ARQUITECTURA. 283 cios del muro sin decoración alguna, guardándolo todo para los vanos; lo cual producía un prodigioso efecto, á cai^sa de la sim- plicidad combinada con la gran prodigalidad de riqueza. A favor de estas circunstancias hubieron de nacer los balaus- tres. Parece que las primeras formas de balaustres para los an- tepechos y barandas fueron las columnitas, pudiendo confirmar esta opinión el nombre genérico de colo7ietfeq\ie los italianos dan á tales miembros arquitectónicos de todas formas. Es de creer que Brunelleschi hubo de encontrar algunos ejemplos en mo- numentos antiguos para usarlos por primera vez en el palacio Pitti de Florencia. En las proporciones de los miembros arquitectónicos entre eí; dominó el buen criterio del arquitecto; pero tomando siempre por tipo las proporciones de los monumentos antiguos. BA.K.K,0QXJIS1^0. Muy lejos estoy de condenar todo lo que durante el dominio del Barroquismo se produjo en Arquitectura, porque prescin- diendo del verdadero significado de la palabra, que indica una decadencia, sin embargo, llegó á formar una Escuela especial que no fué más que un abuso del efecto pintoresco que quiso aplicarse con demasiado exclusivismo á lo que no debia tener más que el arquitectónico: abuso que en manos del genio pudo manifestar cierta grandiosidad que pasma, pero que sin genio, sin gran genio, habia de encaminar el Arte por una senda muy torcida. Lo que no se puede negar al Barroquismo arquitectónico, es la extraordinaria actividad que desplegó, pues en poco más de un siglo que escasamente imperó, lo invadió todo, y lo transfor- mó todo, desde la morada del menestral hasta lo interior del Santuario. Queda dicho que Miguel Ángel sin echarlo de ver, sentó los 284 LAS BELLAS ARTES. cimientos del Barroquismo; y debemos ahora añadir que en Ar- quitectura más que en las otras artes plásticas, fué perjudicial su ejemplo. Libráronse indudablemente del contagio, genios pri- vilegiados como Serlio (1475-1552) Vignola (1507-1572) Palla- dio (1518-1580) y Scamozzi (1452-1616); pero la rivalidad entre Borroniini y Bernini será siempre funestamente célebre en los anales arquitectónicos. Si Borromini (1599-1677) por haber en- contrado demasiado reproducidas las formas greco-romanas, ña- do en la fecundidad de su genio, llevó su atrevimiento hasta la osadía en el arte de construir; Bernini llevó su extravagancia con obras de un género análogo al tabernáculo (baldaquino) de Fig. 120. Tabernáculo de la Basílica de S. Pedro. (Roma). San Pedro del Vaticano. A estos hombres vino á aventajar en extravagancias arquitectónicas el P. Guarini (1624-1683) el cual divulgó dentro y fuera de Italia sus aberraciones. Fué en España uno de los principales introductores y propa- gadores D. Pedro Ribera; habiendo contribuido á su íiclimata- Fig. 121. Iglesia de los Clérigos.—(Oporlo). ARQUITECTURA. 287 cion D. José Churriguera (que murió en 1725), el cual haciendo ostentoso alarde de la licencia que en el estilo que nos ocupa puede verse en muchas obras suyas, que existen en Castilla la Nueva, dio en España su nombre á semejante estilo. Los caracteres del Barroquismo en Arquitectura son muy especiales. Hízose gala de adulterar arcos y dinteles; esquebrajar enta- blamentos; mutilar cornisas; retorcer fustes de columnas, arro- dillarlos, abalaustrarlos; de dar ampulosidad á todos los miem- bros, y de olvidar los buenos modelos del antema; empleándose en su lugar, hojas sueltas, pechinas, rocallas, pellejos retorci- dos, y mil otras incongruencias y caprichos, pintorescos unos, de mal género otros, complicados muchos, y sin razón de ser, todos. Esto no quiere decir que en medio de esta licencia y enfati- quez de la decoración y de la exornación, muchos monumentos no conservasen cierta nobleza y cierta grandiosidad. Los monu- mentos arquitectónicos levantados por los P. P. de la Compañía de Jesús suelen ser los tipos apreciables del estilo que nos ocu- pa; tal es la Iglesia de los Clérigos de Oporto: con planta regu- lar, se levanta el edificio acusándose siempre lo interior en lo exterior, sacando de la construcción motivos para la decoración: todo está allí perfectamente razonado; siendo recomendables la riqueza en las puertas y ventanas, la tranquilidad y hasta des- nudez en los entrepaños y lienzos del muro. El Hospicio de Ma- drid puede, dar una idea de que nuestro Churriguera supo dis- tinguirse por análogas circunstancias: el Palacio de S. Telmo de Sevilla es otra muestra de semejante estilo. Por todo lo cual no puede condenarse, como queda dicho al principio, el estilo barroco en Arquitectura; pues llegó á formar escuela: aunque sea menester confesar que soleen manos de grandes genios pudo producir excelentes obras. •* He aquí como la facilidad de abusar de los elementos y prin- 288 LAS BELLAS ARTES. cipios del Barroquismo en Arqviilectura exigió la aparición de un correctivo. He aquí la Restauración de la Arquitectura , cu- yos caracteres escolásticos primero y verdaderamete artísticos des pues vamos á historiar. ¿ ÜESTAXTR, AClOlsr, Despnes de una licencia tan perjudicial al Arte como la que habían producido las ideas de Borromini, de Bernini y de sus prosélitos, y con la cual las medianías (que siempre forman el mayor número) se perdieron en una imitación sin criterio; hu- bo de sentirse la necesidad de un nuevo llamamiento para la restauración del estilo greco-romano. El caballero Fontana en Italia, su discípulo Felipe Juvara con su reputación europea en España, y Perrault en Francia más adelante^' se propusieron sacar la Arquitectura de la anarquía del Barroquismo; pero apesar de los esfuerzos que estos hombres hicieron, ya precep- tuando, ya produciendo obras notables por sus cualidades artís- ticas tan lastimosamente olvidadas, no fué posible restaurar lo greco-romano en su primitiva pureza. Fué que el modo de ver y de apreciar las cosas estaba muy viciado, y les era imposible á los artistas prescindir de las preocupaciones é ideas de la épo- ca en que vivían. Quizá los medios que se emplearon no fueron los más apropósito ni los más eficaces. Pertenece á esta época el Palacio Real de Madrid, mandado construir por Felipe V bajo los planos y dirección del arquitecto turinés Juan Bautista Sa- chetti, habiéndose puesto la primera piedra en Abril de 1737. Es condición del espíritu humano la exageración en los prin- cipios que se contraponen á los que se atacan: la exageración pues de las ideas del Barroquismo trajo la exageración de los medios que habían de poner coto á la licencia á que daba lugar y así fué que al tomar á los preceptistas del siglo xvi por norma de lo que había de practicarse, se prescribió la observancia de