APUNTES BIOGRÁFICOS D. JOSÉ DE MANJARRES. 's muy cierto que el poner como prólogo de un libro la vbiografía de su autor no aumenta ni disminuye por lo i^comun el mérito de la obra. Sin embargo, dado el asunto especial que en esta se trata, importa al lector conocer al que la escribió, para poder de este modo apreciar las razones en que fundó su criterio y los acontecimientos que forta- lecieron sus convicciones. Tanto aquel como estas, si no nacen de las mismas circunstancias en que nos encontramos durante nuestra existencia, se ven por lo menos corroborados ó destrui- dos por las lecciones de la experiencia, la cual al fin y al cabo viene á ser la sama de los actos de nuestra vida pública y priva- da. El autor de este libro es una de las más puras glorias de Ca- taluña; y dadas estas razones, juzgúese si este prólogo biográfico tiene ó no tiene razón de ser y si le importa al lector identificarse con el autor del libro. Don José de Manjarrés y de Bofarull, nació en Barcelona en 15 de Mayo de 1810. Fueron sus padres D. José de Manjarrés y de Valdés, abogado y á la sazón administrador general en Cata- luña del Excmo. Sr. Duque de Hijar, y D." Francisca de Bofarull y de Mascaró, hija de una antigua é ilustre familia de Reus. Fué Don José el primer fruto de este matrimonio y como sus padres — X — tenían una posición, aunque modesta, desahogada para las ne- cesidades sociales de aquellos tiempos, y figuraban en la buena sociedad de Barcelona por su cuna, por su trato distinguido y por su carácter franco y afable, recibió aquel desde muy pequeño una instrucción esmeradísima, á la que se prestó perfectamente su bondadoso carácter, su aplicación y su docilidad extremadas. En sus juegos lo mismo que en sus estudios presentaba ya Man- jarrés rasgos de carácter que tuvo hasta la hora de su muerte. Nunca intentaba hacer la menor cosa sin el firme propósito de llevar á cabo aquel acto de la mejor manera posible. Cuidadoso hasta con sus mismos juguetes, que doce años después morían á manos de su hermano menor, franco y cariñoso con toda la fa- milia, era citado constantemente como ejemplo de bondad y de docilidad hasta por los antiguos criados de la casa. El abad de S. Pablo, D. Juan de Safont, recordaba con gusto el tiempo que lo tuvo en su cátedra de filosofía y los profesores de dibujo y de música que sembraron los primeros rudimentos del arte en aquel hermoso corazón hubieran podido treinta años después enorgullecerse de que aquellas semillas arraigaran tan profundamente y dieran tan abundantes frutos. La distinguida sociedad asi de artistas como de militares de alta graduación y personas de la buena sociedad que concurrían á la casa de sus padres, formaron al rededor del joven Manj arres una atmósfera en la cual aprendió aquel trato finísimo que tuvo siempre, aquella alegría de buen género agena á la fatuidad y al empaque y amaneramiento que á menudo se notan en el trato de aquellos cuya educación ha carecido de una sólida base. El trato con artistas, como el célebre barítono Badiali, el cono- cido tenor Verger y la amistad con excelentes aficionados á la -música, especialmente su señor tio D. Gabriel de Manjarrés, persona citada en aquella época en Barcelona como modelo de distinción y de hombre culto, desarrollaron en él una decidida afición a l a música; y con la constancia que le caracterizaba llegó á tocar el piano con una delicadeza poco común en aquellos tiem- — xt — pos. Sus ratos de ocio, los empleaba principalmente en la pintura á la aguada, en la cual adquirió mucha facilidad, teniendo gusto en representarlas escenas más notables de las principales óperas que se daban entonces en el único teatro que tenia Barcelona. Llegó el momento de emprender estudios más serios y su pa- dre lo dedicó á la carrera de leyes, á fin de que pudiera heredar su bufete y sus relaciones. Cursó con provecho parte de su car- rera en Cervera y parte en Huesca. Vistió el manteo y el tricor- nio, haciendo la vida alegre y bulliciosa de los estudiantes de aquella época, tomando parte en todas las fiestas que tan fácil- mente organizaban aquellas alegres y turbulentas masas de jó- venes que se encontraban temporalmente libres de las trabas del hogar paterno. ¡Cuántas veces le oimos recordar con alegría aquellos tiempos de su juventud, y los graciosos episodios de aquella vida semi- aventurera! Hizo sus estudios con aplicación y aprovechamiento, distin- guiéndose por su afición á la literatura y á la poesía y su dicción castiza y esmerada. Concluida su carrera de abogado en 1839 hizo la práctica en el bufete del conocido jurisconsulto D. Juan Batlle; empezando lue- go á trabajar al lado de su padre como abogado consultor de la casa del Excmo. Sr. Duque de Hijar, ingresando en el ilustre colegio de abogados de Barcelona. Inauguró brillantemente su carrera, defendiendo y ganando al- gunas difíciles cuestiones; sin embargo, la literatura y las bellas artes le llamaban más la atención que los pleitos. Su amistad con los célebres actores Latorre, Mate, Arjona y otros de aquella época le dispertó el entusiasmo por las obras teatrales de nues- tros grandes poetas y esto motivó el que se dedicara á serios estudios literarios. De entonces data su afición á la lectura en al- ta voz, que practicó con el actor Mate, la cual hacia de una ma- nera agradabilísima, gracias á su buen acento y al arte sin afec- tación que habia cultivado. — XII — Contrajo entonces amistad con el pintor D. José Arrau y Barba, quien acababa de llegar de un viaje artístico por Italia. También este habia abandonado su carrera de escribano para dedicarse exclusivamente alarte; y habiendo tomado extraordina- ria afición á Manjarrés, se propuso completar su educación ar- tística. Enseñóle el dibujo geométrico, que entonces estaba toda- vía en estado rudimentario; adiestróle en la pintura á la aguada con tinta china y dióle algunas lecciones de arquitectura y de pin- tura al óleo. Como dicho profesor acababa de fundar en la escue- la de la Junta de comercio una enseñanza de dibujo de adorno, asistía Manjarrés por las noches á dicha clase, donde hizo nota- bles adelantos en la copia del yeso, modelado en barro y compo- sición; obteniendo todos los años los primeros premios. Con tan decidida vocación nada extraño tenia que la profesión de abogado le pareciera desagradable. Prefeiia la tranquilidad de los estudios artísticos y literarios á las luchas del foro, llegando un momento en que ya no pudo disimular cuanto contrariaba sus naturales inclinaciones aquella profesión. En su deseo de vi~ vir con el arte y la literatura se adiestraba en la litografía, al mismo tiempo que daba á luz sus primeros trabajos literarios. Publicó un diccionario de bolsillo en colaboración con D. José Dalmases: un folleto titulado «Regeneración de la Sociedad mo- derna por la industria», y un libro de carácter festivo titulado «El libro verde de Barcelona», colección de cuadros de costumbres de esta capital: este último en colaboración con el escritor D. Juan Corlada, al cual le unia una franca amistad. Durante la guerra civil de los siete años Manjarrés formó par-, te de la Milicia nacional, sobre todo de la que reorganizó el Ba- rón de Meer, con los elementos que él consideró más importan- tes y de mayor arraigo en el país. Hombre esclavo de sus debe- res, cumplió los anejos á la fuerza armada , sin esquivar los peligros y fatigas cuando llegó el caso. De ideas tolerantes en política, no se afilió decididamente á ninguno de los bandos que desgarraron la patria con sus luchas intestinas, aspirando á un — XIII — justo y regulado progreso , y lamentando por igual los exce- sos de los carlistas que la intemperancia de los demagogos. Amante del progreso en cuanto este se refería á la prosperidad material del país, contuvo sus ideas políticas dentro de ciertos límites. Apreciaba á los hombres de valeren cualquier bando que estos se encontraron y teniendo en más su amistad que sus opi- niones polfticas acabó por sentir una especie de aversión por toda manifestación política, evitando todo acto en este terreno y hasta esquivando bruscamente la conversación cuando se entablaba en este sentido. A fines de 1844 contrajo matrimonio con la linda señorita doña Adelaida de Gironella y Dodero, hija de D. Antonio de Gironella, antiguo banquero en Barcelona y persona bien conocida en la culta sociedad de la capital. Dada su manera de ser no podia menos de elegir una compa- ñera que al brillo de su cuna y á su educación esmerada reuniera dotes naturales de belleza tal como él la sentia. Era entonces Manjarrés de estatura regular, de buen porte y facciones agracia- das. Existen dos retratos de cuando joven, ambos en traje de e s - tudiante y hechos por el pintor Arrau. Uno de ellos forma parte de un grupo de estudiantes; y otro, que posee la familia, es de pequeña dimensión y está sentado en actitud de tocar la guitar- ra: en ambos está perfectamente caracterizado por su mirada de miope y su sonrisa habitual que revelaba la franqueza de su ca- rácter. A principios de 1854 Manjarrés perdió á su padre. Hacia tiem- po que la fortuna se mostraba muy esquiva con aquella familia. La casa de Hijar habia perdido toda su importancia en Cataluña y aquel anciano se vio en los últimos años de su vida reducido á una situación poco alhagueña. Manjarrés se encontró jefe de una familia falta por de pronto de recíursos para sostener el brillo de su cuna. Mas no por esto desmayó. Como había previsto que le habia de faltar el apoyo para continuaren la carrera de abogado, disponía de recursos para sostener su posición y sin abandonar — XIV — la educación de sus dos hijas y sin dejar de atender al porvenir de su hermano menor, para quien fué siempre padre cariñoso, entró de oficial primero en la secretaría de la Diputación provin- cial, donde contribuyó de una manera notable al planteamiento de la Casa de Maternida»'y Expósitos de Barcelona y á la reco- gida de la antigua'moneda de cobre catalana. No era por cierto esta la primera vez que Manjarrés prestaba sus eficaces servicios en asuntos de interés general, pues antes habia contribuido al mayor desarrollo y buen régimen de la Caja de Ahorros de Bar- celona, habiendo hecho también notables trabajos en la Sociedad Económica de amigos del país, á la cual pertenecía desde Marzo de 1846 y en el Instituto Agrícola Catalán de San Isidro en la época de su creación. En Setiembre de 1847 obtuvo el título de regente en la asigna- tura de Historia general y particular de España y en Marzo de 1849 el de Bachiller en la facultad de Filosofía. Sus conocimientos artísticos y arqueológicos le habían valido ya desde 1847 el título de socio honorario de la Asociación ar- queológica de Tarragona, donde tuvo ocasión de hacer frecuentes excursiones y estudios; y desde Mayo de 1848 pertenecía á la Real Academia de Buenas letras de Barcelona, donde en varias oca- siones demostró sus sólidos conocimientos. Aunque su carácter, en la época á que nos referimos, habia perdido algo de aquella ex- pansión propia de la juventud, era Manjarrés amigo de conversar con los jóvenes y asi como no podia reprimir un movimiento de disgusto cuando oia una palabra inconveniente, tenia gusto es- pecial en alternar con gente alegre y decidora. Nunca le faltaba una anécdota que referir, un ejemplo que citar, una observación atinada que hacer. En aquella época, después de la muerte de su padre, hizo su primer viaje á Madrid con el objeto de saldar antiguas cuentas con la casa de Hijar. Allí puede decirse que completó sus estu- dios artísticos y contrajo amistades con varias personas impor- tantes, en especial con D. Federico de Madrazo, naciendo entre — XV — él y el célebre artista un mutuo afecto que duró toda la vida. A su regreso á Barcelona y después de la expatriación forzosa por causa de la epidemia del cólera morbo que afligió á Barcelona en 1854, puede decirse que se dedicó completamente a la vida artística. Hizo especiales estudios sí)bi"e la educación artística y literaria de la mujer y las principales familias de Barcelona se disputaban el poco tiempo que tenía libre para que completara la educación de sus bijas. Tuvo para esto singular tacto y habi- lidad; publicó un librito titulado: Guia de Señoritas en el gran mando, del cual se han agotado tres ediciones. Enseñaba el di- bujo por métodos fáciles y razonados y en cuanto á la instrucción científica de la mujer, la limitaba á unas bien entendidas nociones de geometría, después de las cuales pasaba á la geografía y de aquí a la historia. Las lecciones de esta última materia, que daba manuscritas á sus alumnas, estaban trazadas con un plan tan sencillo y tan lógico que bien merecería que alguna de sus aven- tajadas discípulas las diera á la imprenta. Desde Mayo de 1852 era Manjarrés individuo de la Academia provincial de Bellas Artes y en Diciembre de 1856 el Exmo. se- ñor Marqués de Alfarràs, presidente de dicha Academia, nombró- le profesor interino de la clase de Teoría é historia de las bellas artes,, cuyo cargo habia renunciado D. Claudio Lorcnzale. Asig- natura que conocía no solamente por los estudios que de ella habia hecho, sino por haber asistido á las lecciones del primer profesor en la misma D. Pablo Milá y Fontanals, á cuyas indi- caciones debió su nombramiento. Más tarde, en Abril de 18.57, el Gobierno confirmó dicho nom- bramiento interino. Literato concienzudo'y distinguido crítico en arte, eran siempre recibidos con aplauso los trabajos que presentaba ó leia en las sociedades á que pertenecía, en especial en el Ateneo Barcelonés, en cuyas veladas literarias tan pronto leia profundos artículos sobre bellas artes como bellísimas poesías sobre asuntos unas veces serios v otras festivos. — XVI — Dasdo la inaugaracion del teatro del Liceo de Barcelona tomó parte activa en la dirección artística de sus representaciones, e s - tudiando los trajes y el decorado para que se presentara con propie • dad y dando los dibujos ó figurines, para cuyo trazado tenia suma facilidad; concluyendo por ser solicitado como director de escena, especialmente para las óperas de grande espectáculo; misión muy adecuada à sus conocimientos artísticos, históricos y arqueológi- cos. A él se debe una buena parte del éxito que alcanzaron algu- nas óperas puestas en escena con escrupulosa propiedad en Bar- celona, cuando todavía no se conocía en otras capitales esta exigencia del Teatro moderno: entre ellas merecen citarse en primer lugar Los Mártires, deDonizzeti, para cuya representación estudió minuciosamente los más pequeños detalles de los trajes y armas: y L' Africana de Meyerbeer, para cuyo vestuario hizo un viaje á Milán; renovando algunos años después todos los trajes y detalles, que con una actividad asombrosa hizo confeccionar en pocos días contando sólo con elementos del país; á él se debe igualmente el plan del decorado y dibujo de los trajes de la gran- diosa ópera Aida, de Verdi, puesta en escena en el Liceo con una propiedad y magnificencia que honran ciertamente á quien la dirigió. En Julio de 1857 obtuvo la cátedra de Teoría é historia de las Bellas artes en propiedad, en virtud de oposición hecha en Ma- drid ante la Academia de nobles artes de S. Fernando, asegu- rando entonces la modesta posición de Catedrático de la Escuela deBellas Artes á que tanto tiempo hacía que aspiraba. Ni su edad ya madura, ni el descrédito que puede traer un percance en un acto de esta clase le detuvo ante la idea de llegar á su bello ideal. El éxito más lisonjero coronó su firme resolución, pues no sólo tuvo unanimidad en el tribunal sino que particularmente los jue- ces del mismo le colmaron de elogios. En la cátedra demostró un celo extraordinario por la enseñanza, introduciendo todos los medios auxiliares que juzgaba conveniente, con aquel método su}0 especial que hacia fácil lo más difícil é intrincado y con — xvn — aquella convicción íntima que sabia imbuir á sus alumnos, no transigiendo nunca con lo que él consideraba contrario á la pu- reza del arte, si bien sin limitar ni poner trabas de ningiin gi·iie- ro al talento, una vez educado en los sanos princi|úos de la Es- tética. Nombrado secretario de la Escuelo de Bellos Arles, cnr¡xo que desempeñó desde Julio de 1802 hasta Abril do IS74, cniílribiivíi con el Director, que ;'i la sazón lo era D. Claudio Lorcnzalc, al desarrollo de la ensefianza del dibujo orlistico industrial en aquella Escuela. Entabló uno activa correspondencia con su señor hermano, entonces director de la Escuela industrial de Sevilla, sobre la relación y enlace que debe haber entre Ja enseñanza pu- ramente industrial y la artístico; y aquella correspondencia, que conserva íntegra la familia, contribuyó al jilan de enseñanza que, propuesto al Gobierno por dicho Sr. Lorenzale, recibió la sanción superior, siendo puesto en práctica inmediatamente. También la Academia le confió distintas comisiones que llevó á cabo con el celo é inteligencia con que lo hacia todo, organizando la biblio- teca de dicha Escuela y tomando la iniciativa para lo |)rimera Exposición retrospectiva que tuvo lugar en los extensos salones de la Casa Lonja. Como catedrático, creyó que no cumplía su misión si no publi- caba una obra de texto de su osignolurn: así es que cu 1859 escribió la «Teoría é historia délas bollos orics", on cuyo libro expone de una manera clara y magistral los priiiri|,ios que pro- fesaba. Xo era Manjarrés hombre que se encariñase con sus obras; antes al contrario decin ó menudo (|iie /f^'-- r,,s>is futra hacerse him deben hacerse dos ceees; (id ¡i este principio y sin esperar á que se agotara la primera edición de su obra, no tenien- do en cuenta el perjuicio material que esto le traia, en 1874 pu- blicó una refundición de aquella bajo el título de «Teoría estética de las arfes del dibujo», que dedic'i ó la Acodcmia de San Fernando. Invitado en 1868 por el señor director de la Escuela de bellas artes D. Claudio Lorenzale, dio en dicho establecimiento unas II — XVIII — leciones dominicales sobre aplicación del arte á la industria^ a favor de las leyes de instrucción pública, á la sazón vigentes, que permitían cátedras libres. Formalizó más adelante en 1872 tales lecciones, como asigna- tura, en atención á que el Gobierno las admitió en el programa de aquella escuela; siendo protegida su enseñaiiza por la exce- lentísima Diputación de la Provincia, después de haberse encar- gado de ella á invitación del mismo señor Director y cuerpo de profesores. Procuró Manjarrés el fomento de las colecciones de objetos antiguos para el estudio de la arqueología, y como individuo de la Comisión provincial de Monumentos estuvo encargado del Museo de antigüedades que instaló en la Real capilla de Santa Águeda. Redobló allí su celo para colocar de una manera digna aquellos objetos; los ordenó y clasificó publicando el primer catá- logo de aquellas venerandas reliquias; obra que no podía dejar de ser incompleta, pero que se proponía mejorar y completar más adelante. Tanto trabajo desinteresado le atrajo el aprecio y considera- ción de cuantos tuvieron ocasión de conocerle, pero nunca pen- só enque sus afanes pudieran tener otra recompensa. Concluida, sin embargo, la guerra de África tuvo encargo de dirigir cierta obra artística conmemorativa, por cuyo trabajo fué agraciado con la cruz de caballero de la Real y distinguida orden de Carlos III; distinción que apreció por lo mismo que nunca pensó en pedir gracia algu- na. Otra recompensa forma parte de su hoja de méritos, y es el premio que le adjudicó la Real Academia de Bellas Ar^es de San Fernando por su memoria titulada «Teoría estética de la Arqui- tectura» que presentó en el certamen abierto en 1866 por dicha corporación. Era también académico de número de la Academia Floren- tina de las artes del dibujo y de la de Bellas artes de Milan^ des- de 1876. Además de las obras indicadas tenia publicadas otras varias — XIX — dignas de estudio, tanto por el concepto de las mismas, como por el método expositivo y claro y su estilo elegante sin afec- tación. El «Museo europeo de pintura y escultura» fué una obra nota- ble que publicó en 1860, en 14 volúmenes, con 1016 láminas, acompañadas de descripciones, juicios críticos, biografías é índi- ces. Cuidaba Manjarrés en sus escritos no sólo de hacer fácil de comprender cuanto decia sino que evitaba, hasta dentro del arte y de la ciencia, admitir palabras extranjeras, encontrando siem- pre palabras castizas castellanas para todo. Una de las cosas que habíamos oido elogiar al difunto profesor de filosofía de la universidad de Barcelona D. Francisco Javier Llorens es la idea del vocabulario auxiliar de la parte teórica que Manjarrés puso al final de la obra que servia de texto en su clase. «Si todos los autores de ciencias y de artes hicieran otro tanto, decia Llorens^ no solamente se harían más inteligibles por todo el mundo, sino que se establecería mayor unidad en el lenguaje.» «El Arte en el Teatro» es un libro curioso é interesante lleno de observaciones atinadas , sacadas de la práctica, y de lectura sumamente amena, que publicó en 1875. Sus manuales sobre arqueología son dos obritas didácticas de gran estima y que contribuyeron no poco á cimentar piás y más su sólida reputación; pues tanto el que trata de la arqueología en general, como el de Arqueologia cristiana encierran los prin- cipios fundamentales que ha de conocer el que quiere profundizar después estos conocimientos. En sus excursiones á Zaragoza, Tarragona, Toledo, Córdoba, Sevilla y Granada estudió profundamente el carácter de nuestros antiguos monumentos, recogiendo apuntes y datos preciosos y aumentando el caudal de sus conocimientos; habiendo hecho un viaje á París para estudiar sus museos y sus colecciones. Habia empezado Manjarrés su carrera cuando se iniciaba el movimiento literario catalanista, y en los albores de éste leía con gusto y aplaudió al Gaiter del Unhrer¡at y á otros que con fresca — XX — imaginación cantaban las glorias de Cataluña, describían sus costumbres ó pintaban sus poéticas montañas. No podia menos de ser asi, pues Manjarrés era un catalán de corazón. Compla- cíase en ver representadas en el Teatro nuestras costumbres, nuestras creencias y los rasgos de proverbial honradez y de carác- ter del pueblo catalán. Sin embargo, no siguió el movimiento literario catalanista más que hasta el punto en que creyó que no podia perjudicar á la unidad de la patria y al cultivo de la lengua castellana cuyo descuido lamentaba. En estos últimos años tan sólo le haí)iamos oido hablar con entusiasmo de L' Atlántida^ de Verdaguer, existiendo inédito un fragmento de la misma que tra- dujo en verso castellano. A principios de 1870 murió su cariñosa y anciana madre. Ca- sadas posteriormente sus dos hijas, á quienes amaba entrañable- mente, entró en un período de su vida en que limitados los cui- dados de la familia podia consagrarse enteramente á legar á la posteridad el fruto de sus estudios. Habia construido en la casa en que habitaba, propiedad de la familia Gironella, un departamento destinado exclusivamente á estudio y escuela de dibujo. Allí pasaba la mayor parte del dia dedicado á la enseñanza del dibujo y á ordenar los materiales acumulados jurante tantos años. ' Allí escribió en 1875 «Las Bellas artes: historia ilustrada de la arquitectura, de la escultura y de la pintura» en el cual se re- vela el sólido criterio artístico robustecido por tantos años de estudios perseverantes. Esta obra, que dedicó á la Exma. Dipu- tación de Barcelona, puede decirse que es el resumen de sus pro- fundos conocimientos. Publicó también un excelente manual de «Dibujo preparatorio para carreras especiales y un folleto titulado «Las artes suntua- rias» que fué lo último que vio la luz pública. Omitimos hablar de un sinnúmero de folletos sobre varios asuntos de arte y artículos críticos que publicó en varios perió- dicos y revistas así como de otros trabajos que revelan su gran — XXI — laboriosidad \ una existencia dedicada exclusivamente al arte. Sus estudios artísticos fomentaron su afición á la música, que apreciaba y juzgaba con criterio de verdadero artista. Tenia afi- ción y gusto especial en indicar los efectos de claro oscuro en las piezas que oia en el piano y marcaba con precisión la manera de imprimir en ellas todo el efecto artístico. No admitia el exclusivismo en música, no habiendo para él más que música buena y música mala; no encontrando motivado el entusiasmo por la audición de piezas en que el rigorismo ma- temático de la composición no vaya acompañado -de las demás condiciones que se exige en toda manifestación del arte. Continuó dando algunas lecciones privadas á algunas señoritas, pues era solicitado para esto con empeño, yconservó siempre un gusto especial por el trato con gente joven, complaciéndose en imbuirles sus ideas de buen gusto y buena sociedad. Con el mismo interés que inculcó los primeros rudimentos á sus hijos empezó á guiar la educación de sus nietos y de sus sobrinos. Limitó algun tanto su esfera de actividad en sus últimos años retirándose de algunas sociedades á que pertenecía y rehuyendo todo debate en que podia haber acaloramiento. Sus convicciones estaban demasiado arraigadas para que las corrientes impetuo- sas pudieran hacer en él otro efecto que estrellarse al chocar con la firmeza de sus convicciones y de su criterio. Esta firmeza exenta de amor propio era precisamente loque constituía SIL ca- rácter especial, contrastando con su proverbial amabilidad y su excelente corazón. El estudio y el continuo hábito de escribir ó dibujar á que con ardor y entusiasmo creciente se entregaba, exigían una posición viciosa de cuerpo, más violenta á causa de ser sumamente miope: y á pesar de que toda su vida tuvo la precaución de no trabajar de noche, contrarestando en lo posible los efectos de aquel quie- tismo con los paseos higiénicos á que se entregaba, ello es que su cuerpo se encorvó, más por el efecto de aquella posición que tomaba para escribir, que por el peso de los años: su cuerpo fué — xxu — demacrándose, cambiando por completo los rasgos de su fisonomía^ que con la costumbre de la reflexión adquirió un poco deceño y algo de dureza en sus facciones. A pesar de esto diriase que se sentia con fuerza para vivir muchos años pues hacia planes y pro- pósitos para el porvenir como podria hacer un joven de veinte y cinco años. La muerte le sorprendió en medio de mil proyectos que alimentaba y que se complacia en comunicar á aquellos con quienes contaba directa ó indirectamente para realizarlos: cita- remos entre ellos la publicación de un Anuario artístico^ idea que venia acariciando en estos últimos años. El que lea el prólogo que puso en su última obrita «Las artes suntuarias», no podrá menos de sentirse conmovido al ver tanta fuerza de voluntad cuando se sienten ya decaer las fuerzas físicas. Acababa de ser nombrado por Real orden de 11 de Junio y previa propuesta de la Academia de Bellas artes de Barcelona, Director de la misma, y en los primeros dias de Agosto de 1880 entregaba á su hermano D. Ramon, director de la Escuela de in- genieros industriales, un ejampiar de aquella obrita en cuya cari- ñosa dedicatoria manuscrita decía: «en testimonio de pláceme por la notable coincidencia de hallarnos ambos al frente de dos establecimientos que representan la producción manufacturera del país: la Escuela de Bellas artes y la industrial; la forma y el procedimiento; viniendo á verificarse en nosotros la teoría de fraternidad indisoluble entre el Arte y la Industria.» En medio de sus proyectos ¿preveía Manjarrés su próximo fln?... Si no es así, por lo menos sentia que sus fuerzas le aban- donaban, pues dice en dicho prólogo: «Hé aquí el cartapacio de unas lecciones de las cuales tengo hechos preventivamente ensa- yos, al propio tiempo que los apuntes de una obra cuya publica- ción no emprenderé jamás.» Concluyendo aquel prólogo con este párrafo que parece que cierra su existencia. «Pero en los treinta y más años que acumulo materiales y combino teorías, cuanto tengo reunido no ha hecho más que — XXUI — ofrecer á mis ojos todo lo vasto del campo que ha de entregarse al cultivo, y en el último tercio de mi vida no tengo esperanzas de llegar al cabo á pesar de la fuerza de voluntad de que me hallo poseído. Por esto no puedo hacer ahora más que presentar esta publicación como una débil ofrenda de mis pobres facultades á la actividad artística industrial de mi patria y un pequeño tributo de gratitud á las personas que, así en la cátedra del Ateneo como en la libre de la Escuela de Bellas Artes, me escucharon con benevolencia.» A mediados de Agosto debia debutar en uno de los teatros de verano la trágica doña Carolina Civili con el drama El Gladiador de Ráoena. Buscaba Manjarrés durante la temporada de verano la sociedad que frecuentaba de noche estos teatros, y si bien ha- cia algunos dias que se sentia algo indispuesto no quiso aquella noche faltar á aquella función, habiéndolo prometido asi á un apreciable actor que habia aquel dia ido á consultarle sobre el traje que debia sacar. Tuvo sin embargo que abandonar el tea- tro á la mitad de la función y meterse en cama para no levantarse ya más. Durante su vida no habia tenido enfermedad alguno. Esto y el deseo de vivir hacia que no conociera el peligro. Cuatro dias duró su enfermedad, sin que creyese en la gravedad de su esta. do hasta pocas horas antes de morir, cuando los síntomas de una insidiosa pulmonía empezaban ya á ahogarle. Cuando hubo nece- sidad de indicarle el grave peligro en que se encontraba, confesó ingenuamente cuanto se habia equivocado en los planes y proyec- tos que habia alimentado; sin embargo, demostró una conformi- dad ejemplar y después de recibir los sacramentos con una tran- quilidad de espíritu extraordinaria, espiró en los brazos de sus hijos y rodeado de, toda su familia á las 5 de la madrugada del dia 19 de Agosto de 1880. Manjarrés no dejó una gran fortuna. Se contentaba con poderse dedicar al trabajo teniendo asegurada la subsistencia y la posi- ción desahogada de toda su familia, pero deja una riqueza en libros V colecciones, un recuerdo indeleble en todos los individuos de — XXIV — la familia y la memoria ejemplar de buen patricio y honrado ciu- dadano que no se olvidará fácilmente. Lo lloró Barcelona, y la prensa unánime tributó un recuerdo á la memoria de aquel que no pasó inútilmente por este valle de lágrimas, sino que sembró á su paso la semilla del bien y la del progreso, sin alardes ni ex- cesivas pretensiones que empañan el brillo de las buenas obras. Las escuelas de la Junta de Damas perdieron un protector que con un celo que sólo igualaba á su desinterés instaló una clase de dibujo para las niñas que asisten a aquellas, habiendo obtenido en poco tiempo grandes resultados. Hace poco que oimos al Sr. D. Luis Rigalt, que le ha reempla- zado en la dirección de la Escuela de Bellas artes, admirarse de cuanto habia hecho Manjarrés y cuanto habia empezado á organizar en un mes que habia estado al frente de aquel establecimiento. Con su maduro raciocinio era Manjarrés en muchas ocasiones el regulador en las cuestiones de arte^ en las cuales es muy fá- cil que la juventud inexperta vacile sin atinar en la verdadera senda y sin conocer los linderos del campo que pisa por prime- ra vez. Sus escritos quedan atestiguando una vida activa, laboriosa, consecuente é intachable. Quede también esta ligera reseña como testimonio de lo que fué Manjarrés en su vida de sociedad y en el interior de la familia, y en la unidad y consecuencia que hubo en todos los actos de su vida; que bien puede citarse como modelo de hijo, de esposo, de padre y de hermano cariñoso, así como de hombre de carácter y de buen patricio. ¡Que Dios misericordioso haya acogido en su seno el alma de varón tan virtuoso y escla- recido! Junio de 1881.