelas verdaderamente dignas de este nombre: partiendo de un centro común, cual es el estudio de la creación viviente, van á parar los intérpretes de la forma á tan opuestos resul- tados, que causa maravilla la inmensa variedad de sus ma- nifestaciones, liebiendo en esa vivificadora fuente del natu- ral, crea líafael inimitables líneas, llenas de elegancia y de decoro, y traza Miguel Ángel líneas maravillosas, propias de una raza gigantea en quien se centuplica la humana potencia. Tomando por guia el natural, y con la misma libertad, Leo- nardo de Vinci descubre un nuevo medio de expresión en el claro-oscuro, y Tiziano en las cálidas tintas de sus Venus venecianas, por cuyas arterias discurre con la sangre una vo- luptuosidad ideal. Correggio ve el natural bañado de argen- tinos tornasoles, y en sus ondulosas líneas le cautiva más la gracia que la corrección. LosCarraccis no comprenden las hu- manas formas, ya lo hemos dicho, sino como elementos dis- persos de un ideal que concibe la mente y que la naturaleza por sí sola no realiza. Poussin y Lesucur no aceptan el natu- ral sino ennoblecido; Caravaggio, líembrandt, Ribera, por el contrario, admiten todas las manifestaciones de la materia, aun con los signos de su propia decrepitud yflaqueza.Velaz- quez, Murillo, Zurbaran la ennoblecen cada cual á su manera, y le rinden verdadero culto, el primero como cortesana y ca- balleresca, el segundo como mística y arrebatada de divino amor, el tercero como sobria y austera en medio de sus más comunes manifestaciones. Y ¿porqué, Señores, vé el Greco la naturaleza consumida y acardenalada, y Bubens la vé exu- berante de vida y rubicundez; y el divino Morales la con- templa penitente, macerada y triste, al paso que los pintores neerlandeses, y Brueghel sobre todos, la reproducen como un idilio de perpetua felicidad? ¿Porqué el mismo sol de Ve- necia es dorado y cálido para Giorgione, Tiziano y Veronés, y frío perlino para Tiépolo? Por último, ¿porqué un mismo objetivo, un mismo modelo, tomado entre los fenómenos de la naturaleza externa menos susceptibles de mutación, un paisa- je, sea del Norte ó del Mediodía, ora elegido entre las aspere- zas de las montañas, ora destacado de la arenosa planicie de la marina, presenta un aspecto de magestad convencional en la tabla de üaspar Dughet, y de melancólica grandeza en el lienzo de líuysdael; y rie bajo el pincel de Hobbema ó de Karel Dujardin, é inspira ideas graves, aunque apacibles, en los lienzos de Claudio de Lorena? Prescindimos de aquellas escuelas del mundo antiguo que empicaron el arte como un elemento social, político y religioso, y en las cuales no se daba libertad al humano in- genio para expresar sentimientos individuales. La arquitec- tura y la escultura en Asia, en Egipto, en la Grecia primiti- va, son manifestaciones de ideas y de tendencias colectivas; la misma escultura helénica de los mejores tiempos lleva impreso el sello de la abstracción, de la universalidad. Otro tanto le sucede al arte cristiano de la Edad Media. Conside- remos, pues, al arte emancipado de todo propósito religioso ó humanitario, de toda tendencia simbólica ó emblemática, ética ó anagógica, y al artista en toda la plenitud de su liber- tad de concepción y de sus medios de expresión y represen- tación: siempre encontraremos aquella misma diversidad que acabamos de notar, y que hace tan patente la verdad, con loable modestia demostrada por el Sr. Sans, de que el arte no es la mera imitación de la naturaleza, ni aun siquiera en la pintura que el vulgo de los doctos llama imitativa. El mo- delo podrá ser uno ó inmutable; pero no son idénticas todas sus reproducciones, porque no lo son tampoco las organiza- ciones. Los artistas son tales cabalmente porque cada cual per- cibe en la naturaleza, y de una manera distinta, lo que la generalidad no vé hasta que él se lo pone de manifiesto. Uno percibe con energía la expresión de la línea y parece menos sensible al encanto del color, y este es Kafael, 6 Juan de Jua- nes, ó Cornelius; otro hace su ideal del modelado, y este es Leonardo de Vinci, ú Otto Venius, ó Ribera; otros ceden á la fascinación de los esmaltes de la luz, y son todos los gran- des maestros venecianos, muchos de los flamencos, y entre los pintores modernos, Meissonnier, Jernme, Fortuny. Obras hay del Sr. Sans en que este precioso don del color y de la luz se manifiesta en eminente grado. Ya queda dicho que la escuela que fundaba su gloria en el estudio del natural y del antiguo, no coartaba la libertad del artista: sus leyes eran consultar con el modelo vivo la forma, y levantarse á la contemplación de lo más bello y dé- lo más sublime que crearon jamas los hombres; inspirarse, en suma, en las obras maestras de la escultura griega, para • dar á esa forma la nobleza de lo que se llama estilo. De la escuela de David ya apenas hay quien se acuerde, y sin embargo, los dos principios que ella proclamó como car- díñales, siguen observados en todo ol mundo culto, no sólo en las Escuelas oficiales, sino también en los estudios parti- culares de los más acreditados profesores. ¿Hay algún estudio donde falten el modelo vivo y los vaciados del antiguo? Con- sultan de continuo aquél y éstos, aquellos mismos artistas que, indiferentes al parecer á la corrección clásica de las formas, se deleitan tomando de la naturaleza sus aspectos vulgares, para hacer patentes en ellos bellezas relativas que los artistas de elevado estilo desdeñan, Teniers y Brauwer no habrian, de seguro, menospreciado el auxilio de los pre- ciosos modelos del arte helénico y romano que copiaba y me- ditaba nuestro Velazquez, orilla del Guadalquivir, en el mo- risco palacio de los Duques de Alcalá. Olvídese, pues, en buen hora, aunque sea con ingratitud, el nombre del restaurador del buen dibujo en la Europa moderna; sus grandes cánones subsisten. Con arreglo á ellos se han formado todos, absoluta- mente todos los grandes pintores en lo que va de siglo. No os sorprenda esta afirmación. Del natural y del antiguo, mo- delos constantes de los dos jóvenes y grandes artistas, cuyo diverso carácter os ha analizado con sobriedad y maestría nuestro nuevo compañero, se derivan todas las escuelas, in- clusas la naturalista y la realista, que hoy presumen tener vinculado el porvenir del arte. Examina el Sr. Sans, aunque muy de pasada, porque la futilidad de la cuestión no merece más honores, si Mariano •Fortuny era realista ó idealista. Con notable sagacidad hace un breve examen de sus obras y de su estilo, y deduce que era idealista á su manera. Nosotros avanzamos más, y deci- mos que no hay un solo pintor digno de este nombre que no sea idealista. El idealismo no está solamente en los grandes cuadros de historia, sagrada ó profana: Paul de Potter, Karel Dujardin, Fortuny, hacen brotar raudales de poesía de los objetos al parecer más comunes y despreciables: un tronco de árbol seco, un tonel volcado, un banco patas arriba; no ya el famoso becerro del Museo del Haya, ni la preciosa tabla de los charlatanes italianos del Louvre, ni el cuadro de la Vica- ría de Madame Cassin; son en ellos motivos suficientes para producir en el espectador la agitación del entusiasmo.—¿Cdmo cabe en eso la poesía? hubiera exclamado la antigua Acade- mia.—La poesía, responde la Academia moderna, no está en todos los objetos de la naturaleza, pero reside en el alma del artista que los mira, y que al reproducirlos con líneas y co- lores, traza en la tabla ó on el lienzo esta definición del arte, más completa que cuantas damos nosotros los que discurri- mos sobre la estética: el arto es la representación de la natu- raleza, real ó fantástica, con el atractivo misterioso que le añade el hombre. . Sí, la poesía, la belleza, eso que llamamos atractivo mis- terioso, puede realzar ¡oh, jóvenes artistas! todas vuestras composiciones, cualquiera que sea su género; pero tened bien presente que para toda clase de obras son necesarios, como medios de producir aquella, el dibujo y el estilo. Poseyendo estos medios, podéis esperar confiados que, pasando el actual período de transición y de duda, renazcan para el arte días más bonancibles y risueños. No os arredre la censura de los descontentadizos: una sociedad materialista, desencantada y escéptica, os acusa tal vez de que malgastáis el numen pintando cuadros de puro recreo y .entretenimiento; pedidle vosotros á ella que erija templos, en cuyos retablos podáis colocar vuestros cuadros religiosos, y que levante grandes construcciones de uso público, donde podáis lucir vuestros cuadros históricos.