270 LAS BELLAS ARTES. nes de los magnates, después de haber levantado pequeñas si- nagogas para los judíos, iglesias de poco extensas dimensiones para los cristianos^ pero unas y otras, ricas de ornamentacioíi, en la cual, y sea dicho de paso, las inscripciones están tomadas de los libros santos, ó son leyendas morales, ó dedicatorias; ha- biéndose empleado en ellas con buen efecto los caracteres mo- nacales en juego con adornos árabes. . El estilo mudejar, combinando perfectamente elementos del ojival y del plateresco de que nos ocuparemos luego, constituye un arte, que, bien estudiado, puede dar por resultado una ar- quitectura nacional, que nada dejaría que desear en comodidad, solidez, decoro y grandeza. Durante los períodos de la historia del arte arquitectónico que queda reseñado hasta aquí, puede haberse visto un desar- rollo de ideas tan natural, que al menos acostumbrado á seguir paso á paso la senda que el Arte siguió, le es fácil conocerlo; pe- ro al terminar la Edad media verificóse un hecho que, en cierta , manera, cortó la ilación de ideas que en materias arquitectónicas aparecía, por presentarse como exabrupto. Y sin embargo, este hecho venia preparado muy de antemano. Es menester tener en cuenta que Italia por tradición ó por antipatía á todo lo que pudo proceder de Alemania, nunca adoptó el estilo ojival con el entusiasmo que la Alemania misma como era consiguiente, la Francia, Inglaterra y aun España; y mientras las grandes escuelas arquitectónicas de las márgenes del Rhín fijaban los principios que debían guiar á los construc- tores, mientras los prelados y el clero de dichos países trazaban los planos de las catedrales en los siglos xn y xiii y aun el xiv, Italia recibiendo á los artistas que emigraban de Constantinopla envuelta en discordias civiles, y apesar del estado de completa ARQUITECTURA. 271 decadencia en que el bajo imperio se hallaba; recordó las tradi- ciones propias, y se acomodó á los principios de los artistas bi- zantinos que acogía en su seno, de mejor gana que á los de las Fig. 115. Catedral de Siena. escuelas germánicas; que si los conoció, no hizo de ellos aplica- ción ni exclusiva ni privilegiada. Por esto en Roma, en medio de aquellos restos de la antigüedad clásica, menos arruinados 272 LAS BELLAS ARTES. de lo que están en la actualidad, se erigieron edificios, espe- cialmente religiosos, en un estilo arquitectónico que apenas se resentía de la influencia de la Escuela germánica; mientras que Fig. 116, Interior, de la Caledral de Siena. Pisa, Siena y muy particularmente Orvieto erigian sus catedra- les en un estilo en que se combinaban los elementos tradiciona- les del país, y los de la escuela germánica. Sin embargo, el es- píritu en favor del arte nacional se levantaba enérgicamente. ARQUITECTURA. 273 La ciudad de Florencia fué la que dio el primer ejemplo de rompimiento con los principios que habia importado allí la es- cuela ultramontana. Este rompimiento debe considerarse pues como hijo de un celo depurado en favor de la gloria del país. El artista que resolvió el especial problema de resucitar la Antigüe- dad clásica indudablemente fué inspirado por un sentimien- to noble y un amor patrio digno del mayor encomio. En 1380 habia cesado en Florencia el régimen del terror; anunciábase el advenimiento de los Médicis; y dominaba toda- vía á los florentinos un vivo sentimiento religioso. Al principiar el siglo X la piedad pública exigió del Arte un monumento; y V se hizo cuestión de decoro artístico nacional para los florentinos la continuación de la atrevida cúpula de la catedral, que si- guiendo los principios de la escuela bizantina, trató de levantar Brunelleschi. Esta obra, así como otras iglesias y palacios que se construyeron á la sazón según los planos de este artista y bajo su inmediata dirección, introdujeron y popularizaron ideas que yacían en el olvido, combinándose con otras nacidas quizá en la misma atmósfera creada por las escuelas germánicas, ó qui- zá hijas de la fuerza de las circunstancias, y cuyo conjunto es conocido en la historia del Arte por Fstilo del Remcimiento. Ello es que aparecen en él formas arquitectónicas de Grecia y de Roma antiguas, dispuestas según principios de escuelas ul- tramontanas que Brunelleschi pudo haber aprendido de Nicolás de Pisa y de Arnolfo de Lapo y otros artistas que le habían precedido, porque de otra manera no hubiera podido responder á las exigencias de la época. La influencia de Brunelleschi se extendió por toda la Italia por medio de sus discípulos, entre los cuales fué uno de los más notables Michelozzo de Forli; el cual, si bien no emprendió obras tan grandes como las que llevó á cabo su maestro, concluyó al- gunas siguiendo estrictamente los modelos de éste. Débe- sele á Michelozzo la elegancia que semejante estilo alcanzó en la superposición de distintos altos: y desde él puede decirse A-18 274 ' LAS BELLAS ARTES. que quedó ñjado el gusto nacional" florentino en Arquitectura. A mediados del siglo xv el papa Nicolás v. (1447-1455), en el cual terminó el Cisma de Occidente, deseoso de glorificar la Iglesia, manifestó gran predilección por la Arquitectura; hizo pues un llamamiento á los artistas para que hasta en los vasos sagrados y vestiduras sacerdotales se viese como un reflejo de la Jerusalen celeste. El arquitecto á quien encargó tan vasto plan fué León Bautista Alberti, hombre de conocimientos uni- versales, prodigio de ciencia y con apreciables dotes personales. Escribió un libro, que dedicó á dicho pontífice, con el título: De re eedificatoHa, el cual puede considerarse como un homenage tributado á la Antigüedad griega y á la romana, pero sin adula- ción, con sano criterio, despreocupado razonar, y haciendo posi- ble la conciliación del interés arqueológico con las necesidades de la época en que vivió. Los inmediatos sucesores de Nicolás v. poco se ocuparon del arte arquitectónico: oíros asuntos interesaban más inmediata- mente á la cristiandad entera: el mismo Sixto v. (1471-1484) más bien por consideraciones de utilidad material que por deseo de conservar los monumentos que atestiguaban la antigua gran- deza romana, trató de hacer restauraciones notables. Su arqui- tecto Pintelli, quizá discípulo de Alberti, siguió las huellas de este artista. Sus obras están en el día desfiguradas por trabajos posteriores de otros artistas; pero puede muy bien decirse, que dejó reflejar el estilo de Alberti; habiéndole aventajado en ele- gancia, aunque quizá no en solidez, su inmediato sucesor Bra- mante, (F. Lazzari-1444-1514.) Este artista habia medido los monumentos aíitiguos de Roma; circunstancia que llamó muy especialmente la atención de los cardenales Garaíra,"della Rovere, y Picolomini, únicos que es- taban animados de un verdadero espíritu artístico. El primer trabajo que acreditó á Bramante fué la reconstrucción del con- vento de la Pace por encargo del cardenal Carafí'a. Cuando De- lia Rovere, con el nombre de Julio ii ciñó la tiara (1503-1513), ARQUITECTURA. 275 Bramante adquirió todo el prestigio que su genio necesitaba. El pontífice trató de concluir el palacio del Vaticano plagado de construcciones irregulares, y por consiguiente que carecía de unidad. Bramante fué el encargado de dársela: el papa exigió ejecución pronta, lo cual fué causa de algunos desastres; pero adiestró al arquitecto en la liabilidad de construir con rapidez. La idea de ensanchar la basílica de San Pedro databa de Nico- lás V. Habíanse hecho ya varios trabajos desde entonces, pero eran más bien de conservación y de reparación que de construc- ción. Julio II lo hizo demoler todo para dejar más expedita la acción de Bramante, el cual llevó tan á buen camino la empre - sa que puede decirse que el Vaticano es su obra maestra. Tén- gase sin embargo en cuenta que el plan sufrió modificaciones en manos de los que la llevaron á término. La gloria de concluir aquella Basílica estaba reservada á otro artista de grandes cualidades, pero falto de la elegancia que ca- racterizó las obras de Bramante, el cual apesar de todo, fué el que fijó los principios de la escuela itálica llamada greco-romana por su origen, y del Renacimiento, por la época en que quedó definitivamente constituida. El artista que terminó el Vaticano modificando el plan de Bramante fué Miguel Ángel en el cual, apesar de su gran talento, se inició la época decadente de la Arquitectura. Para conocer los caracteres de semejante estilo arquitectónico es menester recordar así la arquitectura arquitrabada, de la an- tigua Grecia, como la arquitectura en arco de la antigua Roma; así la pureza de la primera, como la depreciación que sufrió en poder de los romanos'; así la inflexibilidad del arco de medio punto de origen etrusco, como la bóveda en pechina de los bi- zantinos; y todo sometido así á la proporción material del canon griego, como á la simplemente racional de las escuelas germáni- cas. De este modo se produjo el estilo greco-romano , muestra del cual son: la Basílica del Vaticano en Roma, principiada por 276 LAS BELLAS ARTES. Bramante y terminada por Miguel Ángel; el Escorial, medio Fig. 117. El Vaticano. siglo más tarde, que Herrera levantó en España; y la catedral de San Pablo, que Wren construyó en Londres al terminar el siglo XVII. En los monumentos del Renacimiento el arco de medio pun- to fué la forma fundamental; por consiguiente los demás carac- teres distintivos los constituyeron: la bóveda de medio canon dividida en cláusulas por arcos formeros é interrumpida por lu- netos: la bóveda'por arista sin ojiva de ninguna clase: la bóveda liemiesférica en pecliina: la decoración arquitrabada con fron- tón ó sin él, acusando en este último caso el techo plano arteso- nado, ó empleado simplemente como guardapolvo de un vano: la columna sosteniendo más comunmente el arco que el cornisa- mento, ó pareada para sostener un aparato de cornisamento en el que estriba un arco; el pilar sosteniendo grandes bóvedas que se cruzan en todas direcciones, teniendo embebidas en sus fa- chadas pilastras^ que reciben, tal como pueden hacerlo las co- fvFig, 118. Monasterio del Escorial. ARQUITECTURA. 279 lumnas ya inmediatamente ya interpuesto un cornisamento, arcos formeros que dividen en cláusulas las bóvedas: y todo exornado á la manera griega y romana, con elementos antemá- ticos sacados de los monumentos de la clásica Antigüedad. Los florentinos supieron combinar la gracia con la grandiosi- dad y la simplicidad. Cuando se entra en aquellos palacios cu- yo aspecto exterior presenta una noble sencillez, admira lo exquisito y delicado del gusto que allí reina. Esto da á enten- der que al determinar el estilo greco-romano, no lo sacriñcaron todo á una pasión desordenada por lo gigantesco; y que si á veces economizaron detalles, fué indudablemente con el fin de seguir el gran principio de que cnanto más se aummta la masa menos delen'prodigarselos accidentes. Propagóse semejante estilo por Europa con gran prestigio y con toda la lozanía de la novedad al terminar el siglo xv, cuan- do Italia llegó á ser el campo que la política eligió para darse los monarcas á la sazón más poderosos de Europa la última ra- zón en que fundaban sus respectivas ambiciones. La multitud de extranjeros ilustres, sobre todo españoles, franceses y alema- nes que por distintos motivos se reunieron en Italia, hubieron de dar á conocer á sus respectivos países una nueva civilización, y con ella los atractivos de la Antigüedad, ya no restaurada sino simplemente modificada, para acomodarse á las necesidades de una nueva civilización. Apesar de la fidelidad con que los más entendidos y concien- zudos arquitectos del siglo xvi siguieron los principios de la es- cuela itálica que nos ocupa, generalmente hablando, no apare- ció desde luego semejante estilo con toda su pureza, ni se aplicó del mismo modo. Arraigado como estaba en toda Europa el esti- lo ojival, habíanse acostumbrado los artistas á aquel sistema de líneas, á aquella combinación de ángulos, á aquella minuciosi- dad de detalles, y á aquella simetría ó proporción fundada en la idea, no del monumento para el monumento, sino del monu- mento para el hombre: no les fué por-lanto posible ó no quisie- 280 LAS BELLAS AHTES. ron, admitir inmediatamente una decoración en la que parecía dominar la línea horizontal, y sin embargo tenia el arco de me- dio punto por elemento peculiar, arco, que por naturaleza ten- dia á volver al suelo en donde estribaba en vez de elevarse hacia el espacio; una decoración por fin en que las proporciones eran calculadas más bien que sentidas, y en que la exornación no consistía más que en imitaciones de lo que se produjo en otra edad, aplicado á las necesidades de una sociedad comple- tamente distinta. Así fué que hubo de formarse un estilo de transaccio7i al propio tiempo que de transición, para llegar al ver- dadero estilo itálico ó greco-romano tal como le ideó Brunelles- chi y le determinó Bramante. Anuncióse en Europa el estilo itálico con algunos detalles, sin excluir del todo las formas del estilo ojival. En la misma Italia continental existe la célebre cartuja de Pavía, tipo de semejante transición. En este monumento, así como en muchos otros con- temporáneos, se echan de ver los elementos del estilo greco-roma- no aplicados en cierta manera según los principios de las escue- las germánicas, por ejemplo, la importancia dada á los ingresos y ventanas por medio de una rica exornación, y hasta en el co- nato de elevarse hacia el espacio por medio de multiplicados pináculos, y en el mismo empleo de las ojivas, y arcos de dos puntos. La profusión de adornos es precisamente lo que fuera de Ita- lia caracterizó semejante estilo de transición: estílo que por ha- ber sido importado á España y ser especialmente usado en este país por los plateros en objetos de su arte pertenecientes al culto católico, lomó el epíteto de estilo plateresco. En este estilo las columnas, las pilastras, los cornisamentos, los grandes frisos fué todo usado con tal profusión y siempre con el carácter de mero adorno, que no pareció sino que el genio no tenia bastante espacio para explayarse; acumulando elemen- tos de exornación, que á decir la verdad, era rica al par que elegantemente combinada.. En general dejábanse grandes espa- Fig. 119. Palacio de S. Telmo. (Sevilla.) ARQUITECTURA. 283 cios del muro sin decoración alguna, guardándolo todo para los vanos; lo cual producía un prodigioso efecto, á cai^sa de la sim- plicidad combinada con la gran prodigalidad de riqueza. A favor de estas circunstancias hubieron de nacer los balaus- tres. Parece que las primeras formas de balaustres para los an- tepechos y barandas fueron las columnitas, pudiendo confirmar esta opinión el nombre genérico de colo7ietfeq\ie los italianos dan á tales miembros arquitectónicos de todas formas. Es de creer que Brunelleschi hubo de encontrar algunos ejemplos en mo- numentos antiguos para usarlos por primera vez en el palacio Pitti de Florencia. En las proporciones de los miembros arquitectónicos entre eí; dominó el buen criterio del arquitecto; pero tomando siempre por tipo las proporciones de los monumentos antiguos. BA.K.K,0QXJIS1^0. Muy lejos estoy de condenar todo lo que durante el dominio del Barroquismo se produjo en Arquitectura, porque prescin- diendo del verdadero significado de la palabra, que indica una decadencia, sin embargo, llegó á formar una Escuela especial que no fué más que un abuso del efecto pintoresco que quiso aplicarse con demasiado exclusivismo á lo que no debia tener más que el arquitectónico: abuso que en manos del genio pudo manifestar cierta grandiosidad que pasma, pero que sin genio, sin gran genio, habia de encaminar el Arte por una senda muy torcida. Lo que no se puede negar al Barroquismo arquitectónico, es la extraordinaria actividad que desplegó, pues en poco más de un siglo que escasamente imperó, lo invadió todo, y lo transfor- mó todo, desde la morada del menestral hasta lo interior del Santuario. Queda dicho que Miguel Ángel sin echarlo de ver, sentó los