milite y APUNTES BIOGRAFICO-CRITICOS D. JOSÉ DE MANJARRÉS Y DE BOFAHULL REAL ACADEMIA DE BUENAS LETRAS DE BARCELONA •D. JRANCISCO íMIQUEL Y . José de Man jarres en la Secretaría de la Diputación de la Provincia, en donde las prendas de que dejo hecho mérito las puso de relieve en diversos negocios y muy particularmente en los dos importantísimos de la recogida de la calderilla catalana y de la organización e instalación de la Casa de Maternidad y Ex- d pósitos. Difíciles eran las operaciones que la primera exigía si se deseaba evitar una perturbación monetaria en tiempos en los cua- les la calderilla representaba una cantidad en metálico verdadera- mente extraordinaria. Requeríase sobre todo organización acaba- da y minuciosa en todos los trabajos y esto lo llevó á cabo nues- tro querido consocio, ya por iniciativa propia en algunos de los — 6 — acuerdos adoptados, ya secundando hábilmente los que tomaron al intento beneméritos diputados provinciales con la primera au- toridad administrativa del distrito. Otro tanto hizo respecto de la Casa provincial de Maternidad y Expósitos, cuyo reglamento re- dactó si no en todo en parte principalísima, y en cuya organiza- ción se ocupó con un interés del que daba elocuente testimonio la manera como hablaba de aquellos trabajos, complaciéndose en citar curiosísimos pormenores y enumerando las dificultades que habían debido vencerse y la solicitud que para lograr el venci- miento habían desplegado cuantos trabajaron entonces en la crea- ción é instalación del referido caritativo Instituto. Los quehaceres de la administración provincial no eran pode- rosos á distraer á nuestro compañero de sus aficiones predilectas. Teníanle ganado para sí las letras y las artes y en su trato se pasaba las horas que le dejaban libres los deberes de empleado. Seríame difícil, y resultaría enojoso para los que me escuchan, formar el inventario de las obrillas que escribió en sus mocedades y en los primeros años de su juventud, obrillas de mayor ó menor aliento, que vieron la luz pública en periódicos y hojas volande- ras ó que — las menos sin embargo — se quedaron inéditas entre los cartones de un balduque por juzgar el autor que no reunían méritos suficientes para aparecer en letras de molde. Gustábale á Manjarrés leer en tertulias y sociedades las propias y las ajenas composiciones, gozándose en hacer valer las bellezas de las últi- mas por medio de una dicción prosódica bien entonada y en la que se guardaran las reglas de la declamación. Con fundado mo- tivo atribuía á la lectura en público, bien hecha, superior impor- tancia, en lo cual no iba errado, antes al contrario acertadísimo, máxime en tiempos como los nuestros tan amigos de que todo se pregone pomposamente y de que se revistan con cierto atavío ar- tístico los partos, felices ó desdichados, del ingenio. Llevado de esta idea frecuentó el teatro en aquellas décadas en que Guzmán, D. Carlos Latorre, Mate, Romea y Arjona con una pléyade de insignes primeras damas, eran ornamento de la patria escena é interpretaban en ella prodigiosamente así las creaciones de los an- tiguos dramáticos como las valentísimas obras de la musa román- tica, de aquella musa tan atrevida é inspirada que nos ha dejado, como muestra inmortal de su potente brío, el Don Alvaro ó la fuerza del sino del insigne Duque de Rivas y otras producciones dignas de parangonarse con ese colosal Edipo de la moderna poe- 7 sía castellana. Estudió Manjarrés con inquieto afán el decir de aquellos ilustres maestros de las tablas y no satisfecho con obser- varlos y estudiarlos desde la luneta del espectador aficionado, acu- dió á D. Carlos Latorre, que era todo un caballero según refieren los que le habían tratado, y de él recibió doctas lecciones sobre la emisión de la voz, pronunciación, modo de leer la prosa y el verso, fuerza de expresión en la lectura y sobre otros extremos al mismo fin pertinentes, útilísimos todos y más que medianamente olvida- dos hoy día á pesar del deseo que á la generalidad anima, como antes he dicho, de imprimir bella forma y aire artístico á cuanto se realiza en el círculo de cualquiera de las aües. De la importan- cia que daba D. José de Manjarrés á los efectos prosódicos son claro testimonio los versos que escribió, no muchos en número, y en los cuales quizás por cuidar con exceso de las cualidades ex- ternas no atendió á las intrínsecas y más sustanciales en la poe- sía. Fuerza, empero, me es hacer constar que no pretendió nunca sentar plaza de poeta, sino antes al revés, sólo á título de desaho- gos literarios mostraba sus obras rimadas, compuestas casi todas á imitación de las de Meléndez, Martínez de la Rosa yde algunos vates italianos con cuyos trabajos se hallaba nuestro consocio muy familiarizado. Estos escarceos poéticos no le desviaron jamás de su principal afición. Mientras se ocupaba en asuntos administrativos con el fervor de que he dado cuenta y mientras distraía sus ocios con el teatro y la poesía, hallaba aún vagar para ir preparando los breves, pero sustanciosos apuntes que acompañan las láminas grabadas en perfil de la colección titulada Museo de Pintura y Escultura que dio á luz en esta ciudad por los años de 1860 y si- guientes. En los volúmenes de esta colección dio D. José de Man- jarrés evidentes pruebas de su vasta lectura en puntos de teoría y crítica artística y de historia de las Bellas Artes, puesto que abar- can caudal copioso de erudición y de doctrina los datos y obser- vaciones contenidos en la descripción y advertencia de los cente- nares de láminas que constituyen el Museo de Pintura y Escul- tura. En la elección de esta obra acreditó asimismo su perspica- cia y buen criterio. Hallábase entonces muy poco extendido el co- nocimiento de las obras maestras del ingenio humano en las dos citadas Bellas Artes: la adquisición de grabados al buril ó al agua fuerte no podían permitírsela todas las fortunas, y la litografía, la fotografía y otros medios de reproducción que han abaratado las láminas, ó no se habían inventado todavía, ó estaban en manti- llas, sin que de ellos se hubiesen obtenido las fecundas aplicacio- nes que tanto han contribuido recientemente á ¡a útil propaganda de los conocimientos artísticos. Las láminas grabadas por Reveil, aun cuando no dan idea de la entonación, de la factura de los ar- tistas de distintas escuelas, permiten apreciar bien la composición de los cuadros y de las estatuas, el modo de desarrollar ¡os con- ceptos peculiar á cada maestro y hasta cualidades de dibujo teni- das en más aprecio en aquella época de lo que se tienen hogaño, en que se da con frecuencia exagerado valor en la pintura y en la escultura á méritos de carácter resueltamente sensualista ó á !a ha- bilidad material en la ejecución pictórica y escultórica. Ocupación fue de toda su vida poner de relieve las cualidades sólidas de las obras maestras del Arte de todos los tiempos y de todos los pueblos; demostrar que el Arte no llena su objeto sin concepciones elevadas y sin un fin noble que se separe de k ba- jeza de las miserias terrenas; sostener con un calor que no faltaba nunca en el fondo de los escritos de Manjarrés aun cuando la for- ma se presentase sobrado acompasada ó mejor rigurosamente lógi- ca, sostener, digo, que el Arte ha de ser idealista, en el sentido propio de esta palabra, ó sea en el concepto de que no ha de re- ducir todas sus aspiraciones á la mera, á la servil, á la minuciosa y exacta imitación de la naturaleza, sino que partiendo de esta, tomándola por fundamento y guía para no perderse en el labe- rinto de la falsa idealidad, ha de remontarse á mayores esferas, depurándola verdad real sin falsearla, y ajustando la forma á aquella idea grandiosa, alta, inmortal que ha animado el corazón y la mente de los más famosos ingenios y á cuyo influjo y por vir- tud de cuya fuerza han concebido y realizado las obras que han sido, son y serán admiración y pasmo de todas las generaciones. Así emplea bien el artista las facultades de que le dotó Dios al concederle la imaginación creadora y el poder de la bella ejecu- ción , y así entendió nuestro compañero, como lo entenderéis tam- bién vosotros , que debía emplearlas quien quiera hacerse digno del nombre de artista, hoy demasiadamente prodigado. "Si el Arte tuviese por objeto la identidad con las existencias 11—escribe D. José de Manjarrés en su obra Teoría estética de »las Artes del Dibuja, premiada en concurso por la Real Acade- i>mia de San Fernando—deberían proscribirse del dominio del »Arte ciertas obras que la fantasía puede producir y ha producido — 9 — «sobre el modelo de la Naturaleza, ó con los datos que la Natura- «lezaha proporcionado, y que sin embargo ni están ni pueden «estar en ella. La batalla de los Hunos, obra del pintor Kaul- «bach, las Operas, la Divina Comedia del Dante, son prueba «evidente de que sin intención siquiera de reproducir la Natura- «leza, sino tomando de ella los datos, y produciendo según deter- «minadas ideas, pueden darse á luz excelentes obras de Arte. De «donde se deduce que si la Naturaleza es el único modelo que el «artista debe proponerse, no es más que un medio para la repre- «sentación, una condición para producir bien; pero nunca esta «condición ó medio deberá considerarse como objeto final y prin- «cipal del Arte. El principio de Imitación de la Naturaleza en «esta consideración, está rechazado por el mismo criterio del cs- »pectador ó del oyente, los cuales no buscan en lá representación «la identidad con las existencias, sino una idea, una combinación «armónica de partes entre sí y de cada una de ellas con el todo.» Doctrina que confirma y completa en los siguientes párrafos de la misma obra: «... lo natural no es la circunstancia que el Arte prefiere; al «contrario, ¡as más de las veces le rechaza, porque no considera «propio de sí más que lo ideal. Donde hay idealidad hay natura- «lidad; pero no siempre donde hay naturalidad existe la verdad «del Arte, esto es, la idealidad. Existen ciertas obras de Arte en »las cuales se combinan casi todas las formas que el Arte reviste, 1 y en cuyo examen podrá hallarse la explicación de esta anoma- 1 »lía: tales son las representaciones teatrales, especialmente las «coreográficas y !as lírico-dramáticas: en ellas lo natural no es lo « que más se exige. Con efecto, natural es que el hombre coma; y »sin embargo, no dejará de haber verdad aunque el poeta no haga «representará sus interlocutores este acto tan necesario para la « vida, cuando no le haya menester para el desarrollo de la acción: »en el mundo no se habla en verso, y sin embargo el poeta escri- »be dramas en lenguaje metrificado, que de buen grado admite »el oyente, porque saborea mejor la inspiración del poeta: en la «vida práctica no se habla cantando, y sin embargo las Operas »nos causan completa ilusión: de manera que cuando una repre- «sentación teatral reúne todas las condiciones de la Belleza, tiene i un encanto tal, que llega uno á olvidarse de sí mismo y del mun- ii do real, sin dejar de creer que lo que vemos y oímos sea la rea- lidad.» — IO — Apreciaba muy bien en la escultura y la pintura la habilidad técnica del artista, el garbo en el modelar, el desenfado en la pin- celada , pero nunca posponía á estos méritos, lo que con razón consideraba fundamental en la obra de arte, ó sea el pensamiento, la parte intelectual que en mayor ó menor grado cabe en la obra del escultor y del pintor, por más que , á causa del asunto, ocu- pe puesto inferior en la jerarquía artística. Dolíase, pues, amar- gamente de que lo accesorio se antepusiese á lo principal : íos pormenores de una pincelada diestra al valor sólido de un dibujo correcto y de la composición bien desarrollada; por cuyo motivo traía muy á cuento al hablar de este punto la anécdota que se atribuye al racionero Pablo de Céspedes , según la refiere Palo- mino : ii Volvió Céspedes— escribe dicho autor — á España y á "Córdoba su patria, donde tomó posesión de su prebenda, y » donde pintó famosas obras, y en particular el célebre cuadro » de la Cena de Cristo nuestro Señor, que está en la Iglesia ma- » yor junto á la sacristía nueva del Señor Cardenal Salazar, donde » mostró muy bien su ingenio ; pues no hay Apóstol, en cuyo » aspecto no muestre la santidad y amor; en Cristo la hermosura » y grandeza ; y en Judas lo descortés y lo falso. Estando pintan- » do este cuadro en su casa, los que lo iban á ver, celebraban » mucho unos vasos y jarrones, que están pintados en ella en un » enfriador, de admirable traza y disposición, sin atender á la va- » lentía de lo demás. Viendo el Racionero que se les iban los ojos » á todos á aquel juguete, enfurecido daba voces á su criado, di- n ciendo: Andrés, bórralo luego, quítalo de aquí; pues no se « repara en tantas cabezas, figuras, movimientos y manos, que « con tanto cuidado y estudio he hecho y reparan en esta imper- » tinencia. Y fue menester darle mucha satisfacción para que de- n sistiera de borrarlo. » Cuyo enojo aplaudía Manjarrc's, por lo mismo que— sin despreciar, como he dicho, la habilidad del que pinta diestramente un bodegón—no juzgaba que en copiar cacha- rros y baratijas debiera emplearse el alto ingenio de un artista que lo tuviera poderoso para atreverse á mayores y más significa- tivas empresas. Vulgares semejarán estas nociones de puro sabidas por cuantos se dedican á los estudios estéticos, mas importa repetirlas siem- pre para contrarestar ¡a propaganda activa, y muchas veces bri- llante y deslumbradora, de los que sin alientos bastantes para subir á las regiones serenas del Arte, quieren rebajarlo y empe- — II — queñecerlo para ajustarle á los estrechos moldes de su inteligen- cia. Esta lucha y esta propaganda buena sostuvo nuestro digní- simo compañero en el aula y en los libros que dio á la estampa. No en todos los puntos que trató hallaríame tan acorde con su parecer como en el que me ha ocupado en las anteriores lineas, antes bien quizás sin disentir por completo en lo fundamental me separaría de sus asertos en puntos de detalle y en otros tal vez de alguna significación y trascendencia. Asi por ejemplo y para jus- tificar mis palabras, aun cuando no sea este momento abonado para la censura, no me sería posible convenir en la afirmación que hace en la Teoría estética de las Arles del Dibujo, de que las tres facultades del alma son : pensamiento, voluntad y senti- miento, por ver en esta nomenclatura una confusión psicológica que también en mayor ó menor grado se revela en otros capítulos de la misma monografía y del libro Teoría é Historia de las Bellas Artes. Tampoco me avendría gustoso á aceptar algunas de las definiciones que D. José de Manjarrés formula en sus obras, como verbigracia la de que la Belleza sea nía Armonía entre los dos términos constitutivos del Arte, el Fondo y la Forma,» porque á mi entender deja en la misma oscuridad que tenía sobre aquel concepto, antes de leer y meditar la definición, á quien no se haya dado cuenta por acto de conciencia propia de lo que es y consti- tuye la Belleza en los objetos sensibles, en los actos morales y en los hechos de la inteligencia. No opondré semejantes reparos á la parte meramente histórica de los libros publicados por Manjarrés. Partiendo este de Win- ckelmann y del Vasari, conociendo cuanto han escrito Mcngs, Cean Bcrmúdez, Palomino, Martínez, Llaguno y Amirola y otros muchos tratadistas españoles, paciente coleccionador de todos los datos y noticias que juzgaba interesantes al conocimiento de la marcha y vicisitudes del Arte en las diferentes épocas del mundo; se señala por una imparcialidad, severidad y sobriedad de expo- sición propias del que busca la verdad histórica con empeño y trata de hacerla comprender al lector con la mayor fidelidad y exactitud posibles. Así en las dos obras que antes he citado como en las páginas deLas Bellas Artes adornadas con grabados de los más famosos monumentos y creaciones del Arte, en las Nociones de Arqueología española y en Las Ai-tes suntuarias, existe cau- dal extremo de noticias sobre todo cuanto se refiere á la Historia del Arte, con multitud de pormenores que llegan acaso por su misma abundancia á hacer cansada la lectura para los que no estén ya algo versados en las expresadas materias. Con método ri- guroso siempre, examina las civilizaciones capitales en la marcha del género humano y las caracteriza con la sobriedad á que antes he hecho referencia, y que exagera en ocasiones hasta el punto de que la exposición resulte algo fría y de que el lenguaje emplea- do por el autor tenga idéntico movimiento, idéntico calor, un as- pecto afectivo idéntico cuando trata, pongo por caso, del siglo de Péneles ó de los tiempos en que vivieron los egregios pontífices Julio II y Leorí X que llenaron de maravillas las privilegiadas penínsulas de Grecia é Italia, como al dar cuenta de uno de aque- llos períodos en los cuales el Arte descendió hasta la barbarie ó se extravió por los senderos de la exageración y de la falsa origi- nalidad. El talento de D. José de Manjarrés era más razonador que entusiasta; su modo peculiar.de ver el Arte le llevaba antes á precisar las bellezas por medio del lenguaje rigurosamente lógico que á hacerlas comprender á sus oyentes ó lectores por medio del lenguaje del sentimiento, con lo cual quizás lo que perdía en ani- mación y atractivo ganaba en exactitud y en carácter didáctico. Este carácter rigurosamente didáctico tenía asimismo su ense- ñanza en cátedra, á la que se dedicó como á un verdadero sacer- docio, desde que en virtud de oposiciones celebradas en la Corte fue nombrado por Real orden de 2 de julio de 1857 Catedrático de Teoría é Historia de las Bellas Artes — en cuyo puesto sucedió al inolvidable D. Pablo Milá y Fontanals, —hasta su fallecimien- to, demostrando siempre igual solicitud y celo en el desempeño de su cargo, sin que los entibiaran desengaños que recibió en su carrera profesional por consecuencia del incesante vaivén de la administración española, y por cuya virtud quedó por largos años postergado en los ascensos que de derecho le correspondían. Me- tódico Manjarrés hasta lo sumo en sus explicaciones, había regu- larizado la enseñanza de aquella asignatura, no dejando nada á la casualidad ni siquiera al calor ó entusiasmo del momento. Con dibujos á propósito precisaba los tipos principales del arte arqui- tectónico y con la enumeración y descripción minuciosa de los elementos que integran cada uno de ellos completaba la idea que se proponía grabar en la inteligencia de sus alumnos. Celoso tam- bién en todos los asuntos de la Escuela de Bellas Artes, que se llevaba sus mayores aficiones, fue por muchos años un Secretario modelo del establecimiento, y de él hubiera sido Director inteli- • 3 gente y fervoroso si la muerte no hubiera puesto fin á su vida al . mes y días de haber sido nombrado para dicho cargo por el Go- bierno de S, M. (q. D. g.) previa propuesta en terna de la Acade- mia del ramo, pues lo fue por Real orden de 11 de junio de 1880. Dije antes que D. José de Manjarres demostró en sus moce- dades y en su juventud singular predilección por el teatro, de donde vino que frecuentara los coliseos más en moda en aquellos años y que fijara su atención en su traza, en la disposición y arre- glo de sus dependencias, en la organización material de la escena, en la manera como se presentaban óperas y comedias, en las de- coraciones y vestuario, y en un sin número de pormenores perti- nentes todos á la mayor comodidad y goce de los espectadores y á aumentar la ilusión que en estos causan las producciones escé- nicas. A estas aficiones y á estos estudios se debió que nuestro querido consocio se encargara de la dirección artística de uno de nuestros primeros coliseos, el Liceo de Isabel II, juzgando con fundado motivo que no era ocupación baladí la de fijar el carác- ter que deben tener las decoraciones según la ópera ó comedia que se representen; atender á que se guarde en lo posible la exac- titud histórica en los edificios que aparezcan en las tablas y en los trajes vestidos por cómicos y cantantes; procurar que exista igual verdad en el mobiliario y accesorios; disponer los grupos de co- ristas y comparsas según lo exija la escena representada; y hacer que se muevan todas las figuras de modo que contribuyan á ofre- cer de relieve el pensamiento del poeta ó del compositor, aumen- tando con el efecto plástico la impresión que ha de producir en el ánimo la creación artística, merecedora de este honrosísimo cali- ficativo. Y á pesar de que Manjarres hubo de luchar continuamente con los estorbos que á sus deseos oponían por un lado el presu- puesto de las empresas y por otro los caprichos de los que pom- posamente se dan á sí mismos el nombre de artistas aunque no pasen de vulgares histriones; muchos abusos desterró que coota- ban larga fecha, costumbres implantó que eran desconocidas y sembró semilla cuyos frutos aparecieron visibles en obras escéni- cas decoradas con magnificencia, verdad histórica y colorido ca- bal de época. Cuánto hubo de bregar para conseguir en mayor ó menor grado sus laudables propósitos, lo dice una anecdotüla que ie había oído referir distintas veces. Dábase en nuestro Liceo el sublime Don Giovanni de Mozart, después de luengos años de haberse cantado en el Teatro de Santa Cruz por cierto con éxito desgraciado, muy opuesto al que logró en la segunda época áque me refiero, y para honra del maestro y del teatro puso empeño Manjarrés en que la ópera se vistiese bien según la antigua usanza española. Púsole á una de las damas, como era de razón , saya entera de terciopelo negro vareteado de oro, jubón alto de lo mis- mo y gorguera y puños de puntas escaroladas que semejaban de Flandes. No le parecería sin duda á la cantante que fuese este vestido suficientemente vistoso, á pesar de su notable gallardía; quiso lucir gracias naturales que ocultaba el recato de las antiguas damas españolas y aprovechando la ausencia de pocos días de nuestro compañero, se sustrajo á su férula artística, apareciendo la mismísima noche en que el había partido para Italia, con un escote de medía vara y con un vestido de pobrísimo artificio, mas dispuesto de tal modo que no hubiera hecho ridicula figura en cualquiera reunión danzante de nuestros días. Cuanto sabía acerca del edificio teatro y las observaciones que le había sugerido ¡a experiencia, lo dio en resumen en el útilísimo libro El Arte en el teatro, que publicó en el año 1875. Es de provechosa lectura en las páginas de esta obra todo lo que se re- fiere á la historia del teatro como construcción arquitectónica, desde la antigüedad á los tiempos modernos, en cuyos capítulos precisa bien la diferencia capital que existe entre los suntuosos teatros de Grecia y Roma y los modestos corrales de los si- glos xvr y principios del xvn; pero de mayor sustancia considero aún los capítulos dedicados al teatro moderno, en donde abundan ¡as indicaciones de carácter práctico desatendidas ú olvidadas mu- chas veces cuando se dispone ia planta y traza general de una sala de espectáculos y escenario y el arreglo de los muchísimos pormenores que se requieren en ambos para la comodidad de los concurrentes y la holgada presentación de las producciones dra- máticas y líricas. Así nuestro erudito compañero examina en el libro en cuestión cómo importa iluminar la sala y qué debe ha- cerse para su higiene; habla de las condiciones que han de reunir los pasillos, palcos, galerías, escaleras, etc., etc.; enumera y des- cribe las partes que entran en la formación de un buen escena- rio; y termina esta sección de El Ai-te en el teatro con oportunos consejos sobre el modo de representar las diversas obras escéni- cas, consejos entreverados de fundadas censuras acerca de los vi- cios que en el arte dramático se han introducido por el mal gusto ó la frivolidad de los artistas, de los empresarios y del público. — í5 — Como complemento de este último estudio y con el título de Saí- nete de costumbres teatrales incluye en el volumen de que estoy hablando, una serie de cuadros de costumbres, que se despegan acaso del resto de la obra, cuyo fondo admiten por verdadero.los que conocen la materia objeto de cada cuadro y en cuya forma se advierten marcadísimos resabios y casi imitación directa de ar- tículos similares que estuvieron de moda por los años de i83o á 1840, cuando privaban en España el Solitario y el Curioso Parlante, y que en 187D mostraban atavío marcadamente anti- cuado. ¡Qué puedo añadir más á lo que llevo dicho para completar el retrato moral y literario de D. José de Manjarrés y Bofarull ? ¿ He de reseñar, acaso, menudamente la parte que tomó en las fructí- feras tareas de esta Academia, ya concurriendo á las sesiones en que se trataban puntos de interés para las buenas letras, ya leyen- do los estudios ó trabajos á que iba dando cima, ó fragmentos de ellos por lo menos cuando su demasiada extensión no le permitía comunicároslos íntegros f ¿ Quién de vosotros , dignísimos com- pañeros suyos, ignora las horas y el caudal de inteligencia que empleó en el arreglo del Museo de Antigüedades de Santa Águe- da, cuando por feliz acuerdo de esta Academia y de la Comisión provincial de Monumentos históricos y artísticos, de la que Man- jarre's, conforme antes he dicho, era también celosísimo indivi- duo, se reunieron los valiosos ejemplares que ambas Corporacio- nes poseen, colocándolos en la hermosa nave de aquella Real Capilla, magnífico tipo del Arte cristiano de la Edad Media? ¿No saben igualmente muchos de los que me honran escuchando estos desaliñados apuntes necrológicos con qué afán desempeñó cuantas comisiones tuvo á bien confiarle la Academia de Bellas Artes y los dictámenes que emitió referentes á importantes asun- tos artísticos, entre los cuales debe mencionarse especialmente el extenso y luminoso informe que encabeza el Álbum de ¡a Ex- posición retrospectiva celebrada en 1866 por la expresada Cor- poración y en donde se encuentran datos y observaciones suma- mente provechosas para el conocimiento de la historia de las Artes suntuarias en España? Fue, por lo tanto, D. José de Manjarrés y de Bofarull uno de aquellos hombres que en nuestra patria trabajaron con mayor fe y con mayor ahinco para el renacimiento del Arte en todas sus ma- nifestaciones, dejando como fruto de su trabajo y como elocuente prueba de su útilísima propaganda, las obras de que he hablado sucintamente y cuyos méritos he ensalzado coti una imparcialidad que no ha amenguado en nada la gratitud y eí afecto que al difun- to académico profesaba. Hombre además de trato social distin- guido, hacíase notar Manjarrés por esa cultura que tanto agrada y cautiva y que sólo adquiere frecuentando salones quien posee además natural apropiado para comprender en lo que se diferen- cia la cortesanía de la afectación, las maneras finas y espontaneas de las formas más ó menos convencionales que se aprenden de coro en cualquier tratado de urbanidad y se reproducen como el cómi- ' co el papei de una comedia. «El continuo ejercicio de las virtudes . sociales y el estudio del corazón humano por el del nuestro» pres- cribe como máxima indispensable para el trato de las gentes en su Guía de Señoritas en el gran mundo \ opúsculo de amena lectura y nutrido de advertencias atinadísimas, en el cual tras del maestro aparece el caballero que conoce por experiencia propia lo que dice y aconseja. En ella resulta fotografiado nuestro querido consocio, pudiendo afirmar, como último retoque de este mal pergeñado retrato, que siempre durante su vida ajustó sus dichos y sus he- chos á las siguientes máximas que copio de la obra últimamente citada. «La vida social—dice — no consiste más que en el sacri- nficio continuo de nuestra voluntad, de nuestros caprichos y de «nuestros intereses personales. Nadie debe considerarse con dere- c h o á obrar sin consideración ni miramiento alguno; porque el » mundo no nos recibe como nosotros queremos, sino como él «quiere; y si deseamos gozar de las ventajas de la sociedad, debe- amos llevar á ella nuestro contingente.» IIIIIIIIHII 1