EnKdl. 5 ca.\a 5 , m MASRiERA NECESIDAD DE Vüt-GAR\XAR LOS ESTUDIOS BE ESTÈTICA MEMORIA LEÍDA EN 1 ACADEMIA 1 C H U S NATURALES Y ARTES, DE BARCELONA, POR SU AUTOR EL ACADÉMICO, B, JOSÉ MASRIERA Y MÀNOVENS, en la Sesión celebrada en 21 de Junio de 1877. BARCELONA. TIP( (-LITOGRAFÍA DE CELESTINO VERDAGUER , CALLES DE LLÜLL Y DE CERDF.ÑA , ENSANCHE. 1877. Necesidad de vulgarizar los estudios elementales de estética y consideraciones generales sobre el estilo. ; riwm $rt$iimm: H | L despuntar los primeros albores de la humana inte- ligencia, sus naturales manifestaciones demuestran que todos los sentimientos, todas las aspiraciones, todos los afectos que guiarán una existencia y le imprimirán ca- rácter tienen su origen en los sentimientos de bondad y belleza que podemos reconocer como capitales. Nacen, se desenvuelven y desarrollan hasta su pri- mer grado en la rústica y sencilla cátedra del hogar, es- cuela práctica donde el amor legisla, cuna de las civili- zaciones de todos los tiempos y de todos los pueblos. Allí se observa la naciente comprensión pugnar por dar principio á un criterio. Llevado del espíritu de la investigación, confunde el niño constantemente los atributos de la bondad y de la belleza que el padre aprovecha para aleccionarle siguien- do los límites que traza la percepción, á medida que avanza. -4t( 4 ) » - En el diccionario familiar de la infancia son sinóni- mas las palabras belleza y bondad , malo y feo. Se le incita al niño á una buena acción llamándole indistin- tamente hermoso ó bueno, como igualmente con los epítetos malo ó feo se le dirige una reprensión ó se le impone un castigo. ¿Al penetrar lafilosofíaen los subli- mes secretos del arte reconocerá, en su investigación, lo rudimentario que es el sentimiento de la belleza y hasta que punto tienen en él su origen los demás sentimientos humanos? Por mi parte no acertaria á dar contestación cumplida á semejante interrogación si me fijara tan solamente en los momentos en que el arte remonta su poderoso vuelo hasta las regiones del misterio, donde su mayor sublimidad consiste en no poder precisarla, aun el genio mismo que la produce; concretándome empero á las primeras manifestaciones del sentimiento de lo be- llo , no puedo menos de repetir, como resultado de es- periencia indiscutible, que existe tal consorcio entre él y el de bondad, tal íntima unión, tal semejanza que como quiera que el sentimiento que lleva al arte es el de la belleza, no cabe duda de que el arte, en su verda- dera filosofía, no puede separarse de la bondad. No en- tra en el plan de este breve discurso, el sentar bases para una investigación concienzuda que pretenda ó que in- tente descubrir cual es el verdadero origen del senti- miento que busca satisfacerse en el arte, ni cual el origen del arte mismo, ni menos aun si no puede la forma sen- sible atender al sentimiento de la belleza, que es su sín- tesis, sin que forme parte sintética á la vez el sentimien- to de la bondad. Solamente pretendo hacer notar, según -«(5 )»- entiendo por sus manifestaciones naturales, que el sen- timiento de la belleza se remonta en la existencia mate- rial del hombre casi á su origen hasta parecer procedente de su mismo instinto, como para justificar de tal suerte que nuestra existencia moral está gobernada, sabiamen- te dirigida por un sentimiento vivificador que nos lleva á la contemplación de cuanto nos rodea para desarrollar nuestros afectos y establecer nuestras prácticas. Y lo que lleva tan portentosa misión; la potencia sublime, miste- riosa, que nace del sentimiento para educar el senti- miento, que reviste de encantos nuestra vida á su soplo embellecedor es el arle. Elemento es la belleza natural cuyos beneficios el hombre pide, aun el mas frió en su sentir, para cuanto necesita, para todos sus actos, para todas sus cosas. Las alas de la mariposa vuelan y vagan, besando las flores en cuyos pétalos se encierran diferentes materias que lanzan sus perfumes á la atmósfera. La atmósfera interpone un velo más ó menos sutil entre el espectador y los objetos lejanos. Provistos están respectivamente los animales, de ve- llo, de plumaje ó de escamas que cubren la superficie de la piel. La capa superior de las muchas en que está for- mada la tierra contiene vastos desiertos, inmensos bos- ques, sostiene montañas colosales, ostenta verdes llanu- ras. El conjunto debe ser armónico bajo todos los pun- tos de vista; y es consiguiente la observación de que forzosamente lo constituye la reciprocidad de utilidades que se prestan las partes que lo forman. Impotente por naturaleza y falta de estudio para las investigaciones ~#( G ) » - científicas, acudo á la distinguida suficiencia de mis ilus- trados compañeros, á los señores Académicos que per- tenecen á la sección de Ciencias naturales, á los que cul- tivan las astronómicas y á los que se dedican á las mo- rales, para que me digan si estoy en lo cierto suponiendo que las alas que sostienen el cuerpo de la mariposa res- ponden á una necesidad de su organismo, que la estruc- tura de las flores responde á las sustancias que contienen, que la atmósfera responde á necesidades exigidas por leyes de nuestro planeta y que desiertos, bosques, mon- tañas y animales no ofrecen ni un solo accidente que no escite al sabio á su estudio, ni que deje de entrar en el gran concierto de las utilidades. Mas este conjunto ar- mónico y gigantesco ofrece decididamente otro aspecto y es el aspecto estético. Las ligeras alas de la mariposa ostentan una superfi- cie pintada, de májica belleza, rivalizando con los mil co- lores de flores y montañas y arbolados, objetos azulados por un cielo sereno y tranquilo, ó aplomados por la nie- bla melancólica de invierno, y este bello conjunto de for- mas y colores, perfumes y sonidos en la acepción de sus generales y particulares utilidades, responde á necesida- des puramente morales, responde al sentimiento estético del hombre, este sentimiento que por medio de la con- templación dobla su existencia. Cubiertos sus miembros, alentado y nutrido su cuerpo, obtenida su libertad por la armonía de las condiciones sociales, todo lo cual ha pedido á las ciencias é industrias de ellas derivadas, el arte contribuye á su vez al complemento de la vida hu- mana y con mano tan pródiga y cariñosa que no conten- -*( 7 ) * • to con satisfacer el gusto estético, ayuda muchas ve* ces á la realización de otros fines que á primera vista pa- recen apartarse de su propia naturaleza. Nuestro aseo, practicado por el simple mandato de la higiene—alguna raza-ha demostrado esta verdad— no llegaría siquiera al punto mínimum que la higiene reclama, puesto que las consecuencias de esta no son inmediatamente visibles y menos matemáticas, pero por nuestro halago propio y por el deseo de parecer bien á los demás, con las mani- festaciones externas de nuestra persona, cuidamos de ella por sentimiento, no por instinto; los procedimientos los suministra el arte en su acepción mas rudimentaria, su consecuencia, pues, aparte de ser beneficiosamente mo- ral lo es higiénica. El sentimiento de la bondad que nos lleva á manifestar á un semejante nuestro la alegría que esperimentamos al verle, se espresa con un saludo, y no es meramente instintivo en su forma porque esta forma varía según la educación de los sentimientos y entre ellos eb de la plástica en armonía con los de afecto y bondad. El arte, decorando el plato en que hemos de servir nues- tro alimento, dando forma al cubierto que ponemos en nuestras manos, da solaz á nuestra inteligencia y su con- secuencia final es favorecer la digestión. He aquí un resultado utilitario que á muchos debe parecer sorpren- dente cuando se trata de materia estética. Al arte demanda el hombre la línea azul, el punto rojo con que pretende solazar su espíritu exornando las telas que pidió á la ciencia industrial para cubrir su cuerpo, al arte pedimos las formas que nos halaguen en la construcción de todos, absolutamente todos los obje- *( 8 j n - tOS que nos han de prestar aun la utilidad mas material. Al arte rendimos culto, sin saberlo, constantemente y desde los primeros ensayos que hace la razón; en una palabra, no existe mundo sin arte por que todo para su espresion necesita de la forma sensible, á la creación de la cual va anexo el sentimiento estético. Todas las con- sideraciones que acaban de apuntarse parecerán casi prolijas de puro descender á lo rudimentario en sus pri- meras manifestaciones, y en su virtud quizás impropias de este sitio donde priva el saber y abunda la erudición; pero mi propósito se esplica fácilmente. Sin fuerzas pa- ra dar con un trabajo mió grato solaza las ilustradas in- teligencias que se dignan prestarme atención, no he que- rido hacer otra cosa que someter álosSres. Académicos un ensayo de apuntes que en lenguage vulgar pudiesen algun dia hallar eco y ser trasladados al público por ma- no mas esperta. Mientras no tendria jamás fé en el re- sultado de mis formas literarias, la tengo firme, segura en el propósito. Tristes preocupaciones tienen á la mayor parte de la sociedad, sometida á un verdadero error en materia de arte, hasta el punto de desconocer que responda á una necesidad moral, y téngase en cuenta que profesa incons- cientemente el error, no tan solo el que comunmente se tiene por vulgo si no también infinitas personas de re- conocida ilustración y de conocimientos no comunes. Debemos entender pues, señores, por cuanto entra en la verdadera causa del progreso, en las esplicaciones y de- bates que se han promovido sobre una cuestión tan prin- cipal. La civilización en su curso más ó menos interrura- -«(9 Ja- pido, pero siempre creciente, ha venido ya por fortuna á confesar en nuestros tiempos que el arte, en una de sus formas, es una necesidad verdadera, apremiante, constantemente sentida. Así se cree ya en cuanto á la forma literaria, esto es, en cuanto á espresar el hombre sus ideas por medio del lenguaje, pero el haber llegado á esta creencia y no haber adelantado suficientemente haciéndola estensiva al arte en general, en la acepción de todos sus atributos y sus medios, ha hecho caer en el error consiguiente de suponer separada la literatura de las demás artes sus hermanas. El ser el don de la pala- bra el primer medio de espresion para nuestras ideas, y ser mas inmediatas sus consecuencias, ha producido la creencia errónea que hemos apuntado, por el hecho ala vez de que los medios de espresion plásticos, gráficos y eufónicos se presentan menos sensibles en su origen. Afortunadamente el hombre inspirado en su sentir, aprende y cultiva con la práctica lo que teóricamente no ha visto todavía. Cuánto mas la civilización avanza, ma- yores son las necesidades morales que aspiramos á satis- facer, y mas ostensibles que las otras las que exigen al arte formas constantemente variadas, conceptos inspi- rados, esfuerzos del ingenio para todo cuanto debe so- meterse á nuestro uso por exiguo, por pequeño, por in- diferente que sea, desde el mango que lleva la plumilla con que escribimos, hasta el suntuoso palacio lleno de riquezas y esplendores. Mientras esto sucede y se agitan mas y mas de dia en dia estos sentimientos y aspiraciones, mientras tenemos hoy estas necesidades, reclamadas por el sentir, estable- ,. cidas por la razón y sancionadas por la lógica, mientras reconocemos ó estamos ya obligados á reconocer, que así como pedimos gramática al industrial, á la vez que al magistrado, podemos pedir una línea al industrial á la vez que al artista, mientras en fin damos una prueba de que tenemos conciencia de nuestra doble existencia moral por medio de continuas y repetidas manifestacio- nes, en todos los actos de la vida ¿por qué aceptamos hoy por hoy en los programas de enseñanza el añejo cri- terio que nos hace titular de adormo las asignaturas o cursos que se ocupan de las artes no literarias? De nin- guna importancia consideraría que la costumbre conti- nuara pagando tributo á la nomenclatura establecida, si no viera que obedece á un criterio estraviado que es indispensable encauzar. Se reconoce, señores, de cuan- ta necesidad es la gramática para elevar el lenguage á la literatura, que le hace culto, y se obliga á cursarla. Sin embargo, esta obligación no lleva á la exigencia de que se aprenda á leer, de que se aprenda gramática para que el fin directo sea escribir poemas ni tener asiento en una cátedra; se reconoce que esto está reservado á los ge- nios y talentos y que acatamos este justo mandato de la enseñanza nada mas que para proporcionarnos la honra de contribuir á la cultura general y poner á nuestra dis- posición medios con que espresar nuestros principales deseos y prestarnos recíprocos servicios. Se vive general- mente en la mal fundada creencia de que el fin directo para el cual se cursan las artes no literarias está en la producción de la estatua ó del cuadro, olvidando que el conocimiento de las artes gráficas satisface mas peque- • -«(11 Ju- ñas ó inmediatas necesidades como las satisface la litera- tura ; que mientras se escribe el poema ó se escribe una carta familiar, gracias á la enseñanza literaria elemen- tal , que hace que la carta se escriba sin rubor de la gra- mática , así mismo se pueden trazar las líneas de un or- namento ó el proyecto de una silla, gracias á la que sea enseñanza gráfica elemental sin rubor de la gramática del dibujo. Para ello es preciso reconocer que las asig- naturas de las artes han de ser forzosas, donde quiera que la enseñanza se ejerza para que la ilustración se di- funda. Los que profesamos el arte para hacer de él apli- cación á las industrias que ejercemos, no se nos oculta hasta que punto un vicio de educación, ó un error co- mo el enunciado nos roba la cooperación de inteligen- cias nacientes y de seguras aptitudes que, prestándonos servicios importantes, los prestarían al país, al arte; y en su virtud á la civilización y á su bien propio. Es en vano acudir á los padres de familia, como quiera que, salvas raras escepciones, no decida atender al llama- miento la necesidad material; es en vano escitar el inte- rés en beneficio del cultivo y desarrollo de las industrias artísticas; es en vano por lo común prometerse compen- sación en el resultado de tan justificada propaganda, auna pesar de los resultados económicos satisfactorios que la causa de ella pueda producir, en la esfera del trabajo. Empero es de ver, y muy digno de llamar la atención, aunque muy tristemente, el gran número de alumnos que invade las clases de las academias de Be- llas artes, confesando en su casi totalidad su aspiración á ser artistas definitivos, para ser víctimas mas tarde de /- la equivocación que padecieron, sin haber comprendi- do que el cultivo del arte en absoluto para la produc- ción de obras inmortales está reservado al genio y que este don sublime es patrimonio de contados y privilegia- dos seres. Solo unos pocos comprenden la conveniencia del curso para aplicación directa á su industria, en hon- ra y provecho propios, pero téngase entendido que de estos pocos, los mas, ó tienen el mérito de sentir ins- tintivamente la necesidad de esta parte de la enseñanza, ú obedecen al consejo del dueño de un taller; ello nun- ca nace, á menos que sea del impulso de un talento pre- maturo , de los conocimientos rudimentales adquiridos por la educación, en aquellos primeros tiempos en que naciente la inteligencia se establecen bases para la apre- ciación de las cosas y que con harta dificultad destruye mas tarde un criterio de sana razón, si no cabe lamen- tar que se reconozca el yerro cuando para torcerlo sea ya sobradamente tarde. Decidido admirador de las glorias de nuestro pasado que nos legaron fama y nombre esclarecidos, pero avaro de las glorias de mi siglo, apoyo mis precedentes afir- maciones al creer observar por elocuentísimos hechos, que el progreso, en sus verdaderas manifestaciones de justicia y en su sensible y rápida carrera va de dia en dia señalando la necesidad de entrar en el concierto ge- neral de los grandes servicios elementos antes proster- gados, cuya exaltación eleva hoy á su verdadera razón de ser á aptitudes que se van reconociendo legalmente por las ciencias exactas, económicas, políticas y estéticas. A declarar la aspiración que tengo de que se siga ade- -«(13)*- lantando hasta llegar al punto de que parten mis obser- vaciones, tiende cuanto acabo de decir. Como industrial que para la producción de las obras que concibo y diri- jo debo acudir á la sociedad en demanda de inteligen- cias que nos comprendan y brazos que nos secunden, oigo repetir constantemente hasta la saciedad un lamen- to en que se han inspirado estos apuntes. Es el lamento de algunos padres de familia, tardíamente arrepentidos de su conducta, que apartaron á sus hijos del cultivo de las artes industriales, desdeñando por ignorancia profe- siones que entrañen el concurso de admirables produc- ciones de la humana actividad, aceptadas en sus relacio- nes con todo lo grande, lo bello y lo noble. Todo por creer equivocada y lastimosamente que el rango del hombre está fundado en el rango en que está conside- rada su profesión; todo desgraciadamente por querer ignorar que el hombre se engrandece engrandeciendo el ramo que profesa, pues no existe apenas arte ó profesión en que no quepan los resultados de la inspiración ó de profundas investigaciones. Y aquí, señores, conviene hacer notar que desde hace tiempo se esperimentan las necesidades espuestas , cuando, para otros efectos qui- zás , pero obedeciendo al mismo fin y á la misma aspira- ción, quedó fundada esta Academia, con el elocuente título de Ciencias naturales y artes. Las cátedras de la Ciencia, señores, ocupan otros lugares á la vez, templos del saber, al par de los que ocupan las bellas artes, pe- ro esta Academia, en el propósito de su fundación en- tiende por artes todos ó casi todos los oficios, aceptando por académicos á aquellos individuos que por sus es- -«(14 y- iuerzos ó por su saber se hayan distinguido. Pues bien, ¿no es la convocación de tan distintas aptitudes en este sitio la mas poderosa sanción de su hermandad ? Hala- gado por tan hermosa esperanza, gozándome en ver en este tranquilo recinto como la ciencia y el arte prestan su glorioso nombre á sus hijas las artes derivadas; ins- pirado en el sentimiento de mi gratitud al ver una prue- ba de la protección descrita, en la que los señores Aca- démicos me dispensan en este instante con su benévola audición, me siento animado á esperar que algun dia sea esta Academia la llamada á legislar sobre punto tan principal, confiando á altos dignatarios del saber, misión tan levantada cual es la de obtener que se difunda el lenguage de las líneas, vulgarizando de esta suerte el sentimiento de lo bello y al mismo tiempo contribuyen- do á la educación moral y al mejoramiento de la vida física. De digresión en digresión, animado por la cor- riente de las ideas he llegado á penetrar en algun terreno del cual se aparta la idea principal de mi discurso. Pre- tendo que de lo dicho se pueda entresacarlo que estimo en constitutivo de la primera parte y es, que el arte res- ponde á una necesidad que de puro originaria parece hasta procedente del instinto y que como quiera que todo cuanto constituye el mundo material en que vivi- mos, tiene forma sensible para pasar á nuestros sentidos, y es el arte que trata de estas formas, no existe mundo sin arte y al arte pertenece, en mayor ó menor parte, la infinitísima multiplicidad de objetos que nos sirven, des- de el mas nimio é insignificante. Dada la necesidad del arte — y en esto me concreto por mi especialidad al -4i( 15 li- arte plástico y gráfico — y teniéndose en cuenta que el estilo es de él una divisa que determina su fisonomía pro- pia según los rasgos y señales de épocas, lugares y con- veniencias ¿ debemos discutir para sentar preceptos que nos obliguen á subordinar nuestra inspiración al que decretemos como estilo propio, ó hemos de creer que el estilo no ha de ser causa ni precepto, sino consecuencia que dimana de la generalidad de los productos artísticos dé una civilización determinada ? Dícese bastante en teoría artística que por la historia se viene en conocimiento de que es mas acentuada, mas castiza y propia la fisonomía de las obras de arte, cuanto mas estas pertenezcan á civilizaciones primitivas, mien- tras que al difundirse con mayor latitud los conocimien- tos generales del hombre, llevándole á mayor grado de civilización, parece ser que la inventiva artística se para y que la originalidad se destruye como faltando á la obra de arte el mérito de su espontaneidad. Acepto en mi juicio el hecho de que la obra artística tenga mas acentuados distintivos cuanto mas se relacio- ne con la cuna de la civilización á la cual pertenece y lo acepto como muy justificada consecuencia del aislamien- to colectivo é individual de todos los paises en sus tiem- pos primitivos, donde se impone el genio y el genio de- creta, porque la potencia creadora de los grandes hom- bres hace que se constituyan en dictadores é inventores de cánones que en ausencia de la ilustración general no llegan á ser siquiera discutidos. Hemos de reconocer también lo diversos, y lo distintos que son entre sí los estilos primitivos y el conjunto de embelesadora belleza -#( 10 )»- que ofrecen, como la ofrece la sonrisa infantil, tesoro de inocencia, al hacer sus primeros ensayos de razón lleva- da del sentimiento. Pero este embeleso tiene tanto en si como en los diferentes afectos de benevolencia y amor del que los contempla, y mas aun en su inteligencia con la cual suple inconscientemente los méritos que el objeto adorado no tiene en sí. Todas las épocas primitivas al buscar medios de espresion artística han acudido á la naturaleza, único manantial donde el hombre ha podido hallar formas; y estas las ha trasmitido con mas exacti- tud cuanto mayores han sido los grados de ilustración conquistados. La conclusión final de las consideraciones espuestas resulta ser una manifestación implícita de que la tradición, en mi juicio, puede invitar á nuestros ar- tistas al estudio, pero no á la imitación de formas esta- blecidas , precisamente porque no estamos casi nunca identificados con las ideas que las inspiraron. Precisa- mente porque siento amor y respeto por el misterioso encanto de la tradición quisiera verle reservado un sitio venerando, lejos de oficios inmediatos que ridiculicen su respetabilidad, por inoportunidad en las aplicaciones de su legislación; pero téngase entendido que aun acep- tando los decretos de las épocas á que la tradición se re- monta, resultan muy contradictorias las teorías que de ella se desprendan, según nos atengamos á las mani- festaciones ó á las causas. Las causas de que el arte procede creo haberlas señalado. Pasando al procedimiento estético hallamos que to- da forma ha sido sugerida por la naturaleza á la cual el arte ha tratado de imitar, sorprendiendo en ella los mo- -«( 17 )*- mentos mas sublimes y de ella apropiándose aquellos accidentes que responden á las aspiraciones que el arte satisface. Y esto, señores, es la causa ú origen de todos los estilos de todos los tiempos y lugares. Por esto aunque nos inspiremos en la tradiccion é imitemos los remotos procedimientos, no debemos subordinar nues- tros talentos y aptitudes ni menos nuestros genios á de- terminados estilos. Comparemos sus rasgos típicos entre sí ¿y que vendrá á resultar? Primero, que en las civili- zaciones primitivas (*) se parecen los estilos en una cir- cunstancia, en dominar el símbolo y en ser cortísimo el número de formas y signos simbólicos, prodigados, re- petidos y multiplicados en toda construcción, decoración y exornación. Segundo, que los estilos primitivos se pa- recen en cuanto á no saber imitar correctamente los ac- cidentes que pretendieron sacar del natural. Siguiendo la historia del arte vemos que á mayor grado de cultura han correspondido las artes con mas ostensibles mues- tras de copiar con la mayor fidelidad posible la natura- leza, á la vez que ofreciendo menos caracteres difusos de simbolismo, pasando á la alegoría y luego ala reproduc- ción de hechos y especialidades de la vida, en aquella acepción cuyo fin moral es levantado y presentando mas variedad y mas repetidos cambios de conceptos y de for- mas en la producción. Es lógica y justificadísima consecuencia que en el grandioso concurso de la variedad, exigido indefectible- mente por los adelantos de la educación, las produccio- ( ' ) En este discurso entiendo por primitivo lo que significa infancia del arte, prescin- diendo del orden cronológico en que figuran en la historia las civilizaciones. ~«(18 ) — © nes presentan á primera vista rasgos característicos me- nos acentuados que los propios de los estilos primitivos, por razón de que las variantes van siendo menos con- trastables entre sí, á medida que se multiplican, así co- mo también son menos sensibles los grados de adelanto, cuanto mas esplendoroso es el estado de cultura de que parten. Esto es lo que parece prudente admitir en cambio de la hipótesis sentada por algunos críticos de que en las evoluciones del genio y en el curso de los inventos se observa falta progresiva de originalidad en la produc- ción artística, como si á mayor civilización correspon- diera mayor decadencia. Apreciaciones son estas que no siendo matemáticas, por referirse á generalidades históricas y artísticas, han de ser tema de constantes debates á través de los siglos; empero, señores, sentadas ó reconocidas las anteceden- tes bases sobre que descansa el arte, no creo débil re- curso para mi argumento capital el hacer notar que es un contrasentido el suponer el arte en situación de con- tradecirse dentro del gran concierto de la Historia, esto es, que los tiempos sean mas esencialmente artísticos cuanto sean menos ilustrados y eruditos. No seria opor- tuno entrar en ciertos análisis profundos de todos los estilos conocidos en artes, de los cuales saldrían teorías muy elocuentes, sino irrecusables, de la conveniencia de aceptarlos en un sentido ó en otro para el feliz desa- rollo de la producción moderna, y exigiría mas anchos límites añadir alguna idea nueva á las infinitas vertidas por la ciencia crítica y en sempiternas luchas sobre si -4 ió y - las manifestaciones del arte en pasados tiempos trasmi- tían al hombre las formas de la naturaleza, con marca- da imperfección , por verdadero propósito ó por no sa- ber trasmitirlas. Si es la imperfección, laque con ras- gos típicos las mas veces ha marcado un estilo ¿debe aceptarse por eso como base de estilo la imperfección misma? No se dude de que á tan triste conclusión se llegaria forzosamente aceptando formas imperfectas, aunque significativas, en lugar de aleccionarse en los bellos sentimientos que las inspiraron. Que el primer esfuerzo del arte consiste en reflejar penetrar y trasmitir los encantos naturales—dejando á la discusión si en ello consiste también su aspiración esencial —está suficien- temente demostrado por sus resultados, esceptuándose ciertas dudas que surgen aun dentro de esta última acepción. En aquellas artes que por subordinarse á conveniencias materiales á la vez que morales, la pro- ducción solamente puede ser un símbolo como lejano recuerdo de la naturaleza, se ofrece la dificultad de pre- cisar exactamente, según el criterio que se establezca, si se prescinde de la imitación directa cuando resuelta- mente no es posible, ó si llega alguna vez á ser volun- tario el prescindir de ella. Yo creo firmemente en lo pri- mero y pretendo hallar justificada mi creencia en los célebres monumentos arquitectónicos de todos los esti- los. Erigidos para usos inmediatos y subordinada su construcción á las leyes de la estética, su estructura ge- neral no puede ser imitación de parte ni conjunto natu- rales , pero el artista al tener realizada en piedra su con- cepción, copia las formas que se adaptan á su fin pro- -a( 20 > - puesto; las combina y con su reproducción enriquece las grandes superficies y los miembros de una totalidad arquitectónica severa que sonrie al sentirse doblemente embellecida por las galas que el genio le ha sabido cose- char , apropiándose del natural accidentes y formas va- rias , cuyas copias han sido mas fieles cuanto mas cre- ciente el desarrollo del arte. Así lo atestiguaron en Atenas y en Corinto, entre esplendores de verdad estética, las maravillosas formas de estatuas y de adornos que sorprendieron á la figura humana, á la hoja de acanto y á la rosa silvestre con las cuales enriquecieron sus templos. Lo atestiguaron los artistas délas escuelas del Rhin, exornando los arcos y molduras ogivales, con las copias fieles de la vegetación mas común , sin que afectaran la espresion armónica del conjunto ni la austeridad que simbolizaban. Lo atestiguaron los genios del Renaci- miento con la reproducción de elementos naturales, acep- tados en toda su exuberancia y esparcidos con profusión sobre sus accidentados monumentos de que son pruebas patentes millares de creaciones, muestras de la sabiduría del hombre, inventadas al calor de su sentir é inspiradas en la naturaleza con todo el arrobamiento que su amor á la verdad le lleva á interpretar los encantos y maravi- llas de la obra sublime de la Creación , á la cual no se han considerado ni debido considerar superiores \o% ge- nios mas ilustres. Así lo proclaman en el eterno lenguage de la belleza las piedras y los bronces, combinados en portentosa armonía, lo mismo en los primeros destellos del Rena- -«(suf- rimiento que pudieron apuntar en la época á que se re- monta San Juan de los Reyes, de Toledo, que la sublime decoración de la Cartuja de Pavía, ó la mas portentosa muestra de inspirado realismo en las puertas de Giber- tí, del Baptisterio de Florencia, apellidadas las puertas del cielo, por un famoso crítico, con asentimiento del arte cristiano y del pueblo en general. Teniéndose en cuenta que estas observaciones parten del terreno eleva- do de la producción artística, no deben interpretarse en lo absoluto de su acepción en cuyo estremo la tesis seria negativa , pues así como partiendo del juicio opuesto al que pretendo defender, de negación en negación é invo- cando principios de idealismo hasta el abuso, por escu- sa de nuestra impotencia, pretenderíamos imponer los , abortos de nuestra fantasía, así también al partir del juicio de aceptar y defender la imitación perfecta de la naturaleza, de acepción en acepción é invocando torci- damente el principio de realismo separándole de su lu- gar estético, la impotencia y el egoismo de mancomún en breve convertirían el arte en una industria baladí que no respondería á ningún fin de la existencia humana. Considero la imitación directa de la naturaleza den- tro de los misteriosos secretos del mundo moral de la belleza y del arte, donde siendo igualmente fiel la imi- tación reviste caracteres distintos, ya por las leyes á que la sujetan las condiciones morales y materiales de la mis- ma obra, como por las condiciones de climas, creen- cias , costumbres, estado político de los pueblos y esen- cialmente según sea más ó menos educada la percepción del artista y sean mayores sus dones de admirar, de -«{ 22 )»- sentir y de saber. Unos son naturales y le llevan á la constante comparación de la vida con la belleza, otros son adquiridos por la feliz unión del talento y la vo- luntad y le llevan á considerar que el arte, no cabiendo en principio y fin, no tan solo en el individuo y en una generación , sino siendo fruto de la continuación de to- das las generaciones, necesita de todos sus resultados, no para copiarlos, si no para ilustrarse y partir de la esperiencia de sus antecesores; necesita recuerdos de pasadas glorias que le guien en el estudio de mucho de lo que ha de sentir y necesita en fin la cooperación de sus compatricios para que le ofrezcan elementos con que ilustrarse, después que la naturaleza se los ha ofrecido para su inspiración. Es así que el artista imprime su in- dividualidad á su obra, es así como el arte tiene fisono- mía propia y es así como se ha producido el estilo en todos los tiempos y lugares. El hombre, no pudiendo traspasar los límites que le señalan las formas naturales, llevado de la facultad de crear, crea reproduciéndolas, combinándolas, descartán- dolas en su sentir de aquellos accidentes inútiles ó per- judiciales y sorprendiéndolas en los momentos mas su- blimes para él, en busca del idealismo dentro del mismo realismo. La consecuencia final de mis observaciones, señores, es la de declararme en contra de la suposición de que el arte en nuestro pais y en los presentes tiempos carece absolutamente de fisonomía propia y que no obedece á determinado estilo. Tengo fé en lo contrario, ávido de abarcar con la comprensión la poderosa latitud del arte -*( 23 Ja- de todo un pueblo culto, de una generación entera que piensa, que siente y que progresa. Tenemos contadas las arrugas en el rostro de los sé- res á quienes vemos desde el nacer, empero por la so- bra de hábito no podemos precisar los rasgos típicos de su fisonomía ni llegar á conocer su belleza ó su fealdad. Tampoco podemos fijar nuestro estilo propio en nues- tra limitada comprensión porque vivimos sobradamente entre detalles y causas que los inspiran. Concedamos el derecho de tan grandiosa tarea á las generaciones veni- deras y ellas sabrán hallar unificadas dentro de un esti- lo propio, que debemos tener, manifestaciones que hoy nos parecen hasta discordantes. I IE DICHO. AYUNTAMIENTO DE BARCELONA Archivo Histórico de la Ciudad | BIBLIOTEOA Inv. n.° ('$. 7 &£" C&À&. d^ik- *