IMAGEN'POLICROMA •Hf D. JUAN SAMSÓ .•¥»* EICMO. SR. D. PEDRO DE MADRAZO o de üsl< BARCELONA IMPRENTA DE J AI M ti J E P Ú S IMAGEN POLICROMA CONCEPCIÓN IflMACÜLADA D. JUAN SAMSÓ EXCMO, SR. D. PEDRO DE MADRAZO BARCELONA. I M I' R [•; N T A D K J A IME J E P Ú S, EXMO. SR. D. PEDRO DE MADRAZO: nos ha valido, entreoirás satisfacciones, la de leer el profundo y erudito artículo publicado por V. en .La Ilustración Es- píinolü v Am erica níirt * en el que, al par de la magistral d s e— cripcion de la bella imagen de María, emite V. atinadísi- mas consideraciones sobre la naturaleza, el carácter y la dig- nidad del arte reli£iosOi tomando con ello activa pñrte en el apostolado de restauración que, por dicha presente y espe- sociedad piadosa. No pueden ocultarse a quien tati concien- " zudamente escribe ¡o mucho que influyen el decoro y pro- peto y veneración á los santos ideales que ellas representan; ni cuanto enfria la devoción y el amor á las cosas sanias el verlas, como suele acontecer, del todo desprovistas de espf- que nos son por toda manera complacientes. Sino temiera llevar fuera de límite mi osadía, suplicarla a v , rnc concediera su venís pura mandar imprimir su pre™ CO O trabajo Cn edlClon Separada, así para Q 1 lSS dlStlll™ l S L6 guidas jóvenes, á cuya generosidad debe mi parroquia la joya s difundida su lectura, y proporcionándola á centros i rnuy necesitados, lograse mayor propaganda la but Ya es V. acreedoi libertad que me he tomado manifestándosela, sin otro título que el tener noticia de la bondad que á V, caracteriza. pellan SEÑOR D. EDUARDO M. a VILARRASA: MUY VENERADO SR. MÍO: I.,a aprobación de un3 tmtondad como v. puede envanecer que el Arte no debe cultivarse por el sólo placer de producir obras de Arte, creo también que no se debe escribir sólo para merecer aplauso. Por este motivo» si la bondadosa congratulación con que V. me honra me causa verdadera satisfacción , es porque del buen camino. Con esta seguridad que sus bene'volas frases rae inspiran, deseando ardientemente poder contribuir á la obra meritoria visión del noble des'ino que iba V, á darle, no le haya yo re- üactado con la amenidad que fuera de apetecer. ¡Ojalá hubiera yo podido poner en manos de esas piadosas señoritas, a quienes va v. a dedicar la nueva edición, una cion arqueológica! Entonces su aroma se habría mezclado hala de su preciada carta de V. PEDRO DE MADRAZO LA CONCEPCIÓN INMACULADA KÜTÁTIJ.V POLICROMA. CRMMA7A DEL ESCULTOR D. J U A N SAMSÓ depurado, se ¡unte el lujoso atavio de la escultura orien- tal, reproducida desde los dias de Justiniano con varia fortuna durante la Edad media, y floreciente en la esta- tuaria polícroma del siglo de San Luisy San Fernando. Me inclino á creer que no se ha ejecutado en nuestra patria en los actuales tiempos ninguna imagen sagrada dentro de tales condiciones, á excepción de la que me mueve á escribir esta breve noticia. efigies pintadas. En España, cabalmente, descolló el arte de estofar la escultura de madera, y aun la de piedra, cual en país ninguno; y puede asegurarse que la estatua- ria religiosa en este suelo, sobre todo desde el sigloxvn, en que tanto fomentó la Iglesia el arte de labrar en ma- dera imágenes, retablos, pasos de procesiones, etc., y en oue tanto empleo losraron los discípulos de ios p^arti* ncz Montañés, de los Gregorio Hernández, Canos y Menas, y otros infinitos entalladores y estufadores, fue constantemente polícroma. Pero no es la escultura polí- croma naturalista, ó si se quiere, realista, el género á que corresponde la obra del Sr. Samsó. Hubo en la Edad media, como dejo indicado, una es- cultura religiosa muy desemejante por cierto de la que nuestro culto ha venido perpetuando del siglo xvn acá; y aquella escultura, que puede decirse llegó á su apogeo en la gloriosa época de los dos santos reyes Luis IX de Francia y Fernando III de León y Castilla, era un arte idealista, y hasta cierto punto convencional, en cuanto a l a reproducción de la naturaleza objetiva: arte que comprendió admirablemente los limites dentro de los cuales habia de desarrollarse el principio imitativo. El arte entonces se mantenía en la noble región del pensa- miento, y no degeneraba en triste parodia de la natura- leza corpórea. Ititevpretütido sabiamente Ja humana for- ma, no imitándola como abyectos esclavos, llegaron en cierto modo los estatuarios del brillante siglo á que me refiero al resultado mismo que obtuvieron los insignes maestros de la antigüedad: á dar á las imágenes religio- sas que labraron para la Santa Capilla y para Nuestra Señora de París, para la Iglesia abacial de San Dionisio, para las catedrales de Auxerre, Reims, Amiens, etc., aquel grandioso carácter, aquella imponente majestad, aquella admirable sencillez que resaltan, por ejemplo, — 9 — en las esculturas del friso del Parthenon de Atenas, y que son el verdadero sello del genio. La naturaleza fí- sica era el media, noel objeto, de aquel arte. La funesta doctrina de el arte para el arte, que, transformando al vestidura, recibida del templo, y le arroja del puesto de honor que ocupó en la sociedad cristiana, cuyos religio- sos instintos vigorizaba administrándole el pasto de lo sian deleites groseros, no era entonces conocida. Toma- ban pié en la naturaleza el escultor egipcio, el asirio, el persa, el griego y el romano, para elevar la mente á la contemplación subjetiva de los seres ideales; en ella asi- mismo tomó pié el artista cristiano de los siglos xn y xin para elevarse á la consideración y contemplación de los divinos ejemplares de toda perfección y de toda santidad. El más obstinado realismo no podrá menos de confe- sar que si en alguno de los dominios del arte es dado idealizar la naturaleza, es precisamente en el religioso; y desde este punto de vista, los mismos críticos que pro- claman el principio realista convendrán conmigo en que la estatuaria egipcia, la griega del tiempo de Fídiasy la cristiana de la Santa Capilla de París, ó de las caled rales de Santiago, de León, de Burgos, de Toledo, etc., en lo que éstas conservan de aquel maravilloso florecimiento escultural del siglo u n , responde mejor al objeto final del arte religioso que la de las imágenes labradas en la escuela clásica inaugurada con el Renacimiento. Las diferencias entre uno y otro arte saltan á la vista. El arte religioso idealista, en cuya denominación com- prendo el que se practicó, asi dentro del ciclo faraónico como en el siglo de Perícles, y en la época de Justinia- no en el Imperio de Oriente, y luego en la Edad media — 10 — durante los siglos XIII, xiv y xv, proscribe todo elemento contingente y puramente individual de humana fragili- dad, y todo accidente demasiado material y grosero, sólo motivado por causas ocasionales, extrañas á la ineludi- ble imperfección de la materia terrena; al paso que el arte religioso realista, perdido en la reproducción de estos accidentes, como se pierde una fuente que, en vez de correr derechamente al llano, se desparrama por las es- cabrosidades de la montaña, y, olvidando el fin á que le llama el templo, convierte al culto de la materia la aspi- ración instintiva de la criatura á lo espiritual y eterno, y esa preciosa adivinación de la belleza increada, ó sea de la belleza ideal, que llamamos inspiración y numen. No es que el arte religioso idealista dé al desprecio la forma humana; todo al contrario: sin el profundo cono- cimiento de ella quedarían reducidas las imágenes que crease á meros símbolos, como las deformes efigies que producía allá en los siglos vm, ix y x, cuando el Occi- dente vislumbraba apenas la existencia de las artes plásti- cas; pero por lo mismo que su misión *s levantar y en- noblecer el espíritu, y desligarle de lo perecedero y terrenal para que se adhiera á lo espiritual é infinito, es menester que el artista consagrado al cultivo de la es- cultura ó de la pintura religiosa haya venido al mundo con el raro don de discernir cuálesde las bellezasy atrac- tivos de la naturaleza son elementos esenciales de su arte, y cuáles le son contrarios, y hasta qué punto debe, en la interpretación de la humana forma, tomar en con- sideración sus meros accidentes. Cabalmente la austeri- dad con que procede en esta indispensable selección le obliga á ser conocedor profundo de la forma corpórea y de los efectos que en ella producen los movimientos del ánimo y las pasiones, porque el mismo, al renunciar á — I ] — minuciosidades contingentes y descartarlas, voluntaria- mente se priva de recursos que cautivan al vulgo y que admirablemente le servirían para encubrir defectos ó in- correcciones sustanciales. Los tres escultores helenos que, según Plinio , ejecu- taron el grupo del Laoconte (y perdónenos Lessing que lo cree obra romana), al renunciar á todo accesorio ex- traño ala esencia de la forma humana para representar la tremenda escena en que el sacerdote de Neptuno y sus dos hijos Antípriates y Timbreo perecen sofocados su grandiosa obra, lo acrecentaron, porqueel drama del merite fisiológicos, es decir, en los gestos y horribles contorsiones, de desagradable aspecto, que habían de acompañar al fiero suplicio que padecían el sacerdote rebelde y sus dos hijos adolescentes; ni en las señales que deberían marcar en los extremos y en el rostro del padre, ya que nó en los de aquellos mancebos, el des- gaste y la deformación de la materia durante el curso de la vida; ni en las vestiduras características de los tres personajes de la espantable tragedia, ni en los accesorios que podían individualizarlos; sino en el gran conflicto á que fueron entregados por la ira de Apolo: conflicto de dolor físico y moral sublime, que sólo un arte con- sumado y admirable podía legar á la posteridad sin el auxilio de caracteres externos y vulgares. La conocida y famosa estatua del Gladiador, de Aga- sias; el Discóbolo; el ApoloSauroctono; el célebre grupo de Castor y Pólux, según unos, de Pílades y Oréstes, según otros, conocido aquí con el nombre de Grupo de San Ildefonso, por (¡1 Real Sitio del cual durante mu- chos años fue peregrino ornamento; la Venus de Milo, la Venus agachada, el Fauno descansando, el Fauno de los platillos, todos los bellos ejemplares, en fin, de la escultura clásica antigua presentan este mismo curioso fenómeno de reproducir, con perfección admirable, la forma y la vida, la condición de los personales, la fuer- za, el movimiento, la debilidad, el cansancio, el ímpetu ciego, el poder de la inteligencia, sin ninguno de los ac- cesorios en que cifra el vulgo el prestigio del arte como imitación de la naturaleza en sus brillantes alardes y en sus desfallecimientos. Por el contrario, en los siglos de decadencia, en que cree el escultor llegar al ápice de la pericia artística porque, además de dar fisonomía individual á las imá- genes de Dios, de Cristo y de la Virgen, las abruma de accidentes y accesorios, señala en ellas hasta las más pe- queñas menudencias del sistema arterial y venoso y del tejido celular, y, si se trata de santos penitentesy ancia- nos, acusa en ellos las arrugas, las varices, el vello cer- doso, las excrescencias de ía piel, la deformación de las uñas, la relajación de los músculos, el abultamicnto de las articulaciones, etc.; lo que resulta después de este trabajo prolijo y estéril es que el estatuario, en vez de añadir vida, calor y verdad á sus obras, se las quita, y reduce la naturaleza, que presume imitar y contrahacer, á un desagradable espectro de la naturaleza misma, afeada por tantas y tan deplorables huellas del pecado del primer hombre. Pues añádase á este malhadado afán de convertir la obra de arte en triste inventario de flaquezas, defectos, minucias y pelillos; añádase que un mal entendido na- turalismo ponga el colmo á la tarea de Ja servil imita- ción esto/ando la efigie sagrada, esto es, embadurnán- dole la cara y las manos, y aun á veces el torso ó el — i3 - cuerpo entero, según los casos, con la mixtura que lla- man encarnación, y pegando, verbigracia, lágrimas de cristal al rostro bien charolado y reluciente de la Dolo- rosa, incrustando en él además dos brillantes ojazos de vidrio, ó plantándole á Jesús Nazareno en la cabeza un pelucon de verdadero pelo, colgando por la espalda la lacia y empolvada melena, que se desparrama al viento en la procesión del Viernes Santo ¡ah! entonces es ya algo más que la parodia de la vida real lo que el es- cultor produce: es un cadáver embalsamado por el mé- todo Je Ganahl y puesto de pié sobre una peana para espanto de ias personas de buen gusto* Cosa singular: cuanto más se esmera y se fatiga el ar- brújula atravesando un bosque para llegar á un punto determinado: toma la senda que cree le ha de conducir derechamente á ese punto, y distraído durante su mar- cha con los pájaros que vuelan de unos en otros árbo- les, con el arroyuelo que serpentea por entre las plan- tas, y con las florecillas que le esmaltan la vía, cuando llega á ]ñ salida de la floresta se encuentra en dirección se. Lo mismo le pasa al escultor que, sin brújula que le marque el fin á que debe conducir su obra, ima- ginándose caminar directamente á este fin, desperdicia el ingenio en pequeneces accidentales, y se halla, por término de su tarea, con un espantoso y frió muñeco donde se figuró haber creado un nuevo ser lleno de ca- lor y vida. Para formar y pintar una estatua, y sobre todo, una estatua sagrada, se necesita un gusto muy depurado; y de tenerle en grado eminente acaba de dar una insigne — [4 — s la bella imagen que voy á describir ligeramente. Está la Inmaculada de pié sobre 1Ü luna, ceñida esta beza de la infernal serpiente, y con las manos juntas delante del pecho oprime blandamente contra el seno la caída del voluminoso manto, sujeto al cuello con un magnífico broche de pedrería. Corona su virginal cabe- za un nimbo de doce estrellas, y ante la inocente expre- sión de su bellísimo semblante vienen involuntaria- mente á la memo'ia aquellos inspirados versos del poeta de Saluzzo: No podia el artista haberse ceñido más fielmente al sacra do texto que sugirió al arte la representación del misterio de la Inmaculada Concepción de María: — .Apareció en el cielo una grande señal: una mujer ves- tida de sol, y la luna á sus pies, y en su cabeza una co- rona de doce estrellas.o Concuerdan Pacheco é Interian — J5 — de Ayala, comentando en cierto modo el l e ñ o apoca- líptico, en que debe figurarse á la Virgen en este miste- n o de edad muy tierna, como de doce anos» por ser esta la edad en que ordinariamente se nos representa la her- mosura más ajena de mancha y con mayor pureza; en que la imagen de !a Concepción no puede pintarse (ni de consiguiente esculpirse ó modelarse) según la fe de la Historia, porque la Sacratísima Virgen, en aquel primer instante en que fue animada y santificada, no tuvo vestidura ni adorno corporal ninguno, siendo su solo adorno la gracia y los dones celestiales; y en que por esto mismo se la debe representar con túnica blan- ca y resplandeciente, bordada, si se quiere, con fiores posible. La obra del Sr. Samsó hubiera podido llenar perfec- tamente fu objeto en el altar del templo á que está des- uñada, como simple estatua, y sin otro atractivo que su belleza escultural, desnuda de iodo aditamento. Es ese templo una bella construcción ojival del siglo xiv, que el activo amor al arte y la acendrada fe de algunos piadosos y cultos barceloneses logró trasladar, del bar- rio donde primitivamente fue edificada, al emplaza- miento que hoy ocupa en el ensanche de Barcelona. Llamábase antes iglesia de Junqueras; hoy, demolido el convento á que pertenecía para conducir por su área una espaciosa vía pública, lleva el nombre de parroquia de ¡a Concepción. En el suntuoso altar mayor, erigido en el centro del presbiterio de la iglesia renovada, á expensas de un piadoso capitalista y por iniciativa de una hija de este, criatura inocente muerta en la primera flor de la adolescencia, obtiene su colocación, merced á — i6 — Barcelona, la primorosa estatua de Samsó, y allí con- templan los barceloneses ilustrados hasta qué punto es adecuada la obra del benemérito artista al sagrado edi- ficio que acaba de recibirla. La conveniente adapción de toda obra de arte al ca- rácter del monumento en que ha de figurar, es ley pri- mordial, de que la estatuaria muy especialmente no debe prescindir. La iglesia de Junqueras, hoy de la Concep- ción, es de un gótico puro, que no consentiría otro arte escultural que el desarrollado á la-sombra de los esbel- tos pilares y de las altas bóvedas apuntadas de las cons- trucciones ojivales de ios siglos xin y xiv. Las imágenes que en ella se alberguen no pueden menos de guardar discordar del que emplearon los escultores, entallado- res é imagineros que decoraron el bello claustro anti- guamente anejo á ella. Una exagerada síntesis arqueo- lógica hubiera tal vez podido exigir, como ley inque- brantable, que la imagen de la Concepción destinada á la que hubieran podido labrar, con igual destino, un maestro Bartolomé ó un maestro Jayme Castayls; pero ¿á qué renunciar al progreso del qrte, cuando la bella forma no es incompatible con la unción religiosa ni con la expresión mística que se desea mantener en la escultura sagrada? El Sr. Samsó, pues, nutriendo su espíritu de este misticismo, sin sacrificar los recursos del arte religioso moderno, ha obtenido el más comple- to triunfo, y ha hecho una Concepción de escultura que podria sostener el paralelo con las más bellas pro- ducciones inspiradas por la fe religiosa á los artistas procedentes de las escuelas de Dusseldorf, Munich y Dresde, herederas de las grandes, nobles y sencillas ins- - i7 — piraciones de los maestros italianos del siglo xui al xv. Porque no debemos ocultarlo, el genio de Samsó (él mismoacaso lo ignora) pertenece por sus tendencias á esa generación de artistas alemanes formada en Italia durante la vida de Overbeck, Cornclius, Schadow y Veit, al calor de las enseñanzas del Beato de Fidsole, del Gozzoli y del Donatello, y sus hermanos en la esfe- ra del arte son Schadow, Tiek, Eberhardt, y la pléyade entera de los propagadores de las bellas imágenes reli- giosas, á quienes felicitó en un memorable Breve S. S. Pío IX por los eminentes servicios que sus obras pres- tan á la religión. Las mismas observaciones que consignaba veinticinco años há el juicioso y elocuente crítico monsieur Bou- niol respecto de una Madona del pinior Muller, pode- mos hacer hoy nosotros, aplicándolas á la Inmaculada del Sr. Samsó. « Hay en Jas obras de este artista (decia «aquel escritor) una sencillez de ejecución y una serc- nnidad, que desde luego anuncian el recogimiento de »un espíritu profundamente cristiano, para el cual el «trabajo no es sino la efusión del alma en la plegaria. «¡Qué gracia tan celestial la de esa Virgen ! ¡ Qué carác- ster de santidad y de dulzura el suyol Hd aquí verdade- r a m e n t e ala Virgen délas Vírgenes, á la Madre divina, uta! como la piedad la sueña, en nada semejante á otras • Madonas de belleza enteramente terrenal, y con fre- • cuencia profana! • En efecto, la Concepción que nos ocupa es una tierna doncellita, llena de belleza, de santidad, de castidad Inadecuada es por cierto esta palabra para pintar la pureza que su semblan- te revela, donde, más que la virtud de quien vence el estímulo de la abyecta materia, se ve la ausen- cia absoluta de semejante estímulo, la estrañeza inse- xual de toda culpa, tic toda mancha, de toda sombra de pecado. El grácil y delicado cuerpo de la elegida de Nazarcth denota á primera vista su tierna edad; su esbeltez se ma- nifiesta en sus elegantes proporciones y en las líneas del ropaje que Ja cubre; sus nobilísimas manos i u rilas co * • mo en extática beatitud, brindan al creyente con su po- derosa mediación para con aquel Esas manos, dignas de ese rostro por su distinción y su belleza, son de un modelado tan exquisito, de una forma tan correcta, que desde luego manifiestan la cien- cia y el buen gusto adquiridos en la contemplación del amiguo y del modelo vivo selecto, por el digno profesor de Escultura de la Escuela especial de Madrid. Pues, el ropaje de esta estatua no es meros notable por su bella disposición y su plegado. Un ligero velo—el dominica!—que no baja de sus hombros, cubre la parte posterior de la linda cabeza, dejando libre el cabello de la frente y de las sienes; una túnica con orla de pedre- ría protege el púdico seno, descendiendo hasta el pié, y encima un manto, orlado también de vistosa y rica ce- nefa, abrochado al pecho con una grandiosa fíbula cala- da y gemmata, y recogido en sus caídas bajo los brazos, forma sobre la cadera izquierda algunos amplios caño- nes muy bien motivados, sin afectación ni rigidez; un leve sinus, gracioso y bien razonado, sobre la suave y poco pronunciada convexidad del vientre virginal y pu- rísimo; un recogido, también muy natural y sencillo, en lo pnrte baja, á la derecha, dejando ver la túnica ; y a la espalda de la figura, una noble , majestuosa y roza- gante caída, que va ensanchando desde los delicados hombros hasta la extremidad inferior, ceñida al globo que sirve á la Inmaculada de escabel. Aun tomadas en consideración las diferencias que existen entre la estatuaria y la pintura, nadie negará que el Sr. Samsó pudo haber dado al ropaje de la Virgen, ora los pliegues quebrados y angulosos de las escuelas germánicas anticuas, ora los vagarosos c indecisos quc tanto usó el místico Murillo, el cual se proponía acaso con ellos dar una cierta idea de la región etérea en que su exaltada fantasía se figuraba representado el adorable símbolo de la original pureza de María; pero ni el ple- gado de los Vander Weyden ó de los Dureros, ni el de Murillo y sus imitadores, se adaptaban a una obra de escultura que habia de estar en relación con un templo gótico del siglo xiii ó xiv, ni habi.i por qué renunciar al sistema de plegar, menos artificioso y rebuscado, que estuvo constantemente en práctica en esos siglos. Cabal- mente en el xui empicaron los buenos estatuarios, así franceses como españoles, un método natura! y sencillo, que, dando á las estofas su peculiar gravitación según Iu clase de su tejido, proscribía todo amaneramiento y cc- ñia la silueta de las figuras al espacio que estas habían de decorar. Los paños de la estatuaría en dicha centuria no vola- ban, no aparecían ampulosos y henchidos por el viento, ni tampoco ofrecían los quiebros que da el maniquí re- vestido de papel ó lienzo mojado. Emulando, sin saber- lo, los maestros de aquel tiempo con los griegos, ves- tían sus figuras con arte inimitable, fiando la forma de los pliegues, no al capricho, no á un sistema preconce- bido, sino al efecto natural producido en las ropas por el movimiento de los cuerpos. Ciertamente en el arte de plegar los paños la iconografía religiosa del siglo u n llegó á la perfección: véanse las estatuas que decoran la portada del norte de la Catedral de Burgos; véanselas que constituyen la profusa y admirable decoración es- cultural del pórtico de la Catedral de León; recuérdese, por último, el esiilo de las estatuas polícromas de la Santa Capilla de París y de aquella bellísima figura de Betsabé de la portada occidental de San Esteban de Au- xcrre, que el sabio Viollei-le-Duc cita como modelo de la belleza estatuaria del siglo de San Luis, al cual nin- gún otro siglo sobrepujó después en elegante naturalis- mo y en adecuada idealidad. A estos preciosos modelos, sin sospecharlo quizá, ha ajustado con buen acuerdo el Sr. Satnsó el plegado de su estatua. No es una mera efigie de la Concepción Inmaculada asunto para desarrollar todas las cualidades que el buen escultor debe reunir. La composición, desde luego, se halla en él reducida á muy estrechos límites. Una figu- ra aislada y pasiva, sobre todo si ella representa más una alegoría que un personaje histórico y en determinado momento, apenas es tema que pueda abrir campo á la riqueza de la inventiva. Falta la agrupación , que da el interés principal a l a composición escultural ó pictóri- ca; falta el contraste de los caracteres; falta un argu- mento deducido de los sucesos y conflictos de la vida ideal que se nos pone á la vista, dado que sin ella re- sultarían inarmónicas las diversas partes que lo consti- pasion en !a acepción rigorosa de la palabra, porque sin expresión y sin sentimiento, esa figura, lo mis- mo que á la Virgen sin mancha, podría representar — 21 — una cualquier belleza mortül en la primera flor de la juventud. Pero el autorde esta bella creación artística no se con- tentaba con mandar á Barcelona una simple estatua de madera; quiso probar fortuna ensayando en ella un gé- nero de decoración que ejemplos de las mejores épocas de la antigüedad le autorizaban á considerar como de éxito seguro, y para esto abordó resueltamente el estu- dio de la escultura polícroma en la antigüedad y en la Edad media, consultó obras, discurrió con sus amigos entendidos en arqueología é iconografía religiosa, in- vestigó, tanteó; y al cabo de dos años de ímproba tarca, en los cuales trabajó como anticuario, como artista, co- mo artífice, ora en vela sobre el libro, ora manejando el lápiz, el punzón y el martillo, ya como estatuario, ya como pintor, ya como cincelador, ya como dorador y orífice, revistió su estatua de esa bellísima decoración de colores, plata, oro y gemas, que la hace triunfar en su parangón con las estatuas antiguas mejor decoradas, ta- les como han llegado hasta nosotros. Creyó Samsó que no seria merecedora de censura, si- no por el contrario muy adaptable a la estatuaria reli- giosa moderna, una práctica que trae su principio desde los orígenes de la estatuaria misma. Y tenia razón, por- que en el arte, que parece inspirado al hombre del mismo modo que el lenguaje, no hay práctica alguna de las ] l a - ^ madas seculares que no esté en armonía con alguna lev constante del sentido estético de la humanidad. Des- de el rudo etíope hasta el refinado griego, todos, en efecto, han considerado k escultura susceptible de ser animada por medio de la pintura. Los etíopes pintaban los simulacros de sus divinidades con minio. Los asirios los revestían de barniz de varios colores. Los fenicios, babilonios y persas los exornaban, además, con oro, pla- ta, marfil, piedras praciosas, cadenas de gran precio, etc., y lo propio hicieron los griegos antes del ciclo ma- cedónico, no porque no supieran decorar la estatuaria de otra manera con el auxilio de la pintura, sino por satisfacer exigencias de un gusto poco decorado todavía. —Sabido es que las estatuas y bajo-relieves de mármol blanco del famoso Mausoleo estaban pintados de rojo sobre fondo azul, como puede verse en algunos restos o fúnebre que se conserva en el Mu- de aquel monum q q sco Brit4nicoAe Londres.—En el Museo degli Studj de Ñapóles hay un Apolo de mármol, cuyo cabello conser- va reliquias de haber sido pintado de color rubio, y cu- ya vestidura lleva en la parte inferior bandas rojas con ftorecillas blancas.—Hay en Munich una estatua de Lcu- cothea que presenta señales de haber tenido dorado el cabello, y el ropaje con dibujos encarnados y verdes.— En el Louvre hay un busto de Antinoo que bierto de una leve capa de color, y cuyos o son dia- mantes incrustados. Tiénese por seguro que desde el siglo de P e n d e s em g g pez pe n lo más exim i s á prescindir total- res á p r e i tal mente del color que habían empleado para realzar el valor de sus obras; mas no debe esto entenderse en ab- soluto, dudo que el mismo Praxitéles, el más grande es- cultor del tiempo de Alejandro, decía de sus estatuas que VI las que más le agradaban eran las que habia pintado Nycias. El erudito conde de Clarac, comentando este precioso dato, deducido de cierta antología griega, se explana en largas consideraciones acerca de la pintura á que alude el autor de la referida colección de escritores helenos, y supone, con fundamento sólido á nuestro pa- recer, ^ u c la pintura que aplicaba Nycias á las obras de Praxitéles se reducía á una leve tinta, enteramente con- vencional, que, sin imitar servilmente la coloración de la carne, la recordaba de un modo ideal c indetermi- La policromía aplicada á la escultura pasó de Grecia á Roma: la célebre Columna Trajana era no menos fa- mosa que por sus bajo-relieves, por los brillantes colo- res de que estaba toda revestida. Los romanos del I m - perio de Oriente, ó bizantinos, adoptaron este medio de decoración, tan fecundo en resultados. De ellos lo toma- ron los visigodos, y puedo citar un hecho muy curioso, observado por mi mismo, que contirma esta asevera * cíon. En la iglesia de San Juan de Baños del rio Pisuer- ga se conserva todavía la pequeña estatua del Precursor, bajo cuya advocación, predilecta de la gente goda, eri- gió el rey Receswintho aquella basílica: es de marmol _ blanco , y conserva vestigios de haber estado antigua- mente pintada, con el cabello dorado. Perpetuóse esta práctica durante la Edad media en las iglesias de Occi- dente , y sólo se renunció á ella en la mayor parte de los pueblos de Europa durante el siglo xvt, cuando se ge- neralizó el estilo del Renacimiento ; pero en España se perpetuó á pesar de la invasión del gusto italiano, y son muchos los ejemplos que podríamos aducir de escultura española pintada de ese mismo siglo XVT, principalmente en bajo-relieves. — 24 — No recuerdo, en verdad , ejemplares de estatuaria es- pañola románica polícroma, más que uno algo dudoso. Es para mí un vacío en la historia de nuestro arte este he- cho, que en cierto modo está en oposición con los prin- cipios que tenemos admitidos en cuanto al lujo y á la exuberancia del ornato en los templos de arquitectura cluniacense del siglo xi. La riqueza ornamental que la escultura prodigó en estas construcciones es patente, y sorprende que no se agregasen á el la las galas de la poli- Pero respecto del siglo xii las muestras de la pintura convencional aplicada á la estatuaria no escasean fuera de nuestra Península. Con sólo reseñar las figuras de la portada de la iglesia abacial de Vezelay; los fondos de las figuras que decoran las iglesias de Autun yMoissac; las dos esfátuas de Nuestra Señora de Corbeil, pintadas de tonos claros y variados, con las gemas que las ador- nan realzadas de oro; las que existen en la portada oc- cidental de Nuestra Señora de Cbartres; las de la por- tada principal de la catedral de Angers- que ofrecen ropajes pintados- con adornos de reíievc ejecutados en estuco; y , por último, las estatuas de los Plantagenet del Musco de Versalles, procedentes de Fontévrault, ha- bré demostrado mi aserto, Continuó esta tradición el siglo xni. La estatuaria y la ornamentación de las portadas laterales de Nuestra Se- ñora de París, de las catedrales de Sentís, de Amicns, de Reims y de Nuestra Señora de Chartres, era pintada y dorada. En diferentes poblaciones de España, especialmente en Castilla la Vieja y Navarra, hay también muestras de decorado de estatuitas pintadas, que vimos hace algu- — 25 — nos años en la portada de la antigua iglesia de San Es- teban de Burgos, en un extremo de la ciudad, mirando al campo. Conservan sus figuras los colores primitivos, y podría á poca costa hacerse una restauración de tan interésame monumento de la estatuaria polícroma del siglo de San Fernando. Con otras insignes muestras de esta clase de decorado nos brindan el mismo Burgos y ademas Salamanca y Toro : Salamanca en los sepulcros de su catedral vie¡a, y Toro en la esplendida portada ro- mánica de su colegiata, hoy en cierto modo retablo de la capilla que se construyó adosada al hastial del tem- plo, ocultando su fachada occidental. Tengo por seguro que esta soberbia pagina románica, á la cual solo es com~ parable en riqueza escultural del siglo xn la portada de la iglesia de San Miguel de Estella, no fue pintada se- gún aparece hoy hasta el siglo xm ó xiv; pero creo que el decorado polícromo actual no es sino una renovación del primitivo: en cuyo caso este ejemplo de la colegiata de Toro seria doblemente precioso, por ofrecernos tam- bién la única muestra de escultura románica pintada que hemos hallado hasta hoy. Fuerza es reconocerque de los ejemplos de escultura polícroma que hemos reseñado, y de otros muchos que podríamos añadir, no se deduce todavía nada cierto, como regla ó canon , respecto del intento con que el escultor se apoderó de la pintura y la hizo auxiliar suya. Unas veces aparece claro el propósito de que el colorido sea un mero decorado convencional; otras se ve claramente que del maridaje de las dos artes se quiso obtener el realismo. Es evidente esta intención en las figuras de la referida puerta de San Esteban de Burgos; en ias de la Santa Capilla de París; en la gran página del Juicio fi- nal de la portada que fue parte de la imafronte de laco- — 2Í> — legiata de T o r o ; en los sepulcros de la cátedra! vieja de Salamanca y sus hornacinas. En cambio, dentro ya del siglo xv, en nuestra misma España, tan propensa al rea- lismo, el escultor que labró la estatua orante de alabas- tro de uno de los marqueses de Villena, sepultados en la iglesia del Parral, de Segovía, adoptó resueltamente, aunque sin darse cuenta de la coincidencia, el mismo sistema idealista que había seguido Nycias pintando las estatuas de Praxitéles, y dio al semblante de aquella fi- gura un ligero linimento rosácco, que no parece sino transfundido dentro del alabastro, como la sangre en el cuerpo humano; y el famoso Gil de Siloe empleó este mismo sistema en el hermoso ángel que sentó á la ca- becera de los dos reyes en el soberbio sepulcro dé Don Juan II labrado para la Cartuja de Mirafiores. En el Louvre (Musée de la Renaissance) se conserva un pre- cioso grupo de dos estatuitas de marfil, que represen- ta la coronación de la Virgen, procedente de la colec- ción del Principe SoltykofT. La figura de Nuestra Se- ñora tiene el cabello de o r o , y pintada la cara con tan exquisito arle, que, sin parecerse en nada el sonrosado de sus mejillas á la encarnación común, da al marfil una animación preternatural y misteriosa, que cautiva. En el mismo Museo, y procedente también de la referida colección Soltykoff, hay otra Virgen cíe marfil, en pié, con el Divino Infante en brazos. Esta estatuita no está pintada, pero sí decorada con gemas y oro en el cintu- ron y en las orlas de la túnica y del manto, y es del más bello efecto. El uso de realzar con oro y gemas ó piedras preciosas las vestiduras de los personajes sagrados, es de por sí una licencia idealista. Claro es que ni Jesucristo, ni su Santa Madre, ni los Apóstoles vistieron jamás ropas se- mciantes' pero el fervor religioso ele los cristianos a t r i* huyó desde muy temprano a sus personajes tutelares, después que la Iglesia recibió la paz de Constantino, las insignias y accesorios de la dignidad imperial y consu- que de ellos se hacían para excitar la devoción de los lides, sino verdaderos símbolos, á los cuales se tributa- ba el mayor honor reconocido entre los hombres, de aquí el que veamos con tanta frecuencia en las efigies bizantinas roproducido el ornato con que se retrataba á los emperadores y cónsules en los mosaicos, en los dípticos ebúrneos, en las pinturas murales y en las obras de estatuaria. La comunicación de nuestras iglesias oc- cidentales, singularmente la visigoda, con la corte de Bizancio desde el figlo vi, hizo que las vestiduras gem- altares, y la renovación de este comercio con e! Orien- te, primero bajo el Imperio de Carlo-Magno, luego por la irrupción islamita y el tráfico de los venecianos, y últimamente durante las Cruzadas, cubrió de joyas, del siglo rx al xnr, no sólo las orlas y cenefas de los ro- pajes de nuestros santos, pintados y esculpidos, sino hasta la ornamentación escultural de los templos, sus arcos, sus capiteles, sus frisos, toda su decoración ar- quitectónica en suma. Esta es la causa de que se dé el nombre de oriental á la gala prodigada en los ropajes de cuantos simulacros nos ofrece la iconografía religio- sa de la Edad media. Tenía, pues, el Sr. Samsó ejemplos de las mejores épocas del arte, que le alentasen a emprender con fe ilustrada la ardua tarea de pintar, dorar, cincelar, es- maltar y esornar con gemas su estatua de la Virgen en pleno siglo XÍXH ¿Como ha salido de su empresa? R.es* ponda por mí la extraordinaria aceptación que ha alcan- zado su obru de todas las personas más o menos cultas, tnás ó menos iniciadas en la historia del arte, que la han visto en los pocos dias que ha permanecido expuesta en el estudio del autor. V ya que nuestros lectores tie- nen idea de la estatua por la descripción que antes hici- mos, fácilmente se la daremos también del estofado y del decorado Que la avaloro» El modelo del sistema polícromo adoptado por Sam- so no debe buscarse en el recuerdo de las imágenes pin- tadas que estamos todos los días viendo y oyendo cele- brar en la generalidad de nuestros templos. Estas imá- genes, en cuya coloración domina en absoluto el realis- mo, son en su mayor parte de los tres últimos siglos. Las hay, entre ellas, de celebérrimos escultores. Con decir que no pocas son obra de Montañés y de Alonso Cano, de Pereíra, de Michel, de Salvatierra, de Piquer, etc , sin que falte alguna modernísima debida al justamente afamado D. Jerónimo Suñol, está hecho todo el elogio que, desde el punto de vista de la estatuaria con abstrac- ción del estofado, puede hacerse de nuestra actual ico- nografía sagrada, tanto por la abundancia, cuanto por el selecto naturalismo y la expresión de fe viva, de san- ta unción, de ardiente misticismo que la caracteriza y avalqfra. Pero es innegable que el estofado de estas es- tatuas les quita parte de su mérito como obras de escul- tura. Ya he dicho por qué razón la estatua, cuanto más quiera imitar la realidad de la vida, más se aparta de ella. Si las figuras talladas por Alonso Cano no hubie- sen sido pintadas, su valor artístico sería hoy más uni- versalmcnte reconocido, Pues este principio realista, que domina en la poli- cromía de nuestra estatuaria sagrada, era para el señor Samsó mayormente inaceptable tratándose del estolado de una imagen de la Concepción; porque si este sagrado misterio es de por s¡ incomprensible, y sólo puede ser tratado por el artista como mera alegoría apocalíptica, con toda evidencia resulta que su forma escultural y corpórea no admite imitación realista, ni naturalista siquiera. Convencido de que el idealismo era condición ínelu™ dible de su problema, pudo el artista entregarse de lleno á su natural instinto, que era sin duda alguna espiri- tualizar con el color y dar cierto carácter de belleza suprasensible á la imagen que había salido de sus ma- nos. Pero ¡cuan difícil esta tarea! Porque ¿cómo se hace que una efigie, siquiera se trate de una figura emble- mática, tenga forma corpórea y fantástica á un mismo tiempo? Los medios de imitación de que disponía el escultor de los siglos xvn y XVIII, y que aun emplea el del siglo, xix, a saber: la encarnación, copia dc| cutis natural, los ojos de vidrio, las pestañas de pelo, etc., son recursos que repudia el escultor idealista. ¿Cuáles le quedan á éste? No lo sé; pero veo el resultado, y los de- claro más conducentes al propósito de representar la vida—vida celestial y sobrenatural, se entiende—que esotros recursos comunes usados para representar la vida terrena, y sólo eficaces para ponernos ante los ojos espectros y cadáveres galvanizados. No tratando el Sr. Samsó, fuerza es repetirlo, de ha- cer una estatua histórica, es decir, un retrato, ni pu- diendo hacerlo de la Concepción Inmaculada aunque hubiese querido, tenía libre el campo de ta fantasía mística para buscar en él la forma más edecuada á su concepto. Eligió dar al semblante y manos de la Virgen entre las vírgenes, no el aspecto de la carne mortal, sino el de una carne, digámoslo así, beatificada é inmortal, como la que revestiría quiza en la gloriosa apoteosis ó transfiguración con que subió á los cielos de entre las rosas de su sepulcro.—Una leve tinta rosácea anima aquel divino rostro y aquellas hermosísimas y bendeci- das manos; de oro mate, destemplado á intervalos con oportunas sombras, es su onduloso cabello; y su corona de doce estrellas, gracioso nimbo de su cabeza, es una riquísima pieza de orfebrería que lanza vivos resplan- dores, celestiales sin duda por tener expresión de reina celestial—ccelorum Regina—la criatura afortunada que ciñe tan refulgente cerco: Regina clementia, stellis co- ronata. Vescida de emperatriz de los cielos, ostenta la Virgen una túnica de lama de plata, toda delicadamente cince- lada, formando menudas labores, que sólo se distinguen mirándola muy de cerca. Cenefa de esta túnica, en la orla inferior, en la del cuello y en las bocamangas, es una greca bizantina, de primorosa lacería, en cu- yas intersecciones brillan, engastadas, gemas de va- rio color, diamantes, esmeraldas, granates, etc., y cu- — 3 i — yas lincas principales aparecen realzadas de hilos de perlas. Por debajo de la túnica asoma el pié virginal, cu- bierto con un calzado, también de tela de plata, de un tejido vermiculado, labrado d cincel con inusitado es- mero. El amplio manto puesto sobre la túnica es de color azul verdoso ó cerúleo; nada hay en él que ofusque el bello estilo de sus bien razonados pliegues, ni que dis- traiga del objeto principal, que es la sagrada persona que lo reviste, porque los menudos adornos de oro sem- brados por su fondo sólo hacen que la estofa de dicho manto parezca un tejido tornasolado del siglo xni, de tono uniforme y tranquilo. La riqueza de su orla y del broche que lo sujeta al pecho no hace mas que limitar espléndida y gallardamente su rozagante contorno. Esta orla ofrece aun mayor magnificencia que la de la túni- ca: aunque de greca bizantina semejante á la de aquélla, es más ancha y tiene mayor número de gemas y perlas. —El forro del manto imita el raso granate amarillento, y es de un esmalte bellísimo, que destruye con una vi- brante nota, como de fuego, la frialdad que pudiera ha- ber resultado de la gran masa cerúlea y blanca de! con- junto. La media luna en que posa la ligara es de plata mate; el globo á que esta media luna está ceñida, de esmalte azul oscuro, tachonado de estrellas de oro; la serpiente que asoma debajo del delicado pié que quebranta su ca- qeza, es de esmalte jaspeado, pardo, azul, verde y rojo, imitando escamas. —En esta parte inferior del conjunto está la entonación robusta, el vigor y la energía que corresponden al drama divino de la Redención, inicia- do en la promesa del vencimiento de la infernal ser- — 32 — píente; así como el coruscante resplandor de la decora- ción gemmata está agolpado en el seno de la inmaculada Esposa; y en la parte superior, la blonda cabeza de ésta, el leve velo que en parte la cubre y su nimbo de estre- llas, nos transportan á lo más suprasensible, impalpable y etéreo de la creación. Después del concepto estético de una. obra por tal manera original 6 interesante, es muy de notar la con- ciencia exquisita, el incomparable esmero con que to- dos los referidos accesorios están ejecutados. Rival en esto el Sr. Samsó de los grandes escultores italianos del siglo xvi, del Cülini, del Sansovino, de Leone Leoni, que perfeccionaban los más pequeños detalles del arreo marcial de sus retratados—los camafeos, los medallo- nes, las cadenas, las damasquinadas empuñaduras de sus armas, los mascaroncillos de sus coturnos, etc,—hasta el punto de afinarlos como los dijes que lucen las da- mas en sus prendidos, ha querido que todas las piezas de a.juel espléndido decorado, verdadera gala de boda de la divina Esposa, estuviesen concluidas como si cada una de ellas hubiera de ser examinada por la celestial Señora; y habiéndole deparado su buena suerte la coo- peración de los dos acreditados hermanos Sala, tan in- teligentes y experimentados en todos los ramos auxilia- res de las artes plásticas, ha conseguido que no haya parte alguna de ese magnífico aderezo, por diminuta que sea, que no se preste á ser escrupulosamente anali- zada como presea hecha á toda ley y conciencia. De tal manera supo Samsó comunicarles su amor á la obra y su fervoroso celo. El modesto autor de esta bellísima imagen acaso ig- nora cuánto mérito ha contraído en orden á la germina interpretación del culto aprobado por la autoridad de — 33 — la Iglesia para celebrar y ensalzar la Conc ipcion i mancha de la Virgen María. Porqué, en efecto, nadie que haya recitado alguna vez los hermosos himnos del Oficio de Nuestra Señora en este adorable misterio, de- jará de reconocer cuan cumplidamente responde su ins- pirada obra, precioso conjunto de majestad, bondad y pureza, á aquella conmovedora salutación que dirige á la Inmaculada la grey católica, y que yo me arrojo á traducir, juntando estrofas de los himnos de maitines y de completas, del modo siguiente: Un sujeto venerable, tan artista como santo, que tuvo ocasión de ver hace pocos dias la obra del Sr. Samsó. exclamó, después de contemplarla un rato con recogi- miento: « Hay que reprimirse para no caer de rodillas esta imagen, o Impulsos semejantes ha de despertar :on mucha frecuencia. Ignoro si el afortunado au- semejanie en el modo de considerar la misión del e á algunos célebres escultores y pintores, antiguos y modernos, que no se entregaron jamás ol ejercicio ¿c su profesión sin santos y devotos preliminares, ha sen- tido en su alma, al ejecutar tan peregrina obra, el acen- drado y puro arecto que esta tnspira en los corazones \ lo que sé es que, por regla general, no se expresa bien lo que no se siente; y según este principio, el Sr. Sam- só debe sentir admirablemente el divino y adorable asunto que ha representado. La exposición permanente de esta Concepción purísima en el templo barcelonés donde está colocada, será una plegaria continua que le valdrá continuas bendiciones del cielo; porque así co- mo el que prostituye su numen en crear obras inmora- les y perniciosas carga con la tremenda responsabilidad de todas Jas malas pasiones que ellas puedan despertar mientras duren, el que crea una obra santa y beneficio- sa granjea el merecimiento de todas las virtudes y actos ile piedad que por ella se produzcan. I Loor al artista, si rompiendo la cadena de esclavo, que arrastran en pos délas turbas libertinas los ingenios infieles á su misión civilizadora y santa , sabe conquis- tar, como el Sr. Samsó, el puesto que al lado de! sacer- dote le reserva la hueste; de los escocidos! 5/20 ¡Illlllllllllllllll