EL ARTE, EL PIUCO ï U CRÍTICA « 1 1 EN BARCELONA, POR D. J. FONTANALS DEL CASTILLO. DISCURSO PRONUNCIADO EN EL ATENEO BARCELONÉS la noche del 2S de Febrero de ISSJ, víspera de la clausura de la Manifestación artística. BARCELONA. IMPRENTA DE LOS SUCESORES DE RAMÍREZ Y C.» Pasaje de Escudillers, numero 4 l88í. EL ARTE, EL PÚBLICO Y LA CRÍTICA ARTÍSTICA EN BARCELONA EL ARTE, EL P U C O Ï LA C l ICA ARTÍSTICA EN BARCELONA, POR D. J. FONTANALS DEL CASTILLO. DISCURSO . PRONUNCIADO EN EL ATENEO BARCELONÉS la noche del 28 de Febrero de 1883, víspera de la clausura de la Manifestación artística. ~^P~ BARCELONA. IMPRENTA DE LOS SUCESORES DE RAMÍREZ Y C Pasaje de Escudillers, numero 4 I883. SEÑORES: Después de muchísimo tiempo de no haberme sentado en este sitio, sintiera casi comezón de hacerlo, si el trasiego per- petuo de la vida no fuera correctivo á mi entusiasmo, y si el llevar más de cuatro cruces á la espalda, no fuera amorti- guando poco á poco juveniles esperanzas. La ocasión es grata, sin embargo, para quien vivió meci- do por ilusiones de arte; es brillantísima para quien se halle aquí de improviso rodeado de objetos peregrinos é incitantes; y ya que en distintas ocasiones se me ha brindado ésta duran- te los dos últimos áftos, y que no ha de presentárseme á cada paso tan propicia, la acepto, esperanzoso de que, si no re- sultados inmediatos y de trascendencia, ha de dejar, al mé • nos, calor latent ï y algunas semillas dispersas, que en opor- tuno momento pueden salir á cultivo. Para ello me he agobiado con el encargo de antaño, de lie- var á cabo la velada de esta noche, y de hacer en ella una serie de indicaciones de objeto mediato y práctico. No esperen de mí, pues, un discurso en loor del arte; ni un tra- bajo especulativo con pretensiones de brillante, y menos aún, un compuesto de reflexiones académica?,—filosóficas, histó- ricas y criticas,—de las que suelen hacerse de encargo ó por sapiencia, en ocasiones semejantes; pues sobre ser todo esto 6 inoportuno y vago, aquí fuera, á mi entender, inútil y de in- moderado lujo.—Bastante hastiada de divagaciones y de pom- posas frases aprendidas en libros anda la moda artística local, para que me ocurra la poco afortunada idea de repetir esta noche lo que en boca mia y en tosca prosa, fueran solo trivia- lidades. De brocado y oro va con hartura vestida la hermosa doncella de nuestra fantasía, para gustar. de vez en cuando tocado más llano y liso Me encariña, señores, el arte local, como todo lo que ex- presa amor de patria; me preocupa su porvenir, que entreveo rodeado de temores y esperanzas; me interesa el anhelo pú- blico por buscar impresiones plásticas, y miro con singular complacencia la crítica cotidiana, con sus conatos de artís- tica, que con incesante anuncio señala diariamente el paso de algun objeto nuevo ó atractivo. ¿Qué más natural cosa—me he dicho—que discurrir esta noche acerca de nuestro modesto arte; de su crecimiento y expansión; de su. brillo é importan- cia; de su porvenir y desarrollo; del público que en él se goza, y de la crítica que le juzga?.... Tema oportuno y de interés me ha parecido éste en sus múltiples aspectos, todos ellos en- lazados; y por el interés que encierra, más aún, por su actua- lidad, le he elegido para esta noche. El campo es vasto, es inmenso, y mereciera ya un libro para ser tratado extensamente. Mas, prescindiendo del arte que labra la vivienda humana, y modifica la pública, y eleva templos al culto; del arte de decorar y de sus afines artes; del grabado, la litografía, y de otros procedimientos y múltiples aplicaciones que utiliza la industria, podemos apuntar conci- samente, algunas observaciones de los puntos interesantes, que ofrezco ajuicio de ustedes (i). La Pintura y la Escultura ( i ) Como el objeto y forma de este trabajo pudiera hacer creer que son apreciaciones sueltas las ideas que sucesivamente expongo, haré presente que, son en parte resumen de las que formando trabado método expondré en algunos libros que tengo anunciados, y muy especialmente en los que titulo: (¡Estética genera!;—Estética especial y teoría de arte;—Curso de crí- tica artística y Prontuario critico; en mi Metodologia de arte, y, más des- pués, en mi Teoría de la percepción plástica, nuevo y trascendental tema que 7 excitan continuo interés, tienen predilecciones comprensibles, adquieren popularidad, penetran en nuestra cultura y hallan continua ovación en los talleres varios, en los salones en boga, y en el privado doméstico, y son en nuestras fiestas de arte el preferente móvil de cuantos á ellas concurren: démosles, pues, preferencia en la sesión de esta noche, y dejemos las artes hermanas—que mucha atención merecen en nuestras cuatro provincias—para otras ocasiones que motive algun suceso. Duéleme, empero, tal preferencia, porque va haciéndose injusta, y porque nuestra arquitectura local, y más que la ar- quitectura su ornato, presta á un vivero de juicios y de chis- peantes críticas; porque ofrece bellas prendas, que pasan des- apercibidas hasta á las más cultas gentes, y presenta rasgos marcados y tendencias peculiares á la localidad y al tiempo. Porque el arte de decorar vive en nuestro país con la indus- tria y con el lujo, y en el contacto más íntimo con la cultura doméstica; y porque las otras prácticas y empleos del inge- nio, están abonando el terreno de gusto é ilustración que han menester nuestras artes. Me interesan, en verdad, desde el ornato y la moldura de puro corte moderno, hasta el plano de nuestras fábricas; desde el balcón calado ó circular hasta el conjunto del frontis, que sirve de expresiva portada al libro del edificio. La apropiación de las formas, la distribución de las masas, la gradación de efectos, la combinación de líneas ó el cálculo de sombras, la extructura del detalle, el empleo de la escultura, el concepto de las luces, los puntos de pers- pectiva como óptica y como efecto, los puntos de relación con el espacio inmediato y los objetos próximos, la unidad de los conceptos ó el concepto fraccionado, el motivo razona- do ó el galimatías sin razones, y la serie de medios, materias, aplicación é invenciones antiguos ó contemporáneos; todo lo que nuestras construcciones ofrecen, desde la ménsula y la toca de lleno á la crítica, á la metodología y pedagogía artísticas,—donde se han de realizar sirios y experimentales cambios,—y que alcanza á los confines de la filosofía, en la psicología y en la estética, viniendo, quizás, á variar puntos de vista y hasta sistemas en apariencia sólidos, y á que va dando garantía de aceptación la más inconsciente rutina. 8 cartela al ajimez y el arco; de=de la verja historiada y más ó menos retorcida y el "capitel neo-egipcio, con rasgos deca- dentes, ó con fisonomía pseudo-india, hasta la casita rústica, importada de otros climas, y la de reminiscencias arábigas plantadas fronterizas; cuanto habla á una vez de la época, la tierra, la cultura, las aficiones el ingenio, el capricho, la eru- dición de arquitectos y propietarios, en alineadas viviendas urbanas, y en las rústicas, pintorescas y más libres; en grandes casas de alquiler con pretensiones palaciales; en templos y conventos de imitación antigua; en talleres, kioskos, pabe- llones, jardines, mercados; en cuanto produce é inventa la fantasía, la cultura, la fé, la ciencia, la necesidad, el lujo; en pied r a, en ladrillo, asfaltos, hierro, metales, esmaltes, y cu- bre la policromía más sobria ó atrevida, me interesa vivamen- te. Y no han de merecerme olvido las piezas y objetos que miro conmigo en íntimo y familiar contacto; que me refrige- ran, me sirven, me confortan y me complacen: la chimenea labrada ó cincelada, el jarrón, la alfombra, el tapiz, la vidrie- ra, el altar, la tela suntuosa ó casera ornamentada, el mueble de patrón francés ó alemán, la lámpara copiada ó importada, el papel expatriado, y la planta feraz condenada á celular sombrío ; el cromo y la oleografía pegados al libro ó la pared; el grabado de efímera vida coetánea, antes magistral y espléndido, y los procedimientos económicos en zinc, cobre y barniz impermeable, concurrentes de aquel y engendros de la fotografía, que menguan la técnica del arte y agrandan el arte en mecánica é industria; porqué interesa hoy como arte y decoración, desde el suntuoso techo y el artesón magnífico del monumento público, hasta el tiraje perfecto de una hoja de ilustración, con que, por ampliación de título, adquiere nombre de artista el oficial tipógrafo, que en unas cuantas lecciones sabe sentar un recorte en la prensa editorial. * Desde hace veinticuatro años en que por primera vez me cupo la honra de comenzar en esta casa, al lado del maestro 9 eminente, que por desgracia hemos perdido, una modestísima aunque entusiasta campaña en favor del arte patrio, le he vis- to ascender pausadamente al través de los recuerdos del año cuarenta y cinco, y sortear, con marcha incierta, innumera- bles vías, muchas veces contradictorias. Y desde entonces, fija la mente en la complicada madeja de aspiraciones varias de maestros y discípulos, he visto como jalones en el curso d^l camino, que fijaron el derrotero, desde nuestro renaci- miento tímido hasta las florescencias mayores, y recogido al paso el ascenso del entusiasmo; el lustre de algunos artistas; el calor creciente de los jóvenes; la pasión de los noveles; he visto apuntar las aficiones del público que estima el arte; for- marse la popularidad y la atmósfera de dilrttantis; tejer la guirnalda de ovaciones á los productos del ingenio; alternar la industria artística con el arte hecho industria, y aparecer la crítica inexperta ú osada en la revista y el diario. Todo lo que hoy tenemos lo hemos visto nacer, formarse y alternar en la localidad con el prestigio industrial y la comercial tarea. Así como hemos visto cambiar la faz de nuestra vida activa, y cambiar las aficiones, íormarse distinto el juicio, y aparecer antagonismos en el modo de pensar, con increíbles mudan - zas, hemos visto cambiar el arte, sin que parezca recordar el derrotero que ha seguido, ni tuviera conciencia, casi, de que variaba sin tregua. ¡Tan vario está y tan distinto de lo que al principio fué! ¡Y tan olvidadizo á veces de sus primeros ensa- yos! . En el curso de estos años he apuntado por jornadas los detalles pasajeros de cada nuevo entusiasmo y cada nueva evolución, y he hecho como el inventario, la estadística com- pleja de tres períodos artísticos con otras tres generaciones. Antes del año 50 recuerdo un arte que finía con tradiciones decadentes y espíritu tradicional: de 1850 a 1880, como tres etapas distintas, tres fases bien deslindadas que casi se cuen- tan por décadas. ¡Como si cada diez años fatigado nuestro espíritu de la constancia y fijeza, se pluguiera en la incons- tancia, de que nuestra historia está plagada, y sintiera como hastío de mantener tradiciones y de depurar principios, ó de formar gusto patrio! Como si estuviera inoculado en nuestro ro modo de ser, que sólo la veleidad dure, y lo durable pase, y condenada nuestra obra y nuestro criterio é ingenio, á sufrir la imposición, por donde quiera venida, de la moda pasajera. La tendencia fija de nuestro arte fué, desde que hago me- moria, la pasión juvenil por cultivarle; el entusiasmo incons- ciente por las obras de valía; el apego de varios maestros á las teorías que aprendieron, y la imitación rezagada de obras y profesores de este ó aquel país, de que teníamos noticia á veces por simples dibujos, ó sólo por el eco de la prensa, que venía sin tregua á impresionar, y siempre de confusa manera, la fibra juvenil de profesores hábiles y de apasionados discí- pulos. Mas, nunca, ni una vez siquiera, en el espacio de vein- te años, y tan sólo una vez en los diez años anteriores, un ideal superior al simple anhelo de producir, pudo hallar eco entre nosotros, y agrupar la juventud y los maestros de más prestigio, al calor de un alto móvil. Nunca la pasión del arte salió de la escuela ó el taller con arranques levantados ni as- piraciones grandes, que hallaran eco en el público. Nunca, casi, la fibra artística apareció impresionada por sucesos ó por empresas, por doctrinas ó por ideas de empuje ó de trascen- dencia. Y, lo que es más notable, jamás en el largo período de treinta y cinco años, tuvieron acogimiento con pertinaz empeño por escolares entusiastas—como en el arte alemán y en las escuelas francesas, de que fuimos imitadores con fri- volidad incipiente,—ninguno de los pocos ideales que halla- ron eco pasajero, ni dieron al arte patrio color de localidad, base de solidez, cimientos de duración, ni fisonomía peculiar que le distinga de otro arte; ni dejaron en pos de sí senda tri- llada ó piedra de guía, que pudiera aprovecharse en un ulterior período. Ni la patria, ni la creencia, ni el aura de libertad, ni el apego á la historia, ni la lumbre de la tradición, que fecun- dan el ingenio, dieron á su amor vuelo al arte con alguna du- ración, ni abrieron anchas sus alas para levantar su vuelo; ni siquiera un sostenido apego en favor de más secundarios ob- jetos, como el sentimiento ó la espresion, el dibujo, el color, el purismo ó la realidad, el predominio de la forma ó del es- píritu, permiten nombrar sus obras con nombres que las dis- II tingan, ni trazar su filiación por rasgos determinados. El arte marchando así, fluctuó de uno á otro extremo, entre uno ú otro principio; acogió cien ideales sin apegarse á ninguno; dio acceso á todos los influjos y operó todos los cambios que el arte europeo ofrecía, con las obras de más boga y los maes- tros de más nombre, y nos legó, en vez de historia y sello de nacionalidad, un cúmulo desordenado de recuerdos algo con- fusos, y un vivero de accidentes tan numerosos como efíme- ros. Culpa del continuo plagio y de la falta de independencia, y aun más, de personalidad, fué aquella inconstante vida que tuvieron nuestras artes desde el año 4 5 , y aquella carencia de cuerpo que ofrecerán en la historia por falta de fe en algo grande, por carencia de un ideal, por buscar mil ideales á ve- ces contradictorios, por impresionabilidad continua, por no tener formas patrias ni espíritu nacional, cabe la tradición, y. por carecer de alas en que cernir su poesía. Cuando se le nom- bre en la historia, si se le llega á nombrar, se le dirá el arte de los plagios—á pesar de sus buenas obras y de sus obras se- lectas—el arte de las imitaciones, el arte de los arreglos, im- presionable y voluble por sobra de aspiraciones y por reme- dos de eclecticismo. * Antes del año 50 nuestro arte provincial vivia solo de recuerdos. Perdíase la tradición de los Flauger y Mayol y de la escultura piadosa cultivada per Amadeu, y nada sólido aparecía, ni nadie se preocupaba de crearlo. Los maestros de más nota vivian en plácida calma, vegetaban á sombrío, olvidando el barroquismo, trasnochado en Cataluña, y sin darse cuenta casi del neo clasicismo, que finía, ni del romanti- cismo, aun en boga en todos los países de Europa. Partian los más osados á Italia en busca de atmósfera de arte que restaurara su espíritu. Los más jóvenes desertaban, cansados de monotonía. Y, los que aquí quedaron, trazaban con mano mecánica los últimos é insulsos grafitos; pintaban los últimos frescos en los salones y las fachadas, y embadurnaban pesa- dos lienzos con impericia modelo; pintarreajaban retablos y 12 esculpían sendas imágenes sin estímulo ni aliciente, y daban al arte vulgar, al prosaísmo gráfico la última etapa en deca- dencia. Campeny, dejando á un lado el caracolar barroco de sus obras juveniles, tomaba de Canova ó de Thorvvaldsen, cuando no de Pió Fédí ó de Juan Flaxman, los motivos y principios de sus mármoles, que admirábamos sin distingos, y que hoy juzgamos con mejor juicio. Rodas pintaba retra- tos con notables cualidades, aunque con pincel cansado, y fluctuaba en sus lecciones entre Camarón y López. Ribo y Ferrant, independientes, pintaban de puro recuerdo y gasta- ban su mejor chispa en zaherir todo precepto de clásicos y románticos: rechazaba uno de ellos hasta el modelo y el ple- gado directos del natural, y prefiriendo el vago recuerdo á la viva realidad, nos decía por gran lección:—«Yo me creo los modelos...-»; y como prueba palmaria ponia el índice en la frente y repetía con vehemencia:— tMi natural está aquí!...* i Asi estaba el natural!... Uno de los Planella nos daba floreros y jarrones retocando la realidad con recetas de convención; y otro de los Rigalt hacia países de fantasía—según el enten- der de entonces—con aspecto de panorama. La atmósfera de su expansión era una densa niebla donde solo se erguía desmedrada la solitaria planta amarillosa y seca; y el espacio que les rodeaba era el vacío sin fin... Solo el telar tardío y el algodón en rama preocupaban á la sazón al barcelonés acti- vo, ó al bonachón industrial. La más oscura noche se noi habia venido encima, constantemente entretenidos por el himno patriótico, y por el pensar pueril,—salvo en raras ex- cepciones—; y en el arte, nada, nada prometía tiempos me- jores. D. Jaime Batlle, el profesor más joven, recien venido de Italia en 1846, el académico de San Carlos y de la Es- cuela de Florencia, el ecléctico con más criterio y relativa importancia, que sabia de Ticiano y Rubens, de Veronés y del Piombo, de Rafael y Massaccio, de Guirlandajo, y de Andrés del Sarto; de Velazquez y de Reynolds, cuanto habia traído en bocetos y en muy notables copias, apenas halló patronos ni bien dispuestos discípulos. Solo los imagi- neros improvisaban cabezas para vestir maniquís; y entre los 13 artistai noveles era Juvany casi el único que pintaba con conciencia grupos de flores maestras.— ¡Fortuna fué que por entonces silbó la primer locomotora con asombro popular; giró el hélice de vapor en el Paquete velero; apuntó la elec- tricidad, símbolo de nuestra época, y nos enseñó el telé- grafo cómo se enlazan los pueblos y se achican las distan- cias! La cuenca estrecha de nuestros lares iba á salir de un largo sueño, y á sentir nuevos influjos é inaudito movimiento. —¡Y, casualidad asaz rara,casi providencial para al arte!—co- menzaba la fotografía, comprobante del arte real, tras los ensayos de Daguerre; se popularizaba el periódico con imá- genes de Ilustración, y aparecía el anuncio del primer Con- curso Universal en la metrópoli inglesa, la populosa Lon- dres!... ¡Qué de impresiones nuevas iban á venir á luz! ¡Cuánto influjo trascendente para la expansión del arte!. . De 1850 á 1860, año más, año menos, data el movimiento más activo que podemos encomiar. Fué un cambio completo de espíritu el que entonces se efectuó; fué una evocación sublime, casi diríamos un milagro el cambio que entonces se operaba. Fué como un mágico prodigio el que de improviso creó, bella insinuación de arte, comprensión, sentimiento, juicio, fantasía, inspiración, dibujo, color, composición, imá- genes y conceptos plásticos; entusiasmo, pasión, estilos. Fué, en fin, un asombro, un pasmo, aquel pasar de un breve salto, de la postración mayor á la mayor actividad. Por solo el.influjo de dos maestros, idos casi á un tiempo á Roma, vueltos casi á un tiempo á España, habia echado hondas raíces el árbol umbroso del arte. ¡Y, qué contraste presentaba la luz viva que esparcían, con aquella oscuridad que hasta entonces habia reinado!—D. Pablo Milá, más que todos—de quien deseo hacer recuerdo en especial sesión— fué el adalid más activo de aquel memorable cambio:—¡Gra- bad perpetua su memoria! A su vigoroso empuje, y al de otro profesor, debimos aquel plantel lleno de verdor y ufa- neza, que fué ornamento de nuestra Escuela y es esplendor de Barcelona desde hace treinta años. Jamás sin él habría 14 - nacido, jamás después se repitió, coa tan pródiga abundan- cia, desde Serra el ornatista, y Padró, travieso ingenio, hasta Fortuny, pasmo raro. ¡Qué feracidad, señores! Entonces renació nuestro arte, desde la arquitectura y el ornato hasta el arte decorativo, y más que todo, de la escultura, que en este período se hizo adulta para producir sin tregua obras dignas de toda época, y la pintura fabulosa en crear obras y nombres al activo y fuerte empuje de dos profesores de la Lonja. La boga de cien discípulos improvisados entonces, hace la mejor corona de aquellos modestos varones. Y no cuento los que nacieron al calor del entusiasmo y en derredor de los más diestros. Entre los modelos preferidos eran los del arte religioso, del Peruggino y el Angélico, de Owerbek, Weit y Muller, los que tenían privilegio; y para todas las imágenes se daba por mejor guia la de lospre-raj'ciclistas, que en Alemania é Italia, en Inglaterra y Francia tenían serios entusiastas. Mas, en escultura y pintura lo que sobre todo privaba era el espíritu intenso é íntimo á la vez que reflexivo; era la Edad media con su historia, su poesía y sus leyendas; la historia de Cata'uña hasta el período renaciente; la com- posición pensada y el castigado dibujo, entonces llamado purista, sin olvidar por esto, ni el admirable antiguo, ni el eclecticismo moderno con sus múltiples bellezas. Es justo decir estas prendas, para no llamar parcial,—como se hace erróneamente,—la enseñanza de aquellos tiempos. Pinturas de vidrieras é iglesias; cuadros de devoción y altares; imáge- nes y esculturas de sin número de asuntos; grupos y escenas históricos, retratos, flores, ornatos, aparecían como fruto de maduras enseñanzas de aquel vivero de entusiastas. Y, á la vez que el arte grave y de prolijo estudio, aparecía otra escuela, que tenia ciertos adeptos, basada en la asidua copia de la realidad viviente. E! hombre, y la campiña rús- tica de las comarcas catalanas, henchida de sabia y de rude- za, quebrada y llena de maleza y árboles, eran su ideal cons- tante. Un ingenio de mucha fibra, tan fecundo como virgen, joven de sumo talento y de ejemplar osadía, fué el campeón de esta escue'a, que nos dio artistas hábiles y originales de 15 vez, cada dia más notables. De allí salió Simón Gómez, y también salió de allí nuestro pródigo paisaje, antes solo estu- dio aislado, ideal y bien compuesto; después con ambiente catalán y el color de estos terruños. Distinguíanse á la par, é impresionaban con su influjo, otros jóvenes profesores que habían estudiado en Francia, y traído de aquel país la repro- ducción de cuadros de naturaleza y costumbres, recordadores de lejos de las obras de Meissonier. Acentuaban la afición á la naturaleza y el realismo los primores de Gavarní, con su expresiva realidad y su característico viviente; y con esta mez- cla de influjos despuntó la nueva pléyade que entre nosotros s; cuenta como naturalistas fecundos y paisajistas hábiles, y algun ilustrador chispeante que vierte verdad y movimiento en sus vivientes apuntes y en sus peregrinos dibujos. De lejos viene, como se ve, la imitación de extranjeros. Era por aquellos dias de expansión y de grandeza nacio- nales y patrióticos cuando los laureles de África nos dieron fama europea de nación de primer orden. Entonces, medrado el espíritu popular de Cataluña, daba al arte nuevos brios con la bienandanza pública. ¡Qué dias de bonanza, señores! ¡Los que aprendíamos entonces nuestro doctrinal criterio, sentimos cierta tristeza mezclada de admiración por los dias de aquellas glorias! Y, hay que conceptuar del arte, que tenia entonces su alborada, su primavera espléndida y aun- que en vias de desarrollo, crecimiento afortunado. ¡Cuánto se hubiera obtenido, con ventajas del porvenir, á no caer en des- uso, por espíritu voltario, aquel vigor de criterio y aquella se- riedad de juicio á la sazón aplicados! Para juzgarlo con tino, hay que tornar la vista con ojeada retrospectiva, á aquellas campañas primerizas de la olvidada Asociación de Amigos de las Bellas Artes, y á los concursos inmediatos, donde conten- dían de consuno, con cierta juvenil confianza, agrupaciones bautizadas, por inexperta noción, de Realistas é Idealistas. Al calor del entusiasmo que la guerra mantenía fueron tomando vuelo los artistas que más brillaban. El disperta- miento público del sentimiento nacional sirvió de escabel al 16 arte, como á otros elementos de las letras y las industrias. Verdad es que sólo se produjo alguno que otro asunto de la guerra, y que Sans, Padró y Fortuny fueron casi los únicos ingenios, entre los de nuestras provincias, que nos dieron de aquella cuadros que merezcan serio recuerdo; pero también es verdad, que el sentimiento épico y el lírico acento de los poetas estimuló la fantasía, y dio á la patria vigor, que se tradujo en sus artes; y que la actividad y el empeño con que se produjeron obras, era prueba bien- palmaria de adelanto y de fortuna. Fué el botafuego que á Fortuny puso en vías de gran pintor,—como de sobras se sabe—, y fué el que tras él lanzó á muchos adeptos ávidos del movimiento y la vida, y del colorir brillante. Cataluña cambió entonces la corriente de estos estudios. En breve se marcó bien distinta la nueva etapa empezada sobre 1860, y que podemos terminar otros diez años más tarde: sobre 1870. Por entonces los concursos de pensionado en Madrid y Rom?, recordaron el camino de varias cortes del arte, a l a juventud con dotes. Paris, Roma y Madrid, fueron los centros preferidos, y especialmente los dos prime- ros, donde es más activa ó aérea la atmósfera que vivificà el sentimiento estético. De allí venia constantemente el último y nuevo modelo á que el arte se atemperaba. Y, ya no fué el acento patrio el que le dio nuevo sello: fué el extranje- rismo importado con variedad sin fin. Entre Barcelona y Paris, entre Roma y Barcelona se establecieron sin tregua cordones de peregrinos. Y allí fueron á inspirarse para ideas y para iormas, escultores y pintores de espíritu catalán No seré quien lo censure, pero ;no hubiera sido mejor mez- clar como á equilibrio algo más de españolismo?... El tiempo lo dirá sin duda. Mas, lo que se puede afirmar, es, que data de entonces el afrancesado sello y la especie de mescolanza, que aquí, como en el lenguaje, nos roba el sabor castizo. Son los nuevos galicismos, que el ingenio nos prodiga, olvi- dos de cultura patria, y ofensas de leso sentido, que han de quitar vida al arte. Ateniéndonos á la historia, eran, Flan- drin, Deíacroix, Ingres, Delaroche, Decamps, Gerome, 17 Gleyre, Bouneville, Duran, Dupré, Pradier,... los modelos del más gran arte;' Meissonier, Brion, Hamon, Baudry, los •de escenas de costumbres; Corot, Bretón, Diaz, Rouseau, Troyon, los de cuadros de paisaje y de fragmentos campes- tres. Y Philopoteau, Bestail, Grenville,... los de dibujantes de grabado. Y este influjo se aumentaba con la llegada y paso, de discípulos de Couture y de otros extranjeros hábiles. ¡Qué confusión de impresiones!... El gusto entero de Fran- cia se nos había entrado en casa. Desde entonces fuimos, sin tregua, convictos afrancesados. Roto el hilo de la tradición ya no tuvieron influjo los en- tusiasmos que fueron, ni trascendencia marcada las Exposi- ciones frecuentes que se celebraban en Madrid, aunque daban aspiraciones; ni la pasión provincial creada por la literatura, que nos dio algunos cuadros d ; la vida y las costumbre?, en que influyó más que todo el teatro catalán, con artificiosos tipos y algo falsas idea?; ni la atmósfera local y la naturaleza patria, siempre llenos de interés y próximo? al corazón.— El contrapeso de Roma, que era menor que el de Francia, quitaba por otro lado, con distinguidos concepto?, color y formas simpáticos, llenos de insinuación, lo que al senti- miento y juicio podia guardar nuestra tierra. Y el movimiento constante de la nueva Barcelona, constructora de rectas calles y de irregulares plazas, fué quien guardó únicamente a'gunos rasgos ingénitos de ornamentación local, y escasos ensayos importantes, en decorados techos, y ca pinturas de aposen- tos, y tal ó cual aislado fresco, ó decorativa escultura. L a obra de nuestros pensionados era de más empuje; gozaba de más prestigio; dispertaba más capricho; iba más al corazón de la novedad inexperta y de la movediza moda. De Roma y Paris nos vinieron, el mayor ejercicio del arte, que en todos los géneros cultivábamos, que en todos los pro- cedimientos sabíamos; el crecimiento del fresco, de la esce- nografía y la decoración, que ya se hacían á maravilla; la acuarela y el aguacil, importaciones noveles, que, con el barro cocido, dieron en adelante á la escultura y pintura nue- vos medios de lucimiento, y facilidades mayores para hacer IS aficionados; y las propensiones al brillo del luminoso color, ó á la ejecución osada, con olvido de otras prendas, que hacen siempre serio el arte, y saben siempre los maestros. Y una tornada continua á Roma y París renovaron, con mayor feracidad, y con inconstancia mayor, el predominio creciente de los influjos extranjeros, que traían y llevaban aquellas fluctuantes colonias de españoles ó catalanes. ¡Paris hizo á Fortuny su gran fama!..., y esto privó entre nosotros para imponer nuevas modas; hasta que el cambio de la suerte quiso que las huestes alemanas espantaran como vuelo de asustadizas palomas, ó como bandadas de gorriones, á tantos artistas mozos, que en Paris se aclimataban, poco avezados, sin duda, al ímpetu del cazador... Recuerdo que por entonces hacia la crítica de arte sus pri- merizos ensayos en nuestra localidad. Algunos años después de 1870, vacilante el entusiasmo por los productos de Francia,—¡que trae olvidos la desgra- cia!...; —sorprendidos del prestigio del potente germanismo, que antes se menospreciaba; por aquella propensión de ad- mirar siempre al que vence, de llamar grande al más fuerte y de adorar al que oprime,—habia mermado mucho la imi- tación francesa; tomaba tierra la romana, y se creía que el germanismo iba á engrandecer nuestras artes. Después se vio que era hipérbole, que era endémico miopismo aquella exal- tación primera. Después, cerniendo, nos han quedado, la afi- ción á buenas láminas, algunos libros no malos, magníficos cacharros y bástulos, lindísimas baratijas de procedencia ale- mana, y los populares muebles de los silleros de Viena...; Que algo va quedando al fin!^-Y más después todavía, por reac- ción transpirenaica, la nueva emigración á Francia, y las colo- nias de Roma, de vcíái en más engrosadas entre 1870 y 1880. Haciendo historia verídica, aquí la famosa Setembrina,— que trastornó serias cosas (1)—, aumentó la emigración con (1) El texto está' aquí modificado en la letra.—Al imprimir el Ateneo Barcelonés este trabajo, un deber de compañerismo para con nuestros con- 19 gloriosas algaradas, y dio al arte local fatiga y modorra á un tiempo. Dígalo, si se olvidare, el resultado obtenido por la magnífica Exposición de 1874,—la más importante, sinduda, de las que en Barcelona se habían visto, y la menos concurrida de cuantas puedan recordarse.Que hasta enmudeció la crí- tica, para que así se apagara el último asomo de ingenio. Y, el arte se ocultó rodeado de ruidoso patriotismo ¡Porque es el arte, en verdad, una hermosísima doncella, tan elegante como fina, un. aristócrata culto, hasta al hacerse patriota, á quien por la cuna se despega vertiendo igualdad y mugre el desarrapado tipo de lo popular grosero. Entonces sentó nuestro arte su estancia de emigración en los países extran- jeros, hasta en Marsella y en Portici, y desde allí nos man- daba recuerdos de que aun vivía con notas preciosas de arte. Goupil, verbi gracia, en Paris, le dio espléndida morada. Y, R o m a le dio acogida con prestigio singular. Pasado el período álgido, vimos con cierta sorpresa mu- chísimos adelantos alcanzados en el destierro: que la cosecha aumentaba, que la productividad crecía; que la acuarela, el grabado, el barro y la decoración medraban de modo asom- broso; que el cromo y la litografía popularizaban el arte, aunque tendían á malearle. Pero, el arte creció en extensión, tanto ó más, que en importancia; más en número de artistas que en perdurables obras. Eran hábiles casi todos; eran no- tables muchísimos, y algunos, con precoz fortuna, -sincera- mente admirables. Habia con todo algo frágil, algo más e n - cantador que sólido en cuantos entonces volvían. Ese algo sólido, grande, que se admira en todos tiempos, á pesar del tiempo mismo; lo que hace á las artes antiguas y á las obras de los maestros, un prestigio sin olvidos. L a fantasía, el ca- pricho, la gracia decorativa, el colorir simpático y á las veces deslumbrante, la magia en colorir con tónicas de artificio y socios, más aun, un deber de agradecimiento, nos fuerza expontáneamente, á que queden suprimidas varias palabras.—Con ello creemos contribuir— aunque en pequeñísima parte,—á continuar la liberal armonía que el Ale- neo representa, sin que la memoria de nadie pierda la huella, ni sienta m noscabo de un solo recuerdo. 20 de un convencional que cautiva, la chispa, ó más bien el chic, el genuino chic francés, que en esto hace entusiastas, como en abundantes cosas, fué lo que entonces se aclimató, tendiendo á hacer del arte un producto de novedad y lujo, que se expende en las vitrinas por estímulo de antojo más bien que por la cultura. Porque es tendencia del tiempo, que el arte vaya al mercado, al aparador de una tienda como obra de comercio, y tenga en el mercado alza y baja, como los valores de bolsa. Así está el arte coetáneo en los secun- darios centros. Así está en Barcelona. Y, este es su modo de ser, cuando falta buena tierra y tibio sol confortante para poder arraigarle. Era, por otra parte, el cosmopolitismo moderno, con un semillero de impresiones, de atractivos y de influencias, in- quieto y movedizo incentivo, que arrastraba la gente joven. Al éxito de las Exposiciones de la capital de Francia; al de las revistas é ilustraciones llenas de autógrafos y copias; al de las prodigadas láminas, grabados y fotografías; al de los jóvenes que iban y de los mozos que tornaban, y hasta á la del solo Catálogo de cada (Salem anual, buscapié de impresiones, y vivo engendro de anhelos, cuando no de in- quietud y dudas, no hay ingenio impresionable que no vas- cile ó fluctúe. Y, si faltare enseñanza seria, criterio con ci- mientos sólidos, aquí, como en otras cosas, la divagación es mayor. Así se explica que un dia Carpeaux, otro dia Detaill ó Neuville; otro el natural Lefebvre, ó el vigor real de Bon- nat; otro Duran ó Cabanel, ó el aristocrático Courtois, ó el pintoresco Allongé ó el finísimo y chispeante Kámmerer; que otro, en fin, los casacones y los apolillados coletos, adqui- rieran gran prestigio...; ó que fueran las modas de la Con- vención, ó el prosaismo de Courbet, cuando no artistas de cuarto orden los que quitaran el sueño á los movedizos ta- lentos. Y, á medida que se extendía la curiosidad artística con la ruidosa Exposición de 1878, no es extraño qiíe agita- ran y arrollaran la fantasía de nuestra viajante pléyade las maravillas sin fin de los luminares del arte: del brilloso Vibert; del delicioso Siemiradjky; del dramático Mateijko; del vigo- 21 roso Munckcacsy; del fogoso Juan Makart; del clásico de la historia, el correcto Alma Tadema;—que fueran el frescor de Rumpler; el capricho de Charlemon; la naturalidad de Fried- lánder, la gracia espontánea de Induno; la idílica poesía de Portaels; la linda desnudez de Marrón, ó la realidad de Ma- dou, aprendida de holandeses y con Vón Ostade y Brouwer. ¿Cómo con tantos estímulos, no se olvidara la patria; y la individualidad decreciera; y la originalidad mermara, y se contrajese ó excitara á la vitalidad creadora? ;Cómo no se movieran prurito y ansia de novedad?... Con tanta fermentación se inauguraba aquí la Exposición permanente; crecía el estímulo crítico; se hacia el público aficionado, y se extendían las preferencias del arte por moda y lujo, por vanidad ó por cultura. Se estaba al fin de la ter- cera etapa, que dividia los espíritus por mil corrientes distin- tas; que trituraba en átomos el aliento provincial. Creábase, por otro lado, la veleidad de juicio, y la imposición del pú- blico. ¿Eran prendas de esperanza? Con estas prendas llegábamos á 1880. Lleno de expansión y vida está desde entonces nuestro arte. Como el espumoso néctar largo tiempo comprimido; como el champagne bullidor, ha ascendido hasta el borde por el esbelto vaso, y dilatándose se vierte por el cristal tras- parente. La prodigalidad de artistas, que pasan ya de 200 en las distintas prácticas, contando nombres gloriosos que se rodean de olvido, y sin contar la flor de los que por interva- los se van y vuelven á veces por intervalos, basta para de- mostrar el exuberante ascenso que nos ofrecen sus obras. ¡Cuan lejos se hallan de aquellos oscurecidos ingenios del año 45! Y, en qué tan distintos tiempos!... Yo veo un florilegio abundante que conserva aquí el pres- tigio de hábiles profesores, y jóvenes señalados que de im- proviso aparecen, y que despuntan con obras que ahora 25 años se hubieran dicho maestras. Les veo con todos los medios propios del arte moderno, con todos los procedi- mientos, hasta brillar en la acuarela; en todos los géneros de 22 arte, en las obras de fantasía; en las piezas de costumbre, en los episodios históricos; en el complejo retrato,—espiritual ó realista, ó lleno de magia brillosa—; en nuestro provincial paisaje, feracísimo en producir, con rasgos tradicionales y locales caracteres, saturados de verdad, ó henchidos de poesía real, de aroma ó de sentimiento; en los grupos de frutas y flores viciosos y aristocráticos; en la decoración y el ornato en que chispean gayos tonos, artificio, estudio y gracia; en la decoración mural de relieve ó colorida con maestría sin- gular, y hasta en figuras militares sentidas del natural. Y, nada digo, ni juzgo, del arte religioso, porque parece, en verdad, que nuestra piedad secular y nuestro alardeo de creencia, se hayan hecho iconoclastas... Veo la fantasía en los tonos; el ideal ó vero acorde; el empastar osado; el pro- digado color; el sello de la fattura; la ejecución sentida y casi siempre adecuada; el pintar febril y rápido, y el encari- ñado y paciente; la esplendidez de tónicas verídicas ó rebus- cadas; el competir en luz con el sol del mediodía, hasta dar envidia casi al cielo esplendente de Ñapóles y al de la clásica Campania; el dibujar atrevido con fascinación de efecto, aunque no siempre atildado; el diestro manejo del lápiz, de la pluma ó del carbón, del bistre ó del acua-tinta, con una vena y soltura deliciosas y peregrinas; la chispa de ilustrador, en diminutos finales, en láminas, márgenes ó intercalados, en cabeceras y letras, con corrección y verdad, con forma, luz y color dignos de los grandes cuadros. Veo la escultura ad- mirable, dando artistas á toda España, así en barro como en mármol, en madera y en metal; pintoresca ó abocetada, en bustos y obras grandiosas, y en monumentales obras de un empuje inesperado. Y, veo un público que palmea á cada nueva impresión; un grupo de admiradores, crema de la masa culta, que se honra con las obras á cada nueva sensación; sin número de aficionados, que emulan á los artistas; y, como nunca se habia visto, cultas damas y muchas pollas de aficiones nada cursi,— pásenme ustedes los vocablos y el figurado sen- tido,—que cultivan la belleza, si es que no realzan la suya 23 con dos gracias naturales: que entonces ¿cómo olvidarlo? son lindísimas sus obras... Hay aquí sello de patria, que con en- tusiasmo y poesía alimenta lúcida pléyade de escritores cata- lanes; hay tradiciones vivas, con estudios arqueológicos, con escursiones frecuentes, con cambio mutuo de impresiones entre el aire ciudadano y el sabor de las comarcan; hay crí- tica constante y ruidosa, que como punta imantada mueve y atrae la afición; hay libros, revistas, periódicos, láminas en pródigo número, de todas partes venidos; modelos, recuer- dos, noticias; enseñanzas nuevas de arte, atmósfera que vivi- fica y entusiasmo que colora... ¿Qué más podemos querer? Que es esto en verdad, señores, un encantador parterre, una florida cesta, en que la violácea flor alterna cor. el botón rojo; el blanco nardo fragante con la azalea y el geranio; la ufanosa peonía con la rosa esbelta y tenue, y la pavoneada corola entre el vergel de matiz gayo y el manto de florecillas donde el sol alegre juega, y á que hacen mullido lecho, y la más brillante alfombra, el musgo denso, tupido, y el felpu- dillo lustroso, que el tacto acaricia y comprime con grata y sensual complacencia. ¿Qué más podemos querer? ¿Qué pedir ó señalar?... # Si el presente de nuestro arte nos complace y nos anima, el curso del porvenir nos ofrece algun recelo. ¿Seguirá mejo- rando el arte con la marcha emprendida? ¿Fiará la juventud que empieza adelanto ó retroceso con las actuales aficio- nes?... Son puntos algo complejos, que requieren largo es- tudio y que solo apuntaré, para no cansar á ustedes con apre- ciaciones técnicas. Lo he de decir francamente: temo que el apogeo de lo brillante pueda tocar á su término; que lo falso ó aparatoso venga á ocupar su lugar; que el trabajar pronto y rápido nos lleve á la decadencia, si no se hace algo más: no temo por el presente, temo que exagere el porvenir. Comprendo que el arte de hoy, con solo escasas excepciones, es de obras del momento, para excitar novedad, para mover entusiasmo; 24 no de.obras de gran labor, maduramente pensadas, para pa- tronos expléndidos, como en otro tiempo acontecía. Que es como la obra literaria, que nace, entusiasma y se olvida con rapidez increíble; como el artículo de periódico que solo brilla un momento, el momento de polémica;—como todo lo de la época, que prontamente S2 gasta. Entre el arte de antiguos dias y el contemporáneo arte, en sus obras cotidianas, hay esta esencial diferencia. Porque el público busca sorpresas, ansia novedad sin tregua. Y, porque las obras de empeño son solo monumentales; no tienen patronos expléndidos casi más que en grandes fábricas; no hallan mercados abiertos más que en los grandes países, y entre potentados de abo- lengo; no tienen en el privado doméstico espacios ni medios para lucir. ¿Quién pule hoy. un verso ó frase con la lima de otros dias? ¿Quién gasta la entera vida en trabajar un poema? ¿Quién deja por lo pulido y ático, la impresión ó la sorpresa? ¿Quién vela un lienzo ó una estatua coirío á un hijo predi- lecto?... Y, no hay tiempo de pensar, largamente y con amor, para los que han de venir... Apenas hay un mañana para el febril espíritu, que anhela, devora y se hastía. Por esto el arte de hoy se presenta febril y rápido, solo para el momento, como el público que admira y la emoción que fulgura. Mas, ¿hay en esto esperanza? ¿Puede fundarse adelanto? Para el arte de nuestros dias en los secundarios centros no hay casi casi, recursos, sino en medios secundarios: la impre- sión, el capricho, el efecto, la ejecución magistral y las fine- zas de la fattura. Esto solo es obra rápida; lo demás requiere tiempo. Y, ¿quién puede confiar en mañana, sin que le escape el momento de lucimiento y éxito?... ¡Ay del que llegue tardío! ¡Ay de quien quede dormido, ó en el camino trasno- chado!... Pues bien: esas mismas cualidades de incitante ra- pidez, son recursos que se agotan, y que fácilmente fatigan sin extraordinario ingenio; y son prendas que por sí solas marchan rápidamente á la manera y la convención. El ta- lento que en ellas funde todos sus ascendientes, y espere todos sus éxitos, corre fácilmente riesgo de vulgarizarse y cansar. Y, los que después imiten, vendrán á luz gastados y 25 endebles, sin expontaneidad ni importancia. Aun teniendo gran talento es difícil sostener esa lucha consigo propio, para estar siempre brillante, fecundo y original. Y, quien lo llegue á lograr no se librará, sin duda, de obtener por resultado al- guna indiferencia pública, de la curiosidad sobada, has- tiada,—blasél como Vitet decía—, si produce frecuente y mucho. ¡Qué así nace la novedad, como paca el interés! La labor del porvenir será por este camino, de improvisaciones, de bocetos, no de obras meditadas; y como de bocetos ten- drá momentos de sensación y de nerviosa veleidad. ;Qué obtendrán nuestros artistas? Como fruto de enseñanzas, notas, apuntes, recuerdos, semillero de impresiones, de chispa, de chic, más ó menos acabados; medios y hábitos de improvi- sar,—algo de una industria selecta—; tal vez estímulos de la fantasía; quizás aguijones y fatigas, y, amen de soltura prác- tica, preparación s¡ estudiaren, si tuviesen tiempo de hacerlo, para dar algo maduro en ocasión propicia. Y si el tiempo les faltare, por uno ú otro aguijón, harán barros, esbozos, cua- dros algo instantáneos, y pintarán acuarelas, que es lindísima pintura, pero tan frágil como linda. Vivirán como las modas, unas breves temporadas, y pasarán como ellas dejando tras sí el olvido... Que esto no ocurre hoy; pero puede venir pronto. La ligereza hecha gracia, el fantasear airoso, ese pis-aller coa garbo de los artistas brillantes, puede hacer frivolo al arte. Hay que buscarle distinción para su éxito durable; hay que ornarle de estudio de lo elegante y selecto; hay que darle sello típico y alguna grandiosidad; hay que conservar SH fres- cor, y hasta al hacer por artificio, es forzoso señalarse por primores singulares y las dotes de maestro: sólo así podrá de- jársele de lo forzado y convencional y de la vulgaridad pro- saica. Y solo así se obtendrá aquella artificial poesía, de la chispa sin verdad y de la coquetería rebuscada. Así concibie- ron Luis Richter y el humorístico Adolfo Schroster; así Ben- denmann en su Vida Humana, así Menzel, Charlemond y Eduardo Enghert, y así con sabroso encanto el paisajista Co- lin, y con su potente fibra nuestro original Fortuny. Los te- 2Í> mas' para estas obras están en lo popular; en el apólogo y el cuento; en la fantasía legendaria, y en todo mágico brillo. Y el campo donde lucir en el grabado y el estudio, en el cua- drito sabroso, en Ja escultura de ornato y en la pintura deco- rativa, campos de expléndida chispa. Para ofrecer novedad y no producir fatiga, hay que tener un ideal, y á la vez hacer sentir, sonreír y hacer pensar: así brilla el humor germánico, y así la movediza vena, y lucen las genialidades de cien ar- tistas extranjeros. Sentir y pensar, he di:ho: de ello ha menester nuesto arte para aumentar su importancia y para tener larga vida; y lo ha menester también p i r a no caer en lo frivolo. Sin sentimiento y conceptos no será arte del siglo. Pero el concepto ante todo, por presiones del momento. Recuerdo lo que apuntaba, con su singular viveza la fantasía intencionada del malogrado Bar- trina: «—El siglo diez y nueve nació cabeza abajo » Y que, sin su duda habitual, sin su punzante duda, con pleno convencimiento, lo completaba así: «Los hijos de este siglo caminamos llevando el corazón en la cabeza....» Sentir y pensar he dicho: ¿Pued: medrar nuestro arte sin una de estas dos cosas?... ¿No decaerá si le faltan? T e m o que en lo adelante, sin sentimiento ó ideas ofrecerá monotonía; que se gastará fácilmente; que si crece la cultura y se forma experto gusto, va á ser gran necesidad el incentivo moral, y que el concepto y el sentimiento atraerán perpetuamente. Sentir: ésta es la nota que fascina al público aficionado; éste el dulce instrumento que más impresiona al hombre. Has- ta al pensador más frió le seduce por momentos." Hacer sen- tir: hasta el «goista cálculo llegan las obras que lo alcanzan; y aquí mismo puede observarse, que el sello del sentimiento es elemento de éxito. Por él interesa tanto alguno de nues- 27 tros paisajistas, que con suave insinuación y melancólica poe- sia, tiene presa constantemente la masa de nuestro público. Pensar: no sé qué tiene nuestra época que arrastra hacia la razón el espontáneo frescor, y hasta la verde poesía. Por to- das partes se piensa, y el pensamiento que tritura, que tiene por arma la critica, toma también el arte por campo predilec- to. ¡Ay de quien en adelante no piense! Es verdad que entre nosotros parece lujo el pensar con alguna seriedad; pero ¿será siempre así?... Y ;si algun dia nos viniere como importada moda, la moda de pensar?... ¿Qué haria entonces el nuevo ar- te entre un público que pensara?... Unid á todas las obras una idea ó un sentimiento, y si fueren brillantes, serán grandes, si ligeras, atrayentes; y con aquella y éste nos adiestraremos en pensar, y nos acostumbraremos á sentir en otra selecta forma. Observo ya, que toda obra que envuelve un sentimiento ó un concepto,—una intención punzante,—se hace plaza en el público; y temo que quien no halle uno ú otro de estos estí- mulos va á perder todo interés. Lo veo y hasta casi lo aplau- do: la obra que nada diga se atraerá indiferencia. He hablado de algun ideal como base del porvenir. Tam- bién es preciso hallarle para hacer, arraigo al arte. En las es- cuelas germánicas, desde Carstens y Dannecker, hasta la va- riedad de hoy, siempre hubo ideales de concepto ó de forma. Tuviéronlos los franceses y belgas, y hasta ingleses é italia- nos. Así es alemán ó francés el arte de aquellos dos países. El ideal de creencia, que vivirá mientras haya hombres, es siempre sublime ideal. En el razonar moderno, en el ingerto árbol del positivismo egoista, no parece tener sombra. Mas el tiempo no pasa en balde, y volverá con el tiempo. Hoy tene- mos por gran gala el s;r libre-pensadores, que en nuestro es- pañol sentido, es decir, no pensar nada con vasta profundi- dad y sin prc-juicios limitados. Pero la duda del tiempo se aproxima á la creencia. ¡Dejad que dure la duda, que esta duda hará la luz! Hay otros bellos ideales en el hombre y la sociedad. El alma humana y sus luchas, la frágil carne y sus angustias, la vida y sus aguijones, la familia y sus dramas múltiples, la hu- 28 mana fisiología, la sociedad y sus vuelcos, la política y sus cuadros ; el vasto Cosmos, en fin, con su faz sublime ó ruda, con sus peregrinos encantos,—con su poesía y su len- guaje, con el vigor de su vida—son ideales sin límite. Y el tiempo, la historia, bajo uno ú otro aspecto, son puntos de apoyo que aceptar, para solidar principios y los conceptos de arte. Y no es esto vaguedad, no es pura filosofía; es realidad palpable, que la poesía transfigura y la literatura pinta.—En el ideal de patria podemos pensar también. ¡Qué bello ideal es la patria! ¡Qué sólido! ¡Qué durable! Y, sin embargo, el arte nuestro no ha respirado nunca gene- ral amor de patria Aparte de los paisajistas que le piden sus impresiones, y de algunos de ellos que la sienten, y aparte de algun aislado lienzo ó reproducción en figura, apenas se la vé recordada. Yo creo que es pecado ese olvido de la patria en el arte catalán; que le fuera de gran provecho para tener h o - rizontes, puntos de vista nuevos en que poder explayarse; para hallar fácil estudio y mucha seguridad, y para hacerse acogimiento durable como el amor patrio, en el país de nues- tras obras. Recomiendo el recuerdo. Así se crearia nues- tro arte rasgos de nacionalidad; tuviera fisonomía marcada, hallara simpatía pública, y fuera planta natural, verdadera, espontánea é ingénita á la localidad. Por la fuerza de este ol- vido no ha echado todavía raíces en hondos y profundos sul- cos desde hace muchos años, y vivirá mientras dure como materia de lujo, y como planta extranjera al abrigo de cris- tales. ¿Se quiere dar vuelo al arte? ¿Criar sus obras populares? Pues hacedlas catalanas. Dadles forma nacional. Esto parecen entender, por amor á su país, lo; artistis valencianos que tie- nen rasgos comunes; algunos pintores gallegos, y las agrupa- ciones varias del resto de la península, que dan á todas sus obras castizo y genuino sello de inspiración castellana. Allí, en el fondo de este espíritu; hay un arte nacional, que ha de vivir por su sello y ser grande por su arraigo (i). ¿Germinará entre ( i ) Sobre este punto volveremos con asiduidad al tratar de arte, de li- teratura, etc.—Es forzoso dispertar el espíritu ó el sentimiento nacional. 29 nosotros el sentimiento de patria? Es de creer que á la larga ha de suceder así. Los ensayos infecundos del año 50 á 60; los de la literatura y el teatro, perdiendo lo falsificado; los del catalanismo coetáneo,—que como á ideal me interesa, aunque no le veo de lleno por lo poco definido,—han de ha- llar artistas hábiles que nos le ofrezcan en sus cuadros del pasado ó del presente. Y urge mucho, á mi entender, que se haga con premura para abonar el suelo—por desgracia bien inculto—donde ha de medrar nuestro arte. La falta de personalidad, que fué achaque común en mu- chísimos períodos, contagiada de imitación de algunas obras notables, ó de autores determinados, es otra cualidad temible, que conviene desviar. En nuestra exposición de hoy no apa- rece casi nunca, pero pudiera venir por nuestra propensión constante al plagio y á la imitación. Copiar á los que han copiado á algun autor de valía, es un recurso pobrísimo y plagio de tercera copia, en que se cae fácilmente. Perdida la personalidad por estímulo de imitación, se pierde hasta el úl- timo engendro de espíiitu nacional, y queda sumido el carác- ter de cada personalidad, ó estético individuo, bajo aluvión de átomos extraños é incongruentes. ¿Cómo puede ser nacional —cómo tendrá carácter—un tronco con tantos ingertos?.. Por fortuna los talentos que brillan en primera línea, se presentan bien marcados Y los que gustéis del porvenir, rehuid el fatal contagio de las obras de los demás; tened horror á la imitación, y marcad sin presunciones los caracteres típicos de vuestra individualidad: libad, como la abeja, en ondulante vuelo el almíbar de las flores é informad vuestro panal; pero dadnos del panal, no desvanecidos restos de las mustiadas flo- res. Solo siendo original se ofrecerá novedad y se tendrán rasgos patrios. El estudio del natural, que se dá como modelo para toda obra de arte, tiende á perder la verdad en manos de algunos Lo que el importante discurso de D. Antonio Cánovas, presidente del Ate- neo de Madrid, tocó en elevadas regiones especulativas, y por ende prácti- cas, conviene hacerlo llegar al espíritu teórico y práctico mas común de nuestros compatriotas, en todas las formas y medios de la cultura. 30 jóvenes. Lo convencional de receta adquiere entre ellos pres- tigio. Y esto que son noveles teorías las del realismo en boga. Mas, ¡cosa rara en nuestros dias!..: |los mismos que batallaron para que volviera el arte á la naturaleza pura, tendrán que ver- quizás, á los sucesores de su escuela quebrantando sus princi- pios! ¿Qué sucederá entonces? ¿Fue para crear un nuevo arte falso y convencional, para que empleamos tanto empeño? ¿Se ridiculizó para esto las teorías de los maestros, que ense- ñaban los ideales de la pintura alemana? Digámoslo sin ro- deos: para obtener el nuevo tipo—una pura falsedad—prefe- rimos el antiguo: allí, al menos, habia conceptos, elevación de sentido, mucho arte y serio estudio hasta para dibujar co- rrecto. Aquí habría menos todavía; no habria sentimiento ni ideas y hasta la forma fuera faha. Líbrenos Dios que asi fuera en los venideros tiempos nuestro arte nacional Por este nuevo camino se andaría á toda prisa, con los modelos fran- ceses, á la escultura de muñecas y á la pintura de figurines. Y nuestros hábiles artistas deben protestar constantemente con sus ideas y sus obras contra tales falsedades, como hasta el presente hacen. ¿Sería este arte de receta, la baladí forma última del arte del porvenir? En nuestro colorir de hoy hay tendencia algo acentuada á un colorido ideal; en el colorir de mañana habrá quizás, false- dad. Aquí está el mayor peligro. Mas parecerá paradoja decir que puede desviarse del color parte de nuestra pintura Cuando se da todo el prestigio al color, cuando se pinta la luz, parece un contrasentido: cuando se lucha á claro sol con el astro de la luz ¿habrá en nuestro modo de ver ceguedad ó miopismo? Cuando hay color en todo, en la escultura y el dibujo, en la polícroma arquitectura, hasta en la literatura misma; cuando fascina el color ¿cómo puede dejar de ha- berle en nuestra brillante pintura, que hace del color su alar- de? Veo el pintar con fantasía, con novedad, con brillo, hasta casi con deslumbre, como trasparente esmalte; el colorir con distinción, con elegancia, con gracia,de cuantos fantasean con el pincel; de los que crean armonías y buscan acordes chis- peantes hasta fuera de la verdad, siguiendo del color la poe- 31 síà y atraídos por su ideal; pero veo menos común los que buscan el color en la misma realidad, y los que entienden las grandes masas, las armonías valientes, la magia de los efec- tos, cual los maestros antiguos. Nuestro colorir moderno nos vino principalmonte del influjo de Delacroix y del deslumbre de Fortuny; más sin advertirlo casi, podemos irnos al cromo. Seria sorprendente este influjo, pero fuera de vez natural. Hay cromos por todas partes; hay de los cromos privanza, y acos- tumbrados los ojos á las tónicas y tonos falsos, podrían irse fácilmente á ellos por pura imitación. Hé aquí por qué no habría color; por qué el cromo es la falsedad de un procedi- miento incompleto, que aspira á copiar el cuadro, sin tener medios bastantes, ni bastantes adelantos. Y seria harto gra- cioso el singular vice-versa, de que fuera la imitación modelo de su mismo original, con soberano prestigio El público que juzga en arte y á quien agrada el cromo, pide cromos al pintor, y aplaude á aquel que los pinta. Y el pintor tras el Mecenas que le aplaude y que le paga, puede hacerse autor de cromos. Pero en esto hay un peligro, un inmensísimo pe- ligro, pues nacería lo convenciotial de la pintura más falsa; se viciarían nuestros pintores que cultivaran el color, se segui- ria viciando el público y naciera el arte de pacotilla con el pintar baladí. Con tal pintura nos iríamos á la pintura de abanicos, de pantallas y trasparentes; al puro papel pintado y al colorir chinesco Y, á otra mayor desgracia, pues es cosa el color que solo se aprende una vez, y los que en él se malearan perderían su porvenir: dentro quince ó veinte años, ningún artista que así pintara podria hacer ya ningún cuadro como entonces se desee. Solo nos es posible guardar los sisr temas falsos para cuadritos de gabinete, que como los que en Roma se hacen por autores valenciano;, y se imitan en Valen- cia, parecen pintura en tapiz,—un tipo nuevo en pintura, y que por cierto es lindísimo, aunque no recomendable;—para ciertos procedimientos brillantes como el esmalte, ó la pintura en porcelana; y para decorar salones, gabinetes y piezas suntuarias, donde podemos admitir una pintura parecida á la Watteau y de Boucher—entre brillante y rosada,—de 32 sobre-puertas y casetones del siglo XVIII. Que en esto si que puede hecerse algo muy distinguido, con medios conven- cionales, y en ello tendrán campo vastísimo falsedades pri- morosas. Pero, el dibujo, el dibujo que fué siempre otro punto flaco de nuestro arte local no debe descuidarse ahora. El predominio del color le quita en todas partes muy principales adeptos, y esto nos ha de estimular. Aparte de los ilustradores, algunos descuidan el dibujo, sin duda porque no se estiman esta bella cualidad con que se autografían los maestros: la que dá la contraseña de todos los grandes ingenios. No se nota aquel olvido en nuestros buenos paisajistas; tampoco en los que ha- cen algunas obras de arte con la figura humana; mas alguno que otro la descuida y mira con extremo menosprecio. Entre estos varios artistas que hacen lindísimas cosas, las desmedran y perjudica dejándoles incorrecciones. Y es verdadera lástima, pues solo las faltas de dibujo les cerrará el porvenir, por no resistir seria crítica. Y lo que es original, ni se lo indica la censura, ni lo percibe el público, á quienes engaña el color. De la carencia de dibujo viene la falta de verdad, de vida, de forma real; la falta de construir y de humana arquitectura; de grandeza en los trazos y de acentuada seguridad; la insignifi- cancia del contorno y la extremada carencia de lenguaje y de carácter en imágenes importantes. Creeríase que no hay pa- siones, ni gráfica expresión en modernas obras y vida, y ja- más nunca en el arte se destacaría más frialdad, ni indiferen- cia mayor por presentar caracteres conmovidos ó agitados, cual en relevantes obras. Hay en algunas, que hoy no vemos en nuestra local exposición, marcadísimo contraste con las obras de otros tiempos y con las de otros países, y un con- traste singular con las de estudiosos artistas que se forman en Italia. Porque allí todos dibujan ó expresan intención de hacerlo, mientras que el dibujo es aquí calidad excepcional; allí el dibujo es la base, aquí parte secundaria; allí se castiga y trabaja la línea y la expresión; aquí se envuelve á veces la forma viva bajo algodón mullido. Lo que con esto se haría, puede decirse desde ahora: producir formas difusas y aboce- 33 tadas figuras. Mas piénsese, sin embargo," que nuestro más sólido progreso ha de venir del dibujo. En la escultura moderna es la obra de fantasía la novedad del siglo. Lo pintoresco, lo animado, lo accidentado y ondu- lante, que se acerca á la pintura, más bien que á la sobria plástica, es lo que está en plena boga. Esto viene ya de le- jos. Pero Rude y después Carpeaux, han dado al tipo moder- no magistral golpe de gracia. La civilización obra en ello con toda la virilidad del espíritu natural de nuestras aficiones ro- mánticas. A la clásica frialdad, á la tersura antigua, se han opuesto la pasión, la vida y la realidad sensual. El barro y el mármol palpitan, y en ellos se agita el alma: retoza en ellos la carne con viciosa redondez. Por nuestra plástica local el número de escultores se ha crecido en pocos años de prodigioso modo. Casi se diría que en Cataluña está nuestra patria de la escultura. Y, en grande y en pequeño, se han hecho notables cosas: algunas tendrán fama, mientras dejen un fragmento, y haya ojos que le miren. El mármol se prodiga poco; el metal es casi nuevo; pero lo pintoresco se ha hecho plaza por circunstancias de época, y el barro, el tibio barro fácilmente modelable, ha pasado de la academia del ensayo inexperto, á la obra de más prueba. [Bella materia es el barro! Tan frágil...; pero tan dúctil á amoldarse rápidamente á la improvisación del concepto, y á las calidades del gusto. La escultura de nuestros dias co- noce de ayer el barro; apenas presiente con vena el campo precioso que presta para sorprender la vista y fascinar al público. La policromía que permite, llegará á hacer maravi- llas, con sobria aplicación, en cuanto haya quien desvele el primoroso encanto que solo se ha entrevisto. Unido á otros efectos, á otr:.s materias por fragmentos, ¿quién sabe lo que dará?... Es, sin duda, la materia que consiente al ingenio, más sorpresas y artificio, desde el luminoso esmalte de della Robbia y sus émulos, hasta la magia de efectos menos de • corativos. La rapidez del trabajo, la originalidad y la bara- tura, le han hecho aquí feracidad y popular afición, como ornato y como arte. ;Quién no se engríe y se goza con la 3 34 improvisación de un barro, que lleva en una pieza autentici- dad y nombre?... Estas mismas circunstancias son, empero, un perjuicio, que es preciso señalar. Su flexibilidad, su masa, su tinte suave y armonioso, su soltura pintoresca, su espontáneo auto- granar, son un peligro, un daño que amaga á nuestra escul- tura. ¿Quién labrará larga obra con otra dura materia? ¿Quién querrá interesar con otra penoso labor, si tiene el barro á mano para sorprender con chispa y con figuras improvisadas? ¿Quién gastará paciente estudio, tras la veleidad de la forma, si á la veleidad del dia le basta la impresión primera? ¿Quién aguardará el encargo de una obra laboriosa,—en que pierda paciencia y tiempo—, si halla quien pronto le adquiera boce- tos y bustos á manta?... Si puede crear y expender, en el dia y para el dia?... De ésto proviene que ciertos barros pro- digados en las vitrinas, y que en los salones se exponen, apenas ofrezcan nada que revele algun estudio; y. que varios jóvenes de ingenio vayan descuidando la plástica, para darse á lo pintoresco de bocetos en relieve. Pero en unos cuantos años no van á quedar escultores; la obra de la escultura va á llamarse Artillería, y la plástica irá á ampararse en los apara- dores de quincalla. Se harán repentistas en barro, fecundos en pensamientos fáciles, inseguros y faltos de intención, mez- quinos en dar relieve, repetidos y amanerados, llenos de re- buscamiento; escasos de verdad; pintorescos sin interés, y artifices de cuarta línea con obras de aparato. Y en ios tra- bajos de empeño, en las obras monumentales,—que solo ocurren tardías—, se resentirán del oficio y producirán sin grandeza. Es forzoso que se estudie en serio, y que los que trabajen el barro le analicen como forma, como luz y como efecto, como objeto de coloración, y en sus condiciones na- turales, que dan comunes engaños; y que le pongan por va- ciados en frecuente comparación con reproducciones en yeso, que con su desnudo blancor, y su dureza ingrata, descubre graves defectos, que el oscuro barro oculta. Y, para redondear estos párrafos recordaré el peligro de unos pocos escultores, que ofrecen como lunar cierto barro- 35 quismo común, que es otro de sus defectos. Son por fortuna los menos. Para crear distinción, aire, expresión y vida, gracia y zalamería, han dado en la manoseada costumbre de hacer cabezas espasmodizadas, figuras que piruetean, toreros bravucones y mozas de rompe y rasga que trocaron la sal nativa por la contorsión académica. ¿Por qué esa falta de na- turalidad? ¿A qué viene esta afectación? ¿Ha habido nunca en España tan cómica manera de presentarse en público, ni tanto rebuscamiento para parecer gracioso?... Baste de con- torsiones y de epilépticos aspavientos, y hagamos escultura natural, siquiera sea pintoresca...; que en ello ganará el arte con ventaja de los artistas. Mas, á pesar de estos lunares, y de las exigencias críticas, nuestro arte provincial brilla espléndidamente. Haced que un dia aparezca en preparados concursos, en Exposiciones importantes, y veréis si hay aquí medios, y savia vigorosa, abundante y procreadora. # * Para dar importancia y desarrollo á nuestro arte del porve- nir es preciso formar el público. Sin atmósfera que le rodee, sin tierra en que se arraigue, continuará como hasta hoy, y no adquirirá desarrollo. ¿De qué servirá el adelanto si no le reconoce el público con patrocinio y apego?... Verdad es que el público nuestro lleva variado mucho, que la afición apuntó, y se ha despertado en gran modo, hasta producir interés. Ahora 23 años no ofrecía este adelanto. Abríanse las Exposiciones y el vulgo las visitaba por mera curiosidad. Inaugurábanse cátedras é importantes conferencias, y el pú- blico las frecuentaba para juzgar al orador. Y, recuerdo á este propósito, que, cuando nos reuníamos en esta casa, para exponer teorías, ó algun tema de arte, se nos solía pregun- tar. «¿Para qué sirven estas cosas?...» Y que después de ter- minar nuestra difícil tarea, nos retirábamos dudando de si ser- vían para algo, y hasta casi casi, creíamos, que para nada ser- 36 vian... Tal estaba la opinión. Hoy ya no hay solo curiosos; hay también aficionados y colectores entusiastas; y el arte vive en trato diario con la corriente de ideas, y en íntimo y social concierto con la ilustración local. En esto,—como en otras cosas—, el adelanto es notable: como que en ello han influido las Exposiciones, los concursos, las conferencias y la crítica; las láminas y las imágenes, y la lima sorda y rápida de las corrientes extranjeras. No todo está por hacer; pero algo falta que obrar, y aun muchísimo por rehacer. El arte vive aquí como transitoria cosa, solo por su novedad; y el público que de él gusta, lo hace en gran parte á ciegas: carece de cultivo artístico, y solo tiene afición. De esto proviene forzosamente el que el arte viva aquí una existencia artificial: que sea un objeto de puro lujo, y esté sujeto constantemente á la veleidad, ó al capricho de inseguras circunstancias. Un nombre basta á un prestigio; una firma sirve á una obra, como la marca de fá- brica á una mercancía industrial. Un simple cambio de bolsa cierra por completo el mercado, con depreciación del mé- rito; y una alza favorable improvisa la demanda, como de vulgar mercancía. Por donde se viene en cuenta, que gran parte de la riqueza no siente estímulos de arte, y que la afi- ción corriente es á solas una moda, menos frivola, si se quiere, que otras muchas más vulgares, aunque por nada más só- lida. Y es penosa circunstancia, que la labor de ingenio y el fruto de la cultura, la flor de la civilización, no penetre más allá de la epidermis social. No pretendo imponer el arte como estudio á todo el mundo; no pido que todos adquieran obras bellas y costosas; pero es de desear al menos, que aquella parte de la sociedad que posee espléndidos medios, y que los luce y prodiga, gaste porción de su gala en honrarse y adqui- rir, dando preferencia al arte, sobre muchas otras cosas, por cierto menos loables. Y, no se crea por nadie, que me engañe la ilusión, de que llegue á ser el arte un aliciente culto de todos los individuos. ¿Acaso lo es el saber?... ¿Lo es acaso el patriotismo?... Siem- pre habrá en la sociedad quien por falta de educación, ó de 37 sentimiento estético, cuando no por otras cosas, le juzgue obra baladí. Y, siempre vegetarán parásitos rumiantes, á quien plugo á Dios criar so!o para formar número; qué viven en la baja atmósfera, encerrados en su concha; perpetua- mente ocupados por su bolsa quilotada, como la pipa ó el rostro de un veterano marino. Siempre habrá cien seres típi- cos, plástica de humana masa, que conservan la cabeza por remate escultural; perpetuos é ignotos burgeses, conserva- dores de sí propios, que resumen sus hazañas en estos versos sabidos: i-Comí bien, viví mejor, püseine gordo; »tocanteálo demás túceme sordo...•> Lo que también se requiere, es que no vuelvan nunca aque- llos caprichos dichosos, y aquellas chocantes modas,—de hace solo pocos 'años—, en que era cursileria el ornar con algun lienzo, aunque fuera soberano, los reservados salones, donde lucía el papel francés aterciopelado y chillón; cuando el menestral con suerte á quien clavó la fortuna en aparatosa penumbra imponía con su mal gusto á la inartística plebe. Es preciso que llegue el dia en que en esta tierra protectora, no siga con preferencias el desentonado cromo,—el cromo libre- cambista—, económico y extranjero—, al^cuadro hecho en España, con más ingenio y buen gusto. Para dar prestigio al arte es preciso hacer común el íntimo convencimiento de la importancia que tiene, y del mérito que dá. Es forzoso con- vencer de que es medio de distinción, signo de alta cultura, exigencia ilustrada de toda persona que valga: de que la ci- vilización lo exige; el adelanto lo impone; el progreso—nom- bre mágico...—no admite como moderno á ningún pueblo anti-artístico; de que el hombre, hasta el más docto, el más rico, sin sentimiento de belleza, y de belleza gráfica, es como el teclado de un clave al que faltare una nota, y quizás toda una octava. Que nuestras casas sin arte están faltas de ele- gancia y del esquisito lujo, que solo otorga la belleza; y que los lienzos y esculturas dan más lustre que los muebles, y son 38 gemelos hermanos de la biblioteca y el libro, y del sonoro instrumento de deliciosa armonía. Para ello se requiere tener un sexto sentido, el sentido del arte plástico;—sentido con que no se nace, y que los otros completa—; que se adelgaza y sublima con el contacto de obras, desde el grabado á la estatua, con estas fiestas frecuen- tes, que nunca hallaré de sobras; y más que todo, con prác- tica y teórica enseñanza, que nada suple ni iguala. Que solo así podrá obtenerse el buen gusto hecho público, y la cultura refinada, que para entender en arte se hace de más en más preciso. Y que solo por este medio cesarán los innumerables motivos porque se menosprecian obras, que tienen fundado mérito; cesarán las exigencias porque se glo- rifican nombres y se desprestigian oíros; porque se hacen presiones de cabala, y acabará de una vez, el que por alar- des de moral se anulen nombres y obras. |Oh, la moral, señores! ¡Cuántas presiones encubre! Po- brecilla moral del arfe, ¡cuántas cosas se le exigen! ¡Y el público, que acepta todo, es baladí juguete de capciosas intenciones! ¡Y la ignorancia, y el engaño se ocultan tras la moral! ¡Y una escuela neo-dogmática, que hace de ella su aparato; que á su sombra hecha prestigio, y medra solo á su sombra; que la mancilla al nombrarla—¡tanta repulsión me inspira!—persigue al arte humano sin tregua vistiendo hábi- tos de mística! (i)... No discutiré aquí el tema de la moral, harto vasto y alam- bicado; ni el de la moral del arte, aunque casi se requiere, y presta de sobras campo. Solo diré como guía, que tiene el arte libertades peculiares á su objeto; que es su norma la belleza, positiva ó negativa, pero la entera belleza. Que no ofrece inmoralidad más que en lo de intención perversa, en la desvergüenza sin velos, en la degradación de instintos: en • ( i ) Dejamos los párrafos que siguen con el recuerdo de hechos públicos recientes, y de imposiciones mezquinas hechas en determinados centros; por el recuerdo de teorías y de escuelas, etc., que tenemos á la vista; por análisis de unas y otras, y bajo la impresión desagradable de ruines sorpre- sas dadas á la sencillez pública. ¡Algunos actos de ayer... no tienen nombre! 39 lo que el pudor condena á los museos secretos. Que esto enseña el buen sentido, en Ñapóles, pongo por caso. Todo lo demás es plausible arte, si tiene belleza real, ó sentido elevado, chispa ó ingenio atrevido, siquiera algo picante. Es un comodín temible, y más de una vez, señores, un peligroso nombre el nombre de moral; y en los que de buena fé le em- plean aplicándole á juicios de arte, temo que hay en algun modo, y en determinados momentos, cierta rutina de escuela llena de noble intención; cierta preconcepcion estética que es forzoso corregir (i). ES una presión impuesta, en ocasiones sin número, que tiende á torcer en arte, el sentimiento espontá- neo y el sentido natural. También diré como experiencia, que lo inmoral que se censura, proviene frecuentemente de los jui- (i) A los profesores y críticos, que, como nosotros, tengan por guía la experiencia, y basen sus nociones y juicios en la filosofía perpetuamente llamada de sentido común, les observaremos, que nuestras opiniones en este punto se sujetan de lleno á los principios fundamentales de la observa- ción. Entendemos que el tema de la moral, y el de la moral del arte,—co- mo otros de filosofía general ó práctica, y de filosofía artística,—nos exijen previsión para no confundir nuestros principios con los de las escuelas filo- sóficas y estéticas, que se apellidan religiosas y místicas, que se entregan á un idealismo exclusivista, y á un restringido, incompleto y fraccionado es- tudio del buen sentido natural, que ofrecen las teorías de San Agustín, San Buenaventura, Santo Tomás, etc., y de las enseñanzas que podemos entre- sacar de los Evangelios y las Actas de los Apóstoles, etc.—Con estas escue- las podemos tener de común los puntos de afnjidad de toda filosofía, y al- gunos de filosofía espiritualista; pero nos separan de ellas la independencia de criterio experimental; la observación pura; la oposición à todo exclusi- vismo de doctrina, á toda preconcepciorr sistemática, guiada por una ú otra parcialidad, y el anhelo incesante de inquirir las verdades relativas en la naturaleza toda, sin restricción ni acotaciones.—Se requiere ya, que para no vernos envueltos por inexperiencia, ni absorbidos por ilusorias simpa- tías, por las escuel?s sedicentes religiosas^ místicas, se fijen los lindes de nuestras teorías filosófico-estéticas como base de criterio, y como protesta perpetua de nuestra adhesión por convencimiento, á las profundas y verídi- cas enseñanzas del hombre y de la naturaleza, en su encantadora lozanía y en su ingénita espontaneidad.—Con lo que en nuestros párrafos apuntamos, creemos estar de lleno dentro la amplia moral filosófica é histórica, que nos enseñan la Etica y la Estética, y que la humana obra perpetuamente corro- bora. 40 cios que se hacen no de las obras censuradas: que es el fruto de impresiones; de disposiciones de espíritu; de estados fisio- lógicos, de inclinaciones humanas, cuando no de educación, de corregibles hábitos, y hasta quizás alguna vez, de preca- minosas propensiones. ¿Cuántos se han pirrado á solas con lo que antes denigraron?... ¿Lo diré ingenuamente?... Temo más por el espíritu, por la moral del que censura, en cente- nares de casos, que por el infortunado artista. E involunta- riamente exclamo en el secreto de mi conciencia: Si es varón yalgo echado alante: «¡Qué amenaza!» Si mujer, y por fortuna hermosa: «[Qué peligro!...» Que es temible cosa ese instinto, esa tosca perspicacia, que descubre fácilmente, por asociación de ideas, cuando no de sensaciones, realidad donde hay belleza, y sensualidad en la hermosura, y hasta en el encanto ideal ¿Y qué vá á ser del arte, de la nítida belleza, de toda con- cepción libérrima, si por criterio moral le damos el doble alcance del atrabiliario espíritu, y ese campo indefinido, peli- groso é incitante de la interpretación maliciosa?... En nom- bre de la moral hay que maridar destruir todas las joyas de precio de la escultura antigua; todos los primores clásicos que las bibliotecas nos guardan, y que en las cátedras se admiran; interesantes porciones de fábricas venerandas, llenas de escenas no púdicas; hay que condenar al fuego los lienzos de los museos con sus desnudas bellezas; toda la literatura, ese delicioso brocado, d^ española fantasía; esa hidalga zalamera,- que nunca gastó cilicio, que no nació en ningún claustro, aunque en ellos se criara; hay que relegar aXlndice el verdor de la Cruz, y que echar al Quijote vindi- cias como á peligroso libro... ¿Se ha pensado maduramente el alcance de la doctrica?... Pues hay que hacer á la Especie humana,—á la obra del Criador,—numerosas correcciones, que no entiendo necesarias; y no va á librarse de ellas,— como impíamente se ha dicho,—más de un sagrado texto, y por la fuerza de lógica,— ¡alcance de la malicia!—ni el secu- lar Decálogo ¡Oh, ligereza supina de la moral novísi- ma!....; moral de comodín, con más tupé y más solapa 41 que un lechuguino romántico; moneda de nuevo cuño; mo- neda falsificada!... Dejad libertad al arte; dad espacio al espíritu, y que el suelto ingenio vague con sus bríos natura- les: que no es el mundo un seminario, ni es la humana vida un monjío, con escrúpulos pueriles... # * * Más que una moral insólita debe preocuparnos, señores, el porvenir de nuestro arte. Los elementos que hoy tenemos son de pobrísima base para concebir esperanzas. Donde la existencia del arte es artificial y ficticia, ¿que puede asegurar- se con hipotética certeza? Donde el arte es solo moda y anda sujeto al capricho; donde una valoración le anula ¿qué puele esperarse en serio? ¿Hay que rodearse de ilusiones y dormirse en esperanzas? Tal como nuestro arte vive, no tiene existencia local; ni posee tierra, ni atmósfera en que poder arraigarse y extender ufana copa. Un cambio social ruidoso,—por no decir cambio político,—puede distraer la afición; una moda hecha patriótica, puede rodearle de olvido; un período de emociones puede distraer la afición; una crisis prolongada, ó una deprecia- ción de riqueza, la pública agitación, las contrariedades segui- das, le condenarían á lenta muerte. Y aquí, donde el azar im- pera, es preciso pensar algo para mediatos dias. Es cuestión de patriotismo; y, aunque sin gran aparato, lo es de sociología. ¿Qué harían los doscientos artistas en difíciles períodos, con su ingenio ó su artificio?... Cruzar como las golondrinas las altas crestas patrias, llevando sobre sus alas el equipaje li- gero. Y ¿qué haría la cultura de nuestro adelanto artístico? Dar con el arte al olvido y volver al tiempo viejo. Para evitarlo en algun modo, hay que crear nueva atmós- fera y formar el gusto público; pero hay que prever algo más, hacer el arte necesario; ingerirle en la cultura, y, como la literatura hacerle, por el sentimiento y el concepto, aliciente del alma humana. Y, bajo sólidos aspectos infiltrarle poco á poco en la decoración casera; llevar, por decirlo así, nuestro 42 arte á domicilio, en los objetos muebles y en las piezas sun- tuarias, y aplicarle decorativo de estancias y gabinetes,— como en el pasado siglo,—de salones suntuosos y de" lujosos aposentos. Sin olvidar el móvil cuadro, y la escultura aislada, —primores del arte plástico,—hay que empezar muy en serio la aplicación de nuestras artes—á sus perpetuos elementos— al ornato y la decoración de la morada doméstica. Solo así podrá arraigársele, mientras los tiempos no cambien, y crearle un campo fijo de medro y de utilidad. Y la nacionali- dad dará al arte fisonomía peculiar. Mientras esto se realiza, hay que activar de una vez la vulgarización del arte en Escue- las especiales, metódicas y dé enseñanza rápida, como los tiempos permiten, y crear instituciones de fomento y protec cion; que tengan en acción continua la curiosidad voluble, y la movilidad de espíritu de nuestro nacional carácter. Que fuera ilusión extrema querer confiar al tiempo lo que el azar puede arrancarnos, y dejar á la ventura los progresos obteni- dos. Y, que es preciso no olvidar, que ¡as favorables épocas, no duran á la perpetuidad, y que la cultura se impone,— como toda obra humana,—por fuerza de la costumbre y por presiones especiales. Que la civilización es obra de natura- leza activa; pero, lo es también de azar, de habilidad é in- fluencia, y en una parte principal, obra de imposición, y de imposición tenaz. * * # Uno de los grandes medios para la cultura de arte le sigq viendo en su crítica. Hace más de quince años que tuve la casual fortuna de hacerla crear en la prensa de nuestra localidad, y en otro punto de España. Entonces imaginaba que era el único medio de hacer llegar al público, con el roce cotidiano, la curiosi- dad del arte. Y, luego creí que se haría un rápido aliciente, de la inmensa masa pública, que se ilustra con la hoja diaria, que, en estos tiempos de anemia, para restaurarse toma el refrigerio matutino con extracto de periódico. Después he se- 43 guido convenciéndome de lo eficaz de este influjo y de con cuánta fortuna se llega por tenues medios á los grandes re- sultados. Todos nuestros periódicos hicieron pronto del arte un importante tema de artículo y de noticia, y con su diario bregar han logrado darle visos de asunto trascendental. Aplaudamos, pues, la hoja que estos beneficios produjo, y demos por ello á la prensa nuestros plácemes cumplidos! Que la prensa hizo en seis años lo que todas nuestras cáte- dras, y nuestras Academias juntas no habían logrado en un siglo. Hoy la crítica de arte puede producir con el periódico inestimable bien, por el camino emprendido, manteniendo de continuo calor latente é interés en la masa popular. Pero ha de tratar con parsimonia de todas las obras que juzgue; de las individualidades artísticas, mentándolas imparcialmen- te, tendiendo á darles prestigio, y propendiendo á que el in- genio se desenvuelva y medre; á fin de que paso á paso se formen espíritu y cultura artísticas; base de criterio hoy, inteligencia mañana, y un dia, quizás, arte local con caracte- res patrios. En esta asidua tarea debe procurar, sin embargo, no aventurar opiniones que tuerzan el criterio público; no herir prestigios y obras cuando nos conviene estímulo; no captarse perenne aversión de los que cultivan el arte; no des- viar de su marcha,—de su originalidad y buenas prendas,— á los jóvenes que empiezan,—como alguna vez sucede; no soltar juicios de arte técnicos y de especialista—que en ge- neral no domina; no forjar filosofías ni planes profesionales, para que no está preparada; no rodearse del vacío, haciendo estéril su trabajo. Y, hago hincapié especial en la parsimonia crítica, porque es contraria la vehemencia para crear armonía y preparar porvenir,—sobre todo en los comienzos,—y porque á la cen- sura acre no hay arte que resista, no hay humano trabajo,— ni siquiera el del crítico,—que pueda quedar incólume; ni re- sistente edificio de la más preclara ciencia que no se conmue- va y cuartee con un poderoso ariete. Y, porque imagino tam- bién, que es parte la habilidad en todo conato de adelanto, en 44 toda pública enseñanza; que hace más cierta diplomacia, que todas las armas en campaña, por la reacción de aversiones que dejan en pos de sí. Y porqué, á lo que yo-entiendo, tiene la crítica otros móviles aparte de la fria censura. Aunque tal vez no se ha escrito ¿no debe también ser patriótica? ¿No debe ser fraternal? ¿No ha de llamarse protectora, y no debe gloriarse en mucho de ser algo humanitaria? ¿No está obligada á transacciones en beneficio común, ó por interés parcial de quien se confia á su prestigio? ¿No ha de posponer su criterio en más de una ocasión; declinar su acción severa, y hasta con ojo indulgente, olvidar, cuando es leal, hasta un tanto de conciencia? ¿No debe anularse el crítico, con todas sus prefe- rencias en pro de sus conciudadanos, y hasta á relativas con- diciones de las personalidades que juzga? ¿Y no ha de tener en cuenta las poco afortunadas presiones que á los artistas ro- dean; la pública bien andanza, y las duras contingencias de la economía privada? ¿No se habla de todo esto en moral, en las ciencias sociológicas, en las teorías protectoras de pública economía,"en filosofía, en creencia y hasta por la experiencia patriótica? ¿Por qué no ha de hablarse en crítica?... Recuér- dese, que algun suelto crítico, envuelve más serio asunto que todos los juicios doctos; que un solo articulo crítico basta para imponer al público, y cegar cien esperanzas; y que la hoja periodística es nociva cuando hiere,—abroquelada en su influjo, segura de su victoria,—á los. que por no tener periódico, por ser juzgados y no jueces, no hallan medios de defensa. Entonces ¿puede decirse?... parecerá censurable toda virulenta crítica, y hasta tomará apariencias de injusta y de poco hidalga, si se ceba en gente inerme; en desarmados grupos de escritores ó de artistas, que no han de tener des- quite, que nunca tienen influjo, que no serán nunca gobierno, ni es fácil sean potentados. Dejemos algo al criterio de la razón mesurada, y hasta algo al buen sentido, al humanitario espíritu, y á la armonía social de las doctrinas que apren- demos. En las tres fases, ó aspectos, que puede tratar la crítica,— el general y popular, el crítico filosófico y el especialista téc- 45 nico—, debe elegir el primero, por único campo de acción. ¡Que no es poca tarea por cierto la de tener siempre ocupa- da, con constante interés, á una no perita masa, y á un impresionable, público! Mas debe abandonar,—salvo excep- ciones—, los dos últimos aspectos,— el filosófico y el téc- nico—para cuando con base sólida pueda tratarles en serio. —Y, entiéndase desde ahora, que sigo haciendo distingos. Una crítica formada en su inmensa mayoría, de mera im- presión y aficiones, no es más que una ocupación loable; una tarea distinguida,—y si se quiere ilustradora—, de la flor de los dilettajiti. Venida de las Universidades y de otras Escue-' las teóricas, es vaga y nunca técnica: aprendida en cien libros, en artículos y revistas, es tan inexperta y dudosa, como toda aquella ciencia estética, y aquellas teorías de arte, que por teóricos se escriben para dar guía á los artistas. Y, aunque á todo esto se una, loable pasión de arte, y la costumbre de ver mucho, en talleres y exposiciones; en nuevas y antiguas obras, no se logra obtener más, que la flor de la afición, la nata y crema de la cultura, que crea censores del vulgo, pero nunca profesores de los que aspiran á ser artistas; correctores de quien enseña á los que intentan censurarles; ni fórmula- dores de juicios graves, de principios trascendentes, ni de metódicos principios, corregidos y depurados por disciplinado estudio y algun sólido sistema. Que esto es, cuestión de ejercicios prácticos, prolongados y con guía experta; efectuados en las Escuelas, en los talle- res de enseñanza, en los museos y colecciones, y ante la na- turaleza y el modelo; de notas empíricas numerosas recogidas y condensadas para comparaciones sin fin, y más después resumidas y con mesura formuladas en teorías generales. ¡Que solo á costa de este trabajo, experimental y especialista, se logra ser crítico de arte, para decir algo propio, original y trascendente,—si se tiene ojo experto, fino sentido artístico, intuición casi genial y madurez analítica, redondeados por complemento con modelos de alta crítica y sabias filosofías! Y que esas ciencias teóricas, no fundadas en experiencias; no científicas de hechos; formadas por el entendimiento, con 46 algo de imaginación, y condensadas de libros—donde hay premisas falsas en mezcla con ideas sólidas—ha de claudicar por completo, cuando se le dé por cotejo la laboriosa obra de hechos acumulados y comparados por grupos: una obra parecida á la experimentación naturalista—: la forma del por- venir de toda ciencia perpetua, de todo arte durable, de todo el saber humano—, que ha de rehacerse en gran parte. Se ha dicho que la crítica nace cuando acaban los objetos peculiares á su estudio,—queriendo aplicar el dictado, al arte y á la creencia—; mas esto que la literatura niega, y niegan las ciencias todas; que en filosofía y religión es aventurado principio, con intenciones de trastienda; es también erróneo en arte como. nuestros tiempos prueban. Lo que se puede afirmar es, que la crítica medra cuando florece el arte—; y tomando pié de esto podemos decir sin pena, que hoy, que nuestro arte crece, ha de estar aun en mantillas la primeriza crítica. Por esto en quince años, apenas ha enseñado nada, casi nada ha corregido, ni cosa sólida ha formulado para el presente de los artistas, ni el porvenir del arte. Y, como ca- rece de base sólida, de cimientos bien fundados, hace todavía ensayos,—peninos, algunas veces, como parvulillo aun dé- bil,—y se esfuerza en vivir con el natural conato de cuanto nace en el planeta. Nuestra crítica nacional—sigo hablando en conjunto—no tiene nociones fijas; puntos de criterio sólidos; formas exper- tas de ejercicio; noción clara de selección; justeza en clasifi- car; tersura y nitidez de análisis, ni puede aun distinguir lo personal del que juzga, de lo peculiar de las obras, y menos aun de los autores; ó para decirlo en otras formas, la crítica objetiva de la impresión subjetiva; las aficiones del censor de las calidades censuradas; y menos fácilmente señalar, dentro terminologías genéricas,—que son cifras incomensurables,— los matices peculiares á cada individualidad,—que exigen aproximación; ni presentar en síntesis,—y en síntesis colori- das, con entero cuerpo y relieve—, las personalidades que juzga. ¿Y, cómo ha de enseñar ó corregir lunares, y distin- guir caracteres?... 47 Por innumerables datos me he llegado á convencer de que, la razón, el sentimiento y la fantasía de un censor, venido de fuera del arte, no formado plásticamente, son en un todo distintos, en tendencias y aspiraciones; en alcance y modo de ser, de los del pintor y el escultor, que forman como un organismo criado con la educación—; que el músico- y el poeta, ó el literato de otro orden, qué hasta el arquitecto mismo, conciben é imaginan, sienten y representan, con va- riadas impresiones,—con imagen vaga ó detallada—las .for- mas gráficas que conciben, y hasta las materiales que ven; que el artista es por su ser afecto á un ideal, apasionado de un tipo formado en su fantasía, y á veces apasionado con par- cialidad que choca—¡que solo por esto es artista!—; y que este apasionamiento, es poco acomodable al crítico, que acaso no se lo explica—, y contrario al concepto vago, ge- neral y por todos lados ecléctico, flexible y condicional, dé otro cualquier individuo, no formado para el arte. Y que, -en fin, dej'ando á un lado observaciones y datos, hij'os de la experimentación (aproximando el vocablo)—, me he llegado á convencer,, de que, para ver en arte con toda seguridad, es preciso otros ojos, formados con doble vista, y distintos en gran parte de los ojos naturales: los ojos del entendimiento con algo de fantasía, y mucho de sensibilidad, que se adquie- ren por puro hábito, y con los estudios de arte. ¡Cuántos ima- ginan ver, y sabe Dios lo que ven!... ¡Cuántos miran la rea- lidad, el espacio luminoso, el color de los objetos; cuántos los cantan y pintan con la palabra ó la pluma, y quedarían asom- brados si se fijaran en serio, de que no ven plásticamente lo que por visto imaginanT... Y, á esto llamamos ver, y con estos ojos juzgamos... ¿Qué han de dar nuestros juicios de arte?... Nuestro ejercicio crítico, como toda enseñanza gráfica cons- tituye profesión y requiere largo estudio é informada madu- rez, y solo á ella están dispuestos para trabajar con provecho, los que adquieran aquellas prendas, por los medios que he indicado. Nuestro Padró, por ejemplo, era un finísimo crítico, que así sabia pintar á los que ejercían la profesión, como juzgar en arte; Thorwaldsen y Flaxman sentían más la anti- 48 güedad y juzgaban con más criterio las artes de los dias de Alejandro, que todos los críticos juntos,—como que sabían imitarlas en mármoles, en dibujos y en lecciones admirables; Hittorf y Viollet-le-Duc;Etex, Soldi ó Carlos Perkins han hecho más técnicas críticas de varias especialidades, que cuan- tos les han imitado viniendo de otras enseñanzas; y Ruskin ha dado pruebas, entre los críticos de arte ingleses, de que hay más doctrina en sus apuntes, —aunque á veces sea parcial—, que en cuantos literatos le emulan en las británicas Islas. Así lo expresan sus compatriotas; probándonos unos y otros, que para hacer crítica seria, correctiva y especialista, técnica por todos conceptos, hay que tener dominio entero, habitual pe- netración, de impresión y de detalle, y fuerte y arraigada experiencia. ¿Cómo ha de ser de otro modo cuando se trate de arte? ¿Acaso le ocurre á nadie que juzgue de medicina quien no domine esta ciencia? ¿Que discuta farmacopea quien no sea docto en farmacia? ¿Que haga crítica de otras cosas, natural ó astronómica, quien no se precie de perito astrónomo ó na- turalista?... ¿Y, será distinto en arte?... Bastará, ver y sentir con más ó menos acierto; juzgar por pura impresión,—tan va- riable en todas cosas—; .tratar de arte con cultura; con termi- nología cursiva, y escribir con suelta pluma lo que se siente ó se piensa?... Sigo creyendo que no. Mas, si no es posible escribir hoy técnicas críticas en serio, que hay que dejar al porvenir, es posible continuar una crí- tica más modesta, para un público no iniciado, y dar con ella ilustración y fama, y apoyo notorio al arte. Si me fuera dable ver, reunidos aquí esta noche á nuestros críticos d» arte, le dijera:—«¡Ala obra!—y como gloriosos heraldos convocad sin tregua al público con las sonoras trom- petas: ¡Acordes! ¡Todos auna! ¡Que así estáis admirables!...» Mas, no queráis adelantaros á divulgar nada más; no pre- tandais descubrir ciertos reservados misterios, que el arte entre velos oculta, si no queréis que sonrisas de malicia ó sen- cillez pongan en duda visible el mérito de vuestra empresa. AYUNTAMIENTO DE BARCELONA Archiva Histór co de la Ciudad BIBLIOTECA Inv. n. • tfm. í <3» T ,.2oi£_ :