MURILLO Y RAFAEL: DISCURSO D. PEDRO DE MADRA/O. MADRID. 1MPKÜNTA V FUNDICIÓN DI MURILLO Y RAFAEL: DISCURSO O. PEDRO DE MADRAZO. MURILLO Y RAFAEL. DISCURSO D. PEDRO DE MADRAZO MADRID. IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE M. TEIXO, SEÑORES: El día 3 de Abril de 1682, es decir, hoy hace dos siglos, moría en Sevilla, en los brazos de su más querido discípulo y amigo, el eximio pintor Barto- lomé Esteban Murillo. A los sesenta y cuatro años de peregrinación terrena, emancipábase de la cárcel del cuerpo, en la populosa y risueña ciudad donde se meció su cuna, aquel generoso espíritu que había iluminado la privilegiada región del Bétis con ine- fables revelaciones del cielo. Aquel día 3 de Abril comenzaba para el pintor de la Concepción el juicio de la posteridad: juicio formidable que, sí condena á las medianías á perpetuo olvido, engrandece con pro- gresión siempre creciente la aureola del verdadero genio, y da á éste el renombre glorioso con que pasa de unas en otras generaciones, y de unas en otras gen- tes, como santa advocación de numen protector, co- mo paladión divino de la civilización contra las irrup- ciones de la barbarie. El nombre de Murillo, nunca oscuro, por más que con sincera modestia amase la oscuridad el hombre preclaro que lo ilustró, viene siendo casi desde aque- lla fecha el más popular de cuantos proclama y r e - 6 verencia nuestra España como astros de primera magnitud en el cielo del arte. Murillo, en verdad, no ha sido objeto hasta hoy de ninguna de estas m o - dernas apoteosis que llamamos centenarios, y que, ce- lebradas con juiciosa parsimonia, tributadas sólo á los genios verdaderamente excepcionales, tanto pue- den contribuir á despertar en nuestra sociedad afec- tos de amor y gratitud hacia los que fueron grandes promotores de su cultura, y deben ser hoy conside- rados como sus más legítimas glorías. El primer centenario de la muerte de Murillo, el año 1782, transcurrió acaso inadvertido por sus mismos admira- dores: mal podía, en efecto, tributar apoteosis á nin- gún genio idealista la España de Carlos III, tan pre- ocupada de reformas materiales y humanitarias, in- dustríales y científicas. Les había llegado su turno á los institutos encaminados á mejorar la condición de los pueblos en sentido puramente humano, á des- arrollar la riqueza, el crédito, la población, á pro- mover la paz, enaltecer la justicia, propagar la ins- trucción, intereses en mal hora desatendidos en el siglo precedente; y las medidas de buena adminis- tración y gobierno, la Junta de Estado, las Ordenan- zas del ejército, el Banco de San Carlos, los cami- nos y canales, las obras públicas en general, las cá- tedras de mineralogía y de botánica, absorbían todas las fuerzas y recursos, toda la energía de la España del 1782. Si se conmemoraba entonces con fiestas de centenario á algún español ilustre, era sólo des- pués que la fama de sus virtudes le había colocado 7 en los altares: el esplritualismo de los santos era el único ideal con que transigía el positivismo enciclo- pedista. Nuestro siglo secularizador peca por el exceso contrario: es visible nuestra tendencia á tributar á los simples mortales honores que la antigüedad r e - servaba á los dioses, y que la Edad-media hizo ex- tensivos á los santos. Pero bien podemos glorificar á Murillo sin incurrir en censura, y aun hacerlo en época solemne consagrada por la Iglesia á ¡a reno- vación de sus más augustos y luctuosos recuerdos, porque, hijo predilecto del culto católico aquel genio inmortal, todo lo que en honra suya hagamos, cede en honor y gloria del culto mismo, al cual devolvió con creces, en obras imperecederas, los beneficios que de él había recibido en santas inspiraciones. Para glorificar á Murillo, y hacerlo de una ma- nera digna del tiempo santo en que cumple ía segun- da centuria de su vida inmortal, basta que traigamos á la memoria la más sobresaliente de sus composicio- nes religiosas—la Concepción inmaculada,—que por tan varios modos recibió de sus pinceles en innume- rables lienzos concepto y forma de verdadero prodi- gio de su ardorosa fé. Si las apoteosis á la antigua usanza española son para los santos, para Murillo son de pleno derecho, porque quizá aquel mismo varón insigne de quien el reino de Valencia con- memora los centenarios, aquel Vicente Ferrer que tanto resplandeció á principios de] siglo xv por su virtud y por su ciencia, y que mereció entre nueve sabios jueces la alta honra de dirimir el difícil com- promiso de Caspe, y de adjudicar una corona, no obró en su vida de religioso ejemplar y de celoso apóstol, no sólo de la región del Turia, sino de la Pe- nínsula entera, de Francia, de Inglaterra y de Ale- mania, milagro ninguno que sea comparable con los que obró nuestro artista pintando en la bendecida soledad de su estudio de la parroquia de Santa Cruz aquellas imágenes sobrenaturales. Perdonad si en mi entusiasmo por ellas toma algún remusguillo de plá- tica religiosa mi breve y desaliñado discurso. La belleza que el inspirado Murillo dio á la figu- ra de la Concepción no tiene igual en el mundo, ni por el santo perfume de inocencia que de sus linea- mentos se desprende, ni por la celestial y luminosa castidad de su expresión. Es la belleza más deslum- bradora y pura que puede soñar como tipo ideal de la virginidad el artista cristiano. No tiene punto de contacto con la Juno de Sámos, ni con la Helena de Esparta, ni con la Venus de Gnido; el escultor grie- go, ni entrevio siquiera semejante belleza, y las es- tatuas de las diosas más celebradas son modelos de glacial regularidad, al paso que la Concepción de Murillo parece revelar al alma la forma misma que Dios desde la eternidad había ideado en su divi- na mente como la única adecuada para la que había de ser elegida entre todas las criaturas, sublimada y bendita entre todas las mujeres, y madre del Verbo. Hay una diferencia radical entre todas las bellezas creadas por el genio estético de la antigüedad, y aun entre las que sugirió al genio del Renacimiento la contemplación de los mármoles griegos, y la belleza que en sus piadosas meditaciones entrevio nuestro pintor sevillano; y la diferencia consiste en que la belleza femenil obra del artista clásico ó del artista del siglo xvi, descubre involuntariamente, á modo de tenue veladura, el concepto convencional que in- formaba aquel arte religioso, y en la que ideó Muri- llo todo es santidad y pureza de vida real y verda- dera, todo es inefable gracia. La Concepción de Murillo es la tierna é inocente doncellita de Nazareth, fresca y sencilla como la margarita del campo, que ignora la existencia de Ja rosa y de la espina, que disfruta arrobada el goce íntimo de una beatitud debida sólo á la bondad del Creador, sin esfuerzo alguno de su parte, en la com- pleta y feliz extrañeza de toda mancha, de toda cul- pa, de todo estímulo sexual, sin la noción original siquiera de la antigua enemistad entre Dios y el hombre. En el rostro de las Concepciones de Murillo lee- mos las palabras que dirigía Asuero á Ester: "La ley que á todos comprende, no se ha hecho para tí.' : Renuevanse á su aspecto los altos y elocuentes tes- timonios de los Santos Padres de todos los siglos en honor y defensa de la Inmaculada; y en el coro de sus venturosos panegiristas divisamos á los insignes propagadores de su culto, el visigodo Ervigio, los príncipes y barones de Normandía, los reyes de Ara- gón, los fervorosos monjes de la milicia franciscana, los doctores de la Sorbona, las Universidades de Maguncia, Colonia, Valencia, Alcalá, Coimbra, Sa- lamanca y Ñapóles, el Concilio de Basilea, el T r í - dentino, el águila de Meaux, y la celosa y batalla- dora Iglesia de España con los eminentes predica- dores y artistas criados y aleccionados en sus escue- las. Al contemplar esas Concepciones, tan pronto se escucha la melodiosa voz de Beatriz: tQttivi e la rosa, in che 7 Verbo divino carne si fece, quivi son li gigli alcuiodor si prese 'Ibuon cammino,* como resuena en nuestro interior aquel grandioso coro de la Iglesia militante, repitiendo el hermoso himno de San Casimiro: David regis filia, quam elegit Rex qui regit et creavit omnia. Gemina decens, rosa rccens, castum chorum ad polorum qute perducís gaudium.» ¿Y en qué consiste este invencible prestigio? ¿Cuál es la causa de esta poderosa fascinación que ante las Vírgenes de Murillo nos embarga y subyu- ga? Pues no es otra más que el idealismo cristiano, idealismo en que se combinan, como la flor y su per- fume, la belleza y la gracia. Pero seamos justos. No es sólo el pintor de las Concepciones el que ejerce en nosotros tan irresisti- ble poder; porque otro genio, de fama tan grande que llena el universo, produjo la hermosa Italia, el cual desplegó en sus Madonnas iguales hechizos; y uno y otro genio debieron ese don tan especial, que otros grandes pintores nunca alcanzaron, á la dispo- sición que recibieron de la naturaleza para compren- der y expresar los indefinibles atributos de lo supra- sensible. No lo dudéis, Murillo y Rafael son dos a l - mas gemelas: ninguno de los dos resulta desfavoreci- do por esta íntima fraternidad. Siente el uno con in- tensidad profunda la pureza sin mancha de la mujer predestinada para Madre del Verbo; expresa el otro con incomparable elegancia las maravillosas dotes de santidad y pureza de la que díó ya af mundo el portentoso fruto de sus virginales entrañas. Esa dichosa unión de belleza y gracia, que es más para sentida que para razonada, sólo se nos ha- ce comprensible en su más alta expresión cuando contemplamos ó las Concepciones de Murillo, ó las Vírgenes de Rafael. Nos situamos, ya ante el lienzo del primero, ya ante la tabla del segundo, y vemos como reflejado en un clarísimo espejo el tesoro de santidad y felicidad que sólo en ciertos momentos de dichosa regenera- ción espiritual concebimos dentro del alma. En la elevación y efervescencia del sentimiento, en lo más etéreo de la fantasía, se engendra ese ideal; semejan- te á aquellas rosas alpinas que sólo florecen entre la nieve en altas regiones nunca holladas por planta humana, y que diríamos quedaron olvidadas allí por los ángeles que tejen en el cielo las coronas de las vír- genes. ¡Ah! ese hermoso destello de la gracia divina no resplandece más que en las creaciones de las a l - mas levantadas sobre el nivel común y no envileci- das por el fango de la tierra! ¡Qué distancia la que separa las Vírgenes de Ra- fael de las que imaginaron y nos legaron en sus cua- dros el mismo Leonardo de Vinci, el Masaccio, el Lippi, el Bellino, el Giorgione, los más aventajados ingenios de las escuelas de Lombardía, de Florencia y de Venecia! Y ¡qué distancia entre las Vírgenes de Murillo y las de sus inmediatos predecesores los Var- gas, los Castillos y los Pachecos! Bien sé que este paralelo entre el gran pintor de la Estancias y de la Farnesina, y el no menos grande artista cuya memo- ria celebramos hoy, sonará en los oidos de muchos como atrevida paradoja.—¿Cómo pueden comparar- se las Vírgenes de Rafael con las del divino y dulcí- simo Murillo? ¿Cómo se ponen en parangón las crea- ciones de un pintor semi-pagano con las de otro todo poseído de acendrado y purísimo afecto cristiano?— Esta exclamación formulan acaso con reconcentrado asombro, y aun con verdadero escándalo (si bien al somormujo por no faltar á la cortesía), no pocos de los que me escuchan; pero seamos imparciales y no nos dejemos llevar de vulgares prevenciones. Santo, puro, cristiano y fervoroso era también el amor que nutría el corazón del Urbino al realizar sus bellísimas 13 Madonnas. Nuestro rey D. Felipe IV, que en cono- cimiento de obras de arte no era un hombre adoce- nado, al ver por primera vez la célebre sacra-familia que para él compró su embajador D. Alonso de Cár- denas en la almoneda del infortunado Carlos I de Inglaterra, exclamó entusiasmado: ¡esta es mi perla! ¿Se refería el monarca español al cuadro en su con- junto, ó á la hermosísima Virgen representada en él? Si quiso significar lo primero, no todos acaso serían de la opinión del augusto aficionado; si lo segundo, fácilmente podría aceptarse su juicio, porque hay en esta Madonna, que desde entonces lleva el nombre de la perla, tan egregia belleza, tan gentil dignidad, tanta ingenua y virginal ternura, y sobre todo, tanta gracia, que no parece sino que hablaba de ella el gran pintor cuando escribía lo que me atreveré á r e - cordaros acerca de su esperanza de poder trasladar • á la tabla el divino semblante de la Virgen Madre, merced á la celestial aparición que en uno de sus sueños había disfrutado. Rafael, en efecto, sin ser espiritista ni aspirar á visiones beatíficas, tuvo en sue- ños singulares revelaciones: en la Historia que le consagró Federico Rehberg se hace mérito de una cu- riosa carta donde él mismo lo manifiesta, uno de cu- yos párrafos dice así: "Por más que procuré y me "fatigué en representar á la Virgen tal como es, nun- "ca pude conseguirlo; pero esta noche última tuvo la "dignación de mostrárseme frente á frente, y ya me "prometo alcanzar la dicha de representarla de una "manera digna de ella,"—Creo, con nuestro U, Se- vero Catalina, que al acusar á Rafael de pagano se le calumnia, y se desconocen las tendencias de aquel genio singular, de aquella alma delicada, en la cual, si el renaciente sensualismo del siglo de León X des- tiló una gota de ponzoña que á veces, sólo á veces, deslustró los colores de su paleta, en cambio se al- bergó un mundo entero de santas, castas y sublimes inspiraciones, y tomaron forma los inimitables fres- cos de las cuatro Estancias vaticanas, las cincuenta y dos admirables páginas bíblicas del pórtico del piso segundo del mismo edificio, los soberbios cartones para la tapicería de la capilla Síxtina, las tablas de la Visitación, la Madonna de San Sixto, la Virgen del Pez, el Pasmo de Sicilia, la Transfiguración; virtudes todas más que superabundantes para purgar los pecadillos de la Galaiea y de las Bodas de Psíguis y Cupido. Si Murillo hubiera nacido para la oórte de J u - lio II ó de León X, probablemente hubiera hecho lo mismo que Rafael hizo; si Rafael hubiese nacido en España en los dias de Felipe IV ó Carlos II, cier- tamente habría tomado el mismo rumbo que tomó Murillo. Son ellos dos genios afines, nacidos para . misiones análogas, aunque en épocas diferentes. Probaré brevemente mi paralelo: he dicho que Rafael y Murillo trajeron al mundo una misión aná- loga. Volved los ojos á la espléndida corte de León X; volvedlos luego á la España de Felipe IV y de su desgraciado hijo. En aquélla, todo es grandeza y florecimiento: el arte pagano renace pujante y fas- cinador, el espíritu de innovación y de reforma se ha apoderado de la sociedad cutera, é invade, del mis- mo modo que el gabinete del estadista y la celda del teólogo, el estudio del artista. Así como los códices en que se conservan los preciosos documentos de la antigüedad profana comunican nuevo impulso al ge- nio literario, el hallazgo de los manusciitos de Vi— truvio, la reaparición de las Termas de Tito y de muchísimos monumentos de la corte de los Augus- tos y Antoninos , y la continua comunicación con Grecia y el Oriente, estimulan á ios artistas al estu- dio de los modelos helénicos y romanos. Rafael mis- mo, como superintendente de las gigantescas empre- sas arquitectónicas del Jefe de la Iglesia, dirige las excavaciones, impera en medio de aquella general exhumación de templos, columnas, estatuas é ins- cripciones, como un genio superior que preside á la resurrección de la Roma de los Césares Pero León X agota su tesoro en sus colosales construc- ciones, y para alimentar el enjambre de artífices que emplea en ellas, se ve precisado a crear recursos pe- ligrosos, que levantan en contra del Pontificado los mal seguros ánimos de aquellos á quienes la Refor- ma luterana seduce ó interesa. Las magnificencias de la Roma cristiana se ven amenazadas, el culto católico amagado también; es necesario que la fé, minada en su base por el cisma iniciado en Wittemberg, se salve por el esfuerzo ge- neroso de los hijos fieles de la Iglesia. Uno de estos es Rafael; las fascinadoras creaciones de,su pincel pueden coadyuvar á reanimarla y sostenerla. La b e - i6 Ileza pagana que se le brinda en sus grandiosas ex- humaciones, es una dolosa sirena; él huirá varonil- mente sus halagos; si por desgracia en algún m o - mento de fragilidad sucumbe, sabrá como David arrepentirse y llorar su pecado, y el ideal divino que entrevé en sus sueños será por fin el modelo que le inspire los admirables cuadros ante los cuales habrán de caer prosternadas todas las gentes sensibles al en- canto de la belleza y de la gracia. Pues vengamos ahora á la España del siglo xvn. —Como leve nubécula que apuntó en el horizonte, y creció luego, y acabó por cubrir el cielo, así la pro- testa aquella de Wittemberg ha venido á ser la ley religiosa de casi todos los pueblos de raza germánica. La que fue leve centella en el pecho de un monje apóstata, convertida en devoradora conflagración, ha cundido por todo el Occidente. Entre ese incendio y la pujanza otomana, se ha visto en trance de muerte el Catolicismo; por sofocar el uno y dominar la otra, ha gastado España sus hombres y sus tesoros de Eu- ropa y América, ha prodigado su sangre, perdido sus feudos y conquistas de Italia, Alemania y los Países- Bajos, y mermado su propio territorio; y cansada de luchar, empobrecida, casi renegando de sus antiguos brios, hollando los trofeos de los insolentes berberis- cos que infestaron sus costas, único enemigo á quien ha sojuzgado, continúa débilmente sus militares em- presas en Flandes y en el Milanesado, más como quien defiende la honra que como quien aspira á la victoria, y se consuela de sus infortunios, ya con el *7 bárbaro espectáculo de los autos de fé, ya con las brillantes invenciones de sus poetas, ó con la vistosa tramoya de las comedias y autos sacramentales; ora con las intrigas de corte, las conspiraciones y las sá- tiras anónimas; ora con los saraos y romerías, las mascaradas, las cañas y torneos, las ferias y veladas, las procesiones y los disciplinantes, las rogativas, los duelos y desafíos, los mentideros, las tapadas y los galanes nocturnos; y viendo al biznieto de Carlos V solazarse con las batidas y la brama de los venados, las sabandijas de palacio, ó sea sus enanos y sus bu- fones, con las fiestas del Buen Retiro, y con las zar- zuelas, entremeses y follas de las compañías de co- mediantes que recorren los deshechos y polvorosos caminos de las inmediaciones de la corte, arrastran- do girones de brocado y damasco, cruzándose en ellos con las turbas de monteros y las jaurías, y con los escuálidos y harapientos soldados que mendigan la caridad de los transeúntes, miserable reliquia de aquellos invencibles tercios que ciñeron los laureles de Nordlinga y de Breda.—En las ciudades se hun- den los desiertos talleres; en los campos yacen incul- tas las extensas cuencas de los ríos; donde hubo fá- bricas y palacios, hay conventos; las campanas á vuelo anuncian que aún dura el culto en cuya defen- sa había lidiado el grande Emperador expugnando á Túnez y la Goleta, y derrotando á la Liga de Smal- kalda; pero la general corrupción de costumbres d e - nuncia que la antigua fé se halla casi extinguida.— Esa es la triste escena en que aparece la gran figura de Murillo.—Siendo tal la situación de España, hace la Providencia que retoñe en el retiro de una de las más hermosas y tranquilas ciudades de Andalucía, aque- lla misma planta balsámica de la gracia fascinadora, que, habiendo brotado 135 años antes en Italia, en el alma de Rafael, tan poderosa había sido en toda la Cristiandad para mitigar las doiorosas excisiones del cisma. Advertid ahora cuan cierto es que Rafael y Muri- llo trajeron al mundo una causa misma, aunque cada cual recibiese al nacer los medios más adecuados para sustentarla; y cómo la misión de ambos era conven- cer y persuadir la divinidad del culto católico á gene- raciones que sentían y pensaban de modo distinto. Rafael nació para hacer sentir con formas ideales la grandiosa y noble epopeya del Evangelio en una época de literatura materialista, de vida y filosofía epicúrea; Murillo nace para inculcar, con las únicas formas que su siglo comprende, esto es, con las de la vida real, hasta cierto punto vulgar, aquella devoción tierna y afectuosa, aquellas dulzuras místicas con que aún responden el corazón y la imaginación después de quebrantado en la razón el convencimiento. R a - fael sirvió al catolicismo sacrificando la verdad á la idealidad; Murillo cooperad su triunfo posponiendo el idealismo clásico á la verdad, á la realidad, al n a - turalismo. Rafael había sido el pintor del Evangelio; Murillo era el pintor dé la sagrada leyenda. ¿Y cómo la pintó? No voy á analizarlo: basta re- cordar lo que era antes de él la pintura religiosa en 19 nuestra España. De la misma manera que cuando á un lluvioso amanecer sucede la alegre claridad del sol, y á su hermosa luz se dora el campo, y el mar plomizo se trueca en líquido zafiro, y la nevada sier- ra deslumbra como un inmenso riel de cuajada pla- ta; así, cuando aparecieron las obras de Murillo en el estadio del arte, las producciones de sus predece- sores parecieron, con muy contadas excepciones, en- gendros rudimentarios y crepusculares; y donde no había más que tímidos ensayos de un naturalismo sin vida, sin relieve, sin brillantez y sin calor, vino á imperar de súbito una franca y valiente interpretación de la naturaleza, tan cabal y perfecta, tan espléndi- da y arrebatadora, como pueden parecer las maravi- llas de la creación á un enfermo de cataratas que de repente recobra la vista. Señores: El aplauso que al solo nombre de Mu— rillo por todas partes resuena, las mil y mil fervoro- sas plegarias que ante sus adorables Vírgenes diaria- mente dirigen al cielo las apiñadas muchedumbres congregadas en nuestros templos;' las respetuosas ala- banzas que del gran pintor sevillano formulan con la voz y con la pjuma los más competentes críticos e s - pañoles y extranjeros, católicos y protestantes; la-no- ble codicia con que los potentados de todas las n a - ciones se disputan los lienzos santificados con sus místicas y dulces revelaciones, son elocuente demos- tración de la justicia y de la oportunidad con que los inteligentes alumnos de las clases de la Escuela espe- cial de Pintura, y la distinguida juventud del Círculo de Bellas Artes de Madrid, han promovido esta solem- nidad, á que hoy nos asociamos. Visteis esta mañana congregada en un grandioso templo, al llamamiento de nuestra Real Academia de San Fernando, esa multitud de jóvenes, esperan- za de las artes españolas, para tributar el sentido bu- menaje de su cristiana piedad al pintor preclaro que, acaso por su notoria santidad, más que á sufragios nos brinda á dirigirle preces. La visteis después lle- nar ordenadamente la espaciosa vía que conduce del templo á la gran pinacoteca del Prado, que se enor- gullece de poseer muchas de sus bellísimas creacio- nes, y alfombrar allí de coronas y palmas el suelo donde se levanta la bella estatua del eminente artis- ta. En nombre de la Real Academia doy el parabién á esa entusiasta juventud por su generosa iniciativa. Sigamos su ejemplo: tributemos nosotros también palmas y coronas, ramos y guirnaldas, himnos y pa- negíricos, al genio sublime que en el cielo del arte emparejó su vuelo con el del excelso pintor de Urbi- no; y vosotras, distinguidas pintoras que generosa- mente os esforzáis por reunir á los encantos deque os dotó la naturaleza los que se adquieren en e] n o - ble ejercicio del arte, avalorad con vuestras ofrendas las nuestras, como lo hacíais esta tarde consagrando al simulacro del gran Murillo versos, flores y palo- mas; y para honrar siempre la memoria del pintor de la Concepción, fortaleced nuestro propósito con el ir- resistible celo que sabéis desplegar en todos vuestros generosos empeños. Manibits date Hita plenis. BIBLIOTECA M U S E O S DE A R T E BARCELONA N.° In ,.li!lD Clf. J R.E. 'iniiiiiliiiii'iii