n,-*.' , i f t . - , j «..rt.: _ "¿É.! •*&*?&* L^-J ; ï I V£*ÍV¡ m: SAN CUGAT DEL VALLÉS ASOCIACIÓN DE ARQUITECTOS DE CATALINA SAN CUGAT DEL VALLÉS APUNTES HISTÓRICO CRÍTICOS D. ELÍAS ROGENT I.FIÓOS F.X n Punirá» EXCCRSIO!» DE ARQUITECTOS, HECHA i AQUEL MOIASTF.RIO EL 27 JUMIO DE 1880 BARCELONA TIPOGRAFÍA LA A C A D E M I A , DE EVARISTO ULI.ASTRES señóme después á San Llorens del Munt, hablóme de la fantástica balada del dragón, de la cueva Simaña y de otros cuentos que le eran familiares: fijóse en el Monseny recordando la cueva de San Segismundo, y después de saludar al Grau de Olot, Tagamanen, Puig-Graciós y allá muy en lontananza el nevado pico de Puig-Mal, fijamos la vista en el Valles, verde alfombra tachonada de pueblos y caseríos, cruzada por fajas líquidas orladas por una abundante y variadísima vegetación: vimos Tarrasa, Sabadell, Rubí, Castellà Caldas de Mombuy y otras poblaciones, pero entre todas, mereció la preferencia la antiquísima villa que recibe el nombre del imperial recinto en que nos encontramos. Qué impresión tan nueva sintió mi infantil imaginación al oírle hablar de cosas tan desconocidas para mí, como del Castro Octavia- no, del emperador Augusto, del martirio de San Cugat, de Cario- Magno y de otras cosas que recuerdo ahora confusamente y con fruición, venerando su memoria. Era una tarde primaveral, el cielo estaba límpido y transparente y las encontradas y ligeras brisas que rizaban las aromáticas yerbas de la montaña parecían los últimos ecos de los cantos divinos del monasterio. Divisábanse enriquecidos con matices de oro y de azur los muros almenados del recinto seño- rial, las paredes de la iglesia con sus ventanas ojivales, el campa- nario y el cimborio coronado por un chapitel de corte singularísimo. La impresión fugaz que el niño recibe, se amortigua, pero no muc- re; y desea con afán ver de cerca el monasterio. Hace cuarenta años que, terminada la guerra civil, visité por vez primera este venerable recinto, época en que la exclaustración ha- bía dejado fuera de uso el edificio, ofreciendo una masa ruinosa — If) — que me quitó la ilusión. Vi la plaza exterior sombreada por ár- boles corpulentos, me impresionó el rosetón que remata la portada de la iglesia, admiré la severa grandiosidad del cubo que sirve de ingreso al recinto murado, y por último estos claustros bajos y pe- sados, que tenemos á la vista, me recordaron los frailes que habia visitado en San Gerónimo en el año i832, y buscaba, en medio de las sombras, el sayal y la cogulla del monje benedictino. Si me gustó ó no este monumento en aquella época, lo ignoro, porque aun cuando estudiaba ya los elementos de nuestro arte en las escuelas de la Casa Lonja, las corrientes dominantes en aquel entonces en la ciudad condal eran contrarias al verdadero arte cristiano, y solo se apreciaban las obras de la segunda época del renacimiento. En i852, siendo ya arquitecto, recibí el inmerecido encargo oficial de salvar estos preciosos claustros, amagados de una próxima ruina. Hace veinte y ocho años que puse los tirantes de hierro que veis en las bóvedas; los parches de yeso que cierran en parte las grietas manifiestan qtH los movimientos expansivos han cesado, pero la obra vive delicada, enfermiza y necesita una pronta y con- cienzuda restauración. ESCRITORES QUE HABLAN DEL MONASTERIO Los analistas de Cataluña, y muy especialmente Pujadas, hablan del origen y de la historia de San Cugat. Seria pesado é impropio de este acto el reseñar cuanto han escrito y las controversias que - i; — se han suscitado sobre su fundación. Solo me ocuparé de los que visitaron y descubrieron más ó menos detalladamente, el monaste- rio en los últimos años del siglo pasado y en los primeros ocho lustros del actual en que quedó abandonada esta obra venerable. Pons, en su Viaje d España, manifiesta [tomoXIV, carta 3."), que yendo de Barcelona á Tarrasa para visitar la antigua sede Egarcn- se, pasó por San Cugat del Valles, y dice textualmente: «Entré á dar una vista, y no me pesó al ver un caprichosísimo claustro, en el cual hallé nada menos que unas cuatrocientas columnas, cuya al- tura me pareció de unas cuatro á cinco cuartas, sin contar los capite- les que guardan la medida y corte del corintio. Todos tienen ornatos diferentes y se componen de figurillas, animalitos, historias sagrada?. Por este término es de las cosas raras y singulares que pueden verse.» Dice equivocadameute después, que este claustro se cons- truyó en los siglos xm ó xtv; es el primero que encuentra la lápida que recuerda el nombre del constructor, la descifra con algunos lunares, añadiendo por último que, la fundación del cenobio es más antigua que la iglesia, que no vio ornatos que llamaran su atención, y que lo que hoy es monasterio fué en la época romana un pueblo considerable. Veamos lo que dice otro escritor: Las Memorias históricas del real Monasterio de San Cugat del Valles, escritas por el monje D. Benito Muxó y de Francolí, y pu- blicadas en 1790, manifiestan que los autores más clásicos están discordes sobre la época de su fundación, que Yepes y Domènech quieren que sea carlovingia y que otros la atribuyen á Ludovico Pió; el autor no se decide y le basta la última fecha para dar fe de su antigüedad. Admite que fué edificado sobre el Castrum Octavia- ni, fundado por Augusto, cuando vino á Cataluña, con motivo de la guerra de los cántabros; añade que hubo aquí las cárceles de los mártires, y que los santos Cucufate, Severo, Juliana y Sempro- niina derramaron en el mismo su sangre preciosa. Como compro- bantes cita un vaso sepulcral y una lápida. Dice que la primitiva 1 - té - Iglesia fué destruida por I03 árabes, en su casi totalidad, en 986 y que en el presbiterio hay dos lápidas, una indescifrable y otra que lleva la fecha del año 922, habla con entusiasmo de la iglesia que por su solidez y grandeza la considera digna de los romanos. Res- pecto del claustro copia la descripción de Ponz, corrige la fecha de la fundación, dice que fué obra de Witardo y que los grandes gastos de su fábrica le obligaron á vender una parte de los bienes del m o - nasterio. El padre D. Jaimi Villanueva, en su Viaje d las iglesias de Es- paña (tomo XIX, viaje á Barcelona y Tarragona), dice que el mo- nasterio está en el lugar en que Augusto edificó una casa de campo ó unsiii) real para la caza, cuyas ruinas oculta el ediñcio; menciona el vaso sepulcral, no encuentra la lápida de que hablan varios eru- ditos, y añade, que en el palacio abacial hay una torre con una es- tancia que pudo ser cárcel en la época romana, que la fundación del cenobio es para conservar el recuerdo del martirio de los san- tos, que no hay escritos que hablen de su existencia hasta el reinado de Lotario, que confirma las donaciones y privilegios otorgados por sus antecesores y que en la invasión de 986 los mahometanos matan al abad Juan y destruyen el monasterio. Manifiesta por último que el padre Fiorcz quiere que la obra primitiva sea goda, creyendo él que, es del año 785 en que, supone, vino Carlo-Magno á Cataluña, observando, apoyándose en Diago, que Carlos el Calvo restauró esta casa en 870. Al describir este claustro, dice: que contenta al es- pectador por su graciosa distribución de columnas, que el gusto de los capiteles es sin uniformidad ni consonancia, pero todos del modo corintio, corrige la errada interpretación que dio Ponz á la lápida del claustro y afirma que solo hay 145 columnas. Hay otro escritor que visita este monasterio á raíz de la exclaus- tración, digno de eterna loa. Hablo, compañeros, de D. Pablo Pi- ferrer á quien tanto debe Cataluña como autor de los dos primeros tomos de los Recuerdos y bellezas de España, ilustrados por Don Francisco Parcerisa. Piferrer es el investigador sagaz que busca en — 19 - los archivos los tesoros de nuestras venerandas tradiciones históri- cas, el viajero incansable que hace familiares los monumentos de nuestra antigua nacionalidad, el crítico que presiente el nuevo giro que tomarán los estudios arqueológicos y artísticos en nuestros dias, y el poeta que pinta con admirables tintas y con certera mano lo que puede enaltecer y dispertar el cariño y la veneración á las cosas de nuestra tierra. Habla de San Cugat del Valles, no con la fria in- diferencia de Ponz, que solo estima el arte clásico degenerado, ni con la severa frase del monje Muxó y del padre Villanueva, que lo examinan bajo el prisma de las crónicas y de los manuscritos; es el primero que hace el juicio crítico del monumento con erudición artística, ostentando conocimientos superiores á las ideas de su tiempo. Se ocupa del efecto grandioso de las masas, describe con amor las bellezas de este claustro, admira el corte severo de la igle- sia, deteniéndose en sus ábsides, en la torre campanario, en el cim- borio y en la portada, ofreciéndonos la primera monografía del monasterio. LA TRADICIÓN ROMANA ¿Existió aquí el Castrum Ocíaviani que mencionan los analistas que se han ocupado de este sitio? Los historiadores romanos nada dicen, y solo se tien: esta noticia por la tradición de los siglos medios, robustecida por un vaso sepulcral conservado por los be- nedictinos y por una lápida, de autenticidad dudosa, que ha des- aparecido. — ao — Partiendo d¿l principio, para nosotros familiar, de que toda obri necesita una cimentación proporcionada á la importancia de su fábrica, me detendré algo en este punto, para dar sólido asiento al monumento. El nombre Castrwn que, conforme al Diccionario de Antigüe- dades de Rich, significa cabana sólida y espaciosa, lo empleaban los romanos para expresar una casa fuerte ó fortaleza. También mani- fiesta el citado autor que el plural Castra significa campamento mi- litar, y que su diminutivo Castellum es la fortificación pequeña co- locada en un centro viario, con guarnición permanente, que protege el comercio y la agricultura. Que una obra de este género tuvo razón de ser en este sitio es fácil demostrarlo. En primer lugar, saliendo de la antigua Barcino, la línea que perpendicularmente corta la cordillera del Tibidado en dos partes iguales y entra directamente en la fértil comarca del Valles pasa por San Cugat; en segundo lugar, la rambla conocida hoy por la riera de Malla, que lamia en aquella época los muros de la ciudad-, tiene su línea de fondo relacionada con el collado de San Gerónimo, el más bajo y propio para el establecimiento de una vía; en tercer lugar, porque en la falda Norte, arrancando del mismo collado, hay otra cañada que marcha directamente al monasterio. Además las antiquísimas ermitas de los mártires San Medin y San Adjutorio, la segunda destruida en el presente siglo y la primera muy visitada por los romeros y que recuerda la persecución de San Severo, emplazadas en el mismo valle, prueban la existencia de un camino desde remotos tiempos. Por fin, sin grande esfuerzo com- prendereis que este sitio tenia condiciones favorables para el esta- blecimiento de un puesto militar que formara trivio con Barcelona, el Llobregat y el Besos y que fuera la llave de una región que los < romanos debieron apreciar por su fertilidad, pudiendo añadir que el terreno está en el extremo oriental de una meseta despejada, que su caras Este, Norte y Sur son inaccesibles y que en la de Oeste había una plaza que formaba, como forma hoy, la entrada de la fortaleza. — II — ¿El llevar la obra el nombro de Castro Octaviano supone que Augusto sea su fundador? Para comprobar la tradición recordaré la estima que Octavio dispensa á la España Citerior, y que después de vencerá los cántabros y asturos, emprende en la misma grandes obras de pública utilidad; que Cornelio Tácito, en sus anales, dice que Tiberio concede permiso á la Colonia Tarraconense para eri- girle un templo en el arce de su capital; que Romey en su Historia de España y D. Antonio de Bofarull en La Crónica de Cataluña manifiestan la protección que aquel emperador dispensa al comercio y á la agricultura; que en este período el Principado se romaniza, que sus habitantes pierden la rudeza primitiva y que olvidando sus orígenes célticos y fenicios adquieren la civilización latina. El p"adre Villanueva, que visitó muy detenidamente el cenobio, y cuya crítica es superior á la época en que escribe, dice: «que el mo- nasterio está situado en el sitio en que Augusto edificó una casa de campo ó un sitio real para la caza, cuyos vestigios oculta el edificio.» ¿Puede comprobarse la última afirmación? Para hacerlo con la conciencia debida, seria preciso practicar excavaciones, que induda- blemente darían resultados satisfactorios, por haber encontrado en el interior del recinto obras que acreditan la existencia de algo an- terior, que por su grandiosidad indica épocas de pujanza y de saber que se avienen mal con la ignorancia y la desorganización del^iv al x siglos. Llamo, pues, vuestra atención, para que estudiéis las trone- ras, visibles en muros de terraplén que perdieron su uso al empren- derse la obra monacal; la cimentación de los tres ábsides, no rela- cionada con los mismos; la de la torre campanario, y los restos de paredes de sólido aparejo que se ofrecen en diversos puntos. Por último, hay hormigones en el centro de los macizos, ladrillos reco- mendables por su marca y elaboración, sillares de procedencia des- conocida y que no aparecen en la obra del monasterio y en general prácticas constructivas que siguen la tradición romana. Los datos aducidos manifiestan que en el subsuelo del monasterio hay restos del Castrum Oclaviani mencionado en las crónicas de los siglos medios. — 3Ï — LA TRADICIÓN CRISTIANA Comprobada la veracidad de que en este sitio hubo una fortale- za romana en el primer siglo del cristianismo, fácilmente encon- traremos las cárceles en que, conforme á los martirologios, fueron encerrados San Cucufate y San Severo y las santas Juliana y Sem- proniana. Como construcción que protegia la comarca del Vallés, debió tener la fortaleza estancias fuertes y seguras para encerrar á los que se oponían á la paz y al sosiego de la república, y como el pretorio castigaba á los primitivos cristianos por las nuevas creencias que predicaban y practicaban, lógico es deducir su encerramiento en este sitio, mientras se sustanciaba el proceso y llegaba la para ellos deseada hora del martirio. No os molestaré reseñando el favor, el respeto y la veneración que merecieron estos lugares cuando nuestra religión salió triun- fante de las catacumbas; y lo que sucedió en Roma, en Ñapóles, en Alejandría, en Nicomedia y en otras mil ciudades del vasto imperio, tuvo lugar en el suelo que pisamos, quedando desde entonces san- tificado y convertido en lugar de penitencia, acudiendo al mismo los romeros de todas partes. Sabido es que, las primitivas iglesias tuvieron sagrado emplaza- miento, y sin salir de España, las encontramos en Barcelona, Zara- goza, Toledo, Córdoba, Avila y Sevilla, cuyos solares fueron - 23 - regados con la sangre de los mártires, y como añrman las historias eclesiásticas que en este sitio se rindió culto al verdadero Dios desde los primeros siglos del cristianismo, es evidente su existencia. Des- graciadamente no he encontrado obras del iv al vm siglos que con- firmen el dato mencionado; pero si recordamos que los edificios sagrados de los godos tenían poquísima importancia, creo probable que aquí no se hizo nada especial y que sencillamente se veneraban los lugares santificados por los mártires. ¿Qué pasa desde los primeros años del siglo vm á los últimos del x en este suelo, que tiene ya un abolengo de 800 años? He mani- festado en la introducción, que en el primer período de la dominación árabe queda Cataluña sojuzgada, y como la política de los invasores tolera el cristianismo en los sitios en que los nuevos pobladores no sustituyen á la raza goda, hemos de admitir que, más ó menos pú- blica y vergonzante, continuó el culto hasta el año 801 en que Lu- dovico Pió recobra á Barcelona, forma la Marca Hispánica, empie- za la era de regeneración y se vislumbra ya lo que será en lo futuro Cataluña. FUNDACIÓN DEL PRIMER MONASTERIO Es difícil indagar, de una manera cierta, los orígenes de la orden benedictina en esta casa, por estar discordes los historiadores y ana- listas que refieren la fundación. Los primeros documentos fehacien- tes que se conocen son del emperador Lotario, y estos confirman las donaciones y privilegios otorgados por Ludovico Pió y Carlo- Magno, por haber desaparecido los originales en la segunda inva- sión sarracena del año 986. Pflft mi intento basta consignar que, hubo un monasterio anterior al que tenemos á la vista, que su fun- dación es carlovingia y que se construyó desde la primera mitad del siglo ix hasta la última del siguiente. ¿Queda algo de esta primera etapa de la vida benedictina en este sitio? Muy poco queda de la misma. El monje Muxó dice que en el presbiterio en el Jado del evangelio, hay una lápida sepulcral que lleva la fecha del año 922, y otra en el de la epístola, de igual pe- ríodo, pero indescifrable. Desgraciadamente, ambas, si se conservan aun, las cubre un pavimento de mármol de los primeros años del presente siglo, que, 4 ser visibles, acaso darían alguna luz estudiando su paleografía. Lo único que, por mi parte, considero digno de estudio, son los tres ábsides. El del Noreste es robusto, de corte poligonal y de arista viva, cuando los otros dos tienen comparti- mentos rectos separados por boceles. La primera forma, poco común en Cataíuña, acusa el siglo x, cuando la segunda recuerda los co- mienzos del siguiente. Confirma la misma conjetura un trozo de muro, de un sabor más antiguo que el resto de la fábrica, que ar- ranca del ábside prismático mencionado, y en el interior de la igle- sia, junto al mismo, una bóveda que ostenta en sus paramentos el opus retienlatum de los romanos, cuyo aparejo desaparece en el resto de la obra, y no se encuentra en nuestros monumentos del siglo XI. Que el primitivo monasterio debió tener poquísima importancia, es fácil adivinarlo, estudiando los escasísimos y mutilados monu- mentos que conservamos de aquella edad, y muy particularmente las tres iglesias de la que fue sede Egarense y las monacales á¿ San Pedro de las Pucll.is y de San Pablo del Campo en Barcelona. Además, dado el afán que había en aquellos siglos de conservar v aprovechar los restos de obras anteriores, en el caso prcs:ntc, éste dcb:'a aumentar habiendo perecido entre las ruinas el abad Juan y la — 35 — mayoría de los monjes. Por último, el nuevo prelado, de religiosi- dad y sabiduría reconocidas ¿hubiera solo conservado los dos lápi- das y dejado abandonados los otros restos que eran para él reliquias santificadas con el martirio de sus compañeros? Conste, pues, ter- minando la tradición y empezando la historia, que el primitivo monasterio de San Cugat del Valles, si bien de un valor religioso inestimable, debió ser, tanto en la forma como en los medios cons- tructivos y ornamentales, arreglado al estado anormal de la Marca Hispánica, solo cristiana y libre hasta la línea oriental del Llobre- gat, en donde se preparaba para establecer el centro de resistencia que, un siglo más tarde, permitió á Berenguer IV arrojar á los mo- ros de Lérida y de Tortosa y más adelante que Jaime el Conquista- dor agrandara nuestra patria con los reinos de Valencia y de Ma- llorca. LA IGLESIA ACTUAL Hasta aquí, queridos compañeros, he podido salir del paso acu- diendo á las crónicas y haciendo conjeturas sobre los acontecimien- tos que dan á este solar una estima que pocos ostentarán en nues- tra España. Recuerda al emperador Augusto, á los más ¡lustres mártires de nuestra tierra y al cesar de Occidente que da fisonomía á un siglo conocido con el nombre de Carlo-Magno. Cesa la tradición y entraré en estas ruinas para describiros lo que veis y sobre lo cual tenéis criterio establecido. Lejos de mí el daros una lección que no necesitáis, antes al contrario, estoy dis- puesto ú recibirla de compañeros á quienes tanto aprecio ; unos, desgraciadamente pocos, me han precedido en el ejercicio de nues- tro arte y en mil ocasiones he podido aquilatar su saber y su ener- gía de carácter; otros, mis condiscípulos y comprofesores, hace mu- chos años que nos conocemos, nos respetamos y estrechamos cada dia más los vínculos de nuestro compañerismo profesional, y por último, el elemento joven, lleno de entusiasmo y de amor á nuestro arte, en quien reconozco y admiro criterio lógico y observador, facilidad y soltura en la expresión de la idea artística y la brillante imaginación que constituye la dote primera del arquitecto. Me ha- béis obligado á hablar y hablaré, acatando vuestro mandato ; pero desde ahora os advierto que cuanto os diga, si es nuevo, no será bueno y si es bueno no será nuevo, pues pretender otra cosa, seria una falta que vuestra exquisita galantería podria perdonarme pero que yo no me perdonaria jamás. Pidiéndoos de nuevo vuestra indulgencia, continuaré mi inter- rumpido discurso. Las obras que contemplamos arrancan de la memorable fecha, año 986, en que los cristianos recuperan á Barcelona. Almanzor habia hecho una guerra de esterminio en Cataluña, arrasando ciudades, incendiando pueblos y caseríos y destruyendo aquella Marca Hispánica elaborada por los reyes francos. El monje Otto, prepósito del Vallés, se libró casualmente de la matanza, y elegido abad, marcha á la corte de Lotario en Alemania: éste confirma los privilegios é inmunidades que sus antepasados ha- bían concedido al monasterio y empieza la obra de la iglesia. ¿Cuál es la parte construida en los últimos años del siglo x? En mi con- cepto poco queda de la misma, y para basar mis convicciones recor- daré que, habia en aquella época en Cataluña dos tradiciones de planta, la cruciforme de aspas ¡guales que encontramos en San Pe- dro y en San Pablo de Barcelona y la de basílica grandiosamente desenvuelta en Santa María de Ripoll. Las primeras son pétreas conforme al tipo bizantino, al paso que las segundas, siguiendo la tradición latina, tienen cubiertas de madera. Bajo esta base el ábside central y el lateral sudeste pertenecen á la fundación, lo mismo que los muros adyacentes hasta la torre campanario inclusive. Además, si comparáis los bárbaros boceles de las ventanas absidales y la rus- ticidad de los capiteles y peanas de sus columnas y cornisa lobula- da, con los perfiles, relativamente esbeltos de las demás partes, creo que encontrareis un cambio y admitiréis mi pobre opinión. ¿Cómo se desarrolla posteriormente la iglesia? Es fácil compren- derlo fijándose en los antecedentes del primer período. Cuando el arquitecto del año 980 forma de nuevo la planta la sujeta al ábside ya construido, quiere que el Castro Octaviano le ahorre parte de la cimentación y emplaza la torre-campanario en uno de sus cubos. Cuando un siglo más tarde continúa la fábrica con mayor aliento y con un sistema constructivo desconocido en el anterior, encuentra obstáculos que se oponen para darle la grandiosidad que necesita. Por una parte, este claustro existe ya y dttermina el límite norte de la traza, y por otra, la torre-campanario establece el meridional, quedando la nueva obra entre puntos invariables que no le ofrecen el espacio conveniente. Tanto es así que, en el momento en que el cuerpo de la iglesia salva el obstáculo de mediodía se ensancha, ir- regulariza la forma y añade una cuarta nave hasta alcanzar el para- mento sud del expresado campanario; obra singular que manifiesta la franqueza con que nuestros antiguos arquitectos resolvían los problemas más difíciles, sin preocuparse por las menguadas exi- gencias de una euritmia servil y rutinaria que se hermana mal con el verdadero genio. Esta planta, pues, románica en su fondo, de transición en el cim- borio y gótica hasta la portada es cruciforme y tiene cuatro naves, una central que señorea, dos en la parte de mediodía, acordadas con el campanario, y otra en la de cierzo lindante con el claustro. Si no temiera cansar justamente vuestra atención, haría el paralelo de la misma y las de Santa María de Ripoll, San Pedro de Roda, de Cam- — 28 — prodon, de Galligans y de Besalú, de San Juan de las Abadesas, de Poblet, de la metropolitana de Tarragona y de la catedral antigua de Lérida, porque toda3 ellas tienen algo típico y ofrecen diferencias en su disposición dignas de estudio para el arquitecto cristiano. Me fijaré un momento en el desarrollo de las bóvedas. A los tres ábsides de cascaron esférico, sigue el primer tramo de arcuaciones. La directriz de la forma es el toral del ábside mayor que, unido á los laterales y al opuesto, los tres de plena cimbra, ad- miten los ojivos que acusan un adelanto y señalan la evolución que se verifica en el desarrollo de las bóvedas. Estas ofrecen el despiezo de la llamada por arista y su perfil es casi esférico. El deseo de equi- librar las naves laterales con la central, introduce irregularidades en el sistema, pues en aquellas las bóvedas se remontan sobre los ábsides y ofrecen la excentricidad de dos curvas sobrepuestas. Esta práctica desarrollada aquí en la época de transición la encontrareis más tarde en las catedrales góticas de la Corona aragonesa y parti- cularmente en las de Barcelona, Tortosa y Zaragoza. Pocas iglesias románicas tienen un cimborio más bello y más característico. Descansa en cuatro pilares acordados por arcos de medio punto; ha) pechinas en el paso del cuadrado al octógono, coronadas por molduras acentuadas que reciben el lucernario, real- zado con columnas en sus ángulos. Las ocho ventanas arrancan de un friso de sabor oriental: los huecos son ya apuntados y divididos por parteluces que se cimbrean en el arranque de los arcos. La bó- veda es estrellada con ocho nervios convergentes á una clave común y manifiesta la rapidez con que s: modifica la estructura de la fábrica. La nave central y las laterales hasta la portada siguen las prác- ticas de los siglos u n y xiv, las impostas se florean, las bóvedas se elevan y pierden su importancia, para adquirirla los arcos cabecero y formero que si desprenden de los sustentantes con ingenuidad c intención, al pjsi qu¿ los ojivos se cruzan en las claves simbólicas d.'«conoci.|js en el primer psríoJo. La fachada pe.-¡c::ccc á la s?™u¡:- da mitad al los siglos medio-, el rosetón central d-' colosales di- — *g — mensiones es radial y descuella por su grandiosidad y delicadísima labor, el arco apuntado de la puerta tiene un moldurado monótono y poco acentuado, y en el, la masa domina á ios detalles, y aun cuan- do manifiesta que el arte gótico se desarrolló mal en este suelo ro- mánico, el conjunto tiene algo de singular que satisface á los que por vez primera visitan el monumento. La silueta exterior interesa mucho al arquitecto. En medio del armónico desorden de las líneas, campea la fuerza y el misticismo templados por una ornamentación flexible y acentuada que sigue la intención de sus diversas partes, realzándolas sin quitarles su seve- ridad; es el boceto de nuestra montaña de Montserrat que, en me- dio de picos tajados, de peñascos escuetos y de regajos pedregosos, ostenta una flora tan rica como variada que se une á las primeras para acrecer el efecto del conjunto. Si miráis al monasterio desde la anchurosa plaza del Oeste, á tra- vés de copudos árboles, veréis la puerta exterior que recuerda la simbólica herradura del califato occidental, coronada por ancha ladronera; á la izquierda, solo y abandonado, hay un cubo ruinoso que amenaza aplastar al osado viajero que quiera turbar el silencio del cenobio, á la derecha se destaca el palacio abacial con restos de barbacanas, adelantándose al mismo la torre de homenaje, y en se- gundo término la portada de la iglesia, llena de calados, follajes y cresterías de doradas tintas, templa la rudeza del conjunto. Hacia el Norte encontrareis restos de la fortaleza romana, recibiendo muros de grande elevación divorciados de las viviendas de que for- maron parte, y próximos á desplomarse, y en la oriental la escena cambiará : campean en ella la sala capitular y los tres ábsides rústi- cos, ¿esrarnaJo;, y que no pudieron vivir tranquilamente un solo siglo, porque en el período de transición sufrieron cambios y muti- laciones; las líneas del recinto con sus torres mochas y muros alme- nados, son las avanzadas del coloso: todo es fuerza, todo csm'sterio, es la im.igcn del monje batallador encastillado en su iglesia, que se levanta erguido, y jura no doblegirs: al yugo mahometano. — 3o — Trasladaos, por último, en las primeras horas de la urde ala planicie Cornuda por las últimas estribaciones de la cordillera, y contemplareis un panorama encantador y variado. La relatada igle- sia con sus esbeltas y caladas ventanas del siglo xm, es fina y deli- cada, destacándose en oscuro, y sin batimentos la obra primitiva; en su punto medio se eleva la torre-campanario, seria, majestuo- sa é imponente, y detrás aparece el cimborio coronado por una torrecilla con chapitel alicatado y enriquecido el conjunto con los diges y preseas del arte oriental. Si os fijáis en la rectitud y en la continuidad de los lincamientos, en las cresterías, bordados y mer- loncillos que en planos distintos coronan alegremente los cuerpos, veréis allá muy en lontananza, los monumentos típicos de Cór- doba, de Sevilla, de la morisca Granada, y sobre todo, las obras mudejares de Toledo. EL CLAUSTRO ¿Qué tiene de particular este claustro que en pleno clasicismo, llamó la atención de D. Antonio Ponz y del Padre Villanueva? ¿Por qué nuestro malogrado Piferrer se ocupa de el preferente- mente, pinta sus bellezas, y describe con cariño filial la estructura y la espiritualidad de la obra? ¿Porqué cuando Barcelona recibe á los literatos y á los artistas nacionales y extranjeros, cree honrarlos y se cree honrada, llevándolos en romería á estos sitios, segura de que le agradecerán en extremo la fineza? ¿Es acaso una obra que - 31 — se impone por su grandeza material, ó por su esplendida exorna- ción? Nada de esto, apenas mide cuarenta metros en su línea mayor, y es sobria, humilde y austera, como los tiempos heroicos de la nacionalidad catalana: es porque enseñamos en ella el retrato moral de nuestros progenitores, y hasta de nosotros mismos, es una planta nacida y fecundada con la savia de nuestras tradiciones, tiene el corte valiente y acentuado de nuestra raza, y tanto si la abarca- mos en su conjunto como en sus bellezas de detalle, habla nuestra lengua y aspiramos el aroma de nuestros bosques seculares. Cuando una obra, andando los tiempos, ha de alcanzar justa celebridad, parece que el Hacedor supremo se complace en revestir- la, desde su origen, de una aureola que la singulariza y la pone al nivel de su futura importancia, motivándola algun hecho ó en- lazándola con acontecimientos que aquilatan su fundación. Veamos lo que dicen antiguos y fehacientes documentos de este claustro. El abad Odón, á quien hemos visto en el año 986 desplegar noble energía para devolver á la comunidad sus temporalidades y privilegios, se ocupa incansablemente en reedificar la casa del Se- ñor. Nombrado en el año 1008 obispo de Gerona, le sucede el monje Witardo, quien termina la iglesia á los tres años, y agota los recursos del monasterio. Varón tan docto como resuelto, careciendo de medios para construir el claustro, alma de las casas monacales, proyecta vender algunas tierras para aplicar su producto á tan justa necesidad, pero considerando la delicadeza y escrúpulo con que debe manejarse el patrimonio del Señor, convoca á los obispos de Barcelona, de Gerona, de Vich y de Urgel, respectivamente llama- dos Deus Dedit, Pedro, Borrell y Armengol, les manifiesta la ne- cesidad que tiene de construir el claustro, y les pide consejo sobre la conveniencia de enajenar una parte de los bienes para realizarlo. Obtenido el permiso, vende al conde de Barcelona, Ramon Bor- rell III y á su mujer Ermisenda, unos alodios del monasterio por el precio de veinte y cinco onzas de oro, con la obligación de destinar - 3a - exclusivamente dicha suma á la construcción que contemplamos. La escritura es del año del Señor IOI3, y está copiada en el apén- dice de la obra que escribió el monje Muxó de Francolí en los últi- mos lustros del pasudo siglo. Recordareis que, al nacer la institución benedictina, en el siglo v, quedaban de la arquitectura romana el domus y la villa, y que estas se dividían en dos partes, una interior, para la familia, y otra pública ó de recepción. La primera arrancaba del perisíilum, y la segunda del atrium, que en el simbolismo cristiano representan la vida claustral, y el atrio de la basílica. Al admitir el cristianismo estas formas, les quita su sensualidad, da mística significación á cada una de sus partes, y las presenta como lugares de oración y de reco- gimiento. Guillermo Durand, fraile dominico, que floreció en el siglo xiv y que alcanzó justa reputación por sus escritos escolásticos, dice: «Las dependencias que rodean el claustro, representan las re- compensas del reino celestial, porque Jesucristo dice, «En la casa de mi padre hay muchas habitaciones;» que el mismo claustro mani- fiesta el recogimiento del alma, libre de las luchas con la carne, y entregada á la meditación de los bienes celestiales; que sus cuatro paredes simbolizan el desprecio del mundo, el desprecio de nos- otros mismos, el amor al prójimo y el amor de Dios; añadiendo que las columnas tienen por base la paciencia.» Decidme ahora, compañeros: En aquellos siglos de fé robusta y en que el espíritu se- imponía y señoreaba la materia, dar mística signi- ficación á las dependencias de la casa, ¿no manifiesta una sublimidad moral que ni el arte ni 11 ciencia de nuestro siglo transmitirán nunca al monumento cristiano? El monje que sentia tan bien la espiritua- lidad de su obra, imprimia en la mi.ma la beatitud de sus robustas creencias. Sabemos todos por experiencia que las piedras hablan cuando el arquitecto pone algo de su ser en el molde de la forma. Sabemos también que el lenguaje es más ó menos elevado, más ó menos profundo, más ó menos espiritual, conforme resplandecen los conceptos sublimes, sentenciosos ó morales en la obra realizada. Hay en Cataluña la Vieja y en el condada de Rosellon, que formó parte de nuestra tierra hasta los último} años del siglo xvit, una raza de patios claustrados en las catedrales y monasterios, le- vantados en el siglo xi. Dentro de la forma y disposición románicas, y de la unidad que nace de un bien meditado sistema constructivo, ofrecen la holgura y la variedad propias de las obras que, conservando el color local, obedecen en cada caso, á programas concretos y defi- nidos. Son plantas que nacen y florecen á medida que adelanta la reconquista: los hay recostados en las faldas del Pirineo oriental, en el Ampurdan, en el Valles, en el llano de Barcelona, en las orillas del Ter y del Fluvià, y no encontrareis ninguno que traspase la línea del Llobregat. San Pedro y San Pablo del Campo en Barce- lona, San Benito de Bagésy Santa María del Estan\ en las inmedia- ciones de Manresa y de Moya, San Pedio deGalligans, y la Catedral de Gerona, San Miguel de Cuxá y Elna en el Rosellon, San Pedro de Roda, Perelada y Vilabertran cerca de figueras, y el monaste- rio de Ripoll situado en la entrada del valle del Freser, ofrecen ejemplos variadísimos; pero descuella por su grandeza material, por la regularidad y el equilibrio de las masas, por la severa majestad de las líneas, y por la pureza de sus detalles, el claustro de San Cu- gat del Valles, objeto de la fiesta artística que celebramos. Describiré á grandes rasgos esta obra. La forma un patio cuadrado de 3o metros de lado, ceñido por pórticos de4 metros de latitud: cada cara tiene tres cuerpos separa- dos por pilares contrafuertes, y en cada uno cinco arcuaciones apeadas por columnas, resultando 4 pilares angulares, 8 interme- dios, 60 arcos de medio punto y 144 columnas. Mucho se presta este monumento para establecer principios generales. Todos sa- béis que nuestro arte, esencialmente tradicional, vive de la pro- porción, y que sin ella no hay arquitectura ; que para encontrarla debe definirse la vida estatico-estética de cada miembro; que los cuerpos sustentante y sustentado tienen intención distinta; que cada uno en detalle se divid; y subdividc para acusar su oficio 5 particular, y que su lógico y razonado estudio da los motivos de la forma. Me faltan el espacio, los conocimientos y el practicar investiga- ciones más detenidas para definir la teoría del romanismo catalán; lo único que puedo decir es que, sobran datos para demostrarlo, y hacer ver que solo se separa de las formas y de la exornación ro- manas, cuando tiene ideas nuevas y sentimientos propios que ex- presar. Para ello deben analizarse concienzudamente la portada del hospital, y la ermi'a de Santa María de Besalú, detenerse en las naves de Porqueras y de San Pedro de Roda y de Galligans, fijarse en los primitivos restos de la iglesia de Santa María de Ripoll, en el crucero de San Pedro de las Puellas, en el cuerpo inferior de la puerta de San Pablo del Campo, y en el peristilo de San Miguel de Tarrasa, compararlos con las obras que se conservan en Asturias del mismo siglo y deducir las diferencias características. La disposición de las masas es grandiosa y acentuada, la columna con el capitel corintio conserva su grandeza originaria, las cornisas tienen relati- vamente gratule importancia, la ornamentación cuando no es sim- bólica, sigue la tradición gentílica, y el dovelaje de las arcuaciones es muy robusto, caracteres que conserva la arquitectura catalana hasta los albores del Renacimiento. No pudiendo llevar á feliz término este estudio, hoy más que necesario, indispensable-, sin salir de estos claustros daré las con- cordancias y relaciones que marcan el derrotero para apreciar aque- llas diferencias. He manifestado antes que, las alas de este claustro se dividen en tres partes separadas por macizos, y que cada una comprende cinco arcuaciones. ¿Es esto general en las obras que estudiamos, ó es una variante que manifiesta libertad é individualismo dentro del prin- cipio establecido? Solo os diré que, las galerías de Santa María del Estany y de Ripoll son corridas y sin macizos intermedios, que las de la catedral gerundense presentan en cada cara distinta disposi- ción y que hay tantas variantes como monumentos. ¿La forma de 4a planta es igual en todos los casos? Sin excepción son cuadrilon- gas, pero cambian desde el trapezoide bastí el cuadrado,, la más irregular es la de Gerona, y la más perfecta la que conterhplattos. ¿Ofrecen los claustros igual disposición constructiva: El motivo na- ce del arco de plena cimbra, apeado por columnas mohocilíndri» cas y pareadas siguiendo la transversal del muro y los abacos son comunes á ambos sustentantes que reciben directamente los bisal- meres. ,;Pueden citarse variantes del principio establecido? Los ar- cos del claustro del hospital de Perelada son escarzanos, y el tan notable de San Pablo de Barcelona cierra los huecos con voladizos lobulados de sabor oriental; además es digno de mencionarse el claustro de San Miguel de Cuxá, cerca de Prades, que solo tiene una línea de columnas. ;Están cubiertas las galerías por igua- les medios? De ningún modo: hay dos tipos distintos, el leñoso que se halla en Santa María de Ripoll, en Cuxá, en San Pablo del Cam- . po y en otras partes, y el abovedado de cañón seguido que tenemos á la vista, que veréis en Bages y en San Pedro de Galligans, si bien debo advertiros que éste varía conforme á las circunstancias, ofre- ciéndose como tipo digno de estudio el claustro de la sede gerun- dense. ;Lds obras qué comparamos tienen la misma disposición ornamental? El de San Pedro de las Puellas, en mal hora destrui- do en estos últimos años, era severo, anguloso y manifestaba el es- tado precario de Cataluña en los últimos años del siglo x, al paso que el de Ripoll tiene la delicadeza propia de los períodos de pu- janza y de esplendor. Los que se hallan entre los dos señalan-la faz que va tomando el Principado á medida que adelanta la recon- .quista. De lo expuesto se deduce que el romanismo no sufre el .yugo de la plantilla que corta el vuelo de la imaginación, y que identro de la unidad dogmática conserva el libre albedrío en el des- envolvimiento de la forma. El arte que tan libremente obra, el arte que tan desembarazadamente resuelve ¡os problemas que surgen en el detalle de las obras, debió tener principios fijos que respondieran á sus necesidades. — 56 — Veamos ahora si encontramos algo que nos dé idea de propor- ción:». Admitiendo el principio ya vulgar de que la obra arquitectónica descansa en la proporcionalidad, debemos encontrar relaciones que salgan de la misma. Entre los elementos que funcionan, el que tra- baja con mayor fatiga es la columna, y en el caso presente el arqui- tecto hace esfuerzos para obtener piedras de la mayor dureza, habiendo calculado que las del presente claustro sostienen i5 ki- logramos por centímetro cuadrado. Creo, pues, que la sección transversal de las mismas, ó su diámetro, dan el módulo más pro- vechoso para estudiar las misteriosas relaciones que matan ó ani- man las obras de nuestro arte. Bien quisiera extenderme latamente sobre este punto, y aun cuando tengo datos para ello, solo expondré algunas ideas gene- rales. Si bien conserva la columna los elementos típicos del arte clá- sico, cambia su vida de relación: esta tiene diez y medio diáme- tros, y considerándola dividida en 100 partes, corresponden ia á la basa, 31 al capitel, y 5- al fuste, cuando en el corintio romano era próximamente de: basa 5,capitel i5 y fuste 8o, probando estas diferencias que, el romanismo altéralas proporciones del sustentante cuando tiene ideas nuevas que expresar, pues tanto el elemento bá- sico como el de sustentación, adquieren un valor antes desconocido, tomándolos del fuste, que pierde su importancia primitiva. Añadiré también que la relación del diámetro con la columna, en San Pedro de Barcelona, es de uno á nueve y medio, en Gerona de uno á once y medio, y en Ripoll de doce; por último, el promedio de las propor- cionalidades de la basa, capitel y fuste en los cuatro claustros men- cionados, dan once partes para el primero, veinte y nueve para el segundo, y sesenta para el tercero, perdiendo este último la cuarta parte*d¿ la altura qu: ostentaba antes del cristianismo. El cambio que se ha verificado no es hijo del capricho, no acusa falta ái conocimientos ni de intención, antes al contrario, es una - 3; - consecuencia del mayor servicio que la columna presta al organis- mo. Esta, en el arte clásico, solo sostenia una recta horizontal, cuando en el romanismo apsa la semicircunferencia correspon- diente á aquella. Ademas, como el arco, por naturaleza, toma parte en la elevación, es preciso que el elemento sustentante se vi- gorice, acusando la basa mayor asiento, señalando el fuste, que sufre mayor fatiga y que el capitel, en lugar de recibir un dintel continuado, lleva aisladamente el peso de cada cimbra, aumentando su expresión la importancia que adquiere el abaco, solo compara- ble con el dórico griego. Lo expuesto se refiere solamente á la columna exenta y mono- cilindrica, que aparte de los casos mencionados, apea el cascaron del ábside de San Pedro de Besalú, y en dos órdenes sobrepuestos, á la manera helénica, los arcos torales de la nave central de San Pedro de Roda. Al unirse la misma con los macizos, para robuste- cer sus partes singulares, cambia su diámetro y su intención, y cuando se junta á los alféizares pierde su vida estática, idealiza la forma y manifiesta que su misión es más elevada y trascendental. Examinad las ventanas del cuerpo posterior de la iglesia y la puerta que une los claustros con aquella y encontrareis nuevas relaciones. Para conocer á fondo el secreto artístico de estos claustros debe apreciarse la forma y la proporción del arco y su hermanamiento con la columna. El arquitecto romano no sobrepone estos elemen- tos, y si lo hace, ingiere entre los mismos un cuerpo extraño, el cor- nisamento, que no tiene razón de ser y que destruye su armonía, pues para él, la columna, es un adorno griego que se junta «.on el arco sin confundirse, al paso que el cristianismo los hermana, y logra que, los cuerpos sustentante y sustentado, contribuyan á la elevación. En estos claustros los capiteles corresponden con el pun- to medio de los intercolumnios cimbrados, sus alturas no llegan al duplo de su ancho tomado en los arranques del arco y éste á la vez es menor que la columna, produciendo un conjunto misterioso é indefinido que vela su materialidad, pues al paso que el capitel se — •}* — relaciona con la columna y la domina, en él empieza el cerramiento, y uniéndose con el arco, desperfila sus arranques y se espiritualiza. •iEs esto casual? El mismo principio domina en Gerona, en Ripoll, en Vilabertran y en Bagés, pero conservando la unidad de estilo, varía en h región Noroeste de España, en las orillas del Rin, en la Italia y en la Francia de los siglos medios. Que estos claustros ejercieron después legítima influencia en Ca- taluña, fácil seria probarlo estudiando los de Tarragona y de Poblet, los de Pedralves, de Montesion, de Junqueras, de Santa Ana y de la Audiencia en Barcelona y el no menos bello de San Juan de las Aba- desas, pues aun cuando los dos primeros son de transición y los restantes pertenecen ya á otro arte y el detalle d; la forma ha carrir biado, proceden de iguales principios, tienen color local y siguen la tradición románica que se conserva viva hasta el siglo xvi. Añadiré, por último, que aquellos tienen el tipo cristiano originario que, en cada caso manifiestan la flexibilidad y la holgura á que se prestan las proporciones, para presentarse sombríos en San Pedro de Bar- celona, robustos en San Cugat, majestuosos en la sede gerundense y esbeltos en Ripoll, pudiendo aseguraros que los arquitectos del si- glo xi ejercían el arte basados en la razón estática y en el senti- miento estético de la forma. Los qu;han tenido la suerte de visitar y admirar las bellezas del monasterio, lo primero qu: mencionan con respetuoso entusiasmo, son los Capiteles que contemplamos. ¿Por qué tanta distinción? ¿ Por qué Ponz y Villanueva, tan refractarios al verdadero espíritu del arte cristiano, sin querer, los enaltecen ? ¿Por qué Piferrer los analiza con cariño especial ? -; Por qué nuestros jóvenes arquitectos, escultores y pintores vienen á copiarlos? Porque tienen lo que falta á nuestras obras, porque el inspirado artista que talló estas piedras depositó en las mismas los sentimientos y las aspiraciones del pue- blo y de la generación que representaba, porque cada capitel es el cuerpo que sostiene v que acuerda los elementos del fuste y del abaco, porque al esculpirlos no destruye el efecto de la masa, antes ,- 3 9 - la conserva y subordina los detalles á una silueta general, porque los motivos místicos ó los basados en la fauna ó en la flora catalanas, se ven clara y distintamente pétreos, y porque cada uno ofrece agra- dable variedad en su detalle escultural, expresión del individualis- mo y de la libertad del arte en aquellos tiempos. Daré una ligerísima idea de sus particularidades características. Arrancan del corintio romano y tienen el aticismo y severo corte de los últimos años de la república, acercándose más á los del tem- plo de Vesta en Tívoli que á los del arco de Constantino.' No son copias serviles y rutinarias, son composiciones nuevas que varian en cada caso; el artista, que conoce á fondo su misión, agranda la forma y los simplifica, disminuye las hojas, suprime los caulículos y solo coloca las evolutas angulares que pierden su importancia, porque el abaco no las necesita; debiendo observar que, de los 144 capiteles hay 24 que siguen esta tradición en toda su pureza. Siguen 92 capiteles con motivos de la fauna y de la flora catalanas, que ar- rancan de aquel principio, siendo infinitas las formas que desenvuel- ve el inspirado artista. Hay otro grupo de 18 capiteles con asun- tos religiosos : el cambio que se verifica es radicalísimo, no tienen hojas ni flores, no tienen aves ni reptiles, no tienen cintas ni tren- zados, la composición arranca del símbolo de la Jerusalen celestial, tienen frontispicio de plena cimbra en sus centros y torres angu- lares, desenvolviéndose los diversos cuadros con ingenuidad y Sen- cillez. Completan el número total diez capiteles con representacio- nes militares y civiles que siguen el tipo ornamental genérico. - Debò observar, que los asuntos religiosos y civiles siguen la línea mtcrlor del.claustró y qué los i 16 puramente ornamentales, cuan- do domina la fauna en la composición, son interiores, y cuando s£ inspiran en la flora, miran al exterior. He manifestado ya que, conforme á la documentación, este claus- tro empieza á construirse en el año 101 2 de la era del Señor. Inda- garé ahora si su estructura confirma la citada fecha. Relacionándolo con la parte más antigua de la iglesia, que per- — 4<> — tenecj á los últimos años del siglo x y á los primeros del siguiente, hay concordancia entre su cornisa lobulada y la de los ábsides, en las cabezas simbólicas que reciben las nrcuaciones, en el aparejo de sus muros y en el empleo de iguales materiales. La obra empieza por el ala meridional lindante con la iglesia, sigue la oriental, con- tinuando después las del Norte y de Occidente hasta reunirse en el ángulo Noroeste que acusa un ligero error de replanteo. La misma obra manifiesta también la futura importancia del contrafuerte, vién- dolo aquí lógica y racionalmente establecido; no es un miembro ornamental, sino un elemento que trabaja para destruir una fuerza interior. Debo observar, no obstante, que su forma es vaga, que los retallos en cada cara son distintos, y que sus anchos, varían entre los limites de i"71 áo'63 metros. ¿Tienen los capiteles la misma edad que la masa general del claustro? Estos revelan dos períodos dentro de los siglos xi y xit. Era común en aquella época el colocarlos en obra antes de escul- pirlos ; en el antiguo claustro del hospital de Perelada están sola- mente desbastados, y en Vilabertran y en Elna los hay terminados ya, en curso de ejecución y sin empezar. Las basas de las columnas y los canecillos de la cornisa, comparados con los capiteles, ofrecen notables diferencias. En los primeros, la talla es tan basta como intencionada, al paso que en los segundos es delicada y expresiva. La labra empieza por las crujías Sur y Oriental, y se conoce por su misticismo y por su vigor de concepto; en los lados Norte y Oeste dominan los motivos ornamentales, la ejecución es más material, las repeticiones del corintio son más frecuentes, este es menos so- brio, vislumbrándose alguna vaguedad ¿ indecisión no conocida en los primeros tiempos. Lo que explica mejor el estado de adelanto de cada pueblo son los medios que éste emplea para realizar los monumentos. En ellos no basta un genio superior que manifieste su potencia creadora, es menester que las artes suntuarias pongan en los mismos sus prácti- cas y conocimientos tradicionales, para llevarlos à feliz término, res- plandeciendo el elemento productor en sus diversas grad.s. - 4' — En aquellos sigloslas comunicaciones eran difíciles, las manipu- laciones y los aparejos eran propios de cada localidad, y tan diestro debía ser el alarife en el manejo de la llana ó del cincel, como en el de la espada ó de la lanza, para defender de la morisma la obra que levantaba. Veamos cómo procede en estos claustros. Lo primero que llama la atención, son los ciento cuarenta y edatro fustes con sus basas y capiteles. En ellos emplea el constructor el mármol uolítico de Ge- rona, de labra difícil y que dista ioo kilómetros de San Cugat, cuyo material se generaliza después en los estados de la Corona de Ara- gón, y que Alfonso V emplea en su castillo de Ñápales. Las arcua- ciones, los abacos y los aristones son de la montaña de Montjuich, muy separada también, poniendo en las paredes las piedras lacus- tres que halla en las inmediaciones del monasterio. Como la dificul- tad de la locomoción crece en razón directa de las masas, las reduce, ofreciendo el hecho curiosísimo de que las piedras procedentes de las canteras de Gerona y de Barcelona solo pesan de cuarenta á se- senta kilogramos, pudiendo cómodamente transportarlas la arriería. El sistema constructivo ofrece enseñanzas apreciables: hay despie- zos regulares cuando la obra lo requiere, y se suprimen cuando las irregularidades no perjudican la ¡dea del conjunto, los macizos son paramentados de sillarejo, su interior es de manipostería ó de hor- migón, las argamasas inmejorables y por último, para disminuir la acción expansiva de las bóvedas, el cañón seguido que cubre las ga- lerías es peraltado. Decidme, ahora compañeros, si en la práctica puede presentarse un sistema más sabia y económicamente dispues- to, y que revele mejor el estado relativamente floreciente de la cons- trucción en el siglo xi. Lástima grande es que, no haya un arquitecto de noble empuje, y que posea los conocimientos que á mí me faltan, que emprenda la historia de nuestra construcción en los siglos medios : con ello prestaria un señalado servicio á nuestra clase, y á la ciencia arqueo- lógica en general, pues aparte de los lincamientos que expresan i — 4 2 — los sentimientos de cada civilización, el realismo constructivo revela arcanos, descubre horizontes y fija hechos que sin él no pue- den apreciarse. A buen seguro que, encontraríamos prácticas reli- giosamente conservadas que proceden directamente del período ro- mano y sistemas definidos, que- se separan de los empleados en Castilla, basados en los materiales y en las condiciones climatoló- gicas del Principado. Debo ahora, queridos compañeros, pediros perdón por lo mu- cho que he abusado de vuestra condescendencia, creyendo que, basta lo manifestado para llevar la convicción á vuestro ánimo de que el arte románico tiene color local en nuestra tierra y que tanto en su fondo como en la forma, llega aquí, en Gerona y en Ripoll á su mayor altura, que en Cataluña la Nueva, si bien tiene en la sede tarraconense y en Poblet mayor finura, y viste un traje oriental más rico y esplendente, se halla en decadencia; y que está próximo á perder la importancia que adquirió en el período que hemos historiado. Para terminar, haré presente que, en el ángulo Noreste de este claustro hay un capitel bárbaramente mutilado, que representa un escultor tallando un capitel corintio y una modesta lápida, con ca- racteres de la segunda mitad del siglo XII, que descubrió y desci- fró, á últimos del siglo pasado, don Antonio Ponz, que corrigió después el Padre Villanueva, y que últimamente ha completado el sabio catedrático Excmo. Sr. D. Manuel Milá y Fontanals. La lápida mencionada dice lo siguiente: H.EC EST ARNALLI, SCULPTORIS FORMA GERALLI Qui CLAUSTRUM TALE CONSTRUXIT PERPETÚALE Paguemos, pues, queridos compañeros, el debido tributo de Consideración y respeto al modesto artista que talló estos admirables - 43 - Capiteles, y habiendo empezado nuestra fiesta artística elevando preces al Altísimo para el eterno descanso de su alma, evoquemos su memoria para honrarla, concediéndole un sitio distinguido en- tre nuestros ilustres comprofesores. Gloria, pues, al ignorado artista Arnaldo dï Geralt, y coloquemos una rama del laurel sagrado que crece en este recinto, en el capitel y en la lápida que recuerda á nuestra clase un nombre tan respetable. f X AN interesante memoria fué calurosamente aplaudida y acor- dada su impresión por unanimidad, guardando los concurrentes de este acto fraternal y artístico el más grato recuerdo. Barcelona i.'de Octubre de 1880 •L ntUDIMI Francisco de P. del Villar 1L tECUTAXIO Camilo Oliveras ' ITUT rau* CAT, BIBLIOTECA BIBLIOTECA CENTRAL 3Áé '/A